1
2

EL VIEJO CHOCHO
Jean-Louis Dubut de Laforest

París
1886
3

Título original.- Le Gaga.
© Jean-Louis Dubut de Laforest. París 1886
© José Manuel Ramos González por la traducción del francés.
Pontevedra 2013
4

El conde Jacques de Mauval, senador y uno de los miembros más respetados del
Parlamento, gesticulaba para divertir a los allí reunidos. Émilie Plock se alzó de
hombros:
–¡Chocheas, caramba! – murmuró – depositando un beso sobre la canosa cabeza
del viejo, en el lugar donde los cabellos eran escasos.
El Sr. de Mauval – un hombrecito de rostro lampiño, cuerpo delgado embutido en
un traje negro con una rosa en el ojal – no abandonó su pantomima. Enviaba pellizcos
de nariz de izquierda a derecha, extraía su lengua hinchada por el alcohol, chasqueaba la
mandíbula, giraba sus ojos de los que solo se veía el blanco, emitía unos «¡gnouf!
¡gnouf!» al estilo del difunto de Grassot1, del Palais Royal; todo eso y aquello, entre el
acompañamiento tumultuoso de los bravos y las risas de Augustine Beaudoin, una
gruesa rubia alegre vestida de azul.
Esto ocurría durante un sencillo té de media noche, en un entresuelo de la calle de
Roma, en el interior de un elegante salón-recibidor decorado con telas claras.
Aquí y allá, sobre un velador se encontraban dispuestos cristales y orfebrerías,
servicios dispersos o arrojados al montón, unas flores deshojadas, botellas vacías,
frascos de licor brillando bajo las lámparas con las tulipas adornadas con blancos
encajes, en la atmósfera cargada de los olores del tabaco y donde flotaba un vago
perfume de pachuli y de ylang-ylang.
Émilie Plock había despedido a Malvina, su vieja tía, que le hacía las funciones de
criada, y la mujer, con cofia puntiaguda, tan fea como la mitra de un obispo, se había
ido a dormir sobre una silla, al lado del horno de la cocina.
Relajado y extendido sobre un sofá, un hombre de alta talla y poderosa osamenta,
vestido con frac y corbata roja, fumaba su cuarto cigarro, indiferente a la pantomima del
senador, al que dejaba de buena gana las dos mujeres, y que parecía seguir, con gran
atención, las espirales azules que escapaban de sus delgados labios, girando por encima
de su cabeza de cabellos cortados, con coronilla marfileña como la de un capuchino,
para perderse en las decoraciones del techo. Tenía unos amplios bigotes blancos
colgantes que todavía ponían más de manifiesto sus rasgos angulosos en forma de
triángulo, pero un triángulo singularmente intenso cuando surgía una idea sensual
atravesando su espíritu y ardiendo en la mirada.
Ese hombre se llamaba Pierre-Antoine-César, marqués de Sombreuse; era el
primo alemán de su compañero de juerga, el Sr. de Mauval. Ambos regresaban de un
gran baile en el Faubourg; se habían hecho conducir al barrio de Europa, al domicilio de
Émilie Plock, una puta a la que habían conocido la semana anterior en el FoliesBergere.
Una extraña muchacha como esta Emilie Plock, con su apellido bizarro – un
apellido de perro, decían las compañeras– su cabeza pequeña y larga, su cuello de
esbeltez viperina, su cuerpo muy delgado vestido con un peplo de satén cereza, sus ojos
verdes lánguidos, su nariz siempre al viento, y su cabellera con reflejos de cobre dorado
como los endrinos maduros, bajo los esplendores desfallecientes del sol que se oculta.
Desde el feliz encuentro de los aristócratas, de los que ellas ignoraban aún los
nombres, esas dos putas no paraban, por decirlo de alguna manera. Augustine Beaudoin
– una debutante que tenía alquilado el cuarto piso de la misma casa – bajaba al
entresuelo y pasaba con la Plock una parte de sus días y sus noches, divirtiéndose,
instruyéndose, jugando a las cartas, atendiendo a los dos caballeros que deseaban
continuar la fiesta a cuatro.
1

Paul Louis Auguste Grassot, llamado simplemente Grassot, fue un actor francés nacido en París el 25 de
diciembre de 1802 y fallecido en esa misma ciudad el 18 de enero de 1860.
5
Se habían cruzado en el pasillo del Folies-Bergere. Émilie y Augustine hacían su
recorrido, cuando el Sr. de Sombreuse las había detenido, tocando el codo de su primo,
el senador. Este no quería comprometerse; las putas tomaron la delantera. Se cenó en el
restaurante Helder, en un reservado particular; el marqués y el conde prometieron visitar
a sus nuevas conocidas. Habían mantenido su palabra.
Ahora se trataba de distraerse, a cuatro, en el apartamento de la Plock, mucho más
confortable que el de Augustine Beaudoin.
Mientras Augustine llamada la Poupard – un nombre de guerra bien llevado, a
juzgar por su cabeza alborotada de niña – jugaba a “mano caliente” con su viejo, Emilie,
muy dispuesta, sin ninguna inquietud, ni celos aflorando – sus visitantes la habían
educado al respecto –ponía todo de su parte para despertar del sopor al Sr. de
Sombreuse. ¡Ah! ¡realmente no lo reconocía! ¿Por qué estaba tan serio, el que era todo
derroche en el reservado de Helder? ¡Era algo que no comprendía!
–¿Veamos, es que ya has tenido bastante? --- ¿Es que te reservas para tu esposa?...
Mi amiga y yo hemos sido muy amables … Vamos, gran bebé, ¿un besito?
El marqués no se movía excepto para beber, vaciando de un solo trago, entre dos
caladas de cigarro, unos vasos de chartreuse y de kummel. En vano, la joven se
mostraba coqueta, tierna, sensual, el aristócrata no respondía a sus avances. Esta calma
parecía incomprensible a la Plock, que se sabía bella, original, y que, tras la cena en
Helder, había podido experimentar las fuerzas poco comunes del Sr. de Sombreuse, sus
formidables deseos, su verdadera rabia de lujuria. Émilie se sorprendía tanto o más
como, ayer aún – en ausencia de su amigo – el Sr. de Mauval se había lanzado en un
elogio extraordinario de ese gran diablo y de sus proezas amorosas.
¿Entonces, qué?... ¿Ella no le gustaba ya, o bien temía algo?
Se acercó un poco más cerca del marqués, acarició el rostro huesudo del viejo,
esbozó unos gestos lúbricos, le mostró al conde y a Augustine que no se rechazaban
demasiado, en la penumbra de las lámparas bajadas, reflejando todas con claridades el
rostro del hombrecillo y la cara ardientemente expansiva de la puta.
El Sr. de Sombreuse cerró los ojos, diciendo «no», con la cabeza, extendiendo
silenciosamente sus delgadas piernas bajo la mesa.
Ella lo contempló bastante rato, escudriñadora, deseando conocer la causa de ese
mutismo inesperado; luego, su mirada se dirigió a las numerosas botellas vacías, hizo
una reverencia al bebedor en signo de admiración, y levantó una esquina del mantel, a
fin de ver si el viejo no tenía, bajo cada talón, una angostura por la cual se precipitaban
los líquidos.
El ojo del hombre brilló un instante y se apagó en el dédalo de algún misterioso
pensamiento.
Finalmente, aburrida por la vista de esa máscara apacible, Émilie vino a sentarse
junto al senador, siempre picarón.
Augustine había llenado una copa de champán y hacía beber suavemente a su
amigo, a pequeños tragos. Ella le dispensaba ternuras de madre o de hija, y él acogía
esas zalamerías, besando las tiernas manos que el mismo conducía a criterio de sus
caprichos. A veces, el senador reía con grandes carcajadas de viejo; y, a distancia, se
hubiese podido creer que se trataba de un juego infantil, entre un abuelo y la nieta. Pero,
de repente, la monomanía del viejo lo retomaba, lo exaltaba, bajo el dolor de una
enfermedad desconocida. Abandonaba los refinamientos amorosos, exclamaba su
«¡gnouf! ¡gnouf!», hundía un dedo en su boca, hinchaba sus mejillas, retiraba
rápidamente el dedo, imitando el ruido de un corcho que salta[2]. Luego, volvía a pedir
champán.
6
La Plock se agregó a la fiesta. El Sr. de Mauval bebía; y, mientras Augustine
mantenía la copa, Émilie deslizaba sus bellos brazos desnudos sobre el vientre del viejo.
El Sr. de Mauval experimentaba un dulce bienestar con las carantoñas de las dos putas,
apretándolas, una a la otra, contra su pecho, toqueteando sus carnes, dirigiéndoles
entusiastas elogios y terminando su examen con el eterno «¡gnouf! ¡gnouf!», que
resonaba como una carraca estropeada.
Émilie y Augustine enervaban al viejo con sus cosquillas lujuriosas. De vez en
cuando, el Sr. de Sombreuse fijaba sarcásticamente su mirada sobre el cuadro vivo: se
hubiese dicho que un fluido transmitía al hombre inmóvil las caricias y los besos de las
mujeres. Una embriaguez intima y profunda brillaba en los ojos del marqués, cuya
musculatura parecía estremecerse trabajada de una necesidad de voluptuosidad.
–¡Eres tontito! – exclamó Émilie, que observaba al Sr. de Sombreuse…–
¡Vente!... ¡Nos lo pasaremos bien los cuatro!... ¡Será más divertido!
El marqués cerró los párpados y se inclinó sobre su asiento, mientras las
muchachas, muy encendidas, arrastraban al senador a la habitación contigua que
iluminaba una lamparilla.
Una vez solo, el Sr. de Sombreuse encendió un nuevo cigarro y se echó a reír,
viendo al senador, como, en la puerta a medio abrir, le ponía los cuernos.
–¿Me esperas?
–¡Claro!
De regreso al salón, el Sr. de Mauval, muy pálido, con la frente sudorosa, los
ojos muertos, se dejó caer sobre un sofá; pero, desde que la Plock y la Beaudoin
hubieron retomado lugar a su lado, reaccionó contra el sueño. Quiso que las mujeres se
pusiesen de rodillas frente a él; era una fantasía, una sorpresa.
Ellas obedecieron.
El conde tenía entre sus manos un puñado de monedas, y las hacía caer, una a una,
dentro de la blusa y sobre la espalda de las mujeres que emitían unos alegres «brr»,
cuando el metal helaba sus carnes.
En un momento, Augustine arrojó un grito. Una de sus ligas se había roto en el
ataque demasiado brusco del Sr. de Mauval, y levantaba sus faldas, contemplando su
media de seda negra distendida y el broche de acero sobre la alfombra. De repente, la
puta estalló en carcajadas, ocultando entre sus dedos cerrados un objeto que acababa de
tomar en uno de los bolsillos del viejo. Se alejó un poco y apareció enseguida con el
cordón rojo de la legión de honor a la cintura.
Iba y venía, muy cómica – al menos así lo creía– iba, risueña, con su batín
levantado a la derecha, mostrando su bella pierna musculada donde la cruz brillaba.
Augustine preguntó, manteniéndose de rodillas:
–¿Haría falta el par?
El Sr. de Mauval balbuceaba:
–Vamos, Poupard, dame eso.
Pero ya, Émilie se había acercado a su compañera; desató el cordón y lo pasó
sobre la corbata blanca del senador; y, retrocediendo un paso para juzgar el efecto:
–¡Oh!¡qué divertido estás así!... ¿Entonces, tú eres un hombre muy chic?... ¿tal
vez un ministro?
–¡Di un príncipe! – dijo seriamente Augustine… – ¡Un bebé con coronas por
todas partes, en su sombrero, sobre su pañuelo, sobre su cigarrera, sobre su camisa!
–¡En fin, tú eres lo que eres!… ¡Eso no nos importa!...– concluyó la Plock,
instalándose al piano.
– ¡La canción del Dedal! ¡La canción del Dedal!... – pidió el senador.
7
Augustine se sentó sobre las rodillas del Sr. de Mauval y se puso a cantar
algunas coplas que había aprendido entre el polvo de un taller de costura. Las frases
tenían un doble sentido. Se trataba de un aguinaldo, de un dedal que no iba al dedo.
Una de las coplas decía:
Pero mi buena abuelita,[3]
A quién contaba esto,
Me dijo: Hija mía, créeme, querida,
Trabajando, ya se hará.
Del buen consejo que te doy,
Trata sacar provecho;
Este dedal, para que sea bonito,
¡Créeme, no se lo entregues a nadie!

El Sr. de Sombreuse, que se había levantado, aprobó con un gesto. Y los tres,
las putas y el senador, mezclaron sus voces al estribillo, Émilie golpeando el piano
para hacer vibrar las notas graves, el Sr. de Mauval y Augustine golpeando los vasos
y las botellas con unos cuchillos. El marqués, armado con unas pinzas, marcaba
furiosamente el compás:
Era bo-bo;
Era ni-ni
Era to-to
¡Era bonito! ¡Era bonito!
Era bo-bo;
Era bonito,
¡Pero era muy pequeñito!

–¡Bravo!.... ¡excelente!...– exclamaba el conde.
Y, terminada la canción, continuó el solo, con los brazos en el aire:
Era bo-bo;
Era ni-ni
Era to-to

Su voz se hacía espesa; ya no era más que un galimatías, una serie de frases
inconexas entre los sofocos y los hipos[4]. El hombre todavía farfullaba:
E-e - ra bo-bo;
E-e- ra ni-ni
¡To-to-to-to!...

El Sr. de Mauval hacía esfuerzos para cantar; gimió y de pronto dejó de
hablar, con la cara púrpura, las manos temblorosas, los labios colgantes. Las putas
ya no se divertían, temiendo que pudiese morir allí, lamentando ambas haber
satisfecho todas sus manías. Le humedecieron las sienes con vinagre, le dieron a
respirar sales y perfumes de baño, le frotaron vigorosamente la espina dorsal para
aplicarle un poco de calor; pero él, recuperando sus sentidos, las toqueteaba todavía,
aunque ellas se defendiesen, riendo a su pesar, tan divertido parecía en su calamitosa
situación.
De pie, contra la chimenea, el Sr. de Sombreuse – con el sombrero sobre su
cabeza – murmuraba: «No será nada»; y observaba con atención el flirteo de su
8
amigo, con esa alegría que crecía en él cuando el viejo se excitaba bajo las
provocaciones de las mujeres.
El conde Jacques de Mauval se levantó. Titubeaba. Augustine lo ayudó a
ponerse el abrigo, no atreviéndose ya a insistir para que su viejo se quedase toda la
noche.
–Sí… es hora de paaartir…
El marqués se puso su lujosa pelliza, cuando la Plock le dijo a quema ropa:
–Mi querido amigo, tú no has sido amable esta noche… ¿Otra vez, vale?
El Sr. de Sombreuse atravesó el salón sin responder, alejando a Émilie con su
bastón.
Pasando por delante de la puerta de la cocina, el senador interrumpió su
marcha.
El viejo sonreía maliciosamente; acababa de percibir a la cridada dormida.
–¡Shhh!...
La vieja Malvina, en vestido negro, con un mandilón verde, dormía sobre una
silla, las gafas levantadas sobre su frente, las cintas amarillas de su cofia colgando
sobre sus hombros delgados y apretados como alas de pájaro antes del vuelo; dormía
bajo la claridad del gas, el cuerpo inclinado hacia atrás, los pies calzados con unas
zapatillas demasiado amplias, la boca, desdentada, grande y abierta al frescor del
respiradero del patio.
Tal como un gato acechando a un ratón, el senador merodeaba a su alrededor;
y, sin que nadie pensase interponerse, tomó un trozo de carbón y dibujó un par de
bigotes sobre los labios de Malvina; luego hizo que le escupía en la boca abierta. La
mujer no se despertó. Del fondo del pasillo, el marqués reía con sarcasmo; las putas,
furiosas, protestaban en voz alta, lanzando grandes insultos. Augustine acababa de
mojar su pañuelo y limpiaba suavemente los bigotes de la dormida.
Entonces, el Sr. de Mauval, un poco avergonzado de su travesura, extrajo un
luís de su bolsillo y lo depositó sobre una esquina del horno, al alcance de las manos
de la vieja.
Émilie, muy pálida, con los dientes apretados, iba a tomar la moneda de oro
para arrojarla al rostro del viejo, a insultarlo en nombre de su parienta, pero el Sr. de
Sombreuse, entrando en la cocina, se plantó ante la mujer que, semejante a un
animal domado, curvó la cabeza, y, con la lámpara en la mano, iluminó a sus
visitantes.
El marqués ayudó a su primo a subir en el coche que estaba estacionado frente
a la casa, en la calle de Roma; y el cochero, a los órdenes de su amo, fustigó sus
caballos en dirección al barrio de Saint-Germain.
Durante el trayecto, el Sr. de Sombreuse no dijo más que una frase:
–Esas putas son todas iguales: nos encontraremos mejor…
–Titine es muy divertiiiiidaaaa, – gruñó el senador, que se dormía.
El coche se detuvo ante el palacete de Mauval, en la calle de Varennes. El
conde se apeó penosamente, ayudado por sus criados.
9

II
A una orden de su señora, el ama de llaves se retiró.
La condesa de Mauval se sentó cansadamente sobre un sofá, al lado del fuego.
Se estremecía en su amplio batín de seda blanca, aunque un suave calor reinaba a su
alrededor, exhalando su perfume de mujer.
Alta, rubia, esbelta, con los ojos negros, con nariz griega, una boca fresca y
rosada, un pecho de firmes contornos, la condesa era una de esas mujeres de la alta
sociedad que conservan, en las cercanías de la cuarentena, todo el esplendor de su
belleza. Su flor de juventud no se había marchitado en medio del estrépito de la
lucha para vivir y mostrarse en el laberinto de ambiciones extravagantes; su frente
no estaba surcada por esas arrugas precoces que surgen con las preocupaciones por
el dinero o los deseos abortados de un rico vestuario. Para este tipo de mujeres, la
vida es como una fiesta en la que la primavera fuese la canción. Si temen el
inevitable envejecer se dicen que el invierno está lejano y que el otoño todavía tiene
cielos abiertos, – el otoño es el estribillo de la canción.
Sin embargo la Sra. Julia de Mauval no era feliz. Una tristeza, ignorada por
todos, la invadía poco a poco, extendiendo sus sombras sobre su orgulloso rostro; y
esa pena era más pesada de llevar en tanto que la condesa buscaba en vano
explicarse el misterio.
Todavía era bonita, dispuesta a amar; y hete aquí que el conde Jacques – un
hombre de cincuenta años, cuando ella tenía apenas treinta y ocho – la abandonaba
por otras mujeres.
Veinte años de matrimonio, dieciocho años de amor y de amistad; y luego el
olvido, el silencio, la desesperante frialdad de un anciano siempre amado; tal era, en
este momento, la situación marital de la condesa Julia. La Sra. de Mauval solo tenía
una cosa que mitigaba sus penas: las caricias de Thérèse, su encantadora hija, – el
vivo retrato de su madre. ¿Qué sería de ella en ese gran palacete, cuando Thérèse,
novia ya del joven conde Guy de Laurière, abandonase la casa?... Más rostros
inquietos, preocupaciones y lágrimas, preguntándose cada mañana la causa de las
noches en vela; más dulces y santas mentiras a invocar para llevar la sonrisa en los
labios enfebrecidos por el desbordamiento de las ternuras filiales.
Hasta esa noche de noviembre de 1880, la condesa Julia se había resignado al
aislamiento conyugal, al único saludo frío y educado que los esposos, después de
dos años, intercambiaban al levantarse. El senador afirmaba que iba a su club o bien
que sus colegas de la derecha lo llamaban para asistir a conferencias sobre la
próxima venida del «Roy». La Sra. de Mauval no creía en esos cuentos del viejo,
cuya salud física estaba ya bastante mermada, y cuya razón parecía poco a poco
diluirse; pero ella no dejaba ver en absoluto su despecho ni su dolor, sintiéndose
fortalecida en esta cruel prueba por su orgullo de mujer y también por su amistad de
esposa y madre. Tras largas oraciones, se decía que Dios se apiadase de ella, que si
el Soberano Señor la hacía sufrir de ese modo, supiese lo que se estaba esforzando;
se decía que su veleidoso marido, en un momento de lucidez, pronto tomaría su
lugar en el hogar doméstico; y, creyente, esperaba, valiente.
Pero el tiempo pasaba. El viejo aristócrata llevaba una existencia tan
desordenada, regresando a casa al amanecer, a menudo borracho, muerto de
cansancio, dando a sus gentes el espectáculo del fruto de sus orgías, que la condesa
comprendió que había llegado la hora de intervenir.
10
La Sra. de Mauval por fin se despertaba de ese sueño en el cual, con su fe en
el porvenir y toda su confianza en Dios, estaba sumida. Surgía en ella una necesidad
de rebelarse, una rebelión grande y reflexiva, la idea de reconquistar al hombre que
unas putas le habían robado, despreocupadas de la salud de ese frágil viejo.
Soñadora, volvía a ver el camino tan rápidamente recorrido, los encantadores viajes,
las dulces vacaciones, las brillantes fiestas donde el talante de él y la gracia de ella
hacían conquistas. Volvía a ver iluminada, como en un panorama bruscamente
evocado, su vida, ambos, una llama de sol, luego las tinieblas. Y en ello había un
imperioso deseo de detener al marido en su marcha fatal e impedirle caer más bajo,
por mucho que le costase.
¡Se sentía dispuesta a todos los sacrificios!
Su noviazgo había sido una historia sencilla.
El conde Jacques de Mauval, aristócrata normando, había ido, hacía ya veinte
años a Gironde, a pasar las vacaciones a casa de sus padres, los Ferville, en una
propiedad situada a algunos kilómetros de Burdeos, en la carretera de Libourne. El
joven, poseedor de una gran fortuna, había vuelto a ver a una prima rica y
encantadora. Paseos a caballo, a pie, en barco; baños de mar en Arcachon y en
Royan; piano; romances, charlas vespertinas; Julia de Ferville se convertía en
condesa de Mauval.
Su matrimonio se remontaba a 1860.
A la muerte de sus padres, el aristócrata del Norte vendió sus tierras de
Normandía, para aumentar el valor de sus dominios del Bordelais y adquirir nuevos
viñedos. Durante el segundo Imperio, el conde vivió apartado de todo tipo de
actividad política, ocupándose sobre todo de la agricultura. Obtuvo un diploma de
honor en el concurso regional de Burdeos, fue condecorado y nombrado
vicepresidente de la Sociedad de Agricultura de Francia. En la Exposición Universal
de 1867, obtuvo la cruz de oficial; dos años más tarde, era ascendido al grado de
comandante de la Legión de honor, sin que hubiese hecho nada para justificar tan
grandes recompensas. El Sr. de Mauval tenía mucho espíritu; era rico, familiar,
generoso; se le adoraba en la Gironde; sabía encandilar. Los aparceros de Ferville no
juraban más que por «su señor», un aristócrata nada orgulloso, que estrechaba la
mano de los aldeanos, acariciaba a los pequeños y, llegada la ocasión, besaba a las
mujeres.
El Imperio veía en él una fuerza a utilizar.
El conde, un poco vanidoso, aceptó el cordón rojo, a pesar de los reproches de
su familia, aunque persistió en rechazar cualquier candidatura oficial. Pero, después
del 4 de septiembre, se convirtió en uno de los más fervientes organizadores del
partido realista, y el departamento de la Gironde lo envió como representante en la
Asamblea nacional. Enseguida fue elegido senador; y, uno de los más jóvenes, era
uno de los miembros menos asiduos al Parlamento, afirmando ya su versatilidad en
todas las cosas.
El único antiguo pariente que le quedaba era el marqués de Ferville, – el padre
de la condesa Julia, – cazador endiablado, excelente hombre, aislado en un castillo
con sus criados, sus caballos y sus perros.
La familia de Mauval era uno de las más ilustres casas de Francia. Databa del
tiempo de las Cruzadas. Originaria del Poitou, trasladada más tarde a Normandía,
contaba entre sus antepasados con templarios, comandantes de Malta, un Papa,
arzobispos, presidentes de Parlamento, varios grandes capitanes, sabios, políticos.
Representaba a la vez la nobleza de porte y la nobleza de espada. Su blasón llevaba
esta divisa: Nil nisi Deo et virtute.
11
Los Mauval pasaban el invierno en Paris, en su palacete de la calle de
Varennes, que era propiedad del conde. La joven y elegante bordelesa figuró pronto
en cabeza de todas las obras de caridad, no escatimando su tiempo ni su cartera para
aliviar las miserias parisinas. Hace apenas algunos meses, el senador, que raramente
asistía a las sesiones de la Asamblea, daba sus paseos por el Bois; pero ha tenido
que renunciar a ello, desde que se ha entregado a la fiesta infernal que dirige su
primo, el Sr. de Sombreuse.
En menos de dos años de desenfreno, el rostro del aristócrata se ha hundido y
ajado: el cuerpo se ha encorvado en uno de esos decaimientos que explican una
súbita derogación de las leyes de la higiene y una malsana exaltación de los
sentidos. El viejo se sobresalta bajo unos tics nerviosos; e incluso, en la casa, bajo
las tristes miradas de su esposa y su hija, se dedica a risibles excentricidades para
los demás, pero crueles para los suyos. La condesa Julia es presa del miedo al
recordar lo que fue ese hombre, antaño tan encantador, tan espiritual, cuando lucha
para distraerle de esta insólita actitud al que su imaginación lo empuja.
¿Cuál es la mano que se ha posado sobre ese rostro de hombre, sobre esa
cabeza gris, ayer todavía digno de todos los respetos, de todas las amistades, de
todas las devociones?... ¿Quién es el misterioso alquimista que ha abierto ese
cráneo, que ha macerado ese cerebro para destruir en él la divina esencia – la llama
azul que brilla, al aliento del honor y del amor – que, por si sola, inspira el deseo de
amar y concede la dicha de ser amado?...
¡Oh! ella lo sabe muy bien. La condesa Julia conoce al individuo bizarro, al
demonio familiar y extraño que se ha propuesto la destrucción de su felicidad, el
desmoronamiento de sus sueños. Conoce esa mano que arroja al viento helado las
cenizas de su hogar, que aparece bruscamente en su casa, cuando ella ruega a Dios
alejarlo para siempre, y no se equivoca, dejando recaer sobre un solo hombre el peso
de sus angustias y sus terrores.
Este hombre es el pariente de su marido.
Desde que el Sr. de Sombreuse regresó de sus lejanos viajes, desde que se
introdujo en el palacete de la calle de Varennes, el conde de Mauval se ha
convertido en su dócil esclavo, y le sigue a todas partes, vaya a donde vaya. El
primo lo pasea al antojo de sus fantasías; y cada día, cada noche sobre todo, realiza
sus desoladores estragos. En vano la joven mujer ha tratado de interponerse entre el
tenebroso conductor y su víctima: los dos hombres no la escuchan.
¿Qué pide este pariente, tanto tiempo en el anonimato?
¿Por qué viene a arrancar al esposo de las caricias de su mujer? ¿Por qué
despierta al conde Jacques con palabras susurradas en voz baja que avivan el
incendio en los ojos del viejo? ¿Por qué, una noche, mientras todos charlaban
animadamente, el marqués apareció súbitamente, excusando con sus delgados labios
y con su voz melosa, su repentina entrada? ¿Por qué el Sr. de Mauval regresa tan
pálido, tan miserable, tan apagado, como si el otro, siempre fresco y fogoso, a pesar
de su edad, le vertiese, sin tomar su parte, un licor mortal?
En el silencio de la habitación, la condesa Julia se estremece ante el ser
malévolo que sonríe con sonrisa sarcástica, arrastrando a su presa. El marqués es
rico. No espera nada de ellos; sabe bien que tienen una hija. ¿Por qué entonces
parece querer llevarse a su primo a la tumba?... Y sobre todo, ¿por qué no lo arruina
el cansancio a él también?... ¿Por qué conserva la eterna frescura de su rostro, la
elegancia en sus maneras, mientras su víctima se hunde y la sonrisa de Jacques se
apaga bajo el rictus de un loco?... ¿Por qué quiere destruirlos a ambos, a él con las
orgías, a ella con el dolor?... ¿Qué bárbara misión se ha impuesto?...
12
En varias ocasiones, la condesa ha estado a punto de hablar con el Sr. de
Sombreuse, de suplicarle que dejase a su marido. Ella así lo quería; pero el marqués
la ha detenido con un gesto, como si él no comprendiese. La actitud del marqués es
tal, que realmente la condesa ha dudado de sí misma, de su razón.
Los dos hombres han recorrido todo París; y, por la mañana, como las demás
mañanas, el conde ha regresado al palacete, más bajo, más abatido, más sufriente,
menos hombre.
En presentica del Sr. de Sombreuse, la señora de Mauval se siente molesta,
vigilada, sin que le sea permitido protestar contra esa molestia, contra esa vigilancia;
la mirada sangrante del viejo aristócrata la fascina o la espanta.
Fríamente, razona: se ha interrogado a sí misma, registra en el pasado los
menores incidentes de su infancia, de su juventud, de su vida de esposa y no
encuentra ninguna explicación plausible a la autoridad a la que está sometida el
conde, al espanto que le inspira el primo. Él, el marqués, ha permanecido mucho
tiempo en el extranjero; ha asistido de casualidad al matrimonio de su pariente, y ha
vuelto a partir, al día siguiente, en un paquebote con destino a la Baja Conchinchina.
No tuvieron noticias de él, y cuando, hace tres años, regresó a Paris, a su palacete de
la calle de Grenell-Saint-Germain, se ha presentado en el domicilio de su primo, con
toda naturalidad, diciendo que venía a acabar sus días junto a ellos.
Y, desde hace ya dos inviernos, el conde Jacques ha comenzado sus locuras, y
ya ha dejado de amar a su esposa, y a abandonar su casa; fue a partir de ese
momento cuando el Sr. de Mauval ha dado muestras de desmoronamiento
intelectual que nada ni nadie hacía prever.
El Sr. de Sombreuse ordena, pero parece obedecer.
–¿Vienes, César?--- ¿Nos vamos allá, sí o no? – pregunta el senador, nervioso.
Y el marqués se aparta alegremente de Julia y de Thérèse, diciendo:
–¡Señoras, qué vaya bien!... ¡Preparamos el regreso del Roy!
Tras tantos razonamientos, como la Sra. de Mauval no podía explicar la
conducta del marqués, su singular actitud, comprendiendo al mismo tiempo que no
debía esperar nada de ese hombre, de ese extraño mentor, – decidió reconquistar ella
misma a su querido esposo.
Una duda crecía en ella: «¿Qué tienen las demás que yo no tengo?...»
Todavía no tenía cuarenta años; aún era una «mujer» en el sentido fisiológico
del término, sumisa a las leyes de su sexo. Precisamente la menstruación acababa de
desaparecer, y ese fardo de sangre y vida, del que la condesa Julia se había
desprendido, había aligerado su cuerpo, hecho sus carnes más firmes, sus
movimientos más rápidos, su boca más fresca, la luz de sus ojos más brillante.
En esa renovación de juventud, la Sra. de Mauval se sentía impulsada por
vagos deseos; un aliento de sensualidad se desencadenaba sobre la mujer,
removiendo los exquisitos recuerdos de las batallas conyugales, de los pudores
dejados a un lado, de los castos abandonos, de las ardientes voluptuosidades. Era un
veranillo de San Martín que la calentaba!
La condesa Julia se levantó del sofá donde, desde varias horas, había
permanecido sentada, enfrascada en sus pensamientos. Caminaba, enervada, sobre
las alfombras de la habitación, delante de la gran cama de roble, muy majestuosa en
la alta estrada, llevado en el frontón del dosel de antiguas telas, la corona condal,
encima de las armas enlazadas de las dos familias. Ella caminaba, con los ojos
brillantes, las mejillas encendidas, estremecida bajo una irritación desconocida, en
una tumultuosa exaltación de los sentidos. Pronto le vino a su mente la presencia de
su hija, su Thérèse que dormía al fondo del corredor, en su cama blanca de
13
jovencita, sería la esposa de otro hombre, y un silencioso ruego se exhaló de su alma
para que la niña de sus carnes no conociese la terrible visión del lecho nupcial
abandonado.
Bruscamente, levantó la tapicería que adornaba su vestidor, donde las altas
lámparas vertían un polvillo de oro. La señora de Mauval se complació mirándose
en el gran espejo del fondo, donde se veía de cuerpo entero. Sonrió a su imagen,
feliz de ser todavía bella; y, atormentada con un fogonazo de celos, quiso juzgar si
realmente, en las veleidades del combate amoroso, estabas armada para la lucha.
Estaba en su casa; y si su orgullo debía ser herido, y si su pudor de mujer se
revelaba, ningún testigo la vería temblar ni enrojecer.
Tras alguna vacilación, la condesa se deshizo de su batín, que cayó a sus pies;
quitó sus finas batistas, desprendiéndose de todos los tesoros de su lujo íntimo,
dejando formase una acumulación perfumada por el dulce olor de las carnes. Julia
estaba desnuda: su larga cabellera dorada se expandía sobre sus hombros; unas luces
discurrían sobre sus caderas de delicados arqueos, por debajo de los montículos y
las sinuosidades de su pecho, pasaban rápidos sobre las flores de los senos, sobre los
brazos, y las piernas moldeadas finamente, iluminando y besando todo de un golpe,
y con una llama más intensa, y con una caricia más tierna y más cálida, las
misteriosas maravillas de esta mujer triunfante.
Lejos de deformarla, la maternidad ya lejana, la había dado una audacia de
contornos y un cincelado de cintura y en el nacimiento de los senos, allí donde las
líneas debiesen haber sido más flácidas, demasiado lánguidas, esos ligeros defectos
inherentes a la mayoría de las muchachas del Midi.
Permanecía allí, tranquila, orgullosa, casta, con los párpados medio cerrados,
ante la armonía y la belleza de sus formas, en presencia de la otra mujer, – su
retrato, – al que ella miró un instante, ya no con ojos de ira, sino apaciguada,
diciéndose que las rivales vivas desaparecerían muy pronto, igual que iba a
desvanecerse su propia imagen reflejada.
Y viéndose bonita, se sintió poderosa, alegre.
Acostada y soñadora, bajo el fulgor de una lámpara, encantadora en su larga
camisa de surah, con su gorro de dormir discretamente estampado con florecillas
azules, Julia, con la mirada fija en el reloj de péndulo de plata antigua, esperaba.
¡Oh! ¿Por qué tardaba tanto?
Dieron las cuatro. El conde Jacques jamás había llegado tan tarde. Todos los
celos de esposa se desvanecían.
La condesa solamente temía que algo malo le hubiese sucedido a su marido,
que lo trajesen herido, moribundo tal vez, y sollozaba con la idea de que ella no
estaba a su lado, no importaba dónde, ¡para socorrerlo! Iba a levantarse, a ordenar a
sus criados que recorriesen París; iba a despertar a su hija, pues no podía dejar al
pobre viejo allí, al pobre viejo que ella amaba, dejarlo solo con ese hombre, ese
pariente bárbaro, que, sin duda, aprovecharía su debilidad para propinarle el último
golpe. Pero no se atrevió a formular tales órdenes, temiendo el ridículo más por él
que por ella.
Al final, las primeras claridades del día aparecieron.
Unos ruidos de voces subían de las profundidades del palacete. Levantada de
su cama, pálida como una muerta, la señora de Mauval adivinaba la escena: el conde
estaba borracho; Baptiste y François, los mayordomos, ayudaban al aristócrata a
subir la escalera. No era la primera vez que semejante cosa ocurría en la noble
residencia.
14
Los criados atravesaban lentamente el corredor; el senador caminaba en medio
de ellos, con las manos apoyadas sobre sus hombros, tropezando, gesticulando,
emitiendo unos «¡gnouf! ¡gnouf!» con voz débil.
Al cabo de algunos minutos, la condesa pudo oír los pasos de los cridados que
se retiraban, tras haber desvestido y metido en la cama a su amo.
Ella permaneció silenciosa, tratando de dormir. Pero, de repente, en el brusco
despertar de su adormecimiento, con la idea en la cabeza de alguna desgracia,
golpeó su mano contra la pared tapizada; llamó, del mismo modo que hacía él, en
las horas de amor, de un modo discreto.
No hubo respuesta.
Golpeó de nuevo, más fuerte, desazonada.
El mismo silencio.
De un impulso, sin reflexionar, presa de una valentía de esposa, se levantó,
puso rápidamente sus faldas y su camisa, y abrió la puerta que comunicaba con la
otra habitación. Dulcemente, el corazón latiendo, como la primera noche de bodas,
se acercó a la cama nupcial. Las velas de los candelabros estaban apagadas, pero un
delgado hilillo de luz diurna se deslizaba a través de las cortinas de la ventana.
Con el cuerpo inclinado hacia delante, reteniendo su aliento, preguntó:
–¿Amigo mío?... ¿Jacques?... ¿Jacques?...
El rostro del hombre, hundido en las almohadas, se movió penosamente. Una
voz pastosa respondió:
–¡Ah! ¿eres tú Julia?
Había dicho eso con naturalidad, como si la actitud de su esposa hubiese sido
habitual.
La condesa continuó:
–Temía que estuvieses enfermo…
Él sacudió la cabeza; pero un hipo, seguido de un ataque de tos, lo obligó a
levantarse. A la luz más grande del día, la señora de Mauval puedo ver el rostro
deformado, enorme, gesticulante. El viejo tosía, sacudido por un acceso formidable;
y, como él buscaba su pañuelo, ella tomó uno en el cajón del armario y se lo
presentó, manteniéndolo ella misma para que él estuviese más cómodo.
La tos se había calmado.
Entonces, el senador descansó su pesada cabeza, con los ojos inyectados en
sangre, sobre las almohadas que las manos de su esposa habían dispuesto. Un brillo
de inteligencia regresaba al Sr. de Mauval.
El aristócrata miró a su esposa, asombrado ahora de verla allí, a esa hora,
junto a él. Esperaba recriminaciones, reproches; ella no pronunciaba más que tiernas
palabras, preguntándole si quería tomar un poco de manzanilla. Precisamente, ella
había preparado una en su habitación.
Él aceptó; ella le hizo beber en una taza, como la pequeña Beaudoin le había
hecho beber en la casa de la calle de Roma; él lo agradeció con un hipo,
salpicándola. Sin protestar, ella se secó el rostro, sobrellevando todos los disgustos,
todos los rencores. La sed del viejo no se apaciguaba. El conde se sentó sobre la
cama y pidió una jarra de agua; bebió a grandes tragos con avidez.
–Ya es suficiente, Jacques, – suspiraba ella, con las manos tendidas… –
¡Vamos, vamos, sé razonable!
Finalmente, él entregó la jarra y se introdujo bajo las mantas. El señor de
Mauval tenía siempre la mirada detenida sobre Julia; la miró con un fondo vago,
tenebroso, hasta el momento en el que pareció querer descansar, apoyando sus
brazos sobre su pecho jadeante.
15
–Voy a quedar contigo, – dijo ella, afectuosamente…
Se desvistió y se deslizó en la cama, para calentar con su calor el cuerpo
helado del viejo.
Pero en el aturdimiento de la borrachera, bajo la amenazadora congestión
cerebral, el cuerpo no se calentaba. En esa musculatura debilitada por los excesos, se
producían sobresaltos, sofocaciones. Los hipos y las necesidades de vomitar se
redoblaban, y el horror no disuadió a la mujer que, habiéndose levantado,
permaneció allí, dispuesta a todo, no queriendo ofrecer ese espectáculo a nadie,
limpiando las jofainas, yendo a tomar agua para lavar las deyecciones del hombre.
Cuando las sábanas estuvieron manchadas hasta no saber dónde poner un pie
ni una mano, el viejo se durmió, muy cansado, roncando como un bruto. Tras
haberlo limpiado, le puso un pijama de franela y una camisa… Luego lo tomó
valientemente entre sus brazos y, sin doblarse bajo el fardo, lo llevó a su habitación,
a su cama, y se acostó a su lado, para vigilar su sueño. Lo besó tiernamente en la
frente; él seguía roncando… Ella no durmió ni un minuto, permaneció en su lugar,
con los pies fríos y dolor en el corazón, no moviéndose por temor a despertarlo.
La señora de Mauval no tuvo ni un instante de desfallecimiento.
¿Abandonar a ese hombre, tras veinte años de matrimonio?... ¿Dejarlo
apagarse en su infamia?... ¡Oh! no, ella no quería eso! ¡Sabría protegerlo, atraerlo de
nuevo a ella, apartarlo de las putas que se lo robaban!
Y, decidida, la condesa pensó en los medios de reconquistar a su marido, al
«viejo niño», al ser débil.
17

III

Calle de Grenelle-Saint-Germain, entre un amplio patio enlosado, con las
paredes tapizadas de hiedras y un jardín de césped amarillento, bajo el ramaje de
viejos árboles, – un palacete construido por el general Poulprit y decorado por
Watteau. Era allí, en la vecindad de la familia de Mauval, donde vivía, desde hacía
tres años, el marqués Pierres-Antoine-César de Sombreuse.
La residencia que el viejo aristócrata acababa de comprar y de pagar al
contado, a su llegada a la capital, parecía haber sido construido, según sus intereses,
por un antepasado que – presagiando el futuro– hubiese adivinado los gustos y las
costumbres del futuro habitante. En la calle de Grenelle, una fachada gris,
polvorienta, muda, con diez ventanas enrejadas, un portal de garaje pintado de verde
claro y armado de fuertes herrajes; a la izquierda, del lado del bulevar SaintGermain, la puerta de servicio.
Exteriormente, aparentaba una forma sobria, monástica, casi un convento.
En el interior, todos los refinamientos del lujo, todas las excentricidades del
arte, todas las sorpresas que puede inventar una imaginación activa, todos los
tesoros que sabe reunir la mano delicada de un artista millonario, y también todas
las rarezas que sueñan los locos en su eterno delirio, deslumbraban la vista,
despertaban los sentidos, encantaban el espíritu o golpeaban de espanto. Una parte
del palacio había sido sacrificado, con motivo de la reciente instalación de un
inmenso vestíbulo transformado en jardín de invierno; aun así, el domicilio era
todavía muy amplio.
Las estatuas de mármol, las poderosas o graciosas pinturas, los bronces, las
piezas de orfebrería, los muebles artísticos, los bibelots más raros, se disponían, aquí
y allá, en los estantes, en los largos corredores, en los salones y las habitaciones,
para satisfacer las inexplicables fantasías de su propietario. En el dormitorio, entre
unas cortinas decoradas con flores azules y oro, sobre decorados de Gobelins, se
balanceaban unos esqueletos de mujeres y niños rodeados de metales preciosos,
colgando en el techo por hilos invisibles, y en las esquinas, al lado de las pastorales
de Saxo, unos quemadores de perfumes japoneses. Encima de unas consolas se
encontraban unas ninfas de malaquita, un espejo de plata; había cabelleras humanas
de todos los colores, cuernos de ciervos, fetiches de hombres y animales, kriss de
java, knouts, una guillotina en miniatura, y una serie de instrumentos de suplicio
innombrables.
Al lado de la habitación, situada en el primer piso, un baño de mármol negro
con aparataos de hidroterapia, una bañera de plata maciza,; dos pequeños salones de
relax, uno de verano, el otro de invierno: el primero, amueblado al estilo oriental,
todo en bambú, con un cielo de juncos de color, paredes de esteras, y colgando del
techo, cruzados como velas de navío, colgaduras estivales; una hamaca, pagodas
imágenes fantásticas; el salón de invierno, muy cálido: sofás rusos, tapices de
Esmirna, mullidos cojines, divanes.
Al fondo del corredor, iluminado por unos vitrales procedentes de alguna
catedral gótica, la biblioteca, que solamente contenía un millar de volúmenes, una
biblioteca de hombre sensual: in-folios, pergaminos envejecidos; miniaturas
preciosas, toda la obra erótica desde los clásicos hasta los modernos, desde
Suetonio, Petronio, Juvenal, hasta los escritos de la edad media; desde las obras
18
íncubos y súcubos, hasta los cuentistas del siglo XVIII y los novelistas
contemporáneos de temática psicológica. Grabados al agua fuerte, sobre madera,
sobre cobre; carboncillos, pasteles, acuarelas, estampas, recreando siempre escenas
libidinosas, pues el aristócrata parecía no complacerse más que en una idea fija.
Entre estas maravillas se encontraba, guardado en una caja de roble, un gran
álbum que el Sr. de Sombreuse había traído de un viaje a través del extremo Oriente.
Este álbum, de hojas de seda, encuadernado con piel humana, del pecho de una
joven púber en la cubierta, y en el dorso de la espalda de un muchacho virgen, era la
obra de un gran artista japonés. Le había costado al marqués cien mil francos. Se
trataba de una serie de acuarelas en las que se contaba la historia de una joven
mujer, de una señorita Tántalo, que, descontenta o decepcionada de sus amores con
los hombres, y tal vez de sus orgias con las mujeres, pedía sucesivamente goces a
los animales. En la primera página, un topo saliendo de tierra, luego un perro, un
caballo, un mono, un chivo, un tigre, un murciélago, finalmente un pulpo: esos
seres, en posiciones variadas, se acercaban uno a uno a la mujer, mostrando, en la
manifestación del placer, signos propios de su sensualidad. Cada uno de estos
animales expresaba una sensación especial que la victima parecía resumir a su vez
mediante miradas, risas, exaltamientos, locos disfrutes o espantosos terrores. A la
aparición del pulpo, tan solo se veían las dos piernas de la mujer: el resto del cuerpo
se perdía en las tinieblas de la nada.
A veces, el marqués se quedaba toda una noche entera admirando los dibujos
del álbum, de esa obra maestra única en el mundo.
Una puerta de la biblioteca se abría sobre un cuarto llamado: «Habitación de
La Hire.» Allí, en un pequeño vestíbulo decorado de verde oscuro, con suelo
cubierto de fina arena, de claros ventanales, bajo un cocotero artificial, en una
especie de cabaña rustica y musgosa, vivía el mejor amigo del marqués: su mono.
El animal se llamaba La Hire, como la dama de corazones2. Era un orangután
negro, de la tribu de los catarinas, de rostro oliváceo entre dos patillas de rojo
intenso, con el aplastamiento nasal muy marcado, dirigido hacia abajo, de cola muy
pequeña, de un metro noventa de altura, la talla de un buen caballero francés. Sus
miembros gráciles y largos llegaban casi a tierra; sus esbelto cuerpo, de pelo
abundante, estaba dotado de una gran energía muscular; su cráneo redondeado, sus
ojos vivos, su morro poco prominente, cuyo ángulo no parecía más oblicuo que el
de un negro, le conferían una sorprendente semejanza con el hombre. Glotón,
sensual, ladrón, encarnaba todos los vicios de un mal criado; pero el amo le
perdonaba sus defectos, a causa de su vivacidad y habilidad. El mamífero encantaba
al marques tanto por su glotonería como por su notable inteligencia. En sus días de
buen humor, el Sr. de Sombreuse adiestraba a su mono a abrir las puertas, a ejecutar
giros de trapecio, a enjuagar los vasos, a desabrochar los botones, a doblar los trajes,
a servir la mesa. Los criados de la casa tenían por el animal un respetuoso cariño; y
un negro, Jack Novar, uno de los mayordomos, – más especialmente predispuesto a
la custodia del mono, – iba dos veces al día a limpiar la estancia del animal y a abrir
los grifos de un gran pilón de mármol blanco.

2

Se refiere al naipe que forma parte de los juegos de cartas occidentales tradicionales. Es una figura y
representa un personaje. En las cartas antiguas francesas, el nombre «Lahire» está inscrito en las esquinas
de la carta. Esta denominación probablemente se refiera al sobrenombre de Etienne de Vignolles,
compañero de armas de Juana de Arco. (Nota del T.)
19
La Hire bebía agua o leche y se alimentaba indiferentemente de hojas de
lechuga, de berros, de queso fresco, de nueces y de dátiles; su abrevadero estaba
siempre lleno. El Sr. de Sombreuse lo había traído del Nuevo Mundo; y desde más
de dos años que estaba allí, el simio se habituaba cómodamente a su lujosa
esclavitud. En los días de buen tiempo, Jack Novar desataba la cadena de plata que
mantenía atado el mono a su cocotero; y ambos, el hombre negro y el animal, como
buenos amigos, con composturas y gestos más o menos semejantes y una gran
similitud de rostro, salían a dar una vuelta por el jardín, bajo la vigilancia de su amo.
El personal del palacete se componía de un mayordomo; un jefe de cocina con
dos ayudantes; un primer y segundo cochero, sin contar los hombres de los establos;
un sommelier, un heladero; Jack Novar, criado del mono; James Sthol, antiguo
jockey, ayuda de cámara del marqués, y Marguerite Prunier, ama de llaves, – una
robusta muchacha de dieciocho años, de cara picarona, muy perezosa y golosa.
Todo el servicio obedecía a una gobernanta, la Señora Joséphine Ponceau, que
poseía toda la confianza del dueño.
Descendiente de las más antiguas familias de Bretaña, huérfano muy pronto,
millonario, el Sr. de Sombreuse – Sombreuse, en la antigua ortografía de la palabra
– había pasado su vida recorriendo el mundo, escoltado por Joséphine Ponceau, su
gobernanta hoy, su amante antaño, a la que él relegaba a las atribuciones de
matrona. Hacía ya varios años que el marqués, que ya era sesentón, vivía en un
palacio en Saigón, cuando, de súbito, un violento deseo de volver a ver Francia
había germinado en su alma, un poco harto de todo; se había decidido a abandonar
la Baja-Conchinchina y acabar sus días en París, junto a los Mauval, sus únicos
parientes. Observando su actitud en el salón de Émilie Plock, viéndole vaciar su
vaso, despreocupado de las putas, se hubiese podido creer que el viejo marqués no
tenía ya más que un solo vicio, la bebida. Nos hubiésemos engañado. El viejo era
uno de esos seres que viven y no se mueven más que mediante la actividad sexual.
Era la prueba viviente de que la pasión de los sentidos es la única que no perdona,
que arrastra a sus víctimas – hombres y mujeres – hasta la última hora, los mina, los
consume de tal manera que solo les queda una fuerza, un músculo, un movimiento,
un atisbo de inteligencia. El jugador queda herido en el momento que ya no tiene
dinero; el alcohólico muere desde el momento que ya no puede beber; el ser sensual
funciona siempre, incluso cuando su cuerpo está usado, acabado, «incapaz». A la
degradación del organismo vital, sucede el lento debilitamiento de los goces del
espíritu, pues el espíritu, él también, es un vicioso, el más grande de todos, el más
tenaz, el más difícil de apagar, el más reacio al inevitable envejecimiento.
Este desmesurado apetito que el Sr. de Sombreuse jamás había tratado de
mitigar, procedía de su raza, constantemente unida por lazos consanguíneos, estirpe
demasiada altiva y poco razonable para permitir a una sangre nueva regenerarla
mediante sus elementos vitales. Desde siglos, la familia de Sombreuse, afincada en
las tierras de Bretaña, enclaustrada en su hacienda, rechazaba toda alianza ajena.
Los primos siempre se habían casado con las primas; de ahí, un debilitamiento
gradual en la obra de la heredad.
Lejos de cuidarse, el marqués, cuya infancia fue enfermiza, muy pronto dio
rienda libre a sus inclinaciones, exaltado en los deseos por una inmensa fortuna.
Pero, en su madurez, mientras recorría las estepas de Rusia, como turista, su
musculatura quebrantada se fortificó con los ejercicios violentos y las largas
marchas, y pronto, el ser enclenque se transformaba en una especie de Hércules del
norte, de amplio tórax, con unos vigorosos pectorales. Se produjo de este modo una
lucha entre la actividad física desbordante y una tara congénita[5]. El equilibrio se
20
había mantenido hasta ese momento, a pesar de las constantes peregrinaciones bajo
los diversos climas del mundo, a pesar de la incesante labor de un cerebro
enloquecido, de tal modo es poderosa la higiene bien comprendida.
El Sr. de Sombreuse volvía a Francia para reposar en el sueño de mil
aventuras, rodeado de numerosos recuerdos de sus viajes. Se instalaba en París,
sabiendo bien que no encontraría en esta ciudad de occidente las extrañas emociones
que había sentido en medio de los orientales, entre esos pueblos donde el sol
calienta más fuerte que en la vieja Europa, donde las mujeres son más lujuriosas y
donde las libertades de vivir son más grandes.
Y he aquí que, de golpe, con motivo de su primera visita al palacete de la calle
de Varennes, al domicilio de sus parientes los Mauval, el aristócrata se había
estremecido bajo los hermosos ojos de la condesa. No había vuelto a ver a su prima
desde el día de su boda, donde le había parecido una bonita señorita, pero no lo
suficiente para dejar huella en su espíritu, y el hombre no podía sustraerse de la
obsesión por la dulce prima.
Al principio le produjo hilaridad, alzándose de hombros ante este amor senil
que crecía; incluso se lamentó de sí mismo, recordando sus aventuras galantes,
plenas de lujuria, los millares de hermosas mujeres con las que yació en su camino,
los inolvidables palacios, las conquistas fáciles o difíciles, los encantadoras
adúlteras. Y, como la idea no se le iba de la cabeza, se regocijó con ella,
considerándola como un síntoma alegre de sus renacientes fuerzas.
De nuevo se arrojó al placer. Tuvo amantes en la alta sociedad, en la
burguesía, entre las putas; tuvo la satisfacción de corromper a una decena de
burguesas de porte grave y trajes abotonados hasta el cuello; se hizo protector de
actrices de moda, de estrellas de la danza, cliente de casas sórdidas, educador de
algunas chiquillas entregadas a él en lugares innobles, el generoso amante de ciertas
duquesas pobres y viciosas; en una palabra, fue el director de la orgía parisina, bajo
todas sus formas, en toda clase de sociedad, un gran artista.
Pero el recuerdo de la señora de Mauval permanecía anclado en el cerebro del
viejo, que, en lugar de desviar su pensamiento, lo aprehendía más, tratando de
buscar las ocasiones de hablar con su prima, de introducirse en su domicilio, de
sorprenderla en medio del desorden de la intimidad, en su vida de esposa y de
madre. Después de una comida familiar en la que Julia se había mostrado amable,
espiritual, afectuosa, casi tierna con ese primo mayor venido de países extranjeros,
el marqués regresaba a su palacete completamente enfebrecido de esperanza.
Soñaba con la mujer, en un deslumbramiento de aurora. ¡La bien amada iba a
venir!... ¡Ella era suya!... Desde el día siguiente, al espejismo luminoso sucedían las
sombras de las realidades presentes. La condesa retomaba su actitud grave; y él, el
don Juan exótico, no encontraba ya sus frases de gran elocuencia, ni sus poses de
caballero galante. Farfullaba, tartamudeaba, igual que un colegial vergonzoso; y
como no se preocupaba de los peligros que podrían atraerle las gestiones demasiado
precipitadas, demasiado atrevidas, nunca tenía en consideración el temor de ser
rechazado por completo.
Pronto, todas las fabulosas aventuras del marqués se desvanecieron: sus
caprichos de niño, sus proezas de juventud, sus voluptuosidades, sus locuras de
senectud, nada quedó. Fue como el desmoronamiento de esos cuadros vividos de
lujuria que el viajero había experimentado a lo largo de su ruta a través del mundo,
para regocijar el espíritu en su vejez todavía verde. Desearía vencer, expulsar la
imagen, huir de la eterna canción. Pero al igual que una orquesta, cuando entra el
21
solo de flauta, los demás instrumentos se callan, en su imaginación cantaba
solamente una voz, la voz de la mujer amada[6].
El Sr. de Sombreuse conocía a la señora de Mauval. Le bastaron algunas
pocas entrevistas para apreciar la firmeza de su carácter, la profunda amistad que
Julia sentía por su marido, el tierno amor que experimentaba por su hija. Sabía que
Julia era católica, muy religiosa; y que a falta de otros sentimientos, su miedo al
pecado y su creencia en Dios la hubiesen detenido y protegido contra sí misma,
llegada la tentación.
La prima era rica. No podía pues seducirla por el brillo de su oro y de su lujo;
él tenía sesenta años, diez años más que el senador, y no podía esperar despertar en
la señora de Mauval un capricho por su cabeza canosa. Sin embargo él la quería, la
solicitaba, la llamaba, perdidamente, con todo el poderío de sus fuerzas, con todo el
furor de su carne marchita.
Por ella, él se medía, se cuidaba, esperando siempre una ocasión favorable.
En el palacete de la calle de Varennes, el marqués apareció muy elegante, a la
última moda; colmaba a Thérèse de regalos, enviaba ramos de flores a la madre, y
todas sus delicadezas de hombre de mundo, de pariente afectuoso, no adelantaban
gran cosa su campaña amorosa. Aunque la noble familia no lo trataba como a un
burgués, como a un tío a heredar, él sentía que se sonreían a escondidas de su
orgullo exagerado de viejo apuesto, de sus abrigos cortos, de sus corbatas de satén
rojo y de su rostro anguloso maquillado de rosa.
Toda esa mentirosa primavera era inútil.
Enseguida, el marqués pensó en arrastrar al desenfreno a su primo Mauval,
arruinar poco a poco el temperamento del esposo, de pasear al hombre a través de
los vicios parisinos, para convertirlo en un ser grotesco, odiosos para su esposa. La
tarea era tanta o más fácil, debido al débil carácter del senador, incapaz de una
energía y de una negativa. Tras algunos meses de intimidad, el Sr. de Sombreuse
gobernaba a su guisa al marido de Julia. Se dedicaron a los libertinajes en esas
mismas casas que el marqués había frecuentado, mientras que él trataba de olvidar
su doloroso amor. El mentor, habituado a la orgía, se moderaba, mientras que el
senador, cuya existencia había sido plácida, con una juventud poco tormentosa,
arrojaba a todos los vientos los últimos despojos de sus fuerzas.
El Sr. de Sombreuse vigilaba con mirada celosa la caída de su primo, con el
pensamiento en el espíritu de que la hora en la que la Sra. de Mauval buscaría un
consuelo o una venganza, estaba próxima. Él estaría allí, consolador o vengador;
¡poco le importaba!
El pequeño viejo se rompía por todas partes, ardía por todas partes, y la obra
de destrucción satisfacía al destructor.
Ahora bien, al día siguiente que siguió a la pequeña fiesta de la calle de Roma,
el Sr. de Sombreuse se despertó a mediodía, casi alegre.
Apareció James Stolh, el ayuda de cámara del aristócrata. Abrió las persianas
de la habitación y presentó a su amo una bandeja de plata repleta de una voluminosa
correspondencia y una pila de periódicos. Ese James Stolh, de origen inglés, era un
gran joven de tez rosada, sin barba, un poco mofletudo, con una cabellera rubia
clara. Llevaba puesta su librea de la mañana, chaleco rojo con mangas de lustrina
negra y pantalón gris con cinta verde; y, bajo el blanco mandil atado a los riñones,
sus piernas gordas se mantenían arqueadas, según el hábito de los jockeys,
acostumbrados al caballo desde la infancia. Sufrió un accidente durante una carrera,
en Espsom que lo había obligado a renunciar a su oficio, que ya no añoraba desde
que estaba al servicio del marqués. El peso de su cuerpo ya no le preocupaba, y el
22
lampiño, no sintiéndose obligado a pesar pocos kilos, se abandonaba a los goces de
la buena mesa; su rostro se coloreaba esas placas de sangre que dan a la piel una
abundancia demasiado grande que sucede a las privaciones demasiado largas.
Stolh realizaba una tarea insignificante. Para los trabajos duros, el encerado de
las escaleras y los apartamentos, la limpieza de las grandes alfombras de los salones
y las habitaciones, era ayudado por Jack Novar, el criado del mono. Se conformaba
con vestir al marqués, hacer la cama al amo y quitar el polvo a algunos bibelots. En
esta labor de mujer, el ex jockey iba adquiriendo poco a poco los ademanes y gestos
de una muchacha, acostándose sobre un diván la mayor parte del día, leyendo
novelas obscenas, fumando cigarrillos de tabaco turco, o divirtiéndose, sobre una
silla, imitando el trote de un caballo cojo, como él mismo era.
La gobernanta del palacete, la señora Josèphine Ponceau, quería reprender a
ese muchacho de veinticinco años; pero permanecía con la boca cerrada, viendo
como el marqués disculpaba todas las fantasías de su lampiño paliducho.
Tras haber abierto sus cartas y ojeado rápidamente algunos periódicos, el Sr.
de Sombreuse se dejaba vestir por Stolh; luego pasó al salón de invierno.
Allí, escribió algunas palabras de respuesta a sus numerosos corresponsales, y
descendió a la gran planta baja para almorzar.
El marqués nunca se había mostrado con un humor tan jovial; comía
alegremente, encontrando todo exquisito. Incluso ordenó que el cocinero preparase
una segunda costilleta y que el sommelier bajase a la bodega para buscar una botella
polvorienta y uno de esos frascos de de antiguo champán que, desde la invasión de
la filoxera, se guardaban preciosamente. La señora Josèphine Ponceau, que servía a
su amo, permanecía sentada, habituada a los arranques de ira del marqués y a sus
protestas por la comida.
Pidió café negro, el licor de los capones, que no tomaba dese hacía mucho
tiempo, sujeto a un régimen del cual, solamente la víspera, había abandonado.
Todos los líquidos ingeridos en casa de la Plock no turbaron en absoluto su sueño.
Había dormido, en el encanto de los sueños que relajan, cuando hacen nacer la
visión de las ideas realizadas, Y, por la mañana, aunque la quimera se había
desvanecido, el viejo conservaba la esperanza, casi la certeza, de alcanzar pronto su
objetivo. El primo de Mauval todavía no había regresado a su casa en parecido
estado… Los criados habían tenido que llevarlo, como se lleva a un muerto… ¡Y
qué muerto!... ¡Lázaro borracho resucitado!... ¡Qué espectáculo para la condesa!...
¡Qué vergüenza!... ¡Qué disgusto!...
El Sr. de Sombreuse encendió un habano, y se inclinó sobre el dosel de su alto
sillón en cuero de Cordoue, con los bigotes levantados, el labio sonriente, dando la
espalda al fuego, saboreando de vez en cuando el licor dorado que brillaba en su fina
copa de cristal.
La señora Ponceau alineaba la vajilla sobre los estantes y observaba
curiosamente a su amo.
–¡El señor parece que tenga menos de veinte años, de treinta años! – dijo ella
muy seria.
–¿Tú crees, Fifine?
–¡Es que no reconozco al señor marqués!
–¿Y tú qué piensas?
–Pienso que sois aún capaz de todo, – murmuró Joséphine, que se arrastraba
voluptuosamente hacia su amo, provocante y estratega, como lo hacía cada día aún,
por la mañana y las noches, a las horas de la digestión del marqués.
23
El Sr. de Sombreuse la detuvo con un gesto en su explosión de ternura y le dio
un beso en la frente.
–¿Entonces… no hace falta que…? ¿Preferís que llame a Marguerite? –
preguntó la señora Ponceau.
–No… hoy no… ¡Déjame!
Joséphine, en el umbral de la cuarentena, era alta, morena, y seductora, a pesar
de una ligera gordura. Su vestido le daba más bien aspecto de un casquivana fácil
que de una criada de casa noble y rica; pero si el vestido de seda negra indicaba una
criada presuntuosa, la señora de Ponceau se privaba de toda distinción por el
constante muestrario de sus joyas: servía a la mesa en manga corta, con los cabellos
cortados como un perro, los brazos llenos de brazaletes, los dedos brillantes de
sortijas, un reloj colgando a su cintura. Joséphine era reemplazada por el jefe de
cocina y los criados de a pie, los días de recepción y, el Sr. de Sombreuse, que tenía
otros pensamientos en el corazón, dejaba hacer a la gobernanta.
Su conocimiento databa de veinte años atrás. En el Havre, una noche de
desenfreno, el Sr. de Sombreuse, que se preparaba para una nueva juerga, vio a una
mujer de luto que merodeaba, inquieta, por las calles. La Sra. Ponceau acababa de
perder a su marido, un agente bursátil que había muerto la víspera de una quiebra.
Ella iba a donde va una joven y bonita viuda que sale, cuando fue abordada por el
Sr. de Sombreuse. Pasaron juntos una semana en el palacete, y Joséphine se había
decidido – no teniendo a nadie en el mundo – a acompañar al aristócrata viajero.
Hoy, la criada para todo, aceptaba con resignación un rol de segundo plano,
feliz de recibir a veces de su amo la limosna de una caricia, poniendo todo de su
parte para conservar la posición adquirida: ella sola sabía el precio de sus esfuerzos.
Su carácter vanidoso la elevaba por encima en la dirección del personal que ella
manejaba, despedía, renovaba a su antojo, a excepción de James Stolh, al antiguo
jockey, el favorito.
Tras su almuerzo, el Sr. de Sombreuse entró en el gran salón del palacete, y,
siempre alegre, encantador, se sentó al piano y tocó un vals. Luego, ejecutando un
fragmento de la Marcha de los Voluntarios, – una composición que lo enloquecía, –
subió a ver a La Hire, su mono, que el negro Novar, un Hércules de ojos blancos y
belfos extrañamente colgantes, estaba sirviendo.
–¡Hola, La Hire!
El animal fue a lamer las manos del amo, que le ordenó ejecutar algunas
cabriolas, murmurando a su oído un lenguaje especial – palabras representando
ideas libidinosas – que el animal parecía comprender, pues los traducía en gestos
pícaros[7].
Hacia las tres, como esa jornada de noviembre era hermosa, casi cálida, el
marqués salió a pie, con su más noble bastón en la mano, un junco maravilloso,
coronado de oro.
25

IV
El Sr. de Mauval no se presentó a almorzar. Estaba todavía acostado, muy
cansado, enfermo de los excesos de la noche, mientras que su futuro yerno, el conde
Guy de Laurière, se apeaba del coche y entraba en la casa de su novia, desbordante
de esperanza. Unos ramos de rosas y camelias ya habían precedido al joven; unos
centros de flores exhalaban su perfume de amor y ponían un canto festivo en el gran
salón.
Desde hacía varias horas, Thérèse acompañaba a su madre, quién, con los ojos
rojos y los labios pálidos, trataba en vano de disimular la turbación de su alma.
Vestida con un traje gris perla, la cabellera rubia adornada con una sencilla
cinta azul, con unas mechas caprichosas, que se movían a la menor brisa, y cuyos
brillos de oro iluminaban un rostro rosa de ojos negros muy dulces y una pequeña
nariz griega, una boca fresca y mojada por el agua de una fontana pura, Thérèse era
el retrato de la condesa Julia en su primavera.
Ambas se querían con uno de esos amores de madre e hija que nada puede
destruir, siendo las alegrías de una las alegrías de la otra. A la más mínima alerta,
ellas saben el camino que hay que tomar para expulsar los nubarrones, recuperar las
sonrisas apagadas, pasear la caricia y hacerla entrar dulcemente en el afligido
corazón. Todo en ellas era belleza, armonía y gracia.
–No llores más, mamá… Papá no lo volverá a hacer… ¡No llores más!
La condesa levantó sobre su hija unos ojos entristecidos, sorprendidos para
decirle: «¿Entonces conoces mis secretos? ¿Mi dolor no te extraña? ¿Tu amistad de
hija adivina todas estas cosas?... ¡No es necesario adivinar!... ¡No hace falta ver!...»
Y bajó la cabeza, avergonzada y más apenada todavía, como si compartir esa
pesada pena, que solo ella quería soportar, con su valentía de esposa y su orgullo de
mujer, la desgarrase.
Thérèse tomó las manos de su madre entre las suyas, y las mantuvo así mucho
tiempo, acariciándolas, murmurando palabras filiales, tímida y reservada, con temor
a parecer saber demasiado. La joven no ignoraba las causas de la tristeza de su
madre. Una noche que ella dormía en su cama virginal, un estrépito ensordecedor la
había despertado; y, helada de espanto, a la luz de las lámparas que portaban los
criados, a través de los batientes entreabiertos de la puerta de su habitación, había
visto en el corredor a un hombre borracho, gesticulante, titubeante, abyecto,
horrible: ¡su padre! Quedó atónita, inmóvil, pálida, desfalleciente, no atreviéndose a
acudir en su ayuda, sofocando sus sollozos. Hoy, ella comprendía toda la grandeza
de la mujer a la que llamaba «mamá»; y se estremecía bajo los efluvios de una
amistad santa, de una adoración, por aquella que lloraba, silenciosa, por la madre –
la noble dama – quién, sin preocuparse de los compromisos sociales, la había
alimentado con su leche y mecido con sus canciones. Sí, Thérèse, cuya inteligencia
era singularmente delicada, había penetrado en todos los misterios de la casa,
encontrando cada día sobre los rostros hipócritamente irónicos de los criados, sobre
el rostro doloroso de la madre, las escenas nocturnas, – los cómicos regresos de un
hombre y las angustias de una esposa. Por la mañana, parecía haber dormido bien,
cuando su imaginación todavía trabajaba, impotente, desarmada.
En los juegos infantiles que proponía su padre, ella se mostraba risueña,
ignorante del abismo que el viejo se estaba abriendo bajo sus pies. Acogía todas las
bromas, las más grotescas, las manías más raras, sin quejarse; incluso se reía de ese
26
«¡gnouf! ¡gnouf!» que siempre emitía el viejo senador, y cuyo grito la sumía, tanto
como a su madre, en un profundo terror.
–Vamos, Thérèse, – murmuró la condesa, – no pienses en otra cosa que no sea
en tu felicidad… Tu novio va a venir…
Y apretándola contra su pecho, cubriéndola de besos, en un impulso maternal:
–¡Querida hija!... Vas a dejarnos… ¿Vendrás a vernos a menudo?
–Sí, madre…
–¿Todos los días?
–Todos los días… ¡Te quiero tanto!
–¿Y a tu padre?... ¿Lo quieres también, verdad?
–¡Oh! ¡sí!
–Hay que quererlo, Thérèse… Es un poco insufrible, pero con la ayuda de
Dios, ¡curará!... Hablemos del Sr. de Laurière….
Baptiste, un viejo criado de cabello cano, vestido con el frac a la francesa,
curvado por la edad, unas patillas color sal y pimienta pegadas a las sienes, entró,
anunciando:
–El Sr. conde Guy de Laurière!
La señorita de Mauval enrojeció, con un brillo alegre en la mirada, esa llama
súbita que se enciende y brilla al aliento de las esperanzas primaverales.
El aristócrata se inclinó ante la madre; y como él estrechase la mano que le
tendía la joven, que se había levantado, la condesa satisfizo el deseo del enamorado:
–¡Guy, bese a Thérèse!
Los novios se besaron.
Ahora, Guy y Thérèse se entretenían con esas mil naderías que no valen cosa
alguna excepto para aquellos cuyo corazón late bajo un común pensamiento de
amor. Cuando las voces toman entonaciones particulares; los gestos, las sonrisas, las
frases inacabadas tienen el mágico y soberano poder de traducir las verdaderas
emociones, aunque el lenguaje parezca ser un enigma para los auditores, incluso los
más íntimos. Es todo un tesoro de encantadores sueños, de felicidades entrevistas a
dos, que se diversifica en la banalidad de las palabras; es toda una armonía
misteriosa que vibra, despierta los sentidos, exalta los deseos.
Así hablaban Thérèse y el huésped de su corazón, mientras la señora de
Mauval, feliz de esas alegrías, se dedicaba a su querido enfermo.
El conde Guy, de veinticinco años de edad, era uno de esos hombres que
enorgullecen a las mujeres que se apoyan en su brazo. Alto, de rostro expansivo y
risueño, un poco tostado por el sol, nariz borbónica sin exageración, con ojos negros
de centelleos claros, cabellos castaño claro, completamente rizado, unos bigotes
rubios, bigotes al viento, una boca roja y dientes deslumbrantes de blancura: así era
el Sr. de Laurière. Un chaleco negro cruzado realzaba su robusto pecho; el pantalón
gris de tonos azulados esbozaba unas formas de gracioso atleta; un cuello recto y
muy alto dejaba ver su tez de un color rosado, una piel de señorita, y sus manos,
finamente enguantadas, eran nerviosas, con dedos alargados y puntiagudos, de
buena raza.
Tenía todo lo que se puede pedir a un aristócrata: la inteligencia, el orgullo, la
rectitud, el vigor físico, el amor por el débil y el pobre, las bellas maneras, la
devoción, el valor.
Thérèse y él estaban hechos el uno para el otro; y el viejo Baptiste, el ayuda de
cámara, cuyos cuarenta años de servicio le autorizaban a ciertas familiaridades,
había suspirado alegremente, en su fuero interno, y tal vez un poco más alto,
contemplándolos:
27
–¡Dos bonitas cabezas sobre una almohada!
El joven aristócrata, descendiente de una ilustre familia normanda, vivía con
su madre en un suntuoso palacete en los Campos Elíseos. Su padre, general de
división, había muerto en 1870 a la cabeza de los coraceros; su hermano mayor,
prometedor oficial, había muerto en Dusseldorf, prisionero de los alemanes; y Guy,
aunque deseoso de seguir la carreras de las armas, había debido ceder ante las
voluntades de la viuda, a la que no le quedaba más que ese hijo.
Pero el rico aristócrata, no deseaba permanecer ocioso y había seguido los
cursos de la Universidad de Paris, donde obtuvo el título de doctor en derecho. Sus
estudios no le impidieron frecuentar su mundo, brillar en las fiestas del Faubourg,
hacerse nombrar miembro del Joceky-Club, tener amantes y convertirse en uno de
los trajes rojos más distinguidos del Concurso hípico.
Fue en una venta de caridad, en casa de la princesa de Sachs-Rantel, donde el
joven había visto a Thérèse por primera vez; Thérèse, joven y distinguida,
disfrazada de floristera, vendía flores y sonrisas.
Un auténtico flechazo. Volvieron a verse en un baile íntimo; al cabo de tres
meses, la boda estaba concertada. Pero, a petición de la señora de Mauval, la
publicación de las amonestaciones había sido retrasada; la condesa Julia, deplorando
la conducta de su marido, no quería que el senador se prestase al ridículo, y esperaba
hacerle entrar en razón.
–En fin,– murmuraba Guy, – ¡henos aquí novios! Thérèse. ¡Yo soy muy feliz!
Ella dijo:
–¡Y yo, yo también soy muy feliz!
–¡Querida Thérèse! … Ignoraba que el conde, tu padre, estuviese enfermo…
–¡Oh! enfermo… Enfermo no es la palabra: ¡indispuesto, simplemente!...
Y para cambiar de tema, ella preguntó:
–¿Has ido ayer a las carreras?
–Sí.
–¿Has apostado?
–Sí.
–¿Ganado?
–Sí.
–Entonces, ¿me darás algún dinero para los pobres?
–¡Con mucho gusto!
–Vas a decir que te arruino… antes de tiempo… Antes o después va a suceder,
¿no es así?
–¡Qué cruel!
El conde extrajo de su cartera un billete de mil francos que presentó a la
señorita de Mauval.
–¡Oh! ¡es demasiado, demasiado! – dijo ella… – Y además, que pasará si
pierdes mañana o pasado mañana… ¡No, no quiero!... Sería una indiscreción…
–Te lo ruego, Thérèse.
–¿Debo tomarlo?
–¡Sí… es lo que quiero!
–¡Oh! ¡Gracias!... Tengo precisamente una familia pobre… ¡Qué alegría esta
tarde! Toma, Guy, levántate; ven, voy a colocarte en el ojal una de tus flores… ¿Así
hemos comenzado?... ¡La floristera, amigo mío, continúa representando su rol!
En ese momento, cuando Thérèse ponía una pequeña rosa blanca en el ojal de
su novio, Baptiste, el viejo criado, se acercó a su joven ama para decirle que el Sr.
de Sombreuse estaba en la antesala, y que insistía en ver al Sr. de Mauval.
28
La joven realizó un movimiento de impaciencia que enseguida reprimió; el Sr.
de Laurière la observaba. Entonces, en un impulso propio de su edad y carácter, ella
le preguntó al oído:
–¿Es de tu agrado mi tío?
Él no dijo ni sí ni no, sorprendido por una pregunta tan inesperada. Ella se
disculpó por haber planteado semejante cuestión y concluyó afirmando que el Sr. de
Sombreuse, al que daba la orden de conducir junto a ellos, era muy original, muy
excéntrico:
–Yo prefiero que mi tío esté aquí que saberlo allá arriba… ¡Papá descansa y él
ciertamente lo molestaría!
El marqués se adelantó hacia su sobrina, le dio un beso sobre la frente, luego
estrechó la mano del Sr. de Laurière.
–¿Y papá, Thérèse?
–Está en su habitación…
–¡Ah!... ¿Quizá todavía está en la cama?
–Sí, tío…
–Cómo me respondes, querida… ¿Acaso es que quieres que me vaya?
–¿Yo?... ¡Oh! ¡no!
–¿Los demás, entonces?
–¿He dicho eso?
–No… pero a buenos entendedores…
Bruscamente, el viejo se echó a reír, con una risa nerviosa, bizarra, frenética:
–¡Ah! ya adivino…¡caramba!... ¡Soy un aguafiestas!... Vosotros hablabais de
vuestros amores, queridos míos, y yo llego como un viejo idiota para escuchar frases
encantadoras de novio a novia…
Los cubría a ambos con su mirada encendida; sus ojos ardientes registraban
sus cuerpos; su orificios nasales se dilataban en una búsqueda desconocida; y los
dos jóvenes bajaban la cabeza, ruborizados, con ese pensamiento semejante de que
el viejo se convertía en un inoportuno indecente, un curioso de cosas que no habían
ocurrido.
El Sr. de Sombreuse preguntó:
–Thérèse, ¿puedo ver a tu padre?
–Ya le he respondido, tío, que papá descansaba…
–La condesa está con él, sin duda.
–Sí, tío.
–Entonces diré a Baptiste que me anuncie.
–¡Tío!
–¿Sobrina?
–Papá está enfermo…
–No digo lo contrario, pero es absolutamente imprescindible que hable hoy
con él… Se trata de una reunión importante en casa del duque de Brévil, y…
–¿No puede esperar la comunicación?
–¡Seguramente, no!... Vamos, mis queridos sobrinos, mis amables tortolitos…
¡Apresuraos! ¡Apurad el bonito día!
Salió del salón, atravesó el pasillo, y encontrando a Baptiste le ordenó que le
anunciase a su amo.
Cuando la puerta se cerró, la señorita de Mauval quedó pensativa, acodada en
la chimenea, con la frente entre sus manos. Un deseo se despertaba en ella, el de
contar todo a su novio, hacerle partícipe del temor y el horror que le inspiraba su
viejo pariente, los peligros que hacía correr a su padre. Pero, un pudor la obligaba a
29
mantener silencio. ¿Cómo se atrevería a implorar una protección del joven al que
todavía no estaba unida? ¿Era de buen gusto iniciar al Sr. de Laurière en las penas
de la casa, cuando la casa todavía no era suya? Bajo un esfuerzo de la voluntad,
Thérèse retomó su charla con el joven, el cual le dedicaba una sonrisa, muy sereno,
sin parecer haber penetrado en el sordo dolor de la noble señorita.
El senador acababa de levantarse. Extendido sobre un diván, con su pijama de
seda negra y un emplasto frío sobre la cabeza, después de haber ingerido, sin
apetito, una taza de caldo, escuchaba las reprimendas de su esposa, sentada frente a
él.
La señora de Mauval evocaba para su marido las dichas pasadas; manifestaba
el afecto profundo con el que ella y su hija rodeaban al viejo. No, él no podía hacer
que tanta amistad y abnegación fuese inútil; ¡todo el orgullo de esa casa no debía
sucumbir de ese modo!... Y él, bajo la armonía de las palabras, parecía despertarse
poco a poco de un sueño tormentoso; una gran paz se dejaba ver en su rostro de niño
enfermizo. La lengua ya no se paseaba sobre los labios en una mueca del mentón,
bajo el tic nervioso del arco de la ceja derecha; la mandíbula ya no chasqueaba, en el
cloqueo del «¡gnouf! ¡gnouf!...»
Jacques volvía en sí; pronunciaba frases razonables, prometía pasar algunas
veladas en el palacete; darían tres grandes bailes en honor a Thérèse; y las demás
noches, de vez en cuando, irían juntos, como antaño, al teatro. No valía la pena tener
un palco en la Opera y otro en el Francés, para aprovecharlos tan poco.
El Sr. de Mauval añadía incluso que se le volvería a ver en el Senado;
reconocía sin esfuerzo que no representaba del todo a sus electores de la Gironde.
¡Qué diablos! Él no quería ser vencido en las próximas elecciones para la
renovación parcial de los senadores! ¡Así que vería a Sombreuse lo menos posible!
–¡Ah! ¡ah! ¡el enfermo!... Hola, prima; buenos días, Jacques!
El marqués César entró en la habitación, precediendo al viejo criado, después
de haber reflexionado, a lo largo de la escalera, que, dada su intimidad con su primo
el senador, el anuncio formal era inútil. Trató pues de evitarlo para hacer parecer
que ignoraba que la condesa se encontraba allí.
–¡Eh! – Continuó con su voz metálica, – te visten como a un bebé… ¡Los
solteros, primo, no tenemos esa suerte!
Tomó asiento sobre el sofá que le indicaba la señora de Mauval; y, sin ningún
embarazo, se excusó de su repentina entrada, de forma galante, animando sus
palabras de una elocuencia espiritual, de la quintaesencia del buen gusto adquirido
en los diversos mundos que había recorrido.
¡Un encantador como ese viejo tan taciturno en el recibidor de Emilie Plock!
Realmente, desde la víspera, el marqués reverdecía, la talla bien recta, los gestos
cómodos, los ojos brillantes, la palabra clara, la actitud graciosa, el rostro fresco, de
apariencia menos triangular, casi sin arrugas; todo su cuerpo estaba perfumado con
una de esas fragancia de Oriente que no tienen nada que ver con la perfumería
moderna, de lo naturales que parecen, como flores que embalsaman el aire, en pleno
mediodía. Parecía salir de un campo de rosales. ¿Por qué no teñía entonces sus
bigotes blancos y sus cabellos canos?... De ese modo se hubiese producido la
metamorfosis completa. Había una razón: la condesa Julia sabía su edad, y ante ella
él solo temía el ridículo.
De vez en cuando, el Sr. de Sombreuse arrojaba una mirada furtiva,
inquisidora, sobre Julia, una mirada cruel, lo sguardo crudele, l’occhio cattivo,
30
l’occhio felino, como dicen los creyentes en la Jettatura3. Y en esos momentos, en
lo que dura el sonido de un trueno, toda la musculatura del hombre vibraba bajo una
violenta invasión de deseos. Un calor de llama le ascendía a la cabeza, a las sienes, a
la garganta, al pecho, entraba en él, quemándole, abrasando su cerebro, irritando sus
músculos, atormentaba y corroía sus nervios, ponía fuego en su sangre. Pero se
contenía; sonreía, parecía pensar en otra cosa, mientras su angustia se volvía más
profunda y horrible, y su mal, como un cáncer maligno, lo devoraba, cada vez con
más dolor.[8]
A veces se estremecía en su deseo de tomar a la mujer y violarla bajo los ojos
del primo, dispuesto a degollar a Mauval si este se acercaba; y luchaba contra sí
mismo para no arrojar repentinamente en la conversación algunas frases de
pornógrafo, deseoso de conocer el efecto que producirían ciertas palabras abyectas,
algunas palabras innobles, sobre el espíritu de la decente mujer.
Pero no lo hizo, dominando su lujuria rabiosa.
Bien al contrario, el marqués de Sombreuse pareció diligente, galante con la
dama, preocupado por la salud del marido; les felicitó en relación con su futuro
yerno, el Sr. de Laurière,– sabiendo bien que encontraría una próxima ocasión de
despertar los sentidos dormidos del senador y exasperar más cruelmente aún las
manías del viejo.

3

Nombre que se da a las influencias malignas o negativas producidas a través de la mirada del mago o
hechicero. Sinónimo de mal de ojo. (N. del T.)
31

V
A pesar de las súplicas de su esposa, a pesar de los tímidos y respetuosos
ruegos de su hija, el Sr. de Mauval volvía a irse de jarana, en compañía de su primo,
el Sr. de Sombreuse.
La condesa Julia sentía despertarse en ella la necesidad de batalla que la había
sublevado, en una noche de dolor, por lo que, soñadora, se estremecía con un viento
de rechazo. Fue en vano que hubiese cuidado y mimado al marido voluble; fue en
vano que hubiese mecido al viejo con esas palabras de esposa que llevan la caricia y
la pasean alrededor del espíritu y del cuerpo: el aristócrata enloquecido ya no
escuchaba la voz de la esposa.
Ella estaba más bonita que nunca, sin embargo, con su perfil de diosa del
Partenón y sus cabellos que, por la mañana, caían como un manto de oro sobre la
batista fina del color de las carnes, con sus grandes ojos, que, más aun que sus
diamantes, las noches de baile, proyectaban la luz a su alrededor.
La señora de Mauval se volvió contra el desdichado, no teniendo en el alma
ningún pensamiento de venganza.
–¡Las amantes de Jacques son casquivanas! – gemía …– ¿Acaso las putas
tendrán realmente algún secreto ignorado por las mujeres de la alta sociedad?... ¡Yo
no soy fea y todavía no soy vieja!... ¡Y Jacques me abandona!... ¡Entonces, sí, hay
un misterio!....¿Y si investigase?... ¡Oh! no, ¡no me atrevo!... Mi felicidad y su vida
están en juego…. ¡No debo permitir que Thérèse se avergüence de su padre!
De pronto, un brillo surgió en los ojos de la condesa.
–¡Una idea! …–suspiró, ruborizada.
La señora de Mauval se acordaba de una de sus viejas amigas del internado,
Aimée Darnet, hoy de sobrenombre la Glotona, una muchacha desgraciada al
principio, excéntrica más tarde, una de esas grandes horizontes del barrio de Europa.
En Burdeos, en efecto, en el Sagrado Corazón, la señorita Julia de Ferville había
contado, entre sus compañeras más intimas, con la señorita Darnet, la hija única de
un oficial de dragones.
Huérfana, sin herencia, Aimée fue lectora en un castillo, luego institutriz,
luego receptora del correo. En resumen, después de haber atravesado los diversos
estados de las muchachas pobres, desembarcó un día en Paris, en la estación de
Orleans, con la obligación de ganar su pan con la vergüenza de su cuerpo, y hoy, la
señorita Darnet, llamada La Glotona, representaba, en la calle de Constantinopla,
una de las glorias del mundo divertido. Se la citaba en los clubs, y su nombre
brillaba en los periódicos mundanos.
Las antiguas pensionistas del Sagrado Corazón se habían vuelto a encontrar en
el teatro, en el Bois, en el Hipódromo, y cuando, en el paseo de los Poteaux, dos
coches se cruzaban, una mujer enrojecía en la calesa; una puta se volvía tan pálida
como una sabana blanca, tan temblorosa como un caniche timorato, en otro coche –
modesto fiacre, o rico cupé, o victoria elegante, según las aventuras y los medios de
existencia.
Un mundo las separó para siempre; la desdicha las acercó una noche.
Aimée Darnet, que también era madre, algunos meses después de su llegada a
Paris, tuvo necesidad de auxilio para ayudar a enterrar a su hija. Entonces se dirigió
a su antigua compañera; y fue la propia condesa quién, valientemente, fue hasta el
32
sexto piso de una casa de la calle de Berlín, – el domicilio miserable que la Glotona
ocupaba en esa época.
¡Ni una palabra ante los cirios que iluminaban a la pequeña muerta! Un
apretón silencioso de manos, de amiga a amiga, para calentar la limosna; un beso de
hermana dado en uno de esos enternecedores momentos de mujer y madre que son
el orgullo de la vida.
El tiempo pasó.
Quince años de sinsabores, de lucha, de bodas, y finalmente bienestar y lujo
para una; quince años de honor conyugal y de abnegación maternal para la otra.
Ayer aún, la condesa de Mauval y Darnet la Glotona eran dos extrañas. Ahora
van a encontrarse. Después de muchas vacilaciones, pero fortalecida por su amor,
por el imperioso deseo de retomar al marido que se le roba, la condesa Julia se ha
dedicado a averiguar el nuevo domicilio de la señorita Darnet, y ha escrito la tarjeta
siguiente:
« CALLE DE VARENNES, viernes.
« A la Señorita Aimée Darnet, calle de Constaninopla,
«Señorita,
«Mi gestión os parecerá extraña, ¡inverosímil! Soy muy desgraciada; lloro;
sufro… Mi marido me engaña con una de vuestras semejantes… ¡Perdón!... Vos
sois buena, lo sé… Me respetaréis lo bastante para no reíros de mi dolor… Y bien,
vengo a pediros un gran favor… Viéndome desolada, me pregunto y busco en vano
la causa del insultante abandono del Sr. de Mauval… Todavía no he cumplido los
cuarenta años: si no soy bella, mis rasgos no están marchitos… ¿Qué tenéis
vosotras, que no tengamos nosotras?... ¿Debo desesperar, morir?... ¡Oh! hablad, os
lo suplico, Aimée… Hablad con vuestro corazón, que nada ha podido corromper.
«Vuestra vieja amiga,
«JULIA, Csa. DE MAUVAL.
La Glotona estaba acompañada cuando recibió por correo la carta que olía tan
bien.
Al principio, sonrió; luego ante la desdicha de su bienhechora, se volvió seria.
Uno de sus amantes le propuso salir a pasear; ella rechazó cortésmente:
–Mi Loulou, quiero responder a una amiga de pensión…
El amante profirió una risa gangosa, un gesto obsceno y picarón:
–Tu corresponsal es alguna puta de ojos dorados, sin duda… Me la
presentarás… ¡Me gustan bastante esas máquinas!
La Glotona se levantó, indignada:
–¡Vieja bestia!... ¡No, no es lo que crees!... ¡No tienes ni idea! Ve a tomarte
una cerveza a la taberna… Te leeré mi carta cuando regreses…
A las once, el amante entró en la habitación de Aimée Darnet, que, de pie, a la
luz de las lámparas, con los ojos rojos y voz temblorosa, leyó lo que sigue,
ocultando el nombre y la dirección de la destinataria:
«A la Sra. condesa Julia de Mauval, en su palacete,
Calle de Varennes.
33

«Señora,
«Vuestra petición me ha hecho sonreír al principio; pero la reflexión siguiente
me ha turbado profundamente. Os escribo bajo el impacto de una emoción, tanto o
más intensa, en cuanto que a esta hora, después de quinces años, el pasado se alza
ante mí… No hablemos del pasado, ¿queréis?... Así tendré más libertad para
responder a la espinosa cuestión que me hacéis el honor de dirigirme.
«Sois muy desdichada, y no pienso más que en vuestro dolor; me siento
invadida de ganas de llorar ante esas lágrimas que han mojados vuestras últimas
frases.
«Las mujeres de vuestro mundo, señora, no piensan todas como vos. Toman
más o menos parte alegremente en las infidelidades conyugales; algunas incluso, si
creo en los cotilleos, no son nada torpes en el arte de las terribles revanchas.
«Sí, ¡somos vuestras rivales!
«Si la lucha es un divertimento, cuando se trata de conquistar a un extranjero
vicioso, uno de esos seres de paso que no se vinculan a nada y que mancillan todas
las cosas, la batalla es de otro modo interesante cuando hay que arrancar a una mujer
bonita, amable, espiritual, inteligente, el marido que ella ama y por el que ella es
amada.
«Estas cualidades de la mujer, de la parisina del gran mundo, vos las poseéis
mejor que nadie.
«¿Por qué entonces el conde ha buscado otras? Olvido por un instante, señora,
que vos sois la causa, y hablo de una manera general.
«El hombre está obligado a ser respetuoso con su esposa; y en el hombre
siempre hay – entendedme bien – una bestia que ruge. Vuestra inocencia y vuestro
pudor le encantan, tanto como duran esos momentos tan cortos llamados
extrañamente «luna de miel», a partir de ese momento, todo es fuerza, potencia y
fogosidad: el «mes de sol y vinagre», como habría que decir…
«Mas tarde, el marido, tras algunos años de convivencia, antes de que sea
viejo, tiene deseos que no se atreve a susurrar a vuestros castos oídos, y viene a
nosotras, a causa de nuestro impudor.
«La bestia ruge; ¡aulla! Para apaciguarlo, nostras le vendemos las
embriagueces de la sensualidad, embriagueces desconocidas, pues somos
inventoras, señora inventoras que siempre están inventando.
«Si en lugar de dirigirme a una mujer que yo respeto, no teniendo ya el
derecho de quererla, la haría corresponder con una depravada de la alta sociedad, –
existen depravadas en el Faubourg, sin duda vos lo ignoráis, – yo os quitaría los
velos y os mostraría el cuadro de perversidades espantosas que germinan en el
cerebro de nuestros clientes. A su lado, los romanos de la decadencia eran
muchachitos, incluso ese monarca celebre por los pisciculi de su bañera, incluso ese
otro emperador troceando con su lanza las carnes de un esclavo.
«Y los parisinos más viciosos son aun los de Saint-Jean, comparables a los
extranjeros que nos pagan con rublos, florines, libras y dólares… o insultos.
«¡Somos las horizontales y las arrodilladas!...¡Las arrodilladas!... Cada una de
nosotras tiene su nombre de guerra, que es casi siempre un insulto a nuestro honor–
A mi me llaman ¡la Glotona!... ¡Las arrodilladas!... ¡Oh! ¿comprendéis todo lo que
hay de injurioso, de cínico, en este epíteto?
34
«¿Pero de qué hablaros aún?... Se apodera de mi una vergüenza por haber
escrito esta líneas, una vergüenza con la idea que os enseño lo que mis semejantes y
yo somos… He obedecido a vuestro ruego.
«Vos habéis sido generosa. Vos, la gran dama, habéis venido a casa de vuestra
antigua amiga, la hija pobre y degradada, y, dejando a un lado vuestro legítimo
orgullo, habéis hecho, ángel de misericordia y bondad, que las lagrimas de una
madre de duelo hayan sido menos crueles ante el ataúd del muerto! Gracias a vos,
unas rosas han embalsamado la desolada habitación… ¡Oh! ¡qué grande, bella y
noble habéis sido en esa noche de dolor!... Han transcurrido quince años. Nuestras
existencias han sido muy diferentes, después de nuestra salida del Sagrado Corazón.
¡Qué importa!... Yo no olvido; y yo, que no se rezar, que me complazco en destruir
a vuestras semejantes con mi lujo insolente, mirarlas por encima del hombro con
altivez, incluso sin razón, con mi desdén de puta, ¡me siento pequeña y humilde ante
vos!...
«¿Y he de ser yo quien os haga perder con mis lecciones del vicio?... ¡Oh!
¡no!... ¡no!...
«¡No, no quiero daros nuestros secretos! Creedme: guardad este aroma de flor
y de mujer, de verbena y de jazmín, que hay en vos, que yo he perdido,
lamentablemente y que los frascos de baño no podrían devolverme.
«¡Deciros señora, en vuestro infortunio, que el catecismo de la lujuria no
conoce nada sano, nada alegre, nada perdurable! ¡Pensad que el conde pronto verá
debilitarse sus instintos perversos en la calma del hogar, bajo los alientos de vuestro
amor puro! Pensad, en fin, que si tomamos vuestros maridos, es para apaciguar la
bestialidad que hay en ellos, y que os produciría horror.
«¡Plegaos a ello y no nos imitéis!
«Vuestra indigna y respetuosa servidora,
«AIMÉE DARNET.
Tras haber terminado su lectura, la Glotona, que tenía lágrimas en los ojos, se
derrumbó sobre un sofá, respirando fuerte, como liberada de un gran peso. El
amante la miró con sarcasmo, encontrando la respuesta «muy buena». Entonces,
ella se levantó furiosa, y, tomando a su amante por los hombros, lo empujó hacia la
puerta.
Esa noche, Aimée Darnet durmió sola y como un tronco.
Al día siguiente, la condesa Julia leía la respuesta de su antigua amiga.
Reflexionó dolorosamente; y, de pronto, exclamó:
–¡Hay que acabar con esto!... No quiero que Jacques muera en el lodo y en la
abyección… Iré a ver a Aimée… ¡La obligaré a hablar!...
Thérèse entraba en ese momento en la habitación de su madre. La señora de
Mauval ocultó rápidamente la carta, y la joven no se percató de la tristeza que
extendía sus sombras sobre el rostro de su querida madre.
35

VI
Desde primeras horas de la mañana, los accesos al Senado habían sido
invadidos por una muchedumbre tumultuosa. Se esperaba la interpelación de un
líder de la derecha, con ocasión de los crucifijos retirados de las escuelas de la
ciudad de París, por orden del prefecto del Sena. El presidente del consejo, ministro
a la sazón de la Instrucción Pública, acababa de obtener recientemente un voto de
confianza en la Cámara de diputados: se trataba de librar una suprema batalla por el
partido conservador.
Un ambiente de rechazo soplaba sobre el barrio Saint-Germain. Los salones,
incluso los menos políticos, tomaban parte y causa con la religión amenazada; bailes
azules o blancos, tés de las cinco, simples reuniones, se llenaban de quejas amargas,
de recriminaciones, de amenazas. La política invadía, dominaba todo, y las grandes
damas se involucraban en ella. Entre estas, muy en particular, la duquesa de SainteMoulve predicaba una cruzada. Se la había visto recorriendo las casas de los
senadores realistas, estimulando a los tibios, ahora fogosos en esa atmósfera
sobrecargada; se la había visto, exaltada, imperiosa, dando rienda suelta a su
temperamento femenino, a veces soberbia de indignación. Después de su
apostolado, no había ni un parlamentario que no hubiese sido inflamado del ardor de
su palabra, ni una mujer de su mundo a la que no hubiese reanimado su fe y sus
esperanzas.
Ella encarnaba a un Pedro el Ermitaño en faldas, no conociendo ni fatiga, ni
tregua.
Incluso la víspera de ese día, la Sra. de Sainte-Moulve había ido a casa de la
condesa de Mauval.
–¡Ah! condesa, – había dicho, con su voz penetrante e incisiva, – espero que
mañana el Sr. de Mauval no falte a la sesión… ¡Necesitamos todas nuestras fuerzas,
querida!
La Sra. de Mauval objetó que su marido estaba un poco indispuesto.
–¡Pero se está atentando contra la religión!.... – exclamó la vieja dama.
A estas palabras, el senador había entrado en el salón en compañía del Sr. de
Sombreuse, y había prometido cumplir con su deber, mientras que el primo se
lanzaba a un elogio extraordinario de los oradores que debían tomar la palabra.
–¡Bravo!– continúo el marqués intercambiando una mirada con la duquesa, –
¡vamos a tener una sesión brillante!
Luego, volviéndose hacia Julia:
–Prima, vos deberíais asistir.
–¡Claro que sí! – Insistió el senador… – Tal vez sea difícil conseguir pases…
Si enviase unas palabras al administrador…
–¡Inútil! – dijo el Sr. de Sombreuse… – Precisamente yo tengo dos entradas
de primera galería… ¿Me permitís ofrecéroslas, prima, a vos y a Thérèse…
El conde Jacques se mordió los labios, guiñando el ojo nerviosamente,
murmuró:
–¡Una buena sesión!... Mis mujercitas, mañana…
El señor de Mauval iba a decir algo más, cuando los ojos de Julia se fijaron en
él. Entonces, retomó su seriedad y felicitó a la duquesa, declarando que, si fuese rey
de Francia, fundaría un Senado de mujeres, con ella como Presidenta.
36
Había sido convenido que el senador acompañaría a su esposa y a su hija al
palacio de Luxemburgo; esa misma mañana, el Sr. de Mauval cambió de idea. Una
nota que acababa de recibir le obligaba, según decía, a una reunión preliminar de su
grupo.
La condesa hubiese quedado en su casa con mucho gusto; pero debió obedecer
a la petición de Thérèse, que se alegraba enormemente de ver a su padre regresando
a la vida y a la inteligencia y verlo considerado por los demás hombres. ¡Ah! ¡qué
no hubiese dado, en su orgullo de hija noble, para que el papá fuese un Brévil, un
Placard o un Béris, uno de esos elocuentes oradores, uno de esos fogosos apóstoles,
uno de esos políticos célebres, ¡las glorias del Faubourg!
Y mientras la masa de curiosos afluía al palacio de Luxemburgo, los coches
seguían trayendo una flota de mundanas, todo un gentío de mujeres extrañamente
mezclado, que allí iba como a una matiné teatral, el marqués César de Sombreuse,
alegre, risueño, y el conde de Mauval, olvidando la reunión de su grupo, almorzaban
en el café de Cluny.
Esos hombres parisinos se contentaba de ordinario con dos huevos sobre el
plato y una costilleta, y reservaban su apetito para la cena; pero el Sr. de Sombreuse
había considerado necesario un exceso de vituallas y de líquidos. Los platos
excitantes y variados fueron regados con vinos blancos; se comenzó por el altosauterne, y se terminó con dos botellas de château-yquem.
A los cafés, el pequeño senador estaba casi ebrio.
El primo le ofreció, entre dos vasos de chartreuse, uno de esos excelentes
cigarros que él recibía directamente de la Habana; y la conversación discurrió, como
siempre, sobre las mujeres y sus costumbres.
Se habían sentado en un rincón de la sala, frente el uno del otro, el marqués
sobre el diván, el senador sobre una silla almohadillada. El Sr. de Sombreuse, con el
cigarro entre los dientes, el pulgar izquierdo jugando con la solapa de su chaleco de
satén verde, maravillaba a su invitado con historias cada vez más indecorosas. Habló
de dos jóvenes mujeres de la sociedad que había tenido por amantes y que, según
sabía, ocultaban unos vicios encantadores: la marquesa de Eglaé y la baronesa de
Tomeyr. Las había sorprendido varias veces mirándose amorosamente la una a la
otra, ruborizándose mucho. Ellas se amaban pero no se atrevían a confesarlo…
–¡Qué fiesta, si pudiésemos reunirlas! – concluyó el Sr. de Sombreuse… ¡Ya
pensaré en ello!
En señal de aquiescencia, el Sr. de Mauval sacó la lengua y se puso a
gesticular ante el espejo del fondo que reflejaba su imagen.
Aquí y allá, acodados sobre las mesas del restaurante, algunos colegas del Sr.
de Mauval, tomaban notas sobre unos papeles que enseguida guardaban en las
camisas. Dos de ellos y de los más activos, los señores de Gamie y de Gavé, de la
Extrema Derecha, fueron a saludar al conde, y cumplimentaron al senador por
haber venido finalmente a aportar su apoyo a los defensores de Dios con su voto.
La sesión sería caliente.
–¿Tenéis intención de tomar la palabra, mi querido Gamie? – preguntó el Sr.
de Mauval.
–¡Caramba, sí!... – respondió imperturbable el senador, un robusto meridional,
de alta talla, amplia figura con patillas rojas en abanico.
–¿Y vos, Gavé?
–¡Desde luego!... ¡desde luego!
37
El vizconde de Gavé – hombrecillo seco, de barba blanca puntiaguda – echó
un vistazo al reloj de sol situado en lo alto de las columnas pintadas, entre el café y
el restaurante:
–Pronto, dos horas… ¿Nos vamos, Gamie? Hasta luego, Mauval… Va a haber
un buen jaleo… ¡Un jaleo maravilloso!…
El conde de Gamie y el vizconde de Gavé se alejaron, haciendo grandes
gestos.
El Sr. de Sombreuse reflexionaba.
–Jacques, – dijo bruscamente, – si estuviese en tu lugar…
–¿Sí?
–Pues no dejaría pasar una ocasión tan buena para destacar…
–¿Cómo?
–¡Caramba! ¡Yo pronunciaría mi pequeño discurso!
–¿Un discurso? ¿Yo?... ¡Tú bromeas!... Yo no soy orador…
–¿Y eso qué importa?... Tú crees, por ejemplo, que los señores de Gavé y de
Gamie son grandes hombres?
–¡Oh! no!... ¡Esos caballeros tienen caradura! ¡Eso es todo!
–Y sin embargo, ocupan la tribuna del Senado… Los periódicos citan sus
nombres…
–¡Bah!... con nuestros amigos Placard y Béris ¡el ministro está perdido!
–Te digo que te resultaría muy fácil pronunciar algunas palabras… Piensa
pues en el asombro feliz de tu esposa y tu hija, cuando te vean en la tribuna… Y
además, hay que pensar en los electores de la Gironde… Se sabe allá que tú no
pones los pies en el Senado, más que cuatro veces por año… De un solo golpe, en
cinco o seis frases, no más, te reconciliarías con el comité realista, que, como no
ignoras, te está buscando ya un oponente serio… Vamos, amigo mío, no seas tan
modesto, de verdad…
–¡No me interesa el Senado!... Mujercitas, ¡eso es todo!
–Pero Mauval, una cosa no impide la otra… ¡Ah! realmente no me obligarás a
creer que eres incapaz de cumplir con tu mandato!
Entonces, el senador, herido en su vanidad, se puso a contar que antes, en los
comicios agrícolas, en la época en la que se veía bombardeado de condecoraciones,
por ganar la causa del Imperio, había pronunciado exitosos discursos. Citó incluso
frases sobre la agricultura y la religión, mezclando lo profano con lo sagrado, con
una facilidad de elocución que le sorprendía a él mismo.
–¿Eh?... ¡Ya te lo decía yo!... – sonrió el marqués…– ¡Vamos, vas a hablar!
¡Tienes que hablar!
El Sr. de Mauval se acodó sobre la mesa; y cuando levantó la cabeza, estaba
decidido a abordar la tribuna, junto a sus colegas, los Sres. Placard y Béris: esos
caballeros tratarían la cuestión de los crucifijos, y , él, intervendría en la discusión
proponiendo una enmienda sobre el voto, una enmienda mucho más terrible para el
gobierno republicano que todas las que pudiese imaginar el Sr. de Gamie,
especialista en la materia.
–¡Perfecto!... ¡admirable! – dijo el Sr. de Sombreuse, –¡Estarás soberbio!...
¡Estás en forma!
–Ni una palabra a mi esposa ni a Thérèse…
–No temas… Tengo mi sitio en la primera galería, al lado de ellas… Te
veremos en tu banco… Me haré el ignorante de todo… ¡Qué sorpresa!
38
–Precisamente, mi hija me decía esta mañana que estaría muy halagada de
tener un papá orador y célebre, como el duque de Brévil o el Sr. Placard… Ella
incluso parecía creer que yo era mejor…
–¡Lo ves!
–¡De todos modos, tengo miedo!
–¡Vamos pues!
El Sr. de Sombreuse llamó al camarero de servicio, le ordenó que preparase la
cuenta y que, mientras tanto, trajera una botella de kümmel, el único licor que desata
la lengua. Los hombres bebieron y se levantaron de la mesa, el senador
trastabillando y el marqués muy tranquilo.
El presidente del Senado acababa de abrir la sesión, en el momento en el que
el Sr. de Mauval entraba en el hemiciclo. Casi todos los senadores ocupaban sus
sillones; apenas quedaban tres o cuatro hombre de pie, en los extremos del recinto,
mirando las tribunas de terciopelo rojo con crespones dorados, donde se apretaba
una asamblea mundana. Charlas y ruidos desde los pupitres se iban apagando poco a
poco.
Tras la finalización del proceso verbal de la sesión precedente, se hizo un gran
silencio.
Desde hacía algunos minutos, todas las miradas se dirigían a la tribuna, donde
un hombre de sesenta años, erguido, alto y delgado, calvo, el rostro huesudo entre
unas patillas grises, con los labios delgados, la mirada brillante, iba a hablar: era el
Sr. Lucien Placard, antiguo ministro del Imperio, uno de los oradores más
escuchados del Parlamento.
«Caballeros, – comenzó – no acapararé mucho tiempo la atención del Senado.
Mi objetivo es obtener el Sr. Presidente del Consejo, ministro de la Instrucción
Pública, una respuesta precisa sobre dos hechos de extrema gravedad.
« ¿Es cierto que el jueves, 9 de diciembre, y los días siguientes, el viernes,
sábado y también, creo, el martes, unos agentes de la administración se dirigieron a
las escuelas laicas públicas de la ciudad de Paris y han retirado en las escuelas de
mujeres y en la de hombres, los crucifijos, las estatuas de la santa Virgen y todos los
emblemas religiosos?
« ¿Y es cierto que esta retirada tuvo lugar, no de noche, como afirman ciertos
periódicos, aunque la noche fuese particularmente favorable a una medida de esta
naturaleza, sino a pleno día, durante las actividades escolares y en presencia de los
alumnos?
«¿Y es cierto que en muchas escuelas, estando los crucifijos situados
demasiado alto para que las manos de los agentes pudiesen alcanzarlos, los hombres
los han retirado, en ciertas escuelas, sirviéndose de escaleras, y en otras, con largas
pértigas provistos de ganchos; que los crucifijos han caído y, en un gran número,
han sido destrozados en presencia de los alumnos?...»
Una voz a la derecha gritó:
–¡Ah! ¡Eso es demasiado fuerte!
El Sr. Placard bebió un trago de agua y continuó:
« ¿Es cierto que los emblemas religiosos mutilados han sido arrojados
mezclados en unas carretillas?
« ¿Es cierto que en varias escuelas los niños han dicho: «¡Despreciables!,
retiran al buen Dios: ¿qué pondrán en su lugar?... » Esa es la pregunta que yo mismo
planteo: ¿Qué pondréis en lugar del Dios de los cristianos para educar, ennoblecer,
fortificar y más tarde aconsejar el alma de los niños? ¿Qué pondréis en lugar de
Dios?... »
39
Unos aplausos estallaron en los bancos de la derecha y del centro.
El orador arrojaba sus interrogaciones, con la mano derecha extendida hacia
delante, con una palabra breve, sopesada, mordiente, pero un poco triste, en la
actitud de un procurador general pronunciando una requisitoria en la corte de
casación. Por debajo de él, en el banco de los ministros, el Presidente del Consejo
escuchaba, acariciando sus largas patillas con mano nerviosa, tomaba notas de vez
en cuando, daba órdenes a sus secretarios o consultaba a los ministros, sus colegas.
En lo alto, en la primera galería, un poco a la izquierda, bajo el día muriente
del techo, la condesa Julia, en vestido de satén negro, y su hija en traje azul, ambas
muy elegantes, estaban sentadas. Detrás de ellas, el Sr. de Sombreuse se mantenía
de pie, con los brazos cruzados, los labios alegres bajo sus largos bigotes blancos.
En el centro, y rodeada de cabezas rubias y morenas, se mostraba la duquesa de
Sainte-Moulve, con su rostro puntiagudo, su nariz de córvido, su cabellera blanca
espolvoreada desbordando de su sombrero con plumas negras, la mano armada de
un largo bastón de concha. En toda la fila, rostros de mundanas y de putas, la flor y
nata del barrio Saint-Germain y de la barriada de Europa, – orejas y manos
deslumbrantes de joyas, brazos agitando los abanicos o fijando los gemelos,
sombreros multicolores que, en el cuchicheo de vecino a vecino, ondulaban bajo los
frufrús de seda, como un mar de cosechas embalsamadas y floridas. Aquí y allá, en
segundo plano, unos hombres en chaleco, oficiales de gran porte, con entorchados y
condecoraciones, luego, mujeres, mujeres, siempre mujeres. Y, bruscamente, en la
magia de las telas, en medio de la tribuna diplomática, destacando sobre los vestidos
de todos los colores, algunos orientales con rostros alargados, mejor ataviados que
las mujeres, deslumbrantes en sus trajes tejidos de oro.
–¡Ah! ¡veo muy bien a papá! – murmuró vivamente Thérèse.
La señora de Mauval se inclinó un poco, y vio también al conde Jacques, que
le pareció muy atento.
El orador concluyó:
«Si los hechos que acabo de enunciar son exactos, como así creo que son, – y
estoy seguro en la mayoría de ellos, – pregunto al Sr. ministro lo que se propone
hacer parar reparar esta afrenta a las disposiciones de la ley, este ultraje a la fe de las
familias católicas y de sus hijos?»
El Sr. Placard regresaba a su banco, y una tormenta de bravos lo escoltaba al
paso.
El Presidente del Consejo subió a la tribuna, y expuso sencillamente que
ninguna disposición legal prescribía la presencia de emblemas religiosos
perteneciendo a un culto particular en las escuelas públicas.
Tras la presentación y la lectura de un informe sobre el presupuesto de las
dietas, en el momento en el que se creía que la discusión estaba cerrada, el
Presidente anunció que había recibido una propuesta nueva así concebida: «Solicito
interpelar al Sr. ministro de la Instrucción Públcia sobre los hechos que han dado
lugar a la pregunta planteada a la tribuna por el honorable Sr. Placard.»
Desde que el barón de Verty, firmante de la petición de interpelación, hubo
abandonado la tribuna, el Sr. Roques, prefecto del Sena, elevó vivas
recriminaciones, clasificando los crucifijos y las estatuas de la santa Virgen bajo la
rúbrica general de «mobiliario escolar».
Se levantaban brazos en la extrema derecha; manos golpeaban los pupitres; y,
en el tumulto, voces furiosas rugían:
–¿Mobiliario escolar?... ¡La palabra no es francesa!
–¡Censura!... ¡censura!... ¡censura!
40
–Ese ministro es innoble!
–¡Esto es odioso! Es abominable!
–¡Mobiliaro escolar!... ¡Un crucifijo no es un mueble!
–¡Habéis insultado la religión!
–¡Censura!... ‘censura! ¡censura!...
–¡Es una vergüenza!... ¡Una infamia!
–¡Censura!... ¡censura!... ¡censura!
El presidente sacudió nerviosamente su campanilla para calmar los rumores
crecientes; y de pie, dominando la tormenta, dijo:
–¡Tiene la palabra al Sr. Béris!
Entonces se vio avanzar a un hombre en plena madurez, de rostro afeitado y
fresco, color ladrillo, de nariz gruesa y cabellos pelirrojos, achaparrado, un poco
ventrudo. Sin embargo subió con bastante facilidad los escalones, tomó posesión de
la tribuna, como el que está habituado y se siente cómodo, con las manos apoyadas
sobre el atril, con los faldones de su levita un poco apartados, dejando aparecer, por
encima del chaleco el blanco almidonado de su camisa con el cuello rodeado de una
larga corbata negra.
En su virulencia, no se apreciaba el lenguaje, ni la actitud de un gran tribuno:
el gesto carecía de amplitud, la voz de potencia, pero el razonamiento era preciso,
hábil, lleno de una ardiente convicción. Terminó así su discurso:
«Ustedes han retirado la cruz de las escuelas, la cruz que, desde hace
dieciocho siglos, resume la imagen de un Dios crucificado, todas las ideas de fe, de
esperanza de caridad! Es el crucifijo que encontráis encima del magistrado que va a
impartir justicia, ante el testigo que jura decir la verdad! ¡Es la cruz que colgáis al
pecho de los valientes!.... Pedimos al Senado, bajo una forma cuyo carácter
reconocerá el Ministro de Instrucción Pública que todo el tiempo que la ley de 1850
esté en vigor, los crucifijos sean vueltos a colocar en las escuelas de la ciudad de
Paris! De ese modo testimoniareis que la región de Cristo no está aún proscrita en
Francia!»
Fue un auténtico triunfo.
El Sr. Béris descendió de la tribuna; un estruendo de bravos estalló sobre los
bancos de la derecha y el centro; varios senadores se plantaron ante su colega, con la
boca en corazón, y las manos tendidas. En lo alto, la duquesa de Santie-Moulve,
llena de entusiasmo, se encontraba en la galería, despertando a su alrededor sonrisas
de mujeres radiantes.
El gobierno no parecía contar con un voto de confianza; los ministros se
miraban ansiosos; el propio Presidente del Consejo parecía abandonar la partida, y
los conservadores no pensaban en otra cosa que en un orden del día, con una
disposición bien motivada.
De repente, un hombrecillo en chaleco negro, condecorado con la roseta de la
Legión de honor, se levantó. Con voz trémula, pastosa, balbuceaba:
–Señor presidente, … ¡pido la palabra!
Hubo un movimiento de curiosidad y de sorpresa en la izquierda; y hacia la
derecha, de donde procedía la voz, unas frentes inquietas, protestas mudas e incluso
alzamientos de hombros significativos.
Y el Presidente anunció:
–¡Tiene la palabra el Sr. conde de Mauval!
La condesa Julia empalideció, y Thérèse se sintió enrojecer y temblar, de
alegría o de miedo, no lo sabía. El Sr. Sombreuse, siempre de pie, siempre hundido
en la galería, esperaba. Su rostro se iluminó en un rictus satisfecho, e inclinó la
41
cabeza en señal de aprobación, como si el primo, que caminaba hacia la tribuna,
hubiese podido verle.
El Sr. de Mauval ascendía penosamente los escalones de su calvario.
Cuando estuvo en la tribuna, ante un silencioso mar humano, miradas
brillantes, cabezas grises, barbas blancas, cráneos desnudos más o menos inmóviles;
y más arriba, en la caída del anfiteatro, unas interminables guirnaldas de mujeres,
mil cabezas floridas apretadas las unas contra las otras, en ramos multicolores, desde
el fondo de las pañerías rojas hasta los dorados de la rampa, en arabescos de
terciopelos, de cintas, de encajes desde donde brillaban una constelación de
diamantes, – el senador tuvo un deslumbramiento y paso la mano derecha por sus
ojos.
Miró todavía, a su pesar.
Desde luego, no era ese despliegue de lujo, esas variedades de trajes, esos
estallidos de pedrerías lo que fascinaba al viejo aristócrata habituado a las elegancias
de la alta sociedad; pero veía eso de un modo especial, a través de un prisma, en una
ilusión óptica[9]. No veía más que algunas cosas, nada de vestidos, sino los bonitos
brazos desnudos, los ojos pintados, los pechos desbordantes, los dientes blancos, las
cabelleras rubias, pelirrojas, morenas, desordenadas sobre las frentes, las bocas
voluptuosas, unas un poco pálidas, estas purpurinas, aquellas casi sangrantes.
Y tenía una sonrisa plácida de codicia.
Finalmente, esbozó un gesto:
–Ca-a-aballeros…
Se detuvo, no encontrando la frase. Unas risas estallaron a la izquierda. El
presidente que se había levantado, dio un violento golpe de campana y el silencio se
restableció.
El conde Jacques farfullaba alegremente:
–Ca-aaballeros… balle-e-e-e-ros… es la primera vez que tengo el honor de…
de…
No hablaba, levantaba el brazo derecho, agitaba la cabeza, entreabría la boca,
pero ningún sonido salía de su garganta.
El presidente se inclinó hacia él, invitándole a tomar un descanso. Él no
escuchó o no entendió, sin duda, pues a pesar de las risas, se volcaba aún más
furiosamente, áfono, como un maniquí con el resorte roto.
En la primera galería, la emoción había llegado a su culmen. La duquesa de
Sainte-Moulve se agitaba, afirmando que la conducta de ese hombre era insensata, y
unas voces murmuraban entre los frufrús de las faldas y los abanicos:
–¡Oh! querida, ¡qué ridículo!
–¡Dí más bien que es indecente!
Y mientras la tormenta rugía alrededor de ellas, la condesa de Mauval y su
hija mantenían la compostura, apretándose la una contra la otra, sintiéndose de ese
modo más fuertes, en su hermosa valentía de mujeres.
Tras haber bebido un trago de agua, el senador recomenzó:
–Caballeros… Ca-a-a-balleros… esta es la primera… la primera…
Desde la tribuna de los periodistas, partieron estas frases:
–¿Es que va a titubear mucho tiempo?
–¡Chocho!
La palabra tuvo un prodigioso éxito de hilaridad. Se repitió en voz alta, en voz
baja, a derecha, a izquierda, por todas partes. Sobre los bancos de la izquierda, se
reía hasta retorcerse; unos miembros de la extrema derecha protestaban, reclamando
la inmediata expulsión de los que interrumpían. La campana seguía sonando aún.
42
Pero, el tumulto aumentaba. La duquesa de Sainte-Moulve y sus vecinas
hablaban casi en voz alta. ¿Por qué el Sr. de Mauval se obstinaba tercamente cuando
no era orador y había tantos políticos ilustres – las damas hacían gestos, citaban
nombres –que hubiesen podido hablar en su lugar?...¡Realmente, ese viejo imbécil –
pronunciaban el epíteto – iba a comprometer el voto!
El conde seguía balbuceando:
–Ca-a-aballeros… Ca-ca… Ca-a-balleros…
Y eso era todo, todo lo que se podía distinguir en medio del guirigay creciente
en una hilaridad general en ese Senado, de ordinario más serio. La propia Cámara
de los diputados, en sus sesiones más cómicas, bajo la tormenta de la cháchara del
Sr. de Gavé, hoy senador, no había ofrecido nunca un espectáculo tan desolador.
La madre y la hija, locas de vergüenza, mordían sus pañuelos para no llorar.
El Sr. de Sombreuse se inclinó hacia ellas:
–¿Pero qué le ocurre?... Dios mío, ¿qué le ocurre?... ¡Si pudiese hacerle alguna
señal! Pero no… todavía quiere hablar… ¡Oh!... Julia, Thérèse, ¡no permanezcáis
aquí!... ¡Venid, os lo ruego!
Ni la una ni la otra respondían a la llamada del marqués, y se mantenían
tomadas de la mano, inmóviles y tan pálidas que los extraños adivinaban su dolor.
Finalmente, el Sr. de Mauval bajó de la tribuna bajo una tempestad de irónicos
bravos.
–¡La clausura!... ¡la clausura!... ¡La clausura!... – se gritaba por todas partes.
Los señores de Gamie y de Gavé pedían la palabra, ambos a la vez.
La condesa Julia y Thérèse aprovecharon el escándalo para abandonar sus
localidades, y la señora de Mauval aceptó, casi desfallecida, el brazo que le ofrecía
el Sr. de Sombreuse. Muchas grandes damas, y sobre todo la duquesa de SainteMoulve, las siguieron con la mirada, amenazantes, mostrándolas así a la curiosidad
pública, hasta que el marqués cerró violentamente la puerta del palco.
Se produjo una interrupción en la sesión.
En los corredores del palacio, el Sr. de Sombreuse y las dos damas pasaban,
rápido. Pero a la salida, tuvieron que detenerse a causa del embotellamiento. El
nombre de «Mauval» se escuchaba, a derecha, a izquierda, por todas partes. Salía de
las puertas abiertas, bajo una lluvia de insultos y de bromas, golpeando a la madre y
la hija en pleno pecho, en el corazón, sin que tuviesen poder para defenderse.
–¡Mauval!... ¡Mauval!... ¡Mauval!...
–¡Chocho!... ¡Chocho!... ¡Chocho!...
El nombre y el epíteto ganaron la multitud atrapada delante del palacio de
Luxemburso; solamente, la fila de los criados de a pie, guardó silencio, mientras que
el exterior se llenaba de un clamor ensordecedor:
–¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!...
En medio de un grupo, un joven en chaqueta, con nariz puntiaguda y bigotes
rubios, tocado de un sombrero de seda con bordes planos, el monóculo en el ojo
izquierdo, se partía de risa; sus largas manos golpeaban sus delgados muslos:
–¡Oh! ¡si que ha sido divertido!... ¡El padrecito Mauval es más fuerte que
Gavé y que Gamie!... ¡Se ha tragado la lengua!...
–¡Genial!... ¡Genial!... ¡Mauval Chocho!... ¡Mauval chocho! – se decía a coro.
El marqués levantó su bastón. Thérèse le agarro el brazo y lo arrastró, perdida,
abriéndose camino.
–¡Mauval chocho!.... ¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!...
La calesa esperaba. Las damas subieron. Siempre prodigándoles consuelo, el
Sr. de Sombreuse les dijo que iba a esperar a Jacques y regañarle un poco por su
43
fantasía, que, en suma, no era muy seria… ¡París olvidaba pronto!... ¡Mañana, nadie
pensaría en este desdichado incidente!... ¡No, nadie!...
La condesa sollozaba.
–¡No llores más, mamá!– suspiraba Thérèse.
Desde que el coche se hubo alejado, el Sr. de Sombreuse esbozó una sonrisa
de orgullo: la mujer había sido humillado por el marido, y la comedia estaba
representada.
Bajo el peristilo, bien antes del fin de la sesión, el primo encontró al Sr. de
Mauval. Le tendió afectuosamente los brazos:
–¡Ah! ¡mi pobre Jacques!
–¿Eh?... son bastante bestias, esos… Es cierto que no he estado brillante…
¡Ah!, pero tú, ¿que me has dado de beber en el almuerzo?
–¡Vinos y licores que yo mismo bebía, sin duda!
–Esto es insólito… He sentido mi cabeza que se deshacía… ¡Ni una idea!..
Nada más que unas inmensas ganas de reír y de gritar «¡gnouf! ¡gnouf!...» Me he
contenido…
El Sr. de Sombreuse sonrió:
–¡Has hecho bien!
–¿He estado grotesco?
–¡Claro que no!
–Figúrate que algunos canallas me tildan de chocho.
–¿En serio?
–Como te lo digo… ¡Pero me importa bien poco!
–¡Caramba!
Caminaban codo con codo, dirigiéndose hacia el cupé del marqués. Presa de
una idea, el conde Jacques se detuvo:
–¡Ay! ¡ay!
–¿Qué?
–¿Mi mujer y mi hija estaban en la sesión?
–Sí… ¿No las has visto?
–No… Julia y Thérèse han debido quedar muy entristecidas…
–¡No del todo!
–¡Es que amo a mi esposa y a mi hija!... Yo no debía…
–Se diría que vas a llorar… Vamos, ¡he aquí mi gente!... ¡Sobreponte!
El criado de a pie abría la portezuela. El Sr. de Mauval se instaló en el cupé,
mientras unos golfillos, aprendices, todavía gritaban:
–¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!...
El conde, furioso, iba a bajar; pero ya el marqués daba al cochero la orden de
partir.
–¡Ah! ¡los canallas!... ¡los canallas!
–Vamos Jacques… No pienses más en esos idiotas… ¿Qué hacemos esta
noche?
–Yo regreso a casa de la Plock, en la calle de Roma…
–¡Perfecto!
–¿Cenas con nosotros?
–¡Con mucho gusto!
–Y luego a divertirse con la pequeña Poupard! ¡Encantadora la Beaudoin!...
¡Todo un talento!...
–Sí, pero, ¿y tu esposa?
–¿Mi esposa?... ¿mi esposa?... ¿Por qué me hablas de mi esposa?
44
En el palacete, la condesa Julia y Thérèse esperaban al conde, ansiosas.
Ambas quedaron contrariadas al saber que el gran primo cenaba en la casa; hubiesen
querido estar solas, para tratar de hacer comprender al marido y al padre toda la
pena que les había causado en esa maldita jornada. Pero no podían despedir al
infernal pariente. Por lo demás, el Sr. de Sombreuse se mostró muy amable, y
consoló a las damas, afirmándoles que el arte oratorio en materia de política era
arriesgado, que hombres muy aguerridos en las asambleas provinciales, e incluso en
la Corte de apelación de Paris, se desorientaban, cuando, por primera vez, abordaban
la tribuna del Parlamento. Citó ejemplos antiguos y recientes, en la Cámara de
diputados y en el Senado.
Mientras el marqués se iba, el Sr. de Mauval ordenó a un criado que le trajese
su abrigo, su bastón y su sombrero.
La condesa, horrorizada, le dijo:
–Jacques, ¿vas a salir?
–Sí, querida…
–¿Pero estás indispuesto!
–Una cita de negocios…
–¡Te lo suplico!
–¡Julia, es necesario!...
La señora de Mauval se dejó caer sobre un sofá, y un quejido salió, por tres
veces, de su oprimida garganta:
–¡Oh, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...
45

VII
Esa noche, Aimée Darnet, llamada la Glotona, no recibía a ningún hombre;
esperaba a la condesa de Mauval.
Para la ocasión, la señorita Darnet se había vestido con un traje negro subido,
sin joya alguna. Había dado a su criada y cocinera unas entradas de teatro, para estar
sola con su antigua amiga del Sagrado Corazón; y las dos mujeres ya se habían ido
al Ambigu, muy alegres de poder ver algún drama terrible.
Dos lámparas iluminaban el salón de la Glotona, y el fuego brillaba en la
chimenea.
Con una palmatoria de antiguo Saxe en la mano, la casquivana caminaba por
su apartamento, del salón al corredor, del vestíbulo al comedor, del dormitorio al
baño; ocultaba algunos objetos excéntricos que estaban en los muebles, quitaba de
las paredes los cuadros subidos de tono, metía violentamente en un cajón unos
álbumes de imágenes pornográficas y estatuas de mármol rosa en posturas obscenas,
disimulaba todo lo que habría podido chocar a la vista de la visitante. Y, su cabellera
negra fijada por un sencillo peine de concha, con ojos escrutadores, presa de una
sorda inquietud, la Glotona experimentaba una sensación, a la vez penosa y dulce,
derivada de un sentimiento de orgullo y también de amargura. La puta se sentía
orgullosa de su casa, pero entristecida por los recuerdos de infancia y juventud, y
había en ella un trastorno extraño, un brusco deseo de mostrar abiertamente todo el
despliegue de su lujo y también la voluntad más imperiosa de parecer dulce y
humilde.
El reloj dio las nueve.
A partir de ahora ningún cuadro, ningún juguete, ninguna fantasía sospechosa
podría herir la sensibilidad de la gran dama esperada. Aimée fue a tomar sitio al
salón, en uno de los sofás de terciopelo cereza con bordados de oro dispuestos junto
al fuego.
La Darnet tenía treinta y cinco años, tres años menos que la condesa; y no más
que esta, no parecía legitimar su edad. Una vida ardiente, que usando el cuerpo de la
mujer, no marchitó demasiado la figura de la meridional. De talla media, muy
morena, ojos enérgicos y acariciadores, una boca grande con labios un poco rojos,
un pecho redondo, no ofrecía nada en su actitud que justificase el sobrenombre con
el que el vicioso Paris la marcaba. Pero sus más íntimos, los de ayer y los de hoy,
sabían a qué atenerse sobre la modesta compostura de la Glotona.
Era una devoradora de hombres.
En sus quince años en Paris, acababa de cumplir todas las etapas de su
profesión, merodeadora de aceras, puta de cervecería, habituada a casas de paso,
amante de estudiantes, compañera de camareros de café, asidua a sórdidos hoteles,
vendedora de corbatas para viejos caballeros, tanto aquí, tanto allá, viviendo un
invierno en el barrio latino, regresando a continuación a los alrededores de la
estación Saint-Lazare, bailando en Bullier, o en el Elyeseo Montmartre, o incluso
en la Boule-Noire, en las horas de miseria. En su angustia, después de la muerte de
su hija, se había arrojado en el vicio, aceptando las intermitencias de satisfacción y
de molestias, pero teniendo en el espíritu el deseo de vivir libre, no importaba
dónde. Tenía buenas relaciones con la policía, muy asidua a las visitas de los
médicos, casi doctora ella misma, con motivo de las inspecciones que imponía a su
tan variada clientela. Haciendo eso, evitaba las enfermedades vergonzosas,
46
reparando los excesos del día y la noche, mediante una higiene constante y una
alimentación equilibrada.
El temor a caer en manos de un proxeneta, o estar para siempre encerrada bajo
las rejas de los lupanares, la había hecho ahorradora, mientras sus colegas
dilapidaban sin mesura. Se hubiese dicho que la Glotona había comprendido la vida
desde el primer paso de su loca carrera, y que una intuición misteriosa la guiaba a
través de los caminos de la lujuria. Mientras otras mujeres, menos inteligentes,
morían sobre las camas de hospitales, se refugiaban hacinadas en las casas o se
colocaban como porteras, Aimée Darnet era casi única en su tiempo, y no envejecía.
La Glotona estaba en su casa sin rendir cuentas a nadie, recibiendo a los
amigos que le apetecía. Tenía unos títulos de renta, obligaciones en los ferrocarriles,
en suma, un saldo de una centena de miles de francos, y no hubiese tenido más que
instalarse en un palacete en el Elyseo. Aimée se conformaba con un cupé al mes y
dos domésticos, una criada y una cocinera, con la idea fija de acabar sus días en
algún agujero de provincias. No tocaba su fortuna y vivía de los ingresos cotidianos
que obtenía de su cuerpo, muy prudente en los asuntos de amor, pues no tenía
necesidad de recurrir a los hombres, ni de llamarlos desde las ventanas, solamente
los esperaba como una amante rica y siempre festiva.
La Glotona no había podido resistirse al ruego de su antigua amiga la Señora
de Mauval, solicitando una cita. Desde luego, hubiese preferido que la gran dama se
ciñese a la respuesta que ella le había escrito, animada por un sentimiento de
gratitud.
¿Qué es lo que Julia venía a hacer en el domicilio de la cortesana? ¿El pretexto
invocado era real? ¿Esta insólita visita acaso no delataba una curiosidad malsana?
¿Es que la puta iba a someterse al interrogatorio de la mujer decente? ¿Julia iba allí
para insultar a la compañera del Sagrado Corazón?...
¡Oh! ¡no! Aimée Darnet se acordaba de Julia de Ferville, la dulce compañera
de su juventud, la casta pensionista a la que una palabra obscena hubiese ultrajado.
Volvía a ver a la angélica figura de la condesa, la aparición celestial en el tugurio de
la calle de Berlín, la noche en la que ella lloraba, de rodillas ante el cadáver de su
pequeña; le parecía que ella aún notaba el calor de la mano amiga que había
presionado la suya; se estremecía al recuerdo del beso fraternal que había recibido,
con el rostro mojado de lágrimas y el pecho palpitante por los sollozos.
Y mediante la visión de su duelo de madre, un único pensamiento se aferraba
al cerebro de la Glotona: ¡Tenía que suceder que Julia fuese muy desgraciada para
que esta noble mujer se rebajase hasta ella!
De vez en cuando, la puta se levantaba, temerosa, pensando que la señora de
Mauval encontraría tal vez en su camino, uno de esos muchachos que alborotan en
las habitaciones del segundo piso, encima de su apartamento.
Abría la puerta del pasillo, arrojaba una mirada furtiva sobre la escalera,
donde brillaba la lámpara de gas, luego se dirigía hacia una ventana, miraba la calle
y se apartaba vivamente del rincón donde se levantaba la cortina, por temor a que
pasase alguien conocedor de la casa y tomase el gesto por una llamada.
Sonó el timbre de la antesala.
La Glotona, temblorosa, fue a abrir la puerta, y echó hacia atrás los hombros
para dejar pasar a la visitante.
La señora de Mauval entró. Una larga pelliza negra la envolvía por completo.
Estaba muy pálida, sin aliento, habiendo caminado con paso rápido hasta la casa de
la calle de Constantinopla, después de haber abandonado el carruaje que la había
conducido, en la plaza de la Trinidad.
47
Las dos mujeres se sentaron en el salón, junto al fuego.
–Aimée, – gimió dolorosamente la condesa, – he venido a verte porque puedes
salvarme…
–¿Qué ocurre?– preguntó la Glotona, – ¿Te amenaza algún peligro?... ¡Dispón
de mi… ¡Sea lo que sea, estoy dispuesta!
–Confundes el sentido de mis palabras… En mi primera carta te contaba mis
infortunios… Ahórrame un relato inútil… El tiempo es vital… Tú conoces lo que yo
ignoro… ¡Habla!...
–Pero, ¿qué exiges de mi? ¿Qué puedo decir?
–He venido a saber lo que seduce a un hombre, a un viejo hambriento de
lujuria… ¡Oh! te parecerá que soy rara, que estoy loca, ¿verdad? Déjame repetirte
que tienes ante tí a la más desgraciada de las cristianas, una esposa que llora y
desespera… Figúrate, que tengo un marido al que amo, un marido al que veo
morirse de una muerte espantosa, muerto por…
–¿Mis colegas?... Sí, por mis colegas! – acabó tristemente la Glotona.
–¡Escúchame Aimée! No vengo ni como justiciera, ni como moralista…
Vengo afligida, en la explosión de un dolor que ya no puedo vencer… He soportado
mi soledad conyugal, valiente, sin un reproche, sin una queja, ocultando las lágrimas
a mi hija… Hoy, tengo que actuar, pues no debo abandonar al hombre cuyo apellido
llevo después de veinte años de matrimonio… No, no debo… no puedo… no
quiero…
Y, vivamente, como transportada en un delirio donde su razón se perdía, con
el corazón palpitanto y la voz silbante, la condesa de Mauval continuó:
–¡Jacques se muere!... ¡Va a morir!... ¡Con el conocimiento de tus secretos de
mujer, lo atraeré hacia mí!... ¡Lo conservaré para mí, para mí sola, esclava dócil de
sus caprichos… Y, por lo menos, si sucumbe, se apagará ente mis brazos, lejos de
aquellas que podrían reírse de sus locuras y de mis angustias!... ¡Lo salvaré!...Tras
haberlo satisfecho, colmado de caricias, después de ser una esposa devota y fiel
hasta la orgía de los sentidos, lo iré deshabituando poco a poco, ¡como al bebedor al
que se disminuye cada día el licor de muerte!... Y Jacques se convertirá en lo que
era antes de que me fuese robado: ¡un padre afectuoso, un marido cariñoso, un
hombre honorable y honrado!
La Glotona bajaba la cabeza.
–Aimée, – continuó Julia, – ante la desgracia, no existen las diferencias
sociales… No es a la desconocida de ayer a la que me dirijo, sino a la amiga de la
infancia… Tú eres la única mujer a la que me atrevo a contar mis tormentos… ¡Soy
fuerte y valiente!
Aimée se levantó, muy recta, con las manos juntas y los ojos llorosos:
–¡Eres una santa!... Tu presencia aquí honra y purifica todas las cosas… ¿Y
quieres que yo, la puta caída, murmure a tu oído palabras que te harán enrojecer?...
¿Quieres que destroce tu corazón, y hasta tal punto que, cuando salgas de esta casa y
regreses a tu domicilio, tengas un asco tan grande que tus besos de madre te
parecerán mancillados de basura? ¿Quieres que yo te ensucie?... ¡No!... ¡no!... ¡Eso
sería infame!... ¡Oh, Julia! ¡Sigue siendo la esposa que el marido respeta, la gran
dama a la que todo el mundo saluda y que los pobres aman, la madre que Thérèse
idolatra!... ¡Oh! ¡no trates de luchar contra mis iguales! ¡Conserva ese pudor
exquisito que yo he perdido y que a menudo añoro!... No, no quiero arrojarte en un
abismo de donde no saldrás… El conde Jacques reconocerá sus faltas: él te
encontrará amante y pura… Vamos, ¿acaso eso no vale la pena?
48
Julia no se rendía al razonamiento de la amiga, que se expresaba en ese
momento con todo el cariño de una hermana abnegada.
–¡Quiero que hables!... ¡Lo quiero!... ¡Lo necesito!...
La Glotona vacilaba todavía. Por fin preguntó:
–¿Realmente es necesario?
–¡Sí, lo es!
–¿Y juras que jamás me reprocharás… tu instrucción?
–¡Te lo juro!
–¡Reflexiona, Julia!
–Ya he reflexionado… ¡No me expondré a buscar en otra, en una extraña, los
secretos que tú posees!
Durante todo el tiempo que duró esta conversación, la señora de Mauval no
había dejado de trasladar su mirada, de derecha a izquierda, por el salón de la
Glotona, esperando descubrir por sí misma esos misterios que la turbaban tan
profundamente. Pero la condesa no vio a su alrededor más que un mobiliario de
dama galante, unos sillones azules, sofás dorados, mesas de laca o madera rosa,
espejos de Venecia, algunas estatuilla de mármol o de bronce, unas cerámicas, una
alfombra persa, cortinas de seda dorada. Fijaba siempre su mirada sobre algún punto
oscuro de la telas tendidas en las paredes, examinando con atención las diagonales,
los rectángulos, los círculos, las medias lunas, las estrellas del tapiz multicolor,
buscando en los dibujos y en los bordados semejanzas a trajes de pequeños
arlequines, indecencias que no estaban allí. Luego, se apoyaba sobre un canapé, a
fin de ver si el asiento no tenía resortes especiales; tocaba los brazos del sofá donde
estaba sentada, asombrada de no haber sentido ya alguna voluptuosidad.
Aimée, que la observaba, hubiese roto a reír, si no fuese porque el rostro de
Julia estaba cubierto de una sombra de tristeza, cada vez más penosa, a medida que
eran vanas y decepcionantes esas búsquedas de la mujer de la alta sociedad. Había
realmente en ella una ingenuidad dolorosa en el modo cómico con el que la señora
de Mauval cumplía con su visita, como abría desmesuradamente sus bellos ojos,
levantaba la cabeza, tendía el cuello, ávidamente, a la manera de los espectadores de
una feria. ¡Pero no había trucos!
Entraron en el dormitorio, iluminado por una lámpara de cristal de bohemia, y,
esta vez, la Glotona dio rienda libre a su desbordante alegría, cuando la condesa se
acercó a la cama de columnatas de palisandro para tocar los sedosas mantas, la
madera esculpida, las almohadas de encajes, el edredón de satén rojo, las sábanas de
tela fina adornadas con bordados, con esta divisa en patois: Faï ce qué volé; laissé
diré.4
La Glotona contuvo su hilaridad para no prolongar la turbación de la condesa.
Ambas tomaron asiento sobre una butaca, y la antigua pensionista del Sagrado
Corazón – la devoradora de hombres – expuso sus teorías sin omitir detalles,
obligada como estaba a emplear palabras de doble sentido, perífrasis, o incluso a
llamar a las cosas por su nombre, ante la ignorancia de su interlocutora. Le contaba
los misterios de la alcoba, se extendía sobre los vicios del hombre y la mujer,
indicaba con una palabra, una mirada, a veces un gesto, lo que pedía ese amante
joven aún con su pantomima, lo que quería ese anciano acostado en tal posición.
Contaba sus repugnancias a su amiga, sus rechazos en presencia de
monstruosos deseos manifestados por los brutos extendidos en los sofás; contaba la
manera de actuar para despertarlos de su sopor, para fulminarlos, o para engañarlos.
4

Haz lo que quieras. Deja decir (Nota del T.)
49
Contaba las fintas, las carantoñas, los simulacros, las mentiras del tacto y la palabra,
que persuaden a ciertos seres que sus fuegos nunca desaparecidos vuelven a
encenderse.
La voz sonora de la puta daba a la ruda nomenclatura de sus salmos una
expresión mágica. Parecía incluso que la obligada crudeza del lenguaje desaparecía
bajo un aliento de bárbara poesía, en las ramas de una floración gigante; parecía que
los decorados de los civilizadores, los refinamientos del lujo, se hundían
bruscamente para dar lugar a las lianas y a las hogueras, a los roquedales musgosos,
a los suelos arenosos y a las ciénagas, y que los seres evocados, los hombres y las
mujeres, todos los posesos de los sentidos, naturalezas primitivas, indómitas y
furiosas, se mezclaban con las bestias de los primeros tiempos sobre una tierra
virgen.
La otra, la mujer inmolada, escuchaba el terrible encantamiento; escuchaba
con ojos enloquecidos y la boca torcida en una blasfemia.
En un determinado momento, Aimée se acerco a una cómoda de palisandro e
hizo girar un resorte.
En el cajón abierto se encontraban objetos extraños que recordaban piezas
anatómicas: aparatos destinados a despertar los goces sexuales, engañifas, toda una
serie de instrumentos en porcelana y caucho. La Glotona los exhibía uno a uno,
explicando el uso de aquellos cuya forma no determinaba exactamente su
funcionalidad[10].
Y de repente, la Sra. de Mauval, no quiso ver más, no quiso escuchar más, se
tomó el rostro entre sus manos, y lo aplastó rabiosamente, como para triturarlo. Un
gemido salió de ese pecho de mujer, un gemido donde gritaban todas sus angustias,
todos sus ascos, todos sus rencores:
–¿Él es así?... ¡Oh!...
Aimée Darnet la contemplaba con una mirada de enérgica protesta. ¿Por qué
había venido Julia?... ¿Por qué la había obligado a contarle todo eso?...
La condesa pronunció un «gracias» y, fuera de sí, desapareció.
51

VIII

El Sr. de Sombreuse consideraba que la hora de tomar a la mujer de su primo
todavía no había llegado. No tardaría en llegar la bendita hora en la que la señora de
Mauval, desolada, se arrojase en los brazos de un amante para huir de los disgustos
de su casa, para desertar del lecho nupcial, que el marido hacía inmundo. Entonces,
la esposa llevaría, en torno a ella, esa fulgurante mirada de las mujeres solas y
escrutadoras, a las que anima una idea de lujuria o de venganza. ¡Él estaría allí!
Aparecería como un consolador, siempre alegre, siempre riendo, haciendo olvidar su
edad por el encanto de su palabra, la elegancia de sus gestos, la juventud de sus ojos
y de sus labios, la autoridad de su apellido y de su fortuna, el vigor de sus brazos,
dispuestos a proteger y a defender a la mujer.
Por lo demás, él solo era culpable de entrar en liza. El palacete de la calle de
Varenne, donde los Mauval desplegaban antes una gran actividad social, se
encontraba, por así decirlo, cerrado a todo el mundo, desde que el conde Jacques se
abandonó a la excentricidad de sus manías. La condesa no podía ofrecer a sus
invitados el espectáculo de tantos dolores valientemente soportados.
Tras la sesión cómica del Senado, las viñetas humorísticas de los periódicos,
los panfletos satíricos, las canciones picantes de los cafés-concert, las caricaturas
circularon por Paris. Se representaba al conde de Mauval en la tribuna, con el ojo
izquierdo cerrado, el brazo derecho en el aire, la boca atormentada cómicamente
abierta; o incluso, completamente desnudo, con la cabeza rodeada por manos de
mujeres que se disputaban los débiles sesos de su cerebro. Los periodistas atribuían
frases al senador, cuyo apellido, escrito a veces con todas las letras o modificado de
un modo fácilmente reconocible, era asignado al «personaje en cuestión», a
«Pandora», a «Guibollard», a «Joseph Prud’homme», a «Boireau», en definitiva a
todos los ignorantes y a todos los imbéciles célebres: se decía «el padrecito M***»,
y el padrecito M*** se convertía en proverbial. El marqués se las ingeniaba
hipócritamente para que los periódicos y las caricaturas lloviesen en la habitación de
su prima.
La Sra. de Laurière y su hijo, raramente acudían al palacete. Guy no ignoraba
el escándalo que su futuro suegro había protagonizado en el Parlamento, y, aunque
todavía amaba a Thérèse con toda su alma, juzgaba conveniente abstenerse, y dejar
calmar los ruidos burlescos de la ciudad parisina.
En su pervertido cerebro, el Sr. de Sombreuse se regocijaba de esta
interrupción del lenguaje de amor; pues temía que, pese a los flirteos con su novia,
el novio tuviese miradas para la mamá de Thérèse.
–Las mujeres que rozan la cuarentena se encienden pronto en accesos de
deseo… – decía él con mirada soñadora… – A una madre joven y bella,
generalmente le gusta atraer al yerno, cuando el marido es viejo y el yerno un
apuesto muchacho…
Guy tal vez fuese un rival, un obstáculo… El obstáculo estaba alejado, y, si
fuese necesario, ¡lo destrozaría!
A menudo, hacia mediodía, tras una noche de orgía, cuando había paseado a
su primo por los prostíbulos del barrio de Europa, el marqués de Sombreuse, al que
ese rol de proxeneta aficionado convenía perfectamente, se encerraba en su
52
biblioteca. Iba allí, en medio de los libros, para rehacer el espíritu y buscar
alimentos nuevos en su fiebre de los sentidos.
Los romanos le producirán sensaciones apoteósicas. En primer lugar, Julio
César, el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres[11], según la
expresión de Curion; el lujurioso que había concebido una ley que le permitiese
gozar de todas las damas romanas que le apeteciesen; luego Augusto, ese
restaurador que tanto se preocupaba de las costumbres y las leyes, pera era uno de
los más furiosos disolutos de la República romana, el esclavo de los placeres de su
gran tío César, el amante de su propia hija Julia; Tiberio, libidinoso hasta en las
torturas que inventaba; Calígula, amante de la hija que tuvo con Cesonia, se
disfrazaba de mujer para buscar por las noches enamorados de su engañoso sexo,
cambiando de rol. Claudio, el cínico bufón, embrutecido por los excesos; por último
Nerón, violando a la vestal Rubria, haciendo mutilar al joven Esporo, como si
hubiese querido hacerla mujer, cubriéndolo con un velo nupcial, circulando con el
en litera, besándolo públicamente, esposándolo a continuación; ese mismo Nerón,
vestido de piel de animal, arrojándose sobe unas víctimas de los dos sexos atados
desnudos a unos postes, y buscando goces sobre sus cuerpos.
Y los demás, Galba, Otón, Vespasiano, Tito, Domiciano, Nerva, Trajano,
Adriano, Cómodo, que imitaban a sus antepasados, los igualaban, sin poder ir más
lejos.
Para el viejo aristócrata de blancos bigotes y lector entusiasta, esta
podredumbre romana ardientemente evocada parecía salir de las tumbas. Los
infames gozadores brillaban en su gloria, brillaban bajo un cielo oro y púrpura, de
pie sobre sus víctimas amontonadas, con la sangre a su alrededor.
Luego venía el cortejo de las emperatrices: Julia, la tercera mujer de Tiberio,
extraordinariamente feliz con sus derroches, hacía poner, cada día, sobre la estatua
de Marsias, tantas coronas como crímenes había cometido durante la velada;
Agripina, entregándose con voluptuosidad a las caricias de su hijo Nerón; MesalinaValeria, amante de su hermano Domicio, la mujer que miraba a las muchachas
virtuosas con ojos horrorizados, la emperatriz que, según Juvenal, se escapaba de su
palacio con los senos descubiertos, brillantes de oro, para apaciguar su sed de lujuria
en un tugurio, y «salir de allí la última, más fatigada que satisfecha, ahumada por las
lámparas, con las mejillas lívidas, sucia, llevando el olor del antro a la almohada del
emperador »; Popea, que, según Tácito, no diferenció en modo alguno a sus maridos
de sus adulterios; Domitia, amante del actor Paris; Soemis, alentando los
desenfrenos de su hijo Heliogóbalo, quién, para ella, creó un senado de mujeres;
Faustina la vieja, Faustina la joven, digna una de la otra, la vieja instruyendo a la
hija, un monstruo de ignominia.
Y todas las demás, Crispina, Titania, Julie, Nona Celsia, Lucila, espantosas
hembras, vergüenzas de la naturaleza.
A este desfile de saturnales antiguas, sucedía la visión de la Edad Media, pues
el espíritu desamparado del Sr. de Sombreuse no conocía tregua en la carrera
infernal en la que esperaba encontrar un reposo, un paliativo con la idea que le
obsesionaba, que le acosaba a todas horas.
Aunque encontrase que la epopeya romana tuviese más grandeza en su
realismo, más vida que la tenebrosa Edad Media, se complacía en esta época oscura,
donde la demonomanía y la ninfomanía causaron tantos escándalos en los
conventos, en los claustros, en los castillos y hasta en las viviendas más humildes.
El sagaz lector establecía un resumen, según los libros de su biblioteca. Había
escrito un memento muy vivo y claro que le guiaba en sus búsquedas, pues le
53
gustaba acudir a las propias fuentes, demasiado apasionado para conformarse con
trabajos de historiadores contemporáneos, bastante instruido para comprender los
textos. Poseía toda la colección de las obras que trataban de demonopatía,
demonolatría, y también todos los libros antiguos y recientes de los doctores, de los
filósofos y los críticos: Pierre Delancre, Garinet, Aurelianus, Calmeil, Spranger, Pic
de la Mirandole, Wieri, Leloyer, Bayle, Grangeron, Ponzinibius, Duncan, Hecquet,
Wesselus, Agrippa, Jovius, Del Rio, eran sus autores favoritos, los historiadores de
los íncubos y los súcubos, de los que el Sr. de Sombreuse extraía sus más íntimas y
más violentas emociones.
Los médicos decían que «Íncubo» es un mal en el que la persona cree estar
oprimida. El vulgo llamaba a los íncubos y los súcubos «gallinas empachadas», con
la convicción de que se trataba de una vieja que se sentaba sobre los cuerpos. Hoy
en día, los campesinos meridionales todavía se abandonan a supersticiones
semejantes. No es raro encontrar en el Périgor negro algún viejo jornalero que deja
de cazar, su único placer, porque cree haber escuchado a la «caza volante» entre un
ruido de alas y gritos de pájaros, durante el sueño. Si el viejo cazador cogía su fusil
y disparaba a una liebre, la caza volante vendría, una noche de Navidad a tomarle,
arrancarlo de su cama, y arrástralo a su lecho, a través de las nubes para siempre.
El marqués tenía un modo original y propio de su temperamento, para explicar
las ilusiones y las alucinaciones de la sensibilidad de los órganos genitales, las
delirantes concepciones de la cohabitación carnal con el diablo, del acoplamiento de
los íncubos y los súcubos: los primeros, amigos de los hombres; los segundos,
seductores de mujeres.
A decir verdad, todos estos dramas fantásticos tan bien narrados por Pierre
Delancre, consejero en el parlamento de Burdeos, tenían una causa real: la
depravación de los monjes y las religiosas. Así, un narrador contaba que Robert el
Diablo era el hijo de un íncubo y de la esposa de un duque de Normandía. El Sr. de
Sombreuse también se consideraba un íncubo, bajo la piel de un gallardo monje
huyendo de su claustro. Otra buena broma era el recordatorio del episodio de 1491,
en el que unas religiosas de un convento de Cambrai habían recibido en sus
dormitorios la visita de los demonios: era la hermana J. Pothière que había
introducido a su amante y a los amigos de su amante, con todo el aparato de rigor.
El marqués se partía de risa, y, sin preocuparse del anacronismo y la
trivialidad de la palabra, traba de «fumistas» a los diablos de carne y hueso que
habían encontrado el medio de deslumbrar a las mujeres casadas y gozar con ellas
en presencia de sus esposos, a la luz de un incendio ficticio, en el desorden de las
mantas furiosamente agitadas.
¡Ah! ¡Qué buenas y felices épocas!... ¡Y lo bien que el vicioso marques se
hubiese sentido poseído por los demonios de Pierre Delancre!...
Una multitud de gozadores y gozadoras, todos malignos, con algunos
imbéciles, tal era, en último análisis, el juicio que el Sr. de Sombreuse tenía sobre la
Edad Media. Allí donde los filósofos y los médicos ven, con sana razón, casos de
patología, el viejo aristócrata observaba solamente farsas lujuriosas. Había allí, en
definitiva, muchas menos esposas enfermas que mujeres pervertidas; muchas menos
ninfómanas que muchachas hábiles y viciosas, en esas escenas eróticas de Sabbat,
en esas pretendidas visiones de alcoba, donde los maridos, estatuas inmóviles, veían
destruida su felicidad, sin poder poner orden en ello.
Bellas farsantes, todas esas jóvenes de 15 a 20 años, recibiendo en sus camas a
los enamorados de paso, y no ignoraban, por su forma, la procedencia de la nube
con la que sus visitantes las cubrían.
54
El marqués de Sombreuse reía con sarcasmo más alto que nunca, leyendo las
aventuras de las chiquillas más o menos ingenuas o desenfrenadas.
–¡Esas putas han mentido como Cristo y Mahoma, o bien se han tragado
tranquilamente las culebras! – decía él, muy feliz y orgulloso de haber resuelto, a su
modo, el problema de los íncubos y los súcubos.
Sí, voluntariamente entregadas o víctimas de la bestialidad humana, todas esas
criaturas, la señorita Abadie entre otras, que, habiendo conocido algún monje
extrañamente vigoroso, afirmaba que su amigo –¡Satán! ¡Siempre Satán! – ¡tenía la
caricia demasiada brusca! Una entregada sin duda, la señorita Abadie, puesto que
establecía contrates entre sus diversos amantes, y que entre sus compañeras,
confesaba experimentar un maravilloso placer dedicándose al desenfreno en
compañía de uno de sus primos. Solo, los acólitos de Belcebú – del monje gigante, –
la hacían sufrir.
Otro tanto ocurría con las demás, Jeanne, Marie, Marguerite, la señorita de
Sains, la señorita Mangrane, todas mentirosas, hipócritas refinadas o putas idiotas,
estas voluntariamente sumisas, aquellas ferozmente violadas.
El marqués de Sombreuse concluía:
–¡Ah! ¡bonitas casquivanas, las amantes de la edad media! ¡Y no tontas!... ¡no
tontas!... ¡Pobre señor Satán, habéis servido de pretexto de muchos adulterios,
muchas violaciones, incestos, actos de sodomía!... ¡Todas mis felicidades, señor
Belcebú!
Y tras esta larga y penosa excursión a través de las edades antiguas, el
aristócrata libertino terminaba su estudio, con la firme creencia de que perseguir la
historia del vicio hasta los tiempos modernos sería exponerla a un desengaño.
En suma, las fantasías de Luis XIV, los excesos de la Regencia y del reino de
Luís XV no había sido más que unas tenues copias de las saturnales antiguas. Esas
pequeñas proezas de los reyes carecían de grandeza si se las comparaba con las
pompas romanas y no abrigaban nada, en su insignificancia, como las apariencias
misteriosas de la Edad Media.
El Sr. de Sombreuse no quería estropear su delicia entregándose a lecturas
sobre temas pueriles donde figuraban, aquí y allá, algunos personajes interesantes y
muchos plagiarios poco atrevidos.
¿Qué le producía unos amoríos en el Parque de los Ciervos, en comparación
con las orgías de Calígula y de Vitelio? ¿Qué podía significar una aventura galante
del Journal de Barbier, al precio de las confesiones de la señorita Abadie?
Pobre La Vallière y pobre du Barry, tristes amores, tristes figuras ante las
grandiosas figuras de las Mesalina y las Nona Celsia!
Luis XV, desflorando a la pequeña Tiercelin, de 11 años de edad, ¿era
comparable a Nerón, mutilando al joven Esporo? ¿La apasionada zarina Elisabeth,
hija de Pedro el Grande, ofrecía algún interés en presencia de Faustina la vieja, o de
la hermana Pothières, la religiosa de Cambrai!?
Apenas dos hombres, el conde de Charolais y el marqués de Sade, merecían
alguna atención. Y aún así, “el divino maruqés” no era más que un plagiario de los
emperadores romanos, un monómano cruel, un escritor sin método, sin variedad, sin
instrucción; y el Sr. de Charolais, abatiendo a disparos de fusil, después de un festín
de mujeres, a los tejadores sobre los techos y a los transeúntes en las calles. El
propio Sr. de Charolais era un personaje sin importancia ante el gigante Tiberio y el
infernal Nerón.
El género humana acababa piadosamente su decadencia; y cuando el marqués
pensaba en sí mismo, en sus pobres distracciones en Londres, en el barrio de
55
Haymarkette, y en París, en el barrio de Europa, tenía horror de permanecer en
Francia, a finales del siglo XIX, en medio de mediocres aventuras. Tenía a veces la
idea de regresar a Oriente; pero de repente, el deseo de la mujer, de la única mujer
que amaba en el mundo, lo tomaba por completo.
¡No veía más que a Julia; no vivía más que para Julia; no soñaba más que con
Julia!
Y al igual que de su memoria se habían ido de repente los recuerdos de
maravillosos viajes, así se desvanecían los relatos más extraordinarios sobre las
pasiones eróticas. Y siempre, una sola voz, la voz de la mujer amada, cantaba en su
cerebro, en su corazón y en sus sentidos – perdidamente.
Bajo el fuego que lo devoraba, el Sr. de Sombreuse dejaba sus libros
amontonados. De regreso a su habitación, llamaba a James Stolh, el famélico
servidor, pedía noticias de La Hire, su mono, se hacía desvestir, tomaba una ducha
fuerte o un baño perfumado, honraba algunas veces con sus favores a su gobernanta
y amante, la Sra. Joséphine Ponceau, o a Marguerite Prunier, la ama de llaves, o
indiferentemente a las putas que los sirvientes le procuraban. En esos momentos, no
competía en excesos, no usaba ya su cuerpo, cumplía el acto sexual más bien por
higiene que por capricho malsano, teniendo aún el espíritu demasiado lúcido para
producirse un cambio y ser la víctima de sus amores pasajeros, procurando no
fatigar su imaginación más allá de una justa medida.
Había reconquistado la plenitud de su libre albedrío, viviendo de una
esperanza razonada, tal vez realizable. Se le veía, tranquilo y sonriente, aparecer en
casa de los Mauval, y cenar en familia, siempre precedido de magníficos ramos,
siempre portador de alguna encantadora joya para su sobrina Thérèse. Luego, cada
noche, continuaba la obra de destrucción y arrastraba al conde Jacques a su antojo,
dejando a las dos mujeres muy preocupadas.
No era en absoluto un individuo de inteligencia mediocre, ese viejo con
maneras de diablo, sino más bien un espíritu práctico, persiguiendo un objetivo con
una tenacidad extraña, bastante prudente, bastante enérgico, para esperar su día
siguiente, escuchar al futuro germinar y crecer bajo tierra; uno de esos seres
superiores, geniales, que atestan los manicomios o gobiernan el mundo, sin que esté
permitido a la ciencia predecir exactamente sus destinos.
57

IX

El mal del que moría el conde Jacques era la plaga de la humanidad, en el
declive del siglo XIX. Sus víctimas abundan por millares en todas las clases de la
sociedad contemporánea, en París, en provincias, hasta en los pueblos; y es
comúnmente en la proximidad de la cincuentena, como un hombre, golpeado por esa
extraña enfermedad, cae de repente, cuando nada hacía prever esa caída, casi
siempre irremediable[12]. Parece que las víctimas más numerosas se recrudecen entre
los trabajadores a los que la fortuna o la comodidad acaba de sumirlos demasiado
pronto en el ocio. La brusca interrupción de la labor cerebral y la inmediata
detención de la actividad física, son las causas del desmoronamiento de miles de
hombres. Un negociante quién, tras haber amasado penosamente unos ahorros, dejó
el comercio en manos de su hijo o de su yerno; un viejo abogado experto en
procedimientos judiciales que olvida, en su rica casa de campo, las luchas intensas
de la abogacía; un oficial retirado, casado tarde. Luego, un poco por todas partes,
dispersos por los pueblos, relegados en los campos, artistas, comerciantes, políticos,
sabios, financieros, hombres de guerra, magistrados, todos trabajadores, válidos
todavía, a los que el reposo ha seducido y a los que el reposo va a matar.
Hoy, todos esos seres de temperamentos antaño tan diversos, se parecen y se
confunden; todos presentas idénticos síntomas de decrepitud, de reblandecimiento,
parecen haber sido tallados sobre un patrón único, ordenados por una sola ley:
llegan al mismo objetivo, mediante caminos diferentes, pero empujados hacia el
abismo por una fuerza similar.
El mismo color de la fisionomía se ha perdido, y en los rostros ardientes,
iluminados de vida, se dan lugar figuras tranquilas, iluminados de un rictus
semejante.
Nada los distingue.
El oficial ríe como el abogado, el abogado como el negociante, el negociante
como el artista.
Al principio, estallan en esas musculaturas, en esos cerebros, furiosas
revueltas, un deseo inmenso de regresar a los trabajos abandonados. El comerciante
sueña con su mostrador, el oficial con batallas, el abogado con mociones, el artista
con la gloria. Poco a poco, desaparecen los lamentos; las ambiciones se calman; y
los individuos se dejan llevar, al son de sus manías.
Unos pasan sus días sobre los puentes del Sena, escupiendo en el agua,
haciendo corrillos; los otros se divierten, durante diez horas seguidas, cortando
trozos de madera con una sierra mecánica.
En los cafés a veces se muestran encolerizados, uno porque se ha encontrado
su bola de billar forrada de verde; otro porque su pipa ha sido sustraída del armario
de los clientes habituales; este otro, porque su adversario le ha ganado una partida
insignificante de cartas o dominó; y aquel, porque su amigo se retrasa dos minutos a
la hora del absenta. Algunos tienen alegrías delirantes; este, porque hace buen
tiempo; aquel, porque ha visto una mujer pelirroja o una muchacha de nariz
puntiaguda, y esas cóleras y entusiasmos siempre son desproporcionados en relación
con los actos que los motivan.
Todos esos hombres de mirada apagada no son locos, sino maníacos, seniles,
secos, unos «chochos», según la expresión popular. Habiendo tenido demasiado
tiempo para reflexionar y no sabiendo variar sus ocupaciones, exageran las
58
preocupaciones y los divertimentos, se hunden en el detalle de las cosas. Lo que les
falta, son los trabajos de antaño, la vida bulliciosa y fecunda, ¡la batalla!
Con el largo reposo, su mirada se ha vuelto vidriosa, su lengua se ha espesado,
su cerebro oscurecido. Todos mantienen risas silenciosas, largas risas vacías de
pensamientos.
Sí, chochos, todos esos pobres que han dejado el trabajo antes de que su mano
no se ha enfriado. Se ha producido en ellos la detención de los resortes de la
voluntad, no siempre un descalabrado – eso sería la locura, – sino un relajamiento
progresivo de todos los órganos: es la senilidad.
Sin embargo sería mucho atrevimiento afirmar que solamente se encuentran
estos chochos en el mundo de los ociosos. Muchos individuos son afectados en
medio de sus ocupaciones habituales y ya dan señales inequívocas del mal que los
invade.
Chocho, ese diputado que tiene la manía de las enmiendas. Chocho, ese
diplomático que ameniza con retruécanos las discusiones más serias; Chocho, ese
general cuyas buenas palabras, saltando de un tema a otro, se prestan a la risa;
Chocho, ese pintor de barba blanca cuyo pincel, antaño más artista en su variedad,
solamente traduce hoy sueños eróticos, visiones obscenas; Chocho, ese viejo
caballero que se le detiene en medio de un bulevar, como un atentado al pudor,
cuando le sería fácil ser un criminal en su casa, sin peligro; Chocho, sí, chocho, todo
individuo que no tiene el control de sí mismo, la plenitud de su libre albedrío, la
claridad de visión sobre los hombres y las cosas, todo ser que se deja conducir
indolentemente hacia el crimen.
Hombres jóvenes vienen a aumentar el contingente. Entre ellos, los que tienen
todas las manías de los viejos, los tics nerviosos, las sonrisas incomprensibles, las
alegrías desordenadas, los furores inexplicables. El bello sexo es casi inmune, y, si
algunas mujeres parecen estar afectadas del mal, no es más que en la extrema
ancianidad, cuando la sangre es pobre y la osamenta débil.
El conde Jacques de Mauval encarnaba el tipo del senil; era el resumen, la
síntesis, la expresión viva, como si, por un esfuerzo de la naturaleza, todos los
desórdenes observados en la raza humana se hubieran manifestado progresivamente
en él; y la observación era tanto o más curiosa, en cuanto que el buen hombre había
llevado mucho tiempo una existencia tranquila y la enfermedad no provenía de la
causa ordinaria: la detención de las funciones físicas e intelectuales. Habían bastado
algunos meses de orgía para arrojarlo en ese estado anormal, del que su primo, el
marqués César de Sombreuse, se glorificaba.
La Sra. de Mauval comenzaba a representar el papel que se había impuesto,
tras su vivista a casa de Aimée Darnet, llamada la Glotona, y hacía días que el conde
Jacques ya no reconocía a su esposa: la condesa se había vuelto caprichosa y
coqueta en la intimidad.
Él, el viejo, no comprendía en absoluto nada de la puesta en escena de ese
sacrificio, aceptando de entrada, sin reflexionar, las demostraciones amorosas de su
Julia, para atribuirlas a continuación a la edad crítica y ver en ellas una explosión de
sensualidad allí donde el sexo se inmolaba, a pesar de las vergüenzas y ascos.
En su orgullo de anciano, el Sr. de Mauval se regocijaba por inspirar aún una
tan grande atracción, y había que escuchar al buen hombre susurrar palabras
indecorosas en el odio de su esposa, decirle que iban ambos a gozar de sus últimos
fuegos, de su suprema aurora, de su veranillo de San Martín.
–¡Nos divertiremos, Julia!... Nos divertiremos, ¡caramba!
59
–¡Sí!... ¡sí!...
Él hacía chasquear su lengua y reía, guiñando el ojo con risa pícara.
Julia parecía muy ardiente en su comedia, una mezcla de lujuria e ingenuidad,
de desenfreno y de inocencia infantil. Se las componía para alejar a Thérèse,
buscando el placer incluso en mitad del día, con tal rabia que el senador mascullaba
para sí mismo:
–¡Palabra de honor, mi esposa está histérica… y encantadora!... ¡Iba a salir,
pero me quedo!
Se quedaba; ella no pedía más. Había logrado que él durmiese a su lado, que
no se escapase, que se abstuviese de esas espantosas enfermedades de las que la
Glotona le había desvelado el misterio, Julia se consideraba feliz, animada por la
esperanza de curar a Jacques, de llevarlo poco a poco hacia unos derroteros donde
imperase la razón.
Era la primera velada de ese invierno que pasaban juntos. Habían cenado
frente a frente, su hija se encontraba invitada en casa de una de sus íntimas amigas.
En los postres, la condesa obtuvo de su marido que fuesen al palacete de Sombreuse
a avisar que él no saldría, por motivos de una indisposición, a fin de que el marqués
no se viese tentado a reunirse con él o enviarle a buscar, según su costumbre.
–¿Entonces, –había preguntado el senador a su esposa, en un lenguaje que
tenía sentido para ellos, – nos diremos «cosas»?...
La condesa subió a su habitación; el conde no tardó en reunirse con ella. Se
sentaron ante el fuego, hablaron de Thérèse, su hija, del Sr. Guy de Laurière, su
futuro yerno, y también de sus alegrías pasadas, de sus grandes emociones.
En un determinando momento, la conversación le pareció tan banal, que el Sr.
de Mauval miró el reloj, con aspecto de alguien para quién el tiempo transcurre muy
lento.
Entonces, la condesa se enardeció.
Julia tomó ante el esposo la actitud provocativa de una amante deseosa;
inventaba caricias para apurar la eclosión de los pensamientos lujuriosos que ya
germinaban, besando la cabeza del viejo. Ya no era la esposa confiada y casta, sino
la mujer intrépida, sensual; ya no era la gran dama del Faubourg, sino la mujer
lúbrica, de ojos brillantes, vibrante de voluptuosidades inesperadas.
Se desnudó, no conservando más que sus faldas multicolores y bordadas, sus
seductoras ropas interiores, el corsé de satén negro con lazos azules, cuyos bordes
floridos de preciosos encajes temblaban bajo los estremecimientos del pecho blanco;
luego se sentó sobre las rodillas de Jacques, cubriéndolo de besos.
–¿No me dejarás más, verdad?... ¡Me muero cuando tú no estás aquí!... Soy tu
esposa; te pertenezco… No quiero que me vuelvas a abandonar… ¡No, no quiero!
Rodeó con sus bellos brazos desnudos la cabeza del conde y la inclinó contra
su pecho:
–¡Jacques, te amo!
–¡Oh, mi Julia!
–Te lo repito: Soy tu esposa, toda tuya, nada más que tuya… Tus menores
caprichos son órdenes para mí…
Y meciéndolo, acariciándolo como a un bebé enfermo:
–Si tienes algún deseo, yo sabré adivinarlo… Perdóname si hasta este
momento me he mostrado demasiado fría, demasiado reservada… Tú no me habrías
engañado, sin eso, ¿verdad?... Bajo el calor de mis caricias, voy a recuperarte…
¿Me encuentras bonita, esta noche?
–¡Sí, mi Julia, eres bella, deseable, encantadora!
60
El Sr. de Mauval permaneció dos días enteros en su palacete entre los brazos
de su esposa. Desde su desafortunada aventura, el senador había jurado no volver a
comparecer en el Senado; la condesa y Thérèse aprobaban su determinación, apenas
olvidados sus terrores, estremeciéndose de espanto al recuerdo de las desoladores
escenas del palacio de Luxemburgo. Ambas, madre e hija, por distintos medios, se
las ingeniaban para procurar distracciones al viejo: Thérèse le leía o bien tocaba un
fragmento musical al piano; Julia aprovechaba los más leves incidentes para sonreír
al conde Jacques y hablarle en el lenguaje de los ojos.
Él hombre era mimado, adorado por esos amores de mujeres. En cuanto al Sr.
de Sombreuse, había adivinado lo que ocurría, la intervención de la mujer legítima,
el dejarse llevar del marido, y aceptaba la súbita transformación de su primo, sin
protestar contra el alejamiento al que le forzaba la familia. Comprendía que las
tonterías infantiles del barrio de Europe habían llegado a su fin, y ya no bastaban
Émilie Plock y la pequeña Beaudoin parar arrastrar a Mauval. A la ternura de la
esposa, a la banalidad de la alcoba, hacía falta sencillamente oponer los cuadros
reales del vicio, para que Jacques abandonase a su mujer y la esposa acabase
asqueada del marido. Este caminar triunfal hacia el placer, sería culminado por el Sr.
de Sombreuse, tanto o más en cuanto él mismo tenía necesidad de divertirse.
El marqués regresó al palacete de Varennes y, con algunos gestos y palabras,
volvió a prender el incendio en el cerebro del Sr. de Mauval.
En ese momento, se trataba de una pequeña fiesta íntima, organizada por el
gran primo en su palacete. El marqués sería el empresario, y dos mujeres de mundo
«representarían» a las actrices. El Sr. de Mauval se convertiría, según la ocasión, en
actor o espectador. El conde Jacques no vaciló en aceptar la invitación, cuando supo
los nombres de las damas: la marquesa Marie d’Églaé y la baronesa Andrée de
Tomeyr, quienes habían sido a su vez, las amantes del Sr. de Sombreuse: pero,
haber sido o ser la amante del Sr. de Sombreuse no contaba demasiado para ciertas
damas del Faubourg, pues unánimemente se consideraba al marqués un sexagenario,
como uno de esos viejos amigos a los que le son permitidas muchas libertades y
que, por supuesto, las ternuras amorosas no ofrecían peligro alguno para aquellas
mujeres que temían la maternidad. El Sr. de Sombreuse, muy de buen grado, se
hacía pasar por impotente; de ahí su prodigioso éxito.
En menos de dos inviernos, el marqués había obtenido los favores de una
treintena de bonitas aristócratas. Entre esas mundanas, las Sras. d’Eéglaé y de
Tomeyr habían ya llegado a un gran grado de intimidad con el viejo que, hasta ese
día, las había amado a ambas aisladamente.
Una noche, en un baile en el domicilio de la princesa de Sahcs-Rantel, el Sr.
de Sombreuse, que atravesaba por los salones de baile para ir a saludar a la baronesa
de Tomeyr, observó la mirada que la morena marquesa de Eéglaé dirigió a la rubia
baronesa, entre el movimiento de su abanico. Con ocasión del almuerzo en el
restaurante Cluny, el viejo aristócrata había hecho algunas confidencias al respecto
al Sr. de Mauval.
En esta ocasión, el marqués quiso continuar su observación.
Hábilmente, entre un vals y una cuadrilla, interrogó a las jóvenes damas,
arrancando una sonrisa a la baronesa y sonrojando las mejillas de la marquesa.
Finalmente, a base de insistir sutilmente, Marie d’Églaé confesó que ella era
absolutamente ignorante en amores lesbianos; que, nunca, nunca, había pecado; pero
que si debía hacerlo… si entendía que… si consentía en… si hacía falta realmente…
pues bien, ¡lo haría preferentemente con Andrée de Tomeyr!
61
Cosa curiosa, la misma respuesta fue dada por la baronesa en relación con la
marquesa.
El Sr. de Sombreuse esbozaba una risa de satisfacción.
Luego, en el trasiego del baile, sin parecer además darle demasiada
importancia, como un gracejo, él se hizo por turno el portavoz de ambas mujeres,
traduciendo a Andrée el pensamiento íntimo de Marie, y susurrando al aídos de
Marie los secretos deseos de Andrée, exhortándolas a ambas, pero dejando a cada
una de esas damas, la firme creencia de que ella tenían un rol pasivo, que era
buscada por la otra. Retorciendo sus bigotes blancos y sedosos, se dirigía tanto a una
como a otra, ofreciendo a esta un baile, sentándose junto a la otra, siempre diligente,
siempre galante. Se le veía respirando el ramillete de rosas de la Sra. d’Églaé; se le
escuchaba cumplimentando a la Sra. de Tomeyr por la elegancia de su vestido, y
más dulcemente por la belleza de sus ojos y el frescor de su boca. Se daba los aires
de alguien que charla de cosas muy naturales; sabía con una palabra, un gesto, una
sonrisa, alejar a los maridos indiscretos, a las cotillas curiosas, regresando a
continuación a sus «gestiones», como él mismo las llamaba; citaba ejemplos,
fragmentos de historias lesbianas, deteniéndose en el momento oportuno, para no
atraer protestas vehementes, una de esas negativas categóricas tras las cuales nada se
podría ya conseguir. Finalizaba sus argumentos con frases que se perdían entre el
sonido de la orquesta, en medio de los frufrúes de los vestidos y los abanicos:
–¡Eh, Dios mío! No era un crimen amarse entre mujeres… ¿La duquesa de
Louveuse no había pervertido a una de nuestras más bonitas actrices?... ¿La
condesita Roscoff no era, desde hacía mucho tiempo, la encantadora compañera de
la marquesa de Beurtailles?... Podrían divertirse enormemente… ¡Ambas serían bien
tontas si no aprovechasen la ocasión, puesto que se adoraban!... En París, las citas
son fáciles… Por lo demás, no tenían por qué preocuparse, él lo arreglaría todo, y de
la forma más discreta posible… ¿Qué podían temer?... ¡Los maridos no sospechan
nunca esas cosas! ¡Algunos, incluso adivinándolo por casualidad, no se ofenden
sobremanera por ello y sacan provecho!... ¡Oh!, él era discreto como una tumba:
¡ellas lo sabían!... ¡Tanto esas uniones eran espantosas, horribles para el sexo
masculino, como parecían radiantes, divinas para las mujeres!
Argumentó tanto y tan bien, que la marquesa y la baronesa prometieron
encontrarse en su casa, al día siguiente, a las tres de la tarde.
El marqués había recomendado expresamente al Sr. de Mauval que llegase
antes de las visitantes, pues las damas no esperaban un nuevo espectador.
El conde Jacques fue puntual. Llegó, muy vivaracho, al palacete de GrenelleSaint-Germain, tras haber convencido a su esposa que se dirigía a la subasta del
príncipe de Tirsilt para adquirir algunos bibelots. Incluso añadió que esperaba
comprar uno de esos collares de diamantes de los que los periódicos daban
minuciosas descripciones: sería una sorpresa en el joyero de Thérèse.
En el salón de invierno que se abría sobre su habitación, el Sr. de Sombreuse
soñaba. Arbustos, flores olorosas se abrían por todos los rincones, sobre todos los
muebles, embalsamando la estancia, donde reinaba un calor muy dulce, mezclando
sus tintes multicolores, sus verdores mezclados con los brillos de los bronces, en el
intenso estallido de los mármoles y los oros; y una brisa de primavera pasaba sobre
los rosales, sobre los manojos primaverales y los jazmines.
En medio del salón, una mesa soportaba tres cubiertos de vajilla blasonada, y
una merienda acababa de ser servida por la Sra. Ponceau.
Joséphine se mantenía ante la mesa, muy recta, muy correcta, diciendo a su
obra el último adiós de una ama de casa experta en el arte de la simetría.
62
–¡Oh! ¡oh!... ¡Es una colación! – observó el Sr. de Mauval, que entraba.
Con una señal, el Sr. de Sombreuse llamó a su gobernanta y le dio sus órdenes
en voz baja.
Desde que la Sra. de Ponceau se hubo retirado, el marqués tomó por los
hombros al senador, y lo empujó hacia su dormitorio.
–Jacques, – le dijo,– toma un sillón… Siéntate y no te muevas… Si esas
damas te perciben demasiado pronto, ¡el juego se acabó!... Desde aquí, puedes ver
sin ser visto y escuchar todo por los huecos de la tapicería… Aparecerás en la hora
decisiva…. ¡Vamos, amigo mío, ten paciencia, calma! ¡Nos divertiremos!
El senador se instaló en un sillón, y el marqués abrió una gran portezuela
indicando los agujeros en la pared desde donde el Sr. de Mauval iba a fijar su ojo
curioso.
Ya era la hora.
La gobernanta anunció a la marquesa Marie d’Églaé.
–Sed bienvenida, marquesa – dijo el Sr. de Sombreuse, invitando a la dama a
sentarse y a desprenderse de su abrigo.
La Sra. d’Églaé todavía no tenía treinta años. Era una de esas grandes mujeres
del Midi de tez colorada, con ojos de un azul intenso, cabellera negra abundante y
nariz aguileña, caprichosa, cuyas fosas se dilataban y estremecían a la más mínima
sensación. Estaba vestida con un traje de terciopelo cereza, adornado con crespones
de China; un sombrero con una larga pluma blanca, cubría su cabeza, de donde se
escapaban algunos bucles sedosos trazando sombras ligeras sobre el rostro
iluminado y escrutador.
–¡Oh! ¿Qué vais a pensar de mí? – suspiró ella.
–Mucho y bueno, – señora, – dijo el Sr. de Sombreuse.
Se escucharon unos pasos en el corredor. La puerta se abrió, dando paso a la
baronesa Andrée de Tomeyr.
Las dos mujeres enrojecieron y se estrecharon la mano silenciosamente.
Entonces, el marqués pasó el cerrojo de la puerta:
–¡Henos aquí, queridas amigas!
Rubia, un poco delgada, el rostro pálido, unos ojos negros brillantes, rodeados
en los párpados por tintes violetas, la Sra. de Tomeyr quitaba, temerosa, su rico
abrigo de pieles. Pronto apareció encantadora en su blusa, con un sombrero de
terciopelo florido de rosas té, su talle embutido en un elegante vestido azul que
marcaba sus formas. Luego, con mano distraída, la hija del Norte acarició las
mechas doradas que cubrían su frente.
Tras una conversación sobre mil cosas cotidianas, el marqués debió insistir
para que las visitantes consintiesen en quitar sus sombreros y tomar lugar alrededor
de la mesa.
Ni la una ni la otra tenían hambre. Apenas tocaron las vituallas de esa
merienda improvisada, conformándose con ingerir algunos tragos de té,
avergonzadas de estar allí, buscando un pretexto para irse, vigilando con la mirada
para ser la primera en solicitar partir, adivinando fácilmente que el aristócrata había
mentido, habiéndoles hecho algunas confidencias recíprocas.
En su rincón, el Sr. de Mauval, que observaba la escena, farfullaba:
–¡Brrr!... ¡Qué aburrimiento!... ¡Gnouf!... ¡gnouf!...
El Sr. de Sombreuse comprendió que había llegado el momento de actuar.
Misteriosamente extrajo del bolsillo de su elegante traje un pequeño libro
manuscrito, su obra inédita, un librillo con cubierta de satén verde, filetes de plata,
63
incrustada de miniaturas preciosas, con la corona y armas de su casa en uno de los
ángulos superiores.
Autorizado por la actitud un poco más benevolente de las visitantes, ojeó la
obra, titulada Las Primas, y la abrió en el capítulo IX.
Comenzó a leer dulcemente, como un lector avezado que calcula los efectos:
«Desde su salida del internado, era la primera vez que Jeanne y Louise se
volvían a encontrar con su vieja tía, en el castillo de Valmore. Los maridos estaban
participando en una gran cacería; las jóvenes estaban solas, sobre el césped
dispuesto para una partida de tenis. Ambas parecían adorables, bajo sus graciosos
vestidos de tela gris, calzadas con zapatos Moliére y los cabellos al viento, las
piernas embutidas en unos maillots de color, con largas medias de seda negra. Al
principio, el juego había comenzado suavemente. Pronto, la partida tuvo una
animación extraordinaria. Louise – sirviendo – una gran morena, un poco delgado,
enviaba la pelota a golpes de raqueta; Jeanne – recibiendo – muy rubia y risueña, la
volvía a enviar enseguida, casi siempre al primer bote. Eran los movimientos de los
cuerpos, torsiones de los riñones, respuestas y ataques tan precisos que, desde lo alto
de las escalinatas, la tía aplaudía y gritaba bravos. En un lance del juego, Jeanne
resbaló, falló la bola y cayó cerca de la red, riendo. La tía acababa de desaparecer.
Louise corrió hacia su compañera, para ayudarla a levantarse, y ambas, con las
manos en las manos, los ojos en los ojos, se miraron, encendidas por una chispa de
deseo…
«La caída no era seria, pero el maillot rosa de Jeanne se había roto… Louise
examinaba curiosamente, por la amplia rasgadura del tisú, las carnes rosadas de su
prima; su mirada ardiente registraba todo el cuerpo de la mujer. [13]»
Aquí, el lector se detuvo; las damas, que se acercaban, estremeciéndose, le
suplicaron que continuase.
El viejo aristócrata retomó su lectura, mientras que la Sra. d’Égalé, con el pie
posado sobre el de la Sra. de Tomeyr, hacía sentir a la baronesa la dulce presión de
sus rodillas.
Ahora, la voz del Sr. de Sombreuse se volvía poco a poco mimosa, cálida,
penetrante:
«Jeanne y Louise se hicieron confidencias. Estaban casadas con jóvenes a los
que amaban, y sin embargo, nunca había sentido una emoción tan intensa como
durante ese juego infantil. Confesaron que a hurtadillas observaban sus formas, sus
actitudes, encontrándose bonitas…
« –¡Oh, Louise, cuanto te bajabas yo curvaba la cabeza, intentando ver…
« –Jeanne, –suspiraba Louise,– ¡qué bella eres y que bien hecha estás!...
«Una noche, en el parque de Valmore, las primas se paseaban, iban juntas
tomadas del brazo, rozándose la una contra la otra, deteniéndose de vez en cuando
en las sombras, para darse un largo abrazo de amor… Un sudor perlaba sus frentes;
las invadía una embriaguez. Jamás, beso alguno les había parecido tan tierno, tan
delicado, tan voluptuoso. Llegaron así a un kiosco abrigado por el follaje; y allí,
bajo la cabaña…»
El Sr. de Sombreuse cerró su libro. Hacia algunos minutos que la Sra. d’Églaé
y la Sra. de Tomeyr ya no lo escuchaban. Con un movimiento parejo, Andrée y
Marie se habían abrazado; sus labios se buscaban y, con los ojos ahogados de
languidez, permanecían allí, abrazándose hasta el paroxismo, indiferentes a la
presencia del hombre. Automáticamente, con los pechos jadeantes, se levantaron,
inseparables, arrastrándose, llevándose la una a la otra hacia la habitación que tan
64
bien conocían. Tropezaron con el conde Jacques, tal era la fiebre que las devoraba
que no veían nada y no sentían más que el vaho embalsamado, embriagador, de sus
alientos.
Se tumbaron sobre un sofá, aturdidas, desfallecientes. El Sr. de Mauval quería
unirse a ellas; juraba ser prudente; pero el Sr. de Sombreuse lo retuvo por los paños
de su frac, con la esperanza de que, ante la visión, el primo se volviese loco, en una
rabia de lujuria, bajo la explosión de un ataque de satiriasis.
El marqués tenía unas furiosas ganas de gritarle al senador: «¡Te las entrego;
pero dame a tu esposa!»
Pero no. Debía esperar todavía, lleno de calma en presencia de ese cuadro vivo
que hubiese inflamado a los demás hombres.
Finalmente, soltó a Mauval.
A la vista del conde Jacques, las mujeres, despeinadas, se levantaron, y, como
nuevas Mesalinas, más fatigadas que satisfechas, incriminaron al Sr. de Sombreuse,
amenazando al senador con su odio implacable, con sus venganzas terribles, si no
guardaba el secreto de la aventura.
La paz se selló mediante algunos besos.
Andrée y Marie se juraron, a media voz, amor eterno.
Esa misma noche, hacia las once, el Sr. de Sombreuse, que había cenado con
los Mauval, regresó a su palacete; quiso dar unas órdenes a la Sra. Ponceau, su
gobernanta, se dirigió hacia la habitación de Joséphine y abrió la puerta, sin que la
voz de la Sra. Ponceau hubieses respondido a su llamada. Bajo la luz de una lámpara
tenuemente iluminada, percibió dos mujeres dormidas: Joséphine y Marguerite.
Durante el día, las dos criadas, ocultas tras la puerta del salón, habían
escuchado la lectura del amo.
65

X
Extrañas escenas tenían lugar ahora, cada noche, en ese palacete de la calle
Varennes, donde, bajo los ojos plenos de dolor de una mujer afectuosa y valiente, y
la mirada enloquecida de un viejo libertino, destacaba Thérèse, la encantadora
jovencita cuya sonrisa ponía un toque de alegría en medio de las tristezas y de las
lágrimas.
La Sra. de Mauval continuaba su tarea, ardiente, decidida, inmolando su pudor
en aras de las fantasías del viejo: en sus horas de amargura y rechazo, se decía que
todo lo que la Glotona le había revelado estaba muy por encima de sus posibilidades
presentes; pero, ahogando sus sollozos, ocultando sus vergüenzas, se mantenía a la
altura del sacrificio. Vivía siempre con la esperanza de que tras haber obedecido las
órdenes del hombre maníaco y sensual, que tras haber satisfecho sus menores
deseos, sus ideas más espantosas, ella retomaría poco a poco su autoridad de esposa,
pasada la tormenta, reconquistada la razón del esposo, el hogar sería tranquilo y
alegre.
Desde la aventura de las lesbianas, que el Sr. de Sombreuse acababa de
prometerle repetir concediéndole un rol, el Sr. de Mauval estaba fuera de sí.
Progresivamente desaparecía el sentido moral de su imaginación delirante.
En esa jornada, fue necesario que la condesa Julia, alejando a su hija, dejase
entrever una noche de voluptuosidad al conde Jacques, para que consintiese no
unirse a su primo en una cita.
Él había preguntado:
–¿Julia, harás todo lo que quiera?
Ella había respondido con firmeza:
–¡Sí, Jacques, todo!
–¿Sin quejarte?
–¡Sin quejarme!
Era la una de la mañana.
La habitación de la Sra. de Mauval todavía se encontraba iluminada.
La condesa Julia, vestida con un camisón blanco, acababa de arrodillarse a los
pies de su esposo, que, en mangas de camisa, con los tirantes caídos, los cabellos
desordenados a golpe de viento, reía y lloraba alternativamente, sin saber por qué.
De vez en cuando, el conde se levantaba, alejándose de su mujer, retomaba su lugar
sobre el sillón, se hundía en el cabezal mullido del asiento, ronroneaba; luego, con
las manos en cruz sobre el pecho, quedaba inmóvil, haciendo el muerto para reírse.
De súbito, su rostro crispado se iluminó con una luz.
Una idea nueva obsesionaba su cerebro:
–¡Julia!... ¡Julia!
–¿Amigo mío?
–Vamos, haz la Paquita, te lo ruego… ¿Te acuerdas?... Paquita… Paquita, de
la Farándula…
La Sra. de Mauval sabía muy bien lo que eso quería decir.
Sonrió tristemente, en señal de adhesión, y se dirigió a su cuarto de baño.
Apareció vestida de bailarina, con un maillot de color carne moldeando sus
formas, faldas de gasa vaporosas y ligeras, zapatos de satén blanco, cabellera
brillante bajo los fuegos de las joyas eléctricas, un lunar canalla encima de los
labios. Bailó un paso y se detuvo sobre un giro, con la pierna describiendo un
66
círculo. Él, muy serio, con unos quevedos sobre los ojos, la contemplaba en todos
los sentidos, víctima de la ilusión, como si hubiese estado sentado en su butaca de
orquesta, en la Ópera. La hizo acercarse a su lado, con un gesto; ella giró
rápidamente sobre sí misma con la punta de los pies: él inclinó la cabeza, para que
los volantes embriagadores de la bailarina le rozasen las mejillas.
Ella iba moviéndose hacia atrás, girando a través de la habitación, con gestos
canallas, con golpes de cadera.
–¡Bravo!... ¡bravo!... – suspiraba él, aplaudiendo.
Y se giraba a derecha, a izquierda, guiñando maliciosamente el ojo,
susurrando palabras elogiosas, como si ralamente él estuviese allí, en la orquesta, al
lado de muchos caballeros maduros en traje negro, vecinos amigos para escucharle y
ayudarle a aplaudir.
–¿Eh?... ¿qué?... ¿qué dice usted?... ¡Es bastante gentil, la Paquita!
La bailarina había tomado lugar en el fondo del cuarto de baño, cuya puerta
estaba cerrada.
El espectador se levantó, golpeó la puerta y entró, simulando la actitud de un
asiduo a los camerinos que va a saludar a una estrella de la danza.
–¡Encaaantadora, mi pequeña Paquita!... Te invito a cenar, ¿de acuerdo?
Y ella, que recordaba de maravilla todas las lecciones:
–¡Oh, mi querido conde, con mucho gusto!... ¡Vuestros brillantes y vuestras
flores me han entusiasmado!... ¡Pero, ven aquí, bebé, que te abrace!
Él recibía y daba unos besos discretamente, y se alejaba, henchido de su
orgullo de viejo, mientras que, una vez terminada la sesión, ella lo instaba
dulcemente a vestirse.
–Jacques, vas a tener frío… Yo te he obedecido… Se razonable… ¡Tápate!
Él se miraba en el espejo y estallaba en risas, viéndose en mangas de camisa.
Era así como el conde Jacques revivía sus fragmentos de vida: Paquita había
sido su amante, ¡y a él le gustaba volver a ver a Paquita!
Tras la comedia, el viejo espectador y la bailarina se convertían de nuevo en el
Sr. y la Sra. de Mauval, hasta que una nueva estocada atravesó el espíritu del
hombre.
Y he aquí, que el conde se acordaba de que una noche él había seguido al Sr.
de Sombreuse a los bulevares exteriores, y allí, había asistido a una escena de una
puta y su proxeneta.
La condesa ya había representado el rol de la puta, – un papel que le
espantaba, – pero, dispuesta a todo, se levantó, desde que el senador, en cuclillas,
frunciendo las cejas, le dijo, con voz ronca designándola con el dedo:
–Tú, tú eres Fifine, y yo, yo soy Gugusse… Pssst… pssst… ¡En camino!
El viejo se arrastró por su habitación, donde unos trajes estaban desplegados
sobre unas sillas. Pronto reapareció, en larga blusa gris, tocado con un gorro de tres
picos, con una peluca y unos rizos pegados a las patillas. Sobre su cuello se
enroscaba una corbata cereza. Fumaba un cigarrillo y ronroneaba:
–¡Soy Gugusse!
En las sombras, la condesa, mal vestida con un vestido lila, las faldas sucias,
los pies calzados con botines rotos, baratijas en el cuello y en los brazos, ponía cara
de llamar a un transeúnte que pasaba despistado, e irse con él hacia una esquina
oscura, lejos de los agentes de policía.
Gugusse, con el sombrero hundido hasta las orejas, esperaba a la puta, a la que
veía venir de lejos, lentamente. Él caminaba a su encuentro, con las piernas abiertas:
–¿Tienes la pasta?
67
–No… ¡él me ha robado! – gemía Fifine.
El chulo se cruzaba los brazos, los volvía a extender, levantando sobre su
cabeza un puño amenazador:
–El dinero o te mato…
Fifine decía: «Pssst!... Pssst!» y regresaba a continuación, muy cansada,
extenuada, con una moneda de dos francos en sus manos temblorosas, de la que se
apoderaba su compañero.
Entonces, Gugusse, hambriento de amor, se abalanzaba sobre la mujer: esa era
para el Sr. de Mauval, la mejor manera de despertar sus sentidos.
Todas esas comedias habían sido ejecutadas ya varias veces; pero, en esta
noche de invierno, el conde Jacques innovaba:
–Ahora, – ordenó él – ¡haz la Poupard!
Ella lo miraba, asombrada; él dijo:
–¡Claro, querida!... No lo sabes aún… Espera, voy a enseñarte…. ¿No estás
cansada?
–Te juré obedecer…
Desde que la Sra. de Mauval tomó lugar junta a él, el conde extrajo de su
bolsillo una hoja manuscrita y canturreó la canción del Dedal, que Augustine
Baudoin, llamada la Poupard, le había cantado, una noche, en el salón de Émilie
Plock.
La Sra. de Mauval no comprendió al principio el alcance de los términos
picantes; luego, muy roja, ella se revolvió:
–¡Esto es horrible! – dijo dolorosamente.
–¿Prefieres que vaya a pedirle a la Poupard que me cante ella misma?
–¡Oh! ¡no!... ¡no!
–Pues bien, entonces!... ¡Gnouf!.... ¡Gnouf!... ¡Canta o me voy!
Iba a marchar. Ella se arrastró, se colgó de él, obligándole a tomar su lugar,
poniéndole los dedos en los cabellos, inventando carantoñas y embriagueces.
Finalmente, la pobre mujer debió cantar. El conde Jacques la acompañó hasta
su vestidor, a fin de indicarle, entre sus numerosos vestidos, uno azul más o menos
semejante a aquel que llevaba Augustine Beaudoin. Él la dejó vestirse y se puso
correctamente en traje negro.
–¡Sapristi!... gruñó – no tenemos piano aquí… ¡En fin!...
La condesa, totalmente desgreñada como la Poupard, vino a sentarse sobre las
rodillas de su marido, y cantó en voz baja, para no despertar a su hija:

Pero mi buena abuelita,
A quién contaba esto,
Me dijo: Hija mía, créeme, querida,
Trabajando, ya se hará.

…………….
Al llegar al estribillo, el Sr. de Mauval unió su voz a la de su esposa:
E-e - ra bo-bo;
E-e- ra ni-ni
¡To-to-to-to!...

Ante un gesto del viejo, la condesa curvó la cabeza. Ella no pudo acabar de
cantar… La emoción la estrangulaba…
68
El viejo niño la besó y le mordió la mejilla. Ella no emitió ni una queja,
dominando unas enormes ganas de llorar.
Cuando, después de su tercer rol, Paquita-Fifine-la Poupard, volvió a ser de
nuevo la Sra. de Mauval, el conde Jacques tomó sobre la chimenea un trozo de
carbón que talló vivamente. Ese nuevo juego le resultaba sin duda familiar a la
dama, pues la condesa Julia fue a situarse ante la cama, con la espalda apoyada
contra un amontonamiento de almohadas. Desde que estuvo allí, el conde Jacques se
acercó a ella, y, armado con su carbón, dibujó una barba de zapador sobre el rostro
de su esposa, como, antes, había dibujado los bigotes a Malvina, la vieja criada de
Émilie Plock. A continuación, obligó a la condesa a desnudarse, y sobre una parte
del cuerpo, dibujó el retrato de la luna, con dos ojos enormes, unas cejas en forma
de acentos circunflejos, nariz aplastada, y una boca, un grueso trazo negro, que
parecía reír, como la luna llena, ampliamente. Nunca, el maníaco se había atrevido a
acabar el dibujo; nunca había permanecido tanto tiempo, tan cruelmente,
contemplando su obra[14]. La Sra. de Mauval, llorando siempre, no sabía ya donde
estaba, ni lo que él hacía, ni lo que aún quería. Él encendió una cerilla; iba a quemar
las carnes, cuando un sollozo le hizo retroceder…
Bajo una luz de razón, el conde Jacques lloró; pidió perdón a la que tan
duramente había ultrajado, jurando que no volvería con sus locuras, que ya no sería
despreciable; y, en el silencio de la habitación, con los nervios rotos, los oídos
martirizados por un zumbido, se durmió, hundido en su sillón.
Ella lo miró un momento, feliz de su repeso. Pero, viéndolo tan pálido, tan
deshecho, con los parpados caídos; los ojos rodeados de círculos azulados, labios
violáceos, los brazos colgando, exangüe, en la actitud de un hombre que acaba de
abusar de los placeres, la condesa Julia fue presa del miedo.
Era ella quien lo había puesto en ese estado de enervamiento y de postración.
¿Y si se moría?
Trató de despertarlo; él no se movió. Sin embargo, ella no podía dejarlo
dormir así hasta el amanecer; su sueño sería malo; el conde se despertaría con una
fiebre causada por las agujetas…
Ella lo sacudió:
–¡Amigo mío… Jacques!... Acuéstate….te lo ruego!
La señora de Mauval desvistió al durmiente, y, tras mil esfuerzos, no pudiendo
llamar a sus criados para ofrecerles ese espectáculo, llevó al viejo hasta su cama. Lo
llevó, como la había ya llevado en una de sus noches espantosas, pero esta vez,
menos robusto, casi lívido, abatido por las emociones, tambaleando bajo el peso
inerte. Y, exhortándose al valor, enjugando sus ojos, con ternuras de madre, cubrió
el cuerpo, dobló los sedosos edredones y dio un beso en la frente del hombre.
Una vez segura de que su marido dormía un sueño reparador, la Sra. de
Mauval se retiró a su habitación.
Fue un desbordamiento de lágrimas, la explosión de todos los sollozos
contenidos, de todos los ascos soportados, de todas las amarguras asumidas, de
todas las vergüenzas sufridas.
La condesa pasó la noche reflexionando. ¿Debía continuar con su papel?...
¿Era necesario que ayudase al hombre sensual a destruirse?... Si ella rehusaba
satisfacer los caprichos y locuras de Jacques, serían otras mujeres las que tomasen
su lugar; y esas mujeres no tendrían los miramientos de ella, sus piadosas mentiras
para convencer al viejo de que ella compartía su placer en los delirantes cuadros de
la comedia, ¡que Paquita era alegre, que Fifine se divertía tanto como Gugusse!
69
Poco a poco, ella veía disminuir el horror de las espantosas comedias; la
lubricidad del hombre se apaciguaba; ¡y era ella, la mujer legítima, la compañera de
veinte años, la grande y noble dama, la que había realizado ese milagro!
Sentía alegría, alivio, y pronunció una oración para agradecer a Dios el
haberle dado tantas fuerzas, tanto valor. Luego, volvió a caer asaltada por los
recuerdos inmundos; volvió a caer, tras haber asumidos todos los dolores, tras haber
vertido todas sus lágrimas, mujer más grande que la Virgen, cayó, cansada de ver
sufrir al viejo.
Por la mañana, Thérèse observaba la palidez de su madre, la alteración de sus
rasgos y de su voz, su penoso e incierto caminar. Jamás la había visto de ese modo,
tan abatida, tan desolada. Los días posteriores a las noches en las que los criados
llevaban a través de los pasillos a su amo ebrio, la madre no estaba tan inquieta, tan
taciturna. La Sra. de Mauval trataba de luchar, de sonreír, pero se sentía sucia,
mancillada, y hasta tal punto, que – como había predicho la Glotona – ya no se
atrevía a besar a su hija.
Thérèse había ido hacia su madre, según su costumbre, y la madre se había
alejado, invocando siempre algún pretexto para rechazar las caricias filiales.
La joven sospechaba alguna gran desgracia:
–¿Mamá, qué te pasa?
–Nada, hija mía, nada…
–¿He hecho algo que te molestase, dime?
–¿Tú, mi Thérèse?... ¡Oh! ¡no!
–Tus ojos están enrojecidos… ¿Has llorado?
–No… Te lo aseguro…
–Mama, mamá… ¿Papá te ha hecho daño?
–¡Cállate!... ¡cállate!
–Tu voz es temblorosa, y, esta mañana tienes ganas de llorar… ¡Pobre mamá!
La rodeó con sus brazos:
–Déjame consolarte… mamita, ¡ten valor!... ¡Tu Thérèse te adora!... ¡te
adora!.... ¡te adora!...
La joven se puso a contar historias del pasado, haciendo revivir las alegrías
apagadas bajo la armonía de su palabra. Habló del amor profundo que sentía por
Guy, el generoso aristócrata que parecía ignorar la triste comedia del Senado; pero
también contó sus preocupaciones, que su madre estaría pronto sola en esa casa con
su padre enfermo. ¿Qué ocurriría cuando ella ya no estuviese allí, para sustraer al
viejo de sus manías diarias, manías menos bizarras, menos espantosas sin duda que
las de las noches, pero no menos peligrosas por el estado mental del conde Jacques.
Pues Thérèse tenía sus trucos para distraer a su padre, cuando, la familia se
encontraba reunida en la mesa. El viejo hacia espantosas muecas, enrojecía
completamente, castañeaba furiosamente los dientes, recriminaba a la condesa. ¡Sí,
Thérese tenía sus trucos!
Ella se levantaba de la mesa, y, respetuosamente, tomaba a su padre por la
mano; luego, apoyándose en su brazo, le obligaba a seguirla, lo arrastraba al salón,
y, allí, le tocaba el piano, ejecutando una de sus piezas favoritas, o se divertían
ambos, como niños grandes, jugando al escondite.
A menudo también, cuando el Sr. de Sombreuse cenaba en la casa, ella se
inclinaba hacia el tío, y con voz penetrante, decía resueltamente, con un tono que no
permitía réplica:
–¡Tío, esta noche, mamá y yo cuidaremos de papá!
70
Thérèse lo cuidaba, en efecto, lo tranquilizaba con lecturas, relatos infantiles,
romances; ella lo hubiese cuidado mucho más tiempo aún, si le hubiese sido posible
imaginar las escenas terribles que, para los esposos, sucedían a estas infantilidades.
–Mamá, – concluyó – esperaré a casarme cuando papá se cure…
Y, con intensidad:
–¡Ya lo verás mamá… Se curará!
Entre el desmoronamiento del hombre y la inmolación de la mujer,
consolando a su padre, exhortando a su madre al valor, vigilando a ambos, Thérèse
aparecía como la rama verde que, bajo el cielo azul, se erige y florece sobre unas
ruinas.
71

XI
Y a medida que en laberinto de sus extravagancias, el conde Jacques se
apagaba, se embotaba, cuerpo y espíritu, como una lámpara sin aceite, el marqués
César de Sombreuse parecía siempre más fuerte y más juvenil. Se podía creer que el
primo tenía el secreto, no solamente de algún nuevo licor a la Ninon de l’Enclos
para rejuvenecer el rostro, sino realmente un fluido extraño, desconocido, teniendo
la propiedad soberana de regenerar las musculaturas, dando vigor a los riñones,
fuelle a los pulmones, ligereza a los nervios, color y calor a la sangre.
El Sr. de Sombreuse no había inventado ni buscado el elixir de la vida. No se
parecía en nada a Nicolás Flamel, ni a Clagiostro, no sentía ninguna afición por los
vanos estudios de los alquimistas. Si su rostro anguloso y sus brusquedades
recordaban un poco a Mefistófeles, la comparación se detenía ahí: el marqués César
era moderno, muy moderno, e iba hacia su objetivo, realmente, sin sortilegios y sin
desfallecer; caminaba al socaire de ese amor que tenía en el alma y que le inspiraba
toda su fogosidad, en una renovación de juventud. Con las escenas de libertinaje no
padecía – como se ha visto – casi ninguna fatiga, ni casi sentía placer alguno,
dejando hacer a su primo Mauval, cumpliendo su papel de corruptor, de demoledor,
con una singular energía y una admirable paciencia.
Era a comienzos de febrero. Durante los tres meses que acababan de
transcurrir, el Sr. de Sombreuse había alimentado su pasión, tanto mediante las
obras libertinas, como con sus ensoñaciones, pero más a menudo aún por la lectura
de un diario íntimo, su historia de Él y de Ella, donde daba rienda suelta al furor de
su amor.
Fragmentos, observaciones diarios, trozos de vida.
Había escrito eso en sus noches febriles, sobre un gran in-octavo de hojas
grises, con un lápiz rojo o azul, blanco o negro, o verde; en inglés, en redondilla, en
gótico. Las páginas tenían escrituras diferentes, lentas o rápidas, según las
emociones de los protagonistas; eran casi tan variadas como los colores, y a alguna
distancia, se hubiesen podido tomar por paisajes de un impresionismo exagerado.
Sobre los márgenes, y en todos los sentidos, cubriendo a veces las propias notas, se
veía un esbozo de figura de mujer, un estudio tomado de perfil, de tres cuartos, de
frente, pero siempre inacabado. Luego, aquí y allá, en un batiburrillo de líneas
multicolores, en la orgia de arabescos donde florecían las mayúsculas, aparecían
anatomías incompletas, una nariz graciosa, un pie encantador, una boca con los
dientes muy blancos, una pierna fina, un cuello delicado, dos bellos brazos
desnudos, un pecho redondeado bajo un montón de encajes, una cabellera rubia
brillante de flores y diamantes o sencillamente rodeado de una cinta de terciopelo.
También había estudios de ropa femenina, vestidos, camisones, faldas, coloretes,
corsés, pantalones blancos, incluso camisas. Eran recuerdos o visiones de Julia,
recuerdos del mundo, de las visiones, intimidades ignoradas de la mujer – recuerdos
y visiones indecentes, dibujos obscenos.
El diario del Sr. de Sombreuse se remontaba a tres años atrás, es decir a la
época de su llegada a París, y las memorias no comprendían más que un espacio de
nueve meses, pues el marqués había dejado de escribir, desde el día en el que instó
al conde de Mauval a someterse a la fiesta que se prolongaba y acentuaba cada vez
más.
París 2 de febrero de 1887.
72

Pero, vamos… ¿es que a estas alturas mi bella prima va a hacerme perder la
cabeza?... Al instalarme en París, me había propuesto vivir bastante tranquilo, en
medio de mis bibelots, con Joséphine y mi mono La Hire. ¡Y hete aquí, a mis
sesenta años, después de la pequeña existencia que he llevado en todas las partes del
mundo, que me he enamorado de mi prima ¡como un joven idiota lo está
ordinariamente de la suya!
15 de febrero.

¡Sí, enamorado!... Esta noche, cuando me despedía de Julia, sentí mi mano
temblar en la suya… ¡Oh! si tan solo tuviese veinticinco o treinta años, o incluso
cuarenta, primo Jacques, ¡ya no podrías pasar bajo las puertas del Senado!... ¡Bah!
La Sra. de Mauval es fiel, y, si tuviese el deseo de divertirse una pizca, elegiría a sus
amantes y no querría a un viejo lampiño… a menos que, muy vicioso…
2 de marzo.

¡Ah! ¡Me estoy volviendo completamente idiota!... ¿No he robado hoy la
fotografía de Julia en su álbum?... ¡Travesuras de colegial!... Mi pobre César, ¡qué
pena me das!...
20 de marzo.

Regreso de un baile, con motivo de la víspera de cuaresma, en casa de la
princesa de Sachs-Rantel… Ramillete de mujeres adorables… He bailado con Julia;
habría bailado con ella sola toda la noche; pero por conveniencia, fue necesario
dejar a otros mi lugar… He hecho la corte a la marquesita d’Églaé y a la baronesa de
Tomeyir, – historias para matar el tiempo…
5 de abril.

Julia está en el castillo de Ferville con Jacques y Thérèse… ¡Solo en París, me
aburro horriblemente!... Voy a darle una paliza a mi mono… ¡Eso le enseñará a ser
de la tribu de los catarininos!
1 de mayo.

¡Esta Thérèse es insoportable!... ¡Siempre metida bajo las faldas de su madre!
La otra noche, en el Bois, en el paseo de las Acacias, mi coche se cruzó con la
calesa de Mauval: de ahí una idea… Al día siguiente, rogué a Jacques que me
ofreciese una plaza en su landau, y me instalé frente a Julia… Mis rodillas tocaban
sus rodillas… La prima retiró sus piernas, con mucha naturalidad, creo, sin pensar,
por desgracia, en nada malintencionado…
13 de mayo.

Me había imaginado que, recogiendo algunas flores de adulterio, conseguiría
olvidar a Julia… ¡Ah! ¡bien, sí! Todas las mujeres me recuerdan a mi prima: para
mí, son pálidas estrellas al lado de los rayos inflamados del astro del día... Soy un
73
imbécil… Ayer tuve la ocasión de estar solo con Julia, la posibilidad de hablarle; y
ni una palabra salió de mi boca…
20 de mayo.

Dentro de tres semanas, tras el Grand-Prix, los Mauval van a realizar un viaje
a Suiza con Thérèse; luego irán a Saint-Malo; de ahí, a Ferville… Me las arreglaré
para compartir su viaje y unirme a ellos en todas partes… En definitiva, he usado
mis habilidades para ir llevando adelante mi campaña amorosa. Una palabra
imprudente me podría perder para siempre…
Le Chaux-de-Fonds, 18 junio.

Viaje familiar. – Conozco Suiza y, aunque no la conociese, preferiría
comprometerme a hacer un peregrinaje anual que dirigir en estos momentos mi
mirada hacia una montaña o a un valle… No veo más que a Julia; no escucho más
que a Julia… Ella me da algunas veces el brazo en nuestras excursiones, y, cuando
llegamos, por la noche, al albergue de un pueblo, como Jacques está dormido, como
Thérèse duerme, como en la canción de los Pirineos, tengo unas inmensas ganas de
forzar el cerrojo que cierra la puerta de comunicación…
Zurich, 11 julio.

¡Oh! ¡Julia es encantadora, bastante espiritual, bastante seductora! Me ha
embrujado de tal modo que, loco de deseo de hablar de ella, he contado a Mauval
los encantos de su esposa, refiriéndome a Julia con otro nombre… ¡Qué cretino, este
pobre Jacques!
Saint-Malo, 3 agosto.

La Sra. de Mauval y su hija se bañaban, mientras Jacques y yo nos fumábamos
un cigarro en la playa, mirándolas. Julia tenía un traje de baño de franela blanca, con
encantadores sándalos. Cuando salía del agua, con sus cabellos de oro recogidos en
un moño con cintas azules, en un batín blanco sobre los hombros, caminaba sobre la
arena con un movimiento de caderas tan voluptuoso, que la busqué en vano en los
cuerpos de las otras bañistas… Thérèse, demasiado alta y no suficientemente
desarrollada, parecía un perrillo flaco al lado de su madre, la magnífica criatura…
Entonces, con el cerebro ardiendo, arrastré a Mauval hacia la caseta donde su esposa
se desvestía. Yo quería entrar, pero nos quedamos allí, él, idiotizado, yo con los ojos
vueltos hacia el mar, con unas enormes ganas de arrojarme al agua y morir…
Castillo de Ferville, 25 septiembre.

Hamlet decía: «¡Ser o no ser! esa es la cuestión…»
Pues bien, no, ¡esa no es la cuestión! El problema está en estas palabras: ¡ser
viejo y amar!... ¡Qué importa lo demás! ¡Qué importa el más allá!... ¡Eh! ¿Qué me
indica si es más noble para el alma sufrir los poderosos embates de la injusta
fortuna, o, revolviéndose contra esta multitud de males, oponerse al torrente y
acabar con ellos?... Morir, dormir…
¡Dormir!... ¿Tal vez soñar?... ¡Tonterías!... ¡No veo n ello grandes obstáculos!
¿Qué pensamientos pueden sobrevenir en ese sueño de la muerte, después de estar
74
despojado de mi envoltorio mortal?… ¿Las religiones y las filosofías?... ¡Oh! la la…
como dicen los golfos parisinos…
Los muertos tienen sin duda privilegios especiales; pero, en cualquier caso,
solo los locos en su delirio y los vividores después de beber, discuten sobre la
inmortalidad del alma…
¡Ser viejo y amar!... ¡Esa es la única y terrible cuestión!
¿Por qué, si existe Dios, da a los viejos deseos tan ardientes como a los
hombres jóvenes?...
¡Amo a Julia! ¡la amo!... Entienden, ¡la amo!... Y el hombre que ha
compartido el amor de tantas mujeres, que ha vaciado hasta el fondo la copa del
placer, se sorprende hasta estremecerse, enrojeciendo ante esa mujer. La amo, en
medio de su lujo, de sus encajes y terciopelos, joyas y flores; ¡la amo en su
intimidad familiar! ¡La sigo y la vigilo, sin que en su presencia me traicione mi
mirada!
La vi una mañana temprano. Ella atravesaba los amplios pasillos del castillo,
despeinada bajo su gorro florido de encajes; iba, pálida con esa palidez que confiere
la cama, con los ojos hinchados, la boca fatigada; y yo que no había dormido, que
toda la noche había permanecido de pie, caminando febril para esperarla, para verla
pasar en su despreocupación, sentí en su proximidad una inefable embriaguez…
Venía de dar las órdenes a sus gentes y se dirigía al cuarto de baño, muy cerca de su
dormitorio… Desapareció y yo permanecí anonadado, lleno de dolor, como si algo
de mi ser se arrancase violentamente… Rompí a llorar… Tenía unas furiosas ganas
de abrir la puerta del cuarto de baño, de amordazar a la condesa y tomarla allí
mismo, sí allí. Me vi obligado a bajar la escalera, correr al parque, respirar el frescor
de la aurora y mojarme con el rocío caído del cielo…
27 de septiembre.

Mis jornadas se pasan reflexionando para saber cuál es la mejor manera de que
un viejo corteje a un joven mujer… ¡No soy un Bartolo, un tío rosa!.. ¡No soy un
Don Ruy Gomez de la Silva!... Los sentimientos caballerescos están pasados de
moda y nada tienen que ver en mi asunto… ¡No soy un doctor Fausto y me burlo de
los Mefistófeles!... Me golpearía, me quemaría el cerebro, cuando pienso en todas
las dificultades que me esperan… ¡Como Werther con su amante, he estado cien
veces a punto de estrechar a Julia entre mis brazos!... Y como Werther, me siento
invadido por esa inclinación natural de la humanidad que nos empuja a tomar… ¿No
tratan los niños de tomar todo lo que perciben? ¡Y yo!...
15 de octubre.

¡Bastante poesía! ¡No soy Werther, ni Hamlet!... ¡No estoy loco!... ¡No quiero
morir! ¡Quiero vivir!... ¡Tendré a Julia!...
23 de octubre.

Esta mañana, he penetrado, sin ser visto, en la habitación de mi querida prima;
he podido convencerme de que Jacques no había dormido con su esposa… He
tocado la cama de Julia, la cama todavía tibia en el lugar dónde solo su cuerpo
estaba marcado… He tocado sus sábanas, su gorro, su amplia y fina camisa, todas
las cosas que la habían tocado… Iba de la habitación al baño y me embriagaba con
la fragancia de la mujer… Creía ver a dos Julias[15]… ¡Tanteaba para agarrarlas y
75
extendía mis brazos hacia ellas!... Luego, la veía sola… ¡La había detenido al paso y
por fin la tenía!... ¡La cubría de besos!... ¡La inundaba con mis lágrimas!... ¡Dios
mío, qué sueño!... Yo me iba, con ira en el corazón, pálido, espumeando de rabia…
Paris, 1 de noviembre.

Mauval, ¡necesito a tu esposa!...
Esta única línea, con la que finalizaban las memorias, estaba escrita con lápiz
rojo, en letras capitales enormes ocupando las dos páginas abiertas del misal del Sr.
de Sombreuse, y un rosario multicolor, una rosario de horrores, enmarcaba el texto.
Para llevar pacientemente al extremo la obra de destrucción que, desde hacía
más de dos años, él había emprendido, el viejo aristócrata, volvía a leer algunas
veces etas líneas arrojadas sobre el papel, sin método, al socaire de la inspiración, en
la extravagancia de los delirios; a continuación, se remitía a los recuerdos más
recientes, a los hechos que le daban la certeza de que el conde Jacques era presa de
una de esas enfermedades que no perdonan.
Así, se acordaba que una noche del verano pasado, con un calor sofocante,
había conducido al Sr. de Mauval, de paseo por París, a los campos Elíseos. Alegres,
ambos habían seguido por los Embajadores, El Reloj, El Alcázar; habían tomado
varias cervezas y, a la salida, hacia las once, estaban detenidos en uno de los
urinarios públicos disimulados entre la vegetación. Allí, durante más de diez
minutos, el Sr. de Mauval había permanecido, con la cabeza baja y las fosas nasales
abiertas. Habiéndole interrogado el marqués, el conde Jacques, rogando a su primo
que guardase el secreto de su extraña confesión, respondió que el olor le era
agradable y despertaba en él ideas sexuales[16].
El Sr. de Sombreuse pensó en utilizar la confidencia del senador. Tuvo el
deseo de pagar a uno de esos pálidos golfos de mirada sospechosa que merodean por
las noches alrededor de los urinarios, señalarle al Sr. de Mauval como a un cliente o
como una víctima, y luego advertir a los agentes de policía. Entonces, el conde
Jacques, sorprendido en flagrante delito, pasaría a la Audiencia… Pero no se detuvo
mucho tiempo en este proyecto, no porque temiese el deshonor para su propia
familia, sino porque consideraba que su primer medio – el embrutecimiento gradual
del marido – era infalible. Con su situación de senador, el Sr. de Mauval podría
escapar a la acción de los magistrados: pero no escaparía a la enfermedad, a la
senilidad, a la muerte cercana.
Sin embargo, después de varias semanas, el marqués no estaba en absoluto
tranquilo, y una preocupación crecía en él. El conde Jacques ya no obedecía
regularmente a su primo, e incluso ocurría que la mayoría de las veladas y noches, el
senador las pasaba con su mujer, rechazando todas las invitaciones. A pesar de las
escenas nocturnas de alcoba, a pesar de las orgías de los dos inviernos pasados, el
Sr. de Mauval no se encontraba ni lo bastante loco para ser encerrado en un
manicomio, ni lo bastante enfermo para morir.
Incluso, después de algunos días de reposo, daba la impresión que el rostro del
hombrecillo estaba menos atormentado, su lengua menos pastosa, su mirada menos
apagada, su modo de hablar menos grotesco. La condesa Julia y su hija recuperaban
la esperanza, ingeniándoselas en distraer al enfermo: El Sr. de Mauval acompañaba
a su esposa y a Thérèse al Bois, al teatro, al circo; se convertía en un hombre como
los demás.
Esta tranquilidad no podía durar.
76
A menudo, el Sr. de Sombreuse, al que no se atrevían todavía a echar del
palacete de la calle de Varennes, había sido obligado a retirarse temprano, al
discreto ruego de Julia o de Thérèse.
La Sra. de Mauval decía, muy compungida:
–D. César, disculpe que me despida de este modo… Pero ya sabe… si Jacques
lo ve salir, él querrá salir con usted…
Thérèse intervenía sutilmente a su vez:
–Tío, papá necesita descansar… Vamos, vamos, mientras gira la cabeza,
escápese… Se lo ruego, tío…
El marqués se levantaba orgullosamente y preguntaba:
–¿Entonces, se me echa?
La condesa Julia protestaba dulcemtne, por cortesía, y Thérèse gruñía con voz
sorda:
–Puesto que no comprende, que no quiere comprender… ¡hará bien en irse!
El Sr. de Sombreuse se iba furioso, para regresar al día siguiente y los demás
días.
¿Acaso Julia debía echarlo, esta Julia que él había hecho suya por el constante
deseo, por la incesante obsesión?... ¿Es que el otro, el chocho, continuaría mucho
tiempo conservándola, tocándola, ensuciándola?
Una noche, el Sr. de Sombreuse quedó muy contrariado ante el conde Jacques,
quién, a una de sus proposiciones de francachela, le respondió en voz baja, pero con
energía:
–Mi querido primo, ya no salgo más… definitivamente… ¡estoy enamorado
de mi mujer!
77

XII
En menos de ocho días, el marqués de Sombreuse había retomado su dominio
sobre el conde de Mauval, y manipulaba al hombre a su antojo, a pesar de las
súplicas y las lágrimas de las dos mujeres alarmadas. Y hoy, como antaño, el conde
Jacques parecía dedicarse únicamente a las juergas; incluso parecía tener la
iniciativa en las correrías nocturnas, apreciándose en ello la influencia del primo.
Siempre tenía el mismo modo de desaparecer de casa. Por la noche, después de
cenar, el Sr. de Mauval se levantaba de la mesa, febril, y arrastraba a su invitado
habitual, el Sr. de Sombreuse, quién, muy serio, excusaba su brusca salida,
afirmando a las nobles damas que por fin iban a preparar el retorno del Roy.
El marqués había organizado unos divertimentos nocturnos, locuras sensuales
en los que la razón del Sr. de Mauval se extraviaba. El senador era presa de tal
estado de excitación nerviosa que, a menudo, sobre una acera, ante los coches que
abarrotaban la calzada, tenía miedo y jadeaba bajo el efecto de una crisis de
agorafobia, atravesaba las calles en todos los sentidos, con los brazos en el aire,
amenazando con hacerse atropellar por los caballos; algunas veces, saliendo de unos
urinarios, se paseaba con la bragueta desabotonada[17], y algún paseante caritativo
debía advertirle para que reparase el desorden de su decoro en el vestir.
El Sr. de Sombreuse sabía todas esas cosas y se regocijaba con ellas, pensando
que gracias a sus diligentes cuidados, Julia no los ignoraría por mucho tiempo. En
cuanto a él, se mostraba cada vez más amable, con sus aires de Geronte untuoso.
Siempre tenía algo nuevo que enseñar a su primo. En la creatividad de su
imaginación, la ruta de los placeres se extendía, maravillosa, y el conde Jacques
seguía a su paseante, asombrado y maravillado.
Era realmente como un panorama de lujuria contemporánea, que, en honor a
su primo, el Sr. de Sombreuse descubría poco a poco.
Al marqués no le gustaba perder el tiempo en rutas ya recorridas; le disgustaba
mirar mucho tiempo los mismos cuadros; desearía ver cosas nuevas, toda vez que,
hasta ese día, había permanecido siendo un simple espectador; pero ahora iba a
tomar un papel, con la convicción de que su constitución de atleta, tan a menudo
puesta a prueba, presentaba una enorme resistencia. Por lo demás, el Sr. de
Sombreuse no era completamente dueño de sí: un desmedido apetito de los sentidos
comenzaba a apoderarse de él.
–Enterraré a Jacques,– decía, – o lo sumiré en tal estado de abyección que la
esposa huirá de él como de un apestado… ¡Lo veremos!
Ya no se trataba de las insignificantes veladas con Émilie Plock, en la calle de
Roma, ni de las fantasías de Mathilde Beaudoin, llamada la Poupard, ni de las
aventuras relativas a cientos de putas y mujeres que los dos aristócratas habían
frecuentado en el barrio de Europa y en el barrio Saint-Germain, en todos los
ámbitos sociales, durante esos meses de orgías, tanto los transportaba el furioso
viento de los deseos. Todas esas historias galantes parecían, en efecto, muy
comunes, mezquinas, comparadas con las ideas que germinaban cada día en la
mente del Sr. de Sombreuse, y ya el marqués apenas se dignaba a recordar las
últimas escenas de la comedia lúbrica representada en su salón, según su
inspiración, por la marquesa d’Églaé y la baronesa de Tomeyr. El conde de Mauval
hablaba de ello todavía con animación; pero el viejo viajero se alzaba de hombros;
conocía el vicio bajo todas sus formas, en todas sus manifestaciones y no le atribuía
más importancia a la unión aristocrática de las grandes damas, de la morena Marie y
78
de la rubia Andrée, que al amor brutal de la Sra. Ponceau, la gobernanta, y de
Marguerite, la ama de llaves. No se enorgullecía del todo de su rol de corruptor.
Y concluía:
–¡Dejemos a la marquesita y a su amante adorarse en las barbas de sus
esposos, y pasemos a otras actividades!
–¡Perfecto!... ¡Excelente!... ¡Macanudo! – respondía el senador, realizando una
pirueta sobre sus talones y propinando una patada a las sombras imaginarias de las
personas que querían impedirle vivir a su guisa.
Los aristócratas comenzaron a dedicarse a variar sus locuras, corriendo una
noche a los establecimientos más suntuosos de la prostitución, para encontrarse, al
final de la noche, en los tugurios más abyectos, donde se solazaban en el espectáculo
de refinadas lujurias y orgías desenfrenadas. En ocasiones, se encerraban en unas
habitaciones oscuras y silenciosas, y allí, con los ojos pegados a unas aberturas
practicadas en las paredes, miraban cuadros vivos, excitados por la aparición de
hombres jóvenes y hermosas muchachas, sucediéndose los unos a los otros, dos a
dos, y dedicándose a practicar ardientes caricias.
Con semejante vida, el Sr. de Sombreuse tenía la apariencia de un viejo con
buena salud, y el Sr. de Mauval caía cada vez más bajo, siempre más bajo, para la
delirante satisfacción de su mentor.
Cierta tarde, el marqués se encerró en su biblioteca; y, tras haber redactado un
programa, un menú, escribió cartas personales de invitación para una gran fiesta que
se celebraría el 19 de marzo, la misma noche que precedía a la primavera. Tan solo
veinticinco días lo separaban aún de la fecha fijada, pero el Sr. de Sombreuse
consideraba que ese intervalo no tenía nada de exagerado, teniendo en cuenta la
lejanía en la que vivían algunos invitados y los considerables preparativos a llevar a
cabo, tanto de instalación como de aprovisionamiento.
Además, solicitaba confirmación de asistencia. Llamó a James, su
mayordomo, y le entregó trece cartas en sobres con sus armas impresas: estas para
Paris, aquellas para los diversos estados europeos. Una de esas misivas difería de las
otras: no comportaba una invitación, sino más bien una petición de cita y estaba
dirigida a sir Stener, un Barnum5 americano que residía en el hotel Continental, tras
haber acondicionado en el Jardín de Aclimatación a una tribu de salvajes.
Como James Stolh se retiraba, llevando la correspondencia de su amo, la Sra.
Ponceau entró vivamente y murmuró algunas palabras al oído del marqués.
El viejo aristócrata echó una mirada al gran reloj de péndulo de Sèvres que
estaba encima de un módulo de la biblioteca y frente a un grupo de garzas disecadas.
–¡Las diez! – dijo… – ¡Decididamente, la pequeña Églaé está cada vez más
chiflada!
Preguntó:
–¿La marquesa ha venido sola?... ¿No la acompaña la baronesa?
Y sin esperar respuesta:
–Joséphine, haz entrar a la marquesa… ¡Vamos, Joséphine, date prisa, te lo
ruego!
La Sra. de Églaé apareció, cubierta con un manto de armiño. Tendió la mano
enguantada al Sr. de Sombreuse:
–Buenas tardes, amigo mío… He venido a recabar noticias al pasar por aquí…
Mi coche está en la puerta… Voy a la calle Poitiers…
5

Referencia a Phineas Taylor Barnum (5 de julio de 1810 – 7 de abril de 1891), empresario y artista
circense estadounidense recordado por sus célebres engaños en el mundo del entretenimiento y por fundar
el "Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus" (N. del T.)
79
–¿Vais a ver a Andrée a esta hora, baronesa?
–Sí… El barón y el marqués están en el club… Ya comprendéis, amigo, tanto
en casa de la una….
–Como de la otra… ¡Eso es adorable!
–¡Ah! a propósito, Andrée y yo queremos hacerle un pequeño ruego…
–¡A vuestras órdenes, marquesa!
–¿Dirá usted que estamos chifladas?
–¡Yo jamás digo esas cosas!
–¿Pero lo pensará?
–¡Por nada del mundo!
–En fin, mi querido César, este es el asunto… No me voy a andar con
rodeos… La baronesa y yo deseamos visitar una casa en vuestra compañía…
¿Cómo lo diría?... una casa… usted ya sabe… donde hay jovencitas encerradas…
–¿Un convento… donde, sin rezar, las mujeres se arrodillan?
–Eso es…
–En China esos establecimientos se llaman barcos-flores…
–¡Muy simpáticos, los chinos!
–¡Ya lo creo!
–Entonces, ¿podríamos hacer una visita?
–¡Desde luego!
La marquesita aplaudió:
–¡Oh, nos reiremos como locas!... Precisamente, ambas tenemos unos trajes de
hombre excelentes… No seremos más que los tres, Andrée, vos y yo…
–¿Y Mauval? … ¡Olvidáis a Mauval!
–¿Por qué llevar a ese horrible senador?
–Si mi primo sospechase que organizamos una salida sin él, me querrá
matar… Por otra parte, el pobre Mauval no es tan horrible…
–¡El otro día, nos dio un susto de aúpa!... ¡Menuda idea tuvisteis ocultándolo
en vuestra habitación!... En fin, puesto que el conde es discreto, lo aceptamos…
–El Sr. de Mauval puede sernos útil si ocurriese algún accidente… Su
condición de senador…
–¿Y qué tipo de accidente teméis, marqués?
–Puede sobrevenir una bronca, una riña… La policía…
–Eso no sería divertido…
–¡Bah!–exclamó el marqués,– ¡quería asustaros!
–No empecéis; soy muy miedosa… Así pues, ¿una fiesta a cuatro?
–Fiesta a cuatro… ¡Yo aviso a Mauval!
La Sra. d’Églaé se levantó para irse; pero el Sr. de Sombreuse, que se sentía
animado, pasó el cerrojo de la puerta y arrastró a la joven mujer hacia un diván.
La caricia fue casi glacial.
–¿Entonces, está claro? – preguntó la marquesa, arreglando sus cabellos… No
me escribáis… Las cartas son peligrosas… Volveré aquí, para saber el día de…
nuestra excursión.
–Muy bien, querida…
–¿Decid, marqués, no sabéis?... La viuda de Sainte-Moulve…
–¿Sí?
–¡Ha tratado de robarme a mi Andrée!
–¡Miserable!
–Sí, ayer noche, en casa de la vizcondesa de Quévoy, en la reunión de las
damas que patrocinan la obra de los Niños abandonados, la Sra de Sainte-Moulve se
80
acercó a la Sra. de Tomeyr; ella le sonrió, le habló… ¡Pero, yo vigilo!... ¡La
envenenaría!... Más bien, la mataría, a la vieja mezquina, ¡a balazos!...¡Qué se quede
con las primeras comulgantes, sus angelitos!
El Sr. de Sombreuse había trabajado una idea.
–Marie, – interrogó con voz penetrante,– ¿qué pensáis de la Sra. de Mauval?
–¿De la condesa?... ¿De vuestra prima?
–Sí…
–No es fea.
–¿La creéis viciosa?
–¡Viciosa!... ¿Ella?... No… no creo…
La Sra. d’Églaé sonrió maliciosamente y amenazó al marqués, agitando el
índice de su pequeña y frágil mano:
–¡Ah! César… ya adivino…
–¿Lo qué?
–Estáis enamorado de vuestra prima…
–¿Yo?
–¡Si, vos!
–¿A mi edad?
–Sed cortés, marqués… Yo tengo diez años menos que vuestra prima y he
sido vuestra amante…
–¿No lo lamentáis?
–¡Oh! ¡Dios mío!...
Y cubriéndolo con su mirada inquisidora de mujer, añadió una risa argentina a
su cálida palabra:
–¡No mintáis, marqués!... ¿Amáis a la condesa de Mauval… a la rubia Julia?
–¡Como a todas las mujeres, caramba!
–¡Más que a las demás, querido!... Os habéis delatado, mi buen diplomático…
Vos teníais mi secreto, ahora me dais el vuestro… ¡eso solo lo hace un hombre
galante!... Malos amantes y siempre buenos camaradas, ¿no es así?... Hasta luego,
amigo… No lo olvide… Andrée y yo tenemos mucho que ver… ¡un barco-flores de
París!
Se estrecharon la mano.
–Vamos, marquesa, – dijo irónicamente el Sr. de Sombreuse, – No seáis
cotilla, os lo ruego… Guardaos para vos y religiosamente, vuestras observaciones
sobre mis presuntos amores… Mis recuerdos a la baronesa… ¡Buenas… mejores
noches!
–¡Bribón!... ¡Cattivo!... como dicen los italianos…
Cuando estuvo solo, el viejo aristócrata se dejó llevar por un violento acceso
de ira. Se sentía turbado, disminuido, pensando que no era el único guardián del
secreto de su amor; pero pronto comprendió que la Sra. d’Églaé estaba eternamente
confinada al silencio.
Desde luego, la fantasía de las dos jóvenes lesbianas le interesaba poco.
Conducir a dos mujeres travestidas, aunque fuesen grandes damas, a un lupanar, ya
lo había hecho antes, no en Francia, pero sí en el extranjero, en Londres y, sobre
todo. No exageraba ni la importancia de la aceptación, ni el interés del estudio
fisiológico, ni el valor de las sensaciones que le reservaba esta excursión al país del
placer, y había acogido este nuevo pretexto de lujuria, como hubiese aceptado otro
cualquiera, con la condición esencial de que el primo Mauval estuviese presente.
El viejo era tan tenaz en el cumplimiento de su voluntad que todos los
accidentes de la vida que no se vinculasen a ella, se le hacían extraños, y los
81
menores hechos que podían servirle constituían las bases y los elementos de nuevos
estudios, de nuevas locuras.
–¡Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!...
¡Para él, esta mujer lo era todo! El Sr. de Sombreuse no tenía otro objetivo
sobre la tierra, ni otro sueño de Paraíso, ni otra voluptuosidad, salvo ese recuerdo en
la obra engañosa de sus amores con las otras mujeres, ni otro dolor en sus
despertares.
83

XIII

–¡Brr’ l’pouf!... ¡Brrrrr’l’pouff!... ¡Brrrrr’l’pouff!... ¡L’poufff! ... ¡L’poufff!!...
F’ffffff!!!!! ¡F’ffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff!!!!!!!!!!!!![18]
Mascullando esos sonidos, reuniendo furiosamente semejantes letras, con
esfuerzos de asmático, vibraciones de la garganta, temblor de labios, en un ruido de
quincalla, como golpes de tambor cortados por los silbidos de una vieja locomotora
estropeada, jadeante, casi acabada, tosiendo penosamente sus últimos chorros de
vapor, el conde de Mauval llegaba en calesa al palacete de Sombreuse.
Una fiesta lo esperaba.
Desde hacía varias semanas, la gobernanta del marqués, la Sra. Joséphine
Ponceau, juuntaba alguna que otra vez, a varios niños pobres del barrio, a los que
enseñaba a leer gratuitamente; se decía que ella misma pronunciaba charlas muy
interesantes sobre el catecismo. Los padres, que veían regresar a sus pequeños con
las manos llenas de juguetes y golosinas, no escamotearon elogios a los méritos de
la gobernanta, y trasladaban una parte de su gratitud al amo de la casa.
El Sr. de Sombreuse temía los cotilleos. Pronto, de todos los golfillos,
siguieron acudiendo solo dos, un pequeño chico de siete años y una chiquilla de seis
años, los hijos de Étienne Avajou, un buen hombre, zapatero de la calle Grenelle.
–De estos respondo yo como de mí misma, – había dicho Josèphine al
marqués… – ¡Son demasiado golosos como para no ser discretos!
Era una alegría para los pequeños de Étienne Avajou ver aparecer a la Sra.
Ponceau, su gran amiga, delante del taller de su padre. La gobernanta les hacia una
señal y ellos corrían, mientras que la madre, reparando el desorden de las humildes
vestimentas de sus bonitos bebés, suspiraba:
–¡Portaos bien!
El chico se llamaba Jules, la niña, Antoinette; Juju y Nénette o aún Jujube y
Noisette, así era como los llamaba el Sr. de Sombreuse, quién, para los niños, se
convertía en un papá Breuse, cuando el marqués suplía a la Sra. Ponceau.
Juju y Nénette se encontraban mucho mejor en el palacete del papá Breuse que
en casa de sus padres, sobre todo en esos días invernales en los que su madre,
absorbida por los trabajos domésticos, y su padre, martilleando como un sordo en su
taller, los dejaban jugar, correr sobre la acera de la calle o calentarse bajo el calor de
una estufa de fundición, en una pequeña habitación, detrás de la escalera de servicio,
una pocilga apestada por los olores de la cuadra.
Con motivo de la marcha de los demás niños, la Sra. Ponceau no tuvo
escrúpulos en explicar su preferencia. Dijo a la esposa de Avajou que, si ella elegía
a sus pequeños, era porque eran mucho más inteligentes que sus compañeros, y que,
tanto como hacer el bien, había que hacerlo con utilidad. La mujer del zapatero se
sintió halagada en su vanidad de madre.
Sí, Jules y Antoinette, ambos rubios, pelo rizado, como ángeles, comenzaban a
leer y a escribir; frases del catecismo, fragmentos de cuentos de hadas, de esas
maravillosas historias que los hijos de los ricos retienen y narran a la abuela, con
gesto y entonación de actores. Se expresaban tan bien como pequeños caballeros, sin
contar que la buena de Joséphine los había vestido de nuevo, peinándolos ella
misma, lavándolos, perfumándolos, ataviándolos como si hubiesen sido los hijos de
una princesa.
84
Por la noche, Françoise Avajou y su marido charlaban en la cama, mientras
los pilluelos dormían junto a ellos, en la misma cuna demasiado estrecha para sus
cuerpos. La mujer contaba a su hombre que la Sra. Ponceau era una enviada del
Paraíso; tomaba fuertemente la mano del zapatero, aún crispada por las mordeduras
del guante de cuero; llevaba un poco de calor a su pierna derecha, – una pierna
enferma, dolorida por el reuma:
–Étienne, la Sra. Ponceau me ha hablado…
–¿Y?
–El Sr. marqués se interesa enormemente por Jules y Antoinnete…
–¿Entonces?
–¡Eh!.. ¡eh!.. ¡no sé!... Ese viejo caballero parece un poco excéntrico… Podría
inscribir a los pequeños en su testamento, dejarles…
–¿Su fortuna?
–No digo «su fortuna»… Eso sería demasiado, pero algo que les impidiera
arrastrar la miseria como tú y yo…
–¡Tú sueñas, esposa mía!
–¡No… no… lo que yo te diga!.... – añadía vehementemente Françoise, una
toulousiana.
Y en el guirigay de su verborrea, acababa por convencer a su esposo; ella lo
mecía en un alegre clamor de esperanzas, y ambos se dormían con el pensamiento
de que el muchacho no tendría que martillear las suelas, y la pequeña no tendría que
hacer la calle. Por añadidura, Avajou no debía olvidar que un día en el que se había
encontrado en una situación lamentable por el impago de un trabajo, la Sra.
Ponceau, que venía a buscar a los chicos, había adivinado su contrariedad,
prestándole sesenta francos que todavía debía.
Jules y Antoinnete eras dos pilluelos, muy parisinos, muy desarrollados para
su edad, y, cosa rara, muy discretos. La primera vez que aparecieron en el palacete,
la Sra. Ponceau los reunió con los demás chicos que ya se encontraban allí; luego,
los tomó aparte y, atiborrándolos de pasteles y golosinas, les confió un pequeño
secreto que debían guardar. Joséphine los amenazó con no recibirlos más; les dijo
que el diablo los comería si eran charlatanes, les dijo las palabras que debían repetir
a sus padres, se aseguró que las frases no habían sido ni exageradas, ni
desnaturalizadas. La gobernanta los tanteó de ese modo hasta el día en el que ella
afirmó a su amo que respondía de sus pequeños ángeles. Entonces, el Sr. de
Sombreuse entró como por casualidad en el salón donde tenían lugar las lecturas;
acarició las cabezas rubias, él mismo distribuyó los juguetes, las golosinas, y se
convirtió en un gran compañero, el papá Breuse de todos los pequeños.
Eran las tres de la tarde. La lluvia caía a ráfagas sobre París desde un cielo
encapotado. En tamaña tempestad, los paseantes huían a toda prisa; los ventanales
del palacete de Sombreuse crujían en sus bisagras de plomo, y los personajes
esculpidos en lo alto de las ventanas parecían ejecutar una danza macabra.
Los dos hijos del zapatero de la calle Grenelle, indiferentes al estrépito que
descendía de los cielos, jugaban en el salón del segundo piso, en el que las puertas
que daban al corredor, estaban cuidadosamente cerradas.
Jules llevaba un traje azul marino; en sus hombros caían los bucles sedosos de
su rubia cabellera; el pantalón de terciopelo, con finos encajes, se detenía en las
articulaciones de las rodillas y dejaba ver sus pantorrillas rosas a través de las
medias de seda negra caladas. En sus pies, unos zapatos con hebillas de plata:
parecía un paje de una corte francesa resucitada. Antoinette estaba en vestido de
85
satén blanco, escotado, con la cabellera florida de rosas, deslumbrante de joyas, con
las piernas al aire y los pies calzados con unas botitas azules.
Eran unos vestidos preciosos de un guardarropía especial, que la Sra. Ponceau
hacia poner a los pequeños Avajou, a su entrada al palacete, y esos trajes los
maravillaban.
Los chicos jugaban detrás de un biombo chino, bajo la vigilancia maternal de
la gobernanta. En torno a ellos, sobre unas mesas con filigranas, una pequeña vajilla
dorada, unas soperas preciosas, botellas en miniatura, vasos de licor, platos grandes
como piezas de cinco francos, infiernillos para el aguardiente, lámparas del tamaño
de un dedo de mujer, con globos multicolores; en los rincones del salón, unos
caballos mecánicos, coches de niño, una arca de Noé de plata maciza, un teatro de
guiñol, polichinelas, arlequines, diablos, muñecas en trajes preciosos.
Por lo común, el Sr. de Sombreuse, cuando se aburría, tomaba parte en los
juegos; hacían la cenita los tres, entre una lección de catecismo y un paseo sobre los
caballos mecánicos.
La víspera de ese día, el marqués había anunciado a los pequeños Avajou que
les llevaría un gran compañero.
Jules y su hermana se acostumbraban a no asombrarse de nada, y guardaban
silencio sobre todas las cosas.
Tras haber hecho grandes recomendaciones a los niños, Josèphine se había
retirado.
Se oyó el tintineo de una campana y se levantó una portezuela.
Apareció un sacerdote de bigotes blancos, muy alto, muy erguido en su sotana
negra, portando un breviario en una mano; iba seguido de un monaguillo en traje
rojo, con rostro de payaso maquillado de blanco.
Al principio, Antoinette y su hermano no reconocieron a papá Breuse, bajo la
sotana eclesiástica; pero, desde que el marqués, tomando asiento en un diván, los
hizo sentarse frente a él, se divirtieron mucho con los gestos de su nuevo
compañero, el conde de Mauval.
–Es la hora del recreo, – dijo el sacerdote… – Voy a leer mi breviario,
esperando que vengáis los tres a confesaros… Vamos, Jacques, puedes jugar con tus
amigos…
El viejo monaguillo se acercó a la chiquilla y al muchacho. Preguntó:
–¿Cómo os llamáis?
–Nénette…
–¿Y tú?
–Juju.
–Yo, Jako… ¡Brrr’l’pouf!… ¡Gnouf!... ¡gnouf!... ¡Brrr’pouf!... ¡l’pouff!..
¡F’ffffff!!!!
Los pequeños comenzaron a reír.
Nennete dijo:
–¿Cómo pareces tan viejo, Jako?
Y Jako, babeando sobre su alzacuello blanco:
–Jako te dará, Nenette, una bella muñeca… te dará, Juju, un boito
poichinela… ¿Nenette, has cometido pecados?
–No lo sé…
–¡Yo, yo los he cometido! – exclamó Juju, muy rojo.
El monaguillo juntó gravemente las manos:
–Tras la merienda,– dijo – nos confesaremos al cura… ¡L’r’pouf!...
–¿A papá Breuse? – preguntó Nénette.
86
–Sí, a papá Breuse… – respondió el viejo… – Pero no se puede decir nada…
¿entendéis?
–¡No temas, Jako!
A una llamada del marqués, entró Josèphine, trayendo unas golosinas.
Comieron. El cura sentó a la chiquilla sobre sus rodillas, y comieron ambos del
mismo plato; bebieron en el mismo vaso. El gran monaguillo miraba la escena;
dudaba; pero de repente, se enardeció y sentó al pequeño muchacho sobre sus
delgadas rodillas.
Nénette, Juju y Jako se perseguían a través de las habitaciones, caracoleaban
sobre los caballos mecánicos, mientras tanto el sacerdote, que se paseaba de un lado
a otro, observaba los movimientos de su monaguillo.
El cura consultó su reloj y golpeó con la mano su breviario, exclamando:
–¡A la capilla!... ¡a la capilla!...
Todos los actos de esta comedia habían sido previstos y arreglados por
adelantado por el Sr. de Sombreuse, y el Sr. de Mauval no hacía más que ejecutar,
protestando a veces, las órdenes de su primo.
–¡Vamos, Jako! – ordenó severamente el marqués…–¡Vamos! Desnuda a Juju
y a Nénette… ¡Entraremos a continuación en la capilla!
Cuando los pequeños Avajou estuvieron desnudos, los dos aristócratas los
tomaron entre sus brazos y los llevaron a la sala contigua, una habitación dispuesta
como un templo católico, con una nave, un coro, un altar, vitrales de color,
confesionarios, y además, en el fondo, en medio de unos ramos de rosas, un altar
iluminado con mil velas.
Entre un furor de caricias y besos, los viejos simularon todas las ceremonias
del culto, todos los actos religiosos de los creyentes: la oración, la confesión, la
comunión, la misa, las vísperas, un entierro, un bautismo. La sesión se terminó con
una boda en la que el conde de Mauval, desprovisto de su traje rojo, hizo las veces
de alcalde, y donde el marqués de Sombreuse, con un incensario de oro en la mano y
en sus labios, como hubiese dicho Lamennais, «una risa que no era humana», dio a
los recién casados la bendición nupcial en términos obscenos. Allí permanecieron
los dos viejos y los niños, hasta el momento en que la Sra. Ponceau vino a lavar a
los pequeños todas sus manchas, vestirlos con las ropas que traían a su llegada al
palacete y conducirlos finalmente a su casa, agotados, aterrados, pero silenciosos.
El marqués se consideró muy feliz con esa jornada: el conde Jacques daba
signos inequívocos de alienación mental, y su primo cumplía todas esas ignominias,
fríamente.
El Sr. de Sombreuse no conocía tregua ni reposo; se apresuró a cumplir su
compromiso con la marquesa d’Églaé.
Esa misma noche, un poco antes de medianoche, un landau cerrado, bajaba
por el bulevar Saint-Germain al trote de dos caballos de raza. Dentro se encontraban
cuatro personajes: el Sr. de Sombreuse se sentaba frente a la Sra. d’Églaé; el Sr. de
Mauval estaba cara a cara con la Sra. de Tomeyr. La marquesa y la baronesa se
habían puesto trajes de hombre; estaban tocadas con sombreros hongo, pero
enguantadas hasta el codo, bajo sus mangas, como mujeres, y envueltas en amplios
abrigos negros. Durante el trayecto, la baronesa de Tomeryr, mucho menos atrevida
que su compañera, solicitó veinte veces abandonar el pequeño grupo alegre; pero
fue vencida por las demandas y cálidas palabras de la marquesa d’Églaé.
Se detuvieron ante una casa de la calle Provence, y los hombres y las damas,
guiados por una sirvienta que había reconocido al Sr. de Sombreuse, subieron
87
algunos peldaños de una escalera mullida y alfombrada de rojo, y se introdujeron en
un salón iluminado por el gas y deslumbrante de dorados.
La dueña del establecimiento, la Sra. Leprince, vestida de largo y enjoyada por
doquier, hizo su aparición mirando de arriba abajo a las visitantes que, a pesar de su
cortesía, permanecían de pie, en medio de ese lujo insolente, con la mirada baja,
aturdidas por las emanaciones femeninas, asustadas y temblorosas bajo el lustre de
los cristales.
Realmente, a esa hora, la patrona dudaba, dispuesta a tomar los cincuenta
luises que el Sr. de Sombreuse le había dejado la víspera a modo de adelanto. Sin
duda, el marqués y el pequeño senador afirmaban que esas damas no iban allí más
que por simple curiosidad, por capricho. Todo eso era muy gentil, pero podía traer
consecuencias indeseables; se tomaría a las visitantes por menores si no se les
reconocía su condición de mujer. «Sin tener en cuenta, añadió, dando a sus palabras
un doble sentido, que las hijas de Eva, incluso las grandes damas, mantienen
difícilmente su lengua… Un escándalo haría «cerrar» la casa; el prefecto de policía
no permitía…»
El marqués, viendo que Marie y Andrée estaban sufriendo las miradas
indiscretas de la Sra. Leprince, interrumpió su discurso, extrayendo de su bolsillo un
fajo de billetes de banco.
Enseguida, los ojos de la patrona se encendieron en una súbita resolución. La
Sra. Leprince tomó los billetes, los contó e, inclinándose ante el Sr. de Sombreuse,
abrió una puerta de espejo:
–Venid, – dijo… – Despacio… despacio…
De una habitación débilmente iluminada, la Sra. d’Églaé y la Sra. de Tomeyr,
con los ojos pegados a unas pequeñas claraboyas practicas en una pared decorada de
telas verdes, miraban. El senador, excitado por el Sr. de Sombreuse, toqueteaba a las
grandes damas curiosas, a medida que los vivientes actores se abrazaban al fuego de
las luces, sumidos en las embriagueces del placer.
Al levantar el día, regresando a su domicilio, el Sr. de Mauval, con la cara
cada vez más desencajada, los ojos saltones, el cuerpo sucio, solo podía decir
«Ga…».
89

XIV
La condesa Julia no sabía que hacer ni que pensar. Bajaba la cabeza bajo el
peso de los oprobios, avergonzada por el recuerdo de las orgías en las que se había
inmolado para salvar a su esposo. Por un instante, pasó por su cabeza la idea de
abandonar a su marido y partir con Thérèse para Gironde. Allí, al menos, en el
castillo de Fervilles, junto a su padre, encontraría un poco de descanso lejos de ese
desenfreno. Pera esa idea tan solo fue pasajera.
De nuevo, la señora de Mauval se resignó a su suerte y continuó la tarea que
se había propuesto; se hizo inventora en cuestiones del amor, dejando muy atrás
todos los artificios de lujuria que Aimée Darmet, llamada la Glotona, le había
esbozado un panorama.
El senador trataba a su esposa como si estuviese tratando con la última de las
putas, afligiéndola menos por sus insultos que por el espectáculo de su ruina
intelectual y su deterioro físico.
Desde la lamentable sesión en la Cámara, el senador no había vuelto a
aparecer por el palacio de Luxemburgo. El incidente tuvo tal eco en los periódicos,
que un comité compuesto por los electores realistas más influyentes de la Gironde,
quiso imponer al Sr. de Mauval la obligación de dimitir de su mandato. La condesa
y la propia Thérèse, temiendo que el conde Jacques diese más que hablar, se unieron
para apoyar la gestión de los delegados venidos de Burdeos; el senador «el padrecito
M***» rehusó, y, por consejo del Sr. de Sombreuse, expulsó con altivez a la
delegación. Cartas amenazadoras y tarjetas postales injuriosas comenzaron a llover
en el palacete de la calle Varennes; pero en el mundo de los antiguos sirvientes de la
familia, nadie reía, e incluso al propio Baptiste, el mayordomo de cabellos blancos,
se le saltaban las lágrimas, entregando a una de las doncellas la correspondencia no
secreta que traían los carteros.
Cada noche se producían comedias de alcoba. El conde había dado a su esposa
un sobrenombre: se llamaba «Flora», y él se llamaba «Médor», ambos nombres de
perros.
–Flora, mi pequeña Flora… ¡P’sstt!... ¡p’sstt!... ¡Obedece a Médor!
La Sra. de Mauval se alejaba, completamente enrojecida, pero él la seguía,
metiéndose entre sus faldas, y Médor, arrojando su pañuelo a Flora, la obligaba a
hacer «la carretilla», y que recogiese el pañuelo en su boca, arrastrándose sobre sus
rodillas hasta entregárselo al hombre perro.
En ocasiones, tras un sueño febril, el Sr. de Mauval se levantaba de su cama; y
allí, a las luces de una lámpara, con la imaginación en ebullición por los relatos de la
Edad Media con los que el Sr. de Sombreuse le llenaba la cabeza, se imaginaba que
su mujer lo engañaba ante sus propios ojos. Con los brazos tendidos hacia delante,
su pobre cuerpo temblando y la mirada extraviada, gritaba:
–¡Julia!... ¡Julia!... ¡Ah! ¡Desgraciada!... ¡Ah! ¡Miserable!...
La condesa, acostada a su lado, respondía espantada; pero él no la escuchaba;
él siempre veía al «íncubo» abrazar a su esposa, sin que este último advirtiese su
presencia; y cuando la dama lo tomaba entre sus brazos, lo consolaba, le secaba sus
lágrimas, él se imaginaba que ella apestaba al olor del diablo y que estaba sucia,
espantosamente sucia.
En su delirio, se representaba el íncubo a su manera: era un demonio cornudo,
con la cabellera erizada, rostro triangular con la boca escupiendo llamas, como lo
90
muestran los cuadros de algunas iglesias del midi de Francia; pero un demonio con
manías personales, con absoluto descarado, en el palacete aristocrático.
Así, casi siempre, el alucinado veía al «caballero en cuestión» acostarse a la
entrada del dormitorio de la condesa, con un cigarrillo entre los dientes. Ante ese
visitante nocturno, la primera palabra del conde Jacques era esta:
–¡Fuma, este animal!
Era una protesta del viejo, una reminiscencia de la primera educación. El Sr.
de Mauval no comprendía como alguien se permitía fumar en la habitación de la
condesa. ¡Que lo hiciese un cornudo no era más grave!
Él mismo olvidaba que fumaba cigarrillos en presencia de su esposa, cuando
representaba al chulo Gugusse.
Para él, la condesa Julia se había degradado, envilecido; había caído hasta
donde puede descender la más miserable de las putas, hasta un abismo de ignominia
de tal modo repulsivo, de tal modo infame, que la propia Glotona, la Glotona,
armada con sus instrumentos de placer, con sus mecanismos de formas anatómicas,
hubiese experimentado estremecimientos de horror.
Y él, el maníaco indómito, encontraba que eso no era bastante, y, en el
tormento de su carne, establecía comparaciones entre las distracciones de alcoba y
las orgías inventadas por el Sr. de Sombreuse.
Ordenaba a su mujer a desvestirse, y la obligaba a hacer piruetas sobre la
cama.
–¡Aoh!... ¡Aoh!... – decía el senador, con su voz llorosa, imitando la
pronunciación inglesa – ¡Aoh, Flora, yes, quiero más, siempre nuevo, muy fuerte!...
¡Agacha la cabeza, las piernas arriba!
Ella obedecía, ejecutaba todo un ejercicio gimnástico, e hipócritamente,
Médor se acercaba a ella, rabioso, y le mordía las pantorrillas ladrando.
–¡Aoh!... Flora, ¡ladra tú también!
Y ambos ladraban, cara a cara.
Julia acataba todas las órdenes del conde Jacques; y, cuando el viejo la
golpeaba, ella no dejaba escapar ninguna queja. Permanecía inmóvil, petrificada en
su angustia, como la roca que el viajero imbécil y furioso por los acontecimientos
del viaje, golpea sobre el camino.
En medio de esa profunda desolación, el joven conde Guy de Laurière acababa
su campaña amorosa. Thérèse era toda suya; él era completamente de ella.
En esta jornada de marzo, el Sr. de Mauval parecía vivir un día de tregua. Por
la mañana, Guy y su madre habían almorzado en el palacete, y ya se hablaba del
gran banquete de bodas.
Thérèse y su prometido acababan de entrar en el invernadero contiguo al
salón; y bajo las altas floraciones de los arbustos, en el festejo florido, se decían
dulces palabras. La condesa Julia se había hecho conducir a la iglesia de SaintEtienne-du-Mont, donde, cada día, tenía por costumbre cumplir con sus devociones.
El senador y la Sra. de Laurière, sentados el uno cerca del otro, miraban a los
enamorados.
La condesa Anna de Laurière – una bella y gran dama de cabellos grises, con
rostro de romana, con ojos marrones y dulces – temblaba de emoción ante la sonrisa
de su querido hijo, la única alegría que le quedaba en el mundo. Siempre vestida de
negro, con el corazón de luto – desde que la guerra de 1870 le había arrebatado a su
marido, el famoso general, en Reischoffen, y a su amado hijo mayor, el brillante
capitán, – proyectaba sobre Guy toda la ternura de su alma amante y afligida.
91
Olvidaba los extraños comportamientos del senador, habiendo tenido tiempo
de apreciar las cualidades de su futura nuera, la abnegación de Julia, la esposa
cumplidora, la madre adorada que había educado a una hija digna de ella.
La condesa se decía que sobre las familias siempre pesan algunas aflicciones,
íntimas tristezas más o menos crueles, taras más o menos desoladoras; y, en el
momento de convertirse en aliada de los Mauval, se regocijaba de tener que deplorar
solamente las manías del viejo. Thérèse tenía a su madre: eso era lo importante.
–Señora, – dijo nerviosamente el senador,– vuestro hijo no ha estado ciego
cuando ha elegido a mi Thérèse…
Y señalando con un dedo las siluetas de los novios, que se podían apreciar por
los cristales, sentados en un banco del invernadero, a través de las lianas floridas.
–¿Eh?... ¡Son felices esos queridos niños!
Él extendió sus piernas, y dijo soñador:
–Eso me retrotrae a los veinte años… ¡Ah! ¡la! ¡la!... ¡Ah! ¡la! ¡la!... ¡Ah! ¡la!
¡la!...
–¿Echa de menos los viejos tiempos, señor? – preguntó la Sra. de Laurière,
sonriendo.
–¡Claro, señora!... ¡claro!
Luego, de repente, con una gran exaltación:
–¡Es bonita mi Thérèse!... el vivo retrato de Julia… ¡Unos ojos!... ¡qué ojos!...
Cuando me acaricia, me parece que rejuvenezco… ¡Y espiritual, inteligente!
La Sra. de Laurière puso un dedo sobre su boca y llevando una mirada
afectuosa sobre el adorado Guy, dijo:
–No grite tan fuerte, señor, Thérèse os escucha, y la volveríais orgullosa…
La señorita de Mauval no podía escuchar lo que decían los mayores.
Permanecía allí, con los nervios deliciosamente relajados, los ojos brillantes, el
corazón festivo, encantada por las palabras de su novio. En la clara mirada del
joven, leía toda una vida de amor y de honor.
–¿Entonces, – preguntó Guy,– el único obstáculo que retrasaba nuestra unión
era la enfermedad del conde?
–Lo sabes muy bien… No quería que mamá permaneciese sola junto a mi
padre enfermo…
–El Sr. de Mauval está mejor, mucho mejor… ¡Fíjate, Thérèse, te envía besos!
Y Thérèse, con la voz conmovida:
–Fue esa maldita política lo que exasperó a papá… ¡Si supieses como
detestamos la política mamá y yo!
–Tu tío, el marqués de Sombreuse…
–¡No me hables de ese hombre! – imploró Thérèse…
–¿No lo quieres?
–¡Lo odio!
–¡Oh!
La señorita de Mauval contó el horror que le inspiraba su pariente, ese ser
extraño que, mientras su madre y ella cuidaban al conde, venía a despertar al
enfermo, murmuraba a sus oídos palabras misteriosas y lo arrastraba tras él.
Dejó de hablar y enrojeció por haberse atrevido a contar esas cosas a un
hombre al que amaba con toda su alma, pero que todavía no era para ella más que un
extraño.
Guy le tomó las manos y la tranquilizó. Él ya había observado la antipatía que
el Sr. de Sombreuse inspiraba a la joven. Le bastaba remitirse a una conversación
reciente que el marqués interrumpió, como un curioso e inoportuno. El Sr. de
92
Laurière recordaba a la señorita de Mauval como, ese día, le dijo: «¿Te cae bien, mi
tío?» y que él, por temor de ofenderla, guardó silencio.
Ahora que ella lo hacía partícipe de su cólera contra el Sr. de Sombreuse, tenía
toda la libertad para revelar sus sentimientos. Pues bien, no le gustaba el tío de
Thérèse! ¡oh! ¡no del todo!
El joven estaba encantado de encontrarse en comunión con las ideas de
Thérèse. Concluyeron que esta manera de ver y juzgar era ya un feliz presagio de su
porvenir.
–¡Dejemos al Sr. de Sombreuse, ¿quieres? – preguntó Guy… – Ese tema de
conversación es penoso… Tan pronto seas mi esposa, tu tío-abuelo no vendrá a
verte salvo cuando tú lo autorices… Vamos, Thérèse, ¿no has pensado nunca en un
viaje a la India?... ¿Esas tierras misteriosas no te parecen más interesantes que ver la
vieja Italia?... Siempre estaremos a tiempo de ir a Roma y a Venecia, ¿no es así?...
Pero, la India… ¡Qué bonito viaje de novios!... Los dos, allá, en el país de los
faquires…
–¡Sí, India!…– suspiró Thérèse… – ¡Guy, iremos a la India!
Julia no había regresado aún de Saint-Étienne-du-Mont, cuando la Sra. de
Laurière y su hijo se despidieron del Sr. de Mauval y de Thérèse.
El padre y la hija quedaron solos en el salón. Thérèse fue a sentarse cerca del
viejo, que la cumplimentó por su vestido claro, su sombrero, su gentileza de mujer.
¡Realmente, Guy era un feliz mortal!
Thérèse, radiante de ver a su padre expresarse con tanta dulzura, le dio dos
sonoros besos en las mejillas. Él se estremeció. La rechazó. Los besos le habían
quemado…
Entristecida, sin comprender, ella murmuró:
–¿Ya no me quieres?
Lo volvió a abrazar; él se dejó hacer.
La piel del rostro y de las manos le cosquilleaba agradablemente; el frescor de
la boca pasaba sobre él como una brisa procedente de un campo de verbenas y de
rosales. De esos desbordamientos de caricias infantiles se exhalaba una primaveral y
virginal esencia que lo embriagaba, aunque él luchaba contra una obsesión, un
espantoso deseo, una voluptuosidad de la que comprendía todo el horror y del que
no podía ya defenderse. Tomó a su hija por los dos brazos y la miró largo rato, con
avidez: era a su Julia a quién veía, su Julia más joven, más bella.
Thérèse se había acercado a su padre, y la humedad de sus rodillas sumía al
viejo en una deliciosa turbación. El Sr. de Mauval activaba la llama sensual que
crepitaba en él, paseando sus nerviosas manos sobre la rubia cabellera, sobre los
graciosos contornos de los hombros, sobre el pecho naciente. Se embriagaba del
perfume de ese cuerpo virginal; se encendía ante la mirada deslumbrante de la
novia, e invadían al hombre unas inmensas ganas de buscar caricias más calientes,
más irritantes aún. El padre olvidaba que estaba en presencia de su hija, de su carne,
de su sangre, y, libertino enervado, no escuchaba más que un prolongado ruido de
armonía, un desenfrenado canto de amor; sus oídos vibraban con ese murmullo que
producen eternamente las grandes caracolas marinas; sus ojos rojos veían, en lugar
de la figura familiar, un rostro extraño, formas maravillosas, un fruto nuevo, lleno
de savia y de verdor.
–¡Oh! ¡Qué bonita eres!... ¡qué bonita!
–¿Tú crees, papá? – sonrió ella, desprendiéndose del abrazo.
–¡Sí, bonita!
93
El Sr. de Mauval había gritado esas palabras con la mirada llameante y los
labios estremecidos. Ella sonrió, sin percatarse de su actitud, sin darse cuenta de que
se dejaba atraer hacia él por los riñones:
–¡Qué halagador, papá!... ¡qué halagador!
Él la iba a tomar, a besarla en plena boca, a mancillarla para siempre…
Retrocedió, agitado.
Entonces, ella dijo:
–Papá, ¿por qué me rechazas?... Tus ojos se llenan de lágrimas… ¿Es que
acaso estás triste?... ¡Mírame, vamos!... ¡Tu Thérèse te ama con toda su alma!... Si te
veo sufrir, tengo ganas de llorar… ¡Papá!... ¡papá!...
Y como la muchacha avanzaba hacia él para besarle en la frente, apretarlo
contra su corazón, consolarlo, mimarlo, según su hábito filial, él se levantó muy
erguido, irritado:
–¡No me toques, Thérèse!... ¡Hija de mi corazón, no me toques!
–¡Déjame abrazarte, papaito!
–¡No!
Ella chasqueó sus labios rojos, y un beso infantil silbó, alegre, en el silencio.
El hombre, de pie, en medio del salón, temblaba con todos sus miembros,
mientras la voz armoniosa decía aún amablemente:
–¡Papaíto!... ¡papaíto!... ¿un beso de tu Thérèse?
–¡No!
–¡Oh!
–¡No!... ¡no!...
Ella permanecía allí, estupefacta.
Pero él, en un sobrevenido estallido de razón, con el sudor en la frente, los
brazos colgantes, el rostro exangüe, bajó la cabeza para no ver a su querida hija.
–¡Oh! papá… ¿te enfadas?... ¡Por qué te enojas?
De pronto, el viejo rompió a llorar.
95

XV
La noche del 19 de marzo de 1881, para celebrar el inicio de la primavera, el
marqués Pierre-Antoine-César de Sombreuse ofreció un banquete en su palacete de
la calle de Grenelle-Saint-Germain.
A medianoche sonó el reloj del vestíbulo. En la sala de techo azul y oro
atravesado por unas vigas profusamente talladas, con ornamentos como puertas de
mezquitas, de donde colgaban lámparas de bronce que arrojaban haces de llamas,
entre los baúles y los aparadores que brillaban bajo las orfebrerías, aparecía una
larga mesa cubierta con un mantel de Frise, repleta de cristal, de vajilla blasonada,
de flores y luces.
El marqués y sus invitados acababan de tomar asiento; eran quince hombres,
nada más que hombres, alineados en la mesa en una sola línea, a fin de que todos
tuviesen frente a ellos el lado de la sala donde las paredes y las puertas habían sido
tapadas con tapicerías decoradas con personajes.
El Sr. de Sombreuse, gravemente, presidía esa asamblea compuesta del
siguiente modo:
Un ruso.- El príncipe Fongoff.
Un francés.- El conde Jacques de Mauval
Un alemán.- El barón Speckeim.
Un inglés.- Lord Terwill.
Un americano.- Sir Carvelend.
Un austríaco.- Von Bomffeim.
Un español.- El duque de Valroso.
Un italiano.- El comandante Barchi;
Un turco.- Ali-Riza-Pacha.
Un belga.- El marqués de Ruidels.
Un sueco.- El conde Dewingh.
Un árabe.- Le caïd Sidi-Abd-el-Maleck.
Un chino.- Ti-Lung-Zang.
Un fueguino6.- ¿?
Los invitados estaban en riguroso traje negro, incluso el fueguino, nativo de la
Tierra de Fuego; solamente, Ali-Riza-Pacha, tocado con su fez, calzado con
babuchas decoradas con gran elegancia, estaba vestido con la estambulina.
El comienzo de la cena fue tranquilo. No podía ser de otro modo entre
personas hablando lenguas diferentes, y encontrándose juntas en casa de un amigo
común, por primera vez. Pero la comida adquirió una animación extraordinaria
cuando las cabezas se fueron calentando por los distintos vinos que unos criados, en
librea naranja y negra, vertían, desde unas ánforas de vieja plata, en las copas
florentinas.
De vez en cuando, la voz del marqués se oía por encima de las demás para
decir:
–Caballeros, ¡brindemos!

6

Gentilicio de la Tierra de Fuego de Sudamérica. (N. del T.)
96
Entonces se oía un galimatías, frases comenzadas en sueco, a las que
respondían palabras pronunciadas en chino; el «peki Effendi» turco se mezclaba con
el «sí» español; el ruso aullaba los «yes» ingleses, el «ya» alemán destacaba en
medio de los «oui» franceses; los gritos del fueguino interrumpiendo las apelaciones
del árabe y del sueco, un estrépito infernal; Daba la impresión de tratarse de una
reunión cosmopolita para un intento de edificar nuevamente la torre de Babel.
Pero esos albañiles, esos obreros en traje negro, no pensaban en absoluto
construir contra el cielo una gigantesca catedral. De momento, bebían en firme, con
súbitos brillos en la mirada que delataban a unos seres enamorados de la vida y los
placeres; bebían como los señores feudales de tiempos pretéritos; comían de igual
modo, con la creencia absoluta de que la fiesta pronto les reclamaría todo el vigor.
–¡Hay que mantener dignamente – decían todos en sus lenguas – el renombre
de la patria!
A fin de satisfacer los apetitos de sus invitados, el anfitrión de la casa, un
auténtico gastrónomo, había hecho que todos los platos nacionales de las diversas
mesas del globo estuviesen representados en esa cena; había dado órdenes para que
todos los vinos, que el mismo sol hace madurar, tuviesen su cabida en el banquete.
Y de igual modo que el ruso se codeaba con el árabe, el cuscús mezclaba su violento
aroma con las fragancias del tchi, del caviar y del esturión del Volga. Un guiso de
nidos de golondrinas regocijaba al chino; el español se enorgullecía ante la olla de
callos; el italiano, natural de Turin, se deleitaba con los raviolis; el turco saboreaba
el pilaff; el austríaco, el gulyas; el alemán el chucrut, el inglés, el pudding al jerez;
el belga y los franceses, el caldo de gallina; el sueco, relleno de cordero; el
americano, el café irlandés y las costillas de buey; finalmente el fueguino se
delectaba con su menú ordinario, comía sin cuchara, sin tenedor y sin cuchillo, con
la mano, un pasta de hojas de roble, de maíz y de ratas de desagüe.
Esos platos nacionales se veían sucesivamente regados con los vinos más
célebres, a los que todos los invitados hicieron los honores: grandes crudos de
Burdeos, Borgoña, Champagne, Jerez, Alicante, Zucco, Lacrima-Cristi;
Johannisberg, Orléans-Forst; Castanien; vinos de Crimea y del Cáucaso,
especialmente el famoso crudo de Kniaz-Vorontzoff.
Desde varias semanas atrás, el Sr. de Sombreuse se había ocupado de los
preparativos de la fiesta y de la elección de los invitados. La mayoría de los
aristócratas europeos procedían de las capitales de sus naciones; algunos de esos
extranjeros residían en París; solamente, el árabe y el chino vivían en Londres. En
cuanto al fueguino, recordemos que el marqués había pedido una entrevista a sir
Stener, un Barnum americano, que acababa de conducir al Jardín de Aclimatación a
una decena de habitantes de la Tierra de Fuego. El Barnum había puesto al marqués
en contacto con los salvajes, y era el propio jefe de la tribu el que había aceptado la
tarjeta individual.
Durante sus numerosos viajes a través del mundo, el Sr. de Sombreuse se
había relacionado con los más altos personajes de la sociedad; había elegido de cada
país un embajador, y la fiesta la daba tanto para distraerse ,como para «acabar» con
el conde de Mauval, sentado a su izquierda, en una de las plazas de honor. El
príncipe Fongoff, un gigante de barba rubia, ocupaba el asiento de la derecha.
Los numerosos criados, dirigidos por los mayordomos, bajo la invisible
vigilancia de la Sra. Josèphine Ponceau, servían el café, los finos champanes de
Martel y de Hennessy, los licores de la Viuda Amphou, el chartreuse de los Monjes,
el benedictine de los Reverendos y los cigarros de la Habana. Entre los extranjeros,
algunos se mantenían de pie, otros, la mayoría, se dejaban caer en grandes sillones
97
de cuero de Courdoue, con amplios doseles, donde el blasón del marqués de
Sombreuse estaba incrustado con la corona y la divisa de su casa.
Era divertido ver al pequeño fueguino en su traje de gala, con los ojos
fatigados por la luz, no atreviéndose a encender su cigarro, decidiéndose finalmente
a ello siguiendo el ejemplo del ruso. La frente estrecha, la cabeza aplastada en la
parte superior, el maxilar semejante al de un gorila, a veces reía con una amplia risa
silenciosa. El habitante de la Tierra de Fuego, que hay que designar con un «?»,
puesto que su nombre era un galimatías intraducible, formaba un singular contraste
con el príncipe Fongoff: este, un gigante, con frente desmesuradamente amplia, ojos
claros, era muestra de la civilización que progresa y manda; el otro, un enano, la
especie atrofiada, estacionaria, ajena al avance, inmóvil en la obra selectiva, desde
dos mil siglos atrás. El príncipe ruso medía dos metros y hablaba todas las lenguas
de Europa; el fueguino apenas alcanzaba la estatura de ochenta y dos centímetros;
no podía recordar sin su edad, ni el nombre de su madre, ni contar el número de sus
dedos.
Por lo demás, todo eran diferencias: entre el barón Speckeim, el alemán, gran
bebedor, de voz ruda, nariz chata, patillas pelirrojas en abanico, y el comandante
Barchi, el italiano meloso, con su rostro de señorita y su hablar armonioso; entre el
duque de Valroso, el español con el cabello rizado, peinado hacia atrás con orgullo,
iluminada con dos ojos negros brillantes como dos tizones, y el chino Ti-Lung-Zan,
de mirada atravesada, con los mejillas hundidas, bigotes cayendo en semicírculo,
tres pelos a derecha y tres a izquierda, bigotes afilados en los extremos como
espadas de combate; entre el conde Jacques de Mauval, el aristócrata francés, de
maneras elegantes, a pesar de sus tics nerviosos, y lord Terwill, el inglés tajante y
altivo, tan recto y tan erguido como si estuviese prisionero en una armadura.
Tantos individuos, tantos temperamentos, tantas fisonomías, tantas razas no
muy diferentes sin duda las unas de las otras, pero fáciles de reconocer, menos en
las líneas del rostro de los hombres, menos en las distinciones de los rasgos, en la
variedad de las máscaras y en el conjunto, que en las actitudes de los seres, en sus
manifestaciones exteriores, en su indolencia o en su vivacidad, en su flema o en su
comportamiento, en su manera de fumar, de tomar el cigarro, de inclinarse o
sentarse sobre los sofás, de toser, de extender el brazo derecho, de cerrar o de abrir
las manos, de fijar un objeto o dejar de mirarlo, de hablar, de reír, de saludar, de
sonreir, de detener una explosión de alegría o de obligarse a estar de buen humor.
Sir Carvelent, americano correcto y serio, un magistrado de guante blanco;
Ali-Riza-Pacha, turco afeminado y sensual; el marqués de Ruidels, belga calvo y
muy amable; el caïd Sidi-Abd-el-Maleck, árabe de ojos negros extrañamente
intensos; el conde Dewingh, sueco soñador; von Bonfleim, austríaco artista, de
barba llameante como cerveza dorada, ojos azules, con animaciones del gesto y las
vibraciones de la palabra; finalmente, el anfitrión, el marqués César de Sombreuse,
parecía a su vez encarnar, por las múltiples transformaciones de sus juegos de
fisionomía, todos los instintos, todas las inteligencias de sus huéspedes, un poco
aturdidos por el intenso efecto de los licores.
Desde hacía un instante, todos esos extranjeros, que comprendían y hablaban
la lengua francesa, trataban de resolver la siguiente pregunta, propuesta por el Sr. de
Sombreuse:
«¿Por qué los chinos desean ardientemente que sus esposas tengan los pies
pequeños?»
Ti-Lung-Zang, que evidentemente conocía la razón, había prometido no decir
nada, y sonreía maliciosamente.
98
–A fe mía, – dijo el príncipe Fongoff, – imagino que, si las damas chinas
llevan minúsculas babuchas, es sencillamente para poner de relieve la finura de sus
pasos.
–¡No es eso, caballero!–afirmó el marqués.
El conde Dewingh tomó la palabra:
–Me parece – comenzó – haber leído que una costumbre religiosa…
El anfitrión hizo un gesto con la cabeza.
El sueco preguntó:
–¿No es eso?
–¡No, mi querido conde, no!
–¡Lo he encontrado! – gritó el Sr. de Mauval… – Los chinos son muy
maliciosos: tienen miedo de ser cornudos… Entonces, se han dicho:
«Convenceremos a nuestras mujeres que el principal atributo de la belleza reside en
el pequeño tamaño de los pies… Por coquetería, las damas exagerarán hasta
volverse inválidas e incapaces de caminar… » Y, ¡gnouf! ¡gnouf!... Brrr’l’pouf!...
¡Nunca seremos cornudos, pues si nuestras mujeres no pueden caminar, no hay que
temer que corran!
Una risa plena de ironía acogió la explicación mediante el retruécano,
mientras que el Sr. de Sombreuse tocaba la frente de su primo murmurando: «¡Eso
es, mi viejo, esta vez sí… ¡Tendré a tu mujer!...»
Pero, se preguntaban la solución al enigma.
El marqués retomó su seriedad:
–Caballeros, – dijo – los habitantes del Imperio Celeste son
extraordinariamente sensuales, tomo por testigo de ello a mi amigo Ti-Lung-Zang.
La curiosa mutilación que los chinos infligen a sus mujeres tiene una razón: la
voluptuosidad. Un principio antropológico absoluto afirma que si se atrofia una
parte del cuerpo humano, se produce necesariamente hipertrofia de los músculos
antagonistas. Ahora bien, las mujeres chinas, al no poder servirse de sus pies, se ven
obligadas, para moverse, a hacer actuar los músculos de la pelvis de un modo
constante y exagerado. Consecuentemente, se produce en los músculos constrictores
una hipertrofia notable: de ahí, las titilaciones y los goces que nosotros, los
europeos, ignoramos…
–¡Bravo!... ¡Hurra!... ¡Hoch!... ¡Eljen!... ¡Tschoc gusel!... – exclamaron a la
vez el italiano, el inglés, el alemán, el austríaco y el turco.
Cuando se hubo apaciguado la tempestad de los bravos, Ali-Riza-Pacha, que
sin duda echaba de menos verse elogiado, dijo:
–Caballeros, ¡Turquía no está más atrasada que China! Si los habitantes del
Imperio Celeste atrofian los pies de sus mujeres con un objetivo sexual, por las
mismas razones nosotros obligamos a las nuestras a engordar… Las muchachas
gordas de nuestros harenes nos procuran voluptuosidades especiales, y considero
que nuestro sistema es preferible al de los chinos.
Ti-Lung-Zang iba a protestar, cuando, a una señal del Sr. de Sombreuse, los
mayordomos y los criados desaparecieron. A continuación, la gran tapicería que
estaba enfrente a los invitados se desprendió desde el techo hasta la alfombra del
parqué, para recogerse contra las paredes.
Unos gritos alegres se escaparon de todos los pechos.
En el fondo de un jardín de invierno, con suelo de césped y hojas rosas, cúpula
de cristal elevada hasta la altura del palacete, bajo unas guirnaldas de glicinas
floridas, bajo un arco iris de llamas, alrededor de un macizo de lila, de mirtos y
rosales, – unas mujeres, vestidas con gasas multicolores, formaban una larga cadena.
99
El espacio se coloreaba con líneas de fuego; luminosidades azuladas estallaban entre
el verdor de las palmeras, de los yuca, de los tulipanes, de los catalpa, de los
jazmines de España, de los cedros de Virginia,; un tumulto de luces rojas surgía
entre las frondosidades, mientras que unos chorros de agua caían en cascada sobre
unos estanques de porfiria. Grandes haces eléctricos crepitaban a través de los
follajes de los arbustos, iluminando con un bonito claro de luna las cabelleras
morenas, rubias, pelirrojas, los rostros, los hombros desnudos, las sinuosidades de
los riñones, la convexidad de los bustos, las formas de los vientres y las caderas, las
curvas graciosas, y, desde las alturas del luminoso techo, unos vaporizadores
invisibles rociaban sobre la sala los aromas de Oriente, un rocío de oro
embalsamado.
Las mujeres se aproximaron a la sala del festín, al son de una música lejana y
dulce; avanzaban sobre la punta de sus pequeños pies rosas, con los cabellos sueltos,
los brazos en semicírculo, caprichosas, en voluptuosos meandros; y poco a poco, la
gasa que las cubría se disipaba, así como hacen las nubes a la llegada de los rayos
del astro del día.
Los invitados, de pie, miraban al grupo admirable de quince criaturas
completamente desnudas; miraban como finos conocedores, pues el Sr. de
Sombreuse había elegido a las personas más sensuales entre los antiguos
compañeros de sus correrías desenfrenadas.
Borracho ya, el fueguino tendió las manos. En ese momento, el grupo de
mujeres se separó con gritos de terror. Un mono de gran altura acababa de aparecer.
Iba corriendo a través de los macizos, pisoteando las flores, con los ojos encendidos,
persiguiendo a las mujeres. Pero el animal no era en absoluto fiero, y al espanto
sucedía una explosión de bravos y risas.
La música aumentó de volumen, desencadenando una tormenta de armonía.
Las quince mujeres pertenecían también a razas diferentes, correspondiendo
todas, a excepción de una sola, a las diversas nacionalidades de los invitados. Así, la
sociedad masculina que comprendía a los dos franceses, tenía asignadas dos
francesas, una muchacha del Norte y otra del Midi; luego, una rusa, una alemana,
una inglesa, una americana, una austriaca, una española, una italiana, una turca, una
belga, una sueca, una árabe, una china y una negra.
Los hombres se tumbaban sobre los divanes o se acostaban sobre pieles de
leones y tigres; las mujeres, llamadas por ellos, se tendían sucesivamente a sus pies.
Cuando el Sr. de Sombreuse y sus invitados acabaron de hacer su elección y no
quedó más que una mujer, la negra, – el fueguino y el mono emitieron un grito
idéntico. Ambos, el hombre y la bestia, se precipitaron sobre la hembra. El combate
fue rudo, y el fueguino en zapatos de charol– un indicio de la civilización – propinó
una fuerte patada a su rival, que se apartó lamiendo su morro ensangrentado.
Perezosamente acostado sobre un diván, el marqués de Sombreuse hacía
arrodillar junto a él a la española.
A su lado, el conde de Mauval se dejaba fascinar por los bellos ojos de la
austriaca.
La rusa cumplimentaba al alemán.
El chino y el inglés con las dos francesas.
El alemán, con la muchacha turca.
El americano con la rusa.
El inglés con la china.
El belga con la italiana.
El español con la sueca.
100
El austriaco con la inglesa.
El árabe con la americana.
El turco con la belga
El italiano con la árabe.
El fueguino mordía a la negra, que no se sabía si aullaba de dolor o de placer;
en cuanto al mono, contemplaba tranquilamente la escena.
El Sr. de Sombreuse ordenó:
–¡Aquí, La Hire!
El animal, olvidándose de su herida, abandonó el jardín, caminando hacia su
amo, mientras que la orgía estaba en su punto más álgido. Hombres y mujeres
habían bebido de todos los vinos, de todos los licores, y la sala se llenaba de jadeos,
de suspiros, de estertores de agonizantes o enamorados saciados. El marqués, febril,
excitaba al conde Jacques:
–¡Fíjate!... ¡pero fíjate!.... ¡Oh! ¡el turco!... ¡Oh! ¡la china!...
Y el senador, abrazando a la austriaca:
–¡Brrr’l’pouf!... L’poufff!... L’pofufffff!...
El Sr. de Sombreuse se decía con sarcasmo:
–¡Ahora sí que Jacques se ha vuelto loco!… ¡Va a morir!... ¡Julia es mía!
Por fin, la española, la italiana, la francesa, el turco, el árabe, la china, con los
brazos lasos, muertos, rodaban sobre las alfombras; las septentrionales y el fueguino
resistieron un poco más tiempo: su suerte fue la misma.
Y cuando, bruscamente, los criados, llamados por el anfitrión, apagaron las
luces y los pálidos resplandores de una aurora primaveral iluminaron la Fiesta de los
Sentidos, el Sr. de Sombreuse despertó al fueguino y al conde de Mauval para
mostrarles, brincando sobre los cuerpos de hombres y de mujeres amontonados, a su
pariente y amigo La Hire, el mono burlón, rey de la naturaleza.
101

XVI
El mes de mayo llegaba a su fin, y desde varías semanas, el conde Jacques
guardaba cama. Jamás se había visto a un hombre más miserable; jamás criatura
humana alguna había descendido más bajo en la escala de los seres. El cuerpo se
había encogido; la piel se arrugaba, y desde la comisura de los labios hasta el
mentón, parecía extendida, como si fuese a romperse; los párpados, hinchados por
arriba y abajo, mostraban unas líneas de fibrillas rojas; la lengua se agrietaba: en
consecuencia, presentaba una dificultad cada vez más grande en hablar.
Se prohibió a Thérèse que viese a su padre, por temor a que el viejo hiciese
algún gesto obsceno en presencia de su hija.
Los habitantes del Périgord y de Lilmousin, tienen, en su dialecto, una triple
expresión muy intensa, para traducir el estado de los árboles enfermos: un árbol esta
«quebrado», «abatido» o «destrozado». Al ver al Sr. de Mauval, observando la
decrepitud de esa estructura humana, los desórdenes de esa imaginación, se podía
decir que el senador presentaba a la vez todos los síntomas mórbidos de los sauces y
los robles llamados a desaparecer de los verdes bosques que deshonran.
El estaba quebrado, helado, en cuanto a la fatiga general de los miembros: una
sangre viciada, pobre, fría, circulaba por sus venas.
Estaba abatído, aplastado, en cuanto a sus manías, moviéndose siempre en
torno a los mismos círculos de ideas, – su verborrea sin fin, sin sentido, se podía
comparar a los innumerable circunferencias en los que se vierte y se pierde la savia
de los nogales carcomidos por los parásitos.
Finalmente estaba destrozado: su cerebro estallaba por todas partes, su cuerpo
se rompía, así como los árboles interiormente tocados por el rayo.
El Sr. de Mauval, envuelto en un pijama, tocado con un gorro de seda negro,
se arrastraba hasta un sillón, apoyándose en los hombros de su esposa – la mártir.
Los doctores acudían al palacete, auscultaban al paciente, le tomaban el pulso,
y a continuación se iban, diciendo a la condesa:
–¡Valor, señora!... ¡Tenga valor, va a necesitarlo!
Y eso era todo. El médico de cabecera familiar y los tres profesores de la
Facultad de Medicina, elegidos entre los más ilustres, habían agotado todos los
fármacos, y si no abandonaban por completo a su rico cliente, a punto estaban ya de
redactar, según el código de los herederos, la última medicación, la receta llamada
de «júbilo», como los huesos que los carniceros generosos ofrecen a los perros
errantes y desesperados.
La condesa Julia velaba a su marido, noche y día. Las espantosas exhalaciones
de la habitación no la hacían huir. Solo ella permanecía allí, pues los criados, ni
siquiera el fiel Antoine, se paraban ante la puerta del cuarto. Ella lavaba a su pobre
viejo, lo enjabonaba, lo peinaba, lo vestía y no quería que nadie pudiese quejarse de
un trabajo tan agotador, rechazando incluso la ayuda de las hermanas de la caridad,
enfermeras, siempre pensando que Jacques curaría undía, y que ella seguramente lo
salvase sola.
El viejo infantilizado se colgaba de sus faldas; se arrastraba hacia ella, como
un bebe que está aprendiendo a caminar. Sin su Julia, él tenía miedo; ella ya no era
una esposa; era una madre; era el ser admirable, el orgullo de la creación, la mujer
tres veces santa que nada fatiga, que nada puede abatir. Sí, ella era realmente la gran
dama, como la rama de hiedra que sufre, se seca y muere donde está aferrada!
102
Tras una crisis, los doctores habían amenazado con ingresar al enfermo,
enviarle a una residencia de salud, y ella lo prohibió, comprendiendo que en ese
caso estaría perdido, que jamás volvería si lo dejaba partir.
Por orden del chocho, el tapicero del palacete había modificado la instalación
en el dormitroio. Las paredes, el techo, el parqué, desaparecían bajo unos inmensos
spejos, y el Sr. de Mauval obligaba a la condesa a echarse completamente desnuda,
ponerse en cuclillas, hacer poses. Metódicamente, con un compás y un lapicero de
carboncillo en la mano, todavía dibujaba el retrato de la luna en la espalda de su
esposa, y reía muy fuerte ante esa figura carbonosa que, bajo las luces de los
candelabros, los espejos reflejaban hasta el infinito.
El conde no estaba visible para nadie. Sin embargo, un día en el que una ligera
mejoría se hacía sentir, los señores de Gavie y de Gavé, los colegas del senador,
habían insistido para ver al Sr. de Mauval. Este, acostado sobre un diván, observaba
a sus dos colegas; murmuró:
–Creo, caballeros, que los tres padecemos la misma enfermedad…
Los viejos senadores se levantaron, visiblemente impactados, y ambos dijeron,
sin reri:
–¡Oh! parece que estáis bien!
–¡Claro!... ¡claro!... – respondió el maníaco… – Esperad un poco y veréis!...
Por lo demás, las dos primeras letras de vuestros apellidos son de un feliz
presagio…
–¿Cómo es eso? – preguntaron los dos hombres.
El les hizo una mueca:
–Ga-vie y Ga-vé, y bien, hacen Ga-Ga… ¡Gaga!... ¡Los tres chochos!...
¡Perfecto!...
Esas explosiones de alegría se hacían cada vez más raras. La sensualidad del
conde aún se desencadenaba. Evocaba todas sus orgías, y pasaban mil visiones
enloquecedoras; revivía sus fiestas; declamaba plabras licenciosas, imitando cuadros
lúbricos, mientras su pobre esposa se tapaba los oídos, ocultaba sus ojos entre sus
manos, – sus ojos rodeados de un velo grisáceo erosionado por los llantos, – a fin de
no verlo, de no escucharlo.
Él gritaba:
–¡Ea adoable, la pequeña Beaudoin, palaba donó!... ¡Qué pecho!... ¡Hum!...
Hum!... Exquisita!... ¡Gnouf!... ¡gnouff!... Brrr l’pouf!.... L’pouf!...
Sacaba a Julia de su sopor, y la obligaba a cantar con voz lamentable, rota por
los sollozos, el eterno estribillo de la Poupard:
Era bo-bo;
Era bonito,
¡Pero era muy pequeñito!

Y acontecía que la espantosa cháchara, que, después de cada frase, tiragba de
su lengua hasta dejarla colgada, no podía ya poner en su lugar el instrumento de su
desbordante verborrea. Entonces, la condesa Julia, provista de una cochara de oro,
acudía en auxilo de su marido, y, suavemente, volvía a introducirle la lengua espesa
y colgante.
El conde de Mauval era incapaz de aprecer esa abnegación de esposa. ¡El
quería siempre comenzar de nuevo!
Una noche, obligó a la condesa a confeccionar una inmensa camisa, una
especie de saco, donde debían dormir ambos. Ella obedeció. Se acostaron, pegados
103
en la misma camisa, con sus cabezas unidas como sus labios, sus brazos y sus
piernas. Casi no podían respirar.
Otra noche, él salpicaba el rostro de su mujer con sangre caliente y él también
se salpicaba, delectándose, viendo sobre los espejos sus rostros rojos, ella
aterrorizada, él enloquecido.
Él llamaba a eso «la copa del marqués», pues el marqués habái sido su
educador en todas las cosas.
El Sr. de Sombreuse había ido varias veces al palacete de Mauval; le había
sido imposible ver a su víctima. James Stolh, el mayordomo del marqués, iba a
recabar noticias, todas las mañanas, y la mirada del viejo arist´crata se encendía de
fuegos extraños cuando el criado anunciaba a su amao que el conde Jacques había
pasado una noche muy mala.
Ahora bien, en esa jornada de primavera, deslumbrante de verdor y de luz, el
marqués dio la orden de ensillar y se hizo conducir a la calle de Grenelle. Parecía
reverdecer en su chaleco azul, ceñido a la cintura, flroido con un ramo de violetas,
con su pantalón claro y sus botines brillantes muy puntiagudos. Bajo el sombrero de
copa de fieltro gris, su rostro se expandía en una sonrisa triunfal; sus blancos gigotes
estaban orgullosamente levantados, y su mano, finamente enguantada, tenía un stick
de deportistas. Todo en él delataba una nueva juventud.
El criado llamó a la puerta del palacete Mauval.
–El señor marqués, – dijo el viejo Antoine, – no está visible… Tengo
órdenes… Mas vale que anuncie el marqués a la señora…
Sin responder al criado, el Sr. de Sombreuse subió la escalera que conducía a
la estancia del enfermo. Como el visitante atravesaba el paillo, se abrió la puerta de
una habitación. Apareció la Sra. de Mauval.
A la vista del primo, la condesa se detuvo, decidica a cortarle el paso.
–¡Buenos días, prima! – dijo él con audacia.
–¡No podéis entrar aquí, caballero!
–¿Y por qué?... ¿No soy de la familia?... Vengo como pariente, señora…
–Estoy en mi casa, señor… ¡No recibo hoy!
–¡Oh! ¡prima!
–¿Venís entonces a contemplar vuestra obra?... No os daré esa satisfacción…
–¿Mi obra?
–¡Ah! señor, ¡no os burléis de mí!... Jacques se muere… ¡Sois vos quien me lo
habíes arrebatado!... ¡Vos!... ¡Vos!...
Pero la condesa Julia no se contenía; había dicho esas palabras sordamente,
temiendo que Jacques lo escuchase.
El marqués permanecía allí, adosado a la pared, con los ojos brillantes:
–El lugar está mal elegido para una declaración… Aquellos que aman, señora,
no son siempre dueños de sus horas… Y yo os amo, entendéis, Julia, yo os amo!
–¡Ah! – exclamó ella,– entonces…
–Sí, ¡por fin lo adivinais!... Decís que he matado a Jacques… Confesad pues,
prima, que vos me habeis ayudado un poco, bella voluptuosa… Jacques es un
charlatán y un indiscreto; conozco las historias de alcoba…
–¡Miserable!
Él le tomó las manos; la arrastró hacia él; la estrechó contra su pecho:
–¡Te amo, Julia!... ¡Te quiero!... ¡Oh, mi Julia, por tu culpa, por culpa de tus
ojos, de tu boca, de tu cuerpo, he sufrido!... ¡He llorado!... ¡Soy hombre y débil! ¡Te
quiero, mujer!... ¡Te quiero!... ¡Déjate tomar!... Me mataré después si tú lo exiges!...
104
¿Un beso?... ¿un beso?... ¡Te quiero, Julia, te quiero!... ¡Ten piedad de mi desgracia,
de mi locura!... ¿Ten piedad!... ¡Si te resistes, te estrangulo!
La condesa emitió un grito. El Sr. de Sombreuse aflojó a su presa. Entonces,
temblando, altivo, dirigiéndose al viejo criado, que saltaba en el pasillo, con los
puños cerrados, dispuesato a defender a su ama, el Sr. de de Mauval ordenó:
–¡Antoine, compórtese, señor!
105

XVII
Mientras el conde Jacques comenzaba su convalecencia, el marqués de
Sombreuse había llegado a un estado de exaltación cada vez más inquietante para la
Sra. de Mauval. Fue en vano que el viejo viese en ella a una mujer mancillada por el
contacto del marido enfermo; él la deseaba todavía más, la desearía siempre. La
hubiese tomado no importa dónde, tanto en la calle como en una habitación, incluso
en un lupanar. Allí donde Julia resplandeciese, todos las demás personas, todas las
demás cosas no existían; ella lo era todo, estaba por todas partes, la mujer amada, en
la tierra, en el cielo, y los propios astros parecían reflejar el brillo de sus ojos. El
marqués regresó más días al palacete de la calle de Varennes, y fue despedido otras
tantas; escribió cartas a la condesa Julia, al Sr. de Mauval, a la propia Thérèse,
suplicando a la joven para que intercediese por él ante su madre; pedía perdón a la
que había ultrajado, a aquella de la que era sabedor de sus espantosos sacrificios, y
que él mismo llamaba: «María de los Siete Dolores…» Las cartas quedaron sin
respuesta.
El Sr. de Sombreuse se entregó aún, y completamente solo esta vez, a las más
espantosas orgias, tratando de mitigar su angustia hundiéndose en todos los placeres,
aumentando los apetitos de su exasperada alma. Se le volvió a ver en la casa de la
calle de Roma; espantó a Émilie Plock y a la pequeña Baudoin por sus
extravagancias; luego tuvo unas citas con la marquesa d’Églaé y la baronesa de
Tomeyr; agregó a ellas a otras grandes damas; mancilló el servicio de su palacete,
compartiendo sus favores entre la Sra. Ponceau, James Stolh, el pálido mayordomo,
la rubia y rosada Marguerite Prunier, la ama de llaves, y los pequeños Avajou, Juju
y Nénette, los hijos del zapatero de la calle de Grenelle. La idea de Julia lo
obsesionaba noche y día, idea fija, inexorable.
Trató de convencer a la marquesa d’Églaé de que la condesa de Mauval
también era lesbiana. La Sra. de Églaé hizo una visita a la condesa Julia, a la que
conocía desde hacía varios años, y abordó el resbaladizo terreno. La acogida que
recibió no la animó a renovar su gestión. El Sr. de Sombreuse había esperado poseer
a la condesa mediante esa estratagema, imaginándose que casi todas las mujeres del
mundo se entregan de buen grado a ese vicio: él quería a Julia; la quería, incluso
corrompida, sucia.
Casi todo su tiempo lo pasaba en éxtasis ante un gran retrato de la Sra. de
Mauval, que había hecho pintar según la fotografía de su prima, dando el mismo al
pintor las indicaciones más precisas sobre la esbeltez del cuello, el tono de las
carnes, el color del pelo, la forma del pecho y el esplendor de la mirada.
El desdichado estaba afectado de satiriasis, esa neurosis que es para los
hombres lo que la ninfomanía es para las mujeres, y el mal alcanzaba el delirio en el
mayor grado, con un transporte de ira que dominaba la voluntad, aniquilando todas
las otras facultades intelectuales. En sus correrías nocturnas a través de París, el Sr.
de Sombreuse apaciguaba su sed de lujuria con la primera muchacha que se
encontraba y a la que seguía por las callejuelas desiertas. Vieja o fea, joven o bella,
poco le importaba; ¡era una mujer!... Al igual que los erotómanos de la Edad Media
que cometieron violaciones, no solamente violaciones sobre carnes bonitas y
adoradas, sino violaciones sobre criaturas desconocidas, horribles, todo le valía. La
más innoble de las putas se convertía en instigadora de los sentidos. Se arrojaba
sobre sus amantes casuales, como los grandes monos se arrojan sobre las mujeres de
los salvajes de América, y, como los grandes monos, habría matado a las mujeres si
106
ellas se hubiesen resistido. En los lupanares, obligaba a las putas de la casa, a la
patrona, a las criadas a escupir en un vaso que él vaciaba enseguida, exultante de
placer, a la salud de Julia.
Sueños eróticos turbaban su reposo. Todos los sentidos participaban en el
desorden general, y los nervios del viejo aristócrata adquirían un desarrollo singular.
Así, las alucinaciones más voluptuosas engañaban su mirada: la Sra. de Mauval se le
aparecía desnuda; así, la menor claridad venía a impresionar penosamente sus ojos;
su oído era desgarrado por el más leve ruido o golpeado por una armonía
cautivadora celebrando la gloria de la creación, y sus órganos eran de una
sensibilidad tal, que el menor contacto, un rozamiento de tela o una pieza demasiado
ruda, le producían unos dolores que solo una inyección de morfina podía calmar.
A veces, en mitad de la noche, era presa de una sed ardiente, vomitaba una
materia babosa, semejante a la que está sobre los labios de los chivos en el momento
que se aparean con sus hembras. Su cara estaba roja, animada, sus ojos salientes
como los de una perra en celo; y de pronto se entristecía, con deseos de suicidio, con
unas ganas furiosas de precipitarse por la ventana, y, para no obedecer a la
tentación, se agarraba a su cama, pasaba las dos manos bajo el travesaño, de manera
que pudiese sentir alguna resistencia a la hora del peligro. Más a menudo aún, se
ataba él mismo, con dolor, con sangre, a una anilla de hierro fijada a la pared.
En esos terribles momentos, tenía alucinaciones nuevas en las que creía ser
presa de perros y lobos, e incluso el profanador de esas bestias. Una noche, durante
cerca de tres horas, se imaginó que Julia estaba muerta, enterrada en la cripta
familiar en el cementerio Père-Lachaise, y que él, vampiro, en una noche de verano,
bajo un cielo lleno de estrellas, había exhumado a la bien amada y gozado por fin de
ella, en la muerte, en la podredumbre, sobre las groseras hierbas del cementerio, con
fuegos fatuos danzando alrededor de ellos.
Cuando el delirio cesó y no quedó más que un cuerpo descalabrado con una
fatiga general y un gran enervamiento causado por el abuso de la morfina, el Sr. de
Sombreuse se negó a ser impotente.
No quiso permanecer en ese estado, manteniendo aún la idea de que Julia sería
suya tarde o temprano. Empleó a su vez los tres elementos que tienen un efecto
afrodisiaco: la cantárida, el fósforo, la estricnina. El viejo labraba poco a poco el
último periodo de un reblandecimiento cerebral.
Tras haber leído todos los trados sobre la impotencia en el hombre, estudiado
sus causas, sus tratamientos; tras haber empleado, sin resultados satisfactorios, los
principios médicos, los baños eléctricos, los sinapismos, las ventosas, los
congestionadores, todos los medios artificiales para atraer la sangre a los órganos
cavernosos, acudió a la flagelación, a ese medio extremo de despertar el sentido, del
que hacen mención los autores clásicos y del que un Voltaire, anciano, hacía uso con
frecuencia. Para ese servicio, el marqués solicitaba el vigoroso brazo de la Sra.
Ponceau.
–¡Fústiga, mi pobre Joséphine! – suspiraba el marqués.
–¡Oh, no , señor!
Pero Josèphine fustigaba, desgarraba el cuerpo de su amo, hasta hacerle brotar
la sangre, con una trenza de sirgas mojadas en vinagre. El viejo libertino, como
Jean-Jacques-Rousseau cuando la Sra. Lambercier le infligía la corrección manual,
acaba sintiendo placer con esa operación, y a pesar de todo, no recuperaba sus
fuerzas. Pronto abandonó la mano de Josèphine y se pasó a la flagelación galvánica.
En su lujoso cuarto de baño, un médico había instalado un aparato que se
comunicaba con una pila eléctrica. Unos cepillos sedosos acariciaban al viejo, unos
107
bonitos cepillos más suaves que las manos de señoritas; a esos ligeros tocamientos
sucedían frotaciones más rápidas y con puntas, escobillas metálicas martilleando la
piel de los riñones, del pecho, de las piernas, de los brazos, de los pies, de los
muslos, de todo el cuerpo, que sangraba por todas partes, hasta el momento en el
que el desgraciado, siempre incapaz, se inyectaba una dosis de morfina.
Pasaron así varios días. A esas emociones violentas sucedió una gran calma.
Durante el día, el viejo aristócrata permanecía acostado en su cama; la Sra. Ponceau
iba a echarle las cartas, y él experimentaba una alegría al saber lo que le reservaba el
futuro.
Una noche, el Sr. de Sombreuse, tuvo una idea; Por primera vez usó
maquillaje. Se encerró varias horas en una habitación, y, ayudado por su
mayordomo, James Stolh, empleó para la metamorfosis, todo un arsenal de
sustancias y útiles: patas de liebre, borlas, paletas, pinceles, pinzas, agujas; rojo
vegetal, rojo líquido, rojo de China, crema blanca y rosa, carmín, blanco de lis, cera
virgen, polvo de iris, polvo de arroz, pomadas, negro indio, tinta de China, redecillas
azules para las venas, leche, extracto de Camilia, tintura de Rafin, agua mágica,
agua de lys, de Hadas, visitas de la Dama, de Serpiente, ocre, azafrán y cáhuil para
dar a sus ojos tono, lápiz para sombrear las pestañas, corcho quemado, negro de
humo, licor divino para teñir los cabellos y la barba, agua de la fuente A.X. para
perfumar el aliento. Se puso un traje, una corbata blanca y unos guantes muy claros.
El Sr. de Sombreuse estaba irreconocible con sus labios rosados y sus bigotes
negros. Los ojos del aristócrata chispeaban, y su boca formaba un rictus risueño.
Llamó a Josèphine y, haciendo con su bastón algunos signos cabalísticos alrededor
de la cabeza de la gobernanta, dijo:
–Voy a ver si las cartas han mentido… El rey de rombos y la dama de
corazones se encontraban juntos, ¿verdad?
–Sí, señor.
–¿Con el as de picas hacia arriba, anunciando éxitos?
–¡Sí… sí… la dama de corazones es vuestra!
–¡Tiembla si me has engañado!
–¡Las cartas nunca mienten!
Con el cigarro entre los dientes, el marqués se dirigió hacia la calle de
Varennes.
Eran las nueve de la noche.
Al llegar a la puerta del palacete Mauval, el Sr. de Sombreuse llamó, y en su
ansia no advirtió que todas las ventanas de la casa estaban cerradas.
–Señor, – dijo Antoine, vacilando todavía en reconocer al apuesto visitante, –
mis amos están de viaje…
–¿Han ido a Ferville, no es así?
–No… a Italia…
–¿A Italia?... ¿Y desde cuándo?
–Hace ocho días…
–¿Tienes su dirección?
-–No, señor marqués… Mis amos han abandonado París sin decir nada…
El Sr. de Sombreuse se alejó, con el cabeza ardiendo, dispuesta a estallar, con
un ensordecedor rumor de mar en los oídos. Farfullaba:
–¿Quién me decía una noche que a toda mujer le llega su hora?... Todavía
escucho esa adorable voz … ¡Ah! pero… pero… pero.. Julia… Julia… Jul… ia…
¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Oh!... ¡Oh!...
Llantos y risas.
108
De regreso a su habitación, el viejo aristócrata dijo a la Sra. Ponceau que le
llevase de inmediato a Le Hire, su mono.
Cuando la gobernanta apareció, arrastrando al animal, el marqués pasó el
cerrojo de la puerta, luego, frotándose las manos:
–Fifine y Hihire, vamos a divertirnos los tres… ¡Acercaos, hijos míos!...
¡Acariaos!... ¡Amaos!... ¡Saltad el uno sobre el otro!... ¡Vamos, por el amor de Dios,
avanzad!
El Sr. de Sombreuse estaba armado con un puñal.
Antes de que la Sra. Ponceau, helada de espanto, hubiese podido emitir un
grito, se abalanzó sobre ella y le hundió cinco veces seguidas el puñal en su cuerpo.
El mono aullaba.
–Espera, –gruñó el marqués, – voy a darte tu ración a ti también, mi viejo
catarinin, ¡mi querido Hihire!
Pero el animal furioso, brincaba de derecha a izquierda, sobre los sillones,
sobre los muebles, con el pelo erizado, castañeando los dientes. Tras una
enloquecida carrera, el marqués logró agarrar el mono e, indiferente a las
mordeduras, lo arrastró hasta el centro de la habitación, cerca de la Sra. Ponceau,
caída panza arriba, con el vientre agujereado: fue una lucha entre el hombre armado
y la bestia, una lucha terrible como la que Le Hire, atraído por la negra, había
mantenido contra el fueguino. Finalmente, el mono cayó herido de muerte cerca del
cadáver de Josèphine.
Con el rostro y las manos ensangrentadas, el Sr. de Sombreuse quitó su
pantalón, conservando tan solo su chaleco y su traje negro, y se tumbó sobre los
cadáveres cálidos para buscar allí voluptuosiades. Luego abrió la puerta y bajó con
rapidez la escalera. Abajo, se encontró con James Stolh, el negro Novar, los
cocheros, el cocinero, todo el servicio del palacete, que, atraídos por el ruido, se
habían concentrado. A la vista de su amo, los servidores levantaron los brazos,
asustados. Pero, el Sr. de Sombreuse los empujó e incluso golpeó con su arma a dos
o tres hombres que se oponían a su paso.
Ahora, el marqués corría, fuera de sí, por la calle de Grenelle, dirigiéndose
hacia el bulevar Saint-Germain; corría con el rostro empapado de sudor y sangre, los
cabellos al viento. Los grandes faldones de su traje golpeaban sus piernas desnudas,
y blandiendo su puño enrojecido, gritaba:
–¡Soy el diablo!... ¡el diablo!... ¡el diablo!... ¡Tendré a Julia!... ¡Julia!...
¡Julia!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Julia!... ¡Julia!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!...
Hombres y mujeres, y un centenar de chiquillos le seguían gritando. Se formó
una aglomeración. Los agentes de policía detuvieron al Sr. de Sombreuse que se
mantenía en cuclillas contra un muro y lo condujeron en coche a la enfermería de la
Comisaría de Policía.
Han transcurrido tres años desde estos sucesos. El Sr. César de Sombreuse – el
«divino marqués», así como lo llaman los periódicos, en recuerdo del Marqués de
Sade – está en Bicêtre. Durante los primeros meses, han tenido que ponerle la
camisa de fuerza y encerrarlo por seguridad general, pues se había convertido en un
peligro para los jóvenes alienados a los que trataba de corromper; pero hoy, el viejo,
un poco menos agitado, circula libremente por el patio de los locos. Está vestido con
un amplio frac verde y tocado de un gorro de amplio vuelo; cabellos blancos caen en
bucles sobre sus hombros. Se le han cortado sus bigotes y parece un padre noble de
comedia. Jamás habla con los guardianes, ni con sus compañeros de desdicha, ni
con los médicos, ni los internos ni los delegados de la administración.
109
El marqués se pasea con parsimonia sobre las losas del patio; y, cuando desde
el cielo azul bajan algunos rayos de luz, los brillos del oro que la naturaleza produce
tanto sus más nobles y sus más miserables creaciones, el Sr. de Sombreuse
interrumpe su caminata. Se descubre, se pone de rodillas y traza con su bastón sobre
la arena unas figuras obscenas, luego un nombre, siempre el mismo, un nombre
eterno que murmura seriamente y que los demás enfermos, reunidos a su alrededor,
con los brazos en lo alto y la cabeza descubierta, repiten a coro:
–¡Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!...
Algunos locos lloran, olvidan por un momento sus quimeras, recuperan poco a
poco su hombría, escuchando y emitiendo ese grito lúgubre, ese largo y desgarrador
lamento:
–¡Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!...
El conde Guy de Laurière se ha casado con la señorita de Mauval.
Al regreso de su viaje de bodas por la India, los jóvenes esposos se han
instalado en el palacete de la calle de Varenne.
El Sr. de Mauval no se ha presentado a las últimas elecciones: ya no es
senador.
Todavía es un chocho con su verborrea, sus fruncimientos de cejas y sus
manías pueriles. Pero, el marido sensual se ha apaciguado bajo el calor de los besos
de la esposa mártir, desde que el inspirador tenebroso ha desaparecido de su camino.
Ya no es el viejo niño vicioso, el maníaco exasperado, el verdugo de la alcoba.
Suavemente, entre el tierno amor de su esposa y el respetuoso cariño de su hija, el
conde Jacques parece haber sufrido una lenta metamorfosis; es uno de esos viejos
soporíferos de mirada átona, sonrisa infantil, labio gesticulante, al que hay que amar
y vigilar como a todos los pequeños.
Así hay miles de hombres que se hunden antes de la hora. Víctimas de la
inacción, la muerte acecha a todos esos chochos; y, si la muerte tarda en llegar y si
unas manos acariciadoras, devotas y fieles no los protegen, todos esos chochos caen,
un día u otro, bajo el golpe de las leyes penales acabando en la cárcel o en los
manicomios.
El conde de Mauval tiene una guardiana: su mujer.
Ante su obra de resurrección, la condesa Julia olvida las humillaciones, las
vergüenzas, las angustias, todos los desesperantes rencores. Orgullosa y alegre, se
dice que, gracias a su valor, los descendientes de los Mauval han evitado los
juzgados y la cárcel, y que no irán a reunirse con «el otro», el primo, en la siniestra
residencia para locos.
Y si alguna chaladura del pequeño viejo la atormenta todavía, la Sra. de
Mauval lucha contra su pena. La noble dama piensa en sus grandes antepasados, que
brillan en un cielo de gloria, y sonríe a su hija y a su yerno, amorosamente unidos en
la floración de su juventud.

FIN
111

Esta novela se acabó de traducir en Pontevedra, en diciembre de 2013

El viejo chocho

  • 1.
  • 2.
    2 EL VIEJO CHOCHO Jean-LouisDubut de Laforest París 1886
  • 3.
    3 Título original.- LeGaga. © Jean-Louis Dubut de Laforest. París 1886 © José Manuel Ramos González por la traducción del francés. Pontevedra 2013
  • 4.
    4 El conde Jacquesde Mauval, senador y uno de los miembros más respetados del Parlamento, gesticulaba para divertir a los allí reunidos. Émilie Plock se alzó de hombros: –¡Chocheas, caramba! – murmuró – depositando un beso sobre la canosa cabeza del viejo, en el lugar donde los cabellos eran escasos. El Sr. de Mauval – un hombrecito de rostro lampiño, cuerpo delgado embutido en un traje negro con una rosa en el ojal – no abandonó su pantomima. Enviaba pellizcos de nariz de izquierda a derecha, extraía su lengua hinchada por el alcohol, chasqueaba la mandíbula, giraba sus ojos de los que solo se veía el blanco, emitía unos «¡gnouf! ¡gnouf!» al estilo del difunto de Grassot1, del Palais Royal; todo eso y aquello, entre el acompañamiento tumultuoso de los bravos y las risas de Augustine Beaudoin, una gruesa rubia alegre vestida de azul. Esto ocurría durante un sencillo té de media noche, en un entresuelo de la calle de Roma, en el interior de un elegante salón-recibidor decorado con telas claras. Aquí y allá, sobre un velador se encontraban dispuestos cristales y orfebrerías, servicios dispersos o arrojados al montón, unas flores deshojadas, botellas vacías, frascos de licor brillando bajo las lámparas con las tulipas adornadas con blancos encajes, en la atmósfera cargada de los olores del tabaco y donde flotaba un vago perfume de pachuli y de ylang-ylang. Émilie Plock había despedido a Malvina, su vieja tía, que le hacía las funciones de criada, y la mujer, con cofia puntiaguda, tan fea como la mitra de un obispo, se había ido a dormir sobre una silla, al lado del horno de la cocina. Relajado y extendido sobre un sofá, un hombre de alta talla y poderosa osamenta, vestido con frac y corbata roja, fumaba su cuarto cigarro, indiferente a la pantomima del senador, al que dejaba de buena gana las dos mujeres, y que parecía seguir, con gran atención, las espirales azules que escapaban de sus delgados labios, girando por encima de su cabeza de cabellos cortados, con coronilla marfileña como la de un capuchino, para perderse en las decoraciones del techo. Tenía unos amplios bigotes blancos colgantes que todavía ponían más de manifiesto sus rasgos angulosos en forma de triángulo, pero un triángulo singularmente intenso cuando surgía una idea sensual atravesando su espíritu y ardiendo en la mirada. Ese hombre se llamaba Pierre-Antoine-César, marqués de Sombreuse; era el primo alemán de su compañero de juerga, el Sr. de Mauval. Ambos regresaban de un gran baile en el Faubourg; se habían hecho conducir al barrio de Europa, al domicilio de Émilie Plock, una puta a la que habían conocido la semana anterior en el FoliesBergere. Una extraña muchacha como esta Emilie Plock, con su apellido bizarro – un apellido de perro, decían las compañeras– su cabeza pequeña y larga, su cuello de esbeltez viperina, su cuerpo muy delgado vestido con un peplo de satén cereza, sus ojos verdes lánguidos, su nariz siempre al viento, y su cabellera con reflejos de cobre dorado como los endrinos maduros, bajo los esplendores desfallecientes del sol que se oculta. Desde el feliz encuentro de los aristócratas, de los que ellas ignoraban aún los nombres, esas dos putas no paraban, por decirlo de alguna manera. Augustine Beaudoin – una debutante que tenía alquilado el cuarto piso de la misma casa – bajaba al entresuelo y pasaba con la Plock una parte de sus días y sus noches, divirtiéndose, instruyéndose, jugando a las cartas, atendiendo a los dos caballeros que deseaban continuar la fiesta a cuatro. 1 Paul Louis Auguste Grassot, llamado simplemente Grassot, fue un actor francés nacido en París el 25 de diciembre de 1802 y fallecido en esa misma ciudad el 18 de enero de 1860.
  • 5.
    5 Se habían cruzadoen el pasillo del Folies-Bergere. Émilie y Augustine hacían su recorrido, cuando el Sr. de Sombreuse las había detenido, tocando el codo de su primo, el senador. Este no quería comprometerse; las putas tomaron la delantera. Se cenó en el restaurante Helder, en un reservado particular; el marqués y el conde prometieron visitar a sus nuevas conocidas. Habían mantenido su palabra. Ahora se trataba de distraerse, a cuatro, en el apartamento de la Plock, mucho más confortable que el de Augustine Beaudoin. Mientras Augustine llamada la Poupard – un nombre de guerra bien llevado, a juzgar por su cabeza alborotada de niña – jugaba a “mano caliente” con su viejo, Emilie, muy dispuesta, sin ninguna inquietud, ni celos aflorando – sus visitantes la habían educado al respecto –ponía todo de su parte para despertar del sopor al Sr. de Sombreuse. ¡Ah! ¡realmente no lo reconocía! ¿Por qué estaba tan serio, el que era todo derroche en el reservado de Helder? ¡Era algo que no comprendía! –¿Veamos, es que ya has tenido bastante? --- ¿Es que te reservas para tu esposa?... Mi amiga y yo hemos sido muy amables … Vamos, gran bebé, ¿un besito? El marqués no se movía excepto para beber, vaciando de un solo trago, entre dos caladas de cigarro, unos vasos de chartreuse y de kummel. En vano, la joven se mostraba coqueta, tierna, sensual, el aristócrata no respondía a sus avances. Esta calma parecía incomprensible a la Plock, que se sabía bella, original, y que, tras la cena en Helder, había podido experimentar las fuerzas poco comunes del Sr. de Sombreuse, sus formidables deseos, su verdadera rabia de lujuria. Émilie se sorprendía tanto o más como, ayer aún – en ausencia de su amigo – el Sr. de Mauval se había lanzado en un elogio extraordinario de ese gran diablo y de sus proezas amorosas. ¿Entonces, qué?... ¿Ella no le gustaba ya, o bien temía algo? Se acercó un poco más cerca del marqués, acarició el rostro huesudo del viejo, esbozó unos gestos lúbricos, le mostró al conde y a Augustine que no se rechazaban demasiado, en la penumbra de las lámparas bajadas, reflejando todas con claridades el rostro del hombrecillo y la cara ardientemente expansiva de la puta. El Sr. de Sombreuse cerró los ojos, diciendo «no», con la cabeza, extendiendo silenciosamente sus delgadas piernas bajo la mesa. Ella lo contempló bastante rato, escudriñadora, deseando conocer la causa de ese mutismo inesperado; luego, su mirada se dirigió a las numerosas botellas vacías, hizo una reverencia al bebedor en signo de admiración, y levantó una esquina del mantel, a fin de ver si el viejo no tenía, bajo cada talón, una angostura por la cual se precipitaban los líquidos. El ojo del hombre brilló un instante y se apagó en el dédalo de algún misterioso pensamiento. Finalmente, aburrida por la vista de esa máscara apacible, Émilie vino a sentarse junto al senador, siempre picarón. Augustine había llenado una copa de champán y hacía beber suavemente a su amigo, a pequeños tragos. Ella le dispensaba ternuras de madre o de hija, y él acogía esas zalamerías, besando las tiernas manos que el mismo conducía a criterio de sus caprichos. A veces, el senador reía con grandes carcajadas de viejo; y, a distancia, se hubiese podido creer que se trataba de un juego infantil, entre un abuelo y la nieta. Pero, de repente, la monomanía del viejo lo retomaba, lo exaltaba, bajo el dolor de una enfermedad desconocida. Abandonaba los refinamientos amorosos, exclamaba su «¡gnouf! ¡gnouf!», hundía un dedo en su boca, hinchaba sus mejillas, retiraba rápidamente el dedo, imitando el ruido de un corcho que salta[2]. Luego, volvía a pedir champán.
  • 6.
    6 La Plock seagregó a la fiesta. El Sr. de Mauval bebía; y, mientras Augustine mantenía la copa, Émilie deslizaba sus bellos brazos desnudos sobre el vientre del viejo. El Sr. de Mauval experimentaba un dulce bienestar con las carantoñas de las dos putas, apretándolas, una a la otra, contra su pecho, toqueteando sus carnes, dirigiéndoles entusiastas elogios y terminando su examen con el eterno «¡gnouf! ¡gnouf!», que resonaba como una carraca estropeada. Émilie y Augustine enervaban al viejo con sus cosquillas lujuriosas. De vez en cuando, el Sr. de Sombreuse fijaba sarcásticamente su mirada sobre el cuadro vivo: se hubiese dicho que un fluido transmitía al hombre inmóvil las caricias y los besos de las mujeres. Una embriaguez intima y profunda brillaba en los ojos del marqués, cuya musculatura parecía estremecerse trabajada de una necesidad de voluptuosidad. –¡Eres tontito! – exclamó Émilie, que observaba al Sr. de Sombreuse…– ¡Vente!... ¡Nos lo pasaremos bien los cuatro!... ¡Será más divertido! El marqués cerró los párpados y se inclinó sobre su asiento, mientras las muchachas, muy encendidas, arrastraban al senador a la habitación contigua que iluminaba una lamparilla. Una vez solo, el Sr. de Sombreuse encendió un nuevo cigarro y se echó a reír, viendo al senador, como, en la puerta a medio abrir, le ponía los cuernos. –¿Me esperas? –¡Claro! De regreso al salón, el Sr. de Mauval, muy pálido, con la frente sudorosa, los ojos muertos, se dejó caer sobre un sofá; pero, desde que la Plock y la Beaudoin hubieron retomado lugar a su lado, reaccionó contra el sueño. Quiso que las mujeres se pusiesen de rodillas frente a él; era una fantasía, una sorpresa. Ellas obedecieron. El conde tenía entre sus manos un puñado de monedas, y las hacía caer, una a una, dentro de la blusa y sobre la espalda de las mujeres que emitían unos alegres «brr», cuando el metal helaba sus carnes. En un momento, Augustine arrojó un grito. Una de sus ligas se había roto en el ataque demasiado brusco del Sr. de Mauval, y levantaba sus faldas, contemplando su media de seda negra distendida y el broche de acero sobre la alfombra. De repente, la puta estalló en carcajadas, ocultando entre sus dedos cerrados un objeto que acababa de tomar en uno de los bolsillos del viejo. Se alejó un poco y apareció enseguida con el cordón rojo de la legión de honor a la cintura. Iba y venía, muy cómica – al menos así lo creía– iba, risueña, con su batín levantado a la derecha, mostrando su bella pierna musculada donde la cruz brillaba. Augustine preguntó, manteniéndose de rodillas: –¿Haría falta el par? El Sr. de Mauval balbuceaba: –Vamos, Poupard, dame eso. Pero ya, Émilie se había acercado a su compañera; desató el cordón y lo pasó sobre la corbata blanca del senador; y, retrocediendo un paso para juzgar el efecto: –¡Oh!¡qué divertido estás así!... ¿Entonces, tú eres un hombre muy chic?... ¿tal vez un ministro? –¡Di un príncipe! – dijo seriamente Augustine… – ¡Un bebé con coronas por todas partes, en su sombrero, sobre su pañuelo, sobre su cigarrera, sobre su camisa! –¡En fin, tú eres lo que eres!… ¡Eso no nos importa!...– concluyó la Plock, instalándose al piano. – ¡La canción del Dedal! ¡La canción del Dedal!... – pidió el senador.
  • 7.
    7 Augustine se sentósobre las rodillas del Sr. de Mauval y se puso a cantar algunas coplas que había aprendido entre el polvo de un taller de costura. Las frases tenían un doble sentido. Se trataba de un aguinaldo, de un dedal que no iba al dedo. Una de las coplas decía: Pero mi buena abuelita,[3] A quién contaba esto, Me dijo: Hija mía, créeme, querida, Trabajando, ya se hará. Del buen consejo que te doy, Trata sacar provecho; Este dedal, para que sea bonito, ¡Créeme, no se lo entregues a nadie! El Sr. de Sombreuse, que se había levantado, aprobó con un gesto. Y los tres, las putas y el senador, mezclaron sus voces al estribillo, Émilie golpeando el piano para hacer vibrar las notas graves, el Sr. de Mauval y Augustine golpeando los vasos y las botellas con unos cuchillos. El marqués, armado con unas pinzas, marcaba furiosamente el compás: Era bo-bo; Era ni-ni Era to-to ¡Era bonito! ¡Era bonito! Era bo-bo; Era bonito, ¡Pero era muy pequeñito! –¡Bravo!.... ¡excelente!...– exclamaba el conde. Y, terminada la canción, continuó el solo, con los brazos en el aire: Era bo-bo; Era ni-ni Era to-to Su voz se hacía espesa; ya no era más que un galimatías, una serie de frases inconexas entre los sofocos y los hipos[4]. El hombre todavía farfullaba: E-e - ra bo-bo; E-e- ra ni-ni ¡To-to-to-to!... El Sr. de Mauval hacía esfuerzos para cantar; gimió y de pronto dejó de hablar, con la cara púrpura, las manos temblorosas, los labios colgantes. Las putas ya no se divertían, temiendo que pudiese morir allí, lamentando ambas haber satisfecho todas sus manías. Le humedecieron las sienes con vinagre, le dieron a respirar sales y perfumes de baño, le frotaron vigorosamente la espina dorsal para aplicarle un poco de calor; pero él, recuperando sus sentidos, las toqueteaba todavía, aunque ellas se defendiesen, riendo a su pesar, tan divertido parecía en su calamitosa situación. De pie, contra la chimenea, el Sr. de Sombreuse – con el sombrero sobre su cabeza – murmuraba: «No será nada»; y observaba con atención el flirteo de su
  • 8.
    8 amigo, con esaalegría que crecía en él cuando el viejo se excitaba bajo las provocaciones de las mujeres. El conde Jacques de Mauval se levantó. Titubeaba. Augustine lo ayudó a ponerse el abrigo, no atreviéndose ya a insistir para que su viejo se quedase toda la noche. –Sí… es hora de paaartir… El marqués se puso su lujosa pelliza, cuando la Plock le dijo a quema ropa: –Mi querido amigo, tú no has sido amable esta noche… ¿Otra vez, vale? El Sr. de Sombreuse atravesó el salón sin responder, alejando a Émilie con su bastón. Pasando por delante de la puerta de la cocina, el senador interrumpió su marcha. El viejo sonreía maliciosamente; acababa de percibir a la cridada dormida. –¡Shhh!... La vieja Malvina, en vestido negro, con un mandilón verde, dormía sobre una silla, las gafas levantadas sobre su frente, las cintas amarillas de su cofia colgando sobre sus hombros delgados y apretados como alas de pájaro antes del vuelo; dormía bajo la claridad del gas, el cuerpo inclinado hacia atrás, los pies calzados con unas zapatillas demasiado amplias, la boca, desdentada, grande y abierta al frescor del respiradero del patio. Tal como un gato acechando a un ratón, el senador merodeaba a su alrededor; y, sin que nadie pensase interponerse, tomó un trozo de carbón y dibujó un par de bigotes sobre los labios de Malvina; luego hizo que le escupía en la boca abierta. La mujer no se despertó. Del fondo del pasillo, el marqués reía con sarcasmo; las putas, furiosas, protestaban en voz alta, lanzando grandes insultos. Augustine acababa de mojar su pañuelo y limpiaba suavemente los bigotes de la dormida. Entonces, el Sr. de Mauval, un poco avergonzado de su travesura, extrajo un luís de su bolsillo y lo depositó sobre una esquina del horno, al alcance de las manos de la vieja. Émilie, muy pálida, con los dientes apretados, iba a tomar la moneda de oro para arrojarla al rostro del viejo, a insultarlo en nombre de su parienta, pero el Sr. de Sombreuse, entrando en la cocina, se plantó ante la mujer que, semejante a un animal domado, curvó la cabeza, y, con la lámpara en la mano, iluminó a sus visitantes. El marqués ayudó a su primo a subir en el coche que estaba estacionado frente a la casa, en la calle de Roma; y el cochero, a los órdenes de su amo, fustigó sus caballos en dirección al barrio de Saint-Germain. Durante el trayecto, el Sr. de Sombreuse no dijo más que una frase: –Esas putas son todas iguales: nos encontraremos mejor… –Titine es muy divertiiiiidaaaa, – gruñó el senador, que se dormía. El coche se detuvo ante el palacete de Mauval, en la calle de Varennes. El conde se apeó penosamente, ayudado por sus criados.
  • 9.
    9 II A una ordende su señora, el ama de llaves se retiró. La condesa de Mauval se sentó cansadamente sobre un sofá, al lado del fuego. Se estremecía en su amplio batín de seda blanca, aunque un suave calor reinaba a su alrededor, exhalando su perfume de mujer. Alta, rubia, esbelta, con los ojos negros, con nariz griega, una boca fresca y rosada, un pecho de firmes contornos, la condesa era una de esas mujeres de la alta sociedad que conservan, en las cercanías de la cuarentena, todo el esplendor de su belleza. Su flor de juventud no se había marchitado en medio del estrépito de la lucha para vivir y mostrarse en el laberinto de ambiciones extravagantes; su frente no estaba surcada por esas arrugas precoces que surgen con las preocupaciones por el dinero o los deseos abortados de un rico vestuario. Para este tipo de mujeres, la vida es como una fiesta en la que la primavera fuese la canción. Si temen el inevitable envejecer se dicen que el invierno está lejano y que el otoño todavía tiene cielos abiertos, – el otoño es el estribillo de la canción. Sin embargo la Sra. Julia de Mauval no era feliz. Una tristeza, ignorada por todos, la invadía poco a poco, extendiendo sus sombras sobre su orgulloso rostro; y esa pena era más pesada de llevar en tanto que la condesa buscaba en vano explicarse el misterio. Todavía era bonita, dispuesta a amar; y hete aquí que el conde Jacques – un hombre de cincuenta años, cuando ella tenía apenas treinta y ocho – la abandonaba por otras mujeres. Veinte años de matrimonio, dieciocho años de amor y de amistad; y luego el olvido, el silencio, la desesperante frialdad de un anciano siempre amado; tal era, en este momento, la situación marital de la condesa Julia. La Sra. de Mauval solo tenía una cosa que mitigaba sus penas: las caricias de Thérèse, su encantadora hija, – el vivo retrato de su madre. ¿Qué sería de ella en ese gran palacete, cuando Thérèse, novia ya del joven conde Guy de Laurière, abandonase la casa?... Más rostros inquietos, preocupaciones y lágrimas, preguntándose cada mañana la causa de las noches en vela; más dulces y santas mentiras a invocar para llevar la sonrisa en los labios enfebrecidos por el desbordamiento de las ternuras filiales. Hasta esa noche de noviembre de 1880, la condesa Julia se había resignado al aislamiento conyugal, al único saludo frío y educado que los esposos, después de dos años, intercambiaban al levantarse. El senador afirmaba que iba a su club o bien que sus colegas de la derecha lo llamaban para asistir a conferencias sobre la próxima venida del «Roy». La Sra. de Mauval no creía en esos cuentos del viejo, cuya salud física estaba ya bastante mermada, y cuya razón parecía poco a poco diluirse; pero ella no dejaba ver en absoluto su despecho ni su dolor, sintiéndose fortalecida en esta cruel prueba por su orgullo de mujer y también por su amistad de esposa y madre. Tras largas oraciones, se decía que Dios se apiadase de ella, que si el Soberano Señor la hacía sufrir de ese modo, supiese lo que se estaba esforzando; se decía que su veleidoso marido, en un momento de lucidez, pronto tomaría su lugar en el hogar doméstico; y, creyente, esperaba, valiente. Pero el tiempo pasaba. El viejo aristócrata llevaba una existencia tan desordenada, regresando a casa al amanecer, a menudo borracho, muerto de cansancio, dando a sus gentes el espectáculo del fruto de sus orgías, que la condesa comprendió que había llegado la hora de intervenir.
  • 10.
    10 La Sra. deMauval por fin se despertaba de ese sueño en el cual, con su fe en el porvenir y toda su confianza en Dios, estaba sumida. Surgía en ella una necesidad de rebelarse, una rebelión grande y reflexiva, la idea de reconquistar al hombre que unas putas le habían robado, despreocupadas de la salud de ese frágil viejo. Soñadora, volvía a ver el camino tan rápidamente recorrido, los encantadores viajes, las dulces vacaciones, las brillantes fiestas donde el talante de él y la gracia de ella hacían conquistas. Volvía a ver iluminada, como en un panorama bruscamente evocado, su vida, ambos, una llama de sol, luego las tinieblas. Y en ello había un imperioso deseo de detener al marido en su marcha fatal e impedirle caer más bajo, por mucho que le costase. ¡Se sentía dispuesta a todos los sacrificios! Su noviazgo había sido una historia sencilla. El conde Jacques de Mauval, aristócrata normando, había ido, hacía ya veinte años a Gironde, a pasar las vacaciones a casa de sus padres, los Ferville, en una propiedad situada a algunos kilómetros de Burdeos, en la carretera de Libourne. El joven, poseedor de una gran fortuna, había vuelto a ver a una prima rica y encantadora. Paseos a caballo, a pie, en barco; baños de mar en Arcachon y en Royan; piano; romances, charlas vespertinas; Julia de Ferville se convertía en condesa de Mauval. Su matrimonio se remontaba a 1860. A la muerte de sus padres, el aristócrata del Norte vendió sus tierras de Normandía, para aumentar el valor de sus dominios del Bordelais y adquirir nuevos viñedos. Durante el segundo Imperio, el conde vivió apartado de todo tipo de actividad política, ocupándose sobre todo de la agricultura. Obtuvo un diploma de honor en el concurso regional de Burdeos, fue condecorado y nombrado vicepresidente de la Sociedad de Agricultura de Francia. En la Exposición Universal de 1867, obtuvo la cruz de oficial; dos años más tarde, era ascendido al grado de comandante de la Legión de honor, sin que hubiese hecho nada para justificar tan grandes recompensas. El Sr. de Mauval tenía mucho espíritu; era rico, familiar, generoso; se le adoraba en la Gironde; sabía encandilar. Los aparceros de Ferville no juraban más que por «su señor», un aristócrata nada orgulloso, que estrechaba la mano de los aldeanos, acariciaba a los pequeños y, llegada la ocasión, besaba a las mujeres. El Imperio veía en él una fuerza a utilizar. El conde, un poco vanidoso, aceptó el cordón rojo, a pesar de los reproches de su familia, aunque persistió en rechazar cualquier candidatura oficial. Pero, después del 4 de septiembre, se convirtió en uno de los más fervientes organizadores del partido realista, y el departamento de la Gironde lo envió como representante en la Asamblea nacional. Enseguida fue elegido senador; y, uno de los más jóvenes, era uno de los miembros menos asiduos al Parlamento, afirmando ya su versatilidad en todas las cosas. El único antiguo pariente que le quedaba era el marqués de Ferville, – el padre de la condesa Julia, – cazador endiablado, excelente hombre, aislado en un castillo con sus criados, sus caballos y sus perros. La familia de Mauval era uno de las más ilustres casas de Francia. Databa del tiempo de las Cruzadas. Originaria del Poitou, trasladada más tarde a Normandía, contaba entre sus antepasados con templarios, comandantes de Malta, un Papa, arzobispos, presidentes de Parlamento, varios grandes capitanes, sabios, políticos. Representaba a la vez la nobleza de porte y la nobleza de espada. Su blasón llevaba esta divisa: Nil nisi Deo et virtute.
  • 11.
    11 Los Mauval pasabanel invierno en Paris, en su palacete de la calle de Varennes, que era propiedad del conde. La joven y elegante bordelesa figuró pronto en cabeza de todas las obras de caridad, no escatimando su tiempo ni su cartera para aliviar las miserias parisinas. Hace apenas algunos meses, el senador, que raramente asistía a las sesiones de la Asamblea, daba sus paseos por el Bois; pero ha tenido que renunciar a ello, desde que se ha entregado a la fiesta infernal que dirige su primo, el Sr. de Sombreuse. En menos de dos años de desenfreno, el rostro del aristócrata se ha hundido y ajado: el cuerpo se ha encorvado en uno de esos decaimientos que explican una súbita derogación de las leyes de la higiene y una malsana exaltación de los sentidos. El viejo se sobresalta bajo unos tics nerviosos; e incluso, en la casa, bajo las tristes miradas de su esposa y su hija, se dedica a risibles excentricidades para los demás, pero crueles para los suyos. La condesa Julia es presa del miedo al recordar lo que fue ese hombre, antaño tan encantador, tan espiritual, cuando lucha para distraerle de esta insólita actitud al que su imaginación lo empuja. ¿Cuál es la mano que se ha posado sobre ese rostro de hombre, sobre esa cabeza gris, ayer todavía digno de todos los respetos, de todas las amistades, de todas las devociones?... ¿Quién es el misterioso alquimista que ha abierto ese cráneo, que ha macerado ese cerebro para destruir en él la divina esencia – la llama azul que brilla, al aliento del honor y del amor – que, por si sola, inspira el deseo de amar y concede la dicha de ser amado?... ¡Oh! ella lo sabe muy bien. La condesa Julia conoce al individuo bizarro, al demonio familiar y extraño que se ha propuesto la destrucción de su felicidad, el desmoronamiento de sus sueños. Conoce esa mano que arroja al viento helado las cenizas de su hogar, que aparece bruscamente en su casa, cuando ella ruega a Dios alejarlo para siempre, y no se equivoca, dejando recaer sobre un solo hombre el peso de sus angustias y sus terrores. Este hombre es el pariente de su marido. Desde que el Sr. de Sombreuse regresó de sus lejanos viajes, desde que se introdujo en el palacete de la calle de Varennes, el conde de Mauval se ha convertido en su dócil esclavo, y le sigue a todas partes, vaya a donde vaya. El primo lo pasea al antojo de sus fantasías; y cada día, cada noche sobre todo, realiza sus desoladores estragos. En vano la joven mujer ha tratado de interponerse entre el tenebroso conductor y su víctima: los dos hombres no la escuchan. ¿Qué pide este pariente, tanto tiempo en el anonimato? ¿Por qué viene a arrancar al esposo de las caricias de su mujer? ¿Por qué despierta al conde Jacques con palabras susurradas en voz baja que avivan el incendio en los ojos del viejo? ¿Por qué, una noche, mientras todos charlaban animadamente, el marqués apareció súbitamente, excusando con sus delgados labios y con su voz melosa, su repentina entrada? ¿Por qué el Sr. de Mauval regresa tan pálido, tan miserable, tan apagado, como si el otro, siempre fresco y fogoso, a pesar de su edad, le vertiese, sin tomar su parte, un licor mortal? En el silencio de la habitación, la condesa Julia se estremece ante el ser malévolo que sonríe con sonrisa sarcástica, arrastrando a su presa. El marqués es rico. No espera nada de ellos; sabe bien que tienen una hija. ¿Por qué entonces parece querer llevarse a su primo a la tumba?... Y sobre todo, ¿por qué no lo arruina el cansancio a él también?... ¿Por qué conserva la eterna frescura de su rostro, la elegancia en sus maneras, mientras su víctima se hunde y la sonrisa de Jacques se apaga bajo el rictus de un loco?... ¿Por qué quiere destruirlos a ambos, a él con las orgías, a ella con el dolor?... ¿Qué bárbara misión se ha impuesto?...
  • 12.
    12 En varias ocasiones,la condesa ha estado a punto de hablar con el Sr. de Sombreuse, de suplicarle que dejase a su marido. Ella así lo quería; pero el marqués la ha detenido con un gesto, como si él no comprendiese. La actitud del marqués es tal, que realmente la condesa ha dudado de sí misma, de su razón. Los dos hombres han recorrido todo París; y, por la mañana, como las demás mañanas, el conde ha regresado al palacete, más bajo, más abatido, más sufriente, menos hombre. En presentica del Sr. de Sombreuse, la señora de Mauval se siente molesta, vigilada, sin que le sea permitido protestar contra esa molestia, contra esa vigilancia; la mirada sangrante del viejo aristócrata la fascina o la espanta. Fríamente, razona: se ha interrogado a sí misma, registra en el pasado los menores incidentes de su infancia, de su juventud, de su vida de esposa y no encuentra ninguna explicación plausible a la autoridad a la que está sometida el conde, al espanto que le inspira el primo. Él, el marqués, ha permanecido mucho tiempo en el extranjero; ha asistido de casualidad al matrimonio de su pariente, y ha vuelto a partir, al día siguiente, en un paquebote con destino a la Baja Conchinchina. No tuvieron noticias de él, y cuando, hace tres años, regresó a Paris, a su palacete de la calle de Grenell-Saint-Germain, se ha presentado en el domicilio de su primo, con toda naturalidad, diciendo que venía a acabar sus días junto a ellos. Y, desde hace ya dos inviernos, el conde Jacques ha comenzado sus locuras, y ya ha dejado de amar a su esposa, y a abandonar su casa; fue a partir de ese momento cuando el Sr. de Mauval ha dado muestras de desmoronamiento intelectual que nada ni nadie hacía prever. El Sr. de Sombreuse ordena, pero parece obedecer. –¿Vienes, César?--- ¿Nos vamos allá, sí o no? – pregunta el senador, nervioso. Y el marqués se aparta alegremente de Julia y de Thérèse, diciendo: –¡Señoras, qué vaya bien!... ¡Preparamos el regreso del Roy! Tras tantos razonamientos, como la Sra. de Mauval no podía explicar la conducta del marqués, su singular actitud, comprendiendo al mismo tiempo que no debía esperar nada de ese hombre, de ese extraño mentor, – decidió reconquistar ella misma a su querido esposo. Una duda crecía en ella: «¿Qué tienen las demás que yo no tengo?...» Todavía no tenía cuarenta años; aún era una «mujer» en el sentido fisiológico del término, sumisa a las leyes de su sexo. Precisamente la menstruación acababa de desaparecer, y ese fardo de sangre y vida, del que la condesa Julia se había desprendido, había aligerado su cuerpo, hecho sus carnes más firmes, sus movimientos más rápidos, su boca más fresca, la luz de sus ojos más brillante. En esa renovación de juventud, la Sra. de Mauval se sentía impulsada por vagos deseos; un aliento de sensualidad se desencadenaba sobre la mujer, removiendo los exquisitos recuerdos de las batallas conyugales, de los pudores dejados a un lado, de los castos abandonos, de las ardientes voluptuosidades. Era un veranillo de San Martín que la calentaba! La condesa Julia se levantó del sofá donde, desde varias horas, había permanecido sentada, enfrascada en sus pensamientos. Caminaba, enervada, sobre las alfombras de la habitación, delante de la gran cama de roble, muy majestuosa en la alta estrada, llevado en el frontón del dosel de antiguas telas, la corona condal, encima de las armas enlazadas de las dos familias. Ella caminaba, con los ojos brillantes, las mejillas encendidas, estremecida bajo una irritación desconocida, en una tumultuosa exaltación de los sentidos. Pronto le vino a su mente la presencia de su hija, su Thérèse que dormía al fondo del corredor, en su cama blanca de
  • 13.
    13 jovencita, sería laesposa de otro hombre, y un silencioso ruego se exhaló de su alma para que la niña de sus carnes no conociese la terrible visión del lecho nupcial abandonado. Bruscamente, levantó la tapicería que adornaba su vestidor, donde las altas lámparas vertían un polvillo de oro. La señora de Mauval se complació mirándose en el gran espejo del fondo, donde se veía de cuerpo entero. Sonrió a su imagen, feliz de ser todavía bella; y, atormentada con un fogonazo de celos, quiso juzgar si realmente, en las veleidades del combate amoroso, estabas armada para la lucha. Estaba en su casa; y si su orgullo debía ser herido, y si su pudor de mujer se revelaba, ningún testigo la vería temblar ni enrojecer. Tras alguna vacilación, la condesa se deshizo de su batín, que cayó a sus pies; quitó sus finas batistas, desprendiéndose de todos los tesoros de su lujo íntimo, dejando formase una acumulación perfumada por el dulce olor de las carnes. Julia estaba desnuda: su larga cabellera dorada se expandía sobre sus hombros; unas luces discurrían sobre sus caderas de delicados arqueos, por debajo de los montículos y las sinuosidades de su pecho, pasaban rápidos sobre las flores de los senos, sobre los brazos, y las piernas moldeadas finamente, iluminando y besando todo de un golpe, y con una llama más intensa, y con una caricia más tierna y más cálida, las misteriosas maravillas de esta mujer triunfante. Lejos de deformarla, la maternidad ya lejana, la había dado una audacia de contornos y un cincelado de cintura y en el nacimiento de los senos, allí donde las líneas debiesen haber sido más flácidas, demasiado lánguidas, esos ligeros defectos inherentes a la mayoría de las muchachas del Midi. Permanecía allí, tranquila, orgullosa, casta, con los párpados medio cerrados, ante la armonía y la belleza de sus formas, en presencia de la otra mujer, – su retrato, – al que ella miró un instante, ya no con ojos de ira, sino apaciguada, diciéndose que las rivales vivas desaparecerían muy pronto, igual que iba a desvanecerse su propia imagen reflejada. Y viéndose bonita, se sintió poderosa, alegre. Acostada y soñadora, bajo el fulgor de una lámpara, encantadora en su larga camisa de surah, con su gorro de dormir discretamente estampado con florecillas azules, Julia, con la mirada fija en el reloj de péndulo de plata antigua, esperaba. ¡Oh! ¿Por qué tardaba tanto? Dieron las cuatro. El conde Jacques jamás había llegado tan tarde. Todos los celos de esposa se desvanecían. La condesa solamente temía que algo malo le hubiese sucedido a su marido, que lo trajesen herido, moribundo tal vez, y sollozaba con la idea de que ella no estaba a su lado, no importaba dónde, ¡para socorrerlo! Iba a levantarse, a ordenar a sus criados que recorriesen París; iba a despertar a su hija, pues no podía dejar al pobre viejo allí, al pobre viejo que ella amaba, dejarlo solo con ese hombre, ese pariente bárbaro, que, sin duda, aprovecharía su debilidad para propinarle el último golpe. Pero no se atrevió a formular tales órdenes, temiendo el ridículo más por él que por ella. Al final, las primeras claridades del día aparecieron. Unos ruidos de voces subían de las profundidades del palacete. Levantada de su cama, pálida como una muerta, la señora de Mauval adivinaba la escena: el conde estaba borracho; Baptiste y François, los mayordomos, ayudaban al aristócrata a subir la escalera. No era la primera vez que semejante cosa ocurría en la noble residencia.
  • 14.
    14 Los criados atravesabanlentamente el corredor; el senador caminaba en medio de ellos, con las manos apoyadas sobre sus hombros, tropezando, gesticulando, emitiendo unos «¡gnouf! ¡gnouf!» con voz débil. Al cabo de algunos minutos, la condesa pudo oír los pasos de los cridados que se retiraban, tras haber desvestido y metido en la cama a su amo. Ella permaneció silenciosa, tratando de dormir. Pero, de repente, en el brusco despertar de su adormecimiento, con la idea en la cabeza de alguna desgracia, golpeó su mano contra la pared tapizada; llamó, del mismo modo que hacía él, en las horas de amor, de un modo discreto. No hubo respuesta. Golpeó de nuevo, más fuerte, desazonada. El mismo silencio. De un impulso, sin reflexionar, presa de una valentía de esposa, se levantó, puso rápidamente sus faldas y su camisa, y abrió la puerta que comunicaba con la otra habitación. Dulcemente, el corazón latiendo, como la primera noche de bodas, se acercó a la cama nupcial. Las velas de los candelabros estaban apagadas, pero un delgado hilillo de luz diurna se deslizaba a través de las cortinas de la ventana. Con el cuerpo inclinado hacia delante, reteniendo su aliento, preguntó: –¿Amigo mío?... ¿Jacques?... ¿Jacques?... El rostro del hombre, hundido en las almohadas, se movió penosamente. Una voz pastosa respondió: –¡Ah! ¿eres tú Julia? Había dicho eso con naturalidad, como si la actitud de su esposa hubiese sido habitual. La condesa continuó: –Temía que estuvieses enfermo… Él sacudió la cabeza; pero un hipo, seguido de un ataque de tos, lo obligó a levantarse. A la luz más grande del día, la señora de Mauval puedo ver el rostro deformado, enorme, gesticulante. El viejo tosía, sacudido por un acceso formidable; y, como él buscaba su pañuelo, ella tomó uno en el cajón del armario y se lo presentó, manteniéndolo ella misma para que él estuviese más cómodo. La tos se había calmado. Entonces, el senador descansó su pesada cabeza, con los ojos inyectados en sangre, sobre las almohadas que las manos de su esposa habían dispuesto. Un brillo de inteligencia regresaba al Sr. de Mauval. El aristócrata miró a su esposa, asombrado ahora de verla allí, a esa hora, junto a él. Esperaba recriminaciones, reproches; ella no pronunciaba más que tiernas palabras, preguntándole si quería tomar un poco de manzanilla. Precisamente, ella había preparado una en su habitación. Él aceptó; ella le hizo beber en una taza, como la pequeña Beaudoin le había hecho beber en la casa de la calle de Roma; él lo agradeció con un hipo, salpicándola. Sin protestar, ella se secó el rostro, sobrellevando todos los disgustos, todos los rencores. La sed del viejo no se apaciguaba. El conde se sentó sobre la cama y pidió una jarra de agua; bebió a grandes tragos con avidez. –Ya es suficiente, Jacques, – suspiraba ella, con las manos tendidas… – ¡Vamos, vamos, sé razonable! Finalmente, él entregó la jarra y se introdujo bajo las mantas. El señor de Mauval tenía siempre la mirada detenida sobre Julia; la miró con un fondo vago, tenebroso, hasta el momento en el que pareció querer descansar, apoyando sus brazos sobre su pecho jadeante.
  • 15.
    15 –Voy a quedarcontigo, – dijo ella, afectuosamente… Se desvistió y se deslizó en la cama, para calentar con su calor el cuerpo helado del viejo. Pero en el aturdimiento de la borrachera, bajo la amenazadora congestión cerebral, el cuerpo no se calentaba. En esa musculatura debilitada por los excesos, se producían sobresaltos, sofocaciones. Los hipos y las necesidades de vomitar se redoblaban, y el horror no disuadió a la mujer que, habiéndose levantado, permaneció allí, dispuesta a todo, no queriendo ofrecer ese espectáculo a nadie, limpiando las jofainas, yendo a tomar agua para lavar las deyecciones del hombre. Cuando las sábanas estuvieron manchadas hasta no saber dónde poner un pie ni una mano, el viejo se durmió, muy cansado, roncando como un bruto. Tras haberlo limpiado, le puso un pijama de franela y una camisa… Luego lo tomó valientemente entre sus brazos y, sin doblarse bajo el fardo, lo llevó a su habitación, a su cama, y se acostó a su lado, para vigilar su sueño. Lo besó tiernamente en la frente; él seguía roncando… Ella no durmió ni un minuto, permaneció en su lugar, con los pies fríos y dolor en el corazón, no moviéndose por temor a despertarlo. La señora de Mauval no tuvo ni un instante de desfallecimiento. ¿Abandonar a ese hombre, tras veinte años de matrimonio?... ¿Dejarlo apagarse en su infamia?... ¡Oh! no, ella no quería eso! ¡Sabría protegerlo, atraerlo de nuevo a ella, apartarlo de las putas que se lo robaban! Y, decidida, la condesa pensó en los medios de reconquistar a su marido, al «viejo niño», al ser débil.
  • 17.
    17 III Calle de Grenelle-Saint-Germain,entre un amplio patio enlosado, con las paredes tapizadas de hiedras y un jardín de césped amarillento, bajo el ramaje de viejos árboles, – un palacete construido por el general Poulprit y decorado por Watteau. Era allí, en la vecindad de la familia de Mauval, donde vivía, desde hacía tres años, el marqués Pierres-Antoine-César de Sombreuse. La residencia que el viejo aristócrata acababa de comprar y de pagar al contado, a su llegada a la capital, parecía haber sido construido, según sus intereses, por un antepasado que – presagiando el futuro– hubiese adivinado los gustos y las costumbres del futuro habitante. En la calle de Grenelle, una fachada gris, polvorienta, muda, con diez ventanas enrejadas, un portal de garaje pintado de verde claro y armado de fuertes herrajes; a la izquierda, del lado del bulevar SaintGermain, la puerta de servicio. Exteriormente, aparentaba una forma sobria, monástica, casi un convento. En el interior, todos los refinamientos del lujo, todas las excentricidades del arte, todas las sorpresas que puede inventar una imaginación activa, todos los tesoros que sabe reunir la mano delicada de un artista millonario, y también todas las rarezas que sueñan los locos en su eterno delirio, deslumbraban la vista, despertaban los sentidos, encantaban el espíritu o golpeaban de espanto. Una parte del palacio había sido sacrificado, con motivo de la reciente instalación de un inmenso vestíbulo transformado en jardín de invierno; aun así, el domicilio era todavía muy amplio. Las estatuas de mármol, las poderosas o graciosas pinturas, los bronces, las piezas de orfebrería, los muebles artísticos, los bibelots más raros, se disponían, aquí y allá, en los estantes, en los largos corredores, en los salones y las habitaciones, para satisfacer las inexplicables fantasías de su propietario. En el dormitorio, entre unas cortinas decoradas con flores azules y oro, sobre decorados de Gobelins, se balanceaban unos esqueletos de mujeres y niños rodeados de metales preciosos, colgando en el techo por hilos invisibles, y en las esquinas, al lado de las pastorales de Saxo, unos quemadores de perfumes japoneses. Encima de unas consolas se encontraban unas ninfas de malaquita, un espejo de plata; había cabelleras humanas de todos los colores, cuernos de ciervos, fetiches de hombres y animales, kriss de java, knouts, una guillotina en miniatura, y una serie de instrumentos de suplicio innombrables. Al lado de la habitación, situada en el primer piso, un baño de mármol negro con aparataos de hidroterapia, una bañera de plata maciza,; dos pequeños salones de relax, uno de verano, el otro de invierno: el primero, amueblado al estilo oriental, todo en bambú, con un cielo de juncos de color, paredes de esteras, y colgando del techo, cruzados como velas de navío, colgaduras estivales; una hamaca, pagodas imágenes fantásticas; el salón de invierno, muy cálido: sofás rusos, tapices de Esmirna, mullidos cojines, divanes. Al fondo del corredor, iluminado por unos vitrales procedentes de alguna catedral gótica, la biblioteca, que solamente contenía un millar de volúmenes, una biblioteca de hombre sensual: in-folios, pergaminos envejecidos; miniaturas preciosas, toda la obra erótica desde los clásicos hasta los modernos, desde Suetonio, Petronio, Juvenal, hasta los escritos de la edad media; desde las obras
  • 18.
    18 íncubos y súcubos,hasta los cuentistas del siglo XVIII y los novelistas contemporáneos de temática psicológica. Grabados al agua fuerte, sobre madera, sobre cobre; carboncillos, pasteles, acuarelas, estampas, recreando siempre escenas libidinosas, pues el aristócrata parecía no complacerse más que en una idea fija. Entre estas maravillas se encontraba, guardado en una caja de roble, un gran álbum que el Sr. de Sombreuse había traído de un viaje a través del extremo Oriente. Este álbum, de hojas de seda, encuadernado con piel humana, del pecho de una joven púber en la cubierta, y en el dorso de la espalda de un muchacho virgen, era la obra de un gran artista japonés. Le había costado al marqués cien mil francos. Se trataba de una serie de acuarelas en las que se contaba la historia de una joven mujer, de una señorita Tántalo, que, descontenta o decepcionada de sus amores con los hombres, y tal vez de sus orgias con las mujeres, pedía sucesivamente goces a los animales. En la primera página, un topo saliendo de tierra, luego un perro, un caballo, un mono, un chivo, un tigre, un murciélago, finalmente un pulpo: esos seres, en posiciones variadas, se acercaban uno a uno a la mujer, mostrando, en la manifestación del placer, signos propios de su sensualidad. Cada uno de estos animales expresaba una sensación especial que la victima parecía resumir a su vez mediante miradas, risas, exaltamientos, locos disfrutes o espantosos terrores. A la aparición del pulpo, tan solo se veían las dos piernas de la mujer: el resto del cuerpo se perdía en las tinieblas de la nada. A veces, el marqués se quedaba toda una noche entera admirando los dibujos del álbum, de esa obra maestra única en el mundo. Una puerta de la biblioteca se abría sobre un cuarto llamado: «Habitación de La Hire.» Allí, en un pequeño vestíbulo decorado de verde oscuro, con suelo cubierto de fina arena, de claros ventanales, bajo un cocotero artificial, en una especie de cabaña rustica y musgosa, vivía el mejor amigo del marqués: su mono. El animal se llamaba La Hire, como la dama de corazones2. Era un orangután negro, de la tribu de los catarinas, de rostro oliváceo entre dos patillas de rojo intenso, con el aplastamiento nasal muy marcado, dirigido hacia abajo, de cola muy pequeña, de un metro noventa de altura, la talla de un buen caballero francés. Sus miembros gráciles y largos llegaban casi a tierra; sus esbelto cuerpo, de pelo abundante, estaba dotado de una gran energía muscular; su cráneo redondeado, sus ojos vivos, su morro poco prominente, cuyo ángulo no parecía más oblicuo que el de un negro, le conferían una sorprendente semejanza con el hombre. Glotón, sensual, ladrón, encarnaba todos los vicios de un mal criado; pero el amo le perdonaba sus defectos, a causa de su vivacidad y habilidad. El mamífero encantaba al marques tanto por su glotonería como por su notable inteligencia. En sus días de buen humor, el Sr. de Sombreuse adiestraba a su mono a abrir las puertas, a ejecutar giros de trapecio, a enjuagar los vasos, a desabrochar los botones, a doblar los trajes, a servir la mesa. Los criados de la casa tenían por el animal un respetuoso cariño; y un negro, Jack Novar, uno de los mayordomos, – más especialmente predispuesto a la custodia del mono, – iba dos veces al día a limpiar la estancia del animal y a abrir los grifos de un gran pilón de mármol blanco. 2 Se refiere al naipe que forma parte de los juegos de cartas occidentales tradicionales. Es una figura y representa un personaje. En las cartas antiguas francesas, el nombre «Lahire» está inscrito en las esquinas de la carta. Esta denominación probablemente se refiera al sobrenombre de Etienne de Vignolles, compañero de armas de Juana de Arco. (Nota del T.)
  • 19.
    19 La Hire bebíaagua o leche y se alimentaba indiferentemente de hojas de lechuga, de berros, de queso fresco, de nueces y de dátiles; su abrevadero estaba siempre lleno. El Sr. de Sombreuse lo había traído del Nuevo Mundo; y desde más de dos años que estaba allí, el simio se habituaba cómodamente a su lujosa esclavitud. En los días de buen tiempo, Jack Novar desataba la cadena de plata que mantenía atado el mono a su cocotero; y ambos, el hombre negro y el animal, como buenos amigos, con composturas y gestos más o menos semejantes y una gran similitud de rostro, salían a dar una vuelta por el jardín, bajo la vigilancia de su amo. El personal del palacete se componía de un mayordomo; un jefe de cocina con dos ayudantes; un primer y segundo cochero, sin contar los hombres de los establos; un sommelier, un heladero; Jack Novar, criado del mono; James Sthol, antiguo jockey, ayuda de cámara del marqués, y Marguerite Prunier, ama de llaves, – una robusta muchacha de dieciocho años, de cara picarona, muy perezosa y golosa. Todo el servicio obedecía a una gobernanta, la Señora Joséphine Ponceau, que poseía toda la confianza del dueño. Descendiente de las más antiguas familias de Bretaña, huérfano muy pronto, millonario, el Sr. de Sombreuse – Sombreuse, en la antigua ortografía de la palabra – había pasado su vida recorriendo el mundo, escoltado por Joséphine Ponceau, su gobernanta hoy, su amante antaño, a la que él relegaba a las atribuciones de matrona. Hacía ya varios años que el marqués, que ya era sesentón, vivía en un palacio en Saigón, cuando, de súbito, un violento deseo de volver a ver Francia había germinado en su alma, un poco harto de todo; se había decidido a abandonar la Baja-Conchinchina y acabar sus días en París, junto a los Mauval, sus únicos parientes. Observando su actitud en el salón de Émilie Plock, viéndole vaciar su vaso, despreocupado de las putas, se hubiese podido creer que el viejo marqués no tenía ya más que un solo vicio, la bebida. Nos hubiésemos engañado. El viejo era uno de esos seres que viven y no se mueven más que mediante la actividad sexual. Era la prueba viviente de que la pasión de los sentidos es la única que no perdona, que arrastra a sus víctimas – hombres y mujeres – hasta la última hora, los mina, los consume de tal manera que solo les queda una fuerza, un músculo, un movimiento, un atisbo de inteligencia. El jugador queda herido en el momento que ya no tiene dinero; el alcohólico muere desde el momento que ya no puede beber; el ser sensual funciona siempre, incluso cuando su cuerpo está usado, acabado, «incapaz». A la degradación del organismo vital, sucede el lento debilitamiento de los goces del espíritu, pues el espíritu, él también, es un vicioso, el más grande de todos, el más tenaz, el más difícil de apagar, el más reacio al inevitable envejecimiento. Este desmesurado apetito que el Sr. de Sombreuse jamás había tratado de mitigar, procedía de su raza, constantemente unida por lazos consanguíneos, estirpe demasiada altiva y poco razonable para permitir a una sangre nueva regenerarla mediante sus elementos vitales. Desde siglos, la familia de Sombreuse, afincada en las tierras de Bretaña, enclaustrada en su hacienda, rechazaba toda alianza ajena. Los primos siempre se habían casado con las primas; de ahí, un debilitamiento gradual en la obra de la heredad. Lejos de cuidarse, el marqués, cuya infancia fue enfermiza, muy pronto dio rienda libre a sus inclinaciones, exaltado en los deseos por una inmensa fortuna. Pero, en su madurez, mientras recorría las estepas de Rusia, como turista, su musculatura quebrantada se fortificó con los ejercicios violentos y las largas marchas, y pronto, el ser enclenque se transformaba en una especie de Hércules del norte, de amplio tórax, con unos vigorosos pectorales. Se produjo de este modo una lucha entre la actividad física desbordante y una tara congénita[5]. El equilibrio se
  • 20.
    20 había mantenido hastaese momento, a pesar de las constantes peregrinaciones bajo los diversos climas del mundo, a pesar de la incesante labor de un cerebro enloquecido, de tal modo es poderosa la higiene bien comprendida. El Sr. de Sombreuse volvía a Francia para reposar en el sueño de mil aventuras, rodeado de numerosos recuerdos de sus viajes. Se instalaba en París, sabiendo bien que no encontraría en esta ciudad de occidente las extrañas emociones que había sentido en medio de los orientales, entre esos pueblos donde el sol calienta más fuerte que en la vieja Europa, donde las mujeres son más lujuriosas y donde las libertades de vivir son más grandes. Y he aquí que, de golpe, con motivo de su primera visita al palacete de la calle de Varennes, al domicilio de sus parientes los Mauval, el aristócrata se había estremecido bajo los hermosos ojos de la condesa. No había vuelto a ver a su prima desde el día de su boda, donde le había parecido una bonita señorita, pero no lo suficiente para dejar huella en su espíritu, y el hombre no podía sustraerse de la obsesión por la dulce prima. Al principio le produjo hilaridad, alzándose de hombros ante este amor senil que crecía; incluso se lamentó de sí mismo, recordando sus aventuras galantes, plenas de lujuria, los millares de hermosas mujeres con las que yació en su camino, los inolvidables palacios, las conquistas fáciles o difíciles, los encantadoras adúlteras. Y, como la idea no se le iba de la cabeza, se regocijó con ella, considerándola como un síntoma alegre de sus renacientes fuerzas. De nuevo se arrojó al placer. Tuvo amantes en la alta sociedad, en la burguesía, entre las putas; tuvo la satisfacción de corromper a una decena de burguesas de porte grave y trajes abotonados hasta el cuello; se hizo protector de actrices de moda, de estrellas de la danza, cliente de casas sórdidas, educador de algunas chiquillas entregadas a él en lugares innobles, el generoso amante de ciertas duquesas pobres y viciosas; en una palabra, fue el director de la orgía parisina, bajo todas sus formas, en toda clase de sociedad, un gran artista. Pero el recuerdo de la señora de Mauval permanecía anclado en el cerebro del viejo, que, en lugar de desviar su pensamiento, lo aprehendía más, tratando de buscar las ocasiones de hablar con su prima, de introducirse en su domicilio, de sorprenderla en medio del desorden de la intimidad, en su vida de esposa y de madre. Después de una comida familiar en la que Julia se había mostrado amable, espiritual, afectuosa, casi tierna con ese primo mayor venido de países extranjeros, el marqués regresaba a su palacete completamente enfebrecido de esperanza. Soñaba con la mujer, en un deslumbramiento de aurora. ¡La bien amada iba a venir!... ¡Ella era suya!... Desde el día siguiente, al espejismo luminoso sucedían las sombras de las realidades presentes. La condesa retomaba su actitud grave; y él, el don Juan exótico, no encontraba ya sus frases de gran elocuencia, ni sus poses de caballero galante. Farfullaba, tartamudeaba, igual que un colegial vergonzoso; y como no se preocupaba de los peligros que podrían atraerle las gestiones demasiado precipitadas, demasiado atrevidas, nunca tenía en consideración el temor de ser rechazado por completo. Pronto, todas las fabulosas aventuras del marqués se desvanecieron: sus caprichos de niño, sus proezas de juventud, sus voluptuosidades, sus locuras de senectud, nada quedó. Fue como el desmoronamiento de esos cuadros vividos de lujuria que el viajero había experimentado a lo largo de su ruta a través del mundo, para regocijar el espíritu en su vejez todavía verde. Desearía vencer, expulsar la imagen, huir de la eterna canción. Pero al igual que una orquesta, cuando entra el
  • 21.
    21 solo de flauta,los demás instrumentos se callan, en su imaginación cantaba solamente una voz, la voz de la mujer amada[6]. El Sr. de Sombreuse conocía a la señora de Mauval. Le bastaron algunas pocas entrevistas para apreciar la firmeza de su carácter, la profunda amistad que Julia sentía por su marido, el tierno amor que experimentaba por su hija. Sabía que Julia era católica, muy religiosa; y que a falta de otros sentimientos, su miedo al pecado y su creencia en Dios la hubiesen detenido y protegido contra sí misma, llegada la tentación. La prima era rica. No podía pues seducirla por el brillo de su oro y de su lujo; él tenía sesenta años, diez años más que el senador, y no podía esperar despertar en la señora de Mauval un capricho por su cabeza canosa. Sin embargo él la quería, la solicitaba, la llamaba, perdidamente, con todo el poderío de sus fuerzas, con todo el furor de su carne marchita. Por ella, él se medía, se cuidaba, esperando siempre una ocasión favorable. En el palacete de la calle de Varennes, el marqués apareció muy elegante, a la última moda; colmaba a Thérèse de regalos, enviaba ramos de flores a la madre, y todas sus delicadezas de hombre de mundo, de pariente afectuoso, no adelantaban gran cosa su campaña amorosa. Aunque la noble familia no lo trataba como a un burgués, como a un tío a heredar, él sentía que se sonreían a escondidas de su orgullo exagerado de viejo apuesto, de sus abrigos cortos, de sus corbatas de satén rojo y de su rostro anguloso maquillado de rosa. Toda esa mentirosa primavera era inútil. Enseguida, el marqués pensó en arrastrar al desenfreno a su primo Mauval, arruinar poco a poco el temperamento del esposo, de pasear al hombre a través de los vicios parisinos, para convertirlo en un ser grotesco, odiosos para su esposa. La tarea era tanta o más fácil, debido al débil carácter del senador, incapaz de una energía y de una negativa. Tras algunos meses de intimidad, el Sr. de Sombreuse gobernaba a su guisa al marido de Julia. Se dedicaron a los libertinajes en esas mismas casas que el marqués había frecuentado, mientras que él trataba de olvidar su doloroso amor. El mentor, habituado a la orgía, se moderaba, mientras que el senador, cuya existencia había sido plácida, con una juventud poco tormentosa, arrojaba a todos los vientos los últimos despojos de sus fuerzas. El Sr. de Sombreuse vigilaba con mirada celosa la caída de su primo, con el pensamiento en el espíritu de que la hora en la que la Sra. de Mauval buscaría un consuelo o una venganza, estaba próxima. Él estaría allí, consolador o vengador; ¡poco le importaba! El pequeño viejo se rompía por todas partes, ardía por todas partes, y la obra de destrucción satisfacía al destructor. Ahora bien, al día siguiente que siguió a la pequeña fiesta de la calle de Roma, el Sr. de Sombreuse se despertó a mediodía, casi alegre. Apareció James Stolh, el ayuda de cámara del aristócrata. Abrió las persianas de la habitación y presentó a su amo una bandeja de plata repleta de una voluminosa correspondencia y una pila de periódicos. Ese James Stolh, de origen inglés, era un gran joven de tez rosada, sin barba, un poco mofletudo, con una cabellera rubia clara. Llevaba puesta su librea de la mañana, chaleco rojo con mangas de lustrina negra y pantalón gris con cinta verde; y, bajo el blanco mandil atado a los riñones, sus piernas gordas se mantenían arqueadas, según el hábito de los jockeys, acostumbrados al caballo desde la infancia. Sufrió un accidente durante una carrera, en Espsom que lo había obligado a renunciar a su oficio, que ya no añoraba desde que estaba al servicio del marqués. El peso de su cuerpo ya no le preocupaba, y el
  • 22.
    22 lampiño, no sintiéndoseobligado a pesar pocos kilos, se abandonaba a los goces de la buena mesa; su rostro se coloreaba esas placas de sangre que dan a la piel una abundancia demasiado grande que sucede a las privaciones demasiado largas. Stolh realizaba una tarea insignificante. Para los trabajos duros, el encerado de las escaleras y los apartamentos, la limpieza de las grandes alfombras de los salones y las habitaciones, era ayudado por Jack Novar, el criado del mono. Se conformaba con vestir al marqués, hacer la cama al amo y quitar el polvo a algunos bibelots. En esta labor de mujer, el ex jockey iba adquiriendo poco a poco los ademanes y gestos de una muchacha, acostándose sobre un diván la mayor parte del día, leyendo novelas obscenas, fumando cigarrillos de tabaco turco, o divirtiéndose, sobre una silla, imitando el trote de un caballo cojo, como él mismo era. La gobernanta del palacete, la señora Josèphine Ponceau, quería reprender a ese muchacho de veinticinco años; pero permanecía con la boca cerrada, viendo como el marqués disculpaba todas las fantasías de su lampiño paliducho. Tras haber abierto sus cartas y ojeado rápidamente algunos periódicos, el Sr. de Sombreuse se dejaba vestir por Stolh; luego pasó al salón de invierno. Allí, escribió algunas palabras de respuesta a sus numerosos corresponsales, y descendió a la gran planta baja para almorzar. El marqués nunca se había mostrado con un humor tan jovial; comía alegremente, encontrando todo exquisito. Incluso ordenó que el cocinero preparase una segunda costilleta y que el sommelier bajase a la bodega para buscar una botella polvorienta y uno de esos frascos de de antiguo champán que, desde la invasión de la filoxera, se guardaban preciosamente. La señora Josèphine Ponceau, que servía a su amo, permanecía sentada, habituada a los arranques de ira del marqués y a sus protestas por la comida. Pidió café negro, el licor de los capones, que no tomaba dese hacía mucho tiempo, sujeto a un régimen del cual, solamente la víspera, había abandonado. Todos los líquidos ingeridos en casa de la Plock no turbaron en absoluto su sueño. Había dormido, en el encanto de los sueños que relajan, cuando hacen nacer la visión de las ideas realizadas, Y, por la mañana, aunque la quimera se había desvanecido, el viejo conservaba la esperanza, casi la certeza, de alcanzar pronto su objetivo. El primo de Mauval todavía no había regresado a su casa en parecido estado… Los criados habían tenido que llevarlo, como se lleva a un muerto… ¡Y qué muerto!... ¡Lázaro borracho resucitado!... ¡Qué espectáculo para la condesa!... ¡Qué vergüenza!... ¡Qué disgusto!... El Sr. de Sombreuse encendió un habano, y se inclinó sobre el dosel de su alto sillón en cuero de Cordoue, con los bigotes levantados, el labio sonriente, dando la espalda al fuego, saboreando de vez en cuando el licor dorado que brillaba en su fina copa de cristal. La señora Ponceau alineaba la vajilla sobre los estantes y observaba curiosamente a su amo. –¡El señor parece que tenga menos de veinte años, de treinta años! – dijo ella muy seria. –¿Tú crees, Fifine? –¡Es que no reconozco al señor marqués! –¿Y tú qué piensas? –Pienso que sois aún capaz de todo, – murmuró Joséphine, que se arrastraba voluptuosamente hacia su amo, provocante y estratega, como lo hacía cada día aún, por la mañana y las noches, a las horas de la digestión del marqués.
  • 23.
    23 El Sr. deSombreuse la detuvo con un gesto en su explosión de ternura y le dio un beso en la frente. –¿Entonces… no hace falta que…? ¿Preferís que llame a Marguerite? – preguntó la señora Ponceau. –No… hoy no… ¡Déjame! Joséphine, en el umbral de la cuarentena, era alta, morena, y seductora, a pesar de una ligera gordura. Su vestido le daba más bien aspecto de un casquivana fácil que de una criada de casa noble y rica; pero si el vestido de seda negra indicaba una criada presuntuosa, la señora de Ponceau se privaba de toda distinción por el constante muestrario de sus joyas: servía a la mesa en manga corta, con los cabellos cortados como un perro, los brazos llenos de brazaletes, los dedos brillantes de sortijas, un reloj colgando a su cintura. Joséphine era reemplazada por el jefe de cocina y los criados de a pie, los días de recepción y, el Sr. de Sombreuse, que tenía otros pensamientos en el corazón, dejaba hacer a la gobernanta. Su conocimiento databa de veinte años atrás. En el Havre, una noche de desenfreno, el Sr. de Sombreuse, que se preparaba para una nueva juerga, vio a una mujer de luto que merodeaba, inquieta, por las calles. La Sra. Ponceau acababa de perder a su marido, un agente bursátil que había muerto la víspera de una quiebra. Ella iba a donde va una joven y bonita viuda que sale, cuando fue abordada por el Sr. de Sombreuse. Pasaron juntos una semana en el palacete, y Joséphine se había decidido – no teniendo a nadie en el mundo – a acompañar al aristócrata viajero. Hoy, la criada para todo, aceptaba con resignación un rol de segundo plano, feliz de recibir a veces de su amo la limosna de una caricia, poniendo todo de su parte para conservar la posición adquirida: ella sola sabía el precio de sus esfuerzos. Su carácter vanidoso la elevaba por encima en la dirección del personal que ella manejaba, despedía, renovaba a su antojo, a excepción de James Stolh, al antiguo jockey, el favorito. Tras su almuerzo, el Sr. de Sombreuse entró en el gran salón del palacete, y, siempre alegre, encantador, se sentó al piano y tocó un vals. Luego, ejecutando un fragmento de la Marcha de los Voluntarios, – una composición que lo enloquecía, – subió a ver a La Hire, su mono, que el negro Novar, un Hércules de ojos blancos y belfos extrañamente colgantes, estaba sirviendo. –¡Hola, La Hire! El animal fue a lamer las manos del amo, que le ordenó ejecutar algunas cabriolas, murmurando a su oído un lenguaje especial – palabras representando ideas libidinosas – que el animal parecía comprender, pues los traducía en gestos pícaros[7]. Hacia las tres, como esa jornada de noviembre era hermosa, casi cálida, el marqués salió a pie, con su más noble bastón en la mano, un junco maravilloso, coronado de oro.
  • 25.
    25 IV El Sr. deMauval no se presentó a almorzar. Estaba todavía acostado, muy cansado, enfermo de los excesos de la noche, mientras que su futuro yerno, el conde Guy de Laurière, se apeaba del coche y entraba en la casa de su novia, desbordante de esperanza. Unos ramos de rosas y camelias ya habían precedido al joven; unos centros de flores exhalaban su perfume de amor y ponían un canto festivo en el gran salón. Desde hacía varias horas, Thérèse acompañaba a su madre, quién, con los ojos rojos y los labios pálidos, trataba en vano de disimular la turbación de su alma. Vestida con un traje gris perla, la cabellera rubia adornada con una sencilla cinta azul, con unas mechas caprichosas, que se movían a la menor brisa, y cuyos brillos de oro iluminaban un rostro rosa de ojos negros muy dulces y una pequeña nariz griega, una boca fresca y mojada por el agua de una fontana pura, Thérèse era el retrato de la condesa Julia en su primavera. Ambas se querían con uno de esos amores de madre e hija que nada puede destruir, siendo las alegrías de una las alegrías de la otra. A la más mínima alerta, ellas saben el camino que hay que tomar para expulsar los nubarrones, recuperar las sonrisas apagadas, pasear la caricia y hacerla entrar dulcemente en el afligido corazón. Todo en ellas era belleza, armonía y gracia. –No llores más, mamá… Papá no lo volverá a hacer… ¡No llores más! La condesa levantó sobre su hija unos ojos entristecidos, sorprendidos para decirle: «¿Entonces conoces mis secretos? ¿Mi dolor no te extraña? ¿Tu amistad de hija adivina todas estas cosas?... ¡No es necesario adivinar!... ¡No hace falta ver!...» Y bajó la cabeza, avergonzada y más apenada todavía, como si compartir esa pesada pena, que solo ella quería soportar, con su valentía de esposa y su orgullo de mujer, la desgarrase. Thérèse tomó las manos de su madre entre las suyas, y las mantuvo así mucho tiempo, acariciándolas, murmurando palabras filiales, tímida y reservada, con temor a parecer saber demasiado. La joven no ignoraba las causas de la tristeza de su madre. Una noche que ella dormía en su cama virginal, un estrépito ensordecedor la había despertado; y, helada de espanto, a la luz de las lámparas que portaban los criados, a través de los batientes entreabiertos de la puerta de su habitación, había visto en el corredor a un hombre borracho, gesticulante, titubeante, abyecto, horrible: ¡su padre! Quedó atónita, inmóvil, pálida, desfalleciente, no atreviéndose a acudir en su ayuda, sofocando sus sollozos. Hoy, ella comprendía toda la grandeza de la mujer a la que llamaba «mamá»; y se estremecía bajo los efluvios de una amistad santa, de una adoración, por aquella que lloraba, silenciosa, por la madre – la noble dama – quién, sin preocuparse de los compromisos sociales, la había alimentado con su leche y mecido con sus canciones. Sí, Thérèse, cuya inteligencia era singularmente delicada, había penetrado en todos los misterios de la casa, encontrando cada día sobre los rostros hipócritamente irónicos de los criados, sobre el rostro doloroso de la madre, las escenas nocturnas, – los cómicos regresos de un hombre y las angustias de una esposa. Por la mañana, parecía haber dormido bien, cuando su imaginación todavía trabajaba, impotente, desarmada. En los juegos infantiles que proponía su padre, ella se mostraba risueña, ignorante del abismo que el viejo se estaba abriendo bajo sus pies. Acogía todas las bromas, las más grotescas, las manías más raras, sin quejarse; incluso se reía de ese
  • 26.
    26 «¡gnouf! ¡gnouf!» quesiempre emitía el viejo senador, y cuyo grito la sumía, tanto como a su madre, en un profundo terror. –Vamos, Thérèse, – murmuró la condesa, – no pienses en otra cosa que no sea en tu felicidad… Tu novio va a venir… Y apretándola contra su pecho, cubriéndola de besos, en un impulso maternal: –¡Querida hija!... Vas a dejarnos… ¿Vendrás a vernos a menudo? –Sí, madre… –¿Todos los días? –Todos los días… ¡Te quiero tanto! –¿Y a tu padre?... ¿Lo quieres también, verdad? –¡Oh! ¡sí! –Hay que quererlo, Thérèse… Es un poco insufrible, pero con la ayuda de Dios, ¡curará!... Hablemos del Sr. de Laurière…. Baptiste, un viejo criado de cabello cano, vestido con el frac a la francesa, curvado por la edad, unas patillas color sal y pimienta pegadas a las sienes, entró, anunciando: –El Sr. conde Guy de Laurière! La señorita de Mauval enrojeció, con un brillo alegre en la mirada, esa llama súbita que se enciende y brilla al aliento de las esperanzas primaverales. El aristócrata se inclinó ante la madre; y como él estrechase la mano que le tendía la joven, que se había levantado, la condesa satisfizo el deseo del enamorado: –¡Guy, bese a Thérèse! Los novios se besaron. Ahora, Guy y Thérèse se entretenían con esas mil naderías que no valen cosa alguna excepto para aquellos cuyo corazón late bajo un común pensamiento de amor. Cuando las voces toman entonaciones particulares; los gestos, las sonrisas, las frases inacabadas tienen el mágico y soberano poder de traducir las verdaderas emociones, aunque el lenguaje parezca ser un enigma para los auditores, incluso los más íntimos. Es todo un tesoro de encantadores sueños, de felicidades entrevistas a dos, que se diversifica en la banalidad de las palabras; es toda una armonía misteriosa que vibra, despierta los sentidos, exalta los deseos. Así hablaban Thérèse y el huésped de su corazón, mientras la señora de Mauval, feliz de esas alegrías, se dedicaba a su querido enfermo. El conde Guy, de veinticinco años de edad, era uno de esos hombres que enorgullecen a las mujeres que se apoyan en su brazo. Alto, de rostro expansivo y risueño, un poco tostado por el sol, nariz borbónica sin exageración, con ojos negros de centelleos claros, cabellos castaño claro, completamente rizado, unos bigotes rubios, bigotes al viento, una boca roja y dientes deslumbrantes de blancura: así era el Sr. de Laurière. Un chaleco negro cruzado realzaba su robusto pecho; el pantalón gris de tonos azulados esbozaba unas formas de gracioso atleta; un cuello recto y muy alto dejaba ver su tez de un color rosado, una piel de señorita, y sus manos, finamente enguantadas, eran nerviosas, con dedos alargados y puntiagudos, de buena raza. Tenía todo lo que se puede pedir a un aristócrata: la inteligencia, el orgullo, la rectitud, el vigor físico, el amor por el débil y el pobre, las bellas maneras, la devoción, el valor. Thérèse y él estaban hechos el uno para el otro; y el viejo Baptiste, el ayuda de cámara, cuyos cuarenta años de servicio le autorizaban a ciertas familiaridades, había suspirado alegremente, en su fuero interno, y tal vez un poco más alto, contemplándolos:
  • 27.
    27 –¡Dos bonitas cabezassobre una almohada! El joven aristócrata, descendiente de una ilustre familia normanda, vivía con su madre en un suntuoso palacete en los Campos Elíseos. Su padre, general de división, había muerto en 1870 a la cabeza de los coraceros; su hermano mayor, prometedor oficial, había muerto en Dusseldorf, prisionero de los alemanes; y Guy, aunque deseoso de seguir la carreras de las armas, había debido ceder ante las voluntades de la viuda, a la que no le quedaba más que ese hijo. Pero el rico aristócrata, no deseaba permanecer ocioso y había seguido los cursos de la Universidad de Paris, donde obtuvo el título de doctor en derecho. Sus estudios no le impidieron frecuentar su mundo, brillar en las fiestas del Faubourg, hacerse nombrar miembro del Joceky-Club, tener amantes y convertirse en uno de los trajes rojos más distinguidos del Concurso hípico. Fue en una venta de caridad, en casa de la princesa de Sachs-Rantel, donde el joven había visto a Thérèse por primera vez; Thérèse, joven y distinguida, disfrazada de floristera, vendía flores y sonrisas. Un auténtico flechazo. Volvieron a verse en un baile íntimo; al cabo de tres meses, la boda estaba concertada. Pero, a petición de la señora de Mauval, la publicación de las amonestaciones había sido retrasada; la condesa Julia, deplorando la conducta de su marido, no quería que el senador se prestase al ridículo, y esperaba hacerle entrar en razón. –En fin,– murmuraba Guy, – ¡henos aquí novios! Thérèse. ¡Yo soy muy feliz! Ella dijo: –¡Y yo, yo también soy muy feliz! –¡Querida Thérèse! … Ignoraba que el conde, tu padre, estuviese enfermo… –¡Oh! enfermo… Enfermo no es la palabra: ¡indispuesto, simplemente!... Y para cambiar de tema, ella preguntó: –¿Has ido ayer a las carreras? –Sí. –¿Has apostado? –Sí. –¿Ganado? –Sí. –Entonces, ¿me darás algún dinero para los pobres? –¡Con mucho gusto! –Vas a decir que te arruino… antes de tiempo… Antes o después va a suceder, ¿no es así? –¡Qué cruel! El conde extrajo de su cartera un billete de mil francos que presentó a la señorita de Mauval. –¡Oh! ¡es demasiado, demasiado! – dijo ella… – Y además, que pasará si pierdes mañana o pasado mañana… ¡No, no quiero!... Sería una indiscreción… –Te lo ruego, Thérèse. –¿Debo tomarlo? –¡Sí… es lo que quiero! –¡Oh! ¡Gracias!... Tengo precisamente una familia pobre… ¡Qué alegría esta tarde! Toma, Guy, levántate; ven, voy a colocarte en el ojal una de tus flores… ¿Así hemos comenzado?... ¡La floristera, amigo mío, continúa representando su rol! En ese momento, cuando Thérèse ponía una pequeña rosa blanca en el ojal de su novio, Baptiste, el viejo criado, se acercó a su joven ama para decirle que el Sr. de Sombreuse estaba en la antesala, y que insistía en ver al Sr. de Mauval.
  • 28.
    28 La joven realizóun movimiento de impaciencia que enseguida reprimió; el Sr. de Laurière la observaba. Entonces, en un impulso propio de su edad y carácter, ella le preguntó al oído: –¿Es de tu agrado mi tío? Él no dijo ni sí ni no, sorprendido por una pregunta tan inesperada. Ella se disculpó por haber planteado semejante cuestión y concluyó afirmando que el Sr. de Sombreuse, al que daba la orden de conducir junto a ellos, era muy original, muy excéntrico: –Yo prefiero que mi tío esté aquí que saberlo allá arriba… ¡Papá descansa y él ciertamente lo molestaría! El marqués se adelantó hacia su sobrina, le dio un beso sobre la frente, luego estrechó la mano del Sr. de Laurière. –¿Y papá, Thérèse? –Está en su habitación… –¡Ah!... ¿Quizá todavía está en la cama? –Sí, tío… –Cómo me respondes, querida… ¿Acaso es que quieres que me vaya? –¿Yo?... ¡Oh! ¡no! –¿Los demás, entonces? –¿He dicho eso? –No… pero a buenos entendedores… Bruscamente, el viejo se echó a reír, con una risa nerviosa, bizarra, frenética: –¡Ah! ya adivino…¡caramba!... ¡Soy un aguafiestas!... Vosotros hablabais de vuestros amores, queridos míos, y yo llego como un viejo idiota para escuchar frases encantadoras de novio a novia… Los cubría a ambos con su mirada encendida; sus ojos ardientes registraban sus cuerpos; su orificios nasales se dilataban en una búsqueda desconocida; y los dos jóvenes bajaban la cabeza, ruborizados, con ese pensamiento semejante de que el viejo se convertía en un inoportuno indecente, un curioso de cosas que no habían ocurrido. El Sr. de Sombreuse preguntó: –Thérèse, ¿puedo ver a tu padre? –Ya le he respondido, tío, que papá descansaba… –La condesa está con él, sin duda. –Sí, tío. –Entonces diré a Baptiste que me anuncie. –¡Tío! –¿Sobrina? –Papá está enfermo… –No digo lo contrario, pero es absolutamente imprescindible que hable hoy con él… Se trata de una reunión importante en casa del duque de Brévil, y… –¿No puede esperar la comunicación? –¡Seguramente, no!... Vamos, mis queridos sobrinos, mis amables tortolitos… ¡Apresuraos! ¡Apurad el bonito día! Salió del salón, atravesó el pasillo, y encontrando a Baptiste le ordenó que le anunciase a su amo. Cuando la puerta se cerró, la señorita de Mauval quedó pensativa, acodada en la chimenea, con la frente entre sus manos. Un deseo se despertaba en ella, el de contar todo a su novio, hacerle partícipe del temor y el horror que le inspiraba su viejo pariente, los peligros que hacía correr a su padre. Pero, un pudor la obligaba a
  • 29.
    29 mantener silencio. ¿Cómose atrevería a implorar una protección del joven al que todavía no estaba unida? ¿Era de buen gusto iniciar al Sr. de Laurière en las penas de la casa, cuando la casa todavía no era suya? Bajo un esfuerzo de la voluntad, Thérèse retomó su charla con el joven, el cual le dedicaba una sonrisa, muy sereno, sin parecer haber penetrado en el sordo dolor de la noble señorita. El senador acababa de levantarse. Extendido sobre un diván, con su pijama de seda negra y un emplasto frío sobre la cabeza, después de haber ingerido, sin apetito, una taza de caldo, escuchaba las reprimendas de su esposa, sentada frente a él. La señora de Mauval evocaba para su marido las dichas pasadas; manifestaba el afecto profundo con el que ella y su hija rodeaban al viejo. No, él no podía hacer que tanta amistad y abnegación fuese inútil; ¡todo el orgullo de esa casa no debía sucumbir de ese modo!... Y él, bajo la armonía de las palabras, parecía despertarse poco a poco de un sueño tormentoso; una gran paz se dejaba ver en su rostro de niño enfermizo. La lengua ya no se paseaba sobre los labios en una mueca del mentón, bajo el tic nervioso del arco de la ceja derecha; la mandíbula ya no chasqueaba, en el cloqueo del «¡gnouf! ¡gnouf!...» Jacques volvía en sí; pronunciaba frases razonables, prometía pasar algunas veladas en el palacete; darían tres grandes bailes en honor a Thérèse; y las demás noches, de vez en cuando, irían juntos, como antaño, al teatro. No valía la pena tener un palco en la Opera y otro en el Francés, para aprovecharlos tan poco. El Sr. de Mauval añadía incluso que se le volvería a ver en el Senado; reconocía sin esfuerzo que no representaba del todo a sus electores de la Gironde. ¡Qué diablos! Él no quería ser vencido en las próximas elecciones para la renovación parcial de los senadores! ¡Así que vería a Sombreuse lo menos posible! –¡Ah! ¡ah! ¡el enfermo!... Hola, prima; buenos días, Jacques! El marqués César entró en la habitación, precediendo al viejo criado, después de haber reflexionado, a lo largo de la escalera, que, dada su intimidad con su primo el senador, el anuncio formal era inútil. Trató pues de evitarlo para hacer parecer que ignoraba que la condesa se encontraba allí. –¡Eh! – Continuó con su voz metálica, – te visten como a un bebé… ¡Los solteros, primo, no tenemos esa suerte! Tomó asiento sobre el sofá que le indicaba la señora de Mauval; y, sin ningún embarazo, se excusó de su repentina entrada, de forma galante, animando sus palabras de una elocuencia espiritual, de la quintaesencia del buen gusto adquirido en los diversos mundos que había recorrido. ¡Un encantador como ese viejo tan taciturno en el recibidor de Emilie Plock! Realmente, desde la víspera, el marqués reverdecía, la talla bien recta, los gestos cómodos, los ojos brillantes, la palabra clara, la actitud graciosa, el rostro fresco, de apariencia menos triangular, casi sin arrugas; todo su cuerpo estaba perfumado con una de esas fragancia de Oriente que no tienen nada que ver con la perfumería moderna, de lo naturales que parecen, como flores que embalsaman el aire, en pleno mediodía. Parecía salir de un campo de rosales. ¿Por qué no teñía entonces sus bigotes blancos y sus cabellos canos?... De ese modo se hubiese producido la metamorfosis completa. Había una razón: la condesa Julia sabía su edad, y ante ella él solo temía el ridículo. De vez en cuando, el Sr. de Sombreuse arrojaba una mirada furtiva, inquisidora, sobre Julia, una mirada cruel, lo sguardo crudele, l’occhio cattivo,
  • 30.
    30 l’occhio felino, comodicen los creyentes en la Jettatura3. Y en esos momentos, en lo que dura el sonido de un trueno, toda la musculatura del hombre vibraba bajo una violenta invasión de deseos. Un calor de llama le ascendía a la cabeza, a las sienes, a la garganta, al pecho, entraba en él, quemándole, abrasando su cerebro, irritando sus músculos, atormentaba y corroía sus nervios, ponía fuego en su sangre. Pero se contenía; sonreía, parecía pensar en otra cosa, mientras su angustia se volvía más profunda y horrible, y su mal, como un cáncer maligno, lo devoraba, cada vez con más dolor.[8] A veces se estremecía en su deseo de tomar a la mujer y violarla bajo los ojos del primo, dispuesto a degollar a Mauval si este se acercaba; y luchaba contra sí mismo para no arrojar repentinamente en la conversación algunas frases de pornógrafo, deseoso de conocer el efecto que producirían ciertas palabras abyectas, algunas palabras innobles, sobre el espíritu de la decente mujer. Pero no lo hizo, dominando su lujuria rabiosa. Bien al contrario, el marqués de Sombreuse pareció diligente, galante con la dama, preocupado por la salud del marido; les felicitó en relación con su futuro yerno, el Sr. de Laurière,– sabiendo bien que encontraría una próxima ocasión de despertar los sentidos dormidos del senador y exasperar más cruelmente aún las manías del viejo. 3 Nombre que se da a las influencias malignas o negativas producidas a través de la mirada del mago o hechicero. Sinónimo de mal de ojo. (N. del T.)
  • 31.
    31 V A pesar delas súplicas de su esposa, a pesar de los tímidos y respetuosos ruegos de su hija, el Sr. de Mauval volvía a irse de jarana, en compañía de su primo, el Sr. de Sombreuse. La condesa Julia sentía despertarse en ella la necesidad de batalla que la había sublevado, en una noche de dolor, por lo que, soñadora, se estremecía con un viento de rechazo. Fue en vano que hubiese cuidado y mimado al marido voluble; fue en vano que hubiese mecido al viejo con esas palabras de esposa que llevan la caricia y la pasean alrededor del espíritu y del cuerpo: el aristócrata enloquecido ya no escuchaba la voz de la esposa. Ella estaba más bonita que nunca, sin embargo, con su perfil de diosa del Partenón y sus cabellos que, por la mañana, caían como un manto de oro sobre la batista fina del color de las carnes, con sus grandes ojos, que, más aun que sus diamantes, las noches de baile, proyectaban la luz a su alrededor. La señora de Mauval se volvió contra el desdichado, no teniendo en el alma ningún pensamiento de venganza. –¡Las amantes de Jacques son casquivanas! – gemía …– ¿Acaso las putas tendrán realmente algún secreto ignorado por las mujeres de la alta sociedad?... ¡Yo no soy fea y todavía no soy vieja!... ¡Y Jacques me abandona!... ¡Entonces, sí, hay un misterio!....¿Y si investigase?... ¡Oh! no, ¡no me atrevo!... Mi felicidad y su vida están en juego…. ¡No debo permitir que Thérèse se avergüence de su padre! De pronto, un brillo surgió en los ojos de la condesa. –¡Una idea! …–suspiró, ruborizada. La señora de Mauval se acordaba de una de sus viejas amigas del internado, Aimée Darnet, hoy de sobrenombre la Glotona, una muchacha desgraciada al principio, excéntrica más tarde, una de esas grandes horizontes del barrio de Europa. En Burdeos, en efecto, en el Sagrado Corazón, la señorita Julia de Ferville había contado, entre sus compañeras más intimas, con la señorita Darnet, la hija única de un oficial de dragones. Huérfana, sin herencia, Aimée fue lectora en un castillo, luego institutriz, luego receptora del correo. En resumen, después de haber atravesado los diversos estados de las muchachas pobres, desembarcó un día en Paris, en la estación de Orleans, con la obligación de ganar su pan con la vergüenza de su cuerpo, y hoy, la señorita Darnet, llamada La Glotona, representaba, en la calle de Constantinopla, una de las glorias del mundo divertido. Se la citaba en los clubs, y su nombre brillaba en los periódicos mundanos. Las antiguas pensionistas del Sagrado Corazón se habían vuelto a encontrar en el teatro, en el Bois, en el Hipódromo, y cuando, en el paseo de los Poteaux, dos coches se cruzaban, una mujer enrojecía en la calesa; una puta se volvía tan pálida como una sabana blanca, tan temblorosa como un caniche timorato, en otro coche – modesto fiacre, o rico cupé, o victoria elegante, según las aventuras y los medios de existencia. Un mundo las separó para siempre; la desdicha las acercó una noche. Aimée Darnet, que también era madre, algunos meses después de su llegada a Paris, tuvo necesidad de auxilio para ayudar a enterrar a su hija. Entonces se dirigió a su antigua compañera; y fue la propia condesa quién, valientemente, fue hasta el
  • 32.
    32 sexto piso deuna casa de la calle de Berlín, – el domicilio miserable que la Glotona ocupaba en esa época. ¡Ni una palabra ante los cirios que iluminaban a la pequeña muerta! Un apretón silencioso de manos, de amiga a amiga, para calentar la limosna; un beso de hermana dado en uno de esos enternecedores momentos de mujer y madre que son el orgullo de la vida. El tiempo pasó. Quince años de sinsabores, de lucha, de bodas, y finalmente bienestar y lujo para una; quince años de honor conyugal y de abnegación maternal para la otra. Ayer aún, la condesa de Mauval y Darnet la Glotona eran dos extrañas. Ahora van a encontrarse. Después de muchas vacilaciones, pero fortalecida por su amor, por el imperioso deseo de retomar al marido que se le roba, la condesa Julia se ha dedicado a averiguar el nuevo domicilio de la señorita Darnet, y ha escrito la tarjeta siguiente: « CALLE DE VARENNES, viernes. « A la Señorita Aimée Darnet, calle de Constaninopla, «Señorita, «Mi gestión os parecerá extraña, ¡inverosímil! Soy muy desgraciada; lloro; sufro… Mi marido me engaña con una de vuestras semejantes… ¡Perdón!... Vos sois buena, lo sé… Me respetaréis lo bastante para no reíros de mi dolor… Y bien, vengo a pediros un gran favor… Viéndome desolada, me pregunto y busco en vano la causa del insultante abandono del Sr. de Mauval… Todavía no he cumplido los cuarenta años: si no soy bella, mis rasgos no están marchitos… ¿Qué tenéis vosotras, que no tengamos nosotras?... ¿Debo desesperar, morir?... ¡Oh! hablad, os lo suplico, Aimée… Hablad con vuestro corazón, que nada ha podido corromper. «Vuestra vieja amiga, «JULIA, Csa. DE MAUVAL. La Glotona estaba acompañada cuando recibió por correo la carta que olía tan bien. Al principio, sonrió; luego ante la desdicha de su bienhechora, se volvió seria. Uno de sus amantes le propuso salir a pasear; ella rechazó cortésmente: –Mi Loulou, quiero responder a una amiga de pensión… El amante profirió una risa gangosa, un gesto obsceno y picarón: –Tu corresponsal es alguna puta de ojos dorados, sin duda… Me la presentarás… ¡Me gustan bastante esas máquinas! La Glotona se levantó, indignada: –¡Vieja bestia!... ¡No, no es lo que crees!... ¡No tienes ni idea! Ve a tomarte una cerveza a la taberna… Te leeré mi carta cuando regreses… A las once, el amante entró en la habitación de Aimée Darnet, que, de pie, a la luz de las lámparas, con los ojos rojos y voz temblorosa, leyó lo que sigue, ocultando el nombre y la dirección de la destinataria: «A la Sra. condesa Julia de Mauval, en su palacete, Calle de Varennes.
  • 33.
    33 «Señora, «Vuestra petición meha hecho sonreír al principio; pero la reflexión siguiente me ha turbado profundamente. Os escribo bajo el impacto de una emoción, tanto o más intensa, en cuanto que a esta hora, después de quinces años, el pasado se alza ante mí… No hablemos del pasado, ¿queréis?... Así tendré más libertad para responder a la espinosa cuestión que me hacéis el honor de dirigirme. «Sois muy desdichada, y no pienso más que en vuestro dolor; me siento invadida de ganas de llorar ante esas lágrimas que han mojados vuestras últimas frases. «Las mujeres de vuestro mundo, señora, no piensan todas como vos. Toman más o menos parte alegremente en las infidelidades conyugales; algunas incluso, si creo en los cotilleos, no son nada torpes en el arte de las terribles revanchas. «Sí, ¡somos vuestras rivales! «Si la lucha es un divertimento, cuando se trata de conquistar a un extranjero vicioso, uno de esos seres de paso que no se vinculan a nada y que mancillan todas las cosas, la batalla es de otro modo interesante cuando hay que arrancar a una mujer bonita, amable, espiritual, inteligente, el marido que ella ama y por el que ella es amada. «Estas cualidades de la mujer, de la parisina del gran mundo, vos las poseéis mejor que nadie. «¿Por qué entonces el conde ha buscado otras? Olvido por un instante, señora, que vos sois la causa, y hablo de una manera general. «El hombre está obligado a ser respetuoso con su esposa; y en el hombre siempre hay – entendedme bien – una bestia que ruge. Vuestra inocencia y vuestro pudor le encantan, tanto como duran esos momentos tan cortos llamados extrañamente «luna de miel», a partir de ese momento, todo es fuerza, potencia y fogosidad: el «mes de sol y vinagre», como habría que decir… «Mas tarde, el marido, tras algunos años de convivencia, antes de que sea viejo, tiene deseos que no se atreve a susurrar a vuestros castos oídos, y viene a nosotras, a causa de nuestro impudor. «La bestia ruge; ¡aulla! Para apaciguarlo, nostras le vendemos las embriagueces de la sensualidad, embriagueces desconocidas, pues somos inventoras, señora inventoras que siempre están inventando. «Si en lugar de dirigirme a una mujer que yo respeto, no teniendo ya el derecho de quererla, la haría corresponder con una depravada de la alta sociedad, – existen depravadas en el Faubourg, sin duda vos lo ignoráis, – yo os quitaría los velos y os mostraría el cuadro de perversidades espantosas que germinan en el cerebro de nuestros clientes. A su lado, los romanos de la decadencia eran muchachitos, incluso ese monarca celebre por los pisciculi de su bañera, incluso ese otro emperador troceando con su lanza las carnes de un esclavo. «Y los parisinos más viciosos son aun los de Saint-Jean, comparables a los extranjeros que nos pagan con rublos, florines, libras y dólares… o insultos. «¡Somos las horizontales y las arrodilladas!...¡Las arrodilladas!... Cada una de nosotras tiene su nombre de guerra, que es casi siempre un insulto a nuestro honor– A mi me llaman ¡la Glotona!... ¡Las arrodilladas!... ¡Oh! ¿comprendéis todo lo que hay de injurioso, de cínico, en este epíteto?
  • 34.
    34 «¿Pero de quéhablaros aún?... Se apodera de mi una vergüenza por haber escrito esta líneas, una vergüenza con la idea que os enseño lo que mis semejantes y yo somos… He obedecido a vuestro ruego. «Vos habéis sido generosa. Vos, la gran dama, habéis venido a casa de vuestra antigua amiga, la hija pobre y degradada, y, dejando a un lado vuestro legítimo orgullo, habéis hecho, ángel de misericordia y bondad, que las lagrimas de una madre de duelo hayan sido menos crueles ante el ataúd del muerto! Gracias a vos, unas rosas han embalsamado la desolada habitación… ¡Oh! ¡qué grande, bella y noble habéis sido en esa noche de dolor!... Han transcurrido quince años. Nuestras existencias han sido muy diferentes, después de nuestra salida del Sagrado Corazón. ¡Qué importa!... Yo no olvido; y yo, que no se rezar, que me complazco en destruir a vuestras semejantes con mi lujo insolente, mirarlas por encima del hombro con altivez, incluso sin razón, con mi desdén de puta, ¡me siento pequeña y humilde ante vos!... «¿Y he de ser yo quien os haga perder con mis lecciones del vicio?... ¡Oh! ¡no!... ¡no!... «¡No, no quiero daros nuestros secretos! Creedme: guardad este aroma de flor y de mujer, de verbena y de jazmín, que hay en vos, que yo he perdido, lamentablemente y que los frascos de baño no podrían devolverme. «¡Deciros señora, en vuestro infortunio, que el catecismo de la lujuria no conoce nada sano, nada alegre, nada perdurable! ¡Pensad que el conde pronto verá debilitarse sus instintos perversos en la calma del hogar, bajo los alientos de vuestro amor puro! Pensad, en fin, que si tomamos vuestros maridos, es para apaciguar la bestialidad que hay en ellos, y que os produciría horror. «¡Plegaos a ello y no nos imitéis! «Vuestra indigna y respetuosa servidora, «AIMÉE DARNET. Tras haber terminado su lectura, la Glotona, que tenía lágrimas en los ojos, se derrumbó sobre un sofá, respirando fuerte, como liberada de un gran peso. El amante la miró con sarcasmo, encontrando la respuesta «muy buena». Entonces, ella se levantó furiosa, y, tomando a su amante por los hombros, lo empujó hacia la puerta. Esa noche, Aimée Darnet durmió sola y como un tronco. Al día siguiente, la condesa Julia leía la respuesta de su antigua amiga. Reflexionó dolorosamente; y, de pronto, exclamó: –¡Hay que acabar con esto!... No quiero que Jacques muera en el lodo y en la abyección… Iré a ver a Aimée… ¡La obligaré a hablar!... Thérèse entraba en ese momento en la habitación de su madre. La señora de Mauval ocultó rápidamente la carta, y la joven no se percató de la tristeza que extendía sus sombras sobre el rostro de su querida madre.
  • 35.
    35 VI Desde primeras horasde la mañana, los accesos al Senado habían sido invadidos por una muchedumbre tumultuosa. Se esperaba la interpelación de un líder de la derecha, con ocasión de los crucifijos retirados de las escuelas de la ciudad de París, por orden del prefecto del Sena. El presidente del consejo, ministro a la sazón de la Instrucción Pública, acababa de obtener recientemente un voto de confianza en la Cámara de diputados: se trataba de librar una suprema batalla por el partido conservador. Un ambiente de rechazo soplaba sobre el barrio Saint-Germain. Los salones, incluso los menos políticos, tomaban parte y causa con la religión amenazada; bailes azules o blancos, tés de las cinco, simples reuniones, se llenaban de quejas amargas, de recriminaciones, de amenazas. La política invadía, dominaba todo, y las grandes damas se involucraban en ella. Entre estas, muy en particular, la duquesa de SainteMoulve predicaba una cruzada. Se la había visto recorriendo las casas de los senadores realistas, estimulando a los tibios, ahora fogosos en esa atmósfera sobrecargada; se la había visto, exaltada, imperiosa, dando rienda suelta a su temperamento femenino, a veces soberbia de indignación. Después de su apostolado, no había ni un parlamentario que no hubiese sido inflamado del ardor de su palabra, ni una mujer de su mundo a la que no hubiese reanimado su fe y sus esperanzas. Ella encarnaba a un Pedro el Ermitaño en faldas, no conociendo ni fatiga, ni tregua. Incluso la víspera de ese día, la Sra. de Sainte-Moulve había ido a casa de la condesa de Mauval. –¡Ah! condesa, – había dicho, con su voz penetrante e incisiva, – espero que mañana el Sr. de Mauval no falte a la sesión… ¡Necesitamos todas nuestras fuerzas, querida! La Sra. de Mauval objetó que su marido estaba un poco indispuesto. –¡Pero se está atentando contra la religión!.... – exclamó la vieja dama. A estas palabras, el senador había entrado en el salón en compañía del Sr. de Sombreuse, y había prometido cumplir con su deber, mientras que el primo se lanzaba a un elogio extraordinario de los oradores que debían tomar la palabra. –¡Bravo!– continúo el marqués intercambiando una mirada con la duquesa, – ¡vamos a tener una sesión brillante! Luego, volviéndose hacia Julia: –Prima, vos deberíais asistir. –¡Claro que sí! – Insistió el senador… – Tal vez sea difícil conseguir pases… Si enviase unas palabras al administrador… –¡Inútil! – dijo el Sr. de Sombreuse… – Precisamente yo tengo dos entradas de primera galería… ¿Me permitís ofrecéroslas, prima, a vos y a Thérèse… El conde Jacques se mordió los labios, guiñando el ojo nerviosamente, murmuró: –¡Una buena sesión!... Mis mujercitas, mañana… El señor de Mauval iba a decir algo más, cuando los ojos de Julia se fijaron en él. Entonces, retomó su seriedad y felicitó a la duquesa, declarando que, si fuese rey de Francia, fundaría un Senado de mujeres, con ella como Presidenta.
  • 36.
    36 Había sido convenidoque el senador acompañaría a su esposa y a su hija al palacio de Luxemburgo; esa misma mañana, el Sr. de Mauval cambió de idea. Una nota que acababa de recibir le obligaba, según decía, a una reunión preliminar de su grupo. La condesa hubiese quedado en su casa con mucho gusto; pero debió obedecer a la petición de Thérèse, que se alegraba enormemente de ver a su padre regresando a la vida y a la inteligencia y verlo considerado por los demás hombres. ¡Ah! ¡qué no hubiese dado, en su orgullo de hija noble, para que el papá fuese un Brévil, un Placard o un Béris, uno de esos elocuentes oradores, uno de esos fogosos apóstoles, uno de esos políticos célebres, ¡las glorias del Faubourg! Y mientras la masa de curiosos afluía al palacio de Luxemburgo, los coches seguían trayendo una flota de mundanas, todo un gentío de mujeres extrañamente mezclado, que allí iba como a una matiné teatral, el marqués César de Sombreuse, alegre, risueño, y el conde de Mauval, olvidando la reunión de su grupo, almorzaban en el café de Cluny. Esos hombres parisinos se contentaba de ordinario con dos huevos sobre el plato y una costilleta, y reservaban su apetito para la cena; pero el Sr. de Sombreuse había considerado necesario un exceso de vituallas y de líquidos. Los platos excitantes y variados fueron regados con vinos blancos; se comenzó por el altosauterne, y se terminó con dos botellas de château-yquem. A los cafés, el pequeño senador estaba casi ebrio. El primo le ofreció, entre dos vasos de chartreuse, uno de esos excelentes cigarros que él recibía directamente de la Habana; y la conversación discurrió, como siempre, sobre las mujeres y sus costumbres. Se habían sentado en un rincón de la sala, frente el uno del otro, el marqués sobre el diván, el senador sobre una silla almohadillada. El Sr. de Sombreuse, con el cigarro entre los dientes, el pulgar izquierdo jugando con la solapa de su chaleco de satén verde, maravillaba a su invitado con historias cada vez más indecorosas. Habló de dos jóvenes mujeres de la sociedad que había tenido por amantes y que, según sabía, ocultaban unos vicios encantadores: la marquesa de Eglaé y la baronesa de Tomeyr. Las había sorprendido varias veces mirándose amorosamente la una a la otra, ruborizándose mucho. Ellas se amaban pero no se atrevían a confesarlo… –¡Qué fiesta, si pudiésemos reunirlas! – concluyó el Sr. de Sombreuse… ¡Ya pensaré en ello! En señal de aquiescencia, el Sr. de Mauval sacó la lengua y se puso a gesticular ante el espejo del fondo que reflejaba su imagen. Aquí y allá, acodados sobre las mesas del restaurante, algunos colegas del Sr. de Mauval, tomaban notas sobre unos papeles que enseguida guardaban en las camisas. Dos de ellos y de los más activos, los señores de Gamie y de Gavé, de la Extrema Derecha, fueron a saludar al conde, y cumplimentaron al senador por haber venido finalmente a aportar su apoyo a los defensores de Dios con su voto. La sesión sería caliente. –¿Tenéis intención de tomar la palabra, mi querido Gamie? – preguntó el Sr. de Mauval. –¡Caramba, sí!... – respondió imperturbable el senador, un robusto meridional, de alta talla, amplia figura con patillas rojas en abanico. –¿Y vos, Gavé? –¡Desde luego!... ¡desde luego!
  • 37.
    37 El vizconde deGavé – hombrecillo seco, de barba blanca puntiaguda – echó un vistazo al reloj de sol situado en lo alto de las columnas pintadas, entre el café y el restaurante: –Pronto, dos horas… ¿Nos vamos, Gamie? Hasta luego, Mauval… Va a haber un buen jaleo… ¡Un jaleo maravilloso!… El conde de Gamie y el vizconde de Gavé se alejaron, haciendo grandes gestos. El Sr. de Sombreuse reflexionaba. –Jacques, – dijo bruscamente, – si estuviese en tu lugar… –¿Sí? –Pues no dejaría pasar una ocasión tan buena para destacar… –¿Cómo? –¡Caramba! ¡Yo pronunciaría mi pequeño discurso! –¿Un discurso? ¿Yo?... ¡Tú bromeas!... Yo no soy orador… –¿Y eso qué importa?... Tú crees, por ejemplo, que los señores de Gavé y de Gamie son grandes hombres? –¡Oh! no!... ¡Esos caballeros tienen caradura! ¡Eso es todo! –Y sin embargo, ocupan la tribuna del Senado… Los periódicos citan sus nombres… –¡Bah!... con nuestros amigos Placard y Béris ¡el ministro está perdido! –Te digo que te resultaría muy fácil pronunciar algunas palabras… Piensa pues en el asombro feliz de tu esposa y tu hija, cuando te vean en la tribuna… Y además, hay que pensar en los electores de la Gironde… Se sabe allá que tú no pones los pies en el Senado, más que cuatro veces por año… De un solo golpe, en cinco o seis frases, no más, te reconciliarías con el comité realista, que, como no ignoras, te está buscando ya un oponente serio… Vamos, amigo mío, no seas tan modesto, de verdad… –¡No me interesa el Senado!... Mujercitas, ¡eso es todo! –Pero Mauval, una cosa no impide la otra… ¡Ah! realmente no me obligarás a creer que eres incapaz de cumplir con tu mandato! Entonces, el senador, herido en su vanidad, se puso a contar que antes, en los comicios agrícolas, en la época en la que se veía bombardeado de condecoraciones, por ganar la causa del Imperio, había pronunciado exitosos discursos. Citó incluso frases sobre la agricultura y la religión, mezclando lo profano con lo sagrado, con una facilidad de elocución que le sorprendía a él mismo. –¿Eh?... ¡Ya te lo decía yo!... – sonrió el marqués…– ¡Vamos, vas a hablar! ¡Tienes que hablar! El Sr. de Mauval se acodó sobre la mesa; y cuando levantó la cabeza, estaba decidido a abordar la tribuna, junto a sus colegas, los Sres. Placard y Béris: esos caballeros tratarían la cuestión de los crucifijos, y , él, intervendría en la discusión proponiendo una enmienda sobre el voto, una enmienda mucho más terrible para el gobierno republicano que todas las que pudiese imaginar el Sr. de Gamie, especialista en la materia. –¡Perfecto!... ¡admirable! – dijo el Sr. de Sombreuse, –¡Estarás soberbio!... ¡Estás en forma! –Ni una palabra a mi esposa ni a Thérèse… –No temas… Tengo mi sitio en la primera galería, al lado de ellas… Te veremos en tu banco… Me haré el ignorante de todo… ¡Qué sorpresa!
  • 38.
    38 –Precisamente, mi hijame decía esta mañana que estaría muy halagada de tener un papá orador y célebre, como el duque de Brévil o el Sr. Placard… Ella incluso parecía creer que yo era mejor… –¡Lo ves! –¡De todos modos, tengo miedo! –¡Vamos pues! El Sr. de Sombreuse llamó al camarero de servicio, le ordenó que preparase la cuenta y que, mientras tanto, trajera una botella de kümmel, el único licor que desata la lengua. Los hombres bebieron y se levantaron de la mesa, el senador trastabillando y el marqués muy tranquilo. El presidente del Senado acababa de abrir la sesión, en el momento en el que el Sr. de Mauval entraba en el hemiciclo. Casi todos los senadores ocupaban sus sillones; apenas quedaban tres o cuatro hombre de pie, en los extremos del recinto, mirando las tribunas de terciopelo rojo con crespones dorados, donde se apretaba una asamblea mundana. Charlas y ruidos desde los pupitres se iban apagando poco a poco. Tras la finalización del proceso verbal de la sesión precedente, se hizo un gran silencio. Desde hacía algunos minutos, todas las miradas se dirigían a la tribuna, donde un hombre de sesenta años, erguido, alto y delgado, calvo, el rostro huesudo entre unas patillas grises, con los labios delgados, la mirada brillante, iba a hablar: era el Sr. Lucien Placard, antiguo ministro del Imperio, uno de los oradores más escuchados del Parlamento. «Caballeros, – comenzó – no acapararé mucho tiempo la atención del Senado. Mi objetivo es obtener el Sr. Presidente del Consejo, ministro de la Instrucción Pública, una respuesta precisa sobre dos hechos de extrema gravedad. « ¿Es cierto que el jueves, 9 de diciembre, y los días siguientes, el viernes, sábado y también, creo, el martes, unos agentes de la administración se dirigieron a las escuelas laicas públicas de la ciudad de Paris y han retirado en las escuelas de mujeres y en la de hombres, los crucifijos, las estatuas de la santa Virgen y todos los emblemas religiosos? « ¿Y es cierto que esta retirada tuvo lugar, no de noche, como afirman ciertos periódicos, aunque la noche fuese particularmente favorable a una medida de esta naturaleza, sino a pleno día, durante las actividades escolares y en presencia de los alumnos? «¿Y es cierto que en muchas escuelas, estando los crucifijos situados demasiado alto para que las manos de los agentes pudiesen alcanzarlos, los hombres los han retirado, en ciertas escuelas, sirviéndose de escaleras, y en otras, con largas pértigas provistos de ganchos; que los crucifijos han caído y, en un gran número, han sido destrozados en presencia de los alumnos?...» Una voz a la derecha gritó: –¡Ah! ¡Eso es demasiado fuerte! El Sr. Placard bebió un trago de agua y continuó: « ¿Es cierto que los emblemas religiosos mutilados han sido arrojados mezclados en unas carretillas? « ¿Es cierto que en varias escuelas los niños han dicho: «¡Despreciables!, retiran al buen Dios: ¿qué pondrán en su lugar?... » Esa es la pregunta que yo mismo planteo: ¿Qué pondréis en lugar del Dios de los cristianos para educar, ennoblecer, fortificar y más tarde aconsejar el alma de los niños? ¿Qué pondréis en lugar de Dios?... »
  • 39.
    39 Unos aplausos estallaronen los bancos de la derecha y del centro. El orador arrojaba sus interrogaciones, con la mano derecha extendida hacia delante, con una palabra breve, sopesada, mordiente, pero un poco triste, en la actitud de un procurador general pronunciando una requisitoria en la corte de casación. Por debajo de él, en el banco de los ministros, el Presidente del Consejo escuchaba, acariciando sus largas patillas con mano nerviosa, tomaba notas de vez en cuando, daba órdenes a sus secretarios o consultaba a los ministros, sus colegas. En lo alto, en la primera galería, un poco a la izquierda, bajo el día muriente del techo, la condesa Julia, en vestido de satén negro, y su hija en traje azul, ambas muy elegantes, estaban sentadas. Detrás de ellas, el Sr. de Sombreuse se mantenía de pie, con los brazos cruzados, los labios alegres bajo sus largos bigotes blancos. En el centro, y rodeada de cabezas rubias y morenas, se mostraba la duquesa de Sainte-Moulve, con su rostro puntiagudo, su nariz de córvido, su cabellera blanca espolvoreada desbordando de su sombrero con plumas negras, la mano armada de un largo bastón de concha. En toda la fila, rostros de mundanas y de putas, la flor y nata del barrio Saint-Germain y de la barriada de Europa, – orejas y manos deslumbrantes de joyas, brazos agitando los abanicos o fijando los gemelos, sombreros multicolores que, en el cuchicheo de vecino a vecino, ondulaban bajo los frufrús de seda, como un mar de cosechas embalsamadas y floridas. Aquí y allá, en segundo plano, unos hombres en chaleco, oficiales de gran porte, con entorchados y condecoraciones, luego, mujeres, mujeres, siempre mujeres. Y, bruscamente, en la magia de las telas, en medio de la tribuna diplomática, destacando sobre los vestidos de todos los colores, algunos orientales con rostros alargados, mejor ataviados que las mujeres, deslumbrantes en sus trajes tejidos de oro. –¡Ah! ¡veo muy bien a papá! – murmuró vivamente Thérèse. La señora de Mauval se inclinó un poco, y vio también al conde Jacques, que le pareció muy atento. El orador concluyó: «Si los hechos que acabo de enunciar son exactos, como así creo que son, – y estoy seguro en la mayoría de ellos, – pregunto al Sr. ministro lo que se propone hacer parar reparar esta afrenta a las disposiciones de la ley, este ultraje a la fe de las familias católicas y de sus hijos?» El Sr. Placard regresaba a su banco, y una tormenta de bravos lo escoltaba al paso. El Presidente del Consejo subió a la tribuna, y expuso sencillamente que ninguna disposición legal prescribía la presencia de emblemas religiosos perteneciendo a un culto particular en las escuelas públicas. Tras la presentación y la lectura de un informe sobre el presupuesto de las dietas, en el momento en el que se creía que la discusión estaba cerrada, el Presidente anunció que había recibido una propuesta nueva así concebida: «Solicito interpelar al Sr. ministro de la Instrucción Públcia sobre los hechos que han dado lugar a la pregunta planteada a la tribuna por el honorable Sr. Placard.» Desde que el barón de Verty, firmante de la petición de interpelación, hubo abandonado la tribuna, el Sr. Roques, prefecto del Sena, elevó vivas recriminaciones, clasificando los crucifijos y las estatuas de la santa Virgen bajo la rúbrica general de «mobiliario escolar». Se levantaban brazos en la extrema derecha; manos golpeaban los pupitres; y, en el tumulto, voces furiosas rugían: –¿Mobiliario escolar?... ¡La palabra no es francesa! –¡Censura!... ¡censura!... ¡censura!
  • 40.
    40 –Ese ministro esinnoble! –¡Esto es odioso! Es abominable! –¡Mobiliaro escolar!... ¡Un crucifijo no es un mueble! –¡Habéis insultado la religión! –¡Censura!... ‘censura! ¡censura!... –¡Es una vergüenza!... ¡Una infamia! –¡Censura!... ¡censura!... ¡censura! El presidente sacudió nerviosamente su campanilla para calmar los rumores crecientes; y de pie, dominando la tormenta, dijo: –¡Tiene la palabra al Sr. Béris! Entonces se vio avanzar a un hombre en plena madurez, de rostro afeitado y fresco, color ladrillo, de nariz gruesa y cabellos pelirrojos, achaparrado, un poco ventrudo. Sin embargo subió con bastante facilidad los escalones, tomó posesión de la tribuna, como el que está habituado y se siente cómodo, con las manos apoyadas sobre el atril, con los faldones de su levita un poco apartados, dejando aparecer, por encima del chaleco el blanco almidonado de su camisa con el cuello rodeado de una larga corbata negra. En su virulencia, no se apreciaba el lenguaje, ni la actitud de un gran tribuno: el gesto carecía de amplitud, la voz de potencia, pero el razonamiento era preciso, hábil, lleno de una ardiente convicción. Terminó así su discurso: «Ustedes han retirado la cruz de las escuelas, la cruz que, desde hace dieciocho siglos, resume la imagen de un Dios crucificado, todas las ideas de fe, de esperanza de caridad! Es el crucifijo que encontráis encima del magistrado que va a impartir justicia, ante el testigo que jura decir la verdad! ¡Es la cruz que colgáis al pecho de los valientes!.... Pedimos al Senado, bajo una forma cuyo carácter reconocerá el Ministro de Instrucción Pública que todo el tiempo que la ley de 1850 esté en vigor, los crucifijos sean vueltos a colocar en las escuelas de la ciudad de Paris! De ese modo testimoniareis que la región de Cristo no está aún proscrita en Francia!» Fue un auténtico triunfo. El Sr. Béris descendió de la tribuna; un estruendo de bravos estalló sobre los bancos de la derecha y el centro; varios senadores se plantaron ante su colega, con la boca en corazón, y las manos tendidas. En lo alto, la duquesa de Santie-Moulve, llena de entusiasmo, se encontraba en la galería, despertando a su alrededor sonrisas de mujeres radiantes. El gobierno no parecía contar con un voto de confianza; los ministros se miraban ansiosos; el propio Presidente del Consejo parecía abandonar la partida, y los conservadores no pensaban en otra cosa que en un orden del día, con una disposición bien motivada. De repente, un hombrecillo en chaleco negro, condecorado con la roseta de la Legión de honor, se levantó. Con voz trémula, pastosa, balbuceaba: –Señor presidente, … ¡pido la palabra! Hubo un movimiento de curiosidad y de sorpresa en la izquierda; y hacia la derecha, de donde procedía la voz, unas frentes inquietas, protestas mudas e incluso alzamientos de hombros significativos. Y el Presidente anunció: –¡Tiene la palabra el Sr. conde de Mauval! La condesa Julia empalideció, y Thérèse se sintió enrojecer y temblar, de alegría o de miedo, no lo sabía. El Sr. Sombreuse, siempre de pie, siempre hundido en la galería, esperaba. Su rostro se iluminó en un rictus satisfecho, e inclinó la
  • 41.
    41 cabeza en señalde aprobación, como si el primo, que caminaba hacia la tribuna, hubiese podido verle. El Sr. de Mauval ascendía penosamente los escalones de su calvario. Cuando estuvo en la tribuna, ante un silencioso mar humano, miradas brillantes, cabezas grises, barbas blancas, cráneos desnudos más o menos inmóviles; y más arriba, en la caída del anfiteatro, unas interminables guirnaldas de mujeres, mil cabezas floridas apretadas las unas contra las otras, en ramos multicolores, desde el fondo de las pañerías rojas hasta los dorados de la rampa, en arabescos de terciopelos, de cintas, de encajes desde donde brillaban una constelación de diamantes, – el senador tuvo un deslumbramiento y paso la mano derecha por sus ojos. Miró todavía, a su pesar. Desde luego, no era ese despliegue de lujo, esas variedades de trajes, esos estallidos de pedrerías lo que fascinaba al viejo aristócrata habituado a las elegancias de la alta sociedad; pero veía eso de un modo especial, a través de un prisma, en una ilusión óptica[9]. No veía más que algunas cosas, nada de vestidos, sino los bonitos brazos desnudos, los ojos pintados, los pechos desbordantes, los dientes blancos, las cabelleras rubias, pelirrojas, morenas, desordenadas sobre las frentes, las bocas voluptuosas, unas un poco pálidas, estas purpurinas, aquellas casi sangrantes. Y tenía una sonrisa plácida de codicia. Finalmente, esbozó un gesto: –Ca-a-aballeros… Se detuvo, no encontrando la frase. Unas risas estallaron a la izquierda. El presidente que se había levantado, dio un violento golpe de campana y el silencio se restableció. El conde Jacques farfullaba alegremente: –Ca-aaballeros… balle-e-e-e-ros… es la primera vez que tengo el honor de… de… No hablaba, levantaba el brazo derecho, agitaba la cabeza, entreabría la boca, pero ningún sonido salía de su garganta. El presidente se inclinó hacia él, invitándole a tomar un descanso. Él no escuchó o no entendió, sin duda, pues a pesar de las risas, se volcaba aún más furiosamente, áfono, como un maniquí con el resorte roto. En la primera galería, la emoción había llegado a su culmen. La duquesa de Sainte-Moulve se agitaba, afirmando que la conducta de ese hombre era insensata, y unas voces murmuraban entre los frufrús de las faldas y los abanicos: –¡Oh! querida, ¡qué ridículo! –¡Dí más bien que es indecente! Y mientras la tormenta rugía alrededor de ellas, la condesa de Mauval y su hija mantenían la compostura, apretándose la una contra la otra, sintiéndose de ese modo más fuertes, en su hermosa valentía de mujeres. Tras haber bebido un trago de agua, el senador recomenzó: –Caballeros… Ca-a-a-balleros… esta es la primera… la primera… Desde la tribuna de los periodistas, partieron estas frases: –¿Es que va a titubear mucho tiempo? –¡Chocho! La palabra tuvo un prodigioso éxito de hilaridad. Se repitió en voz alta, en voz baja, a derecha, a izquierda, por todas partes. Sobre los bancos de la izquierda, se reía hasta retorcerse; unos miembros de la extrema derecha protestaban, reclamando la inmediata expulsión de los que interrumpían. La campana seguía sonando aún.
  • 42.
    42 Pero, el tumultoaumentaba. La duquesa de Sainte-Moulve y sus vecinas hablaban casi en voz alta. ¿Por qué el Sr. de Mauval se obstinaba tercamente cuando no era orador y había tantos políticos ilustres – las damas hacían gestos, citaban nombres –que hubiesen podido hablar en su lugar?...¡Realmente, ese viejo imbécil – pronunciaban el epíteto – iba a comprometer el voto! El conde seguía balbuceando: –Ca-a-aballeros… Ca-ca… Ca-a-balleros… Y eso era todo, todo lo que se podía distinguir en medio del guirigay creciente en una hilaridad general en ese Senado, de ordinario más serio. La propia Cámara de los diputados, en sus sesiones más cómicas, bajo la tormenta de la cháchara del Sr. de Gavé, hoy senador, no había ofrecido nunca un espectáculo tan desolador. La madre y la hija, locas de vergüenza, mordían sus pañuelos para no llorar. El Sr. de Sombreuse se inclinó hacia ellas: –¿Pero qué le ocurre?... Dios mío, ¿qué le ocurre?... ¡Si pudiese hacerle alguna señal! Pero no… todavía quiere hablar… ¡Oh!... Julia, Thérèse, ¡no permanezcáis aquí!... ¡Venid, os lo ruego! Ni la una ni la otra respondían a la llamada del marqués, y se mantenían tomadas de la mano, inmóviles y tan pálidas que los extraños adivinaban su dolor. Finalmente, el Sr. de Mauval bajó de la tribuna bajo una tempestad de irónicos bravos. –¡La clausura!... ¡la clausura!... ¡La clausura!... – se gritaba por todas partes. Los señores de Gamie y de Gavé pedían la palabra, ambos a la vez. La condesa Julia y Thérèse aprovecharon el escándalo para abandonar sus localidades, y la señora de Mauval aceptó, casi desfallecida, el brazo que le ofrecía el Sr. de Sombreuse. Muchas grandes damas, y sobre todo la duquesa de SainteMoulve, las siguieron con la mirada, amenazantes, mostrándolas así a la curiosidad pública, hasta que el marqués cerró violentamente la puerta del palco. Se produjo una interrupción en la sesión. En los corredores del palacio, el Sr. de Sombreuse y las dos damas pasaban, rápido. Pero a la salida, tuvieron que detenerse a causa del embotellamiento. El nombre de «Mauval» se escuchaba, a derecha, a izquierda, por todas partes. Salía de las puertas abiertas, bajo una lluvia de insultos y de bromas, golpeando a la madre y la hija en pleno pecho, en el corazón, sin que tuviesen poder para defenderse. –¡Mauval!... ¡Mauval!... ¡Mauval!... –¡Chocho!... ¡Chocho!... ¡Chocho!... El nombre y el epíteto ganaron la multitud atrapada delante del palacio de Luxemburso; solamente, la fila de los criados de a pie, guardó silencio, mientras que el exterior se llenaba de un clamor ensordecedor: –¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... En medio de un grupo, un joven en chaqueta, con nariz puntiaguda y bigotes rubios, tocado de un sombrero de seda con bordes planos, el monóculo en el ojo izquierdo, se partía de risa; sus largas manos golpeaban sus delgados muslos: –¡Oh! ¡si que ha sido divertido!... ¡El padrecito Mauval es más fuerte que Gavé y que Gamie!... ¡Se ha tragado la lengua!... –¡Genial!... ¡Genial!... ¡Mauval Chocho!... ¡Mauval chocho! – se decía a coro. El marqués levantó su bastón. Thérèse le agarro el brazo y lo arrastró, perdida, abriéndose camino. –¡Mauval chocho!.... ¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... La calesa esperaba. Las damas subieron. Siempre prodigándoles consuelo, el Sr. de Sombreuse les dijo que iba a esperar a Jacques y regañarle un poco por su
  • 43.
    43 fantasía, que, ensuma, no era muy seria… ¡París olvidaba pronto!... ¡Mañana, nadie pensaría en este desdichado incidente!... ¡No, nadie!... La condesa sollozaba. –¡No llores más, mamá!– suspiraba Thérèse. Desde que el coche se hubo alejado, el Sr. de Sombreuse esbozó una sonrisa de orgullo: la mujer había sido humillado por el marido, y la comedia estaba representada. Bajo el peristilo, bien antes del fin de la sesión, el primo encontró al Sr. de Mauval. Le tendió afectuosamente los brazos: –¡Ah! ¡mi pobre Jacques! –¿Eh?... son bastante bestias, esos… Es cierto que no he estado brillante… ¡Ah!, pero tú, ¿que me has dado de beber en el almuerzo? –¡Vinos y licores que yo mismo bebía, sin duda! –Esto es insólito… He sentido mi cabeza que se deshacía… ¡Ni una idea!.. Nada más que unas inmensas ganas de reír y de gritar «¡gnouf! ¡gnouf!...» Me he contenido… El Sr. de Sombreuse sonrió: –¡Has hecho bien! –¿He estado grotesco? –¡Claro que no! –Figúrate que algunos canallas me tildan de chocho. –¿En serio? –Como te lo digo… ¡Pero me importa bien poco! –¡Caramba! Caminaban codo con codo, dirigiéndose hacia el cupé del marqués. Presa de una idea, el conde Jacques se detuvo: –¡Ay! ¡ay! –¿Qué? –¿Mi mujer y mi hija estaban en la sesión? –Sí… ¿No las has visto? –No… Julia y Thérèse han debido quedar muy entristecidas… –¡No del todo! –¡Es que amo a mi esposa y a mi hija!... Yo no debía… –Se diría que vas a llorar… Vamos, ¡he aquí mi gente!... ¡Sobreponte! El criado de a pie abría la portezuela. El Sr. de Mauval se instaló en el cupé, mientras unos golfillos, aprendices, todavía gritaban: –¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... ¡Mauval chocho!... El conde, furioso, iba a bajar; pero ya el marqués daba al cochero la orden de partir. –¡Ah! ¡los canallas!... ¡los canallas! –Vamos Jacques… No pienses más en esos idiotas… ¿Qué hacemos esta noche? –Yo regreso a casa de la Plock, en la calle de Roma… –¡Perfecto! –¿Cenas con nosotros? –¡Con mucho gusto! –Y luego a divertirse con la pequeña Poupard! ¡Encantadora la Beaudoin!... ¡Todo un talento!... –Sí, pero, ¿y tu esposa? –¿Mi esposa?... ¿mi esposa?... ¿Por qué me hablas de mi esposa?
  • 44.
    44 En el palacete,la condesa Julia y Thérèse esperaban al conde, ansiosas. Ambas quedaron contrariadas al saber que el gran primo cenaba en la casa; hubiesen querido estar solas, para tratar de hacer comprender al marido y al padre toda la pena que les había causado en esa maldita jornada. Pero no podían despedir al infernal pariente. Por lo demás, el Sr. de Sombreuse se mostró muy amable, y consoló a las damas, afirmándoles que el arte oratorio en materia de política era arriesgado, que hombres muy aguerridos en las asambleas provinciales, e incluso en la Corte de apelación de Paris, se desorientaban, cuando, por primera vez, abordaban la tribuna del Parlamento. Citó ejemplos antiguos y recientes, en la Cámara de diputados y en el Senado. Mientras el marqués se iba, el Sr. de Mauval ordenó a un criado que le trajese su abrigo, su bastón y su sombrero. La condesa, horrorizada, le dijo: –Jacques, ¿vas a salir? –Sí, querida… –¿Pero estás indispuesto! –Una cita de negocios… –¡Te lo suplico! –¡Julia, es necesario!... La señora de Mauval se dejó caer sobre un sofá, y un quejido salió, por tres veces, de su oprimida garganta: –¡Oh, Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Dios mío!...
  • 45.
    45 VII Esa noche, AiméeDarnet, llamada la Glotona, no recibía a ningún hombre; esperaba a la condesa de Mauval. Para la ocasión, la señorita Darnet se había vestido con un traje negro subido, sin joya alguna. Había dado a su criada y cocinera unas entradas de teatro, para estar sola con su antigua amiga del Sagrado Corazón; y las dos mujeres ya se habían ido al Ambigu, muy alegres de poder ver algún drama terrible. Dos lámparas iluminaban el salón de la Glotona, y el fuego brillaba en la chimenea. Con una palmatoria de antiguo Saxe en la mano, la casquivana caminaba por su apartamento, del salón al corredor, del vestíbulo al comedor, del dormitorio al baño; ocultaba algunos objetos excéntricos que estaban en los muebles, quitaba de las paredes los cuadros subidos de tono, metía violentamente en un cajón unos álbumes de imágenes pornográficas y estatuas de mármol rosa en posturas obscenas, disimulaba todo lo que habría podido chocar a la vista de la visitante. Y, su cabellera negra fijada por un sencillo peine de concha, con ojos escrutadores, presa de una sorda inquietud, la Glotona experimentaba una sensación, a la vez penosa y dulce, derivada de un sentimiento de orgullo y también de amargura. La puta se sentía orgullosa de su casa, pero entristecida por los recuerdos de infancia y juventud, y había en ella un trastorno extraño, un brusco deseo de mostrar abiertamente todo el despliegue de su lujo y también la voluntad más imperiosa de parecer dulce y humilde. El reloj dio las nueve. A partir de ahora ningún cuadro, ningún juguete, ninguna fantasía sospechosa podría herir la sensibilidad de la gran dama esperada. Aimée fue a tomar sitio al salón, en uno de los sofás de terciopelo cereza con bordados de oro dispuestos junto al fuego. La Darnet tenía treinta y cinco años, tres años menos que la condesa; y no más que esta, no parecía legitimar su edad. Una vida ardiente, que usando el cuerpo de la mujer, no marchitó demasiado la figura de la meridional. De talla media, muy morena, ojos enérgicos y acariciadores, una boca grande con labios un poco rojos, un pecho redondo, no ofrecía nada en su actitud que justificase el sobrenombre con el que el vicioso Paris la marcaba. Pero sus más íntimos, los de ayer y los de hoy, sabían a qué atenerse sobre la modesta compostura de la Glotona. Era una devoradora de hombres. En sus quince años en Paris, acababa de cumplir todas las etapas de su profesión, merodeadora de aceras, puta de cervecería, habituada a casas de paso, amante de estudiantes, compañera de camareros de café, asidua a sórdidos hoteles, vendedora de corbatas para viejos caballeros, tanto aquí, tanto allá, viviendo un invierno en el barrio latino, regresando a continuación a los alrededores de la estación Saint-Lazare, bailando en Bullier, o en el Elyeseo Montmartre, o incluso en la Boule-Noire, en las horas de miseria. En su angustia, después de la muerte de su hija, se había arrojado en el vicio, aceptando las intermitencias de satisfacción y de molestias, pero teniendo en el espíritu el deseo de vivir libre, no importaba dónde. Tenía buenas relaciones con la policía, muy asidua a las visitas de los médicos, casi doctora ella misma, con motivo de las inspecciones que imponía a su tan variada clientela. Haciendo eso, evitaba las enfermedades vergonzosas,
  • 46.
    46 reparando los excesosdel día y la noche, mediante una higiene constante y una alimentación equilibrada. El temor a caer en manos de un proxeneta, o estar para siempre encerrada bajo las rejas de los lupanares, la había hecho ahorradora, mientras sus colegas dilapidaban sin mesura. Se hubiese dicho que la Glotona había comprendido la vida desde el primer paso de su loca carrera, y que una intuición misteriosa la guiaba a través de los caminos de la lujuria. Mientras otras mujeres, menos inteligentes, morían sobre las camas de hospitales, se refugiaban hacinadas en las casas o se colocaban como porteras, Aimée Darnet era casi única en su tiempo, y no envejecía. La Glotona estaba en su casa sin rendir cuentas a nadie, recibiendo a los amigos que le apetecía. Tenía unos títulos de renta, obligaciones en los ferrocarriles, en suma, un saldo de una centena de miles de francos, y no hubiese tenido más que instalarse en un palacete en el Elyseo. Aimée se conformaba con un cupé al mes y dos domésticos, una criada y una cocinera, con la idea fija de acabar sus días en algún agujero de provincias. No tocaba su fortuna y vivía de los ingresos cotidianos que obtenía de su cuerpo, muy prudente en los asuntos de amor, pues no tenía necesidad de recurrir a los hombres, ni de llamarlos desde las ventanas, solamente los esperaba como una amante rica y siempre festiva. La Glotona no había podido resistirse al ruego de su antigua amiga la Señora de Mauval, solicitando una cita. Desde luego, hubiese preferido que la gran dama se ciñese a la respuesta que ella le había escrito, animada por un sentimiento de gratitud. ¿Qué es lo que Julia venía a hacer en el domicilio de la cortesana? ¿El pretexto invocado era real? ¿Esta insólita visita acaso no delataba una curiosidad malsana? ¿Es que la puta iba a someterse al interrogatorio de la mujer decente? ¿Julia iba allí para insultar a la compañera del Sagrado Corazón?... ¡Oh! ¡no! Aimée Darnet se acordaba de Julia de Ferville, la dulce compañera de su juventud, la casta pensionista a la que una palabra obscena hubiese ultrajado. Volvía a ver a la angélica figura de la condesa, la aparición celestial en el tugurio de la calle de Berlín, la noche en la que ella lloraba, de rodillas ante el cadáver de su pequeña; le parecía que ella aún notaba el calor de la mano amiga que había presionado la suya; se estremecía al recuerdo del beso fraternal que había recibido, con el rostro mojado de lágrimas y el pecho palpitante por los sollozos. Y mediante la visión de su duelo de madre, un único pensamiento se aferraba al cerebro de la Glotona: ¡Tenía que suceder que Julia fuese muy desgraciada para que esta noble mujer se rebajase hasta ella! De vez en cuando, la puta se levantaba, temerosa, pensando que la señora de Mauval encontraría tal vez en su camino, uno de esos muchachos que alborotan en las habitaciones del segundo piso, encima de su apartamento. Abría la puerta del pasillo, arrojaba una mirada furtiva sobre la escalera, donde brillaba la lámpara de gas, luego se dirigía hacia una ventana, miraba la calle y se apartaba vivamente del rincón donde se levantaba la cortina, por temor a que pasase alguien conocedor de la casa y tomase el gesto por una llamada. Sonó el timbre de la antesala. La Glotona, temblorosa, fue a abrir la puerta, y echó hacia atrás los hombros para dejar pasar a la visitante. La señora de Mauval entró. Una larga pelliza negra la envolvía por completo. Estaba muy pálida, sin aliento, habiendo caminado con paso rápido hasta la casa de la calle de Constantinopla, después de haber abandonado el carruaje que la había conducido, en la plaza de la Trinidad.
  • 47.
    47 Las dos mujeresse sentaron en el salón, junto al fuego. –Aimée, – gimió dolorosamente la condesa, – he venido a verte porque puedes salvarme… –¿Qué ocurre?– preguntó la Glotona, – ¿Te amenaza algún peligro?... ¡Dispón de mi… ¡Sea lo que sea, estoy dispuesta! –Confundes el sentido de mis palabras… En mi primera carta te contaba mis infortunios… Ahórrame un relato inútil… El tiempo es vital… Tú conoces lo que yo ignoro… ¡Habla!... –Pero, ¿qué exiges de mi? ¿Qué puedo decir? –He venido a saber lo que seduce a un hombre, a un viejo hambriento de lujuria… ¡Oh! te parecerá que soy rara, que estoy loca, ¿verdad? Déjame repetirte que tienes ante tí a la más desgraciada de las cristianas, una esposa que llora y desespera… Figúrate, que tengo un marido al que amo, un marido al que veo morirse de una muerte espantosa, muerto por… –¿Mis colegas?... Sí, por mis colegas! – acabó tristemente la Glotona. –¡Escúchame Aimée! No vengo ni como justiciera, ni como moralista… Vengo afligida, en la explosión de un dolor que ya no puedo vencer… He soportado mi soledad conyugal, valiente, sin un reproche, sin una queja, ocultando las lágrimas a mi hija… Hoy, tengo que actuar, pues no debo abandonar al hombre cuyo apellido llevo después de veinte años de matrimonio… No, no debo… no puedo… no quiero… Y, vivamente, como transportada en un delirio donde su razón se perdía, con el corazón palpitanto y la voz silbante, la condesa de Mauval continuó: –¡Jacques se muere!... ¡Va a morir!... ¡Con el conocimiento de tus secretos de mujer, lo atraeré hacia mí!... ¡Lo conservaré para mí, para mí sola, esclava dócil de sus caprichos… Y, por lo menos, si sucumbe, se apagará ente mis brazos, lejos de aquellas que podrían reírse de sus locuras y de mis angustias!... ¡Lo salvaré!...Tras haberlo satisfecho, colmado de caricias, después de ser una esposa devota y fiel hasta la orgía de los sentidos, lo iré deshabituando poco a poco, ¡como al bebedor al que se disminuye cada día el licor de muerte!... Y Jacques se convertirá en lo que era antes de que me fuese robado: ¡un padre afectuoso, un marido cariñoso, un hombre honorable y honrado! La Glotona bajaba la cabeza. –Aimée, – continuó Julia, – ante la desgracia, no existen las diferencias sociales… No es a la desconocida de ayer a la que me dirijo, sino a la amiga de la infancia… Tú eres la única mujer a la que me atrevo a contar mis tormentos… ¡Soy fuerte y valiente! Aimée se levantó, muy recta, con las manos juntas y los ojos llorosos: –¡Eres una santa!... Tu presencia aquí honra y purifica todas las cosas… ¿Y quieres que yo, la puta caída, murmure a tu oído palabras que te harán enrojecer?... ¿Quieres que destroce tu corazón, y hasta tal punto que, cuando salgas de esta casa y regreses a tu domicilio, tengas un asco tan grande que tus besos de madre te parecerán mancillados de basura? ¿Quieres que yo te ensucie?... ¡No!... ¡no!... ¡Eso sería infame!... ¡Oh, Julia! ¡Sigue siendo la esposa que el marido respeta, la gran dama a la que todo el mundo saluda y que los pobres aman, la madre que Thérèse idolatra!... ¡Oh! ¡no trates de luchar contra mis iguales! ¡Conserva ese pudor exquisito que yo he perdido y que a menudo añoro!... No, no quiero arrojarte en un abismo de donde no saldrás… El conde Jacques reconocerá sus faltas: él te encontrará amante y pura… Vamos, ¿acaso eso no vale la pena?
  • 48.
    48 Julia no serendía al razonamiento de la amiga, que se expresaba en ese momento con todo el cariño de una hermana abnegada. –¡Quiero que hables!... ¡Lo quiero!... ¡Lo necesito!... La Glotona vacilaba todavía. Por fin preguntó: –¿Realmente es necesario? –¡Sí, lo es! –¿Y juras que jamás me reprocharás… tu instrucción? –¡Te lo juro! –¡Reflexiona, Julia! –Ya he reflexionado… ¡No me expondré a buscar en otra, en una extraña, los secretos que tú posees! Durante todo el tiempo que duró esta conversación, la señora de Mauval no había dejado de trasladar su mirada, de derecha a izquierda, por el salón de la Glotona, esperando descubrir por sí misma esos misterios que la turbaban tan profundamente. Pero la condesa no vio a su alrededor más que un mobiliario de dama galante, unos sillones azules, sofás dorados, mesas de laca o madera rosa, espejos de Venecia, algunas estatuilla de mármol o de bronce, unas cerámicas, una alfombra persa, cortinas de seda dorada. Fijaba siempre su mirada sobre algún punto oscuro de la telas tendidas en las paredes, examinando con atención las diagonales, los rectángulos, los círculos, las medias lunas, las estrellas del tapiz multicolor, buscando en los dibujos y en los bordados semejanzas a trajes de pequeños arlequines, indecencias que no estaban allí. Luego, se apoyaba sobre un canapé, a fin de ver si el asiento no tenía resortes especiales; tocaba los brazos del sofá donde estaba sentada, asombrada de no haber sentido ya alguna voluptuosidad. Aimée, que la observaba, hubiese roto a reír, si no fuese porque el rostro de Julia estaba cubierto de una sombra de tristeza, cada vez más penosa, a medida que eran vanas y decepcionantes esas búsquedas de la mujer de la alta sociedad. Había realmente en ella una ingenuidad dolorosa en el modo cómico con el que la señora de Mauval cumplía con su visita, como abría desmesuradamente sus bellos ojos, levantaba la cabeza, tendía el cuello, ávidamente, a la manera de los espectadores de una feria. ¡Pero no había trucos! Entraron en el dormitorio, iluminado por una lámpara de cristal de bohemia, y, esta vez, la Glotona dio rienda libre a su desbordante alegría, cuando la condesa se acercó a la cama de columnatas de palisandro para tocar los sedosas mantas, la madera esculpida, las almohadas de encajes, el edredón de satén rojo, las sábanas de tela fina adornadas con bordados, con esta divisa en patois: Faï ce qué volé; laissé diré.4 La Glotona contuvo su hilaridad para no prolongar la turbación de la condesa. Ambas tomaron asiento sobre una butaca, y la antigua pensionista del Sagrado Corazón – la devoradora de hombres – expuso sus teorías sin omitir detalles, obligada como estaba a emplear palabras de doble sentido, perífrasis, o incluso a llamar a las cosas por su nombre, ante la ignorancia de su interlocutora. Le contaba los misterios de la alcoba, se extendía sobre los vicios del hombre y la mujer, indicaba con una palabra, una mirada, a veces un gesto, lo que pedía ese amante joven aún con su pantomima, lo que quería ese anciano acostado en tal posición. Contaba sus repugnancias a su amiga, sus rechazos en presencia de monstruosos deseos manifestados por los brutos extendidos en los sofás; contaba la manera de actuar para despertarlos de su sopor, para fulminarlos, o para engañarlos. 4 Haz lo que quieras. Deja decir (Nota del T.)
  • 49.
    49 Contaba las fintas,las carantoñas, los simulacros, las mentiras del tacto y la palabra, que persuaden a ciertos seres que sus fuegos nunca desaparecidos vuelven a encenderse. La voz sonora de la puta daba a la ruda nomenclatura de sus salmos una expresión mágica. Parecía incluso que la obligada crudeza del lenguaje desaparecía bajo un aliento de bárbara poesía, en las ramas de una floración gigante; parecía que los decorados de los civilizadores, los refinamientos del lujo, se hundían bruscamente para dar lugar a las lianas y a las hogueras, a los roquedales musgosos, a los suelos arenosos y a las ciénagas, y que los seres evocados, los hombres y las mujeres, todos los posesos de los sentidos, naturalezas primitivas, indómitas y furiosas, se mezclaban con las bestias de los primeros tiempos sobre una tierra virgen. La otra, la mujer inmolada, escuchaba el terrible encantamiento; escuchaba con ojos enloquecidos y la boca torcida en una blasfemia. En un determinado momento, Aimée se acerco a una cómoda de palisandro e hizo girar un resorte. En el cajón abierto se encontraban objetos extraños que recordaban piezas anatómicas: aparatos destinados a despertar los goces sexuales, engañifas, toda una serie de instrumentos en porcelana y caucho. La Glotona los exhibía uno a uno, explicando el uso de aquellos cuya forma no determinaba exactamente su funcionalidad[10]. Y de repente, la Sra. de Mauval, no quiso ver más, no quiso escuchar más, se tomó el rostro entre sus manos, y lo aplastó rabiosamente, como para triturarlo. Un gemido salió de ese pecho de mujer, un gemido donde gritaban todas sus angustias, todos sus ascos, todos sus rencores: –¿Él es así?... ¡Oh!... Aimée Darnet la contemplaba con una mirada de enérgica protesta. ¿Por qué había venido Julia?... ¿Por qué la había obligado a contarle todo eso?... La condesa pronunció un «gracias» y, fuera de sí, desapareció.
  • 51.
    51 VIII El Sr. deSombreuse consideraba que la hora de tomar a la mujer de su primo todavía no había llegado. No tardaría en llegar la bendita hora en la que la señora de Mauval, desolada, se arrojase en los brazos de un amante para huir de los disgustos de su casa, para desertar del lecho nupcial, que el marido hacía inmundo. Entonces, la esposa llevaría, en torno a ella, esa fulgurante mirada de las mujeres solas y escrutadoras, a las que anima una idea de lujuria o de venganza. ¡Él estaría allí! Aparecería como un consolador, siempre alegre, siempre riendo, haciendo olvidar su edad por el encanto de su palabra, la elegancia de sus gestos, la juventud de sus ojos y de sus labios, la autoridad de su apellido y de su fortuna, el vigor de sus brazos, dispuestos a proteger y a defender a la mujer. Por lo demás, él solo era culpable de entrar en liza. El palacete de la calle de Varenne, donde los Mauval desplegaban antes una gran actividad social, se encontraba, por así decirlo, cerrado a todo el mundo, desde que el conde Jacques se abandonó a la excentricidad de sus manías. La condesa no podía ofrecer a sus invitados el espectáculo de tantos dolores valientemente soportados. Tras la sesión cómica del Senado, las viñetas humorísticas de los periódicos, los panfletos satíricos, las canciones picantes de los cafés-concert, las caricaturas circularon por Paris. Se representaba al conde de Mauval en la tribuna, con el ojo izquierdo cerrado, el brazo derecho en el aire, la boca atormentada cómicamente abierta; o incluso, completamente desnudo, con la cabeza rodeada por manos de mujeres que se disputaban los débiles sesos de su cerebro. Los periodistas atribuían frases al senador, cuyo apellido, escrito a veces con todas las letras o modificado de un modo fácilmente reconocible, era asignado al «personaje en cuestión», a «Pandora», a «Guibollard», a «Joseph Prud’homme», a «Boireau», en definitiva a todos los ignorantes y a todos los imbéciles célebres: se decía «el padrecito M***», y el padrecito M*** se convertía en proverbial. El marqués se las ingeniaba hipócritamente para que los periódicos y las caricaturas lloviesen en la habitación de su prima. La Sra. de Laurière y su hijo, raramente acudían al palacete. Guy no ignoraba el escándalo que su futuro suegro había protagonizado en el Parlamento, y, aunque todavía amaba a Thérèse con toda su alma, juzgaba conveniente abstenerse, y dejar calmar los ruidos burlescos de la ciudad parisina. En su pervertido cerebro, el Sr. de Sombreuse se regocijaba de esta interrupción del lenguaje de amor; pues temía que, pese a los flirteos con su novia, el novio tuviese miradas para la mamá de Thérèse. –Las mujeres que rozan la cuarentena se encienden pronto en accesos de deseo… – decía él con mirada soñadora… – A una madre joven y bella, generalmente le gusta atraer al yerno, cuando el marido es viejo y el yerno un apuesto muchacho… Guy tal vez fuese un rival, un obstáculo… El obstáculo estaba alejado, y, si fuese necesario, ¡lo destrozaría! A menudo, hacia mediodía, tras una noche de orgía, cuando había paseado a su primo por los prostíbulos del barrio de Europa, el marqués de Sombreuse, al que ese rol de proxeneta aficionado convenía perfectamente, se encerraba en su
  • 52.
    52 biblioteca. Iba allí,en medio de los libros, para rehacer el espíritu y buscar alimentos nuevos en su fiebre de los sentidos. Los romanos le producirán sensaciones apoteósicas. En primer lugar, Julio César, el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres[11], según la expresión de Curion; el lujurioso que había concebido una ley que le permitiese gozar de todas las damas romanas que le apeteciesen; luego Augusto, ese restaurador que tanto se preocupaba de las costumbres y las leyes, pera era uno de los más furiosos disolutos de la República romana, el esclavo de los placeres de su gran tío César, el amante de su propia hija Julia; Tiberio, libidinoso hasta en las torturas que inventaba; Calígula, amante de la hija que tuvo con Cesonia, se disfrazaba de mujer para buscar por las noches enamorados de su engañoso sexo, cambiando de rol. Claudio, el cínico bufón, embrutecido por los excesos; por último Nerón, violando a la vestal Rubria, haciendo mutilar al joven Esporo, como si hubiese querido hacerla mujer, cubriéndolo con un velo nupcial, circulando con el en litera, besándolo públicamente, esposándolo a continuación; ese mismo Nerón, vestido de piel de animal, arrojándose sobe unas víctimas de los dos sexos atados desnudos a unos postes, y buscando goces sobre sus cuerpos. Y los demás, Galba, Otón, Vespasiano, Tito, Domiciano, Nerva, Trajano, Adriano, Cómodo, que imitaban a sus antepasados, los igualaban, sin poder ir más lejos. Para el viejo aristócrata de blancos bigotes y lector entusiasta, esta podredumbre romana ardientemente evocada parecía salir de las tumbas. Los infames gozadores brillaban en su gloria, brillaban bajo un cielo oro y púrpura, de pie sobre sus víctimas amontonadas, con la sangre a su alrededor. Luego venía el cortejo de las emperatrices: Julia, la tercera mujer de Tiberio, extraordinariamente feliz con sus derroches, hacía poner, cada día, sobre la estatua de Marsias, tantas coronas como crímenes había cometido durante la velada; Agripina, entregándose con voluptuosidad a las caricias de su hijo Nerón; MesalinaValeria, amante de su hermano Domicio, la mujer que miraba a las muchachas virtuosas con ojos horrorizados, la emperatriz que, según Juvenal, se escapaba de su palacio con los senos descubiertos, brillantes de oro, para apaciguar su sed de lujuria en un tugurio, y «salir de allí la última, más fatigada que satisfecha, ahumada por las lámparas, con las mejillas lívidas, sucia, llevando el olor del antro a la almohada del emperador »; Popea, que, según Tácito, no diferenció en modo alguno a sus maridos de sus adulterios; Domitia, amante del actor Paris; Soemis, alentando los desenfrenos de su hijo Heliogóbalo, quién, para ella, creó un senado de mujeres; Faustina la vieja, Faustina la joven, digna una de la otra, la vieja instruyendo a la hija, un monstruo de ignominia. Y todas las demás, Crispina, Titania, Julie, Nona Celsia, Lucila, espantosas hembras, vergüenzas de la naturaleza. A este desfile de saturnales antiguas, sucedía la visión de la Edad Media, pues el espíritu desamparado del Sr. de Sombreuse no conocía tregua en la carrera infernal en la que esperaba encontrar un reposo, un paliativo con la idea que le obsesionaba, que le acosaba a todas horas. Aunque encontrase que la epopeya romana tuviese más grandeza en su realismo, más vida que la tenebrosa Edad Media, se complacía en esta época oscura, donde la demonomanía y la ninfomanía causaron tantos escándalos en los conventos, en los claustros, en los castillos y hasta en las viviendas más humildes. El sagaz lector establecía un resumen, según los libros de su biblioteca. Había escrito un memento muy vivo y claro que le guiaba en sus búsquedas, pues le
  • 53.
    53 gustaba acudir alas propias fuentes, demasiado apasionado para conformarse con trabajos de historiadores contemporáneos, bastante instruido para comprender los textos. Poseía toda la colección de las obras que trataban de demonopatía, demonolatría, y también todos los libros antiguos y recientes de los doctores, de los filósofos y los críticos: Pierre Delancre, Garinet, Aurelianus, Calmeil, Spranger, Pic de la Mirandole, Wieri, Leloyer, Bayle, Grangeron, Ponzinibius, Duncan, Hecquet, Wesselus, Agrippa, Jovius, Del Rio, eran sus autores favoritos, los historiadores de los íncubos y los súcubos, de los que el Sr. de Sombreuse extraía sus más íntimas y más violentas emociones. Los médicos decían que «Íncubo» es un mal en el que la persona cree estar oprimida. El vulgo llamaba a los íncubos y los súcubos «gallinas empachadas», con la convicción de que se trataba de una vieja que se sentaba sobre los cuerpos. Hoy en día, los campesinos meridionales todavía se abandonan a supersticiones semejantes. No es raro encontrar en el Périgor negro algún viejo jornalero que deja de cazar, su único placer, porque cree haber escuchado a la «caza volante» entre un ruido de alas y gritos de pájaros, durante el sueño. Si el viejo cazador cogía su fusil y disparaba a una liebre, la caza volante vendría, una noche de Navidad a tomarle, arrancarlo de su cama, y arrástralo a su lecho, a través de las nubes para siempre. El marqués tenía un modo original y propio de su temperamento, para explicar las ilusiones y las alucinaciones de la sensibilidad de los órganos genitales, las delirantes concepciones de la cohabitación carnal con el diablo, del acoplamiento de los íncubos y los súcubos: los primeros, amigos de los hombres; los segundos, seductores de mujeres. A decir verdad, todos estos dramas fantásticos tan bien narrados por Pierre Delancre, consejero en el parlamento de Burdeos, tenían una causa real: la depravación de los monjes y las religiosas. Así, un narrador contaba que Robert el Diablo era el hijo de un íncubo y de la esposa de un duque de Normandía. El Sr. de Sombreuse también se consideraba un íncubo, bajo la piel de un gallardo monje huyendo de su claustro. Otra buena broma era el recordatorio del episodio de 1491, en el que unas religiosas de un convento de Cambrai habían recibido en sus dormitorios la visita de los demonios: era la hermana J. Pothière que había introducido a su amante y a los amigos de su amante, con todo el aparato de rigor. El marqués se partía de risa, y, sin preocuparse del anacronismo y la trivialidad de la palabra, traba de «fumistas» a los diablos de carne y hueso que habían encontrado el medio de deslumbrar a las mujeres casadas y gozar con ellas en presencia de sus esposos, a la luz de un incendio ficticio, en el desorden de las mantas furiosamente agitadas. ¡Ah! ¡Qué buenas y felices épocas!... ¡Y lo bien que el vicioso marques se hubiese sentido poseído por los demonios de Pierre Delancre!... Una multitud de gozadores y gozadoras, todos malignos, con algunos imbéciles, tal era, en último análisis, el juicio que el Sr. de Sombreuse tenía sobre la Edad Media. Allí donde los filósofos y los médicos ven, con sana razón, casos de patología, el viejo aristócrata observaba solamente farsas lujuriosas. Había allí, en definitiva, muchas menos esposas enfermas que mujeres pervertidas; muchas menos ninfómanas que muchachas hábiles y viciosas, en esas escenas eróticas de Sabbat, en esas pretendidas visiones de alcoba, donde los maridos, estatuas inmóviles, veían destruida su felicidad, sin poder poner orden en ello. Bellas farsantes, todas esas jóvenes de 15 a 20 años, recibiendo en sus camas a los enamorados de paso, y no ignoraban, por su forma, la procedencia de la nube con la que sus visitantes las cubrían.
  • 54.
    54 El marqués deSombreuse reía con sarcasmo más alto que nunca, leyendo las aventuras de las chiquillas más o menos ingenuas o desenfrenadas. –¡Esas putas han mentido como Cristo y Mahoma, o bien se han tragado tranquilamente las culebras! – decía él, muy feliz y orgulloso de haber resuelto, a su modo, el problema de los íncubos y los súcubos. Sí, voluntariamente entregadas o víctimas de la bestialidad humana, todas esas criaturas, la señorita Abadie entre otras, que, habiendo conocido algún monje extrañamente vigoroso, afirmaba que su amigo –¡Satán! ¡Siempre Satán! – ¡tenía la caricia demasiada brusca! Una entregada sin duda, la señorita Abadie, puesto que establecía contrates entre sus diversos amantes, y que entre sus compañeras, confesaba experimentar un maravilloso placer dedicándose al desenfreno en compañía de uno de sus primos. Solo, los acólitos de Belcebú – del monje gigante, – la hacían sufrir. Otro tanto ocurría con las demás, Jeanne, Marie, Marguerite, la señorita de Sains, la señorita Mangrane, todas mentirosas, hipócritas refinadas o putas idiotas, estas voluntariamente sumisas, aquellas ferozmente violadas. El marqués de Sombreuse concluía: –¡Ah! ¡bonitas casquivanas, las amantes de la edad media! ¡Y no tontas!... ¡no tontas!... ¡Pobre señor Satán, habéis servido de pretexto de muchos adulterios, muchas violaciones, incestos, actos de sodomía!... ¡Todas mis felicidades, señor Belcebú! Y tras esta larga y penosa excursión a través de las edades antiguas, el aristócrata libertino terminaba su estudio, con la firme creencia de que perseguir la historia del vicio hasta los tiempos modernos sería exponerla a un desengaño. En suma, las fantasías de Luis XIV, los excesos de la Regencia y del reino de Luís XV no había sido más que unas tenues copias de las saturnales antiguas. Esas pequeñas proezas de los reyes carecían de grandeza si se las comparaba con las pompas romanas y no abrigaban nada, en su insignificancia, como las apariencias misteriosas de la Edad Media. El Sr. de Sombreuse no quería estropear su delicia entregándose a lecturas sobre temas pueriles donde figuraban, aquí y allá, algunos personajes interesantes y muchos plagiarios poco atrevidos. ¿Qué le producía unos amoríos en el Parque de los Ciervos, en comparación con las orgías de Calígula y de Vitelio? ¿Qué podía significar una aventura galante del Journal de Barbier, al precio de las confesiones de la señorita Abadie? Pobre La Vallière y pobre du Barry, tristes amores, tristes figuras ante las grandiosas figuras de las Mesalina y las Nona Celsia! Luis XV, desflorando a la pequeña Tiercelin, de 11 años de edad, ¿era comparable a Nerón, mutilando al joven Esporo? ¿La apasionada zarina Elisabeth, hija de Pedro el Grande, ofrecía algún interés en presencia de Faustina la vieja, o de la hermana Pothières, la religiosa de Cambrai!? Apenas dos hombres, el conde de Charolais y el marqués de Sade, merecían alguna atención. Y aún así, “el divino maruqés” no era más que un plagiario de los emperadores romanos, un monómano cruel, un escritor sin método, sin variedad, sin instrucción; y el Sr. de Charolais, abatiendo a disparos de fusil, después de un festín de mujeres, a los tejadores sobre los techos y a los transeúntes en las calles. El propio Sr. de Charolais era un personaje sin importancia ante el gigante Tiberio y el infernal Nerón. El género humana acababa piadosamente su decadencia; y cuando el marqués pensaba en sí mismo, en sus pobres distracciones en Londres, en el barrio de
  • 55.
    55 Haymarkette, y enParís, en el barrio de Europa, tenía horror de permanecer en Francia, a finales del siglo XIX, en medio de mediocres aventuras. Tenía a veces la idea de regresar a Oriente; pero de repente, el deseo de la mujer, de la única mujer que amaba en el mundo, lo tomaba por completo. ¡No veía más que a Julia; no vivía más que para Julia; no soñaba más que con Julia! Y al igual que de su memoria se habían ido de repente los recuerdos de maravillosos viajes, así se desvanecían los relatos más extraordinarios sobre las pasiones eróticas. Y siempre, una sola voz, la voz de la mujer amada, cantaba en su cerebro, en su corazón y en sus sentidos – perdidamente. Bajo el fuego que lo devoraba, el Sr. de Sombreuse dejaba sus libros amontonados. De regreso a su habitación, llamaba a James Stolh, el famélico servidor, pedía noticias de La Hire, su mono, se hacía desvestir, tomaba una ducha fuerte o un baño perfumado, honraba algunas veces con sus favores a su gobernanta y amante, la Sra. Joséphine Ponceau, o a Marguerite Prunier, la ama de llaves, o indiferentemente a las putas que los sirvientes le procuraban. En esos momentos, no competía en excesos, no usaba ya su cuerpo, cumplía el acto sexual más bien por higiene que por capricho malsano, teniendo aún el espíritu demasiado lúcido para producirse un cambio y ser la víctima de sus amores pasajeros, procurando no fatigar su imaginación más allá de una justa medida. Había reconquistado la plenitud de su libre albedrío, viviendo de una esperanza razonada, tal vez realizable. Se le veía, tranquilo y sonriente, aparecer en casa de los Mauval, y cenar en familia, siempre precedido de magníficos ramos, siempre portador de alguna encantadora joya para su sobrina Thérèse. Luego, cada noche, continuaba la obra de destrucción y arrastraba al conde Jacques a su antojo, dejando a las dos mujeres muy preocupadas. No era en absoluto un individuo de inteligencia mediocre, ese viejo con maneras de diablo, sino más bien un espíritu práctico, persiguiendo un objetivo con una tenacidad extraña, bastante prudente, bastante enérgico, para esperar su día siguiente, escuchar al futuro germinar y crecer bajo tierra; uno de esos seres superiores, geniales, que atestan los manicomios o gobiernan el mundo, sin que esté permitido a la ciencia predecir exactamente sus destinos.
  • 57.
    57 IX El mal delque moría el conde Jacques era la plaga de la humanidad, en el declive del siglo XIX. Sus víctimas abundan por millares en todas las clases de la sociedad contemporánea, en París, en provincias, hasta en los pueblos; y es comúnmente en la proximidad de la cincuentena, como un hombre, golpeado por esa extraña enfermedad, cae de repente, cuando nada hacía prever esa caída, casi siempre irremediable[12]. Parece que las víctimas más numerosas se recrudecen entre los trabajadores a los que la fortuna o la comodidad acaba de sumirlos demasiado pronto en el ocio. La brusca interrupción de la labor cerebral y la inmediata detención de la actividad física, son las causas del desmoronamiento de miles de hombres. Un negociante quién, tras haber amasado penosamente unos ahorros, dejó el comercio en manos de su hijo o de su yerno; un viejo abogado experto en procedimientos judiciales que olvida, en su rica casa de campo, las luchas intensas de la abogacía; un oficial retirado, casado tarde. Luego, un poco por todas partes, dispersos por los pueblos, relegados en los campos, artistas, comerciantes, políticos, sabios, financieros, hombres de guerra, magistrados, todos trabajadores, válidos todavía, a los que el reposo ha seducido y a los que el reposo va a matar. Hoy, todos esos seres de temperamentos antaño tan diversos, se parecen y se confunden; todos presentas idénticos síntomas de decrepitud, de reblandecimiento, parecen haber sido tallados sobre un patrón único, ordenados por una sola ley: llegan al mismo objetivo, mediante caminos diferentes, pero empujados hacia el abismo por una fuerza similar. El mismo color de la fisionomía se ha perdido, y en los rostros ardientes, iluminados de vida, se dan lugar figuras tranquilas, iluminados de un rictus semejante. Nada los distingue. El oficial ríe como el abogado, el abogado como el negociante, el negociante como el artista. Al principio, estallan en esas musculaturas, en esos cerebros, furiosas revueltas, un deseo inmenso de regresar a los trabajos abandonados. El comerciante sueña con su mostrador, el oficial con batallas, el abogado con mociones, el artista con la gloria. Poco a poco, desaparecen los lamentos; las ambiciones se calman; y los individuos se dejan llevar, al son de sus manías. Unos pasan sus días sobre los puentes del Sena, escupiendo en el agua, haciendo corrillos; los otros se divierten, durante diez horas seguidas, cortando trozos de madera con una sierra mecánica. En los cafés a veces se muestran encolerizados, uno porque se ha encontrado su bola de billar forrada de verde; otro porque su pipa ha sido sustraída del armario de los clientes habituales; este otro, porque su adversario le ha ganado una partida insignificante de cartas o dominó; y aquel, porque su amigo se retrasa dos minutos a la hora del absenta. Algunos tienen alegrías delirantes; este, porque hace buen tiempo; aquel, porque ha visto una mujer pelirroja o una muchacha de nariz puntiaguda, y esas cóleras y entusiasmos siempre son desproporcionados en relación con los actos que los motivan. Todos esos hombres de mirada apagada no son locos, sino maníacos, seniles, secos, unos «chochos», según la expresión popular. Habiendo tenido demasiado tiempo para reflexionar y no sabiendo variar sus ocupaciones, exageran las
  • 58.
    58 preocupaciones y losdivertimentos, se hunden en el detalle de las cosas. Lo que les falta, son los trabajos de antaño, la vida bulliciosa y fecunda, ¡la batalla! Con el largo reposo, su mirada se ha vuelto vidriosa, su lengua se ha espesado, su cerebro oscurecido. Todos mantienen risas silenciosas, largas risas vacías de pensamientos. Sí, chochos, todos esos pobres que han dejado el trabajo antes de que su mano no se ha enfriado. Se ha producido en ellos la detención de los resortes de la voluntad, no siempre un descalabrado – eso sería la locura, – sino un relajamiento progresivo de todos los órganos: es la senilidad. Sin embargo sería mucho atrevimiento afirmar que solamente se encuentran estos chochos en el mundo de los ociosos. Muchos individuos son afectados en medio de sus ocupaciones habituales y ya dan señales inequívocas del mal que los invade. Chocho, ese diputado que tiene la manía de las enmiendas. Chocho, ese diplomático que ameniza con retruécanos las discusiones más serias; Chocho, ese general cuyas buenas palabras, saltando de un tema a otro, se prestan a la risa; Chocho, ese pintor de barba blanca cuyo pincel, antaño más artista en su variedad, solamente traduce hoy sueños eróticos, visiones obscenas; Chocho, ese viejo caballero que se le detiene en medio de un bulevar, como un atentado al pudor, cuando le sería fácil ser un criminal en su casa, sin peligro; Chocho, sí, chocho, todo individuo que no tiene el control de sí mismo, la plenitud de su libre albedrío, la claridad de visión sobre los hombres y las cosas, todo ser que se deja conducir indolentemente hacia el crimen. Hombres jóvenes vienen a aumentar el contingente. Entre ellos, los que tienen todas las manías de los viejos, los tics nerviosos, las sonrisas incomprensibles, las alegrías desordenadas, los furores inexplicables. El bello sexo es casi inmune, y, si algunas mujeres parecen estar afectadas del mal, no es más que en la extrema ancianidad, cuando la sangre es pobre y la osamenta débil. El conde Jacques de Mauval encarnaba el tipo del senil; era el resumen, la síntesis, la expresión viva, como si, por un esfuerzo de la naturaleza, todos los desórdenes observados en la raza humana se hubieran manifestado progresivamente en él; y la observación era tanto o más curiosa, en cuanto que el buen hombre había llevado mucho tiempo una existencia tranquila y la enfermedad no provenía de la causa ordinaria: la detención de las funciones físicas e intelectuales. Habían bastado algunos meses de orgía para arrojarlo en ese estado anormal, del que su primo, el marqués César de Sombreuse, se glorificaba. La Sra. de Mauval comenzaba a representar el papel que se había impuesto, tras su vivista a casa de Aimée Darnet, llamada la Glotona, y hacía días que el conde Jacques ya no reconocía a su esposa: la condesa se había vuelto caprichosa y coqueta en la intimidad. Él, el viejo, no comprendía en absoluto nada de la puesta en escena de ese sacrificio, aceptando de entrada, sin reflexionar, las demostraciones amorosas de su Julia, para atribuirlas a continuación a la edad crítica y ver en ellas una explosión de sensualidad allí donde el sexo se inmolaba, a pesar de las vergüenzas y ascos. En su orgullo de anciano, el Sr. de Mauval se regocijaba por inspirar aún una tan grande atracción, y había que escuchar al buen hombre susurrar palabras indecorosas en el odio de su esposa, decirle que iban ambos a gozar de sus últimos fuegos, de su suprema aurora, de su veranillo de San Martín. –¡Nos divertiremos, Julia!... Nos divertiremos, ¡caramba!
  • 59.
    59 –¡Sí!... ¡sí!... Él hacíachasquear su lengua y reía, guiñando el ojo con risa pícara. Julia parecía muy ardiente en su comedia, una mezcla de lujuria e ingenuidad, de desenfreno y de inocencia infantil. Se las componía para alejar a Thérèse, buscando el placer incluso en mitad del día, con tal rabia que el senador mascullaba para sí mismo: –¡Palabra de honor, mi esposa está histérica… y encantadora!... ¡Iba a salir, pero me quedo! Se quedaba; ella no pedía más. Había logrado que él durmiese a su lado, que no se escapase, que se abstuviese de esas espantosas enfermedades de las que la Glotona le había desvelado el misterio, Julia se consideraba feliz, animada por la esperanza de curar a Jacques, de llevarlo poco a poco hacia unos derroteros donde imperase la razón. Era la primera velada de ese invierno que pasaban juntos. Habían cenado frente a frente, su hija se encontraba invitada en casa de una de sus íntimas amigas. En los postres, la condesa obtuvo de su marido que fuesen al palacete de Sombreuse a avisar que él no saldría, por motivos de una indisposición, a fin de que el marqués no se viese tentado a reunirse con él o enviarle a buscar, según su costumbre. –¿Entonces, –había preguntado el senador a su esposa, en un lenguaje que tenía sentido para ellos, – nos diremos «cosas»?... La condesa subió a su habitación; el conde no tardó en reunirse con ella. Se sentaron ante el fuego, hablaron de Thérèse, su hija, del Sr. Guy de Laurière, su futuro yerno, y también de sus alegrías pasadas, de sus grandes emociones. En un determinando momento, la conversación le pareció tan banal, que el Sr. de Mauval miró el reloj, con aspecto de alguien para quién el tiempo transcurre muy lento. Entonces, la condesa se enardeció. Julia tomó ante el esposo la actitud provocativa de una amante deseosa; inventaba caricias para apurar la eclosión de los pensamientos lujuriosos que ya germinaban, besando la cabeza del viejo. Ya no era la esposa confiada y casta, sino la mujer intrépida, sensual; ya no era la gran dama del Faubourg, sino la mujer lúbrica, de ojos brillantes, vibrante de voluptuosidades inesperadas. Se desnudó, no conservando más que sus faldas multicolores y bordadas, sus seductoras ropas interiores, el corsé de satén negro con lazos azules, cuyos bordes floridos de preciosos encajes temblaban bajo los estremecimientos del pecho blanco; luego se sentó sobre las rodillas de Jacques, cubriéndolo de besos. –¿No me dejarás más, verdad?... ¡Me muero cuando tú no estás aquí!... Soy tu esposa; te pertenezco… No quiero que me vuelvas a abandonar… ¡No, no quiero! Rodeó con sus bellos brazos desnudos la cabeza del conde y la inclinó contra su pecho: –¡Jacques, te amo! –¡Oh, mi Julia! –Te lo repito: Soy tu esposa, toda tuya, nada más que tuya… Tus menores caprichos son órdenes para mí… Y meciéndolo, acariciándolo como a un bebé enfermo: –Si tienes algún deseo, yo sabré adivinarlo… Perdóname si hasta este momento me he mostrado demasiado fría, demasiado reservada… Tú no me habrías engañado, sin eso, ¿verdad?... Bajo el calor de mis caricias, voy a recuperarte… ¿Me encuentras bonita, esta noche? –¡Sí, mi Julia, eres bella, deseable, encantadora!
  • 60.
    60 El Sr. deMauval permaneció dos días enteros en su palacete entre los brazos de su esposa. Desde su desafortunada aventura, el senador había jurado no volver a comparecer en el Senado; la condesa y Thérèse aprobaban su determinación, apenas olvidados sus terrores, estremeciéndose de espanto al recuerdo de las desoladores escenas del palacio de Luxemburgo. Ambas, madre e hija, por distintos medios, se las ingeniaban para procurar distracciones al viejo: Thérèse le leía o bien tocaba un fragmento musical al piano; Julia aprovechaba los más leves incidentes para sonreír al conde Jacques y hablarle en el lenguaje de los ojos. Él hombre era mimado, adorado por esos amores de mujeres. En cuanto al Sr. de Sombreuse, había adivinado lo que ocurría, la intervención de la mujer legítima, el dejarse llevar del marido, y aceptaba la súbita transformación de su primo, sin protestar contra el alejamiento al que le forzaba la familia. Comprendía que las tonterías infantiles del barrio de Europe habían llegado a su fin, y ya no bastaban Émilie Plock y la pequeña Beaudoin parar arrastrar a Mauval. A la ternura de la esposa, a la banalidad de la alcoba, hacía falta sencillamente oponer los cuadros reales del vicio, para que Jacques abandonase a su mujer y la esposa acabase asqueada del marido. Este caminar triunfal hacia el placer, sería culminado por el Sr. de Sombreuse, tanto o más en cuanto él mismo tenía necesidad de divertirse. El marqués regresó al palacete de Varennes y, con algunos gestos y palabras, volvió a prender el incendio en el cerebro del Sr. de Mauval. En ese momento, se trataba de una pequeña fiesta íntima, organizada por el gran primo en su palacete. El marqués sería el empresario, y dos mujeres de mundo «representarían» a las actrices. El Sr. de Mauval se convertiría, según la ocasión, en actor o espectador. El conde Jacques no vaciló en aceptar la invitación, cuando supo los nombres de las damas: la marquesa Marie d’Églaé y la baronesa Andrée de Tomeyr, quienes habían sido a su vez, las amantes del Sr. de Sombreuse: pero, haber sido o ser la amante del Sr. de Sombreuse no contaba demasiado para ciertas damas del Faubourg, pues unánimemente se consideraba al marqués un sexagenario, como uno de esos viejos amigos a los que le son permitidas muchas libertades y que, por supuesto, las ternuras amorosas no ofrecían peligro alguno para aquellas mujeres que temían la maternidad. El Sr. de Sombreuse, muy de buen grado, se hacía pasar por impotente; de ahí su prodigioso éxito. En menos de dos inviernos, el marqués había obtenido los favores de una treintena de bonitas aristócratas. Entre esas mundanas, las Sras. d’Eéglaé y de Tomeyr habían ya llegado a un gran grado de intimidad con el viejo que, hasta ese día, las había amado a ambas aisladamente. Una noche, en un baile en el domicilio de la princesa de Sahcs-Rantel, el Sr. de Sombreuse, que atravesaba por los salones de baile para ir a saludar a la baronesa de Tomeyr, observó la mirada que la morena marquesa de Eéglaé dirigió a la rubia baronesa, entre el movimiento de su abanico. Con ocasión del almuerzo en el restaurante Cluny, el viejo aristócrata había hecho algunas confidencias al respecto al Sr. de Mauval. En esta ocasión, el marqués quiso continuar su observación. Hábilmente, entre un vals y una cuadrilla, interrogó a las jóvenes damas, arrancando una sonrisa a la baronesa y sonrojando las mejillas de la marquesa. Finalmente, a base de insistir sutilmente, Marie d’Églaé confesó que ella era absolutamente ignorante en amores lesbianos; que, nunca, nunca, había pecado; pero que si debía hacerlo… si entendía que… si consentía en… si hacía falta realmente… pues bien, ¡lo haría preferentemente con Andrée de Tomeyr!
  • 61.
    61 Cosa curiosa, lamisma respuesta fue dada por la baronesa en relación con la marquesa. El Sr. de Sombreuse esbozaba una risa de satisfacción. Luego, en el trasiego del baile, sin parecer además darle demasiada importancia, como un gracejo, él se hizo por turno el portavoz de ambas mujeres, traduciendo a Andrée el pensamiento íntimo de Marie, y susurrando al aídos de Marie los secretos deseos de Andrée, exhortándolas a ambas, pero dejando a cada una de esas damas, la firme creencia de que ella tenían un rol pasivo, que era buscada por la otra. Retorciendo sus bigotes blancos y sedosos, se dirigía tanto a una como a otra, ofreciendo a esta un baile, sentándose junto a la otra, siempre diligente, siempre galante. Se le veía respirando el ramillete de rosas de la Sra. d’Églaé; se le escuchaba cumplimentando a la Sra. de Tomeyr por la elegancia de su vestido, y más dulcemente por la belleza de sus ojos y el frescor de su boca. Se daba los aires de alguien que charla de cosas muy naturales; sabía con una palabra, un gesto, una sonrisa, alejar a los maridos indiscretos, a las cotillas curiosas, regresando a continuación a sus «gestiones», como él mismo las llamaba; citaba ejemplos, fragmentos de historias lesbianas, deteniéndose en el momento oportuno, para no atraer protestas vehementes, una de esas negativas categóricas tras las cuales nada se podría ya conseguir. Finalizaba sus argumentos con frases que se perdían entre el sonido de la orquesta, en medio de los frufrúes de los vestidos y los abanicos: –¡Eh, Dios mío! No era un crimen amarse entre mujeres… ¿La duquesa de Louveuse no había pervertido a una de nuestras más bonitas actrices?... ¿La condesita Roscoff no era, desde hacía mucho tiempo, la encantadora compañera de la marquesa de Beurtailles?... Podrían divertirse enormemente… ¡Ambas serían bien tontas si no aprovechasen la ocasión, puesto que se adoraban!... En París, las citas son fáciles… Por lo demás, no tenían por qué preocuparse, él lo arreglaría todo, y de la forma más discreta posible… ¿Qué podían temer?... ¡Los maridos no sospechan nunca esas cosas! ¡Algunos, incluso adivinándolo por casualidad, no se ofenden sobremanera por ello y sacan provecho!... ¡Oh!, él era discreto como una tumba: ¡ellas lo sabían!... ¡Tanto esas uniones eran espantosas, horribles para el sexo masculino, como parecían radiantes, divinas para las mujeres! Argumentó tanto y tan bien, que la marquesa y la baronesa prometieron encontrarse en su casa, al día siguiente, a las tres de la tarde. El marqués había recomendado expresamente al Sr. de Mauval que llegase antes de las visitantes, pues las damas no esperaban un nuevo espectador. El conde Jacques fue puntual. Llegó, muy vivaracho, al palacete de GrenelleSaint-Germain, tras haber convencido a su esposa que se dirigía a la subasta del príncipe de Tirsilt para adquirir algunos bibelots. Incluso añadió que esperaba comprar uno de esos collares de diamantes de los que los periódicos daban minuciosas descripciones: sería una sorpresa en el joyero de Thérèse. En el salón de invierno que se abría sobre su habitación, el Sr. de Sombreuse soñaba. Arbustos, flores olorosas se abrían por todos los rincones, sobre todos los muebles, embalsamando la estancia, donde reinaba un calor muy dulce, mezclando sus tintes multicolores, sus verdores mezclados con los brillos de los bronces, en el intenso estallido de los mármoles y los oros; y una brisa de primavera pasaba sobre los rosales, sobre los manojos primaverales y los jazmines. En medio del salón, una mesa soportaba tres cubiertos de vajilla blasonada, y una merienda acababa de ser servida por la Sra. Ponceau. Joséphine se mantenía ante la mesa, muy recta, muy correcta, diciendo a su obra el último adiós de una ama de casa experta en el arte de la simetría.
  • 62.
    62 –¡Oh! ¡oh!... ¡Esuna colación! – observó el Sr. de Mauval, que entraba. Con una señal, el Sr. de Sombreuse llamó a su gobernanta y le dio sus órdenes en voz baja. Desde que la Sra. de Ponceau se hubo retirado, el marqués tomó por los hombros al senador, y lo empujó hacia su dormitorio. –Jacques, – le dijo,– toma un sillón… Siéntate y no te muevas… Si esas damas te perciben demasiado pronto, ¡el juego se acabó!... Desde aquí, puedes ver sin ser visto y escuchar todo por los huecos de la tapicería… Aparecerás en la hora decisiva…. ¡Vamos, amigo mío, ten paciencia, calma! ¡Nos divertiremos! El senador se instaló en un sillón, y el marqués abrió una gran portezuela indicando los agujeros en la pared desde donde el Sr. de Mauval iba a fijar su ojo curioso. Ya era la hora. La gobernanta anunció a la marquesa Marie d’Églaé. –Sed bienvenida, marquesa – dijo el Sr. de Sombreuse, invitando a la dama a sentarse y a desprenderse de su abrigo. La Sra. d’Églaé todavía no tenía treinta años. Era una de esas grandes mujeres del Midi de tez colorada, con ojos de un azul intenso, cabellera negra abundante y nariz aguileña, caprichosa, cuyas fosas se dilataban y estremecían a la más mínima sensación. Estaba vestida con un traje de terciopelo cereza, adornado con crespones de China; un sombrero con una larga pluma blanca, cubría su cabeza, de donde se escapaban algunos bucles sedosos trazando sombras ligeras sobre el rostro iluminado y escrutador. –¡Oh! ¿Qué vais a pensar de mí? – suspiró ella. –Mucho y bueno, – señora, – dijo el Sr. de Sombreuse. Se escucharon unos pasos en el corredor. La puerta se abrió, dando paso a la baronesa Andrée de Tomeyr. Las dos mujeres enrojecieron y se estrecharon la mano silenciosamente. Entonces, el marqués pasó el cerrojo de la puerta: –¡Henos aquí, queridas amigas! Rubia, un poco delgada, el rostro pálido, unos ojos negros brillantes, rodeados en los párpados por tintes violetas, la Sra. de Tomeyr quitaba, temerosa, su rico abrigo de pieles. Pronto apareció encantadora en su blusa, con un sombrero de terciopelo florido de rosas té, su talle embutido en un elegante vestido azul que marcaba sus formas. Luego, con mano distraída, la hija del Norte acarició las mechas doradas que cubrían su frente. Tras una conversación sobre mil cosas cotidianas, el marqués debió insistir para que las visitantes consintiesen en quitar sus sombreros y tomar lugar alrededor de la mesa. Ni la una ni la otra tenían hambre. Apenas tocaron las vituallas de esa merienda improvisada, conformándose con ingerir algunos tragos de té, avergonzadas de estar allí, buscando un pretexto para irse, vigilando con la mirada para ser la primera en solicitar partir, adivinando fácilmente que el aristócrata había mentido, habiéndoles hecho algunas confidencias recíprocas. En su rincón, el Sr. de Mauval, que observaba la escena, farfullaba: –¡Brrr!... ¡Qué aburrimiento!... ¡Gnouf!... ¡gnouf!... El Sr. de Sombreuse comprendió que había llegado el momento de actuar. Misteriosamente extrajo del bolsillo de su elegante traje un pequeño libro manuscrito, su obra inédita, un librillo con cubierta de satén verde, filetes de plata,
  • 63.
    63 incrustada de miniaturaspreciosas, con la corona y armas de su casa en uno de los ángulos superiores. Autorizado por la actitud un poco más benevolente de las visitantes, ojeó la obra, titulada Las Primas, y la abrió en el capítulo IX. Comenzó a leer dulcemente, como un lector avezado que calcula los efectos: «Desde su salida del internado, era la primera vez que Jeanne y Louise se volvían a encontrar con su vieja tía, en el castillo de Valmore. Los maridos estaban participando en una gran cacería; las jóvenes estaban solas, sobre el césped dispuesto para una partida de tenis. Ambas parecían adorables, bajo sus graciosos vestidos de tela gris, calzadas con zapatos Moliére y los cabellos al viento, las piernas embutidas en unos maillots de color, con largas medias de seda negra. Al principio, el juego había comenzado suavemente. Pronto, la partida tuvo una animación extraordinaria. Louise – sirviendo – una gran morena, un poco delgado, enviaba la pelota a golpes de raqueta; Jeanne – recibiendo – muy rubia y risueña, la volvía a enviar enseguida, casi siempre al primer bote. Eran los movimientos de los cuerpos, torsiones de los riñones, respuestas y ataques tan precisos que, desde lo alto de las escalinatas, la tía aplaudía y gritaba bravos. En un lance del juego, Jeanne resbaló, falló la bola y cayó cerca de la red, riendo. La tía acababa de desaparecer. Louise corrió hacia su compañera, para ayudarla a levantarse, y ambas, con las manos en las manos, los ojos en los ojos, se miraron, encendidas por una chispa de deseo… «La caída no era seria, pero el maillot rosa de Jeanne se había roto… Louise examinaba curiosamente, por la amplia rasgadura del tisú, las carnes rosadas de su prima; su mirada ardiente registraba todo el cuerpo de la mujer. [13]» Aquí, el lector se detuvo; las damas, que se acercaban, estremeciéndose, le suplicaron que continuase. El viejo aristócrata retomó su lectura, mientras que la Sra. d’Égalé, con el pie posado sobre el de la Sra. de Tomeyr, hacía sentir a la baronesa la dulce presión de sus rodillas. Ahora, la voz del Sr. de Sombreuse se volvía poco a poco mimosa, cálida, penetrante: «Jeanne y Louise se hicieron confidencias. Estaban casadas con jóvenes a los que amaban, y sin embargo, nunca había sentido una emoción tan intensa como durante ese juego infantil. Confesaron que a hurtadillas observaban sus formas, sus actitudes, encontrándose bonitas… « –¡Oh, Louise, cuanto te bajabas yo curvaba la cabeza, intentando ver… « –Jeanne, –suspiraba Louise,– ¡qué bella eres y que bien hecha estás!... «Una noche, en el parque de Valmore, las primas se paseaban, iban juntas tomadas del brazo, rozándose la una contra la otra, deteniéndose de vez en cuando en las sombras, para darse un largo abrazo de amor… Un sudor perlaba sus frentes; las invadía una embriaguez. Jamás, beso alguno les había parecido tan tierno, tan delicado, tan voluptuoso. Llegaron así a un kiosco abrigado por el follaje; y allí, bajo la cabaña…» El Sr. de Sombreuse cerró su libro. Hacia algunos minutos que la Sra. d’Églaé y la Sra. de Tomeyr ya no lo escuchaban. Con un movimiento parejo, Andrée y Marie se habían abrazado; sus labios se buscaban y, con los ojos ahogados de languidez, permanecían allí, abrazándose hasta el paroxismo, indiferentes a la presencia del hombre. Automáticamente, con los pechos jadeantes, se levantaron, inseparables, arrastrándose, llevándose la una a la otra hacia la habitación que tan
  • 64.
    64 bien conocían. Tropezaroncon el conde Jacques, tal era la fiebre que las devoraba que no veían nada y no sentían más que el vaho embalsamado, embriagador, de sus alientos. Se tumbaron sobre un sofá, aturdidas, desfallecientes. El Sr. de Mauval quería unirse a ellas; juraba ser prudente; pero el Sr. de Sombreuse lo retuvo por los paños de su frac, con la esperanza de que, ante la visión, el primo se volviese loco, en una rabia de lujuria, bajo la explosión de un ataque de satiriasis. El marqués tenía unas furiosas ganas de gritarle al senador: «¡Te las entrego; pero dame a tu esposa!» Pero no. Debía esperar todavía, lleno de calma en presencia de ese cuadro vivo que hubiese inflamado a los demás hombres. Finalmente, soltó a Mauval. A la vista del conde Jacques, las mujeres, despeinadas, se levantaron, y, como nuevas Mesalinas, más fatigadas que satisfechas, incriminaron al Sr. de Sombreuse, amenazando al senador con su odio implacable, con sus venganzas terribles, si no guardaba el secreto de la aventura. La paz se selló mediante algunos besos. Andrée y Marie se juraron, a media voz, amor eterno. Esa misma noche, hacia las once, el Sr. de Sombreuse, que había cenado con los Mauval, regresó a su palacete; quiso dar unas órdenes a la Sra. Ponceau, su gobernanta, se dirigió hacia la habitación de Joséphine y abrió la puerta, sin que la voz de la Sra. Ponceau hubieses respondido a su llamada. Bajo la luz de una lámpara tenuemente iluminada, percibió dos mujeres dormidas: Joséphine y Marguerite. Durante el día, las dos criadas, ocultas tras la puerta del salón, habían escuchado la lectura del amo.
  • 65.
    65 X Extrañas escenas teníanlugar ahora, cada noche, en ese palacete de la calle Varennes, donde, bajo los ojos plenos de dolor de una mujer afectuosa y valiente, y la mirada enloquecida de un viejo libertino, destacaba Thérèse, la encantadora jovencita cuya sonrisa ponía un toque de alegría en medio de las tristezas y de las lágrimas. La Sra. de Mauval continuaba su tarea, ardiente, decidida, inmolando su pudor en aras de las fantasías del viejo: en sus horas de amargura y rechazo, se decía que todo lo que la Glotona le había revelado estaba muy por encima de sus posibilidades presentes; pero, ahogando sus sollozos, ocultando sus vergüenzas, se mantenía a la altura del sacrificio. Vivía siempre con la esperanza de que tras haber obedecido las órdenes del hombre maníaco y sensual, que tras haber satisfecho sus menores deseos, sus ideas más espantosas, ella retomaría poco a poco su autoridad de esposa, pasada la tormenta, reconquistada la razón del esposo, el hogar sería tranquilo y alegre. Desde la aventura de las lesbianas, que el Sr. de Sombreuse acababa de prometerle repetir concediéndole un rol, el Sr. de Mauval estaba fuera de sí. Progresivamente desaparecía el sentido moral de su imaginación delirante. En esa jornada, fue necesario que la condesa Julia, alejando a su hija, dejase entrever una noche de voluptuosidad al conde Jacques, para que consintiese no unirse a su primo en una cita. Él había preguntado: –¿Julia, harás todo lo que quiera? Ella había respondido con firmeza: –¡Sí, Jacques, todo! –¿Sin quejarte? –¡Sin quejarme! Era la una de la mañana. La habitación de la Sra. de Mauval todavía se encontraba iluminada. La condesa Julia, vestida con un camisón blanco, acababa de arrodillarse a los pies de su esposo, que, en mangas de camisa, con los tirantes caídos, los cabellos desordenados a golpe de viento, reía y lloraba alternativamente, sin saber por qué. De vez en cuando, el conde se levantaba, alejándose de su mujer, retomaba su lugar sobre el sillón, se hundía en el cabezal mullido del asiento, ronroneaba; luego, con las manos en cruz sobre el pecho, quedaba inmóvil, haciendo el muerto para reírse. De súbito, su rostro crispado se iluminó con una luz. Una idea nueva obsesionaba su cerebro: –¡Julia!... ¡Julia! –¿Amigo mío? –Vamos, haz la Paquita, te lo ruego… ¿Te acuerdas?... Paquita… Paquita, de la Farándula… La Sra. de Mauval sabía muy bien lo que eso quería decir. Sonrió tristemente, en señal de adhesión, y se dirigió a su cuarto de baño. Apareció vestida de bailarina, con un maillot de color carne moldeando sus formas, faldas de gasa vaporosas y ligeras, zapatos de satén blanco, cabellera brillante bajo los fuegos de las joyas eléctricas, un lunar canalla encima de los labios. Bailó un paso y se detuvo sobre un giro, con la pierna describiendo un
  • 66.
    66 círculo. Él, muyserio, con unos quevedos sobre los ojos, la contemplaba en todos los sentidos, víctima de la ilusión, como si hubiese estado sentado en su butaca de orquesta, en la Ópera. La hizo acercarse a su lado, con un gesto; ella giró rápidamente sobre sí misma con la punta de los pies: él inclinó la cabeza, para que los volantes embriagadores de la bailarina le rozasen las mejillas. Ella iba moviéndose hacia atrás, girando a través de la habitación, con gestos canallas, con golpes de cadera. –¡Bravo!... ¡bravo!... – suspiraba él, aplaudiendo. Y se giraba a derecha, a izquierda, guiñando maliciosamente el ojo, susurrando palabras elogiosas, como si ralamente él estuviese allí, en la orquesta, al lado de muchos caballeros maduros en traje negro, vecinos amigos para escucharle y ayudarle a aplaudir. –¿Eh?... ¿qué?... ¿qué dice usted?... ¡Es bastante gentil, la Paquita! La bailarina había tomado lugar en el fondo del cuarto de baño, cuya puerta estaba cerrada. El espectador se levantó, golpeó la puerta y entró, simulando la actitud de un asiduo a los camerinos que va a saludar a una estrella de la danza. –¡Encaaantadora, mi pequeña Paquita!... Te invito a cenar, ¿de acuerdo? Y ella, que recordaba de maravilla todas las lecciones: –¡Oh, mi querido conde, con mucho gusto!... ¡Vuestros brillantes y vuestras flores me han entusiasmado!... ¡Pero, ven aquí, bebé, que te abrace! Él recibía y daba unos besos discretamente, y se alejaba, henchido de su orgullo de viejo, mientras que, una vez terminada la sesión, ella lo instaba dulcemente a vestirse. –Jacques, vas a tener frío… Yo te he obedecido… Se razonable… ¡Tápate! Él se miraba en el espejo y estallaba en risas, viéndose en mangas de camisa. Era así como el conde Jacques revivía sus fragmentos de vida: Paquita había sido su amante, ¡y a él le gustaba volver a ver a Paquita! Tras la comedia, el viejo espectador y la bailarina se convertían de nuevo en el Sr. y la Sra. de Mauval, hasta que una nueva estocada atravesó el espíritu del hombre. Y he aquí, que el conde se acordaba de que una noche él había seguido al Sr. de Sombreuse a los bulevares exteriores, y allí, había asistido a una escena de una puta y su proxeneta. La condesa ya había representado el rol de la puta, – un papel que le espantaba, – pero, dispuesta a todo, se levantó, desde que el senador, en cuclillas, frunciendo las cejas, le dijo, con voz ronca designándola con el dedo: –Tú, tú eres Fifine, y yo, yo soy Gugusse… Pssst… pssst… ¡En camino! El viejo se arrastró por su habitación, donde unos trajes estaban desplegados sobre unas sillas. Pronto reapareció, en larga blusa gris, tocado con un gorro de tres picos, con una peluca y unos rizos pegados a las patillas. Sobre su cuello se enroscaba una corbata cereza. Fumaba un cigarrillo y ronroneaba: –¡Soy Gugusse! En las sombras, la condesa, mal vestida con un vestido lila, las faldas sucias, los pies calzados con botines rotos, baratijas en el cuello y en los brazos, ponía cara de llamar a un transeúnte que pasaba despistado, e irse con él hacia una esquina oscura, lejos de los agentes de policía. Gugusse, con el sombrero hundido hasta las orejas, esperaba a la puta, a la que veía venir de lejos, lentamente. Él caminaba a su encuentro, con las piernas abiertas: –¿Tienes la pasta?
  • 67.
    67 –No… ¡él meha robado! – gemía Fifine. El chulo se cruzaba los brazos, los volvía a extender, levantando sobre su cabeza un puño amenazador: –El dinero o te mato… Fifine decía: «Pssst!... Pssst!» y regresaba a continuación, muy cansada, extenuada, con una moneda de dos francos en sus manos temblorosas, de la que se apoderaba su compañero. Entonces, Gugusse, hambriento de amor, se abalanzaba sobre la mujer: esa era para el Sr. de Mauval, la mejor manera de despertar sus sentidos. Todas esas comedias habían sido ejecutadas ya varias veces; pero, en esta noche de invierno, el conde Jacques innovaba: –Ahora, – ordenó él – ¡haz la Poupard! Ella lo miraba, asombrada; él dijo: –¡Claro, querida!... No lo sabes aún… Espera, voy a enseñarte…. ¿No estás cansada? –Te juré obedecer… Desde que la Sra. de Mauval tomó lugar junta a él, el conde extrajo de su bolsillo una hoja manuscrita y canturreó la canción del Dedal, que Augustine Baudoin, llamada la Poupard, le había cantado, una noche, en el salón de Émilie Plock. La Sra. de Mauval no comprendió al principio el alcance de los términos picantes; luego, muy roja, ella se revolvió: –¡Esto es horrible! – dijo dolorosamente. –¿Prefieres que vaya a pedirle a la Poupard que me cante ella misma? –¡Oh! ¡no!... ¡no! –Pues bien, entonces!... ¡Gnouf!.... ¡Gnouf!... ¡Canta o me voy! Iba a marchar. Ella se arrastró, se colgó de él, obligándole a tomar su lugar, poniéndole los dedos en los cabellos, inventando carantoñas y embriagueces. Finalmente, la pobre mujer debió cantar. El conde Jacques la acompañó hasta su vestidor, a fin de indicarle, entre sus numerosos vestidos, uno azul más o menos semejante a aquel que llevaba Augustine Beaudoin. Él la dejó vestirse y se puso correctamente en traje negro. –¡Sapristi!... gruñó – no tenemos piano aquí… ¡En fin!... La condesa, totalmente desgreñada como la Poupard, vino a sentarse sobre las rodillas de su marido, y cantó en voz baja, para no despertar a su hija: Pero mi buena abuelita, A quién contaba esto, Me dijo: Hija mía, créeme, querida, Trabajando, ya se hará. ……………. Al llegar al estribillo, el Sr. de Mauval unió su voz a la de su esposa: E-e - ra bo-bo; E-e- ra ni-ni ¡To-to-to-to!... Ante un gesto del viejo, la condesa curvó la cabeza. Ella no pudo acabar de cantar… La emoción la estrangulaba…
  • 68.
    68 El viejo niñola besó y le mordió la mejilla. Ella no emitió ni una queja, dominando unas enormes ganas de llorar. Cuando, después de su tercer rol, Paquita-Fifine-la Poupard, volvió a ser de nuevo la Sra. de Mauval, el conde Jacques tomó sobre la chimenea un trozo de carbón que talló vivamente. Ese nuevo juego le resultaba sin duda familiar a la dama, pues la condesa Julia fue a situarse ante la cama, con la espalda apoyada contra un amontonamiento de almohadas. Desde que estuvo allí, el conde Jacques se acercó a ella, y, armado con su carbón, dibujó una barba de zapador sobre el rostro de su esposa, como, antes, había dibujado los bigotes a Malvina, la vieja criada de Émilie Plock. A continuación, obligó a la condesa a desnudarse, y sobre una parte del cuerpo, dibujó el retrato de la luna, con dos ojos enormes, unas cejas en forma de acentos circunflejos, nariz aplastada, y una boca, un grueso trazo negro, que parecía reír, como la luna llena, ampliamente. Nunca, el maníaco se había atrevido a acabar el dibujo; nunca había permanecido tanto tiempo, tan cruelmente, contemplando su obra[14]. La Sra. de Mauval, llorando siempre, no sabía ya donde estaba, ni lo que él hacía, ni lo que aún quería. Él encendió una cerilla; iba a quemar las carnes, cuando un sollozo le hizo retroceder… Bajo una luz de razón, el conde Jacques lloró; pidió perdón a la que tan duramente había ultrajado, jurando que no volvería con sus locuras, que ya no sería despreciable; y, en el silencio de la habitación, con los nervios rotos, los oídos martirizados por un zumbido, se durmió, hundido en su sillón. Ella lo miró un momento, feliz de su repeso. Pero, viéndolo tan pálido, tan deshecho, con los parpados caídos; los ojos rodeados de círculos azulados, labios violáceos, los brazos colgando, exangüe, en la actitud de un hombre que acaba de abusar de los placeres, la condesa Julia fue presa del miedo. Era ella quien lo había puesto en ese estado de enervamiento y de postración. ¿Y si se moría? Trató de despertarlo; él no se movió. Sin embargo, ella no podía dejarlo dormir así hasta el amanecer; su sueño sería malo; el conde se despertaría con una fiebre causada por las agujetas… Ella lo sacudió: –¡Amigo mío… Jacques!... Acuéstate….te lo ruego! La señora de Mauval desvistió al durmiente, y, tras mil esfuerzos, no pudiendo llamar a sus criados para ofrecerles ese espectáculo, llevó al viejo hasta su cama. Lo llevó, como la había ya llevado en una de sus noches espantosas, pero esta vez, menos robusto, casi lívido, abatido por las emociones, tambaleando bajo el peso inerte. Y, exhortándose al valor, enjugando sus ojos, con ternuras de madre, cubrió el cuerpo, dobló los sedosos edredones y dio un beso en la frente del hombre. Una vez segura de que su marido dormía un sueño reparador, la Sra. de Mauval se retiró a su habitación. Fue un desbordamiento de lágrimas, la explosión de todos los sollozos contenidos, de todos los ascos soportados, de todas las amarguras asumidas, de todas las vergüenzas sufridas. La condesa pasó la noche reflexionando. ¿Debía continuar con su papel?... ¿Era necesario que ayudase al hombre sensual a destruirse?... Si ella rehusaba satisfacer los caprichos y locuras de Jacques, serían otras mujeres las que tomasen su lugar; y esas mujeres no tendrían los miramientos de ella, sus piadosas mentiras para convencer al viejo de que ella compartía su placer en los delirantes cuadros de la comedia, ¡que Paquita era alegre, que Fifine se divertía tanto como Gugusse!
  • 69.
    69 Poco a poco,ella veía disminuir el horror de las espantosas comedias; la lubricidad del hombre se apaciguaba; ¡y era ella, la mujer legítima, la compañera de veinte años, la grande y noble dama, la que había realizado ese milagro! Sentía alegría, alivio, y pronunció una oración para agradecer a Dios el haberle dado tantas fuerzas, tanto valor. Luego, volvió a caer asaltada por los recuerdos inmundos; volvió a caer, tras haber asumidos todos los dolores, tras haber vertido todas sus lágrimas, mujer más grande que la Virgen, cayó, cansada de ver sufrir al viejo. Por la mañana, Thérèse observaba la palidez de su madre, la alteración de sus rasgos y de su voz, su penoso e incierto caminar. Jamás la había visto de ese modo, tan abatida, tan desolada. Los días posteriores a las noches en las que los criados llevaban a través de los pasillos a su amo ebrio, la madre no estaba tan inquieta, tan taciturna. La Sra. de Mauval trataba de luchar, de sonreír, pero se sentía sucia, mancillada, y hasta tal punto, que – como había predicho la Glotona – ya no se atrevía a besar a su hija. Thérèse había ido hacia su madre, según su costumbre, y la madre se había alejado, invocando siempre algún pretexto para rechazar las caricias filiales. La joven sospechaba alguna gran desgracia: –¿Mamá, qué te pasa? –Nada, hija mía, nada… –¿He hecho algo que te molestase, dime? –¿Tú, mi Thérèse?... ¡Oh! ¡no! –Tus ojos están enrojecidos… ¿Has llorado? –No… Te lo aseguro… –Mama, mamá… ¿Papá te ha hecho daño? –¡Cállate!... ¡cállate! –Tu voz es temblorosa, y, esta mañana tienes ganas de llorar… ¡Pobre mamá! La rodeó con sus brazos: –Déjame consolarte… mamita, ¡ten valor!... ¡Tu Thérèse te adora!... ¡te adora!.... ¡te adora!... La joven se puso a contar historias del pasado, haciendo revivir las alegrías apagadas bajo la armonía de su palabra. Habló del amor profundo que sentía por Guy, el generoso aristócrata que parecía ignorar la triste comedia del Senado; pero también contó sus preocupaciones, que su madre estaría pronto sola en esa casa con su padre enfermo. ¿Qué ocurriría cuando ella ya no estuviese allí, para sustraer al viejo de sus manías diarias, manías menos bizarras, menos espantosas sin duda que las de las noches, pero no menos peligrosas por el estado mental del conde Jacques. Pues Thérèse tenía sus trucos para distraer a su padre, cuando, la familia se encontraba reunida en la mesa. El viejo hacia espantosas muecas, enrojecía completamente, castañeaba furiosamente los dientes, recriminaba a la condesa. ¡Sí, Thérese tenía sus trucos! Ella se levantaba de la mesa, y, respetuosamente, tomaba a su padre por la mano; luego, apoyándose en su brazo, le obligaba a seguirla, lo arrastraba al salón, y, allí, le tocaba el piano, ejecutando una de sus piezas favoritas, o se divertían ambos, como niños grandes, jugando al escondite. A menudo también, cuando el Sr. de Sombreuse cenaba en la casa, ella se inclinaba hacia el tío, y con voz penetrante, decía resueltamente, con un tono que no permitía réplica: –¡Tío, esta noche, mamá y yo cuidaremos de papá!
  • 70.
    70 Thérèse lo cuidaba,en efecto, lo tranquilizaba con lecturas, relatos infantiles, romances; ella lo hubiese cuidado mucho más tiempo aún, si le hubiese sido posible imaginar las escenas terribles que, para los esposos, sucedían a estas infantilidades. –Mamá, – concluyó – esperaré a casarme cuando papá se cure… Y, con intensidad: –¡Ya lo verás mamá… Se curará! Entre el desmoronamiento del hombre y la inmolación de la mujer, consolando a su padre, exhortando a su madre al valor, vigilando a ambos, Thérèse aparecía como la rama verde que, bajo el cielo azul, se erige y florece sobre unas ruinas.
  • 71.
    71 XI Y a medidaque en laberinto de sus extravagancias, el conde Jacques se apagaba, se embotaba, cuerpo y espíritu, como una lámpara sin aceite, el marqués César de Sombreuse parecía siempre más fuerte y más juvenil. Se podía creer que el primo tenía el secreto, no solamente de algún nuevo licor a la Ninon de l’Enclos para rejuvenecer el rostro, sino realmente un fluido extraño, desconocido, teniendo la propiedad soberana de regenerar las musculaturas, dando vigor a los riñones, fuelle a los pulmones, ligereza a los nervios, color y calor a la sangre. El Sr. de Sombreuse no había inventado ni buscado el elixir de la vida. No se parecía en nada a Nicolás Flamel, ni a Clagiostro, no sentía ninguna afición por los vanos estudios de los alquimistas. Si su rostro anguloso y sus brusquedades recordaban un poco a Mefistófeles, la comparación se detenía ahí: el marqués César era moderno, muy moderno, e iba hacia su objetivo, realmente, sin sortilegios y sin desfallecer; caminaba al socaire de ese amor que tenía en el alma y que le inspiraba toda su fogosidad, en una renovación de juventud. Con las escenas de libertinaje no padecía – como se ha visto – casi ninguna fatiga, ni casi sentía placer alguno, dejando hacer a su primo Mauval, cumpliendo su papel de corruptor, de demoledor, con una singular energía y una admirable paciencia. Era a comienzos de febrero. Durante los tres meses que acababan de transcurrir, el Sr. de Sombreuse había alimentado su pasión, tanto mediante las obras libertinas, como con sus ensoñaciones, pero más a menudo aún por la lectura de un diario íntimo, su historia de Él y de Ella, donde daba rienda suelta al furor de su amor. Fragmentos, observaciones diarios, trozos de vida. Había escrito eso en sus noches febriles, sobre un gran in-octavo de hojas grises, con un lápiz rojo o azul, blanco o negro, o verde; en inglés, en redondilla, en gótico. Las páginas tenían escrituras diferentes, lentas o rápidas, según las emociones de los protagonistas; eran casi tan variadas como los colores, y a alguna distancia, se hubiesen podido tomar por paisajes de un impresionismo exagerado. Sobre los márgenes, y en todos los sentidos, cubriendo a veces las propias notas, se veía un esbozo de figura de mujer, un estudio tomado de perfil, de tres cuartos, de frente, pero siempre inacabado. Luego, aquí y allá, en un batiburrillo de líneas multicolores, en la orgia de arabescos donde florecían las mayúsculas, aparecían anatomías incompletas, una nariz graciosa, un pie encantador, una boca con los dientes muy blancos, una pierna fina, un cuello delicado, dos bellos brazos desnudos, un pecho redondeado bajo un montón de encajes, una cabellera rubia brillante de flores y diamantes o sencillamente rodeado de una cinta de terciopelo. También había estudios de ropa femenina, vestidos, camisones, faldas, coloretes, corsés, pantalones blancos, incluso camisas. Eran recuerdos o visiones de Julia, recuerdos del mundo, de las visiones, intimidades ignoradas de la mujer – recuerdos y visiones indecentes, dibujos obscenos. El diario del Sr. de Sombreuse se remontaba a tres años atrás, es decir a la época de su llegada a París, y las memorias no comprendían más que un espacio de nueve meses, pues el marqués había dejado de escribir, desde el día en el que instó al conde de Mauval a someterse a la fiesta que se prolongaba y acentuaba cada vez más. París 2 de febrero de 1887.
  • 72.
    72 Pero, vamos… ¿esque a estas alturas mi bella prima va a hacerme perder la cabeza?... Al instalarme en París, me había propuesto vivir bastante tranquilo, en medio de mis bibelots, con Joséphine y mi mono La Hire. ¡Y hete aquí, a mis sesenta años, después de la pequeña existencia que he llevado en todas las partes del mundo, que me he enamorado de mi prima ¡como un joven idiota lo está ordinariamente de la suya! 15 de febrero. ¡Sí, enamorado!... Esta noche, cuando me despedía de Julia, sentí mi mano temblar en la suya… ¡Oh! si tan solo tuviese veinticinco o treinta años, o incluso cuarenta, primo Jacques, ¡ya no podrías pasar bajo las puertas del Senado!... ¡Bah! La Sra. de Mauval es fiel, y, si tuviese el deseo de divertirse una pizca, elegiría a sus amantes y no querría a un viejo lampiño… a menos que, muy vicioso… 2 de marzo. ¡Ah! ¡Me estoy volviendo completamente idiota!... ¿No he robado hoy la fotografía de Julia en su álbum?... ¡Travesuras de colegial!... Mi pobre César, ¡qué pena me das!... 20 de marzo. Regreso de un baile, con motivo de la víspera de cuaresma, en casa de la princesa de Sachs-Rantel… Ramillete de mujeres adorables… He bailado con Julia; habría bailado con ella sola toda la noche; pero por conveniencia, fue necesario dejar a otros mi lugar… He hecho la corte a la marquesita d’Églaé y a la baronesa de Tomeyir, – historias para matar el tiempo… 5 de abril. Julia está en el castillo de Ferville con Jacques y Thérèse… ¡Solo en París, me aburro horriblemente!... Voy a darle una paliza a mi mono… ¡Eso le enseñará a ser de la tribu de los catarininos! 1 de mayo. ¡Esta Thérèse es insoportable!... ¡Siempre metida bajo las faldas de su madre! La otra noche, en el Bois, en el paseo de las Acacias, mi coche se cruzó con la calesa de Mauval: de ahí una idea… Al día siguiente, rogué a Jacques que me ofreciese una plaza en su landau, y me instalé frente a Julia… Mis rodillas tocaban sus rodillas… La prima retiró sus piernas, con mucha naturalidad, creo, sin pensar, por desgracia, en nada malintencionado… 13 de mayo. Me había imaginado que, recogiendo algunas flores de adulterio, conseguiría olvidar a Julia… ¡Ah! ¡bien, sí! Todas las mujeres me recuerdan a mi prima: para mí, son pálidas estrellas al lado de los rayos inflamados del astro del día... Soy un
  • 73.
    73 imbécil… Ayer tuvela ocasión de estar solo con Julia, la posibilidad de hablarle; y ni una palabra salió de mi boca… 20 de mayo. Dentro de tres semanas, tras el Grand-Prix, los Mauval van a realizar un viaje a Suiza con Thérèse; luego irán a Saint-Malo; de ahí, a Ferville… Me las arreglaré para compartir su viaje y unirme a ellos en todas partes… En definitiva, he usado mis habilidades para ir llevando adelante mi campaña amorosa. Una palabra imprudente me podría perder para siempre… Le Chaux-de-Fonds, 18 junio. Viaje familiar. – Conozco Suiza y, aunque no la conociese, preferiría comprometerme a hacer un peregrinaje anual que dirigir en estos momentos mi mirada hacia una montaña o a un valle… No veo más que a Julia; no escucho más que a Julia… Ella me da algunas veces el brazo en nuestras excursiones, y, cuando llegamos, por la noche, al albergue de un pueblo, como Jacques está dormido, como Thérèse duerme, como en la canción de los Pirineos, tengo unas inmensas ganas de forzar el cerrojo que cierra la puerta de comunicación… Zurich, 11 julio. ¡Oh! ¡Julia es encantadora, bastante espiritual, bastante seductora! Me ha embrujado de tal modo que, loco de deseo de hablar de ella, he contado a Mauval los encantos de su esposa, refiriéndome a Julia con otro nombre… ¡Qué cretino, este pobre Jacques! Saint-Malo, 3 agosto. La Sra. de Mauval y su hija se bañaban, mientras Jacques y yo nos fumábamos un cigarro en la playa, mirándolas. Julia tenía un traje de baño de franela blanca, con encantadores sándalos. Cuando salía del agua, con sus cabellos de oro recogidos en un moño con cintas azules, en un batín blanco sobre los hombros, caminaba sobre la arena con un movimiento de caderas tan voluptuoso, que la busqué en vano en los cuerpos de las otras bañistas… Thérèse, demasiado alta y no suficientemente desarrollada, parecía un perrillo flaco al lado de su madre, la magnífica criatura… Entonces, con el cerebro ardiendo, arrastré a Mauval hacia la caseta donde su esposa se desvestía. Yo quería entrar, pero nos quedamos allí, él, idiotizado, yo con los ojos vueltos hacia el mar, con unas enormes ganas de arrojarme al agua y morir… Castillo de Ferville, 25 septiembre. Hamlet decía: «¡Ser o no ser! esa es la cuestión…» Pues bien, no, ¡esa no es la cuestión! El problema está en estas palabras: ¡ser viejo y amar!... ¡Qué importa lo demás! ¡Qué importa el más allá!... ¡Eh! ¿Qué me indica si es más noble para el alma sufrir los poderosos embates de la injusta fortuna, o, revolviéndose contra esta multitud de males, oponerse al torrente y acabar con ellos?... Morir, dormir… ¡Dormir!... ¿Tal vez soñar?... ¡Tonterías!... ¡No veo n ello grandes obstáculos! ¿Qué pensamientos pueden sobrevenir en ese sueño de la muerte, después de estar
  • 74.
    74 despojado de mienvoltorio mortal?… ¿Las religiones y las filosofías?... ¡Oh! la la… como dicen los golfos parisinos… Los muertos tienen sin duda privilegios especiales; pero, en cualquier caso, solo los locos en su delirio y los vividores después de beber, discuten sobre la inmortalidad del alma… ¡Ser viejo y amar!... ¡Esa es la única y terrible cuestión! ¿Por qué, si existe Dios, da a los viejos deseos tan ardientes como a los hombres jóvenes?... ¡Amo a Julia! ¡la amo!... Entienden, ¡la amo!... Y el hombre que ha compartido el amor de tantas mujeres, que ha vaciado hasta el fondo la copa del placer, se sorprende hasta estremecerse, enrojeciendo ante esa mujer. La amo, en medio de su lujo, de sus encajes y terciopelos, joyas y flores; ¡la amo en su intimidad familiar! ¡La sigo y la vigilo, sin que en su presencia me traicione mi mirada! La vi una mañana temprano. Ella atravesaba los amplios pasillos del castillo, despeinada bajo su gorro florido de encajes; iba, pálida con esa palidez que confiere la cama, con los ojos hinchados, la boca fatigada; y yo que no había dormido, que toda la noche había permanecido de pie, caminando febril para esperarla, para verla pasar en su despreocupación, sentí en su proximidad una inefable embriaguez… Venía de dar las órdenes a sus gentes y se dirigía al cuarto de baño, muy cerca de su dormitorio… Desapareció y yo permanecí anonadado, lleno de dolor, como si algo de mi ser se arrancase violentamente… Rompí a llorar… Tenía unas furiosas ganas de abrir la puerta del cuarto de baño, de amordazar a la condesa y tomarla allí mismo, sí allí. Me vi obligado a bajar la escalera, correr al parque, respirar el frescor de la aurora y mojarme con el rocío caído del cielo… 27 de septiembre. Mis jornadas se pasan reflexionando para saber cuál es la mejor manera de que un viejo corteje a un joven mujer… ¡No soy un Bartolo, un tío rosa!.. ¡No soy un Don Ruy Gomez de la Silva!... Los sentimientos caballerescos están pasados de moda y nada tienen que ver en mi asunto… ¡No soy un doctor Fausto y me burlo de los Mefistófeles!... Me golpearía, me quemaría el cerebro, cuando pienso en todas las dificultades que me esperan… ¡Como Werther con su amante, he estado cien veces a punto de estrechar a Julia entre mis brazos!... Y como Werther, me siento invadido por esa inclinación natural de la humanidad que nos empuja a tomar… ¿No tratan los niños de tomar todo lo que perciben? ¡Y yo!... 15 de octubre. ¡Bastante poesía! ¡No soy Werther, ni Hamlet!... ¡No estoy loco!... ¡No quiero morir! ¡Quiero vivir!... ¡Tendré a Julia!... 23 de octubre. Esta mañana, he penetrado, sin ser visto, en la habitación de mi querida prima; he podido convencerme de que Jacques no había dormido con su esposa… He tocado la cama de Julia, la cama todavía tibia en el lugar dónde solo su cuerpo estaba marcado… He tocado sus sábanas, su gorro, su amplia y fina camisa, todas las cosas que la habían tocado… Iba de la habitación al baño y me embriagaba con la fragancia de la mujer… Creía ver a dos Julias[15]… ¡Tanteaba para agarrarlas y
  • 75.
    75 extendía mis brazoshacia ellas!... Luego, la veía sola… ¡La había detenido al paso y por fin la tenía!... ¡La cubría de besos!... ¡La inundaba con mis lágrimas!... ¡Dios mío, qué sueño!... Yo me iba, con ira en el corazón, pálido, espumeando de rabia… Paris, 1 de noviembre. Mauval, ¡necesito a tu esposa!... Esta única línea, con la que finalizaban las memorias, estaba escrita con lápiz rojo, en letras capitales enormes ocupando las dos páginas abiertas del misal del Sr. de Sombreuse, y un rosario multicolor, una rosario de horrores, enmarcaba el texto. Para llevar pacientemente al extremo la obra de destrucción que, desde hacía más de dos años, él había emprendido, el viejo aristócrata, volvía a leer algunas veces etas líneas arrojadas sobre el papel, sin método, al socaire de la inspiración, en la extravagancia de los delirios; a continuación, se remitía a los recuerdos más recientes, a los hechos que le daban la certeza de que el conde Jacques era presa de una de esas enfermedades que no perdonan. Así, se acordaba que una noche del verano pasado, con un calor sofocante, había conducido al Sr. de Mauval, de paseo por París, a los campos Elíseos. Alegres, ambos habían seguido por los Embajadores, El Reloj, El Alcázar; habían tomado varias cervezas y, a la salida, hacia las once, estaban detenidos en uno de los urinarios públicos disimulados entre la vegetación. Allí, durante más de diez minutos, el Sr. de Mauval había permanecido, con la cabeza baja y las fosas nasales abiertas. Habiéndole interrogado el marqués, el conde Jacques, rogando a su primo que guardase el secreto de su extraña confesión, respondió que el olor le era agradable y despertaba en él ideas sexuales[16]. El Sr. de Sombreuse pensó en utilizar la confidencia del senador. Tuvo el deseo de pagar a uno de esos pálidos golfos de mirada sospechosa que merodean por las noches alrededor de los urinarios, señalarle al Sr. de Mauval como a un cliente o como una víctima, y luego advertir a los agentes de policía. Entonces, el conde Jacques, sorprendido en flagrante delito, pasaría a la Audiencia… Pero no se detuvo mucho tiempo en este proyecto, no porque temiese el deshonor para su propia familia, sino porque consideraba que su primer medio – el embrutecimiento gradual del marido – era infalible. Con su situación de senador, el Sr. de Mauval podría escapar a la acción de los magistrados: pero no escaparía a la enfermedad, a la senilidad, a la muerte cercana. Sin embargo, después de varias semanas, el marqués no estaba en absoluto tranquilo, y una preocupación crecía en él. El conde Jacques ya no obedecía regularmente a su primo, e incluso ocurría que la mayoría de las veladas y noches, el senador las pasaba con su mujer, rechazando todas las invitaciones. A pesar de las escenas nocturnas de alcoba, a pesar de las orgías de los dos inviernos pasados, el Sr. de Mauval no se encontraba ni lo bastante loco para ser encerrado en un manicomio, ni lo bastante enfermo para morir. Incluso, después de algunos días de reposo, daba la impresión que el rostro del hombrecillo estaba menos atormentado, su lengua menos pastosa, su mirada menos apagada, su modo de hablar menos grotesco. La condesa Julia y su hija recuperaban la esperanza, ingeniándoselas en distraer al enfermo: El Sr. de Mauval acompañaba a su esposa y a Thérèse al Bois, al teatro, al circo; se convertía en un hombre como los demás. Esta tranquilidad no podía durar.
  • 76.
    76 A menudo, elSr. de Sombreuse, al que no se atrevían todavía a echar del palacete de la calle de Varennes, había sido obligado a retirarse temprano, al discreto ruego de Julia o de Thérèse. La Sra. de Mauval decía, muy compungida: –D. César, disculpe que me despida de este modo… Pero ya sabe… si Jacques lo ve salir, él querrá salir con usted… Thérèse intervenía sutilmente a su vez: –Tío, papá necesita descansar… Vamos, vamos, mientras gira la cabeza, escápese… Se lo ruego, tío… El marqués se levantaba orgullosamente y preguntaba: –¿Entonces, se me echa? La condesa Julia protestaba dulcemtne, por cortesía, y Thérèse gruñía con voz sorda: –Puesto que no comprende, que no quiere comprender… ¡hará bien en irse! El Sr. de Sombreuse se iba furioso, para regresar al día siguiente y los demás días. ¿Acaso Julia debía echarlo, esta Julia que él había hecho suya por el constante deseo, por la incesante obsesión?... ¿Es que el otro, el chocho, continuaría mucho tiempo conservándola, tocándola, ensuciándola? Una noche, el Sr. de Sombreuse quedó muy contrariado ante el conde Jacques, quién, a una de sus proposiciones de francachela, le respondió en voz baja, pero con energía: –Mi querido primo, ya no salgo más… definitivamente… ¡estoy enamorado de mi mujer!
  • 77.
    77 XII En menos deocho días, el marqués de Sombreuse había retomado su dominio sobre el conde de Mauval, y manipulaba al hombre a su antojo, a pesar de las súplicas y las lágrimas de las dos mujeres alarmadas. Y hoy, como antaño, el conde Jacques parecía dedicarse únicamente a las juergas; incluso parecía tener la iniciativa en las correrías nocturnas, apreciándose en ello la influencia del primo. Siempre tenía el mismo modo de desaparecer de casa. Por la noche, después de cenar, el Sr. de Mauval se levantaba de la mesa, febril, y arrastraba a su invitado habitual, el Sr. de Sombreuse, quién, muy serio, excusaba su brusca salida, afirmando a las nobles damas que por fin iban a preparar el retorno del Roy. El marqués había organizado unos divertimentos nocturnos, locuras sensuales en los que la razón del Sr. de Mauval se extraviaba. El senador era presa de tal estado de excitación nerviosa que, a menudo, sobre una acera, ante los coches que abarrotaban la calzada, tenía miedo y jadeaba bajo el efecto de una crisis de agorafobia, atravesaba las calles en todos los sentidos, con los brazos en el aire, amenazando con hacerse atropellar por los caballos; algunas veces, saliendo de unos urinarios, se paseaba con la bragueta desabotonada[17], y algún paseante caritativo debía advertirle para que reparase el desorden de su decoro en el vestir. El Sr. de Sombreuse sabía todas esas cosas y se regocijaba con ellas, pensando que gracias a sus diligentes cuidados, Julia no los ignoraría por mucho tiempo. En cuanto a él, se mostraba cada vez más amable, con sus aires de Geronte untuoso. Siempre tenía algo nuevo que enseñar a su primo. En la creatividad de su imaginación, la ruta de los placeres se extendía, maravillosa, y el conde Jacques seguía a su paseante, asombrado y maravillado. Era realmente como un panorama de lujuria contemporánea, que, en honor a su primo, el Sr. de Sombreuse descubría poco a poco. Al marqués no le gustaba perder el tiempo en rutas ya recorridas; le disgustaba mirar mucho tiempo los mismos cuadros; desearía ver cosas nuevas, toda vez que, hasta ese día, había permanecido siendo un simple espectador; pero ahora iba a tomar un papel, con la convicción de que su constitución de atleta, tan a menudo puesta a prueba, presentaba una enorme resistencia. Por lo demás, el Sr. de Sombreuse no era completamente dueño de sí: un desmedido apetito de los sentidos comenzaba a apoderarse de él. –Enterraré a Jacques,– decía, – o lo sumiré en tal estado de abyección que la esposa huirá de él como de un apestado… ¡Lo veremos! Ya no se trataba de las insignificantes veladas con Émilie Plock, en la calle de Roma, ni de las fantasías de Mathilde Beaudoin, llamada la Poupard, ni de las aventuras relativas a cientos de putas y mujeres que los dos aristócratas habían frecuentado en el barrio de Europa y en el barrio Saint-Germain, en todos los ámbitos sociales, durante esos meses de orgías, tanto los transportaba el furioso viento de los deseos. Todas esas historias galantes parecían, en efecto, muy comunes, mezquinas, comparadas con las ideas que germinaban cada día en la mente del Sr. de Sombreuse, y ya el marqués apenas se dignaba a recordar las últimas escenas de la comedia lúbrica representada en su salón, según su inspiración, por la marquesa d’Églaé y la baronesa de Tomeyr. El conde de Mauval hablaba de ello todavía con animación; pero el viejo viajero se alzaba de hombros; conocía el vicio bajo todas sus formas, en todas sus manifestaciones y no le atribuía más importancia a la unión aristocrática de las grandes damas, de la morena Marie y
  • 78.
    78 de la rubiaAndrée, que al amor brutal de la Sra. Ponceau, la gobernanta, y de Marguerite, la ama de llaves. No se enorgullecía del todo de su rol de corruptor. Y concluía: –¡Dejemos a la marquesita y a su amante adorarse en las barbas de sus esposos, y pasemos a otras actividades! –¡Perfecto!... ¡Excelente!... ¡Macanudo! – respondía el senador, realizando una pirueta sobre sus talones y propinando una patada a las sombras imaginarias de las personas que querían impedirle vivir a su guisa. Los aristócratas comenzaron a dedicarse a variar sus locuras, corriendo una noche a los establecimientos más suntuosos de la prostitución, para encontrarse, al final de la noche, en los tugurios más abyectos, donde se solazaban en el espectáculo de refinadas lujurias y orgías desenfrenadas. En ocasiones, se encerraban en unas habitaciones oscuras y silenciosas, y allí, con los ojos pegados a unas aberturas practicadas en las paredes, miraban cuadros vivos, excitados por la aparición de hombres jóvenes y hermosas muchachas, sucediéndose los unos a los otros, dos a dos, y dedicándose a practicar ardientes caricias. Con semejante vida, el Sr. de Sombreuse tenía la apariencia de un viejo con buena salud, y el Sr. de Mauval caía cada vez más bajo, siempre más bajo, para la delirante satisfacción de su mentor. Cierta tarde, el marqués se encerró en su biblioteca; y, tras haber redactado un programa, un menú, escribió cartas personales de invitación para una gran fiesta que se celebraría el 19 de marzo, la misma noche que precedía a la primavera. Tan solo veinticinco días lo separaban aún de la fecha fijada, pero el Sr. de Sombreuse consideraba que ese intervalo no tenía nada de exagerado, teniendo en cuenta la lejanía en la que vivían algunos invitados y los considerables preparativos a llevar a cabo, tanto de instalación como de aprovisionamiento. Además, solicitaba confirmación de asistencia. Llamó a James, su mayordomo, y le entregó trece cartas en sobres con sus armas impresas: estas para Paris, aquellas para los diversos estados europeos. Una de esas misivas difería de las otras: no comportaba una invitación, sino más bien una petición de cita y estaba dirigida a sir Stener, un Barnum5 americano que residía en el hotel Continental, tras haber acondicionado en el Jardín de Aclimatación a una tribu de salvajes. Como James Stolh se retiraba, llevando la correspondencia de su amo, la Sra. Ponceau entró vivamente y murmuró algunas palabras al oído del marqués. El viejo aristócrata echó una mirada al gran reloj de péndulo de Sèvres que estaba encima de un módulo de la biblioteca y frente a un grupo de garzas disecadas. –¡Las diez! – dijo… – ¡Decididamente, la pequeña Églaé está cada vez más chiflada! Preguntó: –¿La marquesa ha venido sola?... ¿No la acompaña la baronesa? Y sin esperar respuesta: –Joséphine, haz entrar a la marquesa… ¡Vamos, Joséphine, date prisa, te lo ruego! La Sra. de Églaé apareció, cubierta con un manto de armiño. Tendió la mano enguantada al Sr. de Sombreuse: –Buenas tardes, amigo mío… He venido a recabar noticias al pasar por aquí… Mi coche está en la puerta… Voy a la calle Poitiers… 5 Referencia a Phineas Taylor Barnum (5 de julio de 1810 – 7 de abril de 1891), empresario y artista circense estadounidense recordado por sus célebres engaños en el mundo del entretenimiento y por fundar el "Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus" (N. del T.)
  • 79.
    79 –¿Vais a vera Andrée a esta hora, baronesa? –Sí… El barón y el marqués están en el club… Ya comprendéis, amigo, tanto en casa de la una…. –Como de la otra… ¡Eso es adorable! –¡Ah! a propósito, Andrée y yo queremos hacerle un pequeño ruego… –¡A vuestras órdenes, marquesa! –¿Dirá usted que estamos chifladas? –¡Yo jamás digo esas cosas! –¿Pero lo pensará? –¡Por nada del mundo! –En fin, mi querido César, este es el asunto… No me voy a andar con rodeos… La baronesa y yo deseamos visitar una casa en vuestra compañía… ¿Cómo lo diría?... una casa… usted ya sabe… donde hay jovencitas encerradas… –¿Un convento… donde, sin rezar, las mujeres se arrodillan? –Eso es… –En China esos establecimientos se llaman barcos-flores… –¡Muy simpáticos, los chinos! –¡Ya lo creo! –Entonces, ¿podríamos hacer una visita? –¡Desde luego! La marquesita aplaudió: –¡Oh, nos reiremos como locas!... Precisamente, ambas tenemos unos trajes de hombre excelentes… No seremos más que los tres, Andrée, vos y yo… –¿Y Mauval? … ¡Olvidáis a Mauval! –¿Por qué llevar a ese horrible senador? –Si mi primo sospechase que organizamos una salida sin él, me querrá matar… Por otra parte, el pobre Mauval no es tan horrible… –¡El otro día, nos dio un susto de aúpa!... ¡Menuda idea tuvisteis ocultándolo en vuestra habitación!... En fin, puesto que el conde es discreto, lo aceptamos… –El Sr. de Mauval puede sernos útil si ocurriese algún accidente… Su condición de senador… –¿Y qué tipo de accidente teméis, marqués? –Puede sobrevenir una bronca, una riña… La policía… –Eso no sería divertido… –¡Bah!–exclamó el marqués,– ¡quería asustaros! –No empecéis; soy muy miedosa… Así pues, ¿una fiesta a cuatro? –Fiesta a cuatro… ¡Yo aviso a Mauval! La Sra. d’Églaé se levantó para irse; pero el Sr. de Sombreuse, que se sentía animado, pasó el cerrojo de la puerta y arrastró a la joven mujer hacia un diván. La caricia fue casi glacial. –¿Entonces, está claro? – preguntó la marquesa, arreglando sus cabellos… No me escribáis… Las cartas son peligrosas… Volveré aquí, para saber el día de… nuestra excursión. –Muy bien, querida… –¿Decid, marqués, no sabéis?... La viuda de Sainte-Moulve… –¿Sí? –¡Ha tratado de robarme a mi Andrée! –¡Miserable! –Sí, ayer noche, en casa de la vizcondesa de Quévoy, en la reunión de las damas que patrocinan la obra de los Niños abandonados, la Sra de Sainte-Moulve se
  • 80.
    80 acercó a laSra. de Tomeyr; ella le sonrió, le habló… ¡Pero, yo vigilo!... ¡La envenenaría!... Más bien, la mataría, a la vieja mezquina, ¡a balazos!...¡Qué se quede con las primeras comulgantes, sus angelitos! El Sr. de Sombreuse había trabajado una idea. –Marie, – interrogó con voz penetrante,– ¿qué pensáis de la Sra. de Mauval? –¿De la condesa?... ¿De vuestra prima? –Sí… –No es fea. –¿La creéis viciosa? –¡Viciosa!... ¿Ella?... No… no creo… La Sra. d’Églaé sonrió maliciosamente y amenazó al marqués, agitando el índice de su pequeña y frágil mano: –¡Ah! César… ya adivino… –¿Lo qué? –Estáis enamorado de vuestra prima… –¿Yo? –¡Si, vos! –¿A mi edad? –Sed cortés, marqués… Yo tengo diez años menos que vuestra prima y he sido vuestra amante… –¿No lo lamentáis? –¡Oh! ¡Dios mío!... Y cubriéndolo con su mirada inquisidora de mujer, añadió una risa argentina a su cálida palabra: –¡No mintáis, marqués!... ¿Amáis a la condesa de Mauval… a la rubia Julia? –¡Como a todas las mujeres, caramba! –¡Más que a las demás, querido!... Os habéis delatado, mi buen diplomático… Vos teníais mi secreto, ahora me dais el vuestro… ¡eso solo lo hace un hombre galante!... Malos amantes y siempre buenos camaradas, ¿no es así?... Hasta luego, amigo… No lo olvide… Andrée y yo tenemos mucho que ver… ¡un barco-flores de París! Se estrecharon la mano. –Vamos, marquesa, – dijo irónicamente el Sr. de Sombreuse, – No seáis cotilla, os lo ruego… Guardaos para vos y religiosamente, vuestras observaciones sobre mis presuntos amores… Mis recuerdos a la baronesa… ¡Buenas… mejores noches! –¡Bribón!... ¡Cattivo!... como dicen los italianos… Cuando estuvo solo, el viejo aristócrata se dejó llevar por un violento acceso de ira. Se sentía turbado, disminuido, pensando que no era el único guardián del secreto de su amor; pero pronto comprendió que la Sra. d’Églaé estaba eternamente confinada al silencio. Desde luego, la fantasía de las dos jóvenes lesbianas le interesaba poco. Conducir a dos mujeres travestidas, aunque fuesen grandes damas, a un lupanar, ya lo había hecho antes, no en Francia, pero sí en el extranjero, en Londres y, sobre todo. No exageraba ni la importancia de la aceptación, ni el interés del estudio fisiológico, ni el valor de las sensaciones que le reservaba esta excursión al país del placer, y había acogido este nuevo pretexto de lujuria, como hubiese aceptado otro cualquiera, con la condición esencial de que el primo Mauval estuviese presente. El viejo era tan tenaz en el cumplimiento de su voluntad que todos los accidentes de la vida que no se vinculasen a ella, se le hacían extraños, y los
  • 81.
    81 menores hechos quepodían servirle constituían las bases y los elementos de nuevos estudios, de nuevas locuras. –¡Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!... ¡Para él, esta mujer lo era todo! El Sr. de Sombreuse no tenía otro objetivo sobre la tierra, ni otro sueño de Paraíso, ni otra voluptuosidad, salvo ese recuerdo en la obra engañosa de sus amores con las otras mujeres, ni otro dolor en sus despertares.
  • 83.
    83 XIII –¡Brr’ l’pouf!... ¡Brrrrr’l’pouff!...¡Brrrrr’l’pouff!... ¡L’poufff! ... ¡L’poufff!!... F’ffffff!!!!! ¡F’ffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff!!!!!!!!!!!!![18] Mascullando esos sonidos, reuniendo furiosamente semejantes letras, con esfuerzos de asmático, vibraciones de la garganta, temblor de labios, en un ruido de quincalla, como golpes de tambor cortados por los silbidos de una vieja locomotora estropeada, jadeante, casi acabada, tosiendo penosamente sus últimos chorros de vapor, el conde de Mauval llegaba en calesa al palacete de Sombreuse. Una fiesta lo esperaba. Desde hacía varias semanas, la gobernanta del marqués, la Sra. Joséphine Ponceau, juuntaba alguna que otra vez, a varios niños pobres del barrio, a los que enseñaba a leer gratuitamente; se decía que ella misma pronunciaba charlas muy interesantes sobre el catecismo. Los padres, que veían regresar a sus pequeños con las manos llenas de juguetes y golosinas, no escamotearon elogios a los méritos de la gobernanta, y trasladaban una parte de su gratitud al amo de la casa. El Sr. de Sombreuse temía los cotilleos. Pronto, de todos los golfillos, siguieron acudiendo solo dos, un pequeño chico de siete años y una chiquilla de seis años, los hijos de Étienne Avajou, un buen hombre, zapatero de la calle Grenelle. –De estos respondo yo como de mí misma, – había dicho Josèphine al marqués… – ¡Son demasiado golosos como para no ser discretos! Era una alegría para los pequeños de Étienne Avajou ver aparecer a la Sra. Ponceau, su gran amiga, delante del taller de su padre. La gobernanta les hacia una señal y ellos corrían, mientras que la madre, reparando el desorden de las humildes vestimentas de sus bonitos bebés, suspiraba: –¡Portaos bien! El chico se llamaba Jules, la niña, Antoinette; Juju y Nénette o aún Jujube y Noisette, así era como los llamaba el Sr. de Sombreuse, quién, para los niños, se convertía en un papá Breuse, cuando el marqués suplía a la Sra. Ponceau. Juju y Nénette se encontraban mucho mejor en el palacete del papá Breuse que en casa de sus padres, sobre todo en esos días invernales en los que su madre, absorbida por los trabajos domésticos, y su padre, martilleando como un sordo en su taller, los dejaban jugar, correr sobre la acera de la calle o calentarse bajo el calor de una estufa de fundición, en una pequeña habitación, detrás de la escalera de servicio, una pocilga apestada por los olores de la cuadra. Con motivo de la marcha de los demás niños, la Sra. Ponceau no tuvo escrúpulos en explicar su preferencia. Dijo a la esposa de Avajou que, si ella elegía a sus pequeños, era porque eran mucho más inteligentes que sus compañeros, y que, tanto como hacer el bien, había que hacerlo con utilidad. La mujer del zapatero se sintió halagada en su vanidad de madre. Sí, Jules y Antoinette, ambos rubios, pelo rizado, como ángeles, comenzaban a leer y a escribir; frases del catecismo, fragmentos de cuentos de hadas, de esas maravillosas historias que los hijos de los ricos retienen y narran a la abuela, con gesto y entonación de actores. Se expresaban tan bien como pequeños caballeros, sin contar que la buena de Joséphine los había vestido de nuevo, peinándolos ella misma, lavándolos, perfumándolos, ataviándolos como si hubiesen sido los hijos de una princesa.
  • 84.
    84 Por la noche,Françoise Avajou y su marido charlaban en la cama, mientras los pilluelos dormían junto a ellos, en la misma cuna demasiado estrecha para sus cuerpos. La mujer contaba a su hombre que la Sra. Ponceau era una enviada del Paraíso; tomaba fuertemente la mano del zapatero, aún crispada por las mordeduras del guante de cuero; llevaba un poco de calor a su pierna derecha, – una pierna enferma, dolorida por el reuma: –Étienne, la Sra. Ponceau me ha hablado… –¿Y? –El Sr. marqués se interesa enormemente por Jules y Antoinnete… –¿Entonces? –¡Eh!.. ¡eh!.. ¡no sé!... Ese viejo caballero parece un poco excéntrico… Podría inscribir a los pequeños en su testamento, dejarles… –¿Su fortuna? –No digo «su fortuna»… Eso sería demasiado, pero algo que les impidiera arrastrar la miseria como tú y yo… –¡Tú sueñas, esposa mía! –¡No… no… lo que yo te diga!.... – añadía vehementemente Françoise, una toulousiana. Y en el guirigay de su verborrea, acababa por convencer a su esposo; ella lo mecía en un alegre clamor de esperanzas, y ambos se dormían con el pensamiento de que el muchacho no tendría que martillear las suelas, y la pequeña no tendría que hacer la calle. Por añadidura, Avajou no debía olvidar que un día en el que se había encontrado en una situación lamentable por el impago de un trabajo, la Sra. Ponceau, que venía a buscar a los chicos, había adivinado su contrariedad, prestándole sesenta francos que todavía debía. Jules y Antoinnete eras dos pilluelos, muy parisinos, muy desarrollados para su edad, y, cosa rara, muy discretos. La primera vez que aparecieron en el palacete, la Sra. Ponceau los reunió con los demás chicos que ya se encontraban allí; luego, los tomó aparte y, atiborrándolos de pasteles y golosinas, les confió un pequeño secreto que debían guardar. Joséphine los amenazó con no recibirlos más; les dijo que el diablo los comería si eran charlatanes, les dijo las palabras que debían repetir a sus padres, se aseguró que las frases no habían sido ni exageradas, ni desnaturalizadas. La gobernanta los tanteó de ese modo hasta el día en el que ella afirmó a su amo que respondía de sus pequeños ángeles. Entonces, el Sr. de Sombreuse entró como por casualidad en el salón donde tenían lugar las lecturas; acarició las cabezas rubias, él mismo distribuyó los juguetes, las golosinas, y se convirtió en un gran compañero, el papá Breuse de todos los pequeños. Eran las tres de la tarde. La lluvia caía a ráfagas sobre París desde un cielo encapotado. En tamaña tempestad, los paseantes huían a toda prisa; los ventanales del palacete de Sombreuse crujían en sus bisagras de plomo, y los personajes esculpidos en lo alto de las ventanas parecían ejecutar una danza macabra. Los dos hijos del zapatero de la calle Grenelle, indiferentes al estrépito que descendía de los cielos, jugaban en el salón del segundo piso, en el que las puertas que daban al corredor, estaban cuidadosamente cerradas. Jules llevaba un traje azul marino; en sus hombros caían los bucles sedosos de su rubia cabellera; el pantalón de terciopelo, con finos encajes, se detenía en las articulaciones de las rodillas y dejaba ver sus pantorrillas rosas a través de las medias de seda negra caladas. En sus pies, unos zapatos con hebillas de plata: parecía un paje de una corte francesa resucitada. Antoinette estaba en vestido de
  • 85.
    85 satén blanco, escotado,con la cabellera florida de rosas, deslumbrante de joyas, con las piernas al aire y los pies calzados con unas botitas azules. Eran unos vestidos preciosos de un guardarropía especial, que la Sra. Ponceau hacia poner a los pequeños Avajou, a su entrada al palacete, y esos trajes los maravillaban. Los chicos jugaban detrás de un biombo chino, bajo la vigilancia maternal de la gobernanta. En torno a ellos, sobre unas mesas con filigranas, una pequeña vajilla dorada, unas soperas preciosas, botellas en miniatura, vasos de licor, platos grandes como piezas de cinco francos, infiernillos para el aguardiente, lámparas del tamaño de un dedo de mujer, con globos multicolores; en los rincones del salón, unos caballos mecánicos, coches de niño, una arca de Noé de plata maciza, un teatro de guiñol, polichinelas, arlequines, diablos, muñecas en trajes preciosos. Por lo común, el Sr. de Sombreuse, cuando se aburría, tomaba parte en los juegos; hacían la cenita los tres, entre una lección de catecismo y un paseo sobre los caballos mecánicos. La víspera de ese día, el marqués había anunciado a los pequeños Avajou que les llevaría un gran compañero. Jules y su hermana se acostumbraban a no asombrarse de nada, y guardaban silencio sobre todas las cosas. Tras haber hecho grandes recomendaciones a los niños, Josèphine se había retirado. Se oyó el tintineo de una campana y se levantó una portezuela. Apareció un sacerdote de bigotes blancos, muy alto, muy erguido en su sotana negra, portando un breviario en una mano; iba seguido de un monaguillo en traje rojo, con rostro de payaso maquillado de blanco. Al principio, Antoinette y su hermano no reconocieron a papá Breuse, bajo la sotana eclesiástica; pero, desde que el marqués, tomando asiento en un diván, los hizo sentarse frente a él, se divirtieron mucho con los gestos de su nuevo compañero, el conde de Mauval. –Es la hora del recreo, – dijo el sacerdote… – Voy a leer mi breviario, esperando que vengáis los tres a confesaros… Vamos, Jacques, puedes jugar con tus amigos… El viejo monaguillo se acercó a la chiquilla y al muchacho. Preguntó: –¿Cómo os llamáis? –Nénette… –¿Y tú? –Juju. –Yo, Jako… ¡Brrr’l’pouf!… ¡Gnouf!... ¡gnouf!... ¡Brrr’pouf!... ¡l’pouff!.. ¡F’ffffff!!!! Los pequeños comenzaron a reír. Nennete dijo: –¿Cómo pareces tan viejo, Jako? Y Jako, babeando sobre su alzacuello blanco: –Jako te dará, Nenette, una bella muñeca… te dará, Juju, un boito poichinela… ¿Nenette, has cometido pecados? –No lo sé… –¡Yo, yo los he cometido! – exclamó Juju, muy rojo. El monaguillo juntó gravemente las manos: –Tras la merienda,– dijo – nos confesaremos al cura… ¡L’r’pouf!... –¿A papá Breuse? – preguntó Nénette.
  • 86.
    86 –Sí, a papáBreuse… – respondió el viejo… – Pero no se puede decir nada… ¿entendéis? –¡No temas, Jako! A una llamada del marqués, entró Josèphine, trayendo unas golosinas. Comieron. El cura sentó a la chiquilla sobre sus rodillas, y comieron ambos del mismo plato; bebieron en el mismo vaso. El gran monaguillo miraba la escena; dudaba; pero de repente, se enardeció y sentó al pequeño muchacho sobre sus delgadas rodillas. Nénette, Juju y Jako se perseguían a través de las habitaciones, caracoleaban sobre los caballos mecánicos, mientras tanto el sacerdote, que se paseaba de un lado a otro, observaba los movimientos de su monaguillo. El cura consultó su reloj y golpeó con la mano su breviario, exclamando: –¡A la capilla!... ¡a la capilla!... Todos los actos de esta comedia habían sido previstos y arreglados por adelantado por el Sr. de Sombreuse, y el Sr. de Mauval no hacía más que ejecutar, protestando a veces, las órdenes de su primo. –¡Vamos, Jako! – ordenó severamente el marqués…–¡Vamos! Desnuda a Juju y a Nénette… ¡Entraremos a continuación en la capilla! Cuando los pequeños Avajou estuvieron desnudos, los dos aristócratas los tomaron entre sus brazos y los llevaron a la sala contigua, una habitación dispuesta como un templo católico, con una nave, un coro, un altar, vitrales de color, confesionarios, y además, en el fondo, en medio de unos ramos de rosas, un altar iluminado con mil velas. Entre un furor de caricias y besos, los viejos simularon todas las ceremonias del culto, todos los actos religiosos de los creyentes: la oración, la confesión, la comunión, la misa, las vísperas, un entierro, un bautismo. La sesión se terminó con una boda en la que el conde de Mauval, desprovisto de su traje rojo, hizo las veces de alcalde, y donde el marqués de Sombreuse, con un incensario de oro en la mano y en sus labios, como hubiese dicho Lamennais, «una risa que no era humana», dio a los recién casados la bendición nupcial en términos obscenos. Allí permanecieron los dos viejos y los niños, hasta el momento en que la Sra. Ponceau vino a lavar a los pequeños todas sus manchas, vestirlos con las ropas que traían a su llegada al palacete y conducirlos finalmente a su casa, agotados, aterrados, pero silenciosos. El marqués se consideró muy feliz con esa jornada: el conde Jacques daba signos inequívocos de alienación mental, y su primo cumplía todas esas ignominias, fríamente. El Sr. de Sombreuse no conocía tregua ni reposo; se apresuró a cumplir su compromiso con la marquesa d’Églaé. Esa misma noche, un poco antes de medianoche, un landau cerrado, bajaba por el bulevar Saint-Germain al trote de dos caballos de raza. Dentro se encontraban cuatro personajes: el Sr. de Sombreuse se sentaba frente a la Sra. d’Églaé; el Sr. de Mauval estaba cara a cara con la Sra. de Tomeyr. La marquesa y la baronesa se habían puesto trajes de hombre; estaban tocadas con sombreros hongo, pero enguantadas hasta el codo, bajo sus mangas, como mujeres, y envueltas en amplios abrigos negros. Durante el trayecto, la baronesa de Tomeryr, mucho menos atrevida que su compañera, solicitó veinte veces abandonar el pequeño grupo alegre; pero fue vencida por las demandas y cálidas palabras de la marquesa d’Églaé. Se detuvieron ante una casa de la calle Provence, y los hombres y las damas, guiados por una sirvienta que había reconocido al Sr. de Sombreuse, subieron
  • 87.
    87 algunos peldaños deuna escalera mullida y alfombrada de rojo, y se introdujeron en un salón iluminado por el gas y deslumbrante de dorados. La dueña del establecimiento, la Sra. Leprince, vestida de largo y enjoyada por doquier, hizo su aparición mirando de arriba abajo a las visitantes que, a pesar de su cortesía, permanecían de pie, en medio de ese lujo insolente, con la mirada baja, aturdidas por las emanaciones femeninas, asustadas y temblorosas bajo el lustre de los cristales. Realmente, a esa hora, la patrona dudaba, dispuesta a tomar los cincuenta luises que el Sr. de Sombreuse le había dejado la víspera a modo de adelanto. Sin duda, el marqués y el pequeño senador afirmaban que esas damas no iban allí más que por simple curiosidad, por capricho. Todo eso era muy gentil, pero podía traer consecuencias indeseables; se tomaría a las visitantes por menores si no se les reconocía su condición de mujer. «Sin tener en cuenta, añadió, dando a sus palabras un doble sentido, que las hijas de Eva, incluso las grandes damas, mantienen difícilmente su lengua… Un escándalo haría «cerrar» la casa; el prefecto de policía no permitía…» El marqués, viendo que Marie y Andrée estaban sufriendo las miradas indiscretas de la Sra. Leprince, interrumpió su discurso, extrayendo de su bolsillo un fajo de billetes de banco. Enseguida, los ojos de la patrona se encendieron en una súbita resolución. La Sra. Leprince tomó los billetes, los contó e, inclinándose ante el Sr. de Sombreuse, abrió una puerta de espejo: –Venid, – dijo… – Despacio… despacio… De una habitación débilmente iluminada, la Sra. d’Églaé y la Sra. de Tomeyr, con los ojos pegados a unas pequeñas claraboyas practicas en una pared decorada de telas verdes, miraban. El senador, excitado por el Sr. de Sombreuse, toqueteaba a las grandes damas curiosas, a medida que los vivientes actores se abrazaban al fuego de las luces, sumidos en las embriagueces del placer. Al levantar el día, regresando a su domicilio, el Sr. de Mauval, con la cara cada vez más desencajada, los ojos saltones, el cuerpo sucio, solo podía decir «Ga…».
  • 89.
    89 XIV La condesa Juliano sabía que hacer ni que pensar. Bajaba la cabeza bajo el peso de los oprobios, avergonzada por el recuerdo de las orgías en las que se había inmolado para salvar a su esposo. Por un instante, pasó por su cabeza la idea de abandonar a su marido y partir con Thérèse para Gironde. Allí, al menos, en el castillo de Fervilles, junto a su padre, encontraría un poco de descanso lejos de ese desenfreno. Pera esa idea tan solo fue pasajera. De nuevo, la señora de Mauval se resignó a su suerte y continuó la tarea que se había propuesto; se hizo inventora en cuestiones del amor, dejando muy atrás todos los artificios de lujuria que Aimée Darmet, llamada la Glotona, le había esbozado un panorama. El senador trataba a su esposa como si estuviese tratando con la última de las putas, afligiéndola menos por sus insultos que por el espectáculo de su ruina intelectual y su deterioro físico. Desde la lamentable sesión en la Cámara, el senador no había vuelto a aparecer por el palacio de Luxemburgo. El incidente tuvo tal eco en los periódicos, que un comité compuesto por los electores realistas más influyentes de la Gironde, quiso imponer al Sr. de Mauval la obligación de dimitir de su mandato. La condesa y la propia Thérèse, temiendo que el conde Jacques diese más que hablar, se unieron para apoyar la gestión de los delegados venidos de Burdeos; el senador «el padrecito M***» rehusó, y, por consejo del Sr. de Sombreuse, expulsó con altivez a la delegación. Cartas amenazadoras y tarjetas postales injuriosas comenzaron a llover en el palacete de la calle Varennes; pero en el mundo de los antiguos sirvientes de la familia, nadie reía, e incluso al propio Baptiste, el mayordomo de cabellos blancos, se le saltaban las lágrimas, entregando a una de las doncellas la correspondencia no secreta que traían los carteros. Cada noche se producían comedias de alcoba. El conde había dado a su esposa un sobrenombre: se llamaba «Flora», y él se llamaba «Médor», ambos nombres de perros. –Flora, mi pequeña Flora… ¡P’sstt!... ¡p’sstt!... ¡Obedece a Médor! La Sra. de Mauval se alejaba, completamente enrojecida, pero él la seguía, metiéndose entre sus faldas, y Médor, arrojando su pañuelo a Flora, la obligaba a hacer «la carretilla», y que recogiese el pañuelo en su boca, arrastrándose sobre sus rodillas hasta entregárselo al hombre perro. En ocasiones, tras un sueño febril, el Sr. de Mauval se levantaba de su cama; y allí, a las luces de una lámpara, con la imaginación en ebullición por los relatos de la Edad Media con los que el Sr. de Sombreuse le llenaba la cabeza, se imaginaba que su mujer lo engañaba ante sus propios ojos. Con los brazos tendidos hacia delante, su pobre cuerpo temblando y la mirada extraviada, gritaba: –¡Julia!... ¡Julia!... ¡Ah! ¡Desgraciada!... ¡Ah! ¡Miserable!... La condesa, acostada a su lado, respondía espantada; pero él no la escuchaba; él siempre veía al «íncubo» abrazar a su esposa, sin que este último advirtiese su presencia; y cuando la dama lo tomaba entre sus brazos, lo consolaba, le secaba sus lágrimas, él se imaginaba que ella apestaba al olor del diablo y que estaba sucia, espantosamente sucia. En su delirio, se representaba el íncubo a su manera: era un demonio cornudo, con la cabellera erizada, rostro triangular con la boca escupiendo llamas, como lo
  • 90.
    90 muestran los cuadrosde algunas iglesias del midi de Francia; pero un demonio con manías personales, con absoluto descarado, en el palacete aristocrático. Así, casi siempre, el alucinado veía al «caballero en cuestión» acostarse a la entrada del dormitorio de la condesa, con un cigarrillo entre los dientes. Ante ese visitante nocturno, la primera palabra del conde Jacques era esta: –¡Fuma, este animal! Era una protesta del viejo, una reminiscencia de la primera educación. El Sr. de Mauval no comprendía como alguien se permitía fumar en la habitación de la condesa. ¡Que lo hiciese un cornudo no era más grave! Él mismo olvidaba que fumaba cigarrillos en presencia de su esposa, cuando representaba al chulo Gugusse. Para él, la condesa Julia se había degradado, envilecido; había caído hasta donde puede descender la más miserable de las putas, hasta un abismo de ignominia de tal modo repulsivo, de tal modo infame, que la propia Glotona, la Glotona, armada con sus instrumentos de placer, con sus mecanismos de formas anatómicas, hubiese experimentado estremecimientos de horror. Y él, el maníaco indómito, encontraba que eso no era bastante, y, en el tormento de su carne, establecía comparaciones entre las distracciones de alcoba y las orgías inventadas por el Sr. de Sombreuse. Ordenaba a su mujer a desvestirse, y la obligaba a hacer piruetas sobre la cama. –¡Aoh!... ¡Aoh!... – decía el senador, con su voz llorosa, imitando la pronunciación inglesa – ¡Aoh, Flora, yes, quiero más, siempre nuevo, muy fuerte!... ¡Agacha la cabeza, las piernas arriba! Ella obedecía, ejecutaba todo un ejercicio gimnástico, e hipócritamente, Médor se acercaba a ella, rabioso, y le mordía las pantorrillas ladrando. –¡Aoh!... Flora, ¡ladra tú también! Y ambos ladraban, cara a cara. Julia acataba todas las órdenes del conde Jacques; y, cuando el viejo la golpeaba, ella no dejaba escapar ninguna queja. Permanecía inmóvil, petrificada en su angustia, como la roca que el viajero imbécil y furioso por los acontecimientos del viaje, golpea sobre el camino. En medio de esa profunda desolación, el joven conde Guy de Laurière acababa su campaña amorosa. Thérèse era toda suya; él era completamente de ella. En esta jornada de marzo, el Sr. de Mauval parecía vivir un día de tregua. Por la mañana, Guy y su madre habían almorzado en el palacete, y ya se hablaba del gran banquete de bodas. Thérèse y su prometido acababan de entrar en el invernadero contiguo al salón; y bajo las altas floraciones de los arbustos, en el festejo florido, se decían dulces palabras. La condesa Julia se había hecho conducir a la iglesia de SaintEtienne-du-Mont, donde, cada día, tenía por costumbre cumplir con sus devociones. El senador y la Sra. de Laurière, sentados el uno cerca del otro, miraban a los enamorados. La condesa Anna de Laurière – una bella y gran dama de cabellos grises, con rostro de romana, con ojos marrones y dulces – temblaba de emoción ante la sonrisa de su querido hijo, la única alegría que le quedaba en el mundo. Siempre vestida de negro, con el corazón de luto – desde que la guerra de 1870 le había arrebatado a su marido, el famoso general, en Reischoffen, y a su amado hijo mayor, el brillante capitán, – proyectaba sobre Guy toda la ternura de su alma amante y afligida.
  • 91.
    91 Olvidaba los extrañoscomportamientos del senador, habiendo tenido tiempo de apreciar las cualidades de su futura nuera, la abnegación de Julia, la esposa cumplidora, la madre adorada que había educado a una hija digna de ella. La condesa se decía que sobre las familias siempre pesan algunas aflicciones, íntimas tristezas más o menos crueles, taras más o menos desoladoras; y, en el momento de convertirse en aliada de los Mauval, se regocijaba de tener que deplorar solamente las manías del viejo. Thérèse tenía a su madre: eso era lo importante. –Señora, – dijo nerviosamente el senador,– vuestro hijo no ha estado ciego cuando ha elegido a mi Thérèse… Y señalando con un dedo las siluetas de los novios, que se podían apreciar por los cristales, sentados en un banco del invernadero, a través de las lianas floridas. –¿Eh?... ¡Son felices esos queridos niños! Él extendió sus piernas, y dijo soñador: –Eso me retrotrae a los veinte años… ¡Ah! ¡la! ¡la!... ¡Ah! ¡la! ¡la!... ¡Ah! ¡la! ¡la!... –¿Echa de menos los viejos tiempos, señor? – preguntó la Sra. de Laurière, sonriendo. –¡Claro, señora!... ¡claro! Luego, de repente, con una gran exaltación: –¡Es bonita mi Thérèse!... el vivo retrato de Julia… ¡Unos ojos!... ¡qué ojos!... Cuando me acaricia, me parece que rejuvenezco… ¡Y espiritual, inteligente! La Sra. de Laurière puso un dedo sobre su boca y llevando una mirada afectuosa sobre el adorado Guy, dijo: –No grite tan fuerte, señor, Thérèse os escucha, y la volveríais orgullosa… La señorita de Mauval no podía escuchar lo que decían los mayores. Permanecía allí, con los nervios deliciosamente relajados, los ojos brillantes, el corazón festivo, encantada por las palabras de su novio. En la clara mirada del joven, leía toda una vida de amor y de honor. –¿Entonces, – preguntó Guy,– el único obstáculo que retrasaba nuestra unión era la enfermedad del conde? –Lo sabes muy bien… No quería que mamá permaneciese sola junto a mi padre enfermo… –El Sr. de Mauval está mejor, mucho mejor… ¡Fíjate, Thérèse, te envía besos! Y Thérèse, con la voz conmovida: –Fue esa maldita política lo que exasperó a papá… ¡Si supieses como detestamos la política mamá y yo! –Tu tío, el marqués de Sombreuse… –¡No me hables de ese hombre! – imploró Thérèse… –¿No lo quieres? –¡Lo odio! –¡Oh! La señorita de Mauval contó el horror que le inspiraba su pariente, ese ser extraño que, mientras su madre y ella cuidaban al conde, venía a despertar al enfermo, murmuraba a sus oídos palabras misteriosas y lo arrastraba tras él. Dejó de hablar y enrojeció por haberse atrevido a contar esas cosas a un hombre al que amaba con toda su alma, pero que todavía no era para ella más que un extraño. Guy le tomó las manos y la tranquilizó. Él ya había observado la antipatía que el Sr. de Sombreuse inspiraba a la joven. Le bastaba remitirse a una conversación reciente que el marqués interrumpió, como un curioso e inoportuno. El Sr. de
  • 92.
    92 Laurière recordaba ala señorita de Mauval como, ese día, le dijo: «¿Te cae bien, mi tío?» y que él, por temor de ofenderla, guardó silencio. Ahora que ella lo hacía partícipe de su cólera contra el Sr. de Sombreuse, tenía toda la libertad para revelar sus sentimientos. Pues bien, no le gustaba el tío de Thérèse! ¡oh! ¡no del todo! El joven estaba encantado de encontrarse en comunión con las ideas de Thérèse. Concluyeron que esta manera de ver y juzgar era ya un feliz presagio de su porvenir. –¡Dejemos al Sr. de Sombreuse, ¿quieres? – preguntó Guy… – Ese tema de conversación es penoso… Tan pronto seas mi esposa, tu tío-abuelo no vendrá a verte salvo cuando tú lo autorices… Vamos, Thérèse, ¿no has pensado nunca en un viaje a la India?... ¿Esas tierras misteriosas no te parecen más interesantes que ver la vieja Italia?... Siempre estaremos a tiempo de ir a Roma y a Venecia, ¿no es así?... Pero, la India… ¡Qué bonito viaje de novios!... Los dos, allá, en el país de los faquires… –¡Sí, India!…– suspiró Thérèse… – ¡Guy, iremos a la India! Julia no había regresado aún de Saint-Étienne-du-Mont, cuando la Sra. de Laurière y su hijo se despidieron del Sr. de Mauval y de Thérèse. El padre y la hija quedaron solos en el salón. Thérèse fue a sentarse cerca del viejo, que la cumplimentó por su vestido claro, su sombrero, su gentileza de mujer. ¡Realmente, Guy era un feliz mortal! Thérèse, radiante de ver a su padre expresarse con tanta dulzura, le dio dos sonoros besos en las mejillas. Él se estremeció. La rechazó. Los besos le habían quemado… Entristecida, sin comprender, ella murmuró: –¿Ya no me quieres? Lo volvió a abrazar; él se dejó hacer. La piel del rostro y de las manos le cosquilleaba agradablemente; el frescor de la boca pasaba sobre él como una brisa procedente de un campo de verbenas y de rosales. De esos desbordamientos de caricias infantiles se exhalaba una primaveral y virginal esencia que lo embriagaba, aunque él luchaba contra una obsesión, un espantoso deseo, una voluptuosidad de la que comprendía todo el horror y del que no podía ya defenderse. Tomó a su hija por los dos brazos y la miró largo rato, con avidez: era a su Julia a quién veía, su Julia más joven, más bella. Thérèse se había acercado a su padre, y la humedad de sus rodillas sumía al viejo en una deliciosa turbación. El Sr. de Mauval activaba la llama sensual que crepitaba en él, paseando sus nerviosas manos sobre la rubia cabellera, sobre los graciosos contornos de los hombros, sobre el pecho naciente. Se embriagaba del perfume de ese cuerpo virginal; se encendía ante la mirada deslumbrante de la novia, e invadían al hombre unas inmensas ganas de buscar caricias más calientes, más irritantes aún. El padre olvidaba que estaba en presencia de su hija, de su carne, de su sangre, y, libertino enervado, no escuchaba más que un prolongado ruido de armonía, un desenfrenado canto de amor; sus oídos vibraban con ese murmullo que producen eternamente las grandes caracolas marinas; sus ojos rojos veían, en lugar de la figura familiar, un rostro extraño, formas maravillosas, un fruto nuevo, lleno de savia y de verdor. –¡Oh! ¡Qué bonita eres!... ¡qué bonita! –¿Tú crees, papá? – sonrió ella, desprendiéndose del abrazo. –¡Sí, bonita!
  • 93.
    93 El Sr. deMauval había gritado esas palabras con la mirada llameante y los labios estremecidos. Ella sonrió, sin percatarse de su actitud, sin darse cuenta de que se dejaba atraer hacia él por los riñones: –¡Qué halagador, papá!... ¡qué halagador! Él la iba a tomar, a besarla en plena boca, a mancillarla para siempre… Retrocedió, agitado. Entonces, ella dijo: –Papá, ¿por qué me rechazas?... Tus ojos se llenan de lágrimas… ¿Es que acaso estás triste?... ¡Mírame, vamos!... ¡Tu Thérèse te ama con toda su alma!... Si te veo sufrir, tengo ganas de llorar… ¡Papá!... ¡papá!... Y como la muchacha avanzaba hacia él para besarle en la frente, apretarlo contra su corazón, consolarlo, mimarlo, según su hábito filial, él se levantó muy erguido, irritado: –¡No me toques, Thérèse!... ¡Hija de mi corazón, no me toques! –¡Déjame abrazarte, papaito! –¡No! Ella chasqueó sus labios rojos, y un beso infantil silbó, alegre, en el silencio. El hombre, de pie, en medio del salón, temblaba con todos sus miembros, mientras la voz armoniosa decía aún amablemente: –¡Papaíto!... ¡papaíto!... ¿un beso de tu Thérèse? –¡No! –¡Oh! –¡No!... ¡no!... Ella permanecía allí, estupefacta. Pero él, en un sobrevenido estallido de razón, con el sudor en la frente, los brazos colgantes, el rostro exangüe, bajó la cabeza para no ver a su querida hija. –¡Oh! papá… ¿te enfadas?... ¡Por qué te enojas? De pronto, el viejo rompió a llorar.
  • 95.
    95 XV La noche del19 de marzo de 1881, para celebrar el inicio de la primavera, el marqués Pierre-Antoine-César de Sombreuse ofreció un banquete en su palacete de la calle de Grenelle-Saint-Germain. A medianoche sonó el reloj del vestíbulo. En la sala de techo azul y oro atravesado por unas vigas profusamente talladas, con ornamentos como puertas de mezquitas, de donde colgaban lámparas de bronce que arrojaban haces de llamas, entre los baúles y los aparadores que brillaban bajo las orfebrerías, aparecía una larga mesa cubierta con un mantel de Frise, repleta de cristal, de vajilla blasonada, de flores y luces. El marqués y sus invitados acababan de tomar asiento; eran quince hombres, nada más que hombres, alineados en la mesa en una sola línea, a fin de que todos tuviesen frente a ellos el lado de la sala donde las paredes y las puertas habían sido tapadas con tapicerías decoradas con personajes. El Sr. de Sombreuse, gravemente, presidía esa asamblea compuesta del siguiente modo: Un ruso.- El príncipe Fongoff. Un francés.- El conde Jacques de Mauval Un alemán.- El barón Speckeim. Un inglés.- Lord Terwill. Un americano.- Sir Carvelend. Un austríaco.- Von Bomffeim. Un español.- El duque de Valroso. Un italiano.- El comandante Barchi; Un turco.- Ali-Riza-Pacha. Un belga.- El marqués de Ruidels. Un sueco.- El conde Dewingh. Un árabe.- Le caïd Sidi-Abd-el-Maleck. Un chino.- Ti-Lung-Zang. Un fueguino6.- ¿? Los invitados estaban en riguroso traje negro, incluso el fueguino, nativo de la Tierra de Fuego; solamente, Ali-Riza-Pacha, tocado con su fez, calzado con babuchas decoradas con gran elegancia, estaba vestido con la estambulina. El comienzo de la cena fue tranquilo. No podía ser de otro modo entre personas hablando lenguas diferentes, y encontrándose juntas en casa de un amigo común, por primera vez. Pero la comida adquirió una animación extraordinaria cuando las cabezas se fueron calentando por los distintos vinos que unos criados, en librea naranja y negra, vertían, desde unas ánforas de vieja plata, en las copas florentinas. De vez en cuando, la voz del marqués se oía por encima de las demás para decir: –Caballeros, ¡brindemos! 6 Gentilicio de la Tierra de Fuego de Sudamérica. (N. del T.)
  • 96.
    96 Entonces se oíaun galimatías, frases comenzadas en sueco, a las que respondían palabras pronunciadas en chino; el «peki Effendi» turco se mezclaba con el «sí» español; el ruso aullaba los «yes» ingleses, el «ya» alemán destacaba en medio de los «oui» franceses; los gritos del fueguino interrumpiendo las apelaciones del árabe y del sueco, un estrépito infernal; Daba la impresión de tratarse de una reunión cosmopolita para un intento de edificar nuevamente la torre de Babel. Pero esos albañiles, esos obreros en traje negro, no pensaban en absoluto construir contra el cielo una gigantesca catedral. De momento, bebían en firme, con súbitos brillos en la mirada que delataban a unos seres enamorados de la vida y los placeres; bebían como los señores feudales de tiempos pretéritos; comían de igual modo, con la creencia absoluta de que la fiesta pronto les reclamaría todo el vigor. –¡Hay que mantener dignamente – decían todos en sus lenguas – el renombre de la patria! A fin de satisfacer los apetitos de sus invitados, el anfitrión de la casa, un auténtico gastrónomo, había hecho que todos los platos nacionales de las diversas mesas del globo estuviesen representados en esa cena; había dado órdenes para que todos los vinos, que el mismo sol hace madurar, tuviesen su cabida en el banquete. Y de igual modo que el ruso se codeaba con el árabe, el cuscús mezclaba su violento aroma con las fragancias del tchi, del caviar y del esturión del Volga. Un guiso de nidos de golondrinas regocijaba al chino; el español se enorgullecía ante la olla de callos; el italiano, natural de Turin, se deleitaba con los raviolis; el turco saboreaba el pilaff; el austríaco, el gulyas; el alemán el chucrut, el inglés, el pudding al jerez; el belga y los franceses, el caldo de gallina; el sueco, relleno de cordero; el americano, el café irlandés y las costillas de buey; finalmente el fueguino se delectaba con su menú ordinario, comía sin cuchara, sin tenedor y sin cuchillo, con la mano, un pasta de hojas de roble, de maíz y de ratas de desagüe. Esos platos nacionales se veían sucesivamente regados con los vinos más célebres, a los que todos los invitados hicieron los honores: grandes crudos de Burdeos, Borgoña, Champagne, Jerez, Alicante, Zucco, Lacrima-Cristi; Johannisberg, Orléans-Forst; Castanien; vinos de Crimea y del Cáucaso, especialmente el famoso crudo de Kniaz-Vorontzoff. Desde varias semanas atrás, el Sr. de Sombreuse se había ocupado de los preparativos de la fiesta y de la elección de los invitados. La mayoría de los aristócratas europeos procedían de las capitales de sus naciones; algunos de esos extranjeros residían en París; solamente, el árabe y el chino vivían en Londres. En cuanto al fueguino, recordemos que el marqués había pedido una entrevista a sir Stener, un Barnum americano, que acababa de conducir al Jardín de Aclimatación a una decena de habitantes de la Tierra de Fuego. El Barnum había puesto al marqués en contacto con los salvajes, y era el propio jefe de la tribu el que había aceptado la tarjeta individual. Durante sus numerosos viajes a través del mundo, el Sr. de Sombreuse se había relacionado con los más altos personajes de la sociedad; había elegido de cada país un embajador, y la fiesta la daba tanto para distraerse ,como para «acabar» con el conde de Mauval, sentado a su izquierda, en una de las plazas de honor. El príncipe Fongoff, un gigante de barba rubia, ocupaba el asiento de la derecha. Los numerosos criados, dirigidos por los mayordomos, bajo la invisible vigilancia de la Sra. Josèphine Ponceau, servían el café, los finos champanes de Martel y de Hennessy, los licores de la Viuda Amphou, el chartreuse de los Monjes, el benedictine de los Reverendos y los cigarros de la Habana. Entre los extranjeros, algunos se mantenían de pie, otros, la mayoría, se dejaban caer en grandes sillones
  • 97.
    97 de cuero deCourdoue, con amplios doseles, donde el blasón del marqués de Sombreuse estaba incrustado con la corona y la divisa de su casa. Era divertido ver al pequeño fueguino en su traje de gala, con los ojos fatigados por la luz, no atreviéndose a encender su cigarro, decidiéndose finalmente a ello siguiendo el ejemplo del ruso. La frente estrecha, la cabeza aplastada en la parte superior, el maxilar semejante al de un gorila, a veces reía con una amplia risa silenciosa. El habitante de la Tierra de Fuego, que hay que designar con un «?», puesto que su nombre era un galimatías intraducible, formaba un singular contraste con el príncipe Fongoff: este, un gigante, con frente desmesuradamente amplia, ojos claros, era muestra de la civilización que progresa y manda; el otro, un enano, la especie atrofiada, estacionaria, ajena al avance, inmóvil en la obra selectiva, desde dos mil siglos atrás. El príncipe ruso medía dos metros y hablaba todas las lenguas de Europa; el fueguino apenas alcanzaba la estatura de ochenta y dos centímetros; no podía recordar sin su edad, ni el nombre de su madre, ni contar el número de sus dedos. Por lo demás, todo eran diferencias: entre el barón Speckeim, el alemán, gran bebedor, de voz ruda, nariz chata, patillas pelirrojas en abanico, y el comandante Barchi, el italiano meloso, con su rostro de señorita y su hablar armonioso; entre el duque de Valroso, el español con el cabello rizado, peinado hacia atrás con orgullo, iluminada con dos ojos negros brillantes como dos tizones, y el chino Ti-Lung-Zan, de mirada atravesada, con los mejillas hundidas, bigotes cayendo en semicírculo, tres pelos a derecha y tres a izquierda, bigotes afilados en los extremos como espadas de combate; entre el conde Jacques de Mauval, el aristócrata francés, de maneras elegantes, a pesar de sus tics nerviosos, y lord Terwill, el inglés tajante y altivo, tan recto y tan erguido como si estuviese prisionero en una armadura. Tantos individuos, tantos temperamentos, tantas fisonomías, tantas razas no muy diferentes sin duda las unas de las otras, pero fáciles de reconocer, menos en las líneas del rostro de los hombres, menos en las distinciones de los rasgos, en la variedad de las máscaras y en el conjunto, que en las actitudes de los seres, en sus manifestaciones exteriores, en su indolencia o en su vivacidad, en su flema o en su comportamiento, en su manera de fumar, de tomar el cigarro, de inclinarse o sentarse sobre los sofás, de toser, de extender el brazo derecho, de cerrar o de abrir las manos, de fijar un objeto o dejar de mirarlo, de hablar, de reír, de saludar, de sonreir, de detener una explosión de alegría o de obligarse a estar de buen humor. Sir Carvelent, americano correcto y serio, un magistrado de guante blanco; Ali-Riza-Pacha, turco afeminado y sensual; el marqués de Ruidels, belga calvo y muy amable; el caïd Sidi-Abd-el-Maleck, árabe de ojos negros extrañamente intensos; el conde Dewingh, sueco soñador; von Bonfleim, austríaco artista, de barba llameante como cerveza dorada, ojos azules, con animaciones del gesto y las vibraciones de la palabra; finalmente, el anfitrión, el marqués César de Sombreuse, parecía a su vez encarnar, por las múltiples transformaciones de sus juegos de fisionomía, todos los instintos, todas las inteligencias de sus huéspedes, un poco aturdidos por el intenso efecto de los licores. Desde hacía un instante, todos esos extranjeros, que comprendían y hablaban la lengua francesa, trataban de resolver la siguiente pregunta, propuesta por el Sr. de Sombreuse: «¿Por qué los chinos desean ardientemente que sus esposas tengan los pies pequeños?» Ti-Lung-Zang, que evidentemente conocía la razón, había prometido no decir nada, y sonreía maliciosamente.
  • 98.
    98 –A fe mía,– dijo el príncipe Fongoff, – imagino que, si las damas chinas llevan minúsculas babuchas, es sencillamente para poner de relieve la finura de sus pasos. –¡No es eso, caballero!–afirmó el marqués. El conde Dewingh tomó la palabra: –Me parece – comenzó – haber leído que una costumbre religiosa… El anfitrión hizo un gesto con la cabeza. El sueco preguntó: –¿No es eso? –¡No, mi querido conde, no! –¡Lo he encontrado! – gritó el Sr. de Mauval… – Los chinos son muy maliciosos: tienen miedo de ser cornudos… Entonces, se han dicho: «Convenceremos a nuestras mujeres que el principal atributo de la belleza reside en el pequeño tamaño de los pies… Por coquetería, las damas exagerarán hasta volverse inválidas e incapaces de caminar… » Y, ¡gnouf! ¡gnouf!... Brrr’l’pouf!... ¡Nunca seremos cornudos, pues si nuestras mujeres no pueden caminar, no hay que temer que corran! Una risa plena de ironía acogió la explicación mediante el retruécano, mientras que el Sr. de Sombreuse tocaba la frente de su primo murmurando: «¡Eso es, mi viejo, esta vez sí… ¡Tendré a tu mujer!...» Pero, se preguntaban la solución al enigma. El marqués retomó su seriedad: –Caballeros, – dijo – los habitantes del Imperio Celeste son extraordinariamente sensuales, tomo por testigo de ello a mi amigo Ti-Lung-Zang. La curiosa mutilación que los chinos infligen a sus mujeres tiene una razón: la voluptuosidad. Un principio antropológico absoluto afirma que si se atrofia una parte del cuerpo humano, se produce necesariamente hipertrofia de los músculos antagonistas. Ahora bien, las mujeres chinas, al no poder servirse de sus pies, se ven obligadas, para moverse, a hacer actuar los músculos de la pelvis de un modo constante y exagerado. Consecuentemente, se produce en los músculos constrictores una hipertrofia notable: de ahí, las titilaciones y los goces que nosotros, los europeos, ignoramos… –¡Bravo!... ¡Hurra!... ¡Hoch!... ¡Eljen!... ¡Tschoc gusel!... – exclamaron a la vez el italiano, el inglés, el alemán, el austríaco y el turco. Cuando se hubo apaciguado la tempestad de los bravos, Ali-Riza-Pacha, que sin duda echaba de menos verse elogiado, dijo: –Caballeros, ¡Turquía no está más atrasada que China! Si los habitantes del Imperio Celeste atrofian los pies de sus mujeres con un objetivo sexual, por las mismas razones nosotros obligamos a las nuestras a engordar… Las muchachas gordas de nuestros harenes nos procuran voluptuosidades especiales, y considero que nuestro sistema es preferible al de los chinos. Ti-Lung-Zang iba a protestar, cuando, a una señal del Sr. de Sombreuse, los mayordomos y los criados desaparecieron. A continuación, la gran tapicería que estaba enfrente a los invitados se desprendió desde el techo hasta la alfombra del parqué, para recogerse contra las paredes. Unos gritos alegres se escaparon de todos los pechos. En el fondo de un jardín de invierno, con suelo de césped y hojas rosas, cúpula de cristal elevada hasta la altura del palacete, bajo unas guirnaldas de glicinas floridas, bajo un arco iris de llamas, alrededor de un macizo de lila, de mirtos y rosales, – unas mujeres, vestidas con gasas multicolores, formaban una larga cadena.
  • 99.
    99 El espacio secoloreaba con líneas de fuego; luminosidades azuladas estallaban entre el verdor de las palmeras, de los yuca, de los tulipanes, de los catalpa, de los jazmines de España, de los cedros de Virginia,; un tumulto de luces rojas surgía entre las frondosidades, mientras que unos chorros de agua caían en cascada sobre unos estanques de porfiria. Grandes haces eléctricos crepitaban a través de los follajes de los arbustos, iluminando con un bonito claro de luna las cabelleras morenas, rubias, pelirrojas, los rostros, los hombros desnudos, las sinuosidades de los riñones, la convexidad de los bustos, las formas de los vientres y las caderas, las curvas graciosas, y, desde las alturas del luminoso techo, unos vaporizadores invisibles rociaban sobre la sala los aromas de Oriente, un rocío de oro embalsamado. Las mujeres se aproximaron a la sala del festín, al son de una música lejana y dulce; avanzaban sobre la punta de sus pequeños pies rosas, con los cabellos sueltos, los brazos en semicírculo, caprichosas, en voluptuosos meandros; y poco a poco, la gasa que las cubría se disipaba, así como hacen las nubes a la llegada de los rayos del astro del día. Los invitados, de pie, miraban al grupo admirable de quince criaturas completamente desnudas; miraban como finos conocedores, pues el Sr. de Sombreuse había elegido a las personas más sensuales entre los antiguos compañeros de sus correrías desenfrenadas. Borracho ya, el fueguino tendió las manos. En ese momento, el grupo de mujeres se separó con gritos de terror. Un mono de gran altura acababa de aparecer. Iba corriendo a través de los macizos, pisoteando las flores, con los ojos encendidos, persiguiendo a las mujeres. Pero el animal no era en absoluto fiero, y al espanto sucedía una explosión de bravos y risas. La música aumentó de volumen, desencadenando una tormenta de armonía. Las quince mujeres pertenecían también a razas diferentes, correspondiendo todas, a excepción de una sola, a las diversas nacionalidades de los invitados. Así, la sociedad masculina que comprendía a los dos franceses, tenía asignadas dos francesas, una muchacha del Norte y otra del Midi; luego, una rusa, una alemana, una inglesa, una americana, una austriaca, una española, una italiana, una turca, una belga, una sueca, una árabe, una china y una negra. Los hombres se tumbaban sobre los divanes o se acostaban sobre pieles de leones y tigres; las mujeres, llamadas por ellos, se tendían sucesivamente a sus pies. Cuando el Sr. de Sombreuse y sus invitados acabaron de hacer su elección y no quedó más que una mujer, la negra, – el fueguino y el mono emitieron un grito idéntico. Ambos, el hombre y la bestia, se precipitaron sobre la hembra. El combate fue rudo, y el fueguino en zapatos de charol– un indicio de la civilización – propinó una fuerte patada a su rival, que se apartó lamiendo su morro ensangrentado. Perezosamente acostado sobre un diván, el marqués de Sombreuse hacía arrodillar junto a él a la española. A su lado, el conde de Mauval se dejaba fascinar por los bellos ojos de la austriaca. La rusa cumplimentaba al alemán. El chino y el inglés con las dos francesas. El alemán, con la muchacha turca. El americano con la rusa. El inglés con la china. El belga con la italiana. El español con la sueca.
  • 100.
    100 El austriaco conla inglesa. El árabe con la americana. El turco con la belga El italiano con la árabe. El fueguino mordía a la negra, que no se sabía si aullaba de dolor o de placer; en cuanto al mono, contemplaba tranquilamente la escena. El Sr. de Sombreuse ordenó: –¡Aquí, La Hire! El animal, olvidándose de su herida, abandonó el jardín, caminando hacia su amo, mientras que la orgía estaba en su punto más álgido. Hombres y mujeres habían bebido de todos los vinos, de todos los licores, y la sala se llenaba de jadeos, de suspiros, de estertores de agonizantes o enamorados saciados. El marqués, febril, excitaba al conde Jacques: –¡Fíjate!... ¡pero fíjate!.... ¡Oh! ¡el turco!... ¡Oh! ¡la china!... Y el senador, abrazando a la austriaca: –¡Brrr’l’pouf!... L’poufff!... L’pofufffff!... El Sr. de Sombreuse se decía con sarcasmo: –¡Ahora sí que Jacques se ha vuelto loco!… ¡Va a morir!... ¡Julia es mía! Por fin, la española, la italiana, la francesa, el turco, el árabe, la china, con los brazos lasos, muertos, rodaban sobre las alfombras; las septentrionales y el fueguino resistieron un poco más tiempo: su suerte fue la misma. Y cuando, bruscamente, los criados, llamados por el anfitrión, apagaron las luces y los pálidos resplandores de una aurora primaveral iluminaron la Fiesta de los Sentidos, el Sr. de Sombreuse despertó al fueguino y al conde de Mauval para mostrarles, brincando sobre los cuerpos de hombres y de mujeres amontonados, a su pariente y amigo La Hire, el mono burlón, rey de la naturaleza.
  • 101.
    101 XVI El mes demayo llegaba a su fin, y desde varías semanas, el conde Jacques guardaba cama. Jamás se había visto a un hombre más miserable; jamás criatura humana alguna había descendido más bajo en la escala de los seres. El cuerpo se había encogido; la piel se arrugaba, y desde la comisura de los labios hasta el mentón, parecía extendida, como si fuese a romperse; los párpados, hinchados por arriba y abajo, mostraban unas líneas de fibrillas rojas; la lengua se agrietaba: en consecuencia, presentaba una dificultad cada vez más grande en hablar. Se prohibió a Thérèse que viese a su padre, por temor a que el viejo hiciese algún gesto obsceno en presencia de su hija. Los habitantes del Périgord y de Lilmousin, tienen, en su dialecto, una triple expresión muy intensa, para traducir el estado de los árboles enfermos: un árbol esta «quebrado», «abatido» o «destrozado». Al ver al Sr. de Mauval, observando la decrepitud de esa estructura humana, los desórdenes de esa imaginación, se podía decir que el senador presentaba a la vez todos los síntomas mórbidos de los sauces y los robles llamados a desaparecer de los verdes bosques que deshonran. El estaba quebrado, helado, en cuanto a la fatiga general de los miembros: una sangre viciada, pobre, fría, circulaba por sus venas. Estaba abatído, aplastado, en cuanto a sus manías, moviéndose siempre en torno a los mismos círculos de ideas, – su verborrea sin fin, sin sentido, se podía comparar a los innumerable circunferencias en los que se vierte y se pierde la savia de los nogales carcomidos por los parásitos. Finalmente estaba destrozado: su cerebro estallaba por todas partes, su cuerpo se rompía, así como los árboles interiormente tocados por el rayo. El Sr. de Mauval, envuelto en un pijama, tocado con un gorro de seda negro, se arrastraba hasta un sillón, apoyándose en los hombros de su esposa – la mártir. Los doctores acudían al palacete, auscultaban al paciente, le tomaban el pulso, y a continuación se iban, diciendo a la condesa: –¡Valor, señora!... ¡Tenga valor, va a necesitarlo! Y eso era todo. El médico de cabecera familiar y los tres profesores de la Facultad de Medicina, elegidos entre los más ilustres, habían agotado todos los fármacos, y si no abandonaban por completo a su rico cliente, a punto estaban ya de redactar, según el código de los herederos, la última medicación, la receta llamada de «júbilo», como los huesos que los carniceros generosos ofrecen a los perros errantes y desesperados. La condesa Julia velaba a su marido, noche y día. Las espantosas exhalaciones de la habitación no la hacían huir. Solo ella permanecía allí, pues los criados, ni siquiera el fiel Antoine, se paraban ante la puerta del cuarto. Ella lavaba a su pobre viejo, lo enjabonaba, lo peinaba, lo vestía y no quería que nadie pudiese quejarse de un trabajo tan agotador, rechazando incluso la ayuda de las hermanas de la caridad, enfermeras, siempre pensando que Jacques curaría undía, y que ella seguramente lo salvase sola. El viejo infantilizado se colgaba de sus faldas; se arrastraba hacia ella, como un bebe que está aprendiendo a caminar. Sin su Julia, él tenía miedo; ella ya no era una esposa; era una madre; era el ser admirable, el orgullo de la creación, la mujer tres veces santa que nada fatiga, que nada puede abatir. Sí, ella era realmente la gran dama, como la rama de hiedra que sufre, se seca y muere donde está aferrada!
  • 102.
    102 Tras una crisis,los doctores habían amenazado con ingresar al enfermo, enviarle a una residencia de salud, y ella lo prohibió, comprendiendo que en ese caso estaría perdido, que jamás volvería si lo dejaba partir. Por orden del chocho, el tapicero del palacete había modificado la instalación en el dormitroio. Las paredes, el techo, el parqué, desaparecían bajo unos inmensos spejos, y el Sr. de Mauval obligaba a la condesa a echarse completamente desnuda, ponerse en cuclillas, hacer poses. Metódicamente, con un compás y un lapicero de carboncillo en la mano, todavía dibujaba el retrato de la luna en la espalda de su esposa, y reía muy fuerte ante esa figura carbonosa que, bajo las luces de los candelabros, los espejos reflejaban hasta el infinito. El conde no estaba visible para nadie. Sin embargo, un día en el que una ligera mejoría se hacía sentir, los señores de Gavie y de Gavé, los colegas del senador, habían insistido para ver al Sr. de Mauval. Este, acostado sobre un diván, observaba a sus dos colegas; murmuró: –Creo, caballeros, que los tres padecemos la misma enfermedad… Los viejos senadores se levantaron, visiblemente impactados, y ambos dijeron, sin reri: –¡Oh! parece que estáis bien! –¡Claro!... ¡claro!... – respondió el maníaco… – Esperad un poco y veréis!... Por lo demás, las dos primeras letras de vuestros apellidos son de un feliz presagio… –¿Cómo es eso? – preguntaron los dos hombres. El les hizo una mueca: –Ga-vie y Ga-vé, y bien, hacen Ga-Ga… ¡Gaga!... ¡Los tres chochos!... ¡Perfecto!... Esas explosiones de alegría se hacían cada vez más raras. La sensualidad del conde aún se desencadenaba. Evocaba todas sus orgías, y pasaban mil visiones enloquecedoras; revivía sus fiestas; declamaba plabras licenciosas, imitando cuadros lúbricos, mientras su pobre esposa se tapaba los oídos, ocultaba sus ojos entre sus manos, – sus ojos rodeados de un velo grisáceo erosionado por los llantos, – a fin de no verlo, de no escucharlo. Él gritaba: –¡Ea adoable, la pequeña Beaudoin, palaba donó!... ¡Qué pecho!... ¡Hum!... Hum!... Exquisita!... ¡Gnouf!... ¡gnouff!... Brrr l’pouf!.... L’pouf!... Sacaba a Julia de su sopor, y la obligaba a cantar con voz lamentable, rota por los sollozos, el eterno estribillo de la Poupard: Era bo-bo; Era bonito, ¡Pero era muy pequeñito! Y acontecía que la espantosa cháchara, que, después de cada frase, tiragba de su lengua hasta dejarla colgada, no podía ya poner en su lugar el instrumento de su desbordante verborrea. Entonces, la condesa Julia, provista de una cochara de oro, acudía en auxilo de su marido, y, suavemente, volvía a introducirle la lengua espesa y colgante. El conde de Mauval era incapaz de aprecer esa abnegación de esposa. ¡El quería siempre comenzar de nuevo! Una noche, obligó a la condesa a confeccionar una inmensa camisa, una especie de saco, donde debían dormir ambos. Ella obedeció. Se acostaron, pegados
  • 103.
    103 en la mismacamisa, con sus cabezas unidas como sus labios, sus brazos y sus piernas. Casi no podían respirar. Otra noche, él salpicaba el rostro de su mujer con sangre caliente y él también se salpicaba, delectándose, viendo sobre los espejos sus rostros rojos, ella aterrorizada, él enloquecido. Él llamaba a eso «la copa del marqués», pues el marqués habái sido su educador en todas las cosas. El Sr. de Sombreuse había ido varias veces al palacete de Mauval; le había sido imposible ver a su víctima. James Stolh, el mayordomo del marqués, iba a recabar noticias, todas las mañanas, y la mirada del viejo arist´crata se encendía de fuegos extraños cuando el criado anunciaba a su amao que el conde Jacques había pasado una noche muy mala. Ahora bien, en esa jornada de primavera, deslumbrante de verdor y de luz, el marqués dio la orden de ensillar y se hizo conducir a la calle de Grenelle. Parecía reverdecer en su chaleco azul, ceñido a la cintura, flroido con un ramo de violetas, con su pantalón claro y sus botines brillantes muy puntiagudos. Bajo el sombrero de copa de fieltro gris, su rostro se expandía en una sonrisa triunfal; sus blancos gigotes estaban orgullosamente levantados, y su mano, finamente enguantada, tenía un stick de deportistas. Todo en él delataba una nueva juventud. El criado llamó a la puerta del palacete Mauval. –El señor marqués, – dijo el viejo Antoine, – no está visible… Tengo órdenes… Mas vale que anuncie el marqués a la señora… Sin responder al criado, el Sr. de Sombreuse subió la escalera que conducía a la estancia del enfermo. Como el visitante atravesaba el paillo, se abrió la puerta de una habitación. Apareció la Sra. de Mauval. A la vista del primo, la condesa se detuvo, decidica a cortarle el paso. –¡Buenos días, prima! – dijo él con audacia. –¡No podéis entrar aquí, caballero! –¿Y por qué?... ¿No soy de la familia?... Vengo como pariente, señora… –Estoy en mi casa, señor… ¡No recibo hoy! –¡Oh! ¡prima! –¿Venís entonces a contemplar vuestra obra?... No os daré esa satisfacción… –¿Mi obra? –¡Ah! señor, ¡no os burléis de mí!... Jacques se muere… ¡Sois vos quien me lo habíes arrebatado!... ¡Vos!... ¡Vos!... Pero la condesa Julia no se contenía; había dicho esas palabras sordamente, temiendo que Jacques lo escuchase. El marqués permanecía allí, adosado a la pared, con los ojos brillantes: –El lugar está mal elegido para una declaración… Aquellos que aman, señora, no son siempre dueños de sus horas… Y yo os amo, entendéis, Julia, yo os amo! –¡Ah! – exclamó ella,– entonces… –Sí, ¡por fin lo adivinais!... Decís que he matado a Jacques… Confesad pues, prima, que vos me habeis ayudado un poco, bella voluptuosa… Jacques es un charlatán y un indiscreto; conozco las historias de alcoba… –¡Miserable! Él le tomó las manos; la arrastró hacia él; la estrechó contra su pecho: –¡Te amo, Julia!... ¡Te quiero!... ¡Oh, mi Julia, por tu culpa, por culpa de tus ojos, de tu boca, de tu cuerpo, he sufrido!... ¡He llorado!... ¡Soy hombre y débil! ¡Te quiero, mujer!... ¡Te quiero!... ¡Déjate tomar!... Me mataré después si tú lo exiges!...
  • 104.
    104 ¿Un beso?... ¿unbeso?... ¡Te quiero, Julia, te quiero!... ¡Ten piedad de mi desgracia, de mi locura!... ¿Ten piedad!... ¡Si te resistes, te estrangulo! La condesa emitió un grito. El Sr. de Sombreuse aflojó a su presa. Entonces, temblando, altivo, dirigiéndose al viejo criado, que saltaba en el pasillo, con los puños cerrados, dispuesato a defender a su ama, el Sr. de de Mauval ordenó: –¡Antoine, compórtese, señor!
  • 105.
    105 XVII Mientras el condeJacques comenzaba su convalecencia, el marqués de Sombreuse había llegado a un estado de exaltación cada vez más inquietante para la Sra. de Mauval. Fue en vano que el viejo viese en ella a una mujer mancillada por el contacto del marido enfermo; él la deseaba todavía más, la desearía siempre. La hubiese tomado no importa dónde, tanto en la calle como en una habitación, incluso en un lupanar. Allí donde Julia resplandeciese, todos las demás personas, todas las demás cosas no existían; ella lo era todo, estaba por todas partes, la mujer amada, en la tierra, en el cielo, y los propios astros parecían reflejar el brillo de sus ojos. El marqués regresó más días al palacete de la calle de Varennes, y fue despedido otras tantas; escribió cartas a la condesa Julia, al Sr. de Mauval, a la propia Thérèse, suplicando a la joven para que intercediese por él ante su madre; pedía perdón a la que había ultrajado, a aquella de la que era sabedor de sus espantosos sacrificios, y que él mismo llamaba: «María de los Siete Dolores…» Las cartas quedaron sin respuesta. El Sr. de Sombreuse se entregó aún, y completamente solo esta vez, a las más espantosas orgias, tratando de mitigar su angustia hundiéndose en todos los placeres, aumentando los apetitos de su exasperada alma. Se le volvió a ver en la casa de la calle de Roma; espantó a Émilie Plock y a la pequeña Baudoin por sus extravagancias; luego tuvo unas citas con la marquesa d’Églaé y la baronesa de Tomeyr; agregó a ellas a otras grandes damas; mancilló el servicio de su palacete, compartiendo sus favores entre la Sra. Ponceau, James Stolh, el pálido mayordomo, la rubia y rosada Marguerite Prunier, la ama de llaves, y los pequeños Avajou, Juju y Nénette, los hijos del zapatero de la calle de Grenelle. La idea de Julia lo obsesionaba noche y día, idea fija, inexorable. Trató de convencer a la marquesa d’Églaé de que la condesa de Mauval también era lesbiana. La Sra. de Églaé hizo una visita a la condesa Julia, a la que conocía desde hacía varios años, y abordó el resbaladizo terreno. La acogida que recibió no la animó a renovar su gestión. El Sr. de Sombreuse había esperado poseer a la condesa mediante esa estratagema, imaginándose que casi todas las mujeres del mundo se entregan de buen grado a ese vicio: él quería a Julia; la quería, incluso corrompida, sucia. Casi todo su tiempo lo pasaba en éxtasis ante un gran retrato de la Sra. de Mauval, que había hecho pintar según la fotografía de su prima, dando el mismo al pintor las indicaciones más precisas sobre la esbeltez del cuello, el tono de las carnes, el color del pelo, la forma del pecho y el esplendor de la mirada. El desdichado estaba afectado de satiriasis, esa neurosis que es para los hombres lo que la ninfomanía es para las mujeres, y el mal alcanzaba el delirio en el mayor grado, con un transporte de ira que dominaba la voluntad, aniquilando todas las otras facultades intelectuales. En sus correrías nocturnas a través de París, el Sr. de Sombreuse apaciguaba su sed de lujuria con la primera muchacha que se encontraba y a la que seguía por las callejuelas desiertas. Vieja o fea, joven o bella, poco le importaba; ¡era una mujer!... Al igual que los erotómanos de la Edad Media que cometieron violaciones, no solamente violaciones sobre carnes bonitas y adoradas, sino violaciones sobre criaturas desconocidas, horribles, todo le valía. La más innoble de las putas se convertía en instigadora de los sentidos. Se arrojaba sobre sus amantes casuales, como los grandes monos se arrojan sobre las mujeres de los salvajes de América, y, como los grandes monos, habría matado a las mujeres si
  • 106.
    106 ellas se hubiesenresistido. En los lupanares, obligaba a las putas de la casa, a la patrona, a las criadas a escupir en un vaso que él vaciaba enseguida, exultante de placer, a la salud de Julia. Sueños eróticos turbaban su reposo. Todos los sentidos participaban en el desorden general, y los nervios del viejo aristócrata adquirían un desarrollo singular. Así, las alucinaciones más voluptuosas engañaban su mirada: la Sra. de Mauval se le aparecía desnuda; así, la menor claridad venía a impresionar penosamente sus ojos; su oído era desgarrado por el más leve ruido o golpeado por una armonía cautivadora celebrando la gloria de la creación, y sus órganos eran de una sensibilidad tal, que el menor contacto, un rozamiento de tela o una pieza demasiado ruda, le producían unos dolores que solo una inyección de morfina podía calmar. A veces, en mitad de la noche, era presa de una sed ardiente, vomitaba una materia babosa, semejante a la que está sobre los labios de los chivos en el momento que se aparean con sus hembras. Su cara estaba roja, animada, sus ojos salientes como los de una perra en celo; y de pronto se entristecía, con deseos de suicidio, con unas ganas furiosas de precipitarse por la ventana, y, para no obedecer a la tentación, se agarraba a su cama, pasaba las dos manos bajo el travesaño, de manera que pudiese sentir alguna resistencia a la hora del peligro. Más a menudo aún, se ataba él mismo, con dolor, con sangre, a una anilla de hierro fijada a la pared. En esos terribles momentos, tenía alucinaciones nuevas en las que creía ser presa de perros y lobos, e incluso el profanador de esas bestias. Una noche, durante cerca de tres horas, se imaginó que Julia estaba muerta, enterrada en la cripta familiar en el cementerio Père-Lachaise, y que él, vampiro, en una noche de verano, bajo un cielo lleno de estrellas, había exhumado a la bien amada y gozado por fin de ella, en la muerte, en la podredumbre, sobre las groseras hierbas del cementerio, con fuegos fatuos danzando alrededor de ellos. Cuando el delirio cesó y no quedó más que un cuerpo descalabrado con una fatiga general y un gran enervamiento causado por el abuso de la morfina, el Sr. de Sombreuse se negó a ser impotente. No quiso permanecer en ese estado, manteniendo aún la idea de que Julia sería suya tarde o temprano. Empleó a su vez los tres elementos que tienen un efecto afrodisiaco: la cantárida, el fósforo, la estricnina. El viejo labraba poco a poco el último periodo de un reblandecimiento cerebral. Tras haber leído todos los trados sobre la impotencia en el hombre, estudiado sus causas, sus tratamientos; tras haber empleado, sin resultados satisfactorios, los principios médicos, los baños eléctricos, los sinapismos, las ventosas, los congestionadores, todos los medios artificiales para atraer la sangre a los órganos cavernosos, acudió a la flagelación, a ese medio extremo de despertar el sentido, del que hacen mención los autores clásicos y del que un Voltaire, anciano, hacía uso con frecuencia. Para ese servicio, el marqués solicitaba el vigoroso brazo de la Sra. Ponceau. –¡Fústiga, mi pobre Joséphine! – suspiraba el marqués. –¡Oh, no , señor! Pero Josèphine fustigaba, desgarraba el cuerpo de su amo, hasta hacerle brotar la sangre, con una trenza de sirgas mojadas en vinagre. El viejo libertino, como Jean-Jacques-Rousseau cuando la Sra. Lambercier le infligía la corrección manual, acaba sintiendo placer con esa operación, y a pesar de todo, no recuperaba sus fuerzas. Pronto abandonó la mano de Josèphine y se pasó a la flagelación galvánica. En su lujoso cuarto de baño, un médico había instalado un aparato que se comunicaba con una pila eléctrica. Unos cepillos sedosos acariciaban al viejo, unos
  • 107.
    107 bonitos cepillos mássuaves que las manos de señoritas; a esos ligeros tocamientos sucedían frotaciones más rápidas y con puntas, escobillas metálicas martilleando la piel de los riñones, del pecho, de las piernas, de los brazos, de los pies, de los muslos, de todo el cuerpo, que sangraba por todas partes, hasta el momento en el que el desgraciado, siempre incapaz, se inyectaba una dosis de morfina. Pasaron así varios días. A esas emociones violentas sucedió una gran calma. Durante el día, el viejo aristócrata permanecía acostado en su cama; la Sra. Ponceau iba a echarle las cartas, y él experimentaba una alegría al saber lo que le reservaba el futuro. Una noche, el Sr. de Sombreuse, tuvo una idea; Por primera vez usó maquillaje. Se encerró varias horas en una habitación, y, ayudado por su mayordomo, James Stolh, empleó para la metamorfosis, todo un arsenal de sustancias y útiles: patas de liebre, borlas, paletas, pinceles, pinzas, agujas; rojo vegetal, rojo líquido, rojo de China, crema blanca y rosa, carmín, blanco de lis, cera virgen, polvo de iris, polvo de arroz, pomadas, negro indio, tinta de China, redecillas azules para las venas, leche, extracto de Camilia, tintura de Rafin, agua mágica, agua de lys, de Hadas, visitas de la Dama, de Serpiente, ocre, azafrán y cáhuil para dar a sus ojos tono, lápiz para sombrear las pestañas, corcho quemado, negro de humo, licor divino para teñir los cabellos y la barba, agua de la fuente A.X. para perfumar el aliento. Se puso un traje, una corbata blanca y unos guantes muy claros. El Sr. de Sombreuse estaba irreconocible con sus labios rosados y sus bigotes negros. Los ojos del aristócrata chispeaban, y su boca formaba un rictus risueño. Llamó a Josèphine y, haciendo con su bastón algunos signos cabalísticos alrededor de la cabeza de la gobernanta, dijo: –Voy a ver si las cartas han mentido… El rey de rombos y la dama de corazones se encontraban juntos, ¿verdad? –Sí, señor. –¿Con el as de picas hacia arriba, anunciando éxitos? –¡Sí… sí… la dama de corazones es vuestra! –¡Tiembla si me has engañado! –¡Las cartas nunca mienten! Con el cigarro entre los dientes, el marqués se dirigió hacia la calle de Varennes. Eran las nueve de la noche. Al llegar a la puerta del palacete Mauval, el Sr. de Sombreuse llamó, y en su ansia no advirtió que todas las ventanas de la casa estaban cerradas. –Señor, – dijo Antoine, vacilando todavía en reconocer al apuesto visitante, – mis amos están de viaje… –¿Han ido a Ferville, no es así? –No… a Italia… –¿A Italia?... ¿Y desde cuándo? –Hace ocho días… –¿Tienes su dirección? -–No, señor marqués… Mis amos han abandonado París sin decir nada… El Sr. de Sombreuse se alejó, con el cabeza ardiendo, dispuesta a estallar, con un ensordecedor rumor de mar en los oídos. Farfullaba: –¿Quién me decía una noche que a toda mujer le llega su hora?... Todavía escucho esa adorable voz … ¡Ah! pero… pero… pero.. Julia… Julia… Jul… ia… ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Oh!... ¡Oh!... Llantos y risas.
  • 108.
    108 De regreso asu habitación, el viejo aristócrata dijo a la Sra. Ponceau que le llevase de inmediato a Le Hire, su mono. Cuando la gobernanta apareció, arrastrando al animal, el marqués pasó el cerrojo de la puerta, luego, frotándose las manos: –Fifine y Hihire, vamos a divertirnos los tres… ¡Acercaos, hijos míos!... ¡Acariaos!... ¡Amaos!... ¡Saltad el uno sobre el otro!... ¡Vamos, por el amor de Dios, avanzad! El Sr. de Sombreuse estaba armado con un puñal. Antes de que la Sra. Ponceau, helada de espanto, hubiese podido emitir un grito, se abalanzó sobre ella y le hundió cinco veces seguidas el puñal en su cuerpo. El mono aullaba. –Espera, –gruñó el marqués, – voy a darte tu ración a ti también, mi viejo catarinin, ¡mi querido Hihire! Pero el animal furioso, brincaba de derecha a izquierda, sobre los sillones, sobre los muebles, con el pelo erizado, castañeando los dientes. Tras una enloquecida carrera, el marqués logró agarrar el mono e, indiferente a las mordeduras, lo arrastró hasta el centro de la habitación, cerca de la Sra. Ponceau, caída panza arriba, con el vientre agujereado: fue una lucha entre el hombre armado y la bestia, una lucha terrible como la que Le Hire, atraído por la negra, había mantenido contra el fueguino. Finalmente, el mono cayó herido de muerte cerca del cadáver de Josèphine. Con el rostro y las manos ensangrentadas, el Sr. de Sombreuse quitó su pantalón, conservando tan solo su chaleco y su traje negro, y se tumbó sobre los cadáveres cálidos para buscar allí voluptuosiades. Luego abrió la puerta y bajó con rapidez la escalera. Abajo, se encontró con James Stolh, el negro Novar, los cocheros, el cocinero, todo el servicio del palacete, que, atraídos por el ruido, se habían concentrado. A la vista de su amo, los servidores levantaron los brazos, asustados. Pero, el Sr. de Sombreuse los empujó e incluso golpeó con su arma a dos o tres hombres que se oponían a su paso. Ahora, el marqués corría, fuera de sí, por la calle de Grenelle, dirigiéndose hacia el bulevar Saint-Germain; corría con el rostro empapado de sudor y sangre, los cabellos al viento. Los grandes faldones de su traje golpeaban sus piernas desnudas, y blandiendo su puño enrojecido, gritaba: –¡Soy el diablo!... ¡el diablo!... ¡el diablo!... ¡Tendré a Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Julia!... ¡Julia!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!... Hombres y mujeres, y un centenar de chiquillos le seguían gritando. Se formó una aglomeración. Los agentes de policía detuvieron al Sr. de Sombreuse que se mantenía en cuclillas contra un muro y lo condujeron en coche a la enfermería de la Comisaría de Policía. Han transcurrido tres años desde estos sucesos. El Sr. César de Sombreuse – el «divino marqués», así como lo llaman los periódicos, en recuerdo del Marqués de Sade – está en Bicêtre. Durante los primeros meses, han tenido que ponerle la camisa de fuerza y encerrarlo por seguridad general, pues se había convertido en un peligro para los jóvenes alienados a los que trataba de corromper; pero hoy, el viejo, un poco menos agitado, circula libremente por el patio de los locos. Está vestido con un amplio frac verde y tocado de un gorro de amplio vuelo; cabellos blancos caen en bucles sobre sus hombros. Se le han cortado sus bigotes y parece un padre noble de comedia. Jamás habla con los guardianes, ni con sus compañeros de desdicha, ni con los médicos, ni los internos ni los delegados de la administración.
  • 109.
    109 El marqués sepasea con parsimonia sobre las losas del patio; y, cuando desde el cielo azul bajan algunos rayos de luz, los brillos del oro que la naturaleza produce tanto sus más nobles y sus más miserables creaciones, el Sr. de Sombreuse interrumpe su caminata. Se descubre, se pone de rodillas y traza con su bastón sobre la arena unas figuras obscenas, luego un nombre, siempre el mismo, un nombre eterno que murmura seriamente y que los demás enfermos, reunidos a su alrededor, con los brazos en lo alto y la cabeza descubierta, repiten a coro: –¡Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!... Algunos locos lloran, olvidan por un momento sus quimeras, recuperan poco a poco su hombría, escuchando y emitiendo ese grito lúgubre, ese largo y desgarrador lamento: –¡Julia!... ¡Julia!... ¡Julia!... El conde Guy de Laurière se ha casado con la señorita de Mauval. Al regreso de su viaje de bodas por la India, los jóvenes esposos se han instalado en el palacete de la calle de Varenne. El Sr. de Mauval no se ha presentado a las últimas elecciones: ya no es senador. Todavía es un chocho con su verborrea, sus fruncimientos de cejas y sus manías pueriles. Pero, el marido sensual se ha apaciguado bajo el calor de los besos de la esposa mártir, desde que el inspirador tenebroso ha desaparecido de su camino. Ya no es el viejo niño vicioso, el maníaco exasperado, el verdugo de la alcoba. Suavemente, entre el tierno amor de su esposa y el respetuoso cariño de su hija, el conde Jacques parece haber sufrido una lenta metamorfosis; es uno de esos viejos soporíferos de mirada átona, sonrisa infantil, labio gesticulante, al que hay que amar y vigilar como a todos los pequeños. Así hay miles de hombres que se hunden antes de la hora. Víctimas de la inacción, la muerte acecha a todos esos chochos; y, si la muerte tarda en llegar y si unas manos acariciadoras, devotas y fieles no los protegen, todos esos chochos caen, un día u otro, bajo el golpe de las leyes penales acabando en la cárcel o en los manicomios. El conde de Mauval tiene una guardiana: su mujer. Ante su obra de resurrección, la condesa Julia olvida las humillaciones, las vergüenzas, las angustias, todos los desesperantes rencores. Orgullosa y alegre, se dice que, gracias a su valor, los descendientes de los Mauval han evitado los juzgados y la cárcel, y que no irán a reunirse con «el otro», el primo, en la siniestra residencia para locos. Y si alguna chaladura del pequeño viejo la atormenta todavía, la Sra. de Mauval lucha contra su pena. La noble dama piensa en sus grandes antepasados, que brillan en un cielo de gloria, y sonríe a su hija y a su yerno, amorosamente unidos en la floración de su juventud. FIN
  • 111.
    111 Esta novela seacabó de traducir en Pontevedra, en diciembre de 2013