Ella, Zoraida, mujer ingrávida.
Todo lo que he dicho, se hará mal recuerdo. Triturado. Como lo que he sido, aun sin palabras.
Como hecho frío, digo ahora. Todo se me ha ido en juntar simples decires. Perdiéndose las voces
enhebradas. Sin, saber cómo, ha pasado el tiempo. Lo que sí sé es que la esperanza de ella y la
mía son, hoy por hoy, piezas desvencijadas. Por lo mismo que la ruta trazada, se fue diluyendo
hasta llegar a esa nada inapropiada. Como tejida en silencio. De cuerpo despojada. Solo un hilillo
tenue hoy nos acompaña. A ella por la vía de hechura incierta desde siempre. La mía como simple
voladura de ojos explayados en espacio fijo. Inusitado, por cierto.
Lo poco que tenemos, ahora, de memoria, ha sido cubierto por la gravedad de lo que tenemos
como pasado amado. Pero, a la vez, deshecho por la fuerza del viento rasante, pérfido. Y, ella y yo,
lo hicimos en día todavía. Antes de empezar la noche. Nos envolvimos como solo un cuerpo. Y
pasaron muchas horas de estar ahí, en esa trenza bulliciosa; por lo que iba acompañada de gritos.
De susurros embriagantes. Y, después, sintiendo el vaho del líquido grisáceo que surtimos como
fuentes de eterno gozo. Insensato; pero deseado y aplicado como unión de diosa y dios efímeros.
Una vez desanudamos el nudo que nos unió, empezamos otra vez con la tristeza. Prolongada en el
poco tiempo que teníamos. Antes de saltar la cuerda y pasar al otro lado esperado. Por ella y por
mí. Sabiendo, como en realidad así lo era, que habíamos de insinuar. De simular el otro camino
faltante. Tal vez para abusar del pasado hecho ya, remoto epígrafe, todavía inseguro.
En los pasos falsos que dimos, se retrató todo lo ingrato de nuestra vivencia. Una lucidez perdida.
No atinábamos, ya siquiera, a decirnos palabras coherentes. O, por lo menos, no de tanta untura
acicalada, torpemente engalanada. Y, esos entornos vistos, se convirtieron en mera algarabía
explayada. De momentos inocuos, aprisionados en la asfixiante brega de lo monótono, en veces,
indescifrado.
Siendo hoy, cualquier día de nombre. Lo mismo lunes, o martes, sábado. Nos volvimos a ver para
tratar de enfatizar en algo hablado benévolo. Llegó, ella, y yo después. Nos miramos de cuerpo
entero, erecto lo mío. Hendidura acezante, lo de ella. Y, sin mediar siquiera palabra alguna,
desenvaino la espada del dolor. Y me hirió en todo lo mío. Heridas duras, amplias, mortales. Y, mi
Zoraida, me habló una vez caído, yerto. Diciéndome lo mucho que fue sufrir, para ella, el peso de
mis desaires y olvidos. De cómo la había hecho vagar en sombras litigantes. Un ir y venir hechizo.
Sin alma, sin nada. Y, siendo más locuaz que antes, se deshizo en palabras. Para que fueran una
a una. Como tósigos imparables. Sin, siquiera expresar un insumo de bondad, ni nada.
Y la vi, desde mi nicho habitable. Siguió una huella no entendida. Y amplió sus pasos. Presurosos,
como tratando de alcanzar una morada. O una risa suelta. Se encontraron. Él, con su capa
aguamarina. Casi imperceptible. Ella, acezante, se abrazó a sus pies. Y exclamó con toda fuerza, en
delirio casi infinito; su manifiesto amor prístino. Llorando se hizo cuerpo erguido. Atesando el
cabello de Lucas, su amado desde que el mundo aprendió a dar vueltas. Y, él, inclemente, clavó su
daga en el pecho de Zoraida, mujer incierta.
Lo vi perderse en el horizonte, con ella izada, Como si su cuerpo no significara, siquiera una
levedad ingrávida. Y, yo, desde mi refugio lánguido, le dije adiós a él. Y una lágrima para Zoraida.
Mujer siempre por mi amada.

Sucesiones

  • 1.
    Ella, Zoraida, mujeringrávida. Todo lo que he dicho, se hará mal recuerdo. Triturado. Como lo que he sido, aun sin palabras. Como hecho frío, digo ahora. Todo se me ha ido en juntar simples decires. Perdiéndose las voces enhebradas. Sin, saber cómo, ha pasado el tiempo. Lo que sí sé es que la esperanza de ella y la mía son, hoy por hoy, piezas desvencijadas. Por lo mismo que la ruta trazada, se fue diluyendo hasta llegar a esa nada inapropiada. Como tejida en silencio. De cuerpo despojada. Solo un hilillo tenue hoy nos acompaña. A ella por la vía de hechura incierta desde siempre. La mía como simple voladura de ojos explayados en espacio fijo. Inusitado, por cierto. Lo poco que tenemos, ahora, de memoria, ha sido cubierto por la gravedad de lo que tenemos como pasado amado. Pero, a la vez, deshecho por la fuerza del viento rasante, pérfido. Y, ella y yo, lo hicimos en día todavía. Antes de empezar la noche. Nos envolvimos como solo un cuerpo. Y pasaron muchas horas de estar ahí, en esa trenza bulliciosa; por lo que iba acompañada de gritos. De susurros embriagantes. Y, después, sintiendo el vaho del líquido grisáceo que surtimos como fuentes de eterno gozo. Insensato; pero deseado y aplicado como unión de diosa y dios efímeros. Una vez desanudamos el nudo que nos unió, empezamos otra vez con la tristeza. Prolongada en el poco tiempo que teníamos. Antes de saltar la cuerda y pasar al otro lado esperado. Por ella y por mí. Sabiendo, como en realidad así lo era, que habíamos de insinuar. De simular el otro camino faltante. Tal vez para abusar del pasado hecho ya, remoto epígrafe, todavía inseguro. En los pasos falsos que dimos, se retrató todo lo ingrato de nuestra vivencia. Una lucidez perdida. No atinábamos, ya siquiera, a decirnos palabras coherentes. O, por lo menos, no de tanta untura acicalada, torpemente engalanada. Y, esos entornos vistos, se convirtieron en mera algarabía explayada. De momentos inocuos, aprisionados en la asfixiante brega de lo monótono, en veces, indescifrado. Siendo hoy, cualquier día de nombre. Lo mismo lunes, o martes, sábado. Nos volvimos a ver para tratar de enfatizar en algo hablado benévolo. Llegó, ella, y yo después. Nos miramos de cuerpo entero, erecto lo mío. Hendidura acezante, lo de ella. Y, sin mediar siquiera palabra alguna, desenvaino la espada del dolor. Y me hirió en todo lo mío. Heridas duras, amplias, mortales. Y, mi Zoraida, me habló una vez caído, yerto. Diciéndome lo mucho que fue sufrir, para ella, el peso de mis desaires y olvidos. De cómo la había hecho vagar en sombras litigantes. Un ir y venir hechizo. Sin alma, sin nada. Y, siendo más locuaz que antes, se deshizo en palabras. Para que fueran una a una. Como tósigos imparables. Sin, siquiera expresar un insumo de bondad, ni nada. Y la vi, desde mi nicho habitable. Siguió una huella no entendida. Y amplió sus pasos. Presurosos, como tratando de alcanzar una morada. O una risa suelta. Se encontraron. Él, con su capa aguamarina. Casi imperceptible. Ella, acezante, se abrazó a sus pies. Y exclamó con toda fuerza, en delirio casi infinito; su manifiesto amor prístino. Llorando se hizo cuerpo erguido. Atesando el cabello de Lucas, su amado desde que el mundo aprendió a dar vueltas. Y, él, inclemente, clavó su daga en el pecho de Zoraida, mujer incierta. Lo vi perderse en el horizonte, con ella izada, Como si su cuerpo no significara, siquiera una levedad ingrávida. Y, yo, desde mi refugio lánguido, le dije adiós a él. Y una lágrima para Zoraida. Mujer siempre por mi amada.