REVOLUCIÓN LIBERAL EN EL REINADO DE ISABEL II
Durante el reinado de Isabel II (1833-1868), se desarrolló en España el proceso de
revolución liberal. Igual que en gran parte de Europa occidental, en la primera mitad del siglo
XIX se destruyeron las formas económicas, las estructuras sociales y el poder absoluto que
habían caracterizado el Antiguo Régimen. El periodo empezó con una guerra civil entre
carlistas (absolutistas) e isabelinos (liberales), provocada por el conflicto dinástico que se inició
a la muerte de Fernando VII. El triunfo de los liberales, que a su vez se dividieron en
moderados y progresistas, hizo posible la transformación de la monarquía absoluta en una
monarquía constitucional y parlamentaria, así como la introducción de la libertad en el ámbito
económico. El control del sistema político mediante el sufragio censitario le correspondió a
una nueva clase dirigente, la burguesía agraria, que fue el principal apoyo del sistema político
liberal.
Con el establecimiento del Estado liberal surgieron las diferencias entre los mismos
liberales, dando origen a los partidos políticos. Por una parte, estaban los moderados y,
por otra, los progresistas. Ambos defendían el sistema político liberal, pero presentaban
profundas diferencias ideológicas. Los moderados defendían la soberanía compartida
entre las Cortes y el rey, unas Cortes bicamerales, con un Senado de nombramiento regio,
mayor poder para la corona, nombramiento de los alcaldes por el gobierno y un sufragio
censitario restringido que impedía el acceso de las clases populares a la política. En cuanto
a la base social, al liberalismo moderado se incorporó la antigua nobleza, que logró salvar
sus propiedades agrarias, y la nueva burguesía liberal (grandes comerciantes, industriales
y financieros), que también se hará terrateniente.
Los progresistas, la otra opción política, eran partidarios de un liberalismo más
amplio, defendían la soberanía nacional que residía exclusivamente en las Cortes, el
establecimiento de limitaciones al poder de la corona, la Milicia Nacional, ayuntamientos
electivos, amplio reconocimiento de derechos y libertades y un sufragio censitario más
amplio. El partido progresista se apoyaba en las clases medias y artesanos en las ciudades,
parte de la oficialidad del ejército y de los profesionales liberales.
Otro de los rasgos del sistema era la importante presencia del ejército en la vida política ya
que casi siempre los cambios de gobierno tuvieron su origen en pronunciamientos
militares. Así los generales Espartero, Narváez y O’Donnell desempeñaron un papel
determinante en los gobiernos de esta etapa.
1. LA GUERRA CARLISTA
Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833, y, como había quedado establecido
en su testamento, Mª Cristina se hace cargo de la regencia, ante la minoría de edad de Isabel.
Dos días después, el hermano del rey, Carlos María Isidro, reclamaba el trono desde Portugal.
En distintos puntos de España hubo levantamientos a favor de don Carlos. Se inicia así la
Primera Guerra Carlista (1833- 1839) que no era solo una guerra dinástica sino un
enfrentamiento entre los partidarios del Antiguo Régimen y los que querían convertir a España
en un estado liberal. La regente Mª Cristina, ante el apoyo de los absolutistas a la causa del
carlismo se vio obligada a buscar el apoyo de los liberales para defender los derechos al trono
de Isabel II.
En el plano ideológico, los carlistas eran partidarios del absolutismo monárquico, la
defensa de la religión y de los fueros que se identificaban con el Antiguo Régimen; esta
defensa foral arrastrará a las Provincias Vascas y a Navarra a la causa carlista. Desde el punto
de vista social dentro del carlismo se encontraban miembros del ejército, la mayor parte del
clero regular y del bajo clero secular, para quienes el liberalismo representaba la expropiación
y venta de sus bienes; parte de la nobleza y del campesinado, que coincidía mucho con los
sermones del clero en contra del liberalismo, cuyas normas beneficiaban a los propietarios y
empeoraban las condiciones de vida de los campesinos. Las zonas de mayor implantación
carlista fueron: Álava, Guipúzcoa, Vizcaya, Navarra, el Maestrazgo, el Pirineo catalán…
En el bando isabelino, contó con el apoyo de los liberales, integrados por parte de la
nobleza, del funcionariado y altas jerarquías de la Iglesia, altos mandos del ejército, burguesía
y profesiones liberales (abogados, médicos…) y las clases populares urbanas.
En resumen, el carlismo triunfó, sobre todo, en las zonas rurales, y especialmente en el
norte, País Vasco y Navarra, al considerarse amenazadas por el liberalismo uniformista y
centralizador, pero tuvo escaso arraigo entre las masas urbanas que rechazaban el
absolutismo.
En una primera fase de la guerra (1833-1835) destacan los triunfos carlistas hasta que
en 1835 el coronel carlista Zumalacárregui, el principal organizador del ejército carlista del
Norte, muere en el cerco de Bilbao, la única gran ciudad que estuvo a punto de caer en sus
manos, ya que su dominio se basaba, sobre todo, en el medio rural. También hubo partidas
carlistas en Cataluña, en la parte montañosa del norte, y en el Maestrazgo y el Bajo Aragón,
puestas bajo la dirección del militar Ramón Cabrera.
En la segunda fase (1835-1838) la guerra se inclinó hacia el bando liberal gracias a las
victorias de Espartero, a pesar de la expedición iniciada por Carlos Mª Isidro con la intención
de tomar Madrid, que finalmente fracasó. La debilidad de los carlistas propició la firma del
Convenio de Vergara (1839), entre el general carlista Maroto y el liberal Espartero, con el que
se ponía fin a la guerra. Los carlistas reconocían la derrota, pero conservaban sus grados
militares en el ejército de Isabel II, además, el gobierno se comprometía a tratar en las Cortes
el tema de los fueros en el País Vasco y en Navarra. El convenio no fue aceptado por don
Carlos, que cruzó la frontera con Francia (septiembre de 1839).
Las consecuencias más importantes de la guerra carlista fueron varias. En lo político la
monarquía, ávida de apoyos, se inclinó de manera definitiva hacia el liberalismo. En ese mismo
campo, los militares van a cobrar un gran protagonismo en la vida política y protagonizarán
frecuentes pronunciamientos. Por último, los gastos de la guerra forzaron la desamortización
de las tierras de la Iglesia.
A pesar de esta victoria inicial de los isabelinos, hubo otras dos Guerras Carlistas, una en la
Década Modera y la última ya en el Sexenio Democrático.
2. REGENCIA DE Mª CRISTINA
Durante la regencia de Mª Cristina (1833-1840), el estallido de la guerra carlista la
obligó a buscar el apoyo de los liberales. Por ello nombró un gobierno presidido por Martínez
de la Rosa, liberal moderado, al que se debe la promulgación del Estatuto Real (1834) que no
era una constitución sino una “carta otorgada” por la corona, no reconocía derechos
individuales ni la división de poderes, se limitaba a establecer un conjunto de reglas para
convocar unas Cortes. Pronto se vio que estas reformas eran insuficientes y los progresistas
protagonizaron una oleada de revueltas urbanas por todo el país. Ante esta situación, Mª
Cristina llamó a formar gobierno a un liberal progresista, Mendizábal. El nuevo gabinete de
Mendizábal (septiembre de 1835 a mayo de 1836) se formaba contando con una Hacienda
prácticamente sin fondos, y con una situación en la guerra favorable a los carlistas. Como vía
para obtener fondos para el conflicto, se aprobó la desamortización de bienes eclesiásticos del
clero regular, en febrero de 1836. Los desacuerdos de Mendizábal con la regente le llevaron a
dimitir y el nuevo gobierno volvió a aplicar medidas moderadas que de nuevo provocaron
levantamientos de signo progresista contra el gobierno. Estos culminaron el 12 de agosto de
1836 con el motín de los sargentos de La Granja, que obligó a la regente a restablecer la
Constitución de 1812 y a formar un nuevo gobierno con José María Calatrava al frente (agosto
de 1836–agosto de 1837) y Mendizábal en Hacienda. Es a partir de ahora cuando quedó
consolidada la división de los liberales entre un partido moderado y otro progresista, que era
el que subía al poder con Calatrava.
El programa del gobierno consistió en acabar con las instituciones del Antiguo
Régimen e implantar un régimen liberal con una monarquía constitucional. El proceso culminó
con la promulgación de la Constitución de 1837, muy breve frente a la de 1812 (77 artículos y
dos adicionales frente a los 384 de Cádiz). Fue aprobada con la idea de fijar un texto estable
que pudiera ser aceptado por progresistas y moderados. El nuevo texto reconocía la soberanía
nacional y los derechos individuales; establecía unas Cortes bicamerales, con un Congreso de
los Diputados elegido por sufragio censitario muy restringido y un Senado nombrado por el
rey.
Una vez aprobada la Constitución se convocaron elecciones en octubre de 1837 que
fueron ganadas por los moderados. Los gobiernos de esta etapa se vieron influidos por los dos
militares que estaban destinados a marcar el curso político de la historia de España en los
próximos años: Baldomero Fernández Espartero, que podía presentar sus éxitos en la guerra
carlista, se convirtió en cabeza de los progresistas y Ramón María Narváez de los moderados.
Tras el final de la guerra carlista el gobierno se propuso aprobar una ley de ayuntamientos
donde las diferencias entre progresistas y moderados eran muy fuertes. La aprobación de esta
ley provocó nuevas insurrecciones progresistas. La regente nombró a Espartero jefe de
gobierno, pero al no aceptar el programa del nuevo gobierno presentó su renuncia a la
regencia, marchando a Francia (octubre de 1840).
3. LA REGENCIA DE ESPARTERO (1840-1843)
Proclamado regente por las Cortes, los problemas para Espartero vinieron de su forma
de gobernar, muy personalista y en ocasiones autoritaria, apoyándose en sus amigos
personales, una camarilla de militares afines, alejándose, por el contrario, del sector
mayoritario del grupo progresista de las Cortes. El enfrentamiento, por tanto, entre las Cortes
y el gobierno, ambos progresistas, podía terminar facilitando la vuelta al poder a los
moderados, como, al final, así fue.
La adopción de medidas librecambistas, perjudiciales para la industria textil catalana,
provocó una insurrección en Barcelona a la que Espartero respondió con el bombardeo de la
ciudad. Este grave incidente redujo los apoyos que recibía el regente. Se puso en marcha un
movimiento conspirativo, con levantamientos armados por buena parte de España, al que se
unieron los moderados, liderados por su líder militar Ramón María Narváez. Espartero, sin
apoyos, terminó abandonando el país rumbo a Londres. Para evitar disputas por la regencia,
en noviembre las Cortes adelantaron la mayoría de edad de Isabel (contaba con 13 años) y la
proclamaron reina.
4. LA DÉCADA MODERADA (1844-1854)
Tras la proclamación de la mayoría de edad de Isabel II, se inició un periodo de
gobiernos moderados que se prolongó durante 10 años. Las elecciones de 1844 dieron la
mayoría a los moderados que formaron un gobierno presidido por Narváez. Este gobierno
aplicó una política basada en los principios del liberalismo moderado y llevaron a cabo una
dura represión contra los progresistas, muchos de los cuales se exiliaron. La corona se mostró
siempre partidaria de los moderados.
Resultado de la aplicación de esta política es la aprobación de la Constitución de 1845
que recogió las ideas básicas del moderantismo: soberanía compartida de las Cortes con el
rey, ampliación del poder del rey, sufragio censitario muy limitado, control del gobierno
central sobre los Ayuntamientos y exclusividad de la religión católica. Las leyes posteriores
recortaron las libertades, como por ejemplo la de prensa.
Los moderados intentaron también mejorar sus relaciones con la Iglesia que se había
mostrado contraria al liberalismo, sobre todo a raíz de la desamortización. En 1851 se firmó un
Concordato con la Santa Sede por el que esta reconocía a Isabel II y aceptaba la
desamortización a cambio de que el Estado se comprometiera al sostenimiento económico del
clero, y se establecía el catolicismo como religión oficial.
Otras medidas adoptadas por los moderados estuvieron encaminadas a consolidar la
estructura del Estado liberal bajo los principios del centralismo y la uniformidad. En este
sentido hay que citar:
- La reforma fiscal para aumentar los ingresos de Hacienda a través de los impuestos
directos basados en la propiedad. También se establecieron impuestos indirectos sobre
determinados productos, los “consumos” que suscitaban un fuerte rechazo popular (Ley Mon-
Santillán)
- Unificación legislativa con la elaboración del Código Penal y un proyecto de Código
Civil, que se aprobará más tarde.
- Control de la corona sobre los municipios a través de Ley de Administración Local.
- Sistema nacional de instrucción pública.
- Creación de la Guardia Civil para mantener el orden público, sobre todo en el medio
rural.
Los gobiernos moderados no consiguieron dar estabilidad política al Estado y
evolucionaron hacia formas autoritarias, gobernando al margen de las Cortes. Esta situación
supuso una ruptura entre los moderados y aumentó el descontento de amplios sectores
sociales, lo que permitió que, tras una nueva intervención del ejército (1854), los progresistas
llegaran al poder, poniendo fin a la Década Moderada.
5. EL BIENIO PROGRESISTA (1854-1856)
El autoritarismo del gobierno moderado comportó el levantamiento de los progresistas
con el apoyo de los demócratas (partido en el que se aglutinaban los sectores más avanzados
de los progresistas que defendían el sufragio universal y la ampliación de libertadas). En junio
de 1854 tuvo lugar el pronunciamiento de Vicálvaro o Vicalvarada al frente del cual se situó el
general O’Donnell, moderado descontento, que fundó un nuevo partido, la Unión Liberal,
como una opción centrista entre los dos partidos clásicos. Los sublevados elaboraron el
Manifiesto de Manzanares en el que proponían medidas progresistas y que favoreció la
adhesión de diversos jefes militares y produjo levantamientos populares en diversas ciudades.
La presidencia recayó de nuevo en Espartero. El nuevo gobierno intentó restaurar los
principios del progresismo y preparó una nueva Constitución (1856) que no llegó a ser
promulgada. Las medidas más importantes fueron las encaminadas a aplicar un plan de
reformas económicas que defendía los intereses de la burguesía urbana y las clases medias.
Entre estas medidas destaca la desamortización de Madoz (1855) que afectó especialmente a
las tierras de los municipios. Otra ley fundamental fue la Ley General de Ferrocarriles (1855)
que logró dar un gran impulso a la construcción del ferrocarril, con la llegada de inversores
extranjeros.
A pesar de estas medidas modernizadoras la situación de obreros y campesinos no
mejoró por lo que siguieron produciéndose huelgas y levantamientos campesinos, lo que
supone la irrupción del movimiento obrero en la escena política. Las discrepancias dentro del
gobierno sobre cómo afrontar estas revueltas provocó la dimisión de Espartero. La reina
encargó la formación de gobierno a O’Donnell, que reprimió duramente las protestas. Se puso
fin así al Bienio Progresista.
6. LA DESCOMPOSICIÓN DEL SISTEMA ISABELINO (1856-1868)
El periodo que transcurre entre 1856 y 1868 estuvo dominado por la alternancia en el poder
de unionistas y moderados. Tras una etapa inicial en la que los gobiernos se suceden con gran
rapidez, en 1858 se forma un nuevo gobierno liderado por O’Donnell que logró una etapa de
estabilidad política interior, “gobierno largo” (1858-1863) de la Unión Liberal, acompañada
por la prosperidad económica gracias a la construcción del ferrocarril, el desarrollo de la
industria textil catalana y la venta de bienes desamortizados. Una de las actuaciones más
relevantes fue su política exterior activa para recuperar el prestigio internacional. De esta,
destacan las campañas militares en Marruecos que tuvieron lugar para proteger Ceuta de los
ataques marroquíes. Se logró la ampliación de la plaza de Ceuta. En esta guerra adquirió gran
prestigio el general Prim.
A partir de 1863 se rompió la estabilidad anterior y finalmente O’Donnell dimitió y la
reina entregó el poder a los moderados, lo que supuso el retorno de Narváez al poder. A la
crisis final del reinado contribuyó la misma corona, empeñada en contar sólo con gobiernos
moderados, o bien presididos por O’Donnell, lo que anulaba los fundamentos del sistema
liberal. A los progresistas, presididos por Prim, totalmente marginados del juego político, sólo
les quedaba la vía de la conspiración, lo que suponía tomar el poder por la fuerza. Los
moderados gobernaron de forma autoritaria al margen de las Cortes, manteniendo una fuerte
represión contra sus opositores. Como reacción a esta política, se produjo la sublevación del
cuartel de San Gil, con el apoyo de progresistas y demócratas. Esta insurrección fracasó y fue
duramente reprimida, lo que hizo que los unionistas se acercaran a los progresistas y el propio
O’Donnell, apartado del gobierno, se exilió a Gran Bretaña.
Mientras, en agosto de 1866, la oposición de progresistas y demócratas, en el exilio,
firmaba el pacto de Ostende (Bélgica) con el propósito de unir fuerzas para conseguir
destronar a Isabel II y convocar unas Cortes constituyentes elegidas por sufragio universal,
encargadas de decidir el tipo de gobierno que debía tener el país. Tras la muerte de O’Donnell
(noviembre de 1867), los unionistas, ahora bajo la dirección del general Serrano, se unían al
pacto, junto con buena parte del ejército. Toda esta situación acabó por conducir a una
sublevación, que estalla en septiembre de 1868. Denominada por sus protagonistas “la
Gloriosa”, al triunfar ésta trajo consigo la caída de Isabel II, que salió de España hacia París, y la
apertura en nuestra historia de una nueva etapa política de signo democrático, que iba más
allá del liberalismo.

10. isabel ii

  • 1.
    REVOLUCIÓN LIBERAL ENEL REINADO DE ISABEL II Durante el reinado de Isabel II (1833-1868), se desarrolló en España el proceso de revolución liberal. Igual que en gran parte de Europa occidental, en la primera mitad del siglo XIX se destruyeron las formas económicas, las estructuras sociales y el poder absoluto que habían caracterizado el Antiguo Régimen. El periodo empezó con una guerra civil entre carlistas (absolutistas) e isabelinos (liberales), provocada por el conflicto dinástico que se inició a la muerte de Fernando VII. El triunfo de los liberales, que a su vez se dividieron en moderados y progresistas, hizo posible la transformación de la monarquía absoluta en una monarquía constitucional y parlamentaria, así como la introducción de la libertad en el ámbito económico. El control del sistema político mediante el sufragio censitario le correspondió a una nueva clase dirigente, la burguesía agraria, que fue el principal apoyo del sistema político liberal. Con el establecimiento del Estado liberal surgieron las diferencias entre los mismos liberales, dando origen a los partidos políticos. Por una parte, estaban los moderados y, por otra, los progresistas. Ambos defendían el sistema político liberal, pero presentaban profundas diferencias ideológicas. Los moderados defendían la soberanía compartida entre las Cortes y el rey, unas Cortes bicamerales, con un Senado de nombramiento regio, mayor poder para la corona, nombramiento de los alcaldes por el gobierno y un sufragio censitario restringido que impedía el acceso de las clases populares a la política. En cuanto a la base social, al liberalismo moderado se incorporó la antigua nobleza, que logró salvar sus propiedades agrarias, y la nueva burguesía liberal (grandes comerciantes, industriales y financieros), que también se hará terrateniente. Los progresistas, la otra opción política, eran partidarios de un liberalismo más amplio, defendían la soberanía nacional que residía exclusivamente en las Cortes, el establecimiento de limitaciones al poder de la corona, la Milicia Nacional, ayuntamientos electivos, amplio reconocimiento de derechos y libertades y un sufragio censitario más amplio. El partido progresista se apoyaba en las clases medias y artesanos en las ciudades, parte de la oficialidad del ejército y de los profesionales liberales. Otro de los rasgos del sistema era la importante presencia del ejército en la vida política ya que casi siempre los cambios de gobierno tuvieron su origen en pronunciamientos militares. Así los generales Espartero, Narváez y O’Donnell desempeñaron un papel determinante en los gobiernos de esta etapa. 1. LA GUERRA CARLISTA Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833, y, como había quedado establecido en su testamento, Mª Cristina se hace cargo de la regencia, ante la minoría de edad de Isabel. Dos días después, el hermano del rey, Carlos María Isidro, reclamaba el trono desde Portugal. En distintos puntos de España hubo levantamientos a favor de don Carlos. Se inicia así la Primera Guerra Carlista (1833- 1839) que no era solo una guerra dinástica sino un enfrentamiento entre los partidarios del Antiguo Régimen y los que querían convertir a España en un estado liberal. La regente Mª Cristina, ante el apoyo de los absolutistas a la causa del carlismo se vio obligada a buscar el apoyo de los liberales para defender los derechos al trono de Isabel II.
  • 2.
    En el planoideológico, los carlistas eran partidarios del absolutismo monárquico, la defensa de la religión y de los fueros que se identificaban con el Antiguo Régimen; esta defensa foral arrastrará a las Provincias Vascas y a Navarra a la causa carlista. Desde el punto de vista social dentro del carlismo se encontraban miembros del ejército, la mayor parte del clero regular y del bajo clero secular, para quienes el liberalismo representaba la expropiación y venta de sus bienes; parte de la nobleza y del campesinado, que coincidía mucho con los sermones del clero en contra del liberalismo, cuyas normas beneficiaban a los propietarios y empeoraban las condiciones de vida de los campesinos. Las zonas de mayor implantación carlista fueron: Álava, Guipúzcoa, Vizcaya, Navarra, el Maestrazgo, el Pirineo catalán… En el bando isabelino, contó con el apoyo de los liberales, integrados por parte de la nobleza, del funcionariado y altas jerarquías de la Iglesia, altos mandos del ejército, burguesía y profesiones liberales (abogados, médicos…) y las clases populares urbanas. En resumen, el carlismo triunfó, sobre todo, en las zonas rurales, y especialmente en el norte, País Vasco y Navarra, al considerarse amenazadas por el liberalismo uniformista y centralizador, pero tuvo escaso arraigo entre las masas urbanas que rechazaban el absolutismo.
  • 3.
    En una primerafase de la guerra (1833-1835) destacan los triunfos carlistas hasta que en 1835 el coronel carlista Zumalacárregui, el principal organizador del ejército carlista del Norte, muere en el cerco de Bilbao, la única gran ciudad que estuvo a punto de caer en sus manos, ya que su dominio se basaba, sobre todo, en el medio rural. También hubo partidas carlistas en Cataluña, en la parte montañosa del norte, y en el Maestrazgo y el Bajo Aragón, puestas bajo la dirección del militar Ramón Cabrera. En la segunda fase (1835-1838) la guerra se inclinó hacia el bando liberal gracias a las victorias de Espartero, a pesar de la expedición iniciada por Carlos Mª Isidro con la intención de tomar Madrid, que finalmente fracasó. La debilidad de los carlistas propició la firma del Convenio de Vergara (1839), entre el general carlista Maroto y el liberal Espartero, con el que se ponía fin a la guerra. Los carlistas reconocían la derrota, pero conservaban sus grados militares en el ejército de Isabel II, además, el gobierno se comprometía a tratar en las Cortes el tema de los fueros en el País Vasco y en Navarra. El convenio no fue aceptado por don Carlos, que cruzó la frontera con Francia (septiembre de 1839). Las consecuencias más importantes de la guerra carlista fueron varias. En lo político la monarquía, ávida de apoyos, se inclinó de manera definitiva hacia el liberalismo. En ese mismo campo, los militares van a cobrar un gran protagonismo en la vida política y protagonizarán frecuentes pronunciamientos. Por último, los gastos de la guerra forzaron la desamortización de las tierras de la Iglesia. A pesar de esta victoria inicial de los isabelinos, hubo otras dos Guerras Carlistas, una en la Década Modera y la última ya en el Sexenio Democrático. 2. REGENCIA DE Mª CRISTINA Durante la regencia de Mª Cristina (1833-1840), el estallido de la guerra carlista la obligó a buscar el apoyo de los liberales. Por ello nombró un gobierno presidido por Martínez de la Rosa, liberal moderado, al que se debe la promulgación del Estatuto Real (1834) que no era una constitución sino una “carta otorgada” por la corona, no reconocía derechos individuales ni la división de poderes, se limitaba a establecer un conjunto de reglas para convocar unas Cortes. Pronto se vio que estas reformas eran insuficientes y los progresistas protagonizaron una oleada de revueltas urbanas por todo el país. Ante esta situación, Mª Cristina llamó a formar gobierno a un liberal progresista, Mendizábal. El nuevo gabinete de Mendizábal (septiembre de 1835 a mayo de 1836) se formaba contando con una Hacienda prácticamente sin fondos, y con una situación en la guerra favorable a los carlistas. Como vía para obtener fondos para el conflicto, se aprobó la desamortización de bienes eclesiásticos del clero regular, en febrero de 1836. Los desacuerdos de Mendizábal con la regente le llevaron a dimitir y el nuevo gobierno volvió a aplicar medidas moderadas que de nuevo provocaron levantamientos de signo progresista contra el gobierno. Estos culminaron el 12 de agosto de 1836 con el motín de los sargentos de La Granja, que obligó a la regente a restablecer la Constitución de 1812 y a formar un nuevo gobierno con José María Calatrava al frente (agosto de 1836–agosto de 1837) y Mendizábal en Hacienda. Es a partir de ahora cuando quedó consolidada la división de los liberales entre un partido moderado y otro progresista, que era el que subía al poder con Calatrava. El programa del gobierno consistió en acabar con las instituciones del Antiguo Régimen e implantar un régimen liberal con una monarquía constitucional. El proceso culminó con la promulgación de la Constitución de 1837, muy breve frente a la de 1812 (77 artículos y
  • 4.
    dos adicionales frentea los 384 de Cádiz). Fue aprobada con la idea de fijar un texto estable que pudiera ser aceptado por progresistas y moderados. El nuevo texto reconocía la soberanía nacional y los derechos individuales; establecía unas Cortes bicamerales, con un Congreso de los Diputados elegido por sufragio censitario muy restringido y un Senado nombrado por el rey. Una vez aprobada la Constitución se convocaron elecciones en octubre de 1837 que fueron ganadas por los moderados. Los gobiernos de esta etapa se vieron influidos por los dos militares que estaban destinados a marcar el curso político de la historia de España en los próximos años: Baldomero Fernández Espartero, que podía presentar sus éxitos en la guerra carlista, se convirtió en cabeza de los progresistas y Ramón María Narváez de los moderados. Tras el final de la guerra carlista el gobierno se propuso aprobar una ley de ayuntamientos donde las diferencias entre progresistas y moderados eran muy fuertes. La aprobación de esta ley provocó nuevas insurrecciones progresistas. La regente nombró a Espartero jefe de gobierno, pero al no aceptar el programa del nuevo gobierno presentó su renuncia a la regencia, marchando a Francia (octubre de 1840). 3. LA REGENCIA DE ESPARTERO (1840-1843)
  • 5.
    Proclamado regente porlas Cortes, los problemas para Espartero vinieron de su forma de gobernar, muy personalista y en ocasiones autoritaria, apoyándose en sus amigos personales, una camarilla de militares afines, alejándose, por el contrario, del sector mayoritario del grupo progresista de las Cortes. El enfrentamiento, por tanto, entre las Cortes y el gobierno, ambos progresistas, podía terminar facilitando la vuelta al poder a los moderados, como, al final, así fue. La adopción de medidas librecambistas, perjudiciales para la industria textil catalana, provocó una insurrección en Barcelona a la que Espartero respondió con el bombardeo de la ciudad. Este grave incidente redujo los apoyos que recibía el regente. Se puso en marcha un movimiento conspirativo, con levantamientos armados por buena parte de España, al que se unieron los moderados, liderados por su líder militar Ramón María Narváez. Espartero, sin apoyos, terminó abandonando el país rumbo a Londres. Para evitar disputas por la regencia, en noviembre las Cortes adelantaron la mayoría de edad de Isabel (contaba con 13 años) y la proclamaron reina. 4. LA DÉCADA MODERADA (1844-1854) Tras la proclamación de la mayoría de edad de Isabel II, se inició un periodo de gobiernos moderados que se prolongó durante 10 años. Las elecciones de 1844 dieron la mayoría a los moderados que formaron un gobierno presidido por Narváez. Este gobierno aplicó una política basada en los principios del liberalismo moderado y llevaron a cabo una dura represión contra los progresistas, muchos de los cuales se exiliaron. La corona se mostró siempre partidaria de los moderados. Resultado de la aplicación de esta política es la aprobación de la Constitución de 1845 que recogió las ideas básicas del moderantismo: soberanía compartida de las Cortes con el rey, ampliación del poder del rey, sufragio censitario muy limitado, control del gobierno central sobre los Ayuntamientos y exclusividad de la religión católica. Las leyes posteriores recortaron las libertades, como por ejemplo la de prensa. Los moderados intentaron también mejorar sus relaciones con la Iglesia que se había mostrado contraria al liberalismo, sobre todo a raíz de la desamortización. En 1851 se firmó un Concordato con la Santa Sede por el que esta reconocía a Isabel II y aceptaba la desamortización a cambio de que el Estado se comprometiera al sostenimiento económico del clero, y se establecía el catolicismo como religión oficial. Otras medidas adoptadas por los moderados estuvieron encaminadas a consolidar la estructura del Estado liberal bajo los principios del centralismo y la uniformidad. En este sentido hay que citar: - La reforma fiscal para aumentar los ingresos de Hacienda a través de los impuestos directos basados en la propiedad. También se establecieron impuestos indirectos sobre determinados productos, los “consumos” que suscitaban un fuerte rechazo popular (Ley Mon- Santillán) - Unificación legislativa con la elaboración del Código Penal y un proyecto de Código Civil, que se aprobará más tarde. - Control de la corona sobre los municipios a través de Ley de Administración Local. - Sistema nacional de instrucción pública. - Creación de la Guardia Civil para mantener el orden público, sobre todo en el medio rural.
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    Los gobiernos moderadosno consiguieron dar estabilidad política al Estado y evolucionaron hacia formas autoritarias, gobernando al margen de las Cortes. Esta situación supuso una ruptura entre los moderados y aumentó el descontento de amplios sectores sociales, lo que permitió que, tras una nueva intervención del ejército (1854), los progresistas llegaran al poder, poniendo fin a la Década Moderada. 5. EL BIENIO PROGRESISTA (1854-1856) El autoritarismo del gobierno moderado comportó el levantamiento de los progresistas con el apoyo de los demócratas (partido en el que se aglutinaban los sectores más avanzados de los progresistas que defendían el sufragio universal y la ampliación de libertadas). En junio de 1854 tuvo lugar el pronunciamiento de Vicálvaro o Vicalvarada al frente del cual se situó el general O’Donnell, moderado descontento, que fundó un nuevo partido, la Unión Liberal, como una opción centrista entre los dos partidos clásicos. Los sublevados elaboraron el Manifiesto de Manzanares en el que proponían medidas progresistas y que favoreció la adhesión de diversos jefes militares y produjo levantamientos populares en diversas ciudades. La presidencia recayó de nuevo en Espartero. El nuevo gobierno intentó restaurar los principios del progresismo y preparó una nueva Constitución (1856) que no llegó a ser promulgada. Las medidas más importantes fueron las encaminadas a aplicar un plan de reformas económicas que defendía los intereses de la burguesía urbana y las clases medias. Entre estas medidas destaca la desamortización de Madoz (1855) que afectó especialmente a las tierras de los municipios. Otra ley fundamental fue la Ley General de Ferrocarriles (1855) que logró dar un gran impulso a la construcción del ferrocarril, con la llegada de inversores extranjeros. A pesar de estas medidas modernizadoras la situación de obreros y campesinos no mejoró por lo que siguieron produciéndose huelgas y levantamientos campesinos, lo que supone la irrupción del movimiento obrero en la escena política. Las discrepancias dentro del gobierno sobre cómo afrontar estas revueltas provocó la dimisión de Espartero. La reina encargó la formación de gobierno a O’Donnell, que reprimió duramente las protestas. Se puso fin así al Bienio Progresista. 6. LA DESCOMPOSICIÓN DEL SISTEMA ISABELINO (1856-1868) El periodo que transcurre entre 1856 y 1868 estuvo dominado por la alternancia en el poder de unionistas y moderados. Tras una etapa inicial en la que los gobiernos se suceden con gran rapidez, en 1858 se forma un nuevo gobierno liderado por O’Donnell que logró una etapa de estabilidad política interior, “gobierno largo” (1858-1863) de la Unión Liberal, acompañada por la prosperidad económica gracias a la construcción del ferrocarril, el desarrollo de la industria textil catalana y la venta de bienes desamortizados. Una de las actuaciones más relevantes fue su política exterior activa para recuperar el prestigio internacional. De esta, destacan las campañas militares en Marruecos que tuvieron lugar para proteger Ceuta de los ataques marroquíes. Se logró la ampliación de la plaza de Ceuta. En esta guerra adquirió gran prestigio el general Prim. A partir de 1863 se rompió la estabilidad anterior y finalmente O’Donnell dimitió y la reina entregó el poder a los moderados, lo que supuso el retorno de Narváez al poder. A la crisis final del reinado contribuyó la misma corona, empeñada en contar sólo con gobiernos moderados, o bien presididos por O’Donnell, lo que anulaba los fundamentos del sistema
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    liberal. A losprogresistas, presididos por Prim, totalmente marginados del juego político, sólo les quedaba la vía de la conspiración, lo que suponía tomar el poder por la fuerza. Los moderados gobernaron de forma autoritaria al margen de las Cortes, manteniendo una fuerte represión contra sus opositores. Como reacción a esta política, se produjo la sublevación del cuartel de San Gil, con el apoyo de progresistas y demócratas. Esta insurrección fracasó y fue duramente reprimida, lo que hizo que los unionistas se acercaran a los progresistas y el propio O’Donnell, apartado del gobierno, se exilió a Gran Bretaña. Mientras, en agosto de 1866, la oposición de progresistas y demócratas, en el exilio, firmaba el pacto de Ostende (Bélgica) con el propósito de unir fuerzas para conseguir destronar a Isabel II y convocar unas Cortes constituyentes elegidas por sufragio universal, encargadas de decidir el tipo de gobierno que debía tener el país. Tras la muerte de O’Donnell (noviembre de 1867), los unionistas, ahora bajo la dirección del general Serrano, se unían al pacto, junto con buena parte del ejército. Toda esta situación acabó por conducir a una sublevación, que estalla en septiembre de 1868. Denominada por sus protagonistas “la Gloriosa”, al triunfar ésta trajo consigo la caída de Isabel II, que salió de España hacia París, y la apertura en nuestra historia de una nueva etapa política de signo democrático, que iba más allá del liberalismo.