VIENTRE DE PLATA
Una tarde del pasado verano, á, la hora de la música,
tres j6venes parisienses del gran mundo, el marqués
Andrés de Létanches, el vizconde Enrique de Belgrin
y el bar6n Jorge de Lizieux paseá,banse fumando pi-
tillos por la playa d.e Dieppe.
Con expresi6n altiva á la vez que indiferente en la
mirada, propia de personajes que á la edad. de veinti-
cinco anos lo saben todo y nada encuentran que excite
su interés¡ni una mujer¡ni un vino, ni un plato con-
templaban el parterre cuajado de lindísimas banistas.
De pronto, en medio de las criticas más 6 menos
chuscas, ya de las hinchazones de ciertas damas del
a to comercio, ya de los codos puntiagudos de variasl
senoritas casaderas, mostráronse unos á otros, con ex-
trana mímica, tratándose de troneras estragados, una
mujer. linda y elegante. Avanzaba del brazo de su ma-
rido, un caballero vestido de negro, de barba azafra-
nada, mejillas caídas y encorvada barba, grueso y corto
de talla; un hombre francamente feo, con la cabeza mal
desbastada¡ como construída bajo el infiujo de una pe-
sadilla¡ con el rostro velludo en exceso, frente depri-
mida y nariz de punta rojiza, descoloridos ojos y largas
orejas, —
terror de los chiquillos y de los monos.
Eran el conde y la condesa de Simiane.
—
¡Cuidado que es feote!
—
¡Ella si que es hermosa!
—
! Guaplslnla!
Létanches, Belgrin y Lisieux. saludaron á la pareja.
M. de Simiane les devolvió un saludo grave y triste; la
condesa les sonrió amablemente.
Asi que ambos hubieron tomado sitio entre los ba-
nistas, el vizconde de Belgrin murmur6:
—
¡Joven, linda, rica, distinguida... y el vientre
de plata!... ¡Esto si que es
horrible, horrible de
veras!
—
1El vientre de plata? —
repitió el marqués de
Létanches con voz más consternada que la del
vizconde.
—
¡Pobre condesa! —
exclamó Lisieux.
—
¡Pobre Simiane! —
terminó Belgrin.
Una hora más tarde, los tres amigos tomaban
la absenta en la terraza del casino, y divisaron á
M. y Mme. de Simiane dando un rodeo inimagi-
nable para regresar á su villa.
—
El conde nos
evita; se da vergüenza de nos-
otros —
declaró Belgrin.
—
1Por causa de su cabeza ó por el vientre de
su
mujer? —
preguntó Létanches.
—
brin duda por ambas cosas! —
afirmó Bel-
grin. —
¡Ese Simiane es un tunantuelo!
El marqués Andrés de Létanches, normando
astuto, guapo y buen mozo, con
bigote rubio y
vivos ojos de azul oscuro, exclamó:
—
¡Esa mujer es preciosa: casi... casi me entu-
siasma!! Qué admirable frescura la de su tez!
—
¡Chit!... —
interrumpió el vizconde de Bel-
grin.
—
¡Qué frescura! ¡qué frescura!
—
¡Pues esa frescura que tanto te enardece...
esa frescura es el signo característico y fatal...
Y como el vizconde estuviese mejor informado
que sus camaradas de ciertas interioridades,
añiadió:
—
iVo ignoráis seguramente que, desde su ma-
trimonio, es decir, hace dos años, Leandro de Si-
miane no es el mismo hombre; ha enterrado su
vida de soltero... sí¡ toda su existencia, y al
mismo tiempo ha sepultado la de su mujer. Los
Simiane van raramente al Bosque, y apenas si de
tarde en tarde, los encontráis en el teatro ó en el
circo. De los doce meses del ano pasan lo menos
ocho en sus posesiones de Beauvoisis. Jamás
aceptan invitaciones, ni reciben nunca á, nadie.
El marido no juega ya, no
bebe, no
sale; le tiene
miedo al mundo¡ á, su
sombra, y es raro que se
haya decidido á venir á Dieppe. 1Habrán orde-
nado los médicos que tome banos de mar la con-
desa? No anticipemos los sucesos, como dicen en
las novelas. El pasado invierno, cuando la asamblea
tr
general del club, pregunté á Simiane las razones dee su
risteza; Leandro y yo somos amigos de infancia, y
puedo hablarle con entera libertad. «1Qué te hace falta
para ser
dichoso?, le dije. 6No te has casado con una
mujer hechicera¡ con la senorita Eva de Grandval,
aquella prima tuya de quien estabas locamente apa-
sionado. 1No tienes rentas para cubrir cien veces tus?
necesidades y satisfacer todos tus caprichos? Pues á,
qué viene ese dolor¡ esa tristeza que acusa tu sem-
ues
blante?» Leandro se
estremeci6; después, cogiéndome
bruscamente del brazo, me llevó á, una sala aislada.
«Soy ¡me dijo, el más infeliz de los hombres! Mi mujer
no es una mujer.... A consecuencia de terribles alum-I
.
¡ u~er
bramientos, ha tenido que sufrir una operación atroz...»
Respetuoso ante su
desgracia, hice un
gesto para in-
terrumpirle, pues si la ropa sucia es sabido que debe
lavarse en
casa, con
mayor razón deben curarse en lo
secreto del hogar todas las llagas... Pero él continuó:
«! Es preciso que lo sepas todo... lo quiero!...» A pesar
e mis enérgicas protestas, de mis simulacros de fuga,
de una tos pertinaz que fingí á riesgo de desgarrarme
e pecho, Leandro de Simiane narró la operación, sin
omitir un incidente, lo mismo que un
cirujano. Des-
cribió los estragos causados en el cuerpo de su mujeu
mujer,
en aquella viviente academia, admirable en otro tiempo ¡
mutilada hoy¡ sajad.a, capaz de hacer cobrar horror al
sexo... «!Basta!... ¡basta!,exclamé; ¡por favor¡Leandro¡
no prosigas!...>; pero él, nada, tomaba otra vez el relato
donde lo interrumpiera, y á, la fuerza me arrastraba
hasta la alcoba conyugal, hasta el templo del amor...
Crei que se hubiese vuelto loco. Pero no su calma era
perfecta; explicábase con el sosiego de un profesor de
anatomia al disecar un cadáver de ramera ante la con-
© Biblioteca Nacional de España
gregación de lanceteros. Zn vez de hablar de su mujer
en términos corteses, con delicadas frases de hombre
galante y apasionado; en
lugar de velar el cuadro de
las dolencias de la esposa, complacíase en los detalles
escabrosos y repugnantes. Decía, y os juro en verdad
que me lo dijo: .«¡Si contemplases ese vientre, les to-
marías aversi6n eterna á las mujeres!n <Sin embargo,
observé, tu esposa nada ha perdido de su belleza; tuve
el honor de ponerme á, sus pies, uno de los viernes de la
princesa de Sachs-Rantel, y la condesa tenía una en-
carnación soberbia, una frescura...» «¡La frescura de
mi mujer, respingó alzándose, ignoras de dónde pro-
viene! ..» Y sin aguardar más, con acento de flsga,
vibrante y siniestro¡comparó á la condesa con una de
esas flores silvestres! que crecen lozanas sobre la tierra
de las tumbas, cuyas podredumbres desarrollan y acti-
van, bajo la acción deÍ sol, las espléndidas floraciunes...
Cuanto más fresca la condesa> más enferma estaba, más
se exacerbaba el cáncer que la roía! Zn sus evocaciones
fúnebres, bisturís y escalpelos tomaban movimiento y
vida, y era aquello un cortejo de aceradas hojas, de
f6rceps, d.e cuchillos aflladísimos!... Me escapé, atur-
dido... y hoy, senores, cuando me acerco á Mme. de
Simiane, me parece que de ella se desprende un hedor
espantoso, capaz de apestar toda la tierra.
—
iDiablo! —
exclam6 Lisieux derriband.o una botella
en un movimiento súbito; —
Simiane puede dormir tran-
quilo; no trataré de adornarle la frente!
Zl marqués de Létanches lanzó una
carcajada.
—
¡No está malo el cuento! Magnífic!... ¡Y yo que
me había sonado ese vientre de plata!... !Amigos, dejad
que me ría de vuestra torpeza...! ¡Cómo! áno adivináisP
—.
;qué...?
—
Antes de ocho días os daré la clave del yroblema.
La condesa Zva de Simiane no tenía el vientre de
plata, ni ei cuerpo mutilado; su sexo guardaba orgu-
llosamente todos sus hechizos; su frescura era comple-
tamente natural, y el marido... un celoso! He aquí lo
que todavía ignoraban Belgrin y Lisieux, y lo que
acababa de adivinar Létanches ¡con ánimos de no echar
en saco roto su presunción.
Después de su viaje de boda, Leandro de Simiane se
contempló en un espejo, y al verse tan feo, tuvo miedo.
Entonces imagin6 aquel ardid para alejar á, los aman-
tes, confiándos primero al vizconde Enrique de Bel-
grin¡después á otros, hasta que toda la grey conquis-
tadora qued6 convencida de que si la condesa vivía
como una reclusa, era
porque padecía una de esas en-
fermedades puerperales cuya sola y terrible evocaci6n
ordena á todos los hombres bendecir y respetar las en-
tranas que los llevaron animosas.
Varias veces
¡
en
Dieppe, la condesa, ignorante de las
bárbaras maquinaciones de su
marido, se había sofo-
cado ante las miradas harto indiscretas de los banistas
de la colonia, Turbada en
extremo, decíale á Simiane:
—
áPor qué me examinarán esos hombres como un
animal curiosoP
Y él, ir6nico y feroz¡contestaba:
—
¡Es que te encuentran linda!
Obligado por asuntos perentorios á, trasladarse por
unos días á su castillo de Beauvoisis, el conde Leandro
quiso renovar la historieta á, Belgrin y á sus
amigos.'
Un día llegóse al Casino, y en presencia de los tres
jóvenes, representando á maravilla su
comedia, se la-
mentó de la triste suerte de su esposa. Veíase forzado á,
partir... 1La encontraría viva á, su regreso?... Zl mal
estaba en su paroxismo!... ¡Pobre marido! ; marchábase
desolado... ¡aquel asunto maldito reclamaba su presen-
cia!...; pero volvería pronto¡ muy pronto!
Zl feísimo conde se retiró guinando el ojo, dejando á
Belgrin y á, Lisieux sumidos en el horror profundo que
les inspiraba aquella infeliz mujer que, parecida en su
desgracia á, un
general glorioso, llevaba un vientre de
plata... pero un vientre sin gloria.
Desde la manana siguiente, Andrés de Létanches
emprendió su campana amorosa galanteando á Mme. de
Simiane. El joven encontró una mujer amable, espiri-
tual, una de esas esposas martirizadas por un tirano¡
y que gustan de celebrar la ausencia del verdugo.
La cosa fué breve.
Acariciando con la mirada el cuerpo encantador y
delicado de la condesa, vagaba en lus labios de Andrés
una sonrisa altamente singular.
—
áPor qué sonríe usted siempre mirándome P —
pre-
guntó por fln la joven, temerosa á la vez que despecha-
da.— <Se burla usted. de míP ¡No creo haber dado á
usted motivo para tratarme con tan poca generosidad!
Las vacilaciones del marqués d.esaparecieron ante las
palabras y la sospecha de la dama. Con veladas frases
de hombre culto que sabe cubrir con las flores del
lenguaje lo atrevido de una confesión, expuso lo que
de ella se decía ya públicamente.
—
¡Vientre de plata! —
gimió la condesa. —
!Oh mise-
rable embustero! ¡Oh tigre cruel y celoso!...
Sofocada de c61era, tuvo por fin la explicación de las
curiosidades malsanas, de los signos de horror, de los
gestos de repulsión que, al acercarse ella, se producían
en la playa; medía ahora la extensión del abismo en
que la ferocidad de un celoso había procurado hundirla!
Aquella noche, Mme. de Simiane se acostó muy con-
tenta. En sus labios retozaba la risa.
El conde llam6 á, la puerta.
—
;Leandro! —
suspiró la condesa con su angelical
acento.
Y se hundi6, zalamera ¡en el mullido lecho para hacer
sitio á su senor y dueno.
Simiane prodigó á, su mujer ardientes caricias, pero
de pronto se detuvo bruscamente y echóse á, temblar
como un azogado. Su mano derecha acababa de posarse
sobre una superficie metálica; palp6 con la otra mano y
en las profundidades del lecho prodújose un sonido
argentino.
Sobresaltado, Simiane gritó:
—
j Zva!
—
áAmígo mío?
—
<E... E... EvaP
—
1Qué sucedeP
—
Aquí... aquí... @bajo...
—
¡Se ha excedido usted bebiendo Champagne! ¡Pues
duerma usted y déjeme dormir... ¡Estoy horriblemente
enferma!
—
!Ho... ho... horri... riblemente enferma P
—
¡Claro! como siempre!
Lívid.o, pasmado ¡
erizado el cabello, Simiane gol-
peaba con las yemas de los dedos la plancha resonante,
arqueada y pulida como una coraza, mientras que la
condesa, atacada de un formidable acceso de risa,
mordía las sábanas para no soltarla á todo trapo.
—
Sí senor —
declaró la joven, poniéndose grave de
pronto; —
tengo un vientre de plata¡ el vientre sonado
por usted y anunciado á, sus
amigos; un vientre que ha
llegado de París esta manana misma, un vientre adap-
tado por un hernista célebre, taraceado por un maestro
joyero, con la corona y las armas
algo modificadas del
condado de Simiane. El vientre por usted insultado
lleva: un buho azorado de plata en campo de gules, sos-
teniendo en su pico dos cuernos de abundancia; en la
parte superior del escudo, sembrada de azur é incrue-
tada ya de diez y nueoe estrellas amarillentas, del color
de la barba de usted...
—
¡Senora!
—
¡Y ahora> caballero¡ levántese usted, vístase y
salga! Vaya usted. al Casino y talle: tendrá, usted una
suerte fabulosa!... Yo no soy ya la esposa de usted¡soy,
de aquí en adelante ¡ ¡la mujer del vientre de plata!
DUBUT DE LAFoREsT.
© Biblioteca Nacional de España

Vientre plano

  • 1.
    VIENTRE DE PLATA Unatarde del pasado verano, á, la hora de la música, tres j6venes parisienses del gran mundo, el marqués Andrés de Létanches, el vizconde Enrique de Belgrin y el bar6n Jorge de Lizieux paseá,banse fumando pi- tillos por la playa d.e Dieppe. Con expresi6n altiva á la vez que indiferente en la mirada, propia de personajes que á la edad. de veinti- cinco anos lo saben todo y nada encuentran que excite su interés¡ni una mujer¡ni un vino, ni un plato con- templaban el parterre cuajado de lindísimas banistas. De pronto, en medio de las criticas más 6 menos chuscas, ya de las hinchazones de ciertas damas del a to comercio, ya de los codos puntiagudos de variasl senoritas casaderas, mostráronse unos á otros, con ex- trana mímica, tratándose de troneras estragados, una mujer. linda y elegante. Avanzaba del brazo de su ma- rido, un caballero vestido de negro, de barba azafra- nada, mejillas caídas y encorvada barba, grueso y corto de talla; un hombre francamente feo, con la cabeza mal desbastada¡ como construída bajo el infiujo de una pe- sadilla¡ con el rostro velludo en exceso, frente depri- mida y nariz de punta rojiza, descoloridos ojos y largas orejas, — terror de los chiquillos y de los monos. Eran el conde y la condesa de Simiane. — ¡Cuidado que es feote! — ¡Ella si que es hermosa! — ! Guaplslnla! Létanches, Belgrin y Lisieux. saludaron á la pareja. M. de Simiane les devolvió un saludo grave y triste; la condesa les sonrió amablemente. Asi que ambos hubieron tomado sitio entre los ba- nistas, el vizconde de Belgrin murmur6: — ¡Joven, linda, rica, distinguida... y el vientre de plata!... ¡Esto si que es horrible, horrible de veras! — 1El vientre de plata? — repitió el marqués de Létanches con voz más consternada que la del vizconde. — ¡Pobre condesa! — exclamó Lisieux. — ¡Pobre Simiane! — terminó Belgrin. Una hora más tarde, los tres amigos tomaban la absenta en la terraza del casino, y divisaron á M. y Mme. de Simiane dando un rodeo inimagi- nable para regresar á su villa. — El conde nos evita; se da vergüenza de nos- otros — declaró Belgrin. — 1Por causa de su cabeza ó por el vientre de su mujer? — preguntó Létanches. — brin duda por ambas cosas! — afirmó Bel- grin. — ¡Ese Simiane es un tunantuelo! El marqués Andrés de Létanches, normando astuto, guapo y buen mozo, con bigote rubio y vivos ojos de azul oscuro, exclamó: — ¡Esa mujer es preciosa: casi... casi me entu- siasma!! Qué admirable frescura la de su tez! — ¡Chit!... — interrumpió el vizconde de Bel- grin. — ¡Qué frescura! ¡qué frescura! — ¡Pues esa frescura que tanto te enardece... esa frescura es el signo característico y fatal... Y como el vizconde estuviese mejor informado que sus camaradas de ciertas interioridades, añiadió: — iVo ignoráis seguramente que, desde su ma- trimonio, es decir, hace dos años, Leandro de Si- miane no es el mismo hombre; ha enterrado su vida de soltero... sí¡ toda su existencia, y al mismo tiempo ha sepultado la de su mujer. Los Simiane van raramente al Bosque, y apenas si de tarde en tarde, los encontráis en el teatro ó en el circo. De los doce meses del ano pasan lo menos ocho en sus posesiones de Beauvoisis. Jamás aceptan invitaciones, ni reciben nunca á, nadie. El marido no juega ya, no bebe, no sale; le tiene miedo al mundo¡ á, su sombra, y es raro que se haya decidido á venir á Dieppe. 1Habrán orde- nado los médicos que tome banos de mar la con- desa? No anticipemos los sucesos, como dicen en las novelas. El pasado invierno, cuando la asamblea tr general del club, pregunté á Simiane las razones dee su risteza; Leandro y yo somos amigos de infancia, y puedo hablarle con entera libertad. «1Qué te hace falta para ser dichoso?, le dije. 6No te has casado con una mujer hechicera¡ con la senorita Eva de Grandval, aquella prima tuya de quien estabas locamente apa- sionado. 1No tienes rentas para cubrir cien veces tus? necesidades y satisfacer todos tus caprichos? Pues á, qué viene ese dolor¡ esa tristeza que acusa tu sem- ues blante?» Leandro se estremeci6; después, cogiéndome bruscamente del brazo, me llevó á, una sala aislada. «Soy ¡me dijo, el más infeliz de los hombres! Mi mujer no es una mujer.... A consecuencia de terribles alum-I . ¡ u~er bramientos, ha tenido que sufrir una operación atroz...» Respetuoso ante su desgracia, hice un gesto para in- terrumpirle, pues si la ropa sucia es sabido que debe lavarse en casa, con mayor razón deben curarse en lo secreto del hogar todas las llagas... Pero él continuó: «! Es preciso que lo sepas todo... lo quiero!...» A pesar e mis enérgicas protestas, de mis simulacros de fuga, de una tos pertinaz que fingí á riesgo de desgarrarme e pecho, Leandro de Simiane narró la operación, sin omitir un incidente, lo mismo que un cirujano. Des- cribió los estragos causados en el cuerpo de su mujeu mujer, en aquella viviente academia, admirable en otro tiempo ¡ mutilada hoy¡ sajad.a, capaz de hacer cobrar horror al sexo... «!Basta!... ¡basta!,exclamé; ¡por favor¡Leandro¡ no prosigas!...>; pero él, nada, tomaba otra vez el relato donde lo interrumpiera, y á, la fuerza me arrastraba hasta la alcoba conyugal, hasta el templo del amor... Crei que se hubiese vuelto loco. Pero no su calma era perfecta; explicábase con el sosiego de un profesor de anatomia al disecar un cadáver de ramera ante la con- © Biblioteca Nacional de España
  • 2.
    gregación de lanceteros.Zn vez de hablar de su mujer en términos corteses, con delicadas frases de hombre galante y apasionado; en lugar de velar el cuadro de las dolencias de la esposa, complacíase en los detalles escabrosos y repugnantes. Decía, y os juro en verdad que me lo dijo: .«¡Si contemplases ese vientre, les to- marías aversi6n eterna á las mujeres!n <Sin embargo, observé, tu esposa nada ha perdido de su belleza; tuve el honor de ponerme á, sus pies, uno de los viernes de la princesa de Sachs-Rantel, y la condesa tenía una en- carnación soberbia, una frescura...» «¡La frescura de mi mujer, respingó alzándose, ignoras de dónde pro- viene! ..» Y sin aguardar más, con acento de flsga, vibrante y siniestro¡comparó á la condesa con una de esas flores silvestres! que crecen lozanas sobre la tierra de las tumbas, cuyas podredumbres desarrollan y acti- van, bajo la acción deÍ sol, las espléndidas floraciunes... Cuanto más fresca la condesa> más enferma estaba, más se exacerbaba el cáncer que la roía! Zn sus evocaciones fúnebres, bisturís y escalpelos tomaban movimiento y vida, y era aquello un cortejo de aceradas hojas, de f6rceps, d.e cuchillos aflladísimos!... Me escapé, atur- dido... y hoy, senores, cuando me acerco á Mme. de Simiane, me parece que de ella se desprende un hedor espantoso, capaz de apestar toda la tierra. — iDiablo! — exclam6 Lisieux derriband.o una botella en un movimiento súbito; — Simiane puede dormir tran- quilo; no trataré de adornarle la frente! Zl marqués de Létanches lanzó una carcajada. — ¡No está malo el cuento! Magnífic!... ¡Y yo que me había sonado ese vientre de plata!... !Amigos, dejad que me ría de vuestra torpeza...! ¡Cómo! áno adivináisP —. ;qué...? — Antes de ocho días os daré la clave del yroblema. La condesa Zva de Simiane no tenía el vientre de plata, ni ei cuerpo mutilado; su sexo guardaba orgu- llosamente todos sus hechizos; su frescura era comple- tamente natural, y el marido... un celoso! He aquí lo que todavía ignoraban Belgrin y Lisieux, y lo que acababa de adivinar Létanches ¡con ánimos de no echar en saco roto su presunción. Después de su viaje de boda, Leandro de Simiane se contempló en un espejo, y al verse tan feo, tuvo miedo. Entonces imagin6 aquel ardid para alejar á, los aman- tes, confiándos primero al vizconde Enrique de Bel- grin¡después á otros, hasta que toda la grey conquis- tadora qued6 convencida de que si la condesa vivía como una reclusa, era porque padecía una de esas en- fermedades puerperales cuya sola y terrible evocaci6n ordena á todos los hombres bendecir y respetar las en- tranas que los llevaron animosas. Varias veces ¡ en Dieppe, la condesa, ignorante de las bárbaras maquinaciones de su marido, se había sofo- cado ante las miradas harto indiscretas de los banistas de la colonia, Turbada en extremo, decíale á Simiane: — áPor qué me examinarán esos hombres como un animal curiosoP Y él, ir6nico y feroz¡contestaba: — ¡Es que te encuentran linda! Obligado por asuntos perentorios á, trasladarse por unos días á su castillo de Beauvoisis, el conde Leandro quiso renovar la historieta á, Belgrin y á sus amigos.' Un día llegóse al Casino, y en presencia de los tres jóvenes, representando á maravilla su comedia, se la- mentó de la triste suerte de su esposa. Veíase forzado á, partir... 1La encontraría viva á, su regreso?... Zl mal estaba en su paroxismo!... ¡Pobre marido! ; marchábase desolado... ¡aquel asunto maldito reclamaba su presen- cia!...; pero volvería pronto¡ muy pronto! Zl feísimo conde se retiró guinando el ojo, dejando á Belgrin y á, Lisieux sumidos en el horror profundo que les inspiraba aquella infeliz mujer que, parecida en su desgracia á, un general glorioso, llevaba un vientre de plata... pero un vientre sin gloria. Desde la manana siguiente, Andrés de Létanches emprendió su campana amorosa galanteando á Mme. de Simiane. El joven encontró una mujer amable, espiri- tual, una de esas esposas martirizadas por un tirano¡ y que gustan de celebrar la ausencia del verdugo. La cosa fué breve. Acariciando con la mirada el cuerpo encantador y delicado de la condesa, vagaba en lus labios de Andrés una sonrisa altamente singular. — áPor qué sonríe usted siempre mirándome P — pre- guntó por fln la joven, temerosa á la vez que despecha- da.— <Se burla usted. de míP ¡No creo haber dado á usted motivo para tratarme con tan poca generosidad! Las vacilaciones del marqués d.esaparecieron ante las palabras y la sospecha de la dama. Con veladas frases de hombre culto que sabe cubrir con las flores del lenguaje lo atrevido de una confesión, expuso lo que de ella se decía ya públicamente. — ¡Vientre de plata! — gimió la condesa. — !Oh mise- rable embustero! ¡Oh tigre cruel y celoso!... Sofocada de c61era, tuvo por fin la explicación de las curiosidades malsanas, de los signos de horror, de los gestos de repulsión que, al acercarse ella, se producían en la playa; medía ahora la extensión del abismo en que la ferocidad de un celoso había procurado hundirla! Aquella noche, Mme. de Simiane se acostó muy con- tenta. En sus labios retozaba la risa. El conde llam6 á, la puerta. — ;Leandro! — suspiró la condesa con su angelical acento. Y se hundi6, zalamera ¡en el mullido lecho para hacer sitio á su senor y dueno. Simiane prodigó á, su mujer ardientes caricias, pero de pronto se detuvo bruscamente y echóse á, temblar como un azogado. Su mano derecha acababa de posarse sobre una superficie metálica; palp6 con la otra mano y en las profundidades del lecho prodújose un sonido argentino. Sobresaltado, Simiane gritó: — j Zva! — áAmígo mío? — <E... E... EvaP — 1Qué sucedeP — Aquí... aquí... @bajo... — ¡Se ha excedido usted bebiendo Champagne! ¡Pues duerma usted y déjeme dormir... ¡Estoy horriblemente enferma! — !Ho... ho... horri... riblemente enferma P — ¡Claro! como siempre! Lívid.o, pasmado ¡ erizado el cabello, Simiane gol- peaba con las yemas de los dedos la plancha resonante, arqueada y pulida como una coraza, mientras que la condesa, atacada de un formidable acceso de risa, mordía las sábanas para no soltarla á todo trapo. — Sí senor — declaró la joven, poniéndose grave de pronto; — tengo un vientre de plata¡ el vientre sonado por usted y anunciado á, sus amigos; un vientre que ha llegado de París esta manana misma, un vientre adap- tado por un hernista célebre, taraceado por un maestro joyero, con la corona y las armas algo modificadas del condado de Simiane. El vientre por usted insultado lleva: un buho azorado de plata en campo de gules, sos- teniendo en su pico dos cuernos de abundancia; en la parte superior del escudo, sembrada de azur é incrue- tada ya de diez y nueoe estrellas amarillentas, del color de la barba de usted... — ¡Senora! — ¡Y ahora> caballero¡ levántese usted, vístase y salga! Vaya usted. al Casino y talle: tendrá, usted una suerte fabulosa!... Yo no soy ya la esposa de usted¡soy, de aquí en adelante ¡ ¡la mujer del vientre de plata! DUBUT DE LAFoREsT. © Biblioteca Nacional de España