Relatos al viento
1
Cuando la vi salir por esa puerta inmensa, por la cual hemos pasado hace ya un milenio; nunca
pensé que sería la última vez.
Porque ya había sucedido antes. Como, a manera de ejemplo, ese día en que difundió su
preñez no aceptada. Recuerdo, ahora, que ese día discutimos, como solo nosotros sabemos
hacerlo.
Que tú no me dijiste nada. Que, cuando me abordaste, lo hiciste sin ningún preservativo. Que
tú eres responsable, porque no me avisaste que ya se había ausentado la regla y que, en
consecuencia, estabas en el periodo próximo a la posibilidad de recibir el líquido cargado de
espermatozoos, en el momento y en las condiciones que conllevan a esperar el crecimiento del
vientre.
…y ella me dijo que la culpa era mía; ya que siempre estás al acecho. Siempre buscas el
momento de verme desnuda. Y, siempre, me tumbas en la cama y me penetras a la fuerza.
Y que, seguía diciendo ella, no te denuncié porque te amo tanto que nunca te haría algún daño.
Y que, en consecuencia, ya voy por el cuarto embarazo en las mismas condiciones. Ya
Heraclio, Miroslava y Atahualpa habían nacido a partir de allí. Y que yo sentí que la y los
odiaba. Porque, eso de abrir las piernas de manera forzada, ya me tenía aburrida. Porque,
cada orgasmo se constituyó en un embarazo. No había placer; porque no lo puede haber si a
cada rato me inundabas y cada inundación era una preñez.
…Y discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo, y nos desgastamos en epítetos; hasta
que el feto no pudo más y se marchó; por esa puerta ancha, inmensa apoyado en la mano de
mi querida Cleopatra, mujer de mujeres; con ochenta años encima.
Y yo, sintiéndome Atahualpa, no dudé en considerar que esa era, precisamente, el origen de mi
mal. La desmemoria que me acompañaba siempre. Sentí que la desolación tomaba cuerpo. Y
no terminaban de salir palabras y hechos. Como borbotones de agua lanzada al espacio.
Yo no quería volver donde Hermenegildo, Desde ese día en que le dio por divulgar el asunto
ese entre nosotros. Recuerdo haberle insinuado mutismo total.
Pero él no hizo ningún caso. Más bien, se dedicó a la opereta vulgar. Disertando, a manera de
canto, acerca de lo nuestro. Como en contravía de lo acordado. Y fueron muchos y muchas las
y los que se congregaron, para escuchar su perorata.
A mí, a decir verdad, me extrañó mucho ese comportamiento. Porque había creído ver en él,
una expresión asociada a la lealtad. Porque, lo nuestro, fue una opción siempre al garete. Aquí
y allá. Un ejercicio diario, lleno de palabras que abreviaban los espasmos propios de eso que
algunos y algunas llaman sodomía.
…Pero, qué triste me puse, cuando habló a capela. Esa divulgación, no hizo otra cosa que
postular la gran duda acerca de la felicidad furtiva, en la clandestinidad de los amantes. No hizo
otra cosa que desatar la algarabía de Ordóñez, quien reclamaba la picota pública como
desagravio ante la Santísima Trinidad.
Y, según esto, yo no sabía atinar. Mi duda estaba entre ser Hermregildo; o yo mismo,
transportado hacia adelante. Un futuro menos angustiante que antes. Pero no tan claro. No tan
gratificante como quisiera…Y seguían las palabras abriéndose paso. Sin interruptor alguno.
2
Y sucedió lo de siempre. Ella, vestida a la moda; es decir con el atavío propio de las que se
decidieron por el claustro como opción de vida. Una expiación a nombre de su padre
Melquisedec Lujan, a quien llamaron los vecinos, el perverso, en honor a su habilidad para
hacer de cada día una ocasión abreviar el camino entre lo ético y lo posible. Como cuando
estuvo de paso en Pueblo Nítido, hogar de quienes, como él, reivindicaban el incesto como
derecho asociado a la herejía enrevesada. Como expresión del devenir a la manera de
Yocasta.
Por eso, ese día del atavío, ella me miró con una extraña insinuación. Yo la percibí como
invitación a decir que sí; que estaba de acuerdo con esa manera tan suya de convocar íconos
en el día a día; en ese eterno peregrinar por estos caminos tan áridos que dan ganas de morir
de sed, antes de recorrerlos.
Yo dichoso. Ya había aprendido a asociar palabras e ideas. Una transformación al máximo.
Añoraba a la Nana, pero estaba empezando a vivir sin ella
Fabiana conoció a Honorio, en la celebración de los quinientos años. En una danza propia de
los trashumantes advertidos en el sentido de que algo iba a suceder ese día. Un martes, por
cierto, como sortilegio fèmino. Porque ella tenía decidido, desde ese 12 de octubre de 1492,
sus referentes. Unos vertidos como vocinglería de brujos puros. Originarios de estas tierras que
iban a ser arrasadas. Otros asumidos como ciertos, en relación con esa cultura lejana,
avasallante.
Y se le dio por construir evasiones para no mirar afuera. Siempre estuvo así. Quinientos años
mirando hacia adentro. Sin percatarse de la sangría a que eran sometidos y sometidas sus
congéneres. Una diosa rebelde que desafío a los dioses machos; pero que no tuvo ímpetus
para disociar su mansedumbre de su opción iconoclasta.
Y, por lo mismo, se quedó allí sembrada, absorta; repitiendo palabras aprendidas de los
viajantes de los galerones. De esos que socavaron las verdades y las alegrías nativas y las
convirtieron en expresiones que motivaron la insurgencia sin horizontes; lapidada, escindida,
extinguida.
Egnosodin, reinó durante cuarenta décadas. A su alrededor todo expelía el hedor propio de lo
putrefacto. Gobiernos hechizos, construidos con reductos de las hienas. Y gobernaban según
sus códigos. Esos que dirimen los retos de la historia a favor de los depredadores.
Y Egnosodin fue proclamado rey de la tierra. Un sujeto que se definió a sí mismo como
impoluto, le hizo el gran favor. Y gobernaron, el ubérrimo y el impoluto. Como dioses anclados
en sus propias heces. Los súbditos soportaron felices. Y, por lo mismo, ese día; el día de
celebración de los quinientos años, cuando la Sociedad de las Naciones categorizó a nuestra
patria como cloaca; gimieron como plañideros.
No lo podía creer. Un alto vuelo conceptual me embargaba. Y veía, en mis alucinaciones no
perversas, muchas cosas más. Las entendía como palabras que iban y venían. Hasta
concretarse como mensajeras y como propuestas para asociarlas a mi autonomía
3
Bersarión lo llamaron durante toda su vida. Se sabía de él muy poco. Tanto así que nunca
conocieron su parentela. Sujeto extraño. Divulgó proclamas acerca de los rigores del tiempo.
De las heridas que ha sufrido la madre tierra. Fue el primero en anunciar los deshielos. Su
versión en torno a los agujeros negros, hablaba de algo así como rebautizarlos en honor a los
dioses negros. Propuso el nombre de agujeros blancos. Y también propuso que se hablara de
la suerte blanca, al momento de expresar penurias. Además de la blanca noche, al momento
de referir los momentos en que la gendarmería mataba y desaparecía adultos (hombres y
mujeres), niños y niñas, como acción colateral a los gobiernos blancos.
…En fin que, este sujeto revolcó la lógica de los haceres y los desaceres. Cualquier día, así
como había llegado, se deshizo. Así como había estado en los sitios, se diluyó. Lo vieron por
última vez en los alrededores de la casa de los espantos blancos. Ahora, cuando alguien habla
de él, dice: se lo llevó la mano blanca del demonio blanco, hijo del gobernante que construyó
un poder blanco. Todos y todas propusieron celebrar el día negro, en mención al negro
Bersarión que llevo una vida negra…sublime
Berenice Antequera estuvo sitiada durante mucho tiempo. Allí, en donde vivía la redujeron por
la vía más perversa: negándole el derecho a cantar. Desde pequeña, ese era su oficio. Le
cantaba a todo. A la tristeza; a la esperanza; a la alegría (…esto último casi nunca lo hacía,
porque casi nunca estaba presente).
Últimamente se había dedicado a cantar a los niños y a las niñas. Les imbuía sus versiones
acerca de lo que pasó, cuando llegaron los invasores. De la desolación que sembraron. Y de la
ignominia que construyeron. Todo, dicho con la ternura que solo es posible encontrar en una
mujer.
Cuando llegaron allí, los gendarmes, le leyeron la proclama escrita por los asesores de Alvarin
y Manolin, en ese entonces con gobernantes. Palabras más, palabras menos, en el folletín
decían: “…por cuanto, con esa manera de hablar y de cantar, Berenice la terrorista, está
pervirtiendo la moral pública y está incitando a la rebelión. Es repudiable, máxime cuando los
incitados son los y las infantes que son el futuro de esta tierra.” Ahí, en el escrito aparecía una
enmendadura, tal parece que, originalmente, habían escrito las palabras” de este mierdero.”
Y me encontré con las anteriores palabras. De la misma manera en que encuentras el agua
cuando casi has muerto de sed. Y las bebí, casi salvajemente. Hasta quedar ahíto. Pero ellas
seguían reclamando ser interpretadas y escuchadas.
Lo encontraron al día siguiente de haber celebrado su boda con Raquel. Dijo haber desertado
de la vida en pareja; porque siempre, muy en el fondo, no se sentía convocado por las mujeres.
Dijo que sentía algo así como cierta conmoción cada vez que las veía. Con mayor razón con
Raquelita, esa niña hermosa que había crecido con él y que recién cumplió diez años…Cuando
lo encontraron abrazaba a Angelito, niño que compartió con él el alborozo que rodeó la
celebración del aniversario de la Luna, quien, por ese entonces, cumplía cuatrocientos mil
millones de años reflejando su aridez, cada que el Sol la requería.
4
Según dicen, vivió doscientos años. Siempre erguido. Siempre listo. Cuentan que su primer
gobierno duró ochenta, primaveras, como solían decir sus aurigas. Estuvo en la batalla de
Londres, surtiendo de agua a los soldados de su majestad. Según hablan, allí hizo su primera
fortuna. En libras esterlinas. Contaban que pasó del millón de estas. Y, parece que, si era
cierto, porque cada botella la vendió en mil libras. Obviamente con el visto bueno de la reina y
del rey. Y dicen que ordenó clausurar el curso de los ríos. De tal manera que solo él y su
parentela, tuviesen acceso a lo que, en falsa bella prosa, llamó él “el preciado líquido”. Y,
además cuentan que, cuando ya no quedaba ni una sola gota, propuso al rey del universo la
utilización de los mares. Ofreció como alternativa la desalinización, a punta de balazos
disparados con su poderosa arma que disparaba proyectiles en mil direcciones; con la cual
aplastó la rebelión de los demócratas universales, cada vez que cantaban a la libertad.
Y, dicen también, que los mares sucumbieron a su voracidad. Y que, entonces, propuso al rey
de la Vía Láctea que lo incluyera en su bitácora; de tal manera que cuando terminara su
recorrido de destripador, pudiese acceder a cualquier refugio.
Y, siguen diciendo, le respondieron de la Vía Láctea, diciéndole que preferían otro Big Ban,
antes que recibirlo a él, tránsfuga milenario; hidra de mil tentáculos; caballero honorario y
perpetuo en la Aldea Trinitaria de Los Defensores y Custodios del Divino Poder. Lo más
extraño de todo es que la nota la suscribió un sujeto de apellido Hitler
Ese día amaneció más rápido. Es decir, sentimos la algarabía de los sujetos perrunos (así solía
llamarlos el fallecido), desde mucho antes que de costumbre. Porque, todo hay que decirlo, los
animalitos, eran la voz oficial delegada de la Casa de Gobierno, para transmitirnos la obligación
de despertar. Obviamente, lo mismo sucedía en la tarde-noche; ya que el periodo de tiempo del
quehacer genuflexo forzado, iba hasta la hora 16.
Saulito nació el mismo día en que nacieron todas las flores (…si como lo dice la canción); es
decir cualquier día, de cualquier año luz. Desde pequeño (aprendió hablar al sexto día de haber
nacido), siempre lo apasionaron y convocaron, las acciones punibles. Su decir era:” …no lo
dejes para mañana, mátalo o mátala ya, no sea que después de agarre la nostalgia del tiempo
perdido.
Fue hijo único, en el hogar-prisión, compuesto por Hesper Belisario Román Guataquira y
Lesbia Esperanza Gallón de las Casas. Lo llamaron, al segundo de su nacimiento, niño
mensajero; aunque nunca se conoció que mensaje y de parte de quien, trajo al mundo; siempre
fue algo así como una versión enésima de El Exterminador, adecuada a las circunstancias y
necesidades de Pío Quinto Vélez Uribe, patriarca desde el comienzo de la historia.
Emérito del Socorro Carnera Betancur, respiró por primera vez este aire impuro, el día trece del
mes once del novecientos. Fundó dos ciudades; una que lleva su nombre, situada a tres millas
de la última barraca de la Gran Brigada Militar, denominada coloquialmente: Paloqueseapatrón.
La otra limita al norte de la llamada Ciudad de las Motosierras. Entre esta y la ciudad de
Emérito, había 30 kilómetros. Pero, dicen los ancestrales, que desde allá se escuchaban los
gritos de los que la gente dio en llamar los desmembrados. Emérito llamó a esta ciudad, La
Vaquita Feliz.
Nadie supo ni cuando, ni porque se separaron. Simplemente, cayó como baldado de agua fría
entre sus lugartenientes (…o sea, casi todos y todas los y las habitantes de las tres ciudades).
Y, a partir de la ruptura, cada uno siguió su camino. Saulo Román Gallón, se vinculó al ejército,
según él, invencible, llamado de la Nueva Inquisición. Desde allí, se proyectó al universo de los
sátrapas que, por ese tiempo, hendía sus puntiagudas garras en todo aquello que no fuese
confesional-mariano-trinitario. Hombre de muchas luchas y múltiples actividades de esas que
llaman en defensa de las gentes de bien. Es apenas obvio que el concepto predominante
acerca del significado del bien, estaba escrito en el Heraldo Mayor, que Saulito llevaba al
frente, montado en su brioso corcel bautizado Virginio. Es decir, no era otra cosa, sino la
recopilación de los legados mosaicos y cristianos. Adulador a toda prueba, Saulito alcanzó la
cima. Fue nombrado vicario-apóstol absoluto para todos los asuntos relacionados con la fe
mariana y trinitaria. Despobló lo que pudo, a nombre de su unción benemérita. Arrasó mil
caminos. Mató a todos y todas las que pudo, a nombre de la semblanza del Dios Credo.
Fue caudillo de las desgracias. Todo cuanto tocaba se volvía estiércol. Una especie de Rey
Midas al revés. Por lo tanto, comió y dio a comer de su fruto diario.
Cualquier día, le informaron que Emérito del Socorro Carnera Betancur, se había sublevado en
la Aldea de la Divina Providencia. Que renegó de sus orígenes y que no reconocía la autoridad
de Saulito.
Y dicho y hecho, Saulo convocó a los Tribunales Pérfidos. Ellos y él, re-convocaron la Justicia
Divina y esta accedió esparciendo los gases de los Papas pasados y futuros. Se produjo, por lo
tanto, una atmósfera letal que inundó todos los escenarios terrícolas. Gases más lesivos que la
contaminación con uranio enriquecido. Murieron todos y todas quienes no habían sido
previamente alertados y alertadas para que se refugiaran en Ciudad Holocausto, sitio sede del
Trono de Saulito y de sus protegidos. Queda claro que Emérito del Socorro no fue avisado y
murió, justo cuando reclamaba de sus súbditos la lealtad para avasallar a Saulo y extinguir su
nefanda perspectiva del Nuevo Paraíso. Pero, también hay que decirlo, Saulito no soportó ese
hedor estercolero. Dicen que murió reclamando de su Dios algo diferente para ahogarse, al
menos, con la dignidad propia de quien sirvió toda la vida a la causa de la impunidad pura.
Dicen, todo hay que decirlo, que El Dios de Saulito hizo caso omiso del llamado de su delegado
en la Tierra y, en contrario, convocó a la diosa de las lluvias para que embadurnara de heces el
territorio del divino Saulo.
Yo estaba llegando al límite permitido. Navegaba entre la reconstrucción de mi pasado y
realidades inmediatas. No sobrias. Por el contrario, con algo de calentura. Como si estuviese
llegando a un punto de no regreso. Veía a la niña Nana en mis sueños. No la podía asir. Pero
ella estaba presente.
5
Don Federico Ubérrimo Mendoza Canales, vivía al lado de Hermenegildo Apolonio Agüero
Tenorio. Los dos habían llegado a Río Revuelto, el primero de enero del primer año después
de la aparición de La Virgen del Divino Rostro, en el explanado donde queda La Gruta del
Andariego.
Los dos trabajaron en las minas de propiedad de Sinforoso Demetrio Avignon Tuberquia, quien
llegó allí el día tres de marzo del tercer año después de la aparición. En contrario de Ubérrimo
y Hermregildo, Sinforoso si supo sacar provecho de la bonanza tardía aportada por la
aparecida virgencita. El puestecito en el cual vendió aguardiente a cuanta devota y cuanto
devoto, llegaban en las romerías organizadas por Esternón Cipriano Marulanda Guaneme,
vicario primero de la Delegación Romana Permanente, compuesta por los ungidos Valerio
Arturo Espinosa Consuegra, Juan del Calvario Villoría y Cáceres y Domitila Gracia-Divina
Alpujarra Benavides. El año pasado cumplieron cincuenta años las celebraciones de gratitud al
Divino Cielo, por haber elegido el pueblito como sede de la sagrada aparición.
Pero, como todo no es dicha en esta vida, Mendoza Canales y Agüero Tenorio, se encontraron
cualquier día en casa de Casta Virgelina Sampayo Peralonzo. Mientras jartaban cerveza, al
son de boleros de Olimpo Serapio Cuca Cabuya, llamado el compositor mariano; llegó
Romualdo Querubín Acacio Coca. Venía desde Villa Robespierre. Había salido a las tres de la
mañana del miércoles anterior al jueves venidero. Contó que, al pasar por la Gruta del
Andariego, La Del Divino Rostro, había descendido de su Sagrado Altar y estaba besándose
con Juan Eudoro Amariles Amézquita, el cuidador de la Gruta. Y, también dijo Romualdo, un
ventarrón apagó todas las veladoras encendidas por los piadosos y las piadosas venidas y
venidas desde los cuatro puntos cardinales…y que Eudoro le había propinado dos planazos en
la espalda, por novelero.
Desde ese día, ni Ubérrimo, ni Apolonio, dejaron de pasar por la del Andariego. Tal vez
tratando de averiguar que había sido de Amariles y de la del Divino Rostro…Hasta que, el día
menos pensado, la vieron salir y lo vieron salir. Iban rumbo al Paraíso Terrenal, desde donde la
y lo habían echado hacía ya millón y pucho de largos años…Al menos eso entendieron los dos
viejos amigos, cuando la Del Divino Rostro, hablaba con alguien por su celular.
Ya estaba decidido. Yo no volvería con Esther Eugenia. Habían pasado muchas cosas entre
nosotros. Todas, apuntando más o menos a lo mismo. Es decir, a eso de pretender configurar
una relación de pareja inédita. Y es que los años no pasan en vano. Ir y venir en términos de
cotejar teoría y práctica.
La teoría la aportaba yo. Con esas ínfulas de camionero interesado en proponer una nueva
forma de vivir lo afectivo, pulsando las cuerdas íntimas de la y el sujeto. Una forma de expandir
por el universo, alegorías cercanas a la transición desde la propuesta Shakesperiana, hasta el
entendido de José María Vargas Vila. Algo difícil la tarea. Porque significaba interactuar con las
visiones enfermizas de Calígula. Además de recorrer los territorios de Ariadna, la mujer amante
sincera y absoluta.
De todas maneras, me las arreglaba, para demostrar que lo mío constituía una opción de vida
vinculada con el credo de los libertarios y las libertarias. Un tanto azuzado por esas
experiencias pasadas y que yo creía verdaderas expresiones de la ruptura de códigos
inquisidores.
Y maduré largo tiempo la escritura del Manual de Convivencia Erótica, Entre dos o Más
Sujetos. En una convicción tan profunda, que no había espacio para mirar hacia la realidad.
Una postura de cargador de excrecencias, relacionada con aquello de saber mentir y engañar a
cada instante. Lo que coloquialmente se ha dado en llamar “vender gato por liebre”. Una
jerigonza impúdica; pero que yo ofrecía y hacía pasar por oferta válida al momento de tomar
decisiones emparentadas con un modelo de vida en pareja, o en triadas imperfectas.
Y siguieron pasando los años. Y yo imbuido por el espíritu subyacente de la libertad absoluta.
Por esto mismo no vi pasar el tiempo. Ya, para el caso, Esther Eugenia había aprendido de mi
la capacidad para decir que si, diciendo que no. Para asumir destrezas eróticas e implicarlas
hacia mí. Y le dije: no es eso lo que yo quería decir y enseñar…Pero la reacción fue tardía;
simplemente porque ella alzó vuelo; aprendió la libertad, leyendo en mis acciones y dichos, lo
necesario para no creer en mis versiones vesánicas.
Ahora, para hacer menos onerosa la soledad; digo que no volveré con ella; aun sabiendo que
Esther Eugenia ya no me espera.
6
Cuentan que Trinidad del Socorro Estupiñán Socarrás, deshizo el acuerdo con Mariano Claver
Cañadas Paletero. Acuerdo un tanto anodino; pero que implicaba la fuerza y la imposición al
momento de significar que andando se arreglaban las cargas. El susodicho Mariano había
inventado una manera muy peculiar de instigar al delito de lesa fémina. Algo así como una
variante de lo aplicado por Sade; pero sin que pareciese algo en contravía de la ternura.
Claver creía creer que no había nada perverso en lo que hacía. Por esto mismo, propuso el
pacto, el mismo día en que Trinidad del Socorro, surtió las sábanas de borbotones de sangre,
derivada de la terrible hemorragia vaginal originada por la penetración que le hizo Cañadas
Paletero, con su pene crecido mediante la aplicación de una pócima inventada por el mismo y
que llamó “ungüento pretérito para las necesidades de hoy”.
La hemorragia fue tratada con una especie de absorbente artesanal que había inventado el
abuelo de Mariano Claver. Y, entonces, el acuerdo se firmó allí mismo. Estupiñán Socarrás
ardía en fiebre, con espasmos parecidos a las convulsiones que sufrieron las mujeres mártires,
en los cadalsos habilitados por los buscadores de brujas, en mil cuatrocientos veinte.
Además, cuentan, que Trinidad del Socorro, vivió mucho tiempo en el hospicio de propiedad
del padre de Mariano Claver. Que allí tuvo catorce hijas. Y que, todas ellas, fueron inauguradas
por Mariano y su padre, de nombre Nepomuceno del Espíritu Santo Cañadas Sacramento. Y
que todas ellas quedaban preñadas en simultaneidad. Y que fueron catorce por catorce; todas
mujeres. Y que…; en fin, cuando se deshizo el acuerdo, ya habían nacido catorce por catorce
por catorce. Y que el hospicio creció en residentes, tanto como crecían las romerías que
llegaban en busca de la pócima “ungüento pretérito para las necesidades de hoy”.
Aún ahora, en dos mil trescientos, cuentan que Mariano Claver Cañadas Paletero, sigue
vendiendo su ungüento con el visto bueno del Procurador Delegado de La Santa Sede, de la
cual es presidente un tal Emérito Ordóñez, colombiano de nacimiento y ciudadano vaticano por
adopción.
Ya habían transcurrido cuarenta días, desde que dejé de ver a la Nana. No me hacía tanta falta
como antes. Pero, de todas maneras, mi autonomía no la había alcanzado del todo. Además,
me había encariñado de esa niñita que parecía mujer ya hecha. Con muchos recuerdos y
verdades encima. De otra parte, empecé a sentir que mi cerebro no resistía tantas cosas juntas
dichas con palabras.
7
Una vez mató a Heliodoro del Sufragio Guzmán Valiente, José del Carmen Villalobos Benjamin
se dirigió a Villa Adelaida para cobrar sus honorarios.
Resulta que Hebroul del Carmen Vistahermosa Hermosillo, juró que vengaría la memoria de su
abuelo Aristarco Josué Hermosillo Crown, quien murió a manos del padre de José del Carmen,
el día 31 de diciembre del año anterior a la llegada al poder de Virgiliano de los Santos Acosta
y Frambuesa; quien a su vez accedió al trono un año después de la llegada al Valle de los
Justos, de Melquisedec Eugenio Herrera y Herrera, miembro de la secta Valeriana que se
expandió, más o menos por todo el hemisferio norte; a partir del año 1000.
La muerte del abuelo de Hebroul tuvo su origen en una nimiedad. Como quiera que Aristarco
hubiera vulnerado el sexo de una de las primas de José del Carmen; justo el día 1 de
noviembre, es decir, el día de todos los santos.
Fue un viernes, a eso de las cuatro de la tarde, cuando la niña salía de la única escuelita de
Villa Adelaida. Rosa María Gertrudis apareció en un escampado, totalmente destrozada. Era
irreconocible. Medicina legal certificó: laceraciones múltiples en todo el cuerpo. Particularmente
sus pezones y su vagina sangraban de manera abundante a causa de amputaciones
selectivas. Su clítoris fue extirpado.
El día lunes siguiente al viernes del ritual efectuado por Aristarco Josué, Josefa del Castillo
Berenice Pánfila, convocó a la Triada del Continuo Milagro. Con sus miembros pactó la
convocatoria del Coloquio Permanente de las Mujeres Agredidas, para designar al vengador.
Porque eso de los vericuetos adheridos al Código Penal, no contaba al momento de decidir
acerca de la tipificación del delito cometido por Aristarco. A manera de ejemplo: lo que pasó
con Rosa María Gertrudis, se tasaba como lesiones personales leves. Sobra decir que este tipo
de tipificación se correspondía con el soporte teórico del Código Penal de Villa Adelaida; es
decir una copia del Código Vigente Para los Territorios Amparados con el Sagrado Manto de
Jesús en el Desierto, que se constituyó en la línea de conducta de los Veedores del Sagrado
Milagro del Vino Antes de la Última Cena; quienes consideraban que las mujeres tenían una
deuda con la Santa Historia Sagrada; habida cuenta de su participación como lideresa en las
acciones de erotismo que configuró el Pecado Original.
Lo cierto es que la designación de Plutarco Cristo Villalobos Comienzo, como legítimo
vengador, fue unánime. Y este mató a Aristarco Josué Hermosillo Crown, en el Altar del Divino
Niño de Villa Adelaida, cuando se masturbaba ante el ícono de María Magdalena.
Uno más dos es igual a cuatro por cinco, menos el triple de la edad de Bonifacio que nació dos
unidades antes del año que se configura a partir de sumar cuatrocientos al cuádruple de la
edad de Antonio Buendía quien, a su vez nació diez años antes del dictador Benjamin Cuadros
Carvajalino, quien ejerció mandato por cuarenta años más que el doble del ejercicio mandatario
de Napoleón Isaac Ternera y Valdés, discípulo de Aureliano del Mar Ascencio Espartaco, quien
gobernó con mano dura a su pueblo, durante un sexenio antes de la llegada del primer crucero
efectuado por Cristóbal Amparado Villagracia, en la primera década del siglo en que se
celebraba el primer milenio del nacimiento de Joaquín Esperanto Hinojosa Velásquez, veedor
designado por el Santo Oficio con aplicación a las Islas Vírgenes, el día setecientos posteriores
a la llegada de José Vicente Bonaparte Pigmalión al territorio de los seguidores de Cástulo
María Costumbres Bajas. De todas maneras, todo esto sucedió el mismo día en que Efrén
Calcáreo Manteca y Manteca, engendró en Rubiela Iris Valbuena Gonzaga, a Perverso Elías
Mujica Mojica; que nació el ventidos de enero del año posterior al asesinato de Santa Brígida
Iriarte Montoya. De todas maneras dicen, que este asesinato no fue antes del sepelio de
Deogracias Monserrat Villaprimera, quien había sido muerto por Diógenes Patricio Arizala
Vengoechea, justo cuando este cumplió el doble de los años de Eugenio Amparo Solkito Solito;
que había nacido cuarenta años después de la canonización de Esperanzo Ezequiel Vargas y
Pamplona; acto sublime realizado en el cuarenta y dos después de la llegada de Herodes
Pasacaballos y Manrique al Trono heredado de su padre Misael Eugenio Patriarca y Sab andija.
Y, resulta que, me metí con las probabilidades. Un día cualquiera en que volvía del lago hasta
la casa. Los peces eran unos dos mil. Tiré el anzuelo y me puse a hacer cálculos. Que, si pica
uno, la probabilidad es un cociente: uno sobre el dos seguido de tres ceros. O sea 0.0005. Y
peor aún, si lo que quise pescar fue un salmón. Pero resulta que allí no hay salmones;
entonces la probabilidad es nula.
Y, cuando fui donde Pilar, ella me dijo que en el colegio le dijeron que el profesor dijo que el
rector la necesitaba, para que le ayudara a resolver el siguiente problema: SI José tiene tres
pares de moscas y tres pares de piojos. Y resulta que José le preguntó a su madre que
cuántos pares son dos pares de moscas y uno y medio par de piojos; sabiendo que se
encuentran en una bolsa no transparente y que el compromiso es realizar un solo ejercicio.
Entonces, que probabilidades tiene José de que en ese único intento.
Cuando me preguntaron por el resultado numérico de mi escrito, solo acaté a decir: de todas
maneras, no lo sé; pero supongo que es el mismo del cálculo realizado antes del año primero
de mi nacimiento, después de Monomatías Alfaro Gutiérrez, quien fue mi tutor, hasta el día 450
después de haber terminado su mandato Diosdado Hércules Bonifacio Martínez Vargas., en el
reino de los inventores del absurdo algebraico.
Lo de esa niña matada y destrozada, me conmovió tanto, que me puse a pensar. A divagar. Me
asustó, por un momento, la idea de que pudo ser ella, la Nana.
8
La vi una sola vez. Cuando asistí a la fiesta de los garbanzos, celebrada en Las Colinas de
Santa Cecilia. Estaba con vestido azul absoluto. Con decorados en ese color broncíneo que
solo admiramos quienes hemos estado en el Mediodía.
Pero cuando enhebraron su cabeza con aquellos hilos y aquellas agujas, en oro puro, sentí que
todo daba vueltas en mi cabeza. Cuando la vi verter sangre a cántaros, con sus ojos hacia
fuera, como queriendo buscar el piso que ya no la soportaba. Cuando vi sus cabellos
arrancados y en jirones. Cuando la vi despaturrada en el sofá; con su boca balbuceando el
dolor inmenso de la tortura.
Sentí que no daba más, que me había transformado. Que había pasado de ser el amante
sincero y diáfano; al rol de lapidado en las tinieblas de un entorno pútrido.
Todo, porque Heriberto Sanjuán me había confesado que estuvo con ella y que la hizo gritar,
en un desvarío asociado con el placer que nunca yo había podido provocar.
Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de
palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le
dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar.
Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él
era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su
responsabilidad.
Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las
arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir,
tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera
absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al
acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas.
Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de
las crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre
y madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más
estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción
constante con la calidez.
Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en
Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió
como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron
abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a
España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias.
Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las
orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no
se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera
en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de
los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades.
Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es
un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más
creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los
socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza.
…Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para
mí, era un domingo de 1936. De todas maneras, es necesario aclarar que nací en 1975 y que
ahora, en 2000 estoy adportas de una nueva jornada de trabajo, en la empresa siderúrgica a la
cual estoy vinculado.
9
Vivíamos en el barrio llamado Andalucía. Un territorio áspero. No solo en lo que tiene de
rugosidad geológica; sino también en lo que hace referencia a su perfil cultural societario.
Lugar de profundos baches entre cuadra y cuadra.
Como cuando empezaron a llegar las familias que venían en búsqueda de un respiro. Fuimos
creciendo. Empezaron a aparecer los quiebres en las ilusiones. Y llegó la perspectiva de
ilusiones centradas en lo inhóspito. Ese afán de reivindicar la certeza en la validez del todo se
vale.
Esas eran Inés y Torcoroma. De una hermosura absoluta. Unos cuerpos que incitaban a
claudicar en eso del respeto a las mujeres. Casi como cuando en actuación pérfida, decíamos
aquí todo se vale; pero que las tengo las tengo.
Y comenzaron los actos fallidos. Como quiera que se abriera camino en nosotros el entendido
de los parches y las bandolas. Que aquí y allá. Que ayer le di de baja a esos pirobos. Que
anoche me consumí a la Magola. Que vino el patrón y me batió suciera por aquello de no tener
listos los changones. Y que llegaron los tombos y que les dimos chumbimb a a la lata. Y que me
absorbí todo ese hermoso polvo y que llegué transido a la casa. ¡Y que no me abrieron, Y que
grité! puta la madre para todos ustedes ¡
Pero Inés tenía su tumbao. Se enamoró del viejo man de Federico. Y se le entregó ahí, de una.
Pero resulta que Inés se lo había prometido a ese pinchao de Luciano. Porque, a decir verdad,
este era todo un galán. Claro está que le ayudaba el hecho de ser el brazo amigo del Patrón.
Y, ese Luciano, se dio cuenta de que la habían inaugurado. Y le echó ácido muriático a la cara.
E Inés sufrió lo insufrible. Ciega, desfigurada y abandonada. Y yo, que siempre fui detrás de
ella, sin que se diera cuenta. Yo que me había enamorado de esa mujerzota, puse en mi mira a
ese tipito. Y le salimos al paso. Entre Tarzán, Fantasma y yo, lo levantamos. Le atravesamos el
mango con el matamarranos.
Pero todo se fue agriando. Cada banda en lo suyo; pero en lo de las demás también. Y la
Torcoroma alzó vuelo con el Traverso. Y no la volvimos a ver. Pero nos queda el recuerdo de
ese día en que nos dejó montarla a Luisito y a mí.
Y, uno de esos días, llegó la patota de los Builes y nos repartió chumbimba. Vi caer a
Samuelito y a Fantasma, después seguí yo. Sentí y vi que volaba mi materia gris por los aires.
Tal parece que me aproximaba a la realidad. Ya no eran cuentos unos tantos hechizos. Ya
bordeaba términos y acciones, cada vez más vinculadas con el entorno inmediato. En ideas,
valores y realizaciones.
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no
me di cuenta cuando fue.
Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la
nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a
esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el
albur. Por lo menos eso es lo que percibo.
10
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la
cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los
colores. Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellos y aquellas que antes fueron
notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de
vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En
ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una
mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio
de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que
vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación
parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada
para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a
la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables.
Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que
reivindiqué.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posib le medirlas. Ni
en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía
sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual
posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del
Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas
para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí,
todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y
especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e
ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra.
Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y
transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del
todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el
mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de
liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo
transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y
estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como
yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera
hacemos conciencia del significado de estar vivos.
Y se hizo. Un universo que remite a su comienzo, cada que vuelve a empezar. Cada momento
como que es una ruptura con el tiempo que se originó allí mismo, con él. El problema lo he
planteado de la siguiente manera: una vez se hizo, quedó claro que no se hacía del todo, sino
que crecería en sí mismo, engendrando energía que, a su vez, generaría otros cuerpos. En una
sucesión que tiene como constante la posibilidad de que las variables se reinventen, sin patrón
establecido. Entonces, el hecho mismo de comenzar requería una bitácora orientando el
rumbo. Pero, en sí mismo, él era su propio rumbo. Y se precipitaron todas las posibilidades de
planos lineales y circulares y elípticos y todas las formas posibles de situarse. Pero, él mismo
era responsable de su ubicación y desubicación permanente.
Y cuando se produjo nuestra presencia y nuestra inserción en el proceso, empezó a
desmoronarse el entendido relacionado con la visión de que todo es posible, menos la
posibilidad de ser condicionado. Muchos menos en lo que hace a la terminación, así sea
parcial. Pero es que, por esto mismo, la tendencia a una separación entre continuidad ilimitada
y el bache construido por nosotros, empezó a hacerse probable. Si será o no será; cuando y
como, está en nuestras manos. Ya desafiamos el poder del universo; no vaya a ser que se
desentienda de nosotros; porque entonces, simplemente, ya no vamos más.
11
Los vi venir, justo en el momento en que cruzaban el parque. Yo ya sabía que me buscaban.
Me había preparado para cuando esto ocurriera. Es decir, había comprado un hechizo, a la
señora Romelia, a la que llamaban “La Barragana”. El apodo le sentaba bien. Su tienda se
constituyó en lupanar. Desde las seis de la tarde, hasta las tres de la mañana del día siguiente;
sin descansar. No sé por qué, cada vez que paso enfrente de ese local, me acuerdo de la
canción “Trece años”, de Wilfrido Vargas. Lo cierto es que Romelia ofrecía un surtido variado,
en edad, tamaño, color, nalgas, tetas y rostros. Estaba tan bien posicionada, que hasta les
fiaba a sus habituales visitantes. Eso nunca lo había visto ni escuchado, polvos a crédito y sin
codeudor.
A decir verdad, con todo lo torcido que he sido, soy y seré; nunca había requerido este tipo de
servicio. Un poco, porque mi hembrita me satisface a cada rato. Otro poco, porque cuido mi
imagen de “pelao de bien, sin fisuras, leal”.
Me embarqué en el cuento del fleteo hace ya tres años. A veces me va bien; otras no tanto.
Pero, en fin, de cuentas, la vieja, el viejo, mi hembrita y yo, vivimos de esa rentica. Mi
herramienta de trabajo es un mataganado hermoso, brilloso. Claro está que, a veces me ha
tocado lidiar con personajes cuentahabientes demasiado brincones. Inclusive que han tratado
de rebelarse. A dos (un hombre y una mujer) los tuve que mandar al otro lado. En el primero
sentí un poco de miedo. Pero ya en el segundo viajado, con una mona muy jovencita, fue
menos traumático. La ventaja mía es que cuando es necesario mato y mato bien, sin ninguna
posibilidad de vivir para contarlo.
Me gustan varios sitios y los frecuento; porque resulta trabajito. Hombres y mujeres que van a
retirar fuertes sumos. Yo los analizo y las analizo antes. Leo en sus rostros la ansiedad y el
temor. Esto los lleva y las lleva a cometer errores básicos. Cuando salen del cajero, yo calculo
el monto. Bien sea en el bolso o en el bolsillo. Algunas y algunos llevan taleguitas o bolsas de
plástico. Los sigo y las sigo con la mirada. Espero que avances treinta o cuarenta metros. Y
¡zas ¡les caigo.
Claro que, en veces, se daña el mandado. Aparecen algunos agentes de policía; o esos
guachimanes de la privada. Otras veces, les hacen acompañamiento otras personas. Y así es
más difícil. Esto a pesar de que en cada acecho me la juego toda. Si me detienen o me hieren,
o me matan; qué más da.
Ahí vienen…, son unos manes a los cuales les quité uno de sus sitios. Me identificaron.
Cuando están a menos de diez metros, saco el hechizo…y nada. Esa vieja hijueputa me vendió
lo más malo que encontró. Lástima que ya no le podré reclamar, porque…Llegaron y me
descargaron los dos tambores. Caí al piso como cedazo. Recordé, en ese momento:” …no me
pregunte la gente quienes me han herido; no soy delator. Déjenme no más que muera. Los
hombres estamos para ser hombres, no batidores” …Y ya. Lo último que vi fue el local de la
puta de Romelia, quien me miraba riéndose desde la puerta.
12
Aldemar Loaiza Casilimas, llegó a Puerto Iris. Cansado. Había transitado muchos caminos.
Todos demasiado tortuosos. Incluso, tuvo que pasar por Puerto Abuchaibe. Lugar remoto ese.
Tanto que, para llegar a la periferia, desde Puerto Maduro hay que recorrer70000 kilómetros. Y,
Puerto Maduro a su vez, está a 8000 kilómetros de Puerto Bermejal. Y, para llegar a Puerto
Bermejal, desde Puerto Azucena, hay que recorrer 9000 kilómetros. Y este último está a 16
horas de Puerto Santísimo. Llegar hasta ahí, requiere caminar 1200 kilómetros, por pura
trocha. Y, desde Puerto Barracuda hasta Puerto Azucena, hay 2000 kilómetros. Puerto Iris está
más allá de Puerto Abuchaibe, casi 2200 kilómetros.
Lo cierto es que llegó, el viejo Aldemar. Transido de hambre. Lo esperaba en la plaza del
pueblo, Adonías Bermejo. Este había llegado hacía ya treinta años. Dicen que llegó en
paracaídas, lanzado desde un avión de la Fuerza Aérea Agustiniana. Lo lanzaron en la noche
de un jueves santo. Al tocar piso, por esa vaina de ser la primera vez, se rompió el tobillo del
pie izquierdo. Como pudo, se arrastró hasta el Comando Miguel Farías. Este Farías, también
llegó en paracaídas. Pero no tuvo la fortuna de Adonías. Cayó en la Laguna de la Bizca. Allí se
hundió, enredado en el paracaídas y se ahogó. Lo consideran, por eso, héroe nacional. Y
llegando, Bermejo, el de guardia le gritó: ¡santo y seña! Adonías que iba a saber de eso. Dos
tiros le pegaron el soldado Manzano. Uno en el otro tobillo y el otro le destrozó la oreja
izquierda.
Y, como son las cosas. Resulta que Aldemar conoció, en el pasado, a un teniente de nombre
Abigail Manzano Fonseca. Que resultó ser el abuelo del soldado de guardia. Por esas cosas de
la vida, Aldemar y Bermejo, estuvieron juntos en la Batalla de La Salada. Un pueblito a orillas
del río llamado Miserable. Allí combatieron a los dirigidos por Marcio Matacandelas, guerrillero
de vieja guardia. Este Marcio se había hecho capitán, ungido por Romualdo Gualdrón. Este
estuvo en la Batalla de San Benito Abad, pueblito localizado en la ribera norte del río
Espantapájaros. Allí recibió de Jacinto Paz, a su vez guerrillero desde que tenía diez años, el
mandato de acabar con el Batallón Santa Brígida. Tenebroso, por cierto. Estaba al mando el
Coronel Abundio Armendáriz Alonso. Dicen la leyenda que este Coronel había mandado a
fusilar a doscientos niños y trescientas niñas. Todos y todas hijos e hijas de los cien guerrilleros
que atacaron al Comando Ezequiel Perdomo, situado en las afueras de Guayaran, municipio
adscrito al departamento Norte, que abarca todo el sur de la circunscripción Occidente.
Volviendo con lo de Aldemar y Adonías, se abrazaron calurosamente. Caminaron hasta la casa
de Bermejo. Allí, el viejo Aldemar, saludó a Paulina Natividad, esposa de Adonías.
Sucedió una cosa muy rara. Al otro día, ni casa, ni Adonías, ni Paulina, ni Aldemar. Lo que
dicen es que se los y se la tragó la tierra con todo y casa. Desde ese día todos y todas se
vieron obligados a conocer el santo y seña. El cual, por disposición militar de alto rango,
cambiaba cada tres horas.
13
…Y yo ahí. Susurrando el nombre de la Nana. Para ver si venía en mí rescate. Porque ya no
soportaba tantas palabras. Tantas ideas. Era necesaria una pausa. Y la añoré. Pero no
aparecía.
Cuando la vi partir, sentí eso que las abuelas llaman guayabo (pero diferente al guayabo
producido después de una rasca). Este es algo así como cuando uno siente que el piso se
abre, para propiciar el hundimiento físico, a más de que el alma se dispara hacia otra galaxia.
Y, el problema para alguien como yo, es que soy ateo. Y, por lo tanto, creo que no tengo alma.
Eso de ser ateo tiene sus más y sus menos. Yo empecé a no creer en dios, cuando conocí a
Misael Pavallón. Tipo interesante ese. Lo primero que hizo para convencerme, fue mostrarme
una foto tomada al Santo Padre, treinta años atrás. En ella se ve Teófilo V, desnudo bailando
con una joven que por vestido tenía una tanga.
Cierto es que me conmovió la escena. Porque yo estaba acostumbrado a rezar los mil jesuses,
el día de la Santa Cruz. Además, asistía con devoción al rosario de aurora, que se realizaba el
primer sábado de cada mes... Cierto es, también, que metía en el fogón, atizado por carbón de
leña; para erradicar mis pecados. Que, por cierto, eran bastantes: deseaba la mujer del prójimo
representada en Inés Elvira, una mujer con un cuerpazo que no puede pasar desapercibido.
Siendo el problema, que está casada con Belisario Guacaneme, un boyacense especializado
en voliar machete a lo loco, cuando se emborracha. Cosa que, en él, es casi a diario. El no
robarás es puro cuento, para mí. Porque me acostumbré a viajar en Transmilenio y meter la
mano en los bolsillos de los hombres y en el pecho de las mujeres. Me ha ido bien, gracias al
cielo. El no matarás no me convence. Mucho menos desde el día en que maté Fermín
Casagua, porque le tocó las nalgas a Teresita, mi mujer todavía para ese tiempo. Lo de no
jurar el santo nombre, en vano me parece una pichurria. Cada vez que me bajo del
Transmilenio, después de trabajar, digo “Pa mi dios que no lo vuelvo a hacer”.
En fin, que, a ese man de Misael, no le costó mucho trabajo convencerme. Como quiera que ya
yo tenía predisposición a ser ateo. Por lo menos ya iba en la mitad del proceso.
Y el guayabo desapareció a los nueve días, cuando le declaré mi amor a Juvenal Patagrande.
Es hermoso y no está comprometido. Se hace llamar Isabela; según él en nombre de su primer
amante. Al que mataron un día después de haber jurado juntos (as) amor para rato.
“…No tuvo tiempo de montar en su caballo, pistola en mano se le echaron a montón. Me llamo
Juan les gritaba y soy muy macho, cuando una bala atravesó su corazón…”
Esa es la canción que más me gusta, de Miguel Aceves Mejía. La tatareo a cada rato.
14
Sigo trabajando en el mismo taller. No es mucho el salario; pero que le voy hacer. Con la
misma novia, estaba hasta hace quince días. Con ella, iba al cine todos los domingos. La besé,
por primera vez, un domingo apenas el operador apagó las luces. Claro que ella, Isolda
Dosquebradas, estaba estudiando en el único colegio del pueblo. Por cierto, con un nombre
muy peculiar: “Alegría de Aprender”. También es cierto que cursa ´décimo grado. Un poco
tarde llegó, ya que tiene 24 años. La otra vez tuvo una dificultad con algunos padres y madres
de familia. Siendo el colegio mixto, sucedió que Isolda se enamoró de Apolinar Suescún. No lo
voy a negar, pero ese pelao de catorce añitos, es bello.
Cualquier domingo, retomando el hilo, estando en la iglesia “Divina Providencia”, un hombre
encapuchado, le disparó a Isolda. Cayó muerta al instante.
Desde ese día estoy muy solo. En el taller no he rendido lo suficiente. Tanto que su
administrador, Valeriano Arracacha, me ha preavisado. De otra parte, lo que coloquialmente,
llaman “malas lenguas”, en el pueblo no se cansan de repetirme el mismo cuento: Isolda fue
muerta por Funerario Martínez; padre de Pandora Martínez, una adolescente de catorce años.
Todos y todas coinciden en explicar la muerte. Isolda era amante de Pandora.
15
En mi oficio de vigilante, he asistido a un sinnúmero comportamientos. Como aquel, ese día
sábado 4 de febrero, cuando la señorita Sandra Magola la del 304, torre B, bajó del Mercedes
Benz. Casi no pudo hacerlo. La pequeñita falda color naranja, parece que se le enredó. O el
tipo que la traía quería quitársela. Lo cierto es que la señorita Sandra, me miró como
suplicante, para que no le contara nada a su padre Pantaleón. Tenía fama de bravero con las
mujeres, incluyendo a su hija. De seguro que haberle contado, le hubiera colocado el cinturón
de castidad. Dicen que el ejemplar que tiene data de cuatro siglos. Fue, sucesivamente
heredado. Supe que ese malparido ya lo había utilizado. Una vez con quien fuera su novia, es
decir Virgelina. La segunda vez se lo colocó a la señora Angelópolis, durante tres meses. Esto
lo hizo, porque tuvo que viajar a la Ciudad Eterna, para entrevistarse con el Papa Julián 34.
También me acuerdo del rollo con el señor Salatiel Molina. Habitaba la 307, torre Z. Resulta
que lo pillé el 31 de enero besándose con Françoise Mitterrand, el pelao del 401, torre 57. Lo
conocen todos y todas ellas y ellos: vale la pena recordar que en esta unidad residencial viven
aproximadamente, dos millones de personas. Al menos esa cifra la dio el Dane, en el último
censo, realizado en 2035.
Es menester contarles a ustedes lo que observé un jueves santo, como a las ocho de la noche.
Resulta y pasa, que la esposa de don Jeremías Escalera, que habita con ella en el 5001, Torre
AACC. Y yo vi que doña Pavarotti entró por una de las ventanas de la torre ZXXI.
Concretamente en el 2004. Sacó lo que más pudo en dos viajes. A dona Pavita, como le dicen
aquí en unidad, la vacuné me entregó mil USA dólares Claro que ella llevaba en ese maletín
más de un millón.
O como la noche aquella del 31 de diciembre, del año pasado, cuando don Belarmino Posada,
el del 4378, torre XVCD, se le montó a la ternera que tenía para celebrar a las 12 PM. Cuando
él se percató de que yo lo había visto; me ofreció una montadita en Virgelina así la llamaba don
Belarmino). Yo lo hice. Pero, desde ese mismo día no le logré quitar a mi pantaloncillo ese
color terracota. Dicen que Virgelina tuvo dos hijos. Todos dos se parecen mucho a mí, en los
ojos. Y, a don Belarmino, le sacaron los cachos. Y dicen que esos cachos del Belarmino, los
obtuvo, lo que hace que Marcos Amazará llegó acá, a la unidad residencial… y visitaba
Pavarita, cuando el señor Belarmino salía para su trabajo
16
Eso de andar por ahí, como vago; recorriendo las calles, tiene sus ventajas. Una de ellas, tiene
que ver con conocer hasta el último recodo del barrio. A la vez, esta información me ha servido
para indicarles a los traquetos, que tienen azotado el barrio. Pero a mí no me importa nada de
eso. Lo mío llega hasta conseguir la yerbita. ¡Nada más! La cosa siguió así; hasta un domingo
2 de enero. Creo recordar el año: 2040. Cuando llegaron los manes, como era de rutina. Más
de cien soldados y los 40 policías. Además de los vecinos y vecinas inscritos en el cuadrante;
estaban parapetados. Desde sus sitios dispararon sin discriminación. No solo murieron las
joyitas; también algunas personas habitantes del barrio que llegaban de sus trabajos.
Ahora bien, en este momento me están sacando un ojo con un alambre. Es que fui acusado de
soplón. Yo lo estoy negando. Igual da, si me matan ya sé que Josefina y mis dos hijos, podrán
sobrevivir. Tienen la reservita que les dejé. Una venta a domicilio desde el azuquitar hermoso;
hasta el bazuco. Este lo reservamos para la plebe viciosa.
17
Y, cómo son las cosas, estoy aquí desde hace cerca de veinte años. He permanecido como
estatua. Con la dificultad que eso produce. Cagado, llena mi cabeza de estiércol de paloma.
Siendo así; nunca he sabido porque las llaman refertes de la paz.
Cada minuto, trato de bajarme. Pero el esfuerzo es inútil. Por cierto, hoy 14 de enero, las otras
estatuas que me acompañan, me dieron un regalito. Consiste en dos barras de jabón rey
(blanco azul, como decía mi madre) Estoy distanciado de mi familia. No los veo ni las veo,
desde hace cuarenta años. Fueron trasladadas y trasladadas sus estatuas al Jardín Botánico.
Debió haber sido por buen comportamiento. Les cuento, de paso, que tenemos autorización
por parte del Gran Jefe Otilio Uribe Pastrana Samper. No le tomo el pelo a nadie. Así se ha
autodenominado el Gran Jefe; para orinar y cagar a las 9: p.m., cada día.
Cuentan que, a partir del día en que fuimos remplazados y remplazadas, por estatuas; cada
día, se celebra una especie de acto simbólico, con el cual se recuerda el día en que se dictó
por decreto la paz en este territorio. Por fin habían encontrado el remedio, por la vía de la
lobotomía. Inmediatamente terminó la ceremonia, orinamos y cagamos al unísono.
18
Me sonó la propuesta de doña Alquería, mi vecina. Es muy simple. Se trata de asesinar a su
esposo Leopoldo Gracia Vallejo. Ella me seleccionó, después haber analizado a cincuenta
candidatos, entre hombres y mujeres. Es de resaltar que el número de mujeres candidatas
superaba al de los hombres. Concretamente una proporción de cuatro a dos. Por lo menos en
este procedimiento, doña Alquería Bohórquez, cumplió con la Ley de Cuotas, aprobada desde
hace cerca de 100 años, pero nunca ha sido reglamentada.
El hombre al cual debía asesinar, conoció a Alquería, un domingo, mientras ella jugaba tejo y
bebía cerveza, en un local próximo a la Embajada de Italia en Colombia. Preciso, en ese
mismo domingo, Berlusconi atendía una rueda de prensa. Que, a su vez había sido citada a
raíz de una acusación en su contra, por varias mujeres niñas, en términos de asedio sexual.
Y, resulta, que lo que pasó, fue en una fiestecita convocada por el mismo sujeto acusado. Pero,
también es de tener en consideración, el hecho siguiente: Mermelada Martínez, conoció al
obispo Mardoqueo González oriundo de ciudad Inmaculada, capital del reino que vio nacer a
san Raimundo. Pero, a la vez, Raimundo, fundó la ciudad que vio crecer a Berlusconi. Lo cierto
es que Aurelia Jacinta Balbuena Meneses, conoció a Benjamín Miranda, primo de la vecina de
Emperatriz Aldana. Quien, a su vez, vivió, en San Isidro Labrador, ciudad no muy lejana de
ciudad Altagracia, capital de Alsacia Tercera.
Pues bien, esta última le había concertado una cita a Mermelada, con el yerno del poderoso
dueño de las comunicaciones en el país del cual era primer ministro-presidente-jefe. Isaías, así
se llama, tenía la posibilidad de contactar al tío de Emperatriz, de nombre Ezequiel
Peñarredonda; para que le dijera al oído, al suegro, algunas palabras relacionadas con la
importancia de contactar a Enrique Vellosa, plenipotenciario, nombrado por Cartujo Santos
Gaviria. Hacerlo, le decía Ezequiel a Enrique, es muy importante dada la posición estratégica
que Cartujo tiene sobre el espectro electromagnético en casi 600 de ciudades en el continente.
La cita se realizó en la Iglesia Divino Salvador, basílica del bello Puerto Lérida, una ciudad muy
pequeña, pero suplía con creses su tamaño, con la enorme oferta de muchachos y muchachas,
dispuestos y dispuestas a lo que sea.
Finalmente, la entrevista se realizó. Y Berlusconi fue presentado ante Mermelada. Ya, cuando
esto se dio, Emperatriz y Mermelada eran nombradas plenipotenciarias en reemplazo de
Enrique Vellosa, quien había caído en desgracia con Cartujo.
Yo cumplí con el encargo. El esposo de Alquería, don Leopoldo, fue encontrado muerto en uno
de predios cercanos a Villa Mercedes. Intuí que el asesinato fue ordenado por Enrique Vellosa.
El motivo nunca lo conocí.
Estoy, aquí en Villa Lorenzo, disfrutando el millón de libras esterlinas que recibí como pago.
19
Era tal y como me lo habían descrito; esa tarde calurosa de agosto. Lo vi entrar. Me miró de
soslayo. Como miramos los sicarios. Pretendiendo pasar desapercibidos
Yo entré al negocio, desde que tenía catorce años. El comienzo no fue fácil. Por lo mismo que
no tenía experiencia. Ya después me adapté y me constituí en pieza clave al momento de
decidir quién iba primero y quien después de la lista que había elaborado el negro Federico
Avendaño. Este negro había trabajado varios años como informante del Departamento de
Inteligencia Absoluta que está asignado, directamente al Súper Poder que ejerce, desde hace
ya ochenta años, Sinforoso el Magno.
¡Perdón!, por haber abandonado el hilo conductor de mí relato. Iba en la mirada de los sicarios
. Sin embargo, no resisto la tentación de volver a la descripción de la profesión que
ejercía Federico Avendaño. Y, digo en pretérito. Porque, justo ayer, se suicidó ahogándose en
el jacuzzi, instalado en el apartamento de Hortensia, su novia de toda la vida.
20
Cuando niño, el negrito, dio muestras de su talento. Jugando al fútbol, por ejemplo, siempre
tuvo la distinción de capitán. Además, siempre, lo invitaban a las reuniones que convocaba el
comandante de policía; para instar a los vecinos y vecinas a que se hicieran socios del
cuadrante décimo quinto en el pequeño barrio, llamado coloquialmente El Bosque Amarillo en
recuerdo de Benjamin Pateamarillo, fundador ayer hizo trescientos años.
Corriendo el tiempo. Su familia alzó vuelo trasladó hacia el barrio El Reventón. Dicen que allí
yacen los huesos de San Helidoro; patrono de toda la provincia.
El negro Avendaño, se quedó en barrio. Vivió sólo en la casona de doce cuartos y tres baños.
Se me olvidó acotar que, la familia la constituían dieciocho personas: mamá y papá y dieciséis
retoños. Eran ocho mujeres y ocho hombres. Lo llamativo es que eran cuatro parejas de
gemelos y gemelas. O sea que fueron solo ocho embarazos. El padre de tres parejas de
gemelas y tres parejas de gemelos era un señor que vino a trabajar con el Ferrocarril Nacional
que cubría todo el país. Reconoció a sus hijas. Cada viernes primero de cada mes, llegaba un
sobre dirigido a la madre. Con esos centavos se mantenían. Pero también, es cierto que nunca
les dio el apellido.
Ahora bien, tres de las parejas gemelas de los varones, eran hijos de Ponciano Reinoso. Este
si se dio el ancho. Es decir ¡qué hijos ni que nada! Apolinar Avendaño, padre de Federico, se
supone hijo de Apolinar. La casona era una heredad de Ernestina, madre de todos y de todas
Cuando quedó solo, Federico, se vinculó a la banda que se hizo llamar “Los Angelitos Tiernos”.
Planeaban y ejecutaban ellos mismos, sin intermediarios. De allí saltó a guardaespaldas de
Trinidad Asprilla, madre del Súper Poderoso Sinforoso El Magno Angarita. Dicen que, en el
hogar de Trinidad, o sea de Trinidad y Jeremías, sucedió lo mismo que el hogar de Federico.
De ser guardaespaldas, pasó a ser coordinador del grupo (había setecientos) que actuaba en
la región oriental del país. Desde allí fue promovido al cargo que tenía hasta ayer.
Lo cierto es que, en mi caso, me mató mi colega; por orden de Federico. Nunca supe porqué.
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Iván José Balboa Sarmiento se levantó esa mañana, lejana en el tiempo ya. Había pasado la
noche en vela. No podía olvidar su ruptura con Berenice. Cada que cerraba los ojos la veía tal
y como estaba vestida. Con esa falda ancha multicolor. Los zapatos con la amarradera hacia
atrás. Y la blusa que dejaba ver sus hombros tatuados con figuras diversas, pero que
armonizaban en su conjunto; realzando esa piel morena. Siempre me decía a mí mismo que
ese color era su patrimonio inembargable.
Desde niña, con apenas cuatro años, Berenice impactaba a los vecinos y vecinas. Tanto así
que no permitían que sus hijos e hijas jugaran con ella. Berenice tenía un escenario lúdico en
su cabeza. Tanto juego conocía. Podía jugar uno distinto cada día. Pero, más que eso,
impactaba por su capacidad para reflexionar en torno a los hechos cotidianos. Como esos
centrados en el quehacer femenino. Ya, a esa edad, podía explicar con muy buena
fundamentación, porque las mujeres sangraban cada veintiocho o veintinueve días. Además,
conocía como y por donde nacían los niños y las niñas y su causa. Es decir, algo así como
entender porque les crece barriga a las madres. Y sabía, además, porque debe haber
previamente una relación entre las mujeres y los hombres.
Y, todo esto, lo había aprendido teóricamente en los tres tomos de enciclopedia que había e n
casa. Pero, también y en físico lo supo deducir, cuando papá y mamá, jadeaban cada noche,
mientras él y ella suponían que ella estaba dormida. Y es que no le gustaba dormir sola,
porque en sus sueños aparecían visiones. Como esas en que una señora y un señor eran
desalojados del territorio en que vivían, por una mano resplandeciente. Si bien no podía ver el
rostro, dueño de esa mano.; si podía intuir que estaba muy enojado. Y les decía “Ya que
preñaste y que fuiste preñada, sin mi consentimiento. De ahora en adelante tendrán que buscar
otro sitio para vivir.” La desnudez de él y de ella no era tanto porque el designio de ese ser
dueño de la mano. Más bien, mucho más creíble es que, en ese momento de la expulsión,
estaban bañándose en uno de los ríos de la región y la mano no les dio tiempo para vestirse.”
Cuando Berenice le comentó a su maestra en el colegio; María Cartuja, convocó a papá y
mamá. Lo que más le preocupaba a la maestra, fue el hecho de que la niña lo había expresado
delante los otros niños y las niñas.
Desde ese día, no pudo jugar colectivamente. A pesar de que la ponía muy triste. Pero hasta,
cierto punto, le gustaba que las cosas hubieran salido así. La soledad era para ella una amiga
inseparable.
Pero, volviendo al cuento de mi separación con respecto a Berenice; puedo decir que el hecho
de levantarme ese día, significó para mí un esfuerzo tan grande que inmediatamente lo hice,
sentí un cansancio igual...y volví a acostarme. Me quedé dormido, tanto tiempo que, al
despertar otra vez, encontré a Berenice sentada en la cama. Había envejecido tanto que la
reconocí, solo por sus hombros tatuados y por la cicatriz que tenía, producto de la quemadura
que le infringió su padre, cuando la encontró recitando los versos de Porfirio Barba Jacob, de
Miguel Hernández y Pablo Neruda. Justo, en ese momento, recitaba el Canto General. Eso
había sucedido setenta años tras: Lo reafirmo, porque recuerdo ese día, veintiocho de octubre
del año en que aprendí a escribir. Lo corroboré, cuando me acordé que había dejado mi nave,
en la cual le di la vuelta a la Tierra. Y ya habían transcurrido siete años desde que estuve en
Marte, haciendo una diligencia de la familia.
No le hablé, ni me habló... Simplemente sentí el dolor en el bajo vientre, cuando Berenice
hundió hasta la empuñadura, el cuchillo con el que, también, había matado a su padre, al día
siguiente en que se produjo el castigo.
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Si me preguntaran hoy, porque regresé. Diría que no lo sé. Simplemente, así escueto; sin
palabras mentirosas acerca de lo bien que estuve hace ya cuarenta años. Cuando exhibía una
risa a cada momento. Pretendiendo ilusionarme a mí mismo. Como cuando lo hice a tres años
de mi nacimiento. Recuerdo que, en ese entonces, ya tenía mi tránsito definido. Por escenarios
de vida y que iba a repetir cada año. Si mal no recuerdo, la repetición, del año tercero, fue la
misma del año quinto. Y la del año segundo fue igual a la del año sexto. Como pueden
evidenciar la cotejación aritmética hablaba de una diferencia que inició en el tercer periodo
hasta el quinto. Pero que, si contamos desde el año dos hasta el sexto. Me preocupó más, el
saber que, el primer año y el séptimo, no estuvieron en el inventario de vida que hice cuando
cumplí el veinteavo año.
Ahora que estoy en el año cincuenta y tres, contados a partir del año trece. Son, entonces,
unos vericuetos no esperados. Mucho menos entendidos y/o interpretados. Lo cierto es lo
siguiente: he sido un sedentario que anhelaba visitar varios sitios a la vez. Como queriendo ser
nómada continuo. Una posición estática que reñía con la ambición de asumir la velocidad y la
aceleración. Y no simple fórmula; como quien empieza discernir una prueba de conocimientos.
Una prueba parecida a la ruleta rusa. Porque, en esos cuarenta años que viví con ése tósigo,
día a día quería que fuera otro día y no ese. Algo parecido lo que le sucedió a Aristarco Paz
Prisco, ese día en que cumplió noventa y dos años. Es decir, los mismos que el viejo Peralta
Suescún. Si bien es cierto que ambos establecieron relación conmigo. No es menos cierto que
nunca se conocieron.
Al cumplir ochenta y cinco años: recordé los días vividos con Lucía Andrea Peralta, como si
hubiese sido ayer. Por cierto, Lucía Andrea siempre me manifestó su desilusión y su desaliento
por llevar solo el apellido de su padre. Ya que su madre no la reconoció como hija suya. Dicen
que la dejó en la habitación sola y con una nota: “creo que esta niña no es mía, sino de la
amante de su padre. No sé por qué y cuándo quedé embarazada. Tal vez fue el día que estuve
donde Aristarco. ¡Sí, ese mismo que ya completó quince hijos de madres desconocidas! ¡”
Decía, lo de haber vivido con Lucía Andrea. Cuando la conocí, todavía no cumplía los setenta
años. Estaba entre sesenta y siete y los sesenta y ocho. Más joven que yo, si era. Cuando la
embaracé, prefirió el silencio cómplice consigo misma.
Ese día, el de mi aniversario ochenta y cinco, encontré a la niña en su cuarto. Con una nota
similar a la de madre de Lucía Andrea, cuando postuló a Aristarco como beneficiario del
embarazo; ya que seguía sin entender la dinámica de la genética. Mucho menos entendió el
hecho de haber sido amante, desde los diecisiete años, de una gran cantidad de hombres. Por
eso, cuando estuvo con Aristarco, se hizo la promesa, en el sentido de no volver a repetir los
años que había vivido. Prefería endosar a su hija a Aristarco por haber sido su último amante,
después de haber tenido el penúltimo, La cuenta acerca del número de amantes que cruzaron
por su camino, era un secreto. Algo así como una sumatoria no compartida.
Y, entonces ese día de aniversario, comprendí que no tengo mucho que contar. Lo de Lucía
Andrea, ha sido mi cuento preferido y único desde que la conocí. O, tal vez, hubo otro hecho
relevante: sucedió justo el día en que cumplí sesenta y cinco años. Algo así como el haber
encontrado a mi padre. Ese día supe que mi madre no me dio el apellido. Simplemente porque
no se acordó de los amantes. Fue una madre anónima. Algo a parecido a lo que sucedió con la
madre anónima de Lucía Andrea.
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Lo que voy a contar, seguro que no lo creerán. Ni siquiera el 0.001 por ciento. ¡Pero, en fin, lo
cuento ¡a sabiendas de que seré leído, al menos por ese 0.001 por ciento. Al fin y al cabo,
según mis cálculos, sobrepasa el límite mínimo establecido.
Resulta y pasa, en términos de lo probable, que antes de asumir la decisión de contar lo que no
ha sido contado, contaré lo que tampoco ha sido contado.
Se trata, pues, de establecer la diferencia entre lo que no ha sido contado y lo que tampoco se
puede contar sin el permiso de la persona que sufrió y vivió la aventura primera y la segunda.
Algo así como retomar el hilo conductor de lo que Prometeo juro hacer y pago caro por eso. Es
decir, volviendo al cuento de lo que he anhelado contar desde muy niño, más o menos
parecido Cuando Elvira Quintana escribió y publicó, su “Alegría de Leer”.
La pista es más o menos así: por E y B, se puede escribir “El Enano Bebe”. Lo que pasa es
que el enano de la cartilla tenía problemas de alcoholismo y por esto bebió tantas veces como
unidades publicadas de “Alegría de Leer”. En Medellín, por ejemplo, se publicaron más o
menos siete mil unidades. Y parece que el doble se publicó en Bogotá. Alguien cuenta, además
que en lo que se ha dado en llamar “Viejo Caldas”; es decir antes de la partición en tres
(Quindío, Risaralda y Caldas propiamente dicho); se publicaros trescientas veinticuatro.
Un amigo mío me contó que, el Departamento Nacional de Estadística (que de paso asevero
que no se llamaba así, en ese tiempo), midió el nivel de analfabetismo, a partir de contar la
cantidad de cartillas publicadas y vendidas. Entonces, en Medellín, había más personas que
sabían leer, que en el Viejo Caldas. Pero lo que pasa es, que una cosa es saber leer y otra
saber escribir. Además, que otra cosa es saber escribir. En mi ciudad aprendieron tantas
personas a escribir y leer tan rápido; porque se trataba de aprender y unir las letras S I C A R I
O.
Pues resulta que los que saben leer y escribir al mismo tiempo, es más o menos un porcentaje
cercano al porcentaje que sabe leer y escribir en la Patagonia. Claro que ya, La Patagonia, se
escribía Malvinas. Es decir que ya los ingleses habían hecho suyo ese territorio argentino.
Pero, al menos por ahora, no me meto con decisiones políticas y, mucho menos con
avasallamientos militares. Porque, de ser así, tendría que reescribir lo sucedido en medio
mundo y un cuarto.
…Pero, perdón si los interrumpo, vuelvo a eso que quería contar desde el principio. Es decir, lo
que nunca va a ser contado, por decisión de alguien que lo supo contar y que ahora maneja las
verdades relacionadas con lo que sí se pudo contar, primero hasta la medianoche del día
veintinueve de febrero de los bisiestos. Nada más sencillo de entender. Es, más o menos, lo
mismo que le sucedió a nuestra Policarpa que, siendo mujer, impuso condiciones en torno a lo
relevante en la lucha independista. Pero, ya está claro, que no le creyeron por ser mujer. O, al
menos minizaron, su valentía. Es, más o menos guardada las proporciones, lo que sucedió con
Manuelita, la amante libertaria. Es decir, que don Simón Bolívar, se adueñó de su cuerpo, pero
no de su alma; si por alma entendemos la ternura y la capacidad par disentir.
Pero, volviendo al cuento de lo que decía primero. Es decir, contar lo que no se puede contar,
me puse en la tarea de redefinir la diferencia entre lo que no se cuenta y lo que no se puede
contar. Más preciso: es aquello que tenemos en la memoria, pero que no se nos está dado de
recordar. Lo más grave es aprender que el oficio de taxidermista, tiene algo que ver con la
reducción, a la fuerza, de las cabezas. Y, como en la cabeza están los esos. Y como los sesos
son el cerebro; en conclusión, son reducidores de cerebros. Eso, de por sí, ya es muy grave.
Porque sesos reducidos son similares a la lobotomía. Y, tal parece, según me lo dijo un día
Aureliano Casiano, casi la mitad de los que habitamos este mundo, tienen o tenemos la cabeza
reducida. Me incluyo yo, ya que parece que estoy aturdido de no saber pensar. Mucho más
grave, de tener un vago recuerdo de la libertad. Pero, como en estricto, la libertad es etérea
para muchos y muchas. Solo es válida para los que reducen cabezas. Teniendo en cuenta la
advertencia de que los reducidores de cabezas son cerca del cero punto. Cero, cero, cero uno.
Bueno, ya es hora de decidir si puedo o no contar lo que iba a contar. Es, más o menos volver
a repasar paso a paso, si lo que queda en mi memoria es un porcentaje que vale la pena
contar. A decir verdad, creo que si yo estoy cansado de decir que voy a contar lo que quien
sabe si puedo contar; como estarán de cansados y cansadas ustedes.
Bueno, es lo siguiente: voy a ser papá. Reflexioné tanto antes de decirlo, porque la madre del
niño o la niña que será mi hijo o mi hija, es la mismísima Virgen de Fátima. La conocí en mi
último viaje a Portugal, pasando por el Vaticano. Es decir, después de Pablo y Juan Pablo y
Benedicto. Obviamente, si cuento a muchas personas lo que debe ser sabido, tal vez no llegue
a ser el papá más feliz del mundo; por el hecho de ser papá de un santo o de una santa. Vale
la pena enfatizar en que ni soy santo ni quiero serlo, pero si sería muy feliz saber que cuando
nazca la criatura, se parezca o bien a su madre, siendo niña; o bien al sagrado corazón, siendo
niño.
Bueno, por lo menos, ya pude contar lo que tenía pensado contar desde hace mucho rato. Lo
que sigue ahora es esperar y hacer fuerza para que Fátima no embargue mi pensión, por
alimentos. Al menos ese trato hicimos, antes de ir a la cama. Más bien diría antes de ir al
yesquero. Queda claro que, una vez conté lo que tenía que contar, me pusieron por chapa el
apodo de “El Viejo del Soliloquio”. Y, a decir verdad, no me enojo por ese término, ya que uno
dormido habla más de lo necesario. Claro que, y eso sí es verdad, mi abuela paterna llamaba a
esto “hablar mierda”
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Siendo cualquier hora del día en que conocí a Mercedes, me encuentro atado. Estoy en
condiciones lamentables. Si así se le puede llamar a esa expresión de vida que no cuenta a la
hora de efectuar el inventario de los hechos realizados, durante el tiempo en que estuve
percibiéndola. Como si, cada momento, hubiera estado y está, aún, soportado en una visión y
en una interpretación proclive a la imposibilidad de asimilar las condiciones que yo mismo he
delineado. Es algo así como entender la dinámica de la vida a partir de andar indagando por el
sentido que tiene mi existencia. En un contexto, en el cual no he hecho otra cosa que proponer
un regreso a los escenarios originarios. Cuando no existían los descifradores oficiales. Cuando
existía una relación directa con los hechos. Con la Naturaleza despojada del velo que la
envuelve ahora y que nos coloca en procesos interpretativos y decodificadores, asimilados a
permisos requeridos a cada paso. De tal manera que todos y todas nos encontramos
desconcertados; con las dudas direccionadas por quienes nos trascienden, sin ninguna
concesión; implacables.
Lo cierto es que Mercedes está ahí. Recordando a su madre. Siempre se ensimisma, a la
misma hora, en la mañana. Un recorrido hacia atrás. Se sitúa en ese escenario de vida. En un
hogar conducido por su padre. Una autoridad pétrea. Sin ningún color que pudiera ser asociado
a la libertad; mucho menos a la alegría. Un individuo taciturno. Descendiente y beneficiario de
la hispanidad ortodoxa. Tanto así que, en su inventario de bienes, Mercedes y Saturnia, su
madre, fueron siempre cotejadas como cualquier carabela, o cualquier mueble heredado
Isabel, la reina, su reina.
Cuando Mercedes cumplió dieciséis años; Eusebio la acicaló con los menjurjes que quedaron,
luego de la celebración de la boda entre él y Saturnia. Olorosos, superados solo por el
incienso, heredado directamente de Baltasar, rey mago que, como todo buen mago no dijo todo
lo que sabía y con lo poco que habló le bastó para hacer de su historia, celebración perenne.
Tanto así que llevamos veinte siglos. Siglos cifrados por los antecesores de Eusebio. Se dice
que el abuelo de su bisabuelo, encontró el incienso baltasariano, enterrado en el solar de la
casa en que vivió Facundo, el dueño de la pócima del ensueño. La que, a su vez, había
recibido de Cipriano Vergara, primer amante de Saturnia I, reina de Horizontes, tierra amada
por Eusebio, pues allí conoció la primera versión de la historia del Emperador Pigmeo;
sinónimo de satrapía. Este había heredado el poder, por línea directa, de su tatarabuelo
Egnosodin Segundo, dueño de la vida y de la muerte, en un territorio que ya, antes que él, lo
habían devastado los Cíclopes, importados desde la amable Tierra del Buen Fuego.
Entonces, Mercedes, viajó sin tropiezos. Esto, después de haber renunciado a la bienamada
autoridad paterna. Por la vía de la ruptura pensada. Desde los cinco años de vida, hizo su plan
de vuelo. Llegaría hasta el límite entre la Vía Láctea y las construcciones diseñadas por su
adorado Pigmalión, venido a menos; como quiera que ya había reconstruido mil veces a la
Mesopotamia originaria; trasladada a territorio sajón; por Everardo VI, rey del universo
equívoco derivado de las ruinas, todavía incandescentes, consecuencia del primer conflicto
entre el Dios Sol y el herético Júpiter primigenio.
Mercedes, la divina Mercedes; estaba absorta ese día en que la encontré. Allí, contando
estrellas. Hábito que aprendió de Faustina, la bruja que había huido del territorio de los
inquisidores. Estuvo, Faustina, recorriendo toda Europa. Desde su Polonia amada, hasta la
Bélgica de sus sueños. Conoció al señor de los señores. Siempre repetía, de él, la misma
historia, esta:
Soñé que transcurría el año 1700. El día dos del mes de octubre, tuve la sensación de estar en
el Palacio de los Dioses. Lugar habitado por los más excelsos propagadores del buen gobierno
y de la inteligencia aplicada al mismo. De todos ellos, yo era el mejor. El más atinado. El más
representativo. Porque ya lo había demostrado, cuando regenté la municipalidad de La Aldea
de la Sabiduría. Localidad próxima a Horizontes. Expandida, territorialmente, al norte del sur
del Continente Asiático.
No debería decirlo, pero yo mismo me sorprendía por la calidad de mis actuaciones. Vertidas,
todas, al unísono. Tanto en lo que respecta al manejo de los asuntos de gobierno; como
también en lo que atañe a todas las áreas del conocimiento.
No se me escapaba ningún dato científico. Por ejemplo, descubrí que la Vía Láctea, no es otra
cosa que el camino hacia África, pasando por América. También que el número de protones en
el átomo, se corresponde con la presencia de energía en el núcleo de las células que definen el
genoma de las coliflores. Tanto es así, que publiqué un ensayo sobre fisicoquímica; el cual fue
adaptado a la enseñanza de las ciencias básicas.
Tenía, bajo mi mando, un sinnúmero de científicos que ejercían su labor en colegios y
universidades. Mis conocimientos trascendían el área geográfica de mi poder político y militar.
Navegué, en el Océano Pacífico, orientando a todas las embarcaciones que hacían tránsito
hasta Pakistán, bordeando el Cabo de la Vela.
Como podrán haber notado, yo era imprescindible. Para cualquier acción y para cualquier
enseñanza.
Ese mismo día, fui consultado acerca de los rigores de la sequía en proximidades de Alaska,
cerca de Siberia. Lideré un grupo de búsqueda de alternativas para resolver ese tipo de
dificultades. Tanto en lo concerniente a la pérdida de los cultivos de lentejas y cítricos. También
en lo relacionado con la crisis por la evaporación constante del agua en ríos y lagos.
Al día siguiente Artemisa, mi segunda esposa, empezó a pujar. Se trataba de su primer
embarazo. Ella había renunciado a la presencia de Justiniano Avogadro, el más eximio
conocedor de la técnica para lograr un parto sin contratiempos. En su reemplazo, yo la asistí.
El comienzo fue un tanto difícil. Pero, ya después, la orienté. La coloqué en posición horizontal,
en nuestra cama. Hice masajes en la zona lumbar y le apliqué acetona en cada una de las
piernas. Frotándolas de tal manera que nuestro naciente hijo, pudiera ubicar las coordenadas
en el espacioso cuarto.
Expósito, el hijo que nació aquel día, creció sin ninguna dificultad. Su inteligencia estuvo
siempre asociada a las directrices de su padre. Tanto es así que, el día que marchó al mando
del Ejército Aldeano, en contra de del Ejército de Horizontes, demostró una gran asimilación de
las técnicas guerreras inventadas por mí. Columnas y filas en posición vertical, con
desplazamientos horizontales sucesivos. De tal manera que pareciera una onda continua,
iluminada por los reflejos de un gran espejo situado en la retaguardia, de cara al Sol.
La pérdida de parte de nuestro territorio insular, a manos de los horizontences, no amilanó a mi
hijo. A mi mucho menos, porque se trató de una táctica en el contexto de una estrategia de
ceder parte del espacio, para luego arremeter de costado y aniquilar a nuestros contendientes.
Aunque el resultado no fue del todo satisfactorio; el anecdotario de la batalla, nos ha servido
para apuntalar nuestras posesiones en el norte de Rusia Central.
En 1724, concretamente el día de la celebración de nuestra independencia y de mi nacimiento,
propuse a la Asamblea de los Dioses, el diseño, fabricación e instalación de un dispositivo
electrónico en las fronteras occidental y oriental. Yo había inventado ese dispositivo. Una
simple aplicación de las leyes de Newton y de Arquímedes. Su funcionamiento estaba asociado
a la humedad. Se activaba con las corrientes transversales de viento; las cuales eran retenidas
por dos celdas situadas a lado y lado del dispositivo. Una vez liberadas, ululaban rompiendo las
barreras colocadas a manera de columnas en diferentes sectores de las alambradas
fronterizas. Ocasionando, entonces, un movimiento ondular que hacía inaplicable cualquier
arma por parte de los invasores.
Desafortunadamente, el día en que fuimos invadidos (4 de julio), hubo un movimiento lateral en
los vientos. Las celdas no se activaron y, por lo tanto, no retuvieron la cantidad de aire
necesaria para producir el sonido. Por lo tanto, tampoco hubo la anhelada ruptura de las
alambradas. Siendo así, el ejército enemigo nos penetró sin ninguna dificultad.
Sin embargo, patenté mi invento. La Asamblea de los Dioses, me reconoció como gran
constructor y me pagó honorarios en oro. Con estos recursos compré hectáreas de tierra en
capacidad de producir cebollas, garbanzos, cítricos, patatas, plátanos y olivos. Comercialicé
estos productos, a través de mi flotilla de barcos, surcando el Atlántico, hasta llegar al Volga y,
desde allí, hasta China y Japón; a través de numerosas redes comerciales. Obtuve ganancias
colosales que deposité den el Banco Ambrosiano de Marruecos.
Una vez superada la zozobra ocasionada por la desestabilización de mi reino. A su vez,
originada en dos intentos de asesinato de que fui víctima; propuse a la Asamblea de Nativos,
situada al oriente de Portugal, concretamente en el diminuto reino del Volcán; una unión
imperecedera. Una figura similar al Pacto de los Mongoles y los Normandos, en época del
Emperador Valeriano de Dinamarca. Hice ingentes esfuerzos teóricos y prácticos para ilustrar
de que se trataba y de las características de los antecedentes anotados.
Fui recibido con alborozo por parte de los Nativos. Por su propia iniciativa me obsequiaron
diamantes. Me hicieron dueño de los canales de riego y de la técnica de sembrado en terrazas.
Me declararon presidente honorario de sus posesiones territoriales en Argelia y en
Tegucigalpa.
Actualmente, rijo como Señor de Señores. Mi influencia va desde el Cono Sur, hasta la orilla
izquierda del Támesis. Pasando por Alsacia Lorena, por Acapulco y por el Principado de
Mónaco. He recorrido mil lugares, en los cuales me reconocen como huésped ilustre. Me he
erigido en Oficial Mayor del Conglomerado Universal de Hombres Ilustres.
Sigo siendo tutor de maestros en ciencias naturales y políticas. Con un escaño permanente en
la Asamblea Primigenia de Investigadores. La cual ejerce como referente para quienes
pretenden gobernar el conocimiento. He sido orientador de la Sociedad de Amigos de las
Dictaduras: Esta institución es adalid de quienes integran la Cofradía de reyes interplanetarios;
con sede en Haití.
Todo esto se lo he reseñado a todas las generaciones posteriores a 1700, en el gran territorio
de Aldea de Dios. Todos me recuerdan y me recordarán como el Señor de los Señores.
La vocinglería Faustiana, horadaba todo el espacio lejano y cercano. En un ir y venir de
recuerdos. Unos asimilados, otros no.
De todas maneras, Mercedes, ya había descifrado la progresión geométrica, vinculada con su
oficio. Sumatorias con n tendiendo al infinito. N soles; n planetas; n territorios acondicionados
Como prisiones. Como Guatánamos proyectados hacia el universo ignoto. Con sus habitantes
forzados. Llegados de la querida Irak y de Afganistán y de la India y de Pakistán y de…
Mi bella Mercedes se ha especializado, también, en la interpretación de los sueños. Es
consultada por reyes verdaderos y por aprendices del oficio de acallar voces, por la vía de
imponer el imperio de la autoridad. Ella es absoluta en lo que hace. Tanto así que ha
construido diversos escenarios permanentes para explicar sus interpretaciones. Desde jardines
sembrados de amapolas, hasta enhiestas ciudades que ejercen como prototipos de dominio.
Cárceles permanentes. Edificios centrales, en donde residen de manera permanente, los
gestores del dominio heredado; o asumido a la fuerza.
Mi Mercedes los orienta. Les expresa que los sueños en los cuales aparecen ángeles
protectores y castigadores, trompetas en mano, exhibiendo las dádivas del Ser primigenio; no
son otra cosa que premoniciones acerca de la grandeza de ellos y de ellas. La validación de la
gendarmería. Las trompetas no son otra cosa que los instrumentos que permiten ejercer de
mejor manera la dominación. Trompetas son sinónimos de fuerza; del fuego aprisionado en las
dotaciones que se generalizan. Dotaciones que se hacen necesarias. La capacidad para
almacenar y mantener en reserva; las posibilidades de usufructuar la fuerza atómica, en
defensa del orden y la moral.
Faustina hizo bien su tarea. La hermosa Mercedes, la asimiló de manera generosa. Yo estaba
ahí. Siempre he estado en el mismo sitio, al lado de ella. Y ella sin reparar seriamente en mí.
Solo piensa y actúa en función de su imaginario. Ese que la sitúa en la perspectiva de alucinar
y de transferir esa alucinación a los reyes modernos, a los autoritarios enfermizos; a los
matadores de ilusiones y, en particular al señor de los señores o, lo que es lo mismo, al
emperador pigmeo
Oh, mi bella Merceditas. Hazme el favor de fijarte en mí. Ya está bien de tanto alucinar y de
hacer alucinar a los dueños del mundo. Es como si estuvieras ausente, cuando estás conmigo.
Mi coqueta pelirroja, ya sé que has andado mil caminos y que no tienes idea de lo que significa
vivir la vida. Es decir, aplicando un concepto de vivir, asimilado a la exuberante naturaleza que
nos ha otorgado la posibilidad de interpretarla y de modificarla. Ya sé que has bebido en la
fuente de los dioses; no en la del Ser primigenio; sino en la de los aprendices. Los magos
ordinarios. Aquellos que hacen de cada acto bufo, una pretendida ensoñación. Ya sé que no
tienes referentes propios. Solo tienes los que te ha transferido Faustina. También sé que tienes
identificado el rol del emperador pigmeo. El que se repite. Aquí y allá. Lo mismo en Asia que en
África. Lo mismo en Europa que en América. ¡Oh!, me bella diosa; mi Mercedes acicalada por
Eusebio, tu autoritario padre. Efímero aprendiz de patriarca que se diluyó en su propia
incapacidad para asumir los retos inherentes a ese oficio de perdulario.
Ya que no me otorgas ninguna posibilidad para acceder a tu entorno más íntimo. Ya que
insistes en profundizar tu condición de oferente de pócimas para perdularios gobernantes y
preeminentes machos mata mujeres; por lo menos mírame, estoy a tu lado.
Mi tierna Mercedes. Mi Sol; mi paloma. Ya sabes que estoy aquí y que estaré hasta que mi vida
se extinga. Ya ves, carita de ojos grandes; estoy subsumido en ti. Como sediento sujeto. Como
extensión tuya. ¿Acaso no me ves? ¿Hasta cuándo debo esperar?
Ven, mi ternura. Deja de estar aconsejando a los aurigas. Deja de estar interpretando esos
sueños pérfidos de quienes acuden a ti. Esos que todo lo tienen y que han llegado hasta allí
cabalgando a lomo de los demás. De los califas pútridos que han renunciado a ver el mundo
con ojos de humanos. De los que suman y suman tropelías.
Tú los orientas, mi bella Mercedes. Tú les permites seguir creyendo que son sujetos
predestinados. ¡Oh!, mi paño de lágrimas, mírame. Soy tuyo, desde ese día en que cumpliste
cinco años y planeaste tu huida del entorno de Eusebio y Saturnia. Te he escrito poemas,
como este:
Ya sé que estás lejos,
Mi ternura.
Ya sé que me tienes al borde la locura.
¿Dime, Merceditas, no te parece excelente mi poema? He escrito otros; los tengo bajo llave.
Porque no se sabe. Con tanto delincuente ideológico, nunca se sabe.
Merceditas; mechas, no está hoy en su sitio. He aprovechado el instante, para introducir en su
inventario de bienes culturales, el escrito que le robé a Tertuliano, el vecino. Ahí se lo dejo; en
su mochila azul; la que llevaba el día en que me enamoré de ella; de mi dulce Mercedes.
¿Quieren saber qué dice?, sin que ella se dé cuenta y, tal vez por eso estropee esta historia.
Ha sido un largo camino. Como laberinto que agobia. Pero que, por lo mismo, ha permitido
localizar los términos de referencia necesarios para enfrentar la soledad del ser que emerge
consolidado, a partir de descifrar los códigos de la vida societaria. Porque viene de esa
dispersión que lo había inhibido, para enfrentar vicisitudes. Hacerlo sólo le había significado, en
el tiempo, no entender la dinámica asociada a sentir a los otros y a las otras. Un estar ahí,
situado en su compartimento. Mirándose. Como quien no ha construido el enlace, entre sí
mismo y el escenario. Actor cuyo libreto son palabras para sí. Pero que, en perspectiva, se
siente aislado. Avasallado; al límite de su capacidad para discernir acerca de su rol colectivo.
Posicionarse, al margen de lo inhóspito, supone un avance. Es adquirir la noción de estar en
otras condiciones. Diferentes a aquellas en las que prevalecía la zozobra. Lo azaroso. Como
cuando se percibe que la exterioridad acecha, como potencia ajena a cada sujeto. Como
incierta posibilidad. Como expectante gendarme que rodea y asfixia. Una figura parecida a
aquellas sombras del inicio; cuando no éramos otra cosa que expresiones minimizadas, al
garete. Próximas al desequilibrio, por la vía de los extravíos propios de la selección natural.
Sentirse vinculado a un proyecto de la naturaleza. Sin haber sido consultado o consultada; es
tanto como una sumisión indescifrable; como quiera que se da sin que hubiésemos conocido la
hoja de ruta inherente a ese proyecto. Tal vez, por esto mismo, llevamos la marca de la
angustia. Porque no entendimos su soporte. Angustia e inquietud, que se tornan en el hilo
conductor de esa sensación de impotencia. Esa misma que ha estado con nosotros y
nosotras, desde el origen. En ese entonces, lo que percibíamos no iba más allá de la
inmediatez que no s envolvía. Como burbuja que asfixia. Y que nos rodeaba y nos colocaba en
condiciones de inferioridad
Un choque de expectaciones. Mientras la naturaleza, exhibe una lógica interna. Que va, desde
los organismos simples primarios; hasta las cimas que confirieron las condiciones próximas a la
civilización. Todo eso como una envoltura que nos inhibía. Desde ese tiempo procede nuestra
sujeción involuntaria a ese proyecto. Siendo, este, mucho más amplio en los espacios
universales; mucho más complejos. Mucho más ajenos a nuestra interpretación en esa infancia
temprana, como sujetos. Ya, ahí, estaba latente la soledad y sus implicaciones.
Entonces, necesitábamos compañía. Pero no del tipo de compañía en la cual los otros y las
otras estaban ahí. Al alcance físico de cada quien. Pero sin ese hilo de Ariadna que nos
permitiera descifrar los códigos asociados al entorno colectivo, como sujeto en sí. Es decir, en
una perspectiva de concretar expresiones conciente de organización. No como sumatoria
simple de sujetos. Más bien como conciencia que se recrea y recrea. Una opción en la cual se
acumulan saberes. En un concepto de acumulación emparentado con la vertebración de lo
consciente como colectivo. Con todas sus implicaciones. Es decir, siendo conciente de la
necesidad de crear instituciones, con los insumos de los saberes. Fundamentalmente, con
esos que nos otorgan la vitalidad indispensable para re-conocernos. Como agentes de
transformación. Como expresiones hacia el equilibrio. Desde la soledad inhóspita de lo
individual; hasta el acompañamiento en lo colectivo.
Eso de buscar el equilibrio y trascender la soledad; por la vía de sumar opciones de vida.
Desde lo primario individual; hasta lo consciente colectivo; debe ser entendido como esa
condición que permite acceder a una interpretación de los y las sujetos; vinculados y
vinculadas a un proyecto; mucho más cercano y comprensible que aquel que tiene la
naturaleza.
Es, entonces, ese proyecto nuestro, el punto de comienzo y soporte de la nueva identidad.
Colectiva e individual. La nueva identidad, así alcanzada, no era otra cosa que la noción de lo
humano. Como categoría propia que nos situaba en el camino habilitado para transitar la vida,
la historia. Con referentes definidos a partir de la necesidad inicial de asociarnos. Transfiriendo,
a través de estos referentes, principios y valores. Son posibles y necesarios; habida cuenta de
nuestra condición de animales superiores. Superioridad no anclada, únicamente, en la
capacidad para discernir acerca del reto primario de la naturaleza; sino en nuestra capacidad
para convertir ese discernimiento en, fortaleza latente para trascender la mecánica inherente a
la naturaleza.
En consecuencia, no opera ya aquello de la selección natural. Venimos de ahí. Somos
resultantes de ese proceso. Pero no somos simplemente eso. Somos sujetos que alcanzamos
la independencia; que trascendimos aquello de seres naturales específicos, en cadena; para
acceder a la condición de sujetos que realizamos hechos y acciones. En capacidad para
entender eso que hacemos. Sujetos de colectivización coherente. No como manadas que, en el
reino animal, simplemente juntan individuos. Lo nuestro es una opción mucho más compleja;
en razón a nuestra capacidad para asumir, direccionar y redefinir objetivos. Un ejercicio
consciente que nos ha convocado y nos convoca a no erosionar los valores y principios
adquiridos. Porque, de no ser así, volveríamos a la opción de vida de las manadas.
Una vez logrado el equilibrio, soportado en la opción de vida societaria; que nos ha permitido
llegar hasta el trazo del horizonte de procedimientos e instituciones en función de soportar la
civilización. Una vez adquiridas la noción y la praxis relacionadas con el quehacer colectivo y
que devino en la consolidación de los referentes inherentes a la humanización del consciente
individual y colectivo. Por caminos siempre de dificultad; como quiera que este equilibrio,
acceder a él, ha sido una apuesta por la vida. Soportando guerras, arrasamientos,
aniquilaciones, etc. Decantando los logros acumulados. En una constante depuración; en
términos de efectuar una disección precisa de los contenidos de los saberes acumulados.
Habiendo soportado las ofensivas vulneradoras de poderes paralelos asociados a la mixtura
religión-conservadurismo. Habiendo efectuado, como lo hemos hecho, acciones de profundo
contenido transformador en casi todos los ámbitos. Habiendo sufrido la persecución y
exterminio, a nombre de la tradición y de la moral.
Nos encontramos con constantes que ejercen y han ejercido posturas y acciones de no
reconocimiento de las opciones de vida; ni de los avances en el proceso de validar insumos
mínimos de respeto y tolerancia. Han aparecido, en ese contexto, personajes perversos
absolutos. Sujetos que siguen atados a la prehistoria del quehacer social. Cuando, cada quien,
al garete, efectuaba una interpretación individual de sus requerimientos. Y, posicionaba los
mismos como iconos para sí. Sin reconocer a los otros y a las otras como sujetos con
derechos. Simplemente, porque la noción de derechos es punto de comienzo de la vida
societaria.
Personajes nefandos, que han hecho de los suyos principios preeminentes que deben ser
acatados. Los Césares; los reyes de Occidente; los faraones; los papas; los Zares, Stalin,
Hitler, Mussolini, Franco, Ronald Reagan; los Bush; Álvaro Uribe, etc. Todos ellos en contravía
de los logros alcanzados en incesantes tropeles. Porque la historia ha conocido del día a día.
De esos tejidos sociales, individuales y colectivos, que se han ido consolidando a pesar de las
guerras impulsadas por esos y otros, también como ellos, perversos registradores de la
destrucción de valores.
Construyendo aureolas en su alrededor. Como magos que convocan a la confusión; a la
inversión de la noción de verdad y de justeza. Garantes de la lucha por restaurar lo primario.
Como cuando éramos absorbidos por la dinámica de los proyectos de la naturaleza. En los
cuales, ésta, imprimía su marca. Ese tipo de sensación de impotencia, de temor, de soledad;
nos acecha a cada paso; ahora, cuando reviven los piratas vulneradores. Que imprimen,
también, su marca. Chamanes que delinquen con los principios; que convocan a santos oficios
en procura de imponer sus instintos, como figuras y posiciones; a partir de sus esquemas
mentales, enfermizos. Delirantes. Su significante es pariente de la desolación y de la ausencia
de posibilidades libertarias. Su ética es la barbarie. Su poder es la manipulación. A manera de
mercaderes del trueque y la engañifa. Sin ningún agregado de calidad humano; absolutamente
ninguno.
Una escenografía que confunde al público. Como bufos que desorientan. Que crean horizontes
enfermizos; a partir de exhibir niveles de aceptación. En esto, Hitler y Mussolini fueron
maestros y a ellos les debe El emperador pigmeo sus fuentes teóricas y conceptuales. Pueblos
enteros confundidos. Masas vergonzantes que (como en el caso de Álvaro Uribe) permiten
justificar todo tipo de tropelías. Ese tipo de franjas de población que han claudicado en su
dignidad; la han endosado al mago manipulador.
Lo cierto es que tenemos todo el derecho, quienes no hemos claudicado, a convocar a la
acción consciente. Que nos permita acceder a la derrota del Emperador Pigmeo; que es esto
en razón a su incapacidad para percibir la vida a través del día a día que junta quehaceres.
Todos ellos emparentados con la vulneración de la vida y con sus soportes. Pigmeo que saldó
su deuda con la vida y con la dignidad inherente, por la vía de refrendar su compromiso con la
muerte; por la vía de cambiar la lógica que conduce a la verdad y venderla, ofrecerla y
postularla como referente único para la vigencia de su visión de democracia. Que es a la
mentira, como el Sol es a las mañanas.
Diré a mis hijos. Y, a mí mismo cuando muera, que seré feliz, el día en que el Emperador
Pigmeo sea derrotado, por la fuerza de las acciones, precisas, transparentes; que
desemboquen en su aniquilación…y la de sus postulados pútridos, soportes de su vesania y de
sus tropelías en contra de la humanidad. Caerá; como cayeron los Césares. Su nombre será
borrado de la historia de la humanidad. Entre otras cosas, porque nunca participó de ella, ni de
sus principios. Porque, siempre, propugnó por la vigencia de la oscurana de los gendarmes;
hacedores de verdades. Como aquella de hacer creer que existen sobornados sin
sobornadores. Y Que existen asesinatos sin asesinos. Y que existen desapariciones sin
bandidos que las concreten.
En fin, derrotaremos el tejido del absurdo, por la vía de la confrontación…Así nos cueste la
vida. Es ¡ahora, o nunca ¡
Mi Diosa, mi Mercedes, pueda ser que no te enojes. Porque supe que en una reunión con el
Emperador Pigmeo y sus amigos Salvatore y George; en vez de leerles lo que habías escrito
acerca de sus sueños; les leíste el escrito que yo te había dejado de manera furtiva. Supe,
también, que los tres angelitos se enojaron. Inclusive que te amenazaron con desparecerte e
inaugurar contigo una fosa común que acondicionaron en la Casa Imperial, en nuestra Bogotá.
Solo se calmaron, cuando tú les ofreciste un paquete de interpretación de los sueños y de
plegarias, por un año.; incluida una oración muy especial, evocando a Faustina y a Eusebio,
por el aprendiz mayor en su aspiración presidencial.
Cuando desperté, ella estaba ahí. No sé desde que horas. Lo cierto es que mi amada
Merceditas, empezó una perorata acerca de los tres angelitos. Parecía poseída por Sísifo;
porque repetía y repetía la misma acción: Que me hiciste quedar mal; que el Emperador se
puso muy mal, porque Salvatore y George se sintieron ofendidos; que al caído caerle. Porque a
más de las dificultades con las extradiciones y el cuestionamiento internacional de la Ley
construida para los y las militantes de las AUC; se suman la demostración de que la reforma a
la salud, y las sucesivas reformas laborales; desembocaron en crisis de gobernabilidad. Y,
además la eternamente aplazada designación de Fiscal General de la Nación; y la
profundización de las decisiones que afectan Senadores y Representantes a la Cámara y
gobernadores y alcaldes; todos y todas afines a los intereses del pobrecito Emperador. Y, el
fracaso de la Política de Seguridad Democrática, y la persistencia de la crisis de las relaciones
con Hugo Chávez y Rafael Correa y Daniel Ortega y, para acabar de ajustar, el guerrero
perverso no levanta cabeza en su aspiración presidencial. Y…
Como sería de cansona la repetidera que yo, que nunca he osado contradecir a la divina
Merceditas, le dije: ¡Por favor, cállate que me desesperas! Pues, más me hubiera valido
quedarme callado; porque mi Diosa, empezó llore que llore…sin parar. Tanto, que tuve que
recurrir a una de sus pócimas. Aquella que ella llama “la del último suspiro”. Una bebida color
naranja que hace expeler la tristeza. Como vomitivo. Pero, mi amorcito, nada que reaccionaba
positivamente. Llore que llore. Por su admirado Emperadorcito y por los otros dos angelitos.
Al final se quedó dormida. De tanto llorar y llorar. La contemplé extasiado, tendida en la cama.
Respirando como niño mimado. Empezó (¡Oh qué horror!) a hablar dormida. Empezó a contar
una historio inédita.
“Que había una vez, un señor en un pueblito llamado Longaniza. Que los y las longanicenses,
eran todos y todas sumamente obedientes. Que el señor primero nombrado, era gobernante
ahí. Que todos y todas, llegaban donde él. Que repartía oficios y dádivas. Que tenía el don de
la palabra. Porque envolvía a todos y a todas; con expresiones huecas, pero efectivas, a la
hora de hacer cumplir lo que decía. Que tenía ancestros que se hicieron poderosos. En lejanas
y cercanas tierras. Reyes reales y reyes inventados. Que castigaban a quienes no obedecían.
Que conseguían la leña para el fuego del Santo Oficio de la Inquisición. Que cazaban brujas y
brujos. Que tenían instrumentos de tortura y, lo que era más bello, la justificación filosófica y
teológica de las mismas. Que vivieron en diferentes siglos. Que en el X y el XI; que en el XIV y
XV y XVI. Que tenían sicarios a su disposición. Sicarios de lanzas y espadas. Que tenían el
viento a su favor; que esto les permitió amparar y acompañar a los invasores, que se tomaron
los mares en búsqueda de fortuna y de extender el dominio de la Divina Reina Castellana y el
Divino Rey Aragonés.
Que Longaniza había sido heredado de esos lejanos y cercanos ancestros. Que inventaron la
manera de matar las ilusiones, la libertad y el respeto por la vida ajena. Que sembraron la
semilla del poder y que este creció. Y que abarcó varias generaciones y que algunos y algunas
hicieron milagros. Uno de ellos, fundamental, aquel que convirtió la perversión, en un agregado
de calidad, aceptado e impuesto a todos y a todas. Que, a partir de ahí, los dueños del mundo
fortalecieron sus mandatos. Y sus crímenes. Y sus robos. Todo ello con la bendición del Buen
Dios Vaticano. Y que el Señor Longaniza, aprendió también el oficio de la asfixia mecánica y
que en lo enseñó a miles y miles aplicadores directos. Y que Longaniza ha sido, es y será
territorio de paz; de esa paz soportada en las fosas comunes. Como las de la Casa Imperial. Y
que el señor Longaniza todo lo hace sin querer queriendo. Que sus socios y socias son
experimentados y experimentados tejedores de hechos, en el día día. Hechos de engaños y de
justificaciones de los mismos. Y que, el señor Longaniza, ha sido electo sucesivas veces. Y
que tiene poder político y que lo transfiere a sus aurigas y bufones.
Y que, en fin, ella era una mujer bella. Que su belleza la heredó de la abuela de la abuela de
Saturnia, su divina madre. Pero, dado que su belleza es tan absoluta, que la abuela de la
abuela de Dinosaurio, el hermano de Eusebio, transfirió parte de su belleza a la Diosa. Y que,
por esto mismo, no iba a envejecer nunca.
Y que, volviendo al cuento de Longaniza, ella participó en un reinado celebrado allí en el Siglo
XX. Y que, ahora en el Siglo XXI, se realizará el Segundo Reinado de la Democracia con
Seguridad; con patrocinio de la familia de George, uno de los angelitos de la triada. Y que, el
Honorable Ejército está encargado de prepararlo. Para ello, los generales han programado
actividades preparatorias. Entre estas, se destaca la limpieza de Longaniza. Incluida, en esta
acción, la liquidación de los molestos opositores y de infames desechables pedigüeños y
habitantes perennes de la calle.”
No sé en qué momento me desmayé, de tanta alharaca. De tanto escuchar a la Divina
Mercedes. De tanto imaginar los escenarios de los hechos narrados. Juro que no volveré a
vigilar su sueño. Un desmayó más, qué más da. Ya lo he experimentado antes. Como, por
ejemplo, cuando asistía al discurso de posesión de la segunda etapa del gobierno del
Emperador. Esa vez, el desmayo, duro tres días. Cuando volví en mí, ya estaba en marcha el
segundo acto de la comedia. Desde aquel día (como en la canción del admirado Raphael), no
volví a verla. Habló de Emperatriz, la dueña de la carpa del circo de los hermanos Ban Bing.
Circo de ensueño. Con malabaristas importados; con magos nacidos en el país; con trapecistas
con y sin malla. Con un surtido grupo de traga fuegos. Y de encantadores de serpientes y de
hipnotizadores. Y de muy buenos imitadores de voces y de comportamientos. Todos y todas,
de la cuerda del Secretario de Prensa de la Casa Imperial.
No sé cuándo despertó la Bella. Lo que si se es cuando salió para Nueva York. La habían
invitado a un congreso de interpretadoras e interpretadores de los sueños y hacedores de
futuro. Se, además, que llegó envuelta en el velo heredado de Etelvina, la hermana de
Saturnina. Velo inmenso. Translúcido. De colores vivos, que cambian, según el día y la hora.
Velo protector. Por lo menos a mi Diosa, Mercedes, la ha mantenido inmune a la verdad. Ella
no sabe qué es eso. Tampoco si es un valor o un antivalor. Ella es de las que nunca ha
apostado a la vida sincera y plena. Ella, mi amorcito, no la tiene como referente.
Ese día, el de su llegada a “La Capital del Mundo” (yo estuve equivocado mucho tiempo,
porque había entendido que era la Ciudad de las tres íes: inhóspita, insoportable, inhabitable),
mi divina mujer, estuvo en rueda de prensa. El Times, la presentó como la mejor en su género.
Como la más auténtica de las interpretadoras de los sueños y la mejor expresión de las
hacedoras de futuros, inventados, o copiados, o repetidos. Lo cierto es que no le falta clientela.
Aquí, en esta soledad tan sola, estoy cantando “los aretes de la luna”. Siempre me ha gustado
esa canción. Recuerdo que, un día después de haber conocido a mi “redondita”, se la canté;
mientras ella hablaba con el fantasma de Saturnina. Siempre lo hace…y, creo que siempre lo
hará. Cuando terminé me dijo ¡cursi!, Y se fue. No recuerdo para donde. Yo me quedé muy
triste. Siempre me ha entristecido no ser escuchado. Sobre todo, cuando canto. Porque, a decir
verdad, lo hago bien. Bueno, al menos eso creo. Lloré en mi soledad. Lo más tenaz es que, soy
un convencido de que tengo chispa para la poesía y para escribir discursos. Sin embargo, no
los he vuelto a escribir, desde el día en que escribí algo para mi hermano Fortunato. Él lo leyó
al día siguiente, en el auditorio de la universidad. Se graduó de Agente de Seguridad Logística.
Casi le anulan el grado, porque el rector se sintió mareado de tanto escuchar: “damas y
caballeros; espero se encuentren bien y hayan disfrutado de la benevolencia divina”. Nunca
pensé que lo escrito por mí, no tenía más de cuatro frases. Después, cuando vi la película
“Resplandor”, me sentí mal por haber copiado el estilo del enfermizo novelista.
Acostumbro salir a pasear con mi mascota. Ágata, ese es el nombre que le inventé a mi perrita.
La tengo hace cuatro años. Es muy entendida. Tanto que sabe cuándo debe ladrar. Yo se lo
inculqué. Y me agrada haber sido escuchado por ella. Ya sabe que no puede ladrar en casa,
mientras esté sola, porque nadie la va a escuchar. Sabe, también, que no puede ladrar en la
calle, porque de pronto asusta a las vecinas. Desde hace rato sabe, además, que no le puede
ladrar a la luna, porque ese hábito mato a mi primer perro de nombre Conejo. Mucho menos,
cuando estemos nosotros en casa, ya que no deja dormir. Definitivamente, mi adorada Ágata,
no puede ladrar. No le está permitido. No sabe, pues, que es la vida de perros y de perras.
Por fin llegó mi mermeladita. La esperé en el aeropuerto. Estaba como a mí me gusta que esté;
con ese sobrero color papaya que le regalé el día que cumplió años su gata Pata. Ella le
escogió el nombre. Dizque, eso dijo, lo leyó en la historia-biográfica de Simón el malvado.
Personaje de inefable ternura. Tanto que comía en el mismo recipiente en que comía Barbarita,
su cabra favorita. Me contó, además, que había leído acerca de la particular manera que tenía
Simón para llamar a su soldadesca. Les decía: ¡Mis amores!; ¡Mis soles! Un tipo raro, este. No
desayunaba, hasta no ver decapitar a un súbdito, cada día. El beneficiado, era escogido por su
madre. Al azar. Si Simoncito vivió noventa años, ya se podrán imaginar cuantos y cuantas
murieron; si empezó con ese capricho a los dieciséis añitos. No sé por qué, cada vez que mi
Diosa me cuenta el cuento, pienso en los tres angelitos. Ante todo, en Salvatore. Porque,
cuentan, que tenía un capricho más o menos igual. La diferencia está en que al angelito le
fascinaba la motosierra, en vez del hacha.
Lo cierto es que me deslumbró. Merceditas, mi heroína, de mil batallas perdidas. Porque
siempre asía la vida por donde otros la terminaban. Los sueños de sus respetados sátrapas,
constituían la fuente de su placer y de sus soliloquios.
Cuando llegamos a casa, me pidió un favor. Raro en ella. Nunca dice, por favor…; siempre
dice: ¡hágame!; ¡Tráigame!, etc. Necesitaba saber si en la Casa Imperial, estaba George. Traía
un mensaje secreto para él. Por eso no podía utilizarse el teléfono. No vaya a ser que les
apliquen su propio invento; los de Villa Seguridad.
Mensaje raro, supe después. Codificado, cifrado. Algo así como: Irán contras, vienes
Juanchaco. Enfermos, los de Guantánamo. Israel, vienes; como la horrible noche aquella;
cuando muertos hubo sin parar. Ven querido que Asia te llama. El jeque solitario; vuelve y
juega; vía cúpula Vaticano y Banco Ambrosiano.
No supe si el angelito George lo entendió a plenitud. Lo cierto es que (me lo dijo mi ardillita),
viajó inmediatamente; vía Lima-San José-Ciudad Guatemala-San Salvador-Londres-Tel Aviv.
¡Vaya uno a saber el significado de esa extraña travesía!
Almorzamos en Caldo Parao de Paloquemao. A mi fresita le encanta el de costilla; con buen
cilantro; aguacate y guiso picante. A decir verdad, a mí me gusta más el de creadillas; con
abundante papa pastusa.
Quedamos ahítos. Adormecidos. Regresamos a casa. De paso, casi vomito en la buseta, sobre
las personas. Me salvó la bolsita que siempre cargo conmigo. Despertamos bien entrada la
noche. Y fuimos a comer a La Gallina Ardiente. Mi florecita dice, que el nombre le recuerda a
una amiga que fracasó y ya tiene seis hijas. Pedimos gallina criolla. Una para ella y otra para
mí. Con buena papa salada y limonadita. Regresamos…y así, hasta el otro día.
Merceditas se levantó muy temprano. Se bañó en agua rosada con olor a pino. Cada día un
olor diferente. En verdad, me enferma cuando utiliza el olor a cebolla. No sé por qué, no me he
podido acostumbrar
Empezó su consultoría a las diez de la mañana. Había personas que llegaban desde las seis
de la madrugada. Personas de todo tipo. Ese trabajo, atendiendo pueblo, es como una especie
de democratización de la vida de mi zorrita. Casi no cobra. Es como si lo que pagan los
mandarines, subsidiara a los pobrecitos y pobrecitas que quieren saber el número ganador de
la lotería; del chance. Lo más difícil es descifrar el baloto. Pero, también, les habla del amante
perdido; les habla a las mujeres que buscan marido por Internet. Les dice: ¡Ojo con eso!,
porque no es tan seguro como escuchar de viva voz, mi mensaje. Desentraña dudas y
verdades. Invoca espíritus perdidos; o remisos. Descentraba pleitos entre vecinos y vecinas.
Intuye acontecimientos buenos y malos. Interpreta sueños de tipo popular. Como esos de
soñar cruzando caminos espinosos en busca de la lámpara de Aladino. O como ese de ver
niños y niñas con churrias, al lado de los pantanos. O como el de tener al lado a Madonna; a
Julio Iglesias o al Papa. O como ese de volar en bicicleta, pedaleando. Sueño este muy
anterior a las imágenes en El extraterrestre.
Ese día trabajó hasta las cinco de la tarde. Derecho, sin almorzar. Claro que, después, se
desquitó. Comimos en “La vaca loca”. Muy buena carne de chigüiro, asada. Mi tortolita, comió y
comió; hasta que no pudo más. Yo le seguí el paso hasta la tercera remesa.
Gallo Tapao, pueblo situado al oriente de Longaniza, había sido escogido como sede del
Segundo Congreso de Videntes y Magos. El primero había sido realizado en Tapa Rosca,
localidad al sur de Ciudad Méjico. Evento nada original. Ya, en el pasado (como lo dice
Suetonio en la “Historia de los Doce Césares) ha habido celebraciones. Inclusive con mucha
más magnificencia (o mucho más boato como se describe en Santa María de Iquique). Esto, a
pesar de que el libreto es relativamente simple: expresar con palabras y hechos, las mil una
forma de modificar la lógica de la vida. En lo que está (la lógica) tiene de hilo conductor para
asumir el desarrollo social. Modificaciones que incluyen re-hacer la historia. Cambiando
escenarios, con los mismos actores y actoras. Pero, estos y estas, con roles “ligeramente”
diferentes. Por ejemplo: recordar que el bueno de Benedicto XVII, ha sido un santo a través de
toda su vida. O que el bien amado Laureano Gómez, fue artífice de la Colombia Moderna y
Justa. Sin otro horizonte que el trazado por el destino; del cual él y otros fueron y serán
intérpretes. O que, desde noviembre 12 de 1930, en Ciénaga, Aracataca, El Retén y Orihuela,
los trabajadores bananeros del Magdalena recibían doctrina comunista e incendiaria de los
agitadores internacionales. Y que, por esto, el buenazo de Miguel Abadía Méndez, delegó en el
Generalísimo Carlos Cortés, la función de restaurar el orden; en el nombre de Dios y de la
Humanidad.
O que el dignísimo General Francisco Franco; actuó en defensa de los contenidos políticos,
sociales y económicos de Occidente. O que, el Juez de Sucumbíos es un agente de las FARC,
ya que ha decidido judicializar al guerrero perverso y a sus altruistas generales.
O que la CIA, ha sido el instrumento más justo y adecuado para resolver las situaciones
difíciles en el Continente Americano y en Europa y en Asia y en África y, ahora en el espacio
exterior. O que, el buen George, no invadió a Irak; sino que llevó mensajeros de paz, en contra
del Mal y que en esto lo acompañaron todos los gobiernos justos del mundo; incluido nuestro
Emperador Pigmeo.
O que, los denominados “falsos positivos”, no son otra cosa que historias inventadas por los
enemigos de nuestro ejército y de la estabilidad del país.
En fin, estos eventos son necesarios. Refrescan el ambiente y las tensiones. Porque la magia
es una buena consejera y un buen soporte para justificar lo injustificable.
Desde el día anterior a la inauguración, mi terroncito de azúcar, se desplazó a Gallo Tapao. Yo
la acompañé hasta allí. Siempre he sido muy sumiso. Mi Gatica me hipnotiza; cada vez la veo
más linda y más sincera y más cercana a ese estado de beatitud al cual deben llegar los
magos e ilusionistas. Ese día asistimos a la presentación de un video. Armagedón II.
Excelente. Lo mejor que he visto, en representación de la civilización. Al menos eso dijo mi
largartijita. Y yo le creo.
El día de la instalación del evento, llegaron los mandatarios invitados y sus séquitos. También
llegó el anfitrión. Nuestro querido angelito. Nuestro orgullo nacional. El buen Emperador.
Habló (el divino Álvaro) en nombre de la Nación: “…Que no sirve de nada tanta alharaca; que
no son humanos; que son traidores. Que ofenden a la patria. Que hay que cuidarse de tanta
bestia…” ¡huy que embarrada!, el encargado de la logística y el sonido, puso el casete con la
voz del general, cuando les habló a los obreros reunidos en la escuela Santa María, Chile; cien
años atrás. Ya el angelito estaba preocupado y enojado.
…Ahora sí, es la voz de él: “Compatriotas y amigos. Hoy es un día feliz para mí. He recibido la
buena nueva, en el sentido de que seré ungido con el doctorado honoris causa en ciencia
ficción, adaptada y aplicada a situaciones de alto riesgo. Además, he querido estar con
ustedes, señores y señoras magos y magas; porque soy un convencido de que la historia hay
que recomponerla. Y, en eso, ustedes son imprescindibles. Celebro la visita de mis colegas
afines. Esto es una buena muestra de la confianza que ha adquirido el país a nivel
internacional.”
Mi bella durmiente aplaudió. Con fuerza. Gritaba: ¡Viva el Presidente más importante y eficiente
que ha tenido Colombia en toda su historia! ¡Vivan mis colegas, magos y magas! Mientras todo
el escenario se diluía. Una masa informe se fue extendiendo. Un fuerte olor a pútrido (como de
excresencias) se fue apoderando de todo. De la capilla; del edificio de la alcaldía; de la réplica
a escala del avión presidencial. De los asientos que ocupaban los mandatarios y los magos y
las magas y los intérpretes de sueños y del diploma honoris causa. Y de los invitados y las
invitadas. De la sala de proyecciones Y… de mi princesita y yo.
23
La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería recluido en “Buena Pastora”, sitio ejemplar
para el purgatorio de penas. Ante todo, conociendo lo que hizo.
El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl estuvo recorriendo su pasado. Fue de barrio en
barrio; de ciudad en ciudad. Se detuvo en ciudad Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y
amigas del pasado. Percibió que el lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras.
Simplemente, su mirada se tornó básica. Como cuando miraba, absorto, la procesión de la
soledad, los sábados santos; en su añorada ciudad del Buen Vecino. Nunca había podido
olvidar esas celebraciones. Para Raúl, la iconografía vinculada con el aniversario de la muerte
de Jesús, el Nazareno, era una continua convocatoria a la reconversión
Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó antes de lo previsto. El tren no se había
detenido en las estaciones reglamentarias. Simplemente, su conductor, tenía prisa. Debía
llegar a Bienaventuranza, antes de que naciera su primogénito.
Descendió, mirando alrededor. Como buscando a la mujer requerida. Una mirada de macho
perverso. Porque, nunca había logrado olvidar el día en que la mujer buscada, le dijo en
susurro: ya no me convocas como antes. Ya no veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi
inmediatez lúdica. Te siento tan lejano; tan inmerso en los recuerdos, que no logro adivinar si
llegaste; o si te quedaste dormido, asfixiándome con ese aliento propio de quienes han bebido
licor todo el día.
Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido; ya había amanecido. Ciudad del Mal,
empezaba su quehacer cotidiano. Ya los vendedores de aviones de papel habían empezado su
jornada. Las mujeres habían salido ya. Ataviadas con su desnudez; prestas a exhibir su
cuerpo. Una ciudad en la cual, ellas, no habían sido, ni eran aún, noticia. Como si no existieran.
Por esto, en reunión plena, habían decidido protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la idea
de proponer la desnudez como expresión de protesta. Ya veremos si el señor obispo Pío XXIV
y sus machos súbditos, serán capaces de resistir nuestra firmeza y nuestra capacidad para
hacer de la desnudez un arte y una opción lúdica. Les aseguro, camaradas, que, por fin,
seremos noticia de confrontación a la Cofradía del Santo Oficio.
También habían salido los vendedores de ilusiones. Aquellos que cantaban el número ganador
en la lotería. Ya habían aprendido el arte del cálculo de probabilidades. Por lo tanto, justo ese
día, debía ganar el número 3345. Tal vez, por esos avatares del destino casi siempre
incomprendidos, ese número coincidía con las cuatro últimas cifras del número de la cédula de
Raúl.
Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en la bodega habilitada para albergar los cuerpos
de los y las NN, llegados desde diferentes sitios de la periferia, estaba Juvenal Merchán, el
cuidador de cadáveres. Había aprendido su oficio desde niño. Su padre, Gaspar, había
heredado el arte de cavar fosas comunes de su padre Hipólito.
Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados con las muertes masivas, sin dolientes;
sin historia. De esas muertes que se han vuelto cotidianas; a partir de la imposición de
opciones de vida vinculadas con los conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes,
simplemente, no comparten las propuestas y expresiones dominantes.
A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla. Se conocieron cualquier día, en cualquier
sitio. Lo que, si recuerda, de manera plena el sujeto, es que ese día recién terminaba de recibir
el cadáver de Benjamin Cuadros. Ese que, para Karla, había sido símbolo de libertad. A su
manera. Es decir, a la manera de la mujer que había recorrido todos los territorios, desafiando
el poder de los inquisidores cercanos y lejanos. Fundamentalmente el poder del Obispo Pío
XXIV; quien ahora ejercía como soporte del buen comportamiento en Ciudad del Mal. Él, a su
vez, había recibido de Fornicato Palacio, procurador delegado por la Santa Sala de
Preservadores del Orden, la misión de desterrar, minimizar y erradicar los conceptos de placer
y de alegría.
24
Benjamin, estuvo luchando al lado de Virginia Esperanza Potes. Cuando la libertad era
horizonte deseado. Ella y él, protagonizaron la Gran Jornada por El Derecho a ser Humanos.
En ese tiempo en el cual La Cofradía de los Eméritos Caballeros de la Santa Cruz, había
determinado, mediante, Ordenanza Absoluta, que la condición de humano era un derecho que
solo podría ser otorgado a quienes demostraran haber sido convocados y convocadas a la
unción divina, por parte del Honorable Tribunal de la Santa Virtud y la Sagrada Aplicación de
los Evangelios.
Por lo mismo, entonces, tanto Benjamín como Virginia Esperanza, habían sido condenado y
condenada a trabajos forzados. Los mismos consistían en ir de casa en casa, invitando a creer
en María como virgen y en José como Santo Varón Sacrificado.
Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron poblar de hijos e hijas libertarias (os) el
territorio. Allá, en la Tierra Sagrada de Fornicato. Por lo tanto, hicieron lo que es necesario
hacer para procrear. Nacieron 16 niños y 15 niñas. En un recorrido de tiempo calculado,
utilizando el multiplicativo nueve, con escisiones calculadas entre dos y tres meses.
Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre; instituyeron un ritual cifrado. Para sus
seguidores y seguidoras. Algo así como entender que la sumatoria de adeptos es condición
sine-quanum para fortalecer la lucha por el poder. Convencieron a varias parejas
heterosexuales. Porque, para ellos, a pesar de su visión libertaria; los y las homosexuales eran
algo que debía soportarse en honor a la posición libertaria. Pero, no más allá. Como si su rol
estuviese asignado desde antes. Es decir, una posición en la cual la lucha de contrarios,
suponía hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo con usted, en la misma condición
de género.
…Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su auto-condición de perdulario. El asesinato
de Karla lo conmocionó tanto que, soñaba con ella. La veía en todas partes. Karla, la mujer
libertaria, iba a la par con sus elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de la
libertad, hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va y regresa. Como Prometeo
que está allí, con su vientre abierto; como manutención de las aves que lo destripan cada día.
Como Teseo originario, llegado un día cualquiera de la tierra del nunca jamás…Y que
permaneció con ella, como lo hizo, hace siglos, con Ariadna, la hermosa amante suya que lo
orientó y lo situó en condiciones de volver a ser sí.
Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no estar con ella. Con esa Karla libertaria,
pero efímera. Tan libertaria que nunca la pudo asir. Nunca pudo concertar con ella nada
diferente a estar hoy, tal vez mañana; pero nunca aquí y ahora. Un Villaveces montonero
perverso. Ser de un día; que no reconoció, ni reconoce aún hoy en su tormentosa pena, que
fue pionero del amor a migajas. De la entrega, como trofeo que se adquiere, por haber sido
merecedor de él; en la peor versión de esa simulación de competencia. Porque lo suyo, fue y
será siempre la cautivación de la mujer sujeto de debilidad. Porque, siempre lo dijo, las mujeres
no son otra cosa que placer latente. Ellas no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán. Porque
su cerebro es su vagina; y sus horizontes, el placer que otorgan…En fin, que Raúl la mató;
porque Karla pensó. Porque, cualquier día ella le dijo; quiero ser libre. Ya no te quiero. Quiero
volar a otro territorio. Ese en el que conocí a Benjamín y a todos los que son como él. Tú no
eres otra cosa que Raúl Villaveces, sujeto tardío; misógino; furtivo depredador constante.
Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a pedacitos. El mato un día en que su
expresión convulsiva (la de él); lo hizo delirar. Un día en el cual él se observó como lo que era,
reflejo de la luna en el agua. Agua de ese pozo pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son
nada diferente a la repetición de cosas. En el día a día. En ese ir y venir circunstancial. Porque,
Raúl, ni siquiera pudo hacer bien las repeticiones. Todo en él fue y era ahí, en el momento. Sin
ningún acumulado visionario, trascendental. Su lógica, fue y es la del reciclador de la historia.
Aquel que recoge lo que ha sido usado. Las ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades. Mató a
Karla por reconocer que era superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso en las alocuciones
constantes. Sobre el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y sobre la ignominia que prevalece.
Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a cada paso, que su gestión es la de
complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato Palacio; a Pedro Vaticano. Este último maestro de
maestros en el arte de trastocar la historia. Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la
perversidad. Que asistió a la inmolación de Espartaco; que condujo a las Legiones Romanas a
arrasar todo lo que fuera sinónimo de herejía. Pedro Vaticano, sujeto inconcluso, como quiera
que muriera sin haber extirpado el mal de amores. Sujeto que, por lo mismo, nunca pudo
hablar con palabra propia. Todo en él era prestado. Hasta la manta que se suponía lo debía
arropar a lo largo de la historia. Ese que se emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro
Vaticano, sujeto de perversidad absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste, lo entendía y lo
aceptaba así. Por eso no dudó en matar a Karla.
Ese día, en el cual regresó; o que visitó por primera vez (porque ya no sabía distinguir tiempos
y espacios) a su ciudad, para cumplir con el mandato jurisprudencial; Raúl estuvo divagando.
En un proceso eterno. Ante todo, porque él sabía que la muerte de Karla era su estigma.
Porque él sabía que había matado al símil de la ilusión; de la esperanza.
Cuando él llegó, ya los y las testigos habían reflexionado. Habían establecido un conglomerado
de hechos, de circunstancias, de evidencias. Ellos y ellas, habían logrado establecer que
Villaveces esperó a Karla a la entrada de la habitación. La dejó entrar y la abordó. Le dijo, en
comienzo, que la amaba; que siempre lo había hecho. Que vivían en función de ella. Que era
su vida y su post-vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero, al mismo tiempo, aclaraba
que, si no se quedaba con él, sería ella quien moriría. Que, cuando soñaba, era ella que
aparecía. Aquí y allá…En fin que, “mi bella Karla, no me abandones”.
Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu discurso; ya lo he vivido y lo he sufrido”.
Entonces, Villaveces, se desmoronó; se consolidó como macho perverso y la acuchilló. Muchas
veces. Tantas, que el cuerpo de Karla, parecía cedazo.
Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas, definieron por unanimidad la sentencia: debe
ser ahorcado en plaza pública. Será vejado antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere,
pidiendo la muerte inmediata.
Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la muerte de Karla. Porque había trastocado los
roles. Porque desconoció la autoridad del hombre amante. Porque ni ella, ni ninguna mujer
tenía derecho a confrontar a los hombres. Él, Villaveces, era su dueño y Karla no podía
desconocerlo. Ella estaba obligada a amarlo por siempre. Por lo mismo, al negarse, entraba en
el territorio vedado a las mujeres. Su independencia no había sido declarada. Ni ella, ni
ninguna de ellas, podía trasgredir los principios y los Valores de Ciudad Trinitaria. Aquella que,
algunas herejes habían cambiado de nombre llamándola Ciudad del Mal…En fin, decía Pío
XXIV, Villaveces, era un ciudadano ejemplar. Siempre lo había sido. Al matar a Karla, él no
hizo otra cosa que reafirmar el gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya había dicho, por
siempre, que las mujeres no son sujetos independientes, ni pensantes. Ellas serán lo que los
hombres digan que sean.
Y, entonces, Benjamín y Virginia, criaron a sus quince hijas y dieciséis hijos, con toda ternura y
aprestamiento. Procurando inculcar en ellos y ellas, los valores que siempre los habían
acompañado a él y a ella. Pero, Virginia estaba inquieta. Su aritmética no le cuadraba. Porque
la equidad tiene que ver con la igualdad. Y no le faltaba razón. Es decir 16 varones mayores
que 15 hembras. Luego, a sus sesenta años, quería ser preñada, en la esperanza de encontrar
la unidad que configurara la igualdad. Lo otro no es otra cosa que una desigualdad.
…Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín había hecho todo lo posible por
responder, como varón. A sus sesenta y seis años, era un tanto difícil. Pero lo hizo
Nació otro varoncito. Virginia, creyó desfallecer. Después del enorme esfuerzo, lo que quedó
fue un incremento de la desigualdad.
Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la interpretación de su defensor Pío XXIV.
Fundamentalmente porque, el acusado había asumido una opción no coincidente con los
principios básicos definidos por las normas de Ciudad del Mal. Normas que habían sido
construidas y aprobadas; a partir de la Asamblea de Mujeres Beligerantes. Mucho habían
tenido que luchar para acceder al poder. Habían sufrido desde tiempos inmemoriales. Los
Santos Inquisidores criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las enseñanzas del
Santo Oficio. Una herencia directamente proporcional al dominio de los invasores. Una
tradición heredada de los Santos Tribunos de la Santa Roma. Enseñaron a aplicar los métodos
para garantizar la expiación y la reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo tenía que
ser el Dios de todos y de todas. Enseñaron a castigar a las mujeres; cuando estas no
reconocieran la primacía de los varones. Cuando estas no aceptaran su condición de seres sin
opción de vida propia.
Sucedió que Benjamin y Virginia, acompañada y acompañado de sus quince hijas y sus
diecisiete hijos, se trasladaron de Villa Rebelión. Un caserío a orillas del río Mosquitos. Ya
habían urdido un plan; en la intención de difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el
padre de Virginia, Ramón Ilich, había construido una estrategia para acabar con el liderazgo de
Los Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad Lejana. Ramón Ilich, era un hombre
profundamente humano. Con la ternura dibujada en su rostro; y en sus acciones. Ramón Ilich,
expresaba solidaridad y esperanza, absolutas.
Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo mataron; se cuajaron las nubes y se desató la
lluvia que acompañaría a los y las habitantes de Ciudad Lejana, por espacio de doce meses.
Sin cesar. Todo quedó anegado. Los victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin
vida de Ramón. Porque temían que se produjese otra ascensión, como la del Nazareno hacía
ya cerca de diecinueve siglos. Todo, además, porque los miembros de la Cofradía del Divino
Verbo, los instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se quedaron en el cuarto
subterráneo de la casa de Benedicto XIX quien ejercía como descifrador de la apologética de
San Marcos y que había sido escrita por autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por
esto, santa.
Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su cantidad. Pudieron haberse vertido cerca de
un billón de metros cúbicos; según lo relataron los calculistas oficiales. Pero el cuerpo de
Ramón Ilich, en fin, de cuentas, desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue nombrada una
comisión en la que se instalaron todos los beneméritos hijos de Benedicto XIX y los hijos de
Fornicato Palacio…Pero no encontraron nada.
Una mujer campesina, de nombre Dolores Perpetuos, halló el cuerpo de Ramón; un día
cualquiera del mes de enero del año siguiente a la su inmolación. Dolores, tejió una red secreta
para informar a los seguidores y las seguidoras de las ideas de Ramón. Al cabo de tres días,
se reunieron todos y todas en la “Cueva de San Mariano”, ubicada en las afueras. Hacía tres
meses había escampado. La ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin pudrición,
fue exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad y de las acciones para
lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por medio de la cual se expulsarían de la
ciudad a todos los Honorables Caballeros de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX.
Y la inhumación se produjo en medio de arengas panfletarias, sinceras, a viva voz; con
profunda convicción en los ideales de Ilich y la necesidad de continuarlos; de propagarlos por
todas las ciudades y en el campo y en el mar y en el espacio adyacente a la Tierra.
Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete; no hicieron nada diferente a conservar y traducir
el Mandato Ramoniano. Su horizonte se hizo inmenso. A cada paso; en cada lugar, hablaban
en reuniones clandestinas. Temiendo que Fornicato Palacio los detectara y los y las hiciera
matar. Porque, Fornicato, era un experto. Ya había sido probada su capacidad para matar; de
manera directa y por encargo. Como resultado de esas acciones de matanza; ni Ciudad
Bienaventuranza; ni Ciudad del Mal; ni Ciudad del Buen Vecino; eran reservorio de herejías. En
estas, toda voz disidente había sido callada para siempre.
Benjamin y Virginia murieron de manera simultánea. El veneno de la víbora que había sido
colocada de manera subrepticia en su lecho, hizo efecto en segundos. Mucho se habló del
acontecimiento, en toda el área de Villa Rebelión y en algunos poblados vecinos.
Las quince y los diecisiete continuaron con la tarea. Vivir se tornó mucho más difícil. A cada
momento se escuchaba acerca de la generalización de las matanzas individuales y colectivas.
Pero no sólo se oía hablar de esto; también se podía constatar. Juvenal se quejaba de la
cantidad de trabajo. Los muertos y las muertas eran muchos y muchas. Casi no había espacio
en la antigua bodega. Hasta que Fornicato Palacio decidió arrendar otro espacio; al aire libre.
Se pusieron varas verticales y horizontales y se cubrió el escenario con plástico. Allí eran
depositados los cuerpos. Venían de Lengua Larga (vereda de Villa Rebelión); de La siembra
(vereda de Ciudad del Mal); de El Ensueño (vereda de Ciudad del Buen Vecino).
Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada por el viento hasta la misma Ciudad
Salmón; territorio del Padre de los Padres. El mismo Dios trasplantado desde Roma; desde
Castilla; desde el Sacro Imperio Anglo-Sajón cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el
olor nauseabundo. Solo las quince, los diecisiete y sus adeptos escapaban. Ellos y ellas
seguían sus labores cotidianas, como si nada. Pero, claro, sentían profunda tristeza y temor.
Un día allí; otro día allá. Una peregrinación constante. Las ideas libertarias de Ramón Ilich,
estaban grabadas en madera y bronce; de tal manera que no las degradara el paso del tiempo.
…Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección. Primero fueron las mujeres; conocidas como
las desnudas, en razón a que conformaban una asamblea permanente de féminas en contra de
los chafarotes de Pío XIX y de sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los niños y
las niñas. Se negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por el mismísimo Pío y avalado por
su señoría Fornicato Palacio. Luego fueron las y los adolescentes. Estos se negaron a entrar
como aprendices a alguna de las Legiones existentes. Ni a la del Santo Sagrario; ni a la de los
Hijos e Hijas de María Auxiliadora; ni a la Cofradía de los Hombres y Mujeres
Bienintencionados (as). Por último, fueron los abuelos y las abuelas. Ellos y ellas se negaron a
servir de apóstoles en las celebraciones de la Semana Santa. También, sobre todo ellas, se
negaron a acompañar a la Dolorosa los Sábados Santos, en su soledad.
Sucedió lo que se presumía que iba a suceder. Fornicato, Benedicto XIX; Pío XXIV y los
representantes de las cofradías y legiones; decidieron, en reunión secreta, juntar sus ahorros y
situarlos en el mercado de mercenarios profesionales. Mercado que había sido instituido por el
Nuevo Imperio Anglo-Sajón. Le servía como fuentes de divisas y como soporte a las guerras de
baja intensidad, comunes en la región. Les alcanzó para comprar doscientos hombres rudos.
Machotes curtidos en el arte de matar ilusiones y esperanzas y revoluciones clásicas.
Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre, día de la Santísima Virgen. De manera furtiva
se instalaron en los cobertizos que Fornicato utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron
desplazando, hasta copar todos los espacios. Ya conocían quienes eran los y las dirigentes.
Mataron a todos y a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas, hombres adultos y hombres niños.
Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la Plaza Mayor de San Jacinto, ubicada en el
centro de Ciudad del Mal. Allí se hizo una pira inmensa. Las llamas se veían desde Villa
Rebelión y desde la Sede Central del Santo Oficio Divino
De las quince, quedaron solo siete y de los diecisiete quedaron solo nueve. Se mantuvo la
desigualdad que tanto inquietó a Virginia. Lo cierto es que, quienes quedaron, migraron hacia
diferentes poblados relativamente cercanos entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron la
brega.
Ese fue el referente que tanto entusiasmó a Karla. La vida de Benjamin y de Virginia. Casi
como La Vida de Jesús y de María. Un símil que ella validó y lo hizo suyo. Por lo mismo,
cuando murieron ellos y ellas, las dirigentes y los dirigentes de la insurrección en Ciudad del
Mal; ella se propuso vengarlos y vengarlas. Nada de poner la otra mejilla. Era ahora o nunca.
Ojo por ojo.
Simplemente hubo un problema que le enredó la pita: la aparición de Villaveces, su amante
frustrado y resentido. Aquel que no le perdonó nunca el hecho de haberse separado de él; por
decisión autónoma, aprendida esa autonomía de las conclusiones de la Asamblea de Mujeres
Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía del almacén en donde trabajaba. La siguió sin
ser visto. Cuando Karla llegó al platanal; apareció enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en
mano (alguien, hoy en día, de manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”). En fin,
que la acuchilló. Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y, desde allí hasta Villa Perdón.
Este último, un caserío habitado por ex convicto; prófugos resentidos mandantes, con muchas
muertes a cuestas.
El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada. Lo llamaban, también, “Tierra de Nadie y de
Todos”. Desde ahí importaron el modelo, muchos de los estrategas de la barbarie;
hegemónicos mandarines criollos. Pútridos, siempre. Y, entonces, se expandió el modelo.
Fueron creciendo las ciudades y los países cuyos gobernantes a la fuerza, enviaban a sus
agregados y aurigas a aprender el oficio de no preguntar nada. De guardar los secretos de las
muertes sucesivas y de no permitir la identificación de los culpables. Allí estuvo, por ejemplo,
Juan Manuel Santín; José Obdulio Miserabilísimo; Sabas Pretel de la Cuesta. Todos en
nombre del prístino Álvaro.
Y, Raúl, estuvo allí casi cuatro años. Hizo muchos amigos. Algunos de ellos ejercieron como
sus codeudores; cuando él decidió comprar a crédito El Buzón del Olvido, Un cachivache que
servía, a la manera del sobrero de los magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o
una flagrancia y sacar palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o divinas imágenes de la
virgen; o del Divino Niño.
Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue encontrado por uno de los hijos de Fornicato
Palacio. Lo llevó a otro sitio, distante de allí. El cuerpo de Karla todavía estaba caliente.
Deogracias Palacio, aplicó lo que había aprendido en los cursos de necrofilia. Una vez terminó,
volvió a trasladar el cuerpo al lugar en el cual había sido dejado por Raúl Villaveces.
El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de La Asamblea, estuvieron con ella y la
acompañaron hasta el lugar de su cremación. Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por
la Pronta Justicia. Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la región y
del país. Un documento elaborado con un conocimiento previo de la lucha que han librado las
mujeres en todo el mundo. Ellas, inclusive, promovieron siempre la realización de eventos y
movilizaciones el ocho de marzo anterior a la muerte de Karla. Estaban convencidas de la
importancia y trascendencia de su gestión. Como mujeres comprometidas con la defensa de
sus derechos y por la persuasión acerca de la necesidad de la ternura para crecer como
personas y como pueblo.
Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo, ciudad situada al noroeste de Ciudad
Bienaventuranza. Cuando niño fue protagonista en la escuelita en donde cursó su básica
primaria. Porque exhibía capacidad para hacer de las palabras un todo coherente;
independientemente del tema que propusiera la profesora Altagracia. Por esto mismo, estuvo
mucho tiempo vinculado a la Sociedad de los Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart,
su padre y su madre, recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo
Diablillo Perenne lo exhibió en funciones en las cuales el público deliraba con los
conocimientos de Raulito. Hasta que, en un día cualquiera del mes de mayo de 2020, se quedó
mudo. Una forma de protestar por la utilización que venían haciendo de él su familia y los
propietarios del circo.
Creció, después de la ruptura, al lado de su tío Valentín. Cursó bachillerato en el Liceo Mariano
y se vinculó a la Universidad Trinitaria, como estudiante del programa de pregrado Ingeniería
Armamentista. Se graduó con honores y, posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para cursar
estudios de doctorado en Energía Atómica Aplicada a la Destrucción. A su regreso al país,
trabajó al lado del prístino Álvaro como consejero en asuntos de moral y de seguridad.
Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano, en Bienaventuranza. Sucedió que Raúl
fue delegado por el prístino como su delegado ante el Santo Oficio Criollo de la Búsqueda del
Cielo. Raúl siempre fue un hombre parco y muy devoto de María Santísima. A ella le otorgaba
todo tipo de sacrificios. Decía no querer a las mujeres, por su recuerdo de lo leído en la Historia
Sagrada, acerca del rol de Eva en la Tierra y, como colateral, la expulsión del Paraíso. Sin
embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba en soledad, motivado por las poses de las
conejitas.
Karla había crecido al lado de su tía Saturia. Padre y madre habían muerto en un accidente.
Viajaban de Ciudad del Mal a Ciudad del Buen Vecino; el bus en que viajaban rodó por un
abismo.
Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso Saturia, no tuvo ningún placer en su infancia. La
adolescencia, la sitúo en diferentes escenarios. El colegio; la hacienda de su tía; las calles de
Ciudad del Mal. Sin embargo, ella nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba el artefacto
ideado por la tía para impedir que Karla fuera abordada. Se trataba de un cerrojo anticuadlo,
pero efectivo.
Ese día, en plena celebración de la Santísima Virgen, llevaba un vestido apretado, negro.
Hacía diez años había muerto Saturia. Ahí, al pie de la tía muerte, lanzó el grito de libertad. El
cerrajero logró abril el candado. Los trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados. Danzó
toda la noche del velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo Encarnación para que la
inaugurara. Estuvo con él toda la noche. Contó veintitrés orgasmos; hasta que Encarnación no
pudo más.
Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el hecho de que Karla había organizado una
celebración paralela. Se trataba de la reunión de todas las mujeres de Bienaventuranza y de la
expedición del Manifiesto Libertario de las Mujeres Vulneradas.
La casuística consistía en exhibir sus cuerpos desnudos en la Plaza Central de la ciudad.
Danzaban alrededor de la hoguera y, a cada paso, arrojaban al fuego retratos y réplicas de
Fornicato Palacio de Benedicto XIX y Pío XXIV. Además, símiles de los Caballeros Cruzados.
Le dijo: “señorita, usted no puede agraviar a la Virgen de esa manera.”
Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo sustraerse al encanto de su mirada. Ojos verdes,
simples; pero con una fuerza absoluta cuando se fijaban en alguien. En este caso, Karla, fue
ese alguien. Casi desmaya. Porque ese mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron. Karla le
expresó que no había vuelta atrás. Las mujeres de Bienaventuranza no admitían ninguna
directriz; por sagrada que fuera.
Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es así”. Todo tan coincidencial, que ella y él se
sintieron sujetos de una alegoría lejana. Ella y él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó
una botella de aguardiente marca Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de vino dulce,
marca Los tres Frailecitos.
Departieron hasta pasadas las doce de la medianoche. Karla invitó a “ojitos verdes” a su
habitación. Ella vivía en casa de inquilinato. A pesar de eso, todo muy confortable y digno.
Como lo hacía siempre, se desvistió inmediatamente llegó al cuarto. Raúl se sintió algo
incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a las conejitas y sintió un fuerte escozor en su
tornillo; tanto que se irguió mucho más de lo acostumbrado. Se juntaron, hasta el amanecer.
Raulito se despertó asustado, porque había quedado en llamar al prístino.
Luego de haber expedido el Manifiesto, las mujeres de la Asamblea, se dispersaron. Cada una
con el propósito de arengar en la ciudad. Convocando a la confrontación en contra de Raúl y
de sus símiles. Ellas ya sabían que Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero eso no las
amilanaba. Estaban decididas a la venganza. Como fuera. O en los Tribunales. O en cualquier
sitio. Lo cierto es que Raúl debía pagar por su crimen de lesa fémina.
Prevaricato Martínez fue el primer amante de Virginia. Se conocieron cualquier día, en Villa de
Dios, una localidad situada al Este de Ciudad del Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de
Ciudad Amada por Dios. Allí nació y creció. Su padre ejerció como sacristán en la Parroquia de
San Diego Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo doce hijas. Entre ellas Virginia, la cuarta.
Cualquier día, su padre, la abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una de ellas para José
Arimatea y Primogénita. La otra, para las doce.
Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes desesperado. Te he observado cuando te bañas;
déjame, por favor, probarte”.
Cuentan que Arimatea se tiró al río. Nadie pudo recuperar su cuerpo. Sin embargo, Virginia
quedó lista para ser la madre del hijo suyo y de su padre. El niño murió cuando tenía tres años.
Un caso insólito de fiebre amarilla. Virginia nunca transfirió el hecho. Ni siquiera a su madre
Primogénita.
25
Cuando aprendió con Benjamin el arte de hacerse mujer autónoma, ya había conocido el arte
de la sumisión. Había estado durante muchos años, al lado de la tristeza y de los vejámenes.
Como ese, cuando su padre la vulneró; haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia.
Desde ese día, Virginia juró por Los Dioses Antiguos, que jamás hombre alguno le haría lo
mismo. Por eso lo ahogó en el Río de Oro. Por eso mató a Prevaricato; arrojándolo al Lago
Santo.
Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como Prevaricato; ni como Raúl. Es decir, él era un
hombre pleno, sincero y que valoró siempre la importancia del rol de las mujeres y de la
construcción de escenarios de equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamin siempre fue
perseguido por todas las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente por aquella
liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos al Servicio de Dios.
Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a los hombres; transfiriéndoles el
conocimiento asociado a la libertad. Ese fue el Benjamín que tanto admiró Karla. Ese tipo de
propuestas libertarias; esa condición de sujeto comprometido convencido de la necesidad de la
guerra entre las cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres que reivindicaban el
derecho a ser libres y a tener la sensibilidad y la ternura como soportes en su actuación.
Guerra que, aun hoy, continúa y que, por lo visto continuará por siglos; hasta que sea vencidos
los dueños de la vida cautiva y de la inequidad y de la contra ternura.
…Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy asistiendo a la misma confrontación
Algo extraño en ella. Nunca la había percibido así. Una imaginación que bordea lo absurdo. Sin
que me diera cuenta, siguió con otra historia.
Contaban nuestros antepasados que, en algún lugar del territorio Embera Katío, las mujeres y
los hombres tenían una relación estrecha con la luna.
Tanto es así que, en determinada época del año (según su propio calendario), se realizaban
algunas actividades que permitían consolidar esa relación. Una de esas actividades, tenía que
ver con la caminata hacia la prolongación de la vida.
El rasgo principal de esta realización, lo constituía la convocatoria a lo que podría llamarse
ahora un concurso. En donde cada uno y cada una de los (as) convocados (as) presentab an
sus quejas ante la luna.
Por lo general, las quejas, iban acompañadas de demostraciones de dolor. Estas, a su vez, se
presentaban con expresiones corporales que adquirían un significado casi sagrado.
Lo corporal, incluía el llanto. Aquí, las lágrimas, vertidas formaban un inmenso lago agridulce.
En este lago se sumergía a los niños ay a las niñas. En la intención de prepararlos para la
ternura y la solidaridad.
Una vez terminado el ritual, las mujeres y los hombres, danzaban alrededor del lago.
. Hasta que la Luna desaparecía, con la llegada del Sol.
Otra vez me sentí como ensimismado. Por momentos creí que estaba inmerso en las Mil y Una
Noches. Como si estuviese enfrente. Conversando con la negra Benjamina, cuando me contó
ese sartal de historias que no logré entender. Y la Nana contó otra historia. Estaba fascinada.
Como cuando alguien entiende que el tiempo y su curso tienen que ver con estar mirando y
contando cosas. Sin un hilo conductor aparente.
Escribir acerca uno mismo, supone asumir el reto de ser absolutamente sincero. Porque está
de por medio el encuentro con aquellas verdades ocultas. Aquellas que, a veces, no me atrevo
a reconocer.
Lo cierto es que, mi vida, ha transcurrido de manera sinuosa. Es decir, ha estado alejada de la
homogeneidad. Es tanto como entenderla vinculada con hechos que, en sucesión, se asimilan
a estados de ánimo; a lo que podríamos llamar expresiones originadas en mi manera de
relacionarme con el entorno cercano y con todo el mundo exterior.
Mi infancia, en esa primera etapa que algunos han dado en llamar la primera aproximación a la
interacción con los otros y con las otras, transcurrió sin afugias en lo que tiene que ver con el
aspecto económico. Es decir, sin los contratiempos ni las limitaciones que han tenido y tienen
otros niños (as).
Lo anterior no supone, en una perspectiva integral, la ausencia de dificultades. Entre otras
razones porque, en esa dimensión de integralidad, es necesario incluir lo que antes denominé
“estados de ánimo”. Estos, para mí, no son otra cosa que momentos en los cuales me invadía
la tristeza y la soledad relativa asociada con cierta forma de distanciamiento, con respecto a mi
padre a mi madre. Algo así como saberme incomprendido.
Con el correr del tiempo, en la medida en que iba creciendo, ese distanciamiento y esa
percepción de no ser reconocido de manera plena como persona, me fui acercando más a la
exterioridad. Era como una búsqueda de vivencias colectivas, disociadas del entorno inmediato
familiar. No puedo negar que, ese proceso, fue y ha sido conflictivo. Es algo así como
relacionarlo con la identificación de hechos y acciones que antes no había conocido.
Todo lo anterior, cruzado por las condiciones que imperaban y marcaban esa exterioridad. Una
ciudad y un país en donde se desarrollan procesos sociales, políticos y económicos
traumáticos. Con situaciones de violencia y en donde la inequidad se profundiza de manera
constante. Si bien es cierto mi percepción de estos hechos no ha sido plena, aun ahora, no es
menos cierto que es una realidad que impacta; así no tenga mucha claridad en cuanto a su
origen.
26
A mis casi quince años, me considero un adolescente relativamente sensible. Me he esforzado
por reivindicar mi libertad y autonomía; en contextos en los cuales han existido expresiones
autoritarias. Tengo claro que esto le sucede, también, a muchos y muchas adolescentes. Lo
que pasa es que asumo la individualización. Y esto supone reconocerme como persona. Como
lo que soy, con diferencias precisas con respecto a los jóvenes de mi edad.
Jesús Sinisterra es un jefe soportado en las necesidades de la empresa. Asume su rol, como
sujeto perdulario. En él se encuentra el equilibrio mágico entre las necesidades de la empresa
y su opción de vida. Ya, Susana, me había comentado el año pasado, que Sinisterra, le había
insinuado su deseo de poseerla. Como extensión de su poder. No solo en lo que implica a sus
exigencias de rendimiento sino también en lo que hace con sus necesidades de sexo furtivo.
Manteniendo el esquema. Fundamentado en su condición de macho que combina el sexo
formal con su dominada y la informalidad con una amante.
Yo sentía por él un odio visceral. Tanto como gendarme empresarial, como por su capacidad
para utilizar su poder, como garante de su búsqueda de sexo. Una figura lasciva. Oportunista.
Yo me hacía a la idea de que Susana no claudicaría nunca ante la vergüenza que suponía
acceder a los requerimientos de Sinisterra. Sin embargo, me obnubilaba la duda. Porque,
conocía los ímpetus de Susana. De su manera de otorgar y sentir placer. Para Susana toda
oportunidad es válida. Ella decía: el placer es un elemento indispensable para vivir; no importa
con quien o quienes se construya y se sienta. Este es independiente de la raza o posición
social. Para mí lo fundamental es el placer en sí mismo.
El 31 de agosto fue mi primer aniversario. Ese día sentí que había poseído a mi madre. En una
suplantación imaginaria. La veía desnuda, bañándose. Veía todas sus formas al vestirse. Era
invitado obligado, porque demandaba cuidado. Y quien más que mi madre para satisfacerlo.
Cierto es, también, que solo recuerdo a Silvia. Aún, hoy, no tengo certeza de haber conocido a
mis rivales. Solo ella, Silvia, estuvo y está a mi lado. Adrián y Pitágoras, se marcharon. Se
cansaron de mi obsesión por mi madre. Olga, Maritza y Martha, viajaron con mi padre. Por
imaginarios caminos. Supe, últimamente, que habían traspasado la frontera entre la fantasía y
la realidad. Como dueñas de mi padre y enemigas de mi madre.
Veo pasar niños y niñas. Saltando, eludiendo caminos áridos. Buscando la felicidad en
territorios disímiles. El parque cercano, el país lejano. En construcciones efímeras. Cuando
vuela, la imaginación, no reconoce límites. Están al lado de la madre. Una bifurcación
truncada. Ellos y ellas, saturados de nostalgias, de tristezas. Yendo al encuentro de la alegría
que no viene. Que se queda allá, en el lejano horizonte quimérico. Ellos y ellas son yo, son
Silvia. Porque he limitado mi visual. Ni Olga, ni Maritza, ni Martha. Ellas se han ido, con el
padre. Yo no sé si lo siguen por pasión de hijas; o por alucinaciones de amantes.
Es el día 543, después de mi instalación como empleado en la empresa. Llegué como noria.
Sin tener roles definido. Localicé a Susana, por su mirada. Ya la había visto antes. Cuando
poseía a mi madre, vía pezones duros: Desde que odié a mi padre por vulnerar su sexo;
induciéndola al orgasmo ilegítimo. O cuando, me vi., en el vientre, creciendo, como elemento
extraño. Originado en una juntura nefanda. Entre él y ella. Entre su sexo y el de ella. En una
violencia reinventada. En una sensación de tristeza. Siendo yo el promotor de la misma.
Creciendo en ella. Ella con la disposición de las esclavas. Que murmuran su inconformidad.
Pero una murmuración que no explota. Que se adormece, al ritmo de la tradición y de la
moralidad.
En fin…, sea lo que sea, Susana estaba allí, con su mirada. Dominándome desde ese
comienzo. Ella aferrada a la máquina que tuerce el fruto. Sea de café, o de cacao o de
ilusiones. Ella magnífica. Exhibiendo sus botones a través de su blusa a rayas, transparente e
insinuando, a través de su jeans, ese triángulo hermoso que insinúa su sexo potente. Capaz de
avasallar; sexo que transfiere pasión, deseo. Sinisterra estaba ahí. Mirábamos el mismo trofeo.
Él con su poder ya adquirido. Yo con un toque de inocencia, parecida a la partitura de un
bolero. El son de los amantes. Furtivos y abiertos. Recatados, como deslealtad conmigo
mismo. Pretendiendo esconder el deseo de fornicar, desde ya, con ella. Ese suplicio constituido
en la partición del yo. Entre el respeto y la ansiedad por poseerla. Era, ella, el horizonte. De
Sinisterra y el mío. Ya ella lo sabía y jugaba con las ilusiones. Abominable una. Perversa la
otra. Porque mi arrebato, pretendía ocultarlo. Disfrazarlo de pasión sublime.
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Y yo seguía diciéndome que ya estaba bien de tantas historias juntas. Todo me daba vueltas.
Como esas veces en que uno se pierde. Y, entonces, todo deja de ser consciente. Todo se
torna como vago. O como inverosímil, o absurdo. Algo así como baquiano. Esta última frase la
aprendí de la Nana. Y lo expreso, casi sin saber su significado. Porque así he estado toda mi
vida. Expresando cosas y/o realizándolas, como al margen de la vida misma. Como si esta
fuese algo etéreo.
Lo cierto es que ella y yo estábamos allí. Mirándonos. Ella en su encantamiento, derivado de
esas historias que se empecinaba en relatar. Yo con ese horizonte tan recortado, como
accediendo sin querer a sus relatos. A ella la sentía como sujeto, insisto, vinculado a esa
trama. Como Scherezada, contando cuentos para no morir. Y lo menciono porque fue ella
misma la que me dijo un dio, que hubo un tiempo, un territorio y un reino en el cual ese
personaje femenino se salvó de la muerte, precisamente por saber cuentos, historias.
Personajes casi mágicos. No había terminado yo de reflexionar. Lo mío sigue siendo mi
incapacidad para hallarme a mismo. Y me inventé otra versión mía. Como a lo que quisiera
llegar a ser. Sujeto perdido
He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable.
Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el
regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que
nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como
si la vida comenzara ahí.
Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la
complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un
recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no
de manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la
pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué
más da. Si, en fin, de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos
circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá,
como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conciente de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni
cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi. Abocado a ser en sí.
Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en
mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto
válido.
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Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni
queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las
otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario
para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que
ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y
de calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de
endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a
quienes posan como gendarmes de todo, incluida la vida de todos y a todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de
confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de
mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra
como filtro. En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han
construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y
las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la
muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo,
como es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la
libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones
recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el
paseo que esta orienta, hacia la muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor
de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en
vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está
ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y aprehendido por parte de quienes ejercen
como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que
vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que
se ve y se cree. Una disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a
la sociedad civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional.
Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la
ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la
mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el
ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que
soy en verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad
verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y
videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan
y caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y,
estando en esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por la infamia de los
desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los días por venir y de los días
perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé
con los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre
socrático y aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y
confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de sí mismo. Y, sin embargo, tan
posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me
convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la
tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares increados; pero vigentes.
Artilugios de día y noche.
Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio fronterizo. Entre
Vaticano y Washington. Como han cambiado la historia. Como la han acomodado ellos. En
tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La
tríada indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a
Santo Tomás y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé
con la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis sueños
en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa de la Edad Media.
Definida así por una cronología nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los
Santos Caballeros recorriendo los inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas
setenta veces siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos
Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas figuras d la libertad
y de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está
ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano
nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los herederos de San Pedro ejerce como
espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen anclados. Y
difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados perdularios. Para quienes
la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida.
Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de
Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía
Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene
Guantánamo como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales
de la tortura.
…Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos. Todos a una: la
ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en una que otra versión.
Escuchadas en la noche; cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual
me he ido acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de
argüir mi condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y
cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín al
socaire. Siendo aproximación a la condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de
límites.
En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y
de acciones. Como si fuese experto prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos
encargados de divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación
posible de mis acciones a aquellos teatrinos incorporados a la cotidianidad burlesca.
Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido posicionarme como
cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día. Porque así es como funciona y
como es efectivo. Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que
llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa
como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por
las jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería!
Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta
para mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante
expresiones que tuve o dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse
del pasado es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las
cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas.
Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad que me remite
siempre a ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la
proporcionalidad entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como
verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y
todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Leticia y a Nelly, y a Norela,
y a Rosita, y a Miguel, y a Nelson, y a…
Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo
volver a esos escenarios en los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su
vigor. Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme heredero de
penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin soporte
diferente a aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza;
pero también de construir el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad.
Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo experto. Pero como
en regresión. Es decir, en contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo
como advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser herético,
punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa
de la penuria y de la infelicidad de los otros y de las otras.
Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en nada diferente que
estar ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una existencia próxima al desvarío de
aquellos y aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino
que se me escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por
milenios.
Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur de los
acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque no la he vivido como
corresponde. Lejanos momentos esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano
centrado en el itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana
tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde
que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar
predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella trazada por nefandos personajes
que hicieron de la vida una yunta. Como encadenamiento cifrado. Como propuesta que
restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que la mata, a cada momento.
Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de estar ahí. Como
convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico
del olvido. Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al
vuelo libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como
cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y
vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa.
Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite
al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había
empezado a vivir. Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no
posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo
parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin
el acumulado de verdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir la
vida. Y, cualquier día, me dije que no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero
no fue posible. Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando
en lo que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que
viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese desasosiego
inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es pensar. Pensando en que sería
otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva
voz, no voz tardía y repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo
histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es como mantener
vigente la enajenación profunda.
Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la heredad de los emperadores y de los dioses
míticos y de las creencias aciagas y de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos
y aristotélicos. Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la
vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una
interpretación de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos
desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin
cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios personajes que deletrean las
verdades de conformidad con el discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan
de convencerse a sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro
que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios
Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el
yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar mil disputas
por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin, asfixiándola, en cada momento histórico.
Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante. Esperando
que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía de la postulación dialéctica
hegeliana. O, simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels.
Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para resarcirme de mis
creencias de la creación de las especies, a la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que
no entendí su mandato evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una
propuesta de sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la
humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber.
Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo en tendí.
Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario inmerso en su teoría. Y me
quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de
la extirpación de la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado del capital
y…de, en fin, de cualquier cosa.
Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas para destruir a la
Bastilla y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la
guillotina como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma
opción hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió
prendiéndole velas a Descartes.
Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese tipo de expresiones que
naufragan, cuando nos percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la
violencia oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de vocingleros
de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como promotores de
esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo ellos son
alternativos.
Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los cachivaches colocados
como símbolo por parte de los testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por
la buena fe, la moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí
a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más
interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores.
Escribiendo para diarios y revistas. Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los
desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y lo y las vi como caza
recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la mano de su jefe político y militar y
que presentó como trofeo y como justificación para recibir la mesada oficial infame) y vi a
Santos y su cohorte administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de
bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a
quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la “sociedad civil”, vendiendo sus
palabras acartonadas. Como equilibristas que se agazapan. Esperando un nombramiento. A
Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo que las mujeres violadas
por los paramilitares no deben hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los
criminales de guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del
Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la revolución. Sí, lo vi
como fórmula vicepresidencial del invasor del Ecuador y prístino representante de los
monopolios de la comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si,
al brillador de lámparas de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que
defendió el bastión monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de
España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó de agache
cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta, expulsó a Clara López, por haber escrito
la verdad acerca de los manejos de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León
Valencia, cuando llegó de Londres con su maleta cargada de palabras en contra de la lucha
armada revolucionaria y con un breviario confesional que contiene el evangelio de los “nuevos
demócratas”.
Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a tener que asistir al
parloteo de loros y loras que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia
infame de los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por encima de los
muertos y las muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil
que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia social?
Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando cantó interpretó la
canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme
vivo; antes que seguir aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada;
en donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de
los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí
que es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan maltratados y maltratadores, como si
nada. Es decir, como repeticiones y prolongaciones sin fin.
. No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que me niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se,
por ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y
me acuerdo que, estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con
su condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en
tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido
cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu
interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el
tiempo conmigo, pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi
llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que, a cada subida y a
cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio
tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir.
Y sigues siendo el mismo Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me
cuentan que has tratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdalá Subdalá
Asimbalá. Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía Láctea.
Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí, esperando que regrese
Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar los objetos traídos de su
saqueo.
Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo
maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué
a esta patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que
todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarías del Santo Oficio de la gestión
autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia. Que le
cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡
. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre de todos y de todas…y
de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que
había sembrado Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos hemos sido; llenos
de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al Vaticano (…sí
otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo
había nombrado Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días
murió envenenado. Después vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como
justificación, una investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.
Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno.
Simplemente, me perdí en ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las
necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas
autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y,
me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y
que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan pronto devienen en los
castigos penales y civiles. Y que, al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como
ese de respetar y acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a
aceptar los postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por
haber. Aun sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que
han acumulado beneficios que no le son propios.
Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo que nos es
mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en
términos de lo que debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero,
simplemente, que llegue la hora de la partida.
Cuando terminé, mi alucinación; todavía estaba la Nana ahí. Expectante. Tratando de matarme
con su mirada. Como si me hubiese escuchado. Como diciéndome ¡La única que puede decir,
hacer y pensar, soy yo!
“De eso de vivir la vida, es como decir perder el tiempo y la vida, por nada.”
(El mestizo)
Napoleón Torrente vivía en el cuarto piso del sitio destinado a los ausentes. Lo del número
cuatro, era pura invención fatalista. Porque no le venía bien entrabar relación con el albur de la
vida del insomne dormido.
Lo de Torrente era otra cosa. Algo así como peregrinar en el tiempo. Como cuando el ser se
empecina en recorrer el universo, en búsqueda de no se sabe qué. Lo único cierto es que
Napoleón se inició en el arte de hablar sin la existencia de interlocutor o interlocutora. Un
trasegar por territorios hechos de antemano para él. Porque, entre otras cosas, era sujeto
anunciado. Todo giraba alrededor de lo ya dicho y hecho. Es decir, el repetido, no era otra cosa
que historia ya sabida.
Por lo mismo, Gertrudis Valenciano decía de él: “…no le hagan mucho caso, porque el pobre
está loco”. Locura de principio a fin. Es decir: desde su nacimiento hasta su muerte. Un
inveterado oficio, en el que los naufragios son asimilados a simples actitudes de vendettas
entre dioses. Y, como es apenas obvio, relacionadas con la predilección de cada dios por cada
uno o una de los humanos (as). Resulta que esa enajenación surtía efecto en todos los ámbitos
asociados al entorno del titiritero.
Había aprendido el oficio de Sofonías Licuado, loco también y padre del abuelo materno de
Torrente. Eso de hacer hablar a los muñecos se tornó en un reto familiar. Ya antes, en el Siglo
de las Obscuridades, un nieto de San Agustín había anticipado que “…vendrán días en los
cuales otros hablarán por nosotros y dirán lo que no quisiéramos haber dicho nosotros
mismos”. Expresión esta surtida de múltiples colaterales. Uno de ellos, tal vez el más cercano
al cuadro de las verdades agustinianas, tuvo que ver con el hecho siguiente:
Siendo todavía infante, Benedicto el Orfebre, sucedió que la ciudad El Manto Sagrado, estaba
enardecida. Por doquier, los herederos virgíneos, vociferaban. Una rebelión sin parangón en la
era cristiana. Todo de revés. El pretor regente protomártir, Virgelina Primero, había decidido ir
al sacrificio. Estableció relaciones conyugales con la hermosa heredera de Valentín el Valiente.
Hombre poco común; como quiera que hubiera emprendido mil batallas en contra de los
pecaminosos. Es necesario hacer claridad en el sentido de que no ganó ninguna. Simplemente
porque, el pecado se había diseminado a lo largo y ancho del territorio mariano. Unos con
otros. Otros con otras. Unas con unas. Unas con otros…etc.
Cuentan que, el mismo Valentín, había estado en el escenario destinado a otros con otros.
Dicen, además, que allí conoció a Victoriano. Hombre ajeno a cualquier expresión terráquea.
De una lindura asfixiante. Y, por si acaso, con una capacidad incuantificable para hacer de
cada acción un placer ilimitado. Esto fue lo que cautivó al partícipe en las mil b atallas perdidas.
Dicen que enloqueció, cuando Victoriano se enamoró de Valeria, a su vez, enamorada de
Beatriz, la virgen recluida en el monasterio ubicado en el territorio conocido como Villa
Ejemplarizante.
De esa relación nació Emanuel. Niño dotado de poderes extraterrenos. Como ese de levitar y
de hacer levitar. Ya, cuando cumplió los cuatro años, estuvo en la ciudad Eterna. Allí
confrontando con el Tomasino Niño también. También mago, como Emanuel. Pero su magia
era más atrayente. Como querer decir que era más cautivante, más magia. El Tomasino hacia
llorar a las rosas y a los claveles. Vertían lágrimas que eran como perlas. Y, como perlas, eran
vendidas en las celebraciones de San Isidro, en todas las veredas circundantes.
Allí, en la ciudad Eterna, convocaron a todos y todas quienes quisieran desafiar a los dos
magos. Eso de todas era un decir. Porque las féminas no eran del agrado de Valenciano,
llamado el casto. Este era regente y definía acerca de todo, en ausencia del papa
Espermatozoo, quien, estaba casi siempre en ciudad Oleína, centro de la lujuria. Allí se
realizaban competencias entre colegas lascivos. El punto de comienzo era la capacidad para
otorgar y recibir. Cuentan que Espermatozoo, lidió con más de una diosa del delirio. Lo
vencieron en franca lid. No pudo con el décimo cuarto orgasmo de Angelina, la diosa cuatro de
la cuarta versión del cuarto quinquenio de competencias.
Pero, siguiendo el hilo del relato, cuando Napoleón debutó como titiritero, vinieron delegados
de todas las legiones marianas. Desde Pentecostés, hasta El Amparo. Delegados insomnes
también. Dueños de la capacidad para no dormir durmiendo. Es decir, magia en fin de cuentas.
Estuvo Simeón Bautista…y eso es mucho decir. Porque Bautista si sabía que era poner a decir
a los muñecos lo que los humanos no querían decir. Cuentan que Simeón estuvo en Villa
Mercedes. Allí se inició en el arte de la ventriloquia. Allí aprendió a interpretar y transmitir lo que
los magos querían decir. Y, asimismo, cuentan que Simeón construyó el vocabulario propio.
Con cuatro mil letras. Desde la a, hasta la z. Todo pasando por la célebre posición lingüística
que asocia ene con ene cigarro y ene con ene barril, rápido ruedan los carros cargados de
azúcar al ferrocarril... Dicho un tanto coloquial, pero certero, al momento de redefinir los
espacios subliminales de las expresiones inequívocas de los fonemas y las rimas incorpóreas
de los poetas divinos.
Y se vino el mundo encima, cuando la hermana de Gertrudis confesó que esperaba un hijo de
Simeón. Inclusive, hizo el relato completo. Que cuando ella quedó sola, porque Gertrudis había
ido a ciudad Eterna a coadyuvar en la proclamación de Espermatozoo como santo varón, vino
el tal Simeón y le dijo: ...! Tan solita y con ese cuerpo, hermana Magdalena ¡Y…que se le echó
encima! Y que le abrió el cinturón virgíneo y que…
Todo pasó, así de rápido. Como cuando Valentín el Valiente preñó a su hija y luego la entregó
al protomártir Virgelina Primero. Y, seguía diciendo Magdalena, yo sentí como que algo me
entraba por ahí, por abajo, entre las piernas…y, después, sentí como un líquido caliente…Y,
después, vi que el señor se quedó dormido, como cansado…Y, después yo, le cogí eso duro
que tenía y lo volví a meter ahí abajo, entre las piernas…Y volví a sentir ese líquido caliente.
Como ochenta veces conté yo.
Como a los cuarenta días de eso, empecé a sentir mareos y nauseas. Y le conté a mi hermana.
Y ella me dijo que tal vez había sido un sueño. Y yo le dije: cómo que un sueño, si mi barriga
se está hinchando. Y ella me dijo, tal vez algo te está cayendo pesado en las comidas. Y, yo le
dije: sí hermana, tal vez es el chorizo que me hace daño. No lo volveré a probar.
Lo cierto es que nació Nacianceno. Nació lo que llaman bobo. Es decir, como perdido.
Babeando todo el día y toda la noche. Y se saca el coso y se lo toca; y grita…y ese líquido
aparece, caliente. Y, después, se queda dormido, como el papá. Y yo le cojo eso duro y, sin
que me vea Gertrudis, me lo meto ahí abajo, entre las piernas…y siento, otra vez ese líquido
caliente y gris.
Ahora estoy, otra vez, preñada. Es como un juego. Porque lo hago todos los días; cuando
estoy bañando a Nacianceno. Porque él no se sabe bañar. Y eso que ya tiene quince años.
Y Magdalena empezó a deambular. Estuvo como socia del titiritero primero. Y después estuvo
vendiendo las imágenes de todos los papas, incluida la de Espermatozoo. Y, con Simeón el
mago de magos, estuvo en Tierra Santa. Allí conoció a Abdalá Subdalá Condal, un hermoso
árabe que se le apareció. Así, de un momento a otro, cuando ella se estaba bañando. Abdalá
le dijo: ¡qué cuerpo y…que…Probó la versión musulmana del líquido caliente y gris. Cuenta
que, por eso, cuando nació Adelita, Magdalena decidió irse con todos sus retoños, a
peregrinar. Aquí y allá…hasta que, cualquier día, en el desierto de San Bonifacio, vio una luz
que centelleaba y que se centró en ella y en sus doce y que la envolvió y los envolvió. Y que,
sin saber cómo, apareció al lado de Santa Lucía, quien la nombró su asistente, contando ojos.
Y Simeón volvió a Tierra No Santa, después de su paseo por la que si era. Le contaron lo de
Napoleón. Le dijeron que se había hecho titiritero y que estaba al lado de los grandes señores,
en las bananeras. Y que había escrito un libreto para sus muñecos. Y que ese libreto hablaba
de lo que pasó, por allá en calendas ignoradas. Y que, los muñecos decían que hubo una
asonada. Y que, esa asonada, era algo así como parecido a la Babel histórica y a la Sodoma
que hace delirar. Y que, decían los muñecos, tembló la Madre Tierra; porque aparecieron
Luciferes por todas partes. Rojos todos. Hablando cosas que nadie entendía. Y, decían los
muñecos, el General Pacificador, en nombre del orden, de la Virgen María y de su Santo Hijo
Inmolado, ordenó fuego. Y que se murieron todos. Y los muñecos de Napoleón
desaparecieron. Alguien los robó. Mucho tiempo después se supo que habían sido torturados e
incinerados, porque no quisieron retractarse de lo que habían dicho acerca de los Luciferes y
del divino Pacificador.
Y, entonces, Simeón, se puso a recomponer la historia. Y, dicen, que llamó a Napoleón y que
le dijo: vamos a realizar una gira por todo el universo cristiano. Y les vamos a enseñar y re-
enseñar lo que son las voces del perdón y del olvido de las vejaciones, Y, cuentan, que primero
fueron a Villa Eutanasia y que estuvieron con los prístinos mandatarios. Y que, uno de ellos, se
ofreció para aprendiz de mago. Y que, Simeón, lo cooptó. Y que, ese prístino, hizo de la magia
un arte absoluto. Y creativo. Ya no se trataba de sacar conejos y pañuelos del sombrero. Ya no
bastones que aparecían en un tris. Ahora era otra cosa: el parloteo con la verdad y con los
hechos. Un embrujo único: Yo fui, yo soy; estoy aquí, pero no estoy. Y si estuviera, no estaría;
porque donde yo estoy no estoy y donde estoy yo no está nadie. Luego estar es nadie y hacer
es estar. Luego nadie hizo y nadie está; porque así, si se está no se está en donde debo estar
y donde, cada quien está, sin saber dónde está. Y, después yo no seré porque estuve; pero
como estar no es estar; nunca se sabe si estuve o no estuve en donde dicen que estuve.
. Y, el nuevo mago, construyó escenarios disímiles. Viajó por lugares que, aunque ya
conocidos, no habían sido lo suficientemente explotados. Por ejemplo: en Villa Aburrá de la
Trinidad, sembró sus mejores semillas. Y, pueblo imbécil, se recreó y ufanó con las
realizaciones de su prístino. Primero fueron los gendarmes colectivizados. Izando la bandera
del exterminio. Luego, la gendarmería in crescendo. Es decir, con asesorías de pares
extranjeros. Luego el sortilegio mayor. Es decir, el emblema de la mano alzada. Apuntando y
disparando a lo que se moviera. Y, luego, el adalid del tesoro de la paz. Bizarro, gendarme…y
santo. Y Villa Aburrá de la Trinidad, que lo vio crecer, se hizo Tierra Santa. Se hizo hoguera y
se hizo cadalso. Todos y todas, pueblo imbécil, coreando el himno en do de pecho, auspiciado
por el prístino. Y los y las que murieron y siguen muriendo, mueren en el cadalso del prístino;
pero en realidad no mueren porque son invento de los Luciferes. Porque ellos mismos y ellas
mismas se mataron; para después decir que los y las mataron. Acusando a los protectores del
orden. Vuelve y juega lo perdulario y el malabar con las palabras. Pero, qué pena, se embolató
otra vez el hilo del cuento. Decíamos que Napoleón se hizo titiritero y que, siendo titiritero, puso
a unos muñecos a decir lo que los humanos no queremos decir. Y que, por esto mismo de
decir lo que no queremos decir; los muñecos dicen lo que no queremos que digan. ¡Y,
entonces, diciendo lo que dicen, dicen lo que no queremos decir…! que vaina!, se nos pegó la
magia de las palabras del prístino.
Estuve pensando en matarla. Me tenía saturado. Con esa carga de vivencias, contadas como
si nada más importara en la vida. Hubo un silencio forzado. Ella, levantó los ojos, y siguió.
Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio.
En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un
día, por cierto 31 de octubre de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida
Circunvalar, con la Avenida Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una
esquina. Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas.
Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una euforia
absoluta.
30
Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de
su ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los
cuales tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos.
La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su
ídolo. Se hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así
como un espíritu errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego.
Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en
llanto. Como si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava.
Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:” ¿Por qué lloras? ¿Acaso tú
también, conociste a Lorena la amiga de la Esclava?
Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos,
donde conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava.
De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos
y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar.
Los Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno.
Las toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos.
La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los
otros amigos y las otras amigas.
La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi
compañía. La cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en
el horizonte, la esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.
Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la
tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la
tarea de recopilar estas versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión.
Los personajes y los personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que
rodean a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un
escenario absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas
palabras. Lo único que se les entiende es:” …esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día
apareceremos y será otra tragedia.
Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no
controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre.
¡No fallaba sino eso ¡Ahora le dio por contar historias urbanas! Y de este tipo. Por lo menos yo
no entiendo ese mundo. Sigo viviendo de dádivas espirituales. Y las principales fuentes son
Benjamina y la Nana. Me siento atado a ellas. Por lo mismo que lo mío es como enajenación
perenne. Es decir, asisto a la vida como no invitado. Porque no entiendo nada de lo
trascedente. Es estar ahí, como sujeto perdido (…tal vez ya había expresado esto antes). Un
vértigo continuo. Una infancia embolatada en la bruma de la historia. Y, ahora, aquí
escuchando esos relatos de la Nana. Una tutoría tanto o más mezquina que la del Negro
Antonio. No puedo frenar esa voz.
El asunto es que, Hipólito, regresó de su viaje al pasado. Había asumido un itinerario cargado
de vicisitudes. No más, al partir, enfrentó el dilema asociado a la significación que adquiere la
ilusión; cuando se pretende recuperar la memoria con respecto a hechos idos. Aquellos que,
según la ortodoxia inherente a la lógica, no pueden ser recuperados; a no ser que se descifre el
código vinculado a la libertad para transgredir las consecuencias de la relación tiempo, espacio
y suceso.
Sin embargo, a decir verdad, su capacidad para percibir y concretar el sentido que tiene la
asociación de conceptos, había sido vulnerada desde aquel día en que decidió reinventar la
noción de realidad. Porque siempre estuvo atado a un condicionante en el cual la vida era algo
así como un devenir constante. Hechos y acciones sin nexo con la certeza. Nunca había
podido entender la dinámica concreta, en donde el ser y el haber sido, supone la existencia de
un prerrequisito básico; esto es reconocerse a sí mismo. De no ser así, los entornos y las
vivencias, no son otra cosa que representaciones auto construidas, a partir del hilo conductor
invisible que soporta el tránsito de un lugar a otro, sin horizonte. Esto es lo mismo que la
ausencia de identidad.
Con todo esto, el no reconocerse, le deparó ciertas ventajas; como aquella de poder establecer
un diálogo constante consigo mismo. Una abstracción cercana al don de alucinar al yo.
Proponerle, siempre, la asunción de realidades estables, sin aquella angustia que erosiona al
ser; cuando no puede alcanzar el equilibrio pertinente con respecto a los otros.
De todas maneras, su viaje al pasado estuvo precedido por aquel momento en el cual conoció
a Carolina. Nunca supo cuándo ni dónde. Por lo mismo que nunca había podido discernir
acerca de los límites entre la interacción con yo y el contacto con los personajes que el mismo
había construido; en un ejercicio de iteración, en el cual cada personaje le proponía una
interpretación de referentes y de conceptos. Siendo así, entonces, amar, odiar, vulnerar, ser
vulnerado, vivir; eran para Hipólito sumatorias, agregados no vinculantes. Algo así como su
inconsciente nunca legitimado.
Lo cierto es, Carolina, adquirió forma. Según los códigos biológicos, era una mujer joven.
Reconociendo, eso sí, como en todo lo suyo, nunca tuvo certeza de su edad. Esto para no
hablar de los atributos del cuerpo. Tal vez, porque el universo de sensaciones que sustentan la
cautivación originada en la presencia de pezones turgentes, piernas sólidas, pelvis delineadas
como triángulos perfectos, vellos púbicos encubridores de un sexo no penetrado; etc.; no
constituían para él asideros precisos. Más bien eran, como ahora siguen siendo,
representaciones lúdicas afines a la necesidad de eludir el desasosiego inveterado.
Por lo tanto, palpar el vientre de Carolina, surgió como estrategia un tanto convencional
adherida a los recetarios vigentes para alcanzar cierta textura en aquella motivación que
convoca a los sentidos y estos la transmiten al yo y este se excita hasta el orgasmo virtual;
como quiera que es una derivación de lo erótico como figura etérea.
Sintió, inclusive, que recorría el cuerpo de Carolina; que penetraba esa zona estrecha y
punzante, mimetizada en los sedosos vellos y que ella se extasiaba y que susurraba metáforas
cantadas en donde lo protagónico era el placer, la plenitud de mujer amada una y otra vez por
ese ser lejano, volátil, herético.
Se sintió invadido; navegó en ese mar corporal inmenso, tierno, insinuante. Imaginó la cúpula
de templos obscuros, como territorios ofertantes de ilusiones y creencias para todos los seres
como él; ávidos de espacios para la alucinación; necesitados de significados para la vida.
Por lo mismo, al regresar de su viaje al pasado, se encontró tan solo como al principio de su
periplo por el mundo...Con equilibrios constantes a bordo; con la certeza de su desencuentro.
La diferencia, ahora, era la nostalgia por Carolina…por su cuerpo y su don de promover
ilusiones.
Y, como s fuera poco, ahora resultó presa del erotismo. Yo nunca he deseado mujer u hombre.
Simplemente, también, en eso se expresa mi desorientación. Más bien decirlo, mi incapacidad.
Inclusive, nunca me imaginé siendo el producto de un momento orgásmico. Simplemente, crecí
como si nada. Negándome a entender el nexo entre una cosa y otra. Como jugando al que
será. Y, a decir verdad, lo descrito por la Nana, me convocó, de una vez por todas a asumir
una decisión. Lo digo, al menos, en lo que supone validar la existencia conociendo la belleza
de ese tipo de relación. Tal vez llegue el momento. Por ahora me basta seguir embadurnado de
esa impudicia que han dado por llamar ética.
Miré, por enésima, a la Nana. Sonreía, al ver mi desconcierto. Como engarzando una cosa con
otra. Supongo que ella si había tenido la oportunidad, en lo que lleva de vida, de acceder y/o
ser accedida. Supongo que Benjamina l e ha enseñado eso. Y que, a su vez, la Negra lo
aprendió de su amante único. Y, ella siguió con el mismo cuento. El mismo deseo de desbordar
la gramática de los relatos. Cada vez más cerca a la versión Scherezada. O no sé si así es que
llama la mujer que logró sobrevivir a punta de historias.
Ese día, en que conocí a su hermana, Susana vestía un gris liviano. Casi todas las cosas
tocadas por ella, tienen la misma connotación. De su blanco o negro discursivo, desprendía un
quehacer exterior, en donde no existe lugar para la controversia. Siempre se ha comprometido
en acciones de radicalidad, sin que medie ninguna discusión. La más visible, sin duda, es su
ímpetu al momento de descifrar los códigos sexuales. Sin necesidad de preguntar, ni de
reflexionar, convoca a quienes la observamos, a una excitación casi alucinada.
El padre de Susana había transitado por varios países. Un aventurero absoluto. Conoció a
Batista en su breve paso por Cuba. Se convirtió en su asesor e intérprete de ideas y
convicciones. Por esto, no es de extrañar su versión en torno a Martí. Lo llamó pigmeo
intelectual. Aduciendo que la única expresión posible es el control del poder;
independientemente de sus consecuencias. Había heredado de su padre, el talante de corsario
perverso. A sus veinticinco años, originó una disputa por el poder en Guatemala. Propuso
convertir a Miguel Ángel Asturias en reo continuo, traidor a la patria. Por esto, tal vez, Susana
avaló la invasión de la Empajada de España, por parte de los gendarmes. Aún hoy, Susana
insiste en que, a veces, es necesario extirpar de raíz, aquello que puede derivar en un
cuestionamiento a la legitimidad del poder, no importa a que intereses sirve. Es de la idea de
que todo poder es legítimo, en la medida en que satisfaga las necesidades de quien o quienes
lo detenten.
Hasta cierto punto, la opción nietzscheana y wagneriana, asumida por Hitler, ha sido lo mejor
que pudo haber pasado para la humanidad. Porque los arios deben conducir al mundo. No
importando los campos de concentración y el genocidio. En esto, Susana, propone una
interpretación en la cual Mussolini y Franco son hijos bastardos del antisemitismo y de la
perspectiva de los arios.
Es un ser extraño, Susana. Heredera de unas convicciones estereotipadas del poder. Por eso
lo ejerce de esa manera. Su convocatoria perenne es a la cautivación, a partir de su sexo. Lo
cierto es que no hay ni habrá ninguno como el suyo. Con solo mirarla, fluyen imaginarios
heréticos. Sueños en que se prolongan, de manera infinita, el deseo por poseerla. Sueños que
esclavizan. Es una sujeta aria. Lucha de manera tenaz por lograr los propósitos de extensión
del dominio de lo sexual, por encima de principios. Es una doctrina sacralizada.
Precisamente, el primero de enero de 1959, el padre de Susana, huyó de la Habana. Estuvo
viajando por todo el Caribe. Desde Haití, en donde se entrevistó con Devaluar, hasta
Nicaragua, en la que compartió con Somoza, en Managua. Aprendió, también, de su padre, el
don de la adulación.
Transcurría mi aniversario 14. Mi madre, se enamoró de Alejandro Verdaguer. Un ciudadano
uruguayo, anodino. Lo único que lo destacaba era haber sido mercenario en Paraguay, en
época de Alfredo Stroessner. Entre otras cosas, se distinguió por su capacidad de servicio
como auriga del dictador. Al momento de conocerlo, tenía 42 años. Desde el comienzo yo le
hice saber, con mi mirada, que era un varón celoso. Y que mi madre era mía y no de él.
Sin embargo, se cuenta de él, que había estado 40 años tratando de establecer, con alguna
exactitud, el número real de puntos brillantes a espacio abierto. El problema no residía en la
condición de abajo o arriba, en eso de mirarlos para contar.
Aún hoy, no se ha podido descifrar su pasión por este oficio. En una aproximación, hace tres
años, le hizo a su madre el siguiente comentario: en uno de mis sueños, cuatro años atrás,
Prometeo habló conmigo. Un mensaje claro. Tanto como dibujar en palabras unos ojos
inmensos instalados en la cara oculta de la luna. La posibilidad de contemplar la belleza
azabache de los mismos, tiene como prerrequisito el recorrido por ese inmenso vacío azul, que
es tal, en razón a la refracción de luz solar en la línea de protección adyacente a la Tierra. Su
color negro, emerge a partir de la pérdida de luminosidad. Algo así como quiera que es
condición indispensable para que confluyan estos momentos la validación de la posibilidad de
identificar el brillo desde Uruguay.
Prometeo me advirtió, eso sí, que debía descontar de la suma adquirida, los planetas
atrapados por el Sol, con su imantación. De todas maneras, el resultado final no podía ser igual
al obtenido en una operación divisoria de 0 sobre 0.
Cuentan que, Federica Maidana, novia perenne de Alejandro, ese mismo día de marzo en que
Prometeo hizo la revelación; adjuntó una observación, así: la única posibilidad de descanso, en
el interregno de la tarea impuesta, tiene relación con los noventa minutos en que Peñarol y
Nacional, diriman superioridad y que coincidan con el primer eclipse entre 2025 y 2034,
sumados a los que Talleres de Córdoba ( en la vecina Argentina), asuma con el Nantes
francés, al día siguiente de esta interacción Sol y Luna.
También cuentan que, en octubre 31, en 2035, Francesca Gavilán, madre paraguaya de
Federica, insinuó que su hija y su yerno escamotearon la celebración, a raíz de sus
expresiones visionarias enfermizas. Mirando hacia arriba (desde Paraguay y Uruguay),
contando puntos luminosos.
Se dice que, el Prometeo de Alejandro, el mismo que reveló el secreto aprendido de Zeus, en
su encadenamiento infinito y en su dolor visceral, originado en el asedio continuo del ave
enviada por el Padre, transfirió al pueblo paraguayo, parte de su castigo. Y que, por esto, se
justificaba la vigencia de los generales, liderados por Stroessner
Un día, en septiembre, tuve que atender un requisitorio del colegio. Un viaje de reconocimiento
de los coleópteros, concretamente, de su reproducción en libertad, en la Macarena. Alejandro
Verdaguer, ofreció a mi madre la posibilidad de viajar a Montevideo. Ante las dudas de ella, en
términos de que yo quedaba en situación de soledad; él le planteó ¡o soy yo; o es él. ¡
Obviamente mi madre accedió a su petición. Entre otras razones, porque mi madre me
consideraba un sujeto amargado. Al cual lo persigue la sombra de Santiago, como fantasma
violador. Ya, desde mi encuentro con ella, antes de nacer, me consideraba un advenedizo.
Como suplicante. Como individuo que reclama para sí, el trofeo vinculado a palpar su orgasmo.
El cual, a decir verdad, no ha tenido, de manera plena, en abundancia.
En Montevideo, Rosa (ese es el nombre de mi madre), estuvo escoltando a Verdaguer. Ese es
el nombre de su oficio. Algo así como llamarla amante vergonzante. Así, estuvo tres años.
Cuando ella regresó, yo estaba con Silvia; quien me había brindado apoyo, para matizar su
soledad y la mía. Ya no era lo mismo. A decir verdad, yo la odiaba. Un odio que se transformó
de latente a real; a partir de su preferencia por su amante.
Nos contó de sus aventuras; de su búsqueda de amor, al lado de quien ya, antes que, a ella,
tenía una amante de nombre Federica. Ella era, para Verdaguer, un objeto de consumo rápido.
Su verdadera ilusión, estaba del lado de Federica. Mujer casi mágica, en lo que la magia tiene
de posibilidad para construir sueños patéticos. Tanto así que, que se le endilga el hecho de
haber producido la pócima que utilizaron Stroessner, en Paraguay, J.C. Galtieri en Argentina y
Humberto Castelo Branco en Brasil, cuando este derrocó a Joao Goulart.
La madre de Juliana, había llegado desde Méjico. Conoció a Ernesto Gardeazábal, se enamoró
de él. El matrimonio fue un tanto acelerado, a raíz de su preñez. Los Gardeazábal, tenían un
universo de anécdotas que los hacía célebres. Tal vez la más cautivante, se relaciona con
haber establecido una singular amistad con el Sol. Se decía que se les había anunciado de un
viaje alrededor del mismo, casi en sus fronteras. Toda la familia se preparó para el evento.
Hasta compraron trajes en asbesto, para cualquier eventualidad.
…Su desilusión surgió, a raíz de un pequeño detalle. Quien les había prometido que los llevaría
a las cercanías de Sol, hizo la aclaración, en el sentido de que, para él, Sol era el nombre de
un caño adyacente a un lugar desconocido en la provincia de Córdoba en Argentina. Inclusive,
se dice que, aun así, el viaje no era posible, ya que la invitación fue producto de una secuela a
raíz de una noche de insomnio de Ricardo Valbuena; hombre perdulario que se pasaba los
días y las noches, horadando el espacio, con su vara de pescar. Inclusive, intento tumbar una
estrella con esa misma vara.
Transcurridos seis meses, después del matrimonio, nació Juliana. Desde su temprana infancia,
alucinó de manera continua. Cada evento alucinante estuvo relacionado con su posición como
oferente. Su destinatario fue siempre Valbuena; al que conoció, cuando ella estaba aún en
vientre de Mariana, su madre. Un hecho bastante incómodo. Porque inducía a pensar que ese
perdulario, la visitaba en ausencia de Ernesto. Juliana, siempre mantuvo la sensación de haber
visto a Valbuena, al lado de Mariana, sobre ella, aturdiéndola con sus groseros susurros de
amante saciado.
Nunca trató de hablar con su padre al respecto. Mantuvo esa alucinación en secreto. Habiendo
crecido, ya como graduada en pedagogía aplicada, supo de mis desvaríos, como subyugado
por mi madre, aún antes de que ella naciera. Siendo así, me convocaba a que le relatara mí
recorrido por esos caminos, a veces áridos, otras veces pletóricos de pasión por ella. Una
pasión inconfesada, hasta ese instante.
Con sus pretensiones de mujer en capacidad de analizar cualquier acción humana y proponer
alternativas; me hablaba. En una perorata inacabada. Yo la escuchaba, no con interés en lo
que decía. Más bien, por saberme cerca de su cuerpo insinuante, perfecto. En esto competía,
sin saberlo, con Susana. Las dos, mujeres perfectas. La una (Susana), consciente de su poder
sexual; Juliana, consciente de su capacidad para arropar con su cuerpo, al hombre que llegara
a amarla, con la convicción de alcanzar el equilibrio entre sexo y un rol activo, intelectual, en
capacidad para transformar el mundo.
Al despedirme de Juliana, volví a casa. Me sentía todavía obnubilado. Como sujeto que aspira
a ser amado por una diosa que transfiere pasión en cada uno de sus movimientos…hasta que
quedaba dormido, abrazando la almohada que le había robado a mi madre; que todavía
conserva su olor a mujer. Ese olor que no termina, inconfundible. Porque es el olor a mujer en
sublime celo. Yo amaba esa almohada, la rescaté antes de que Verdaguer le impregnara ese
olor amargo y nefando que poseía y al que he odiado.
Cuando Francesca Gavilán, conoció a Susana, esta estaba tratando descifrar cierta lectura
asociada con el caso del Prometeo Verdagueriano. Había conocido la leyenda, un día en que,
estando al lado de su máquina podadora de etnias y al lado de Sinisterra, recibió una llamada
de su padre. Andaba por Paraguay, buscando asilo perenne. No tanto asilo físico, lo de él era
una constante sensación de estar perdido espiritualmente. Susana le dijo, padre, no recuerdo
el camino, pero me ingeniaré la manera de llegar. Nos vemos en Asunción. No te preocupes
por mí, tengo la posibilidad de algún dinero. En este negocio, la empresa tiene perspectivas
halagadoras. Las etnias son como corolarios a los cuales se arriba, simplemente fingiendo
preocupación por lo ancestral. Tanto es así que hemos negociado con los norteños, una
transferencia cultural, incluida la patente. Ante todo, con las posibilidades que otorga el
Amazonas. Desde Brasil, hasta Perú.
Mientras hablaba con Atanasio, Sinisterra deslizaba sus manos por las piernas de Susana. Ya
no resistía. Habían encontrado los conceptos comunes. Una y otro, se sabían poseedores de
un extraño poder. Un magnetismo viciado que atraía. Habían progresado, ya conocían de los
huitotos; de su religión, de sus mitos, de sus sueños. Desatando las cajas que contenían los
acumulados históricos de las etnias, habían encontrado un escrito: “Hablando así, buscó en la
casa, en las ollas, debajo de los tiestos. Pero no había. Por esa razón Uikiegi desató una
tempestad desde los confines del mundo. La tempestad sacudía la casa. Mientras ellos
buscaban en los zarzos, el viento sacudía la casa y levantaba las crisnejas. Entonces vieron a
Magieza; la vieron muy claramente allí donde el viento había levantado las crisnejas, estaba
acostada en una hamaca en lo alto de la casa.
Oye, madre, dijiste que tú misma habías cogido los frutos de achiote. ¿Quién es la que está allí
arriba? ¿Por qué ocultaste a la famosa Magieza? Ella cogió el ramillete de achiote. ¡Ve a
traerla! ¡Bájala para devorarla, ya que cogió el ramillete de achiote! Timada ¡bájala para
devorarla! – Dijo Uikiegi y el jaguar Timada fue por una viga, sacó a Magieza de la hamaca y la
lanzó abajo...”
Este y otros textos llegaron desde Manaos, fueron robados. Los exhibieron como trofeo, se
quedaron con ellos y los subastaron de manera subrepticia. Eran fruto de la investigación
realizada por Konrad Theodor Preuss. Tal vez, el más valioso dice: “...al llegar a la superficie
de la tierra, saliendo del hueco del que vinimos nosotros, se topó con Gaimi quien venía por
entre los árboles iguyina, que estaban al borde de ese hueco. Jidiroma disparó contra Gaimi
porque era bonito, pero no dio en el blanco. Gaimi se había transformado en una gota de rocío
y dormía. Colgaba en forma de mico churuco y dormía...”
Susana acordó con Atanasio, verse en las afueras de Asunción, en casa de Francesca Gavilán,
un día después de haber sido preñada por Sinisterra.
Al despertar, ese sábado de abril, encontré a Susana a mi lado…solo entonces comprendí que
había soñado cosas muy extrañas. Antes de despertar había visto a Susana ondeando una
bandera teñida en la sangre de su primogénito, el hijo de Sinisterra.
Me quedó la sensación amarga a que conduce toda dicotomía. Lo mío era algo así como un
perfil esquizofrénico, que se adhiere al espíritu. Que te acompaña
31
He estado deambulando todo el tiempo. Desde que me he negado a reconocer y
aceptar la realidad; no percibo señales de vida. Algo así me había sucedido antes. Por ejemplo,
en mi infancia, los sueños desbordaban mi entorno. Era algo así como un sujeto inmóvil.
Inmerso en situaciones determinadas por un imaginario perturbado. Tanto así que, a cada
momento, ejercía como referente. Ese que, cuando requería de espacio para asumir la vida; de
motivaciones ancladas en la felicidad, no tan distante o efímera. Me zambullía en un mar de
nostalgias absolutas. Creo que estuvo conmigo desde el vientre.
Lo cierto es que, hoy, no veo diferencia. Esos sueños amarrados a escenarios difusos,
permeados por una sensación de contra ternura; se han reiterado en el tiempo. Es un
desasosiego innato. Sigo sin percibir la realidad como momento válido para desplegar mi vida.
Es una saturación de expresiones inocuas. Al menos eso creo. Porque vivir la vida no es
simplemente asumir como sujeto con movimiento. Supongo que es algo más trascendente.
Como, por ejemplo, amar y sentirse amado. Lo mío es una postura ecléctica. Es un ejercicio,
en el cual se asfixia la lucidez. En el cual no existen ni recuerdos, ni horizontes de esperanza.
En mí, la esperanza, está hecha de una lucha constante. Contra la lógica que soporta al
quehacer diario. Es un abismo. Una sima sin refugios ni momentáneos, ni duraderos. Es decir,
una existencia estática. Sin la ilusión como fundamento primero de la imaginación válida,
oferente de acciones no saturadas de angustias. Ni de desequilibrios tan continuos.
La realidad, entonces, me conmueve. De tal manera que, a cada paso, navego sin brújula. En
donde la rosa de los vientos no señala ninguna opción, distinta a iniciativas recortadas. Como
esas en las que me veo restringiendo tu cuerpo y tu vida, al mínimo posible. Como aspirando a
andar sin ti. A sentir una innovación diferente al ejercicio de sujeto sin ilusiones
No sé por qué, al regresar de cada sueño, percibo la reiteración de mi infancia. Porque, cada
sueño, era y es, ahora, una continuidad áspera, árida. Tal vez sea, porque nunca he tenido
verdaderas certezas. Con respecto a la vida. Incluida tú; desde el momento en que te conocí;
ejerciendo como imantación discontinua, dicotómica. Como bifurcación fría. Como caminos
recorridos y por recorrer. Tal vez sea porque no he tenido la sensación de libertad, distinta a la
libertad de la cometa, dirigida, atada a tus manos. Muchas veces invisibles. Otras veces con la
visibilidad agrietada; más hostil que esos recuerdos, en los cuales aparezco como sujeto
atávico.
…Será porque nunca he sentido tu cuerpo y tú ser completo, convocándome a ser feliz, sin
restricciones; sin sentirme consecuencia esquizofrénica. Sin tocar la irrealidad como lastre.
Todo esto le expresé a Susana, mientras ella dormía.
Ese mismo día asumí el reto de no volver a alucinar. Porque me estaba convirtiendo en esclavo
de mi pasado. Salí del cuarto, necesitaba respirar un aire diferente. Sin las convulsiones
inherentes a esos momentos enfermizos. Estuve en todos los lugares que había conocido.
Tratando de modificar el futuro que hoy me acompaña. Como si quisiera mover al menos unos
elementos que permitieran una continuidad en el tiempo, diferente. Sin ese acoso hacia mi
madre, sin Santiago, sin Verdaguer, sin los exorcismos de Juliana, sin las erosiones
sistemáticas que me sitúan al borde del abismo. Ese abismo parecido al hueco de los huitotos.
Al terminar el día, me encontré con Daniel. No sé por qué me alegró verlo; a pesar de mis
profundas contradicciones con él. Con su manera de ver y vivir la vida. Tal vez fue porque, al
encontrarlo, me había sumergido en la soledad. Verlo, entonces, suponía que alguien más que
yo existía en el mundo.
Daniel, como siempre, me indagó acerca de todo. Como tratando de localizar mi yo, en las
preguntas y en mis respuestas. Un tipo de indagación, como variante perversa de las
indagaciones de Juliana.
Silvia, me dijo, está en el país del invierno. Acostumbraba, Daniel, utilizar un lenguaje figurado,
achatado, sin imaginación. Eso del país del invierno, traducía la casa de mi madre, con los
rastros de Verdaguer. Un significado del invierno, en el cual emergía, en silencio, de nuevo, mi
pasado. Ese que estuve tratando de modificar, desde el principio, para ubicarme en este
presente de una manera diferente. Al menos en contacto con cuadros alegres, con sitios y con
personas sin ningún asomo de actitudes que duelen y que me convocan permanentemente a
sentirme sujeto sin oficio distinto a cargar con la culpa de haber conocido, amado y poseído a
mi madre aún antes de que ella naciera. Asumiendo, sin quererlo, el perfil de Santiago, de
Verdaguer de…
Corría el mes de enero de un año más de aniversario. Ya había perdido la cuenta. Creo que
era el número treinta. Encontré, después de tanto tiempo, a Martha. Tenía, ella, unos ojos
cansados de mirar lo cotidiano, en gris. Supe que se había separado del lado de Santiago.
Había rodado por ahí, por donde los sitios son, a la vez nuevos y repetidos. Me dijo, he estado
buscándote. Desde que nos separamos he pensado siempre en ti. Sigues siendo, para mí, un
ícono que retrotrae los caminos andados. Te he visto en mis sueños; jugando con las palabras,
como a los acertijos. Siempre te has distinguido por la capacidad para hilvanar los hechos, de
manera tal que estos aparezcan unidos a tus recuerdos, a tus dolores, a tu vida. Una vida que
siempre pretendes explicar, a partir de ese rol tuyo. Incierto, pero tan real como los avatares de
la humanidad. Has sido y sigues siendo digno representante de las angustias que exhibe la
humanidad entera. Sin conocer la razón de ser de la felicidad. Creyendo que esta es sinónimo
de la tristeza al revés y no como un agente autónomo, válido por sí mismo.
Al escucharla, recordé lo del sábado aquel, en que salí dispuesto a no alucinar, buscando el
pasado para deshacer este presente y recomponer mi futuro. Sus palabras eran duras,
laceraban de tal forma que sentí deseos de ahogarla con la almohada de mi madre, la que me
acompañaba todas las noches. O de montarla y cabalgarla, hasta que hubiera derramado
hasta la última gota de mi riqueza líquida, amarillenta, de varón bandido que ha sido
desnudado de sus principios, por aquellas palabras expresadas de manera vehemente.
Recuerdo que, algo así, sentí el día en que mi madre me conminó a no seguir siendo su
centinela. Cuando, marchó con Verdaguer. Esa noche, en sueños, la cabalgué, la horadé,
hasta que me deshice de ese acumulado de nostalgias, por la vía que siempre lo he hecho, por
la vía edípica, en su versión más cruel.
Después de despedir a Martha, dormí en profundo. Volví a ver a Susana, a Atanasio, a
Sinisterra; como máquinas depredadoras de las etnias. Volví a escuchar las palabras de los
mitos huitotos. Esta vez, estaba en un sitio cercano a la antigua Biafra. Una localización
ambigua. Porque, al mismo tiempo, veía los paisajes abrumados de Inglaterra, de Italia, de
Portugal. Un ir y venir tatuado. Con los negros, niños, niñas, mujeres, hombres, clamando por
su libertad. Demandando justicia ante el arrasamiento racial. Vi a Lumumba, en el antiguo
Congo. Vi a Idhi Amín, recorriendo desiertos a lomo de su pueblo. Vi a los Nazis, otra vez, a la
ofensiva, matando a todo que no fuera ario. En esta parte del sueño, recordé las posturas de
Susana y de Atanasio. Vi a los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla reconquistando a
Granada, subyugando a judíos y a musulmanes, aniquilando sus culturas, sus religiones, hasta
lograr un equilibrio cultural, bajo su hegemonía. Vi a Colón y a sus piratas, entrando a América,
avasallando, aniquilando. Recordé mi lectura de Las Venas Abiertas.
Desperté, como casi siempre, desmoronado, lleno de estigmas, como las de los enfermizos
visionarios católicos. No pude levantarme. Deseaba no hacerlo, quería morir ahí, en ese
silencio cómplice.
Al no morir ese día, continué mi rutina. Estuve en la empresa, hablé con Susana, profundicé mi
odio hacia Sinisterra. Este estaba vociferando. Increpaba a los y las empleadas. Palabras
sueltas, incoherentes, pero de una dureza grosera. Como todo lo que se relacionaba con su ser
y con sus actuaciones.
Invité a Susana a almorzar. A decir verdad, nunca lo había hecho. Nos dirigimos al “sinrazón”,
un restaurante cercano a la empresa. Se distinguía por sus menús extraños. Un poco como la
cocina de nuestro pacífico. Pero saturada de pimienta y ají. Una sazón parecida a la de los
mejicanos. Pedimos, según la carta, lo del día.
Lo nuestro seguía igual. Mientras comíamos, nos mirábamos, como seres adportas de
deshacer lo andado. Tantos vericuetos; tantos laberintos. Nos transmitíamos ausencia de vida
real. Proponíamos interpretaciones que nos alejaran de nosotros mismos. Ella veía en mí, un
sujeto acabado, sin energía, sin compromiso consigo mismo. Yo veía en ella, el cuerpo
absoluto, tanto como el de Juliana. No veía en ella sino su imagen desnuda. Con su triángulo
pélvico, con sus pezones erectos, con sus piernas que terminaban en ese lugar de inacabada
oferta de placer para ser saciado; una propuesta perenne, para mí y para cualquiera que
deseara amarla.
Dejamos la mesa y despedimos ese encuentro. Ella, creo yo, con la convicción de que yo no
era otra cosa que una sumatoria de tristezas. Un hombre lleno de nostalgias. Sin más presente
que la interdicción con respecto a la vida. Yo, con la sensación de haber perdido la posibilidad
de atraerla, de motivarla. Porque, en mi opinión, el amor es eso, una lucha constante por
convocar imágenes y acciones lúdicas y una pasión que bordea todos los lugares cercanos y
lejanos. Al lado de quien amamos. Yendo al pasado, convirtiéndolo en presagio de un presente
sin erosiones espirituales. Y un futuro, a partir de ahí, soportado en esos momentos, en los
cuales la ilusión se transforma en posibilidad de ser felices. Una felicidad no saturada de
repeticiones. Más bien, creando imágenes y lugares siempre nuevos. Siempre autónomos. Sin
permitir que el entorno, como inmediata exterioridad dominada por las voces, nuestras voces,
secretas y abiertas. Convocando al mundo a que nos mire y sienta esa felicidad con nosotros.
Juliana estaba sentada, analizando los reportes escolares. El trabajo, para ella, es un reto
constante. Lo asume, no como rutina. No es lineal. Cada hecho y cada acción suyos,
constituyen un universo de sensaciones siempre nuevas. Lo pedagógico asumido como
motivación a investigar y a construir. No como inexpresivas admoniciones académicas
formales. La escuela, como escenario para ofrecer nuevas interpretaciones; para ejercer una
relación de continua interacción. Yo veía en ella, a pesar de lo hablado ese día en que
cuestioné sus métodos, un referente siempre válido. No solo por su cuerpo; sino con
agregados expansivos, con un crecimiento exponencial. Algo así como entender su condición
de mujer oferente, libertaria
Le hablé. No con palabras prefabricadas. Porque, la vi. Inmersa en su tarea. Y no sé por qué,
la compare con Susana. En ese tipo de comparación que pretende ser motivación para
deshacer una relación y comenzar otra, diferente, nueva. Ya antes me había pasado, cuando
observaba a mi madre. Cuando la veía en mis alucinaciones. La veía en esa interpretación de
lo real, como multiplicación de opciones. A veces como guerrera situada en territorios
dominados y avasallados. Guerrera enérgica, incendiando su entorno con gritos de libertad.
Otras veces, como mujer asfixiada por los rigores del sometimiento. Otras veces como diosa
maravillosa. Proponiéndole a Sísifo una solución al ejercicio continuo, en cumplimiento de su
castigo.
Mis palabras, produjeron un efecto no preciso. Juliana respondió con frases asimiladas a una
sensación de fatiga. Un tanto híbrida. Como queriendo expresar satisfacción por verme. Pero,
al mismo tiempo, como tratando de enfatizar acerca de la molestia por verse interrumpida.
Hasta cierto punto me vi retratado en algunos pasajes de esta historia. Ante todo, cuando hace
referencia a la perdición del ser. Eso he sido yo. Un ser perdido. Sin brújula. No sé qué hace la
Nana para incursionar en temas tan difíciles. Son dos retos al mismo tiempo: tema y
enhebraciòn del relato. Una visión profunda de la vida y de nosotros, como sujetos, que
participamos. Tal vez de manera estática. Pero, en fin, de cuentas, incidimos en los hechos,
con nuestro acumulado de quehaceres.
32
¡Cómo voy a saberlo gran puta, le respondió Virgilio a Sara; cuando esta le preguntó por
Adrián! El problema se remonta mucho tiempo atrás. Cuando eran cuatro. Casi que en el
comienzo del mundo. Porque no se ha dicho todo lo que sucedió. Cualquier tarde del noveno
día de un mes de marzo. Aparecieron muertos los pájaros que Sèfora le había entregado al
primero que aquí habló.
El origen de esos animalitos, al menos en lo que hace referencia a la custodia asumida por la
que se los entregó al que le respondió de mala manera a la que le preguntó por ellos. Dicen
que esa tarde del día al que se hizo mención arriba, acontecieron muchas cosas. Además de la
muerte de las aves de largo vuelo, que tal parece había sucedido muy en la madrugada, de ése
día después del octavo. La aseveración tiene su fundamento lógico. Porque, el día anterior
Balbino Mahecha Arenas, cuñado de Séfora, había advertido que, al día siguiente, sin saber
precisar la hora, en esa casa iba a expresarse la muerte. Y es que éste viejo, ya había
acertado antes; cuando anunció que el tren de las trece horas, por más señas del cuatro de
abril del año más próximo por la izquierda de 1814; es decir de 1815, se saldría de los rieles,
antes de llegar a la Estación San Pelayo. Y fue así. Seis de los treinta gatos que el maquinista
había comprado a precio de huevo en Villa Esperanza, murieron. También dos de los cuarenta
pasajeros, con los que el vehículo inició su recorrido.
Es curioso, pero Balbino, se había iniciado en el arte de las predicciones, un día del mes de
junio del año próximo, por la derecha; es decir en 1805. Todo pasó, como pasan las cosas en
este país. Es decir, cuando menos se pensó. Julieta, única bruja que escapó de la cacería
iniciada por monseñor Peláez, a nombre de San Pancracio. Este último había subido a los
altares dos veces cincuenta años atrás.
La susodicha bruja le entregó el secreto, al susodicho cuñado de la señora a la cual le había
respondido de mala manera, Virgilio. Justo en el día en que surgió la versión en el sentido de
que la que entregó en custodia los pájaros al sujeto que casi le pega a Sara; compró diez mil
ratones en el almacén de mascotas, llamado “Marrano Pardo”. Y, también decían, que ese
voluminoso número de machos de las ratas, los había utilizado para para el asado que se
realizó en Quinta Micaela.
Es decir, todo esto pasó el mismo día. Lo cierto es que la llamada “bruja con nombre femenino
de Julio”, hizo que la entrega del arte parecido a la palabra adivinar, coincidiera con la masiva
compra de la población ratuna. Tal vez, esto pasó porque ya Julieta tenía previsto
desencartarse de esa carga. Porque, ¡sí que era un tósigo” este que concede la posibilidad de
adelantarse a los hechos. Es decir, diciendo aquí en el presente; lo que solo se hará realidad
en el futuro. Ya, la novia del brujo Marchante, había sufrido en carne propia, casi lo mismo que
le sucedió al divino Teseo, cuando robo el fuego y lo entregó a los terrícolas. A ella la
amarraron también al tronco de un árbol. Solo una pequeña diferencia: a la Julieta, no la
destriparon las aves parecidas a los gallinazos y gallinazas. Fue peor. La condenaron a
desamarrarse, los botines, cada día, durante veintiocho años. Y sin mirar hacia abajo.
El cuñado de la que sabemos, aprendió rápido. La prueba de esto tuvo que ver en un bazar
programado, por parte de los súbdito y súbditas de monseñor. Todo con el objeto de conseguir
algún dinero para poder comprarle el manto a la divina niña, llamada Marcela. Ella, Marcela
había aparecido, así sin pedir permiso a nadie, en uno de los altares de la Basílica del
Todopoderoso. Desde ese tiempo data la inmensa romería de cada año, en agosto. Para
rogarle a la divina, que no programara las lluvias, al comienzo de año, sino a finales de
noviembre.
Y. entonces, el señor esposo de la hermana de la ya nombrada dijo que, al año siguiente se
aparecería la tía de San Pancracio; también virgen, aunque no tan bella como la divina de
nombre aproximado al de Marcelo.
Y, efectivamente, pasó. Resulta que si se apareció. Con algunas diferencias. Explicables, por
ser la primera vez y sin experiencia. Comoquiera que, la aparición si se produjo, pero un día
antes de lo anunciado. Y, justo ese día, estaba la gente asistiendo al nacimiento del
decimocuarto hijo de Ananías y de su esposa Beatriz Tercera. Llamada así, por el hecho de ser
la trilliza de los otros dos. Matías y Manuel. Y porque hubo otras dos Beatrices. Una, hermana
de la madre del aprendí z y la otra bisabuela de la cuñada de este mismo.
Por lo tanto, la tía esperó largo rato. Nadie abrió la puerta del templo. Y se tuvo que regresar
hacia El Mundo de las Vírgenes. A duras penas pudo entrar, ya que la habían borrado de la
lista.
Retrotrayendo un poco el tiempo, volvamos al inició. Los pájaros, murieron por asfixia
mecánica. Así lo concluyeron las investigaciones realizadas por los médicos veterinarios al
servicio de medicina legal. Y que, esas mismas investigaciones lo dijeron en su informe, habían
transcurrido tres horas después de la medianoche. Según este diagnóstico, no podía
endosarse el crimen de lesa ave a Adrián Valeriano Consuegra Palencia, el mozo de la que
lloró tanto, cuando Virgilio la insultó. Y, sea de paso, consignar que los treinta gatos que
llevaba el conductor del tren, el mismo al que pusieron por nombre en su bautizo, Adrián No
estaban asegurados. Y que, en consecuencia, este incumplió el trato hecho con Gertrudis, la
suegra del que aprendió el arte de las adivinanzas. Y que, justo estando en la explicación de la
pérdida, sucedió el acto de asesinato de los pechiamarillos. Y que, un poco por esto mismo,
Virgilio tenía razón, cuando le respondió de esa manera a la moza del maquinista. Es decir, el
que respondió mal a Sara, esta razón se soportaba en que Pompilio, no se reportó ante la bella
Jazmín. Y, por lo mismo, la bienamada doncella no le dijo nada como se había acordado entre
Jazmín Eugenia Alvarado López Amórtegui y el descarado que trató así a la que estaba con
Virgilio, el día del insulto. Vale aclarar que Jazmín era la tercera moza de Virgilio. Por lo tanto,
esta no pudo precisarle a su mozo en qué lugar estaba el mozo de aquella que fue insultada
por el mozo de la afamada doncella. Claro está que lo de doncella era un decir. Ya que
Jazmín tuvo dieciséis amores antes de Virgilio.
33
El “Tragacandela” vivió siempre con esa chapa. Nadie supo, hasta el día que su cadáver fue
reclamado, por parte de los siameses Esther y Baudelio. Ella y él informaron que el nombre del
joven llamado por su oficio, era Abraham Genaro. Así consta en el acta de entrega del cuerpo,
sin apellidos.
Pero el problema nunca fue, en estricto, ese. Es otra cosa. Más o menos fue el siguiente:
Baldomero Izquia, el domador de conejos, expresó, cierto día, con palabras entrecortadas,
producto de su mudez recién superada debido al tratamiento efectuado por el médico oficial del
circo. Fue hace mucho, cuando lo encontré en el basurero de Santa Catalina, ciudad en donde
levantaron la carpa, quince años atrás. Pero el infante ya hablaba, tal parece desde que nació.
Y, me dijo, patrón, quiero ser de la familia de ustedes. Yo he aprendido un oficio que tiene
cierto riesgo. Algo así como tomar gasolina y sacarla de a poquitos en llamas.
Decía yo que el problema no fue ese de no tener apellidos y reconocido por los siameses. En
últimas, resulta y pasa, que Abraham Genaro era hijo del cura. Sí, del párroco de la “Divina
Providencia. Según me contó el bebé adulto, su madre era doña Catalina Barbosa Preciado; la
cual pasó una noche en la casa cural, a la cual acudió para guarecerse, del vendaval que se
cernió sobre la ciudad.
Joselito (así se llamaba el aprendiz de santo) le permitió entrar. Comieron bastante. Ella
transida de hambre y él otro tanto. Rezaron al Ángel de la Guarda, antes de acostarse. Catalina
sintió algo muy caliente por entre las piernas. Luego sintió un líquido también muy caliente por
dentro.
Al día siguiente, la mamá del Tragacandela, se marchó; no sin haber desayunado. Joselito
estaba muy sonriente con ella. Y, por debajo del pantalón del piyama, sobresalía algo puntudo.
Allí cayó en cuenta, Catalina, de que lo sucedido en la medianoche, fue lo mismo que le pasó
con Leopoldo Socarrás; ese día lejano en Puerto Córdoba. La diferencia, según la mamá, en el
sentido de no haber sentido en ése entonces, que el líquido subiera hasta tan alto. Todavía lo
sentía. No se lo quitó ni siquiera con el baño. Esto a pesar de haber metido su mano con un
trapo enjabonado.
Entonces, recordó esto el día en que tiró a la basura, el cuerpecito. Es decir, Izquia supo de
inmediato que el problema fue haber adoptado al hijo del cura y de Catalina, aún a sabiendas
que este mató a Joselito, su padre; al día siguiente de haber nacido. Y que las consecuencias
serían dramáticas para él y para todos y todas. Esto explica la muerte de veinte conejos en
plena función; la pérdida de los dientes de los leones y la desaparición de las rayas en los
tigres, recién comprados. Esto para no hacer notar que el equilibrista cayó al vacío en un
entrenamiento en el cual se olvidó ordenar que pusieran la red, para amortiguar la caída. A
este, al equilibrista. Lo enterraron al otro día, en el mismo sitio en donde cayó. Lo mismo se
hizo con el cuerpo del elefante que bailaba al son de cualquier ritmo. Murió un día después de
haber enterrado al equilibrista. Dicen que la muerte se produjo por un paro cardiaco, al
momento de saber que su amada elefanta Reina, había muerto, por ahogamiento, una semana
atrás, en Costa de Marfil. Sucedió, mientras luchaba contra cazadores furtivos, en su afán de
salvar a su bebé que iba a ser secuestrado por los bandidos. A pesar de haber logrado huir, el
elefantico Espartaco, vio morir a su madre sin poder evitarlo…Aunque, pensándolo bien, es
más sensata la versión que asocia la muerte del elefante con la maldición de Joselito.
Puede que parezca un alegato insulso. Pero, haciendo un juicioso análisis, no parece serlo.
Porque el punto álgido, parece ser una cuestión de fondo. Parece un problema como de
principios y valores. Aunque parezca, en comienzo, que no.
Parece ser que Eufrasio Baldomero Cifuentes Veranda, se enfrascó en discusión con
Alejandrino Balbino Valladolid Mosquera, en torno a si los papas, los santos, santas y similares,
hacían (los muertos y muertas) y hacen popó (los vivos y las vivas). Veamos esta reflexión mía
(mi nombre es Aristarco Eugenio Pedroso Pedroza).
Hago alusión, primero, a la duda. Puede parecer algo etéreo, pero no lo es tanto. Cuando digo
duda, estoy hablando (aunque pueda parecer un sofisma distractor) de lo que siempre he
creído. Es decir, de lo que siempre me ha parecido una verdad de a puño: los papas no fueron
ni serán santos. Y, los santos y santas, algunos y algunas dicen que fueron papas (los varones)
y otros y otras dicen que fueron personas diferentes a los papas. Yo, sigo diciendo, que no
fueron ni son, ni lo uno ni lo otro. Es decir, parece ser que yo no he dicho nada que valga la
pena, al momento de discernir acerca de la controversia entre San Eufrasio y San Balbino.
Pero, si ustedes lo miran en profundidad, no es que yo haga parecer que, si es pertinente, sin
serlo. Lo que pasa es que puede parecer, así de refilón, que lo que parecer ser una ñoñada, no
es tal. Al menos, si se precisa que, históricamente, todo aquello que pareció ser nunca fue. Y,
por lo mismo todo aquello que pareció no ser, al fin si fue.
Ahora bien, entonces, el dilema planteado por los dos santos (…o aspirantes a serlo), no es
una nimiedad. Al menos así lo creo yo. Porque parece ser que lo del pop, o la caca, siempre ha
apasionado a quienes han parecido o parecen ser personas bien dotadas de intelecto, o de
cerebro (¿será lo mismo? ¿O será que apenas parece serlo?). Y, con mayor razón, cuando se
trata de indagar si será que sí. O será que no. Es decir, en verdad, ¿será que si hacen y han
hecho caca los y las comprometidas en el quid de la discusión?
En lo que a mí respecta, sigo diciéndolo, no es que parezca. Es bien cierto que si han hecho y
hacen caca. ¿O a ustedes que les parece? Porque, sigo diciendo yo, de no haberlo hecho y de
no hacerlo ahora ¿Cómo se explica el origen del dicho: “dime con quien hablas y te diré que
hablan”? Es decir, si hablas o has hablado con papas, con santos y con santas; lo más
probable es que hables popó, caca, o similares.
Y no es que parezca serlo. Es verdad. O, al menos yo, creo que no es que parezca serlo, sino
que parece ser que yo si tengo la razón.
34
Lo vi por última vez, ese día cuatro de noviembre. Cuando estuvimos donde Prudencian
Otálora. Inclusive yo le dije a Testimonito Pérez, que necesitábamos una comunicación más
fluida, habida cuenta de la implementación del modelo creado por nosotros y que
denominamos “Para Aprender a Vivir sin ser Visto” (PAVV).
Hoy recuerdo, a viva memoria, que el origen tuvo que ver con la propuesta presentada por los
dos ante la Comisión Para El Buen Vivir, adscrita a la Decanatura de la Facultad de Teología y
Leyes de la Universidad Pía de Villa Pastora.
Y es que Testimonito es muy avispado desde pequeño. Y combinaba ese don con una gran
disposición para entender a quienes frecuentaban su entorno. Convocados por una especie de
premonición en términos de los alcances de su imaginación. Por ejemplo, me contó Tancredo
Roldán, la anécdota vinculada con las apariciones. Dicen, me decía Tancredo, que el abuelo de
Testimonito lo visitó treinta años después de haber muerto. Y que, esta visita, se produjo en el
patio de la casona que ha servido de refugio a sucesivas generaciones. Contadas, inclusive,
desde los tretatarabuelos. Se remonta a finales del siglo XVII.
Y es que, eso de las apariciones, tiene su fundamentación en la llamada lógica de los procesos
invertidos de la relación vida muerte. A mí, a decir verdad, me pareció un tanto peyorativa la
denominación. Bueno, pero, al fin y al cabo, el asunto ahora es otro. Como les decía, se trata
de nuestro modelo. Lo concebimos, Testimonito y yo, “como terapia relativamente rápida
relacionada con la relatoría de las rondas reservadas a los representantes de las regencias
revividas, después de las reinterpretaciones centradas en la retórica reinsertada en las cortes
llamadas reservorios de la humanidad”.
Lo que si me ha extrañado es la no presencia de Pérez. Diría, más bien, de su prolongada
ausencia. A veces me da por pensar, a manera de especulación, que la razón de ser de su
desaparición no forzada, está anclada en el hecho de no reconocer su responsabilidad en el
escrito; ahora que se ha demostrado la falta de rigor y los graves errores conceptuales. Sobre
todo, al momento de explicar y justificar las apariciones, como fenómenos vinculados con el
primer yo, en función del segundo yo. Como que lo que decimos en términos de que el
segundo yo es el ser que queda flotando al momento de morir, no es otra cosa que una burda
copia, en extremo, de la figura teórica ya expresada por Luciano Vico Porto cabezas, en su
peculiar obra “De cómo se sigue vivo, después de ser registrado como muerto”.
Dice, Querubín Pardo, el profesor que descubrió el montaje; que cuando decimos en nuestro
modelo: “…Y todo esto nos está dado porque somos semejanza de una opción primera
llamada célula originaria. Cuyo núcleo se subdividió, en principio, de tal manera que se generó
una reacción tardía. Por lo mismo el Aparato Golgi y las Mitocondrias invirtieron su función y se
produjo una especie de invasión no alusiva a la materia hereditaria almacenada. Y, como
consecuencia, la volatilidad se hizo más predecible de lo normal. Y, en estado de flotación, se
reprodujo hasta alcanzar niveles de acción imposibles de prever y detectar. Allí está ese
segundo yo que soporta la posibilidad de reaparecer…”; no es ni más ni menos lo mismo que
Vico Porto cabezas, presentó como marco teórico, cuando sostuvo que “el primer yo actúa en
dirección igual al segundo yo; pero que esto no implica la pérdida de autonomía del segundo
yo. Esto, la no pérdida de su autonomía, es lo que le permite la flotabilidad constante. A su vez,
esta es condición primera para volver a aparecer cuando lo requieran las necesidades
inmersas en la convocatoria que nos hacen quienes han quedado vivos y/o vendrán después”.
De todas maneras, donde esté Testimonito, supongo que no se arrepiente de haberme
inducido al plagio; sin que yo me diera cuenta. Porque, todo hay que decirlo, él fue el que
construyó el modelo. Mi intervención no fue otra cosa que aplaudir y escribir lo que decía.
Si de lo que se trata es de reencontrar el vuelo perdido te aconsejo que vuelvas a hablar con
Anatolia. No sé si te acuerdas cuántas ilusiones ha vertido. Todas ellas relacionadas con lo que
son ellas. Es decir, con ese agregado de compromiso con la vida. Por la vía de centrarla en la
ternura y en la lealtad. Lo que tengo entendido, Eusebio, es que Anatolia ha ido tan lejos en
ese quehacer. Ha sido tal su convicción. Ha desparramado tantas expresiones. Que su
postulación como referente básico en nuestra ciudad, creo que no tiene discusión.
De otra parte, he de volver algún día. Mi partida se justifica. No en vano he discernido con
vehemencia. Simplemente no puedo estar ahí, con ella. Es como si mi incapacidad para hacer
de mi vida algo cercano, siquiera, a su mínima expresión diaria, en su entrega a los y las
demás. Es como si, a cada paso, sintiera ese vacío propio de quienes, como yo no sabemos
amar. Porque, lo de ella, sí que es eso. Sí que es libertario. Sí que es reivindicar condiciones
de uso dignas para rehacer la posición de amante en plenitud. Recuerdo, cuando la conocí.
Veía en ella algo parecido a la simple expectativa que provoca. Algo así como la desazón
perversa. Como esperando abordarla. Con la premeditación procaz de varón repetido. Con ese
tipo de opción pendenciera conjugada con la condición de macho prepotente. Heredada por
siglos. Que se ha erigido como icono.
Y, en simultaneidad, recuerdo su opción. Porque había sido construida. En un pulso con el
entorno hostigante. Vulnerador. Sus cotidianeidades eran eso. Y son eso. Desafíos a la
ortodoxia de valores inventados. Propuestos como únicos. Por quienes han ostentado poder.
De familia. Y de religiosidad. Y de orientación normativa. Y que, hombres como yo, acatamos.
Como impúdicos beneficiarios. Anatolia ha sido herética, desde siempre.
Cuando la vi, en ese entonces, hacía mis cuentas. Mis reflexiones en términos de “también
caerá”. Mi bastardía imperecedera. Y lo hacía como silente perdulario. Como quien teje la
urdimbre. Como insania. Grisácea. Como todos los vomitivos espirituales. Como zafia
endurecida por los años. Consentida, desde que había aprendido la práctica de la genuflexión.
Ante los antecesores píos. Ante los gendarmes de las buenas costumbres. Que se asimilaban,
precisamente a la permanencia del dominio. Pensando en lo erótico como insumo pecaminoso.
Validándolo como invención satánica. Pero, en tratándose de ellas. Para nosotros, por el
contrario, contaba como asimilación del derecho a poseer. Sin que implicara nada diferente.
Solo la reiteración en el contubernio envolvente. Con la coacción. Y con la palabrería
justificatorio
Ahora, cuando la veo. Es como si repasara lo que he sido. Se me hace fundamental reconocer
que ella introdujo la noción de vida. En una perspectiva que yo no había conocido antes. O que
me negué a hacerlo. Lo cierto, Eusebio, es que andaré rumiando ese pasado. Reconociendo
que fui siempre cómplice. Que estuve siempre ahí. Vulnerando. Celebrando la masculinidad
torcida. Como afrenta. Como continua iniquidad.
Y no es el momento de pretender imitar el vuelo. Con estas alas prestadas. Que siempre
ejercieron solo como rasantes entelequias. Y nunca como coadyuvantes al propósito libertario
de ella y de ellas.
…Eusebio, si de lo que se trata es de reinventar la vida. ¡Escúchala! Espero volver algún
día…cuando sienta lo que ella siente, de la manera como lo siente.
A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su madre no lo reconoció
nunca. Como casi todas, ella ha tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir
tristezas. Andando, aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin
imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento.
35
Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha
repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado
a exhibir resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al mismo
tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había lugar en su vida
para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre.
Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas. Desde ese
de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde.
Cuando llegaba llorando, porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo.
Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes los pelaos y las peladas,
más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la
babeadera le sumó la movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de
san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y, todos y todas en el
salón de clases, protestando por la presencia del oloroso.
Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de
haber trasegado. Estuvo de casa en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías
Estipendia y Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas
Agapita y Condolezca. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María Graciana y
Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo
conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la madre, lo
bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco
menos tarada. Un tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta
brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las dos de la
tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta de anca. Arroz con buñuelos y
natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos con aguapanela de postre.
Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el
Señor Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más
continuos los movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se
daba por enterado de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres. Estaba
borracho. Se acostaba a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres. La abordaba y listo.
Así fue siempre. Así sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y
dominó en casa de Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza.
Los domingos. Desde las nueve de la mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en
la cocina. Preparando el desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao,
chocolate, pandequesos, huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito,
mantequilla envuelta en hoja de plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo,
arroz, carne frita, patacones, mazamorra con panela machacada en un trapo. Y, a las cuatro de
la tarde, la especialidad de Calcárea: una mezcla de dulces de duraznos, brevas, mora y
guanábana.; con leche y, al final, tinto bien cargadito.
Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la asesoría de
Hermenegildo Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones.
Acerca de la interpretación del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con
la sucesión de familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con el
Nuevo Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para
lo del humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el Bautista. Para lo de
los doce apóstoles. Particularmente en cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del
Imperio Romano y los gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los
fariseos…En fin, que Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho años. Pero
asimiló. A los treinta ya era, pues, un experto.
Y, cuatro años después, vino la iluminación. Sucedió un domingo, mientras hablaba con
Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus
tupidas cataratas. Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita.
Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión del
Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo Oficio. Incluida la
obligatoriedad de mantenerse célibe.
Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la determinación divina. Y se lo
comunicó a su querido Cesáreo. Y este le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella
hizo lo que le dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre
ella y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la Diócesis
aceptara la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el
Seminario Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el elegido Juvenal
que ni siquiera había logrado terminar grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue
matriculado. Con el compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo
Benjamín Polanía Hinestroza.
Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa Marta transmitió el
mensaje divino. Fortunata madre falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año
´pasado, en medio de una borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de
hacerse Pastor como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama segundo nivel de Teología
Fundamental Básica. Es algo así como una tercera parte del recorrido que es necesario
realizar. Quienes comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya
llevan más de seis años ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país.
Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya está en lo que se llama el
tercer nivel de Teología Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus
cabeceos no son tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo
actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de clases de
Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso de canonización… Ya
Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha contribuido con
tres presidentes a la causa de sacar al país adelante.
El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano
Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y será un santo. Lo declaro sacerdote post
mortem. En su memoria, todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad
religiosa y de profundo recogimiento”.
36
Policarpa Moreno Anzoátegui, estuvo en Punta Agonía. El dos de marzo. Un día antes de
conocer que su hijo, Pedro Ambrosio Arrequive Moreno, fuese declarado persona no grata. En
Ciudad de La Cruz. El Concejo Municipal, por unanimidad, lo hizo. Habida cuenta de su
participación en la Gran Marcha. Actividad convocada por las mujeres, un año atrás.
Originalmente fue propuesta como “una avanzada en contra de los decretos promulgados por
el señor alcalde Justiniano Candela San Martín”. Decretos que “coronaban el proceso de
limpieza espiritual, iniciado por el gentilhombre Virgilio Piedecuesta Porras. Hombre al que le
debemos lo que somos”. Y no era de poca monta su contenido. Ordenaba, entre otras cosas,
rebautizar los parques públicos y los edificios que servían de asiento a las diferentes instancias
gubernamentales. Por ejemplo, el parque situado en la calle catorce con carrera 24, ya no se
llamaría Policarpa Salavarrieta. En adelante llevaría el nombre de Genaro de la Cruz Uribe
Vélez. El parque situado al costado izquierdo de la Avenida Trinidad, ya no se llamaría
Manuelita Sáenz. En adelante llevaría el nombre de Juan Custodio Piedecuesta Alvarado. La
casa en donde funciona la Secretaría del Acción Social, deja de llamarse Aydeé Santamaría.
Pasa a llamarse Laureano Gómez. Y, la casa que sirve a la alcaldía, deja de llamarse María
Cano. Se llamaría, en adelante, Julio César Turbay Ayala.
Y los preparativos duraron siete meses. Convocando a las mujeres. Aquí y allá. Con mensajes
de invitación a todas las organizaciones de mujeres. A todas las organizaciones de padres y
madres de familia de los colegios públicos y privados. A las organizaciones solidarias. A las
organizaciones de madres de desparecidos y desaparecidas. Con sesiones previas. A campo
abierto. Principalmente en Plaza Central. Con conciertos de canción y música libre. Con
teatreros y teatreras. Callejeros (as) y de sala.
Y Pedro Ambrosio fue nombrado coordinador de la Liga Masculina de Apoyo a la Gran Marcha.
Y postuló actividades, involucrando a los homosexuales organizados o no. E inauguró el
semanario “Mi otro yo, soy yo”. Y organizó el Festival de la Dignidad Homosexual. Y volcó
todas sus fuerzas a reivindicar a Julián Valencia, su pareja. Porque este había sido expulsado
del Colegio Hijos de María. Y, en fin…, avizoró la perspectiva libertaria de las mujeres. Y
mandó a imprimir diez mil ejemplares de “La Declaración en contra del Autoritarismo Paterno.
Policarpa, desde la distancia, el cuatro de marzo, se solidarizó con su hijo. Propuso la
convocatoria a la Segunda Gran Marcha. Su cuerpo fue encontrado el ocho de marzo.
Destrozado. Justo cuatro días después de haber sido declarada desaparecida.
El diez de marzo, Justiniano Candela Sanmartín, se refugió en el Palacio Arzobispal; una vez
conoció que había sido publicada una foto en la cual entregaba la recompensa respectiva al
“Mono Claudio”, reconocido sicario de la región. Corría el primer año de la muerte de Policarpa
Moreno Anzoátegui.
Dicen que Valeria es la moza de Juvenal Cristancho. Para ser sincero, a mí nunca me caído
bien ese man. Entre otras, porque yo sé que él fue el que preñó a mi hermana Iconoclastacia
Siempre le he buscado la caída. Pero, por lo mismo que es policía encubierto, tiene tantas
mañas para seguir viviendo, que nunca me ha dado papaya.
Lo cierto es que Valeria está casada con Maximiliano Caín Valtierra, desde hace casi veinte
años. Se ha conservado la hembra. Parece una muchacha de cuarenta y dos junios. Y, dicen
los que saben, que se le nota en los ojos que es bien arrecha. Incluso, la apodan terremoto.
Que hace sonar las tablas de cualquier cama.
Ella vino a “La Ciudad de la Eterna Balacera”, desde Cali. Y que, antes del viejo Maximiliano y
de su clandestino Juvenal, estuvo al lado de Pigmalión Sinisterra. Hombre bravo, dicen. Tanto
que desafió al “divino Mancuso”, en su propio territorio. El mismo que dijo eso, dice que
conoció a la Valeria, precisamente en un baile en una de las tarimas populares de la Feria de
Cali. Y que, insisten, la preñó en el primer revolcón. Y que, como son las lenguas, la Valerita
abortó, auxiliada por el Indio Amazónico que, por esos días estaba instalando una sucursal del
templo que lleva su nombre en Bogotá.
Pero, volviendo al cuento, Maximiliano Caín, no se dado por enterado. O, simplemente, no
quiere hacerlo. Y lo entiendo, porque con ese policía como contrincante, más vale hacerse el
pendejo.
Ese día, cuando velaron a la Valeria en una de las salas de Jardines de la Eterna Adoración, el
poli Juvenal, entregó un comunicado: “para todos los civiles y todas las civiles, que les quede
bien claro que nunca he sido celoso. Pero me dio una putería muy grande, cuando llegué y la
encontré con el Maximiliano. A ese lo deje ir, pero antes le corte los huevos”.
37
La vieja Julia se envalentonó. Como que se le subieron los billetes del baloto a la cabeza. No
nos volvió a mirar, ni siquiera de soslayo. Ya sale con esos apestosos filipichines, que se la
pasan dando visaje, en carros extremos. Ya se compró una casa, la más hermosa y grande del
barrio. Se trastearon el domingo de ramos. Compró de todo: muebles, tres televisores pantalla
plana de treinta y dos pulgadas; un sonido full; tres computadores HP portátiles. Dicen,
además, que se compró como seiscientas mudas nuevas, incluidos zapatos y ropa interior. Se
matriculó en la universidad Harvard made in Medellín. Está estudiando decorador de interiores
y afines. Un trasto de carro grandote, tipo bronco, Ford, con vidrios ahumados y blindados. Se
puso esos ganchos de moda, que llaman de ortodoncia. Todo hay que decirlo, se ve más fea
de lo que es, pero lo brillan como al sujeto Pedro Navajas. Se fueron de vacaciones, todos y
todas en familia, para Miami Beach y Punta Cana. Dicen que se compró un yate inmenso y
piensa estrenarlo en el río Medellín; y de seguro que es así. Yo conozco bien a esa triscona. Si,
cuando trabajaba por el mínimo en la maquila que queda cerca al hueco, decía que todos los
días iba y venía en taxi; como será ahora con ese baloto encima.
Y se consiguió un pirobo como novio. Dizque vive en Altos de Bocachica, entre Envigado y el
Poblado. Claro que, aplicándole geografía a la cosa, esas señas dan más o menos aguatacala
arriba, en donde hay unos pent-houses paper, o cartón que viene a ser lo mismo. Dejémonos
de vainas, todo hay que decirlo, el man es bien pinta. Se da unos aires a Travolta, cuando
joven.
Doña Susanita (…le dicen la iguana), nos comentó que incrustó un jacuzzi en el segundo piso.
Y que Julita se baña todos los días en un líquido que llaman leche de la mujer amada. Y que
Ponciano, el papá, renunció a su trabajo de cartonero en tenche y se metió a inversionista.
Dizque se mantiene leyendo la República; The Economist; Revista Dinero. Y que hace cábalas.
Que aprendió la teoría combinatoria y la de probabilidades. Y que compró acciones de
Ecopetrol y las mandó a laminar para mostrárselas a todos sus amigos. Que dio un aporte para
que “El Poderoso DIM, volviera a comprar a Neider Morantes y para que le proponga a
Romario que pase sus últimos días acá y para que tiente a Faustino Asprilla, diciéndole que
todo y todas tenemos una segunda vida y que él puede hacerlo ya.
Y que su hermano (ese hijueputa vendedor de cigarrillos baretos en el primer piso de la
gobernación), está ahora en Manhattan-Tokio City, tramitando la venida de la plana mayor de
los negociadores de los TLC, tejedores de embustes e ilusiones. Y que viaja en chárter casi
todos los días, entre Europa y Estados Unidos. Que en Italia visitó a Berlusconi, invitándolo
para que diserte en el Parque Juanes, acerca de “La valoración Ética de las Posibilidades de
volver a Empezar”.
Y que, (…nos lo contó el marica de Jacinto), la hermanita se mandó a destorcer los dientes a
succionar la barriga; que compró dos juegos de pelucas (…yo si decía: a Tobita se le está
cayendo el pelo). Que compró todos los videos de Vicente Fernández, de Darío Gómez y de
los Tigres del Norte. Que ya apartó boleta para ir a verlos en octubre allá en Bogotá. Y que se
mandó a recortar un poco la pechuga. Y que consiguió novio; un tal White Black Bush
Simpson, que conoció cuando estuvo de paseo en Las Malvinas
Que la mamá (…nos dijo Lucindo), se mandó a reversar la ligadura de trompas, dizque para
probar un embarazo sin tantas penurias, como lo fueron los otros. Empezando porque fueron
siete y solo hay tres vivos. Y que formó un club de bridge, similar al que conoció en London
City, cuando estuvo con Ponciano en abril. Y que contrató a tres niñas para que le hagan los
oficios en casa. Y que se levanta al 12 flat, para ver la seguidilla de telenovelas mejicanas en
su TV pantalla plana y que está en su cuarto. Además, que ya no come sobrebarrida sudada,
sino caviar importado desde Rusia; ya le aterran la sopa de menudencias y el mondongo. . Le
caen mal y ella ya no está para soportar eso.
¡Oye Wenceslao ¡deja ya de hablar bobadas dormido. Andá donde misia Adela y decile que me
preste dos huevos hasta mañana.
38
¡Uy ¡que desaliento me da escuchar todos esos relatos. Construido por la Nana, sin ton ni son.
Ella seguía impávida. Como si lo construido con esas palabras se aproximaba más y más a la
condición de sujeta vinculada con” Las mil y una noches”. Como queriendo extender el tiempo,
de tal manera que pudiese huir de la muerte al día siguiente.
Cierto día, cuando la volví a perder. El mismo día en que dejé de ver a Belarmina. Estuve en lo
del Negro Antonio. Había muerto, de repente, tres días atrás. Dizque Astaíza me estuvo
buscando para informarme. Que él mismo agilizó los trámites para lanzar su cuerpo en el Mar
Cenizo. Allá, casi en la mitad.
Anduve mil caminos, recordando a mi tutor. Otros mil, recordando a la Nana. Y dos mil más,
recordando a Benjamina. Y otros tres mil más, recordando a Isolda.
Cualquier día, me encontraron muerto a la orilla izquierda de Río Crecido. Quienes me vieron
no recordaban haberme visto vivo. Lo único que les permitió referenciarme, fue un tatuaje en
mi frente. Todos exclamaron: ¡es el marido de la Nana. Ella nos contó cierto día, que había
marcado a su hombre con un tatuaje símil de la Diosa de Mar Cenizo. Y pusieron en mi tumba
un relato de la Nana. En este momento cualquiera,
De un día como este,
Siento venir tu voz,
Veloz, ligera.
Como diciéndome, aquí estoy,
Pero sin estar ahí.
Como cuando escuchaba la voz,
En mis sueños,
Esa voz no identificada,
Pero que era la tuya.
Cuando soñaba
Desde niño,
Que llegaría un día,
Como este,
En el cual, sintiendo tu voz,
Era como no sentirla,
Porque no era conmigo con quien hablabas.

Relatos al viento

  • 1.
    Relatos al viento 1 Cuandola vi salir por esa puerta inmensa, por la cual hemos pasado hace ya un milenio; nunca pensé que sería la última vez. Porque ya había sucedido antes. Como, a manera de ejemplo, ese día en que difundió su preñez no aceptada. Recuerdo, ahora, que ese día discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo. Que tú no me dijiste nada. Que, cuando me abordaste, lo hiciste sin ningún preservativo. Que tú eres responsable, porque no me avisaste que ya se había ausentado la regla y que, en consecuencia, estabas en el periodo próximo a la posibilidad de recibir el líquido cargado de espermatozoos, en el momento y en las condiciones que conllevan a esperar el crecimiento del vientre. …y ella me dijo que la culpa era mía; ya que siempre estás al acecho. Siempre buscas el momento de verme desnuda. Y, siempre, me tumbas en la cama y me penetras a la fuerza. Y que, seguía diciendo ella, no te denuncié porque te amo tanto que nunca te haría algún daño. Y que, en consecuencia, ya voy por el cuarto embarazo en las mismas condiciones. Ya Heraclio, Miroslava y Atahualpa habían nacido a partir de allí. Y que yo sentí que la y los odiaba. Porque, eso de abrir las piernas de manera forzada, ya me tenía aburrida. Porque, cada orgasmo se constituyó en un embarazo. No había placer; porque no lo puede haber si a cada rato me inundabas y cada inundación era una preñez. …Y discutimos, como solo nosotros sabemos hacerlo, y nos desgastamos en epítetos; hasta que el feto no pudo más y se marchó; por esa puerta ancha, inmensa apoyado en la mano de mi querida Cleopatra, mujer de mujeres; con ochenta años encima. Y yo, sintiéndome Atahualpa, no dudé en considerar que esa era, precisamente, el origen de mi mal. La desmemoria que me acompañaba siempre. Sentí que la desolación tomaba cuerpo. Y no terminaban de salir palabras y hechos. Como borbotones de agua lanzada al espacio. Yo no quería volver donde Hermenegildo, Desde ese día en que le dio por divulgar el asunto ese entre nosotros. Recuerdo haberle insinuado mutismo total. Pero él no hizo ningún caso. Más bien, se dedicó a la opereta vulgar. Disertando, a manera de canto, acerca de lo nuestro. Como en contravía de lo acordado. Y fueron muchos y muchas las y los que se congregaron, para escuchar su perorata. A mí, a decir verdad, me extrañó mucho ese comportamiento. Porque había creído ver en él, una expresión asociada a la lealtad. Porque, lo nuestro, fue una opción siempre al garete. Aquí y allá. Un ejercicio diario, lleno de palabras que abreviaban los espasmos propios de eso que algunos y algunas llaman sodomía. …Pero, qué triste me puse, cuando habló a capela. Esa divulgación, no hizo otra cosa que postular la gran duda acerca de la felicidad furtiva, en la clandestinidad de los amantes. No hizo otra cosa que desatar la algarabía de Ordóñez, quien reclamaba la picota pública como desagravio ante la Santísima Trinidad.
  • 2.
    Y, según esto,yo no sabía atinar. Mi duda estaba entre ser Hermregildo; o yo mismo, transportado hacia adelante. Un futuro menos angustiante que antes. Pero no tan claro. No tan gratificante como quisiera…Y seguían las palabras abriéndose paso. Sin interruptor alguno. 2 Y sucedió lo de siempre. Ella, vestida a la moda; es decir con el atavío propio de las que se decidieron por el claustro como opción de vida. Una expiación a nombre de su padre Melquisedec Lujan, a quien llamaron los vecinos, el perverso, en honor a su habilidad para hacer de cada día una ocasión abreviar el camino entre lo ético y lo posible. Como cuando estuvo de paso en Pueblo Nítido, hogar de quienes, como él, reivindicaban el incesto como derecho asociado a la herejía enrevesada. Como expresión del devenir a la manera de Yocasta. Por eso, ese día del atavío, ella me miró con una extraña insinuación. Yo la percibí como invitación a decir que sí; que estaba de acuerdo con esa manera tan suya de convocar íconos en el día a día; en ese eterno peregrinar por estos caminos tan áridos que dan ganas de morir de sed, antes de recorrerlos. Yo dichoso. Ya había aprendido a asociar palabras e ideas. Una transformación al máximo. Añoraba a la Nana, pero estaba empezando a vivir sin ella Fabiana conoció a Honorio, en la celebración de los quinientos años. En una danza propia de los trashumantes advertidos en el sentido de que algo iba a suceder ese día. Un martes, por cierto, como sortilegio fèmino. Porque ella tenía decidido, desde ese 12 de octubre de 1492, sus referentes. Unos vertidos como vocinglería de brujos puros. Originarios de estas tierras que iban a ser arrasadas. Otros asumidos como ciertos, en relación con esa cultura lejana, avasallante. Y se le dio por construir evasiones para no mirar afuera. Siempre estuvo así. Quinientos años mirando hacia adentro. Sin percatarse de la sangría a que eran sometidos y sometidas sus congéneres. Una diosa rebelde que desafío a los dioses machos; pero que no tuvo ímpetus para disociar su mansedumbre de su opción iconoclasta. Y, por lo mismo, se quedó allí sembrada, absorta; repitiendo palabras aprendidas de los viajantes de los galerones. De esos que socavaron las verdades y las alegrías nativas y las convirtieron en expresiones que motivaron la insurgencia sin horizontes; lapidada, escindida, extinguida. Egnosodin, reinó durante cuarenta décadas. A su alrededor todo expelía el hedor propio de lo putrefacto. Gobiernos hechizos, construidos con reductos de las hienas. Y gobernaban según sus códigos. Esos que dirimen los retos de la historia a favor de los depredadores. Y Egnosodin fue proclamado rey de la tierra. Un sujeto que se definió a sí mismo como impoluto, le hizo el gran favor. Y gobernaron, el ubérrimo y el impoluto. Como dioses anclados en sus propias heces. Los súbditos soportaron felices. Y, por lo mismo, ese día; el día de celebración de los quinientos años, cuando la Sociedad de las Naciones categorizó a nuestra patria como cloaca; gimieron como plañideros. No lo podía creer. Un alto vuelo conceptual me embargaba. Y veía, en mis alucinaciones no perversas, muchas cosas más. Las entendía como palabras que iban y venían. Hasta concretarse como mensajeras y como propuestas para asociarlas a mi autonomía
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    3 Bersarión lo llamarondurante toda su vida. Se sabía de él muy poco. Tanto así que nunca conocieron su parentela. Sujeto extraño. Divulgó proclamas acerca de los rigores del tiempo. De las heridas que ha sufrido la madre tierra. Fue el primero en anunciar los deshielos. Su versión en torno a los agujeros negros, hablaba de algo así como rebautizarlos en honor a los dioses negros. Propuso el nombre de agujeros blancos. Y también propuso que se hablara de la suerte blanca, al momento de expresar penurias. Además de la blanca noche, al momento de referir los momentos en que la gendarmería mataba y desaparecía adultos (hombres y mujeres), niños y niñas, como acción colateral a los gobiernos blancos. …En fin que, este sujeto revolcó la lógica de los haceres y los desaceres. Cualquier día, así como había llegado, se deshizo. Así como había estado en los sitios, se diluyó. Lo vieron por última vez en los alrededores de la casa de los espantos blancos. Ahora, cuando alguien habla de él, dice: se lo llevó la mano blanca del demonio blanco, hijo del gobernante que construyó un poder blanco. Todos y todas propusieron celebrar el día negro, en mención al negro Bersarión que llevo una vida negra…sublime Berenice Antequera estuvo sitiada durante mucho tiempo. Allí, en donde vivía la redujeron por la vía más perversa: negándole el derecho a cantar. Desde pequeña, ese era su oficio. Le cantaba a todo. A la tristeza; a la esperanza; a la alegría (…esto último casi nunca lo hacía, porque casi nunca estaba presente). Últimamente se había dedicado a cantar a los niños y a las niñas. Les imbuía sus versiones acerca de lo que pasó, cuando llegaron los invasores. De la desolación que sembraron. Y de la ignominia que construyeron. Todo, dicho con la ternura que solo es posible encontrar en una mujer. Cuando llegaron allí, los gendarmes, le leyeron la proclama escrita por los asesores de Alvarin y Manolin, en ese entonces con gobernantes. Palabras más, palabras menos, en el folletín decían: “…por cuanto, con esa manera de hablar y de cantar, Berenice la terrorista, está pervirtiendo la moral pública y está incitando a la rebelión. Es repudiable, máxime cuando los incitados son los y las infantes que son el futuro de esta tierra.” Ahí, en el escrito aparecía una enmendadura, tal parece que, originalmente, habían escrito las palabras” de este mierdero.” Y me encontré con las anteriores palabras. De la misma manera en que encuentras el agua cuando casi has muerto de sed. Y las bebí, casi salvajemente. Hasta quedar ahíto. Pero ellas seguían reclamando ser interpretadas y escuchadas. Lo encontraron al día siguiente de haber celebrado su boda con Raquel. Dijo haber desertado de la vida en pareja; porque siempre, muy en el fondo, no se sentía convocado por las mujeres. Dijo que sentía algo así como cierta conmoción cada vez que las veía. Con mayor razón con Raquelita, esa niña hermosa que había crecido con él y que recién cumplió diez años…Cuando lo encontraron abrazaba a Angelito, niño que compartió con él el alborozo que rodeó la celebración del aniversario de la Luna, quien, por ese entonces, cumplía cuatrocientos mil millones de años reflejando su aridez, cada que el Sol la requería. 4 Según dicen, vivió doscientos años. Siempre erguido. Siempre listo. Cuentan que su primer gobierno duró ochenta, primaveras, como solían decir sus aurigas. Estuvo en la batalla de Londres, surtiendo de agua a los soldados de su majestad. Según hablan, allí hizo su primera fortuna. En libras esterlinas. Contaban que pasó del millón de estas. Y, parece que, si era cierto, porque cada botella la vendió en mil libras. Obviamente con el visto bueno de la reina y del rey. Y dicen que ordenó clausurar el curso de los ríos. De tal manera que solo él y su
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    parentela, tuviesen accesoa lo que, en falsa bella prosa, llamó él “el preciado líquido”. Y, además cuentan que, cuando ya no quedaba ni una sola gota, propuso al rey del universo la utilización de los mares. Ofreció como alternativa la desalinización, a punta de balazos disparados con su poderosa arma que disparaba proyectiles en mil direcciones; con la cual aplastó la rebelión de los demócratas universales, cada vez que cantaban a la libertad. Y, dicen también, que los mares sucumbieron a su voracidad. Y que, entonces, propuso al rey de la Vía Láctea que lo incluyera en su bitácora; de tal manera que cuando terminara su recorrido de destripador, pudiese acceder a cualquier refugio. Y, siguen diciendo, le respondieron de la Vía Láctea, diciéndole que preferían otro Big Ban, antes que recibirlo a él, tránsfuga milenario; hidra de mil tentáculos; caballero honorario y perpetuo en la Aldea Trinitaria de Los Defensores y Custodios del Divino Poder. Lo más extraño de todo es que la nota la suscribió un sujeto de apellido Hitler Ese día amaneció más rápido. Es decir, sentimos la algarabía de los sujetos perrunos (así solía llamarlos el fallecido), desde mucho antes que de costumbre. Porque, todo hay que decirlo, los animalitos, eran la voz oficial delegada de la Casa de Gobierno, para transmitirnos la obligación de despertar. Obviamente, lo mismo sucedía en la tarde-noche; ya que el periodo de tiempo del quehacer genuflexo forzado, iba hasta la hora 16. Saulito nació el mismo día en que nacieron todas las flores (…si como lo dice la canción); es decir cualquier día, de cualquier año luz. Desde pequeño (aprendió hablar al sexto día de haber nacido), siempre lo apasionaron y convocaron, las acciones punibles. Su decir era:” …no lo dejes para mañana, mátalo o mátala ya, no sea que después de agarre la nostalgia del tiempo perdido. Fue hijo único, en el hogar-prisión, compuesto por Hesper Belisario Román Guataquira y Lesbia Esperanza Gallón de las Casas. Lo llamaron, al segundo de su nacimiento, niño mensajero; aunque nunca se conoció que mensaje y de parte de quien, trajo al mundo; siempre fue algo así como una versión enésima de El Exterminador, adecuada a las circunstancias y necesidades de Pío Quinto Vélez Uribe, patriarca desde el comienzo de la historia. Emérito del Socorro Carnera Betancur, respiró por primera vez este aire impuro, el día trece del mes once del novecientos. Fundó dos ciudades; una que lleva su nombre, situada a tres millas de la última barraca de la Gran Brigada Militar, denominada coloquialmente: Paloqueseapatrón. La otra limita al norte de la llamada Ciudad de las Motosierras. Entre esta y la ciudad de Emérito, había 30 kilómetros. Pero, dicen los ancestrales, que desde allá se escuchaban los gritos de los que la gente dio en llamar los desmembrados. Emérito llamó a esta ciudad, La Vaquita Feliz. Nadie supo ni cuando, ni porque se separaron. Simplemente, cayó como baldado de agua fría entre sus lugartenientes (…o sea, casi todos y todas los y las habitantes de las tres ciudades). Y, a partir de la ruptura, cada uno siguió su camino. Saulo Román Gallón, se vinculó al ejército, según él, invencible, llamado de la Nueva Inquisición. Desde allí, se proyectó al universo de los sátrapas que, por ese tiempo, hendía sus puntiagudas garras en todo aquello que no fuese confesional-mariano-trinitario. Hombre de muchas luchas y múltiples actividades de esas que llaman en defensa de las gentes de bien. Es apenas obvio que el concepto predominante acerca del significado del bien, estaba escrito en el Heraldo Mayor, que Saulito llevaba al frente, montado en su brioso corcel bautizado Virginio. Es decir, no era otra cosa, sino la recopilación de los legados mosaicos y cristianos. Adulador a toda prueba, Saulito alcanzó la cima. Fue nombrado vicario-apóstol absoluto para todos los asuntos relacionados con la fe mariana y trinitaria. Despobló lo que pudo, a nombre de su unción benemérita. Arrasó mil caminos. Mató a todos y todas las que pudo, a nombre de la semblanza del Dios Credo.
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    Fue caudillo delas desgracias. Todo cuanto tocaba se volvía estiércol. Una especie de Rey Midas al revés. Por lo tanto, comió y dio a comer de su fruto diario. Cualquier día, le informaron que Emérito del Socorro Carnera Betancur, se había sublevado en la Aldea de la Divina Providencia. Que renegó de sus orígenes y que no reconocía la autoridad de Saulito. Y dicho y hecho, Saulo convocó a los Tribunales Pérfidos. Ellos y él, re-convocaron la Justicia Divina y esta accedió esparciendo los gases de los Papas pasados y futuros. Se produjo, por lo tanto, una atmósfera letal que inundó todos los escenarios terrícolas. Gases más lesivos que la contaminación con uranio enriquecido. Murieron todos y todas quienes no habían sido previamente alertados y alertadas para que se refugiaran en Ciudad Holocausto, sitio sede del Trono de Saulito y de sus protegidos. Queda claro que Emérito del Socorro no fue avisado y murió, justo cuando reclamaba de sus súbditos la lealtad para avasallar a Saulo y extinguir su nefanda perspectiva del Nuevo Paraíso. Pero, también hay que decirlo, Saulito no soportó ese hedor estercolero. Dicen que murió reclamando de su Dios algo diferente para ahogarse, al menos, con la dignidad propia de quien sirvió toda la vida a la causa de la impunidad pura. Dicen, todo hay que decirlo, que El Dios de Saulito hizo caso omiso del llamado de su delegado en la Tierra y, en contrario, convocó a la diosa de las lluvias para que embadurnara de heces el territorio del divino Saulo. Yo estaba llegando al límite permitido. Navegaba entre la reconstrucción de mi pasado y realidades inmediatas. No sobrias. Por el contrario, con algo de calentura. Como si estuviese llegando a un punto de no regreso. Veía a la niña Nana en mis sueños. No la podía asir. Pero ella estaba presente. 5 Don Federico Ubérrimo Mendoza Canales, vivía al lado de Hermenegildo Apolonio Agüero Tenorio. Los dos habían llegado a Río Revuelto, el primero de enero del primer año después de la aparición de La Virgen del Divino Rostro, en el explanado donde queda La Gruta del Andariego. Los dos trabajaron en las minas de propiedad de Sinforoso Demetrio Avignon Tuberquia, quien llegó allí el día tres de marzo del tercer año después de la aparición. En contrario de Ubérrimo y Hermregildo, Sinforoso si supo sacar provecho de la bonanza tardía aportada por la aparecida virgencita. El puestecito en el cual vendió aguardiente a cuanta devota y cuanto devoto, llegaban en las romerías organizadas por Esternón Cipriano Marulanda Guaneme, vicario primero de la Delegación Romana Permanente, compuesta por los ungidos Valerio Arturo Espinosa Consuegra, Juan del Calvario Villoría y Cáceres y Domitila Gracia-Divina Alpujarra Benavides. El año pasado cumplieron cincuenta años las celebraciones de gratitud al Divino Cielo, por haber elegido el pueblito como sede de la sagrada aparición. Pero, como todo no es dicha en esta vida, Mendoza Canales y Agüero Tenorio, se encontraron cualquier día en casa de Casta Virgelina Sampayo Peralonzo. Mientras jartaban cerveza, al son de boleros de Olimpo Serapio Cuca Cabuya, llamado el compositor mariano; llegó Romualdo Querubín Acacio Coca. Venía desde Villa Robespierre. Había salido a las tres de la mañana del miércoles anterior al jueves venidero. Contó que, al pasar por la Gruta del Andariego, La Del Divino Rostro, había descendido de su Sagrado Altar y estaba besándose con Juan Eudoro Amariles Amézquita, el cuidador de la Gruta. Y, también dijo Romualdo, un ventarrón apagó todas las veladoras encendidas por los piadosos y las piadosas venidas y venidas desde los cuatro puntos cardinales…y que Eudoro le había propinado dos planazos en la espalda, por novelero.
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    Desde ese día,ni Ubérrimo, ni Apolonio, dejaron de pasar por la del Andariego. Tal vez tratando de averiguar que había sido de Amariles y de la del Divino Rostro…Hasta que, el día menos pensado, la vieron salir y lo vieron salir. Iban rumbo al Paraíso Terrenal, desde donde la y lo habían echado hacía ya millón y pucho de largos años…Al menos eso entendieron los dos viejos amigos, cuando la Del Divino Rostro, hablaba con alguien por su celular. Ya estaba decidido. Yo no volvería con Esther Eugenia. Habían pasado muchas cosas entre nosotros. Todas, apuntando más o menos a lo mismo. Es decir, a eso de pretender configurar una relación de pareja inédita. Y es que los años no pasan en vano. Ir y venir en términos de cotejar teoría y práctica. La teoría la aportaba yo. Con esas ínfulas de camionero interesado en proponer una nueva forma de vivir lo afectivo, pulsando las cuerdas íntimas de la y el sujeto. Una forma de expandir por el universo, alegorías cercanas a la transición desde la propuesta Shakesperiana, hasta el entendido de José María Vargas Vila. Algo difícil la tarea. Porque significaba interactuar con las visiones enfermizas de Calígula. Además de recorrer los territorios de Ariadna, la mujer amante sincera y absoluta. De todas maneras, me las arreglaba, para demostrar que lo mío constituía una opción de vida vinculada con el credo de los libertarios y las libertarias. Un tanto azuzado por esas experiencias pasadas y que yo creía verdaderas expresiones de la ruptura de códigos inquisidores. Y maduré largo tiempo la escritura del Manual de Convivencia Erótica, Entre dos o Más Sujetos. En una convicción tan profunda, que no había espacio para mirar hacia la realidad. Una postura de cargador de excrecencias, relacionada con aquello de saber mentir y engañar a cada instante. Lo que coloquialmente se ha dado en llamar “vender gato por liebre”. Una jerigonza impúdica; pero que yo ofrecía y hacía pasar por oferta válida al momento de tomar decisiones emparentadas con un modelo de vida en pareja, o en triadas imperfectas. Y siguieron pasando los años. Y yo imbuido por el espíritu subyacente de la libertad absoluta. Por esto mismo no vi pasar el tiempo. Ya, para el caso, Esther Eugenia había aprendido de mi la capacidad para decir que si, diciendo que no. Para asumir destrezas eróticas e implicarlas hacia mí. Y le dije: no es eso lo que yo quería decir y enseñar…Pero la reacción fue tardía; simplemente porque ella alzó vuelo; aprendió la libertad, leyendo en mis acciones y dichos, lo necesario para no creer en mis versiones vesánicas. Ahora, para hacer menos onerosa la soledad; digo que no volveré con ella; aun sabiendo que Esther Eugenia ya no me espera. 6 Cuentan que Trinidad del Socorro Estupiñán Socarrás, deshizo el acuerdo con Mariano Claver Cañadas Paletero. Acuerdo un tanto anodino; pero que implicaba la fuerza y la imposición al momento de significar que andando se arreglaban las cargas. El susodicho Mariano había inventado una manera muy peculiar de instigar al delito de lesa fémina. Algo así como una variante de lo aplicado por Sade; pero sin que pareciese algo en contravía de la ternura. Claver creía creer que no había nada perverso en lo que hacía. Por esto mismo, propuso el pacto, el mismo día en que Trinidad del Socorro, surtió las sábanas de borbotones de sangre, derivada de la terrible hemorragia vaginal originada por la penetración que le hizo Cañadas Paletero, con su pene crecido mediante la aplicación de una pócima inventada por el mismo y que llamó “ungüento pretérito para las necesidades de hoy”.
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    La hemorragia fuetratada con una especie de absorbente artesanal que había inventado el abuelo de Mariano Claver. Y, entonces, el acuerdo se firmó allí mismo. Estupiñán Socarrás ardía en fiebre, con espasmos parecidos a las convulsiones que sufrieron las mujeres mártires, en los cadalsos habilitados por los buscadores de brujas, en mil cuatrocientos veinte. Además, cuentan, que Trinidad del Socorro, vivió mucho tiempo en el hospicio de propiedad del padre de Mariano Claver. Que allí tuvo catorce hijas. Y que, todas ellas, fueron inauguradas por Mariano y su padre, de nombre Nepomuceno del Espíritu Santo Cañadas Sacramento. Y que todas ellas quedaban preñadas en simultaneidad. Y que fueron catorce por catorce; todas mujeres. Y que…; en fin, cuando se deshizo el acuerdo, ya habían nacido catorce por catorce por catorce. Y que el hospicio creció en residentes, tanto como crecían las romerías que llegaban en busca de la pócima “ungüento pretérito para las necesidades de hoy”. Aún ahora, en dos mil trescientos, cuentan que Mariano Claver Cañadas Paletero, sigue vendiendo su ungüento con el visto bueno del Procurador Delegado de La Santa Sede, de la cual es presidente un tal Emérito Ordóñez, colombiano de nacimiento y ciudadano vaticano por adopción. Ya habían transcurrido cuarenta días, desde que dejé de ver a la Nana. No me hacía tanta falta como antes. Pero, de todas maneras, mi autonomía no la había alcanzado del todo. Además, me había encariñado de esa niñita que parecía mujer ya hecha. Con muchos recuerdos y verdades encima. De otra parte, empecé a sentir que mi cerebro no resistía tantas cosas juntas dichas con palabras. 7 Una vez mató a Heliodoro del Sufragio Guzmán Valiente, José del Carmen Villalobos Benjamin se dirigió a Villa Adelaida para cobrar sus honorarios. Resulta que Hebroul del Carmen Vistahermosa Hermosillo, juró que vengaría la memoria de su abuelo Aristarco Josué Hermosillo Crown, quien murió a manos del padre de José del Carmen, el día 31 de diciembre del año anterior a la llegada al poder de Virgiliano de los Santos Acosta y Frambuesa; quien a su vez accedió al trono un año después de la llegada al Valle de los Justos, de Melquisedec Eugenio Herrera y Herrera, miembro de la secta Valeriana que se expandió, más o menos por todo el hemisferio norte; a partir del año 1000. La muerte del abuelo de Hebroul tuvo su origen en una nimiedad. Como quiera que Aristarco hubiera vulnerado el sexo de una de las primas de José del Carmen; justo el día 1 de noviembre, es decir, el día de todos los santos. Fue un viernes, a eso de las cuatro de la tarde, cuando la niña salía de la única escuelita de Villa Adelaida. Rosa María Gertrudis apareció en un escampado, totalmente destrozada. Era irreconocible. Medicina legal certificó: laceraciones múltiples en todo el cuerpo. Particularmente sus pezones y su vagina sangraban de manera abundante a causa de amputaciones selectivas. Su clítoris fue extirpado. El día lunes siguiente al viernes del ritual efectuado por Aristarco Josué, Josefa del Castillo Berenice Pánfila, convocó a la Triada del Continuo Milagro. Con sus miembros pactó la convocatoria del Coloquio Permanente de las Mujeres Agredidas, para designar al vengador. Porque eso de los vericuetos adheridos al Código Penal, no contaba al momento de decidir acerca de la tipificación del delito cometido por Aristarco. A manera de ejemplo: lo que pasó con Rosa María Gertrudis, se tasaba como lesiones personales leves. Sobra decir que este tipo de tipificación se correspondía con el soporte teórico del Código Penal de Villa Adelaida; es decir una copia del Código Vigente Para los Territorios Amparados con el Sagrado Manto de Jesús en el Desierto, que se constituyó en la línea de conducta de los Veedores del Sagrado
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    Milagro del VinoAntes de la Última Cena; quienes consideraban que las mujeres tenían una deuda con la Santa Historia Sagrada; habida cuenta de su participación como lideresa en las acciones de erotismo que configuró el Pecado Original. Lo cierto es que la designación de Plutarco Cristo Villalobos Comienzo, como legítimo vengador, fue unánime. Y este mató a Aristarco Josué Hermosillo Crown, en el Altar del Divino Niño de Villa Adelaida, cuando se masturbaba ante el ícono de María Magdalena. Uno más dos es igual a cuatro por cinco, menos el triple de la edad de Bonifacio que nació dos unidades antes del año que se configura a partir de sumar cuatrocientos al cuádruple de la edad de Antonio Buendía quien, a su vez nació diez años antes del dictador Benjamin Cuadros Carvajalino, quien ejerció mandato por cuarenta años más que el doble del ejercicio mandatario de Napoleón Isaac Ternera y Valdés, discípulo de Aureliano del Mar Ascencio Espartaco, quien gobernó con mano dura a su pueblo, durante un sexenio antes de la llegada del primer crucero efectuado por Cristóbal Amparado Villagracia, en la primera década del siglo en que se celebraba el primer milenio del nacimiento de Joaquín Esperanto Hinojosa Velásquez, veedor designado por el Santo Oficio con aplicación a las Islas Vírgenes, el día setecientos posteriores a la llegada de José Vicente Bonaparte Pigmalión al territorio de los seguidores de Cástulo María Costumbres Bajas. De todas maneras, todo esto sucedió el mismo día en que Efrén Calcáreo Manteca y Manteca, engendró en Rubiela Iris Valbuena Gonzaga, a Perverso Elías Mujica Mojica; que nació el ventidos de enero del año posterior al asesinato de Santa Brígida Iriarte Montoya. De todas maneras dicen, que este asesinato no fue antes del sepelio de Deogracias Monserrat Villaprimera, quien había sido muerto por Diógenes Patricio Arizala Vengoechea, justo cuando este cumplió el doble de los años de Eugenio Amparo Solkito Solito; que había nacido cuarenta años después de la canonización de Esperanzo Ezequiel Vargas y Pamplona; acto sublime realizado en el cuarenta y dos después de la llegada de Herodes Pasacaballos y Manrique al Trono heredado de su padre Misael Eugenio Patriarca y Sab andija. Y, resulta que, me metí con las probabilidades. Un día cualquiera en que volvía del lago hasta la casa. Los peces eran unos dos mil. Tiré el anzuelo y me puse a hacer cálculos. Que, si pica uno, la probabilidad es un cociente: uno sobre el dos seguido de tres ceros. O sea 0.0005. Y peor aún, si lo que quise pescar fue un salmón. Pero resulta que allí no hay salmones; entonces la probabilidad es nula. Y, cuando fui donde Pilar, ella me dijo que en el colegio le dijeron que el profesor dijo que el rector la necesitaba, para que le ayudara a resolver el siguiente problema: SI José tiene tres pares de moscas y tres pares de piojos. Y resulta que José le preguntó a su madre que cuántos pares son dos pares de moscas y uno y medio par de piojos; sabiendo que se encuentran en una bolsa no transparente y que el compromiso es realizar un solo ejercicio. Entonces, que probabilidades tiene José de que en ese único intento. Cuando me preguntaron por el resultado numérico de mi escrito, solo acaté a decir: de todas maneras, no lo sé; pero supongo que es el mismo del cálculo realizado antes del año primero de mi nacimiento, después de Monomatías Alfaro Gutiérrez, quien fue mi tutor, hasta el día 450 después de haber terminado su mandato Diosdado Hércules Bonifacio Martínez Vargas., en el reino de los inventores del absurdo algebraico. Lo de esa niña matada y destrozada, me conmovió tanto, que me puse a pensar. A divagar. Me asustó, por un momento, la idea de que pudo ser ella, la Nana. 8 La vi una sola vez. Cuando asistí a la fiesta de los garbanzos, celebrada en Las Colinas de Santa Cecilia. Estaba con vestido azul absoluto. Con decorados en ese color broncíneo que solo admiramos quienes hemos estado en el Mediodía.
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    Pero cuando enhebraronsu cabeza con aquellos hilos y aquellas agujas, en oro puro, sentí que todo daba vueltas en mi cabeza. Cuando la vi verter sangre a cántaros, con sus ojos hacia fuera, como queriendo buscar el piso que ya no la soportaba. Cuando vi sus cabellos arrancados y en jirones. Cuando la vi despaturrada en el sofá; con su boca balbuceando el dolor inmenso de la tortura. Sentí que no daba más, que me había transformado. Que había pasado de ser el amante sincero y diáfano; al rol de lapidado en las tinieblas de un entorno pútrido. Todo, porque Heriberto Sanjuán me había confesado que estuvo con ella y que la hizo gritar, en un desvarío asociado con el placer que nunca yo había podido provocar. Y eso de que cada hijo trae el pan debajo del brazo, siempre me ha parecido un juego de palabras. Por lo mismo, cuando Aracely me preguntó qué opinaba de su sexto embarazo, le dije: si esa fue tu decisión y la de Genaro, no hay nada más que hablar. Y transcurrieron los días, y los meses y los años. Batasuna se acostumbró a decir que lo de él era lo de ella y que, por lo tanto, él pensaba que ella había asumido de la mejor manera su responsabilidad. Eran, por ese entonces, siete. Tres hijas y cuatro hijos. Y vivían. La manera como se las arreglaron para la crianza, se remonta a la situación vivida durante la Guerra Civil. Es decir, tratando de acceder a las posibilidades que otorgaban las organizaciones obreras. Una manera absolutamente libertaria; como quiera que las opciones permitieran acceder al acompañamiento a las familias, con énfasis en el cuidado integral de los niños y las niñas. Pero mis dudas seguían. Y, ausculté todos los calendarios y las guías para el tratamiento de las crisis. Y, seguía preguntando acerca del significado que tiene la asunción de roles de padre y madre. Y, seguía diciendo, eso de tener hijos e hijas, tiene que estar referido a valores más estables. Algo así como una noción en la cual se involucran la atención temprana la unción constante con la calidez. Pero no hubo acercamiento entre él, ella y yo. Y las cosas siguieron igual. Y cuando, en Hendaya, se supo que El General Franco y Adolfo Hitler, no se encontraron, Batasuna asumió como suya la victoria. Decía él, porque las fuerzas rebeldes, estaban en asedio e hicieron abortar la reunión. Y que, en consecuencia, esta prueba validaba la necesidad de poblar a España de nuevos y nuevas revolucionarios y revolucionarias. Y me quedé sin habla. Porque seguía sin entender esa manera tan ortodoxa de asumir las orientaciones de la Tercera Internacional. Sin embargo, Úrsula me hizo caer en cuenta que no se trataba de alguna directriz política. Más bien se trataba de una posición cercana a la manera en que Stalin asumía su rol. Ante todo, teniendo en consideración su ignorancia en términos de los escenarios afectivos; así como falló en su manejo del asunto de las nacionalidades. Pero, el asunto, requería de mayor precisión conceptual. Y le dije a Úrsula: me parece que es un problema relevante; pero debe ser asumido entre nosotros y nosotras, de manera más creativa. Un tanto como resolver la dicotomía entre la aplicación de los postulados éticos de los socráticos y la propuesta kantiana, en términos de la relación sujeto naturaleza. …Precisamente cuando Úrsula iba a confrontarme, desperté. Justo, el día que se iniciaba para mí, era un domingo de 1936. De todas maneras, es necesario aclarar que nací en 1975 y que ahora, en 2000 estoy adportas de una nueva jornada de trabajo, en la empresa siderúrgica a la cual estoy vinculado.
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    9 Vivíamos en elbarrio llamado Andalucía. Un territorio áspero. No solo en lo que tiene de rugosidad geológica; sino también en lo que hace referencia a su perfil cultural societario. Lugar de profundos baches entre cuadra y cuadra. Como cuando empezaron a llegar las familias que venían en búsqueda de un respiro. Fuimos creciendo. Empezaron a aparecer los quiebres en las ilusiones. Y llegó la perspectiva de ilusiones centradas en lo inhóspito. Ese afán de reivindicar la certeza en la validez del todo se vale. Esas eran Inés y Torcoroma. De una hermosura absoluta. Unos cuerpos que incitaban a claudicar en eso del respeto a las mujeres. Casi como cuando en actuación pérfida, decíamos aquí todo se vale; pero que las tengo las tengo. Y comenzaron los actos fallidos. Como quiera que se abriera camino en nosotros el entendido de los parches y las bandolas. Que aquí y allá. Que ayer le di de baja a esos pirobos. Que anoche me consumí a la Magola. Que vino el patrón y me batió suciera por aquello de no tener listos los changones. Y que llegaron los tombos y que les dimos chumbimb a a la lata. Y que me absorbí todo ese hermoso polvo y que llegué transido a la casa. ¡Y que no me abrieron, Y que grité! puta la madre para todos ustedes ¡ Pero Inés tenía su tumbao. Se enamoró del viejo man de Federico. Y se le entregó ahí, de una. Pero resulta que Inés se lo había prometido a ese pinchao de Luciano. Porque, a decir verdad, este era todo un galán. Claro está que le ayudaba el hecho de ser el brazo amigo del Patrón. Y, ese Luciano, se dio cuenta de que la habían inaugurado. Y le echó ácido muriático a la cara. E Inés sufrió lo insufrible. Ciega, desfigurada y abandonada. Y yo, que siempre fui detrás de ella, sin que se diera cuenta. Yo que me había enamorado de esa mujerzota, puse en mi mira a ese tipito. Y le salimos al paso. Entre Tarzán, Fantasma y yo, lo levantamos. Le atravesamos el mango con el matamarranos. Pero todo se fue agriando. Cada banda en lo suyo; pero en lo de las demás también. Y la Torcoroma alzó vuelo con el Traverso. Y no la volvimos a ver. Pero nos queda el recuerdo de ese día en que nos dejó montarla a Luisito y a mí. Y, uno de esos días, llegó la patota de los Builes y nos repartió chumbimba. Vi caer a Samuelito y a Fantasma, después seguí yo. Sentí y vi que volaba mi materia gris por los aires. Tal parece que me aproximaba a la realidad. Ya no eran cuentos unos tantos hechizos. Ya bordeaba términos y acciones, cada vez más vinculadas con el entorno inmediato. En ideas, valores y realizaciones. Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. 10 Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos y todas aquellos y aquellas que antes fueron
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    notarios y notariasdel tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir, una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posib le medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos. Y se hizo. Un universo que remite a su comienzo, cada que vuelve a empezar. Cada momento como que es una ruptura con el tiempo que se originó allí mismo, con él. El problema lo he planteado de la siguiente manera: una vez se hizo, quedó claro que no se hacía del todo, sino que crecería en sí mismo, engendrando energía que, a su vez, generaría otros cuerpos. En una sucesión que tiene como constante la posibilidad de que las variables se reinventen, sin patrón establecido. Entonces, el hecho mismo de comenzar requería una bitácora orientando el rumbo. Pero, en sí mismo, él era su propio rumbo. Y se precipitaron todas las posibilidades de planos lineales y circulares y elípticos y todas las formas posibles de situarse. Pero, él mismo era responsable de su ubicación y desubicación permanente. Y cuando se produjo nuestra presencia y nuestra inserción en el proceso, empezó a desmoronarse el entendido relacionado con la visión de que todo es posible, menos la posibilidad de ser condicionado. Muchos menos en lo que hace a la terminación, así sea parcial. Pero es que, por esto mismo, la tendencia a una separación entre continuidad ilimitada y el bache construido por nosotros, empezó a hacerse probable. Si será o no será; cuando y como, está en nuestras manos. Ya desafiamos el poder del universo; no vaya a ser que se desentienda de nosotros; porque entonces, simplemente, ya no vamos más.
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    11 Los vi venir,justo en el momento en que cruzaban el parque. Yo ya sabía que me buscaban. Me había preparado para cuando esto ocurriera. Es decir, había comprado un hechizo, a la señora Romelia, a la que llamaban “La Barragana”. El apodo le sentaba bien. Su tienda se constituyó en lupanar. Desde las seis de la tarde, hasta las tres de la mañana del día siguiente; sin descansar. No sé por qué, cada vez que paso enfrente de ese local, me acuerdo de la canción “Trece años”, de Wilfrido Vargas. Lo cierto es que Romelia ofrecía un surtido variado, en edad, tamaño, color, nalgas, tetas y rostros. Estaba tan bien posicionada, que hasta les fiaba a sus habituales visitantes. Eso nunca lo había visto ni escuchado, polvos a crédito y sin codeudor. A decir verdad, con todo lo torcido que he sido, soy y seré; nunca había requerido este tipo de servicio. Un poco, porque mi hembrita me satisface a cada rato. Otro poco, porque cuido mi imagen de “pelao de bien, sin fisuras, leal”. Me embarqué en el cuento del fleteo hace ya tres años. A veces me va bien; otras no tanto. Pero, en fin, de cuentas, la vieja, el viejo, mi hembrita y yo, vivimos de esa rentica. Mi herramienta de trabajo es un mataganado hermoso, brilloso. Claro está que, a veces me ha tocado lidiar con personajes cuentahabientes demasiado brincones. Inclusive que han tratado de rebelarse. A dos (un hombre y una mujer) los tuve que mandar al otro lado. En el primero sentí un poco de miedo. Pero ya en el segundo viajado, con una mona muy jovencita, fue menos traumático. La ventaja mía es que cuando es necesario mato y mato bien, sin ninguna posibilidad de vivir para contarlo. Me gustan varios sitios y los frecuento; porque resulta trabajito. Hombres y mujeres que van a retirar fuertes sumos. Yo los analizo y las analizo antes. Leo en sus rostros la ansiedad y el temor. Esto los lleva y las lleva a cometer errores básicos. Cuando salen del cajero, yo calculo el monto. Bien sea en el bolso o en el bolsillo. Algunas y algunos llevan taleguitas o bolsas de plástico. Los sigo y las sigo con la mirada. Espero que avances treinta o cuarenta metros. Y ¡zas ¡les caigo. Claro que, en veces, se daña el mandado. Aparecen algunos agentes de policía; o esos guachimanes de la privada. Otras veces, les hacen acompañamiento otras personas. Y así es más difícil. Esto a pesar de que en cada acecho me la juego toda. Si me detienen o me hieren, o me matan; qué más da. Ahí vienen…, son unos manes a los cuales les quité uno de sus sitios. Me identificaron. Cuando están a menos de diez metros, saco el hechizo…y nada. Esa vieja hijueputa me vendió lo más malo que encontró. Lástima que ya no le podré reclamar, porque…Llegaron y me descargaron los dos tambores. Caí al piso como cedazo. Recordé, en ese momento:” …no me pregunte la gente quienes me han herido; no soy delator. Déjenme no más que muera. Los hombres estamos para ser hombres, no batidores” …Y ya. Lo último que vi fue el local de la puta de Romelia, quien me miraba riéndose desde la puerta. 12 Aldemar Loaiza Casilimas, llegó a Puerto Iris. Cansado. Había transitado muchos caminos. Todos demasiado tortuosos. Incluso, tuvo que pasar por Puerto Abuchaibe. Lugar remoto ese. Tanto que, para llegar a la periferia, desde Puerto Maduro hay que recorrer70000 kilómetros. Y, Puerto Maduro a su vez, está a 8000 kilómetros de Puerto Bermejal. Y, para llegar a Puerto Bermejal, desde Puerto Azucena, hay que recorrer 9000 kilómetros. Y este último está a 16 horas de Puerto Santísimo. Llegar hasta ahí, requiere caminar 1200 kilómetros, por pura trocha. Y, desde Puerto Barracuda hasta Puerto Azucena, hay 2000 kilómetros. Puerto Iris está más allá de Puerto Abuchaibe, casi 2200 kilómetros.
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    Lo cierto esque llegó, el viejo Aldemar. Transido de hambre. Lo esperaba en la plaza del pueblo, Adonías Bermejo. Este había llegado hacía ya treinta años. Dicen que llegó en paracaídas, lanzado desde un avión de la Fuerza Aérea Agustiniana. Lo lanzaron en la noche de un jueves santo. Al tocar piso, por esa vaina de ser la primera vez, se rompió el tobillo del pie izquierdo. Como pudo, se arrastró hasta el Comando Miguel Farías. Este Farías, también llegó en paracaídas. Pero no tuvo la fortuna de Adonías. Cayó en la Laguna de la Bizca. Allí se hundió, enredado en el paracaídas y se ahogó. Lo consideran, por eso, héroe nacional. Y llegando, Bermejo, el de guardia le gritó: ¡santo y seña! Adonías que iba a saber de eso. Dos tiros le pegaron el soldado Manzano. Uno en el otro tobillo y el otro le destrozó la oreja izquierda. Y, como son las cosas. Resulta que Aldemar conoció, en el pasado, a un teniente de nombre Abigail Manzano Fonseca. Que resultó ser el abuelo del soldado de guardia. Por esas cosas de la vida, Aldemar y Bermejo, estuvieron juntos en la Batalla de La Salada. Un pueblito a orillas del río llamado Miserable. Allí combatieron a los dirigidos por Marcio Matacandelas, guerrillero de vieja guardia. Este Marcio se había hecho capitán, ungido por Romualdo Gualdrón. Este estuvo en la Batalla de San Benito Abad, pueblito localizado en la ribera norte del río Espantapájaros. Allí recibió de Jacinto Paz, a su vez guerrillero desde que tenía diez años, el mandato de acabar con el Batallón Santa Brígida. Tenebroso, por cierto. Estaba al mando el Coronel Abundio Armendáriz Alonso. Dicen la leyenda que este Coronel había mandado a fusilar a doscientos niños y trescientas niñas. Todos y todas hijos e hijas de los cien guerrilleros que atacaron al Comando Ezequiel Perdomo, situado en las afueras de Guayaran, municipio adscrito al departamento Norte, que abarca todo el sur de la circunscripción Occidente. Volviendo con lo de Aldemar y Adonías, se abrazaron calurosamente. Caminaron hasta la casa de Bermejo. Allí, el viejo Aldemar, saludó a Paulina Natividad, esposa de Adonías. Sucedió una cosa muy rara. Al otro día, ni casa, ni Adonías, ni Paulina, ni Aldemar. Lo que dicen es que se los y se la tragó la tierra con todo y casa. Desde ese día todos y todas se vieron obligados a conocer el santo y seña. El cual, por disposición militar de alto rango, cambiaba cada tres horas. 13 …Y yo ahí. Susurrando el nombre de la Nana. Para ver si venía en mí rescate. Porque ya no soportaba tantas palabras. Tantas ideas. Era necesaria una pausa. Y la añoré. Pero no aparecía. Cuando la vi partir, sentí eso que las abuelas llaman guayabo (pero diferente al guayabo producido después de una rasca). Este es algo así como cuando uno siente que el piso se abre, para propiciar el hundimiento físico, a más de que el alma se dispara hacia otra galaxia. Y, el problema para alguien como yo, es que soy ateo. Y, por lo tanto, creo que no tengo alma. Eso de ser ateo tiene sus más y sus menos. Yo empecé a no creer en dios, cuando conocí a Misael Pavallón. Tipo interesante ese. Lo primero que hizo para convencerme, fue mostrarme una foto tomada al Santo Padre, treinta años atrás. En ella se ve Teófilo V, desnudo bailando con una joven que por vestido tenía una tanga. Cierto es que me conmovió la escena. Porque yo estaba acostumbrado a rezar los mil jesuses, el día de la Santa Cruz. Además, asistía con devoción al rosario de aurora, que se realizaba el primer sábado de cada mes... Cierto es, también, que metía en el fogón, atizado por carbón de leña; para erradicar mis pecados. Que, por cierto, eran bastantes: deseaba la mujer del prójimo representada en Inés Elvira, una mujer con un cuerpazo que no puede pasar desapercibido. Siendo el problema, que está casada con Belisario Guacaneme, un boyacense especializado en voliar machete a lo loco, cuando se emborracha. Cosa que, en él, es casi a diario. El no
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    robarás es purocuento, para mí. Porque me acostumbré a viajar en Transmilenio y meter la mano en los bolsillos de los hombres y en el pecho de las mujeres. Me ha ido bien, gracias al cielo. El no matarás no me convence. Mucho menos desde el día en que maté Fermín Casagua, porque le tocó las nalgas a Teresita, mi mujer todavía para ese tiempo. Lo de no jurar el santo nombre, en vano me parece una pichurria. Cada vez que me bajo del Transmilenio, después de trabajar, digo “Pa mi dios que no lo vuelvo a hacer”. En fin, que, a ese man de Misael, no le costó mucho trabajo convencerme. Como quiera que ya yo tenía predisposición a ser ateo. Por lo menos ya iba en la mitad del proceso. Y el guayabo desapareció a los nueve días, cuando le declaré mi amor a Juvenal Patagrande. Es hermoso y no está comprometido. Se hace llamar Isabela; según él en nombre de su primer amante. Al que mataron un día después de haber jurado juntos (as) amor para rato. “…No tuvo tiempo de montar en su caballo, pistola en mano se le echaron a montón. Me llamo Juan les gritaba y soy muy macho, cuando una bala atravesó su corazón…” Esa es la canción que más me gusta, de Miguel Aceves Mejía. La tatareo a cada rato. 14 Sigo trabajando en el mismo taller. No es mucho el salario; pero que le voy hacer. Con la misma novia, estaba hasta hace quince días. Con ella, iba al cine todos los domingos. La besé, por primera vez, un domingo apenas el operador apagó las luces. Claro que ella, Isolda Dosquebradas, estaba estudiando en el único colegio del pueblo. Por cierto, con un nombre muy peculiar: “Alegría de Aprender”. También es cierto que cursa ´décimo grado. Un poco tarde llegó, ya que tiene 24 años. La otra vez tuvo una dificultad con algunos padres y madres de familia. Siendo el colegio mixto, sucedió que Isolda se enamoró de Apolinar Suescún. No lo voy a negar, pero ese pelao de catorce añitos, es bello. Cualquier domingo, retomando el hilo, estando en la iglesia “Divina Providencia”, un hombre encapuchado, le disparó a Isolda. Cayó muerta al instante. Desde ese día estoy muy solo. En el taller no he rendido lo suficiente. Tanto que su administrador, Valeriano Arracacha, me ha preavisado. De otra parte, lo que coloquialmente, llaman “malas lenguas”, en el pueblo no se cansan de repetirme el mismo cuento: Isolda fue muerta por Funerario Martínez; padre de Pandora Martínez, una adolescente de catorce años. Todos y todas coinciden en explicar la muerte. Isolda era amante de Pandora. 15 En mi oficio de vigilante, he asistido a un sinnúmero comportamientos. Como aquel, ese día sábado 4 de febrero, cuando la señorita Sandra Magola la del 304, torre B, bajó del Mercedes Benz. Casi no pudo hacerlo. La pequeñita falda color naranja, parece que se le enredó. O el tipo que la traía quería quitársela. Lo cierto es que la señorita Sandra, me miró como suplicante, para que no le contara nada a su padre Pantaleón. Tenía fama de bravero con las mujeres, incluyendo a su hija. De seguro que haberle contado, le hubiera colocado el cinturón de castidad. Dicen que el ejemplar que tiene data de cuatro siglos. Fue, sucesivamente heredado. Supe que ese malparido ya lo había utilizado. Una vez con quien fuera su novia, es decir Virgelina. La segunda vez se lo colocó a la señora Angelópolis, durante tres meses. Esto lo hizo, porque tuvo que viajar a la Ciudad Eterna, para entrevistarse con el Papa Julián 34. También me acuerdo del rollo con el señor Salatiel Molina. Habitaba la 307, torre Z. Resulta que lo pillé el 31 de enero besándose con Françoise Mitterrand, el pelao del 401, torre 57. Lo conocen todos y todas ellas y ellos: vale la pena recordar que en esta unidad residencial viven
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    aproximadamente, dos millonesde personas. Al menos esa cifra la dio el Dane, en el último censo, realizado en 2035. Es menester contarles a ustedes lo que observé un jueves santo, como a las ocho de la noche. Resulta y pasa, que la esposa de don Jeremías Escalera, que habita con ella en el 5001, Torre AACC. Y yo vi que doña Pavarotti entró por una de las ventanas de la torre ZXXI. Concretamente en el 2004. Sacó lo que más pudo en dos viajes. A dona Pavita, como le dicen aquí en unidad, la vacuné me entregó mil USA dólares Claro que ella llevaba en ese maletín más de un millón. O como la noche aquella del 31 de diciembre, del año pasado, cuando don Belarmino Posada, el del 4378, torre XVCD, se le montó a la ternera que tenía para celebrar a las 12 PM. Cuando él se percató de que yo lo había visto; me ofreció una montadita en Virgelina así la llamaba don Belarmino). Yo lo hice. Pero, desde ese mismo día no le logré quitar a mi pantaloncillo ese color terracota. Dicen que Virgelina tuvo dos hijos. Todos dos se parecen mucho a mí, en los ojos. Y, a don Belarmino, le sacaron los cachos. Y dicen que esos cachos del Belarmino, los obtuvo, lo que hace que Marcos Amazará llegó acá, a la unidad residencial… y visitaba Pavarita, cuando el señor Belarmino salía para su trabajo 16 Eso de andar por ahí, como vago; recorriendo las calles, tiene sus ventajas. Una de ellas, tiene que ver con conocer hasta el último recodo del barrio. A la vez, esta información me ha servido para indicarles a los traquetos, que tienen azotado el barrio. Pero a mí no me importa nada de eso. Lo mío llega hasta conseguir la yerbita. ¡Nada más! La cosa siguió así; hasta un domingo 2 de enero. Creo recordar el año: 2040. Cuando llegaron los manes, como era de rutina. Más de cien soldados y los 40 policías. Además de los vecinos y vecinas inscritos en el cuadrante; estaban parapetados. Desde sus sitios dispararon sin discriminación. No solo murieron las joyitas; también algunas personas habitantes del barrio que llegaban de sus trabajos. Ahora bien, en este momento me están sacando un ojo con un alambre. Es que fui acusado de soplón. Yo lo estoy negando. Igual da, si me matan ya sé que Josefina y mis dos hijos, podrán sobrevivir. Tienen la reservita que les dejé. Una venta a domicilio desde el azuquitar hermoso; hasta el bazuco. Este lo reservamos para la plebe viciosa. 17 Y, cómo son las cosas, estoy aquí desde hace cerca de veinte años. He permanecido como estatua. Con la dificultad que eso produce. Cagado, llena mi cabeza de estiércol de paloma. Siendo así; nunca he sabido porque las llaman refertes de la paz. Cada minuto, trato de bajarme. Pero el esfuerzo es inútil. Por cierto, hoy 14 de enero, las otras estatuas que me acompañan, me dieron un regalito. Consiste en dos barras de jabón rey (blanco azul, como decía mi madre) Estoy distanciado de mi familia. No los veo ni las veo, desde hace cuarenta años. Fueron trasladadas y trasladadas sus estatuas al Jardín Botánico. Debió haber sido por buen comportamiento. Les cuento, de paso, que tenemos autorización por parte del Gran Jefe Otilio Uribe Pastrana Samper. No le tomo el pelo a nadie. Así se ha autodenominado el Gran Jefe; para orinar y cagar a las 9: p.m., cada día. Cuentan que, a partir del día en que fuimos remplazados y remplazadas, por estatuas; cada día, se celebra una especie de acto simbólico, con el cual se recuerda el día en que se dictó por decreto la paz en este territorio. Por fin habían encontrado el remedio, por la vía de la lobotomía. Inmediatamente terminó la ceremonia, orinamos y cagamos al unísono.
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    18 Me sonó lapropuesta de doña Alquería, mi vecina. Es muy simple. Se trata de asesinar a su esposo Leopoldo Gracia Vallejo. Ella me seleccionó, después haber analizado a cincuenta candidatos, entre hombres y mujeres. Es de resaltar que el número de mujeres candidatas superaba al de los hombres. Concretamente una proporción de cuatro a dos. Por lo menos en este procedimiento, doña Alquería Bohórquez, cumplió con la Ley de Cuotas, aprobada desde hace cerca de 100 años, pero nunca ha sido reglamentada. El hombre al cual debía asesinar, conoció a Alquería, un domingo, mientras ella jugaba tejo y bebía cerveza, en un local próximo a la Embajada de Italia en Colombia. Preciso, en ese mismo domingo, Berlusconi atendía una rueda de prensa. Que, a su vez había sido citada a raíz de una acusación en su contra, por varias mujeres niñas, en términos de asedio sexual. Y, resulta, que lo que pasó, fue en una fiestecita convocada por el mismo sujeto acusado. Pero, también es de tener en consideración, el hecho siguiente: Mermelada Martínez, conoció al obispo Mardoqueo González oriundo de ciudad Inmaculada, capital del reino que vio nacer a san Raimundo. Pero, a la vez, Raimundo, fundó la ciudad que vio crecer a Berlusconi. Lo cierto es que Aurelia Jacinta Balbuena Meneses, conoció a Benjamín Miranda, primo de la vecina de Emperatriz Aldana. Quien, a su vez, vivió, en San Isidro Labrador, ciudad no muy lejana de ciudad Altagracia, capital de Alsacia Tercera. Pues bien, esta última le había concertado una cita a Mermelada, con el yerno del poderoso dueño de las comunicaciones en el país del cual era primer ministro-presidente-jefe. Isaías, así se llama, tenía la posibilidad de contactar al tío de Emperatriz, de nombre Ezequiel Peñarredonda; para que le dijera al oído, al suegro, algunas palabras relacionadas con la importancia de contactar a Enrique Vellosa, plenipotenciario, nombrado por Cartujo Santos Gaviria. Hacerlo, le decía Ezequiel a Enrique, es muy importante dada la posición estratégica que Cartujo tiene sobre el espectro electromagnético en casi 600 de ciudades en el continente. La cita se realizó en la Iglesia Divino Salvador, basílica del bello Puerto Lérida, una ciudad muy pequeña, pero suplía con creses su tamaño, con la enorme oferta de muchachos y muchachas, dispuestos y dispuestas a lo que sea. Finalmente, la entrevista se realizó. Y Berlusconi fue presentado ante Mermelada. Ya, cuando esto se dio, Emperatriz y Mermelada eran nombradas plenipotenciarias en reemplazo de Enrique Vellosa, quien había caído en desgracia con Cartujo. Yo cumplí con el encargo. El esposo de Alquería, don Leopoldo, fue encontrado muerto en uno de predios cercanos a Villa Mercedes. Intuí que el asesinato fue ordenado por Enrique Vellosa. El motivo nunca lo conocí. Estoy, aquí en Villa Lorenzo, disfrutando el millón de libras esterlinas que recibí como pago. 19 Era tal y como me lo habían descrito; esa tarde calurosa de agosto. Lo vi entrar. Me miró de soslayo. Como miramos los sicarios. Pretendiendo pasar desapercibidos Yo entré al negocio, desde que tenía catorce años. El comienzo no fue fácil. Por lo mismo que no tenía experiencia. Ya después me adapté y me constituí en pieza clave al momento de decidir quién iba primero y quien después de la lista que había elaborado el negro Federico Avendaño. Este negro había trabajado varios años como informante del Departamento de Inteligencia Absoluta que está asignado, directamente al Súper Poder que ejerce, desde hace ya ochenta años, Sinforoso el Magno.
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    ¡Perdón!, por haberabandonado el hilo conductor de mí relato. Iba en la mirada de los sicarios . Sin embargo, no resisto la tentación de volver a la descripción de la profesión que ejercía Federico Avendaño. Y, digo en pretérito. Porque, justo ayer, se suicidó ahogándose en el jacuzzi, instalado en el apartamento de Hortensia, su novia de toda la vida. 20 Cuando niño, el negrito, dio muestras de su talento. Jugando al fútbol, por ejemplo, siempre tuvo la distinción de capitán. Además, siempre, lo invitaban a las reuniones que convocaba el comandante de policía; para instar a los vecinos y vecinas a que se hicieran socios del cuadrante décimo quinto en el pequeño barrio, llamado coloquialmente El Bosque Amarillo en recuerdo de Benjamin Pateamarillo, fundador ayer hizo trescientos años. Corriendo el tiempo. Su familia alzó vuelo trasladó hacia el barrio El Reventón. Dicen que allí yacen los huesos de San Helidoro; patrono de toda la provincia. El negro Avendaño, se quedó en barrio. Vivió sólo en la casona de doce cuartos y tres baños. Se me olvidó acotar que, la familia la constituían dieciocho personas: mamá y papá y dieciséis retoños. Eran ocho mujeres y ocho hombres. Lo llamativo es que eran cuatro parejas de gemelos y gemelas. O sea que fueron solo ocho embarazos. El padre de tres parejas de gemelas y tres parejas de gemelos era un señor que vino a trabajar con el Ferrocarril Nacional que cubría todo el país. Reconoció a sus hijas. Cada viernes primero de cada mes, llegaba un sobre dirigido a la madre. Con esos centavos se mantenían. Pero también, es cierto que nunca les dio el apellido. Ahora bien, tres de las parejas gemelas de los varones, eran hijos de Ponciano Reinoso. Este si se dio el ancho. Es decir ¡qué hijos ni que nada! Apolinar Avendaño, padre de Federico, se supone hijo de Apolinar. La casona era una heredad de Ernestina, madre de todos y de todas Cuando quedó solo, Federico, se vinculó a la banda que se hizo llamar “Los Angelitos Tiernos”. Planeaban y ejecutaban ellos mismos, sin intermediarios. De allí saltó a guardaespaldas de Trinidad Asprilla, madre del Súper Poderoso Sinforoso El Magno Angarita. Dicen que, en el hogar de Trinidad, o sea de Trinidad y Jeremías, sucedió lo mismo que el hogar de Federico. De ser guardaespaldas, pasó a ser coordinador del grupo (había setecientos) que actuaba en la región oriental del país. Desde allí fue promovido al cargo que tenía hasta ayer. Lo cierto es que, en mi caso, me mató mi colega; por orden de Federico. Nunca supe porqué. 20 Iván José Balboa Sarmiento se levantó esa mañana, lejana en el tiempo ya. Había pasado la noche en vela. No podía olvidar su ruptura con Berenice. Cada que cerraba los ojos la veía tal y como estaba vestida. Con esa falda ancha multicolor. Los zapatos con la amarradera hacia atrás. Y la blusa que dejaba ver sus hombros tatuados con figuras diversas, pero que armonizaban en su conjunto; realzando esa piel morena. Siempre me decía a mí mismo que ese color era su patrimonio inembargable. Desde niña, con apenas cuatro años, Berenice impactaba a los vecinos y vecinas. Tanto así que no permitían que sus hijos e hijas jugaran con ella. Berenice tenía un escenario lúdico en su cabeza. Tanto juego conocía. Podía jugar uno distinto cada día. Pero, más que eso, impactaba por su capacidad para reflexionar en torno a los hechos cotidianos. Como esos centrados en el quehacer femenino. Ya, a esa edad, podía explicar con muy buena fundamentación, porque las mujeres sangraban cada veintiocho o veintinueve días. Además, conocía como y por donde nacían los niños y las niñas y su causa. Es decir, algo así como
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    entender porque lescrece barriga a las madres. Y sabía, además, porque debe haber previamente una relación entre las mujeres y los hombres. Y, todo esto, lo había aprendido teóricamente en los tres tomos de enciclopedia que había e n casa. Pero, también y en físico lo supo deducir, cuando papá y mamá, jadeaban cada noche, mientras él y ella suponían que ella estaba dormida. Y es que no le gustaba dormir sola, porque en sus sueños aparecían visiones. Como esas en que una señora y un señor eran desalojados del territorio en que vivían, por una mano resplandeciente. Si bien no podía ver el rostro, dueño de esa mano.; si podía intuir que estaba muy enojado. Y les decía “Ya que preñaste y que fuiste preñada, sin mi consentimiento. De ahora en adelante tendrán que buscar otro sitio para vivir.” La desnudez de él y de ella no era tanto porque el designio de ese ser dueño de la mano. Más bien, mucho más creíble es que, en ese momento de la expulsión, estaban bañándose en uno de los ríos de la región y la mano no les dio tiempo para vestirse.” Cuando Berenice le comentó a su maestra en el colegio; María Cartuja, convocó a papá y mamá. Lo que más le preocupaba a la maestra, fue el hecho de que la niña lo había expresado delante los otros niños y las niñas. Desde ese día, no pudo jugar colectivamente. A pesar de que la ponía muy triste. Pero hasta, cierto punto, le gustaba que las cosas hubieran salido así. La soledad era para ella una amiga inseparable. Pero, volviendo al cuento de mi separación con respecto a Berenice; puedo decir que el hecho de levantarme ese día, significó para mí un esfuerzo tan grande que inmediatamente lo hice, sentí un cansancio igual...y volví a acostarme. Me quedé dormido, tanto tiempo que, al despertar otra vez, encontré a Berenice sentada en la cama. Había envejecido tanto que la reconocí, solo por sus hombros tatuados y por la cicatriz que tenía, producto de la quemadura que le infringió su padre, cuando la encontró recitando los versos de Porfirio Barba Jacob, de Miguel Hernández y Pablo Neruda. Justo, en ese momento, recitaba el Canto General. Eso había sucedido setenta años tras: Lo reafirmo, porque recuerdo ese día, veintiocho de octubre del año en que aprendí a escribir. Lo corroboré, cuando me acordé que había dejado mi nave, en la cual le di la vuelta a la Tierra. Y ya habían transcurrido siete años desde que estuve en Marte, haciendo una diligencia de la familia. No le hablé, ni me habló... Simplemente sentí el dolor en el bajo vientre, cuando Berenice hundió hasta la empuñadura, el cuchillo con el que, también, había matado a su padre, al día siguiente en que se produjo el castigo. 21 Si me preguntaran hoy, porque regresé. Diría que no lo sé. Simplemente, así escueto; sin palabras mentirosas acerca de lo bien que estuve hace ya cuarenta años. Cuando exhibía una risa a cada momento. Pretendiendo ilusionarme a mí mismo. Como cuando lo hice a tres años de mi nacimiento. Recuerdo que, en ese entonces, ya tenía mi tránsito definido. Por escenarios de vida y que iba a repetir cada año. Si mal no recuerdo, la repetición, del año tercero, fue la misma del año quinto. Y la del año segundo fue igual a la del año sexto. Como pueden evidenciar la cotejación aritmética hablaba de una diferencia que inició en el tercer periodo hasta el quinto. Pero que, si contamos desde el año dos hasta el sexto. Me preocupó más, el saber que, el primer año y el séptimo, no estuvieron en el inventario de vida que hice cuando cumplí el veinteavo año. Ahora que estoy en el año cincuenta y tres, contados a partir del año trece. Son, entonces, unos vericuetos no esperados. Mucho menos entendidos y/o interpretados. Lo cierto es lo siguiente: he sido un sedentario que anhelaba visitar varios sitios a la vez. Como queriendo ser nómada continuo. Una posición estática que reñía con la ambición de asumir la velocidad y la
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    aceleración. Y nosimple fórmula; como quien empieza discernir una prueba de conocimientos. Una prueba parecida a la ruleta rusa. Porque, en esos cuarenta años que viví con ése tósigo, día a día quería que fuera otro día y no ese. Algo parecido lo que le sucedió a Aristarco Paz Prisco, ese día en que cumplió noventa y dos años. Es decir, los mismos que el viejo Peralta Suescún. Si bien es cierto que ambos establecieron relación conmigo. No es menos cierto que nunca se conocieron. Al cumplir ochenta y cinco años: recordé los días vividos con Lucía Andrea Peralta, como si hubiese sido ayer. Por cierto, Lucía Andrea siempre me manifestó su desilusión y su desaliento por llevar solo el apellido de su padre. Ya que su madre no la reconoció como hija suya. Dicen que la dejó en la habitación sola y con una nota: “creo que esta niña no es mía, sino de la amante de su padre. No sé por qué y cuándo quedé embarazada. Tal vez fue el día que estuve donde Aristarco. ¡Sí, ese mismo que ya completó quince hijos de madres desconocidas! ¡” Decía, lo de haber vivido con Lucía Andrea. Cuando la conocí, todavía no cumplía los setenta años. Estaba entre sesenta y siete y los sesenta y ocho. Más joven que yo, si era. Cuando la embaracé, prefirió el silencio cómplice consigo misma. Ese día, el de mi aniversario ochenta y cinco, encontré a la niña en su cuarto. Con una nota similar a la de madre de Lucía Andrea, cuando postuló a Aristarco como beneficiario del embarazo; ya que seguía sin entender la dinámica de la genética. Mucho menos entendió el hecho de haber sido amante, desde los diecisiete años, de una gran cantidad de hombres. Por eso, cuando estuvo con Aristarco, se hizo la promesa, en el sentido de no volver a repetir los años que había vivido. Prefería endosar a su hija a Aristarco por haber sido su último amante, después de haber tenido el penúltimo, La cuenta acerca del número de amantes que cruzaron por su camino, era un secreto. Algo así como una sumatoria no compartida. Y, entonces ese día de aniversario, comprendí que no tengo mucho que contar. Lo de Lucía Andrea, ha sido mi cuento preferido y único desde que la conocí. O, tal vez, hubo otro hecho relevante: sucedió justo el día en que cumplí sesenta y cinco años. Algo así como el haber encontrado a mi padre. Ese día supe que mi madre no me dio el apellido. Simplemente porque no se acordó de los amantes. Fue una madre anónima. Algo a parecido a lo que sucedió con la madre anónima de Lucía Andrea. 21 Lo que voy a contar, seguro que no lo creerán. Ni siquiera el 0.001 por ciento. ¡Pero, en fin, lo cuento ¡a sabiendas de que seré leído, al menos por ese 0.001 por ciento. Al fin y al cabo, según mis cálculos, sobrepasa el límite mínimo establecido. Resulta y pasa, en términos de lo probable, que antes de asumir la decisión de contar lo que no ha sido contado, contaré lo que tampoco ha sido contado. Se trata, pues, de establecer la diferencia entre lo que no ha sido contado y lo que tampoco se puede contar sin el permiso de la persona que sufrió y vivió la aventura primera y la segunda. Algo así como retomar el hilo conductor de lo que Prometeo juro hacer y pago caro por eso. Es decir, volviendo al cuento de lo que he anhelado contar desde muy niño, más o menos parecido Cuando Elvira Quintana escribió y publicó, su “Alegría de Leer”. La pista es más o menos así: por E y B, se puede escribir “El Enano Bebe”. Lo que pasa es que el enano de la cartilla tenía problemas de alcoholismo y por esto bebió tantas veces como unidades publicadas de “Alegría de Leer”. En Medellín, por ejemplo, se publicaron más o menos siete mil unidades. Y parece que el doble se publicó en Bogotá. Alguien cuenta, además que en lo que se ha dado en llamar “Viejo Caldas”; es decir antes de la partición en tres (Quindío, Risaralda y Caldas propiamente dicho); se publicaros trescientas veinticuatro.
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    Un amigo míome contó que, el Departamento Nacional de Estadística (que de paso asevero que no se llamaba así, en ese tiempo), midió el nivel de analfabetismo, a partir de contar la cantidad de cartillas publicadas y vendidas. Entonces, en Medellín, había más personas que sabían leer, que en el Viejo Caldas. Pero lo que pasa es, que una cosa es saber leer y otra saber escribir. Además, que otra cosa es saber escribir. En mi ciudad aprendieron tantas personas a escribir y leer tan rápido; porque se trataba de aprender y unir las letras S I C A R I O. Pues resulta que los que saben leer y escribir al mismo tiempo, es más o menos un porcentaje cercano al porcentaje que sabe leer y escribir en la Patagonia. Claro que ya, La Patagonia, se escribía Malvinas. Es decir que ya los ingleses habían hecho suyo ese territorio argentino. Pero, al menos por ahora, no me meto con decisiones políticas y, mucho menos con avasallamientos militares. Porque, de ser así, tendría que reescribir lo sucedido en medio mundo y un cuarto. …Pero, perdón si los interrumpo, vuelvo a eso que quería contar desde el principio. Es decir, lo que nunca va a ser contado, por decisión de alguien que lo supo contar y que ahora maneja las verdades relacionadas con lo que sí se pudo contar, primero hasta la medianoche del día veintinueve de febrero de los bisiestos. Nada más sencillo de entender. Es, más o menos, lo mismo que le sucedió a nuestra Policarpa que, siendo mujer, impuso condiciones en torno a lo relevante en la lucha independista. Pero, ya está claro, que no le creyeron por ser mujer. O, al menos minizaron, su valentía. Es, más o menos guardada las proporciones, lo que sucedió con Manuelita, la amante libertaria. Es decir, que don Simón Bolívar, se adueñó de su cuerpo, pero no de su alma; si por alma entendemos la ternura y la capacidad par disentir. Pero, volviendo al cuento de lo que decía primero. Es decir, contar lo que no se puede contar, me puse en la tarea de redefinir la diferencia entre lo que no se cuenta y lo que no se puede contar. Más preciso: es aquello que tenemos en la memoria, pero que no se nos está dado de recordar. Lo más grave es aprender que el oficio de taxidermista, tiene algo que ver con la reducción, a la fuerza, de las cabezas. Y, como en la cabeza están los esos. Y como los sesos son el cerebro; en conclusión, son reducidores de cerebros. Eso, de por sí, ya es muy grave. Porque sesos reducidos son similares a la lobotomía. Y, tal parece, según me lo dijo un día Aureliano Casiano, casi la mitad de los que habitamos este mundo, tienen o tenemos la cabeza reducida. Me incluyo yo, ya que parece que estoy aturdido de no saber pensar. Mucho más grave, de tener un vago recuerdo de la libertad. Pero, como en estricto, la libertad es etérea para muchos y muchas. Solo es válida para los que reducen cabezas. Teniendo en cuenta la advertencia de que los reducidores de cabezas son cerca del cero punto. Cero, cero, cero uno. Bueno, ya es hora de decidir si puedo o no contar lo que iba a contar. Es, más o menos volver a repasar paso a paso, si lo que queda en mi memoria es un porcentaje que vale la pena contar. A decir verdad, creo que si yo estoy cansado de decir que voy a contar lo que quien sabe si puedo contar; como estarán de cansados y cansadas ustedes. Bueno, es lo siguiente: voy a ser papá. Reflexioné tanto antes de decirlo, porque la madre del niño o la niña que será mi hijo o mi hija, es la mismísima Virgen de Fátima. La conocí en mi último viaje a Portugal, pasando por el Vaticano. Es decir, después de Pablo y Juan Pablo y Benedicto. Obviamente, si cuento a muchas personas lo que debe ser sabido, tal vez no llegue a ser el papá más feliz del mundo; por el hecho de ser papá de un santo o de una santa. Vale la pena enfatizar en que ni soy santo ni quiero serlo, pero si sería muy feliz saber que cuando nazca la criatura, se parezca o bien a su madre, siendo niña; o bien al sagrado corazón, siendo niño. Bueno, por lo menos, ya pude contar lo que tenía pensado contar desde hace mucho rato. Lo que sigue ahora es esperar y hacer fuerza para que Fátima no embargue mi pensión, por
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    alimentos. Al menosese trato hicimos, antes de ir a la cama. Más bien diría antes de ir al yesquero. Queda claro que, una vez conté lo que tenía que contar, me pusieron por chapa el apodo de “El Viejo del Soliloquio”. Y, a decir verdad, no me enojo por ese término, ya que uno dormido habla más de lo necesario. Claro que, y eso sí es verdad, mi abuela paterna llamaba a esto “hablar mierda” 22 Siendo cualquier hora del día en que conocí a Mercedes, me encuentro atado. Estoy en condiciones lamentables. Si así se le puede llamar a esa expresión de vida que no cuenta a la hora de efectuar el inventario de los hechos realizados, durante el tiempo en que estuve percibiéndola. Como si, cada momento, hubiera estado y está, aún, soportado en una visión y en una interpretación proclive a la imposibilidad de asimilar las condiciones que yo mismo he delineado. Es algo así como entender la dinámica de la vida a partir de andar indagando por el sentido que tiene mi existencia. En un contexto, en el cual no he hecho otra cosa que proponer un regreso a los escenarios originarios. Cuando no existían los descifradores oficiales. Cuando existía una relación directa con los hechos. Con la Naturaleza despojada del velo que la envuelve ahora y que nos coloca en procesos interpretativos y decodificadores, asimilados a permisos requeridos a cada paso. De tal manera que todos y todas nos encontramos desconcertados; con las dudas direccionadas por quienes nos trascienden, sin ninguna concesión; implacables. Lo cierto es que Mercedes está ahí. Recordando a su madre. Siempre se ensimisma, a la misma hora, en la mañana. Un recorrido hacia atrás. Se sitúa en ese escenario de vida. En un hogar conducido por su padre. Una autoridad pétrea. Sin ningún color que pudiera ser asociado a la libertad; mucho menos a la alegría. Un individuo taciturno. Descendiente y beneficiario de la hispanidad ortodoxa. Tanto así que, en su inventario de bienes, Mercedes y Saturnia, su madre, fueron siempre cotejadas como cualquier carabela, o cualquier mueble heredado Isabel, la reina, su reina. Cuando Mercedes cumplió dieciséis años; Eusebio la acicaló con los menjurjes que quedaron, luego de la celebración de la boda entre él y Saturnia. Olorosos, superados solo por el incienso, heredado directamente de Baltasar, rey mago que, como todo buen mago no dijo todo lo que sabía y con lo poco que habló le bastó para hacer de su historia, celebración perenne. Tanto así que llevamos veinte siglos. Siglos cifrados por los antecesores de Eusebio. Se dice que el abuelo de su bisabuelo, encontró el incienso baltasariano, enterrado en el solar de la casa en que vivió Facundo, el dueño de la pócima del ensueño. La que, a su vez, había recibido de Cipriano Vergara, primer amante de Saturnia I, reina de Horizontes, tierra amada por Eusebio, pues allí conoció la primera versión de la historia del Emperador Pigmeo; sinónimo de satrapía. Este había heredado el poder, por línea directa, de su tatarabuelo Egnosodin Segundo, dueño de la vida y de la muerte, en un territorio que ya, antes que él, lo habían devastado los Cíclopes, importados desde la amable Tierra del Buen Fuego. Entonces, Mercedes, viajó sin tropiezos. Esto, después de haber renunciado a la bienamada autoridad paterna. Por la vía de la ruptura pensada. Desde los cinco años de vida, hizo su plan de vuelo. Llegaría hasta el límite entre la Vía Láctea y las construcciones diseñadas por su adorado Pigmalión, venido a menos; como quiera que ya había reconstruido mil veces a la Mesopotamia originaria; trasladada a territorio sajón; por Everardo VI, rey del universo equívoco derivado de las ruinas, todavía incandescentes, consecuencia del primer conflicto entre el Dios Sol y el herético Júpiter primigenio.
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    Mercedes, la divinaMercedes; estaba absorta ese día en que la encontré. Allí, contando estrellas. Hábito que aprendió de Faustina, la bruja que había huido del territorio de los inquisidores. Estuvo, Faustina, recorriendo toda Europa. Desde su Polonia amada, hasta la Bélgica de sus sueños. Conoció al señor de los señores. Siempre repetía, de él, la misma historia, esta: Soñé que transcurría el año 1700. El día dos del mes de octubre, tuve la sensación de estar en el Palacio de los Dioses. Lugar habitado por los más excelsos propagadores del buen gobierno y de la inteligencia aplicada al mismo. De todos ellos, yo era el mejor. El más atinado. El más representativo. Porque ya lo había demostrado, cuando regenté la municipalidad de La Aldea de la Sabiduría. Localidad próxima a Horizontes. Expandida, territorialmente, al norte del sur del Continente Asiático. No debería decirlo, pero yo mismo me sorprendía por la calidad de mis actuaciones. Vertidas, todas, al unísono. Tanto en lo que respecta al manejo de los asuntos de gobierno; como también en lo que atañe a todas las áreas del conocimiento. No se me escapaba ningún dato científico. Por ejemplo, descubrí que la Vía Láctea, no es otra cosa que el camino hacia África, pasando por América. También que el número de protones en el átomo, se corresponde con la presencia de energía en el núcleo de las células que definen el genoma de las coliflores. Tanto es así, que publiqué un ensayo sobre fisicoquímica; el cual fue adaptado a la enseñanza de las ciencias básicas. Tenía, bajo mi mando, un sinnúmero de científicos que ejercían su labor en colegios y universidades. Mis conocimientos trascendían el área geográfica de mi poder político y militar. Navegué, en el Océano Pacífico, orientando a todas las embarcaciones que hacían tránsito hasta Pakistán, bordeando el Cabo de la Vela. Como podrán haber notado, yo era imprescindible. Para cualquier acción y para cualquier enseñanza. Ese mismo día, fui consultado acerca de los rigores de la sequía en proximidades de Alaska, cerca de Siberia. Lideré un grupo de búsqueda de alternativas para resolver ese tipo de dificultades. Tanto en lo concerniente a la pérdida de los cultivos de lentejas y cítricos. También en lo relacionado con la crisis por la evaporación constante del agua en ríos y lagos. Al día siguiente Artemisa, mi segunda esposa, empezó a pujar. Se trataba de su primer embarazo. Ella había renunciado a la presencia de Justiniano Avogadro, el más eximio conocedor de la técnica para lograr un parto sin contratiempos. En su reemplazo, yo la asistí. El comienzo fue un tanto difícil. Pero, ya después, la orienté. La coloqué en posición horizontal, en nuestra cama. Hice masajes en la zona lumbar y le apliqué acetona en cada una de las piernas. Frotándolas de tal manera que nuestro naciente hijo, pudiera ubicar las coordenadas en el espacioso cuarto. Expósito, el hijo que nació aquel día, creció sin ninguna dificultad. Su inteligencia estuvo siempre asociada a las directrices de su padre. Tanto es así que, el día que marchó al mando del Ejército Aldeano, en contra de del Ejército de Horizontes, demostró una gran asimilación de las técnicas guerreras inventadas por mí. Columnas y filas en posición vertical, con desplazamientos horizontales sucesivos. De tal manera que pareciera una onda continua, iluminada por los reflejos de un gran espejo situado en la retaguardia, de cara al Sol.
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    La pérdida departe de nuestro territorio insular, a manos de los horizontences, no amilanó a mi hijo. A mi mucho menos, porque se trató de una táctica en el contexto de una estrategia de ceder parte del espacio, para luego arremeter de costado y aniquilar a nuestros contendientes. Aunque el resultado no fue del todo satisfactorio; el anecdotario de la batalla, nos ha servido para apuntalar nuestras posesiones en el norte de Rusia Central. En 1724, concretamente el día de la celebración de nuestra independencia y de mi nacimiento, propuse a la Asamblea de los Dioses, el diseño, fabricación e instalación de un dispositivo electrónico en las fronteras occidental y oriental. Yo había inventado ese dispositivo. Una simple aplicación de las leyes de Newton y de Arquímedes. Su funcionamiento estaba asociado a la humedad. Se activaba con las corrientes transversales de viento; las cuales eran retenidas por dos celdas situadas a lado y lado del dispositivo. Una vez liberadas, ululaban rompiendo las barreras colocadas a manera de columnas en diferentes sectores de las alambradas fronterizas. Ocasionando, entonces, un movimiento ondular que hacía inaplicable cualquier arma por parte de los invasores. Desafortunadamente, el día en que fuimos invadidos (4 de julio), hubo un movimiento lateral en los vientos. Las celdas no se activaron y, por lo tanto, no retuvieron la cantidad de aire necesaria para producir el sonido. Por lo tanto, tampoco hubo la anhelada ruptura de las alambradas. Siendo así, el ejército enemigo nos penetró sin ninguna dificultad. Sin embargo, patenté mi invento. La Asamblea de los Dioses, me reconoció como gran constructor y me pagó honorarios en oro. Con estos recursos compré hectáreas de tierra en capacidad de producir cebollas, garbanzos, cítricos, patatas, plátanos y olivos. Comercialicé estos productos, a través de mi flotilla de barcos, surcando el Atlántico, hasta llegar al Volga y, desde allí, hasta China y Japón; a través de numerosas redes comerciales. Obtuve ganancias colosales que deposité den el Banco Ambrosiano de Marruecos. Una vez superada la zozobra ocasionada por la desestabilización de mi reino. A su vez, originada en dos intentos de asesinato de que fui víctima; propuse a la Asamblea de Nativos, situada al oriente de Portugal, concretamente en el diminuto reino del Volcán; una unión imperecedera. Una figura similar al Pacto de los Mongoles y los Normandos, en época del Emperador Valeriano de Dinamarca. Hice ingentes esfuerzos teóricos y prácticos para ilustrar de que se trataba y de las características de los antecedentes anotados. Fui recibido con alborozo por parte de los Nativos. Por su propia iniciativa me obsequiaron diamantes. Me hicieron dueño de los canales de riego y de la técnica de sembrado en terrazas. Me declararon presidente honorario de sus posesiones territoriales en Argelia y en Tegucigalpa. Actualmente, rijo como Señor de Señores. Mi influencia va desde el Cono Sur, hasta la orilla izquierda del Támesis. Pasando por Alsacia Lorena, por Acapulco y por el Principado de Mónaco. He recorrido mil lugares, en los cuales me reconocen como huésped ilustre. Me he erigido en Oficial Mayor del Conglomerado Universal de Hombres Ilustres. Sigo siendo tutor de maestros en ciencias naturales y políticas. Con un escaño permanente en la Asamblea Primigenia de Investigadores. La cual ejerce como referente para quienes pretenden gobernar el conocimiento. He sido orientador de la Sociedad de Amigos de las Dictaduras: Esta institución es adalid de quienes integran la Cofradía de reyes interplanetarios; con sede en Haití. Todo esto se lo he reseñado a todas las generaciones posteriores a 1700, en el gran territorio de Aldea de Dios. Todos me recuerdan y me recordarán como el Señor de los Señores.
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    La vocinglería Faustiana,horadaba todo el espacio lejano y cercano. En un ir y venir de recuerdos. Unos asimilados, otros no. De todas maneras, Mercedes, ya había descifrado la progresión geométrica, vinculada con su oficio. Sumatorias con n tendiendo al infinito. N soles; n planetas; n territorios acondicionados Como prisiones. Como Guatánamos proyectados hacia el universo ignoto. Con sus habitantes forzados. Llegados de la querida Irak y de Afganistán y de la India y de Pakistán y de… Mi bella Mercedes se ha especializado, también, en la interpretación de los sueños. Es consultada por reyes verdaderos y por aprendices del oficio de acallar voces, por la vía de imponer el imperio de la autoridad. Ella es absoluta en lo que hace. Tanto así que ha construido diversos escenarios permanentes para explicar sus interpretaciones. Desde jardines sembrados de amapolas, hasta enhiestas ciudades que ejercen como prototipos de dominio. Cárceles permanentes. Edificios centrales, en donde residen de manera permanente, los gestores del dominio heredado; o asumido a la fuerza. Mi Mercedes los orienta. Les expresa que los sueños en los cuales aparecen ángeles protectores y castigadores, trompetas en mano, exhibiendo las dádivas del Ser primigenio; no son otra cosa que premoniciones acerca de la grandeza de ellos y de ellas. La validación de la gendarmería. Las trompetas no son otra cosa que los instrumentos que permiten ejercer de mejor manera la dominación. Trompetas son sinónimos de fuerza; del fuego aprisionado en las dotaciones que se generalizan. Dotaciones que se hacen necesarias. La capacidad para almacenar y mantener en reserva; las posibilidades de usufructuar la fuerza atómica, en defensa del orden y la moral. Faustina hizo bien su tarea. La hermosa Mercedes, la asimiló de manera generosa. Yo estaba ahí. Siempre he estado en el mismo sitio, al lado de ella. Y ella sin reparar seriamente en mí. Solo piensa y actúa en función de su imaginario. Ese que la sitúa en la perspectiva de alucinar y de transferir esa alucinación a los reyes modernos, a los autoritarios enfermizos; a los matadores de ilusiones y, en particular al señor de los señores o, lo que es lo mismo, al emperador pigmeo Oh, mi bella Merceditas. Hazme el favor de fijarte en mí. Ya está bien de tanto alucinar y de hacer alucinar a los dueños del mundo. Es como si estuvieras ausente, cuando estás conmigo. Mi coqueta pelirroja, ya sé que has andado mil caminos y que no tienes idea de lo que significa vivir la vida. Es decir, aplicando un concepto de vivir, asimilado a la exuberante naturaleza que nos ha otorgado la posibilidad de interpretarla y de modificarla. Ya sé que has bebido en la fuente de los dioses; no en la del Ser primigenio; sino en la de los aprendices. Los magos ordinarios. Aquellos que hacen de cada acto bufo, una pretendida ensoñación. Ya sé que no tienes referentes propios. Solo tienes los que te ha transferido Faustina. También sé que tienes identificado el rol del emperador pigmeo. El que se repite. Aquí y allá. Lo mismo en Asia que en África. Lo mismo en Europa que en América. ¡Oh!, me bella diosa; mi Mercedes acicalada por Eusebio, tu autoritario padre. Efímero aprendiz de patriarca que se diluyó en su propia incapacidad para asumir los retos inherentes a ese oficio de perdulario. Ya que no me otorgas ninguna posibilidad para acceder a tu entorno más íntimo. Ya que insistes en profundizar tu condición de oferente de pócimas para perdularios gobernantes y preeminentes machos mata mujeres; por lo menos mírame, estoy a tu lado. Mi tierna Mercedes. Mi Sol; mi paloma. Ya sabes que estoy aquí y que estaré hasta que mi vida se extinga. Ya ves, carita de ojos grandes; estoy subsumido en ti. Como sediento sujeto. Como extensión tuya. ¿Acaso no me ves? ¿Hasta cuándo debo esperar?
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    Ven, mi ternura.Deja de estar aconsejando a los aurigas. Deja de estar interpretando esos sueños pérfidos de quienes acuden a ti. Esos que todo lo tienen y que han llegado hasta allí cabalgando a lomo de los demás. De los califas pútridos que han renunciado a ver el mundo con ojos de humanos. De los que suman y suman tropelías. Tú los orientas, mi bella Mercedes. Tú les permites seguir creyendo que son sujetos predestinados. ¡Oh!, mi paño de lágrimas, mírame. Soy tuyo, desde ese día en que cumpliste cinco años y planeaste tu huida del entorno de Eusebio y Saturnia. Te he escrito poemas, como este: Ya sé que estás lejos, Mi ternura. Ya sé que me tienes al borde la locura. ¿Dime, Merceditas, no te parece excelente mi poema? He escrito otros; los tengo bajo llave. Porque no se sabe. Con tanto delincuente ideológico, nunca se sabe. Merceditas; mechas, no está hoy en su sitio. He aprovechado el instante, para introducir en su inventario de bienes culturales, el escrito que le robé a Tertuliano, el vecino. Ahí se lo dejo; en su mochila azul; la que llevaba el día en que me enamoré de ella; de mi dulce Mercedes. ¿Quieren saber qué dice?, sin que ella se dé cuenta y, tal vez por eso estropee esta historia. Ha sido un largo camino. Como laberinto que agobia. Pero que, por lo mismo, ha permitido localizar los términos de referencia necesarios para enfrentar la soledad del ser que emerge consolidado, a partir de descifrar los códigos de la vida societaria. Porque viene de esa dispersión que lo había inhibido, para enfrentar vicisitudes. Hacerlo sólo le había significado, en el tiempo, no entender la dinámica asociada a sentir a los otros y a las otras. Un estar ahí, situado en su compartimento. Mirándose. Como quien no ha construido el enlace, entre sí mismo y el escenario. Actor cuyo libreto son palabras para sí. Pero que, en perspectiva, se siente aislado. Avasallado; al límite de su capacidad para discernir acerca de su rol colectivo. Posicionarse, al margen de lo inhóspito, supone un avance. Es adquirir la noción de estar en otras condiciones. Diferentes a aquellas en las que prevalecía la zozobra. Lo azaroso. Como cuando se percibe que la exterioridad acecha, como potencia ajena a cada sujeto. Como incierta posibilidad. Como expectante gendarme que rodea y asfixia. Una figura parecida a aquellas sombras del inicio; cuando no éramos otra cosa que expresiones minimizadas, al garete. Próximas al desequilibrio, por la vía de los extravíos propios de la selección natural. Sentirse vinculado a un proyecto de la naturaleza. Sin haber sido consultado o consultada; es tanto como una sumisión indescifrable; como quiera que se da sin que hubiésemos conocido la hoja de ruta inherente a ese proyecto. Tal vez, por esto mismo, llevamos la marca de la angustia. Porque no entendimos su soporte. Angustia e inquietud, que se tornan en el hilo conductor de esa sensación de impotencia. Esa misma que ha estado con nosotros y nosotras, desde el origen. En ese entonces, lo que percibíamos no iba más allá de la inmediatez que no s envolvía. Como burbuja que asfixia. Y que nos rodeaba y nos colocaba en condiciones de inferioridad Un choque de expectaciones. Mientras la naturaleza, exhibe una lógica interna. Que va, desde los organismos simples primarios; hasta las cimas que confirieron las condiciones próximas a la civilización. Todo eso como una envoltura que nos inhibía. Desde ese tiempo procede nuestra sujeción involuntaria a ese proyecto. Siendo, este, mucho más amplio en los espacios universales; mucho más complejos. Mucho más ajenos a nuestra interpretación en esa infancia temprana, como sujetos. Ya, ahí, estaba latente la soledad y sus implicaciones.
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    Entonces, necesitábamos compañía.Pero no del tipo de compañía en la cual los otros y las otras estaban ahí. Al alcance físico de cada quien. Pero sin ese hilo de Ariadna que nos permitiera descifrar los códigos asociados al entorno colectivo, como sujeto en sí. Es decir, en una perspectiva de concretar expresiones conciente de organización. No como sumatoria simple de sujetos. Más bien como conciencia que se recrea y recrea. Una opción en la cual se acumulan saberes. En un concepto de acumulación emparentado con la vertebración de lo consciente como colectivo. Con todas sus implicaciones. Es decir, siendo conciente de la necesidad de crear instituciones, con los insumos de los saberes. Fundamentalmente, con esos que nos otorgan la vitalidad indispensable para re-conocernos. Como agentes de transformación. Como expresiones hacia el equilibrio. Desde la soledad inhóspita de lo individual; hasta el acompañamiento en lo colectivo. Eso de buscar el equilibrio y trascender la soledad; por la vía de sumar opciones de vida. Desde lo primario individual; hasta lo consciente colectivo; debe ser entendido como esa condición que permite acceder a una interpretación de los y las sujetos; vinculados y vinculadas a un proyecto; mucho más cercano y comprensible que aquel que tiene la naturaleza. Es, entonces, ese proyecto nuestro, el punto de comienzo y soporte de la nueva identidad. Colectiva e individual. La nueva identidad, así alcanzada, no era otra cosa que la noción de lo humano. Como categoría propia que nos situaba en el camino habilitado para transitar la vida, la historia. Con referentes definidos a partir de la necesidad inicial de asociarnos. Transfiriendo, a través de estos referentes, principios y valores. Son posibles y necesarios; habida cuenta de nuestra condición de animales superiores. Superioridad no anclada, únicamente, en la capacidad para discernir acerca del reto primario de la naturaleza; sino en nuestra capacidad para convertir ese discernimiento en, fortaleza latente para trascender la mecánica inherente a la naturaleza. En consecuencia, no opera ya aquello de la selección natural. Venimos de ahí. Somos resultantes de ese proceso. Pero no somos simplemente eso. Somos sujetos que alcanzamos la independencia; que trascendimos aquello de seres naturales específicos, en cadena; para acceder a la condición de sujetos que realizamos hechos y acciones. En capacidad para entender eso que hacemos. Sujetos de colectivización coherente. No como manadas que, en el reino animal, simplemente juntan individuos. Lo nuestro es una opción mucho más compleja; en razón a nuestra capacidad para asumir, direccionar y redefinir objetivos. Un ejercicio consciente que nos ha convocado y nos convoca a no erosionar los valores y principios adquiridos. Porque, de no ser así, volveríamos a la opción de vida de las manadas. Una vez logrado el equilibrio, soportado en la opción de vida societaria; que nos ha permitido llegar hasta el trazo del horizonte de procedimientos e instituciones en función de soportar la civilización. Una vez adquiridas la noción y la praxis relacionadas con el quehacer colectivo y que devino en la consolidación de los referentes inherentes a la humanización del consciente individual y colectivo. Por caminos siempre de dificultad; como quiera que este equilibrio, acceder a él, ha sido una apuesta por la vida. Soportando guerras, arrasamientos, aniquilaciones, etc. Decantando los logros acumulados. En una constante depuración; en términos de efectuar una disección precisa de los contenidos de los saberes acumulados. Habiendo soportado las ofensivas vulneradoras de poderes paralelos asociados a la mixtura religión-conservadurismo. Habiendo efectuado, como lo hemos hecho, acciones de profundo contenido transformador en casi todos los ámbitos. Habiendo sufrido la persecución y exterminio, a nombre de la tradición y de la moral. Nos encontramos con constantes que ejercen y han ejercido posturas y acciones de no reconocimiento de las opciones de vida; ni de los avances en el proceso de validar insumos mínimos de respeto y tolerancia. Han aparecido, en ese contexto, personajes perversos
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    absolutos. Sujetos quesiguen atados a la prehistoria del quehacer social. Cuando, cada quien, al garete, efectuaba una interpretación individual de sus requerimientos. Y, posicionaba los mismos como iconos para sí. Sin reconocer a los otros y a las otras como sujetos con derechos. Simplemente, porque la noción de derechos es punto de comienzo de la vida societaria. Personajes nefandos, que han hecho de los suyos principios preeminentes que deben ser acatados. Los Césares; los reyes de Occidente; los faraones; los papas; los Zares, Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Ronald Reagan; los Bush; Álvaro Uribe, etc. Todos ellos en contravía de los logros alcanzados en incesantes tropeles. Porque la historia ha conocido del día a día. De esos tejidos sociales, individuales y colectivos, que se han ido consolidando a pesar de las guerras impulsadas por esos y otros, también como ellos, perversos registradores de la destrucción de valores. Construyendo aureolas en su alrededor. Como magos que convocan a la confusión; a la inversión de la noción de verdad y de justeza. Garantes de la lucha por restaurar lo primario. Como cuando éramos absorbidos por la dinámica de los proyectos de la naturaleza. En los cuales, ésta, imprimía su marca. Ese tipo de sensación de impotencia, de temor, de soledad; nos acecha a cada paso; ahora, cuando reviven los piratas vulneradores. Que imprimen, también, su marca. Chamanes que delinquen con los principios; que convocan a santos oficios en procura de imponer sus instintos, como figuras y posiciones; a partir de sus esquemas mentales, enfermizos. Delirantes. Su significante es pariente de la desolación y de la ausencia de posibilidades libertarias. Su ética es la barbarie. Su poder es la manipulación. A manera de mercaderes del trueque y la engañifa. Sin ningún agregado de calidad humano; absolutamente ninguno. Una escenografía que confunde al público. Como bufos que desorientan. Que crean horizontes enfermizos; a partir de exhibir niveles de aceptación. En esto, Hitler y Mussolini fueron maestros y a ellos les debe El emperador pigmeo sus fuentes teóricas y conceptuales. Pueblos enteros confundidos. Masas vergonzantes que (como en el caso de Álvaro Uribe) permiten justificar todo tipo de tropelías. Ese tipo de franjas de población que han claudicado en su dignidad; la han endosado al mago manipulador. Lo cierto es que tenemos todo el derecho, quienes no hemos claudicado, a convocar a la acción consciente. Que nos permita acceder a la derrota del Emperador Pigmeo; que es esto en razón a su incapacidad para percibir la vida a través del día a día que junta quehaceres. Todos ellos emparentados con la vulneración de la vida y con sus soportes. Pigmeo que saldó su deuda con la vida y con la dignidad inherente, por la vía de refrendar su compromiso con la muerte; por la vía de cambiar la lógica que conduce a la verdad y venderla, ofrecerla y postularla como referente único para la vigencia de su visión de democracia. Que es a la mentira, como el Sol es a las mañanas. Diré a mis hijos. Y, a mí mismo cuando muera, que seré feliz, el día en que el Emperador Pigmeo sea derrotado, por la fuerza de las acciones, precisas, transparentes; que desemboquen en su aniquilación…y la de sus postulados pútridos, soportes de su vesania y de sus tropelías en contra de la humanidad. Caerá; como cayeron los Césares. Su nombre será borrado de la historia de la humanidad. Entre otras cosas, porque nunca participó de ella, ni de sus principios. Porque, siempre, propugnó por la vigencia de la oscurana de los gendarmes; hacedores de verdades. Como aquella de hacer creer que existen sobornados sin sobornadores. Y Que existen asesinatos sin asesinos. Y que existen desapariciones sin bandidos que las concreten. En fin, derrotaremos el tejido del absurdo, por la vía de la confrontación…Así nos cueste la vida. Es ¡ahora, o nunca ¡
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    Mi Diosa, miMercedes, pueda ser que no te enojes. Porque supe que en una reunión con el Emperador Pigmeo y sus amigos Salvatore y George; en vez de leerles lo que habías escrito acerca de sus sueños; les leíste el escrito que yo te había dejado de manera furtiva. Supe, también, que los tres angelitos se enojaron. Inclusive que te amenazaron con desparecerte e inaugurar contigo una fosa común que acondicionaron en la Casa Imperial, en nuestra Bogotá. Solo se calmaron, cuando tú les ofreciste un paquete de interpretación de los sueños y de plegarias, por un año.; incluida una oración muy especial, evocando a Faustina y a Eusebio, por el aprendiz mayor en su aspiración presidencial. Cuando desperté, ella estaba ahí. No sé desde que horas. Lo cierto es que mi amada Merceditas, empezó una perorata acerca de los tres angelitos. Parecía poseída por Sísifo; porque repetía y repetía la misma acción: Que me hiciste quedar mal; que el Emperador se puso muy mal, porque Salvatore y George se sintieron ofendidos; que al caído caerle. Porque a más de las dificultades con las extradiciones y el cuestionamiento internacional de la Ley construida para los y las militantes de las AUC; se suman la demostración de que la reforma a la salud, y las sucesivas reformas laborales; desembocaron en crisis de gobernabilidad. Y, además la eternamente aplazada designación de Fiscal General de la Nación; y la profundización de las decisiones que afectan Senadores y Representantes a la Cámara y gobernadores y alcaldes; todos y todas afines a los intereses del pobrecito Emperador. Y, el fracaso de la Política de Seguridad Democrática, y la persistencia de la crisis de las relaciones con Hugo Chávez y Rafael Correa y Daniel Ortega y, para acabar de ajustar, el guerrero perverso no levanta cabeza en su aspiración presidencial. Y… Como sería de cansona la repetidera que yo, que nunca he osado contradecir a la divina Merceditas, le dije: ¡Por favor, cállate que me desesperas! Pues, más me hubiera valido quedarme callado; porque mi Diosa, empezó llore que llore…sin parar. Tanto, que tuve que recurrir a una de sus pócimas. Aquella que ella llama “la del último suspiro”. Una bebida color naranja que hace expeler la tristeza. Como vomitivo. Pero, mi amorcito, nada que reaccionaba positivamente. Llore que llore. Por su admirado Emperadorcito y por los otros dos angelitos. Al final se quedó dormida. De tanto llorar y llorar. La contemplé extasiado, tendida en la cama. Respirando como niño mimado. Empezó (¡Oh qué horror!) a hablar dormida. Empezó a contar una historio inédita. “Que había una vez, un señor en un pueblito llamado Longaniza. Que los y las longanicenses, eran todos y todas sumamente obedientes. Que el señor primero nombrado, era gobernante ahí. Que todos y todas, llegaban donde él. Que repartía oficios y dádivas. Que tenía el don de la palabra. Porque envolvía a todos y a todas; con expresiones huecas, pero efectivas, a la hora de hacer cumplir lo que decía. Que tenía ancestros que se hicieron poderosos. En lejanas y cercanas tierras. Reyes reales y reyes inventados. Que castigaban a quienes no obedecían. Que conseguían la leña para el fuego del Santo Oficio de la Inquisición. Que cazaban brujas y brujos. Que tenían instrumentos de tortura y, lo que era más bello, la justificación filosófica y teológica de las mismas. Que vivieron en diferentes siglos. Que en el X y el XI; que en el XIV y XV y XVI. Que tenían sicarios a su disposición. Sicarios de lanzas y espadas. Que tenían el viento a su favor; que esto les permitió amparar y acompañar a los invasores, que se tomaron los mares en búsqueda de fortuna y de extender el dominio de la Divina Reina Castellana y el Divino Rey Aragonés. Que Longaniza había sido heredado de esos lejanos y cercanos ancestros. Que inventaron la manera de matar las ilusiones, la libertad y el respeto por la vida ajena. Que sembraron la semilla del poder y que este creció. Y que abarcó varias generaciones y que algunos y algunas hicieron milagros. Uno de ellos, fundamental, aquel que convirtió la perversión, en un agregado de calidad, aceptado e impuesto a todos y a todas. Que, a partir de ahí, los dueños del mundo fortalecieron sus mandatos. Y sus crímenes. Y sus robos. Todo ello con la bendición del Buen
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    Dios Vaticano. Yque el Señor Longaniza, aprendió también el oficio de la asfixia mecánica y que en lo enseñó a miles y miles aplicadores directos. Y que Longaniza ha sido, es y será territorio de paz; de esa paz soportada en las fosas comunes. Como las de la Casa Imperial. Y que el señor Longaniza todo lo hace sin querer queriendo. Que sus socios y socias son experimentados y experimentados tejedores de hechos, en el día día. Hechos de engaños y de justificaciones de los mismos. Y que, el señor Longaniza, ha sido electo sucesivas veces. Y que tiene poder político y que lo transfiere a sus aurigas y bufones. Y que, en fin, ella era una mujer bella. Que su belleza la heredó de la abuela de la abuela de Saturnia, su divina madre. Pero, dado que su belleza es tan absoluta, que la abuela de la abuela de Dinosaurio, el hermano de Eusebio, transfirió parte de su belleza a la Diosa. Y que, por esto mismo, no iba a envejecer nunca. Y que, volviendo al cuento de Longaniza, ella participó en un reinado celebrado allí en el Siglo XX. Y que, ahora en el Siglo XXI, se realizará el Segundo Reinado de la Democracia con Seguridad; con patrocinio de la familia de George, uno de los angelitos de la triada. Y que, el Honorable Ejército está encargado de prepararlo. Para ello, los generales han programado actividades preparatorias. Entre estas, se destaca la limpieza de Longaniza. Incluida, en esta acción, la liquidación de los molestos opositores y de infames desechables pedigüeños y habitantes perennes de la calle.” No sé en qué momento me desmayé, de tanta alharaca. De tanto escuchar a la Divina Mercedes. De tanto imaginar los escenarios de los hechos narrados. Juro que no volveré a vigilar su sueño. Un desmayó más, qué más da. Ya lo he experimentado antes. Como, por ejemplo, cuando asistía al discurso de posesión de la segunda etapa del gobierno del Emperador. Esa vez, el desmayo, duro tres días. Cuando volví en mí, ya estaba en marcha el segundo acto de la comedia. Desde aquel día (como en la canción del admirado Raphael), no volví a verla. Habló de Emperatriz, la dueña de la carpa del circo de los hermanos Ban Bing. Circo de ensueño. Con malabaristas importados; con magos nacidos en el país; con trapecistas con y sin malla. Con un surtido grupo de traga fuegos. Y de encantadores de serpientes y de hipnotizadores. Y de muy buenos imitadores de voces y de comportamientos. Todos y todas, de la cuerda del Secretario de Prensa de la Casa Imperial. No sé cuándo despertó la Bella. Lo que si se es cuando salió para Nueva York. La habían invitado a un congreso de interpretadoras e interpretadores de los sueños y hacedores de futuro. Se, además, que llegó envuelta en el velo heredado de Etelvina, la hermana de Saturnina. Velo inmenso. Translúcido. De colores vivos, que cambian, según el día y la hora. Velo protector. Por lo menos a mi Diosa, Mercedes, la ha mantenido inmune a la verdad. Ella no sabe qué es eso. Tampoco si es un valor o un antivalor. Ella es de las que nunca ha apostado a la vida sincera y plena. Ella, mi amorcito, no la tiene como referente. Ese día, el de su llegada a “La Capital del Mundo” (yo estuve equivocado mucho tiempo, porque había entendido que era la Ciudad de las tres íes: inhóspita, insoportable, inhabitable), mi divina mujer, estuvo en rueda de prensa. El Times, la presentó como la mejor en su género. Como la más auténtica de las interpretadoras de los sueños y la mejor expresión de las hacedoras de futuros, inventados, o copiados, o repetidos. Lo cierto es que no le falta clientela. Aquí, en esta soledad tan sola, estoy cantando “los aretes de la luna”. Siempre me ha gustado esa canción. Recuerdo que, un día después de haber conocido a mi “redondita”, se la canté; mientras ella hablaba con el fantasma de Saturnina. Siempre lo hace…y, creo que siempre lo hará. Cuando terminé me dijo ¡cursi!, Y se fue. No recuerdo para donde. Yo me quedé muy triste. Siempre me ha entristecido no ser escuchado. Sobre todo, cuando canto. Porque, a decir verdad, lo hago bien. Bueno, al menos eso creo. Lloré en mi soledad. Lo más tenaz es que, soy un convencido de que tengo chispa para la poesía y para escribir discursos. Sin embargo, no
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    los he vueltoa escribir, desde el día en que escribí algo para mi hermano Fortunato. Él lo leyó al día siguiente, en el auditorio de la universidad. Se graduó de Agente de Seguridad Logística. Casi le anulan el grado, porque el rector se sintió mareado de tanto escuchar: “damas y caballeros; espero se encuentren bien y hayan disfrutado de la benevolencia divina”. Nunca pensé que lo escrito por mí, no tenía más de cuatro frases. Después, cuando vi la película “Resplandor”, me sentí mal por haber copiado el estilo del enfermizo novelista. Acostumbro salir a pasear con mi mascota. Ágata, ese es el nombre que le inventé a mi perrita. La tengo hace cuatro años. Es muy entendida. Tanto que sabe cuándo debe ladrar. Yo se lo inculqué. Y me agrada haber sido escuchado por ella. Ya sabe que no puede ladrar en casa, mientras esté sola, porque nadie la va a escuchar. Sabe, también, que no puede ladrar en la calle, porque de pronto asusta a las vecinas. Desde hace rato sabe, además, que no le puede ladrar a la luna, porque ese hábito mato a mi primer perro de nombre Conejo. Mucho menos, cuando estemos nosotros en casa, ya que no deja dormir. Definitivamente, mi adorada Ágata, no puede ladrar. No le está permitido. No sabe, pues, que es la vida de perros y de perras. Por fin llegó mi mermeladita. La esperé en el aeropuerto. Estaba como a mí me gusta que esté; con ese sobrero color papaya que le regalé el día que cumplió años su gata Pata. Ella le escogió el nombre. Dizque, eso dijo, lo leyó en la historia-biográfica de Simón el malvado. Personaje de inefable ternura. Tanto que comía en el mismo recipiente en que comía Barbarita, su cabra favorita. Me contó, además, que había leído acerca de la particular manera que tenía Simón para llamar a su soldadesca. Les decía: ¡Mis amores!; ¡Mis soles! Un tipo raro, este. No desayunaba, hasta no ver decapitar a un súbdito, cada día. El beneficiado, era escogido por su madre. Al azar. Si Simoncito vivió noventa años, ya se podrán imaginar cuantos y cuantas murieron; si empezó con ese capricho a los dieciséis añitos. No sé por qué, cada vez que mi Diosa me cuenta el cuento, pienso en los tres angelitos. Ante todo, en Salvatore. Porque, cuentan, que tenía un capricho más o menos igual. La diferencia está en que al angelito le fascinaba la motosierra, en vez del hacha. Lo cierto es que me deslumbró. Merceditas, mi heroína, de mil batallas perdidas. Porque siempre asía la vida por donde otros la terminaban. Los sueños de sus respetados sátrapas, constituían la fuente de su placer y de sus soliloquios. Cuando llegamos a casa, me pidió un favor. Raro en ella. Nunca dice, por favor…; siempre dice: ¡hágame!; ¡Tráigame!, etc. Necesitaba saber si en la Casa Imperial, estaba George. Traía un mensaje secreto para él. Por eso no podía utilizarse el teléfono. No vaya a ser que les apliquen su propio invento; los de Villa Seguridad. Mensaje raro, supe después. Codificado, cifrado. Algo así como: Irán contras, vienes Juanchaco. Enfermos, los de Guantánamo. Israel, vienes; como la horrible noche aquella; cuando muertos hubo sin parar. Ven querido que Asia te llama. El jeque solitario; vuelve y juega; vía cúpula Vaticano y Banco Ambrosiano. No supe si el angelito George lo entendió a plenitud. Lo cierto es que (me lo dijo mi ardillita), viajó inmediatamente; vía Lima-San José-Ciudad Guatemala-San Salvador-Londres-Tel Aviv. ¡Vaya uno a saber el significado de esa extraña travesía! Almorzamos en Caldo Parao de Paloquemao. A mi fresita le encanta el de costilla; con buen cilantro; aguacate y guiso picante. A decir verdad, a mí me gusta más el de creadillas; con abundante papa pastusa. Quedamos ahítos. Adormecidos. Regresamos a casa. De paso, casi vomito en la buseta, sobre las personas. Me salvó la bolsita que siempre cargo conmigo. Despertamos bien entrada la noche. Y fuimos a comer a La Gallina Ardiente. Mi florecita dice, que el nombre le recuerda a
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    una amiga quefracasó y ya tiene seis hijas. Pedimos gallina criolla. Una para ella y otra para mí. Con buena papa salada y limonadita. Regresamos…y así, hasta el otro día. Merceditas se levantó muy temprano. Se bañó en agua rosada con olor a pino. Cada día un olor diferente. En verdad, me enferma cuando utiliza el olor a cebolla. No sé por qué, no me he podido acostumbrar Empezó su consultoría a las diez de la mañana. Había personas que llegaban desde las seis de la madrugada. Personas de todo tipo. Ese trabajo, atendiendo pueblo, es como una especie de democratización de la vida de mi zorrita. Casi no cobra. Es como si lo que pagan los mandarines, subsidiara a los pobrecitos y pobrecitas que quieren saber el número ganador de la lotería; del chance. Lo más difícil es descifrar el baloto. Pero, también, les habla del amante perdido; les habla a las mujeres que buscan marido por Internet. Les dice: ¡Ojo con eso!, porque no es tan seguro como escuchar de viva voz, mi mensaje. Desentraña dudas y verdades. Invoca espíritus perdidos; o remisos. Descentraba pleitos entre vecinos y vecinas. Intuye acontecimientos buenos y malos. Interpreta sueños de tipo popular. Como esos de soñar cruzando caminos espinosos en busca de la lámpara de Aladino. O como ese de ver niños y niñas con churrias, al lado de los pantanos. O como el de tener al lado a Madonna; a Julio Iglesias o al Papa. O como ese de volar en bicicleta, pedaleando. Sueño este muy anterior a las imágenes en El extraterrestre. Ese día trabajó hasta las cinco de la tarde. Derecho, sin almorzar. Claro que, después, se desquitó. Comimos en “La vaca loca”. Muy buena carne de chigüiro, asada. Mi tortolita, comió y comió; hasta que no pudo más. Yo le seguí el paso hasta la tercera remesa. Gallo Tapao, pueblo situado al oriente de Longaniza, había sido escogido como sede del Segundo Congreso de Videntes y Magos. El primero había sido realizado en Tapa Rosca, localidad al sur de Ciudad Méjico. Evento nada original. Ya, en el pasado (como lo dice Suetonio en la “Historia de los Doce Césares) ha habido celebraciones. Inclusive con mucha más magnificencia (o mucho más boato como se describe en Santa María de Iquique). Esto, a pesar de que el libreto es relativamente simple: expresar con palabras y hechos, las mil una forma de modificar la lógica de la vida. En lo que está (la lógica) tiene de hilo conductor para asumir el desarrollo social. Modificaciones que incluyen re-hacer la historia. Cambiando escenarios, con los mismos actores y actoras. Pero, estos y estas, con roles “ligeramente” diferentes. Por ejemplo: recordar que el bueno de Benedicto XVII, ha sido un santo a través de toda su vida. O que el bien amado Laureano Gómez, fue artífice de la Colombia Moderna y Justa. Sin otro horizonte que el trazado por el destino; del cual él y otros fueron y serán intérpretes. O que, desde noviembre 12 de 1930, en Ciénaga, Aracataca, El Retén y Orihuela, los trabajadores bananeros del Magdalena recibían doctrina comunista e incendiaria de los agitadores internacionales. Y que, por esto, el buenazo de Miguel Abadía Méndez, delegó en el Generalísimo Carlos Cortés, la función de restaurar el orden; en el nombre de Dios y de la Humanidad. O que el dignísimo General Francisco Franco; actuó en defensa de los contenidos políticos, sociales y económicos de Occidente. O que, el Juez de Sucumbíos es un agente de las FARC, ya que ha decidido judicializar al guerrero perverso y a sus altruistas generales. O que la CIA, ha sido el instrumento más justo y adecuado para resolver las situaciones difíciles en el Continente Americano y en Europa y en Asia y en África y, ahora en el espacio exterior. O que, el buen George, no invadió a Irak; sino que llevó mensajeros de paz, en contra del Mal y que en esto lo acompañaron todos los gobiernos justos del mundo; incluido nuestro Emperador Pigmeo.
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    O que, losdenominados “falsos positivos”, no son otra cosa que historias inventadas por los enemigos de nuestro ejército y de la estabilidad del país. En fin, estos eventos son necesarios. Refrescan el ambiente y las tensiones. Porque la magia es una buena consejera y un buen soporte para justificar lo injustificable. Desde el día anterior a la inauguración, mi terroncito de azúcar, se desplazó a Gallo Tapao. Yo la acompañé hasta allí. Siempre he sido muy sumiso. Mi Gatica me hipnotiza; cada vez la veo más linda y más sincera y más cercana a ese estado de beatitud al cual deben llegar los magos e ilusionistas. Ese día asistimos a la presentación de un video. Armagedón II. Excelente. Lo mejor que he visto, en representación de la civilización. Al menos eso dijo mi largartijita. Y yo le creo. El día de la instalación del evento, llegaron los mandatarios invitados y sus séquitos. También llegó el anfitrión. Nuestro querido angelito. Nuestro orgullo nacional. El buen Emperador. Habló (el divino Álvaro) en nombre de la Nación: “…Que no sirve de nada tanta alharaca; que no son humanos; que son traidores. Que ofenden a la patria. Que hay que cuidarse de tanta bestia…” ¡huy que embarrada!, el encargado de la logística y el sonido, puso el casete con la voz del general, cuando les habló a los obreros reunidos en la escuela Santa María, Chile; cien años atrás. Ya el angelito estaba preocupado y enojado. …Ahora sí, es la voz de él: “Compatriotas y amigos. Hoy es un día feliz para mí. He recibido la buena nueva, en el sentido de que seré ungido con el doctorado honoris causa en ciencia ficción, adaptada y aplicada a situaciones de alto riesgo. Además, he querido estar con ustedes, señores y señoras magos y magas; porque soy un convencido de que la historia hay que recomponerla. Y, en eso, ustedes son imprescindibles. Celebro la visita de mis colegas afines. Esto es una buena muestra de la confianza que ha adquirido el país a nivel internacional.” Mi bella durmiente aplaudió. Con fuerza. Gritaba: ¡Viva el Presidente más importante y eficiente que ha tenido Colombia en toda su historia! ¡Vivan mis colegas, magos y magas! Mientras todo el escenario se diluía. Una masa informe se fue extendiendo. Un fuerte olor a pútrido (como de excresencias) se fue apoderando de todo. De la capilla; del edificio de la alcaldía; de la réplica a escala del avión presidencial. De los asientos que ocupaban los mandatarios y los magos y las magas y los intérpretes de sueños y del diploma honoris causa. Y de los invitados y las invitadas. De la sala de proyecciones Y… de mi princesita y yo. 23 La decisión estaba tomada. Raúl Villaveces, sería recluido en “Buena Pastora”, sitio ejemplar para el purgatorio de penas. Ante todo, conociendo lo que hizo. El día en que mató a Karla Buenaventura, Raúl estuvo recorriendo su pasado. Fue de barrio en barrio; de ciudad en ciudad. Se detuvo en ciudad Bienaventuranza. Allí saludó a amigos y amigas del pasado. Percibió que el lugar había cambiado. Pero no lo expresó en palabras. Simplemente, su mirada se tornó básica. Como cuando miraba, absorto, la procesión de la soledad, los sábados santos; en su añorada ciudad del Buen Vecino. Nunca había podido olvidar esas celebraciones. Para Raúl, la iconografía vinculada con el aniversario de la muerte de Jesús, el Nazareno, era una continua convocatoria a la reconversión Siempre ha sido así. Por lo mismo, ese día, llegó antes de lo previsto. El tren no se había detenido en las estaciones reglamentarias. Simplemente, su conductor, tenía prisa. Debía llegar a Bienaventuranza, antes de que naciera su primogénito.
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    Descendió, mirando alrededor.Como buscando a la mujer requerida. Una mirada de macho perverso. Porque, nunca había logrado olvidar el día en que la mujer buscada, le dijo en susurro: ya no me convocas como antes. Ya no veo en ti mi horizonte erótico. Ni siquiera, mi inmediatez lúdica. Te siento tan lejano; tan inmerso en los recuerdos, que no logro adivinar si llegaste; o si te quedaste dormido, asfixiándome con ese aliento propio de quienes han bebido licor todo el día. Cuando Karla huyó, dejándolo en el cuarto, dormido; ya había amanecido. Ciudad del Mal, empezaba su quehacer cotidiano. Ya los vendedores de aviones de papel habían empezado su jornada. Las mujeres habían salido ya. Ataviadas con su desnudez; prestas a exhibir su cuerpo. Una ciudad en la cual, ellas, no habían sido, ni eran aún, noticia. Como si no existieran. Por esto, en reunión plena, habían decidido protestar. A Margot Pamplona, se le ocurrió la idea de proponer la desnudez como expresión de protesta. Ya veremos si el señor obispo Pío XXIV y sus machos súbditos, serán capaces de resistir nuestra firmeza y nuestra capacidad para hacer de la desnudez un arte y una opción lúdica. Les aseguro, camaradas, que, por fin, seremos noticia de confrontación a la Cofradía del Santo Oficio. También habían salido los vendedores de ilusiones. Aquellos que cantaban el número ganador en la lotería. Ya habían aprendido el arte del cálculo de probabilidades. Por lo tanto, justo ese día, debía ganar el número 3345. Tal vez, por esos avatares del destino casi siempre incomprendidos, ese número coincidía con las cuatro últimas cifras del número de la cédula de Raúl. Al otro lado de la ciudad, entrando por el sur, en la bodega habilitada para albergar los cuerpos de los y las NN, llegados desde diferentes sitios de la periferia, estaba Juvenal Merchán, el cuidador de cadáveres. Había aprendido su oficio desde niño. Su padre, Gaspar, había heredado el arte de cavar fosas comunes de su padre Hipólito. Era, entonces, una sucesión de saberes relacionados con las muertes masivas, sin dolientes; sin historia. De esas muertes que se han vuelto cotidianas; a partir de la imposición de opciones de vida vinculadas con los conceptos de tierra arrasada, en contra de quienes, simplemente, no comparten las propuestas y expresiones dominantes. A propósito, Juvenal, había sido amante de Karla. Se conocieron cualquier día, en cualquier sitio. Lo que, si recuerda, de manera plena el sujeto, es que ese día recién terminaba de recibir el cadáver de Benjamin Cuadros. Ese que, para Karla, había sido símbolo de libertad. A su manera. Es decir, a la manera de la mujer que había recorrido todos los territorios, desafiando el poder de los inquisidores cercanos y lejanos. Fundamentalmente el poder del Obispo Pío XXIV; quien ahora ejercía como soporte del buen comportamiento en Ciudad del Mal. Él, a su vez, había recibido de Fornicato Palacio, procurador delegado por la Santa Sala de Preservadores del Orden, la misión de desterrar, minimizar y erradicar los conceptos de placer y de alegría. 24 Benjamin, estuvo luchando al lado de Virginia Esperanza Potes. Cuando la libertad era horizonte deseado. Ella y él, protagonizaron la Gran Jornada por El Derecho a ser Humanos. En ese tiempo en el cual La Cofradía de los Eméritos Caballeros de la Santa Cruz, había determinado, mediante, Ordenanza Absoluta, que la condición de humano era un derecho que solo podría ser otorgado a quienes demostraran haber sido convocados y convocadas a la unción divina, por parte del Honorable Tribunal de la Santa Virtud y la Sagrada Aplicación de los Evangelios.
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    Por lo mismo,entonces, tanto Benjamín como Virginia Esperanza, habían sido condenado y condenada a trabajos forzados. Los mismos consistían en ir de casa en casa, invitando a creer en María como virgen y en José como Santo Varón Sacrificado. Cuando cumplieron la condena, ella y él, decidieron poblar de hijos e hijas libertarias (os) el territorio. Allá, en la Tierra Sagrada de Fornicato. Por lo tanto, hicieron lo que es necesario hacer para procrear. Nacieron 16 niños y 15 niñas. En un recorrido de tiempo calculado, utilizando el multiplicativo nueve, con escisiones calculadas entre dos y tres meses. Tanto Virginia-madre; como Benjamín - padre; instituyeron un ritual cifrado. Para sus seguidores y seguidoras. Algo así como entender que la sumatoria de adeptos es condición sine-quanum para fortalecer la lucha por el poder. Convencieron a varias parejas heterosexuales. Porque, para ellos, a pesar de su visión libertaria; los y las homosexuales eran algo que debía soportarse en honor a la posición libertaria. Pero, no más allá. Como si su rol estuviese asignado desde antes. Es decir, una posición en la cual la lucha de contrarios, suponía hembra-macho; más no esa opción en la cual el yo con usted, en la misma condición de género. …Y pasó algún tiempo. Villaveces permanecía en su auto-condición de perdulario. El asesinato de Karla lo conmocionó tanto que, soñaba con ella. La veía en todas partes. Karla, la mujer libertaria, iba a la par con sus elucubraciones. Imaginarios enfermizos. La veía, allí, al pie de la libertad, hecha pedestal; una figura marmórea. Como Sísifo que va y regresa. Como Prometeo que está allí, con su vientre abierto; como manutención de las aves que lo destripan cada día. Como Teseo originario, llegado un día cualquiera de la tierra del nunca jamás…Y que permaneció con ella, como lo hizo, hace siglos, con Ariadna, la hermosa amante suya que lo orientó y lo situó en condiciones de volver a ser sí. Para Raúl, el hecho de haberla matado; suponía no estar con ella. Con esa Karla libertaria, pero efímera. Tan libertaria que nunca la pudo asir. Nunca pudo concertar con ella nada diferente a estar hoy, tal vez mañana; pero nunca aquí y ahora. Un Villaveces montonero perverso. Ser de un día; que no reconoció, ni reconoce aún hoy en su tormentosa pena, que fue pionero del amor a migajas. De la entrega, como trofeo que se adquiere, por haber sido merecedor de él; en la peor versión de esa simulación de competencia. Porque lo suyo, fue y será siempre la cautivación de la mujer sujeto de debilidad. Porque, siempre lo dijo, las mujeres no son otra cosa que placer latente. Ellas no piensan. Nunca han pensado...ni lo harán. Porque su cerebro es su vagina; y sus horizontes, el placer que otorgan…En fin, que Raúl la mató; porque Karla pensó. Porque, cualquier día ella le dijo; quiero ser libre. Ya no te quiero. Quiero volar a otro territorio. Ese en el que conocí a Benjamín y a todos los que son como él. Tú no eres otra cosa que Raúl Villaveces, sujeto tardío; misógino; furtivo depredador constante. Y, entonces, la mató. Así como la había amado, a pedacitos. El mato un día en que su expresión convulsiva (la de él); lo hizo delirar. Un día en el cual él se observó como lo que era, reflejo de la luna en el agua. Agua de ese pozo pútrido que lo acompañó siempre. Pozo son nada diferente a la repetición de cosas. En el día a día. En ese ir y venir circunstancial. Porque, Raúl, ni siquiera pudo hacer bien las repeticiones. Todo en él fue y era ahí, en el momento. Sin ningún acumulado visionario, trascendental. Su lógica, fue y es la del reciclador de la historia. Aquel que recoge lo que ha sido usado. Las ideas y las ilusiones. Raúl de nimiedades. Mató a Karla por reconocer que era superior a él. Oh, sujeto cautivo. Inmerso en las alocuciones constantes. Sobre el mar y sobre la Tierra. Sobre la mujer y sobre la ignominia que prevalece. Raúl, con Pío XXIV a cuestas. Raúl que infiere, a cada paso, que su gestión es la de complacerlos. A Pío XXIV; a Fornicato Palacio; a Pedro Vaticano. Este último maestro de maestros en el arte de trastocar la historia. Sujeto de mil y una ocasiones para reinventar la perversidad. Que asistió a la inmolación de Espartaco; que condujo a las Legiones Romanas a
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    arrasar todo loque fuera sinónimo de herejía. Pedro Vaticano, sujeto inconcluso, como quiera que muriera sin haber extirpado el mal de amores. Sujeto que, por lo mismo, nunca pudo hablar con palabra propia. Todo en él era prestado. Hasta la manta que se suponía lo debía arropar a lo largo de la historia. Ese que se emparentó con Claudio y con Calígula. Pedro Vaticano, sujeto de perversidad absoluta. Por esto fue mentor de Raúl. Y, éste, lo entendía y lo aceptaba así. Por eso no dudó en matar a Karla. Ese día, en el cual regresó; o que visitó por primera vez (porque ya no sabía distinguir tiempos y espacios) a su ciudad, para cumplir con el mandato jurisprudencial; Raúl estuvo divagando. En un proceso eterno. Ante todo, porque él sabía que la muerte de Karla era su estigma. Porque él sabía que había matado al símil de la ilusión; de la esperanza. Cuando él llegó, ya los y las testigos habían reflexionado. Habían establecido un conglomerado de hechos, de circunstancias, de evidencias. Ellos y ellas, habían logrado establecer que Villaveces esperó a Karla a la entrada de la habitación. La dejó entrar y la abordó. Le dijo, en comienzo, que la amaba; que siempre lo había hecho. Que vivían en función de ella. Que era su vida y su post-vida…que no lo abandonara. Que moriría. Pero, al mismo tiempo, aclaraba que, si no se quedaba con él, sería ella quien moriría. Que, cuando soñaba, era ella que aparecía. Aquí y allá…En fin que, “mi bella Karla, no me abandones”. Karla, siempre vertical, le dijo “no me interesa tu discurso; ya lo he vivido y lo he sufrido”. Entonces, Villaveces, se desmoronó; se consolidó como macho perverso y la acuchilló. Muchas veces. Tantas, que el cuerpo de Karla, parecía cedazo. Y, en consecuencia, el jurado, votó. Ellos y ellas, definieron por unanimidad la sentencia: debe ser ahorcado en plaza pública. Será vejado antes. Hasta que desespere y hasta que vocifere, pidiendo la muerte inmediata. Su defensor, Pío XXIV, insistió en la justeza de la muerte de Karla. Porque había trastocado los roles. Porque desconoció la autoridad del hombre amante. Porque ni ella, ni ninguna mujer tenía derecho a confrontar a los hombres. Él, Villaveces, era su dueño y Karla no podía desconocerlo. Ella estaba obligada a amarlo por siempre. Por lo mismo, al negarse, entraba en el territorio vedado a las mujeres. Su independencia no había sido declarada. Ni ella, ni ninguna de ellas, podía trasgredir los principios y los Valores de Ciudad Trinitaria. Aquella que, algunas herejes habían cambiado de nombre llamándola Ciudad del Mal…En fin, decía Pío XXIV, Villaveces, era un ciudadano ejemplar. Siempre lo había sido. Al matar a Karla, él no hizo otra cosa que reafirmar el gobierno de lo masculino. Porque Dios, ya había dicho, por siempre, que las mujeres no son sujetos independientes, ni pensantes. Ellas serán lo que los hombres digan que sean. Y, entonces, Benjamín y Virginia, criaron a sus quince hijas y dieciséis hijos, con toda ternura y aprestamiento. Procurando inculcar en ellos y ellas, los valores que siempre los habían acompañado a él y a ella. Pero, Virginia estaba inquieta. Su aritmética no le cuadraba. Porque la equidad tiene que ver con la igualdad. Y no le faltaba razón. Es decir 16 varones mayores que 15 hembras. Luego, a sus sesenta años, quería ser preñada, en la esperanza de encontrar la unidad que configurara la igualdad. Lo otro no es otra cosa que una desigualdad. …Y Virginia volvió a quedar en embarazo. Benjamín había hecho todo lo posible por responder, como varón. A sus sesenta y seis años, era un tanto difícil. Pero lo hizo Nació otro varoncito. Virginia, creyó desfallecer. Después del enorme esfuerzo, lo que quedó fue un incremento de la desigualdad. Villaveces fue condenado. El jurado no aceptó la interpretación de su defensor Pío XXIV. Fundamentalmente porque, el acusado había asumido una opción no coincidente con los
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    principios básicos definidospor las normas de Ciudad del Mal. Normas que habían sido construidas y aprobadas; a partir de la Asamblea de Mujeres Beligerantes. Mucho habían tenido que luchar para acceder al poder. Habían sufrido desde tiempos inmemoriales. Los Santos Inquisidores criollos gobernaron durante siglos. Ellos asimilaron las enseñanzas del Santo Oficio. Una herencia directamente proporcional al dominio de los invasores. Una tradición heredada de los Santos Tribunos de la Santa Roma. Enseñaron a aplicar los métodos para garantizar la expiación y la reconciliación con Dios; su Dios y que, por lo mismo tenía que ser el Dios de todos y de todas. Enseñaron a castigar a las mujeres; cuando estas no reconocieran la primacía de los varones. Cuando estas no aceptaran su condición de seres sin opción de vida propia. Sucedió que Benjamin y Virginia, acompañada y acompañado de sus quince hijas y sus diecisiete hijos, se trasladaron de Villa Rebelión. Un caserío a orillas del río Mosquitos. Ya habían urdido un plan; en la intención de difundir sus ilusiones. Estas venían desde que el padre de Virginia, Ramón Ilich, había construido una estrategia para acabar con el liderazgo de Los Caballeros de la Santa Cruz, allá en Ciudad Lejana. Ramón Ilich, era un hombre profundamente humano. Con la ternura dibujada en su rostro; y en sus acciones. Ramón Ilich, expresaba solidaridad y esperanza, absolutas. Por lo tanto, ese día, tres de octubre; cuando lo mataron; se cuajaron las nubes y se desató la lluvia que acompañaría a los y las habitantes de Ciudad Lejana, por espacio de doce meses. Sin cesar. Todo quedó anegado. Los victimarios se ahogaron cuando cuidaban el cuerpo sin vida de Ramón. Porque temían que se produjese otra ascensión, como la del Nazareno hacía ya cerca de diecinueve siglos. Todo, además, porque los miembros de la Cofradía del Divino Verbo, los instaron a no salir, por nada del mundo. Y así lo hicieron; se quedaron en el cuarto subterráneo de la casa de Benedicto XIX quien ejercía como descifrador de la apologética de San Marcos y que había sido escrita por autor anónimo en Jericó, ciudad considerada, por esto, santa. Sucumbieron ante la fuerza de la lluvia y ante su cantidad. Pudieron haberse vertido cerca de un billón de metros cúbicos; según lo relataron los calculistas oficiales. Pero el cuerpo de Ramón Ilich, en fin, de cuentas, desapareció. Para su búsqueda exhaustiva fue nombrada una comisión en la que se instalaron todos los beneméritos hijos de Benedicto XIX y los hijos de Fornicato Palacio…Pero no encontraron nada. Una mujer campesina, de nombre Dolores Perpetuos, halló el cuerpo de Ramón; un día cualquiera del mes de enero del año siguiente a la su inmolación. Dolores, tejió una red secreta para informar a los seguidores y las seguidoras de las ideas de Ramón. Al cabo de tres días, se reunieron todos y todas en la “Cueva de San Mariano”, ubicada en las afueras. Hacía tres meses había escampado. La ceremonia fue todo un acontecimiento. El cuerpo, sin pudrición, fue exhibido en altar improvisado. Discursos acerca de la igualdad y de las acciones para lograrla. Discursos acerca de la herejía necesaria; por medio de la cual se expulsarían de la ciudad a todos los Honorables Caballeros de la Santa Cruz; empezando por Benedicto XIX. Y la inhumación se produjo en medio de arengas panfletarias, sinceras, a viva voz; con profunda convicción en los ideales de Ilich y la necesidad de continuarlos; de propagarlos por todas las ciudades y en el campo y en el mar y en el espacio adyacente a la Tierra. Benjamín, Virginia y las quince y los diecisiete; no hicieron nada diferente a conservar y traducir el Mandato Ramoniano. Su horizonte se hizo inmenso. A cada paso; en cada lugar, hablaban en reuniones clandestinas. Temiendo que Fornicato Palacio los detectara y los y las hiciera matar. Porque, Fornicato, era un experto. Ya había sido probada su capacidad para matar; de manera directa y por encargo. Como resultado de esas acciones de matanza; ni Ciudad
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    Bienaventuranza; ni Ciudaddel Mal; ni Ciudad del Buen Vecino; eran reservorio de herejías. En estas, toda voz disidente había sido callada para siempre. Benjamin y Virginia murieron de manera simultánea. El veneno de la víbora que había sido colocada de manera subrepticia en su lecho, hizo efecto en segundos. Mucho se habló del acontecimiento, en toda el área de Villa Rebelión y en algunos poblados vecinos. Las quince y los diecisiete continuaron con la tarea. Vivir se tornó mucho más difícil. A cada momento se escuchaba acerca de la generalización de las matanzas individuales y colectivas. Pero no sólo se oía hablar de esto; también se podía constatar. Juvenal se quejaba de la cantidad de trabajo. Los muertos y las muertas eran muchos y muchas. Casi no había espacio en la antigua bodega. Hasta que Fornicato Palacio decidió arrendar otro espacio; al aire libre. Se pusieron varas verticales y horizontales y se cubrió el escenario con plástico. Allí eran depositados los cuerpos. Venían de Lengua Larga (vereda de Villa Rebelión); de La siembra (vereda de Ciudad del Mal); de El Ensueño (vereda de Ciudad del Buen Vecino). Se pudrían unos sobre otros. La fetidez era llevada por el viento hasta la misma Ciudad Salmón; territorio del Padre de los Padres. El mismo Dios trasplantado desde Roma; desde Castilla; desde el Sacro Imperio Anglo-Sajón cercano. A todos y a todas los (as) asfixiaba el olor nauseabundo. Solo las quince, los diecisiete y sus adeptos escapaban. Ellos y ellas seguían sus labores cotidianas, como si nada. Pero, claro, sentían profunda tristeza y temor. Un día allí; otro día allá. Una peregrinación constante. Las ideas libertarias de Ramón Ilich, estaban grabadas en madera y bronce; de tal manera que no las degradara el paso del tiempo. …Y, en Ciudad del Mal, reventó la insurrección. Primero fueron las mujeres; conocidas como las desnudas, en razón a que conformaban una asamblea permanente de féminas en contra de los chafarotes de Pío XIX y de sus colaterales jornadas inquisidoras. Luego fueron los niños y las niñas. Se negaron a leer el catecismo Astete, mejorado por el mismísimo Pío y avalado por su señoría Fornicato Palacio. Luego fueron las y los adolescentes. Estos se negaron a entrar como aprendices a alguna de las Legiones existentes. Ni a la del Santo Sagrario; ni a la de los Hijos e Hijas de María Auxiliadora; ni a la Cofradía de los Hombres y Mujeres Bienintencionados (as). Por último, fueron los abuelos y las abuelas. Ellos y ellas se negaron a servir de apóstoles en las celebraciones de la Semana Santa. También, sobre todo ellas, se negaron a acompañar a la Dolorosa los Sábados Santos, en su soledad. Sucedió lo que se presumía que iba a suceder. Fornicato, Benedicto XIX; Pío XXIV y los representantes de las cofradías y legiones; decidieron, en reunión secreta, juntar sus ahorros y situarlos en el mercado de mercenarios profesionales. Mercado que había sido instituido por el Nuevo Imperio Anglo-Sajón. Le servía como fuentes de divisas y como soporte a las guerras de baja intensidad, comunes en la región. Les alcanzó para comprar doscientos hombres rudos. Machotes curtidos en el arte de matar ilusiones y esperanzas y revoluciones clásicas. Llegaron a Ciudad del Mal, el ocho de diciembre, día de la Santísima Virgen. De manera furtiva se instalaron en los cobertizos que Fornicato utilizaba para sus bestias. Desde allí se fueron desplazando, hasta copar todos los espacios. Ya conocían quienes eran los y las dirigentes. Mataron a todos y a todas. Mujeres adultas; mujeres niñas, hombres adultos y hombres niños. Fornicato ordenó llevar todos los cuerpos hasta la Plaza Mayor de San Jacinto, ubicada en el centro de Ciudad del Mal. Allí se hizo una pira inmensa. Las llamas se veían desde Villa Rebelión y desde la Sede Central del Santo Oficio Divino De las quince, quedaron solo siete y de los diecisiete quedaron solo nueve. Se mantuvo la desigualdad que tanto inquietó a Virginia. Lo cierto es que, quienes quedaron, migraron hacia diferentes poblados relativamente cercanos entre sí. Desde su nuevo sitio, recomenzaron la brega.
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    Ese fue elreferente que tanto entusiasmó a Karla. La vida de Benjamin y de Virginia. Casi como La Vida de Jesús y de María. Un símil que ella validó y lo hizo suyo. Por lo mismo, cuando murieron ellos y ellas, las dirigentes y los dirigentes de la insurrección en Ciudad del Mal; ella se propuso vengarlos y vengarlas. Nada de poner la otra mejilla. Era ahora o nunca. Ojo por ojo. Simplemente hubo un problema que le enredó la pita: la aparición de Villaveces, su amante frustrado y resentido. Aquel que no le perdonó nunca el hecho de haberse separado de él; por decisión autónoma, aprendida esa autonomía de las conclusiones de la Asamblea de Mujeres Raúl la localizó. Un domingo de mayo. Ella salía del almacén en donde trabajaba. La siguió sin ser visto. Cuando Karla llegó al platanal; apareció enhiesto el siniestro personaje. Cuchillo en mano (alguien, hoy en día, de manera un tanto perversa, diría “a lo Pedro Navajas”). En fin, que la acuchilló. Huyó por el camino que lleva a Villa Piedad y, desde allí hasta Villa Perdón. Este último, un caserío habitado por ex convicto; prófugos resentidos mandantes, con muchas muertes a cuestas. El refugio era ideal. Allí nadie preguntaba nada. Lo llamaban, también, “Tierra de Nadie y de Todos”. Desde ahí importaron el modelo, muchos de los estrategas de la barbarie; hegemónicos mandarines criollos. Pútridos, siempre. Y, entonces, se expandió el modelo. Fueron creciendo las ciudades y los países cuyos gobernantes a la fuerza, enviaban a sus agregados y aurigas a aprender el oficio de no preguntar nada. De guardar los secretos de las muertes sucesivas y de no permitir la identificación de los culpables. Allí estuvo, por ejemplo, Juan Manuel Santín; José Obdulio Miserabilísimo; Sabas Pretel de la Cuesta. Todos en nombre del prístino Álvaro. Y, Raúl, estuvo allí casi cuatro años. Hizo muchos amigos. Algunos de ellos ejercieron como sus codeudores; cuando él decidió comprar a crédito El Buzón del Olvido, Un cachivache que servía, a la manera del sobrero de los magos, para meter en él una evidencia; o un indicio; o una flagrancia y sacar palomas de la paz; o sapos vergonzantes; o divinas imágenes de la virgen; o del Divino Niño. Entre tanto, el cuerpo de la bella Karla, fue encontrado por uno de los hijos de Fornicato Palacio. Lo llevó a otro sitio, distante de allí. El cuerpo de Karla todavía estaba caliente. Deogracias Palacio, aplicó lo que había aprendido en los cursos de necrofilia. Una vez terminó, volvió a trasladar el cuerpo al lugar en el cual había sido dejado por Raúl Villaveces. El ceremonial fue conmovedor. Todas las mujeres de La Asamblea, estuvieron con ella y la acompañaron hasta el lugar de su cremación. Suscribieron El Manifiesto por la Venganza y por la Pronta Justicia. Manifiesto que se erigió como referente para todas las mujeres de la región y del país. Un documento elaborado con un conocimiento previo de la lucha que han librado las mujeres en todo el mundo. Ellas, inclusive, promovieron siempre la realización de eventos y movilizaciones el ocho de marzo anterior a la muerte de Karla. Estaban convencidas de la importancia y trascendencia de su gestión. Como mujeres comprometidas con la defensa de sus derechos y por la persuasión acerca de la necesidad de la ternura para crecer como personas y como pueblo. Raúl Villaveces había nacido en Puerto Lindo, ciudad situada al noroeste de Ciudad Bienaventuranza. Cuando niño fue protagonista en la escuelita en donde cursó su básica primaria. Porque exhibía capacidad para hacer de las palabras un todo coherente; independientemente del tema que propusiera la profesora Altagracia. Por esto mismo, estuvo mucho tiempo vinculado a la Sociedad de los Niños y las Niñas Inteligentes. Como con Mozart, su padre y su madre, recorrieron el país, a bordo de las capacidades de su hijo. El Circo
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    Diablillo Perenne loexhibió en funciones en las cuales el público deliraba con los conocimientos de Raulito. Hasta que, en un día cualquiera del mes de mayo de 2020, se quedó mudo. Una forma de protestar por la utilización que venían haciendo de él su familia y los propietarios del circo. Creció, después de la ruptura, al lado de su tío Valentín. Cursó bachillerato en el Liceo Mariano y se vinculó a la Universidad Trinitaria, como estudiante del programa de pregrado Ingeniería Armamentista. Se graduó con honores y, posteriormente, viajó al Nuevo Imperio, para cursar estudios de doctorado en Energía Atómica Aplicada a la Destrucción. A su regreso al país, trabajó al lado del prístino Álvaro como consejero en asuntos de moral y de seguridad. Conoció a Karla en una celebración del Día Mariano, en Bienaventuranza. Sucedió que Raúl fue delegado por el prístino como su delegado ante el Santo Oficio Criollo de la Búsqueda del Cielo. Raúl siempre fue un hombre parco y muy devoto de María Santísima. A ella le otorgaba todo tipo de sacrificios. Decía no querer a las mujeres, por su recuerdo de lo leído en la Historia Sagrada, acerca del rol de Eva en la Tierra y, como colateral, la expulsión del Paraíso. Sin embargo, leía la revista Play Boy y se masturbaba en soledad, motivado por las poses de las conejitas. Karla había crecido al lado de su tía Saturia. Padre y madre habían muerto en un accidente. Viajaban de Ciudad del Mal a Ciudad del Buen Vecino; el bus en que viajaban rodó por un abismo. Karla, bajo la férrea disciplina que le impuso Saturia, no tuvo ningún placer en su infancia. La adolescencia, la sitúo en diferentes escenarios. El colegio; la hacienda de su tía; las calles de Ciudad del Mal. Sin embargo, ella nunca pudo disfrutar de su cuerpo. La asfixiaba el artefacto ideado por la tía para impedir que Karla fuera abordada. Se trataba de un cerrojo anticuadlo, pero efectivo. Ese día, en plena celebración de la Santísima Virgen, llevaba un vestido apretado, negro. Hacía diez años había muerto Saturia. Ahí, al pie de la tía muerte, lanzó el grito de libertad. El cerrajero logró abril el candado. Los trajes largos y hasta el cuello fueron incinerados. Danzó toda la noche del velorio, desnuda, en su habitación. Invitó a su primo Encarnación para que la inaugurara. Estuvo con él toda la noche. Contó veintitrés orgasmos; hasta que Encarnación no pudo más. Raúl se dirigió a ella, un tanto conmovido por el hecho de que Karla había organizado una celebración paralela. Se trataba de la reunión de todas las mujeres de Bienaventuranza y de la expedición del Manifiesto Libertario de las Mujeres Vulneradas. La casuística consistía en exhibir sus cuerpos desnudos en la Plaza Central de la ciudad. Danzaban alrededor de la hoguera y, a cada paso, arrojaban al fuego retratos y réplicas de Fornicato Palacio de Benedicto XIX y Pío XXIV. Además, símiles de los Caballeros Cruzados. Le dijo: “señorita, usted no puede agraviar a la Virgen de esa manera.” Karla, simplemente, lo ignoró. Pero no pudo sustraerse al encanto de su mirada. Ojos verdes, simples; pero con una fuerza absoluta cuando se fijaban en alguien. En este caso, Karla, fue ese alguien. Casi desmaya. Porque ese mirar de Raúl no permitía escape. Hablaron. Karla le expresó que no había vuelta atrás. Las mujeres de Bienaventuranza no admitían ninguna directriz; por sagrada que fuera. Se volvieron a encontrar en la taberna “La vida es así”. Todo tan coincidencial, que ella y él se sintieron sujetos de una alegoría lejana. Ella y él, se sentaron en misma mesa. Karla ordenó
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    una botella deaguardiente marca Soplo Divino. Él, muy recatado, ordenó botella de vino dulce, marca Los tres Frailecitos. Departieron hasta pasadas las doce de la medianoche. Karla invitó a “ojitos verdes” a su habitación. Ella vivía en casa de inquilinato. A pesar de eso, todo muy confortable y digno. Como lo hacía siempre, se desvistió inmediatamente llegó al cuarto. Raúl se sintió algo incómodo. Pero, inmediatamente, recordó a las conejitas y sintió un fuerte escozor en su tornillo; tanto que se irguió mucho más de lo acostumbrado. Se juntaron, hasta el amanecer. Raulito se despertó asustado, porque había quedado en llamar al prístino. Luego de haber expedido el Manifiesto, las mujeres de la Asamblea, se dispersaron. Cada una con el propósito de arengar en la ciudad. Convocando a la confrontación en contra de Raúl y de sus símiles. Ellas ya sabían que Raulito era un protegido del Divino Álvaro; pero eso no las amilanaba. Estaban decididas a la venganza. Como fuera. O en los Tribunales. O en cualquier sitio. Lo cierto es que Raúl debía pagar por su crimen de lesa fémina. Prevaricato Martínez fue el primer amante de Virginia. Se conocieron cualquier día, en Villa de Dios, una localidad situada al Este de Ciudad del Buen Morir. Ella, la Virginia, era oriunda de Ciudad Amada por Dios. Allí nació y creció. Su padre ejerció como sacristán en la Parroquia de San Diego Virgen. Con su esposa Primogénita, tuvo doce hijas. Entre ellas Virginia, la cuarta. Cualquier día, su padre, la abordó. La casa tenía dos habitaciones. Una de ellas para José Arimatea y Primogénita. La otra, para las doce. Le dijo, casi en susurro, “Virgita, me tienes desesperado. Te he observado cuando te bañas; déjame, por favor, probarte”. Cuentan que Arimatea se tiró al río. Nadie pudo recuperar su cuerpo. Sin embargo, Virginia quedó lista para ser la madre del hijo suyo y de su padre. El niño murió cuando tenía tres años. Un caso insólito de fiebre amarilla. Virginia nunca transfirió el hecho. Ni siquiera a su madre Primogénita. 25 Cuando aprendió con Benjamin el arte de hacerse mujer autónoma, ya había conocido el arte de la sumisión. Había estado durante muchos años, al lado de la tristeza y de los vejámenes. Como ese, cuando su padre la vulneró; haciéndole sentir el significado pleno de la ignominia. Desde ese día, Virginia juró por Los Dioses Antiguos, que jamás hombre alguno le haría lo mismo. Por eso lo ahogó en el Río de Oro. Por eso mató a Prevaricato; arrojándolo al Lago Santo. Benjamín no era así. Ni como Arimatea; ni como Prevaricato; ni como Raúl. Es decir, él era un hombre pleno, sincero y que valoró siempre la importancia del rol de las mujeres y de la construcción de escenarios de equidad. Por lo mismo, entonces, Benjamin siempre fue perseguido por todas las cofradías existentes en su territorio. Fundamentalmente por aquella liderado por Pío XIX, denominada Los Caballeros Prístinos al Servicio de Dios. Recorrió todo el país, arengando a las mujeres y a los hombres; transfiriéndoles el conocimiento asociado a la libertad. Ese fue el Benjamín que tanto admiró Karla. Ese tipo de propuestas libertarias; esa condición de sujeto comprometido convencido de la necesidad de la guerra entre las cofradías inquisidoras y los y las hombres y mujeres que reivindicaban el derecho a ser libres y a tener la sensibilidad y la ternura como soportes en su actuación. Guerra que, aun hoy, continúa y que, por lo visto continuará por siglos; hasta que sea vencidos los dueños de la vida cautiva y de la inequidad y de la contra ternura. …Y pasó mucho tiempo. Y estamos hoy asistiendo a la misma confrontación
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    Algo extraño enella. Nunca la había percibido así. Una imaginación que bordea lo absurdo. Sin que me diera cuenta, siguió con otra historia. Contaban nuestros antepasados que, en algún lugar del territorio Embera Katío, las mujeres y los hombres tenían una relación estrecha con la luna. Tanto es así que, en determinada época del año (según su propio calendario), se realizaban algunas actividades que permitían consolidar esa relación. Una de esas actividades, tenía que ver con la caminata hacia la prolongación de la vida. El rasgo principal de esta realización, lo constituía la convocatoria a lo que podría llamarse ahora un concurso. En donde cada uno y cada una de los (as) convocados (as) presentab an sus quejas ante la luna. Por lo general, las quejas, iban acompañadas de demostraciones de dolor. Estas, a su vez, se presentaban con expresiones corporales que adquirían un significado casi sagrado. Lo corporal, incluía el llanto. Aquí, las lágrimas, vertidas formaban un inmenso lago agridulce. En este lago se sumergía a los niños ay a las niñas. En la intención de prepararlos para la ternura y la solidaridad. Una vez terminado el ritual, las mujeres y los hombres, danzaban alrededor del lago. . Hasta que la Luna desaparecía, con la llegada del Sol. Otra vez me sentí como ensimismado. Por momentos creí que estaba inmerso en las Mil y Una Noches. Como si estuviese enfrente. Conversando con la negra Benjamina, cuando me contó ese sartal de historias que no logré entender. Y la Nana contó otra historia. Estaba fascinada. Como cuando alguien entiende que el tiempo y su curso tienen que ver con estar mirando y contando cosas. Sin un hilo conductor aparente. Escribir acerca uno mismo, supone asumir el reto de ser absolutamente sincero. Porque está de por medio el encuentro con aquellas verdades ocultas. Aquellas que, a veces, no me atrevo a reconocer. Lo cierto es que, mi vida, ha transcurrido de manera sinuosa. Es decir, ha estado alejada de la homogeneidad. Es tanto como entenderla vinculada con hechos que, en sucesión, se asimilan a estados de ánimo; a lo que podríamos llamar expresiones originadas en mi manera de relacionarme con el entorno cercano y con todo el mundo exterior. Mi infancia, en esa primera etapa que algunos han dado en llamar la primera aproximación a la interacción con los otros y con las otras, transcurrió sin afugias en lo que tiene que ver con el aspecto económico. Es decir, sin los contratiempos ni las limitaciones que han tenido y tienen otros niños (as). Lo anterior no supone, en una perspectiva integral, la ausencia de dificultades. Entre otras razones porque, en esa dimensión de integralidad, es necesario incluir lo que antes denominé “estados de ánimo”. Estos, para mí, no son otra cosa que momentos en los cuales me invadía la tristeza y la soledad relativa asociada con cierta forma de distanciamiento, con respecto a mi padre a mi madre. Algo así como saberme incomprendido. Con el correr del tiempo, en la medida en que iba creciendo, ese distanciamiento y esa percepción de no ser reconocido de manera plena como persona, me fui acercando más a la exterioridad. Era como una búsqueda de vivencias colectivas, disociadas del entorno inmediato
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    familiar. No puedonegar que, ese proceso, fue y ha sido conflictivo. Es algo así como relacionarlo con la identificación de hechos y acciones que antes no había conocido. Todo lo anterior, cruzado por las condiciones que imperaban y marcaban esa exterioridad. Una ciudad y un país en donde se desarrollan procesos sociales, políticos y económicos traumáticos. Con situaciones de violencia y en donde la inequidad se profundiza de manera constante. Si bien es cierto mi percepción de estos hechos no ha sido plena, aun ahora, no es menos cierto que es una realidad que impacta; así no tenga mucha claridad en cuanto a su origen. 26 A mis casi quince años, me considero un adolescente relativamente sensible. Me he esforzado por reivindicar mi libertad y autonomía; en contextos en los cuales han existido expresiones autoritarias. Tengo claro que esto le sucede, también, a muchos y muchas adolescentes. Lo que pasa es que asumo la individualización. Y esto supone reconocerme como persona. Como lo que soy, con diferencias precisas con respecto a los jóvenes de mi edad. Jesús Sinisterra es un jefe soportado en las necesidades de la empresa. Asume su rol, como sujeto perdulario. En él se encuentra el equilibrio mágico entre las necesidades de la empresa y su opción de vida. Ya, Susana, me había comentado el año pasado, que Sinisterra, le había insinuado su deseo de poseerla. Como extensión de su poder. No solo en lo que implica a sus exigencias de rendimiento sino también en lo que hace con sus necesidades de sexo furtivo. Manteniendo el esquema. Fundamentado en su condición de macho que combina el sexo formal con su dominada y la informalidad con una amante. Yo sentía por él un odio visceral. Tanto como gendarme empresarial, como por su capacidad para utilizar su poder, como garante de su búsqueda de sexo. Una figura lasciva. Oportunista. Yo me hacía a la idea de que Susana no claudicaría nunca ante la vergüenza que suponía acceder a los requerimientos de Sinisterra. Sin embargo, me obnubilaba la duda. Porque, conocía los ímpetus de Susana. De su manera de otorgar y sentir placer. Para Susana toda oportunidad es válida. Ella decía: el placer es un elemento indispensable para vivir; no importa con quien o quienes se construya y se sienta. Este es independiente de la raza o posición social. Para mí lo fundamental es el placer en sí mismo. El 31 de agosto fue mi primer aniversario. Ese día sentí que había poseído a mi madre. En una suplantación imaginaria. La veía desnuda, bañándose. Veía todas sus formas al vestirse. Era invitado obligado, porque demandaba cuidado. Y quien más que mi madre para satisfacerlo. Cierto es, también, que solo recuerdo a Silvia. Aún, hoy, no tengo certeza de haber conocido a mis rivales. Solo ella, Silvia, estuvo y está a mi lado. Adrián y Pitágoras, se marcharon. Se cansaron de mi obsesión por mi madre. Olga, Maritza y Martha, viajaron con mi padre. Por imaginarios caminos. Supe, últimamente, que habían traspasado la frontera entre la fantasía y la realidad. Como dueñas de mi padre y enemigas de mi madre. Veo pasar niños y niñas. Saltando, eludiendo caminos áridos. Buscando la felicidad en territorios disímiles. El parque cercano, el país lejano. En construcciones efímeras. Cuando vuela, la imaginación, no reconoce límites. Están al lado de la madre. Una bifurcación truncada. Ellos y ellas, saturados de nostalgias, de tristezas. Yendo al encuentro de la alegría que no viene. Que se queda allá, en el lejano horizonte quimérico. Ellos y ellas son yo, son Silvia. Porque he limitado mi visual. Ni Olga, ni Maritza, ni Martha. Ellas se han ido, con el padre. Yo no sé si lo siguen por pasión de hijas; o por alucinaciones de amantes. Es el día 543, después de mi instalación como empleado en la empresa. Llegué como noria. Sin tener roles definido. Localicé a Susana, por su mirada. Ya la había visto antes. Cuando poseía a mi madre, vía pezones duros: Desde que odié a mi padre por vulnerar su sexo;
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    induciéndola al orgasmoilegítimo. O cuando, me vi., en el vientre, creciendo, como elemento extraño. Originado en una juntura nefanda. Entre él y ella. Entre su sexo y el de ella. En una violencia reinventada. En una sensación de tristeza. Siendo yo el promotor de la misma. Creciendo en ella. Ella con la disposición de las esclavas. Que murmuran su inconformidad. Pero una murmuración que no explota. Que se adormece, al ritmo de la tradición y de la moralidad. En fin…, sea lo que sea, Susana estaba allí, con su mirada. Dominándome desde ese comienzo. Ella aferrada a la máquina que tuerce el fruto. Sea de café, o de cacao o de ilusiones. Ella magnífica. Exhibiendo sus botones a través de su blusa a rayas, transparente e insinuando, a través de su jeans, ese triángulo hermoso que insinúa su sexo potente. Capaz de avasallar; sexo que transfiere pasión, deseo. Sinisterra estaba ahí. Mirábamos el mismo trofeo. Él con su poder ya adquirido. Yo con un toque de inocencia, parecida a la partitura de un bolero. El son de los amantes. Furtivos y abiertos. Recatados, como deslealtad conmigo mismo. Pretendiendo esconder el deseo de fornicar, desde ya, con ella. Ese suplicio constituido en la partición del yo. Entre el respeto y la ansiedad por poseerla. Era, ella, el horizonte. De Sinisterra y el mío. Ya ella lo sabía y jugaba con las ilusiones. Abominable una. Perversa la otra. Porque mi arrebato, pretendía ocultarlo. Disfrazarlo de pasión sublime. 27 Y yo seguía diciéndome que ya estaba bien de tantas historias juntas. Todo me daba vueltas. Como esas veces en que uno se pierde. Y, entonces, todo deja de ser consciente. Todo se torna como vago. O como inverosímil, o absurdo. Algo así como baquiano. Esta última frase la aprendí de la Nana. Y lo expreso, casi sin saber su significado. Porque así he estado toda mi vida. Expresando cosas y/o realizándolas, como al margen de la vida misma. Como si esta fuese algo etéreo. Lo cierto es que ella y yo estábamos allí. Mirándonos. Ella en su encantamiento, derivado de esas historias que se empecinaba en relatar. Yo con ese horizonte tan recortado, como accediendo sin querer a sus relatos. A ella la sentía como sujeto, insisto, vinculado a esa trama. Como Scherezada, contando cuentos para no morir. Y lo menciono porque fue ella misma la que me dijo un dio, que hubo un tiempo, un territorio y un reino en el cual ese personaje femenino se salvó de la muerte, precisamente por saber cuentos, historias. Personajes casi mágicos. No había terminado yo de reflexionar. Lo mío sigue siendo mi incapacidad para hallarme a mismo. Y me inventé otra versión mía. Como a lo que quisiera llegar a ser. Sujeto perdido He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos y todas. Porque, en fin, de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí. Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin, de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conciente de eso.
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    Cualquier día, entréen lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi. Abocado a ser en sí. Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido. 28 Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como gendarmes de todo, incluida la vida de todos y a todas. Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la muerte. Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que esta orienta, hacia la muerte. Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y aprehendido por parte de quienes ejercen como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para construir verdades. Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan y caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los días por venir y de los días perdidos.
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    Y volví apensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de sí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche. Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Como han cambiado la historia. Como la han acomodado ellos. En tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa de la Edad Media. Definida así por una cronología nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros recorriendo los inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta veces siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas figuras d la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los herederos de San Pedro ejerce como espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado y presente. Siguen anclados. Y difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida. Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de la tortura. …Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos. Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en la noche; cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de argüir mi condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo aproximación a la condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites. En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si fuese experto prestidigitador. Como lo fueron aquellos sujetos encargados de divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación posible de mis acciones a aquellos teatrinos incorporados a la cotidianidad burlesca. Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido posicionarme como cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como es efectivo. Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por las jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería!
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    Inmerso en ella(…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta para mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante expresiones que tuve o dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas. Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Leticia y a Nelly, y a Norela, y a Rosita, y a Miguel, y a Nelson, y a… Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor. Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin soporte diferente a aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza; pero también de construir el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo experto. Pero como en regresión. Es decir, en contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo como advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser herético, punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa de la penuria y de la infelicidad de los otros y de las otras. Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por milenios. Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado en el itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que la mata, a cada momento. Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del olvido. Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado a vivir. Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin
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    el acumulado deverdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije que no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue posible. Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es como mantener vigente la enajenación profunda. Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez ¡) en la heredad de los emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos. Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una interpretación de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios personajes que deletrean las verdades de conformidad con el discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar mil disputas por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin, asfixiándola, en cada momento histórico. Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante. Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía de la postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels. Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber. Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo en tendí. Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado del capital y…de, en fin, de cualquier cosa. Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió prendiéndole velas a Descartes. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese tipo de expresiones que naufragan, cuando nos percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como promotores de esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo ellos son alternativos. Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los cachivaches colocados como símbolo por parte de los testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por
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    la buena fe,la moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores. Escribiendo para diarios y revistas. Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y lo y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y como justificación para recibir la mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la “sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se agazapan. Esperando un nombramiento. A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo que las mujeres violadas por los paramilitares no deben hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los criminales de guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la revolución. Sí, lo vi como fórmula vicepresidencial del invasor del Ecuador y prístino representante de los monopolios de la comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al brillador de lámparas de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que defendió el bastión monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó de agache cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta, expulsó a Clara López, por haber escrito la verdad acerca de los manejos de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León Valencia, cuando llegó de Londres con su maleta cargada de palabras en contra de la lucha armada revolucionaria y con un breviario confesional que contiene el evangelio de los “nuevos demócratas”. Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a tener que asistir al parloteo de loros y loras que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame de los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. ¿Pasando por encima de los muertos y las muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia social? Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir, como repeticiones y prolongaciones sin fin. . No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que me niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que, estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo, pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuánto me divierto, sabiendo que, a cada subida y a cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me
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    cuentan que hastratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdalá Subdalá Asimbalá. Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí, esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar los objetos traídos de su saqueo. Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarías del Santo Oficio de la gestión autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia. Que le cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada ¡ . Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos hemos sido; llenos de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado. Después vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal. Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y, me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que, al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por haber. Aun sabiendo que han violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que han acumulado beneficios que no le son propios. Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo que debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la hora de la partida. Cuando terminé, mi alucinación; todavía estaba la Nana ahí. Expectante. Tratando de matarme con su mirada. Como si me hubiese escuchado. Como diciéndome ¡La única que puede decir, hacer y pensar, soy yo! “De eso de vivir la vida, es como decir perder el tiempo y la vida, por nada.” (El mestizo) Napoleón Torrente vivía en el cuarto piso del sitio destinado a los ausentes. Lo del número cuatro, era pura invención fatalista. Porque no le venía bien entrabar relación con el albur de la vida del insomne dormido. Lo de Torrente era otra cosa. Algo así como peregrinar en el tiempo. Como cuando el ser se empecina en recorrer el universo, en búsqueda de no se sabe qué. Lo único cierto es que
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    Napoleón se inicióen el arte de hablar sin la existencia de interlocutor o interlocutora. Un trasegar por territorios hechos de antemano para él. Porque, entre otras cosas, era sujeto anunciado. Todo giraba alrededor de lo ya dicho y hecho. Es decir, el repetido, no era otra cosa que historia ya sabida. Por lo mismo, Gertrudis Valenciano decía de él: “…no le hagan mucho caso, porque el pobre está loco”. Locura de principio a fin. Es decir: desde su nacimiento hasta su muerte. Un inveterado oficio, en el que los naufragios son asimilados a simples actitudes de vendettas entre dioses. Y, como es apenas obvio, relacionadas con la predilección de cada dios por cada uno o una de los humanos (as). Resulta que esa enajenación surtía efecto en todos los ámbitos asociados al entorno del titiritero. Había aprendido el oficio de Sofonías Licuado, loco también y padre del abuelo materno de Torrente. Eso de hacer hablar a los muñecos se tornó en un reto familiar. Ya antes, en el Siglo de las Obscuridades, un nieto de San Agustín había anticipado que “…vendrán días en los cuales otros hablarán por nosotros y dirán lo que no quisiéramos haber dicho nosotros mismos”. Expresión esta surtida de múltiples colaterales. Uno de ellos, tal vez el más cercano al cuadro de las verdades agustinianas, tuvo que ver con el hecho siguiente: Siendo todavía infante, Benedicto el Orfebre, sucedió que la ciudad El Manto Sagrado, estaba enardecida. Por doquier, los herederos virgíneos, vociferaban. Una rebelión sin parangón en la era cristiana. Todo de revés. El pretor regente protomártir, Virgelina Primero, había decidido ir al sacrificio. Estableció relaciones conyugales con la hermosa heredera de Valentín el Valiente. Hombre poco común; como quiera que hubiera emprendido mil batallas en contra de los pecaminosos. Es necesario hacer claridad en el sentido de que no ganó ninguna. Simplemente porque, el pecado se había diseminado a lo largo y ancho del territorio mariano. Unos con otros. Otros con otras. Unas con unas. Unas con otros…etc. Cuentan que, el mismo Valentín, había estado en el escenario destinado a otros con otros. Dicen, además, que allí conoció a Victoriano. Hombre ajeno a cualquier expresión terráquea. De una lindura asfixiante. Y, por si acaso, con una capacidad incuantificable para hacer de cada acción un placer ilimitado. Esto fue lo que cautivó al partícipe en las mil b atallas perdidas. Dicen que enloqueció, cuando Victoriano se enamoró de Valeria, a su vez, enamorada de Beatriz, la virgen recluida en el monasterio ubicado en el territorio conocido como Villa Ejemplarizante. De esa relación nació Emanuel. Niño dotado de poderes extraterrenos. Como ese de levitar y de hacer levitar. Ya, cuando cumplió los cuatro años, estuvo en la ciudad Eterna. Allí confrontando con el Tomasino Niño también. También mago, como Emanuel. Pero su magia era más atrayente. Como querer decir que era más cautivante, más magia. El Tomasino hacia llorar a las rosas y a los claveles. Vertían lágrimas que eran como perlas. Y, como perlas, eran vendidas en las celebraciones de San Isidro, en todas las veredas circundantes. Allí, en la ciudad Eterna, convocaron a todos y todas quienes quisieran desafiar a los dos magos. Eso de todas era un decir. Porque las féminas no eran del agrado de Valenciano, llamado el casto. Este era regente y definía acerca de todo, en ausencia del papa Espermatozoo, quien, estaba casi siempre en ciudad Oleína, centro de la lujuria. Allí se realizaban competencias entre colegas lascivos. El punto de comienzo era la capacidad para otorgar y recibir. Cuentan que Espermatozoo, lidió con más de una diosa del delirio. Lo vencieron en franca lid. No pudo con el décimo cuarto orgasmo de Angelina, la diosa cuatro de la cuarta versión del cuarto quinquenio de competencias. Pero, siguiendo el hilo del relato, cuando Napoleón debutó como titiritero, vinieron delegados de todas las legiones marianas. Desde Pentecostés, hasta El Amparo. Delegados insomnes
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    también. Dueños dela capacidad para no dormir durmiendo. Es decir, magia en fin de cuentas. Estuvo Simeón Bautista…y eso es mucho decir. Porque Bautista si sabía que era poner a decir a los muñecos lo que los humanos no querían decir. Cuentan que Simeón estuvo en Villa Mercedes. Allí se inició en el arte de la ventriloquia. Allí aprendió a interpretar y transmitir lo que los magos querían decir. Y, asimismo, cuentan que Simeón construyó el vocabulario propio. Con cuatro mil letras. Desde la a, hasta la z. Todo pasando por la célebre posición lingüística que asocia ene con ene cigarro y ene con ene barril, rápido ruedan los carros cargados de azúcar al ferrocarril... Dicho un tanto coloquial, pero certero, al momento de redefinir los espacios subliminales de las expresiones inequívocas de los fonemas y las rimas incorpóreas de los poetas divinos. Y se vino el mundo encima, cuando la hermana de Gertrudis confesó que esperaba un hijo de Simeón. Inclusive, hizo el relato completo. Que cuando ella quedó sola, porque Gertrudis había ido a ciudad Eterna a coadyuvar en la proclamación de Espermatozoo como santo varón, vino el tal Simeón y le dijo: ...! Tan solita y con ese cuerpo, hermana Magdalena ¡Y…que se le echó encima! Y que le abrió el cinturón virgíneo y que… Todo pasó, así de rápido. Como cuando Valentín el Valiente preñó a su hija y luego la entregó al protomártir Virgelina Primero. Y, seguía diciendo Magdalena, yo sentí como que algo me entraba por ahí, por abajo, entre las piernas…y, después, sentí como un líquido caliente…Y, después, vi que el señor se quedó dormido, como cansado…Y, después yo, le cogí eso duro que tenía y lo volví a meter ahí abajo, entre las piernas…Y volví a sentir ese líquido caliente. Como ochenta veces conté yo. Como a los cuarenta días de eso, empecé a sentir mareos y nauseas. Y le conté a mi hermana. Y ella me dijo que tal vez había sido un sueño. Y yo le dije: cómo que un sueño, si mi barriga se está hinchando. Y ella me dijo, tal vez algo te está cayendo pesado en las comidas. Y, yo le dije: sí hermana, tal vez es el chorizo que me hace daño. No lo volveré a probar. Lo cierto es que nació Nacianceno. Nació lo que llaman bobo. Es decir, como perdido. Babeando todo el día y toda la noche. Y se saca el coso y se lo toca; y grita…y ese líquido aparece, caliente. Y, después, se queda dormido, como el papá. Y yo le cojo eso duro y, sin que me vea Gertrudis, me lo meto ahí abajo, entre las piernas…y siento, otra vez ese líquido caliente y gris. Ahora estoy, otra vez, preñada. Es como un juego. Porque lo hago todos los días; cuando estoy bañando a Nacianceno. Porque él no se sabe bañar. Y eso que ya tiene quince años. Y Magdalena empezó a deambular. Estuvo como socia del titiritero primero. Y después estuvo vendiendo las imágenes de todos los papas, incluida la de Espermatozoo. Y, con Simeón el mago de magos, estuvo en Tierra Santa. Allí conoció a Abdalá Subdalá Condal, un hermoso árabe que se le apareció. Así, de un momento a otro, cuando ella se estaba bañando. Abdalá le dijo: ¡qué cuerpo y…que…Probó la versión musulmana del líquido caliente y gris. Cuenta que, por eso, cuando nació Adelita, Magdalena decidió irse con todos sus retoños, a peregrinar. Aquí y allá…hasta que, cualquier día, en el desierto de San Bonifacio, vio una luz que centelleaba y que se centró en ella y en sus doce y que la envolvió y los envolvió. Y que, sin saber cómo, apareció al lado de Santa Lucía, quien la nombró su asistente, contando ojos. Y Simeón volvió a Tierra No Santa, después de su paseo por la que si era. Le contaron lo de Napoleón. Le dijeron que se había hecho titiritero y que estaba al lado de los grandes señores, en las bananeras. Y que había escrito un libreto para sus muñecos. Y que ese libreto hablaba de lo que pasó, por allá en calendas ignoradas. Y que, los muñecos decían que hubo una asonada. Y que, esa asonada, era algo así como parecido a la Babel histórica y a la Sodoma que hace delirar. Y que, decían los muñecos, tembló la Madre Tierra; porque aparecieron
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    Luciferes por todaspartes. Rojos todos. Hablando cosas que nadie entendía. Y, decían los muñecos, el General Pacificador, en nombre del orden, de la Virgen María y de su Santo Hijo Inmolado, ordenó fuego. Y que se murieron todos. Y los muñecos de Napoleón desaparecieron. Alguien los robó. Mucho tiempo después se supo que habían sido torturados e incinerados, porque no quisieron retractarse de lo que habían dicho acerca de los Luciferes y del divino Pacificador. Y, entonces, Simeón, se puso a recomponer la historia. Y, dicen, que llamó a Napoleón y que le dijo: vamos a realizar una gira por todo el universo cristiano. Y les vamos a enseñar y re- enseñar lo que son las voces del perdón y del olvido de las vejaciones, Y, cuentan, que primero fueron a Villa Eutanasia y que estuvieron con los prístinos mandatarios. Y que, uno de ellos, se ofreció para aprendiz de mago. Y que, Simeón, lo cooptó. Y que, ese prístino, hizo de la magia un arte absoluto. Y creativo. Ya no se trataba de sacar conejos y pañuelos del sombrero. Ya no bastones que aparecían en un tris. Ahora era otra cosa: el parloteo con la verdad y con los hechos. Un embrujo único: Yo fui, yo soy; estoy aquí, pero no estoy. Y si estuviera, no estaría; porque donde yo estoy no estoy y donde estoy yo no está nadie. Luego estar es nadie y hacer es estar. Luego nadie hizo y nadie está; porque así, si se está no se está en donde debo estar y donde, cada quien está, sin saber dónde está. Y, después yo no seré porque estuve; pero como estar no es estar; nunca se sabe si estuve o no estuve en donde dicen que estuve. . Y, el nuevo mago, construyó escenarios disímiles. Viajó por lugares que, aunque ya conocidos, no habían sido lo suficientemente explotados. Por ejemplo: en Villa Aburrá de la Trinidad, sembró sus mejores semillas. Y, pueblo imbécil, se recreó y ufanó con las realizaciones de su prístino. Primero fueron los gendarmes colectivizados. Izando la bandera del exterminio. Luego, la gendarmería in crescendo. Es decir, con asesorías de pares extranjeros. Luego el sortilegio mayor. Es decir, el emblema de la mano alzada. Apuntando y disparando a lo que se moviera. Y, luego, el adalid del tesoro de la paz. Bizarro, gendarme…y santo. Y Villa Aburrá de la Trinidad, que lo vio crecer, se hizo Tierra Santa. Se hizo hoguera y se hizo cadalso. Todos y todas, pueblo imbécil, coreando el himno en do de pecho, auspiciado por el prístino. Y los y las que murieron y siguen muriendo, mueren en el cadalso del prístino; pero en realidad no mueren porque son invento de los Luciferes. Porque ellos mismos y ellas mismas se mataron; para después decir que los y las mataron. Acusando a los protectores del orden. Vuelve y juega lo perdulario y el malabar con las palabras. Pero, qué pena, se embolató otra vez el hilo del cuento. Decíamos que Napoleón se hizo titiritero y que, siendo titiritero, puso a unos muñecos a decir lo que los humanos no queremos decir. Y que, por esto mismo de decir lo que no queremos decir; los muñecos dicen lo que no queremos que digan. ¡Y, entonces, diciendo lo que dicen, dicen lo que no queremos decir…! que vaina!, se nos pegó la magia de las palabras del prístino. Estuve pensando en matarla. Me tenía saturado. Con esa carga de vivencias, contadas como si nada más importara en la vida. Hubo un silencio forzado. Ella, levantó los ojos, y siguió. Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida Jiménez. El reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina. Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una euforia absoluta.
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    30 Susana, una jovende quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos. La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego. Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava. Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:” ¿Por qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena la amiga de la Esclava? Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava. De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos. La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas. La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron. Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión. Los personajes y los personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo único que se les entiende es:” …esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día apareceremos y será otra tragedia. Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre. ¡No fallaba sino eso ¡Ahora le dio por contar historias urbanas! Y de este tipo. Por lo menos yo no entiendo ese mundo. Sigo viviendo de dádivas espirituales. Y las principales fuentes son Benjamina y la Nana. Me siento atado a ellas. Por lo mismo que lo mío es como enajenación perenne. Es decir, asisto a la vida como no invitado. Porque no entiendo nada de lo trascedente. Es estar ahí, como sujeto perdido (…tal vez ya había expresado esto antes). Un vértigo continuo. Una infancia embolatada en la bruma de la historia. Y, ahora, aquí escuchando esos relatos de la Nana. Una tutoría tanto o más mezquina que la del Negro Antonio. No puedo frenar esa voz. El asunto es que, Hipólito, regresó de su viaje al pasado. Había asumido un itinerario cargado de vicisitudes. No más, al partir, enfrentó el dilema asociado a la significación que adquiere la ilusión; cuando se pretende recuperar la memoria con respecto a hechos idos. Aquellos que, según la ortodoxia inherente a la lógica, no pueden ser recuperados; a no ser que se descifre el
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    código vinculado ala libertad para transgredir las consecuencias de la relación tiempo, espacio y suceso. Sin embargo, a decir verdad, su capacidad para percibir y concretar el sentido que tiene la asociación de conceptos, había sido vulnerada desde aquel día en que decidió reinventar la noción de realidad. Porque siempre estuvo atado a un condicionante en el cual la vida era algo así como un devenir constante. Hechos y acciones sin nexo con la certeza. Nunca había podido entender la dinámica concreta, en donde el ser y el haber sido, supone la existencia de un prerrequisito básico; esto es reconocerse a sí mismo. De no ser así, los entornos y las vivencias, no son otra cosa que representaciones auto construidas, a partir del hilo conductor invisible que soporta el tránsito de un lugar a otro, sin horizonte. Esto es lo mismo que la ausencia de identidad. Con todo esto, el no reconocerse, le deparó ciertas ventajas; como aquella de poder establecer un diálogo constante consigo mismo. Una abstracción cercana al don de alucinar al yo. Proponerle, siempre, la asunción de realidades estables, sin aquella angustia que erosiona al ser; cuando no puede alcanzar el equilibrio pertinente con respecto a los otros. De todas maneras, su viaje al pasado estuvo precedido por aquel momento en el cual conoció a Carolina. Nunca supo cuándo ni dónde. Por lo mismo que nunca había podido discernir acerca de los límites entre la interacción con yo y el contacto con los personajes que el mismo había construido; en un ejercicio de iteración, en el cual cada personaje le proponía una interpretación de referentes y de conceptos. Siendo así, entonces, amar, odiar, vulnerar, ser vulnerado, vivir; eran para Hipólito sumatorias, agregados no vinculantes. Algo así como su inconsciente nunca legitimado. Lo cierto es, Carolina, adquirió forma. Según los códigos biológicos, era una mujer joven. Reconociendo, eso sí, como en todo lo suyo, nunca tuvo certeza de su edad. Esto para no hablar de los atributos del cuerpo. Tal vez, porque el universo de sensaciones que sustentan la cautivación originada en la presencia de pezones turgentes, piernas sólidas, pelvis delineadas como triángulos perfectos, vellos púbicos encubridores de un sexo no penetrado; etc.; no constituían para él asideros precisos. Más bien eran, como ahora siguen siendo, representaciones lúdicas afines a la necesidad de eludir el desasosiego inveterado. Por lo tanto, palpar el vientre de Carolina, surgió como estrategia un tanto convencional adherida a los recetarios vigentes para alcanzar cierta textura en aquella motivación que convoca a los sentidos y estos la transmiten al yo y este se excita hasta el orgasmo virtual; como quiera que es una derivación de lo erótico como figura etérea. Sintió, inclusive, que recorría el cuerpo de Carolina; que penetraba esa zona estrecha y punzante, mimetizada en los sedosos vellos y que ella se extasiaba y que susurraba metáforas cantadas en donde lo protagónico era el placer, la plenitud de mujer amada una y otra vez por ese ser lejano, volátil, herético. Se sintió invadido; navegó en ese mar corporal inmenso, tierno, insinuante. Imaginó la cúpula de templos obscuros, como territorios ofertantes de ilusiones y creencias para todos los seres como él; ávidos de espacios para la alucinación; necesitados de significados para la vida. Por lo mismo, al regresar de su viaje al pasado, se encontró tan solo como al principio de su periplo por el mundo...Con equilibrios constantes a bordo; con la certeza de su desencuentro. La diferencia, ahora, era la nostalgia por Carolina…por su cuerpo y su don de promover ilusiones. Y, como s fuera poco, ahora resultó presa del erotismo. Yo nunca he deseado mujer u hombre. Simplemente, también, en eso se expresa mi desorientación. Más bien decirlo, mi incapacidad.
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    Inclusive, nunca meimaginé siendo el producto de un momento orgásmico. Simplemente, crecí como si nada. Negándome a entender el nexo entre una cosa y otra. Como jugando al que será. Y, a decir verdad, lo descrito por la Nana, me convocó, de una vez por todas a asumir una decisión. Lo digo, al menos, en lo que supone validar la existencia conociendo la belleza de ese tipo de relación. Tal vez llegue el momento. Por ahora me basta seguir embadurnado de esa impudicia que han dado por llamar ética. Miré, por enésima, a la Nana. Sonreía, al ver mi desconcierto. Como engarzando una cosa con otra. Supongo que ella si había tenido la oportunidad, en lo que lleva de vida, de acceder y/o ser accedida. Supongo que Benjamina l e ha enseñado eso. Y que, a su vez, la Negra lo aprendió de su amante único. Y, ella siguió con el mismo cuento. El mismo deseo de desbordar la gramática de los relatos. Cada vez más cerca a la versión Scherezada. O no sé si así es que llama la mujer que logró sobrevivir a punta de historias. Ese día, en que conocí a su hermana, Susana vestía un gris liviano. Casi todas las cosas tocadas por ella, tienen la misma connotación. De su blanco o negro discursivo, desprendía un quehacer exterior, en donde no existe lugar para la controversia. Siempre se ha comprometido en acciones de radicalidad, sin que medie ninguna discusión. La más visible, sin duda, es su ímpetu al momento de descifrar los códigos sexuales. Sin necesidad de preguntar, ni de reflexionar, convoca a quienes la observamos, a una excitación casi alucinada. El padre de Susana había transitado por varios países. Un aventurero absoluto. Conoció a Batista en su breve paso por Cuba. Se convirtió en su asesor e intérprete de ideas y convicciones. Por esto, no es de extrañar su versión en torno a Martí. Lo llamó pigmeo intelectual. Aduciendo que la única expresión posible es el control del poder; independientemente de sus consecuencias. Había heredado de su padre, el talante de corsario perverso. A sus veinticinco años, originó una disputa por el poder en Guatemala. Propuso convertir a Miguel Ángel Asturias en reo continuo, traidor a la patria. Por esto, tal vez, Susana avaló la invasión de la Empajada de España, por parte de los gendarmes. Aún hoy, Susana insiste en que, a veces, es necesario extirpar de raíz, aquello que puede derivar en un cuestionamiento a la legitimidad del poder, no importa a que intereses sirve. Es de la idea de que todo poder es legítimo, en la medida en que satisfaga las necesidades de quien o quienes lo detenten. Hasta cierto punto, la opción nietzscheana y wagneriana, asumida por Hitler, ha sido lo mejor que pudo haber pasado para la humanidad. Porque los arios deben conducir al mundo. No importando los campos de concentración y el genocidio. En esto, Susana, propone una interpretación en la cual Mussolini y Franco son hijos bastardos del antisemitismo y de la perspectiva de los arios. Es un ser extraño, Susana. Heredera de unas convicciones estereotipadas del poder. Por eso lo ejerce de esa manera. Su convocatoria perenne es a la cautivación, a partir de su sexo. Lo cierto es que no hay ni habrá ninguno como el suyo. Con solo mirarla, fluyen imaginarios heréticos. Sueños en que se prolongan, de manera infinita, el deseo por poseerla. Sueños que esclavizan. Es una sujeta aria. Lucha de manera tenaz por lograr los propósitos de extensión del dominio de lo sexual, por encima de principios. Es una doctrina sacralizada. Precisamente, el primero de enero de 1959, el padre de Susana, huyó de la Habana. Estuvo viajando por todo el Caribe. Desde Haití, en donde se entrevistó con Devaluar, hasta Nicaragua, en la que compartió con Somoza, en Managua. Aprendió, también, de su padre, el don de la adulación. Transcurría mi aniversario 14. Mi madre, se enamoró de Alejandro Verdaguer. Un ciudadano uruguayo, anodino. Lo único que lo destacaba era haber sido mercenario en Paraguay, en
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    época de AlfredoStroessner. Entre otras cosas, se distinguió por su capacidad de servicio como auriga del dictador. Al momento de conocerlo, tenía 42 años. Desde el comienzo yo le hice saber, con mi mirada, que era un varón celoso. Y que mi madre era mía y no de él. Sin embargo, se cuenta de él, que había estado 40 años tratando de establecer, con alguna exactitud, el número real de puntos brillantes a espacio abierto. El problema no residía en la condición de abajo o arriba, en eso de mirarlos para contar. Aún hoy, no se ha podido descifrar su pasión por este oficio. En una aproximación, hace tres años, le hizo a su madre el siguiente comentario: en uno de mis sueños, cuatro años atrás, Prometeo habló conmigo. Un mensaje claro. Tanto como dibujar en palabras unos ojos inmensos instalados en la cara oculta de la luna. La posibilidad de contemplar la belleza azabache de los mismos, tiene como prerrequisito el recorrido por ese inmenso vacío azul, que es tal, en razón a la refracción de luz solar en la línea de protección adyacente a la Tierra. Su color negro, emerge a partir de la pérdida de luminosidad. Algo así como quiera que es condición indispensable para que confluyan estos momentos la validación de la posibilidad de identificar el brillo desde Uruguay. Prometeo me advirtió, eso sí, que debía descontar de la suma adquirida, los planetas atrapados por el Sol, con su imantación. De todas maneras, el resultado final no podía ser igual al obtenido en una operación divisoria de 0 sobre 0. Cuentan que, Federica Maidana, novia perenne de Alejandro, ese mismo día de marzo en que Prometeo hizo la revelación; adjuntó una observación, así: la única posibilidad de descanso, en el interregno de la tarea impuesta, tiene relación con los noventa minutos en que Peñarol y Nacional, diriman superioridad y que coincidan con el primer eclipse entre 2025 y 2034, sumados a los que Talleres de Córdoba ( en la vecina Argentina), asuma con el Nantes francés, al día siguiente de esta interacción Sol y Luna. También cuentan que, en octubre 31, en 2035, Francesca Gavilán, madre paraguaya de Federica, insinuó que su hija y su yerno escamotearon la celebración, a raíz de sus expresiones visionarias enfermizas. Mirando hacia arriba (desde Paraguay y Uruguay), contando puntos luminosos. Se dice que, el Prometeo de Alejandro, el mismo que reveló el secreto aprendido de Zeus, en su encadenamiento infinito y en su dolor visceral, originado en el asedio continuo del ave enviada por el Padre, transfirió al pueblo paraguayo, parte de su castigo. Y que, por esto, se justificaba la vigencia de los generales, liderados por Stroessner Un día, en septiembre, tuve que atender un requisitorio del colegio. Un viaje de reconocimiento de los coleópteros, concretamente, de su reproducción en libertad, en la Macarena. Alejandro Verdaguer, ofreció a mi madre la posibilidad de viajar a Montevideo. Ante las dudas de ella, en términos de que yo quedaba en situación de soledad; él le planteó ¡o soy yo; o es él. ¡ Obviamente mi madre accedió a su petición. Entre otras razones, porque mi madre me consideraba un sujeto amargado. Al cual lo persigue la sombra de Santiago, como fantasma violador. Ya, desde mi encuentro con ella, antes de nacer, me consideraba un advenedizo. Como suplicante. Como individuo que reclama para sí, el trofeo vinculado a palpar su orgasmo. El cual, a decir verdad, no ha tenido, de manera plena, en abundancia. En Montevideo, Rosa (ese es el nombre de mi madre), estuvo escoltando a Verdaguer. Ese es el nombre de su oficio. Algo así como llamarla amante vergonzante. Así, estuvo tres años.
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    Cuando ella regresó,yo estaba con Silvia; quien me había brindado apoyo, para matizar su soledad y la mía. Ya no era lo mismo. A decir verdad, yo la odiaba. Un odio que se transformó de latente a real; a partir de su preferencia por su amante. Nos contó de sus aventuras; de su búsqueda de amor, al lado de quien ya, antes que, a ella, tenía una amante de nombre Federica. Ella era, para Verdaguer, un objeto de consumo rápido. Su verdadera ilusión, estaba del lado de Federica. Mujer casi mágica, en lo que la magia tiene de posibilidad para construir sueños patéticos. Tanto así que, que se le endilga el hecho de haber producido la pócima que utilizaron Stroessner, en Paraguay, J.C. Galtieri en Argentina y Humberto Castelo Branco en Brasil, cuando este derrocó a Joao Goulart. La madre de Juliana, había llegado desde Méjico. Conoció a Ernesto Gardeazábal, se enamoró de él. El matrimonio fue un tanto acelerado, a raíz de su preñez. Los Gardeazábal, tenían un universo de anécdotas que los hacía célebres. Tal vez la más cautivante, se relaciona con haber establecido una singular amistad con el Sol. Se decía que se les había anunciado de un viaje alrededor del mismo, casi en sus fronteras. Toda la familia se preparó para el evento. Hasta compraron trajes en asbesto, para cualquier eventualidad. …Su desilusión surgió, a raíz de un pequeño detalle. Quien les había prometido que los llevaría a las cercanías de Sol, hizo la aclaración, en el sentido de que, para él, Sol era el nombre de un caño adyacente a un lugar desconocido en la provincia de Córdoba en Argentina. Inclusive, se dice que, aun así, el viaje no era posible, ya que la invitación fue producto de una secuela a raíz de una noche de insomnio de Ricardo Valbuena; hombre perdulario que se pasaba los días y las noches, horadando el espacio, con su vara de pescar. Inclusive, intento tumbar una estrella con esa misma vara. Transcurridos seis meses, después del matrimonio, nació Juliana. Desde su temprana infancia, alucinó de manera continua. Cada evento alucinante estuvo relacionado con su posición como oferente. Su destinatario fue siempre Valbuena; al que conoció, cuando ella estaba aún en vientre de Mariana, su madre. Un hecho bastante incómodo. Porque inducía a pensar que ese perdulario, la visitaba en ausencia de Ernesto. Juliana, siempre mantuvo la sensación de haber visto a Valbuena, al lado de Mariana, sobre ella, aturdiéndola con sus groseros susurros de amante saciado. Nunca trató de hablar con su padre al respecto. Mantuvo esa alucinación en secreto. Habiendo crecido, ya como graduada en pedagogía aplicada, supo de mis desvaríos, como subyugado por mi madre, aún antes de que ella naciera. Siendo así, me convocaba a que le relatara mí recorrido por esos caminos, a veces áridos, otras veces pletóricos de pasión por ella. Una pasión inconfesada, hasta ese instante. Con sus pretensiones de mujer en capacidad de analizar cualquier acción humana y proponer alternativas; me hablaba. En una perorata inacabada. Yo la escuchaba, no con interés en lo que decía. Más bien, por saberme cerca de su cuerpo insinuante, perfecto. En esto competía, sin saberlo, con Susana. Las dos, mujeres perfectas. La una (Susana), consciente de su poder sexual; Juliana, consciente de su capacidad para arropar con su cuerpo, al hombre que llegara a amarla, con la convicción de alcanzar el equilibrio entre sexo y un rol activo, intelectual, en capacidad para transformar el mundo. Al despedirme de Juliana, volví a casa. Me sentía todavía obnubilado. Como sujeto que aspira a ser amado por una diosa que transfiere pasión en cada uno de sus movimientos…hasta que quedaba dormido, abrazando la almohada que le había robado a mi madre; que todavía conserva su olor a mujer. Ese olor que no termina, inconfundible. Porque es el olor a mujer en sublime celo. Yo amaba esa almohada, la rescaté antes de que Verdaguer le impregnara ese olor amargo y nefando que poseía y al que he odiado.
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    Cuando Francesca Gavilán,conoció a Susana, esta estaba tratando descifrar cierta lectura asociada con el caso del Prometeo Verdagueriano. Había conocido la leyenda, un día en que, estando al lado de su máquina podadora de etnias y al lado de Sinisterra, recibió una llamada de su padre. Andaba por Paraguay, buscando asilo perenne. No tanto asilo físico, lo de él era una constante sensación de estar perdido espiritualmente. Susana le dijo, padre, no recuerdo el camino, pero me ingeniaré la manera de llegar. Nos vemos en Asunción. No te preocupes por mí, tengo la posibilidad de algún dinero. En este negocio, la empresa tiene perspectivas halagadoras. Las etnias son como corolarios a los cuales se arriba, simplemente fingiendo preocupación por lo ancestral. Tanto es así que hemos negociado con los norteños, una transferencia cultural, incluida la patente. Ante todo, con las posibilidades que otorga el Amazonas. Desde Brasil, hasta Perú. Mientras hablaba con Atanasio, Sinisterra deslizaba sus manos por las piernas de Susana. Ya no resistía. Habían encontrado los conceptos comunes. Una y otro, se sabían poseedores de un extraño poder. Un magnetismo viciado que atraía. Habían progresado, ya conocían de los huitotos; de su religión, de sus mitos, de sus sueños. Desatando las cajas que contenían los acumulados históricos de las etnias, habían encontrado un escrito: “Hablando así, buscó en la casa, en las ollas, debajo de los tiestos. Pero no había. Por esa razón Uikiegi desató una tempestad desde los confines del mundo. La tempestad sacudía la casa. Mientras ellos buscaban en los zarzos, el viento sacudía la casa y levantaba las crisnejas. Entonces vieron a Magieza; la vieron muy claramente allí donde el viento había levantado las crisnejas, estaba acostada en una hamaca en lo alto de la casa. Oye, madre, dijiste que tú misma habías cogido los frutos de achiote. ¿Quién es la que está allí arriba? ¿Por qué ocultaste a la famosa Magieza? Ella cogió el ramillete de achiote. ¡Ve a traerla! ¡Bájala para devorarla, ya que cogió el ramillete de achiote! Timada ¡bájala para devorarla! – Dijo Uikiegi y el jaguar Timada fue por una viga, sacó a Magieza de la hamaca y la lanzó abajo...” Este y otros textos llegaron desde Manaos, fueron robados. Los exhibieron como trofeo, se quedaron con ellos y los subastaron de manera subrepticia. Eran fruto de la investigación realizada por Konrad Theodor Preuss. Tal vez, el más valioso dice: “...al llegar a la superficie de la tierra, saliendo del hueco del que vinimos nosotros, se topó con Gaimi quien venía por entre los árboles iguyina, que estaban al borde de ese hueco. Jidiroma disparó contra Gaimi porque era bonito, pero no dio en el blanco. Gaimi se había transformado en una gota de rocío y dormía. Colgaba en forma de mico churuco y dormía...” Susana acordó con Atanasio, verse en las afueras de Asunción, en casa de Francesca Gavilán, un día después de haber sido preñada por Sinisterra. Al despertar, ese sábado de abril, encontré a Susana a mi lado…solo entonces comprendí que había soñado cosas muy extrañas. Antes de despertar había visto a Susana ondeando una bandera teñida en la sangre de su primogénito, el hijo de Sinisterra. Me quedó la sensación amarga a que conduce toda dicotomía. Lo mío era algo así como un perfil esquizofrénico, que se adhiere al espíritu. Que te acompaña 31 He estado deambulando todo el tiempo. Desde que me he negado a reconocer y aceptar la realidad; no percibo señales de vida. Algo así me había sucedido antes. Por ejemplo, en mi infancia, los sueños desbordaban mi entorno. Era algo así como un sujeto inmóvil. Inmerso en situaciones determinadas por un imaginario perturbado. Tanto así que, a cada momento, ejercía como referente. Ese que, cuando requería de espacio para asumir la vida; de
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    motivaciones ancladas enla felicidad, no tan distante o efímera. Me zambullía en un mar de nostalgias absolutas. Creo que estuvo conmigo desde el vientre. Lo cierto es que, hoy, no veo diferencia. Esos sueños amarrados a escenarios difusos, permeados por una sensación de contra ternura; se han reiterado en el tiempo. Es un desasosiego innato. Sigo sin percibir la realidad como momento válido para desplegar mi vida. Es una saturación de expresiones inocuas. Al menos eso creo. Porque vivir la vida no es simplemente asumir como sujeto con movimiento. Supongo que es algo más trascendente. Como, por ejemplo, amar y sentirse amado. Lo mío es una postura ecléctica. Es un ejercicio, en el cual se asfixia la lucidez. En el cual no existen ni recuerdos, ni horizontes de esperanza. En mí, la esperanza, está hecha de una lucha constante. Contra la lógica que soporta al quehacer diario. Es un abismo. Una sima sin refugios ni momentáneos, ni duraderos. Es decir, una existencia estática. Sin la ilusión como fundamento primero de la imaginación válida, oferente de acciones no saturadas de angustias. Ni de desequilibrios tan continuos. La realidad, entonces, me conmueve. De tal manera que, a cada paso, navego sin brújula. En donde la rosa de los vientos no señala ninguna opción, distinta a iniciativas recortadas. Como esas en las que me veo restringiendo tu cuerpo y tu vida, al mínimo posible. Como aspirando a andar sin ti. A sentir una innovación diferente al ejercicio de sujeto sin ilusiones No sé por qué, al regresar de cada sueño, percibo la reiteración de mi infancia. Porque, cada sueño, era y es, ahora, una continuidad áspera, árida. Tal vez sea, porque nunca he tenido verdaderas certezas. Con respecto a la vida. Incluida tú; desde el momento en que te conocí; ejerciendo como imantación discontinua, dicotómica. Como bifurcación fría. Como caminos recorridos y por recorrer. Tal vez sea porque no he tenido la sensación de libertad, distinta a la libertad de la cometa, dirigida, atada a tus manos. Muchas veces invisibles. Otras veces con la visibilidad agrietada; más hostil que esos recuerdos, en los cuales aparezco como sujeto atávico. …Será porque nunca he sentido tu cuerpo y tú ser completo, convocándome a ser feliz, sin restricciones; sin sentirme consecuencia esquizofrénica. Sin tocar la irrealidad como lastre. Todo esto le expresé a Susana, mientras ella dormía. Ese mismo día asumí el reto de no volver a alucinar. Porque me estaba convirtiendo en esclavo de mi pasado. Salí del cuarto, necesitaba respirar un aire diferente. Sin las convulsiones inherentes a esos momentos enfermizos. Estuve en todos los lugares que había conocido. Tratando de modificar el futuro que hoy me acompaña. Como si quisiera mover al menos unos elementos que permitieran una continuidad en el tiempo, diferente. Sin ese acoso hacia mi madre, sin Santiago, sin Verdaguer, sin los exorcismos de Juliana, sin las erosiones sistemáticas que me sitúan al borde del abismo. Ese abismo parecido al hueco de los huitotos. Al terminar el día, me encontré con Daniel. No sé por qué me alegró verlo; a pesar de mis profundas contradicciones con él. Con su manera de ver y vivir la vida. Tal vez fue porque, al encontrarlo, me había sumergido en la soledad. Verlo, entonces, suponía que alguien más que yo existía en el mundo. Daniel, como siempre, me indagó acerca de todo. Como tratando de localizar mi yo, en las preguntas y en mis respuestas. Un tipo de indagación, como variante perversa de las indagaciones de Juliana. Silvia, me dijo, está en el país del invierno. Acostumbraba, Daniel, utilizar un lenguaje figurado, achatado, sin imaginación. Eso del país del invierno, traducía la casa de mi madre, con los rastros de Verdaguer. Un significado del invierno, en el cual emergía, en silencio, de nuevo, mi pasado. Ese que estuve tratando de modificar, desde el principio, para ubicarme en este
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    presente de unamanera diferente. Al menos en contacto con cuadros alegres, con sitios y con personas sin ningún asomo de actitudes que duelen y que me convocan permanentemente a sentirme sujeto sin oficio distinto a cargar con la culpa de haber conocido, amado y poseído a mi madre aún antes de que ella naciera. Asumiendo, sin quererlo, el perfil de Santiago, de Verdaguer de… Corría el mes de enero de un año más de aniversario. Ya había perdido la cuenta. Creo que era el número treinta. Encontré, después de tanto tiempo, a Martha. Tenía, ella, unos ojos cansados de mirar lo cotidiano, en gris. Supe que se había separado del lado de Santiago. Había rodado por ahí, por donde los sitios son, a la vez nuevos y repetidos. Me dijo, he estado buscándote. Desde que nos separamos he pensado siempre en ti. Sigues siendo, para mí, un ícono que retrotrae los caminos andados. Te he visto en mis sueños; jugando con las palabras, como a los acertijos. Siempre te has distinguido por la capacidad para hilvanar los hechos, de manera tal que estos aparezcan unidos a tus recuerdos, a tus dolores, a tu vida. Una vida que siempre pretendes explicar, a partir de ese rol tuyo. Incierto, pero tan real como los avatares de la humanidad. Has sido y sigues siendo digno representante de las angustias que exhibe la humanidad entera. Sin conocer la razón de ser de la felicidad. Creyendo que esta es sinónimo de la tristeza al revés y no como un agente autónomo, válido por sí mismo. Al escucharla, recordé lo del sábado aquel, en que salí dispuesto a no alucinar, buscando el pasado para deshacer este presente y recomponer mi futuro. Sus palabras eran duras, laceraban de tal forma que sentí deseos de ahogarla con la almohada de mi madre, la que me acompañaba todas las noches. O de montarla y cabalgarla, hasta que hubiera derramado hasta la última gota de mi riqueza líquida, amarillenta, de varón bandido que ha sido desnudado de sus principios, por aquellas palabras expresadas de manera vehemente. Recuerdo que, algo así, sentí el día en que mi madre me conminó a no seguir siendo su centinela. Cuando, marchó con Verdaguer. Esa noche, en sueños, la cabalgué, la horadé, hasta que me deshice de ese acumulado de nostalgias, por la vía que siempre lo he hecho, por la vía edípica, en su versión más cruel. Después de despedir a Martha, dormí en profundo. Volví a ver a Susana, a Atanasio, a Sinisterra; como máquinas depredadoras de las etnias. Volví a escuchar las palabras de los mitos huitotos. Esta vez, estaba en un sitio cercano a la antigua Biafra. Una localización ambigua. Porque, al mismo tiempo, veía los paisajes abrumados de Inglaterra, de Italia, de Portugal. Un ir y venir tatuado. Con los negros, niños, niñas, mujeres, hombres, clamando por su libertad. Demandando justicia ante el arrasamiento racial. Vi a Lumumba, en el antiguo Congo. Vi a Idhi Amín, recorriendo desiertos a lomo de su pueblo. Vi a los Nazis, otra vez, a la ofensiva, matando a todo que no fuera ario. En esta parte del sueño, recordé las posturas de Susana y de Atanasio. Vi a los reyes Fernando de Aragón e Isabel de Castilla reconquistando a Granada, subyugando a judíos y a musulmanes, aniquilando sus culturas, sus religiones, hasta lograr un equilibrio cultural, bajo su hegemonía. Vi a Colón y a sus piratas, entrando a América, avasallando, aniquilando. Recordé mi lectura de Las Venas Abiertas. Desperté, como casi siempre, desmoronado, lleno de estigmas, como las de los enfermizos visionarios católicos. No pude levantarme. Deseaba no hacerlo, quería morir ahí, en ese silencio cómplice. Al no morir ese día, continué mi rutina. Estuve en la empresa, hablé con Susana, profundicé mi odio hacia Sinisterra. Este estaba vociferando. Increpaba a los y las empleadas. Palabras sueltas, incoherentes, pero de una dureza grosera. Como todo lo que se relacionaba con su ser y con sus actuaciones. Invité a Susana a almorzar. A decir verdad, nunca lo había hecho. Nos dirigimos al “sinrazón”, un restaurante cercano a la empresa. Se distinguía por sus menús extraños. Un poco como la
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    cocina de nuestropacífico. Pero saturada de pimienta y ají. Una sazón parecida a la de los mejicanos. Pedimos, según la carta, lo del día. Lo nuestro seguía igual. Mientras comíamos, nos mirábamos, como seres adportas de deshacer lo andado. Tantos vericuetos; tantos laberintos. Nos transmitíamos ausencia de vida real. Proponíamos interpretaciones que nos alejaran de nosotros mismos. Ella veía en mí, un sujeto acabado, sin energía, sin compromiso consigo mismo. Yo veía en ella, el cuerpo absoluto, tanto como el de Juliana. No veía en ella sino su imagen desnuda. Con su triángulo pélvico, con sus pezones erectos, con sus piernas que terminaban en ese lugar de inacabada oferta de placer para ser saciado; una propuesta perenne, para mí y para cualquiera que deseara amarla. Dejamos la mesa y despedimos ese encuentro. Ella, creo yo, con la convicción de que yo no era otra cosa que una sumatoria de tristezas. Un hombre lleno de nostalgias. Sin más presente que la interdicción con respecto a la vida. Yo, con la sensación de haber perdido la posibilidad de atraerla, de motivarla. Porque, en mi opinión, el amor es eso, una lucha constante por convocar imágenes y acciones lúdicas y una pasión que bordea todos los lugares cercanos y lejanos. Al lado de quien amamos. Yendo al pasado, convirtiéndolo en presagio de un presente sin erosiones espirituales. Y un futuro, a partir de ahí, soportado en esos momentos, en los cuales la ilusión se transforma en posibilidad de ser felices. Una felicidad no saturada de repeticiones. Más bien, creando imágenes y lugares siempre nuevos. Siempre autónomos. Sin permitir que el entorno, como inmediata exterioridad dominada por las voces, nuestras voces, secretas y abiertas. Convocando al mundo a que nos mire y sienta esa felicidad con nosotros. Juliana estaba sentada, analizando los reportes escolares. El trabajo, para ella, es un reto constante. Lo asume, no como rutina. No es lineal. Cada hecho y cada acción suyos, constituyen un universo de sensaciones siempre nuevas. Lo pedagógico asumido como motivación a investigar y a construir. No como inexpresivas admoniciones académicas formales. La escuela, como escenario para ofrecer nuevas interpretaciones; para ejercer una relación de continua interacción. Yo veía en ella, a pesar de lo hablado ese día en que cuestioné sus métodos, un referente siempre válido. No solo por su cuerpo; sino con agregados expansivos, con un crecimiento exponencial. Algo así como entender su condición de mujer oferente, libertaria Le hablé. No con palabras prefabricadas. Porque, la vi. Inmersa en su tarea. Y no sé por qué, la compare con Susana. En ese tipo de comparación que pretende ser motivación para deshacer una relación y comenzar otra, diferente, nueva. Ya antes me había pasado, cuando observaba a mi madre. Cuando la veía en mis alucinaciones. La veía en esa interpretación de lo real, como multiplicación de opciones. A veces como guerrera situada en territorios dominados y avasallados. Guerrera enérgica, incendiando su entorno con gritos de libertad. Otras veces, como mujer asfixiada por los rigores del sometimiento. Otras veces como diosa maravillosa. Proponiéndole a Sísifo una solución al ejercicio continuo, en cumplimiento de su castigo. Mis palabras, produjeron un efecto no preciso. Juliana respondió con frases asimiladas a una sensación de fatiga. Un tanto híbrida. Como queriendo expresar satisfacción por verme. Pero, al mismo tiempo, como tratando de enfatizar acerca de la molestia por verse interrumpida. Hasta cierto punto me vi retratado en algunos pasajes de esta historia. Ante todo, cuando hace referencia a la perdición del ser. Eso he sido yo. Un ser perdido. Sin brújula. No sé qué hace la Nana para incursionar en temas tan difíciles. Son dos retos al mismo tiempo: tema y enhebraciòn del relato. Una visión profunda de la vida y de nosotros, como sujetos, que participamos. Tal vez de manera estática. Pero, en fin, de cuentas, incidimos en los hechos, con nuestro acumulado de quehaceres.
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    32 ¡Cómo voy asaberlo gran puta, le respondió Virgilio a Sara; cuando esta le preguntó por Adrián! El problema se remonta mucho tiempo atrás. Cuando eran cuatro. Casi que en el comienzo del mundo. Porque no se ha dicho todo lo que sucedió. Cualquier tarde del noveno día de un mes de marzo. Aparecieron muertos los pájaros que Sèfora le había entregado al primero que aquí habló. El origen de esos animalitos, al menos en lo que hace referencia a la custodia asumida por la que se los entregó al que le respondió de mala manera a la que le preguntó por ellos. Dicen que esa tarde del día al que se hizo mención arriba, acontecieron muchas cosas. Además de la muerte de las aves de largo vuelo, que tal parece había sucedido muy en la madrugada, de ése día después del octavo. La aseveración tiene su fundamento lógico. Porque, el día anterior Balbino Mahecha Arenas, cuñado de Séfora, había advertido que, al día siguiente, sin saber precisar la hora, en esa casa iba a expresarse la muerte. Y es que éste viejo, ya había acertado antes; cuando anunció que el tren de las trece horas, por más señas del cuatro de abril del año más próximo por la izquierda de 1814; es decir de 1815, se saldría de los rieles, antes de llegar a la Estación San Pelayo. Y fue así. Seis de los treinta gatos que el maquinista había comprado a precio de huevo en Villa Esperanza, murieron. También dos de los cuarenta pasajeros, con los que el vehículo inició su recorrido. Es curioso, pero Balbino, se había iniciado en el arte de las predicciones, un día del mes de junio del año próximo, por la derecha; es decir en 1805. Todo pasó, como pasan las cosas en este país. Es decir, cuando menos se pensó. Julieta, única bruja que escapó de la cacería iniciada por monseñor Peláez, a nombre de San Pancracio. Este último había subido a los altares dos veces cincuenta años atrás. La susodicha bruja le entregó el secreto, al susodicho cuñado de la señora a la cual le había respondido de mala manera, Virgilio. Justo en el día en que surgió la versión en el sentido de que la que entregó en custodia los pájaros al sujeto que casi le pega a Sara; compró diez mil ratones en el almacén de mascotas, llamado “Marrano Pardo”. Y, también decían, que ese voluminoso número de machos de las ratas, los había utilizado para para el asado que se realizó en Quinta Micaela. Es decir, todo esto pasó el mismo día. Lo cierto es que la llamada “bruja con nombre femenino de Julio”, hizo que la entrega del arte parecido a la palabra adivinar, coincidiera con la masiva compra de la población ratuna. Tal vez, esto pasó porque ya Julieta tenía previsto desencartarse de esa carga. Porque, ¡sí que era un tósigo” este que concede la posibilidad de adelantarse a los hechos. Es decir, diciendo aquí en el presente; lo que solo se hará realidad en el futuro. Ya, la novia del brujo Marchante, había sufrido en carne propia, casi lo mismo que le sucedió al divino Teseo, cuando robo el fuego y lo entregó a los terrícolas. A ella la amarraron también al tronco de un árbol. Solo una pequeña diferencia: a la Julieta, no la destriparon las aves parecidas a los gallinazos y gallinazas. Fue peor. La condenaron a desamarrarse, los botines, cada día, durante veintiocho años. Y sin mirar hacia abajo. El cuñado de la que sabemos, aprendió rápido. La prueba de esto tuvo que ver en un bazar programado, por parte de los súbdito y súbditas de monseñor. Todo con el objeto de conseguir algún dinero para poder comprarle el manto a la divina niña, llamada Marcela. Ella, Marcela había aparecido, así sin pedir permiso a nadie, en uno de los altares de la Basílica del Todopoderoso. Desde ese tiempo data la inmensa romería de cada año, en agosto. Para rogarle a la divina, que no programara las lluvias, al comienzo de año, sino a finales de noviembre.
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    Y. entonces, elseñor esposo de la hermana de la ya nombrada dijo que, al año siguiente se aparecería la tía de San Pancracio; también virgen, aunque no tan bella como la divina de nombre aproximado al de Marcelo. Y, efectivamente, pasó. Resulta que si se apareció. Con algunas diferencias. Explicables, por ser la primera vez y sin experiencia. Comoquiera que, la aparición si se produjo, pero un día antes de lo anunciado. Y, justo ese día, estaba la gente asistiendo al nacimiento del decimocuarto hijo de Ananías y de su esposa Beatriz Tercera. Llamada así, por el hecho de ser la trilliza de los otros dos. Matías y Manuel. Y porque hubo otras dos Beatrices. Una, hermana de la madre del aprendí z y la otra bisabuela de la cuñada de este mismo. Por lo tanto, la tía esperó largo rato. Nadie abrió la puerta del templo. Y se tuvo que regresar hacia El Mundo de las Vírgenes. A duras penas pudo entrar, ya que la habían borrado de la lista. Retrotrayendo un poco el tiempo, volvamos al inició. Los pájaros, murieron por asfixia mecánica. Así lo concluyeron las investigaciones realizadas por los médicos veterinarios al servicio de medicina legal. Y que, esas mismas investigaciones lo dijeron en su informe, habían transcurrido tres horas después de la medianoche. Según este diagnóstico, no podía endosarse el crimen de lesa ave a Adrián Valeriano Consuegra Palencia, el mozo de la que lloró tanto, cuando Virgilio la insultó. Y, sea de paso, consignar que los treinta gatos que llevaba el conductor del tren, el mismo al que pusieron por nombre en su bautizo, Adrián No estaban asegurados. Y que, en consecuencia, este incumplió el trato hecho con Gertrudis, la suegra del que aprendió el arte de las adivinanzas. Y que, justo estando en la explicación de la pérdida, sucedió el acto de asesinato de los pechiamarillos. Y que, un poco por esto mismo, Virgilio tenía razón, cuando le respondió de esa manera a la moza del maquinista. Es decir, el que respondió mal a Sara, esta razón se soportaba en que Pompilio, no se reportó ante la bella Jazmín. Y, por lo mismo, la bienamada doncella no le dijo nada como se había acordado entre Jazmín Eugenia Alvarado López Amórtegui y el descarado que trató así a la que estaba con Virgilio, el día del insulto. Vale aclarar que Jazmín era la tercera moza de Virgilio. Por lo tanto, esta no pudo precisarle a su mozo en qué lugar estaba el mozo de aquella que fue insultada por el mozo de la afamada doncella. Claro está que lo de doncella era un decir. Ya que Jazmín tuvo dieciséis amores antes de Virgilio. 33 El “Tragacandela” vivió siempre con esa chapa. Nadie supo, hasta el día que su cadáver fue reclamado, por parte de los siameses Esther y Baudelio. Ella y él informaron que el nombre del joven llamado por su oficio, era Abraham Genaro. Así consta en el acta de entrega del cuerpo, sin apellidos. Pero el problema nunca fue, en estricto, ese. Es otra cosa. Más o menos fue el siguiente: Baldomero Izquia, el domador de conejos, expresó, cierto día, con palabras entrecortadas, producto de su mudez recién superada debido al tratamiento efectuado por el médico oficial del circo. Fue hace mucho, cuando lo encontré en el basurero de Santa Catalina, ciudad en donde levantaron la carpa, quince años atrás. Pero el infante ya hablaba, tal parece desde que nació. Y, me dijo, patrón, quiero ser de la familia de ustedes. Yo he aprendido un oficio que tiene cierto riesgo. Algo así como tomar gasolina y sacarla de a poquitos en llamas. Decía yo que el problema no fue ese de no tener apellidos y reconocido por los siameses. En últimas, resulta y pasa, que Abraham Genaro era hijo del cura. Sí, del párroco de la “Divina Providencia. Según me contó el bebé adulto, su madre era doña Catalina Barbosa Preciado; la cual pasó una noche en la casa cural, a la cual acudió para guarecerse, del vendaval que se cernió sobre la ciudad.
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    Joselito (así sellamaba el aprendiz de santo) le permitió entrar. Comieron bastante. Ella transida de hambre y él otro tanto. Rezaron al Ángel de la Guarda, antes de acostarse. Catalina sintió algo muy caliente por entre las piernas. Luego sintió un líquido también muy caliente por dentro. Al día siguiente, la mamá del Tragacandela, se marchó; no sin haber desayunado. Joselito estaba muy sonriente con ella. Y, por debajo del pantalón del piyama, sobresalía algo puntudo. Allí cayó en cuenta, Catalina, de que lo sucedido en la medianoche, fue lo mismo que le pasó con Leopoldo Socarrás; ese día lejano en Puerto Córdoba. La diferencia, según la mamá, en el sentido de no haber sentido en ése entonces, que el líquido subiera hasta tan alto. Todavía lo sentía. No se lo quitó ni siquiera con el baño. Esto a pesar de haber metido su mano con un trapo enjabonado. Entonces, recordó esto el día en que tiró a la basura, el cuerpecito. Es decir, Izquia supo de inmediato que el problema fue haber adoptado al hijo del cura y de Catalina, aún a sabiendas que este mató a Joselito, su padre; al día siguiente de haber nacido. Y que las consecuencias serían dramáticas para él y para todos y todas. Esto explica la muerte de veinte conejos en plena función; la pérdida de los dientes de los leones y la desaparición de las rayas en los tigres, recién comprados. Esto para no hacer notar que el equilibrista cayó al vacío en un entrenamiento en el cual se olvidó ordenar que pusieran la red, para amortiguar la caída. A este, al equilibrista. Lo enterraron al otro día, en el mismo sitio en donde cayó. Lo mismo se hizo con el cuerpo del elefante que bailaba al son de cualquier ritmo. Murió un día después de haber enterrado al equilibrista. Dicen que la muerte se produjo por un paro cardiaco, al momento de saber que su amada elefanta Reina, había muerto, por ahogamiento, una semana atrás, en Costa de Marfil. Sucedió, mientras luchaba contra cazadores furtivos, en su afán de salvar a su bebé que iba a ser secuestrado por los bandidos. A pesar de haber logrado huir, el elefantico Espartaco, vio morir a su madre sin poder evitarlo…Aunque, pensándolo bien, es más sensata la versión que asocia la muerte del elefante con la maldición de Joselito. Puede que parezca un alegato insulso. Pero, haciendo un juicioso análisis, no parece serlo. Porque el punto álgido, parece ser una cuestión de fondo. Parece un problema como de principios y valores. Aunque parezca, en comienzo, que no. Parece ser que Eufrasio Baldomero Cifuentes Veranda, se enfrascó en discusión con Alejandrino Balbino Valladolid Mosquera, en torno a si los papas, los santos, santas y similares, hacían (los muertos y muertas) y hacen popó (los vivos y las vivas). Veamos esta reflexión mía (mi nombre es Aristarco Eugenio Pedroso Pedroza). Hago alusión, primero, a la duda. Puede parecer algo etéreo, pero no lo es tanto. Cuando digo duda, estoy hablando (aunque pueda parecer un sofisma distractor) de lo que siempre he creído. Es decir, de lo que siempre me ha parecido una verdad de a puño: los papas no fueron ni serán santos. Y, los santos y santas, algunos y algunas dicen que fueron papas (los varones) y otros y otras dicen que fueron personas diferentes a los papas. Yo, sigo diciendo, que no fueron ni son, ni lo uno ni lo otro. Es decir, parece ser que yo no he dicho nada que valga la pena, al momento de discernir acerca de la controversia entre San Eufrasio y San Balbino. Pero, si ustedes lo miran en profundidad, no es que yo haga parecer que, si es pertinente, sin serlo. Lo que pasa es que puede parecer, así de refilón, que lo que parecer ser una ñoñada, no es tal. Al menos, si se precisa que, históricamente, todo aquello que pareció ser nunca fue. Y, por lo mismo todo aquello que pareció no ser, al fin si fue. Ahora bien, entonces, el dilema planteado por los dos santos (…o aspirantes a serlo), no es una nimiedad. Al menos así lo creo yo. Porque parece ser que lo del pop, o la caca, siempre ha apasionado a quienes han parecido o parecen ser personas bien dotadas de intelecto, o de
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    cerebro (¿será lomismo? ¿O será que apenas parece serlo?). Y, con mayor razón, cuando se trata de indagar si será que sí. O será que no. Es decir, en verdad, ¿será que si hacen y han hecho caca los y las comprometidas en el quid de la discusión? En lo que a mí respecta, sigo diciéndolo, no es que parezca. Es bien cierto que si han hecho y hacen caca. ¿O a ustedes que les parece? Porque, sigo diciendo yo, de no haberlo hecho y de no hacerlo ahora ¿Cómo se explica el origen del dicho: “dime con quien hablas y te diré que hablan”? Es decir, si hablas o has hablado con papas, con santos y con santas; lo más probable es que hables popó, caca, o similares. Y no es que parezca serlo. Es verdad. O, al menos yo, creo que no es que parezca serlo, sino que parece ser que yo si tengo la razón. 34 Lo vi por última vez, ese día cuatro de noviembre. Cuando estuvimos donde Prudencian Otálora. Inclusive yo le dije a Testimonito Pérez, que necesitábamos una comunicación más fluida, habida cuenta de la implementación del modelo creado por nosotros y que denominamos “Para Aprender a Vivir sin ser Visto” (PAVV). Hoy recuerdo, a viva memoria, que el origen tuvo que ver con la propuesta presentada por los dos ante la Comisión Para El Buen Vivir, adscrita a la Decanatura de la Facultad de Teología y Leyes de la Universidad Pía de Villa Pastora. Y es que Testimonito es muy avispado desde pequeño. Y combinaba ese don con una gran disposición para entender a quienes frecuentaban su entorno. Convocados por una especie de premonición en términos de los alcances de su imaginación. Por ejemplo, me contó Tancredo Roldán, la anécdota vinculada con las apariciones. Dicen, me decía Tancredo, que el abuelo de Testimonito lo visitó treinta años después de haber muerto. Y que, esta visita, se produjo en el patio de la casona que ha servido de refugio a sucesivas generaciones. Contadas, inclusive, desde los tretatarabuelos. Se remonta a finales del siglo XVII. Y es que, eso de las apariciones, tiene su fundamentación en la llamada lógica de los procesos invertidos de la relación vida muerte. A mí, a decir verdad, me pareció un tanto peyorativa la denominación. Bueno, pero, al fin y al cabo, el asunto ahora es otro. Como les decía, se trata de nuestro modelo. Lo concebimos, Testimonito y yo, “como terapia relativamente rápida relacionada con la relatoría de las rondas reservadas a los representantes de las regencias revividas, después de las reinterpretaciones centradas en la retórica reinsertada en las cortes llamadas reservorios de la humanidad”. Lo que si me ha extrañado es la no presencia de Pérez. Diría, más bien, de su prolongada ausencia. A veces me da por pensar, a manera de especulación, que la razón de ser de su desaparición no forzada, está anclada en el hecho de no reconocer su responsabilidad en el escrito; ahora que se ha demostrado la falta de rigor y los graves errores conceptuales. Sobre todo, al momento de explicar y justificar las apariciones, como fenómenos vinculados con el primer yo, en función del segundo yo. Como que lo que decimos en términos de que el segundo yo es el ser que queda flotando al momento de morir, no es otra cosa que una burda copia, en extremo, de la figura teórica ya expresada por Luciano Vico Porto cabezas, en su peculiar obra “De cómo se sigue vivo, después de ser registrado como muerto”. Dice, Querubín Pardo, el profesor que descubrió el montaje; que cuando decimos en nuestro modelo: “…Y todo esto nos está dado porque somos semejanza de una opción primera llamada célula originaria. Cuyo núcleo se subdividió, en principio, de tal manera que se generó una reacción tardía. Por lo mismo el Aparato Golgi y las Mitocondrias invirtieron su función y se produjo una especie de invasión no alusiva a la materia hereditaria almacenada. Y, como
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    consecuencia, la volatilidadse hizo más predecible de lo normal. Y, en estado de flotación, se reprodujo hasta alcanzar niveles de acción imposibles de prever y detectar. Allí está ese segundo yo que soporta la posibilidad de reaparecer…”; no es ni más ni menos lo mismo que Vico Porto cabezas, presentó como marco teórico, cuando sostuvo que “el primer yo actúa en dirección igual al segundo yo; pero que esto no implica la pérdida de autonomía del segundo yo. Esto, la no pérdida de su autonomía, es lo que le permite la flotabilidad constante. A su vez, esta es condición primera para volver a aparecer cuando lo requieran las necesidades inmersas en la convocatoria que nos hacen quienes han quedado vivos y/o vendrán después”. De todas maneras, donde esté Testimonito, supongo que no se arrepiente de haberme inducido al plagio; sin que yo me diera cuenta. Porque, todo hay que decirlo, él fue el que construyó el modelo. Mi intervención no fue otra cosa que aplaudir y escribir lo que decía. Si de lo que se trata es de reencontrar el vuelo perdido te aconsejo que vuelvas a hablar con Anatolia. No sé si te acuerdas cuántas ilusiones ha vertido. Todas ellas relacionadas con lo que son ellas. Es decir, con ese agregado de compromiso con la vida. Por la vía de centrarla en la ternura y en la lealtad. Lo que tengo entendido, Eusebio, es que Anatolia ha ido tan lejos en ese quehacer. Ha sido tal su convicción. Ha desparramado tantas expresiones. Que su postulación como referente básico en nuestra ciudad, creo que no tiene discusión. De otra parte, he de volver algún día. Mi partida se justifica. No en vano he discernido con vehemencia. Simplemente no puedo estar ahí, con ella. Es como si mi incapacidad para hacer de mi vida algo cercano, siquiera, a su mínima expresión diaria, en su entrega a los y las demás. Es como si, a cada paso, sintiera ese vacío propio de quienes, como yo no sabemos amar. Porque, lo de ella, sí que es eso. Sí que es libertario. Sí que es reivindicar condiciones de uso dignas para rehacer la posición de amante en plenitud. Recuerdo, cuando la conocí. Veía en ella algo parecido a la simple expectativa que provoca. Algo así como la desazón perversa. Como esperando abordarla. Con la premeditación procaz de varón repetido. Con ese tipo de opción pendenciera conjugada con la condición de macho prepotente. Heredada por siglos. Que se ha erigido como icono. Y, en simultaneidad, recuerdo su opción. Porque había sido construida. En un pulso con el entorno hostigante. Vulnerador. Sus cotidianeidades eran eso. Y son eso. Desafíos a la ortodoxia de valores inventados. Propuestos como únicos. Por quienes han ostentado poder. De familia. Y de religiosidad. Y de orientación normativa. Y que, hombres como yo, acatamos. Como impúdicos beneficiarios. Anatolia ha sido herética, desde siempre. Cuando la vi, en ese entonces, hacía mis cuentas. Mis reflexiones en términos de “también caerá”. Mi bastardía imperecedera. Y lo hacía como silente perdulario. Como quien teje la urdimbre. Como insania. Grisácea. Como todos los vomitivos espirituales. Como zafia endurecida por los años. Consentida, desde que había aprendido la práctica de la genuflexión. Ante los antecesores píos. Ante los gendarmes de las buenas costumbres. Que se asimilaban, precisamente a la permanencia del dominio. Pensando en lo erótico como insumo pecaminoso. Validándolo como invención satánica. Pero, en tratándose de ellas. Para nosotros, por el contrario, contaba como asimilación del derecho a poseer. Sin que implicara nada diferente. Solo la reiteración en el contubernio envolvente. Con la coacción. Y con la palabrería justificatorio Ahora, cuando la veo. Es como si repasara lo que he sido. Se me hace fundamental reconocer que ella introdujo la noción de vida. En una perspectiva que yo no había conocido antes. O que me negué a hacerlo. Lo cierto, Eusebio, es que andaré rumiando ese pasado. Reconociendo que fui siempre cómplice. Que estuve siempre ahí. Vulnerando. Celebrando la masculinidad torcida. Como afrenta. Como continua iniquidad.
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    Y no esel momento de pretender imitar el vuelo. Con estas alas prestadas. Que siempre ejercieron solo como rasantes entelequias. Y nunca como coadyuvantes al propósito libertario de ella y de ellas. …Eusebio, si de lo que se trata es de reinventar la vida. ¡Escúchala! Espero volver algún día…cuando sienta lo que ella siente, de la manera como lo siente. A la legua se ve que fue una vocación tardía. Lo que pasa es que su madre no lo reconoció nunca. Como casi todas, ella ha tratado de recomponer las cargas. Después de tanto asumir tristezas. Andando, aquí y allá. Llevando su voz a todos los lugares. Una y otra vez. Sin imprecar. Sin expresar siquiera un trozo de resentimiento. 35 Juvenal Socarrás nació. Como todos sus hijos y todas sus hijas. Un venir al mundo que se ha repetido catorce veces. Inclusive, Fortunata Espeleta, siempre creyó en el paradigma asociado a exhibir resignación. Ante cada preñez. Como esperando que fuese la última. Pero, al mismo tiempo, con cabeza gacha. Como queriendo demostrar con ello que no había lugar en su vida para la contracorriente. Y, por lo mismo, atendió a Juvenal con sonrisa amplia, siempre. Estando con él. En todas sus afugias. Porque eso sí ha tenido el chino, problemas. Desde ese de nacer y crecer babeándose. Llevarlo al jardín, todo un problema. Consentirlo en la tarde. Cuando llegaba llorando, porque sus compañeritos y compañeritas le decían bobo. Y, ya en el colegio igual. Tal vez peor. Porque, mientras más grandes los pelaos y las peladas, más gozadores. Y Juvenal no se ayudaba. Ni se ayuda, ahora. Siguió y sigue lo mismo. A la babeadera le sumó la movedera de la cabeza. Para un lado y para el otro. Como con el mal de san vito. Y su flatulencia. Cada vez con mayor énfasis en todos los sitios. Y, todos y todas en el salón de clases, protestando por la presencia del oloroso. Y eso de pretender ser cura, surgió. Así, de pronto. A sus treinta y cuatro años. Después de haber trasegado. Estuvo de casa en casa. De la mano de Fortunata. Que en casa de las tías Estipendia y Belarmina. Que donde los tíos Deogracias y Zacarías. Que donde las primas Agapita y Condolezca. Que donde abuelas paterna y materna. En su orden María Graciana y Jael Cristina…En fin, dónde no estuvo Juvenal. Hubo un periodo (de casi tres años) que estuvo conminado a su cuarto. Allí, viviendo todo el día y todos los días. Los domingos, la madre, lo bañaba y acicalaba. Para que recibiera la visita de Anastasia Bocanegra. Su novia. Un poco menos tarada. Un tanto más volantona. Más despierta. Más con ganas de vivir sin causar tanta brega. Y la visita duraba casi seis horas. Desde las ocho de la mañana y hasta las dos de la tarde. Con almuerzo incluido. Caldo de pajarilla, hígado y punta de anca. Arroz con buñuelos y natilla. Jugo de tamarindo en leche. Bocadillos con aguapanela de postre. Y así pasó la reclusión. Y luego, el viaje al Santuario de las Lajas. Y a Girardota, donde el Señor Caído. Y nada. Ninguna mejoría. Por el contrario, más baboso. Más flatulento. Más continuos los movimientos de cabeza. Y, Cesáreo Socarrás haciéndose el pendejo. No se daba por enterado de nada. Cuando no estaba trabajando en su almacén de víveres. Estaba borracho. Se acostaba a esperar que Fortunata terminara sus quehaceres. La abordaba y listo. Así fue siempre. Así sucedieron los catorce embarazos reportados. O, jugando parqués y dominó en casa de Laureano Amézquita. Con Virginio Buenhombre y con Egidio Buenamoza. Los domingos. Desde las nueve de la mañana. Y Calcárea Pinzón de Amézquita corriendo en la cocina. Preparando el desayuno para su amado esposito y para sus amigos. Calentao, chocolate, pandequesos, huevos revueltos con hogao, arepas de maíz pelao, quesito, mantequilla envuelta en hoja de plátano y empanadas. El almuerzo, casi siempre, mondongo, arroz, carne frita, patacones, mazamorra con panela machacada en un trapo. Y, a las cuatro de
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    la tarde, laespecialidad de Calcárea: una mezcla de dulces de duraznos, brevas, mora y guanábana.; con leche y, al final, tinto bien cargadito. Juvenal empezó a leer La Sagrada Biblia, a sus veintidós años. Con la asesoría de Hermenegildo Sacristán Puche, el párroco de Villa Florida. Todo un glosario de explicaciones. Acerca de la interpretación del Antiguo Testamento. Fundamentalmente en lo relacionado con la sucesión de familias, tribus, dinastías. Hijos e hijas. Profetas y profecías. Lo mismo con el Nuevo Testamento. También con las aclaraciones necesarias. Para lo de la Virgen María. Para lo del humilde José. Para lo de las hermanas de María. Para lo de Juan el Bautista. Para lo de los doce apóstoles. Particularmente en cuanto al rol de Juan, Pedro y Judas. Para lo del Imperio Romano y los gobiernos locales. Para lo de Barrabás. Para lo de Caifás y todos los fariseos…En fin, que Juvenal, con todo y sus males, aprendió. Se demoró ocho años. Pero asimiló. A los treinta ya era, pues, un experto. Y, cuatro años después, vino la iluminación. Sucedió un domingo, mientras hablaba con Anastasia. Sintió como un vahído. Abrió los ojos más de lo normal. Dejó al descubierto sus tupidas cataratas. Gritó. Convulsionó. Se desmayó. Cuando volvió en sí, repudió a la noviecita. Alegó que había escuchado la voz de Santa Marta que le transmitió la decisión del Todopoderoso, en términos de que debía integrar su séquito del Santo Oficio. Incluida la obligatoriedad de mantenerse célibe. Y, como casi todas, Fortunata madre recibió con agrado la determinación divina. Y se lo comunicó a su querido Cesáreo. Y este le dijo “haga lo que le dé la gana con ese bobo”. Y ella hizo lo que le dio la gana con su elegido Juvenal. Y habló con el padre Hermregildo. Y entre ella y él, hicieron todo lo que era necesario hacer para que el señor Obispo de la Diócesis aceptara la versión del vahído y del mensaje transmitido por Santa Marta. Y lograron que el Seminario Mayor de San Bartolomé de Acacias, modificara los requisitos. Y, el elegido Juvenal que ni siquiera había logrado terminar grado cuarto de bachillerato en ese entonces, fue matriculado. Con el compromiso de hacer nivelación, bajo la conducción del padre Doroteo Benjamín Polanía Hinestroza. Hoy por hoy han transcurrido dieciséis años, después de que Santa Marta transmitió el mensaje divino. Fortunata madre falleció hace siete años y medio. Cesáreo padre murió el año ´pasado, en medio de una borrachera de cuatro semanas. Juvenal sigue en su empeño de hacerse Pastor como lo indicó el mensaje. Está en lo que se llama segundo nivel de Teología Fundamental Básica. Es algo así como una tercera parte del recorrido que es necesario realizar. Quienes comenzaron con él (muchachos de diecisiete años en ese entonces), ya llevan más de seis años ejerciendo el Ministerio en diferentes municipios del país. Juvenal cumplió cincuenta y tres años el diez de febrero pasado. Ya está en lo que se llama el tercer nivel de Teología Fundamental Básica. Ha mejorado mucho. Ya no babea tanto. Sus cabeceos no son tan prolongados. Su flatulencia es menor que hace treinta años. El Obispo actual de la Diócesis Amaranto del Socorro Benjumea Isaza, fue compañero de clases de Juvenal. Ya, el padre Hermregildo ha superado dos fases en el proceso de canonización… Ya Villa Florida es una ciudad con dos rascacielos. Con un metro subterráneo. Ha contribuido con tres presidentes a la causa de sacar al país adelante. El día del sepelio de Juvenal Socarrás, a los setenta y cuatro años, el Obispo Maximiliano Alfonso Luján, dijo:” …de todas maneras fue y será un santo. Lo declaro sacerdote post mortem. En su memoria, todos los tres de marzo, de ahora en adelante, serán de festividad religiosa y de profundo recogimiento”.
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    36 Policarpa Moreno Anzoátegui,estuvo en Punta Agonía. El dos de marzo. Un día antes de conocer que su hijo, Pedro Ambrosio Arrequive Moreno, fuese declarado persona no grata. En Ciudad de La Cruz. El Concejo Municipal, por unanimidad, lo hizo. Habida cuenta de su participación en la Gran Marcha. Actividad convocada por las mujeres, un año atrás. Originalmente fue propuesta como “una avanzada en contra de los decretos promulgados por el señor alcalde Justiniano Candela San Martín”. Decretos que “coronaban el proceso de limpieza espiritual, iniciado por el gentilhombre Virgilio Piedecuesta Porras. Hombre al que le debemos lo que somos”. Y no era de poca monta su contenido. Ordenaba, entre otras cosas, rebautizar los parques públicos y los edificios que servían de asiento a las diferentes instancias gubernamentales. Por ejemplo, el parque situado en la calle catorce con carrera 24, ya no se llamaría Policarpa Salavarrieta. En adelante llevaría el nombre de Genaro de la Cruz Uribe Vélez. El parque situado al costado izquierdo de la Avenida Trinidad, ya no se llamaría Manuelita Sáenz. En adelante llevaría el nombre de Juan Custodio Piedecuesta Alvarado. La casa en donde funciona la Secretaría del Acción Social, deja de llamarse Aydeé Santamaría. Pasa a llamarse Laureano Gómez. Y, la casa que sirve a la alcaldía, deja de llamarse María Cano. Se llamaría, en adelante, Julio César Turbay Ayala. Y los preparativos duraron siete meses. Convocando a las mujeres. Aquí y allá. Con mensajes de invitación a todas las organizaciones de mujeres. A todas las organizaciones de padres y madres de familia de los colegios públicos y privados. A las organizaciones solidarias. A las organizaciones de madres de desparecidos y desaparecidas. Con sesiones previas. A campo abierto. Principalmente en Plaza Central. Con conciertos de canción y música libre. Con teatreros y teatreras. Callejeros (as) y de sala. Y Pedro Ambrosio fue nombrado coordinador de la Liga Masculina de Apoyo a la Gran Marcha. Y postuló actividades, involucrando a los homosexuales organizados o no. E inauguró el semanario “Mi otro yo, soy yo”. Y organizó el Festival de la Dignidad Homosexual. Y volcó todas sus fuerzas a reivindicar a Julián Valencia, su pareja. Porque este había sido expulsado del Colegio Hijos de María. Y, en fin…, avizoró la perspectiva libertaria de las mujeres. Y mandó a imprimir diez mil ejemplares de “La Declaración en contra del Autoritarismo Paterno. Policarpa, desde la distancia, el cuatro de marzo, se solidarizó con su hijo. Propuso la convocatoria a la Segunda Gran Marcha. Su cuerpo fue encontrado el ocho de marzo. Destrozado. Justo cuatro días después de haber sido declarada desaparecida. El diez de marzo, Justiniano Candela Sanmartín, se refugió en el Palacio Arzobispal; una vez conoció que había sido publicada una foto en la cual entregaba la recompensa respectiva al “Mono Claudio”, reconocido sicario de la región. Corría el primer año de la muerte de Policarpa Moreno Anzoátegui. Dicen que Valeria es la moza de Juvenal Cristancho. Para ser sincero, a mí nunca me caído bien ese man. Entre otras, porque yo sé que él fue el que preñó a mi hermana Iconoclastacia Siempre le he buscado la caída. Pero, por lo mismo que es policía encubierto, tiene tantas mañas para seguir viviendo, que nunca me ha dado papaya. Lo cierto es que Valeria está casada con Maximiliano Caín Valtierra, desde hace casi veinte años. Se ha conservado la hembra. Parece una muchacha de cuarenta y dos junios. Y, dicen los que saben, que se le nota en los ojos que es bien arrecha. Incluso, la apodan terremoto. Que hace sonar las tablas de cualquier cama. Ella vino a “La Ciudad de la Eterna Balacera”, desde Cali. Y que, antes del viejo Maximiliano y de su clandestino Juvenal, estuvo al lado de Pigmalión Sinisterra. Hombre bravo, dicen. Tanto que desafió al “divino Mancuso”, en su propio territorio. El mismo que dijo eso, dice que
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    conoció a laValeria, precisamente en un baile en una de las tarimas populares de la Feria de Cali. Y que, insisten, la preñó en el primer revolcón. Y que, como son las lenguas, la Valerita abortó, auxiliada por el Indio Amazónico que, por esos días estaba instalando una sucursal del templo que lleva su nombre en Bogotá. Pero, volviendo al cuento, Maximiliano Caín, no se dado por enterado. O, simplemente, no quiere hacerlo. Y lo entiendo, porque con ese policía como contrincante, más vale hacerse el pendejo. Ese día, cuando velaron a la Valeria en una de las salas de Jardines de la Eterna Adoración, el poli Juvenal, entregó un comunicado: “para todos los civiles y todas las civiles, que les quede bien claro que nunca he sido celoso. Pero me dio una putería muy grande, cuando llegué y la encontré con el Maximiliano. A ese lo deje ir, pero antes le corte los huevos”. 37 La vieja Julia se envalentonó. Como que se le subieron los billetes del baloto a la cabeza. No nos volvió a mirar, ni siquiera de soslayo. Ya sale con esos apestosos filipichines, que se la pasan dando visaje, en carros extremos. Ya se compró una casa, la más hermosa y grande del barrio. Se trastearon el domingo de ramos. Compró de todo: muebles, tres televisores pantalla plana de treinta y dos pulgadas; un sonido full; tres computadores HP portátiles. Dicen, además, que se compró como seiscientas mudas nuevas, incluidos zapatos y ropa interior. Se matriculó en la universidad Harvard made in Medellín. Está estudiando decorador de interiores y afines. Un trasto de carro grandote, tipo bronco, Ford, con vidrios ahumados y blindados. Se puso esos ganchos de moda, que llaman de ortodoncia. Todo hay que decirlo, se ve más fea de lo que es, pero lo brillan como al sujeto Pedro Navajas. Se fueron de vacaciones, todos y todas en familia, para Miami Beach y Punta Cana. Dicen que se compró un yate inmenso y piensa estrenarlo en el río Medellín; y de seguro que es así. Yo conozco bien a esa triscona. Si, cuando trabajaba por el mínimo en la maquila que queda cerca al hueco, decía que todos los días iba y venía en taxi; como será ahora con ese baloto encima. Y se consiguió un pirobo como novio. Dizque vive en Altos de Bocachica, entre Envigado y el Poblado. Claro que, aplicándole geografía a la cosa, esas señas dan más o menos aguatacala arriba, en donde hay unos pent-houses paper, o cartón que viene a ser lo mismo. Dejémonos de vainas, todo hay que decirlo, el man es bien pinta. Se da unos aires a Travolta, cuando joven. Doña Susanita (…le dicen la iguana), nos comentó que incrustó un jacuzzi en el segundo piso. Y que Julita se baña todos los días en un líquido que llaman leche de la mujer amada. Y que Ponciano, el papá, renunció a su trabajo de cartonero en tenche y se metió a inversionista. Dizque se mantiene leyendo la República; The Economist; Revista Dinero. Y que hace cábalas. Que aprendió la teoría combinatoria y la de probabilidades. Y que compró acciones de Ecopetrol y las mandó a laminar para mostrárselas a todos sus amigos. Que dio un aporte para que “El Poderoso DIM, volviera a comprar a Neider Morantes y para que le proponga a Romario que pase sus últimos días acá y para que tiente a Faustino Asprilla, diciéndole que todo y todas tenemos una segunda vida y que él puede hacerlo ya. Y que su hermano (ese hijueputa vendedor de cigarrillos baretos en el primer piso de la gobernación), está ahora en Manhattan-Tokio City, tramitando la venida de la plana mayor de los negociadores de los TLC, tejedores de embustes e ilusiones. Y que viaja en chárter casi todos los días, entre Europa y Estados Unidos. Que en Italia visitó a Berlusconi, invitándolo para que diserte en el Parque Juanes, acerca de “La valoración Ética de las Posibilidades de volver a Empezar”.
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    Y que, (…noslo contó el marica de Jacinto), la hermanita se mandó a destorcer los dientes a succionar la barriga; que compró dos juegos de pelucas (…yo si decía: a Tobita se le está cayendo el pelo). Que compró todos los videos de Vicente Fernández, de Darío Gómez y de los Tigres del Norte. Que ya apartó boleta para ir a verlos en octubre allá en Bogotá. Y que se mandó a recortar un poco la pechuga. Y que consiguió novio; un tal White Black Bush Simpson, que conoció cuando estuvo de paseo en Las Malvinas Que la mamá (…nos dijo Lucindo), se mandó a reversar la ligadura de trompas, dizque para probar un embarazo sin tantas penurias, como lo fueron los otros. Empezando porque fueron siete y solo hay tres vivos. Y que formó un club de bridge, similar al que conoció en London City, cuando estuvo con Ponciano en abril. Y que contrató a tres niñas para que le hagan los oficios en casa. Y que se levanta al 12 flat, para ver la seguidilla de telenovelas mejicanas en su TV pantalla plana y que está en su cuarto. Además, que ya no come sobrebarrida sudada, sino caviar importado desde Rusia; ya le aterran la sopa de menudencias y el mondongo. . Le caen mal y ella ya no está para soportar eso. ¡Oye Wenceslao ¡deja ya de hablar bobadas dormido. Andá donde misia Adela y decile que me preste dos huevos hasta mañana. 38 ¡Uy ¡que desaliento me da escuchar todos esos relatos. Construido por la Nana, sin ton ni son. Ella seguía impávida. Como si lo construido con esas palabras se aproximaba más y más a la condición de sujeta vinculada con” Las mil y una noches”. Como queriendo extender el tiempo, de tal manera que pudiese huir de la muerte al día siguiente. Cierto día, cuando la volví a perder. El mismo día en que dejé de ver a Belarmina. Estuve en lo del Negro Antonio. Había muerto, de repente, tres días atrás. Dizque Astaíza me estuvo buscando para informarme. Que él mismo agilizó los trámites para lanzar su cuerpo en el Mar Cenizo. Allá, casi en la mitad. Anduve mil caminos, recordando a mi tutor. Otros mil, recordando a la Nana. Y dos mil más, recordando a Benjamina. Y otros tres mil más, recordando a Isolda. Cualquier día, me encontraron muerto a la orilla izquierda de Río Crecido. Quienes me vieron no recordaban haberme visto vivo. Lo único que les permitió referenciarme, fue un tatuaje en mi frente. Todos exclamaron: ¡es el marido de la Nana. Ella nos contó cierto día, que había marcado a su hombre con un tatuaje símil de la Diosa de Mar Cenizo. Y pusieron en mi tumba un relato de la Nana. En este momento cualquiera, De un día como este, Siento venir tu voz, Veloz, ligera. Como diciéndome, aquí estoy, Pero sin estar ahí. Como cuando escuchaba la voz, En mis sueños, Esa voz no identificada,
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    Pero que erala tuya. Cuando soñaba Desde niño, Que llegaría un día, Como este, En el cual, sintiendo tu voz, Era como no sentirla, Porque no era conmigo con quien hablabas.