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E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

1 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

LA BRASA.

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Madrugada de un día cualquiera. El bosque invitaba a resguardarse del frío, pero la tierra bajo sus pies iba aumentando de
temperatura.

Las llamas se extendían con rapidez por el poblado, amenazando con calcinar todo lo que cogiera a su paso, pero ella no
tenía tiempo de pensar. Había perdido toda noción de espacio y tiempo. Tan sólo se concentraba en evadirse mentalmente
del cruel castigo al que estaba siendo sometida, mientras sentía la cálida humedad resbalando sobre su piel a medida que se
abrían sus heridas, para luego dejar paso a un intenso frío y un dolor aún mayor. Sus manos se asían fuertemente contra las
sogas por las que estaba atrapada y un gesto retorcido parecía haberse apoderado de su rostro en un intento desesperado
por dejar a un lado el sufrimiento que esos cerdos le estaban proporcionando. De ninguna manera les daría la satisfacción de
verla gemir, aunque muriera en el intento. Más golpes de látigo, más dolor..., sin darse cuenta cayó en un estado de
seminsconciencia. Ya sólo percibía de lejos el estallido de los látigos contra su piel desnuda, herida, sangrante... y terminó
todo, Por último cayó en un sueño profundo, ... un descanso ... ¡al fin!

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—¡¡¡Dios mío, Trebor!!! ¡Sólo es una cría! ¿Qué clase de inhumano pudo llegar a hacer semejante barbarie? —La mujer,
apesadumbrada se acercó a la chica semidesnuda amarrada de pies y manos, con el cuerpo estirado en dirección a dos
troncos que se erguían a cada lado de la muchacha.

Trebor era un hombre que había vivido demasiado, ...tantas situaciones sin sentido..., tanta injusticia. Miró a la chica,  sin
entender por qué sus agresores la dejaron allí, mientras no quedaba nadie más ¿Qué querían demostrar con ello?.

—Será mejor que la bajemos, al menos le daremos una despedida entre los nuestros, será lo único que podamos hacer aquí.
—Su voz sonaba baja, dolida, mientras giraba a su alrededor en un fracasado intento de rescatar algo más del lugar que
despedía un fuerte olor a tea calcinada. Poca resina quedaba ya de los árboles cercanos a una aldea de la que sólo
permanecía el recuerdo. No quedaba nada, ni una sola cabaña, todo arrasado... Pensando estaba cuando la voz aguda de su
compañera le sobresaltó, dando un respingo.
—¡¡Trebor, respira!! ¡La niña respira! —Helen empezó a desatarla con desesperación y a ello se unió el hombre de barba
blanca, haciéndola detenerse en su deseperados esfuerzos. Alzando el brazo hacia su hombro le indicó que tuviese más
cuidado. Aunque hubiera algún indicio de vida, las probabilidades de que siguiera adelante eran remotas, muy a su pesar.

La muchacha gimió como respuesta al movimiento, pero pronto dejó de emitir sonido alguno. Una vez en el suelo, Helen
corrió a la parte trasera de la carreta en busca de unas mantas, las trajo y envolvió el cuerpo de la joven con el fin de darle
algo de calor. Era difícil calcular cuánto tiempo habría estado amarrada, expuesta al aire y herida, pero lo que si era cierto
es que quizás había pasado demasiado, pues su cuerpo estaba muy frio, algo contradictorio al calor que emitía la tierra bajo
sus pies.
El hombre se puso en movimiento rapidamente, levantando el cuerpo con bastante facilidad, a pesar de la edad. Su físico,
imponente, medía más de metro ochenta y su torso ancho dejaba entrever muchos años de sacrificio dedicados a trabajar la
tierra. Sus manos, grandes y callosas, rodeaban el cuerpo debilitado e inerte con una delicadeza inusual. Aunque era
evidente el mal estado que presentaba, pensó que la joven era preciosa, y, no sabría explicarlo, pero de alguna manera le
era familiar.
—Pónla aquí, sobre la paja. Yo iré detrás, con ella, ¿vale?... al menos le daré algo de calor.

La muchacha quedó así, extendida en la parte trasera del carruaje, con la mujer casi sobre ella, acariciando su cabello,
estudiando detenidamente el rostro de la joven. Calculó que tendría dieciocho inviernos, quizá algo más; era difícil saberlo.
El pelo, desaliñado, era largo, negro como la noche. Su tez morena, revelaba que no era una chica de casa, sino una
trabajadora más del campo. Le impresionó un poco lo oscura que se mostraba su piel en otros lugares del cuerpo, no
expuestos con normalidad. Era muy alta, casi tanto como Trebor, lo que podría dar una idea sobre su origen sajón nórdico,
quizá del norte de Normandía... pero el moreno... Dejó sus pensamientos atrás. De todos modos, qué importa de dónde sea,
lo importante es que la habían encontrado y debían llegar pronto a su aldea para poder atenderla, aunque, como su esposo,
pensaba que eso quizá fuera inútil. La joven realmente estaba mal, respiraba lentamente, mostraba magulladuras en sus
largas piernas, la ropa hecha jirones desvelaba una gran cantidad de heridas producidas por látigos y palos, y la entrepierna
no tenía mejor aspecto que el resto. "Será dificil", pensó. Sus agresores, quien quiera que fuesen, habían hecho un trabajo
atroz con ella.
El carruaje vibraba demasiado, por lo que Trebor decidió ir más despacio. (¡Calma chico!, si sigues así la rematarás).
Pensaba mientras sujetaba las riendas fuertemente, apostando su mano a que sabía quiénes eran los autores de la atrocidad
del pequeño poblado, que antaño se mostraba próspero y lleno de vida, y que ahora no era más que un trozo de terreno
muerto sobre el que la vida se lo pensaría dos veces antes de posarse nuevamente, (¡Dios!, Será una imagen dificil de
olvidar para mí, ¡cuánto más para la muchacha, que ha tenido que vivir todo eso!).
Casi una hora había pasado desde que se adentraron por los serpenteantes caminos del bosque. Entonces se encontraron de
frente con una vereda más estrecha que se bifurcaba en dos caminos. Uno de ellos les llevaría a la cabaña de Merón, un
curandero temido por todos, aunque no por Trebor, que lo conocía y lo consideraba un amigo muchos años atrás, antes de
llegar a la aldea donde viera por primera vez a su amada.
Decidió que sería más prudente parar en la cabaña antes de continuar el viaje, aun sabiendo que Helen no se mostraría de
acuerdo. La mujer era una de las personas temerosas de semejante personaje. Aunque su esposa esta vez no dijo nada. Tal
cual se encontraba la muchacha, cuanto antes se acabara el vaivén del carruaje, mejor.

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La cabaña estaba escondida entre el follaje, que en el interior del denso bosque de abedules y píceas era de un tamaño
descomunal. Trebor se apeó de la carreta con una agilidad asombrosa y se apresuró a tocar en la puerta de la choza. Antes
de que lo hiciera se abrió, saliendo de ella un hombre raquítico, con una barba negra y unos ojos que brillaron al encontrarse
con los de su amigo. Al verlo, Helen no pudo evitar que un escalofrío la recorriese, algo que aumentaría con la voz profunda
del curandero. "Te esperaba, llevo rato intuyendo, ¿es esa la chica?"

—Sí. —Trebor hacía mucho tiempo que dejó de preguntarse cómo su amigo era capaz de conocer el futuro más cercano en
momentos críticos. Seguiría siendo un misterio para él. Merón se limitaba a decir que lo descubría "intuyendo. —Éntrala,
parece medio muerta. —dijo al acercarse por primera vez a la parte de atrás del carruaje, mirando con espectación y alivio el
cuerpo maltrecho de la joven morena. ‘Vivirá’, pensó. Helen se colocó a un lado de la carreta y con suaves movimientos
deslizó sus brazos sobre el lateral izquierdo, invitando en su gesto a su compañero para acabar levantando el cuerpo y
meterlo en la choza.
El interior era sombrío, pero exento de humedad. Con un mínimo de muebles  que consistían en dos banquetas, un tablero
largo utilizado como mesa, un cajón lleno de paja y unos estantes que pendían de las paredes con numerosas botellitas de
distintos contenidos.
—Sobre esta mesa. —indicó Merón señalando el tablón situado en un extremo del cuarto, cerca de la chimenea.

La dejaron con sumo cuidado y salieron de la choza dejando a los dos, curandero y muchacha, solos en su interior.

—¿Sabe lo que hace? No dejo de pensar que es aterrador. — dijo Helen preocupada, refiriéndose sobretodo al aspecto
sobrecogedor del curandero.

—Ten confianza. —fue la sosegada respuesta de Trebor. No dejaba de pensar en lo que pasaría en un futuro inmediato, pero
lo último que pretendía era preocupar aún más a la mujer.
Transcurrió más de seis horas antes de que Merón se asomara, dándole tiempo a Trebor de atender a sus dos caballos y
entretenerse en cortar las hierbas que impedían el acceso a las zonas más cercanas a la chabola de su amigo. Merón pidió a
Helen que se aproximara, indicándole que no la dejara sola.
—Tu fuerza será suya, debes estar cerca. —Apartándose de la puerta dejó que se introdujera en el habitáculo.

La mujer entró sigilosamente acercándose a la joven, mirándola, absorvida por la intensa belleza y fuerza que irradiaba el
cuerpo tumbado. No pudo evitar tener un contacto físico y cuando empezó a acariciarle el rostro unos ojos se entreavieron
pudiendo ver en su mirada una profundidad jamás percibida. Eran de un azul pálido intenso, y la miraban directamente a los
ojos, sin ningún otro movimiento... "¡Dios, es hermosa!, pero qué profundos...". No había sentimientos en su mirar, sólo
intensidad. Lentamente cerró otra vez los ojos hundiéndose en su inconciencia, ¿La vería, o sólo miró a través de ella?, ...
más allá del dolor,.... más allá de cualquier sentimiento... Decidió que era miedo lo que sintió bajo su mirada, pero por
alguna razón, también se convenció de que escaparía de las garras de la muerte.
Los dos hombres se adentraron por un dificultoso sendero que les llevaría a un oculto claro en el bosque, donde
comodamente se sentaron a charlar como dos amigos que se vieran el día antes. Esto era una de las cosas que más le
gustaban y a la vez más le inquietaban de Merón, su familiaridad y su forma directa de expresarse, siempre yendo al grano.
—¿Sabes quién es?

—No, la encontramos en Estanglia... No queda nada allá, todo arrasado. —Su mirada quedó perdida, dejando pasar una larga
pausa como para volver a ordenar sus pensamientos. —Hay un Feudo a cuatro horas del poblado. El tirano que lo rige es un
verdadero esclavista, y el aspecto en que quedó el lugar da muestras de que es obra suya. —Mientras hablaba Merón se
limitaba a escucharle apretándose el mentón, pensativo.
—No, ... no creo que haya sido Lord Weillor, esto es más importante...., no estoy seguro, pero la joven...
—¿Acaso la conoces? —preguntó su impaciente amigo.

Después de meditar la pregunta de su viejo compañero Merón le lanzó una fugaz mirada de entendimiento, regresando al
frente, focalizando algún punto del paisaje que se abría delante de ellos.

—Deberías hacerte cargo de ella y su formación, se trata de una de las Hijas del Sol, eso es seguro... ¿Has oído hablar de
Girlock?

Su compañero le miró conmocionado, sus sentimientos iban del asombro a la admiración. "¿Crees que ella tiene algo que ver
con Girlock?" —Más que eso, creo que es su esposa.

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MORAVÍ.
Habían pasado diez inviernos desde las revelaciones de su amigo Merón. La joven milagrosamente escapó de las garras de la
muerte, y se quedó a vivir durante un tiempo con ellos. Pero el espíritu nervioso y aventurero de la muchacha pronto hizo
que se pusiera en movimiento, bajo una inquietud que era difícil de parar.
Trebor decidió mantener en secreto la identidad del nuevo miembro de la familia, aunque la llamaba por su verdadero
nombre. Después de algún tiempo miraba a la mujer con admiración, viendo cómo había evolucionado su físico, destacando
en parte por sus horas de entrenamiento en los densos bosques de laurisilva. Al principio él la ayudaba en algunos
movimientos, instruyéndola en los conocimientos de caza, tiro con arco, lanza y espada; pero pronto la joven crecía en
sabiduría y él perdía agilidad, por lo que pasado un tiempo se limitaba a contemplar a una mujer con un gran potencial que,
pese a la frialdad de sus ojos le ofrecía miradas de agradecimiento y le hacía sentir orgulloso de haberla protegido. Ella no
podía reemplazar a Dévor, su único hijo, muerto en combate cinco inviernos antes de encontrarla pero, de alguna manera, le
había devuelto la alegría de tener alguien de quien cuidar, - aparte de Helen, claro -.

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—¡Chiquilla, has vuelto! —era gracioso que Trebor llamara chiquilla a una mujer bien formada, experimentada y conocida por
su sequedad y mal genio, pero Moraví se lo permitía, es más, en el fondo le gustaba sentirse la niña de aquella pareja que
tanto la había ayudado. Nunca había conocido a sus padres biológicos, aunque sí su procedencia, así que recibió de buen
grado las atenciones de una pareja que daba sin pedir nada a cambio.
—Hola Trebor, me alegra ver que sigues siendo un viejo lobo. — le miró con una media sonrisa, más de lo que había sido en
años anteriores, pensó el viejo, lo que hizo que su corazón se estremeciera aún más por la emoción. A Moraví no le era fácil
transcribir sus sentimientos a su rostro. Siempre había un velo de rencor y tristeza transformado en frialdad que ocultaba
tras de sí el resto de sus emociones y sus secretos.
—Helen se alegrará si te quedas más tiempo esta vez. —Casi era una súplica.

—Sí, amigo, esta vez pienso quedarme por un tiempo, quizás dos meses. Necesito descansar de tanto movimiento. —Fue su
única explicación.

—¿Qué has dicho? ¡Dos meses! Eso es muy poco, pero me conformaré de momento. —La dulce voz sonaba tras su espalda,
acercándose a la alta mujer y rodeándola con sus brazos.
—Helen, me alegro de verte. ¿Todavía preparas ese guiso de carne con venenosa salsa de arándanos?

—¡Oh, Moraví! Veo que tu apetito sigue intacto. —La mujer mayor la soltó y la miró descaradamente, de arriba a abajo,
volviéndose de nuevo a su cara. —Pero ¿dónde lo metes? ... es igual, ahora mismo te preparo tu cuarto y la cena. Debes
estar cansada después de un viaje tan largo.

—En realidad no tanto, descansé en una posada de Kent antes de llegar hasta aquí, pero puede que sea una buena idea ...
creo que necesito un baño. —La mujer más joven le dio una palmadita en el hombro y la siguió al interior de la cabaña
donde ambos vivían. Trebor las vio alejarse y no pudo evitar que la emoción de ver a su niña de nuevo le llenara los ojos de
lágrimas. Luchando porque no fueran derramadas,  pensaba en lo grandiosa que parecía con aquel chaleco de cuero sobre
una camisa blanca ceñida en la cintura, revelando su magnífica figura, y esos calzones que se metían en altas botas al llegar
a sus piernas. Se preguntó si seguiría teniendo aquellos sueños que le arrebataban la tranquilidad y la hacían sufrir. Ella no
habló nunca de lo sucedido en Estanglia, pero Trebor y Helen habían averiguado algunas cosas a través de sus sobresaltados
sueños. Una de ellas era que su esposo, de seguro, había muerto en aquella masacre.

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La alta mujer se despertó antes del alba y, sin pensárselo dos veces se levantó. Su reloj biológico siempre la despertaba a la
misma hora, prefiriendo levantarse a desesperarse en su lecho sin hacer nada. Además, con todos durmiendo era el
momento ideal para dedicarlo a sus entrenamientos, sin curiosos que la interrumpieran.
Aunque no se sentía atada a ningún sitio, Moraví pensaba que era agradable volver a Swett. La aldea había cambiado muy
poco desde que se fue la última vez. Era un poblado más en el interior de los densos bosques de Inglaterra, pero había algo
que lo distinguía de los demás: estaba más escondido, era pequeño y casi salvaje, y la gente que en él vivía siempre fue
autosuficiente. No necesitaban de los feudos, ni se someterían nunca a ellos. Tampoco necesitaban de retorcidas religiones
para imponer una moralidad, tan sólo se limitaban a seguir sus instintos y vivir en armonía con el entorno natural.

En cierto modo, y pese a la diferencia, sus pobladores le recordaban a los piratas normandos, a los que ella conocía tan bien.
Quien sabe, quizás la gente de este lugar lo fuera en otra época.

Sintió su cuerpo estremecerse al salir al exterior del granero. Helen insistía en que se quedara dentro de la cabaña, pero ella
consideraba que era mucho más cómodo para todos dormir en otro lado. Además, la cabaña era pequeña e íntima, por lo
que le parecía que tres eran multitud. Hacía frio, pero eso no era impedimento para empezar a ponerse en movimiento. Esta
vez entrenaría en el interior del bosque, entre los árboles, como lo hacía cada vez que volvía, lo que le proporcionaba un
placer añadido al ejercicio. Inspiró el aire de la madrugada y se introdujo en el follaje en dirección al denso bosque de
abedules.
Después de unos minutos de correr a campo a través sorteando todo tipo de obstáculos, se situó en un punto bien conocido
por ella, con un pequeño claro de seis metros de diámetro, suficiente para dar saltos con la rapidez que se exigía en cada
movimiento. En el bosque los árboles se retorcían con fingido dolor, ocupando gran espacio y luchando por conseguir la luz
directa del sol, pero, en el claro donde ella estaba situada, la gran concentración de hongos habían vencido a los grandes y
monstruosos árboles, dejando la tierra contaminada de esporas dormidas, pendiente de cualquier arbusto que osara crecer
en el área.
Moraví sacó la espada y comenzó a ondear en el aire con gran maestría en el giro de muñeca, usando como enemigo a un
ser imaginario que parecía se moviera con enorme agilidad y rapidez.

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Casi no lo vio llegar. ¡Qué oportuno! Se recriminó a sí misma por no haber despertado antes, pero era tal el cansancio y el
hambre después de haber estado vagando sin parar por el bosque que cuando paró a descansar se durmió, despertando con
el ruido inusual que hacían las hojas húmedas bajo las pisadas de aquel individuo. Sus sentidos de supervivencia se habían
desarrollado más de lo normal según iban pasando los años. Sabía pasar desapercibida y esconderse era su especialidad. Era
una fugitiva que no pensaba volver, y buscó mentalmente las probabilidades de ser descubierta por cualquiera. En un primer
momento sintió la necesidad de correr desesperadamente, pero su instinto la paró en seco, dejando casi de respirar, con la
intención de permanecer escondida hasta que aquel hombre se alejará de allí. Pero no fue así.

Aquella persona estaba a tan solo veinte metros de su escondite, y no parecía que tuviese intención de irse. `¡Maldita sea!,
¿Por qué tiene que pararse justamente tan cerca?. También es mala suerte la mía’. Estaba muerta de miedo. La sola idea de
ser descubierta y llevada frente a su dueño la hacía estremecer hasta el fondo de su alma. Sabía cual era el destino de los
fugitivos en manos de aquel tirano. No ..., no volvería allí, prefería morir paralizada en el lugar donde se encontraba; sólo
deseaba que aquel hombre se largara pronto y huir lejos de cualquier lugar conocido.

 ¡Un momento! ¿Aquel?... o aquella. Entornó los ojos para ver mejor. ¡Dios, es una mujer! ... Sí,... no ..., sí. Pero, no, ¿Qué
mujer podía hacer eso?. Solía ver practicar a los soldados en el Feudo, pero no había visto nunca una facilidad de manejo en
la espada, como la que ahora se ofrecía ante sus ojos. El hombre, la mujer, el monstruo o lo que fuera, manejaba la espada
como si fuera parte de su cuerpo, al menos como si la tuviera pegada a la muñeca. "¿¡Estás tonta!?"Pero qué tendrá de raro
ver a un hombre con el pelo tan largo. Además, todavía no ha amanecido, por lo que puede ser un juego de sombras en la
noche.
Estaba ensimismada viendo la danza ofrecida por el joven y apuesto galán que tenía ante sus ojos. Sentía miedo, pero su
curiosidad era mayor, por lo que no apartó los ojos. Casi deseó que hubiese menos vegetación entre las móviles escenas y
ella, ¡claro!, que si fuera así seguro que sería descubierta de inmediato. Al menos de esta forma, con la oscuridad como
aliada y con su posición, contra el viento, y entre el denso follaje no sería vista.

El soldado paró en seco y miró a la espesura, en la dirección donde la joven estaba escondida. A ella se le congeló la sangre,
sintió cómo un sudor frío empezaba a descender por sus axilas y su rostro cambió de color en el preciso instante en que
pensó que sería su fin. Sólo se detuvo en mirar esos ojos de azul pálido que la absorvían entera, sin atreverse a mover ni un
sólo pelo, aunque si se lo hubiera propuesto tampoco sería capaz...., realmente estaba aterrorizada.

Moraví soltó la espada, dejándola apoyada en un abeto de mediana estatura al sur del claro. Se sentía un poco extraña,
como si,... una sensación de no estar sola, ... "No, no hay nadie, te estás obsesionando, seguro que es fruto del cansancio".
Estaba sudorosa, y todavía le quedaba su sesión de golpes sin ningún tipo de armas. Tímidamente el sol empezaba a
aparecer entre las ramas de los árboles, creando un juego de luces y sombras en cierto modo tenebroso, aunque de por sí el
ambiente de ese bosque daba bastante miedo, con el denso follaje, los árboles de distintas clases luchando unos contra otros
por conseguir que sus copas acapararan un rayo del sol de la vida, ahogando a su paso a las ramitas débiles; ese ambiente
húmedo y la hiedra, que se apoderaba de cada rincón de un modo asfixiante. Un viejo bosque, que no daba lugar a
renovarse.
La mujer de pelo oscuro decidió despojarse de la ropa, de esa forma añadiría dificultad al ejercicio. `Total, estoy sola y es
muy temprano´, pensó, sabiendo que a esta hora era difícil que alguien estuviera levantado aún. Disfrutaba sintiendo el frío
que calaba hasta los huesos, erizando cada centímetro de su piel.

Sus ojos se abrieron de par en par. No podía creer lo que estaba viendo: El individuo ‘¡Se está desnudando!’. Lo vió quitarse
el chaleco y liberar la camisa del fajín que la retenía, de espaldas a la posición que había tomado, quedando con el fajín que
rodeaba su cuerpo desde la cintura hasta la parte inferior de los pechos. Supuso que la pieza en cuestión estaba colocada
con la intención de sujetarse el abdomen y evitar en el esfuerzo el desgarro de algún músculo. Había oído historias sobre la
corpulencia y la forma de vestir de los piratas, así que no sería raro que fuese uno de ellos. "Pero, ¿qué demonios hacía un
pirata mar adentro?". Entonces el individuo giró un poco sobre su eje, dejando ver el perfil de unos pechos, altivos y bien
formados. La joven quedó perpleja, "¡Es una mujer!". El tiempo se detuvo para ella, observando de lejos ese lento aparecer
de un conjuntado talle que presentaba el esbelto cuerpo, con curvas bien contorneadas. Los hombros y brazos mostraban
una musculatura fuerte, con una piel morena, tersa y brillante tras el efecto del sudor. La mujer se despojó de las botas y
los calzones, dejando que sus largas piernas tomaran contacto con el frio y resbaladizo suelo. Aricán no salía de su asombro,
y hubo un momento en el que casi pierde el equilibrio, tal era la hipnosis producida por las imágenes que estaba viendo.
"¡Uau! Ha estado cerca, si te descubre caput, finish". Decidió tener más cuidado, agradeciendo que el canto repentino de un
chorlitejo y los continuos golpes de pico de un pájaro carpintero ocultara el escaso ruido producido en su movimiento.
Quedóse aún más inmóvil, pero sin poder apartar la vista. Entonces, si todavía faltaba más, creyó ver alucinaciones. La
mujer saltaba en el aire, girando sobre sí misma, golpeando ramas situadas un cuerpo por encima de su cabeza. Se notaba
cada músculo puesto en movimiento, tenso en el esfuerzo. Pequeñas ramas seleccionadas eran arrancadas de su posición y
lanzadas a toda velocidad creando un círculo perfecto en su caída alrededor de ella. Aricán notó en un momento dado cómo
su boca se quedaba entreabierta en una expresión de admiración, y temió cerrarla por miedo a ser oída por la mujer más
alta que había visto nunca. "Demonios, seguro que puede detectar sonidos a cien leguas", pensó.
Tras otro rato que le pareció eterno cesó el ejercicio. Como consecuencia de ello, los árboles situados alrededor de la oscura
mujer se calmaron, dejando oír el zumbido del aire a través de sus hojas y ramas.
Después de dejar pasar un corto espacio de tiempo para recuperarse del intenso ejercicio, Moraví se dirigió de nuevo a sus
ropas, vistiéndose con rapidez. Parecía como si su cuerpo no estuviera cansado. Después de eso giró sobre sus pies
alejándose de la vista de Aricán.
Sin pensar en lo disparatado y peligroso que podría ser, decidió seguir a la oscura mujer, más que nada para descubrir si lo
que había presenciado era real o tan sólo una alucinación debida al cansancio. Tan sólo era un acto reflejo, de modo que se
levantó y caminó en la misma dirección, atrapando a su paso unas bayas silvestres que servirían para callar su estómago
durante un rato.
Moraví volvió a sentir la sensación de estar vigilada, y siguiendo su instinto se propuso caminar en forma de círculo. Si había
alguien ahí, sería cazado por su presa. De un salto subió a un enorme laurel y se agazapó en una rama ancha con la
intención de esperar a su perseguidor.
Aricán siguió con facilidad el rastro. ‘Demasiado fácil’, pensó, pero eso no la hizo detenerse en su búsqueda. En un momento
dado perdió la pista. Ni ramas rotas, ni olores, ni siquiera una señal que le diera a entender que iba por buen camino. "Lo
dicho, chica, tú alucinas o ésta hasta vuela." Sin quererlo su pensamiento le llevó a los dragones, qué absurdo, un dragón
con forma de mujer. Bueno, puede que no sea tan absurdo.

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Moraví la observaba desde lo alto, extrañada por ver a una joven vagando en semejante lugar. Decidió que no era una
amenaza para ella, por tanto se limitaría a esperar a que se fuera y le perdería el rastro.

Aricán se apoyó en un laurel, completamente exhausta por el cansancio. Pensó que todo había sido fruto de su imaginación
y también que de alguna forma debía retomar su camino, sea cual fuese. Pero ¿cómo?. Sin quererlo la angustia se fue
apoderando de su mente. Cerró los ojos y la humedad pronto hizo su aparición en ellos. Quemaban. Lloró en silencio. No
sabía qué hacer, ni a dónde ir y de repente se sentía muy desamparada. Las lágrimas cayeron libres por su rostro, sin ser
reprimidas, desatando toda la tensión acumulada fruto de los días anteriores. Finalmente agachó la cabeza colocándola
entre  sus rodillas, escondiendo su rostro. En esa posición la mujer que estaba en lo alto del árbol pudo ver la parte superior
de la espalda de la joven, que asomaba de sus ropas raídas. Una señal roja y alargada destacaba sobre la piel blanca que no
estaba cubierta, allí donde se encuentra el hombro izquierdo con la curva del cuello. Moraví reconoció la herida como la
producida por un fuerte  latigazo, y de inmediato se estremeció recordando el dolor que sintió en el pasado por cada uno de
los golpes que le propinaron, en Estanglia. Sintió lástima por la chica y debatió consigo misma antes de decidirse a
descender de las ramas con un salto, cayendo próxima a la joven.
Aricán se sobresaltó y estudió desde su posición a la mujer oscura, los ojos de Moraví atrapando los suyos con una mirada
inexpresiva. Quiso encogerse aún más, en un intento por desaparecer, pero aquellos ojos azul cielo la tenían atrapada y el
miedo paralizaba sus músculos. Abrió la boca con la intención de suplicar, pero ningún sonido fue emitido. Entonces su
cazadora le habló.

—No te asustes, no voy a hacerte daño. —Extendió su mano con la intención de ayudarla a levantar. Aricán, incapaz de
moverse permaneció en su sitio, sin alejar la vista del rostro de la morena, entonces, después de una larga pausa, Moraví se
agachó, la tomó por los hombros y la levantó.
Sus rodillas temblaban e incapaz de sostenerse en pie se dejó caer, siendo agarrada al momento por unos brazos fuertes
que la rodearon torpemente y la acercaron, quedando atrapada entre ellos y el cuerpo de la mujer mayor.
—Tranquila, estás a salvo. —le susurró.

Aricán dejó que su cuerpo se fuera relajando. Su rostro se escondía en el pecho de la morena, sintiendo la suave mezcla de
olor a sudor y lavanda. Aun tenía miedo, pero su corazón sabía que la mujer no le haría daño. Su cuerpo estaba caliente y
sucio, pero a la otra no pareció importarle.

Se encontraban cerca de un arroyo, por lo que Moraví la alzó en sus brazos y se dirigió camino del agua. Una vez allí dejó a
la joven en el suelo, desenrolló su fajín dejando a la blusa moverse con libertad, lavó el largo paño y se acercó de nuevo a la
joven con la intención de lavar sus heridas. Aricán se estremeció, y dando un respingo intentó alejarse.
—¡Estáte quieta! —la brusquedad de las palabras volvieron a paralizar el cuerpo de la más joven.

 Moraví le dio la vuelta, colocándola boca abajo. Le terminó de rasgar las roídas ropas y observó que la espalda de la joven
presentaba diversos cortes. Algunos habían cicatrizado, pero otros estaban infectados, con un color blanquecino que le daban
un feo aspecto. Con cuidado, limpió las heridas. El cuerpo de la joven se estremecía con cada contacto, sus puños estaban
fuertemente cerrados y en su garganta se ahogaban los gritos de dolor, transformándose en leves gemidos.
En silencio, la morena volvió a colocar a la joven sobre su espalda, aunque esta vez no directamente en el suelo, sino
apoyada en su regazo. La estudió detenidamente, intentando descubrir qué otras partes del cuerpo mostrarían heridas.
Aricán podía sentir el calor de la mujer a través de sus ropas. Eso le daba algo de seguridad, pero todavía se mantenía
alerta.
Moraví decidió desatar su corpiño, quería ver si su pecho mostraba heridas. Al dirigirse hacia la joven, ésta se encogió,
protegiéndose con los brazos, sin dejar que la alcanzara.

Para la ruda mujer aquella era una situación incómoda. No estaba acostumbrada a tratar con la gente, menos aún si era
alguien desconocido y para una vez que se animaba a ayudar a alguien esperaba una reacción diferente, aunque en el fondo
podía comprender la forma de comportarse de la chica.
Intentando que su voz saliera suave se dirigió a la joven.
—No te haré daño, ya te lo dije.

Aricán echó una mirada rápida a los ojos azules, buscando la verdad en ellos. Sin saber lo que vio en esos luceros, volvió a
bajar la cabeza cerrando los ojos y lentamente alejó los brazos dejándose hacer.  Su desbocado corazón volvía a un ritmo
más relajado. Sintió frio cuando unas manos largas le desataron los nudos y separaron sus ropas. Luego una eterna pausa.
La estaría mirando, por lo que la invadió una oleada de vergüenza, llegándole el calor a sus mejillas.

Haciendo caso omiso al reciente rubor, la oscura mujer mantuvo un silencio prolongado mientras estudiaba los rasguños y
morados de los pechos de la joven. "Malditos cerdos". La piel del abdomen mostraba una ‘W’ marcada a fuego. Eso
confirmaba sus sospechas, se trata de una esclava del Feudo de Lord Weillor. Como pudo limpió las heridas, cuidando de no
tocar la quemadura, a la que pensaba curar más tarde, cuando se encontraran en el poblado.
Sabía que la joven tenía algo de fiebre, pero esperaba que eso no las retuviera demasiado. Cuando acabó con ella retiró el
resto de sus ropas, se quitó el chaleco y luego la camisa, poniéndosela a la joven. Después se colocó el chaleco amarrándolo
ceñido a su cuerpo. Con la camisa puesta, la chica parecía mucho más vestida, además, era tan larga que le llegaba casi a
la altura de las rodillas. Si Moraví tuviera algo más de sentido del humor, seguro que la ‘facha’ de Aricán le hubiese
arrancado una sonrisa, pero no fue así.
—¿Crees que puedes andar? —se dirigió a la pelirroja mientras la ayudaba a levantarse de nuevo.
—Ss.. Sí, sí ....... creo. —Tuvo que aclarar su garganta para pronunciar esas pocas palabras. En dos días sólo había hablado
mentalmente, sin mediar palabra, por lo que le costó un poco y su voz sonó en un tono grave casi inaudible.
—Vamos.

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Aricán la miró interrogante, sin hacer ademán de moverse del sitio, haciendo que su compañera se viera forzada a explicarse
un poco mejor.
—Hay una aldea cercana, nadie irá a buscarte allí. Estarás a salvo. —Había seguridad y entendimiento en sus palabras.
Después de una leve pausa, la joven se puso en movimiento agarrándose del brazo de su salvadora. Se sentía débil y
hambrienta, algo que le recordó el sonoro gruñido de su estómago, pero no se atrevió a decir nada.

Dándose cuenta, Moraví decidió parar y buscar algo de comer. Todavía era algo temprano, por lo que los aldeanos no la
echarían de menos. ¡Qué diablos!, ella también tenía hambre. Indicándole a la joven que esperara sentada en un tronco seco
se alejó entre el denso helechal.
Aricán estaba confusa, en su mente se agolpaba una serie de sentimientos contradictorios. Haciendo un esfuerzo intentó
aclarar sus ideas. Por una parte estaba esa alocada huida, empezada dos días atrás, donde el miedo a ser encontrada le
daba aún más fuerzas para seguir adelante. Luego, el cansancio que había vencido toda energía que quedara en ella.
Finalmente, cuando se sentía derrotada aparece como en un sueño la ruda mujer, que pese a su aspecto duro y sus
autoritarios andares, la había ayudado. Todavía podía sentir la delicadeza de sus manos mientras le limpiaba las heridas. A
todo esto había que añadir su gran imaginación, lo que hacía que su mente vagara fácilmente por cuentos e historias que no
tenían nada que ver con el mundo real. Quien sabe, a lo mejor todo lo ocurrido sólo era una alucinación y esa mujer no era
más que otro personaje fantástico de sus sueños de ‘dragones y mazmorras’.  De repente se la imaginó transformándose,
creciéndole las alas y saliendo escamas de  su cuerpo, con un intenso color fuego que contrastaba con el azul de sus ojos.
Grandes colmillos apareciendo de su boca, en una cabeza demoníaca. Sí, podría ser un dragón, volando libre, atemorizando
al mundo con sus llamaradas de fuego expulsadas en su aliento....
Pero no, el frío y el dolor de su cuerpo no eran ninguna fantasía, como tampoco lo era la forma peculiar en que estaba
vestida, con ropas ajenas, grandes y demasiado cuidadas.

Pensando estaba aún cuando Moraví regresó con una presa en sus manos, algunas setas y moras silvestres. Pronto preparó
el fuego, limpió la liebre y la puso sobre la brasa. La joven pelirroja se había situado más cerca del fuego, agradeciendo la
sensación de calor que le llegaba a las entrañas.

El olor a carne asada penetró sus sentidos, no pudiendo pensar en otra cosa más que en llenar su estómago vacío. Pero no
quería precipitarse, así que decidió esperar a que la mujer morena saciara sus necesidades antes que ella. Tampoco tenía
muy claro si comería, pues Moraví no había pronunciado ninguna palabra desde que llegó de su cacería, y ella era incapaz de
comenzar una conversación. Además, ¿por qué tendría que darle de comer?, no tenía ninguna obligación de hacerlo. Podía
sentir cómo era observada, pero no se atrevía a levantar la vista del suelo.
—Toma, debes comer. Todavía nos queda algo de camino hasta la aldea. —Moraví la miraba con un ligero brillo en sus ojos,
casi imperceptible, esperando pacientemente a que reaccionara.
La joven alzó sus manos hacia el trozo de carne ofrecido, dirigiéndose tímidamente a la otra mujer.

—Gracias. Yo.... no sé cómo agradecértelo... —Otra vez volvió a sentir esos ojos que la abordaban y la atravesaban como
espadas.
Moraví suspiró.

—Hum... no es nada. Es mejor que comas, antes de que se enfríe. —Dicho esto bajó la vista y pareció olvidarse durante un
rato de la joven, perdiéndose en sus pensamientos.

Aricán comió hasta saciarse, terminando con un gesto casi infantil, chupándose el sabor que quedaba en sus dedos, ausente
de la mujer que estaba a tan sólo dos metros de ella. Una vez terminado levantó la vista, decidida a decir algo, pero al ver a
Moraví prefirió no sacarla del lugar donde estaba inmersa. Esto le daba la oportunidad de contemplar a la mujer tan cerca de
ella, ahora que su mirada no la intimidaba. De esta forma vio ante ella a una persona aún más hermosa. La observó
largamente de la cabeza a los pies, deteniéndose en todo aquello que le era atractivo y diferente. Había visto a muchas
mujeres hermosas, pero ninguna tan peculiar. Le atraían sobre todo los desarrollados músculos de hombros y brazos, que no
dejaban de tener una línea elegante. Sus pechos, ahora escondidos bajo el ceñido chaleco, eran también un foco de
atracción para ella. Las curvas se estrechaban en la cintura, volviendo a ser notables, pero no exageradas en las caderas.
Sentada como estaba, con las piernas cruzadas hacia delante, no podía notar cuán largas eran sus piernas, pero se las podía
imaginar. Le pareció que todo en conjunto era una buena combinación  entre fuerza y elegancia. Seguro no le faltarían
admiradores, en secreto, claro, porque a ver quien era el valiente en atreverse a cortejar a semejante diosa.

Moraví se sentía observada, pero no estaba molesta, por lo que no la interrumpió. Tampoco quería sobresaltar a la chica, por
hoy ya había tenido bastante. Además, realmente no es que fuese la primera vez que alguien la miraba con curiosidad. Sabía
que no era una persona que pasara desapercibida, entre otras cosas porque, para ser una mujer, era más alta y más fuerte
que muchos hombres. "Siempre llamando la atención", sonrió para sí misma.
A la joven le pareció que la morena sonreía, por lo que bajó la vista ante el temor de ser descubierta.
—¿Tienes más hambre? —Preguntó dirigiéndose a la pelirroja todavía con una curva  en sus labios y una mirada algo
picante.
—Todo está bien, me he quedado satisfecha. —Se ruborizó ante los pícaros ojos, segura de que la morena la había pillado
contemplándola. Prefirió dejar la timidez a un lado y continuó vacilante. —Me llamo Aricán.... y  yo...., gracias por todo.
—Ya te dije que no es nada. —Tras una ligera pausa prosiguió. — Aricán ¿eh?, un nombre curioso. Y bien, Aricán, —recalcó
—¿vas a algún sitio en concreto?
—No...., no lo tengo claro. —Una sombra se hizo dueña de su rostro. La pelirroja se sintió aliviada de que no le preguntara
de dónde venía, si podía evitarlo no hablaría de su pasado.

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—Entonces lo mejor es que permanezcas en la aldea hasta que tus heridas mejoren. —Su mente vagó con rapidez. "Helen,
te llevo un regalito", pensó en la mujer que tan cariñosamente la atendió a ella, seguro que estará encantada con la
pelirroja.
—No quiero ser un estorbo.

—No lo serás, puedes estar segura. Además, tú puedes ser útil allí. —Fue la rápida respuesta de Moraví.
La joven alzó los brazos dispuesta a protestar, pero a medio camino se detuvo, con aire de resignación.

—Bueno... de acuerdo. —Estaba demasiado cansada para discutir así que ya decidiría lo que iba a hacer con su vida más
adelante, además, con la ruda mujer mejor andarse con cuidado y no llevarle la contraria.
—Bien, entonces será mejor que nos pongamos en camino, quiero llegar pronto a la aldea. —Sin más se levantó,
acercándose a la joven para ayudarla a levantar. Pronto cogieron el sendero que les llevaría a Swett.
 

sigue -->rá......
L A

E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

2 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

¡DESPIERTA!

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Swett se ha levantado. Los aldeanos habían despertado a sus quehaceres, unos atendiendo a los animales, otros trabajando
en la tierra y los más pequeños correteando entre los árboles. Trabajaban indistintamente hombres y mujeres, sin labores
separadas. Nadie se sorprendió al ver llegar a Moraví tan ligera de ropa, aunque sí mostraron cierta curiosidad por la
forastera, no tanto por su aspecto, sino porque acompañaba a la ruda mujer.
Moraví saludaba al pasar a los aldeanos, con ligeros movimientos de cabeza. Al llegar a la cabaña de Trebor le indicó a la
joven que se acomodara, mientras ella iría en busca de Helen.

Aricán tuvo la tentación de volver a huir; ahora que estaba sola tenía miedo de las futuras intenciones de la mujer oscura.
¿Y si decidía venderla a los dueños de la cabaña?. No recordaba lo que era ser dueña de si misma, y ahora que tenía la
oportunidad de tomar sus propias decisiones tampoco era capaz de hacerlo. En cierto modo se sentía a la vez cautiva y libre,
sentimientos contradictorios producidos por la frialdad de unos luceros. Bueno, al menos no era como Lord Weillor. Estaba
harta de esperar, así que decidió salir, pero justo al llegar a la puerta, ésta se abrió, entrando una mujer de mediana edad.
—Ah, estás aquí. —la mujer hizo una pausa, mientras la miraba calurosamente. — Se que has venido con Moraví y estaré
contenta de hospedarte en mi casa..., siempre que tú lo desees, claro. —La joven la miraba sorprendida.

—Oh... me llamo Helen. ¿Y tú eres...? —Sabía su nombre, pero esperaba entablar conversación. Moraví le había notificado
que la chica estaba asustada y herida, por lo que podría intentar darse a la fuga.
Le pareció muy dulce la voz de la mujer, no la intimidaba como la morena.

—Aricán, ese es mi nombre. —La mujer mayor la miraba con ternura, algo a lo que no estaba acostumbrada. En cierto modo
le recordaba a la madre que una vez tuvo. —¿Eres la madre de la morena? —Preguntó sin pensar, sorprendiéndose de si
misma.
Helen casi rompe en una risotada, pero se contuvo, dejando entrever tan solo una ligera sonrisa.

—Noo... pero la consideramos parte de la familia. ¿Sabes?, la conocemos desde hace diez inviernos, y siempre que viene
ésta es su casa. —Se hizo una pausa entre ellas, ambas estudiándose con curiosidad. —Bueno, ¿qué decides?

El pensamiento de Aricán no estaba en la pregunta. Su mente se concentraba en hacer comparaciones entre las dos nuevas
mujeres que entraban en la escena de su vida, ... tan distintas. Lentamente volvió a la realidad, apareciendo de repente una
leve sonrisa incontrolada.
—No se qué decir, no quiero ser una molestia y no tengo con qué pagarlo, además...
La mujer mayor la interrumpió.

—No eres ninguna molestia, y no te preocupes por el dinero. Podrás pagarlo ayudándome con los animales cuando tengas
mejor aspecto.

Aricán dió un respingo. Así que sabía que estaba herida... Aunque, claro, eso no era muy dificil de adivinar, con sólo ver su
aspecto era más que suficiente. De nuevo una sombra de miedo cubrió su rostro.

—Ey, no tienes por qué preocuparte. Los aldeanos de Swett no hacen preguntas. —Hizo una pausa. —Mira, si esto sirve para
convencerte te diré que el poblado se ha ido formando por gente que venía de muy diversos sitios. —Todavía notaba
desconfianza en la pelirroja, se lo estaba poniendo en bandeja para lanzar la primera piedra. —Algunos han huido de otros
lugares y han acabado aquí.
—Nadie da algo sin esperar nada a cambio. —Respondió la joven con determinación cortando el discurso de la mujer mayor.
Helen decidió atacar con más fuerza.  La chica no comprendía ciertas cosas. Estaba bien claro que el afecto era algo
desconocido para ella, aunque lo llevara oculto en su corazón.

—Es cierto, todos esperamos siempre algo, pero la cuestión es qué. En estos momentos yo espero que te quedes, pues tú
sin saberlo ya has dado algo.
—No entiendo. —Su mirada era un interrogante. —No tengo nada, ¿qué pude haber dado?
Ahí va la segunda piedra.

—De momento entretenimiento. Me gusta platicar, y no siempre hay alguien cerca con quien hacerlo. Además, te habrás
dado cuenta que no es fácil hablar y entenderse con Moraví. —Lo último lo dijo sin creérselo demasiado, pero era un punto
más para acabar de convencer a la muchacha.
Aricán pensó que era cierto. Tan sólo había cruzado un par de palabras con la ruda mujer durante el trayecto a la aldea.
—Está bien, puede que tengas razón. Creo que me quedaré aquí por un tiempo. —Casi se arrepintió, pero ya estaba dicho y
no había vuelta atrás.
La alegría de Helen era notable y contagiosa, robándole una irremediable sonrisa a la chica.
—Bien, me alegra oírlo. Te traeré algo de ropa. —Se dispuso a salir de la cabaña cuando un voz tras su espalda la detuvo. —
Espera. ¿Dónde está la morena?". Todavía se le hacía difícil llamarla por el nombre, ya que no se había enterado de cuál era
hasta hablar con la mujer que tenía delante. —No te preocupes por "la grande", ha ido a buscar algunas hierbas para
preparar ungüentos. —La mujer le echó una última mirada comprensiva y salió de la cabaña cerrando la puerta tras de sí.

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—¿Estás segura de lo que dices? Si pertenece a Lord Weillor podemos tener problemas.

—¡Vamos, Trebor! —estaba indignada. —Nadie puede ser dueño de otra persona. Ella..., mejor dicho, ningún ser humano se
merece lo que ese cretino le hizo. —La furia se apoderaba por momentos del rostro de Moraví, con sus ojos enrojecidos y
tormentosos.
—Ya lo sé. —El viejo hizo una pausa, preocupado. —Lo único que me preocupa es que sus tierras están demasiado cerca de
aquí. ¿Qué pasará si alguien la reconoce?

—¿Acaso estas perdiendo coraje? —Era un reto, no una pregunta. —Sabías quién era yo, pero no te importó. Ella sólo es una
sierva que a escapado, ¿por qué te preocupa tanto? —Le atravesó con la mirada. Eran pocas las veces que Moraví lograba
intimidarle, pero tampoco era el caso en ese momento. La dura mirada de su protegida tan sólo le producía cierto dolor.
Intentó hablar serenamente.
—Estoy viejo. Tengo miedo de no poder defenderla. —Su voz sonó más cansada que nunca.

—Eso no tiene por que pasar..., yo estaré aquí. —Esta vez fue más comprensiva. No conocía ese nuevo sentimiento, algo
que le impulsaba a proteger a la chica pelirroja del mismo modo que se sentía obligada a responder con Trebor y Helen.
Pensó que ésa era una forma de devolverle a la vida los favores que le habían sido otorgados.

—Sí, pero no estarás siempre. Tarde o temprano acabarás yéndote de nuevo. Lo llevas en la sangre, esa inquietud, esa sed
de... —el viejo se detuvo, incapaz de completar la frase, acabando con un gesto rabioso de impotencia. Como respuesta sólo
obtuvo la mirada ausente de la joven.
—Esto te importa ¿verdad? Ella te importa. —Moraví enmudeció y bajó la vista. No quería preocuparse. No quería pensar en
su pasado, pero ahora la joven estaba allí, metiendo el dedo en la llaga solo con su presencia y ella tarde o temprano
tendría que enfrentarse a ello.

—Está bien. —El viejo la tranquilizó. —Si es importante para ti, también lo será para mí. Pero prométeme que no te meterás
en líos ¿vale? No quiero quedarme sin la morena más guapa de todo el mundo que conozco. —La sola idea de no poder ver
a Moraví, aunque sea muy de vez en cuando, era similar a clavarle un puñal en el pecho y retorcerlo. "Te quiero demasiado,
mocosa rebelde’.
—No te preocupes. —sonrió. —Todavía tendrás morena para rato, te lo prometo.

Trebor la estudiaba, deseando saber que pasaba por su cabeza. Nunca la había visto con ese tipo de ansiedad. Temía que
pudiese vengarse del agresor de la muchacha al verse reflejada en ella, aunque no fue Lord Weillor quien la atacó en el
pasado. Podría suceder que su impotencia ante sus verdaderos verdugos se transformara en ira ciega contra los que
abusaron de la joven. Y ya había demasiado rencor y odio acumulado en ella.
—¿Es muy joven? —preguntó para romper el silencio.

—Tanto como lo era yo cuando me trajiste aquí. —Su voz sonó como un gemido bajo, y su pensamiento retornaba por
momentos al agitado pasado.

—Olvida mis dudas. —Trebor la cautivó cariñosamente con la mirada, pero con cierto deje de preocupación. — ¿Tienes todo
lo que necesitas?
—Sí, gracias por tu ayuda. ¡Uff! Espero que se deje curar. Esto le va a doler. —Cogió el pequeño cazo con el ungüento y
salió del horno de su viejo amigo. Lo último que oyó al salir fue casi inaudible. "Procura no asustarla mucho". Levantando
una ceja se alejó escondiendo la preocupación bajo una falsa sonrisa.

El viejo se quedó pensativo. ¿Qué tenía la chica que había causado tanta ansiedad en su morena? Sólo esperaba que sea lo
que fuera ayudara a Moraví. Ella no tenía superado su pasado y parecía que la nueva llegada la hacía enfrentarse a él. Puede
que sin saberlo esto fuera una bendición para ella, por tanto tenía la esperanza de que la joven no se marchara, y, bueno...
de que nadie la descubriera también. "Seguro que Helen se habrá hecho cargo de la joven". Era muy afortunado de tenerla
junto a él; la mujer siempre transmitía paz, y en los momentos difíciles era capaz de mantener la compostura sin
desmoronarse. Finalmente dejó que sus pensamientos se disiparan en el aire, siguiendo con la labor del horno, sacando con
una pala el pan de la brasa. Ya conocería a la joven más tarde.

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Buscó bajo la oscuridad de la cabaña a Aricán, dándole un vuelco al corazón al no encontrarla. "¡Dios!, espero que no se
haya ido". Sin pensarlo dos veces salió presurosa de la cabaña, arrollando en su loca carrera a Helen.
—¡Augh! —La mujer de mediana edad cayó atónita en el suelo, con la imagen de que una mula le había dado tremenda coz
en la cabeza.
Moraví estaba de pie, pero también se quedó algo aturdida.
—Lo siento... yo...
—¿Acaso quieres matarme? —Se tocaba la dolida cabeza mientras la morena la ayudaba a levantar, sin darse cuenta de
quién era.
—Lo siento de veras. Yo sólo iba en busca de la joven. Creo que ha escapado.

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—¡Ah! ¿Es eso? —respondió tranquilamente, con conocimiento de causa. — ¿Qué demonios tienes en el hombro? ¿Acero? —
Sus primeras palabras detuvieron a Moraví, mirando a Helen interrogante. —No te preocupes, está en el granero. La he
instalado allí.
La morena resopló con alivio. —"¡Uff, menos mal! Espera... ¿ha dicho en el granero?". Con mirada de hielo y como un eco
de su pensamiento preguntó.

—¿La has instalado en el granero? Y ¿a dónde se supone que iré yo? — por el tono de voz utilizado era evidente que estaba
molesta.

—¡Vamos Mora! —a Helen le gustaba llamarla así, era más corto y le parecía que iba a tono con el color de su piel. —¡Auch!
Duele.... —se frotaba incansable su cabeza, haciendo esperar impaciente a la mujer más joven con la ceja levantada
esperando una explicación. — En el granero hay sitio para las dos, es bastante amplio ¿no crees? —Su voz sonó dura, pero
contradictoriamente se sentía divertida al ver la perplejidad de la mujer oscura, aunque sintiese un dolor de mil demonios.
—Pero...

Sus palabras se ahogaron al ver que Helen ya le había dado la espalda entrando en la cabaña.

—Más vale que vayas a echarle el ungüento antes de que se seque. —Le gritó desde dentro. —Y si te sobra tráeme un poco.
Moraví prestó entonces atención al cuenco que tenía en las manos. No se le había caído después del duro encontronazo con
Helen pero se había olvidado de él por un instante. Después de estar como una tonta mirando la forma del "tarrito’ despertó
con un gesto casi cómico, irguió una ceja mientras dirigía su mirada al interior de la cabaña y se alejó en dirección al
granero.

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La pelirroja estaba dormida sobre un lecho de paja. El sueño la había vencido finalmente. Moraví la observaba, incapaz de
despertarla, aunque tendría que hacerlo, pues la medicina que había preparado se secaba rapidamente, y las hierbas no
eran fáciles de conseguir. Se había hecho amiga del hechicero, del que había aprendido sus dotes para curar. La gente temía
a Merón por sus conocimientos, pensaban que era un mago poderoso. Quizás lo fuera, después de todo, pero gran parte de
su sabiduría era debida a su capacidad de observación, algo que le llevó a ser un gran conocedor de la naturaleza y sus
secretos. Había explotado todos los recursos naturales, y ella era una de las afortunadas de ser su discípula, bueno, quizás la
única. Siempre se preguntó por qué la había elegido. El gusanillo por aprender le había llevado aún más lejos: ya pertenecía
al mundo de la piratería antes de conocer a Trebor, a veces podía ser bastante salvaje y cruel, pero también era curiosa, lo
que le hacía estudiar los recursos curativos de tantos sitios donde había estado.
Conocedora como era de las hierbas, mezcló en el ungüento bardana, cola caballo, lavanda y algunas especias. La dos
primeras curarían las infecciones y borrarían las cicatrices, la lavanda, combinada con las demás, haría de calmante y
serviría de loción refrescante. Ahora solo faltaba que fuera eficaz con la pelirroja.

Después de tomar aire y soltarlo en un intenso suspiro decidió despertar a Aricán, acercándose al cuerpo dormido. Le sacudió
el hombro, provocando que unos soñolientos ojos la miraran sin entender. Finalmente la joven dió un respingo, sobresaltada
con los luceros de azul claro. Intentó erguirse, pero Moraví la sostuvo intentando calmarla.
—No te asustes. Estás a salvo. —Le molestaba un poco provocar siempre esa reacción en la pelirroja.

La joven respiraba con dificultad, aun sobresaltada, pero poco a poco se iba estabilizando. "¡Ey!, estás en un pajar, en un
poblado, lejos de las murallas del Feudo.’ Suspiró, liberando con ello la tensión.

—He traído un ungüento, te calmará el dolor de los cortes. —Tras una pausa siguió, controlando la reacción de la joven. —
Sirve también para curarte el abdomen y no dejar cicatriz.
La joven alzó una mano asiendo a Moraví por la muñeca del brazo que sostenía el cazo. La acercó para ver el contenido.
—¿Borrará la marca? —preguntó levantando la vista para mirarla directamente a los ojos.
Moraví vaciló.
—Lo he usado otras veces. Funciona bien si la quemadura es poco profunda.

—Oh..., ¿qué debo hacer? —De repente no tenía miedo. La sola idea de pensar que podía borrar  toda marca de su cuerpo le
hacía sentirse esperanzada.
 Ocultando el asombro por el interés repentino de la joven pelirroja Moraví contestó.
—Hay que saber la cantidad exacta que se debe poner según el tipo de herida. —La joven le pedía a gritos con la mirada. —
Si... si quieres te lo unto.
Por primera vez en mucho tiempo vaciló. Le parecía extraño: con sus encantos naturales y una gran frialdad era capaz de
conquistar y enamorar a un hombre hasta el punto de hacerle perder la cabeza, ¿cómo era posible que se sintiera insegura
ante una joven tan....  indefensa?, se recriminaba a si misma.
Aricán pensó que tendría que pasar otra vez por el mal trago, pero al menos era ante la misma persona y esperaba que no
revelara a nadie hasta qué punto su cuerpo estaba dañado.

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—Humm... yo... ¿sirve también para otros sitios más... quiero decir... más...? —No pudo terminar la frase, pero Moraví la
entendió.

—Te refrescará, aunque necesitarás más días de tratamiento. —Su voz se endureció. "¡Hijo de perra!, si te pongo la mano
encima..." Se sorprendió ante los ansiosos ojos de la joven. —Puedo recolectar lo que se necesita y enseñarte a... —La
joven, sin esperar a que acabara empezó a desnudarse. —.... prepararlo.

Aricán se desvistió por completo, dejando ver todo su cuerpo a la sanadora. Esta vez no estaba ruborizada, además, era una
forma de devolver la deuda, ¿acaso ella no había visto a la morena desnuda en el bosque?. Se concentró en lo que venía a
continuación. Su rostro se cubrió de un dolor que iba más allá del daño físico. Su alma estaba apenada, se sentía
avergonzada y sucia, pero esperaba que su curación completa borrara todo su pasado y con ello esas sensaciones negativas.
Moraví la observó, estudiando nuevamente cada corte, deteniéndose en los morados de la entrepierna.

—Vale, date la vuelta. Me será más fácil empezar por los cortes de la espalda. —Además, de esta forma podría ocultar a la
muchacha los sentimientos que pudieran transcribirse en su rostro. —Errr... Aricán, esto te va a doler. —le advirtió. Se giró y
buscó en sus pertenencias una bota de vino y unas vendas. —¿Quieres beber un poco?
—No, estaré bien. —Dicho esto sintió cómo unas manos expertas presionaban las vendas en su espalda, limpiando y untando
el ungüento en cada una de sus heridas. Soportaba el escozor como podía, mordiéndose interiormente los labios, con ojos
enrojecidos.
Moraví sabía por lo que la joven estaba pasando, esto hacia que trabajara con rapidez. Terminada la parte de atrás extendió
una manta limpia sobre su lecho de paja.
—¡Túmbate! —ordenó. —La parte de delante será peor. Lo soportarás mejor en esta postura.

Al colocarse en el lecho y rozar su espalda con la manta, Aricán soltó un gemido ahogado dejando que las lágrimas corrieran
libres por su cara.
La morena se acuclilló a su lado.

—Lo siento mucho, pero es la única forma de que te cures. —Acercó su mano a la fina piel del rostro y la acarició, secando
las lágrimas. Se sorprendió a si misma en ese gesto, definitivamente esta chica le tocaba el alma. —Abre las piernas, quiero
ver el daño que tienes ahí.
Aricán obedeció, influida por el tono de voz en que lo había dicho. No había malicia en sus palabras, así que la muchacha,
confiada, se preparó mentalmente para el contacto.

Moraví pensó que la pelirroja era muy valiente. Después de observarla, no sin dejar de sentir una inmensa rabia por lo que le
habían echo, puso un poco del potingue en una venda y la colocó en la mano de la joven. No quería que se sintiera
incómoda.
—Esta cantidad será suficiente. Extiéndela sobradamente, ... y aguanta todo lo que puedas, ¿eh?

La pelirroja se sorprendió un poco, sintiéndose algo decepcionada, pero obedeció y se untó ella misma la parte externa de
sus genitales. Por acto reflejo, la joven agarró fuertemente con la mano libre el brazo de Moraví, al que apretó con fuerza
vengativa ante el dolor que sentía.
—¡Auch! —Sus ojos estaban estrechamente cerrados, por lo que no pudo ver el gesto compasivo y dolorido en los luceros
azules.

Moraví se quedó quieta en el sitio, esperando a que la joven dejara de apretar sobre su brazo. Al hacerlo, su muñeca quedó
marcada bajo la presión de los dedos. "¡Vaya! Eres fuerte". Intentó animarla con una retadora sonrisa. Aricán le respondió
con una gesto forzado en su boca. Casi se había quedado sin aliento, pero ya se sentía mejor.
—Bien, ¿crees que soportarás lo que queda?

—¿Puede ser aun peor? —dijo con lastimada voz.
—No, lo peor ya ha pasado.

—Oh, entonces lo aguantaré. —contestó confiada. —¿Puedes darme un trago? Creo que lo necesito. —La morena le alcanzó
la bota, de la que bebió de golpe. El alcohol, al bajar por su garganta,  la calentaba y se sentía mejor.
Moraví la miraba impresionada. "¡Caray!. Espero que no bebas así con frecuencia." Bromeó.
La joven le sonrió, algo acalorada. Definitivamente el vino le sentó bien.
—¿Quieres seguir tú? Te daré la cantidad a poner en cada una. —Moraví se refería a la heridas.
—No, son muchos cortes. Contigo se acabará más rápido. —Y créeme, estoy deseando que acabe, pensó.
La mujer mayor untó con el ungüento cada una de las heridas de su delantera, empezando por un corte en el cuello,
pasando a los pechos, a los que ya había atendido en el río, para detenerse cuidadosamente en la cicatriz del abdomen,
donde masajeó ligeramente siguiendo el sendero con sólo dos dedos presionando la tela. Pese a lo delicado del trabajo,
Aricán tuvo que recurrir de nuevo a agarrarse del brazo de Moraví si no quería acabar gritando como una posesa. El escozor
era casi insoportable, pero era consciente de que su curandera estaba haciendo su labor con mucha suavidad.

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Moraví acabó con la quemadura, retirando el paño, pero se vió tentada a acariciar con sus dedos la piel de los alrededores.
Sin perder el contacto, se quedó hipnotizada sintiendo la suavidad bajo su mano, que la atraía como un imán. Poco a poco el
agarre de la joven fue perdiendo fuerza bajo la calidez y el relax de la caricia. Así quedaron durante un rato, la joven con la
mano sobre el moreno brazo de su sanadora, sintiendo el calor del roce, y la otra ensimismada con la suavidad de la sana,
tersa y rosada piel. Había química entre ellas, una comunicación sin palabras que hacía que ambas se sintieran relajadas.
Finalmente Aricán perdió toda su fuerza y se durmió. Entonces Moraví se soltó suavemente, la cubrió con una manta, se
detuvo un último instante para contemplar el apaciguado rostro de la joven y salió sigilosamente del granero.

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El resto del día fue como cualquier otro en la sencilla vida de los aldeanos. Moraví compartió el trabajo, dedicándose a los
animales. Ordeñó las vacas, limpió los establos, cepilló los caballos, dió de comer a las gallinas y aún buscó más que hacer,
todo con tal de no estar dándole vueltas a la cabeza.
Helen se encargaba de dar una vuelta de vez en cuando por el granero, cerciorándose de que todo iba bien.
—¿Qué tal la encuentras? —preguntó Moraví al ver a Helen regresar de la estancia de la joven pelirroja.
La mujer la observó con un gesto curioso.

—Duerme y no tiene fiebre. ¿Cuántos días crees que habrá estado sin descansar?
Encogiéndose de hombros contestó:

—No lo sé. Puede que dos o tres. —Se acarició el mentón con cara distraída. — ¿Puedes alcanzarle algo de comer? —Moraví
estaba algo preocupada, era importante que Aricán se alimentara con frecuencia.
—Mora, está oscureciendo. Tú no has parado en todo el día. —La morena la miraba interesada en saber a dónde quería
llegar, con su ceja levantada. — Puedo preparar algo de comer para las dos, y tú deberías llevárselo, ¿no crees? Así te
quedarás allí a descansar. Hoy la labor ha sido intensa.
—No sé... —suspiró. —Creo que tiene miedo de mí. Tú te las arreglas mejor. —Pensaba sobretodo en las veces que su
mirada la había intimidado.

—Y ¿qué harás cuando yo no esté? —el tono de su voz era un desafío. — Además, estoy convencida de que ya no te tiene
miedo. No te infravalores Mora. Has hecho un gran trabajo con ella, la has curado y la has dejado durmiendo
tranquilamente. No estaría así si realmente la horrorizaras, ¿no estás de acuerdo? —Le hablaba con sinceridad, como siempre
lo había hecho. —Bueno, a lo que si debe temer es a tropezar contigo cuando corres. ¡Menuda bestia! —le habló con un
semblante serio, pero aguantaba la risa mientras observaba la carita de perro degollado que se le estaba poniendo a la
morena.
—Yo... ya te dije que lo siento, de veras. —La morena intentaba disculparse nuevamente.

La mujer entrada en años ya no aguantó más y soltó una carcajada. No podía evitarlo, le gustaba verla así, incómoda y
tibuteante.

Era curioso cómo ante el resto del mundo, incluso con Trebor, Moraví se mostraba seria, a veces distante y de mal carácter,
pero con Helen era distinto, la mujer siempre había podido con ella; conseguía pequeños triunfos llevándola a su propio
terreno, venciéndola en un juego de palabras o simplemente robándole una sonrisa.
—¡Helen! Eres....eres.... Tú si que puedes ser mala. Quien no te conoce se equivoca enteramente. —Le dijo frunciendo el
ceño, intentando mostrarse enfadada.

—¡Ja! Pues Trebor no se queja. —Contestó con picardía. Las dos mujeres acabaron riéndose de la locuaz ocurrencia. Tras
ello, Helen siguió su camino dejando a Moraví con su tarea.

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La esposa de Trebor preparó la cena, llevándole una bandeja a Moraví con dos raciones de comida. Inútil sería discutir con
semejante mujer, era muy obstinada, y le gustaba hacer las cosas a su manera, así que Moraví se limitó a coger la bandeja
sin rechistar y se dirigió pausadamente hacia el granero, pensando por el camino la mejor manera de despertar a la pelirroja
sin causar su sobresalto inmediato. "Tal vez debería taparme los ojos, claro, que con la misma podría tropezar y lanzarle
toda la comida encima. Entonces si que se asustaría de verdad." Rió para sí, ¿de dónde salían esos pensamientos?. Se daba
cuenta de que se encontraba muy bien, hasta el punto de bromear con todo el asunto. Y eso era raro, muy raro.
 Al entrar en el granero, volvió a sentirse  insegura. Oyó la respiración pausada de Aricán, con su cuerpo debajo de la
manta. Moraví dejó la bandeja sobre una repisa anclada a la pared que hacía las veces de mesa y se acercó a la joven con la
intención de despertarla, esta vez no la miraría directamente a los ojos.
—Hola.
Ahora fue la morena la que se sobresaltó bajo la suave pero grave voz de la muchacha. Tragándose su sorpresa se acercó
más para comprobar que estaba despierta.
—Te encuentras bien.
—Sí, ese potingue es bueno.

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—Sí que lo es. Verás cómo en un par de semanas estarás bien del todo. —Metódicamente actuó como cualquier cuidador con
su enfermo, tirando un poco de la manta para estudiar las heridas cercanas al cuello. —¿Hace mucho que estás despierta?
La joven pelirroja se encogió de hombros.

—No demasiado. —Se incorporó para hacerle más fácil el trabajo. —¿De veras me enseñarás a preparar el ungüento? —Era
una súplica, aunque intentara que no sonara de ese modo.
Moraví la atrapó con ojos azul intenso.

—Siempre cumplo una promesa. —al instante bajó la vista, giró sobre sus pies y buscó ropas para la joven.

Aricán no pudo evitar dar un respingo de nuevo con esos luceros, la piel de gallina. Estaba segura que más de la mitad de
los enemigos de ésta mujer eran derrotados sólo con el acero de sus ojos. Moraví le alcanzó la ropa que Helen había
preparado, similar a la forma de vestir de las mujeres del lugar, con una falda pantalón de fondillo bajo, amplia pero
cómoda, una camisa marrón oscura sin puños y un jubón sin mangas con cordones delanteros. Unas botas cortas de piel
curtida completaban el vestuario. La joven pensó que era muchísimo mejor que lo que llevaba puesto antes de encontrarse
con la morena.
 Sin prestar atención a la pelirroja, más que nada para dejarla que se vistiera sin presión, Moraví se ocupó en preparar un
lecho al otro extremo del granero, alejada de la joven.
—¿Tú duermes aquí?

—Sipe. —La voz le llegó desde atrás.

—Entonces ésta era tu cama. —Se sentía un poco culpable.

—Justamente, pero no te preocupes por eso, puedo dormir en cualquier parte, sólo necesito un suelo más o menos blando y
un par de mantas. —Moraví se dirigió hacia ella con la bandeja de comida. —Mira, si te vas a sentir incómoda puedo ir a otro
lado.
—No, no es eso. —se explicó. —Me sentiría muy culpable si te vas de aquí. Es que...  me sorprendió un poco, eso es todo.
—Ya. —No quiso explicarle que todo fue idea de Helen. En parte estaba un poco molesta con la mujer de Trebor, pero lo
dejaría correr.
—¿Tienes hambre? Helen prepara muy bien de comer. Mucho mejor que yo. —puntualizó.

—Hmm... Huele rico. Eso era un sí, evidentemente. La mujer morena le alcanzó su ración y comió junto a ella, mientras le
explicaba un poco cómo estaba distribuida la aldea y cuáles eran las cosas más comunes que debía saber.
 

Sigue -->
L A

E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

3 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

CORSARIOS.

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—¡¡Corre, Mora!!

La respiración entrecortada, el aire que falta, el corazón desbocado. El fuerte dolor en el pecho, la rabia, la desesperación.

A sus ojos llegó la imagen de los hijos del Dragón Negro atrapando a Girlock. Una terrible impotencia invadió a Moraví, que
sin poder hacer nada vio cómo esos cerdos clavaban sus sagas en su esposo. Tres heridas mortales, una en el pecho, otra
en la garganta y una tercera a la altura de los testículos. Ella no tuvo tiempo de llorarle, pese a que sentía una gran presión
en el corazón. Corrió hasta que no pudo más, y viendo que la iban a atrapar como cazador a su presa más tarde o más
temprano, liberó su garganta del nudo que la sujetaba y lanzó un grito, el último que daría antes de ser alcanzada.
—¡... Ey! —Un sonido le llegaba de lejos, como el susurro del aire. —Vamos, despierta. Cuando las palabras atravesaron sus
oídos Moraví se despertó y alzó su cuerpo a la defensiva, arrastrando con ella a la pelirroja que la sacudía suavemente por
un hombro. A consecuencia del empujón, Aricán perdió el equilibrio y cayó sobre su regazo, clavándole el codo en el muslo
izquierdo.
Moraví no reaccionó inmediatamente, sino que se mantuvo quieta, tensa y sudorosa, con la mirada perdida y el corazón
palpitando descontrolado.

La pelirroja incorporándose la miró. Estaba asustada. No sabía qué pensar respecto a las emociones que pasaban por el
rostro mudo de Moraví. Ella sólo pretendía despertarla con suavidad al darse cuenta de que sufría una pesadilla. Mil
preguntas pasaron por su cabeza pero no hizo nada al respecto. Prefirió esperar, temerosa de algún tipo de represalia por el
codazo.

Mientras tanto, una perturbada Moraví intentaba tomar aliento y volver al carácter frío y distante que la caracterizaba.
Pasado un tiempo, giró su cabeza y dirigió su intensa mirada a la pelirroja, que hubiese dado cualquier cosa por desaparecer
en ese instante.

—Estabas soñando. Pensé que debía despertarte. — Aricán intentaba explicarse al ver que la morena no decía ni una palabra.
—¿Dije algo? —Preguntó con voz dura y molesta.

Aricán se asustó aún más, enfrentada como estaba a unos luceros azul claro que parecían traspasarla como cuchillas.

—No, sólo gemías y decías cosas sin sentido y... te movías agitada. —explicó, balanceando los brazos como para hacer más
verosímil su versión. Luego se vio tentada a acariciar a Moraví, en un intento de aliviarla pero al estirar el brazo hacia el
rostro, la morena se giró bruscamente en sentido contrario, rechazando la caricia.
—¡Deja! Ve a dormir. Una sombra de dolor se cruzó en el inocente semblante de Aricán, pero no protestó. Miró al
inexpresivo rostro de Moraví antes de alzarse sobre sus pies. Entonces desvió la mirada al techo del granero durante unos
segundos, quizás buscando una explicación desde lo alto.
Sin obtener la respuesta esperada, giró sobre su eje y volvió a su lecho.

Después de que la pelirroja se alejara, y viendo que le había dado la espalda, Moraví en un gesto desesperado se llevó una
mano a la cabeza y frotó con rudeza su cara, como queriendo hacer desaparecer esas pesadillas que volvían a atormentarla
después de algunos años. "Maldita chiquilla", pensó. Estaba muy inquieta, "Tengo que salir de aquí".
No sabía muy bien a dónde ir, pero no podía desahogarse en el granero con la joven a su lado. No la metería en sus
asuntos.
Sin pensarlo más sacudió su cabeza, se levantó sigilosamente y salió al frío de la noche.
La pelirroja oyó la puerta al cerrarse. Moraví la había aterrorizado.

—¿Qué le pasa? En los pocos días que llevo aquí no la he visto de este modo. ¡Dios!, he visto temor y rabia en sus ojos.
Intentaba adivinar qué tipo de vivencia habría hecho que sufriera de ese modo. Quizás hizo mal en despertarla, Moraví se
mostró violenta,... y la pregunta, "¿Dije algo?, ¿por qué le preocupa tanto?, ¿acaso tiene algo que ocultar?, pero ¿qué?. Y...
¿quién o qué es Girlock?"
Después de salir del granero, Moraví se aventuró en una alocada carrera, sin rumbo fijo, tropezando con las ramas en su
camino, haciendo caso omiso a los rasguños en los muslos. Finalmente se encontró ante un acantilado, lejos del poblado,
donde no sería escuchada por nadie.
—¡¡¡Nooooo!!!

Allí lloró, gritó y se derrumbó dejándose caer al suelo. Descargó contra la tierra bajo su cuerpo, golpeando con el puño hasta
brotar sangre de los ennegrecidos nudillos. Así se mantuvo durante mucho tiempo, hasta que el cansancio la venció. No
podía soportar esas pesadillas que le traían a su mente una realidad tan viva que parecía que la había pasado una semana
antes. Su mente le trajo la imagen de Girlock, el único hombre al que había amado hasta el extremo: su corsario, su
amante... su todo. Y esos cerdos acabaron con su vida, con la persona que la había liberado de su mundo, demostrándole
que existen otras formas de vivir, proporcionándole una vida feliz y segura a su lado. Y lo peor de todo es que ella no pudo
hacer nada. Gimió, hubiera sido mejor haber muerto con él entonces.
Años después ella seguía buscando su propia venganza, arrollando a su paso a todo aquel que se interpusiera. Había viajado
por tantos sitios como existían en el viejo mundo, pero en tantos años no había conseguido ninguna pista que le llevara al
Dragón Negro ni a ninguno de sus serviles.
Ahora se encontraba en una aldea, con una joven que le recordaba a cada instante su pasado, volviendo las pesadillas. No
sabía si odiarla por sentirse identificada con ella. Pero no, "¿en qué estás pensando?", la muchacha no tiene la culpa de tu
pasado, además a sufrido mucho, y en el fondo busca lo mismo que tú, huir de su pasado. Esa era la pura verdad, aunque
se mente negara a reconocerlo.

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Intentó calmarse, devolviendo al presente los momentos más felices que había tenido con Girlock. Todo un varón para ella,
todo un valiente para el resto. Sonrió para sí al recordar el semblante serio y fresco de un hombre que hablaba sólo con
mirarla.

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Moraví se encontraba en la bodega del navío, amarrada a un poste. El capitán del barco no quería soltarla temiendo que
intentara lanzarse por la borda, además, la única vez que había estado suelta formó tal revuelo que era mejor mantenerla a
raya.
—Menuda salvaje. —dijo Joe, el grumete.

Necesitaron cuatro hombres para inmovilizar y trasladar a Moraví al interior del camarote. Ella sola había pateado traseros
durante un buen rato sin ser embestida por nadie.

—Dímelo a mí, todavía siento un dolor agudo entre las piernas. —Protestó Bodelé. Estaba muy furioso. —Es una lástima que
el capitán la haya encerrado, si no verías tú cómo le enseñaba modales a la morenita. —El barbudo miraba ansioso hacia la
puerta de la bodega. La destrozaría disfrutando de su cuerpo si le dejaran.
—¡¡Una galera!! —gritó el vigilante desde el puesto de vigía.

—¡Capitán, se acerca muy deprisa! —desde babor otro marinero observaba el avance del navío.
—¿Lleva alguna bandera? —preguntó el capitán Justino de Barracas.
—No se ve nada, pero se acerca muy deprisa.

—¡Mierda!, puede que sean piratas normandos. ¡¡Preparaos para recibir el ataque!!

Desde la bodega, Moraví podía oír los gritos del capitán. La tripulación se movía agitada, corriendo de un lado para otro. Ella
podía sentir los pasos apurados de los marineros y el tintineo de las armas metálicas. Era el preludio de una fuerte batalla.
Moraví no tenía posibilidad de escapar, por tanto se limitó a esperar con todos los sentidos alerta. "¿Quién sabe?, puede que
salga de ésta victoriosa y me ahogue antes de que ningún cabrón me haga suya otra vez, pensó riéndose de su suerte,
"Peces, os llegan alimentos frescos del día".

Más golpes estruendosos mezclados con un intenso griterío llegaron a sus oídos. Después de dos horas, tiempo que le había
parecido eterno, el ruido de la batalla se extinguió y la puerta de la bodega se abrió, entrando en su interior un hombre alto,
rubio y vigoroso al que no reconoció como parte de la tripulación.
La mente de la muchacha trabajó rápidamente, atando cabos. No tardó nada en llegar a la conclusión de que el buque había
sido conquistado.
Detrás del primer hombre entró Justino de Barracas, custodiado por dos piratas.
—¿Es esto lo que tienes? —preguntó el rubio alto con un tono indiferente.

—¡Es una diosa! Íbamos a vendérsela a un noble que pagaría mucho oro por ella —contestó Barracas con voz suplicante.
El hombre se acercó a la muchacha. Fue entonces cuando Moraví vio por primera vez el sereno semblante de Girlock.

—No parece gran cosa —dijo con intención de molestar aún más al ya humillado Barracas. Girlock disfrutaba plenamente con
esto. Le gustaba ver al capitán indefenso, temeroso de lo que ocurriese con su vida. Como pirata, esperaba un buen botín,
no una sierva. Pero contaba con que acabaría haciendo un trato con los esclavistas al ver que sus importantes pertenencias
no se encontraban en la nave. Se llevaría a Moraví, de momento. Ya daría con ellos más tarde y se vengaría por la trata de
esclavos. Porque si había alguien que amara realmente la libertad ése era Girlock; si él era libre para decidir, por qué se le
debía privar de libertad a los demás. ¿Acaso no éramos en el fondo todos iguales? ¿No es cierto que la sangre de todos los
mortales es del mismo color?
A pesar de que sus nervios estaban a punto de hacerle saltar sobre su víctima para arrancarle los ojos, el corsario seguía
mostrando un sereno e indiferente semblante.
—Haremos esto —Girlock rompió el silencio que torturaba al desaliñado y descompuesto Barracas. —: me darás todo lo que
tengas de valor e incluirás a la chica —dijo sin retirar la mirada de ella. La respuesta de Moraví no se hizo esperar, y sus
ojos centellearon hasta el punto de querer atravesarlo con la mirada. Tal era el odio que sintió por el hombre que intentaba
apoderarse de ella como si se tratara de un objeto.
—Y si hago eso, ¿de qué viviré? —preguntó el capitán. —Con la venta de esta diosa tendremos mucho dinero para repartir.
Girlock se acercó al tal Justino con una tranquilidad que helaba la sangre de su enemigo. Inmediatamente el capitán se dio
cuenta de su peligrosa osadía. Cuando estuvo lo suficiente cerca, dejando sentir su respiración en el rostro del otro le
contestó:
—Si no me la das no tendrás que preocuparte por tu vida. ¿No crees?
La sutil amenaza fue como un jarro de agua fría. Justino de Barracas, el arrogante hombre que nunca había sido derrotado,
tenía ahora el rabo entre las piernas.
—¡Gordon! —el corsario llamó a uno de sus marineros, —¡Saca a la chica de aquí! —Después de eso salió de la bodega.

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—¡Hijo de puta! —Gruñó por lo bajo.

Esto era algo de lo que Justino se acordaría siempre. El botín de su vida, una Hija del Sol, robada ante sus narices por un
jovenzuelo que apenas tendría la mitad de experiencia que él. La pérdida de la chica le dolía. Y es que en estos tiempos,
una joven como Moraví era muy difícil de encontrar.

Sobre Moraví y las que eran similares (si es que existía alguna más) había una leyenda. Las Hijas del Sol eran mujeres muy
hermosas, procedentes del Norte de África, con la piel morena y tersa y con algo fuera de lo común, sus ojos, azules como
el día. Para cualquier rey o gran señor, poseer una hermosa mujer como ésta era como tener un amuleto de la suerte y eran
capaces de dar una inmensa fortuna por ellas.
Barracas dirigió su mirada por última vez al cuerpo de la joven, con los ojos rabiosos y la mandíbula apretada. Moraví le
devolvió el cumplido, sonriendo con sarcasmo, contenta de ver al Barracas humillado. Al menos la vida le proporcionaba
estos cortos momentos de placer que ella jamás dejaría escapar.
Ya se preocuparía más tarde de trabajar algún plan para separarse del nuevo cabrón que pretendía adueñarse de ella.

En la galera de Girlock, el capitán se vio obligado a ordenar que encerraran a la joven. Su actitud agresiva demostraba que
estaba muy asustada. —Como una presa acorralada —pensó. Sin conocer su filosofía, Moraví lo odiaba por haberla
comprado.

La encerraron en un camarote sin lujos pero espacioso. Moraví pensó que se trataba de la estancia del hombre que estaba al
frente de la tripulación, ya que era un lugar cómodo. En el cuarto había una gran mesa donde se extendían unas cartas
astrales y unos mapas. A babor se situaba una estantería de troncos donde estaban colocados algunos libros y objetos de
poco valor. Al fondo, un catre amplio, donde podrían dormir perfectamente dos personas. Esto le hacía tener previsión de
futuro, un futuro que no le gustaba en absoluto. Todos los objetos de la habitación estaban a la vista, no parecía haber nada
escondido. A pesar del odio que profesaba hacia Girlock, no pudo dejar de admirar lo ordenado y pulcro que debía ser. El
camarote hablaba por sí mismo.
Moraví reconoció una daga que se encontraba en la estantería. Sin pensarlo la recogió y la escondió entre sus ropas con
rapidez, mientras se oía el cerrojo de la puerta del camarote al abrirse. Girlock entró en el camarote y volvió a cerrar la
puerta. La joven morena no le quitaba la vista de encima, estudiando cada uno de los movimientos de su posible
contrincante.
El hombre se acercó a ella. —No tienes nada que temer. Yo no voy a venderte.

Ella seguía con los ojos fijos en él, sin cambiar de actitud. Entonces Girlock se acercó más. Moraví, con un ágil y rápido
movimiento sacó la daga y le atacó de frente. Girlock no se dejó sorprender y paró el ataque agarrando a Moraví por la
muñeca fuertemente, haciendo que soltara la daga. Después de eso la empujó echando todo su cuerpo sobre ella y la atrapó
contra un poste central que atravesaba la habitación.
Moraví quedó inmovilizada de inmediato, con sus dos manos agarradas, la daga en el suelo, su corazón desbocado y la
respiración entrecortada. Sus ojos se cerraron, sin poder soportar la intensidad de los ojos grises que la atravesaban.

—¡Escucha!, no quiero hacerte daño. —Girlock aflojó la presión pero al ver que la chica se revolvía resuelta, volvió a
empujarla, elevando sus brazos por encima de su cabeza. Los pechos de ella sentían la presión del tórax de Girlock, algo
que la turbó momentáneamente. —¡Mírame! — La zarandeó.
Moraví abrió tímidamente los ojos, enfrentándolos a los luceros grises. El hombre parecía leer a través de su alma.
—Te devolveré a tu lugar de origen pero sólo si dejas de comportarte de ese modo.

Mora habló por primera vez. —¿Qué quieres decir? — era un desafío que no pasó por alto. —No voy a darte nada.
—No quiero nada de ti. Sólo quiero devolverte a tu sitio.

La joven vaciló, no sabía qué creer. —Entonces, ¿por qué me salvas? —No estaba acostumbrada a recibir sin tener que dar
nada a cambio.

Girlock, nuevamente aflojó la presión. Su mirada se dulcificó mientras observaba el turbado rostro que tenía enfrente. —No
mereces ser la esclava ni el amuleto de ningún rey.
—¿Y la tuya? —Moraví preguntó con desconfianza.
—No te quiero como esclava. No quiero ser dueño de nadie. — Tras una pausa prosiguió. —¿Podré soltarte sin que intentes
asesinarme?

Moraví asistió con la cabeza. Este hombre era fuerte y la asustaba, pero a la vez su instinto le decía que debía confiar en él. 
Girlock la liberó del agarre, apartándose un poco de su cuerpo, pero quedándose lo suficientemente cerca como para sentir
los latidos nerviosos del corazón de la joven mujer.
—Mira, te quedarás en el camarote. Será tuyo durante el tiempo que estés aquí.
—¿A dónde irás tú?. —Su voz denotaba todavía algo de temor.
—Dormiré con la tripulación, de ese modo comprobarás que no quiero nada de ti. —Fue la respuesta del corsario. Dicho esto
le dio la espalda, recogiendo la daga del suelo. Pensó que no sería bueno dejar en el camarote ningún objeto punzante. La
chica no se fiaba de él, y ese sentimiento era mutuo.

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Durante un tiempo todo sucedió como el corsario propuso. Moraví se quedaba a dormir en el camarote del capitán de la
galera normanda, con el cerrojo puesto. Girlock se acomodó con la tripulación. La joven morena fue cambiando poco a poco
su actitud agresiva hacia el hombre que, sin saberlo, le había salvado la vida. El odio de un primer momento fue dejando
paso a cierta admiración por el joven corsario. Alababa su capacidad de dominar a su antojo a un atajo de hombres rudos y
mayores que él. Era inteligente y sabía muchas cosas.
Poco a poco fue creciendo cierta cordialidad entre ellos. Moraví se movía libremente por las dos cubiertas del barco. Los
hombres de Girlock clavaban sus ojos en ella pero todos la trataban con mucho respeto. Nadie cometería el error de ir
contra las normas de su jefe, y una de ellas era no molestar a Moraví. Quien osara tocarla sería arrojado de inmediato a los
tiburones.

El corsario guió la galera hacia el sur de Hispania, tal y como le prometió. Pero una vez cerca allí, Moraví comprendió que no
tenía sentido el regreso. No había nada que la atara al sitio. No había nadie esperando.
—¿Qué sucede? Hemos llegado, eres libre. —Girlock sentía quedarse sin su compañía pero a la vez estaba satisfecho de
devolverla a su hogar.
—Todo es diferente. —Explicó Moraví. —No hay nada que me ate a este lugar.
—¿Entonces qué harás?

—Yo..., aún no lo sé, quizás me enrole en algún barco.

Girlock pensó que la joven deliraba. —¿Te has vuelto loca? ¡Nadie te cogerá como grumete, ni siquiera como cocinera?
¿Quién querría enrolar en su barco a una... (tibuteó) a una hermosa joven que no haría más que complicarlo todo?
—Puede que tú.

Moraví lo estaba volviendo loco. Ya era bastante difícil para él tener que aguantar la tentación de intimar más con la joven.
¡Y ahora le pedía viajar con él! Su mente le indicaba soluciones razonables, mientras que su corazón se movía por un camino
ilógico.
—¡Escucha! ¡No puedes venir conmigo! —musitó él muy quedamente.

Moraví escondió su rostro. No sabía qué le estaba pasando pero tenía claro que no quería alejarse de Girlock. Entonces el
hombre le agarró suavemente la barbilla y, alzando su cara, la enfrentó a su mirada. Moraví podía sentir cómo Girlock
miraba a través de su alma. Hasta cierto punto se sentía completamente desnuda, con sus sentimientos expuestos cual libro
abierto.
—¿Por qué quieres quedarte? Éste es tu mundo. Estarás entre los tuyos —le dijo con voz suave, intentando convencerla.

—No. Llevo mucho tiempo lejos de aquí. Nadie me espera. — Por una vez en su vida Moraví tenía tentaciones de suplicar. De
alguna manera sentía que Girlock era una puerta abierta hacia una nueva vida.
El corsario no podía soportar ver la angustia que se estaba formando en los luceros azul claro, por lo que resignado hizo una
nueva proposición.
—Está bien. Podrás quedarte, pero como uno más entre la tripulación. —El velo de angustia en los ojos de la muchacha se
fue apagando.

—Tendrás que ganarte la comida, y si te metes en líos con los marineros, deberás defenderte tú sola —continuó el hombre.
Ahora Moraví sonreía abiertamente. —Quiero recuperar mi camarote, así que si quieres quedarte en él y no dormir con la
tripulación tendrás que dormir en el suelo. —Girlock quería ponérselo difícil.
—Eso no será problema —contestó Moraví convencida.

—No será fácil, así que deja de sonreír de una vez. —La brusquedad de sus palabras le dejó sorprendido. —Vete ahora.
Moraví se alejó y lo dejó solo. Girlock se preguntó entonces cuánto tiempo pasaría antes de que no aguantara más su
atracción por la joven. El tal Barracas tenía razón en una cosa, Moraví era una diosa.

Esa misma noche, después de volver a desviar el rumbo de la nave, Girlock se entretuvo durante horas mirando las estrellas.
Pensó en dividir su camarote en dos, de ese modo no se vería tentado por la belleza de Moraví. La joven era lista, y estaba
convencido de que se haría un puesto entre los suyos. Su fuerza no pasaba por alto y, pese a su juventud, tenía un cuerpo
bien formado y musculoso.

Cuando regresó al camarote, en la penumbra pudo notar el bulto que denotaba que Moraví estaba dormida en el suelo, lejos
de la cama. Con su respiración constante y tranquila, estaba claro que confiaba en él. Girlock pensó que ése no era lugar
para una diosa. Él podía dormir en el suelo. Sin pensarlo dos veces se acercó a la joven y la despertó agitándola suavemente
del hombro. Moraví dio un respingo y se puso alerta.
—Errr..., lo siento. No quería asustarte.
—Pues lo has hecho —contestó la joven con un tono tenso. —¿Sucede algo?
Girlock se sentía algo ridículo. —No..., no. Sólo quería comprobar que estabas bien, y... bueno, proponerte que te acuestes
en la cama.
Moraví lo miró asombrada, con los ojos muy abiertos. Estaba empezando a pensar que se había equivocado con Girlock,
aunque si quería ser sincera, en el fondo la idea no le parecía tan mala. Girlock, al comprobar la reacción de la morena no le
dejó tiempo a replicar.
—Yo me acostaré en el suelo —resolvió.
—Pero ese es tu lecho. Habíamos hecho un trato y yo estoy de acuerdo con quedarme en el suelo.

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—Lo sé, pero durante estas semanas he estado durmiendo sobre tablas y no sé si seré capaz de coger el sueño en una
superficie tan blanda —mintió descaradamente. —Podías haberte inventado una excusa mejor —pensó.
—¿Y si nos turnáramos?. Ya que yo estoy en el suelo duermo esta noche aquí y mañana lo harás tú — Pensó que con eso
dejaba zanjada la estúpida cuestión, así que se volvió a acomodar y le dio la espalda a Girlock.

El corsario quedóse como un tonto, mirando el cuerpo tranquilo de la durmiente. Con un bajo —de acuerdo —se dirigió a su
cama y se acostó. Por supuesto, no durmió en toda la noche.
Lo que el rubio hombre no sabía es que Moraví tampoco durmió, sintiendo toda la noche cómo un flujo de sensaciones
desconocidas hasta ahora se hacían dueña de su cuerpo y su mente.
Al día siguiente todo pasó en el barco con normalidad. Moraví se entregó de lleno al trabajo, aprendiéndolo todo muy
deprisa. Tuvo un pequeño percance con un marinero, pero salió airosa y sin pelear del encontronazo.

Durante todo el día, muchacha y corsario se esquivaron, sintiendo que llegara nuevamente la noche. Después de que el sol
se escondiera en el horizonte la noche anterior empezó a repetirse. Moraví regresó al camarote, mientras que Girlock se
entretuvo con los marineros durante largo rato. Fue el último en irse a dormir, con la esperanza de que la joven se hubiese
entregado ya al mundo de los sueños. Cuando entró en el camarote no pudo evitar la tentación de acercarse al lecho y
comprobar que estaba dormida. Nuevamente notó la respiración tranquila de la joven. Sus ojos, acostumbrados a la
penumbra, se clavaron en el rostro de Moraví, estudiando cada detalle del mismo. Se sentó en el borde del lecho y, sin
apenas tocarla, pasó sus dedos por la cara de la mujer. Ella no se alteró, por lo que Girlock llegó a la rápida conclusión de
que estaba profundamente dormida. —Bien —pensó, dispuesto a seguir un rato más recorriéndola con la mirada.

Esa noche hacía bastante calor, por lo que Moraví se había acostado sobre las mantas. Girlock podía imaginar cómo era el
cuerpo escondido bajo las ropas de la mujer. Ese pensamiento alteró sus hormonas, así que bruscamente sacudió su cabeza
y se dispuso a levantarse y alejarse de allí. Una mano lo agarró del brazo.
—Quédate.

Las palabras cayeron como un jarro de agua fría.

—Aquí hay espacio para los dos y... después de todo es tu lecho. —Moraví explicó con voz ronca y suave.
La mano de ella sobre su brazo ocasionó un cosquilleo por la espalda de Girlock. Estaba muy nervioso.
—Creo que eso no sería una buena idea —contestó turbado.
—¿Acaso no te gusto?

—Oh, no. No es eso. Es sólo que yo... bueno, tú no... pensé que... —Girlock se quedó sin respuesta. ¡Claro que deseaba
quedarse!

Una amplia sonrisa se apoderó del rostro de Moraví, quien tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse sonoramente.
Siempre había visto a Girlock seguro de sí mismo, tomando el control de las distintas situaciones que surgían en su camino.
Pero ahora se comportaba como un niño, totalmente inseguro. —Habrá que ayudarle entonces —pensó.
—Acuéstate —ordenó con suavidad mientras tiraba de su brazo.

Girlock se dejó llevar, hasta que recostó su cuerpo al lado del de ella. No estaban pegados pero podía sentir el calor que se
desprendía del otro lado del lecho.
Moraví soltó su brazo. De inmediato Girlock sintió la pérdida de su contacto y emitió un sordo gemido como protesta. Se
sentía agarrotado y nervioso, incapaz de moverse del sitio.
La joven se apoyó en su brazo, con la mano acunando su cabeza. Sus ojos observaban al hombre. Con la mano libre
masajeó el brazo derecho de Girlock. —¿Te encuentras bien? —preguntó preocupada por la falta de reacción.
—¿Eh?... Oh, sí. Estoy bien.

—¿Quieres que me vaya? —ahora era ella la que se mostraba algo insegura.

Haciendo acopio de valor, Girlock se incorporó de lado, la atrajo hacia sí y rozó los labios de la joven con los suyos propios.
—No. No quiero que te vayas.
La mano de Moraví dejó el brazo y alcanzó la tez de la cara de su compañero. Con el pulgar acarició su mejilla hasta
alcanzar sus labios, donde se detuvo. Girlock estaba perdido bajo el influjo de esos ojos de un intenso azul claro. Eran
hipnóticos. La suave caricia de la mujer le erizaba los pelos. Con delicadeza agarró la mano y la besó. Moraví retuvo la
respiración, ignorando el nudo y el hormigueo que se formó en la boca de su estómago. Quería probar esos labios, así que
empujó al rubio, acostándolo sobre su espalda y lo besó en profundidad agachándose sobre él, gozando de la suavidad de
sus carnosos labios. La lengua de Girlock se abrió camino, incitando a Moraví a entreabrir los labios. La mujer morena pudo
sentir la lengua entrando hasta encontrarse con la suya. Las dos bailaron juntas en una misma danza, recorriendo todos los
caminos posibles, saboreándose el uno a la otra. Con la respiración entrecortada y los suaves gemidos sin procedencia,
hombre y mujer se separaron despacio. Ojos azules miraron a ojos grises y ambos se perdieron nuevamente en un mar de
sensaciones.
Hubo un nuevo beso, intenso pero más suave que el anterior. Girlock, incapaz de permanecer quieto, buscó el contacto de la
piel con sus manos, infiltrándolas por debajo de la ropa. Moraví sentía el calor y la presión de las manos que recorrían su
cintura y marcaban un camino lento sobre su espalda. Las manos de Girlock fueron capaces de transportarla a otra realidad,
dentro de un mar de sensaciones. Ella deseaba desesperadamente ese contacto.
—Siii... —dijo entre beso y beso. Girlock abandonó entonces la suave boca, buscando la garganta de la joven. Cuando
encontró su objetivo se entretuvo lamiendo y chupando. Su alma se extasió al sentir el ronco suspiro de Moraví como
respuesta. —¡Oh! Dios... hmmm! —

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Moraví acarició el tórax de Girlock con sus pechos. La espalda se arqueó como respuesta y una oleada de calor se apoderó
de él. —Despacio —se decía a sí mismo, temiendo perderse en el camino.
Intentó escaparse de la joven para quitarse la ropa.

—¡Ah, ah, ah! —lo detuvo al darse cuenta. —Déjame — Le fue desabrochando la camisa poco a poco. Cuando separó los dos
primeros botones de la parte superior de la camisa, se tomó la libertad de besar, lamer y mordisquear todo lo que pudo de
su expuesta piel. Una nueva ola de placer recorrió la espalda del joven rubio. —Mmm...
Ella sentía cómo poco a poco la humedad se iba apoderando de su sexo. Desesperada arrancó de un tirón el resto de los
botones y abrió la camisa del varón. Quería degustar todo su cuerpo. Se lo comería allí mismo.

Girlock, sorprendido por la fuerza de la pasión que se apoderaba de la mujer, reaccionó de la misma manera, arrancando
violentamente desde atrás las ropas que le impedían mantener un contacto directo con la tan deseada piel. Moraví dejó que
se las quitara del todo.

Los cuerpos se abrazaron, piel contra piel, entrando en un armónico movimiento. Moraví presionó con sus caderas,
apretando pubis contra la zona más sensible y necesitada de su compañero. Un ronco gemido fue arrancado de la garganta
de Girlock tras sentir el calor y la suavidad contra su vara. —A este juego pueden jugar dos — pensó. Sin dejar de besarse,
las manos inquietas de Moraví se dirigieron al calzón, desatando los nudos. Entonces aflojó la presión de su cuerpo y se
sentó sobre él. De ese modo pudo bajar el calzón. Girlock terminó de sacarlo arrastrándolo con las piernas. Con Moraví sobre
su estómago podía sentir cómo aumentaba la presión de su miembro viril.
Él deseaba montarla y ella no era menos. Conducido por su deseo la tomó por la cintura y la colocó sobre su miembro.
Moraví facilitó el camino, cogiendo el pene con una de sus manos y permitiendo el paso a través de su gruta. Una cueva
caliente y acogedora, húmeda, rugosa, suave y excitante. A partir de ese momento comenzaron una nueva danza,
acompañada de movimientos acompasados y gemidos sensuales. Ella lo sentía plenamente dentro, y disfrutaba de ello. Él no
sabía cuánto tiempo aguantaría sin explotar. Quería aguantar, quería satisfacer a la mujer hasta extasiarla. A su Diosa. Abrió
los ojos y se encontró con el rostro apasionado de Moraví. —Oh, dioses —
Moraví llevaba el ritmo, acelerándolo más y más. Las manos de su amante estaban ahora sobre sus nalgas, agarrando con
fuerza. Ella tenía apoyada sus palmas sobre el pecho de Girlock, donde podía coger los henchidos pezones del hombre. La
temperatura se elevaba sin control, aquella presión... el aumento de los gemidos, cada vez más prolongados. La pasión
descontrolada, la locura.
—Oh, Girlock.

Con sólo decir su nombre, el joven rubio sintió su pecho explotar. Ya no podía soportar esa locura y tomó las riendas,
acelerando aún más el movimiento, frotando su pene contra las cálidas paredes. Su mano se deslizó hacia el clítorix de la
joven, pellizcándolo suavemente con sus dedos.

—Sii... ohhh ... sí —la mujer podía sentir el foco de su deseo ganando más intensidad en cada movimiento. El pulso a través
de su sexo cobraba más fuerza. Girlock la guiaba por el camino de esa locura. Elevándose, alcanzó con su boca uno de los
pechos de Moraví y lo succionó con pasión. El dolor aumentó la presión apasionada en su sexo, guiándola hasta el orgasmo.
Entonces Girlock no pudo aguantar más y ambos estallaron en un último canto de gemidos profundos. Cuando lograron
recuperarse, él salió de ella y la abrazó fuertemente. Ella se dejó acunar en ese cuerpo vigoroso que era capaz de arroparla
con dulzura, y de ese modo se adormecieron.
Al año de conocerlo ya estaba locamente enamorada de su persona, y además ¡¡qué diablos!!, le encantaba revolcarse con
él, sin ningún tipo de prejuicios. Y es que Moraví, pese a su juventud, era realmente apasionada, al igual que su esposo, así
que hacían el amor una y otra vez descubriéndose y reconociéndose mutuamente en cada contacto, probando docenas de
posturas, improvisando en cualquier sitio. Así disfrutaban de cada noche hasta quedar totalmente extenuados. Entonces
Girlock, como hizo desde el primer día, la abrazaba con dulzura y ella apoyaba su cabeza en el adorado pecho, pasando un
brazo alrededor del estómago de su amante, dejándose acariciar hasta dormirse. Nunca se lo dijo, pero amó a su esposo.
Ahora lamentaba haberlo callado para sí, aunque en el fondo de su corazón sabía que Girlock conocía ese sentimiento.

Era evidente que lo amaba cuando estaba con él, retozando en el lecho, guiándole hasta hacerle perder la cabeza. Sabía
cómo acariciar a su esposo, cómo trabajar con el miembro viril que tantas satisfacciones le proporcionaba cuando ambos
estaban entrelazados. Y Girlock la conocía y respondía con la pasión que ella esperaba. Disfrutaba antes, durante y después
del coito, algo que no conseguía con otros hombres que fueron pasando por su vida. Claro, que a ninguno lo amó como a su
corsario,.... bueno, era más correcto decir que a ningún otro había amado.
En cuanto a su pasión todos los hombres tenían una reacción similar a la de su corsario, aunque ella no respondiera de igual
manera.
Moraví poco a poco fue descubriendo esa arma femenina con la que contaba, algo que tenía que ver directamente con su
sexo. Un sexo que trastornaba a los varones y los hacía muy vulnerables. En cierta ocasión un hombre le confesó que había
estado con muchas mujeres, pero ninguna que tuviera un sexo tan suave, limpio, perfumado y sabroso como el suyo. Murió a
las pocas horas. ¡Bastardo mentiroso! ¿Acaso tanto poder tenía un coño por muy suave, limpio y perfumado que fuera? Era
evidente que sí pues eso volvía locos a todos, perdiendo la cabeza hasta el punto de confiar plenamente en ella. ¡Ja! ¡Gran
error!
Manipulándolos de esa y otras maneras, fue vengándose de cuantos pensaba que debían ser eliminados, por poseer a otras
personas, por obligarlas y empobrecerlas, por esclavizarlas o bien por humillarlas.

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Después de morir su esposo y recuperarse del daño físico causado, su sed de venganza hizo que se dirigiera a la costa, con
los corsarios, como una más entre ellos. Sus incursiones marinas la habían llevado hasta sus propios esclavistas, a los que
mató sin piedad, después de humillarlos y despojarlos de todas sus riquezas. De este modo ella había conseguido su propia
galera, con la que viajaba cada vez que sentía la necesidad de hacerlo. Había aprovechado muy bien las lecciones de
navegación que les fueron dadas por su esposo, y es que siempre fue muy observadora. Ahora todos los marinos la
reconocían, la temían y sobre todo, la respetaban. Era peligrosa en el mar, una enemiga formidable a la que la gente temía
dentro y fuera del agua. Una pirata de los pies a la cabeza. Y lo sabía.

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Merón fue interrumpido cuando preparaba un nuevo y revolucionario ungüento. Los ligeros e inseguros golpes en la puerta le
hicieron perder la concentración, vertiendo más contenido de alcohol del que debía, produciéndose como consecuencia una
pequeña explosión que mandó al traste varias semanas de trabajo. —¡Maldita sea! —Con aspecto cansado y muy enfadado
se acercó a abrir. Al hacerlo, la luz del exterior le deslumbró, por lo que no pudo distinguir quién estaba al otro lado de la
puerta.
—¿Merón, estás bien? —la voz le llegó claramente a sus oídos.

—¡¿Mora?! —respondió con un tono de sorpresa. Inmediatamente su enfado desapareció. —Si, humm... estoy bien, si. Pero
pasa, no,.... no te esperaba.

La mujer entró, observando sin descaro el desorden dentro de la cabaña. Un olor irreconocible inundó sus fosas nasales. —
¿Seguro que estás bien?, huele como a... ¿quemado?
—No te preocupes, sólo estaba haciendo un experimento que simplemente no salió bien. —Le respondió con un tono de
resignación en la voz. Estaba un poco confuso por la repentina visita. —Y bien, ¿qué te trae por aquí? —
Moraví se mostraba distraída curioseando por las estanterías. —Oh, nada en especial. Sólo estaba de paso.

—Ajá. —Merón era listo, no se le podía engañar fácilmente. Eso era algo que la morena sabía, pero no estaba preparada
para hablar con él. De todos modos qué le diría, ¿que la presencia de una joven pelirroja le había devuelto sus pesadillas?
—Estás liado en algo nuevo, por lo que veo —dijo para romper el intenso silencio.

—Si, he descubierto una nueva planta medicinal, y estoy sacándole todo el provecho que puedo. ¿Y, qué hay de ti?. — —
Estoy con Helen y Trebor, ya sabes, descansando.

—Su aldea queda lejos de aquí como para que te quede de paso acercarte, ¿no crees?. —Merón estaba seguro de que había
un motivo oculto en la visita.
Moraví le lanzó una intensa y dura mirada. —¿Preferirías que no viniera?
—No, no es eso. Es una grata sorpresa, hacía ¿cuánto?, dos años...
—Si, demasiado tiempo —le interrumpió.

Volvió a producirse un molesto silencio antes de que Merón se dirigiera de nuevo a la joven. —¿Qué tal en la aldea? ¿alguna
novedad?. —El curandero no tenía precisamente el don de palabra, pero de alguna manera debía llegar al corazón de Moraví
para poder ayudarla, si es que era por eso por lo que había venido.
—Todo va bien. Trebor está algo más viejo, pero todavía mantiene su vitalidad, y Helen sigue igual que siempre. Parece que
los años no pasan por ella.
—Si, es una gran mujer. —Al recordarla sonrió. —¿Algo más?
—¿A qué te refieres? —le retó.

—No se..., a nada en concreto. Las cosechas, los aldeanos, alguna enfermedad nueva... —por todos los medios intentaba
que Moraví siguiera conversando.

—Este año la cosecha a sido buena, según parece. El poblado a crecido un poco, con dos nuevas familias y... hay una nueva
chica. —Respondió quitándole importancia a lo que decía.
Merón intuía que iba por buen camino, así que no se demoró en preguntar, aunque eso si, aparentando ser algo casual. —
¿Una chica joven? ¿de dónde salió?
—Oh, bueno..., la encontré en el bosque. No tenía a dónde ir y la llevé a Swett —ella también hacía lo posible para parecer
casual, pero Merón percibió un momento de debilidad en su mirada.
—¿Es bonita? —La pregunta no sólo sorprendió a la morena. El barbudo reconoció que no era propio de él ese tipo de
preguntas, pero ¡qué demonios!, ya estaba hecha.
—¿Que si es bonita?, bueno, es, es... pelirroja, o casi. Y también es bastante joven..., y parece lista, si. —Casi no supo qué
responder. ¡Menuda pregunta!
Al ver la cara de desagrado de Moraví, el hombre se apresuró a la defensiva. —Bueno, soy un hombre, no deberías
extrañarte tanto por la pregunta.
—¡Oh, si!, perdona, es que a veces se me olvida —fue la irónica respuesta.
—Vale, pero sigues sin contestar a mi pregunta.
—Está bien. Si, es muy bonita —dijo con tono aburrido. Ahora sus ojos dirigidos al hombre se mostraban furiosos e
impotentes.

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—¿Ves como no era tan difícil?

—Viejo verde —dijo Moraví por lo bajo, con la consecuente sonrisa socarrona del curandero. Al menos ahora no se mostraba
tan aturdida como cuando llegó a su puerta, pensó.
—Y bien, ¿cuándo la traes para conocerla? —siguió con el mismo tono desinteresado.

—No creo que eso ocurra. Yo me iré pronto, así que te perderás la ocasión. —El carácter desenfadado de la absurda
conversación le había cambiado el humor, por lo que hablar con Merón se hacía cada vez más fácil y más agradable.
—Oh, es una pena.

Aún no había terminado de decir la frase cuando un crujido sorprendió a la pareja. Enseguida Moraví se puso alerta y Merón
le indicó en voz muy baja, —Por detrás
Moraví lamentó no llevar sus armas encima. La embravecida huida del granero no había sido buena en ese aspecto. Con
sigilo salió por la ventana lateral, mientras que el curandero lo hizo por la única puerta de la cabaña. Ambos se dirigieron a
la parte posterior de la casa, por distintos lados. Moraví avanzó más deprisa, pero con la frialdad que le caracterizaba. El
hombre no intuía nada bueno, por lo que no pudo remediar que un sudor frío apareciera en su rostro y sus manos.

Se asomaron por las esquinas, sin ver a nadie, sólo los grandes y retorcidos árboles del bosque. Moraví avanzó un poco más,
segura de que si había alguien no sería esa su posición.
Un —crack —le indicó que su amigo estaba en peligro.

—¡Augh! —el curandero cayó al suelo, sentido de un fuerte golpe en la nuca. Inmediatamente el agresor se enfrentó
blandiendo su espada contra Moraví. Ésta no evitó que una sonrisa malvada, quizás fruto de la excitación ante la batalla,
adornara su cara.

El malvado caballero gruñendo se abalanzó contra la mujer con una rapidez sorprendente, la punta de su espada dirigida a
su corazón. Moraví tuvo tiempo de ladearse hacia la izquierda, siendo rozada por la espada en su costado derecho. Con el
codo del mismo lado golpeó desde atrás la columna vertebral del hombre. Rápidamente comprobó el daño ocasionado cerca
de su cintura. No era importante, aunque sangraba.
Todavía sin haber caído el hombre al suelo, tres atacantes más la rodearon. De inmediato giró sobre su eje, con la pierna
izquierda izada por encima de su cintura. Con golpes directos a la mandíbula de cada uno, los derrotó momentáneamente.

Consciente todavía del peligro, con un salto acrobático salió del círculo, situándose detrás del hombre que golpeó a Merón,
que aún estaba en el suelo. Pasó su brazo alrededor de su garganta y apretó, hasta dejarlo casi asfixiado. Entonces no salió
de su asombro cuando uno de los otros tres atacantes, un hombre bastante fornido, se abalanzó contra ella, clavando
intencionadamente una daga al compañero que le servía de escudo. Inmediatamente los tres desaparecieron con la misma
rapidez con que habían aparecido, dejándola allí, con el hombre herido de muerte en sus brazos.

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Una leve luz que se hacía cada vez más intensa. Unas formas abstractas que se iban definiendo. —¡Uff!... ¿Mora? — —
Shhh... Estoy aquí, no te preocupes.

Merón se incorporó, apoyándose sobre sus codos. El dolor en su cabeza era insoportable. —¿Cómo...? ¿Qué ha pasado? —
acertó a preguntar.
Moraví empapó un paño en agua de menta y se lo puso en la nuca, donde aparecía un vivo rojez debido al golpe de la
empuñadura de una espada.
—Tranquilo, todo está bien. Nos atacaron, pero ya no hay peligro. —Fue la corta explicación de Moraví.

—¿Sabes quienes eran?. —La menta ayudaba a despertar, y el curandero se sentía cada vez más despabilado.
—Aún no he tenido tiempo de averiguar nada, pero hay uno muerto ahí fuera —la joven se expresaba con mucha
tranquilidad. Estaba segura de que el extraño aspecto del caballero le daría pistas suficientes como para dar con sus
agresores y saber de qué grupo o a qué casa feudal pertenecía. Con las prisas, no había tenido tiempo todavía de fijarse,
pero después de todo, el muerto no se movería, por lo que ya lo estudiaría más tarde.
Ahora Merón vaciló, conocía la furia que se apoderaba por momentos de su discípula, algo que era completamente irracional
y que la convertía en el animal más salvaje y sanguinario. —¿Lo hiciste tú?
Por un momento los ojos de Moraví se dirigieron a un mundo irreal. Pronto su mente estuvo de vuelta, mirando al hombre
sin expresión. —No, eso es lo extraño —emitió un lento suspiro.
—¿A qué te refieres?
La respuesta de Moraví no se hizo esperar, contándole con todo detalle cómo había sido el rápido asalto y sus consecuencias.
Merón escuchó atento el relato de la mujer, como queriendo revivir los hechos.
—Vamos, ayúdame a levantar. Quiero ver a ese hombre.
—Como quieras —La mujer lo ayudó a levantar y salieron a la parte de atrás de la cabaña.

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Cuando llegaron Moraví se mostró preocupada y nerviosa. Soltó el brazo del curandero y se acercó al lugar exacto de la
tragedia. Agachándose tocó la tierra bajo sus pies. ¿Y el cuerpo?. Estudió detenidamente el lugar para comprobar si había
alguna pista que le indicara que se lo llevaran arrastrándolo. Nada. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Una confusa
Moraví se dirigió a Merón sin decir una sola palabra.
—¿Estaba aquí? —preguntó el hombre, sabiendo la respuesta. La morena asistió con la cabeza.

—No se qué pudo haber pasado. No he oído a nadie, y no hay rastro. —La mujer se mostraba algo frustrada y confundida.
Entonces los dos se miraron directamente a los ojos, y al unísono levantaron la vista hacia el cielo. 

Allí lo encontraron, colgando de un abeto, a tres cuerpos por encima de ellos. Moraví creyó que el corazón se le saldría por
la boca. —¿Cómo demonios llegó ahí arriba?. Yo no he percibido nada —pensaba.
—¿Seguro que no oíste nada? —fue la pregunta del barbudo, como eco de sus pensamientos.

—No, sólo el viento. —Al decirlo se dio cuenta de que en ese momento no corría ni una ligera brisa de aire. Buscando en su
mente recordó que tampoco hubo viento durante el ataque, si así hubiese sido le habría costado menos percibir a los
asaltantes que aparecieron después. Su piel se estremeció, cosquilleando de la cabeza a los pies.
—Vamos, hay que bajarlo de ahí. —El hombre también estaba asustado, sobretodo porque tenía una ligera idea de lo que
podía haber pasado en su ausencia. Si su intuición era correcta, sus amigos estarían en grave peligro.

Continúa...
Falta esta parte por un virus que se comió la página.
Estpy en espera de que la autora me reenvíe el capítulo.

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Mientras puede esperar o seguir en la parte 5
 

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E S P A D A

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H A I T H A B U .

5 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

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DRAGONES, MAZMORRAS Y CUENTOS DE HADAS (2ª Parte).

Su sentido común y su prudencia hizo que fuese más despacio. Había salido de Swett bajo una enloquecida carrera que
amenazaba con reventar al caballo, además, corría el peligro de tropezar con cualquier obstáculo que se presentara en la
densa noche.

Moraví estaba muy confundida. Por su mente pasaban continuas escenas del pasado. Un pasado que parecía repetirse diez
inviernos más tarde. Pero a pesar de ello, hizo lo posible por que sus pensamientos no influyesen en su estado de ánimo.
Debía mantener la cabeza fría, pendiente de lo que se pudiera encontrar. La mujer apenas podía distinguir los árboles en la
oscuridad. Una intensa niebla se apoderó de esa parte del bosque, dándole un aspecto tenebroso y maligno, como si detrás
de cada árbol se encontrara un alma hambrienta de venganza.
Moraví decidió apearse e ir por delante de la montura, llevando al caballo por la brida. Aquellos parajes eran totalmente
desconocidos.

Cuando había avanzado apenas unos metros, la mujer morena frunció el entrecejo, insegura. Con los ojos bien abiertos y los
sentidos alertas, la pirata detuvo su marcha. Una premonición le hacía suponer que algo estaba a punto de ocurrir y no era
bueno.
Algo estaba al acecho. Una presencia extraña. Ojos que vigilan. Moraví podía sentirlo... Una energía diferente.
—Esto no me gusta nada. —susurró para sí.

Una corriente electrizante le puso los pelos de punta y sus manos se volvieron sudorosas. El repentino aumento de
adrenalina amenazaba con paralizar sus miembros.

De repente, seguida por su instinto se giró en redondo y pudo ver de reojo la presencia de una sombra fugaz. Clavó sus
ojos en la maleza sin hallar nada. Interiormente trató de calmarse, "Tranquila, es fruto de tu imaginación, nada más". Pero
no estaba tranquila. Sabía que una presencia extraña estaba ahí. Ella la había visto, cercana, amenazante.

Avanzó cuidadosamente, adentrándose aún más en la densa bruma. El silencio era más aterrador que el ambiente. La pirata
podía oír los latidos de su propio corazón. Pensó que cualquiera que estuviese allí más de una semana, podría volverse
totalmente loco.
Un escalofrío recorrió sus entrañas cuando un extraño olor invadió sus fosas nasales. Aquello no era niebla sino algo que
salía desde la tierra, era el olor longevo de la muerte. Al pensarlo fríamente se dio cuenta de que se trataba de fósforo,
producto de la descomposición de la materia ósea. ¿Estaría acaso profanando las tumbas de algún cementerio antiguo?.
Esperaba que no. Siempre se mostró incrédula ante muchas cosas, pero ahora era un ser indefenso que se sentía como
cordero en medio de una manada de lobos.

Las dudas sobre lo desconocido la llevaban a aquellas antiguas historias sobre animales sagrados que eran el instrumento de
una venganza horrible. Se decía que a través de ellos, espíritus del bosque se vengaban de aquellos que osaban profanar las
tumbas de quienes habían vivido en paz y armonía con la naturaleza.
—Demonios. —susurró con la intención de romper el silencio. —Nunca he estado en esta parte del bosque.

¿Y si se había equivocado? ¿Y si la ruta que tomaron aquellos soldados no era la que ella había seguido y todo era una
trampa? Daba igual, de todos modos. No había vuelta atrás, fuera lo que fuera lo que le esperaba en el lugar, debía seguir
avanzando.

Moraví desenvainó la espada con movimientos lentos y sigilosos; acto seguido, continuó su camino. La morena dio un
respingo cuando Blackfire relinchó asustado. El caballo se resistía a seguir avanzando. "¡Maldita sea!", pensó, "Y ahora, ¿qué?
".
—Vamos. —lo animó. —No podemos quedarnos aquí. Cálmate.

La mujer le acarició la crin para darle confianza y siguieron avanzando despacio.

Cuando parecía que iban a alcanzar el final de aquel cementerio, un nuevo olor asaltó su nariz. Era un aroma que conocía de
sobra: el olor de la sangre y el fuego. Buscó con la vista, entre la oscuridad alguna llama encendida, pero no encontró nada.

Sintiendo aún cerca de ella la presencia de un ser inhumano, caminó de espaldas, mirando el camino que había dejado atrás.
Sus ojos de acero entrecerrados y fijos en la oscuridad.
Tan pendiente estaba de la energía amenazadora que tropezó con algo que casi la hizo caer. Cuando miró detenidamente se
dio cuenta de que se trataba de la figura de una mujer. Consciente de la situación se agachó para comprobar el pulso.
"Nada, está muerta".
Sin bajar la guardia palpó el cuerpo aún caliente, buscando alguna señal de herida. Sus manos recorrieron el cuerpo inerte
hasta que encontró una oquedad en el bajo abdomen. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar cuando su mano se
introdujo con facilidad en el hueco dejado por un enorme desgarro. El interior estaba vacío.
—¡Maldita sea! —gruñó.
Calculó el largo y el ancho de semejante abertura. No podía ver, pero sí que podía hacerse una idea del tamaño... Quería
hacerlo, quería conocer la causa de la muerte. Nunca había visto una herida semejante. Dejó sus pensamientos atrás y a
toda prisa encendió un fuego. Después de todo no le costó tanto trabajo, con tanta piedra impregnada de fósforo. Con una
pequeña antorcha se dirigió a la maleza para confirmar que estaba sola. Pero no era así. Allí, frente a Moraví se encontraba
un ser vigilante, con sus ojos fijos en ella.
Oyó relinchar de nuevo al caballo, nervioso. Su primera reacción era echarse a correr hasta desaparecer del lugar tenebroso.
Claro que eso no era propio de alguien como ella, y lo sabía. Así que, haciendo acopio de valor, se acercó más.

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—¡Ahhhhhh!

Un fuerte ruido, producido por ramas rotas la hizo retroceder y de la maleza, salió volando un bicho de gran tamaño. El
animal arremetió contra ella asustado por la luz y, tras golpearla y tirarla al suelo, siguió su huida hasta perderse de vista.
Lo vio alejarse. Bajo el efecto de histeria, tuvo ganas de echarse a reír. Se trataba tan sólo de un búho de gran tamaño.
Aunque, si sólo era eso, ¿por qué seguía sintiéndose observada?
Pregunta sin respuesta. Quizás fruto de la angustia sufrida.
Pasado el susto, Moraví se acercó de nuevo al cuerpo.

Su corazón le dio un vuelco al ver de quién se trataba. Efectivamente era una de las cuatro mujeres raptadas de Swett.

Con el rostro ceniciento, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no marearse. Pero no lo consiguió. Las náuseas amenazaron
con contraer su estómago al observar ahora la herida, y sin poder evitarlo, acabó vomitando a un lado del cadáver.
Cuando el estómago se calmó y tras una larga pausa, dirigió de nuevo su mirada al cuerpo de la mujer.
—Dioses, ¿qué pudo causar semejante herida? —dijo con voz vacilante.

Moraví tenía conocimiento de la existencia de ritos y sacrificios donde se utilizaban a animales e incluso humanos, para la
adoración de algún dios o espíritu maligno, pero ninguna descripción conocida se asemejaba a lo que podía haber sucedido
en este lugar.

En el bajo vientre de la joven había una abertura muy grande, fruto del desgarro de la zarpa de alguna bestia salvaje. Eso
sí, sería una bestia realmente grande. Nunca había visto nada igual. Además, los bordes de la herida estaban quemados. No
había sangre.
La habían destripado.

La habían dejado hueca y la habían... ¿quemado? Pero, ¿cómo?

Tampoco se encontraban ojos en su lugar y las uñas de las manos estaban arrancadas. Lo más extraño de todo era la falta
de humedad en el cuerpo. No quedaba ninguna gota de sangre. Todo estaba seco.
La sequedad de la mujer muerta era contraria a la humedad de Moraví que no dejaba de transpirar. Un sudor frío le corría
por el rostro, dándole un aspecto aún más ceniciento y cansado.
Las manos no estaban en mejor estado. Con movimientos tensos se las secó en el calzón. Después siguió estudiando el
cuerpo, intentando descubrir qué posible bestia era capaz de producir una muerte tan siniestra.
Ante la mirada del horror, Moraví casi se pierde. Una nueva oleada nauseabunda hizo que se encogiera otra vez.

Nunca había visto una muerte tan cruel. Sólo esperaba que la pobre muchacha no hubiera sufrido demasiado. Aunque sabía
que eso era engañarse a sí misma, ya que los responsables de semejante matanza seguro que buscaban una muerte
tormentosa y lenta.

Moraví no pudo soportar más aquella visión, así que se alejó del cuerpo sin darle la espalda, cogió las riendas de su montura
y se alejó de allí, con los ojos nublados por el dolor y el pánico amenazando con paralizar su corazón. Y con la siempre
presente sombra que amenazaba con saltarle encima en cualquier momento.

Sentía no poder enterrarla dignamente, pero el tiempo no estaba de su lado en estos momentos. Sólo esperaba no encontrar
al resto de las mujeres en igual estado. Se acongojó sólo de pensar que la pequeña Aricán pudiera pasar por una situación
similar. Tenía ganas de gritar,... de matar,... quería venganza.

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Aricán abrió los ojos despacio. Las imágenes fueron tomando sentido en su cabeza. Cuando por fin recuperó del todo la
memoria estudió la situación en la que se encontraba.
Estaba oscuro pero, a pesar de ello, era capaz de darse cuenta del ambiente que la rodeaba. El claro balanceo y el ruido que
producían los cascos de varios caballos le hacían entender que se encontraba en caravana, dirigiéndose a sabe Dios dónde.
No oía voces pero sabía que los jinetes estaban ahí. ¿Quién si no iba a dirigir esa caravana?
Estaba atada de pies y manos, con el cuerpo doblado boca abajo sobre uno de los caballos, de modo que la cabeza y los
brazos colgaban a un lado de la montura y las piernas al otro lado.
Intentó erguirse pero el dolor de cabeza era insoportable. Debieron haberla golpeado fuertemente en la nuca, pensó.
Desde su extraña posición, decidió ladear a ambos lados la cabeza para hacerse una idea de cuántos iban en semejante
procesión. Delante de ella, hasta donde su vista alcanzaba, pudo ver seis patas de caballo, sumadas a la montura sobre la
que se encontraba. Aunque era un número extraño, llegó a la conclusión de que habían dos caballos más. Al ladearse hacia
el otro lado contó otros dos, aunque era difícil saber si realmente habían cinco caballos, pues la niebla le impedía ver más
allá.

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El olor que desprendía el ambiente era extraño. No sabía identificarlo. La niebla procedía del suelo, ascendiendo espesa hasta
casi alcanzar la altura del vientre del caballo.
El lugar era algo fantasmagórico. La joven sentía cómo el miedo iba cristalizando en su interior. Sólo esperaba que el pánico
no se apoderara de su ser y para poder reaccionar en el momento que tuviese la más mínima oportunidad.
De repente la caravana se detuvo. Los jinetes se hablaron entre ellos en un lenguaje desconocido para ella.

Mentalmente repasó los últimos acontecimientos, pero se perdía con frecuencia. Su memoria sólo le traía imágenes y escenas
sueltas. La batalla en la aldea, ella protegiendo a Tora y luego...
La muchacha de pelo dorado hizo grandes esfuerzos por recordar...

Cuando aquellos extraños jinetes entraron en la cabaña, golpearon a Helen. Ella corrió para defenderla y uno de los hombres
la golpeó por detrás, haciéndola caer inconsciente. Después de eso, sólo recordaba el lejano grito desgarrador de alguna
mujer. No estaba segura de si era real o simplemente fue un sueño, pero la agónica muerte había quedado grabada en el
subconsciente de la joven. Quizás se tratara tan sólo del murmullo del viento.

Al pensar en ello se dio cuenta que en ese extraño lugar no se oía absolutamente nada. Ni pájaros, ni insectos, ni siquiera el
ruido de las ramas al balancear sus hojas adheridas. Nada. Era como si el bosque estuviese muerto, con la muda presencia
de los árboles viejos, castigados a ser testigos de la falta de vida. ¿Sería una premonición de lo que le ocurriría a ella?
Ese silencio... El silencio de la muerte.

Sólo de pensarlo, los pelos de los brazos se le erizaron y su pecho se estremeció con tanta fuerza que estuvo a punto de
desmayar de nuevo.

—¡Ahh!, pero... ¿qué hacéis? —sorprendida por el ataque, Aricán aulló dolorida cuando de un tirón la arrojaron al suelo. Su
cuerpo maltrecho quedó desparramado por el suelo
—Fin del viaje, hermosa. Nuestro Señor quiere que termines aquí. —Le contestó un jinete
—¿Terminar? —dijo sin comprender.

Aricán pensó que esa voz le era muy familiar. Los jinetes llevaban el rostro cubierto, pero ella hubiera jurado que reconocía
al hombre que tenía delante.
—¡Vamos, levanta! —ordenó el jinete. —No tenemos todo el día.

Dicho esto, agarró a Aricán de un brazo y la levantó, tirando de ella con brusquedad. Un agudo dolor invadió a la pelirroja,
cuyo cuerpo estaba entumecido por la postura en la que seguramente la mantuvieron por mucho tiempo.
—¡Desatadla! —ordenó el cabecilla.

Otro jinete se acercó y cortó las cuerdas. Cuando Aricán se vio libre de las ataduras se abalanzó contra el hombre que tenía
en frente y le desenmascaró. Se quedó petrificada ante el rostro conocido: no era otro que Rod, el súbdito de Lord Weillor,
jefe de la guardia. El que tantas veces la había forzado en el sexo.
Rod la golpeó con fuerza, haciéndola caer a un lado. Un hilillo de sangre empezó a manar de la comisura de su boca.

—Nunca oses hacer eso de nuevo, ¡puta! —el hombre la miró con profundo odio. —¡Agacha la cabeza, si no quieres que te la
corte de un tajo!

Aricán obedeció con el rostro nublado por la agonía de revivir otra vez experiencias pasadas. "¿Cuándo acabará esto?" pensó.

—¡Dyamond! —ordenó Rod dirigiéndose al hombre que tenía relativamente más cerca. —¡Prepara los palos! No tenemos todo
el día.
El cabecilla se acercó a Aricán, acuclillándose a su lado. Cogiéndola de la barbilla la obligó a levantar la cabeza, enfrentando
los ojos de la joven a los suyos propios.
—Tranquila, pequeña. A mí ya no me sirves para nada. En el feudo hay más que son como tú, unas perras desagradecidas.
Aricán intentó escaparse del agarre pero lo único que consiguió es que Rod la sujetara por el cabello con la otra mano,
inmovilizándola.
—¡Déjame!
—¿Tienes miedo? Hum, la gatita tiene miedo... —dijo el hombre en un tono provocador. —No te preocupes, pequeña, yo no
te voy a hacer nada. Te contaré un secretito. —El hombre se acercó a un lado de su cara, situándose a tan sólo un par de
centímetros. Aricán sentía cómo el aliento de aquel hombre que tanto le repelía inundaba su nariz. Rod le lamió la comisura
de la boca, absorbiendo la sangre. Con gran regocijo, saboreó el rojo líquido vertido por su víctima. —Estás reservada para
otro ser. Un ser terrorífico... —le dijo demostrando un gran entusiasmo en su tono de voz. — ¡Ja! Y yo me divertiré viendo la
escena, que será... ¿cómo te lo diría?... ¡¡¡Brutal!!!
Dicho esto la soltó y le dio la espalda sin parar de reír.
—¿Por qué me haces esto? —La pregunta de Aricán iba más allá de los acontecimientos actuales.
Había sentido la presión y el odio de aquel hombre desde que se lo tropezó por primera vez. ¿Cuál había sido su error?
Rod se giró para mirarla una vez más. La pregunta quedó sin respuesta.
Aricán lo vio alejarse. El temor había dejado paso a un profundo asco hacia la persona que la había humillado.

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De repente se sintió muy sola. El recuerdo de Moraví se volvía cada vez más lejano en su mente y la esperanza de salir con
vida de ésta se apagaba con rapidez.
Bajo el efecto de un shock, observaba impasible cómo aquellos hombres preparaban lo que parecía ser un sacrificio donde
sería ella la ofrenda. Los miraba como si no tuvieran nada que ver con ella. Los jinetes habían colocado dos palos clavados
en el suelo, separados el uno del otro a una distancia de medio cuerpo. Luego se acercaron a la joven, quien no ofreció
resistencia alguna. La ataron a los palos de pies y manos, a modo de jarea. Aricán se vio a sí misma como una muñeca
estropeada.
—¡Bien! —gritó entusiasmado el jefe de la cuadrilla. —Esto está casi preparado. —Rod se acercó a la joven y le susurró. —
Aunque falta un pequeño detalle... Dicho esto, hizo jirones la ropa de la mujer.
El lugarteniente la miró con deseo. En parte era una pena desperdiciar el cuerpo que tanto placer le proporcionó en el
pasado. Y es que Rod, siempre sintió debilidad por la chiquilla. Después de ser maltratada durante tanto tiempo, seguía
conservando y mejorando su belleza a lo largo de los años.

El rudo hombre acercó su mano a uno de los pechos de la joven. Acarició el pezón sin contemplaciones, provocando que
Aricán se pusiera tensa, y que los pezones se endurecieran. La joven se revolvió desde su posición pero no dijo nada. Sólo lo
observaba con cara de asco.
Eso le gustaba. Siempre le gustó. La resistencia que ponían las mujeres a ser poseídas por su virilidad era lo que más placer
le proporcionaba... Aquellos rostros asustados, conocedores de lo que iba a ocurrir... Aquella resistencia a ser penetradas...
Aquel dolor producido a sus víctimas. Ese era el mayor regocijo, lo que realmente le llenaba por dentro: el sufrimiento de
esas mujeres. Le fastidiaba tener que dejar atrás esos pensamientos pero todo fuera por lo recompensado que sería después.
Tras recorrer a la joven con la mirada lujuriosa, se apartó de ella.

—Creo que a mi señor le gustarás más al natural. —dijo con tono sarcástico.

—¿Tu señor? —La imagen de Lord Weillor se implantó en la mente de la joven.

—No te impacientes, pequeña. Todo llega a su debido tiempo... —dirigiéndose a sus compañeros ordenó: —¡Rajadla!, pero no
la matéis como a las otras, pedazo de lerdos. ¡Recordad que debe quedar viva!
Los ojos de Aricán se agrandaron al comprender las palabras de Rod. Cuando uno de los jinetes se acercó con un sable, la
joven cerró fuertemente los ojos. Casi sintió el frío del metal sobre su rostro cuando un chasquido metálico le devolvió a la
vida.
Al abrir los ojos, la chica se encontró con dos luceros completamente desorbitados.

El cuerpo del jinete cayó sobre ella, deslizándose lentamente a través de su cuerpo, hasta que finalmente llegó al suelo, sin
vida. Aricán lo observó asombrada. Siguiendo ese lento recorrido hacia la muerte, era incapaz de moverse.

Cuando los cinco jinetes restantes cayeron en la cuenta de lo que sucedía ya era tarde. Una figura oscura y voraz cayó sobre
ellos, blandiendo su espada y atacando sin ningún esfuerzo, como si se tratara de una máquina ideada para matar.
Aricán vio desde su posición cómo el ángel vengador atravesaba a cada uno de los jinetes de la noche.

La pelirroja no sintió nada al oír a Rod dar un último grito agonizante antes de que su cabeza saliera desprendida de su
cuerpo de un certero tajo. Ni siquiera se inmutó ante el ruido seco que hizo al estrellarse contra el suelo. Tampoco frente a
la repentina fuente sangrienta que brotó del cuello.
Sólo observaba impasible cómo era ejecutado uno de los hombres más malvados que había conocido. Ni pena, ni odio, ni
alivio... nada. Tantos años de sufrimiento acabados de este modo: con la rápida ejecución de su máximo agresor.
Su mente quedó vacía. Bajó la cabeza y cerró los ojos. De repente se sintió muy cansada.

Unas manos la desataron con ternura. Se dejó abrazar, conocedora de la familiaridad de esas manos.
—Tranquila, estás a salvo... —le dijo una voz enronquecida y baja.

Aricán, abriendo los ojos, miró por encima del hombro de su ángel vengador.

En el horizonte, el sol comenzaba a despuntar, dotando de un juego caprichoso de luces y sombras a los árboles cercanos.
Ese efecto no hacía más que aumentar la tenebrosidad del lugar, al que se sumaba el rastro sangriento de la lucha. Moraví
sintió de repente cómo el cuerpo de Aricán se ponía rígido y se separó de ella.
—¿Qué sucede? —preguntó preocupada. Aricán seguía en su silencio, con los ojos fijos en el horizonte.
Moraví la siguió con la vista y vio lo más fantástico que había visto a lo largo de su vida. Pasando como una sombra delante
del sol, estaba el ser más extraordinario y a la vez más temible de todos los que se hubiese imaginado. El dragón negro. Un
extraño híbrido entre lagarto alado y águila imperial. Su vuelo, majestuoso y elegante, contrastaba con el aspecto fiero del
animal. Pero pese a ello, era hermoso.
Moraví comprendía ahora muchas cosas. La causa de tanto misterio, las muertes que se fue encontrando en el camino, las
heridas secas de las mujeres... El miedo que había pasado en las últimas horas dejó paso a la admiración. Hasta que el
dragón desapareció de sus vistas, las dos mujeres no apartaron la vista del cielo.
Moraví fue la primera en reaccionar y, sosteniendo a la más joven, la alentó a salir de aquel lugar inhóspito, impregnado del
paso de la muerte.
—Vamos. —dijo en voz baja. —Debemos alejarnos de aquí cuanto antes.
Como hiciera la primera vez que se encontró con Moraví, Aricán se dejó llevar.

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La mujer oscura ayudó a la joven a montar a uno de los caballos que quedaron libres. Luego silbó y Blackfire acudió a su
encuentro.

Ambas mujeres, con sus respectivas monturas, se alejaron de allí dejando atrás los cuerpos desparramados de los asesinos
de las tres jóvenes swettanas.

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El pánico al que había sido expuesta durante la última noche, hizo que Moraví se negara a sí misma volver al bosque maldito
en el que había encontrado una tras otra a las mujeres que fueron raptadas de Swett.

Nunca había visto nada parecido. Tras el horror que sintió cuando encontró a la primera mujer, imaginó que eso sería lo peor
que vería durante lo que le restara de vida. Pero no fue así. Encontró a las demás mujeres en igual estado que la primera.
Sus ansias de venganza y sus miedos fueron creciendo a medida que continuaba adelante, y con la última mujer aparecida,
Moraví se transformó en un instrumento de odio.
Desde que su marido fue asesinado, Moraví había pasado por distintas etapas en su vida personal. Después de varios años
presa del odio y la venganza, intentó con todas sus fuerzas cambiar. La venganza no la ayudaba a encontrarse en paz
consigo misma, sino que aumentaba cada vez más ese lado oscuro que formaba parte de su persona. El monstruo asesino
que llevaba dentro amenazaba constantemente con hacerse dueño de todo su ser.

Moraví había contado con la ayuda de su actual familia y de sus amigos. Ellos le mostraron otro camino, pero era ella la que
tenía que hacer el recorrido sola. Vencer su lado oscuro era su labor. Un trabajo intenso que duraría muchos años.

A pesar de sus esfuerzos, la oscuridad de su alma no había desapareció. Moraví era consciente de ello, por eso no negaba su
existencia, sino que la asimilaba como parte de su personalidad. Tomándola como aliada, la dominaba hasta cierto punto.
La esperanza volvió a anidar en su corazón al ver que Aricán aún seguía con vida, atada a aquellos palos. No podía dejarla
morir, por lo que su reacción fue inmediata. Seguida por su instinto animal, atacó sin pensar en nada más que en destruir la
amenaza.

No se sentía arrepentida de la matanza, aunque reconoció que su ira desmesurada no había dejado paso a pensar fríamente.
Hubiese sido mejor dejar a algún rehén a quien poder sacar información. Nuevamente su ira la había vencido, y no tuvo más
remedio que dejarse llevar si no quería enloquecer. Ahora debía partir de cero porque no sabía el paradero del dragón negro
ni sus intenciones a corto plazo.Su lado oscuro ganó, pero no estaba arrepentida.
La lluvia no había dejado de caer, incansable, desde que salieron del bosque maldito. El sendero que habían tomado estaba
totalmente anegado. Los caballos avanzaban a un ritmo lento, con las patas enterradas en el lodo. A pesar de esos
inconvenientes, Moraví se sentía más tranquila: había arrebatado a Aricán de las garras de la muerte y la llevaba a su lado.
Después de más de una hora galopando bajo el agua, las mujeres lograron alcanzar una cueva donde refugiarse.Tras unos
momentos de incertidumbre, Moraví tomó las riendas de la situación. Comprobó que la cueva no fuese el refugio de algún
oso. Después, dejó a Aricán y los caballos en el interior del amplio espacio.Buscó leña seca en los alrededores de la cueva.
Prendió fuego y se sentó frente a la joven pelirroja, con la pequeña hoguera en medio de las dos.
—¿Estás bien? —dejando atrás sus pensamientos, Moraví se dirigió a Aricán.Como respuesta obtuvo un movimiento de
cabeza negativo.

Moraví se levantó y se colocó al lado de Aricán. Le pasó un brazo sobre los hombros e, inmediatamente, la joven se abrazó a
ella.
Le daba lástima ver a la joven en ese estado. Estaba segura de que la tensión de las últimas horas había acabado con la
poca estabilidad que le quedara. Es duro ver la muerte tan de cerca.

Aricán, enterrada entre sus brazos, estaba inmóvil. No lloraba, tan sólo seguía allí, aferrándose con fuerza a la voluntad de
su compañera.
La mujer mayor reparó en el frío del cuerpo pegado al suyo.
—Estás helada.
La abrazó con más intensidad, queriendo contagiarle su calor corporal. Pese a estar empapada, la adrenalina acumulada la
mantenía caliente, sin ser del todo consciente de la temperatura del ambiente.
—¿Mejor? —le preguntó a la joven.
—Sí.
—No. Sigues temblando... —dijo la morena preocupada. —Y estamos empapadas.
Moraví buscó alrededor, intentando encontrar una solución. Al mirar a Blackfire se dio cuenta de que el caballo cargaba con
la indumentaria necesaria para esa situación. El otro caballo no portaba nada más que unas armas y una bolsa con comida
para dos días. Pensó que eso era bueno, al menos no tendría que salir a cazar tan pronto.
Enseguida se levantó y descargó a los animales de su peso. Entre lo que le quitó a Blackfire se encontraba una manta. No
era mucho pero la manta era lo suficientemente grande como para albergarlas a las dos.

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Aricán la miraba, siguiendo cada movimiento de la mujer. La pérdida del cuerpo cálido de Moraví la lastimaba. Se dio cuenta
de que necesitaba sentirlo nuevamente, ya no por el frío. Era algo más.
Se sentía cómoda, arropada. Moraví, pese a su frialdad, le proporcionaba una seguridad que no había sentido en su vida.

Aricán era consciente de que la otra mujer acudió a salvarla. No se rindió hasta encontrarla y eso le hacía sentirse valorada.
Moraví acomodó la manta en la parte más llana y cómoda del suelo de la cueva, cerca de la hoguera.

—No es mucho, pero podemos compartirla... si tú quieres... —dijo de forma vacilante. —Nos ayudará a entrar en calor.

—Está bien, de veras. —Una sonrisa se apoderó de su rostro, seguida de un rubor. La joven pudo disimular su repentino
acaloramiento en la penumbra. No sabía qué le estaba sucediendo, pero la idea de compartir el lecho con Moraví, era algo
que realmente le gustaba y producía un estremecimiento en su ser.
Ambas estaban empapadas, por lo que Moraví fue la primera en desvestirse y colocar sus ropas junto al fuego.
Aricán la miró absorta. Siempre pensó que Mora tenía un cuerpo envidiable.

Poder verlo ahora, en confianza, le producía un cierto gozo, además de una gran vergüenza.

La mujer mayor la miró con ternura y le hizo una indicación para que se desvistiera del todo.

La pelirroja fue consciente del mal estado de sus ropas, por lo que no le importó terminar de quitárselas. Mientras, Moraví
esperaba pacientemente.
¿Era una sonrisa lo que Aricán vio en la penumbra en el rostro de la otra mujer?. "Naaa."

Se acomodaron las dos entre la manta plegada. El cuerpo de Aricán seguía frío, por lo que se acurrucó contra la otra mujer.
La reacción de la morena fue inmediata. La abrazó desde atrás, amoldando su cuerpo al de la joven, buscando el máximo
contacto.
Aricán se sintió más protegida que nunca. La joven estaba cansada pero era consciente de que no se dormiría.
No ahora. No con esa comodidad.

Quería disfrutar del calor de su amiga, no se dejaría vencer por el sueño o el cansancio.

Durante un buen rato se quedó quieta, casi sin respirar. No pretendía molestar a Moraví. Los dos últimos días habían sido
intensos y agotadores, probablemente su compañera estaría deseando descansar.

Sin quererlo, se concentró en el cuerpo que tenía amoldado al suyo propio. Los pechos de Moraví pegados a su espalda,
suaves. La dureza de su estómago, la firmeza de los muslos contra sus propias nalgas... El brazo derecho sirviéndola de
almohada y el otro envolviéndola por la cintura. Todo era tan... confortante... Aricán sabía que ésa era una buena posición
para que ambos cuerpos compartieran el calor y que, seguro, no había otra intención por parte de su compañera más que la
de proporcionarle la energía que tanto necesitaba. El frío y la humedad le había calado hasta los huesos y sería lento
recuperar de nuevo el calor desprendido. Pero aún sabiendo que ése era un contacto necesario, no dejaba de sentir cierto
hormigueo en el estómago. La agradable sensación en la que estaba envuelta la embriagaba.
La pelirroja cubrió el brazo libre de la otra con su propio brazo. Al sentir los tersos y fibrosos músculos bajo la suave piel de
Moraví se le escapó un suspiro.
—¿Estás bien?

—¿Eh?... Oh... Sí. —La voz de Moraví la sacó inmediatamente de su embriaguez, sintiéndose de repente muy avergonzada.
—¿Seguro que estás bien? —Moraví preguntó, desconfiada. Quizás la joven necesitara hablar, pensó.
—Sí. Sólo estaba pensando... —dijo intentando disimular.

—¿Quieres hablar de ello? —La mujer mayor seguía insistiendo. Eso hizo sentir a Aricán realmente importante. Nadie se
había preocupado nunca por ella de esa manera.
Decidió dar un giro radical a la conversación, intentando alejarse lo máximo posible de sus pensamientos.
—¿Qué era aquel animal que hemos visto? Se mostraba realmente majestuoso —dijo intentando despertar interés.
—Sí, es hermoso, pero a la vez fiero, animal, brutal y muy peligroso. —Moraví contestó airada y malhumorada.
—Perdona, no quería molestarte... —consiguió decir Aricán, arrepentida. Había notado por el tono de voz y la tensión del
brazo que la envolvía, que se había equivocado de camino.
Moraví dejó escapar la tensión. Con la mano acarició dulcemente el abdomen de la joven, dejando a su paso una corriente
eléctrica que pasó del vientre a la cabeza, a los pies y a las manos.
Aricán sintió su pecho explotar ante la leve caricia. Si la morena se dio cuenta, lo dejó pasar por alto.
—No. Perdóname tú a mí. Tú no tienes culpa de nada. —La pirata hizo una ligera pausa, esperando a que sus palabras
calaran en la mente de su compañera. —Es sólo que he visto de lo que es capaz ese monstruo y soy consciente de que hay
que detenerlo de alguna manera.
Aricán se asustó, temerosa de los riesgos a los que iba a ser expuesta su compañera.
—¿Vas a ser tú quien lo detenga? —preguntó preocupada.

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Moraví se revolvió ligeramente detrás de ella, cubriendo con su pierna los muslos de Aricán, como queriendo estar más
cerca, ofreciéndole su confianza.
—Eh... no te preocupes. Tengo muchas habilidades.

Los ojos de Aricán se cerraron, un escalofrío se apoderó de todo su ser. Por un momento se sintió mareada, agradeciendo
estar acostada. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para ahogar un gemido. No sabía si era causado por el miedo a perder a
su amiga en una lucha muy descompensada o por el súbito encuentro del muslo de Moraví contra su cuerpo.

Si ella hubiese decidido pegarse más, sentiría el contacto del pubis de la otra contra su cadera. Sólo de pensarlo se le secó
la boca. "Céntrate", pensó airada.
—¿Sabes por dónde empezar?

—No. Ya pensaré algo. Lo primero es lo primero. Tengo que dejarte a buen recaudo. —Como si fuese lo más natural del
mundo, Moraví acarició con el pie la pierna de Aricán, recorriéndola con suavidad de arriba a abajo.
La joven tragó saliva, ahogando un suspiro.

—Ni hablar. —sentenció la pelirroja. —No voy a dejarte sola en esta tarea.

Con un movimiento brusco, la pirata se incorporó, mirando desde arriba a la joven que se ofrecía a ayudarla
—¿Te has vuelto loca? —Moraví no podía ocultar su sorpresa.

—No más que tú, que te vas a enfrentar a una "cosa" desconocida y bestial.
—No puedo dejar que hagas eso...

—Escucha, —la interrumpió la joven. —puedo serte de ayuda.

Hubo un tenso silencio. Moraví no dejaba de preguntarse de qué modo podía serle de ayuda una joven de poca experiencia
en la lucha. No es que quisiera infravalorarla, pero tampoco pretendía arriesgar la vida de una persona que empezaba a
importarle más de lo que se pudiera imaginar. De alguna manera la joven le recordó a su corsario en su valentía, su frescura
y su sinceridad.
—Oye... mira. Conozco a uno de los atacantes de esta noche.Moraví volvió a tumbarse, sin dejar de mirarla.
—Continúa. —la alentó Moraví.

—Se llamaba Rod y era el jefe de la guardia de Lord Weillor.

Notando el repentino nerviosismo en la voz de Aricán, la pirata llegó a la conclusión de que realmente conocía a su verdugo.
—Entonces un buen comienzo será ir al Feudo. Quiero encontrar respuestas.
Ignorándola, Aricán continuó.

—Entré una vez en los aposentos de Lord Weillor, a escondidas. En la pared del fondo había un cuadro que nunca entendí
hasta ver a la bestia alada.

Moraví la escuchaba atentamente. Retiró lentamente el brazo de su estómago y empezó a acariciar el hombro y antebrazo de
la joven de pelo dorado.
—Es el dragón negro. —le explicó.

—¿Un dragón? Pensé que sólo existían como personajes de cuentos de hadas. —dijo Aricán, dándose cuenta de lo que eso
significaba.
—Ya ves, no todas las leyendas se quedan en puro cuento... —se sorprendió a sí misma diciendo esto. Se suponía que
siempre era ella la incrédula, Ante la inesperada respuesta, Aricán giró su cabeza hacia arriba, buscando enfrentarse a los
ojos de su compañera.
Moraví quiso reír ante la mirada sorprendida de la joven. Era tan dulce... En vez de eso, liberó el brazo que hacía de
almohada y acunó su cabeza en él. Con el otro brazo indujo a Aricán a darse la vuelta empujándola suavemente por el
hombro y apartando su muslo del cuerpo de la joven. La pérdida de contacto, por alguna razón inexplicable dolía.pero
llegados a este punto, no se sorprendería si viese a un batallón de caballos azules con cuernos.
—¿Qué había en el cuadro?
Ante la lejanía, y no conformándose con la falta de contacto, Aricán colocó su mano izquierda sobre la henchida cadera de su
compañera.
—Creo que la pintura representaba la muerte de un dragón. En ella se veía traspasado por una espada.
—¿Una espada? —preguntó Moraví con cierto tono de incredulidad.
—Sí, pero no era cualquier espada. —Aricán miró directamente a los ojos a la pirata buscando algún gesto de burla. Sin
encontrar nada, continuó. — Era un sable enorme, plano, de doble filo. Estaba adornada de plata,y su empuñadura era de
bronce. —entornando los ojos, hizo una pausa como queriendo recordar más. —En ella habían grabaciones de animales
grotescos...

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—Creo saber de dónde procede esa espada. —la interrumpió Moraví, recordando haber visto una pieza original en Haithabu,
ciudad costera al norte de Escandinavia. —Necesito ver ese cuadro. Si la espada es la que yo creo, es posible que lo que
dices tenga sentido. —contestó casi como para sí misma. Quizás fuera cierto. —Puede que una espada con esas
características sea capaz de liberar al mundo de un ser tan peligroso.
Aricán sonrió. Era la primera vez que podría serle útil de Moraví.

—¿Serías capaz de hacerme un mapa del castillo? —preguntó la pirata después de regresar de su mundo interior.
—Podría hacer algo mejor. Puedo guiarte hasta los aposentos de Lord Weillor.
—No. —fue la contundente respuesta.

—Déjame, por favor... —la mirada de Aricán, triste y desesperada, estuvo a punto de debilitar a Moraví. —Te será muy difícil
entrar y yo conozco los distintos pasadizos del castillo.
Moraví seguía resistiéndose.

—Por favor... —le rogó nuevamente.

—Está bien. —dijo Moraví casi arrepentida de ceder. —Pero al menor atisbo de peligro te saco de allí y entro sola, ¿de
acuerdo?
—De acuerdo. —contestó la joven, con los ojos brillantes a causa del pequeño triunfo.

Moraví se sentía embriagada y perdida en la intensidad de esos ojos verdes que la miraban sonrientes. Sin atender las
órdenes de su cerebro, la mano libre buscó un recorrido ascendente por el brazo de la joven, hasta alcanzar su rostro. Con
inmensa ternura le apartó un alborotado mechón de la cara, situándolo detrás de su oreja. Se sentía inmensamente atraída
por ella.
Aricán seguía mirándola, complacida por el gesto de ternura.

—Eres terca... —dijo Moraví acariciándole el rostro con el pulgar. — Terca y valiente.

Como respuesta obtuvo una sonrisa. Aricán se ruborizó y levantó la mano con ademán de decir algo. Pero no salió ninguna
palabra de su boca, así que devolvió la mano al lugar al que pertenecía desde hacía unos minutos: a la cadera desnuda de la
diosa morena.
La adoraba. Le gustaba mucho su contacto... Su piel... Su olor.

A la joven se le escapó un suspiro. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que ambas se habían perdido en la
intensidad del brillo de sus ojos, incapaces de retirar la mirada o de moverse. Algo mágico e inexplicable.Moraví se daba
cuenta de que algo fuera de lo normal estaba sucediendo allí. Se sentía bien con la joven de pelo dorado. Sin quererlo,
Aricán despertaba en ella una serie de sensaciones que no eran nuevas para ella. Simplemente estaban dormidas.

¿Desde cuándo?... No lograba recordar haber sentido nada parecido desde que su esposo dejara de estar a su lado. Esa
ternura especial. Ese perderse en la mirada de la otra persona, con la embriaguez y el confort en el aire. Esa repentina
complicidad... La comodidad del contacto de sus cuerpos... La creciente necesidad de acariciar a la joven... La suavidad de la
piel, que la embriagaba y la adormecía.
No podía ser otra cosa más que un sentimiento muy superior al de la simple amistad.

Ante la idea repentina que cruzó por su mente, la pirata se asustó y empezó a incomodarse con la situación. Sin querer ser
brusca, alejó las manos de la joven, que la miró extrañada.
—Será mejor que durmamos. —gruñó, interrumpiendo el cómodo silencio.

—¿Eh?... Ah, claro... —Aricán no pudo dejar de expresar su confusión en el tono de voz.

—Mañana nos espera un largo día, y tenemos que estar listas. —se explicó la pirata intentando relajarse.
—Sip. Cierto, sí... —respondió resignada.

—Bien. —Moraví se acomodó como pudo, intentando mantener el mínimo contacto con la joven.
—¿Mora?
—¿Sí?
—Sigo teniendo algo de frío... —Aricán hizo una pausa. —¿Te importaría...?
—Oh... no, no, claro... —Moraví cambió de postura, invitando a Aricán a acercarse.
—Gracias. —susurró la joven. —Buenas noches.
—Buenas noches. —fue lo último que dijo Moraví tras acunar a su compañera entre sus brazos.
 

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Continúa...
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E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

6 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

ENTREGAS Y SACRIFICIOS.

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—Acércate, traspásalo. Serás imparable con semejante arma... Ven, vuelve a mí. No quieras romper el lazo que nos une. La
fuerza que brota de ti es mía, y sólo volviendo a mi, podrás ser libre.
—¿Dónde se supone que estoy?
—En tierra de conquistadores.

—Y... quién me habla. ¿Quién eres?
—¿Aún no lo sabes?

Miró alrededor, buscando un rostro tras la voz que traspasaba sus oídos. Pero no vio nada, sólo luces confusas, formas sin
definir. Y de nuevo el silencio, las preguntas sin respuesta.
Moraví fue despertando muy despacio, alejándose de las garras de los duendes de la noche. Nunca había tenido un sueño
tan profundo y extraño. Lo había vivido de un modo demasiado real, aunque no lo entendiera. Muchas incógnitas se
planteaban en su cabeza. Demasiadas.

La mujer siguió dando vueltas en torno a sus pensamientos hasta que se dio cuenta de la humedad y el calor que la
envolvía. Pero no se sintió molesta, ni asustada. No era una sensación desagradable.
Abrió los ojos y se extrañó de la proximidad de un cabello pelirrojo y del calor que provenía de un cuerpo pegado al suyo por
completo. Cuando recordó que se trataba de Aricán, se relajó. Sin quererlo, una sonrisa asomó en su tensa cara, obligándola
a relajar los músculos.
Tenía el brazo izquierdo entumecido, haciendo de almohada a su compañera. Intentó moverlo, y miles de pequeñas agujas le
pincharon el brazo desde el hombro a la mano capturada.
—Augh.

—Mmmm... nooo... —Aricán protestó en sueños.
—Shhhhh, no pasa nada. Duerme —murmuró.

Moraví se recriminó por no ser más cuidadosa en sus movimientos. No quería despertar a la muchacha. "Deberías tener más
cuidado, Mora. La niña necesita dormir", pensó con cierta picardía. "¿La niña?". Sin quererlo, a su mente llegaron imágenes
claras de las femeninas curvas del cuerpo de Aricán. Recorrió mentalmente su cuello, bajando despacio por los redondos y
abultados pechos, circulando por su cintura, las caderas turgentes y los  muslos carnosos y tersos. "¡Uf!". Se estremeció. La
joven no era muy alta, pero tenía una silueta muy bien definida y... era  muy guapa. Al hacer ese recorrido, quiso frustrar
esos pensamientos, pero... "¿Qué mal puede haber en reconocer un cuerpo bonito?, aunque sea el de una mujer", pensó.

Con el brazo libre acarició con suavidad el hombro desnudo de su compañera mientras sacaba de debajo de su cuerpo la
mano atrapada. Sin quererlo, se le escapó un gemido y Aricán respondió echándose hacia atrás, pegándose aún más a su
cuerpo.
La mujer morena sintió cómo se le erizaban los pelos desde la cabeza a los pies al notar la presión de la espalda de la
pelirroja contra sus pechos. Era muy placentero sentir la suavidad de la piel contra piel. Y ese calor que la inundaba...
humm... hacía mucho tiempo que no sentía algo así. Era tan agradable ese contacto, esa energía... el aroma de la piel de
Aricán. Se sentía ahogada en ese mar de sensaciones placenteras. Se lamió los labios y, sin poder evitarlo, besó a Aricán en
la cabeza, sintiendo en su rostro el cosquilleo que le producían los mechones de cabello dorado. Con gran esfuerzo ahogó un
suspiro. Mordiéndose el labio inferior consideró las opciones que tenía. Su inflamada imaginación quería hacerle pasar un mal
rato. "Cálmate", se dijo, "acabarás despertándola".
Todavía no se veía claridad en el exterior de la cueva y, a pesar de que su reloj biológico le recordaba que era hora de
levantarse, la embriaguez que la envolvía parecía querer ganar la batalla. Decidió no resistirse y notó que su cuerpo se
relajaba y se le cerraban los ojos. La pacífica respiración de Aricán la coaccionaba a seguir descansando. Reconocía que los
dos días anteriores habían sido excesivamente duros. No había sido fácil encontrar a Aricán y no había descansado un sólo
momento hasta dar con su paradero. 

"Entonces, ¿qué daño puede hacer dormir un poco más?". Dejándose vencer por el momento plácido, abrazó con más fuerza
a la mujer pegada a ella y amoldándose a su espalda arqueada volvió a dormirse.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Estaba tumbada en el prado donde la encontró la pequeña Tora el día del ataque de los caballeros del Dragón. Pero esta vez
la situación era muy distinta. No había peligro. Desde su posición, ladeada, podía contemplar cielo y tierra. Se sentía muy
cómoda en esa postura. Un brazo que no era el suyo acunaba su cabeza, dándole confort.
El azul del cielo era hermoso a esas horas, con el sol empezando a aparecer por el horizonte, creando fuertes contrastes de
luces y sombras en el verde de los árboles. El frescor húmedo de la hierba, muy alta en aquella estación del año,
contrastaba con la sensación de intenso calor en la que se vio envuelta.
Se sentía inmensamente feliz... inmensamente libre, a pesar de estar capturada entre unos brazos morenos y fuertes. Cerró
los ojos, concentrándose en la agradable sensación de calor a lo largo de su espalda, allá donde había contacto con el
familiar cuerpo que se amoldaba al de ella. Un cosquilleo llegó hasta su oreja derecha, causado por la rítmica respiración de
la persona que le daba calor.
¡Qué seguridad!, esa tranquilidad de verse por primera vez protegida, segura ante cualquier peligro. Con su mano arropó el
brazo que la sujetaba por el abdomen, presionándolo contra sí. El resultado del gesto fue un movimiento que acercó aún
más los cuerpos. "Hummm.... ¡Qué agradable!", soñó.

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No abrió los ojos, se negaba a despertar de su sueño. Quería disfrutarlo y sentirlo al máximo. Intentó acurrucarse todavía
más, buscando que el contacto fuese más completo. No pudo evitar que sus caderas se movieran contra su voluntad. "¡Qué
más da!", pensó confiada, "¡sólo es un sueño!".

La mano que le sujetaba el abdomen la acarició, haciendo que mil mariposas revolotearan por debajo de su piel, en su
interior. Una cadera que no era la suya buscó la comodidad de sus nalgas, y Aricán pudo sentir el pubis aprisionando contra
ella. Su mano liberó el flexible brazo, y se posó sobre la cadera de la otra mujer. El brazo moreno, (libre de cualquier
atadura), se movió a su antojo, haciendo círculos sobre el abdomen, rozando de forma inocente la parte inferior de los
pechos de la joven. Ella se dejó acariciar, ahogándose en la embriaguez y el agradable flujo de sensaciones en la que se vio
atrapada. Presionó un poco con la palma de la mano sobre la cadera de la otra persona, sintiendo cómo la piel respondía a
su caricia. Como recordara de alguna ocasión anterior, una pierna la arropó, atrapando sus muslos. Ahora podía sentir la
humedad del sexo de la otra mujer, que le mojaba allá donde el contacto se hacía mayor. Emitió un leve gemido de placer y
sonrió "Hummm... me gustan estos sueños, podría acostumbrarme a ellos."
A pesar de que se resistió a ello, cada vez se sintió más despierta, y fue abriendo los ojos lentamente.
—Oh... no me hagas esto, Morfeo —protestó para sí.

La primera imagen fue confusa. Se encontraba en una cueva y podía distinguir al fondo las patas de un caballo. Ahora
recordaba con claridad y temió decepcionarse al ver la realidad. A pesar de ello, la sensación de confort no cesó. Las caricias
sucesivas le demostraron que aquello no era un sueño. La mano que la envolvía en su ensoñación seguía allí, acariciando su
estómago, y la larga y musculosa pierna la arropaba de la misma forma que en su mente dormida.
La joven, ante la nueva situación, aguantó la respiración cuanto pudo. Cuando sus pulmones se hincharon, soltó el aire
mediante un largo suspiro que la liberó del pánico del primer contacto con la realidad.
—¿Estás bien? ¿Tienes frío?

Aricán se estremeció al oír la voz grave y sensual de Moraví. Un fuerte cosquilleo se apoderó de ella, erizando su cuerpo.
¿Cómo iba a tener frío  arropada como estaba?, pensó. Juntó todo el valor que pudo para contestar.
—Sí... —respondió con una voz casi inaudible.

Las caricias se hicieron más intensas, aventurándose por más superficie de su cuerpo. Ahora podía sentir toda la palma de la
mano de la otra mujer rozando con autoridad desde su abdomen hasta su cintura.
—¿Te sientes incómoda?

—No —respondió decidida —. Me gusta, es muy agradable.

Moraví se alegró del tono de seguridad de la joven. Se irguió un poco y posó un suave y tierno beso en su mejilla. Sin saber
cómo, la joven Aricán acabó bajo el cuerpo de la otra mujer, que no dejaba de mirarla y acariciarla con ternura.
—Eres hermosa.

La joven sintió sus mejillas ardiendo y no supo qué decir. Abrió la boca para replicar algo, pero unos dedos se posaron sobre
sus labios. Pudo sentir cómo la otra mujer se aproximaba cada vez más, hasta que el cosquilleo de la respiración era notable
sobre su rostro. Entonces Moraví se agachó y rozó sus labios.
Aricán temió moverse. No sabía qué hacer y no quería perder el estado de embriaguez en el que se encontraba inmersa.
Finalmente cerró los ojos, abandonándose al contacto. Los largos dedos de Moraví dibujaron símbolos en el cuello de la
joven, que no pudo hacer otra cosa más que suspirar e intentar controlar su ya desbocado corazón. La morena conocía ese
tipo de reacción. Los recuerdos de sensaciones casi olvidadas hicieron que se encendiera el volcán que llevaba dentro.
Cesaron las caricias. Aricán, algo molesta y extrañada abrió los ojos, para ver a una mujer que irradiaba luz. Los ojos de
Moraví brillaban febriles en la oscuridad.

—Tú sí que eres hermosa —dijo la pelirroja con voz entrecortada. Quería explicarle muchas cosas, decirle que la adoraba;
que la veía como una diosa salvaje, un preciado diamante. Quería decirle que caería rendida ante sus pies al menor esfuerzo.
Pero las palabras no salieron, por lo que, simplemente, la miró, intentando que sus ojos transmitieran todo el calor y los
sentimientos que se atropellaban en su corazón.
Moraví sintió ese calor, algo que la hizo estremecer profundamente. Muy despacio, bajó la cabeza hacia el rostro de Aricán,
hasta sentir la nerviosa respiración en su cara. El corazón de Aricán se aceleró, perdida como estaba en el azul intenso de
aquellos ojos. Se moría por probar el néctar de los labios de aquella diosa morena. Cuando sus labios se encontraron, Aricán
se sintió completamente perdida. Cerró sus ojos y se abandonó al beso.
Moraví entreabrió los labios, rozando con su lengua, pidiendo de forma seductora y posesiva entrar. Muchos años de fuego
contenido la hicieron estallar en un deseo salvaje. El beso se volvió entonces más profundo, apasionado y caluroso, con una
exploración más concienzuda. La lengua de Moraví fluyendo con soltura dentro de la boca de Aricán.
Para la joven era algo irracional. Quería más de aquella mujer y exploró igualmente la boca, pasando por toda la cavidad.
Sus dedos se enredaron en el cabello negro y sedoso de la mujer oscura, atrayéndola con fuerza.
Cuando se separaron, ambas tenían la respiración entrecortada. Mientras tomaban el aire necesario no apartaron la vista,
intentando ver más allá de las ventanas que eran sus ojos, temerosas de la intensidad de sus besos y de los nuevos
sentimientos agolpados en sus corazones. La pasión desbordada las arrastraba a tocarse mutuamente, explorando,
conociendo... disfrutando del placer de acariciarse.
—Deberíamos tomarlo con más calma. ¿No crees? —dijo Moraví con voz agitada.
Aricán estalló en una risa nerviosa. Era la primera vez que disfrutaba del contacto sensual de otra persona y le importaba
bien poco cómo había empezado todo y el tiempo que pudiera haber pasado. Quería disfrutar del momento y vivir sus
nuevos estímulos sin preocuparse nada más que de sentir.

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—Tenemos tiempo —dijo con voz entrecortada.
—Sí, todo el tiempo del mundo.

Era una declaración, una frase completa en sí misma. Todo el tiempo. Toda la vida, juntas, Aricán gimió ante el estallido que
le dio el corazón. Sin poderlas controlar, sus manos se movieron solas, serpenteando por los brazos de la alta mujer,
sintiendo la marcada musculatura bajo la suave piel. Moraví sentía las pequeñas manos bajando por sus brazos, saltando a
su espalda, y un cuerpo presionando el suyo, encajándolo... completándolo. Entonces acarició los pechos de la joven de pelo
dorado, sintiendo en la palma de sus manos la dureza de unos pezones hermosos. Su cuerpo se deslizó hacia abajo, hasta
que su boca pudo alcanzar uno de los pechos. Con la lengua rodeó la aureola oscura. Al apoderarse del pezón, oyó el gemido
de la garganta de la chica como respuesta, algo que la alentó a seguir chupando y mordisqueando, mientras que con una
mano colmaba de atenciones el otro pecho.
La espalda de Aricán se arqueó, empujando su cuerpo contra Moraví, que no dejó de lamer y acariciar con sus labios la carne
dura y rosada, mientras sentía la presión de las manos de Aricán sobre sus hombros.
En un arrebato de loca pasión, la mujer morena se alzó de nuevo. Prácticamente se tiró  sobre la chica, alcanzando su boca
y cubriéndola con la suya. Un sordo gemido de dolor se escapó de la garganta de Aricán, lo que hizo que Mora dejara de
presionar contra ella.
—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? —preguntó preocupada.
—No... Bueno, sólo un poco —respondió en voz baja.

Moraví la exploró con rapidez, intentado encontrar la causa del dolor de la joven. Con los ojos adaptados a la oscuridad pudo
ver un hematoma entre el hombro y el pecho de la joven, producido quizá tras la caída del caballo.
—Perdona, yo...

—No, no te disculpes. Sólo es un golpe sin importancia —dijo Aricán intentando despreocupar a su compañera, y deseosa de
seguir con ese torrente de sensaciones nuevas para ella.
Moraví la miró y comprendió el deseo que se agolpaba tras esos brillantes ojos verdes. Despacio, se agachó y besó el
hombro dolorido.
—Hummm. ¿Mejor? —preguntó con un ronroneo.
—Sí... mucho mejor.

—¿Dónde más te duele? —continuó susurrándole al oído.

La respiración entrecortada impedía que Aricán soltara palabra, pendiente como estaba de cada palabra y cada contacto de
Moraví.
—¿Aquí, quizá? —Moraví la besó en el cuello.
—Hummm... no..., bueno, quizás un poco.

—¿Y aquí? —la voz de Moraví la turbaba profundamente. La morena la besó en la garganta, pasando golosa su lengua por la
blanca piel de la pelirroja, que no hacía más que retorcerse bajo el contacto de la ardiente y juguetona boca.
Moraví se sonrió tras apartarse de su amante un momento. La joven le suplicó con la mirada.

—Uh... creo saber dónde te duele más —dijo de forma persuasiva y malvada. Se sentía dichosa y juguetona.

Sin más aviso, bajó su mano hasta encontrarse con la humedad de la entrepierna. Presionó con suavidad, sacando un
gruñido sordo de la garganta de la joven.
—¿Aquí? —ronroneó.

—Oh... errrr..... bueno, ejem...

Sentía un gran placer al ver a la joven totalmente expuesta a sus caprichos. Totalmente abandonada al deseo. Moraví volvió
a sonreír mientras se aproximaba a la boca entreabierta y desesperada de su amante. Se besaron de nuevo, juntando
enérgicamente sus labios, jugando con dientes, lenguas y bocas. Miles de estrellas brillaran dentro de sus cabezas.
Abandonándose la una a la otra, como ardientes lazos, entrelazaron sus lenguas. Mientras, seguían las caricias en la cavidad
carnosa y suave, oscura y húmeda.
Moraví se separó un poco, besando la comisura de la boca, dirigiéndose a un lado de la cabeza de Aricán. La respiración cada
vez más rápida de la joven aumentaba el ritmo del contacto de la mano sobre aquel rincón húmedo, caliente y acogedor.
Se deslizó nuevamente por el cuerpo, sintiendo la piel agitarse tras el contacto de sus pechos. Se paró en el vientre y lo
besó.
—¿Menos dolor? —volvió a ronronear.
Jadeante, Aricán le respondió como pudo.
—Sí... oh... sí.
Moraví presionó con más fuerza, atreviéndose a perder sus dedos en el interior del foco de pasión de la joven. Besó el
vientre, recorriéndolo con sus labios hacia abajo, sin detenerse, intentando concentrar todo su ser en aquel centro tan
necesitado. Los jadeos aumentaron en la joven, que elevó las caderas, buscando el ansiado contacto. Su cuerpo, revuelto,
incontrolado.
Aricán echó su cabeza hacia atrás, con la mirada nublada. Con fuerza enterró sus manos en el cabello de Moraví,
empujándola. Ya respiraba erráticamente, con gemidos intercalados.
Una mano se deslizó hacia su pecho, pellizcando el pezón con habilidad.

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—Oh, Dios... oh —gimió cuando su amante acarició con la lengua su clítoris, conduciéndola hacia una nueva dimensión,
mientras los dedos no dejaban de moverse de dentro a fuera.

Creyó derrumbarse por completo. Jadeó... imploró... respiró, hasta que una última y desenfrenada ola de placer acabó con
cualquier pensamiento, dejándola totalmente vencida y sudorosa.
Su amante se incorporó, acoplándose nuevamente a su costado, sin dejar de mirarla. Ella, aunque con los ojos cerrados,
sabía que Moraví tenía clavada en su cara su mirada azul seductora. Sin quererlo sonrió.
—¡Ajá! Eso significa que te sientes mucho mejor —le susurró malévolamente al oído.

—Jajajajaja, qué mala eres —dijo mirándola tranquila, mientras su mano izquierda acariciaba a la morena, serpenteando
lentamente desde la cintura a su pecho.
—¿Soy yo la mala? —ronroneó.

Aricán se mordió el labio inferior, dejando que sus pensamientos se llenaran de lujuria. Empujó hacia atrás a su amante,
apoyando todo su cuerpo sobre ella. Aunque Moraví era más fuerte, se dejó vencer en este ataque, dejando que la joven la
invadiera y le sujetara las manos.
—Así que... —susurró Aricán a su oído, entreteniéndose entre palabra y palabra en lamer la oreja —crees que soy...
hummm... mala, ¿eh?
—Sí... —murmuró Mora con voz casi inaudible.

Aricán presionó entre las piernas de Moraví con el muslo, mojándose con el néctar de su amante.
—Uh... ¿muy mala? —siguió con el juego.
—Pues ... bastante —gimió la morena.

La mano de Aricán se deslizó lentamente por el cuerpo de Moraví. Ladeándose un poco, alcanzó el sexo húmedo de su
amante.
—Y eso te gusta, ¿no?

—Q..qu.... qué —Moraví había dejado de oír a la joven, que se apoderó de sus labios inferiores, explorando la zona. A pesar
de su falta de experiencia, parecía que hubiese hecho aquello toda la vida.

Quiso seguir experimentando con las reacciones de su amante. Le producía gran placer ver cómo Moraví se sometía a sus
movimientos. La piel de la mujer se exaltaba y respondía con cada beso o caricia, y eso era digno de ver.
Aricán quería proporcionarle sensaciones similares a las que ella había sentido apenas un rato antes, y aunque no sabía muy
bien cómo, se dejó llevar por el instinto. Volvió a subir hacia arriba y sus labios mordisquearon el cuello de Moraví. Su lengua
descendió hasta los fuertes hombros. Luego se arrastró sobre el cuerpo de Moraví, que no dejaba de moverse sensualmente
bajo su peso.
Con la boca se apoderó primero de uno y luego del otro pecho, y se recreó en cada pezón endurecido. Moraví gemía
quedamente, mientras su cuerpo sudoroso acogía con agrado el contacto físico de la joven. Con cada tirón de dientes, su
garganta emitía un sordo gruñido.
—Hummm... sabe bien —dijo traviesa la joven juguetona.

La tortura se alargaba, y casi deseaba que Aricán fuera directamente al fondo de su ansia. Pero al mismo tiempo, quería
disfrutar todas y cada una de las atenciones que estaba recibiendo su cuerpo deseoso.
Aricán continuó su recorrido descendente, lamiendo incansable cada palmo de piel encontrado en el camino. Se detuvo en el
vientre con la boca, mientras sus dedos se empapaban de aquel jugo salado. Moraví respondió con su cuerpo. Olas sucesivas
de placer se sucedieron una tras otra, creando un foco cada vez más potente y cálido.
La joven alcanzó el preciado premio, regocijándose en el aroma de su amante. Apartando los pliegues con su lengua lamió y
bebió del salado néctar, mientras Moraví ya se había abandonado a la pasión desbordada.
—Hummm... esto sabe mejor —Aricán susurró lujuriosamente, mientras levantaba la cabeza para ver a la mujer con la
cabeza apoyada en el suelo, el pelo sedoso desparramado, la cara enrojecida y sudorosa y los labios enrojecidos por la
pasión.
—Eres realmente hermosa.

Moraví quiso abrir los ojos, pero no pudo. Con su mano guió los dedos de Aricán hasta el punto más necesitado de su
entrepierna, presionando sobre ellos con un ritmo intenso que ya no podía detenerse. La joven se dejó guiar, hasta que supo
ella misma captar su necesidad y satisfacerla.
Y mientras la pelirroja repetía una y otra vez lo hermosa que era, ella se dejó vencer por el torbellino de pasión, vibrando
mientras las olas de placer recorrían su interior. Hasta que el gozo fue tan intenso que rompió en un grito gutural que se
apoderó de toda la cueva, alertando a los caballos que se movieron y cuyos cascos resonaron sobre el suelo rocoso.
Después de eso quedó totalmente extenuada, intentando recuperar el aliento perdido. La joven se tumbó a su lado,
contemplando la complacida faz de su amante. Pese al sudor y al aspecto cansino, Moraví le pareció más radiante y guapa
que nunca. Reconocía haberla vencido. Esa sensación le gustaba. La morena vibró entre sus brazos hasta quedar sin una
gota de aliento, y ahora estaba totalmente abatida.
"Si fuese su enemiga, éste sería el momento perfecto para derrotarla", pensó malévolamente.

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Mientras la dejaba recuperarse, se apoyó en su hombro, con el brazo rodeándole la cintura. Así yacieron durante largo rato,
totalmente relajadas la una en los brazos de la otra, viendo cómo la luz del sol empezaba a entrar por el hueco abierto de la
cueva.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

—Te nombro caballero de la noche. Ahora formo parte de ti, al igual que tú formas parte de la oscuridad y el fuego. Mi
energía es tuya, mi sabiduría es tuya. Mi oscuridad habita allá donde arde tu corazón... Por la noche, por el fuego.
Bienvenido."
—¿Cuál será mi misión?

—La misión de la oscuridad.
—Qué significa eso.

—Deberás arrasar la tierra de conquistadores. Si no lo consigues, muere en el camino, pero nunca regreses sin haber logrado
tu objetivo.
—Mi señor, obedeceré hasta dar mi vida. Por vos y la oscuridad.

—Adelante, pues. Cruza la frontera de aguas profundas y arrasa allá donde la Hija del Sol verá debilitada su fuerza.
—Traeré la bandera de la victoria a tu puerta. El estandarte del abatido tendrás el privilegio de quemar.
—No —ordenó —. Destruye su alma y tráeme su corazón.

—La enviada verá rota su alma y el corazón ensangrentado te será ofrecido. —respondió sumiso.

Cabalgaron durante largo rato en silencio, la una al lado de la otra. Cada una sumida en sus propios pensamientos. Habían
pasado dos lunas desde que dejaron la cueva que les sirviera de refugio, tiempo suficiente para regresar a la aldea de Swett
y coger lo necesario para la misión. Evitaron contar detalles a Trebor y los demás, para no darles un motivo de
preocupación, aunque Aricán no dejaba de pensar que hubiese sido buena idea contar los planes a alguien, por si algo malo
ocurría. Pero Moraví siempre había sido muy reservada; ya era más que suficiente para ella contar con la joven pelirroja.

La mente de la pirata no dejaba de repasar una y otra vez las estrategias a seguir para los próximos tres días. Pese a estar
todo pensado, seguía buscando algún posible error, calibrando hasta qué punto quedarían perjudicadas y cómo salir del paso
si ocurría cualquier cosa inesperada.

Aricán se encontraba inmersa en un laberinto de pensamientos negativos. Sólo era rescatada por momentos al observar el
noble semblante de la mujer oscura, montada sobre aquel caballo más negro que la noche. Por su mente pasaban una y otra
vez las claras imágenes del lugar en el que había permanecido esclavizada toda su vida.
¿Y si todo salía mal? ¿Y si eran descubiertas una vez dentro? No quería imaginarse lo que sería volver a vivir otra vez en ese
infierno. "Agg, deja de pensarlo", se reprendía mentalmente.
—¿Cuántos soldados custodian la puerta de los aposentos de Lord Weillor? —preguntó Moraví, obligando a Aricán a dejar el
laberinto en el que estaba inmersa.

—Hay uno en la recámara y dos en la puerta principal. —contestó con seguridad — En el pasillo de acceso a la recámara hay
dos más, pero conozco un pasadizo con una puerta camuflada en la recámara que llega hasta un vestíbulo. Si llegamos a
ese vestíbulo y tomamos el acceso evitaremos a cualquier soldado en los pasillos.
—Un pasadizo secreto, ¿eh? —dijo levantando una ceja, mirando de soslayo a su acompañante.
—Sí. Lo descubrí de pequeña.

—Un pasadizo secreto que lleva directamente a la antecámara de los aposentos del Lord. —recalcó con voz ronca.
—Exacto.

—Y... casi no me atrevo a preguntar, pero...

—Me gustaba jugar al escondite. —explicó divertida.
—Ah. Comprendo. Bueno... no me refería a eso... —disimuló. "¡Uf! Menos mal", pensó aliviada. Por un breve instante se le
pasó por la cabeza que la joven ofreciera sus encantos al señor de aquellas tierras a cambio de Dios sabe qué. "¿Pero qué
estás pensando?", se recriminó a sí misma.
Aricán la observó sorprendida. ¿Eran celos lo que había visto aflorar en los ojos azules? ¿Podía Moraví pensar que en algún
momento ella había sido una de las putas del Lord?
—A los aposentos de las doncellas. —la interrumpió Aricán
—¿Cómo?... ¿qué?
—El vestíbulo. —hizo una pausa para que su compañera asimilara lo que estaba diciendo y continuó. —Es una especie de
recibidor rodeado por los aposentos destinados a las doncellas que visitan el palacio —explicó divertida al ver el desconcierto
en el rostro de Moraví.
—Ah... Menudo sinvergüenza.
—Jajajaja —rió la joven sin poder aguantar más —. Tranquila, Lord Weillor jamás se acuesta con las súbditas. Él prefiere a
mujeres selectas y refinadas.

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"¿Tranquila? ¿Ha dicho tranquila?". La cara de Moraví era todo un poema. "Pero si estoy tranquila", pensó algo molesta.

La joven Aricán intentó reprimir la risa como pudo. Nunca pensó que Moraví, con toda su seguridad, se pudiera comportar de
un modo tan aniñado. Era... enternecedor.
—Bien, no será muy difícil entrar.

—Cierto. Lo difícil será salir. —dijo la joven en voz baja.

—Oye... —Moraví detuvo su montura, al notar la duda en el tono de voz de la joven. Estiró el brazo hasta alcanzar el hombro
de su compañera. — No tienes por qué hacer esto.
—Puedo hacerlo, ¿vale? —bufó de forma arisca, dejando atrás todo el buen humor de hacía unos instantes. —¡Quiero...
hacerlo!

Se produjo una larga pausa entre ellas. Moraví no dejaba de preguntarse hasta qué punto afectaría a Aricán involucrarse en
esta aventura.
—Además, ya lo habíamos hablado. —clavó su mirada en el azul intenso. — No te defraudaré.
—No se trata de eso... —respondió impotente.
—¡Maldita sea! —rezongó.

— Está bien, lo haremos como habíamos pactado. —dijo dejándose dominar por los ardiente ojos verdes. —Pero al mínimo
peligro...
—Lo sé. —le interrumpió. —Saldremos de allí.
—¿Saldremos? —preguntó incrédula.

—No querrás que te deje sola dentro mientras yo escapo del Feudo, ¿verdad? —dijo con tono amenazador.

—Eso no era lo pactado. —protestó Moraví. —Aunque me cueste la vida, tengo que luchar por conseguir la clave que nos
lleve a destruir a ese monstruo.

—Sí, pero si mueres dentro del castillo de Lord Weillor no conseguirás tu objetivo, y yo sé cómo entrar y salir del Feudo sin
ser vistas. —tras una breve pausa que le permitió ordenar sus pensamientos continuó con su discurso. —Además, te
recuerdo que sólo vas a mirar un cuadro. Si sale mal a la primera, siempre habrá una segunda oportunidad.
—Eso es cierto, pero...

—Pues fin de la conversación. ¿Seguimos adelante? —Aricán se deshizo del brazo de Moraví y alzando la cabeza se puso en
marcha dejando con la palabra en la boca a la valiente mujer.
—Pero... ¿Será terca? —protestó sin poder evitar que un amago de sonrisa adornara sus labios. "Tan terca como tú, Mora",
se dijo mentalmente. Dándose cuenta de la distancia que iba creciendo entre ellas, alentó a su caballo y cabalgó hasta
alcanzar a la joven.

Al caer el sol consiguieron llegar a las afueras de los dominios de Lord Weillor. Desde su lejana posición alcanzaban a ver las
primeras luces de antorchas y candiles atravesando los huecos y ventanas de casas y muros. Las estrechas murallas
albergaban en su interior una plaza militar y numerosas cabañas de servidores. En el centro del complejo se alzaba,
arrogante y majestuoso, un castillo, palacio del gran amo y señor de aquellas tierras y aquellas gentes.
Aparentemente sólo había una manera de acceder a la ciudad fortificada, y era a través de un puente desde el que se
franqueaba una fosa profunda de lodo. Sólo existía una puerta ancha de medio punto al lado sur de la muralla.

A Moraví le recordó los alcázares que había visto en tantas ocasiones en las tierras conquistadas por los árabes. Aunque esos
eran edificios mucho más hermosos que la ruda fortificación que se alzaba ante ellas.
En el fondo, siempre lo mismo. Por un lado dominadores esclavistas que se hacían llamar reyes o señores, que con sus
legiones de soldados prometían protección a sus fieles. Por otro lado los súbditos, ganaderos y agricultores que trabajaban
de sol a sol por unas míseras monedas que malamente les alcanzaban para vivir.
Cómo se alegraba en esos momentos de ser una pirata, a veces malvada, otras veces ladrona e injusta, pero siempre libre.
Amaba la libertad por encima de todo, gracias, en su mayor parte, a las enseñanzas de Girlock. Y de la misma manera que
el corsario le había enseñado un camino mejor en la vida, ella lucharía por mostrárselo a Aricán.
Dejando su mundo interior se dirigió a la joven.
—Dices que conoces bien el castillo. ¿Cómo es eso? ¿No se supone que los súbditos viven en las cabañas? —preguntó Moraví
a su joven acompañante.
—No todos viven fuera de palacio durante el día. Yo era una de las "afortunadas" que tenía que servir dentro del castillo. —
contestó con cierto deje irónico — Mi madre fue durante mucho tiempo cocinera del palacio.
Moraví la miró sorprendida. No sabía captar muy bien los sentimientos de la joven al hablar del Feudo. Hasta ahora sólo
había visto en Aricán la faz que muestra el pánico, pero en el fondo escondía más. Era como si la joven enterrara un odio
que sólo se dejaba entrever en ocasiones muy concretas. Pero, ¿sería alguien tan dulce capaz de odiar? Casi prefería no
saberlo. Decidió cambiar de tema.
—Lo mejor es que actuemos al amanecer, cuando la ciudad esté dormida.
—En los cubos que interrumpen la muralla se quedan los vigilantes. Uno por cada cubo. —informó Aricán, mostrándose
nuevamente como una joven con ganas de ayudar.

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—¿Cubos?

—Sí, son esas torres pequeñas de base circular que sobresalen de los muros. —explicó la joven, contenta de sentirse útil
nuevamente.
—Ya. Supuse que se trataba de eso, pero no las conocía por ese nombre, sino por atalayas.
—Atalayas —repitió Aricán —, curioso nombre.

Moraví las contó mentalmente. Había siete torres flanqueando la fortificación. Dos de ellas hacían de contrafuerte y eran algo
mayores que las demás.
Las fortificaciones de ese tipo no eran desconocidas para Moraví, pero dada la cantidad de enemigos que había logrado Lord
Weillor a lo largo de su miserable existencia, no estaba demasiado segura de que su dominio se defendiera del mismo modo
que otras casas feudales similares.
—¿En el resto de la muralla no hay vigilantes? —preguntó algo sorprendida.

—No. Los soldados son muy estrictos en su trabajo, y muy fieles al Lord. Por lo que sólo son necesarios los de las torretas.
—Qué confiado —se burló refiriéndose a Lord Weillor —. No creo que todos los hombres le sean fieles.

Aricán respondió con una insípida mirada. Estaba convencida de que Moraví, a pesar de su experiencia y de sus viajes,
jamás habría tropezado con una casa feudal como ésa. El Lord era malvado con los trabajadores, pero bueno con sus
soldados. Los defensores vivían casi como reyes a cambio de fidelidad absoluta a su señor, así que ninguno se alzaba contra
él. Disponían por capricho de cualquier mujer, estuviera casada o no, y podían entrar y salir de cualquier cabaña sin que
nadie fuese capaz de protestar. Se adueñaban de las pertenencias y de la comida. Destrozaban cuanto querían fuera de las
puertas de palacio. Ella lo había vivido de cerca, conocía bien a esa panda de animales. Pero ¿cómo explicárselo a Moraví?
—No conoces esta casa. —susurró sin más explicaciones.

—Tienes razón, Aricán. No la conozco. —la frase iba más allá de su simple significado. Moraví se dio cuenta en ese momento
de que no conocía casi nada del duro pasado de la joven. En momentos como éste, ella se ponía a la defensiva y se
mostraba distante, como si se tratara de una persona distinta, alguien asustado a quien el miedo nublaba cualquier
sentimiento positivo. Una joven totalmente desconocida. De lo que sí estaba segura es que la chica había sufrido demasiado,
y que Lord Weillor pagaría por eso. "¡Vaya si lo pagará!".
Se pusieron en marcha al caer la noche, cuando la oscuridad se hizo notar en todo su apogeo. Dejaron los caballos
escondidos en el bosque y se adentraron por una vereda conocida por Aricán. El estrecho sendero las condujo hasta la
entrada de una cueva.
—¿Es ésta la cueva? —susurró Moraví.

—Sí. En realidad es otro de los pasadizos secretos. Verás qué pronto nos ponemos en la base de uno de los cubos.
—Sigamos adelante.

La entrada era pequeña y poco visible. Ambas mujeres tuvieron que entrar a gatas. Pero una vez en el interior, pudieron
ponerse en pie. Al fondo se podía oír un incesante goteo, lo que aumentaba la sensación de humedad de la cueva. El caer
del agua y sus pasos eran el único sonido perceptible en aquella gruta. Encendieron una antorcha y se dirigieron al fondo de
la oquedad.
De pronto, se oyó un nuevo ruido que fue aumentado con el eco de la cueva, hasta hacerse ensordecedor.
—Oh-oh —Aricán se dirigió a Moraví con cara de circunstancias —. Tenemos un pequeño problema.
—¿Un problema? —Moraví tuvo que alzar la voz por el fuerte zumbido.

Durante breves instantes se quedaron paralizadas, intentando distinguir de dónde procedía el sonido.
—¡Agáchate! —ordenó Aricán.

—Pero, ¿qué demonios es esto? —Moraví se tiró al suelo, a tiempo de no tropezar con miles de murciélagos que se
aventuraron a salir a la oscuridad de la noche. El vuelo descontrolado amenazaba con estampar a aquellos animalitos contra
cualquier recodo de las rocas, pero nada de eso ocurrió.
Cuando todos los mamíferos voladores salieron del lugar, se levantaron con cuidado, atentas por si quedara algún
murciélago rezagado. Una vez erguidas Moraví dirigió una mirada asesina a la joven.
—Esto no me lo habías contado —dijo furiosa.
—Uh... se me olvidó —se excusó con una sonrisa tímida —. ¿Seguimos?
—Se te olvidó —gruñó —. ¿Alguna cosa más que se te haya olvidado?
—No te quejes, sólo son animalitos —dijo inocentemente Aricán.
—¿Animalitos? —se quejó la morena —. ¡Son ratas que vuelan!... son, son... ¡Vampiros!
Aricán tropezó con una nueva palabra, ‘vampiros’. ¿Qué sería eso? Aunque ante el aparente enfado de la morena prefirió no
preguntar.
—¡Mierda! Tendremos que salir otra vez por aquí —protestó la alta mujer.

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—Sí, pero si lo hacemos antes de que amanezca, no habrá problema —continuó desafiante —. No me digas que le tienes
miedo a unos simples bichos voladores.

—¡Será posible! —gruñó nuevamente —. Vamos, cuanto antes entremos en la fortaleza, antes saldremos de esta... casa de
vampiros.
Era gracioso ver a Moraví con esa forma impropia de actuar. "Esto no es tan malo, después de todo", pensó Aricán, al ver
que la actitud de Moraví le hacía sentirse más valiente. No sabía si la mujer morena estaba fingiendo para darle seguridad,
pero sea como fuere, funcionaba.

Siguiendo un estrecho pasillo, alcanzaron la base de una de las torres mayores. Escalaron el interior de la pared del cubo
hasta asomarse a una oquedad lo suficientemente grande como para deslizar el cuerpo. Todavía les quedaría un metro más
de escalada desde el exterior. Moraví se aventuró la primera, pues una vez arriba tendría que inmovilizar al vigía. Salió al
exterior, agazapándose en los estrechos huecos que se formaban entre piedra y piedra. Alcanzó la parte alta de la torre y
esperó a que el soldado estuviese despistado. Era fuerte y calculaba que podría estar esperando durante horas, sin
precipitarse al vacío para impedir que todo saliera mal.
Al fin llegó la oportunidad, el vigía se adormiló. "Con que estrictos, ¿eh?", pensó antes de abalanzarse hacia el hombre y
torcerle el cuello desde atrás. Cuando el vigía quedó inconsciente, hizo una señal a Aricán y la ayudó a subir a la parte alta
de la torre.
—¿Lo has matado? —preguntó Aricán al ver al hombre inerte en el suelo.
—¿Acaso importa?

Aricán la miró asombrada.

—No, sólo está inconsciente —la tranquilizó —. Tenemos tan sólo un par de horas si queremos salir por el mismo sitio.
Después de eso, despertará.
Salieron del puesto del vigía y corrieron por el muro hasta alcanzar unas estrechas escaleras. Por fin estaban dentro.

Aricán la guió en la oscuridad, deslizándose como una gata entre las chozas de los serviles. Conocía perfectamente cada
palmo de tierra que pisaba. Moraví quedó admirada de la capacidad de orientación de la joven. No tardaron mucho en llegar
a los muros de palacio.
—Bien, ahora comienza lo difícil —murmuró la pelirroja.

De nuevo Moraví dejó que la guiara. La joven se paró en la esquina de la pared sur y comenzó a palpar la rugosa superficie
hasta dar con una pieza escondida en la pared. Metió la mano e inmediatamente parte del muro empezó a oscilar, girando
en sentido horizontal. Por el hueco del muro se deslizaron, y una vez dentro alcanzaron la cocina de la planta baja.

—Tú has hecho esto muchas veces, ¿verdad? —la grave voz sonó como un susurro de aire en la noche, pero fue lo suficiente
audible como para que su compañera la oyera.
—Bueno... —contestó la pelirroja —. Alguna vez

La cocina era grande, y formaba parte de la zona de servidumbre, por tanto sería muy difícil encontrar algún soldado por
allí. Pero todas las precauciones eran pocas, así que avanzaron sigilosamente.
Tras cruzar la zona de servidumbres, compuesta por una gran cocina, un lavadero y dos silos, llegaron a un pasillo estrecho.
Ahí comenzaba su pequeña odisea, pues tenían que alcanzar los aposentos de las doncellas, lo que suponía pasar por una
larga zona donde sí habría soldados.
Aricán le había informado anteriormente de que se encontraban en un pasillo de acceso a los dormitorios de la legión, por lo
que en cualquier momento se podrían tropezar con alguno en su avance hacia la zona de ascenso.
El palacio no era demasiado grande, pero tenía cuatro escaleras. Una de ellas era grande, y se encontraba en un patio
interior, justo en el centro del castillo. Las otras tres se distribuían en tres esquinas. Ellas deberían alcanzar una de esas
escaleras, la que se encontraba al final de la zona de la legión.
A mitad de pasillo oyeron ruidos en el interior de uno de los dormitorios. Un hombre salió de su habitación y ellas apenas
tuvieron tiempo de esconderse tras unas cortinas. Pero el rudo hombre poco interés tenía en lo que pasara en el pasillo.
Parecía que era él quien se escondiera. Iba vestido con ropa interior y llevaba bastante prisa. Al alcanzar tres dormitorios
más al norte tocó en la puerta tres veces, con un movimiento nervioso. Desde el interior se oyó otra voz masculina.
—Pasa, está abierta.
El soldado abrió, no antes de mirar a un lado y a otro del pasillo, percatándose de que no fuese visto por nadie. Tras ello se
deslizó en su interior y cerró la puerta.
Ojos azules se enfrentaron con dos verdes, con cierto amago de sonrisa en la mirada.
—Presiento que estos dos estarán algo ocupados durante toda la noche —dijo la pelirroja.
—Sí. Dos soldados menos.
Tras salir de las cortinas, terminaron de recorrer el pasillo y llegaron a la escalera. Ascendieron por ella a la planta superior,
alcanzando el ansiado vestíbulo. Cuatro puertas había alrededor del hall. Desde su posición podían oír lo que acontecía tras
las paredes de cada una de las habitaciones.
—Esto es como una casa de putas —dijo Moraví asqueada.
Aricán, ausente de su compañera, se limitó a buscar en la pared ciega una nueva clave que les abriera la puerta a un
pasadizo.
—Ya está. Por aquí.

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Moraví echó un último vistazo atrás antes de seguir a su compañera por el pasadizo iluminado con antorchas en las paredes.
Cuando llegaron al final del recorrido, Aricán se dispuso a abrir la compuerta, pero fue detenida por una mano que la agarró
con fuerza por el hombro. La mano la hizo girar sobre sí misma. La joven se vio frente a Moraví, tan cerca que pudo sentir
su respiración en la cara. Moraví se agachó y la besó en los labios. Aricán a punto estuvo de caer. Las rodillas le temblaron
ante el inesperado asalto. Un brazo se deslizó por su cintura, agarrándola. Tras el beso Moraví la apretó en un abrazo, y
Aricán apoyó su cabeza en el hombro de la alta mujer.
—Quiero que te quedes aquí —le susurró al oído.
—No, Mora...

Unos dedos largos se posaron en sus labios.

—Shhhhh, no hables —Moraví la besó de nuevo, con un roce menos intenso y duradero que el anterior.
—Estaré de vuelta en unos minutos. Te lo prometo.

Los ojos verdes se nublaron. Aricán no estaba dispuesta a obedecer y Moraví lo podía leer en la mirada.
—Por favor —le rogó con la mirada

La joven asintió, bajando la cabeza.

—Esta puerta te llevará al interior de un armario de la antecámara. Desde las rendijas podrás ver cuándo se produce el
cambio de guardia —explicó con voz grave.
—Gracias —la miró afligida. No pensó que tardaría tan poco en convencerla.

Tras ello la soltó. Aricán palpó la pared hasta que la puerta se abrió y Mora salió por ella.

—Ten mucho cuidado —fue lo último que oyó antes de que la puerta se cerrara tras de sí.
 

Continúa...
L A

E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

7 ª

P A R T E .

LA ESPADA DE HAITHABU.

1.
Moraví se vio de repente en el interior de un amplio armario, dejando atrás la compuerta que la separaba de su amiga.
Maderos de oscuro roble formaban las hojas del aquel enorme ropero. A través de las juntas de unión de las tablas se colaba
una tenue luz.

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Oteando desde una de las rendijas del armario pudo ver el espacio que quedaba abierto e iluminado bajo la luz de los
candelabros. Una excesiva y ostentosa decoración inundaba aquella amplia recámara. Arrimada a la pared, frente al armario
que le servía de escondite, se encontraba una cómoda de enormes dimensiones, decorada con figuras grotescas. Era muy
probable que los distintos objetos decorativos que se encontraban sobre su superficie fuesen traídos de los pueblos costeros
del mediterráneo oriental, quizás conseguidos por medio del intercambio comercial. O quizás comprados a algún ladrón de
mar.
La pirata subió la vista y observó detenidamente el espejo que se exponía majestuoso, como un gigantesco cuadro.
"Demasiado ostentoso", pensó. Desde su posición tenía un reducido ángulo de visión. El pequeño agujero por el que miraba
no podía ofrecerle todo el espacio de la habitación, pero el espejo era de gran utilidad a la hora de hacerse una idea exacta
del lugar. A través de él vio las espadas expuestas como trofeos en las paredes. La puerta de la cámara del Lord quedaba
situada a su izquierda. El guardia que custodiaba la puerta de la antesala se encontraba  a su derecha. Este último hueco
comunicaba con el corredor exterior.
"Un soldado en la recámara y dos en la puerta principal", se dijo, recordando los datos facilitados por Aricán. "Bien, no son
muchos. Lo mejor será un enfrentamiento directo".

Sin pensárselo dos veces abrió la puerta del armario y arremetió, espada en mano, contra un sorprendido soldado que, tras
una primera impresión, no dudó en defenderse.
—¡Ah! ¿Quién eres? —preguntó el soldado, sorprendido por la fuerza con que la mujer golpeaba con la espada.
Ojos de acero lo miraron, haciéndolo empequeñecer.
—¿Acaso importa? —respondió la oscura mujer.

—Eres… condenadamente buena. —dijo el soldado, esgrimiendo su espada en un golpe bajo e inesperado que casi atraviesa
el estómago Moraví. — Pero no tan buena como yo.
Moraví había salido ilesa del ataque gracias a una rápida y acertada finta. Se regañó mentalmente por menospreciar la
calidad del espadachín que tenía enfrente.
—No deberías ser tan confiado. —replicó con una soberbia sonrisa.

Las maniobras de ataque siguieron adelante: el soldado vanagloriándose de ser un buen espadachín y poder demostrarlo; la
mujer cautelosa, midiendo las fuerzas del caballero, dejándole tomar confianza.

El hombre alzó su espada, seguro de dar un certero golpe. La estocada iba dirigida a la cabeza de Moraví. La espada cortó el
aire, produciendo un zumbido metálico. Seguida por su instinto, la mujer se giró a un lado rápidamente y esquivó el golpe
mortal. Su contrincante salió disparado hacia delante, impulsado por la fuerza de su ataque. Ella aprovechó el descuido de su
enemigo y terminó dándole un golpe desde atrás. Ya en el suelo, el hombre la miró sorprendido.
—Ja, ja. —Moraví dirigió sus ojos burlones hacia el soldado, mientras se atusaba el pelo en un gesto muy característico y
propio. Hasta cierto punto parecía que se estaba pavoneando delante de su enemigo.
—¿Quién eres?

Moraví esperó a que el soldado se incorporara. Quería que la pelea durara algo más, y no le parecía honesto atacar a alguien
desparramado por los suelos. Después de todo, su objetivo no era un simple soldado.
—Te he hecho una pregunta. —gruñó por lo bajo el soldado.
—Soy tu actual pesadilla. —respondió dulcemente.

El hombre se incorporó. Ojos grises se enfrentaron a ojos azules. La mujer resultaba misteriosa… y peligrosa.

—Esa espada... —dijo mirando detenidamente el arma que portaba la mujer. — ...es el sable de un berserker. ¿¡Y la tienes
tú, mujer!?
—Es mía. —contestó Moraví, orgullosa de su arma de doble filo. —Y no soy una berserker. —aclaró.

Los berserkers eran un grupo de guerreros vikingos que se dedicaban profesionalmente a la lucha. Formaban una secta
dentro de la sociedad vikinga. Esos individuos no conocían otra cosa en su vida que no fuera matar. Eran excesivamente
violentos y pendencieros. Su obsesión por luchar y matar era tan grande que a veces caían en trance involuntariamente,
ayudados por los efectos de un hongo alucinógeno. Entonces no había manera de controlarlos, se volvían completamente
locos. Eran capaces de luchar sin parar durante varios días. Concluida la batalla, muchos de ellos morían de agotamiento, sin
haber recibido herida alguna. En temporadas pacíficas, estos guerreros vivían en pleno bosque, separados de la gente
normal, incapaces de vivir en sociedad.
Moraví compartía las costumbres y distintas formas de vida de los vikingos, pero jamás entendería a este grupo de guerreros
radicales. En alguna ocasión se había topado con uno de esos individuos, y prefería no volver a repetirlo. Pero eso era otra
historia.
El hombre la miró incrédulo. Falsamente para él, todos los vikingos eran berserkers, aunque no tuviera claro lo que
significaba realmente eso. ¿Cómo era posible que una mujer de sus características fuese una vikinga? Con ese pelo largo y
negro, esos ojos intensamente azules... esa piel morena... "No. No puede ser. La habrá robado", pensó refiriéndose a la
espada.
—¿De dónde sacaste la espada? —quiso saber.
Moraví no pretendía perder el tiempo en charlas, así que esperó aburrida a que su enemigo volviese al ataque. Con la
arrogancia de un perezoso león dejó escapar un suspiro.
—¿Por qué todos preguntan lo mismo?

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—¿No quieres contestarme? —preguntó el soldado cada vez más sorprendido por la forma de actuar de la mujer.
—No me apetece.

—Si no me das información, muere. —resolvió arisco.

La lucha se reanudó, más acalorada que el primer encontronazo. Ambos contrincantes pusieron todo su empeño en
demostrar su valía, como si lo primordial no fuera vencer, sino demostrar quién era el mejor en la lucha.

Después de unos minutos, los ruidos producidos por el incesante chocar del metal alarmaron y atrajeron a los soldados de la
cámara principal.
—¡Un intruso! —avisó el primer soldado a sus compañeros.

—¡Es una mujer! —gritó otro soldado, al tiempo que una risa socarrona asomaba en su cara.

—Esto va a ser divertido, Joe... —un hombre rubio, de pelo rizado, observó a la mujer de la cabeza a los pies.
—¡Ja! —rió irónicamente Moraví. —Sí, será entretenido… pero para... mí. —golpeó con violencia a su atacante.

Mientras la pelea continuaba entre Moraví y el primer soldado, los dos restantes se limitaban a observar. Nunca habían visto
a una mujer manejar la espada con semejante destreza. Era como si el arma formara parte de su fisionomía. Es más, nunca
habían visto a una mujer con una espada en la mano.
—Pero… ¿Queréis dejar de mirar? —protestó Joe muy irritado.

Saliendo de la admiración, uno de los caballeros se dirigió al espadachín.
—¿Qué te ocurre, Joe? ¿No puedes con una mujer? —se burló.

Joe lo miró un instante, con ojos rabiosos. Aprovechando el despiste de su contrincante, Moraví lo pateó en el pecho,
enviándolo con fuerza hacia la posición de sus compañeros. Los tres cayeron estrepitosamente al suelo.
La mujer los miró satisfecha, esbozando algo parecido a una sonrisa.

—¿Tenéis problemas, chicos? —dijo bajo un tono seductor, dejando entrever cierto deje burlón. —Sólo soy "una mujer".
Ellos la miraron con recelo, mientras la pirata mostraba un porte sereno y confiado.

—¡Hija de perra! —gritó el más rubio de los tres hombres. Con un salto se levantó y rápidamente atacó a la corsario. Moraví
lo esperó hasta que estuvo cerca. Con gran agilidad y rapidez saltó, girando sobre sí misma como un remolino mientras
extendía su pierna izquierda. La patada fue fulminante, golpeando en la mandíbula al tosco soldado. El hombre volvió a caer
al suelo, cerca de sus compañeros, con dos muelas menos.
—¿Es eso todo lo que sabes hacer? —preguntó la mujer al hombre que acababa de golpear.

—¡Puedo hacerlo mejor, perra! —respondió enfadado el aludido, mientras se agarraba la mandíbula con una mano. Sus ojos
eran puro fuego, expresando en ellos toda su rabia contra la guerrera. —Vas a ver lo bien que lo haré.

Con gran frenesí se incorporó arremetiendo contra la mujer, espada en mano. Su boca olvidada. Su espada se movió borrosa
y rápida. Moraví giró y rodó por los suelos, pero el hombre intuyó su movimiento y se abalanzó sobre ella, cuerpo contra
cuerpo, con todo su peso. Ambos rodaron por el suelo, ante la mirada de los otros dos hombres, que nerviosos se veían
incapaces de atacar por miedo a dañar a su compañero. Aparentemente parecía que el espadachín hubiese reducido a la
mujer. Ella, sin permitir ni un respiro, se impulsó con las piernas, arqueando el cuerpo. El hombre fue desplazado como un
fardo. Sin demora se levantó, tropezando su cara nuevamente con un puño que volvió a lanzarlo hacia atrás. Impulsado
contra el suelo, cayó en la cuenta de que se repetía la escena del ataque anterior, pero ahora con la nariz rota.
—¡Menuda mujer! —murmuró Joe admirado de la acción. Poco le importó que su compañero acabara con el labio partido y la
nariz deformada.
—¿Qué sucede, chicos? —Ojos azules, claros como el cielo, se dirigieron al rincón donde estaban ovillados los soldados. —
¿No podéis con una mujer?

Esto era lo divertido, siempre se repetía la misma escena, pero por más veces que lo viviera, lo disfrutaba de igual modo:
los hombres eran demasiado predecibles en una pelea. Se creían invencibles. Después de un primer ataque, perdían su
prepotencia, y la superioridad era sustituida por la ira. El orgullo era un arma de doble filo, más aún en hombres nada
acostumbrados a ser abatidos por una mujer. La admiración y la sorpresa de un primer momento era sustituida rapidamente
por la rabia de saberse vencidos por una mujer, ser al que consideraban muy inferior a ellos. Para la pirata esto era una
ventaja, pues los dominados por la ira, no pensaban, sólo actuaban bajo la pasión del momento. Ella no era así, no se
dejaba cegar en una pelea. Podía odiar, si, pero seguía con la cabeza sobre los hombros, calculadora y fría como el hielo.
"Bien", pensó, "Pasamos a la segunda fase: La ira".
En pocos segundos, la valiente mujer se vio envuelta en una pelea a tres bandas. Los atacantes no le dejaban ni un respiro,
blandiendo sus espadas y golpeando al unísono. Los zumbidos del metal provenían de distintas direcciones y sentidos. A
pesar de ello, Moraví no se dejaba sorprender, deteniendo los ataques con una rapidez increíble. Su espada estaba moldeada
a su medida, haciéndola más ligera y manejable que las armas de sus enemigos. Ella misma la había forjado, afilándola a su
antojo. La empuñadura, aunque decorada como todas las espadas vikingas, se mantenía dentro del decoro y la discreción,
sin demasiados ornamentos.

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—Empiezo a aburrirme. —gruñó mientras esquivaba un golpe a su derecha, directo a sus costillas. Sus palabras alentaron
aún más el ataque de los hombres. Era realmente divertido ver las caras sudorosas y enrojecidas por el esfuerzo, el
entrecejo fruncido y las mandíbulas apretadas. Los hombres gruñían en cada golpe, y ella respondía a sus ataques del mismo
modo.
—Chicos… —dijo entrecortadamente, mientras golpeaba con el codo en el estómago al de la izquierda, alejándolo de su
cuerpo. —… Creo que es hora… —dio una fuerte patada en la canilla de Joe, dejándolo descompuesto el suelo. —… de
acabar… —golpeó con la cabeza al tercer soldado, dejándolo desconcertado. —… con este juego.

El hombre a su izquierda ya se había incorporado. Ella saltó por encima de sus cabezas, cayendo de pie, como una felina
detrás de Joe. Con la empuñadura de su espada lo golpeó en la nuca dejándolo inmóvil en el suelo.
—Y ahora... el golpe final. —dijo en voz alta.

Rápidamente se acercó a la cómoda y cogió una figura de metal en forma de pene erecto. Los soldados la siguieron,
acorralándola contra la pared. Ella atacó a los dos, con un golpe continuo que barrió sus cabezas.
—Uy, eso debe de doler. —dijo al oír el crack producido en el chocar de la figura con los cráneos.

De repente se hizo el silencio. Moraví se entretuvo unos pocos segundos, contemplando su trabajo con la ceja izquierda
arqueada y una mirada aburrida. Los tres hombres quedaron desparramados por el suelo, inconscientes. Estaba segura de
que despertarían tarde o temprano, pero el "sueño profundo" en el que se encontraban ahora le daría tiempo de salir de allí
sin tener que enfrentarse con ellos de nuevo. Sin quererlo, recordó a la joven que la esperaba en la gruta. Aricán se sentiría
orgullosa de comprobar que no había matado a nadie en la lucha. Por lo poco que sabía de la muchacha, y por alguna razón
que no lograba entender del todo, comprendía que para la pelirroja la vida de cualquier persona era sagrada, y nadie tenía
derecho a arrebatarla. Aunque esa persona se tratara de un soldado sin escrúpulos. Ella no compartía esa idea, pero la
respetaba. Por un instante se preguntó si la actitud de Aricán cambiaría al conocer a un berserker. Idea desechada
rápidamente.
Después de la rápida reflexión se detuvo a contemplar la figura que portaba en su mano derecha.

—Cuanto más grandes son… —se dijo acabando la frase en un suspiro cansino. Dejó caer la pesada figura, enfundó su
espada y se dirigió a los aposentos de Lord Weillor.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

—Tengo que salir de aquí. Debo seguirla.

Pese a que no había pasado demasiado tiempo, el hecho de estar sola y casi a oscuras en aquella gruta la estaba
impacientando. Se sentía ahogada con la sensación de humedad que se le pegaba al cuerpo. El polvo parecía aumentar a
cada minuto y la gruta se estrechaba por momentos. Y es que el tiempo podía alargarse mucho cuando se trataba de tener
paciencia.

Aricán estaba segura de la valentía y la capacidad de lucha de su compañera. Moraví se había enfrentado a muchos para
salvarla en aquel bosque, por tanto el número de soldados no era un problema. Pero el hecho de estar allí sin hacer nada, sin
saber en qué estaría metida aquella mujer, la ponía cada vez más nerviosa.
—¿Y si la han sorprendido y no ha podido defenderse? ¿Y si han cambiado las cosas desde la última vez, y ahora hay más
soldados en los puestos de vigía?

"No, eso no es posible. En tantos años como he vivido entre estos muros, la defensa nunca ha cambiado". —se recordó a sí
misma.
—¿Y si ahora está en peligro?... ¡Argg! ¡Aricán! —se dijo molesta. — Deja ya de preocuparte por ella. Sabe defenderse.
Además, es una pirata, ¡Qué demonios!

Siguiendo el paradigma de la ética de los héroes, sabía que como corsario y como vikinga Moraví se enfrentaría a sus
enemigos con una audacia y un valor sin límites. La pelirroja conocía historias sobre esas gentes, y aunque la oscura mujer
no fuese realmente una vikinga, seguramente se había formado entre ellos, como un miembro más. Era orgullosa, y muy
buena en la lucha, "la mejor", por tanto saldría airosa de la situación. De eso estaba segura.
A su mente le llegaron imágenes claras de la primera vez que vio a la pirata, en el bosque. Sin poder evitarlo miles de
hormiguillas le recorrieron de la cabeza a los pies al recordar a la mujer ejercitando sus músculos.
"Eso te provoca, nena. Sólo de pensar en ella, ...en ese torso sudoroso, ...en esas piernas tersas, esa piel morena... esa
forma de moverse en la lucha...en esas líneas que definen su cuerpo… ¡Uff!... Mira cómo te pones".
Estaba claro que pensar en las poses y las curvas de Moraví no le estaba sirviendo de mucha ayuda. Al contrario, hacía que
extrañara cada vez más tenerla a su lado.
Intentó tranquilizarse respirando hondo. Pero no parecía dar demasiado resultado tampoco. Aparte de que como siguiera
aspirando con tanta fuerza, estaba segura de que acabaría tragándose todo el polvo de las paredes de la caverna.
—¡Estupendo! ¡Sal, síguela y desobedécela! —le preocupaba no seguir el plan a raja tabla. Después de todo debía confiar
ciegamente en Moraví. ¿O acaso era que temía la reacción de la mujer oscura?
Por más que se dijera a sí misma para tranquilizarse, el resultado era todo lo contrario. La paciencia no parecía ser su mayor
virtud.

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—Si hubiese más luz verías que has barrido el suelo de tanto pasear. —Se dijo al darse cuenta que no hacía más que andar
de un lado para otro, caminando sobre sus huellas. —Dentro de poco se hundirá el suelo. —bromeó.
—Y... ¿qué demonios hago hablando sola en este pasadizo? —gritó a la pared, como si se tratara de alguien que la
escuchara. —No puedo más. Me largo.
Dicho esto, hizo un ademán de despedida y se dirigió a la compuerta.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Moraví no dudó en abrir la puerta de los aposentos de Lord Weillor. Como esperaba, no había nadie en el interior. Era muy
probable que mientras dos soldados vigilaban su custodia, pensando en su seguridad, él se hubiese colado bajo las sábanas
de alguna doncella, al otro extremo del castillo. Sea como fuere, eso iba en su propio beneficio. Echó un vistazo rápido por
toda la habitación hasta dar con lo que buscaba.

Como si de un imán se tratara, el fresco pintado en la pared la atrajo, perdiéndose en la imagen que se exponía frente a
ella. Era un cuadro mágico. Su magnetismo la transportaba a una realidad del pasado. Allí estaba ella, Moraví, observando
en segundo plano la dura escena: una gran batalla entre una bestia y su verdugo. Casi podía oír los bufidos del animal y los
gruñidos cansinos del caballero. La respiración de ambos errática. Las garras de la bestia deteniendo el avanzado ataque del
guerrero. Una lucha a muerte, donde sólo podía quedar uno. A sus sentidos llegaba también el olor a azufre y sangre. No
podía dejar de mirar, y tampoco podía moverse. Tenía que limitarse a contemplar cómo se desarrollaban los hechos, como si
una fuerza superior la obligara a hacerlo.

En el fresco, un grandioso dragón negro ocupaba casi todo el espacio del cuadro. Su cuerpo se retorcía bajo el dolor de un
pinchazo, el producido por aquel sable brillante, realizado en dos metales distintos. El rostro del dragón representaba la
muerte: los ojos perdidos, la mandíbula desencajada, la lengua fuera, en medio de una humeante boca... La estocada parecía
haber atravesado el corazón de aquel inmenso animal. No se veía con claridad al hombre que portaba el arma mortal, pues
estaba de espaldas. Aunque eso no tenía ningún valor para ella. Lo importante era haber descubierto que dicha espada
correspondía al objeto fruto de sus sospechas. Haciendo memoria, comparó la imagen grabada en su mente con la pintura.
La espada, de doble filo, tenía la empuñadura de un color, y los adornos de otro. Los distintos símbolos grabados en la
misma representaban figuras típicas dentro del conjunto ornamental de los vikingos. Aves, animales, y gran variedad de
figuras geométricas eran cuidadosamente talladas en la plata, destacando sobre el bronce de la empuñadura. También se
representaba en la pintura la pequeña incrustación de una piedra sobre el metal. Al ver su forma ya no le quedaba duda
alguna. Ambos objetos coincidían, se trataba de la espada de Haithabu.
Tan centrada estaba en el fresco que no cayó en la cuenta de la presencia de otro ser en la habitación hasta tenerlo
prácticamente a su lado. Entonces la reacción fue inmediata. Sintiendo al posible agresor tras su espalda, saltó impulsándose
con ayuda de la pared. Casi sin darse cuenta había rodeado el cuello de su compañera y había hecho presión, hasta dejarla
medio asfixiada.
—¡Dioses! —dijo indignada. —¿Quieres que te mate?

Aricán no respondió. La miraba sorprendida, con los ojos como platos, desorbitados. Con la cara enrojecida intentaba tomar
una bocanada de aire que la volviera a su estado normal. Su cara reflejaba el temor de morir de una forma tan absurda y
sus labios se tornaban de un color azul.
Al darse cuenta del daño producido, Moraví aflojó rapidamente la camisa de la pelirroja, y desplazó los dedos con fuerza
sobre el tórax de la muchacha. El masaje le abrió el pecho, dejando entrar el aire.
—¿Cómo se te ocurre entrar a hurtadillas? —Preguntó la morena después de verla respirar. —Podía haberte matado.

—No lo hice... —respondió la joven atropelladamente, jadeando con cada palabra. —Te llamé, pero no me hiciste caso.
—No te oí... —susurró y le dio la espalda, extrañada. —Este cuadro...

—Estabas en otro lugar. —en el tono de la joven se expresaba la preocupación por su compañera. —Era como si sólo tu
cuerpo permaneciera aquí, y tu alma dentro de ese cuadro. Lo vi brillar.
—¿Q-qué?
—No sé, no sabría definirlo bien, pero... era como si la imagen cobrara vida.

—La pintura me engatusó, Aricán. Era como si presenciara en directo lo que estaba ocurriendo. Pude sentir el esfuerzo de la
lucha... —A Moraví todo le parecía muy raro. En alguna ocasión había sentido el efecto alucinógeno de algunos hongos,
pero... esto era distinto. Este trance, tan real, se convertía en algo inexplicable para ella.
—Quizás fueras tú la que luchara, mírate.
Moraví, sorprendida, se observó. Su cuerpo estaba totalmente sudoroso, como si hubiese realizado un esfuerzo inhumano. La
lucha con los tres soldados no había sido como para tener un aspecto tan cansino. Las gotas de sudor de su frente le habían
humedecido el flequillo de tal modo que parecía recién salida de un baño. A eso había que sumarle el inmenso calor que
sentía, como si hubiese estado todo el tiempo al lado de una inmensa fogata.
—¿Qué ha pasado Mora?  ¿Qué has visto?
—Sólo el ardor de la batalla. —Pero, ¿lo había visto o lo había vivido? No pudo moverse en todo el tiempo que transcurrió su
"trance".

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No quiso pensar más, tenían que salir de allí.

—¿Es esa la espada que buscabas? —preguntó la más joven.

—Sí. Es la espada de Haithabu, y existe. Yo la he visto. —dijo dirigiendo nuevamente su mirada al objeto dibujado. —Algo
me dice que la espada es la clave de todo.
—Es muy hermosa... —dijo Aricán deteniéndose en la pintura.
—Lo es aún más cuando la ves de verdad. —apuró a decir.
—Entonces...

—Aricán, tenemos que salir de aquí.

—Está bien. —aunque sus preguntas quedaran sin respuesta, ya tendrían tiempo de hablar una vez fuera de los muros de
palacio.

Volviendo sobre sus pasos, entraron en el pasadizo secreto, por el mismo armario. Se dirigieron sin demora a través de la
gruta, con la intención de volver al vestíbulo de origen. Pero a medida que avanzaban, la sensación de peligro era mayor.
Moraví se detuvo en seco, delante de Aricán. La joven casi se da de bruces contra la espalda de la corsario.
—¿Qué sucede? —preguntó en voz baja.

—Shhhh... No estamos solas. —respondió la guerrera en un susurro.

La tensión se acrecentó. Los corazones de ambas latían con rapidez. Aricán sintió cómo su boca se secaba, pero no hizo
nada para paliarlo. El silencio era molesto, muy molesto. Pronto fue roto por un gruñido inhumano que inundó la estrecha
gruta. Entonces ambas mujeres se dieron la espalda y corrieron de nuevo hacia la antecámara como alma que lleva el diablo.
Una vez en la antesala las dos mujeres se miraron.
—¿Qué era eso? —preguntó la joven.

—No lo sé. Pero tampoco me apetece averiguarlo. —respondió Moraví, segura de lo que decía.
—Entonces tendremos que salir por el pasillo.

—¿Preferirías que nos enfrentáramos a esa cosa? —la retó Moraví.

—Quizás no sea nada... —tras una pausa lo suficientemente amplia para hacer que sus palabras calaran en la mente de
Moraví continuó. —Puede que nuestra imaginación nos esté gastando una mala pasada... Podría ser sólo el viento, o el
gruñido de un murciélago acrecentado por el eco.
—No Aricán. Las antorchas no estaban apagadas, y vi rasguños en la pared.
—Pero... he pasado por esa gruta cientos de veces y...

—Puede que tengas razón, pero no quiero averiguarlo. —quiso hacerle entender a la joven pelirroja que su instinto pocas
veces se equivocaba. Y su sexto sentido le decía ahora que era más peligrosa la gruta que el pasillo con sus cuatro soldados.
Aricán, de alguna manera comprendió que algo misterioso estaba ocurriendo en el lugar, por tanto no quiso discutir más. Si
Moraví decía que debían atravesar la galería, así lo harían.
La pirata pensó en un segundo plan para salir de allí. Si conseguían llegar a la galería contigua a las cocinas, podrían salir
sin esfuerzo. El tiempo se les echaba encima.
—Coge una espada. —ordenó a la joven, indicando una de las espadas de los soldados que seguían inconscientes en la
recámara.
—¿Una espada? —preguntó Aricán asustada. —Pero si no sé manejarla.
—Lo sé, pero tendrás que ayudarme de alguna manera.

—¿Qué tal si cojo esto? —La joven se dirigió a la pared, donde colgaban dos cuchillas finísimas, de poco peso.
—Bien, cógelas, las dos... Y vámonos.
Pronto estaban en el pasillo, escondidas tras una primera columna. Lo bueno de esos castillos tan altos era que debían llevar
contrafuertes y columnas muy anchas, por lo que habían rincones por todos lados.
"Con un poco de suerte, puede que no tengamos que lidiar con ningún soldado", pensó la pelirroja, asustada sólo con la idea
de tener que matar a alguien.
En su camino apareció el primer vigilante. Moraví se adelantó, con el sigilo de un felino. El soldado no se dio cuenta de su
presencia hasta sentir el sordo crack que le dejó sin sentido en pocos segundos.
"Uno menos", pensó Aricán algo más aliviada.
Con un segundo soldado se repitió la misma escena, pero al llegar al fondo del largo pasillo, la cosa sería diferente.
Escondidas tras un contrafuerte, observaron cautelosas el cambio de guardia que se producía justo en ese momento. Ahora
eran cuatro los que hablaban entre sí, contando alguna peripecia del día.

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Aricán posó su mano sobre el brazo de la morena, esperando que le diese alguna señal. Con una mirada en respuesta,
Moraví le indicó que esperara.
Tras unos minutos se produjo el cambio. Ahora eran dos los soldados, por tanto sería el momento ideal.
Moraví arrancó de la mano de Aricán una de las cuchillas, tirándola hacia atrás.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó uno de los vigías.

Tras un silencio, uno de los soldados se dirigió al fondo de la galería, pasando por el lado de las dos mujeres escondidas.
Fue entonces cuando Moraví indicó a Aricán que avanzara, hasta estar al alcance visual del soldado que quedó en su puesto.
En la penumbra, no se distinguía el perfil de la joven, que se acercaba con paso confiado al vigía, sabiendo en todo
momento que no estaba sola.
Mientras tanto, la pirata había ido tras el otro, venciéndolo con facilidad.

Antes de que se diera cuenta, el vigía que quedaba ya no contemplaba sólo una silueta en la penumbra, ahora eran dos
sombras que venían hacia él.
Con gran rapidez lo alcanzaron, y el hombre, creyendo ver dos fantasmas en la noche, quedó petrificado. Con un fuerte
puñetazo, Moraví terminó con su agonía estúpida.
—No ha sido tan difícil... —dijo Aricán, mirando satisfecha a su mentora.

Pero su felicidad no duró más que un segundo, pues tras ellas corrían ahora tres hombres más.
—¡Nunca te confíes! —le gritó Moraví. —¡Corre!

Agarrándola de una mano la alentó a correr con todas sus fuerzas. No podían seguir entreteniéndose con aquellas luchas
estúpidas.
Salieron del pasillo, corrieron hasta las escaleras, se deslizaron por la barandilla y siguieron en su huida por el castillo.
Prácticamente todo el castillo estaba alertado de su presencia, por tanto les quedaba la esperanza de llegar a un lugar
seguro donde esconderse, y así lo hicieron.

Cuando alcanzaron la galería contigua a las cocinas, Moraví le indicó una puerta a Aricán para que entrara. Una vez en el
interior sorprendieron a dos vigías durmiendo juntos en la cama.
—¿Q —qué hacen aquí? —preguntó uno de ellos atemorizado con la idea de haber sido descubierto.
Moraví se adelantó a responder.

—Haremos un trato, chicos. —Se acercó amenazante a ellos, espada en mano. Aricán hizo lo mismo, portando la cuchilla en
la mano derecha.
—¿Qué quieren?

—Necesitamos escondernos.

—¿Y quien dice que las esconderemos nosotros?

—¿Queréis ser delatados? —la voz provenía ahora de la joven pelirroja.
Los dos hombres se miraron, y luego se dirigieron a ellas.
—Está bien.

Los cuatro permanecieron allí, en silencio. Desde el otro lado del cuarto les llegaban los gritos y los pasos de los guerreros
que buscaban a las intrusas. Ellos siguieron tensos, hasta que las voces se calmaron y los ruidos se perdieron en la noche.
Uno de los hombres las miraba desconfiado.

—No serán delatados... —le dijo Moraví. —No venimos para eso, sólo queremos salir de aquí.

—Yo te conozco. —Dijo el otro refiriéndose a Aricán. La muchacha se limitó a encogerse de hombros, como si el hecho de ser
reconocida a estas alturas le i importara "un pimiento".
Moraví era consciente de que alcanzar la torreta, con la alarma de los soldados era prácticamente imposible.
—¿Cómo salimos de aquí? —preguntó, con la mirada clavada en el hombre que se encontraba más cerca.
Ante la mirada de acero, el soldado tragó saliva.
—Hay una torre abandonada, al sur del castillo. —dijo de forma cautelosa, pensando bien cada palabra antes de ser
pronunciada. —Si la alcanzáis, podréis acceder a ella sin temor a ser descubiertas.
—Sí. —afirmó el otro. —Está semiderruída, por lo que es de peligroso acceso. Pero si llegáis a la cima, podréis saltar a la
fosa.
—¿Queréis que nos matemos? —preguntó en un gruñido.
—N —no, no... claro. Es que allí el agua tiene bastante profundidad.
Moraví los miraba detenidamente, estudiando hasta qué punto estaban diciendo la verdad. Con su espada pinchó la garganta
de aquel soldado.

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—Si estáis mintiendo, volveré a por vosotros. —amenazó furiosamente.
Confiada de que esos dos no saldrían de la habitación por miedo a ser descubiertos por sus compañeros, indicó a Aricán que
se pusieran en marcha.
No tardaron mucho tiempo en alcanzar la torre del sur. La destreza de Aricán sumada a su capacidad para orientarse en
plena oscuridad ayudó a que el avance fuera muy rápido. Al mirar la torre Moraví se percató de que no era más que un
amasijo de maderas y piedras.
Desconfiada miró el peligro que les esperaba.

—Podremos subir sin miedo. —dijo Aricán confiada.
—¿Lo has hecho? —preguntó sorprendida.

Con una sonrisa Aricán respondió afirmativamente.
—Tú sólo sígueme.

Aricán ascendía por las ruinas con la experiencia de un felino. Parecía que conocía cada piedra, cada trozo de madera y cada
recodo seguro. Moraví se limitó a colocar las manos y los pies por donde la joven lo había hecho con anterioridad.
Una vez en la cima, y cuando se sintieron en una posición segura, las dos mujeres miraron por el borde del muro, calculado
la distancia hasta el foso.
—Demasiada altura... —el tono de voz de la pelirroja delataba el temor a tirarse desde allí.
—Solo hay una manera de comprobarlo.

Dicho esto, y sin esperar un segundo más, Moraví saltó, agarrando en su caída a Aricán. Ambas cayeron al vacío sin la
certeza de saber si saldrían vivas de ésta.
 

Continúa...
L A

E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

8 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

LA ESPADA DE HAITHABU.

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"El tiempo vela cuando todo duerme.
El tiempo permanece cuando las otras cosas desaparecen.
El tiempo lo envuelve todo y nada lo encuentra.
Pasado, presente y futuro son criaturas del tiempo."

(Vyasa)*
Este capítulo lo quiero dedicar muy especialmente a Politatoe, y a tod@s los lectores que tiene la inmensa paciencia de
esperar por cada entrega. También va por aquellas personas que de alguna manera me han ayudado a la hora de escribir
correctamente lo que por mi imaginación pasa. No me olvido de la dueña de esta casa, que tan gentilmente se brinda a
dejarnos su espacio y su tiempo, Cruella, que de Vil tiene más bien poco  ; —)

 

2.

La Dama de la Guadaña, vieja y descarnada, caprichosa y traicionera… algunas veces hermosa y deseada, otras tantas,
monstruosa y despreciada.

Ella es el rostro de la muerte y el terror, representada en una mujer enjuta y maligna, pero también es la bella dama de
rostro brillante y resplandeciente, tan reconfortante como agua fresca de manantial.
Juguetona y caótica, a menudo esquiva el trabajo fácil, prefiriendo llevarse a seres llenos de belleza vital y energía
desbordada. Maneja las vidas como si de las piezas de un juego se tratara, sin ningún valor, y cuando se cansa de su
divertimento, elige sin aparente criterio a quien le haga compañía en su absurda soledad.

Lo malo de la Dama de Muerte es que no siente el más mínimo respeto por la vida; desprecia de igual modo a quienes
desean su llegada y a quienes huyen de su persona. Persigue a quien huye y se ahuyenta de quien la persigue. Siempre tan
señora, con su peculiar sentido del humor. ¿Cuántas veces se ha burlado de quien la espera herido de muerte? ¿Cuántos
años ha sido capaz de visitar al enfermo sin dar solución a su sufrimiento? ¿Y cuántas más ha robado la vida de quien no
esperaba su pronta llegada? Pero ella es tan contradictoria que cuando crees que es aberrante se muestra gentil y
compasiva.

Pese a todo, cuando la Dama de la Guadaña se acerca demasiado, la muerte puede ser el llanto amargo o el canto dulce. Lo
cierto es que el criterio no está fijado, y es imposible saber cuál será su camino elegido. La suerte queda echada, pero no se
desvela hasta el momento cumbre. Es en el transcurso de la espera de su llegada donde a veces no se tiene tiempo de
pensar, bien porque el tiempo de espera es muy corto o porque se alarga tanto que pierde su sentido.

Pero esa Señora tiene sus limitaciones, y simplemente puede "no ser", si consigues engañarla y sigues su juego. Ese era el
caso de Aricán, siempre engañando al destino, arrebatada de los lazos del descanso eterno siempre en el último momento. 
Puede que el destino estuviese de su parte o... ¿acaso era un juego más de la "Señora"?  Sea como fuere, lo importante es
que aún conservaba intacto sus instintos vitales y su cabeza, y daba gracias por ello.

En el bosque, a salvo de los peligros del castillo, Aricán recordó las fuertes sensaciones que se apoderaron de ella durante la
caída a aquel foso de lodo. Cuando Moraví la empujó, fue miedo lo primero que sintió, un terror que se apoderó de todo su
cuerpo, su mente y su alma (si es que aún la conservaba). No temía al dolor, sino al no despertar de aquel lodo. Hasta cierto
punto sintió odio al pensar en la posibilidad de acabar su corta vida de una forma tan estúpida y casi voluntaria.
Como hiciera en otras ocasiones, sin consultarla, Moraví había actuado a su manera, arriesgando el porte de las dos.

Aricán caminaba a través de un sendero del bosque, al lado de la mujer oscura. Ambas tiraban de las riendas de sus
caballos. La joven pelirroja andaba casi ausente de la realidad, totalmente ensimismada en sus pensamientos. En un
momento dado se dejó ir un poco, quedándose atrás.

—¡Arg! —La joven la detestaba cuando tomaba determinaciones, ignorándola. La pirata era condenadamente buena, pero a
veces la sacaba de quicio. "¡Oh!..., también es condenadamente guapa”. Pese a su sordo enfado, miraba la oscura silueta
balanceándose en el andar con movimientos seguros y elegantes. Cada paso era embriagador y seductor. Parecería que lo
hiciera adrede. "¡Deja! Se supone que estoy enfadada”, se reprimió a sí misma por embobarse en el cuerpo de la oscura
mujer. Olvidando su fantasía, aceleró el paso y perdió su memoria en los últimos acontecimientos.
Cuando pensó que acabaría asfixiada en aquel lodo espeso, trató de disipar el miedo que la corroía sin conseguirlo. Los
segundos se le hicieron eternos. "El tiempo lo envuelve todo, pero nada lo encuentra, y permanece cuando todo lo demás
desaparece”*. La sensación de ahogo, por breve que sea, puede ser muy angustiosa.

Cuando Aricán pensó que se detendría el tiempo para ella, consiguió aferrarse a algo que no supo identificar en el momento.
Eso la ayudó a impulsarse hacia el exterior de aquella profunda y pesada fosa. Noche y miedo quedaban separadas por una
línea horizontal. Al asomar la cabeza por encima de aquella línea fangosa que separaba las dos oscuridades, pasado,
presente y futuro volvieron de nuevo a su lugar... y fue una sensación fantástica, era como volver a recuperar la esencia
vital perdida. Entonces la muchacha tomó una bocanada de aire que hinchó sus pulmones, aliviándola del malestar anterior.
A medida que soltaba el aire, el corazón retornaba a su bombeo normal. Cuando recuperó su tranquilidad, volviendo a la
realidad, pudo darse cuenta de que Moraví estaba frente a ella.
La escena le pareció muy cómica, ya que de la mujer oscura sólo reconoció la brillantez de sus ojos azules, que sonrieron
cuando ella hizo amagos de reírse de su lamentable estado, con su rostro totalmente embarrado y sucio.
—¿Te has visto?
—Shhh. No hay tiempo, Aricán, salgamos de aquí cuanto antes —respondió la pirata con voz fría y calculadora.

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Después de que ambas salieran de la fosa y amparadas por la oscuridad de la noche, se alejaron del castillo, dejando atrás
los gritos de alarma de los vigías. Recuperaron los caballos y cabalgaron sin parar durante largo tiempo, hasta quedar muy
lejos del peligro y de cualquier tipo de civilización. Fue entonces cuando aminoraron la marcha, dejando descansar las
monturas.

Moraví no era muy dada a palabras, pero se extrañó de que la joven pelirroja no dijera nada en todo el trayecto, cuando
horas antes había percibido la burla en su rostro, tan desaliñado como el suyo propio. La miraba de reojo, buscando alguna
pista que le fuera útil para entender el cambio de humor que había experimentado en tan poco rato. El silencio se hacía cada
vez más pesado e insoportable y la pesada noche caía sobre ellas con todos los sonidos perceptibles al oído. Un incesante
susurro les indicaba la cercanía de un arroyo. En la noche también se percibían los cantos de las nocturnas lechuzas. Un lobo
aullaba a lo lejos, y otros contestaban a su llamada por otro lado del bosque. Seguramente se preparaban para una cacería.
En ese extraño silencio, podían oírse respirar agitadas tras el cansancio de la huída.
La pirata se paró en seco, sin poder aguantar ni un segundo más el muro invisible que se había levantado entre ellas. Se
volvió bruscamente hacia su joven compañera.
—¿¿Qué?? —preguntó Moraví desesperada, tal vez para romper ese molesto silencio que amenazaba con destrozar sus
nervios.
Aricán la miró con el ceño fruncido.

—¡Podíamos habernos matado! —la increpó.

—Pero no pasó nada, estamos bien —resolvió, con intención de no continuar la disputa.

Aricán la agarró del brazo, nada dispuesta a que la pirata se saliera con la suya. Osadamente la hizo girar, enfrentándola a
sus ojos furiosos y entristecidos a la vez. Si se tratara de otra persona la que hubiese actuado de ese modo, se arrepentiría
al instante, recibiendo al momento un buen golpe en la mandíbula. Pero cuando se trataba de la pelirroja, la pirata se dejaba
llevar. Moraví la miró, con tranquilidad, esperando a que dijera lo que quisiera.
—¿Por qué eres tan…? ¿Tan? —Aricán pensó en el adjetivo adecuado para la alta mujer: ¿Irritante? ¿confiada? ¿egoísta?
¿segura de si misma? ¿temeraria?… cuanto más lo deseas menos aparece la palabra adecuada.
—¿Tan…? —preguntó Moraví levantando una ceja, divertida.

—Tan... —la joven movía los brazos exageradamente, como si con en ese gesto lograra sacar de su interior lo que quería
decir. Esto hizo sonreír a la corsario, que no dejaba de observarla divertida.
—¡Agg! —se rindió Aricán, con un gesto furioso —¡Mierda!

—Aricán —la pirata la reclamó suavizando el tono de su voz, de manera que no resultara aún más molesta para su
compañera. —Era la única salida.

—Podías haberme consultado —  Aricán la increpaba, clavando su miraba directamente en los ojos azules de la mujer alta.

Moraví quiso perderse en la intensidad de esos luceros verdes, que aún enfadados, eran preciosos. Le gustaba mucho la
pasión que transmitía a través de su mirada. Pensó en decírselo, pero quizás no fuera el momento adecuado. Eso enfureciera
más a la joven. Francamente, no le apetecía nada ir acompañada durante un largo trayecto por una joven mujer enfurecida
a la que le había cogido gran estima. Además, pese a estar acostumbrada a la soledad y al silencio, la joven frente a ella le
transmitía una gran tranquilidad a través del sonido de su voz. No soportaría su mudez durante demasiado tiempo.
—Mira —explicó —Era lo mejor que podíamos hacer. Si te hubiera puesto al tanto, quizás hubieses dudado —hizo una
pequeña pausa antes de proseguir —La duda no es buena, Aricán, menos aún cuando se trata de salir de un apuro.
—Si, pero se supone que estamos juntas en esto.

La muchacha sabía que tenía razón, pero… no podía evitar sentirse algo desplazada de sus planes. Y ahora, frente a ella se
sentía… ¿enfadada?…No, ya no... su malestar desaparecía a medida que se perdía en esos ojos seductores que la miraban
con dulzura. Intentaba con todas sus fuerzas mantenerse firme en su enfado pero… "¡oh, mierda!, es hermosa…" ¿cómo
podía mantener su postura si la miraba de ese modo tan intenso?. "Y es perversa, pues sabe cómo influye una mirada tan
dulce".

Moraví notaba la lucha entre las distintas emociones, viendo cómo la rendición iba ganando terreno en el corazón de la joven
pelirroja. Era consciente de la influencia de su mirada y disfrutaba al ver que sus defensas se iban desmoronando, como una
muralla cuando tiene mal los cimientos y se tambalea con un leve movimiento de tierras. La muralla finalmente cayó.
Se quedaron así durante un buen rato, una frente a la otra. Ojos azules fijos en ojos verdes, miradas perdidas en la
profundidad del significado de esos luceros. Al tiempo, el cielo se dejaba iluminar por la luna llena, elevando su luz por
encima de las copas de los árboles. Más lobos aullaron en la lejanía, inspirados por el contorno de la luna llena. Las dos
mujeres pudieron apreciar el juego de luces y sobras reflejado en sus caras.
De repente toda esa magia quedó rota. Aricán rompió en una carcajada que desencajó el porte de la mujer frente a ella.
—¡Jajajajaja! –Ojos verde mar la repasaron de arriba a abajo. La joven levantó su mano señalando a su compañera. Con la
otra mano se agarraba fuertemente el agitado estómago.
Moraví la miraba sin comprender, aún descentrada por los bruscos cambios de ánimo de Aricán.
—¡Mírate! —logró decir la joven entre risas.
El aspecto era lamentable, Moraví, la gran corsario aparecía llena de manchurrones en su cara, con el cuerpo tan desaliñado
y sucio que si no llega a ser por su impresionante silueta y su altura, cualquiera diría que se trataba de una vagabunda
alérgica al agua.
—¡Niñata! —respondió Moraví, aparentemente enfadada, mirándose a si misma —¿Te ríes de mi? Insensata.

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La joven intentó por un momento parar de reír, pero tras aguantar la respiración un instante, volvió a romper en una
carcajada aún mayor que la anterior.
—¡Basta ya, pequeño demonio! —La morena se le acercó amenazadora.

—¿Qué vas a hacer? —Aún sin reprimir su risa, Aricán temió lo peor, esperando algún tipo de venganza por la burla. Quizás
su osadía hacia la guerrera hubiese rebasado los límites permitidos. Intentó huir, pero la corsario la inmovilizó agarrándola
con rapidez por la cintura.
—Nenita —le dijo en tono amenazador —Tú y yo nos vamos a dar un buen baño. ¿O acaso cree la princesita que yo soy la
única desaliñada?
Con gran esfuerzo levantó a la joven, como si se tratara de un fardo, encajándola en la cadera.
—¡Suéltame! —protestó Aricán pataleando —¡Y no me llames nenita!

—¿Te has visto?, estás tan sucia como yo, así que ahora seré yo quien se ría... nenita —dijo con retintín.

El arroyo estaba cerca, y sin demora, Moraví se introdujo en sus aguas, hasta que sus muslos quedaron empapados.
—¡No!, ¡no! –seguía protestando la joven, intuyendo lo que le iba a venir encima —¡Suéltame, bruja!

—¿Me ha dicho bruja?... La niñata me ha dicho bruja —dijo en tono muy irritado —¡Te has metido en camisa de once varas,
pequeña!
Moraví la arrojó al agua, dándole un buen remojón sin soltarla del todo.

—¡Ah —ah —ah! ¡¡¡Está congelada!!! –exhaló la joven —¡Te arrepentirás de esto!

—Jajajajajaja —rió la morena, empujando de nuevo a su compañera bajo el agua.

Aricán se revolvió, saliendo a la superficie, chapoteando como una niña pequeña y respirando erráticamente..

La joven se giró hacia la morena, atrapando su pierna izquierda y tirando de ella con fuerza. Moraví, sin esperar el rápido
ataque y tras el brusco tirón, cayó al agua, formando un gran estruendo entre espuma.
—¿¡Quién es ahora la pequeña!? —dijo Aricán triunfante.
—¡Verás la que te espera! —amenazó tras levantarse.

Los juegos siguieron durante largo rato, con luchas fingidas, risas, respiración entrecortada y caras enfurecidas. Pronto
dejaron de sentir el frío del agua, y se fueron tranquilizando. El barro había desaparecido por completo, y la ropa mojada se
adhería a sus cuerpos, marcándolos. Los pezones de ambas mujeres se transparentaban a través de las ropas, mostrándose
erguidos por el frío y la excitación.
Moraví fue la primera en dirigirse a la orilla, dejando a la joven pelirroja relajada en el agua.
—¿No decías que estaba fría? —le gritó desde la orilla.
—¡Vaya! ¿Yo dije eso? —dijo de forma distraída.

La morena se alejó de la orilla sonriendo. Estaba claro que Aricán disfrutaba de su baño, así que la dejaría allí el tiempo que
quisiera. Todavía faltaban varias horas para el amanecer, estaban en un sitio seguro y tendrían tiempo para secarse, comer y
dormir un poco. Y algo más...

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Cuando Aricán pensó que se detendría el tiempo para ella, consiguió aferrarse a algo que no supo identificar en el momento.
Eso la ayudó a impulsarse hacia el exterior de aquella profunda y pesada fosa. Noche y miedo quedaban separadas por una
línea horizontal. Al asomar la cabeza por encima de aquella línea fangosa que separaba las dos oscuridades, pasado,
presente y futuro volvieron de nuevo a su lugar... y fue una sensación fantástica, era como volver a recuperar la esencia
vital perdida. Entonces la muchacha tomó una bocanada de aire que hinchó sus pulmones, aliviándola del malestar anterior.
A medida que soltaba el aire, el corazón retornaba a su bombeo normal. Cuando recuperó su tranquilidad, volviendo a la
realidad, pudo darse cuenta de que Moraví estaba frente a ella.
La escena le pareció muy cómica, ya que de la mujer oscura sólo reconoció la brillantez de sus ojos azules, que sonrieron
cuando ella hizo amagos de reírse de su lamentable estado, con su rostro totalmente embarrado y sucio.
—¿Te has visto?
—Shhh. No hay tiempo, Aricán, salgamos de aquí cuanto antes —respondió la pirata con voz fría y calculadora.
Después de que ambas salieran de la fosa y amparadas por la oscuridad de la noche, se alejaron del castillo, dejando atrás
los gritos de alarma de los vigías. Recuperaron los caballos y cabalgaron sin parar durante largo tiempo, hasta quedar muy
lejos del peligro y de cualquier tipo de civilización. Fue entonces cuando aminoraron la marcha, dejando descansar las
monturas.

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Moraví no era muy dada a palabras, pero se extrañó de que la joven pelirroja no dijera nada en todo el trayecto, cuando
horas antes había percibido la burla en su rostro, tan desaliñado como el suyo propio. La miraba de reojo, buscando alguna
pista que le fuera útil para entender el cambio de humor que había experimentado en tan poco rato. El silencio se hacía cada
vez más pesado e insoportable y la pesada noche caía sobre ellas con todos los sonidos perceptibles al oído. Un incesante
susurro les indicaba la cercanía de un arroyo. En la noche también se percibían los cantos de las nocturnas lechuzas. Un lobo
aullaba a lo lejos, y otros contestaban a su llamada por otro lado del bosque. Seguramente se preparaban para una cacería.
En ese extraño silencio, podían oírse respirar agitadas tras el cansancio de la huída.
La pirata se paró en seco, sin poder aguantar ni un segundo más el muro invisible que se había levantado entre ellas. Se
volvió bruscamente hacia su joven compañera.
—¿¿Qué?? —preguntó Moraví desesperada, tal vez para romper ese molesto silencio que amenazaba con destrozar sus
nervios.
Aricán la miró con el ceño fruncido.

—¡Podíamos habernos matado! —la increpó.

—Pero no pasó nada, estamos bien —resolvió, con intención de no continuar la disputa.

Aricán la agarró del brazo, nada dispuesta a que la pirata se saliera con la suya. Osadamente la hizo girar, enfrentándola a
sus ojos furiosos y entristecidos a la vez. Si se tratara de otra persona la que hubiese actuado de ese modo, se arrepentiría
al instante, recibiendo al momento un buen golpe en la mandíbula. Pero cuando se trataba de la pelirroja, la pirata se dejaba
llevar. Moraví la miró, con tranquilidad, esperando a que dijera lo que quisiera.
—¿Por qué eres tan…? ¿Tan? —Aricán pensó en el adjetivo adecuado para la alta mujer: ¿Irritante? ¿confiada? ¿egoísta?
¿segura de si misma? ¿temeraria?… cuanto más lo deseas menos aparece la palabra adecuada.
—¿Tan…? —preguntó Moraví levantando una ceja, divertida.

—Tan... —la joven movía los brazos exageradamente, como si con en ese gesto lograra sacar de su interior lo que quería
decir. Esto hizo sonreír a la corsario, que no dejaba de observarla divertida.
—¡Agg! —se rindió Aricán, con un gesto furioso —¡Mierda!

—Aricán —la pirata la reclamó suavizando el tono de su voz, de manera que no resultara aún más molesta para su
compañera. —Era la única salida.

—Podías haberme consultado —Aricán la increpaba, clavando su miraba directamente en los ojos azules de la mujer alta.

Moraví quiso perderse en la intensidad de esos luceros verdes, que aún enfadados, eran preciosos. Le gustaba mucho la
pasión que transmitía a través de su mirada. Pensó en decírselo, pero quizás no fuera el momento adecuado. Eso enfureciera
más a la joven. Francamente, no le apetecía nada ir acompañada durante un largo trayecto por una joven mujer enfurecida
a la que le había cogido gran estima. Además, pese a estar acostumbrada a la soledad y al silencio, la joven frente a ella le
transmitía una gran tranquilidad a través del sonido de su voz. No soportaría su mudez durante demasiado tiempo.
—Mira —explicó —Era lo mejor que podíamos hacer. Si te hubiera puesto al tanto, quizás hubieses dudado —hizo una
pequeña pausa antes de proseguir —La duda no es buena, Aricán, menos aún cuando se trata de salir de un apuro.
—Si, pero se supone que estamos juntas en esto.

La muchacha sabía que tenía razón, pero… no podía evitar sentirse algo desplazada de sus planes. Y ahora, frente a ella se
sentía… ¿enfadada?…No, ya no... su malestar desaparecía a medida que se perdía en esos ojos seductores que la miraban
con dulzura. Intentaba con todas sus fuerzas mantenerse firme en su enfado pero… "¡oh, mierda!, es hermosa…" ¿cómo
podía mantener su postura si la miraba de ese modo tan intenso?. "Y es perversa, pues sabe cómo influye una mirada tan
dulce".

Moraví notaba la lucha entre las distintas emociones, viendo cómo la rendición iba ganando terreno en el corazón de la joven
pelirroja. Era consciente de la influencia de su mirada y disfrutaba al ver que sus defensas se iban desmoronando, como una
muralla cuando tiene mal los cimientos y se tambalea con un leve movimiento de tierras. La muralla finalmente cayó.
Se quedaron así durante un buen rato, una frente a la otra. Ojos azules fijos en ojos verdes, miradas perdidas en la
profundidad del significado de esos luceros. Al tiempo, el cielo se dejaba iluminar por la luna llena, elevando su luz por
encima de las copas de los árboles. Más lobos aullaron en la lejanía, inspirados por el contorno de la luna llena. Las dos
mujeres pudieron apreciar el juego de luces y sobras reflejado en sus caras.

De repente toda esa magia quedó rota. Aricán rompió en una carcajada que desencajó el porte de la mujer frente a ella.
—¡Jajajajaja! –Ojos verde mar la repasaron de arriba a abajo. La joven levantó su mano señalando a su compañera. Con la
otra mano se agarraba fuertemente el agitado estómago.
Moraví la miraba sin comprender, aún descentrada por los bruscos cambios de ánimo de Aricán.
—¡Mírate! —logró decir la joven entre risas.
El aspecto era lamentable, Moraví, la gran corsario aparecía llena de manchurrones en su cara, con el cuerpo tan desaliñado
y sucio que si no llega a ser por su impresionante silueta y su altura, cualquiera diría que se trataba de una vagabunda
alérgica al agua.
—¡Niñata! —respondió Moraví, aparentemente enfadada, mirándose a si misma —¿Te ríes de mí? Insensata.
La joven intentó por un momento parar de reír, pero tras aguantar la respiración un instante, volvió a romper en una
carcajada aún mayor que la anterior.
—¡Basta ya, pequeño demonio! —La morena se le acercó amenazadora.

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—¿Qué vas a hacer? —Aún sin reprimir su risa, Aricán temió lo peor, esperando algún tipo de venganza por la burla. Quizás
su osadía hacia la guerrera hubiese rebasado los límites permitidos. Intentó huir, pero la corsario la inmovilizó agarrándola
con rapidez por la cintura.
—Nenita —le dijo en tono amenazador —Tú y yo nos vamos a dar un buen baño. ¿O acaso cree la princesita que yo soy la
única desaliñada?
Con gran esfuerzo levantó a la joven, como si se tratara de un fardo, encajándola en la cadera.
—¡Suéltame! —protestó Aricán pataleando —¡Y no me llames nenita!

—¿Te has visto?, estás tan sucia como yo, así que ahora seré yo quien se ría... nenita —dijo con retintín.

El arroyo estaba cerca, y sin demora, Moraví se introdujo en sus aguas, hasta que sus muslos quedaron empapados.
—¡No!, ¡no! –seguía protestando la joven, intuyendo lo que le iba a venir encima —¡Suéltame, bruja!

—¿Me ha dicho bruja?... La niñata me ha dicho bruja —dijo en tono muy irritado —¡Te has metido en camisa de once varas,
pequeña!
Moraví la arrojó al agua, dándole un buen remojón sin soltarla del todo.

—¡Ah —ah —ah! ¡¡¡Está congelada!!! –exhaló la joven —¡Te arrepentirás de esto!

—Jajajajajaja —rió la morena, empujando de nuevo a su compañera bajo el agua.

Aricán se revolvió, saliendo a la superficie, chapoteando como una niña pequeña y respirando erráticamente..

La joven se giró hacia la morena, atrapando su pierna izquierda y tirando de ella con fuerza. Moraví, sin esperar el rápido
ataque y tras el brusco tirón, cayó al agua, formando un gran estruendo entre espuma.
—¿¡Quién es ahora la pequeña!? —dijo Aricán triunfante.
—¡Verás la que te espera! —amenazó tras levantarse.

Los juegos siguieron durante largo rato, con luchas fingidas, risas, respiración entrecortada y caras enfurecidas. Pronto
dejaron de sentir el frío del agua, y se fueron tranquilizando. El barro había desaparecido por completo, y la ropa mojada se
adhería a sus cuerpos, marcándolos. Los pezones de ambas mujeres se transparentaban a través de las ropas, mostrándose
erguidos por el frío y la excitación.
Moraví fue la primera en dirigirse a la orilla, dejando a la joven pelirroja relajada en el agua.
—¿No decías que estaba fría? —le gritó desde la orilla.
—¡Vaya! ¿Yo dije eso? —dijo de forma distraída.

La morena se alejó de la orilla sonriendo. Estaba claro que Aricán disfrutaba de su baño, así que la dejaría allí el tiempo que
quisiera. Todavía faltaban varias horas para el amanecer, estaban en un sitio seguro y tendrían tiempo para secarse, comer y
dormir un poco. Y algo más...

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Tras relajarse, Aricán empezaba a sentir el frío del agua, pero no le importaba. Quería disfrutar de ello, mientras fuera
gratamente soportable.

Qué distinta era el agua del arroyo a la fangosa fosa del castillo de Lord Waillor. Agua limpia y fresca frente a lodo
maloliente y pastoso. Ligereza frente a pesadez. Claridad frente a confusión. El contraste era comparable a su vida, separada
en dos etapas distintas: libertad y esclavitud, una frente a la otra. La tranquilidad que le daba el estar con Moraví frente a la
agonía de sentirse un espejismo. Sonrió al pensarlo. Después de todo la vida le había regalado el poder tener tan cerca a esa
maravillosa mujer.
Aunque ahora su vida fuese una constante lucha por la supervivencia, al menos se sentía libre para correr, para elegir... libre
para vivir.
Por última vez, la pelirroja se sumergió lentamente bajo el agua, manteniendo la respiración cuanto pudo. Cuando ascendió
a la superficie se sentía limpia y satisfecha.
"Ya es suficiente", se dijo a si misma saliendo del agua.
Al volver donde los caballos se encontró con que Moraví había montado el campamento. Los animales estaban atados a unas
ramas, alejados de una hoguera. Sobre una piedra se encontraban las ropas de la pirata. Un lascivo pensamiento cruzó
rápidamente por la mente de la muchacha.
—Aricán, Aricán —se reprimió hablando en voz alta —¿Qué estás pensando?
—Eso es, ¿en qué piensas?
La grave y sensual voz de Moraví la hizo saltar como un resorte.

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—Yo... eh... lo siento —la joven estaba ruborizada, lo que provocó una amplia sonrisa en la corsario.
—Es mejor que te quites esas ropas y las pongas a secar junto al fuego.
—¿Eh?... Oh, si... las ropas, claro.

Mientras la muchacha se desprendía de las mojadas ropas, las escurría y las extendía en rocas cercanas a la fogata, Moraví
no apartó la mirada ni un solo momento. Desde su posición, en la penumbra, la joven no podía percibir su mirada, así que
se aprovechaba de ese hecho sin ningún rubor.
Los cobertores estaban extendidos, no demasiado cerca de la hoguera. A Moraví no le gustaba el fuego, por lo que solía
alejarse de él más de lo necesario.
Aricán carraspeó.

—¿Hay algo de comer?

—Me puedes comer a mi —fue la desvergonzada respuesta de Moraví.
La joven la miró asombrada.

—Era una broma —resolvió arreglando la situación –Hay unos mendrugos de pan y un trozo de carne seca en ese plato,
cercano al fuego, ¿lo ves?
—Oh, si... lo veo —la joven tibuteó —¿Puedo sentarme a tu lado?

Moraví sonrió, y la hizo esperar antes de contestar —Ven. He preparado tu lecho junto al mio... por si pasara algo... ya
sabes, algún peligro o algún animal... —"Lo que pasará es que no te aguantarás sin estarte quietecita, Mora. Aquí la única
peligrosa eres tú misma."

Aricán cogió su plato, y se sentó junto a Moraví, quien la arropó con su propia manta y luego se recostó a su lado, apoyando
su cabeza en uno de los brazos. Con la cercanía, el estómago de Aricán no dejaba de alterarse, pero intentó olvidarlo y
concentrarse en llevar bocado a su boca.
—¿Estás cómoda? —le susurró la pirata, acercándose más de lo necesario.

El cosquilleo de su respiración alcanzó a la joven en el cuello. "Ya comeré más tarde", pensó sin poderse aguantar ni un
minuto más. Dejó el plato en el suelo y se acomodó mejor. Sus manos temblaron al rozarse con Moraví.
—Ven

Eso era lo único que necesitaba para que su deseo dejara de estar contenido, una llamada de su diosa particular.

Aricán se sentó sobre el estómago de Mora, rodeándola con sus piernas, mientras ésta le acariciaba los muslos. Sus ojos,
llenos de deseo, se encontraron. Bajo la tenue luz que desprendía la fogata, la corsario vio los labios enrojecidos y húmedos
de Aricán. Se besaron.
La danza dio comienzo. Ambos cuerpos se movían al compás de las caderas. Los besos aumentaron de intensidad y pasión.
Los gemidos entrecortados formaron su propio canto.

Se devoraron las bocas mutuamente, deseosas de probarse de nuevo. Cruzaron salivas y aire. Las suaves caricias tensaban
sus pieles al roce de sus manos y sus cuerpos.
Moraví recorrió los muslos de Aricán, hasta subir y tropezar con sus labios henchidos. Se humedeció los dedos, y siguió su
camino hasta alcanzar el clítoris de la muchacha. Lo acarició a la par que su otra mano alcanzaba uno de sus pechos,
colmándolo de atenciones. La respuesta de Aricán no se hizo esperar, y se apoderó de los dos pechos de la morena,
masajeándolos, pellizcando sus erguidos pezones... chupándolos con su lasciva boca.
Se acariciaron. Se abrazaron. Se apoderaron la una de la otra. Moraví encajó sus dedos entre las piernas de Aricán,
haciéndola saltar al sentirla dentro. La joven se movía sobre ella, proporcionándole oleadas de placer.

Se turnaron. Cambiaron de posición. Se amaron hasta que los cuerpos no aguantaron más y ambas pidieron clemencia al
sentir la llegada del orgasmo. Y de ese modo, Moraví vio correrse a Aricán,... el placer de la muchacha dedicado a la
corsario, portando su nombre... su sabor. Y Aricán disfrutó con una nueva y vibrante derrota de la mujer valiente.

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—La mujer es peligrosa. Debe ser derrotada.
En la morada del Dragón, los caballeros comprendieron la importancia de una labor en equipo. No vencerían a la mujer
protegida sin la unión entre ellos y las fuerzas que provenían de la oscuridad.
Los rituales se alargaron a lo largo de la noche. Eran momentos de magia oscura. Los animales sacrificados eran literalmente
"escurridos" para sacar de ellos toda la sangre que portaban en sus cuerpos.
Bebían sangre y vino, y se pintaban extraños dibujos en sus rostros y sus cuerpos.

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Entre los caballeros se encontraban dos descendientes de berserkers, que trajeron consigo unos hongos alucinógenos. Esos
vikingos eran temidos en todas las regiones por las que hubiesen pasado. Su fama de pendencieros, rebeldes y asesinos se
extendía más allá de los límites de regiones conocidas. Pero por alguna razón (quizás por no ser de pura casta), los que se
encontraban allí eran subordinados del dragón, y muy fieles a la causa.
Sabían cuál era el camino a seguir y cómo parar las fuerzas enérgicas de la luz. Sólo tenían que ponerse de acuerdo en el
plan.

Un hombre, con una fea cicatriz en la mano izquierda, parecía ser el mandamás del grupo. Ordenaba, organizaba y metía en
vereda a los mestizos berserkers sin problema alguno. Se mostraba frío y cruel, siempre con una daga en la mano. Muchos
se preguntaron si esa era la misma daga que parecía haberle atravesado la mano, pero era algo que jamás se atreverían a
decir en alto. A todos les llamaba la atención la gran pulcritud de sus ropas, que contrastaba con la dureza de su alma.
Guiados por la oscuridad, forjaron un estudiado plan y se pusieron en marcha...
La misión: acabar con la Hija del Sol y con la Tierra de Conquistadores.
El camino: la espada de Haithabu.
 

sigue -->...
L A

E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

9 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

LA RUNA DE ODÍN.

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—Debes entrenarte en las runas del pensamiento si es que quieres ser de todos los hombres
la criatura con alma más hermosa y sabia”.
(Eddas)

3.

La misión estaba en marcha. Lo pasado era tan sólo el comienzo de una batalla entre la Luz y la Oscuridad; entre el Bien y
el Mal. Una lucha con el único fin de alcanzar un equilibrio natural. Porque no hay blanco sin negro, no hay luz sin oscuridad
ni "El Bien" sin "El Mal".
La Hija del Sol se enfrentaría al Dragón Negro porque así estaba escrito.

Todavía queda mucho camino por recorrer, los rivales están equilibrados en espíritu, pero no en fuerza. La bestia apodera
con diferencias ese poder. Moraví y Aricán deberán estar preparadas. Tendrán que ser más inteligentes que el demonio que
las reta y compensar fuerza con destreza y habilidad. La teoría es clara y sencilla; el camino muy difícil, casi imposible.

Cuando Moraví y Aricán regresaron a la aldea, reconocieron los restos de lo que había sido un pueblo próspero, organizado y
pacífico. Los swettanos trabajaban con rapidez para levantar de las cenizas una nueva la aldea. Sus habitantes,
descendientes de los viejos normandos, eran herederos de la serenidad y el orgullo de sus antepasados. Llorarían a sus seres
queridos, pero no se dejarían vencer por la tristeza. No serían abatidos espiritualmente después del ataque de los caballeros
de la noche, y desde luego, no volverían a ser sorprendidos ante ningún ataque. Por ello trabajaban incansables. Al tiempo
de la reconstrucción del pueblo, las defensas eran incrementadas. Los habitantes de aquella pequeña aldea habían formado
una alianza con los poblados más cercanos, hasta el punto de formar un imaginario círculo en el amplio territorio que iba
desde Estanglia (al noroeste de Inglaterra) hasta Cantherbury (suroeste). Si los Señores del Dragón volvían a atacar,
estarían preparados. No era un reto, sino un hecho y así lo sentían y lo vivían.
Las dos recién llegadas poco permanecerían en la aldea, tan sólo el tiempo suficiente para dejar descansar a los caballos y
preparar la pesada misión que se les venía encima. Moraví dispuso de cuantas armas era poseedora. Junto a su espada, un
escudo, una lanza, un par de hachas y un arco con veinticuatro flechas. El típico arsenal de cualquier guerrero vikingo. La
corsario eligió para Aricán armas más ligeras, pero eficaces dada las características físicas de la joven, alguien de poco peso
y gran agilidad. Eran las cualidades que había observado en la pelirroja desde que estuviera a su lado. Dos cuchillos afilados
con empuñaduras ligeras y una garra de mano, bastante grotesca, fueron las armas escogidas para la joven.
—¿Qué es eso?

—Es una garra de mano —explicó la pirata —Ven. Deja que te ayude a colocarla.

Como si de un guante se tratara la joven pelirroja se colocó la garra, ajustando cada dedo a las púas. Moraví le ajustó la
correa que rodeaba la muñeca, dejándola bien sujeta.
—No creo que me acostumbre a este chisme. —A la joven no le gustaba en absoluto lo que llevaba en su mano.
—Sé que es muy grotesco, pero es ligero. Te acostumbrarás a moverlo como si fuera tu propia mano.
—¿Eso crees? —preguntó distraída.

Aricán observó la garra, con las extremidades afiladas. Movió los dedos, sintiendo el zumbido del metal al tropezar unos con
otros. Cuando consiguió no liarse acercó la mano a su compañera, y rozó el antebrazo de Moraví, no sin cierto aire lascivo en
sus ojos. Su boca se entreabrió, dejando ver un atisbo de poder y deseo. Con la uña resbaló sobre la piel de la mujer, muy
despacio, marcando una línea descendente.
—Ten cuidado —susurró Moraví acercándose más a su compañera. Aricán se puso nerviosa al notar la cercanía de la piel
curtida por el sol. —Podrías hacerme daño —le dijo aún más cerca. La magia del deseo se rompió cuando la pirata retiró la
mano se su compañera cuidadosamente. Aunque el roce había sido muy suave, la garra produjo un rasguño superficial que
dejó brotar algo de sangre.
—¡Oh! Lo siento. —Aricán intentó tocar el brazo, sin llegar a hacerlo.

—No ha sido nada, pero recuerda que es un arma peligrosa, aunque te sugiera otras cosas —Moraví la miró con ojos pícaros.
—Si no lo puedo usar para lo que quiero, no lo necesito. —Aricán se quitó el guante, y lo apartó a un lado —No me gusta.
Demasiado peligroso. — Enseguida se olvidó de la garra, mostrando más interés por el par de pequeñas espadas.
–En cambio éstas no están mal. Armas ligeras, pero mortales.
—Menos mal que te gustan, temía que acabaras llevando tan sólo un palo de escoba.
—Ey, ¿por quién me tomas? —los ojos de Aricán mostraban un falso enojo — ¿Por una bruja?.
Un simple encogimiento de hombros fue la respuesta.
En el poblado los hombres más experimentados instruyeron a la joven en el manejo de las armas elegidas, pero la falta de
tiempo impedía que adquiriera todos los conocimientos. A partir de ahí todo dependería  de la habilidad de la joven… y la
ayuda de los dioses.

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Los antiguos vikingos que se establecieron en el interior de un territorio, alejados de la costa, eran campesinos libres con
igualdad de derechos y con propiedades del tamaño de una explotación agraria familiar. Con el tiempo, todo equilibrio tiende
a romperse por la propia ambición de los hombres, y muchos de aquellos pueblos nobles acabaron estableciendo el sistema
feudal. No era el caso de Swett, que, aún perteneciendo al reino de Kent, seguían manteniendo los viejos esquemas sociales.
Los asuntos de la comunidad eran tratados en el seno de una asamblea regional.
Como ocurriera años atrás, los swettanos y otras comunidades cercanas se reunían en asambleas para dar respuesta a sus
problemas. Congregados en el alto de un cerro, los jefes de los distintos poblados discernían el plan de ataque y defensa
contra el enemigo común. En una de esas reuniones hablaron de Moraví. No sabían por qué el destino la había elegido para
ayudarles. De lo que sí estaban convencidos es de que ella conseguiría el arma necesaria para acabar con la amenaza, y por
tanto, no la dejarían sola ante el peligro. Decidieron seguir a la corsario a distancia, interceptando y distrayendo cualquier
legión del enemigo. No era ningún secreto que la corsario tuviera que alcanzar la costa lo más aprisa posible, y los
swettanos estaban dispuestos a ayudarla a llegar a su destino cuanto antes.

Esta última asamblea forjó la alianza de nueve pueblos cercanos, dispuestos a defender sus tierras del enemigo común. Atrás
quedaron viejas rencillas y peleas comerciales, con la esperanza de crear una nueva extensión llena de armonía y paz.
—Una alianza es buena —afirmó Moraví —Muy buena.

—Al menos nos dará tiempo, y unidos seremos más fuertes para luchar —respondió Trebor —Los caballeros del Dragón no
nos pillarán otra vez por sorpresa. Si los entretenemos, quizás consigas llegar a tu destino antes de lo que piensas.

—Intenta distraerlo, Trebor, pero no intentes vencerlo —le dijo Moraví seriamente, mirándolo directamente a los ojos —No lo
conseguirías.
—Lo sé —Trebor no desvió la mirada intensa de aquellos ojos azules — Sólo lucharemos con los hombres. No nos
arriesgaremos ante la bestia. Sería una estupidez.

—¿Qué haréis cuando el monstruo ataque? —Moraví no sabía hasta qué punto era poderosa la bestia, pero estaba segura de
que el fuego expulsado de sus entrañas devastaría cuanto estuviera a su paso.
—El fuego se combate con agua, Mora. —dijo convencido —Es una ley natural. Si el Dragón Negro ataca, nos dirigiremos a
Humber Firth of Forth —la decisión estaba tomada. Trebor quería transmitir seguridad y lo conseguía.

—Ese río pertenece al antiguo reino de Northumbia —dijo Moraví preocupada. Antiguamente esa zona era respetada y
temida. Nunca se había hecho ninguna negociación con ese reino, al menos después de haberse creado los siete reinados de
la Inglaterra.
—Recuerda que ellos también son viejos normandos, Mora. La sangre de sus venas es la misma que corre por la nuestra.
Tienen las mismas inquietudes y los mismos problemas. No habrá ningún problema —la tranquilizó —Además, un peligro
común unifica, da igual lo reservado que seas.

—Y nadie como tú para convencerlos ¿verdad?… —Moraví suspiró apartando la mirada, dejando entrever con ello algo de
preocupación. Sabía que Trebor viajaba mucho, y no se había tropezado con ningún problema en sus rutas comerciales. Pero
eso no calmaba su preocupación. Una vez más tendría que confiar en su viejo mentor, y la idea de perderlo hacía crecer en
su interior un vacío irreconocible. Tras un breve momento de reflexión, la mujer se levantó, con la mirada ausente.
—Llegó la hora Trebor. Tengo que irme.

—Moraví —Trebor la llamó con voz suave, como un susurro. Cuando captó su atención, continuó —Llévate esto.

El viejo le dio un collar de cuero, con un colgante en forma de labrys, un hacha de doble filo que usaban los vikingos y las
viejas razas de amazonas del pasado.
–Te recordará de dónde vienes, y a qué raza perteneces.

En realidad era un amuleto, pero Trebor conocía a Moraví. Era muy incrédula al respecto y no hacía caso de supersticiones ni
mitos. La mujer estaba convencida de que por mucho que se hiciera o se rogara, el destino de cada persona se podía ir
creando a lo largo de la vida. No creía que los dioses, (si existían realmente), fuesen portadores de buenas nuevas, y mucho
menos que ayudaran a los mortales. Tampoco creía que la maldad se extinguiera por llevar una pata de conejo atada al
cuello, en realidad le parecía una idea estúpida.
Moraví se puso el colgante, sonriendo. Era algo irónico que ella, venida del sur, con un color de piel distinto y una raza
distinta fuera considerada una de ellos. "Quizás por eso seas tan incrédula. Porque sus dioses no son los tuyos", pensaba
siempre. A pesar de todo, estaba agradecida de tener siempre un lugar donde regresar. Mirando a Trebor a los ojos entornó
los suyos formando un gesto de agradecimiento.
—Sabes que estoy orgulloso de ti, ¿verdad?
Había más que una afirmación en esa frase. Trebor, al igual que mucha gente del pueblo, confiaban plenamente en ella,
esperanzados de que la vida volviera a ser lo que era, sin amenazas sobrenaturales.
—Sí —su afirmación contenía una promesa implícita. No les fallaría, aunque eso significara su propia muerte.
—Sé que lo conseguirás. Traerás la paz a esta tierra. Y ahora vete — ordenó el viejo. Estaba emocionado, pero no quería
mostrar "debilidad" por su chiquilla.
—Adios, viejo amigo —Al tiempo pensó una segunda despedida. "Adiós, padre".
—¡Mora! –Trebor la agarró de la mano —Cuida de la chica. Me cae bien.
Moraví sonrió.
—Viejo verde —dijo por lo bajo, con voz burlona —No dejaré que le hagan ni un rasguño, te lo prometo.

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Tras preparar los últimos detalles del viaje y una corta despedida de los suyos, las dos mujeres partieron rumbo a la costa.

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El Dragón Negro había reclutado una gran tropa dividida en siete legiones. En su mayoría eran mercenarios sanguinarios que
no dudarían en matar a su propia madre. Hombres leales a la maldad dispuestos a hacer cualquier cosa por su Señor. Los
caballeros del Dragón no se demoraron en partir. Bajo el rugir de los tambores, se dividieron en dos grandes grupos. Uno de
los grupos, compuesto por tres legiones se encaminó al gran continente, Darkfreud iba al mando de la expedición. Las
legiones restantes se encargaron de buscar a la Hija del Sol por todos los rincones de Inglaterra.

Moraví sabía que ésta era tan sólo el comienzo de una cruel aventura que podía acabar en éxito o en fracaso. Por delante
tenían numerosas pruebas que se pagaban con la muerte. Y pese a que hasta ahora nada había sido fácil, sabía que lo que
le esperaba era aún peor. Temía por la vida de aquellos viejos pueblos normandos y por la suya propia. Por suerte la corsario
no se encontraba sola en este viaje, junto a ella notaba la fuerza de voluntad y la esperanza de Aricán. ¿Sería eso
suficiente? Sin duda lo sabrían pronto. Desconocía cómo iba a acabar con aquel horrible mal. Lo que sí era cierto es que en
ese enfrentamiento sólo podría quedar uno, y cuando llegara el momento crucial, cualquier indicio de duda sería más
peligrosa que la más mortal de las heridas.

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En el siglo VII, los sajones procedentes de la región que se extiende entre los ríos Elba y Rin, se establecieron en la parte
meridional del Támesis, en lo que eran en la época de Moraví los reinos de Wessex (oeste), Essex (Este) y Sussex (Sur).
—¿A cual de los tres reinos nos dirigimos? —preguntó Aricán, ansiosa por conocer de una vez la estrategia a seguir.

Desde que partieron de Swett rumbo a la costa, Moraví se mostraba muy reservada en sus planes. Su extremada precaución
incomodaba a la joven pelirroja, que se sentía desplazada. Este sentimiento no era nuevo para Aricán, repitiéndose otras
tantas veces desde que conociera a la mujer oscura.  Moraví al ver la cara de desconcierto y preocupación de la joven le
habló.
—Aricán, el peligro nos viene siguiendo desde que salimos de la aldea. Puedo sentir su presencia —dijo, mirando alrededor,
intentando ver más allá de lo que el verde del bosque le ofrecía —Es como mi propia sombra.
La joven también intuía el oscuro peligro, pero no sabía discernir de qué forma.

—¿Es por eso que no me cuentas tus planes? ¿Temes que alguien nos esté escuchando?
—Si —susurró Moraví.

No era sólo eso. Tenía que estar segura de no fracasar. Si Aricán caía en manos del enemigo, sabiendo que viajaba con ella,
la torturarían sin piedad hasta que hablara. No tenía demasiadas posibilidades de vencer, por tanto, no podía arriesgarse.
Mientras menos supiera Aricán, mejor sería para ambas.
La joven pelirroja se estaba acostumbrando a ver más allá de lo que mostraba la faz de la corsario, y palpaba con cierta
claridad los pensamientos de su compañera.

—Mora… tú también podrías fracasar, y entonces, ¿quién seguirá adelante? — Aricán hizo una leve pausa, dejando que las
palabras calaran en la mente de la corsario antes de continuar —Somos dos. Estamos juntas en esto.
—Te lo contaré… más adelante, cuando la amenaza desaparezca —la miró a los ojos —Lo prometo.

Así fue. En su camino pararon en un antiguo templo de Odín. En sus puertas se podía leer una inscripción: "… no se sube a
saltos a la cima, sino poco a poco, paso a paso." La frase, tallada en la piedra, no era fruto de las creencias de los dioses
vikingos, sino del cristianismo. Esa era la forma de conversión que usaban los cristianos con una raza tan violenta y
poderosa. Sobre los templos paganos se fundaban las nuevas iglesias, cambiando progresivamente los símbolos por cruces y
otros objetos propios de la iglesia católica apostólica y romana. Los vikingos ingleses acabaron divididos, dando como
resultado una semirreconversión de los fieles. Unas tribus aceptaron la nueva religión con sus reservas, mientras que otras,
sin aceptar el monoteísmo, seguían rezando a Odín por su sabiduría, a Thor por su fuerza en la batalla, a Freya por la
fertilidad de los campos y el amor,  a Loke por la magia... y a otros tantos dioses de la mitología escandinava.
En el viejo templo de Odín, la presencia oscura desapareció. Las dos mujeres dejaron de sentirse amenazadas por esa
sombra extraña que las persiguiera desde que comenzaran el viaje. No sabían a qué era debida esa presunción, pero a raíz
de ello tomaron una decisión:  viajar sólo de día y a descansar de noche, pero no en un lugar cualquiera, sino en templos
religiosos. Esa noche, y bajo el amparo del dios de los cristianos y los dioses paganos, Moraví explicó a Aricán todo lo que
había planeado.
Como habían acordado, las dos mujeres viajaron durante varios días. Seguían su camino para siempre acabar en el ocaso
bajo el amparo de algún templo religioso.

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En una ocasión se refugiaron en un templo dedicado a Loki. En una de las paredes se cobijaba una historia inscrita. En ella
se narraba una aventura de los dos dioses, compañeros de batallas, Thor y Loke. Aricán se acercó, interpretando con
detenimiento cuanto miraba.

—No hagas mucho caso de lo que ves —la joven oyó la voz serena de Moraví procedente del lado opuesto del amplio espacio
de la nave central del templo.
—¿Cómo? —Se extrañó la joven —¿A qué te refieres?

—Loki es un mentiroso —afirmó con cierta despreocupación, como si lo dicho no tuviera que ver con ella y se limitara a
contar un simple cotilleo de taberna. —Puede que lo que leas sea tan sólo una burla descarada.

—Pero… ¿no es un dios? —Aricán no entendía lo que su compañera le decía. Para ella todos los dioses eran poderosos, con
cualidades terroríficas o bondadosas, pero nunca con un defecto tan desagradable
—Los dioses no saben mentir.

—Estamos hablando de los dioses vikingos, Aricán. Tu dios es la verdad absoluta, pero sus dioses son deidades que abarcan
toda la naturaleza del hombre. Lo bueno y lo malo del hombre tiene su origen en el carácter de los dioses —dijo acercándose
—Hay hombres mentirosos y malvados, y se lo deben a Loki. Al menos así lo creen.
—Así que, es un ser hermoso y a la vez desdicha y desprecio de todos — dijo Aricán mientras estudiaba la inscripción y
observada las pinturas que representaban al dios mentiroso. En ella se narraba una batalla victoriosa, pero continuaba con
una traición por parte de Loki.

—Sí —conpletó Moraví —Se dice que Loki en su juventud fue conocido por su sombría belleza, con la que engañó y sedujo a
la mayoría de las diosas. Su conducta ha sido la causante de la mayoría de los conflictos tanto en Asgard como en Midgard,
como en los nueve mundos. —
—Los nueve mundos. —repitió Aricán, haciendo un esfuerzo por entender lo que la morena le decía.

—Los mundos de Odín —Moraví continuó tras la interrupción. —Loki es el Príncipe de la oscuridad, el Señor de la Crueldad y
las mentiras, el Lord de las Moscas. Pero sigue gozando de una gran belleza.
—Igual que el Dragón Negro —Aricán decía esto recordando la imagen del vuelo majestuoso de la bestia. Tan elegante y
despiadado a la vez.
Pasaron unos minutos pensativas, mirando los grabados. Cada una en sus pensamientos.
—¿Cómo sabes tanto de dioses?

La morena respondió con un leve encogimiento de hombros.

—Conoces las historias, las cuentas con soltura, pero no las crees — Aricán reflexionaba en voz alta —Y tampoco parece que
creas en el Dios de los cristianos.  ¿Cuál es tu dios?

—¿Me creerías si te dijera que no creo en ninguno? —su pregunta sólo consiguió una mirada incrédula y confusa de la joven.
—Pero algo despertará tu fé, ¿no?

—Bueno… —Moraví no sabía cómo responder sin que la joven pudiera acabar ofendida —Digamos que no me he planteado
nunca nada que tenga que ver con "deidades divinas". Al menos no con las religiones. Todavía no conozco ninguna religión
que sirva para ayudar al ser humano. Parece que todas fueron creadas para dominar al hombre, y sobretodo a las mujeres.
—Supongo que tendré que conformarme con la respuesta —dijo la joven — Después de todo tiene mucho sentido lo que
dices.

Tras su reflexión la joven se sumió en sus pensamientos, y Moraví, aliviada, respetó el silencio, dejando que llegara a las
conclusiones que le diera la gana. Después de todo, los dioses jamás habían despertado su interés, y dudaba que eso fuera a
cambiar.
—¿Cómo es? —Aricán rompió el silencio.
—¿El qué?

—La tierra a donde nos dirigimos. Asgard... los nueve mundos.
—Uh,… bueno… es distinto —dijo la corsario, queriendo acabar la conversación. Pero Aricán la miraba, expectante. Su
curiosidad no quedaba saciada con una simple frase.
—Vamos, Mora… —la animó la joven.
—Está bien —dijo con tono cansado —Mira, estas inscripciones son Eddas Nórdicas, poemas que resumen toda la historia de
los dioses vikingos — le indicó, señalándole uno de los grabados. En ella Odín, el dios supremo, junto con sus hermanos
lucharon con un gigante.
Cuentan las leyendas que al comienzo los tiempos, Odín y los demás dioses mataron y descuartizaron al gigante más
poderoso, llamado Ymir, y con él construyeron el mundo tal y como se entiende ahora. De la sangre del gigante se hizo el
mar, y de su carne, la tierra. Su cráneo acabó como bóveda celeste, y sus huesos formaron las montañas. Todo ello sujetado
por cuatro enanos que dan nombre a los cuatro puntos cardinales.
"Como aparecen los gusanos de la carne, así aparecen los enanos de la carne de Ymir", decía uno de los grabados.

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Aricán estaba entusiasmada con la historia, totalmente nueva para ella. En la religión que conocía, el Único Dios había
necesitado seis días para formar la tierra de la nada. El séptimo descansó. Los dioses vikingos explicaban el origen de la
tierra desde la violencia, a raíz del desmembramiento de un gigante. Quizás eso le ayudara a entender mejor a los vikingos,
y a la mujer que se encontraba frente a ella.
—Es una tierra donde los hombres necesitan luchar para mantener su forma de vida. Ellos creen que los bosques están
plagados de seres extraños, ya sabes... mágicos.
—¿Mágicos?

—Si —quiso explicar —Por ejemplo lobos que se transforman en defensores y fieles amigos; enanos con gran habilidad para
la orfebrería y el herraje, elfos…
—¿Elfos?

—Seres mágicos, estirpe de gran nobleza. Son como los humanos, pero de orejas puntiagudas... aunque mucho más
hermosos —puntualizó.
—¿Tú has visto todo eso? —preguntó la joven, asombrada.

—Algo… pero no creas todo lo que ves —resolvió sin darle importancia, dando por terminada la conversación.

Aricán no daba crédito a sus oídos, ni a sus ojos. Todo le parecía asombroso. Tocaba las inscripciones como queriendo
entender en un solo contacto visual toda la mitología nórdica. Todos eso seres maravillosos: elfos, enanos, gigantes, lobos,
cuervos... Era como un cuento para niños.
—Es tarde, Aricán. Deberíamos dormir.

—Si, sí… claro —desencantada rompió el hechizo que la unía a aquella simbología —Ya voy.

Las mujeres descansaron aquella noche, bajo las inscripciones que alimentaban la imaginación de cuantos la leyeran. Una en
los brazos de la otra... Y los sueños se hicieron realidad durante esas pocas horas de descanso, al menos para Aricán.
Pero los sueños no dejan de ser lo que son, y tras la noche, cae el peso la realidad, el peligro y el largo camino que les
conducirían a Sussex.

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Sin saberlo, las mujeres dejaban atrás innumerables luchas. Cada día que pasaba era un triunfo para ellas, y un fracaso para
los secuaces del Dragón. Los swettanos, unidos a los jutones y algunas aldeas de sajones, les hacían fracasar en sus
intentos de captura de Moraví. Con centinelas a todo lo largo del territorio, los aliados daban la voz de alarma al menor
atisbo de peligro, poniendo sobre aviso al resto con mensajes en clave, transmitidos por medio de halcones. Así,
sobrevolando el cielo, estas aves portaban en sus patas pequeños escritos enredados donde se daba la posición exacta del
enemigo.
Así pues, las legiones que seguían a Moraví caían en una emboscada tras otra. Los aldeanos dispusieron cepos y otras
trampas a lo largo del camino. En su cabalgar, muchos caballos se dañaban las patas, dejando caer a sus viajeros.
Encaramados en los árboles, los defensores atacaban a los caballeros negros que quedaban expuestos al peligro.

Cada fracaso enfurecía más y más al Dragón, hasta que éste, presa de la ira, salía de su escondrijo, quemando cada árbol,
cada cabaña, cada poblado... Su ira y su rencor se transformaba en fuego expulsado desde sus temibles fauces. El fuego,
purificador en manos de otros seres, se convertía en destrucción y desolación en manos de la bestia.
La Dama de la Guadaña hacía el resto, llevándose a su mundo a los moribundos.

Las distintas tribus acababan refugiadas a orillas del Támesis y otros ríos, a la espera de que se agotase la fuente de energía
destructora del Dragón. Algunos hombres, haciendo acto de valentía, intentaban acercarse a él con lanzas y armaduras, pero
nada era posible ante tal amenaza. La bestia derretía la punta de las lanzas, y jugaba con los osados guerreros, izándolos de
sus monturas y agitándolos entre sus colmillos, hasta destrozarlos en sus mandíbulas. Pese al terror que esto ocasionaba
entre los defensores de la Luz, seguían adelante, distrayendo y retrasando a la bestia. En la mente de cada defensor sólo
había una misión, "Distraer al enemigo, conseguir el tiempo suficiente para que la Hija del Sol alcanzara su destino cuanto
antes".
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Cuentan que Dragón Negro no siempre se dejaba llevar por la ira, sino que a veces, con su retorcida mente maquinaba
planes diabólicos. No conocía el destino de la Hija del Sol, pero si sabía que saldría de Inglaterra.
La leyenda continúa y cuenta que el Dragón Negro contaba con una mensajera personal, que no era otra sino una  astuta
serpiente marina.
El Dragón mandó a su mensajera al fondo del mar, y por medio de ella  mantuvo negociaciones con Aegir, Dios del Mar, y
Señor de las Aguas. Un dios cruel que, según la mitología, se divierte provocando tempestades y arrastrando a los marinos
al fondo del mar.

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—¿A qué has venido, hija de Jormangundr? —Aegir era conocido por su mal humor, y no le gustaba ser interrumpido en sus
placeres.
—Me manda mi señor —dijo la serpiente sumisa —Quiere entregarte un presente.

—Así que un presente —respondió desconfiado el dios marino —Nadie da algo a cambio de nada.
—Cierto. El quiere que mates a la Hija del Sol —explicó la serpiente sin demora.
—¿Quién es esa... Hija del Sol?
—Es una mujer poderosa.

—¿Una mortal? ¿Quieres que me moleste por una mortal? —Aegir golpeó violentamente la mesa de negociaciones, rajando la
piedra como si de pan bizcochado se tratara.
La serpiente no era tonta. Conocía el temperamento de Aegir, así que se mostró serena y esperó a que se calmara, sabiendo
que la mitad de su furia sólo era una forma de impresionar y controlar a sus súbditos.
—No se trata de una mortal cualquiera. Ésta es una mujer peligrosa, agraciada con grandes poderes. Ella amenaza la estirpe
de los dioses — mintió la serpiente —Es la Elegida para acabar con el linaje de los Grandes.
—Jajajajaja... ¡Una mortal la Elegida! ¿Tu señor me toma el pelo? —gruñó — Una mortal peligrosa... Jajaja. Y dime, hija de
Jormangundr, ¿quién es tu señor?
—Él es el Señor del fuego y la destrucción en la Tierra.

—Aaahh, así que se trata de un dragón —Aegir sentía predilección por los Mermen y las Mermaid, habitantes de las
profundidades marinas. Los dragones eran bestias despiadadas, pero en vez de surcar los mares, sobrevolaban los cielos. No
encontraba diferencia alguna entre ambas especies, salvo esos pequeños detalles ambientales.
—¿Por qué una mujer supone tanto peligro para un poderoso dragón? —Aegir se dirigía a la serpiente con la mirada fija en
sus ojos —¿Acaso a tu amo se le acabó el fuego?
La serpiente hizo caso omiso de las burlas.

—Si acabas con ella, el Dragón Negro, mi señor, sabrá recompensarte.

—Humm… así que no es un dragón cualquiera —Aunque no supiera cuánto de verdad había en las leyendas, el Dios Marino
conocía el poderío del ser volado más violento de la historia.
—Dime, ¿Qué me ofrece tu supuesto señor? —preguntó el dios, intentando mostrar cierto desinterés por el asunto.
—Oro, en mucha cantidad —puntualizó la serpiente.

"Desde luego que el Dragón no tenía nada de estúpido", pensaba el dios marino. Aegir tenía una esposa, Ran, en la que se
personificaba la muerte de Alta Mar. Era una diosa despiadada y ambiciosa. Le gustaba mucho el oro. Aegin la complacía,
regalándole cada tesoro de los barcos capturados. Pero a veces eso no era suficiente para demostrarle su amor y adoración a
una diosa insaciable.
—¿Cuánto es bastante? —preguntó Aegir, más interesado.

—Lo bastante como para llenar doce buques galos desde la proa hasta la popa.

Eso fue más que suficiente para formar una alianza con Dragón. Aegin se divertiría mareando a los mortales y complacería a
su esposa con un presente digno de su poder. Aunque algo le decía que debía ser cauteloso con esa mortal, si tanto peligro
significaba para la bestia alada más peligrosa del mundo.

Sigue -->...
L A

E S P A D A

D E

H A I T H A B U .

1 0 ª

P A R T E .

Autora: Obeluxa

CORSARIO Y MUJER.

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La llegada a Sussex se produjo sin ningún contratiempo. Moraví y Aricán llegaron con relativa facilidad. No hubo luchas. No
hubo encuentros inesperados ni trampas. Nada que se relacionara directa o indirectamente con el Dragón Negro. Nada de
complicaciones...Nada.
¡Demasiado fácil!

Todas las luchas quedaban atrás, entre las legiones oscuras y los aldeanos que se unieron en su contra. Los Swettanos se
encargaron de facilitar el acceso de sus dos heroínas a la costa, convirtiendo a su gente en una auténtica legión de
retaguardia que aniquilaba a sus perseguidores sin dejar nada.

En el transcurso de su viaje a través de la vieja Inglaterra hubo tan sólo un contratiempo, relacionado con  unos ladrones
que las acosaron con la intención de robar sus caballos. Pero los supuestos cazadores, como ocurriera en repetidas
ocasiones, se convirtieron en presas de Moraví y el resto fue "coser y cantar".

¡Demasiado fácil! Esa idea no dejaba de rondar por la cabeza de Moraví. Acostumbrada a una vida difícil, llena de luchas y
ataques inesperados, la mujer morena no dejaba de agudizar su sexto sentido, esperando la emboscada que nunca se
produjo, presintiendo que el peligro aparecería en el momento más inesperado. Por las noches se despertaba alertada, como
si la sombra del mal estuviera siempre al asecho esperando que bajara la guardia. Pero nunca pasó nada. Aricán, mucho
más relajada que su mentora, creía que simplemente habían tenido suerte.

Las dos mujeres llegaron a la ciudad portuaria de Sussex al amanecer del sexto día. Atravesaron el puente y las dos grandes
puertas de la fortificación, encontrándose con la ciudad más grande que habían visto los ojos de Aricán.
—¡Dios Santo! ¡Esta ciudad es enorme! —gritó ante su asombro.

—Si ésta te parece grande, espera a que algún día vayamos al reino de Kent —contestó Moraví sonriendo, sin un atisbo de
exageración.
—Pero ¿hay ciudades más grandes que ésta?

—Te asombrarías de lo que ha hecho la riqueza y la ambición del hombre en la tierra —respondió con cierta tristeza.

Sin querer imaginarse algo aún mayor de lo que ahora veían sus ojos, Aricán, tentada a cogerle de la mano, decidió no
separarse a dos metros de la mujer, por miedo a perderse en aquella marabunta de muros. Entonces la ciudad empezaba a
despertar.

Una ciudad como Sussex, que vivía del intercambio comercial a través de su puerto, dejaba entrever en su forma estructural
su grandeza económica. Al abrigo de monasterios y castillos se levantaba un pueblo con una gran cantidad de residencias
fortificadas, a las que llamaban donjones. Estas construcciones eran pequeñas fortificaciones de dos plantas donde la planta
baja se usaba como bodega y la planta alta como vivienda. Sus propietarios eran en su mayoría ricos mercantes, o piratas
retirados de cuyo pasado poco se sabía. Alrededor de esas curiosas fortificaciones se situaban muchas casas aldeanas, al
estilo de las de Swett, o las mismas que ella había visto en el Feudo de Lord Weillor.
Moraví y Aricán atravesaron todo aquel laberinto de callejuelas, entre muros de piedra hasta llegar al pequeño puerto, algo
que les costó poco más de veinte minutos.

Resguardado de los fuertes vientos, el puerto de Sussex se situaba en una bahía, cerrándose al mar por dos diques opuestos
uno contra otro, a modo de cangrejo.
—Así que esto es el mar —dijo Arican casi para sí misma.

—Un río muy ancho con olor a sal —le respondió Moraví sin miramientos. Sus despectivas palabras nada tenían que ver con
la realidad de sus sentimientos. Ese "río grande" era su vida, donde realmente se sentía libre.
La joven Aricán nunca había estado tan cerca del mar, y le parecía grandioso ver tanta cantidad de agua junta. Era una
sensación de libertad que no podía describir, pero a la vez era claustrofóbico pensar en estar en medio de aquella agua, sin
ver nada más delante de sus ojos.

Se preguntaba qué se escondía detrás de ese gran manto azul oscuro. Si en la propia Inglaterra se asombraba de la gran
variedad de lugares en los que había estado desde que se escapó de las garras feudales, imaginarse mundos distintos en lo
que todo pudiera ser diferente se le hacía lo suficientemente grande como para que cupiera en tan poco volumen de cerebro.
El aroma característico del mar impregnaba el ambiente. La brisa marina creaba una minúscula capa salina en las partes
expuestas de su piel, y el perfume salado se extendía más allá de lo que su olfato pudiera alcanzar.
El graznido de las gaviotas era tan sólo un detonante en medio de aquella calma. El murmullo del mar la arrullaba y la
transportaba a un estado de paz que nunca hubiera imaginado. La muchacha de ojos verdes dejó de pensar, y se concentró
en sólo sentir. Lamió su propia mano, saboreando la capa salina del torso y siguió mirando al infinito.
Moraví la miraba de soslayo, contemplando a una ilusionada mujer cuyos ojos se esclarecían frente al mar y cuyos gestos
iban más de lo racional a lo puramente espiritual. Sintió deseos de lamerla. Qué hermosa le parecía Aricán, con esos luceros
verdes y brillantes y esa aureola de energía que desprendía su cuerpo. La idea de poseerla en alguna playa le pasó
fugazmente por la cabeza y un embarazoso color rojizo apareció tímidamente en su faz morena. "Con todos los peligros que
se avecinan y yo pensando en romanticones encuentros playeros", se recriminó a sí misma.
Caminaron a lo largo del dique más cercano, hasta llegar al supuesto navío, propiedad de la corsario.
La joven pelirroja había visto de lejos algunas embarcaciones capaces de remontar los ríos, pero nunca había contemplado
de cerca un barco como el de Moraví. Era una embarcación extraña, extranjera, mucho menos pesada que cualquiera de los
navíos embarcados en aquel puerto.
—Es un barco normando — aclaró Moraví adelantándose a su pregunta.

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—Es... raro —comentó la pelirroja a su mentora, sin poder dar un calificativo exacto.
—Te resulta extraño porque no has visto otro igual. No te sorprendería tanto si vieras veinte más como éste.
—¿Por qué es igual la parte delantera que la trasera? —preguntó Aricán.
Moraví quedó tentada de reírse al ver el poco conocimiento de la joven.

—Se llaman proa y popa— explicó señalando ambas partes con la mano —Son iguales para permitir las maniobras en los dos
sentidos.
—Oh, ¿quieres decir que puedes navegar del mismo modo si estás de frente o estás de espaldas a tu destino?

—Jajajaja —A moraví, acostumbrada a las embarcaciones, le resultaba gracioso encontrarse a alguien que despertaba tanta
curiosidad como ingenuidad.

—Sé todo de este barco. Estuve presente en cada momento de su construcción, desde la quilla hasta la costura de las velas
que cuelgan del mástil, y lo he mandado desde siempre— relataba con entusiasmo —Subamos, te explicaré cómo funciona
todo esto.

Moraví disfrutaba de la doble vida que compartía en tierra y mar, aunque donde se sentía viva era identificada con la vida de
los marinos. La corsario era poseedora de un navío de guerra, construido con el mejor saber hacer de los vikingos.

Los marinos normandos edificaban dos tipos de navíos muy distintos, dependiendo de a qué estuviesen destinados. Los knörr
eran embarcaciones robustas y poco maniobrables, pero podían transportar grandes cantidades de mercancías, desde toneles
hasta armas. No necesitaban demasiados tripulantes y eran usadas en las rutas comerciales de los vikingos. En el puerto de
Sussex estaban amarradas varias embarcaciones de este tipo.

Moraví tenía una embarcación más parecida a los drakkars, barcos guerreros de gran ligereza. Pero a diferencia de éstos,
que contaban con un mástil desplegable y una vela rectangular, la embarcación de Moraví contaba con dos mástiles, uno
principal con dos velas y otro secundario. Su barco permitía llevar una considerable cantidad de mercancía, y era más
cómodo que los drakkars. Contaba con una bodega y un gran camarote que servía de estancia a quienes tuvieran que dormir
en él.
Ante la falta de viento, la embarcación contaba con veinte puestos de remeros bajo la cubierta, que facilitaba el remonte de
los ríos y permitía el acceso a zonas de muy poca profundidad, necesitando tan sólo dos metros de agua para navegar. Los
drakkars eran barcos poco profundos, realizados con tablones cortados con hacha. El corte seguía las líneas radiales del
árbol, consiguiendo tablones muy delgados que iban superpuestos unos sobre otros en forma de tingladillo y remachados con
clavos de hierro. La delgadez de los tablones los dotaba de una gran flexibilidad y resistencia. Los barcos eran así ligeros y
maniobrables, con la posibilidad añadida de poder ser transportados por tierra cuando la ocasión lo requiriese.
El navío de Moraví contaba con una pequeña barcaza, ya que las características del mismo no permitían la gran accesibilidad
de los drakkars a los sitios más recónditos de los ríos. Pero ella prefería un barco más pesado, ya que sus viajes por mar no
eran tan sólo para una corta incursión, sino que podía estar navegando semanas, sin regresar a tierra. Por ello necesitaba un
espacio cómodo dentro del navío que le permitiera descansar, a la vez que llevar mercancía necesaria para incursiones de
mayor cantidad de días.
—Eh, ¿quién anda ahí? —gritó un hombre desde fuera de la embarcación.

Las mujeres se quedaron inmóviles, sorprendidas dentro del camarote por la amenaza que aquella voz. Moraví, dirigiéndose
a Aricán, se llevó el dedo índice a la boca, indicándole silencio, y se dirigió a la entrada del camarote. En ese momento un
hombre entró en él, hacha en mano, y Moraví le hizo un traspié. El hombre cayó pesadamente, deslizándose por el suelo del
camarote hasta los pies de Aricán. Antes de que pudiera izar la cabeza, sintió el peso de una pierna en su cuello que lo
paralizó.
—Nunca aprenderás —le dijo la corsario a aquella mole tirada en el suelo.

—¡Oh! Hola, Moraví —saludó el hombre tímidamente, sin atreverse a levantar la cabeza.

—¿Conoces a este hombre? —preguntó Aricán mientras miraba de soslayo al robusto marino.
Moraví se limitó a sonreír, apartando el pie que impedía el movimiento de aquel hombre.
—¿Así vigilas mi barco?— gruñó.
—Sí que lo vigilo, pero me quedé sin agua y...
—¿Agua? —preguntó incrédula —¿Desde cuándo bebes tú agua?
—Bueno... quien dice agua, dice cualquier cosa con un alto contenido de ella ¿no?
Moraví le tendió la mano y lo ayudó a levantar.
—¡No te hagas el listillo, Hubert, hueles a aguardiente! —El hombre la miró avergonzado. —¿Cómo pretendes vigilar mi barco
si estás borracho? —preguntó Moraví amenazadoramente.
—No, yo no estoy borracho, fue tan sólo un trago, te lo juro...
—¡Hubert! —le gritó Moraví con los ojos entornados, señalando el porrón de aguardiente que se rompió tras caer el marino.
—Te lo juro, Mora, hubo una pelea en la taberna... el resto se me cayó de la copa. Ese porrón estaba lleno— puso los dedos
en cruz y los besó—, por ésta que no he tocado una gota de él.

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—¿Mora? —se preguntó Aricán, entendiendo al momento que se trataría de un hombre de confianza, y que Moraví se estaba
divirtiendo mucho con la escenita de "chica dura maltrata a su servidor".
—Jajajajaja —rió Moraví, sin dar más importancia a lo ocurrido—. Hubert, necesito una tripulación.

—¿Para cuándo la quieres?— preguntó el hombre barbudo, aliviado por no tener que hablar más de su adicción a la bebida.
—Zarparemos mañana al amanecer.

—¿Por qué me haces esto?— protestó Hubert —¿Sabes lo difícil que es encontrar veinte locos hombres en un solo día?
—¿Locos? —preguntó enojada.

—Hay que estarlo para navegar contigo —le recriminó Hubert a su señora. Por primera vez el hombre, de aspecto rudo y
grotesco, miró a Aricán, cambiando de inmediato el endurecido gesto de su cara por otra faz más blanda.
—Ni se te ocurra pensarlo— Dijo Moraví con ojos de acero.
—No he pensado nada... ¿Quién es ésta?

—Es Aricán —contestó Moraví— Viajará con nosotros y tú te preocuparás de que ningún marino la moleste, ¿entendiste?

Hubert no hizo más preguntas. La mirada de Moraví ya era lo suficientemente explicativa como para no discutir nada más
sobre la joven pelirroja.
—Necesito que me consigas diez hombres. Será suficiente. Ya sabes, los de siempre.

—Pero la mayoría andarán resacados y borrachos por las esquinas... No te esperábamos hasta dentro de un par de semanas.
—Los despabilarás por el camino. Los quiero dispuestos para el amanecer.

—Bien, iré a por ellos —Sin más palabras, Hubert salió de la embarcación, y mientras lo hacía pudo oír la voz de su señora.
—Hubert, trae sólo a los mejores.

Quedaron las dos mujeres solas, como al principio.

—Has pedido diez hombres, pero aquí hay veinte puestos de remeros.
La corsario se dirigió a su joven compañera.

—Es uno de los secretos de esta nave. La posición de las velas la agiliza hasta tal punto que aligera el peso y el esfuerzo de
cada hombre —le explicó.
—Si es así, con veinte hombres irías mucho más deprisa, ¿no?

—Cierto, pero la tripulación completa exige más cantidad de víveres, y necesitamos llevar poco peso. Es un viaje corto, así
que compensaremos una cosa con la otra.
—¿Cuánto de corto?

—Si todo va bien, unas siete u ocho horas —explicó.

—Ese hombre... Hubert, ¿es de confianza? —preguntó Aricán.

—Hubert es un borracho, malcriado, protestón y descarado —sonrió Moraví—. Pero me es fiel.
—Pero no parece del tipo de hombre del que puedas fiar... No sé.

—Hace tiempo tuve que enfrentarme a un navío pirata en alta mar. Abordaron nuestro barco, y casi nos exterminan. Hubert
formaba parte de la embarcación enemiga, pero de alguna manera vio algo en mí que le resultó familiar. El me ayudó
entonces, y lo ha hecho desde siempre.
—Qué extraña historia, llena de traición —respondió incrédula.

—Sí que lo es, pero no te fíes. El mundo de la piratería es despiadado.
—Pero... tú eres pirata.
—Jajajajaja... es cierto.
—Entonces, ¿también eres despiadada? —preguntó Aricán preocupada.
—Sólo cuando debo serlo.
La respuesta de Moraví no fue demasiado tranquilizadora, pero esa mujer le había salvado tantas veces, y estaba tan
enamorada que le daba igual quién o qué fuera.
—A veces hay que leer más allá de lo que se ve, Aricán. En el caso de Hubert no creo que fuera traición a los suyos, sino
más bien la oportunidad de cambiar de forma de vida.
—¿Todos son como él?— preguntó con cierto temor.
—No, él es el mejor de todos— Moraví trataba de bromear con el tema, quitándole importancia. Hasta el momento no se
había dado cuenta de que Aricán, chica joven e inexperta, podría suponer un problema para ella, dado que tendría que
controlar que ninguno de su tripulación ideara tomarla como objeto de su deseo.

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—Realmente eres una chica dura, ¿eh?

—Tienes que serlo si quieres sobrevivir en el mar —la miró, notando cierta inquietud en la joven —No te preocupes, estarás
segura con nosotros. "Estarás muy bien conmigo".
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Algo se agitaba en los albores del mar. Los Mermenes, criaturas del fondo marino, bailaban al son de una música
endiablada. Las melodías de Aegir.

A un ritmo frenético retorcían sus largas colas, ajenos a la presión del agua. En la superficie todo era calma y sosiego,
ignorando cuál revuelo de burbujas transformaba esa paz en violentas sacudidas en los albores profundos del mar.
—¡Danzad, mis fieles, danzad! —Gritaba Aegir jubiloso.

Las Mermaid, alborotadas, gritaban creando un sonido atronador. Las bestias se revolvían, las conchas chocaban entre sí, las
algas se agitaban al punto de romperse, y los peces, amedrentados, se escondían bajo las rocas del fondo.
Chillidos en la oscuridad.

La esposa de Aegir, Ran, reía frenética, esperando su recompensa. Las almas de los seres que morían en el mar eran las
piezas que decoraban su interminable corona. Quería más, siempre quería más. La insaciable Ran sacudía a su esposo con
violencia.
—¿Cuándo, Aegir?¿Cuándo?
—Pronto, Ran.

—Dame lo que quiero.

—Pronto tendrás lo que quieras tomar.

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Así, un torbellino de burbujas se mezcló con otro, y estos dos con otros dos. Y el fondo marino se convirtió en tormento y
pesadilla. Sin dirección, sin salida. Sin final.

Como habían acordado, Hubert cumplió con su cometido. Antes anochecer habían diez remeros sanos y fuertes realizando las
tareas antecesoras de un viaje. Algunos preparaban los amarres, otros comprobaban el estado de las velas. Unos cuantos
trajeron las mercancías que Moraví había encargado durante el día.
Aricán no perdía detalle de todo lo que hacía aquella mujer. Quería aprender cuanto pudiera de la mujer como corsario. A lo
largo del día se dio cuenta de que a Moraví no le faltaba el dinero. Compró armas, aceite, mantas y víveres para diez días, y
pagó puntualmente con monedas de oro. Sus acreedores respondían con un leve gesto, como si estuvieran más que
acostumbrados a ver a la corsario en los mercados del puerto. No hacían preguntas. Se limitaban a facilitarle las cosas que
pedía y a recoger el importe de su valor.
Todo estaba dispuesto para cuando el sol terminó de esconderse. Sólo quedaba la expectante espera del nuevo día. Y en la
espera los marinos dormían por turnos en la cubierta y la bodega.
Confinada en su camarote, Moraví repasaba el viaje que iban a realizar, buscando la ruta más segura en el mar. Mientras
tanto, Aricán, agorada del largo día, dormía... y soñaba.

Moraví la observó un momento, al oírla murmurar. La muchacha soltaba palabras inconexas, y se agitaba en sus sueños. La
mujer oscura dejó por un momento su estudiado plan, y se acercó a la cama. Puso su mano en la frente de la joven,
presionando suavemente. La joven pronto recuperó su respiración rítmica. Qué duro era separar la mano. La energía que se
creaba entre las dos mujeres era tan imantada que la mano se negaba a retroceder. Irremediablemente se acercó y la besó
suavemente en los labios, sin despertarla.
"Será mejor que duerma", se dijo, separando el contacto. Pudo más la razón, la que se recordaba a sí misma el duro día
que le esperaba. Bebió dos largos tragos del porrón de aguardiente que le había confiscado a Hubert y se acostó junto a la
joven sin apenas rozarla.
—¡Arriad la segunda vela! —Se oyó desde fuera del camarote.

Aricán se despertó y miró a su alrededor sin encontrar a nadie. Oyó pasos y pequeños crujidos por todo el cascarón del
navío, incluso sobre la cubierta del camarote. Por las rendijas de la puerta entraba una luz intensa que avisaba de la llegada
de la mañana. La joven se restregó los ojos y se levantó.
Al salir del camarote vio a Moraví agarrada al timón del navío. Con las piernas entreabiertas, y los músculos de sus brazos
tensados por el esfuerzo. Aricán se estremeció al verla tan hermosa. Recordó fugazmente la primera vez que la vio, en el
bosque, también con los músculos en tensión. Caminó por la cubierta, entre los hombres que ocupaban las distintas tareas
del barco. Nadie se atrevió a mirarla.
—¿Por qué no me has despertado? —oyó Moraví a su espalda.
—No creí que fuera necesario— respondió la corsario.
—¿Hace mucho que zarpamos?— preguntó Aricán, molesta.
—Hace sólo dos horas.

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—Y yo no me he enterado —dijo para sí misma. La joven agarró impulsivamente a Moraví por el antebrazo, sintiendo ese
poder y ese calor que emanaba de su cuerpo. Bien merecido era el nombre de Hija del Sol.
Sin romper el contacto, pero transformando el agarre en caricia, Aricán miró hacia el mar, dándose cuenta de que hacía
mucho que habían abandonado el abrigo de la costa. Un escalofrío le sacudió el cuerpo. Era su primera incursión marina y
sentía cierto temor a lo desconocido. De repente un golpe de ola la hizo perder el equilibrio, apretando de nuevo el agarre al
tenso brazo de Moraví para no caerse.
—¡Uf! Esto se mueve mucho— dijo tras recobrar el equilibrio.

—Jajajajaja, pues el mar no está demasiado movido —Moraví se dio cuenta de inmediato que sus palabras no habían sido las
acertadas para dar confianza a la joven, así que rectificó de inmediato —Te acostumbrarás pronto, sólo debes pensar que
estás en movimiento.
—En todos los sentidos, por lo que veo —dijo con el estómago encogido.

—¡Hubert, dirige el barco al sur! —indicó Moraví, al tiempo que giraba 35 grados el timón a la derecha.
Al momento el marino estaba dando órdenes a los hombres de cubierta, girando el barco a estribor.
—¿Por qué vas hacia el sur? Dijiste ayer que tendríamos que ir al frente —le recordó Aricán.
—¿Ves esos nubarrones a lo lejos? —la corsario indicó la posición con el brazo.
—No veo nada.

—¡Fíjate!, esa sombra oscura que se crea en el horizonte.
—Oh, sí —dijo Aricán entrecerrando los ojos—. La veo.

—Se acerca una tormenta, así que nos desviamos un poco, y luego retomaremos la ruta —explicó a la joven —Puedes hacer
lo correcto en el mar, y navegar como los mejores maestros del mundo. Pero no puedes evitar que se creen situaciones
inesperadas como ésta.
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¡Danzad, criaturas, danzad!

Aegir reía. Ran gritaba de júbilo.

Los Mérmenes alocados giraban frenéticamente, hasta el punto de crear el caos en las profundidades marinas. Un torbellino
arrastraba a peces y plantas marinas a un agujero sin retorno. La espiral crecía, a la vez que subía. Los alarmados gritos de
las Mermeid ayudaban al caos y el rugir al unísono ensordecía todo. Era el caso, armonizado y guiado por Aegir.
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Durante varias millas continuaron hacia el sur, notando que el mar se calmaba por completo. Sin viento que moviera las
velas, Moraví ordenó que seis remeros tomaran sus puestos para agilizar la marcha del barco. Mientras, los otros marinos
esperaban a que el viento les ayudara a salir de aquel remanso con la mayor rapidez posible.
Aricán estaba aliviada ante la calma del mar, que llegaba en paralelo con la calma de su estómago. No así, Moraví
desconfiaba de lo que pudiera pasar.
—Demasiada calma —susurró preocupada.

Aricán, hasta ahora ausente de las preocupaciones de su compañera, la miró.

—¡Hubert! Coloca a todos a los remos, ¡deprisa! —ordenó la corsario —Salgamos de aquí cuanto antes.
—¿Qué pasa? —preguntó Aricán asustada.

—Esto no es normal, Aricán. Ve al camarote —ordenó.
—No.

Moraví la miró con dureza.
—No es momento de desobedecer, ¡Ve! —ordenó casi al punto de perder los estribos. Los ojos desorbitados de Moraví
convencieron por completo a la joven.
Aricán giró sobre sí misma, dispuesta a regresar corriendo al camarote, pero un sexto sentido la hizo girar, y entonces vio
algo que jamás hubiera imaginado. Una ola gigante se formó frente a ellas a tan sólo un par de millas de distancia. Tan
grande que lo oscurecía todo.
—¿Qué demonios es eso?
—¡Tsunami! —gritó un marino asustado.
—Esto no es un tsunami. ¡Agarraos! —gritó Moraví. La ola se acercaba a gran velocidad.
Moraví corrió hacia su compañera y en su camino agarró unas cuerdas. Como pudieron se amarraron al mástil principal. Los
remeros se agarraron a los palos antes de que la gigantesca ola los engullera.

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El barco quedó atrapado en la espiral de la ola, girando sobre sí mismo hasta ser devuelto nuevamente a la superficie.
Pasaron unos interminables segundos en los que algunos hombres fueron lanzados al exterior del barco, perdiéndose
rápidamente en la profundidad del mar. Sus gritos eran acallados por el estruendo del mar. Un caos de agua y burbujas lo
cegaba todo.
Y tras el tormento, de nuevo la calma.

Aricán, sin atreverse a abrir los ojos, y respirando frenéticamente, esperó, hasta que el ruido cesó. Entonces abrió los ojos, y
se vio arropada por el cuerpo de Moraví, que se agarraba a ella y al mástil en un feroz abrazo.

La pirata estudió rápidamente la situación. El mástil donde estaban sujetas estaba intacto. No así el segundo mástil, roto casi
desde su base. Contó los remeros, quedaban seis. Cuatro hombres perdidos, engullidos por el furor de la ola.
—Hubert —gritó —Pongámonos en marcha.

El marino, recuperando el aliento, ordenó a los remeros a remar, al tiempo que él mismo los acompañaba.

Empezaron una enloquecida carrera que Aricán no llegaba a comprender. Como autómatas todos parecían saber lo que
tenían que hacer. Era un mismo cerebro dividido en varios hombres y una mujer.
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—¡Aegir, se escapan! ¡Mi tesoro se pierde! —gritó Ran con rabia.
—Corrientes marinas, ¡corred!— ordenó Aegir.

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—Ven —le dijo Moraví—. Ayúdame con el timón.

Aricán obedeció, al ver que la tormenta que habían dejado atrás se acercaba peligrosamente.
Entre las dos mujeres asieron lo que quedaba del timón, guiándolo nuevamente a si destino.
El viento empezó a soplar, y Hubert agradeció a los dioses el regalo del aire en movimiento.

Ordenó a dos remeros a izar la vela, y con eso y el apoyo del resto de los marinos, alcanzaron una gran velocidad.
Una enloquecida carrera cuya única meta era la vida.

El embravecido mar las alcanzó, y el barco más parecía un cascarón que el perfecto navío normando.

Pese a todo, el armazón del barco resistía, y hombres y mujeres luchaban por mantenerlo a flote. Carreras en cubierta,
amarres, controles de la vela mayor y el timón. Gritos desde proa a popa. Y por fin, la costa.
Estaban tan cerca de su meta que se alentaban unos a otros. "Lo conseguiremos". "Sólo un poco más".

Pero el mar es traicionero, y Aegir estaba más cabreado que nunca, al ver que por primera vez un simple barco vencía a sus
fieles criaturas. Así que en un último intento les creó otra ola gigante que rompió el mástil principal.
El perfilado tronco cayó a un lado, rompiendo parte de la cubierta del barco, y haciéndolo girar a estribor. Inestable, se
empezó a hundir.
—¡La barca! —indicó Moraví.

Varios hombres soltaron los amarres de la pequeña barcaza, y todos los tripulantes de aquel navío, aferrándose a la vida, se
metieron dentro de ella. Remaron hasta alejarse del barco, viendo con tristeza cómo se hundía una de las mejores drakkars
que jamás se hubiera construido. Los ojos de Moraví se cegaron de rabia.
Ran tuvo que contentarse con los víveres y enseres de un navío destrozado y con cuatro almas desgraciadas. Aegir se
lamentó de no haber vencido, pero aceptó su derrota al ver que irremediablemente la Hija del Sol alcanzaba la costa gala.
Aricán tuvo su tan esperado momento para vomitar lo que el mar había revuelto en su estómago, y Moraví se afianzó aún
más en la idea de llegar a su destino.

El Dragón Oscuro se retorció en su cueva, maldiciendo a todo ser viviente de la Tierra. Maldijo a las criaturas marinas, y
maldijo al Dios del Mar. Aegir sintió su desprecio, y de aliado, se convirtió en enemigo del Dragón, cuya estirpe jamás sería
bienvenida en su amplio territorio.

sigue -->rá...

La Espada de Haithabu de Obeluxa

  • 1.
    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 1 ª P A R T E . Autora: Obeluxa LA BRASA. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Madrugada de un día cualquiera. El bosque invitaba a resguardarse del frío, pero la tierra bajo sus pies iba aumentando de temperatura. Las llamas se extendían con rapidez por el poblado, amenazando con calcinar todo lo que cogiera a su paso, pero ella no tenía tiempo de pensar. Había perdido toda noción de espacio y tiempo. Tan sólo se concentraba en evadirse mentalmente del cruel castigo al que estaba siendo sometida, mientras sentía la cálida humedad resbalando sobre su piel a medida que se abrían sus heridas, para luego dejar paso a un intenso frío y un dolor aún mayor. Sus manos se asían fuertemente contra las sogas por las que estaba atrapada y un gesto retorcido parecía haberse apoderado de su rostro en un intento desesperado por dejar a un lado el sufrimiento que esos cerdos le estaban proporcionando. De ninguna manera les daría la satisfacción de verla gemir, aunque muriera en el intento. Más golpes de látigo, más dolor..., sin darse cuenta cayó en un estado de seminsconciencia. Ya sólo percibía de lejos el estallido de los látigos contra su piel desnuda, herida, sangrante... y terminó todo, Por último cayó en un sueño profundo, ... un descanso ... ¡al fin! ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: —¡¡¡Dios mío, Trebor!!! ¡Sólo es una cría! ¿Qué clase de inhumano pudo llegar a hacer semejante barbarie? —La mujer, apesadumbrada se acercó a la chica semidesnuda amarrada de pies y manos, con el cuerpo estirado en dirección a dos troncos que se erguían a cada lado de la muchacha. Trebor era un hombre que había vivido demasiado, ...tantas situaciones sin sentido..., tanta injusticia. Miró a la chica,  sin entender por qué sus agresores la dejaron allí, mientras no quedaba nadie más ¿Qué querían demostrar con ello?. —Será mejor que la bajemos, al menos le daremos una despedida entre los nuestros, será lo único que podamos hacer aquí. —Su voz sonaba baja, dolida, mientras giraba a su alrededor en un fracasado intento de rescatar algo más del lugar que despedía un fuerte olor a tea calcinada. Poca resina quedaba ya de los árboles cercanos a una aldea de la que sólo permanecía el recuerdo. No quedaba nada, ni una sola cabaña, todo arrasado... Pensando estaba cuando la voz aguda de su compañera le sobresaltó, dando un respingo. —¡¡Trebor, respira!! ¡La niña respira! —Helen empezó a desatarla con desesperación y a ello se unió el hombre de barba blanca, haciéndola detenerse en su deseperados esfuerzos. Alzando el brazo hacia su hombro le indicó que tuviese más cuidado. Aunque hubiera algún indicio de vida, las probabilidades de que siguiera adelante eran remotas, muy a su pesar. La muchacha gimió como respuesta al movimiento, pero pronto dejó de emitir sonido alguno. Una vez en el suelo, Helen corrió a la parte trasera de la carreta en busca de unas mantas, las trajo y envolvió el cuerpo de la joven con el fin de darle algo de calor. Era difícil calcular cuánto tiempo habría estado amarrada, expuesta al aire y herida, pero lo que si era cierto es que quizás había pasado demasiado, pues su cuerpo estaba muy frio, algo contradictorio al calor que emitía la tierra bajo sus pies. El hombre se puso en movimiento rapidamente, levantando el cuerpo con bastante facilidad, a pesar de la edad. Su físico, imponente, medía más de metro ochenta y su torso ancho dejaba entrever muchos años de sacrificio dedicados a trabajar la tierra. Sus manos, grandes y callosas, rodeaban el cuerpo debilitado e inerte con una delicadeza inusual. Aunque era evidente el mal estado que presentaba, pensó que la joven era preciosa, y, no sabría explicarlo, pero de alguna manera le era familiar. —Pónla aquí, sobre la paja. Yo iré detrás, con ella, ¿vale?... al menos le daré algo de calor. La muchacha quedó así, extendida en la parte trasera del carruaje, con la mujer casi sobre ella, acariciando su cabello, estudiando detenidamente el rostro de la joven. Calculó que tendría dieciocho inviernos, quizá algo más; era difícil saberlo. El pelo, desaliñado, era largo, negro como la noche. Su tez morena, revelaba que no era una chica de casa, sino una trabajadora más del campo. Le impresionó un poco lo oscura que se mostraba su piel en otros lugares del cuerpo, no expuestos con normalidad. Era muy alta, casi tanto como Trebor, lo que podría dar una idea sobre su origen sajón nórdico, quizá del norte de Normandía... pero el moreno... Dejó sus pensamientos atrás. De todos modos, qué importa de dónde sea, lo importante es que la habían encontrado y debían llegar pronto a su aldea para poder atenderla, aunque, como su esposo, pensaba que eso quizá fuera inútil. La joven realmente estaba mal, respiraba lentamente, mostraba magulladuras en sus largas piernas, la ropa hecha jirones desvelaba una gran cantidad de heridas producidas por látigos y palos, y la entrepierna no tenía mejor aspecto que el resto. "Será dificil", pensó. Sus agresores, quien quiera que fuesen, habían hecho un trabajo atroz con ella. El carruaje vibraba demasiado, por lo que Trebor decidió ir más despacio. (¡Calma chico!, si sigues así la rematarás). Pensaba mientras sujetaba las riendas fuertemente, apostando su mano a que sabía quiénes eran los autores de la atrocidad del pequeño poblado, que antaño se mostraba próspero y lleno de vida, y que ahora no era más que un trozo de terreno muerto sobre el que la vida se lo pensaría dos veces antes de posarse nuevamente, (¡Dios!, Será una imagen dificil de
  • 2.
    olvidar para mí,¡cuánto más para la muchacha, que ha tenido que vivir todo eso!). Casi una hora había pasado desde que se adentraron por los serpenteantes caminos del bosque. Entonces se encontraron de frente con una vereda más estrecha que se bifurcaba en dos caminos. Uno de ellos les llevaría a la cabaña de Merón, un curandero temido por todos, aunque no por Trebor, que lo conocía y lo consideraba un amigo muchos años atrás, antes de llegar a la aldea donde viera por primera vez a su amada. Decidió que sería más prudente parar en la cabaña antes de continuar el viaje, aun sabiendo que Helen no se mostraría de acuerdo. La mujer era una de las personas temerosas de semejante personaje. Aunque su esposa esta vez no dijo nada. Tal cual se encontraba la muchacha, cuanto antes se acabara el vaivén del carruaje, mejor. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L La cabaña estaba escondida entre el follaje, que en el interior del denso bosque de abedules y píceas era de un tamaño descomunal. Trebor se apeó de la carreta con una agilidad asombrosa y se apresuró a tocar en la puerta de la choza. Antes de que lo hiciera se abrió, saliendo de ella un hombre raquítico, con una barba negra y unos ojos que brillaron al encontrarse con los de su amigo. Al verlo, Helen no pudo evitar que un escalofrío la recorriese, algo que aumentaría con la voz profunda del curandero. "Te esperaba, llevo rato intuyendo, ¿es esa la chica?" —Sí. —Trebor hacía mucho tiempo que dejó de preguntarse cómo su amigo era capaz de conocer el futuro más cercano en momentos críticos. Seguiría siendo un misterio para él. Merón se limitaba a decir que lo descubría "intuyendo. —Éntrala, parece medio muerta. —dijo al acercarse por primera vez a la parte de atrás del carruaje, mirando con espectación y alivio el cuerpo maltrecho de la joven morena. ‘Vivirá’, pensó. Helen se colocó a un lado de la carreta y con suaves movimientos deslizó sus brazos sobre el lateral izquierdo, invitando en su gesto a su compañero para acabar levantando el cuerpo y meterlo en la choza. El interior era sombrío, pero exento de humedad. Con un mínimo de muebles  que consistían en dos banquetas, un tablero largo utilizado como mesa, un cajón lleno de paja y unos estantes que pendían de las paredes con numerosas botellitas de distintos contenidos. —Sobre esta mesa. —indicó Merón señalando el tablón situado en un extremo del cuarto, cerca de la chimenea. La dejaron con sumo cuidado y salieron de la choza dejando a los dos, curandero y muchacha, solos en su interior. —¿Sabe lo que hace? No dejo de pensar que es aterrador. — dijo Helen preocupada, refiriéndose sobretodo al aspecto sobrecogedor del curandero. —Ten confianza. —fue la sosegada respuesta de Trebor. No dejaba de pensar en lo que pasaría en un futuro inmediato, pero lo último que pretendía era preocupar aún más a la mujer. Transcurrió más de seis horas antes de que Merón se asomara, dándole tiempo a Trebor de atender a sus dos caballos y entretenerse en cortar las hierbas que impedían el acceso a las zonas más cercanas a la chabola de su amigo. Merón pidió a Helen que se aproximara, indicándole que no la dejara sola. —Tu fuerza será suya, debes estar cerca. —Apartándose de la puerta dejó que se introdujera en el habitáculo. La mujer entró sigilosamente acercándose a la joven, mirándola, absorvida por la intensa belleza y fuerza que irradiaba el cuerpo tumbado. No pudo evitar tener un contacto físico y cuando empezó a acariciarle el rostro unos ojos se entreavieron pudiendo ver en su mirada una profundidad jamás percibida. Eran de un azul pálido intenso, y la miraban directamente a los ojos, sin ningún otro movimiento... "¡Dios, es hermosa!, pero qué profundos...". No había sentimientos en su mirar, sólo intensidad. Lentamente cerró otra vez los ojos hundiéndose en su inconciencia, ¿La vería, o sólo miró a través de ella?, ... más allá del dolor,.... más allá de cualquier sentimiento... Decidió que era miedo lo que sintió bajo su mirada, pero por alguna razón, también se convenció de que escaparía de las garras de la muerte. Los dos hombres se adentraron por un dificultoso sendero que les llevaría a un oculto claro en el bosque, donde comodamente se sentaron a charlar como dos amigos que se vieran el día antes. Esto era una de las cosas que más le gustaban y a la vez más le inquietaban de Merón, su familiaridad y su forma directa de expresarse, siempre yendo al grano. —¿Sabes quién es? —No, la encontramos en Estanglia... No queda nada allá, todo arrasado. —Su mirada quedó perdida, dejando pasar una larga pausa como para volver a ordenar sus pensamientos. —Hay un Feudo a cuatro horas del poblado. El tirano que lo rige es un verdadero esclavista, y el aspecto en que quedó el lugar da muestras de que es obra suya. —Mientras hablaba Merón se limitaba a escucharle apretándose el mentón, pensativo. —No, ... no creo que haya sido Lord Weillor, esto es más importante...., no estoy seguro, pero la joven... —¿Acaso la conoces? —preguntó su impaciente amigo. Después de meditar la pregunta de su viejo compañero Merón le lanzó una fugaz mirada de entendimiento, regresando al frente, focalizando algún punto del paisaje que se abría delante de ellos. —Deberías hacerte cargo de ella y su formación, se trata de una de las Hijas del Sol, eso es seguro... ¿Has oído hablar de Girlock? Su compañero le miró conmocionado, sus sentimientos iban del asombro a la admiración. "¿Crees que ella tiene algo que ver con Girlock?" —Más que eso, creo que es su esposa. :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
  • 3.
    MORAVÍ. Habían pasado diezinviernos desde las revelaciones de su amigo Merón. La joven milagrosamente escapó de las garras de la muerte, y se quedó a vivir durante un tiempo con ellos. Pero el espíritu nervioso y aventurero de la muchacha pronto hizo que se pusiera en movimiento, bajo una inquietud que era difícil de parar. Trebor decidió mantener en secreto la identidad del nuevo miembro de la familia, aunque la llamaba por su verdadero nombre. Después de algún tiempo miraba a la mujer con admiración, viendo cómo había evolucionado su físico, destacando en parte por sus horas de entrenamiento en los densos bosques de laurisilva. Al principio él la ayudaba en algunos movimientos, instruyéndola en los conocimientos de caza, tiro con arco, lanza y espada; pero pronto la joven crecía en sabiduría y él perdía agilidad, por lo que pasado un tiempo se limitaba a contemplar a una mujer con un gran potencial que, pese a la frialdad de sus ojos le ofrecía miradas de agradecimiento y le hacía sentir orgulloso de haberla protegido. Ella no podía reemplazar a Dévor, su único hijo, muerto en combate cinco inviernos antes de encontrarla pero, de alguna manera, le había devuelto la alegría de tener alguien de quien cuidar, - aparte de Helen, claro -. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¡Chiquilla, has vuelto! —era gracioso que Trebor llamara chiquilla a una mujer bien formada, experimentada y conocida por su sequedad y mal genio, pero Moraví se lo permitía, es más, en el fondo le gustaba sentirse la niña de aquella pareja que tanto la había ayudado. Nunca había conocido a sus padres biológicos, aunque sí su procedencia, así que recibió de buen grado las atenciones de una pareja que daba sin pedir nada a cambio. —Hola Trebor, me alegra ver que sigues siendo un viejo lobo. — le miró con una media sonrisa, más de lo que había sido en años anteriores, pensó el viejo, lo que hizo que su corazón se estremeciera aún más por la emoción. A Moraví no le era fácil transcribir sus sentimientos a su rostro. Siempre había un velo de rencor y tristeza transformado en frialdad que ocultaba tras de sí el resto de sus emociones y sus secretos. —Helen se alegrará si te quedas más tiempo esta vez. —Casi era una súplica. —Sí, amigo, esta vez pienso quedarme por un tiempo, quizás dos meses. Necesito descansar de tanto movimiento. —Fue su única explicación. —¿Qué has dicho? ¡Dos meses! Eso es muy poco, pero me conformaré de momento. —La dulce voz sonaba tras su espalda, acercándose a la alta mujer y rodeándola con sus brazos. —Helen, me alegro de verte. ¿Todavía preparas ese guiso de carne con venenosa salsa de arándanos? —¡Oh, Moraví! Veo que tu apetito sigue intacto. —La mujer mayor la soltó y la miró descaradamente, de arriba a abajo, volviéndose de nuevo a su cara. —Pero ¿dónde lo metes? ... es igual, ahora mismo te preparo tu cuarto y la cena. Debes estar cansada después de un viaje tan largo. —En realidad no tanto, descansé en una posada de Kent antes de llegar hasta aquí, pero puede que sea una buena idea ... creo que necesito un baño. —La mujer más joven le dio una palmadita en el hombro y la siguió al interior de la cabaña donde ambos vivían. Trebor las vio alejarse y no pudo evitar que la emoción de ver a su niña de nuevo le llenara los ojos de lágrimas. Luchando porque no fueran derramadas,  pensaba en lo grandiosa que parecía con aquel chaleco de cuero sobre una camisa blanca ceñida en la cintura, revelando su magnífica figura, y esos calzones que se metían en altas botas al llegar a sus piernas. Se preguntó si seguiría teniendo aquellos sueños que le arrebataban la tranquilidad y la hacían sufrir. Ella no habló nunca de lo sucedido en Estanglia, pero Trebor y Helen habían averiguado algunas cosas a través de sus sobresaltados sueños. Una de ellas era que su esposo, de seguro, había muerto en aquella masacre. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: La alta mujer se despertó antes del alba y, sin pensárselo dos veces se levantó. Su reloj biológico siempre la despertaba a la misma hora, prefiriendo levantarse a desesperarse en su lecho sin hacer nada. Además, con todos durmiendo era el momento ideal para dedicarlo a sus entrenamientos, sin curiosos que la interrumpieran. Aunque no se sentía atada a ningún sitio, Moraví pensaba que era agradable volver a Swett. La aldea había cambiado muy poco desde que se fue la última vez. Era un poblado más en el interior de los densos bosques de Inglaterra, pero había algo que lo distinguía de los demás: estaba más escondido, era pequeño y casi salvaje, y la gente que en él vivía siempre fue autosuficiente. No necesitaban de los feudos, ni se someterían nunca a ellos. Tampoco necesitaban de retorcidas religiones para imponer una moralidad, tan sólo se limitaban a seguir sus instintos y vivir en armonía con el entorno natural. En cierto modo, y pese a la diferencia, sus pobladores le recordaban a los piratas normandos, a los que ella conocía tan bien. Quien sabe, quizás la gente de este lugar lo fuera en otra época. Sintió su cuerpo estremecerse al salir al exterior del granero. Helen insistía en que se quedara dentro de la cabaña, pero ella consideraba que era mucho más cómodo para todos dormir en otro lado. Además, la cabaña era pequeña e íntima, por lo que le parecía que tres eran multitud. Hacía frio, pero eso no era impedimento para empezar a ponerse en movimiento. Esta vez entrenaría en el interior del bosque, entre los árboles, como lo hacía cada vez que volvía, lo que le proporcionaba un placer añadido al ejercicio. Inspiró el aire de la madrugada y se introdujo en el follaje en dirección al denso bosque de abedules. Después de unos minutos de correr a campo a través sorteando todo tipo de obstáculos, se situó en un punto bien conocido por ella, con un pequeño claro de seis metros de diámetro, suficiente para dar saltos con la rapidez que se exigía en cada movimiento. En el bosque los árboles se retorcían con fingido dolor, ocupando gran espacio y luchando por conseguir la luz directa del sol, pero, en el claro donde ella estaba situada, la gran concentración de hongos habían vencido a los grandes y monstruosos árboles, dejando la tierra contaminada de esporas dormidas, pendiente de cualquier arbusto que osara crecer en el área.
  • 4.
    Moraví sacó laespada y comenzó a ondear en el aire con gran maestría en el giro de muñeca, usando como enemigo a un ser imaginario que parecía se moviera con enorme agilidad y rapidez. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Casi no lo vio llegar. ¡Qué oportuno! Se recriminó a sí misma por no haber despertado antes, pero era tal el cansancio y el hambre después de haber estado vagando sin parar por el bosque que cuando paró a descansar se durmió, despertando con el ruido inusual que hacían las hojas húmedas bajo las pisadas de aquel individuo. Sus sentidos de supervivencia se habían desarrollado más de lo normal según iban pasando los años. Sabía pasar desapercibida y esconderse era su especialidad. Era una fugitiva que no pensaba volver, y buscó mentalmente las probabilidades de ser descubierta por cualquiera. En un primer momento sintió la necesidad de correr desesperadamente, pero su instinto la paró en seco, dejando casi de respirar, con la intención de permanecer escondida hasta que aquel hombre se alejará de allí. Pero no fue así. Aquella persona estaba a tan solo veinte metros de su escondite, y no parecía que tuviese intención de irse. `¡Maldita sea!, ¿Por qué tiene que pararse justamente tan cerca?. También es mala suerte la mía’. Estaba muerta de miedo. La sola idea de ser descubierta y llevada frente a su dueño la hacía estremecer hasta el fondo de su alma. Sabía cual era el destino de los fugitivos en manos de aquel tirano. No ..., no volvería allí, prefería morir paralizada en el lugar donde se encontraba; sólo deseaba que aquel hombre se largara pronto y huir lejos de cualquier lugar conocido.  ¡Un momento! ¿Aquel?... o aquella. Entornó los ojos para ver mejor. ¡Dios, es una mujer! ... Sí,... no ..., sí. Pero, no, ¿Qué mujer podía hacer eso?. Solía ver practicar a los soldados en el Feudo, pero no había visto nunca una facilidad de manejo en la espada, como la que ahora se ofrecía ante sus ojos. El hombre, la mujer, el monstruo o lo que fuera, manejaba la espada como si fuera parte de su cuerpo, al menos como si la tuviera pegada a la muñeca. "¿¡Estás tonta!?"Pero qué tendrá de raro ver a un hombre con el pelo tan largo. Además, todavía no ha amanecido, por lo que puede ser un juego de sombras en la noche. Estaba ensimismada viendo la danza ofrecida por el joven y apuesto galán que tenía ante sus ojos. Sentía miedo, pero su curiosidad era mayor, por lo que no apartó los ojos. Casi deseó que hubiese menos vegetación entre las móviles escenas y ella, ¡claro!, que si fuera así seguro que sería descubierta de inmediato. Al menos de esta forma, con la oscuridad como aliada y con su posición, contra el viento, y entre el denso follaje no sería vista. El soldado paró en seco y miró a la espesura, en la dirección donde la joven estaba escondida. A ella se le congeló la sangre, sintió cómo un sudor frío empezaba a descender por sus axilas y su rostro cambió de color en el preciso instante en que pensó que sería su fin. Sólo se detuvo en mirar esos ojos de azul pálido que la absorvían entera, sin atreverse a mover ni un sólo pelo, aunque si se lo hubiera propuesto tampoco sería capaz...., realmente estaba aterrorizada. Moraví soltó la espada, dejándola apoyada en un abeto de mediana estatura al sur del claro. Se sentía un poco extraña, como si,... una sensación de no estar sola, ... "No, no hay nadie, te estás obsesionando, seguro que es fruto del cansancio". Estaba sudorosa, y todavía le quedaba su sesión de golpes sin ningún tipo de armas. Tímidamente el sol empezaba a aparecer entre las ramas de los árboles, creando un juego de luces y sombras en cierto modo tenebroso, aunque de por sí el ambiente de ese bosque daba bastante miedo, con el denso follaje, los árboles de distintas clases luchando unos contra otros por conseguir que sus copas acapararan un rayo del sol de la vida, ahogando a su paso a las ramitas débiles; ese ambiente húmedo y la hiedra, que se apoderaba de cada rincón de un modo asfixiante. Un viejo bosque, que no daba lugar a renovarse. La mujer de pelo oscuro decidió despojarse de la ropa, de esa forma añadiría dificultad al ejercicio. `Total, estoy sola y es muy temprano´, pensó, sabiendo que a esta hora era difícil que alguien estuviera levantado aún. Disfrutaba sintiendo el frío que calaba hasta los huesos, erizando cada centímetro de su piel. Sus ojos se abrieron de par en par. No podía creer lo que estaba viendo: El individuo ‘¡Se está desnudando!’. Lo vió quitarse el chaleco y liberar la camisa del fajín que la retenía, de espaldas a la posición que había tomado, quedando con el fajín que rodeaba su cuerpo desde la cintura hasta la parte inferior de los pechos. Supuso que la pieza en cuestión estaba colocada con la intención de sujetarse el abdomen y evitar en el esfuerzo el desgarro de algún músculo. Había oído historias sobre la corpulencia y la forma de vestir de los piratas, así que no sería raro que fuese uno de ellos. "Pero, ¿qué demonios hacía un pirata mar adentro?". Entonces el individuo giró un poco sobre su eje, dejando ver el perfil de unos pechos, altivos y bien formados. La joven quedó perpleja, "¡Es una mujer!". El tiempo se detuvo para ella, observando de lejos ese lento aparecer de un conjuntado talle que presentaba el esbelto cuerpo, con curvas bien contorneadas. Los hombros y brazos mostraban una musculatura fuerte, con una piel morena, tersa y brillante tras el efecto del sudor. La mujer se despojó de las botas y los calzones, dejando que sus largas piernas tomaran contacto con el frio y resbaladizo suelo. Aricán no salía de su asombro, y hubo un momento en el que casi pierde el equilibrio, tal era la hipnosis producida por las imágenes que estaba viendo. "¡Uau! Ha estado cerca, si te descubre caput, finish". Decidió tener más cuidado, agradeciendo que el canto repentino de un chorlitejo y los continuos golpes de pico de un pájaro carpintero ocultara el escaso ruido producido en su movimiento. Quedóse aún más inmóvil, pero sin poder apartar la vista. Entonces, si todavía faltaba más, creyó ver alucinaciones. La mujer saltaba en el aire, girando sobre sí misma, golpeando ramas situadas un cuerpo por encima de su cabeza. Se notaba cada músculo puesto en movimiento, tenso en el esfuerzo. Pequeñas ramas seleccionadas eran arrancadas de su posición y lanzadas a toda velocidad creando un círculo perfecto en su caída alrededor de ella. Aricán notó en un momento dado cómo su boca se quedaba entreabierta en una expresión de admiración, y temió cerrarla por miedo a ser oída por la mujer más alta que había visto nunca. "Demonios, seguro que puede detectar sonidos a cien leguas", pensó. Tras otro rato que le pareció eterno cesó el ejercicio. Como consecuencia de ello, los árboles situados alrededor de la oscura mujer se calmaron, dejando oír el zumbido del aire a través de sus hojas y ramas. Después de dejar pasar un corto espacio de tiempo para recuperarse del intenso ejercicio, Moraví se dirigió de nuevo a sus ropas, vistiéndose con rapidez. Parecía como si su cuerpo no estuviera cansado. Después de eso giró sobre sus pies alejándose de la vista de Aricán.
  • 5.
    Sin pensar enlo disparatado y peligroso que podría ser, decidió seguir a la oscura mujer, más que nada para descubrir si lo que había presenciado era real o tan sólo una alucinación debida al cansancio. Tan sólo era un acto reflejo, de modo que se levantó y caminó en la misma dirección, atrapando a su paso unas bayas silvestres que servirían para callar su estómago durante un rato. Moraví volvió a sentir la sensación de estar vigilada, y siguiendo su instinto se propuso caminar en forma de círculo. Si había alguien ahí, sería cazado por su presa. De un salto subió a un enorme laurel y se agazapó en una rama ancha con la intención de esperar a su perseguidor. Aricán siguió con facilidad el rastro. ‘Demasiado fácil’, pensó, pero eso no la hizo detenerse en su búsqueda. En un momento dado perdió la pista. Ni ramas rotas, ni olores, ni siquiera una señal que le diera a entender que iba por buen camino. "Lo dicho, chica, tú alucinas o ésta hasta vuela." Sin quererlo su pensamiento le llevó a los dragones, qué absurdo, un dragón con forma de mujer. Bueno, puede que no sea tan absurdo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Moraví la observaba desde lo alto, extrañada por ver a una joven vagando en semejante lugar. Decidió que no era una amenaza para ella, por tanto se limitaría a esperar a que se fuera y le perdería el rastro. Aricán se apoyó en un laurel, completamente exhausta por el cansancio. Pensó que todo había sido fruto de su imaginación y también que de alguna forma debía retomar su camino, sea cual fuese. Pero ¿cómo?. Sin quererlo la angustia se fue apoderando de su mente. Cerró los ojos y la humedad pronto hizo su aparición en ellos. Quemaban. Lloró en silencio. No sabía qué hacer, ni a dónde ir y de repente se sentía muy desamparada. Las lágrimas cayeron libres por su rostro, sin ser reprimidas, desatando toda la tensión acumulada fruto de los días anteriores. Finalmente agachó la cabeza colocándola entre  sus rodillas, escondiendo su rostro. En esa posición la mujer que estaba en lo alto del árbol pudo ver la parte superior de la espalda de la joven, que asomaba de sus ropas raídas. Una señal roja y alargada destacaba sobre la piel blanca que no estaba cubierta, allí donde se encuentra el hombro izquierdo con la curva del cuello. Moraví reconoció la herida como la producida por un fuerte  latigazo, y de inmediato se estremeció recordando el dolor que sintió en el pasado por cada uno de los golpes que le propinaron, en Estanglia. Sintió lástima por la chica y debatió consigo misma antes de decidirse a descender de las ramas con un salto, cayendo próxima a la joven. Aricán se sobresaltó y estudió desde su posición a la mujer oscura, los ojos de Moraví atrapando los suyos con una mirada inexpresiva. Quiso encogerse aún más, en un intento por desaparecer, pero aquellos ojos azul cielo la tenían atrapada y el miedo paralizaba sus músculos. Abrió la boca con la intención de suplicar, pero ningún sonido fue emitido. Entonces su cazadora le habló. —No te asustes, no voy a hacerte daño. —Extendió su mano con la intención de ayudarla a levantar. Aricán, incapaz de moverse permaneció en su sitio, sin alejar la vista del rostro de la morena, entonces, después de una larga pausa, Moraví se agachó, la tomó por los hombros y la levantó. Sus rodillas temblaban e incapaz de sostenerse en pie se dejó caer, siendo agarrada al momento por unos brazos fuertes que la rodearon torpemente y la acercaron, quedando atrapada entre ellos y el cuerpo de la mujer mayor. —Tranquila, estás a salvo. —le susurró. Aricán dejó que su cuerpo se fuera relajando. Su rostro se escondía en el pecho de la morena, sintiendo la suave mezcla de olor a sudor y lavanda. Aun tenía miedo, pero su corazón sabía que la mujer no le haría daño. Su cuerpo estaba caliente y sucio, pero a la otra no pareció importarle. Se encontraban cerca de un arroyo, por lo que Moraví la alzó en sus brazos y se dirigió camino del agua. Una vez allí dejó a la joven en el suelo, desenrolló su fajín dejando a la blusa moverse con libertad, lavó el largo paño y se acercó de nuevo a la joven con la intención de lavar sus heridas. Aricán se estremeció, y dando un respingo intentó alejarse. —¡Estáte quieta! —la brusquedad de las palabras volvieron a paralizar el cuerpo de la más joven.  Moraví le dio la vuelta, colocándola boca abajo. Le terminó de rasgar las roídas ropas y observó que la espalda de la joven presentaba diversos cortes. Algunos habían cicatrizado, pero otros estaban infectados, con un color blanquecino que le daban un feo aspecto. Con cuidado, limpió las heridas. El cuerpo de la joven se estremecía con cada contacto, sus puños estaban fuertemente cerrados y en su garganta se ahogaban los gritos de dolor, transformándose en leves gemidos. En silencio, la morena volvió a colocar a la joven sobre su espalda, aunque esta vez no directamente en el suelo, sino apoyada en su regazo. La estudió detenidamente, intentando descubrir qué otras partes del cuerpo mostrarían heridas. Aricán podía sentir el calor de la mujer a través de sus ropas. Eso le daba algo de seguridad, pero todavía se mantenía alerta. Moraví decidió desatar su corpiño, quería ver si su pecho mostraba heridas. Al dirigirse hacia la joven, ésta se encogió, protegiéndose con los brazos, sin dejar que la alcanzara. Para la ruda mujer aquella era una situación incómoda. No estaba acostumbrada a tratar con la gente, menos aún si era alguien desconocido y para una vez que se animaba a ayudar a alguien esperaba una reacción diferente, aunque en el fondo podía comprender la forma de comportarse de la chica. Intentando que su voz saliera suave se dirigió a la joven. —No te haré daño, ya te lo dije. Aricán echó una mirada rápida a los ojos azules, buscando la verdad en ellos. Sin saber lo que vio en esos luceros, volvió a bajar la cabeza cerrando los ojos y lentamente alejó los brazos dejándose hacer.  Su desbocado corazón volvía a un ritmo más relajado. Sintió frio cuando unas manos largas le desataron los nudos y separaron sus ropas. Luego una eterna pausa. La estaría mirando, por lo que la invadió una oleada de vergüenza, llegándole el calor a sus mejillas. Haciendo caso omiso al reciente rubor, la oscura mujer mantuvo un silencio prolongado mientras estudiaba los rasguños y morados de los pechos de la joven. "Malditos cerdos". La piel del abdomen mostraba una ‘W’ marcada a fuego. Eso confirmaba sus sospechas, se trata de una esclava del Feudo de Lord Weillor. Como pudo limpió las heridas, cuidando de no
  • 6.
    tocar la quemadura,a la que pensaba curar más tarde, cuando se encontraran en el poblado. Sabía que la joven tenía algo de fiebre, pero esperaba que eso no las retuviera demasiado. Cuando acabó con ella retiró el resto de sus ropas, se quitó el chaleco y luego la camisa, poniéndosela a la joven. Después se colocó el chaleco amarrándolo ceñido a su cuerpo. Con la camisa puesta, la chica parecía mucho más vestida, además, era tan larga que le llegaba casi a la altura de las rodillas. Si Moraví tuviera algo más de sentido del humor, seguro que la ‘facha’ de Aricán le hubiese arrancado una sonrisa, pero no fue así. —¿Crees que puedes andar? —se dirigió a la pelirroja mientras la ayudaba a levantarse de nuevo. —Ss.. Sí, sí ....... creo. —Tuvo que aclarar su garganta para pronunciar esas pocas palabras. En dos días sólo había hablado mentalmente, sin mediar palabra, por lo que le costó un poco y su voz sonó en un tono grave casi inaudible. —Vamos. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Aricán la miró interrogante, sin hacer ademán de moverse del sitio, haciendo que su compañera se viera forzada a explicarse un poco mejor. —Hay una aldea cercana, nadie irá a buscarte allí. Estarás a salvo. —Había seguridad y entendimiento en sus palabras. Después de una leve pausa, la joven se puso en movimiento agarrándose del brazo de su salvadora. Se sentía débil y hambrienta, algo que le recordó el sonoro gruñido de su estómago, pero no se atrevió a decir nada. Dándose cuenta, Moraví decidió parar y buscar algo de comer. Todavía era algo temprano, por lo que los aldeanos no la echarían de menos. ¡Qué diablos!, ella también tenía hambre. Indicándole a la joven que esperara sentada en un tronco seco se alejó entre el denso helechal. Aricán estaba confusa, en su mente se agolpaba una serie de sentimientos contradictorios. Haciendo un esfuerzo intentó aclarar sus ideas. Por una parte estaba esa alocada huida, empezada dos días atrás, donde el miedo a ser encontrada le daba aún más fuerzas para seguir adelante. Luego, el cansancio que había vencido toda energía que quedara en ella. Finalmente, cuando se sentía derrotada aparece como en un sueño la ruda mujer, que pese a su aspecto duro y sus autoritarios andares, la había ayudado. Todavía podía sentir la delicadeza de sus manos mientras le limpiaba las heridas. A todo esto había que añadir su gran imaginación, lo que hacía que su mente vagara fácilmente por cuentos e historias que no tenían nada que ver con el mundo real. Quien sabe, a lo mejor todo lo ocurrido sólo era una alucinación y esa mujer no era más que otro personaje fantástico de sus sueños de ‘dragones y mazmorras’.  De repente se la imaginó transformándose, creciéndole las alas y saliendo escamas de  su cuerpo, con un intenso color fuego que contrastaba con el azul de sus ojos. Grandes colmillos apareciendo de su boca, en una cabeza demoníaca. Sí, podría ser un dragón, volando libre, atemorizando al mundo con sus llamaradas de fuego expulsadas en su aliento.... Pero no, el frío y el dolor de su cuerpo no eran ninguna fantasía, como tampoco lo era la forma peculiar en que estaba vestida, con ropas ajenas, grandes y demasiado cuidadas. Pensando estaba aún cuando Moraví regresó con una presa en sus manos, algunas setas y moras silvestres. Pronto preparó el fuego, limpió la liebre y la puso sobre la brasa. La joven pelirroja se había situado más cerca del fuego, agradeciendo la sensación de calor que le llegaba a las entrañas. El olor a carne asada penetró sus sentidos, no pudiendo pensar en otra cosa más que en llenar su estómago vacío. Pero no quería precipitarse, así que decidió esperar a que la mujer morena saciara sus necesidades antes que ella. Tampoco tenía muy claro si comería, pues Moraví no había pronunciado ninguna palabra desde que llegó de su cacería, y ella era incapaz de comenzar una conversación. Además, ¿por qué tendría que darle de comer?, no tenía ninguna obligación de hacerlo. Podía sentir cómo era observada, pero no se atrevía a levantar la vista del suelo. —Toma, debes comer. Todavía nos queda algo de camino hasta la aldea. —Moraví la miraba con un ligero brillo en sus ojos, casi imperceptible, esperando pacientemente a que reaccionara. La joven alzó sus manos hacia el trozo de carne ofrecido, dirigiéndose tímidamente a la otra mujer. —Gracias. Yo.... no sé cómo agradecértelo... —Otra vez volvió a sentir esos ojos que la abordaban y la atravesaban como espadas. Moraví suspiró. —Hum... no es nada. Es mejor que comas, antes de que se enfríe. —Dicho esto bajó la vista y pareció olvidarse durante un rato de la joven, perdiéndose en sus pensamientos. Aricán comió hasta saciarse, terminando con un gesto casi infantil, chupándose el sabor que quedaba en sus dedos, ausente de la mujer que estaba a tan sólo dos metros de ella. Una vez terminado levantó la vista, decidida a decir algo, pero al ver a Moraví prefirió no sacarla del lugar donde estaba inmersa. Esto le daba la oportunidad de contemplar a la mujer tan cerca de ella, ahora que su mirada no la intimidaba. De esta forma vio ante ella a una persona aún más hermosa. La observó largamente de la cabeza a los pies, deteniéndose en todo aquello que le era atractivo y diferente. Había visto a muchas mujeres hermosas, pero ninguna tan peculiar. Le atraían sobre todo los desarrollados músculos de hombros y brazos, que no dejaban de tener una línea elegante. Sus pechos, ahora escondidos bajo el ceñido chaleco, eran también un foco de atracción para ella. Las curvas se estrechaban en la cintura, volviendo a ser notables, pero no exageradas en las caderas. Sentada como estaba, con las piernas cruzadas hacia delante, no podía notar cuán largas eran sus piernas, pero se las podía imaginar. Le pareció que todo en conjunto era una buena combinación  entre fuerza y elegancia. Seguro no le faltarían admiradores, en secreto, claro, porque a ver quien era el valiente en atreverse a cortejar a semejante diosa. Moraví se sentía observada, pero no estaba molesta, por lo que no la interrumpió. Tampoco quería sobresaltar a la chica, por hoy ya había tenido bastante. Además, realmente no es que fuese la primera vez que alguien la miraba con curiosidad. Sabía que no era una persona que pasara desapercibida, entre otras cosas porque, para ser una mujer, era más alta y más fuerte que muchos hombres. "Siempre llamando la atención", sonrió para sí misma. A la joven le pareció que la morena sonreía, por lo que bajó la vista ante el temor de ser descubierta.
  • 7.
    —¿Tienes más hambre?—Preguntó dirigiéndose a la pelirroja todavía con una curva  en sus labios y una mirada algo picante. —Todo está bien, me he quedado satisfecha. —Se ruborizó ante los pícaros ojos, segura de que la morena la había pillado contemplándola. Prefirió dejar la timidez a un lado y continuó vacilante. —Me llamo Aricán.... y  yo...., gracias por todo. —Ya te dije que no es nada. —Tras una ligera pausa prosiguió. — Aricán ¿eh?, un nombre curioso. Y bien, Aricán, —recalcó —¿vas a algún sitio en concreto? —No...., no lo tengo claro. —Una sombra se hizo dueña de su rostro. La pelirroja se sintió aliviada de que no le preguntara de dónde venía, si podía evitarlo no hablaría de su pasado. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Entonces lo mejor es que permanezcas en la aldea hasta que tus heridas mejoren. —Su mente vagó con rapidez. "Helen, te llevo un regalito", pensó en la mujer que tan cariñosamente la atendió a ella, seguro que estará encantada con la pelirroja. —No quiero ser un estorbo. —No lo serás, puedes estar segura. Además, tú puedes ser útil allí. —Fue la rápida respuesta de Moraví. La joven alzó los brazos dispuesta a protestar, pero a medio camino se detuvo, con aire de resignación. —Bueno... de acuerdo. —Estaba demasiado cansada para discutir así que ya decidiría lo que iba a hacer con su vida más adelante, además, con la ruda mujer mejor andarse con cuidado y no llevarle la contraria. —Bien, entonces será mejor que nos pongamos en camino, quiero llegar pronto a la aldea. —Sin más se levantó, acercándose a la joven para ayudarla a levantar. Pronto cogieron el sendero que les llevaría a Swett.   sigue -->rá......
  • 8.
    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 2 ª P A R T E . Autora: Obeluxa ¡DESPIERTA! VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Swett se ha levantado. Los aldeanos habían despertado a sus quehaceres, unos atendiendo a los animales, otros trabajando en la tierra y los más pequeños correteando entre los árboles. Trabajaban indistintamente hombres y mujeres, sin labores separadas. Nadie se sorprendió al ver llegar a Moraví tan ligera de ropa, aunque sí mostraron cierta curiosidad por la forastera, no tanto por su aspecto, sino porque acompañaba a la ruda mujer. Moraví saludaba al pasar a los aldeanos, con ligeros movimientos de cabeza. Al llegar a la cabaña de Trebor le indicó a la joven que se acomodara, mientras ella iría en busca de Helen. Aricán tuvo la tentación de volver a huir; ahora que estaba sola tenía miedo de las futuras intenciones de la mujer oscura. ¿Y si decidía venderla a los dueños de la cabaña?. No recordaba lo que era ser dueña de si misma, y ahora que tenía la oportunidad de tomar sus propias decisiones tampoco era capaz de hacerlo. En cierto modo se sentía a la vez cautiva y libre, sentimientos contradictorios producidos por la frialdad de unos luceros. Bueno, al menos no era como Lord Weillor. Estaba harta de esperar, así que decidió salir, pero justo al llegar a la puerta, ésta se abrió, entrando una mujer de mediana edad. —Ah, estás aquí. —la mujer hizo una pausa, mientras la miraba calurosamente. — Se que has venido con Moraví y estaré contenta de hospedarte en mi casa..., siempre que tú lo desees, claro. —La joven la miraba sorprendida. —Oh... me llamo Helen. ¿Y tú eres...? —Sabía su nombre, pero esperaba entablar conversación. Moraví le había notificado que la chica estaba asustada y herida, por lo que podría intentar darse a la fuga. Le pareció muy dulce la voz de la mujer, no la intimidaba como la morena. —Aricán, ese es mi nombre. —La mujer mayor la miraba con ternura, algo a lo que no estaba acostumbrada. En cierto modo le recordaba a la madre que una vez tuvo. —¿Eres la madre de la morena? —Preguntó sin pensar, sorprendiéndose de si misma. Helen casi rompe en una risotada, pero se contuvo, dejando entrever tan solo una ligera sonrisa. —Noo... pero la consideramos parte de la familia. ¿Sabes?, la conocemos desde hace diez inviernos, y siempre que viene ésta es su casa. —Se hizo una pausa entre ellas, ambas estudiándose con curiosidad. —Bueno, ¿qué decides? El pensamiento de Aricán no estaba en la pregunta. Su mente se concentraba en hacer comparaciones entre las dos nuevas mujeres que entraban en la escena de su vida, ... tan distintas. Lentamente volvió a la realidad, apareciendo de repente una leve sonrisa incontrolada. —No se qué decir, no quiero ser una molestia y no tengo con qué pagarlo, además... La mujer mayor la interrumpió. —No eres ninguna molestia, y no te preocupes por el dinero. Podrás pagarlo ayudándome con los animales cuando tengas mejor aspecto. Aricán dió un respingo. Así que sabía que estaba herida... Aunque, claro, eso no era muy dificil de adivinar, con sólo ver su aspecto era más que suficiente. De nuevo una sombra de miedo cubrió su rostro. —Ey, no tienes por qué preocuparte. Los aldeanos de Swett no hacen preguntas. —Hizo una pausa. —Mira, si esto sirve para convencerte te diré que el poblado se ha ido formando por gente que venía de muy diversos sitios. —Todavía notaba desconfianza en la pelirroja, se lo estaba poniendo en bandeja para lanzar la primera piedra. —Algunos han huido de otros lugares y han acabado aquí. —Nadie da algo sin esperar nada a cambio. —Respondió la joven con determinación cortando el discurso de la mujer mayor. Helen decidió atacar con más fuerza.  La chica no comprendía ciertas cosas. Estaba bien claro que el afecto era algo desconocido para ella, aunque lo llevara oculto en su corazón. —Es cierto, todos esperamos siempre algo, pero la cuestión es qué. En estos momentos yo espero que te quedes, pues tú sin saberlo ya has dado algo. —No entiendo. —Su mirada era un interrogante. —No tengo nada, ¿qué pude haber dado? Ahí va la segunda piedra. —De momento entretenimiento. Me gusta platicar, y no siempre hay alguien cerca con quien hacerlo. Además, te habrás dado cuenta que no es fácil hablar y entenderse con Moraví. —Lo último lo dijo sin creérselo demasiado, pero era un punto más para acabar de convencer a la muchacha. Aricán pensó que era cierto. Tan sólo había cruzado un par de palabras con la ruda mujer durante el trayecto a la aldea. —Está bien, puede que tengas razón. Creo que me quedaré aquí por un tiempo. —Casi se arrepintió, pero ya estaba dicho y
  • 9.
    no había vueltaatrás. La alegría de Helen era notable y contagiosa, robándole una irremediable sonrisa a la chica. —Bien, me alegra oírlo. Te traeré algo de ropa. —Se dispuso a salir de la cabaña cuando un voz tras su espalda la detuvo. — Espera. ¿Dónde está la morena?". Todavía se le hacía difícil llamarla por el nombre, ya que no se había enterado de cuál era hasta hablar con la mujer que tenía delante. —No te preocupes por "la grande", ha ido a buscar algunas hierbas para preparar ungüentos. —La mujer le echó una última mirada comprensiva y salió de la cabaña cerrando la puerta tras de sí. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: —¿Estás segura de lo que dices? Si pertenece a Lord Weillor podemos tener problemas. —¡Vamos, Trebor! —estaba indignada. —Nadie puede ser dueño de otra persona. Ella..., mejor dicho, ningún ser humano se merece lo que ese cretino le hizo. —La furia se apoderaba por momentos del rostro de Moraví, con sus ojos enrojecidos y tormentosos. —Ya lo sé. —El viejo hizo una pausa, preocupado. —Lo único que me preocupa es que sus tierras están demasiado cerca de aquí. ¿Qué pasará si alguien la reconoce? —¿Acaso estas perdiendo coraje? —Era un reto, no una pregunta. —Sabías quién era yo, pero no te importó. Ella sólo es una sierva que a escapado, ¿por qué te preocupa tanto? —Le atravesó con la mirada. Eran pocas las veces que Moraví lograba intimidarle, pero tampoco era el caso en ese momento. La dura mirada de su protegida tan sólo le producía cierto dolor. Intentó hablar serenamente. —Estoy viejo. Tengo miedo de no poder defenderla. —Su voz sonó más cansada que nunca. —Eso no tiene por que pasar..., yo estaré aquí. —Esta vez fue más comprensiva. No conocía ese nuevo sentimiento, algo que le impulsaba a proteger a la chica pelirroja del mismo modo que se sentía obligada a responder con Trebor y Helen. Pensó que ésa era una forma de devolverle a la vida los favores que le habían sido otorgados. —Sí, pero no estarás siempre. Tarde o temprano acabarás yéndote de nuevo. Lo llevas en la sangre, esa inquietud, esa sed de... —el viejo se detuvo, incapaz de completar la frase, acabando con un gesto rabioso de impotencia. Como respuesta sólo obtuvo la mirada ausente de la joven. —Esto te importa ¿verdad? Ella te importa. —Moraví enmudeció y bajó la vista. No quería preocuparse. No quería pensar en su pasado, pero ahora la joven estaba allí, metiendo el dedo en la llaga solo con su presencia y ella tarde o temprano tendría que enfrentarse a ello. —Está bien. —El viejo la tranquilizó. —Si es importante para ti, también lo será para mí. Pero prométeme que no te meterás en líos ¿vale? No quiero quedarme sin la morena más guapa de todo el mundo que conozco. —La sola idea de no poder ver a Moraví, aunque sea muy de vez en cuando, era similar a clavarle un puñal en el pecho y retorcerlo. "Te quiero demasiado, mocosa rebelde’. —No te preocupes. —sonrió. —Todavía tendrás morena para rato, te lo prometo. Trebor la estudiaba, deseando saber que pasaba por su cabeza. Nunca la había visto con ese tipo de ansiedad. Temía que pudiese vengarse del agresor de la muchacha al verse reflejada en ella, aunque no fue Lord Weillor quien la atacó en el pasado. Podría suceder que su impotencia ante sus verdaderos verdugos se transformara en ira ciega contra los que abusaron de la joven. Y ya había demasiado rencor y odio acumulado en ella. —¿Es muy joven? —preguntó para romper el silencio. —Tanto como lo era yo cuando me trajiste aquí. —Su voz sonó como un gemido bajo, y su pensamiento retornaba por momentos al agitado pasado. —Olvida mis dudas. —Trebor la cautivó cariñosamente con la mirada, pero con cierto deje de preocupación. — ¿Tienes todo lo que necesitas? —Sí, gracias por tu ayuda. ¡Uff! Espero que se deje curar. Esto le va a doler. —Cogió el pequeño cazo con el ungüento y salió del horno de su viejo amigo. Lo último que oyó al salir fue casi inaudible. "Procura no asustarla mucho". Levantando una ceja se alejó escondiendo la preocupación bajo una falsa sonrisa. El viejo se quedó pensativo. ¿Qué tenía la chica que había causado tanta ansiedad en su morena? Sólo esperaba que sea lo que fuera ayudara a Moraví. Ella no tenía superado su pasado y parecía que la nueva llegada la hacía enfrentarse a él. Puede que sin saberlo esto fuera una bendición para ella, por tanto tenía la esperanza de que la joven no se marchara, y, bueno... de que nadie la descubriera también. "Seguro que Helen se habrá hecho cargo de la joven". Era muy afortunado de tenerla junto a él; la mujer siempre transmitía paz, y en los momentos difíciles era capaz de mantener la compostura sin desmoronarse. Finalmente dejó que sus pensamientos se disiparan en el aire, siguiendo con la labor del horno, sacando con una pala el pan de la brasa. Ya conocería a la joven más tarde. :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
  • 10.
    Buscó bajo laoscuridad de la cabaña a Aricán, dándole un vuelco al corazón al no encontrarla. "¡Dios!, espero que no se haya ido". Sin pensarlo dos veces salió presurosa de la cabaña, arrollando en su loca carrera a Helen. —¡Augh! —La mujer de mediana edad cayó atónita en el suelo, con la imagen de que una mula le había dado tremenda coz en la cabeza. Moraví estaba de pie, pero también se quedó algo aturdida. —Lo siento... yo... —¿Acaso quieres matarme? —Se tocaba la dolida cabeza mientras la morena la ayudaba a levantar, sin darse cuenta de quién era. —Lo siento de veras. Yo sólo iba en busca de la joven. Creo que ha escapado. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¡Ah! ¿Es eso? —respondió tranquilamente, con conocimiento de causa. — ¿Qué demonios tienes en el hombro? ¿Acero? — Sus primeras palabras detuvieron a Moraví, mirando a Helen interrogante. —No te preocupes, está en el granero. La he instalado allí. La morena resopló con alivio. —"¡Uff, menos mal! Espera... ¿ha dicho en el granero?". Con mirada de hielo y como un eco de su pensamiento preguntó. —¿La has instalado en el granero? Y ¿a dónde se supone que iré yo? — por el tono de voz utilizado era evidente que estaba molesta. —¡Vamos Mora! —a Helen le gustaba llamarla así, era más corto y le parecía que iba a tono con el color de su piel. —¡Auch! Duele.... —se frotaba incansable su cabeza, haciendo esperar impaciente a la mujer más joven con la ceja levantada esperando una explicación. — En el granero hay sitio para las dos, es bastante amplio ¿no crees? —Su voz sonó dura, pero contradictoriamente se sentía divertida al ver la perplejidad de la mujer oscura, aunque sintiese un dolor de mil demonios. —Pero... Sus palabras se ahogaron al ver que Helen ya le había dado la espalda entrando en la cabaña. —Más vale que vayas a echarle el ungüento antes de que se seque. —Le gritó desde dentro. —Y si te sobra tráeme un poco. Moraví prestó entonces atención al cuenco que tenía en las manos. No se le había caído después del duro encontronazo con Helen pero se había olvidado de él por un instante. Después de estar como una tonta mirando la forma del "tarrito’ despertó con un gesto casi cómico, irguió una ceja mientras dirigía su mirada al interior de la cabaña y se alejó en dirección al granero. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: La pelirroja estaba dormida sobre un lecho de paja. El sueño la había vencido finalmente. Moraví la observaba, incapaz de despertarla, aunque tendría que hacerlo, pues la medicina que había preparado se secaba rapidamente, y las hierbas no eran fáciles de conseguir. Se había hecho amiga del hechicero, del que había aprendido sus dotes para curar. La gente temía a Merón por sus conocimientos, pensaban que era un mago poderoso. Quizás lo fuera, después de todo, pero gran parte de su sabiduría era debida a su capacidad de observación, algo que le llevó a ser un gran conocedor de la naturaleza y sus secretos. Había explotado todos los recursos naturales, y ella era una de las afortunadas de ser su discípula, bueno, quizás la única. Siempre se preguntó por qué la había elegido. El gusanillo por aprender le había llevado aún más lejos: ya pertenecía al mundo de la piratería antes de conocer a Trebor, a veces podía ser bastante salvaje y cruel, pero también era curiosa, lo que le hacía estudiar los recursos curativos de tantos sitios donde había estado. Conocedora como era de las hierbas, mezcló en el ungüento bardana, cola caballo, lavanda y algunas especias. La dos primeras curarían las infecciones y borrarían las cicatrices, la lavanda, combinada con las demás, haría de calmante y serviría de loción refrescante. Ahora solo faltaba que fuera eficaz con la pelirroja. Después de tomar aire y soltarlo en un intenso suspiro decidió despertar a Aricán, acercándose al cuerpo dormido. Le sacudió el hombro, provocando que unos soñolientos ojos la miraran sin entender. Finalmente la joven dió un respingo, sobresaltada con los luceros de azul claro. Intentó erguirse, pero Moraví la sostuvo intentando calmarla. —No te asustes. Estás a salvo. —Le molestaba un poco provocar siempre esa reacción en la pelirroja. La joven respiraba con dificultad, aun sobresaltada, pero poco a poco se iba estabilizando. "¡Ey!, estás en un pajar, en un poblado, lejos de las murallas del Feudo.’ Suspiró, liberando con ello la tensión. —He traído un ungüento, te calmará el dolor de los cortes. —Tras una pausa siguió, controlando la reacción de la joven. — Sirve también para curarte el abdomen y no dejar cicatriz. La joven alzó una mano asiendo a Moraví por la muñeca del brazo que sostenía el cazo. La acercó para ver el contenido. —¿Borrará la marca? —preguntó levantando la vista para mirarla directamente a los ojos. Moraví vaciló. —Lo he usado otras veces. Funciona bien si la quemadura es poco profunda. —Oh..., ¿qué debo hacer? —De repente no tenía miedo. La sola idea de pensar que podía borrar  toda marca de su cuerpo le
  • 11.
    hacía sentirse esperanzada.  Ocultandoel asombro por el interés repentino de la joven pelirroja Moraví contestó. —Hay que saber la cantidad exacta que se debe poner según el tipo de herida. —La joven le pedía a gritos con la mirada. — Si... si quieres te lo unto. Por primera vez en mucho tiempo vaciló. Le parecía extraño: con sus encantos naturales y una gran frialdad era capaz de conquistar y enamorar a un hombre hasta el punto de hacerle perder la cabeza, ¿cómo era posible que se sintiera insegura ante una joven tan....  indefensa?, se recriminaba a si misma. Aricán pensó que tendría que pasar otra vez por el mal trago, pero al menos era ante la misma persona y esperaba que no revelara a nadie hasta qué punto su cuerpo estaba dañado. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Humm... yo... ¿sirve también para otros sitios más... quiero decir... más...? —No pudo terminar la frase, pero Moraví la entendió. —Te refrescará, aunque necesitarás más días de tratamiento. —Su voz se endureció. "¡Hijo de perra!, si te pongo la mano encima..." Se sorprendió ante los ansiosos ojos de la joven. —Puedo recolectar lo que se necesita y enseñarte a... —La joven, sin esperar a que acabara empezó a desnudarse. —.... prepararlo. Aricán se desvistió por completo, dejando ver todo su cuerpo a la sanadora. Esta vez no estaba ruborizada, además, era una forma de devolver la deuda, ¿acaso ella no había visto a la morena desnuda en el bosque?. Se concentró en lo que venía a continuación. Su rostro se cubrió de un dolor que iba más allá del daño físico. Su alma estaba apenada, se sentía avergonzada y sucia, pero esperaba que su curación completa borrara todo su pasado y con ello esas sensaciones negativas. Moraví la observó, estudiando nuevamente cada corte, deteniéndose en los morados de la entrepierna. —Vale, date la vuelta. Me será más fácil empezar por los cortes de la espalda. —Además, de esta forma podría ocultar a la muchacha los sentimientos que pudieran transcribirse en su rostro. —Errr... Aricán, esto te va a doler. —le advirtió. Se giró y buscó en sus pertenencias una bota de vino y unas vendas. —¿Quieres beber un poco? —No, estaré bien. —Dicho esto sintió cómo unas manos expertas presionaban las vendas en su espalda, limpiando y untando el ungüento en cada una de sus heridas. Soportaba el escozor como podía, mordiéndose interiormente los labios, con ojos enrojecidos. Moraví sabía por lo que la joven estaba pasando, esto hacia que trabajara con rapidez. Terminada la parte de atrás extendió una manta limpia sobre su lecho de paja. —¡Túmbate! —ordenó. —La parte de delante será peor. Lo soportarás mejor en esta postura. Al colocarse en el lecho y rozar su espalda con la manta, Aricán soltó un gemido ahogado dejando que las lágrimas corrieran libres por su cara. La morena se acuclilló a su lado. —Lo siento mucho, pero es la única forma de que te cures. —Acercó su mano a la fina piel del rostro y la acarició, secando las lágrimas. Se sorprendió a si misma en ese gesto, definitivamente esta chica le tocaba el alma. —Abre las piernas, quiero ver el daño que tienes ahí. Aricán obedeció, influida por el tono de voz en que lo había dicho. No había malicia en sus palabras, así que la muchacha, confiada, se preparó mentalmente para el contacto. Moraví pensó que la pelirroja era muy valiente. Después de observarla, no sin dejar de sentir una inmensa rabia por lo que le habían echo, puso un poco del potingue en una venda y la colocó en la mano de la joven. No quería que se sintiera incómoda. —Esta cantidad será suficiente. Extiéndela sobradamente, ... y aguanta todo lo que puedas, ¿eh? La pelirroja se sorprendió un poco, sintiéndose algo decepcionada, pero obedeció y se untó ella misma la parte externa de sus genitales. Por acto reflejo, la joven agarró fuertemente con la mano libre el brazo de Moraví, al que apretó con fuerza vengativa ante el dolor que sentía. —¡Auch! —Sus ojos estaban estrechamente cerrados, por lo que no pudo ver el gesto compasivo y dolorido en los luceros azules. Moraví se quedó quieta en el sitio, esperando a que la joven dejara de apretar sobre su brazo. Al hacerlo, su muñeca quedó marcada bajo la presión de los dedos. "¡Vaya! Eres fuerte". Intentó animarla con una retadora sonrisa. Aricán le respondió con una gesto forzado en su boca. Casi se había quedado sin aliento, pero ya se sentía mejor. —Bien, ¿crees que soportarás lo que queda? —¿Puede ser aun peor? —dijo con lastimada voz. —No, lo peor ya ha pasado. —Oh, entonces lo aguantaré. —contestó confiada. —¿Puedes darme un trago? Creo que lo necesito. —La morena le alcanzó la bota, de la que bebió de golpe. El alcohol, al bajar por su garganta,  la calentaba y se sentía mejor. Moraví la miraba impresionada. "¡Caray!. Espero que no bebas así con frecuencia." Bromeó. La joven le sonrió, algo acalorada. Definitivamente el vino le sentó bien. —¿Quieres seguir tú? Te daré la cantidad a poner en cada una. —Moraví se refería a la heridas.
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    —No, son muchoscortes. Contigo se acabará más rápido. —Y créeme, estoy deseando que acabe, pensó. La mujer mayor untó con el ungüento cada una de las heridas de su delantera, empezando por un corte en el cuello, pasando a los pechos, a los que ya había atendido en el río, para detenerse cuidadosamente en la cicatriz del abdomen, donde masajeó ligeramente siguiendo el sendero con sólo dos dedos presionando la tela. Pese a lo delicado del trabajo, Aricán tuvo que recurrir de nuevo a agarrarse del brazo de Moraví si no quería acabar gritando como una posesa. El escozor era casi insoportable, pero era consciente de que su curandera estaba haciendo su labor con mucha suavidad. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Moraví acabó con la quemadura, retirando el paño, pero se vió tentada a acariciar con sus dedos la piel de los alrededores. Sin perder el contacto, se quedó hipnotizada sintiendo la suavidad bajo su mano, que la atraía como un imán. Poco a poco el agarre de la joven fue perdiendo fuerza bajo la calidez y el relax de la caricia. Así quedaron durante un rato, la joven con la mano sobre el moreno brazo de su sanadora, sintiendo el calor del roce, y la otra ensimismada con la suavidad de la sana, tersa y rosada piel. Había química entre ellas, una comunicación sin palabras que hacía que ambas se sintieran relajadas. Finalmente Aricán perdió toda su fuerza y se durmió. Entonces Moraví se soltó suavemente, la cubrió con una manta, se detuvo un último instante para contemplar el apaciguado rostro de la joven y salió sigilosamente del granero. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: El resto del día fue como cualquier otro en la sencilla vida de los aldeanos. Moraví compartió el trabajo, dedicándose a los animales. Ordeñó las vacas, limpió los establos, cepilló los caballos, dió de comer a las gallinas y aún buscó más que hacer, todo con tal de no estar dándole vueltas a la cabeza. Helen se encargaba de dar una vuelta de vez en cuando por el granero, cerciorándose de que todo iba bien. —¿Qué tal la encuentras? —preguntó Moraví al ver a Helen regresar de la estancia de la joven pelirroja. La mujer la observó con un gesto curioso. —Duerme y no tiene fiebre. ¿Cuántos días crees que habrá estado sin descansar? Encogiéndose de hombros contestó: —No lo sé. Puede que dos o tres. —Se acarició el mentón con cara distraída. — ¿Puedes alcanzarle algo de comer? —Moraví estaba algo preocupada, era importante que Aricán se alimentara con frecuencia. —Mora, está oscureciendo. Tú no has parado en todo el día. —La morena la miraba interesada en saber a dónde quería llegar, con su ceja levantada. — Puedo preparar algo de comer para las dos, y tú deberías llevárselo, ¿no crees? Así te quedarás allí a descansar. Hoy la labor ha sido intensa. —No sé... —suspiró. —Creo que tiene miedo de mí. Tú te las arreglas mejor. —Pensaba sobretodo en las veces que su mirada la había intimidado. —Y ¿qué harás cuando yo no esté? —el tono de su voz era un desafío. — Además, estoy convencida de que ya no te tiene miedo. No te infravalores Mora. Has hecho un gran trabajo con ella, la has curado y la has dejado durmiendo tranquilamente. No estaría así si realmente la horrorizaras, ¿no estás de acuerdo? —Le hablaba con sinceridad, como siempre lo había hecho. —Bueno, a lo que si debe temer es a tropezar contigo cuando corres. ¡Menuda bestia! —le habló con un semblante serio, pero aguantaba la risa mientras observaba la carita de perro degollado que se le estaba poniendo a la morena. —Yo... ya te dije que lo siento, de veras. —La morena intentaba disculparse nuevamente. La mujer entrada en años ya no aguantó más y soltó una carcajada. No podía evitarlo, le gustaba verla así, incómoda y tibuteante. Era curioso cómo ante el resto del mundo, incluso con Trebor, Moraví se mostraba seria, a veces distante y de mal carácter, pero con Helen era distinto, la mujer siempre había podido con ella; conseguía pequeños triunfos llevándola a su propio terreno, venciéndola en un juego de palabras o simplemente robándole una sonrisa. —¡Helen! Eres....eres.... Tú si que puedes ser mala. Quien no te conoce se equivoca enteramente. —Le dijo frunciendo el ceño, intentando mostrarse enfadada. —¡Ja! Pues Trebor no se queja. —Contestó con picardía. Las dos mujeres acabaron riéndose de la locuaz ocurrencia. Tras ello, Helen siguió su camino dejando a Moraví con su tarea. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: La esposa de Trebor preparó la cena, llevándole una bandeja a Moraví con dos raciones de comida. Inútil sería discutir con semejante mujer, era muy obstinada, y le gustaba hacer las cosas a su manera, así que Moraví se limitó a coger la bandeja sin rechistar y se dirigió pausadamente hacia el granero, pensando por el camino la mejor manera de despertar a la pelirroja sin causar su sobresalto inmediato. "Tal vez debería taparme los ojos, claro, que con la misma podría tropezar y lanzarle toda la comida encima. Entonces si que se asustaría de verdad." Rió para sí, ¿de dónde salían esos pensamientos?. Se daba
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    cuenta de quese encontraba muy bien, hasta el punto de bromear con todo el asunto. Y eso era raro, muy raro.  Al entrar en el granero, volvió a sentirse  insegura. Oyó la respiración pausada de Aricán, con su cuerpo debajo de la manta. Moraví dejó la bandeja sobre una repisa anclada a la pared que hacía las veces de mesa y se acercó a la joven con la intención de despertarla, esta vez no la miraría directamente a los ojos. —Hola. Ahora fue la morena la que se sobresaltó bajo la suave pero grave voz de la muchacha. Tragándose su sorpresa se acercó más para comprobar que estaba despierta. —Te encuentras bien. —Sí, ese potingue es bueno. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Sí que lo es. Verás cómo en un par de semanas estarás bien del todo. —Metódicamente actuó como cualquier cuidador con su enfermo, tirando un poco de la manta para estudiar las heridas cercanas al cuello. —¿Hace mucho que estás despierta? La joven pelirroja se encogió de hombros. —No demasiado. —Se incorporó para hacerle más fácil el trabajo. —¿De veras me enseñarás a preparar el ungüento? —Era una súplica, aunque intentara que no sonara de ese modo. Moraví la atrapó con ojos azul intenso. —Siempre cumplo una promesa. —al instante bajó la vista, giró sobre sus pies y buscó ropas para la joven. Aricán no pudo evitar dar un respingo de nuevo con esos luceros, la piel de gallina. Estaba segura que más de la mitad de los enemigos de ésta mujer eran derrotados sólo con el acero de sus ojos. Moraví le alcanzó la ropa que Helen había preparado, similar a la forma de vestir de las mujeres del lugar, con una falda pantalón de fondillo bajo, amplia pero cómoda, una camisa marrón oscura sin puños y un jubón sin mangas con cordones delanteros. Unas botas cortas de piel curtida completaban el vestuario. La joven pensó que era muchísimo mejor que lo que llevaba puesto antes de encontrarse con la morena.  Sin prestar atención a la pelirroja, más que nada para dejarla que se vistiera sin presión, Moraví se ocupó en preparar un lecho al otro extremo del granero, alejada de la joven. —¿Tú duermes aquí? —Sipe. —La voz le llegó desde atrás. —Entonces ésta era tu cama. —Se sentía un poco culpable. —Justamente, pero no te preocupes por eso, puedo dormir en cualquier parte, sólo necesito un suelo más o menos blando y un par de mantas. —Moraví se dirigió hacia ella con la bandeja de comida. —Mira, si te vas a sentir incómoda puedo ir a otro lado. —No, no es eso. —se explicó. —Me sentiría muy culpable si te vas de aquí. Es que...  me sorprendió un poco, eso es todo. —Ya. —No quiso explicarle que todo fue idea de Helen. En parte estaba un poco molesta con la mujer de Trebor, pero lo dejaría correr. —¿Tienes hambre? Helen prepara muy bien de comer. Mucho mejor que yo. —puntualizó. —Hmm... Huele rico. Eso era un sí, evidentemente. La mujer morena le alcanzó su ración y comió junto a ella, mientras le explicaba un poco cómo estaba distribuida la aldea y cuáles eran las cosas más comunes que debía saber.   Sigue -->
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    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 3 ª P A R T E . Autora: Obeluxa CORSARIOS. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¡¡Corre, Mora!! La respiración entrecortada, el aire que falta, el corazón desbocado. El fuerte dolor en el pecho, la rabia, la desesperación. A sus ojos llegó la imagen de los hijos del Dragón Negro atrapando a Girlock. Una terrible impotencia invadió a Moraví, que sin poder hacer nada vio cómo esos cerdos clavaban sus sagas en su esposo. Tres heridas mortales, una en el pecho, otra en la garganta y una tercera a la altura de los testículos. Ella no tuvo tiempo de llorarle, pese a que sentía una gran presión en el corazón. Corrió hasta que no pudo más, y viendo que la iban a atrapar como cazador a su presa más tarde o más temprano, liberó su garganta del nudo que la sujetaba y lanzó un grito, el último que daría antes de ser alcanzada. —¡... Ey! —Un sonido le llegaba de lejos, como el susurro del aire. —Vamos, despierta. Cuando las palabras atravesaron sus oídos Moraví se despertó y alzó su cuerpo a la defensiva, arrastrando con ella a la pelirroja que la sacudía suavemente por un hombro. A consecuencia del empujón, Aricán perdió el equilibrio y cayó sobre su regazo, clavándole el codo en el muslo izquierdo. Moraví no reaccionó inmediatamente, sino que se mantuvo quieta, tensa y sudorosa, con la mirada perdida y el corazón palpitando descontrolado. La pelirroja incorporándose la miró. Estaba asustada. No sabía qué pensar respecto a las emociones que pasaban por el rostro mudo de Moraví. Ella sólo pretendía despertarla con suavidad al darse cuenta de que sufría una pesadilla. Mil preguntas pasaron por su cabeza pero no hizo nada al respecto. Prefirió esperar, temerosa de algún tipo de represalia por el codazo. Mientras tanto, una perturbada Moraví intentaba tomar aliento y volver al carácter frío y distante que la caracterizaba. Pasado un tiempo, giró su cabeza y dirigió su intensa mirada a la pelirroja, que hubiese dado cualquier cosa por desaparecer en ese instante. —Estabas soñando. Pensé que debía despertarte. — Aricán intentaba explicarse al ver que la morena no decía ni una palabra. —¿Dije algo? —Preguntó con voz dura y molesta. Aricán se asustó aún más, enfrentada como estaba a unos luceros azul claro que parecían traspasarla como cuchillas. —No, sólo gemías y decías cosas sin sentido y... te movías agitada. —explicó, balanceando los brazos como para hacer más verosímil su versión. Luego se vio tentada a acariciar a Moraví, en un intento de aliviarla pero al estirar el brazo hacia el rostro, la morena se giró bruscamente en sentido contrario, rechazando la caricia. —¡Deja! Ve a dormir. Una sombra de dolor se cruzó en el inocente semblante de Aricán, pero no protestó. Miró al inexpresivo rostro de Moraví antes de alzarse sobre sus pies. Entonces desvió la mirada al techo del granero durante unos segundos, quizás buscando una explicación desde lo alto. Sin obtener la respuesta esperada, giró sobre su eje y volvió a su lecho. Después de que la pelirroja se alejara, y viendo que le había dado la espalda, Moraví en un gesto desesperado se llevó una mano a la cabeza y frotó con rudeza su cara, como queriendo hacer desaparecer esas pesadillas que volvían a atormentarla después de algunos años. "Maldita chiquilla", pensó. Estaba muy inquieta, "Tengo que salir de aquí". No sabía muy bien a dónde ir, pero no podía desahogarse en el granero con la joven a su lado. No la metería en sus asuntos. Sin pensarlo más sacudió su cabeza, se levantó sigilosamente y salió al frío de la noche. La pelirroja oyó la puerta al cerrarse. Moraví la había aterrorizado. —¿Qué le pasa? En los pocos días que llevo aquí no la he visto de este modo. ¡Dios!, he visto temor y rabia en sus ojos. Intentaba adivinar qué tipo de vivencia habría hecho que sufriera de ese modo. Quizás hizo mal en despertarla, Moraví se mostró violenta,... y la pregunta, "¿Dije algo?, ¿por qué le preocupa tanto?, ¿acaso tiene algo que ocultar?, pero ¿qué?. Y... ¿quién o qué es Girlock?" Después de salir del granero, Moraví se aventuró en una alocada carrera, sin rumbo fijo, tropezando con las ramas en su camino, haciendo caso omiso a los rasguños en los muslos. Finalmente se encontró ante un acantilado, lejos del poblado, donde no sería escuchada por nadie. —¡¡¡Nooooo!!! Allí lloró, gritó y se derrumbó dejándose caer al suelo. Descargó contra la tierra bajo su cuerpo, golpeando con el puño hasta brotar sangre de los ennegrecidos nudillos. Así se mantuvo durante mucho tiempo, hasta que el cansancio la venció. No podía soportar esas pesadillas que le traían a su mente una realidad tan viva que parecía que la había pasado una semana
  • 15.
    antes. Su mentele trajo la imagen de Girlock, el único hombre al que había amado hasta el extremo: su corsario, su amante... su todo. Y esos cerdos acabaron con su vida, con la persona que la había liberado de su mundo, demostrándole que existen otras formas de vivir, proporcionándole una vida feliz y segura a su lado. Y lo peor de todo es que ella no pudo hacer nada. Gimió, hubiera sido mejor haber muerto con él entonces. Años después ella seguía buscando su propia venganza, arrollando a su paso a todo aquel que se interpusiera. Había viajado por tantos sitios como existían en el viejo mundo, pero en tantos años no había conseguido ninguna pista que le llevara al Dragón Negro ni a ninguno de sus serviles. Ahora se encontraba en una aldea, con una joven que le recordaba a cada instante su pasado, volviendo las pesadillas. No sabía si odiarla por sentirse identificada con ella. Pero no, "¿en qué estás pensando?", la muchacha no tiene la culpa de tu pasado, además a sufrido mucho, y en el fondo busca lo mismo que tú, huir de su pasado. Esa era la pura verdad, aunque se mente negara a reconocerlo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Intentó calmarse, devolviendo al presente los momentos más felices que había tenido con Girlock. Todo un varón para ella, todo un valiente para el resto. Sonrió para sí al recordar el semblante serio y fresco de un hombre que hablaba sólo con mirarla. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Moraví se encontraba en la bodega del navío, amarrada a un poste. El capitán del barco no quería soltarla temiendo que intentara lanzarse por la borda, además, la única vez que había estado suelta formó tal revuelo que era mejor mantenerla a raya. —Menuda salvaje. —dijo Joe, el grumete. Necesitaron cuatro hombres para inmovilizar y trasladar a Moraví al interior del camarote. Ella sola había pateado traseros durante un buen rato sin ser embestida por nadie. —Dímelo a mí, todavía siento un dolor agudo entre las piernas. —Protestó Bodelé. Estaba muy furioso. —Es una lástima que el capitán la haya encerrado, si no verías tú cómo le enseñaba modales a la morenita. —El barbudo miraba ansioso hacia la puerta de la bodega. La destrozaría disfrutando de su cuerpo si le dejaran. —¡¡Una galera!! —gritó el vigilante desde el puesto de vigía. —¡Capitán, se acerca muy deprisa! —desde babor otro marinero observaba el avance del navío. —¿Lleva alguna bandera? —preguntó el capitán Justino de Barracas. —No se ve nada, pero se acerca muy deprisa. —¡Mierda!, puede que sean piratas normandos. ¡¡Preparaos para recibir el ataque!! Desde la bodega, Moraví podía oír los gritos del capitán. La tripulación se movía agitada, corriendo de un lado para otro. Ella podía sentir los pasos apurados de los marineros y el tintineo de las armas metálicas. Era el preludio de una fuerte batalla. Moraví no tenía posibilidad de escapar, por tanto se limitó a esperar con todos los sentidos alerta. "¿Quién sabe?, puede que salga de ésta victoriosa y me ahogue antes de que ningún cabrón me haga suya otra vez, pensó riéndose de su suerte, "Peces, os llegan alimentos frescos del día". Más golpes estruendosos mezclados con un intenso griterío llegaron a sus oídos. Después de dos horas, tiempo que le había parecido eterno, el ruido de la batalla se extinguió y la puerta de la bodega se abrió, entrando en su interior un hombre alto, rubio y vigoroso al que no reconoció como parte de la tripulación. La mente de la muchacha trabajó rápidamente, atando cabos. No tardó nada en llegar a la conclusión de que el buque había sido conquistado. Detrás del primer hombre entró Justino de Barracas, custodiado por dos piratas. —¿Es esto lo que tienes? —preguntó el rubio alto con un tono indiferente. —¡Es una diosa! Íbamos a vendérsela a un noble que pagaría mucho oro por ella —contestó Barracas con voz suplicante. El hombre se acercó a la muchacha. Fue entonces cuando Moraví vio por primera vez el sereno semblante de Girlock. —No parece gran cosa —dijo con intención de molestar aún más al ya humillado Barracas. Girlock disfrutaba plenamente con esto. Le gustaba ver al capitán indefenso, temeroso de lo que ocurriese con su vida. Como pirata, esperaba un buen botín, no una sierva. Pero contaba con que acabaría haciendo un trato con los esclavistas al ver que sus importantes pertenencias no se encontraban en la nave. Se llevaría a Moraví, de momento. Ya daría con ellos más tarde y se vengaría por la trata de esclavos. Porque si había alguien que amara realmente la libertad ése era Girlock; si él era libre para decidir, por qué se le debía privar de libertad a los demás. ¿Acaso no éramos en el fondo todos iguales? ¿No es cierto que la sangre de todos los mortales es del mismo color? A pesar de que sus nervios estaban a punto de hacerle saltar sobre su víctima para arrancarle los ojos, el corsario seguía mostrando un sereno e indiferente semblante. —Haremos esto —Girlock rompió el silencio que torturaba al desaliñado y descompuesto Barracas. —: me darás todo lo que tengas de valor e incluirás a la chica —dijo sin retirar la mirada de ella. La respuesta de Moraví no se hizo esperar, y sus
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    ojos centellearon hastael punto de querer atravesarlo con la mirada. Tal era el odio que sintió por el hombre que intentaba apoderarse de ella como si se tratara de un objeto. —Y si hago eso, ¿de qué viviré? —preguntó el capitán. —Con la venta de esta diosa tendremos mucho dinero para repartir. Girlock se acercó al tal Justino con una tranquilidad que helaba la sangre de su enemigo. Inmediatamente el capitán se dio cuenta de su peligrosa osadía. Cuando estuvo lo suficiente cerca, dejando sentir su respiración en el rostro del otro le contestó: —Si no me la das no tendrás que preocuparte por tu vida. ¿No crees? La sutil amenaza fue como un jarro de agua fría. Justino de Barracas, el arrogante hombre que nunca había sido derrotado, tenía ahora el rabo entre las piernas. —¡Gordon! —el corsario llamó a uno de sus marineros, —¡Saca a la chica de aquí! —Después de eso salió de la bodega. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¡Hijo de puta! —Gruñó por lo bajo. Esto era algo de lo que Justino se acordaría siempre. El botín de su vida, una Hija del Sol, robada ante sus narices por un jovenzuelo que apenas tendría la mitad de experiencia que él. La pérdida de la chica le dolía. Y es que en estos tiempos, una joven como Moraví era muy difícil de encontrar. Sobre Moraví y las que eran similares (si es que existía alguna más) había una leyenda. Las Hijas del Sol eran mujeres muy hermosas, procedentes del Norte de África, con la piel morena y tersa y con algo fuera de lo común, sus ojos, azules como el día. Para cualquier rey o gran señor, poseer una hermosa mujer como ésta era como tener un amuleto de la suerte y eran capaces de dar una inmensa fortuna por ellas. Barracas dirigió su mirada por última vez al cuerpo de la joven, con los ojos rabiosos y la mandíbula apretada. Moraví le devolvió el cumplido, sonriendo con sarcasmo, contenta de ver al Barracas humillado. Al menos la vida le proporcionaba estos cortos momentos de placer que ella jamás dejaría escapar. Ya se preocuparía más tarde de trabajar algún plan para separarse del nuevo cabrón que pretendía adueñarse de ella. En la galera de Girlock, el capitán se vio obligado a ordenar que encerraran a la joven. Su actitud agresiva demostraba que estaba muy asustada. —Como una presa acorralada —pensó. Sin conocer su filosofía, Moraví lo odiaba por haberla comprado. La encerraron en un camarote sin lujos pero espacioso. Moraví pensó que se trataba de la estancia del hombre que estaba al frente de la tripulación, ya que era un lugar cómodo. En el cuarto había una gran mesa donde se extendían unas cartas astrales y unos mapas. A babor se situaba una estantería de troncos donde estaban colocados algunos libros y objetos de poco valor. Al fondo, un catre amplio, donde podrían dormir perfectamente dos personas. Esto le hacía tener previsión de futuro, un futuro que no le gustaba en absoluto. Todos los objetos de la habitación estaban a la vista, no parecía haber nada escondido. A pesar del odio que profesaba hacia Girlock, no pudo dejar de admirar lo ordenado y pulcro que debía ser. El camarote hablaba por sí mismo. Moraví reconoció una daga que se encontraba en la estantería. Sin pensarlo la recogió y la escondió entre sus ropas con rapidez, mientras se oía el cerrojo de la puerta del camarote al abrirse. Girlock entró en el camarote y volvió a cerrar la puerta. La joven morena no le quitaba la vista de encima, estudiando cada uno de los movimientos de su posible contrincante. El hombre se acercó a ella. —No tienes nada que temer. Yo no voy a venderte. Ella seguía con los ojos fijos en él, sin cambiar de actitud. Entonces Girlock se acercó más. Moraví, con un ágil y rápido movimiento sacó la daga y le atacó de frente. Girlock no se dejó sorprender y paró el ataque agarrando a Moraví por la muñeca fuertemente, haciendo que soltara la daga. Después de eso la empujó echando todo su cuerpo sobre ella y la atrapó contra un poste central que atravesaba la habitación. Moraví quedó inmovilizada de inmediato, con sus dos manos agarradas, la daga en el suelo, su corazón desbocado y la respiración entrecortada. Sus ojos se cerraron, sin poder soportar la intensidad de los ojos grises que la atravesaban. —¡Escucha!, no quiero hacerte daño. —Girlock aflojó la presión pero al ver que la chica se revolvía resuelta, volvió a empujarla, elevando sus brazos por encima de su cabeza. Los pechos de ella sentían la presión del tórax de Girlock, algo que la turbó momentáneamente. —¡Mírame! — La zarandeó. Moraví abrió tímidamente los ojos, enfrentándolos a los luceros grises. El hombre parecía leer a través de su alma. —Te devolveré a tu lugar de origen pero sólo si dejas de comportarte de ese modo. Mora habló por primera vez. —¿Qué quieres decir? — era un desafío que no pasó por alto. —No voy a darte nada. —No quiero nada de ti. Sólo quiero devolverte a tu sitio. La joven vaciló, no sabía qué creer. —Entonces, ¿por qué me salvas? —No estaba acostumbrada a recibir sin tener que dar nada a cambio. Girlock, nuevamente aflojó la presión. Su mirada se dulcificó mientras observaba el turbado rostro que tenía enfrente. —No mereces ser la esclava ni el amuleto de ningún rey. —¿Y la tuya? —Moraví preguntó con desconfianza. —No te quiero como esclava. No quiero ser dueño de nadie. — Tras una pausa prosiguió. —¿Podré soltarte sin que intentes asesinarme? Moraví asistió con la cabeza. Este hombre era fuerte y la asustaba, pero a la vez su instinto le decía que debía confiar en él. 
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    Girlock la liberódel agarre, apartándose un poco de su cuerpo, pero quedándose lo suficientemente cerca como para sentir los latidos nerviosos del corazón de la joven mujer. —Mira, te quedarás en el camarote. Será tuyo durante el tiempo que estés aquí. —¿A dónde irás tú?. —Su voz denotaba todavía algo de temor. —Dormiré con la tripulación, de ese modo comprobarás que no quiero nada de ti. —Fue la respuesta del corsario. Dicho esto le dio la espalda, recogiendo la daga del suelo. Pensó que no sería bueno dejar en el camarote ningún objeto punzante. La chica no se fiaba de él, y ese sentimiento era mutuo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Durante un tiempo todo sucedió como el corsario propuso. Moraví se quedaba a dormir en el camarote del capitán de la galera normanda, con el cerrojo puesto. Girlock se acomodó con la tripulación. La joven morena fue cambiando poco a poco su actitud agresiva hacia el hombre que, sin saberlo, le había salvado la vida. El odio de un primer momento fue dejando paso a cierta admiración por el joven corsario. Alababa su capacidad de dominar a su antojo a un atajo de hombres rudos y mayores que él. Era inteligente y sabía muchas cosas. Poco a poco fue creciendo cierta cordialidad entre ellos. Moraví se movía libremente por las dos cubiertas del barco. Los hombres de Girlock clavaban sus ojos en ella pero todos la trataban con mucho respeto. Nadie cometería el error de ir contra las normas de su jefe, y una de ellas era no molestar a Moraví. Quien osara tocarla sería arrojado de inmediato a los tiburones. El corsario guió la galera hacia el sur de Hispania, tal y como le prometió. Pero una vez cerca allí, Moraví comprendió que no tenía sentido el regreso. No había nada que la atara al sitio. No había nadie esperando. —¿Qué sucede? Hemos llegado, eres libre. —Girlock sentía quedarse sin su compañía pero a la vez estaba satisfecho de devolverla a su hogar. —Todo es diferente. —Explicó Moraví. —No hay nada que me ate a este lugar. —¿Entonces qué harás? —Yo..., aún no lo sé, quizás me enrole en algún barco. Girlock pensó que la joven deliraba. —¿Te has vuelto loca? ¡Nadie te cogerá como grumete, ni siquiera como cocinera? ¿Quién querría enrolar en su barco a una... (tibuteó) a una hermosa joven que no haría más que complicarlo todo? —Puede que tú. Moraví lo estaba volviendo loco. Ya era bastante difícil para él tener que aguantar la tentación de intimar más con la joven. ¡Y ahora le pedía viajar con él! Su mente le indicaba soluciones razonables, mientras que su corazón se movía por un camino ilógico. —¡Escucha! ¡No puedes venir conmigo! —musitó él muy quedamente. Moraví escondió su rostro. No sabía qué le estaba pasando pero tenía claro que no quería alejarse de Girlock. Entonces el hombre le agarró suavemente la barbilla y, alzando su cara, la enfrentó a su mirada. Moraví podía sentir cómo Girlock miraba a través de su alma. Hasta cierto punto se sentía completamente desnuda, con sus sentimientos expuestos cual libro abierto. —¿Por qué quieres quedarte? Éste es tu mundo. Estarás entre los tuyos —le dijo con voz suave, intentando convencerla. —No. Llevo mucho tiempo lejos de aquí. Nadie me espera. — Por una vez en su vida Moraví tenía tentaciones de suplicar. De alguna manera sentía que Girlock era una puerta abierta hacia una nueva vida. El corsario no podía soportar ver la angustia que se estaba formando en los luceros azul claro, por lo que resignado hizo una nueva proposición. —Está bien. Podrás quedarte, pero como uno más entre la tripulación. —El velo de angustia en los ojos de la muchacha se fue apagando. —Tendrás que ganarte la comida, y si te metes en líos con los marineros, deberás defenderte tú sola —continuó el hombre. Ahora Moraví sonreía abiertamente. —Quiero recuperar mi camarote, así que si quieres quedarte en él y no dormir con la tripulación tendrás que dormir en el suelo. —Girlock quería ponérselo difícil. —Eso no será problema —contestó Moraví convencida. —No será fácil, así que deja de sonreír de una vez. —La brusquedad de sus palabras le dejó sorprendido. —Vete ahora. Moraví se alejó y lo dejó solo. Girlock se preguntó entonces cuánto tiempo pasaría antes de que no aguantara más su atracción por la joven. El tal Barracas tenía razón en una cosa, Moraví era una diosa. Esa misma noche, después de volver a desviar el rumbo de la nave, Girlock se entretuvo durante horas mirando las estrellas. Pensó en dividir su camarote en dos, de ese modo no se vería tentado por la belleza de Moraví. La joven era lista, y estaba convencido de que se haría un puesto entre los suyos. Su fuerza no pasaba por alto y, pese a su juventud, tenía un cuerpo bien formado y musculoso. Cuando regresó al camarote, en la penumbra pudo notar el bulto que denotaba que Moraví estaba dormida en el suelo, lejos de la cama. Con su respiración constante y tranquila, estaba claro que confiaba en él. Girlock pensó que ése no era lugar para una diosa. Él podía dormir en el suelo. Sin pensarlo dos veces se acercó a la joven y la despertó agitándola suavemente del hombro. Moraví dio un respingo y se puso alerta. —Errr..., lo siento. No quería asustarte.
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    —Pues lo hashecho —contestó la joven con un tono tenso. —¿Sucede algo? Girlock se sentía algo ridículo. —No..., no. Sólo quería comprobar que estabas bien, y... bueno, proponerte que te acuestes en la cama. Moraví lo miró asombrada, con los ojos muy abiertos. Estaba empezando a pensar que se había equivocado con Girlock, aunque si quería ser sincera, en el fondo la idea no le parecía tan mala. Girlock, al comprobar la reacción de la morena no le dejó tiempo a replicar. —Yo me acostaré en el suelo —resolvió. —Pero ese es tu lecho. Habíamos hecho un trato y yo estoy de acuerdo con quedarme en el suelo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Lo sé, pero durante estas semanas he estado durmiendo sobre tablas y no sé si seré capaz de coger el sueño en una superficie tan blanda —mintió descaradamente. —Podías haberte inventado una excusa mejor —pensó. —¿Y si nos turnáramos?. Ya que yo estoy en el suelo duermo esta noche aquí y mañana lo harás tú — Pensó que con eso dejaba zanjada la estúpida cuestión, así que se volvió a acomodar y le dio la espalda a Girlock. El corsario quedóse como un tonto, mirando el cuerpo tranquilo de la durmiente. Con un bajo —de acuerdo —se dirigió a su cama y se acostó. Por supuesto, no durmió en toda la noche. Lo que el rubio hombre no sabía es que Moraví tampoco durmió, sintiendo toda la noche cómo un flujo de sensaciones desconocidas hasta ahora se hacían dueña de su cuerpo y su mente. Al día siguiente todo pasó en el barco con normalidad. Moraví se entregó de lleno al trabajo, aprendiéndolo todo muy deprisa. Tuvo un pequeño percance con un marinero, pero salió airosa y sin pelear del encontronazo. Durante todo el día, muchacha y corsario se esquivaron, sintiendo que llegara nuevamente la noche. Después de que el sol se escondiera en el horizonte la noche anterior empezó a repetirse. Moraví regresó al camarote, mientras que Girlock se entretuvo con los marineros durante largo rato. Fue el último en irse a dormir, con la esperanza de que la joven se hubiese entregado ya al mundo de los sueños. Cuando entró en el camarote no pudo evitar la tentación de acercarse al lecho y comprobar que estaba dormida. Nuevamente notó la respiración tranquila de la joven. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, se clavaron en el rostro de Moraví, estudiando cada detalle del mismo. Se sentó en el borde del lecho y, sin apenas tocarla, pasó sus dedos por la cara de la mujer. Ella no se alteró, por lo que Girlock llegó a la rápida conclusión de que estaba profundamente dormida. —Bien —pensó, dispuesto a seguir un rato más recorriéndola con la mirada. Esa noche hacía bastante calor, por lo que Moraví se había acostado sobre las mantas. Girlock podía imaginar cómo era el cuerpo escondido bajo las ropas de la mujer. Ese pensamiento alteró sus hormonas, así que bruscamente sacudió su cabeza y se dispuso a levantarse y alejarse de allí. Una mano lo agarró del brazo. —Quédate. Las palabras cayeron como un jarro de agua fría. —Aquí hay espacio para los dos y... después de todo es tu lecho. —Moraví explicó con voz ronca y suave. La mano de ella sobre su brazo ocasionó un cosquilleo por la espalda de Girlock. Estaba muy nervioso. —Creo que eso no sería una buena idea —contestó turbado. —¿Acaso no te gusto? —Oh, no. No es eso. Es sólo que yo... bueno, tú no... pensé que... —Girlock se quedó sin respuesta. ¡Claro que deseaba quedarse! Una amplia sonrisa se apoderó del rostro de Moraví, quien tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse sonoramente. Siempre había visto a Girlock seguro de sí mismo, tomando el control de las distintas situaciones que surgían en su camino. Pero ahora se comportaba como un niño, totalmente inseguro. —Habrá que ayudarle entonces —pensó. —Acuéstate —ordenó con suavidad mientras tiraba de su brazo. Girlock se dejó llevar, hasta que recostó su cuerpo al lado del de ella. No estaban pegados pero podía sentir el calor que se desprendía del otro lado del lecho. Moraví soltó su brazo. De inmediato Girlock sintió la pérdida de su contacto y emitió un sordo gemido como protesta. Se sentía agarrotado y nervioso, incapaz de moverse del sitio. La joven se apoyó en su brazo, con la mano acunando su cabeza. Sus ojos observaban al hombre. Con la mano libre masajeó el brazo derecho de Girlock. —¿Te encuentras bien? —preguntó preocupada por la falta de reacción. —¿Eh?... Oh, sí. Estoy bien. —¿Quieres que me vaya? —ahora era ella la que se mostraba algo insegura. Haciendo acopio de valor, Girlock se incorporó de lado, la atrajo hacia sí y rozó los labios de la joven con los suyos propios. —No. No quiero que te vayas. La mano de Moraví dejó el brazo y alcanzó la tez de la cara de su compañero. Con el pulgar acarició su mejilla hasta alcanzar sus labios, donde se detuvo. Girlock estaba perdido bajo el influjo de esos ojos de un intenso azul claro. Eran hipnóticos. La suave caricia de la mujer le erizaba los pelos. Con delicadeza agarró la mano y la besó. Moraví retuvo la respiración, ignorando el nudo y el hormigueo que se formó en la boca de su estómago. Quería probar esos labios, así que empujó al rubio, acostándolo sobre su espalda y lo besó en profundidad agachándose sobre él, gozando de la suavidad de
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    sus carnosos labios.La lengua de Girlock se abrió camino, incitando a Moraví a entreabrir los labios. La mujer morena pudo sentir la lengua entrando hasta encontrarse con la suya. Las dos bailaron juntas en una misma danza, recorriendo todos los caminos posibles, saboreándose el uno a la otra. Con la respiración entrecortada y los suaves gemidos sin procedencia, hombre y mujer se separaron despacio. Ojos azules miraron a ojos grises y ambos se perdieron nuevamente en un mar de sensaciones. Hubo un nuevo beso, intenso pero más suave que el anterior. Girlock, incapaz de permanecer quieto, buscó el contacto de la piel con sus manos, infiltrándolas por debajo de la ropa. Moraví sentía el calor y la presión de las manos que recorrían su cintura y marcaban un camino lento sobre su espalda. Las manos de Girlock fueron capaces de transportarla a otra realidad, dentro de un mar de sensaciones. Ella deseaba desesperadamente ese contacto. —Siii... —dijo entre beso y beso. Girlock abandonó entonces la suave boca, buscando la garganta de la joven. Cuando encontró su objetivo se entretuvo lamiendo y chupando. Su alma se extasió al sentir el ronco suspiro de Moraví como respuesta. —¡Oh! Dios... hmmm! — VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Moraví acarició el tórax de Girlock con sus pechos. La espalda se arqueó como respuesta y una oleada de calor se apoderó de él. —Despacio —se decía a sí mismo, temiendo perderse en el camino. Intentó escaparse de la joven para quitarse la ropa. —¡Ah, ah, ah! —lo detuvo al darse cuenta. —Déjame — Le fue desabrochando la camisa poco a poco. Cuando separó los dos primeros botones de la parte superior de la camisa, se tomó la libertad de besar, lamer y mordisquear todo lo que pudo de su expuesta piel. Una nueva ola de placer recorrió la espalda del joven rubio. —Mmm... Ella sentía cómo poco a poco la humedad se iba apoderando de su sexo. Desesperada arrancó de un tirón el resto de los botones y abrió la camisa del varón. Quería degustar todo su cuerpo. Se lo comería allí mismo. Girlock, sorprendido por la fuerza de la pasión que se apoderaba de la mujer, reaccionó de la misma manera, arrancando violentamente desde atrás las ropas que le impedían mantener un contacto directo con la tan deseada piel. Moraví dejó que se las quitara del todo. Los cuerpos se abrazaron, piel contra piel, entrando en un armónico movimiento. Moraví presionó con sus caderas, apretando pubis contra la zona más sensible y necesitada de su compañero. Un ronco gemido fue arrancado de la garganta de Girlock tras sentir el calor y la suavidad contra su vara. —A este juego pueden jugar dos — pensó. Sin dejar de besarse, las manos inquietas de Moraví se dirigieron al calzón, desatando los nudos. Entonces aflojó la presión de su cuerpo y se sentó sobre él. De ese modo pudo bajar el calzón. Girlock terminó de sacarlo arrastrándolo con las piernas. Con Moraví sobre su estómago podía sentir cómo aumentaba la presión de su miembro viril. Él deseaba montarla y ella no era menos. Conducido por su deseo la tomó por la cintura y la colocó sobre su miembro. Moraví facilitó el camino, cogiendo el pene con una de sus manos y permitiendo el paso a través de su gruta. Una cueva caliente y acogedora, húmeda, rugosa, suave y excitante. A partir de ese momento comenzaron una nueva danza, acompañada de movimientos acompasados y gemidos sensuales. Ella lo sentía plenamente dentro, y disfrutaba de ello. Él no sabía cuánto tiempo aguantaría sin explotar. Quería aguantar, quería satisfacer a la mujer hasta extasiarla. A su Diosa. Abrió los ojos y se encontró con el rostro apasionado de Moraví. —Oh, dioses — Moraví llevaba el ritmo, acelerándolo más y más. Las manos de su amante estaban ahora sobre sus nalgas, agarrando con fuerza. Ella tenía apoyada sus palmas sobre el pecho de Girlock, donde podía coger los henchidos pezones del hombre. La temperatura se elevaba sin control, aquella presión... el aumento de los gemidos, cada vez más prolongados. La pasión descontrolada, la locura. —Oh, Girlock. Con sólo decir su nombre, el joven rubio sintió su pecho explotar. Ya no podía soportar esa locura y tomó las riendas, acelerando aún más el movimiento, frotando su pene contra las cálidas paredes. Su mano se deslizó hacia el clítorix de la joven, pellizcándolo suavemente con sus dedos. —Sii... ohhh ... sí —la mujer podía sentir el foco de su deseo ganando más intensidad en cada movimiento. El pulso a través de su sexo cobraba más fuerza. Girlock la guiaba por el camino de esa locura. Elevándose, alcanzó con su boca uno de los pechos de Moraví y lo succionó con pasión. El dolor aumentó la presión apasionada en su sexo, guiándola hasta el orgasmo. Entonces Girlock no pudo aguantar más y ambos estallaron en un último canto de gemidos profundos. Cuando lograron recuperarse, él salió de ella y la abrazó fuertemente. Ella se dejó acunar en ese cuerpo vigoroso que era capaz de arroparla con dulzura, y de ese modo se adormecieron. Al año de conocerlo ya estaba locamente enamorada de su persona, y además ¡¡qué diablos!!, le encantaba revolcarse con él, sin ningún tipo de prejuicios. Y es que Moraví, pese a su juventud, era realmente apasionada, al igual que su esposo, así que hacían el amor una y otra vez descubriéndose y reconociéndose mutuamente en cada contacto, probando docenas de posturas, improvisando en cualquier sitio. Así disfrutaban de cada noche hasta quedar totalmente extenuados. Entonces Girlock, como hizo desde el primer día, la abrazaba con dulzura y ella apoyaba su cabeza en el adorado pecho, pasando un brazo alrededor del estómago de su amante, dejándose acariciar hasta dormirse. Nunca se lo dijo, pero amó a su esposo. Ahora lamentaba haberlo callado para sí, aunque en el fondo de su corazón sabía que Girlock conocía ese sentimiento. Era evidente que lo amaba cuando estaba con él, retozando en el lecho, guiándole hasta hacerle perder la cabeza. Sabía cómo acariciar a su esposo, cómo trabajar con el miembro viril que tantas satisfacciones le proporcionaba cuando ambos estaban entrelazados. Y Girlock la conocía y respondía con la pasión que ella esperaba. Disfrutaba antes, durante y después del coito, algo que no conseguía con otros hombres que fueron pasando por su vida. Claro, que a ninguno lo amó como a su corsario,.... bueno, era más correcto decir que a ningún otro había amado. En cuanto a su pasión todos los hombres tenían una reacción similar a la de su corsario, aunque ella no respondiera de igual manera. Moraví poco a poco fue descubriendo esa arma femenina con la que contaba, algo que tenía que ver directamente con su
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    sexo. Un sexoque trastornaba a los varones y los hacía muy vulnerables. En cierta ocasión un hombre le confesó que había estado con muchas mujeres, pero ninguna que tuviera un sexo tan suave, limpio, perfumado y sabroso como el suyo. Murió a las pocas horas. ¡Bastardo mentiroso! ¿Acaso tanto poder tenía un coño por muy suave, limpio y perfumado que fuera? Era evidente que sí pues eso volvía locos a todos, perdiendo la cabeza hasta el punto de confiar plenamente en ella. ¡Ja! ¡Gran error! Manipulándolos de esa y otras maneras, fue vengándose de cuantos pensaba que debían ser eliminados, por poseer a otras personas, por obligarlas y empobrecerlas, por esclavizarlas o bien por humillarlas. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Después de morir su esposo y recuperarse del daño físico causado, su sed de venganza hizo que se dirigiera a la costa, con los corsarios, como una más entre ellos. Sus incursiones marinas la habían llevado hasta sus propios esclavistas, a los que mató sin piedad, después de humillarlos y despojarlos de todas sus riquezas. De este modo ella había conseguido su propia galera, con la que viajaba cada vez que sentía la necesidad de hacerlo. Había aprovechado muy bien las lecciones de navegación que les fueron dadas por su esposo, y es que siempre fue muy observadora. Ahora todos los marinos la reconocían, la temían y sobre todo, la respetaban. Era peligrosa en el mar, una enemiga formidable a la que la gente temía dentro y fuera del agua. Una pirata de los pies a la cabeza. Y lo sabía. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Merón fue interrumpido cuando preparaba un nuevo y revolucionario ungüento. Los ligeros e inseguros golpes en la puerta le hicieron perder la concentración, vertiendo más contenido de alcohol del que debía, produciéndose como consecuencia una pequeña explosión que mandó al traste varias semanas de trabajo. —¡Maldita sea! —Con aspecto cansado y muy enfadado se acercó a abrir. Al hacerlo, la luz del exterior le deslumbró, por lo que no pudo distinguir quién estaba al otro lado de la puerta. —¿Merón, estás bien? —la voz le llegó claramente a sus oídos. —¡¿Mora?! —respondió con un tono de sorpresa. Inmediatamente su enfado desapareció. —Si, humm... estoy bien, si. Pero pasa, no,.... no te esperaba. La mujer entró, observando sin descaro el desorden dentro de la cabaña. Un olor irreconocible inundó sus fosas nasales. — ¿Seguro que estás bien?, huele como a... ¿quemado? —No te preocupes, sólo estaba haciendo un experimento que simplemente no salió bien. —Le respondió con un tono de resignación en la voz. Estaba un poco confuso por la repentina visita. —Y bien, ¿qué te trae por aquí? — Moraví se mostraba distraída curioseando por las estanterías. —Oh, nada en especial. Sólo estaba de paso. —Ajá. —Merón era listo, no se le podía engañar fácilmente. Eso era algo que la morena sabía, pero no estaba preparada para hablar con él. De todos modos qué le diría, ¿que la presencia de una joven pelirroja le había devuelto sus pesadillas? —Estás liado en algo nuevo, por lo que veo —dijo para romper el intenso silencio. —Si, he descubierto una nueva planta medicinal, y estoy sacándole todo el provecho que puedo. ¿Y, qué hay de ti?. — — Estoy con Helen y Trebor, ya sabes, descansando. —Su aldea queda lejos de aquí como para que te quede de paso acercarte, ¿no crees?. —Merón estaba seguro de que había un motivo oculto en la visita. Moraví le lanzó una intensa y dura mirada. —¿Preferirías que no viniera? —No, no es eso. Es una grata sorpresa, hacía ¿cuánto?, dos años... —Si, demasiado tiempo —le interrumpió. Volvió a producirse un molesto silencio antes de que Merón se dirigiera de nuevo a la joven. —¿Qué tal en la aldea? ¿alguna novedad?. —El curandero no tenía precisamente el don de palabra, pero de alguna manera debía llegar al corazón de Moraví para poder ayudarla, si es que era por eso por lo que había venido. —Todo va bien. Trebor está algo más viejo, pero todavía mantiene su vitalidad, y Helen sigue igual que siempre. Parece que los años no pasan por ella. —Si, es una gran mujer. —Al recordarla sonrió. —¿Algo más? —¿A qué te refieres? —le retó. —No se..., a nada en concreto. Las cosechas, los aldeanos, alguna enfermedad nueva... —por todos los medios intentaba que Moraví siguiera conversando. —Este año la cosecha a sido buena, según parece. El poblado a crecido un poco, con dos nuevas familias y... hay una nueva chica. —Respondió quitándole importancia a lo que decía. Merón intuía que iba por buen camino, así que no se demoró en preguntar, aunque eso si, aparentando ser algo casual. — ¿Una chica joven? ¿de dónde salió? —Oh, bueno..., la encontré en el bosque. No tenía a dónde ir y la llevé a Swett —ella también hacía lo posible para parecer casual, pero Merón percibió un momento de debilidad en su mirada.
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    —¿Es bonita? —Lapregunta no sólo sorprendió a la morena. El barbudo reconoció que no era propio de él ese tipo de preguntas, pero ¡qué demonios!, ya estaba hecha. —¿Que si es bonita?, bueno, es, es... pelirroja, o casi. Y también es bastante joven..., y parece lista, si. —Casi no supo qué responder. ¡Menuda pregunta! Al ver la cara de desagrado de Moraví, el hombre se apresuró a la defensiva. —Bueno, soy un hombre, no deberías extrañarte tanto por la pregunta. —¡Oh, si!, perdona, es que a veces se me olvida —fue la irónica respuesta. —Vale, pero sigues sin contestar a mi pregunta. —Está bien. Si, es muy bonita —dijo con tono aburrido. Ahora sus ojos dirigidos al hombre se mostraban furiosos e impotentes. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Ves como no era tan difícil? —Viejo verde —dijo Moraví por lo bajo, con la consecuente sonrisa socarrona del curandero. Al menos ahora no se mostraba tan aturdida como cuando llegó a su puerta, pensó. —Y bien, ¿cuándo la traes para conocerla? —siguió con el mismo tono desinteresado. —No creo que eso ocurra. Yo me iré pronto, así que te perderás la ocasión. —El carácter desenfadado de la absurda conversación le había cambiado el humor, por lo que hablar con Merón se hacía cada vez más fácil y más agradable. —Oh, es una pena. Aún no había terminado de decir la frase cuando un crujido sorprendió a la pareja. Enseguida Moraví se puso alerta y Merón le indicó en voz muy baja, —Por detrás Moraví lamentó no llevar sus armas encima. La embravecida huida del granero no había sido buena en ese aspecto. Con sigilo salió por la ventana lateral, mientras que el curandero lo hizo por la única puerta de la cabaña. Ambos se dirigieron a la parte posterior de la casa, por distintos lados. Moraví avanzó más deprisa, pero con la frialdad que le caracterizaba. El hombre no intuía nada bueno, por lo que no pudo remediar que un sudor frío apareciera en su rostro y sus manos. Se asomaron por las esquinas, sin ver a nadie, sólo los grandes y retorcidos árboles del bosque. Moraví avanzó un poco más, segura de que si había alguien no sería esa su posición. Un —crack —le indicó que su amigo estaba en peligro. —¡Augh! —el curandero cayó al suelo, sentido de un fuerte golpe en la nuca. Inmediatamente el agresor se enfrentó blandiendo su espada contra Moraví. Ésta no evitó que una sonrisa malvada, quizás fruto de la excitación ante la batalla, adornara su cara. El malvado caballero gruñendo se abalanzó contra la mujer con una rapidez sorprendente, la punta de su espada dirigida a su corazón. Moraví tuvo tiempo de ladearse hacia la izquierda, siendo rozada por la espada en su costado derecho. Con el codo del mismo lado golpeó desde atrás la columna vertebral del hombre. Rápidamente comprobó el daño ocasionado cerca de su cintura. No era importante, aunque sangraba. Todavía sin haber caído el hombre al suelo, tres atacantes más la rodearon. De inmediato giró sobre su eje, con la pierna izquierda izada por encima de su cintura. Con golpes directos a la mandíbula de cada uno, los derrotó momentáneamente. Consciente todavía del peligro, con un salto acrobático salió del círculo, situándose detrás del hombre que golpeó a Merón, que aún estaba en el suelo. Pasó su brazo alrededor de su garganta y apretó, hasta dejarlo casi asfixiado. Entonces no salió de su asombro cuando uno de los otros tres atacantes, un hombre bastante fornido, se abalanzó contra ella, clavando intencionadamente una daga al compañero que le servía de escudo. Inmediatamente los tres desaparecieron con la misma rapidez con que habían aparecido, dejándola allí, con el hombre herido de muerte en sus brazos. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Una leve luz que se hacía cada vez más intensa. Unas formas abstractas que se iban definiendo. —¡Uff!... ¿Mora? — — Shhh... Estoy aquí, no te preocupes. Merón se incorporó, apoyándose sobre sus codos. El dolor en su cabeza era insoportable. —¿Cómo...? ¿Qué ha pasado? — acertó a preguntar. Moraví empapó un paño en agua de menta y se lo puso en la nuca, donde aparecía un vivo rojez debido al golpe de la empuñadura de una espada. —Tranquilo, todo está bien. Nos atacaron, pero ya no hay peligro. —Fue la corta explicación de Moraví. —¿Sabes quienes eran?. —La menta ayudaba a despertar, y el curandero se sentía cada vez más despabilado. —Aún no he tenido tiempo de averiguar nada, pero hay uno muerto ahí fuera —la joven se expresaba con mucha tranquilidad. Estaba segura de que el extraño aspecto del caballero le daría pistas suficientes como para dar con sus agresores y saber de qué grupo o a qué casa feudal pertenecía. Con las prisas, no había tenido tiempo todavía de fijarse, pero después de todo, el muerto no se movería, por lo que ya lo estudiaría más tarde.
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    Ahora Merón vaciló,conocía la furia que se apoderaba por momentos de su discípula, algo que era completamente irracional y que la convertía en el animal más salvaje y sanguinario. —¿Lo hiciste tú? Por un momento los ojos de Moraví se dirigieron a un mundo irreal. Pronto su mente estuvo de vuelta, mirando al hombre sin expresión. —No, eso es lo extraño —emitió un lento suspiro. —¿A qué te refieres? La respuesta de Moraví no se hizo esperar, contándole con todo detalle cómo había sido el rápido asalto y sus consecuencias. Merón escuchó atento el relato de la mujer, como queriendo revivir los hechos. —Vamos, ayúdame a levantar. Quiero ver a ese hombre. —Como quieras —La mujer lo ayudó a levantar y salieron a la parte de atrás de la cabaña. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Cuando llegaron Moraví se mostró preocupada y nerviosa. Soltó el brazo del curandero y se acercó al lugar exacto de la tragedia. Agachándose tocó la tierra bajo sus pies. ¿Y el cuerpo?. Estudió detenidamente el lugar para comprobar si había alguna pista que le indicara que se lo llevaran arrastrándolo. Nada. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Una confusa Moraví se dirigió a Merón sin decir una sola palabra. —¿Estaba aquí? —preguntó el hombre, sabiendo la respuesta. La morena asistió con la cabeza. —No se qué pudo haber pasado. No he oído a nadie, y no hay rastro. —La mujer se mostraba algo frustrada y confundida. Entonces los dos se miraron directamente a los ojos, y al unísono levantaron la vista hacia el cielo.  Allí lo encontraron, colgando de un abeto, a tres cuerpos por encima de ellos. Moraví creyó que el corazón se le saldría por la boca. —¿Cómo demonios llegó ahí arriba?. Yo no he percibido nada —pensaba. —¿Seguro que no oíste nada? —fue la pregunta del barbudo, como eco de sus pensamientos. —No, sólo el viento. —Al decirlo se dio cuenta de que en ese momento no corría ni una ligera brisa de aire. Buscando en su mente recordó que tampoco hubo viento durante el ataque, si así hubiese sido le habría costado menos percibir a los asaltantes que aparecieron después. Su piel se estremeció, cosquilleando de la cabeza a los pies. —Vamos, hay que bajarlo de ahí. —El hombre también estaba asustado, sobretodo porque tenía una ligera idea de lo que podía haber pasado en su ausencia. Si su intuición era correcta, sus amigos estarían en grave peligro. Continúa...
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    Falta esta partepor un virus que se comió la página. Estpy en espera de que la autora me reenvíe el capítulo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Mientras puede esperar o seguir en la parte 5
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      L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 5 ª P A R T E . Autora: Obeluxa VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L DRAGONES, MAZMORRAS Y CUENTOS DE HADAS (2ª Parte). Su sentido común y su prudencia hizo que fuese más despacio. Había salido de Swett bajo una enloquecida carrera que amenazaba con reventar al caballo, además, corría el peligro de tropezar con cualquier obstáculo que se presentara en la densa noche. Moraví estaba muy confundida. Por su mente pasaban continuas escenas del pasado. Un pasado que parecía repetirse diez inviernos más tarde. Pero a pesar de ello, hizo lo posible por que sus pensamientos no influyesen en su estado de ánimo. Debía mantener la cabeza fría, pendiente de lo que se pudiera encontrar. La mujer apenas podía distinguir los árboles en la oscuridad. Una intensa niebla se apoderó de esa parte del bosque, dándole un aspecto tenebroso y maligno, como si detrás de cada árbol se encontrara un alma hambrienta de venganza. Moraví decidió apearse e ir por delante de la montura, llevando al caballo por la brida. Aquellos parajes eran totalmente desconocidos. Cuando había avanzado apenas unos metros, la mujer morena frunció el entrecejo, insegura. Con los ojos bien abiertos y los sentidos alertas, la pirata detuvo su marcha. Una premonición le hacía suponer que algo estaba a punto de ocurrir y no era bueno. Algo estaba al acecho. Una presencia extraña. Ojos que vigilan. Moraví podía sentirlo... Una energía diferente. —Esto no me gusta nada. —susurró para sí. Una corriente electrizante le puso los pelos de punta y sus manos se volvieron sudorosas. El repentino aumento de adrenalina amenazaba con paralizar sus miembros. De repente, seguida por su instinto se giró en redondo y pudo ver de reojo la presencia de una sombra fugaz. Clavó sus ojos en la maleza sin hallar nada. Interiormente trató de calmarse, "Tranquila, es fruto de tu imaginación, nada más". Pero no estaba tranquila. Sabía que una presencia extraña estaba ahí. Ella la había visto, cercana, amenazante. Avanzó cuidadosamente, adentrándose aún más en la densa bruma. El silencio era más aterrador que el ambiente. La pirata podía oír los latidos de su propio corazón. Pensó que cualquiera que estuviese allí más de una semana, podría volverse totalmente loco. Un escalofrío recorrió sus entrañas cuando un extraño olor invadió sus fosas nasales. Aquello no era niebla sino algo que salía desde la tierra, era el olor longevo de la muerte. Al pensarlo fríamente se dio cuenta de que se trataba de fósforo, producto de la descomposición de la materia ósea. ¿Estaría acaso profanando las tumbas de algún cementerio antiguo?. Esperaba que no. Siempre se mostró incrédula ante muchas cosas, pero ahora era un ser indefenso que se sentía como cordero en medio de una manada de lobos. Las dudas sobre lo desconocido la llevaban a aquellas antiguas historias sobre animales sagrados que eran el instrumento de una venganza horrible. Se decía que a través de ellos, espíritus del bosque se vengaban de aquellos que osaban profanar las tumbas de quienes habían vivido en paz y armonía con la naturaleza. —Demonios. —susurró con la intención de romper el silencio. —Nunca he estado en esta parte del bosque. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si la ruta que tomaron aquellos soldados no era la que ella había seguido y todo era una trampa? Daba igual, de todos modos. No había vuelta atrás, fuera lo que fuera lo que le esperaba en el lugar, debía seguir avanzando. Moraví desenvainó la espada con movimientos lentos y sigilosos; acto seguido, continuó su camino. La morena dio un respingo cuando Blackfire relinchó asustado. El caballo se resistía a seguir avanzando. "¡Maldita sea!", pensó, "Y ahora, ¿qué? ". —Vamos. —lo animó. —No podemos quedarnos aquí. Cálmate. La mujer le acarició la crin para darle confianza y siguieron avanzando despacio. Cuando parecía que iban a alcanzar el final de aquel cementerio, un nuevo olor asaltó su nariz. Era un aroma que conocía de sobra: el olor de la sangre y el fuego. Buscó con la vista, entre la oscuridad alguna llama encendida, pero no encontró nada. Sintiendo aún cerca de ella la presencia de un ser inhumano, caminó de espaldas, mirando el camino que había dejado atrás. Sus ojos de acero entrecerrados y fijos en la oscuridad. Tan pendiente estaba de la energía amenazadora que tropezó con algo que casi la hizo caer. Cuando miró detenidamente se dio cuenta de que se trataba de la figura de una mujer. Consciente de la situación se agachó para comprobar el pulso. "Nada, está muerta".
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    Sin bajar laguardia palpó el cuerpo aún caliente, buscando alguna señal de herida. Sus manos recorrieron el cuerpo inerte hasta que encontró una oquedad en el bajo abdomen. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar cuando su mano se introdujo con facilidad en el hueco dejado por un enorme desgarro. El interior estaba vacío. —¡Maldita sea! —gruñó. Calculó el largo y el ancho de semejante abertura. No podía ver, pero sí que podía hacerse una idea del tamaño... Quería hacerlo, quería conocer la causa de la muerte. Nunca había visto una herida semejante. Dejó sus pensamientos atrás y a toda prisa encendió un fuego. Después de todo no le costó tanto trabajo, con tanta piedra impregnada de fósforo. Con una pequeña antorcha se dirigió a la maleza para confirmar que estaba sola. Pero no era así. Allí, frente a Moraví se encontraba un ser vigilante, con sus ojos fijos en ella. Oyó relinchar de nuevo al caballo, nervioso. Su primera reacción era echarse a correr hasta desaparecer del lugar tenebroso. Claro que eso no era propio de alguien como ella, y lo sabía. Así que, haciendo acopio de valor, se acercó más. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¡Ahhhhhh! Un fuerte ruido, producido por ramas rotas la hizo retroceder y de la maleza, salió volando un bicho de gran tamaño. El animal arremetió contra ella asustado por la luz y, tras golpearla y tirarla al suelo, siguió su huida hasta perderse de vista. Lo vio alejarse. Bajo el efecto de histeria, tuvo ganas de echarse a reír. Se trataba tan sólo de un búho de gran tamaño. Aunque, si sólo era eso, ¿por qué seguía sintiéndose observada? Pregunta sin respuesta. Quizás fruto de la angustia sufrida. Pasado el susto, Moraví se acercó de nuevo al cuerpo. Su corazón le dio un vuelco al ver de quién se trataba. Efectivamente era una de las cuatro mujeres raptadas de Swett. Con el rostro ceniciento, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no marearse. Pero no lo consiguió. Las náuseas amenazaron con contraer su estómago al observar ahora la herida, y sin poder evitarlo, acabó vomitando a un lado del cadáver. Cuando el estómago se calmó y tras una larga pausa, dirigió de nuevo su mirada al cuerpo de la mujer. —Dioses, ¿qué pudo causar semejante herida? —dijo con voz vacilante. Moraví tenía conocimiento de la existencia de ritos y sacrificios donde se utilizaban a animales e incluso humanos, para la adoración de algún dios o espíritu maligno, pero ninguna descripción conocida se asemejaba a lo que podía haber sucedido en este lugar. En el bajo vientre de la joven había una abertura muy grande, fruto del desgarro de la zarpa de alguna bestia salvaje. Eso sí, sería una bestia realmente grande. Nunca había visto nada igual. Además, los bordes de la herida estaban quemados. No había sangre. La habían destripado. La habían dejado hueca y la habían... ¿quemado? Pero, ¿cómo? Tampoco se encontraban ojos en su lugar y las uñas de las manos estaban arrancadas. Lo más extraño de todo era la falta de humedad en el cuerpo. No quedaba ninguna gota de sangre. Todo estaba seco. La sequedad de la mujer muerta era contraria a la humedad de Moraví que no dejaba de transpirar. Un sudor frío le corría por el rostro, dándole un aspecto aún más ceniciento y cansado. Las manos no estaban en mejor estado. Con movimientos tensos se las secó en el calzón. Después siguió estudiando el cuerpo, intentando descubrir qué posible bestia era capaz de producir una muerte tan siniestra. Ante la mirada del horror, Moraví casi se pierde. Una nueva oleada nauseabunda hizo que se encogiera otra vez. Nunca había visto una muerte tan cruel. Sólo esperaba que la pobre muchacha no hubiera sufrido demasiado. Aunque sabía que eso era engañarse a sí misma, ya que los responsables de semejante matanza seguro que buscaban una muerte tormentosa y lenta. Moraví no pudo soportar más aquella visión, así que se alejó del cuerpo sin darle la espalda, cogió las riendas de su montura y se alejó de allí, con los ojos nublados por el dolor y el pánico amenazando con paralizar su corazón. Y con la siempre presente sombra que amenazaba con saltarle encima en cualquier momento. Sentía no poder enterrarla dignamente, pero el tiempo no estaba de su lado en estos momentos. Sólo esperaba no encontrar al resto de las mujeres en igual estado. Se acongojó sólo de pensar que la pequeña Aricán pudiera pasar por una situación similar. Tenía ganas de gritar,... de matar,... quería venganza. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Aricán abrió los ojos despacio. Las imágenes fueron tomando sentido en su cabeza. Cuando por fin recuperó del todo la memoria estudió la situación en la que se encontraba. Estaba oscuro pero, a pesar de ello, era capaz de darse cuenta del ambiente que la rodeaba. El claro balanceo y el ruido que
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    producían los cascosde varios caballos le hacían entender que se encontraba en caravana, dirigiéndose a sabe Dios dónde. No oía voces pero sabía que los jinetes estaban ahí. ¿Quién si no iba a dirigir esa caravana? Estaba atada de pies y manos, con el cuerpo doblado boca abajo sobre uno de los caballos, de modo que la cabeza y los brazos colgaban a un lado de la montura y las piernas al otro lado. Intentó erguirse pero el dolor de cabeza era insoportable. Debieron haberla golpeado fuertemente en la nuca, pensó. Desde su extraña posición, decidió ladear a ambos lados la cabeza para hacerse una idea de cuántos iban en semejante procesión. Delante de ella, hasta donde su vista alcanzaba, pudo ver seis patas de caballo, sumadas a la montura sobre la que se encontraba. Aunque era un número extraño, llegó a la conclusión de que habían dos caballos más. Al ladearse hacia el otro lado contó otros dos, aunque era difícil saber si realmente habían cinco caballos, pues la niebla le impedía ver más allá. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L El olor que desprendía el ambiente era extraño. No sabía identificarlo. La niebla procedía del suelo, ascendiendo espesa hasta casi alcanzar la altura del vientre del caballo. El lugar era algo fantasmagórico. La joven sentía cómo el miedo iba cristalizando en su interior. Sólo esperaba que el pánico no se apoderara de su ser y para poder reaccionar en el momento que tuviese la más mínima oportunidad. De repente la caravana se detuvo. Los jinetes se hablaron entre ellos en un lenguaje desconocido para ella. Mentalmente repasó los últimos acontecimientos, pero se perdía con frecuencia. Su memoria sólo le traía imágenes y escenas sueltas. La batalla en la aldea, ella protegiendo a Tora y luego... La muchacha de pelo dorado hizo grandes esfuerzos por recordar... Cuando aquellos extraños jinetes entraron en la cabaña, golpearon a Helen. Ella corrió para defenderla y uno de los hombres la golpeó por detrás, haciéndola caer inconsciente. Después de eso, sólo recordaba el lejano grito desgarrador de alguna mujer. No estaba segura de si era real o simplemente fue un sueño, pero la agónica muerte había quedado grabada en el subconsciente de la joven. Quizás se tratara tan sólo del murmullo del viento. Al pensar en ello se dio cuenta que en ese extraño lugar no se oía absolutamente nada. Ni pájaros, ni insectos, ni siquiera el ruido de las ramas al balancear sus hojas adheridas. Nada. Era como si el bosque estuviese muerto, con la muda presencia de los árboles viejos, castigados a ser testigos de la falta de vida. ¿Sería una premonición de lo que le ocurriría a ella? Ese silencio... El silencio de la muerte. Sólo de pensarlo, los pelos de los brazos se le erizaron y su pecho se estremeció con tanta fuerza que estuvo a punto de desmayar de nuevo. —¡Ahh!, pero... ¿qué hacéis? —sorprendida por el ataque, Aricán aulló dolorida cuando de un tirón la arrojaron al suelo. Su cuerpo maltrecho quedó desparramado por el suelo —Fin del viaje, hermosa. Nuestro Señor quiere que termines aquí. —Le contestó un jinete —¿Terminar? —dijo sin comprender. Aricán pensó que esa voz le era muy familiar. Los jinetes llevaban el rostro cubierto, pero ella hubiera jurado que reconocía al hombre que tenía delante. —¡Vamos, levanta! —ordenó el jinete. —No tenemos todo el día. Dicho esto, agarró a Aricán de un brazo y la levantó, tirando de ella con brusquedad. Un agudo dolor invadió a la pelirroja, cuyo cuerpo estaba entumecido por la postura en la que seguramente la mantuvieron por mucho tiempo. —¡Desatadla! —ordenó el cabecilla. Otro jinete se acercó y cortó las cuerdas. Cuando Aricán se vio libre de las ataduras se abalanzó contra el hombre que tenía en frente y le desenmascaró. Se quedó petrificada ante el rostro conocido: no era otro que Rod, el súbdito de Lord Weillor, jefe de la guardia. El que tantas veces la había forzado en el sexo. Rod la golpeó con fuerza, haciéndola caer a un lado. Un hilillo de sangre empezó a manar de la comisura de su boca. —Nunca oses hacer eso de nuevo, ¡puta! —el hombre la miró con profundo odio. —¡Agacha la cabeza, si no quieres que te la corte de un tajo! Aricán obedeció con el rostro nublado por la agonía de revivir otra vez experiencias pasadas. "¿Cuándo acabará esto?" pensó. —¡Dyamond! —ordenó Rod dirigiéndose al hombre que tenía relativamente más cerca. —¡Prepara los palos! No tenemos todo el día. El cabecilla se acercó a Aricán, acuclillándose a su lado. Cogiéndola de la barbilla la obligó a levantar la cabeza, enfrentando los ojos de la joven a los suyos propios. —Tranquila, pequeña. A mí ya no me sirves para nada. En el feudo hay más que son como tú, unas perras desagradecidas. Aricán intentó escaparse del agarre pero lo único que consiguió es que Rod la sujetara por el cabello con la otra mano, inmovilizándola. —¡Déjame! —¿Tienes miedo? Hum, la gatita tiene miedo... —dijo el hombre en un tono provocador. —No te preocupes, pequeña, yo no te voy a hacer nada. Te contaré un secretito. —El hombre se acercó a un lado de su cara, situándose a tan sólo un par de
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    centímetros. Aricán sentíacómo el aliento de aquel hombre que tanto le repelía inundaba su nariz. Rod le lamió la comisura de la boca, absorbiendo la sangre. Con gran regocijo, saboreó el rojo líquido vertido por su víctima. —Estás reservada para otro ser. Un ser terrorífico... —le dijo demostrando un gran entusiasmo en su tono de voz. — ¡Ja! Y yo me divertiré viendo la escena, que será... ¿cómo te lo diría?... ¡¡¡Brutal!!! Dicho esto la soltó y le dio la espalda sin parar de reír. —¿Por qué me haces esto? —La pregunta de Aricán iba más allá de los acontecimientos actuales. Había sentido la presión y el odio de aquel hombre desde que se lo tropezó por primera vez. ¿Cuál había sido su error? Rod se giró para mirarla una vez más. La pregunta quedó sin respuesta. Aricán lo vio alejarse. El temor había dejado paso a un profundo asco hacia la persona que la había humillado. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L De repente se sintió muy sola. El recuerdo de Moraví se volvía cada vez más lejano en su mente y la esperanza de salir con vida de ésta se apagaba con rapidez. Bajo el efecto de un shock, observaba impasible cómo aquellos hombres preparaban lo que parecía ser un sacrificio donde sería ella la ofrenda. Los miraba como si no tuvieran nada que ver con ella. Los jinetes habían colocado dos palos clavados en el suelo, separados el uno del otro a una distancia de medio cuerpo. Luego se acercaron a la joven, quien no ofreció resistencia alguna. La ataron a los palos de pies y manos, a modo de jarea. Aricán se vio a sí misma como una muñeca estropeada. —¡Bien! —gritó entusiasmado el jefe de la cuadrilla. —Esto está casi preparado. —Rod se acercó a la joven y le susurró. — Aunque falta un pequeño detalle... Dicho esto, hizo jirones la ropa de la mujer. El lugarteniente la miró con deseo. En parte era una pena desperdiciar el cuerpo que tanto placer le proporcionó en el pasado. Y es que Rod, siempre sintió debilidad por la chiquilla. Después de ser maltratada durante tanto tiempo, seguía conservando y mejorando su belleza a lo largo de los años. El rudo hombre acercó su mano a uno de los pechos de la joven. Acarició el pezón sin contemplaciones, provocando que Aricán se pusiera tensa, y que los pezones se endurecieran. La joven se revolvió desde su posición pero no dijo nada. Sólo lo observaba con cara de asco. Eso le gustaba. Siempre le gustó. La resistencia que ponían las mujeres a ser poseídas por su virilidad era lo que más placer le proporcionaba... Aquellos rostros asustados, conocedores de lo que iba a ocurrir... Aquella resistencia a ser penetradas... Aquel dolor producido a sus víctimas. Ese era el mayor regocijo, lo que realmente le llenaba por dentro: el sufrimiento de esas mujeres. Le fastidiaba tener que dejar atrás esos pensamientos pero todo fuera por lo recompensado que sería después. Tras recorrer a la joven con la mirada lujuriosa, se apartó de ella. —Creo que a mi señor le gustarás más al natural. —dijo con tono sarcástico. —¿Tu señor? —La imagen de Lord Weillor se implantó en la mente de la joven. —No te impacientes, pequeña. Todo llega a su debido tiempo... —dirigiéndose a sus compañeros ordenó: —¡Rajadla!, pero no la matéis como a las otras, pedazo de lerdos. ¡Recordad que debe quedar viva! Los ojos de Aricán se agrandaron al comprender las palabras de Rod. Cuando uno de los jinetes se acercó con un sable, la joven cerró fuertemente los ojos. Casi sintió el frío del metal sobre su rostro cuando un chasquido metálico le devolvió a la vida. Al abrir los ojos, la chica se encontró con dos luceros completamente desorbitados. El cuerpo del jinete cayó sobre ella, deslizándose lentamente a través de su cuerpo, hasta que finalmente llegó al suelo, sin vida. Aricán lo observó asombrada. Siguiendo ese lento recorrido hacia la muerte, era incapaz de moverse. Cuando los cinco jinetes restantes cayeron en la cuenta de lo que sucedía ya era tarde. Una figura oscura y voraz cayó sobre ellos, blandiendo su espada y atacando sin ningún esfuerzo, como si se tratara de una máquina ideada para matar. Aricán vio desde su posición cómo el ángel vengador atravesaba a cada uno de los jinetes de la noche. La pelirroja no sintió nada al oír a Rod dar un último grito agonizante antes de que su cabeza saliera desprendida de su cuerpo de un certero tajo. Ni siquiera se inmutó ante el ruido seco que hizo al estrellarse contra el suelo. Tampoco frente a la repentina fuente sangrienta que brotó del cuello. Sólo observaba impasible cómo era ejecutado uno de los hombres más malvados que había conocido. Ni pena, ni odio, ni alivio... nada. Tantos años de sufrimiento acabados de este modo: con la rápida ejecución de su máximo agresor. Su mente quedó vacía. Bajó la cabeza y cerró los ojos. De repente se sintió muy cansada. Unas manos la desataron con ternura. Se dejó abrazar, conocedora de la familiaridad de esas manos. —Tranquila, estás a salvo... —le dijo una voz enronquecida y baja. Aricán, abriendo los ojos, miró por encima del hombro de su ángel vengador. En el horizonte, el sol comenzaba a despuntar, dotando de un juego caprichoso de luces y sombras a los árboles cercanos. Ese efecto no hacía más que aumentar la tenebrosidad del lugar, al que se sumaba el rastro sangriento de la lucha. Moraví sintió de repente cómo el cuerpo de Aricán se ponía rígido y se separó de ella. —¿Qué sucede? —preguntó preocupada. Aricán seguía en su silencio, con los ojos fijos en el horizonte.
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    Moraví la siguiócon la vista y vio lo más fantástico que había visto a lo largo de su vida. Pasando como una sombra delante del sol, estaba el ser más extraordinario y a la vez más temible de todos los que se hubiese imaginado. El dragón negro. Un extraño híbrido entre lagarto alado y águila imperial. Su vuelo, majestuoso y elegante, contrastaba con el aspecto fiero del animal. Pero pese a ello, era hermoso. Moraví comprendía ahora muchas cosas. La causa de tanto misterio, las muertes que se fue encontrando en el camino, las heridas secas de las mujeres... El miedo que había pasado en las últimas horas dejó paso a la admiración. Hasta que el dragón desapareció de sus vistas, las dos mujeres no apartaron la vista del cielo. Moraví fue la primera en reaccionar y, sosteniendo a la más joven, la alentó a salir de aquel lugar inhóspito, impregnado del paso de la muerte. —Vamos. —dijo en voz baja. —Debemos alejarnos de aquí cuanto antes. Como hiciera la primera vez que se encontró con Moraví, Aricán se dejó llevar. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L La mujer oscura ayudó a la joven a montar a uno de los caballos que quedaron libres. Luego silbó y Blackfire acudió a su encuentro. Ambas mujeres, con sus respectivas monturas, se alejaron de allí dejando atrás los cuerpos desparramados de los asesinos de las tres jóvenes swettanas. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: El pánico al que había sido expuesta durante la última noche, hizo que Moraví se negara a sí misma volver al bosque maldito en el que había encontrado una tras otra a las mujeres que fueron raptadas de Swett. Nunca había visto nada parecido. Tras el horror que sintió cuando encontró a la primera mujer, imaginó que eso sería lo peor que vería durante lo que le restara de vida. Pero no fue así. Encontró a las demás mujeres en igual estado que la primera. Sus ansias de venganza y sus miedos fueron creciendo a medida que continuaba adelante, y con la última mujer aparecida, Moraví se transformó en un instrumento de odio. Desde que su marido fue asesinado, Moraví había pasado por distintas etapas en su vida personal. Después de varios años presa del odio y la venganza, intentó con todas sus fuerzas cambiar. La venganza no la ayudaba a encontrarse en paz consigo misma, sino que aumentaba cada vez más ese lado oscuro que formaba parte de su persona. El monstruo asesino que llevaba dentro amenazaba constantemente con hacerse dueño de todo su ser. Moraví había contado con la ayuda de su actual familia y de sus amigos. Ellos le mostraron otro camino, pero era ella la que tenía que hacer el recorrido sola. Vencer su lado oscuro era su labor. Un trabajo intenso que duraría muchos años. A pesar de sus esfuerzos, la oscuridad de su alma no había desapareció. Moraví era consciente de ello, por eso no negaba su existencia, sino que la asimilaba como parte de su personalidad. Tomándola como aliada, la dominaba hasta cierto punto. La esperanza volvió a anidar en su corazón al ver que Aricán aún seguía con vida, atada a aquellos palos. No podía dejarla morir, por lo que su reacción fue inmediata. Seguida por su instinto animal, atacó sin pensar en nada más que en destruir la amenaza. No se sentía arrepentida de la matanza, aunque reconoció que su ira desmesurada no había dejado paso a pensar fríamente. Hubiese sido mejor dejar a algún rehén a quien poder sacar información. Nuevamente su ira la había vencido, y no tuvo más remedio que dejarse llevar si no quería enloquecer. Ahora debía partir de cero porque no sabía el paradero del dragón negro ni sus intenciones a corto plazo.Su lado oscuro ganó, pero no estaba arrepentida. La lluvia no había dejado de caer, incansable, desde que salieron del bosque maldito. El sendero que habían tomado estaba totalmente anegado. Los caballos avanzaban a un ritmo lento, con las patas enterradas en el lodo. A pesar de esos inconvenientes, Moraví se sentía más tranquila: había arrebatado a Aricán de las garras de la muerte y la llevaba a su lado. Después de más de una hora galopando bajo el agua, las mujeres lograron alcanzar una cueva donde refugiarse.Tras unos momentos de incertidumbre, Moraví tomó las riendas de la situación. Comprobó que la cueva no fuese el refugio de algún oso. Después, dejó a Aricán y los caballos en el interior del amplio espacio.Buscó leña seca en los alrededores de la cueva. Prendió fuego y se sentó frente a la joven pelirroja, con la pequeña hoguera en medio de las dos. —¿Estás bien? —dejando atrás sus pensamientos, Moraví se dirigió a Aricán.Como respuesta obtuvo un movimiento de cabeza negativo. Moraví se levantó y se colocó al lado de Aricán. Le pasó un brazo sobre los hombros e, inmediatamente, la joven se abrazó a ella. Le daba lástima ver a la joven en ese estado. Estaba segura de que la tensión de las últimas horas había acabado con la poca estabilidad que le quedara. Es duro ver la muerte tan de cerca. Aricán, enterrada entre sus brazos, estaba inmóvil. No lloraba, tan sólo seguía allí, aferrándose con fuerza a la voluntad de su compañera. La mujer mayor reparó en el frío del cuerpo pegado al suyo. —Estás helada. La abrazó con más intensidad, queriendo contagiarle su calor corporal. Pese a estar empapada, la adrenalina acumulada la
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    mantenía caliente, sinser del todo consciente de la temperatura del ambiente. —¿Mejor? —le preguntó a la joven. —Sí. —No. Sigues temblando... —dijo la morena preocupada. —Y estamos empapadas. Moraví buscó alrededor, intentando encontrar una solución. Al mirar a Blackfire se dio cuenta de que el caballo cargaba con la indumentaria necesaria para esa situación. El otro caballo no portaba nada más que unas armas y una bolsa con comida para dos días. Pensó que eso era bueno, al menos no tendría que salir a cazar tan pronto. Enseguida se levantó y descargó a los animales de su peso. Entre lo que le quitó a Blackfire se encontraba una manta. No era mucho pero la manta era lo suficientemente grande como para albergarlas a las dos. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Aricán la miraba, siguiendo cada movimiento de la mujer. La pérdida del cuerpo cálido de Moraví la lastimaba. Se dio cuenta de que necesitaba sentirlo nuevamente, ya no por el frío. Era algo más. Se sentía cómoda, arropada. Moraví, pese a su frialdad, le proporcionaba una seguridad que no había sentido en su vida. Aricán era consciente de que la otra mujer acudió a salvarla. No se rindió hasta encontrarla y eso le hacía sentirse valorada. Moraví acomodó la manta en la parte más llana y cómoda del suelo de la cueva, cerca de la hoguera. —No es mucho, pero podemos compartirla... si tú quieres... —dijo de forma vacilante. —Nos ayudará a entrar en calor. —Está bien, de veras. —Una sonrisa se apoderó de su rostro, seguida de un rubor. La joven pudo disimular su repentino acaloramiento en la penumbra. No sabía qué le estaba sucediendo, pero la idea de compartir el lecho con Moraví, era algo que realmente le gustaba y producía un estremecimiento en su ser. Ambas estaban empapadas, por lo que Moraví fue la primera en desvestirse y colocar sus ropas junto al fuego. Aricán la miró absorta. Siempre pensó que Mora tenía un cuerpo envidiable. Poder verlo ahora, en confianza, le producía un cierto gozo, además de una gran vergüenza. La mujer mayor la miró con ternura y le hizo una indicación para que se desvistiera del todo. La pelirroja fue consciente del mal estado de sus ropas, por lo que no le importó terminar de quitárselas. Mientras, Moraví esperaba pacientemente. ¿Era una sonrisa lo que Aricán vio en la penumbra en el rostro de la otra mujer?. "Naaa." Se acomodaron las dos entre la manta plegada. El cuerpo de Aricán seguía frío, por lo que se acurrucó contra la otra mujer. La reacción de la morena fue inmediata. La abrazó desde atrás, amoldando su cuerpo al de la joven, buscando el máximo contacto. Aricán se sintió más protegida que nunca. La joven estaba cansada pero era consciente de que no se dormiría. No ahora. No con esa comodidad. Quería disfrutar del calor de su amiga, no se dejaría vencer por el sueño o el cansancio. Durante un buen rato se quedó quieta, casi sin respirar. No pretendía molestar a Moraví. Los dos últimos días habían sido intensos y agotadores, probablemente su compañera estaría deseando descansar. Sin quererlo, se concentró en el cuerpo que tenía amoldado al suyo propio. Los pechos de Moraví pegados a su espalda, suaves. La dureza de su estómago, la firmeza de los muslos contra sus propias nalgas... El brazo derecho sirviéndola de almohada y el otro envolviéndola por la cintura. Todo era tan... confortante... Aricán sabía que ésa era una buena posición para que ambos cuerpos compartieran el calor y que, seguro, no había otra intención por parte de su compañera más que la de proporcionarle la energía que tanto necesitaba. El frío y la humedad le había calado hasta los huesos y sería lento recuperar de nuevo el calor desprendido. Pero aún sabiendo que ése era un contacto necesario, no dejaba de sentir cierto hormigueo en el estómago. La agradable sensación en la que estaba envuelta la embriagaba. La pelirroja cubrió el brazo libre de la otra con su propio brazo. Al sentir los tersos y fibrosos músculos bajo la suave piel de Moraví se le escapó un suspiro. —¿Estás bien? —¿Eh?... Oh... Sí. —La voz de Moraví la sacó inmediatamente de su embriaguez, sintiéndose de repente muy avergonzada. —¿Seguro que estás bien? —Moraví preguntó, desconfiada. Quizás la joven necesitara hablar, pensó. —Sí. Sólo estaba pensando... —dijo intentando disimular. —¿Quieres hablar de ello? —La mujer mayor seguía insistiendo. Eso hizo sentir a Aricán realmente importante. Nadie se había preocupado nunca por ella de esa manera. Decidió dar un giro radical a la conversación, intentando alejarse lo máximo posible de sus pensamientos. —¿Qué era aquel animal que hemos visto? Se mostraba realmente majestuoso —dijo intentando despertar interés. —Sí, es hermoso, pero a la vez fiero, animal, brutal y muy peligroso. —Moraví contestó airada y malhumorada.
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    —Perdona, no queríamolestarte... —consiguió decir Aricán, arrepentida. Había notado por el tono de voz y la tensión del brazo que la envolvía, que se había equivocado de camino. Moraví dejó escapar la tensión. Con la mano acarició dulcemente el abdomen de la joven, dejando a su paso una corriente eléctrica que pasó del vientre a la cabeza, a los pies y a las manos. Aricán sintió su pecho explotar ante la leve caricia. Si la morena se dio cuenta, lo dejó pasar por alto. —No. Perdóname tú a mí. Tú no tienes culpa de nada. —La pirata hizo una ligera pausa, esperando a que sus palabras calaran en la mente de su compañera. —Es sólo que he visto de lo que es capaz ese monstruo y soy consciente de que hay que detenerlo de alguna manera. Aricán se asustó, temerosa de los riesgos a los que iba a ser expuesta su compañera. —¿Vas a ser tú quien lo detenga? —preguntó preocupada. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Moraví se revolvió ligeramente detrás de ella, cubriendo con su pierna los muslos de Aricán, como queriendo estar más cerca, ofreciéndole su confianza. —Eh... no te preocupes. Tengo muchas habilidades. Los ojos de Aricán se cerraron, un escalofrío se apoderó de todo su ser. Por un momento se sintió mareada, agradeciendo estar acostada. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para ahogar un gemido. No sabía si era causado por el miedo a perder a su amiga en una lucha muy descompensada o por el súbito encuentro del muslo de Moraví contra su cuerpo. Si ella hubiese decidido pegarse más, sentiría el contacto del pubis de la otra contra su cadera. Sólo de pensarlo se le secó la boca. "Céntrate", pensó airada. —¿Sabes por dónde empezar? —No. Ya pensaré algo. Lo primero es lo primero. Tengo que dejarte a buen recaudo. —Como si fuese lo más natural del mundo, Moraví acarició con el pie la pierna de Aricán, recorriéndola con suavidad de arriba a abajo. La joven tragó saliva, ahogando un suspiro. —Ni hablar. —sentenció la pelirroja. —No voy a dejarte sola en esta tarea. Con un movimiento brusco, la pirata se incorporó, mirando desde arriba a la joven que se ofrecía a ayudarla —¿Te has vuelto loca? —Moraví no podía ocultar su sorpresa. —No más que tú, que te vas a enfrentar a una "cosa" desconocida y bestial. —No puedo dejar que hagas eso... —Escucha, —la interrumpió la joven. —puedo serte de ayuda. Hubo un tenso silencio. Moraví no dejaba de preguntarse de qué modo podía serle de ayuda una joven de poca experiencia en la lucha. No es que quisiera infravalorarla, pero tampoco pretendía arriesgar la vida de una persona que empezaba a importarle más de lo que se pudiera imaginar. De alguna manera la joven le recordó a su corsario en su valentía, su frescura y su sinceridad. —Oye... mira. Conozco a uno de los atacantes de esta noche.Moraví volvió a tumbarse, sin dejar de mirarla. —Continúa. —la alentó Moraví. —Se llamaba Rod y era el jefe de la guardia de Lord Weillor. Notando el repentino nerviosismo en la voz de Aricán, la pirata llegó a la conclusión de que realmente conocía a su verdugo. —Entonces un buen comienzo será ir al Feudo. Quiero encontrar respuestas. Ignorándola, Aricán continuó. —Entré una vez en los aposentos de Lord Weillor, a escondidas. En la pared del fondo había un cuadro que nunca entendí hasta ver a la bestia alada. Moraví la escuchaba atentamente. Retiró lentamente el brazo de su estómago y empezó a acariciar el hombro y antebrazo de la joven de pelo dorado. —Es el dragón negro. —le explicó. —¿Un dragón? Pensé que sólo existían como personajes de cuentos de hadas. —dijo Aricán, dándose cuenta de lo que eso significaba. —Ya ves, no todas las leyendas se quedan en puro cuento... —se sorprendió a sí misma diciendo esto. Se suponía que siempre era ella la incrédula, Ante la inesperada respuesta, Aricán giró su cabeza hacia arriba, buscando enfrentarse a los ojos de su compañera. Moraví quiso reír ante la mirada sorprendida de la joven. Era tan dulce... En vez de eso, liberó el brazo que hacía de almohada y acunó su cabeza en él. Con el otro brazo indujo a Aricán a darse la vuelta empujándola suavemente por el hombro y apartando su muslo del cuerpo de la joven. La pérdida de contacto, por alguna razón inexplicable dolía.pero llegados a este punto, no se sorprendería si viese a un batallón de caballos azules con cuernos.
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    —¿Qué había enel cuadro? Ante la lejanía, y no conformándose con la falta de contacto, Aricán colocó su mano izquierda sobre la henchida cadera de su compañera. —Creo que la pintura representaba la muerte de un dragón. En ella se veía traspasado por una espada. —¿Una espada? —preguntó Moraví con cierto tono de incredulidad. —Sí, pero no era cualquier espada. —Aricán miró directamente a los ojos a la pirata buscando algún gesto de burla. Sin encontrar nada, continuó. — Era un sable enorme, plano, de doble filo. Estaba adornada de plata,y su empuñadura era de bronce. —entornando los ojos, hizo una pausa como queriendo recordar más. —En ella habían grabaciones de animales grotescos... VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Creo saber de dónde procede esa espada. —la interrumpió Moraví, recordando haber visto una pieza original en Haithabu, ciudad costera al norte de Escandinavia. —Necesito ver ese cuadro. Si la espada es la que yo creo, es posible que lo que dices tenga sentido. —contestó casi como para sí misma. Quizás fuera cierto. —Puede que una espada con esas características sea capaz de liberar al mundo de un ser tan peligroso. Aricán sonrió. Era la primera vez que podría serle útil de Moraví. —¿Serías capaz de hacerme un mapa del castillo? —preguntó la pirata después de regresar de su mundo interior. —Podría hacer algo mejor. Puedo guiarte hasta los aposentos de Lord Weillor. —No. —fue la contundente respuesta. —Déjame, por favor... —la mirada de Aricán, triste y desesperada, estuvo a punto de debilitar a Moraví. —Te será muy difícil entrar y yo conozco los distintos pasadizos del castillo. Moraví seguía resistiéndose. —Por favor... —le rogó nuevamente. —Está bien. —dijo Moraví casi arrepentida de ceder. —Pero al menor atisbo de peligro te saco de allí y entro sola, ¿de acuerdo? —De acuerdo. —contestó la joven, con los ojos brillantes a causa del pequeño triunfo. Moraví se sentía embriagada y perdida en la intensidad de esos ojos verdes que la miraban sonrientes. Sin atender las órdenes de su cerebro, la mano libre buscó un recorrido ascendente por el brazo de la joven, hasta alcanzar su rostro. Con inmensa ternura le apartó un alborotado mechón de la cara, situándolo detrás de su oreja. Se sentía inmensamente atraída por ella. Aricán seguía mirándola, complacida por el gesto de ternura. —Eres terca... —dijo Moraví acariciándole el rostro con el pulgar. — Terca y valiente. Como respuesta obtuvo una sonrisa. Aricán se ruborizó y levantó la mano con ademán de decir algo. Pero no salió ninguna palabra de su boca, así que devolvió la mano al lugar al que pertenecía desde hacía unos minutos: a la cadera desnuda de la diosa morena. La adoraba. Le gustaba mucho su contacto... Su piel... Su olor. A la joven se le escapó un suspiro. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que ambas se habían perdido en la intensidad del brillo de sus ojos, incapaces de retirar la mirada o de moverse. Algo mágico e inexplicable.Moraví se daba cuenta de que algo fuera de lo normal estaba sucediendo allí. Se sentía bien con la joven de pelo dorado. Sin quererlo, Aricán despertaba en ella una serie de sensaciones que no eran nuevas para ella. Simplemente estaban dormidas. ¿Desde cuándo?... No lograba recordar haber sentido nada parecido desde que su esposo dejara de estar a su lado. Esa ternura especial. Ese perderse en la mirada de la otra persona, con la embriaguez y el confort en el aire. Esa repentina complicidad... La comodidad del contacto de sus cuerpos... La creciente necesidad de acariciar a la joven... La suavidad de la piel, que la embriagaba y la adormecía. No podía ser otra cosa más que un sentimiento muy superior al de la simple amistad. Ante la idea repentina que cruzó por su mente, la pirata se asustó y empezó a incomodarse con la situación. Sin querer ser brusca, alejó las manos de la joven, que la miró extrañada. —Será mejor que durmamos. —gruñó, interrumpiendo el cómodo silencio. —¿Eh?... Ah, claro... —Aricán no pudo dejar de expresar su confusión en el tono de voz. —Mañana nos espera un largo día, y tenemos que estar listas. —se explicó la pirata intentando relajarse. —Sip. Cierto, sí... —respondió resignada. —Bien. —Moraví se acomodó como pudo, intentando mantener el mínimo contacto con la joven. —¿Mora? —¿Sí? —Sigo teniendo algo de frío... —Aricán hizo una pausa. —¿Te importaría...?
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    —Oh... no, no,claro... —Moraví cambió de postura, invitando a Aricán a acercarse. —Gracias. —susurró la joven. —Buenas noches. —Buenas noches. —fue lo último que dijo Moraví tras acunar a su compañera entre sus brazos.   VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Continúa...
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    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 6 ª P A R T E . Autora: Obeluxa ENTREGAS Y SACRIFICIOS. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Acércate, traspásalo. Serás imparable con semejante arma... Ven, vuelve a mí. No quieras romper el lazo que nos une. La fuerza que brota de ti es mía, y sólo volviendo a mi, podrás ser libre. —¿Dónde se supone que estoy? —En tierra de conquistadores. —Y... quién me habla. ¿Quién eres? —¿Aún no lo sabes? Miró alrededor, buscando un rostro tras la voz que traspasaba sus oídos. Pero no vio nada, sólo luces confusas, formas sin definir. Y de nuevo el silencio, las preguntas sin respuesta. Moraví fue despertando muy despacio, alejándose de las garras de los duendes de la noche. Nunca había tenido un sueño tan profundo y extraño. Lo había vivido de un modo demasiado real, aunque no lo entendiera. Muchas incógnitas se planteaban en su cabeza. Demasiadas. La mujer siguió dando vueltas en torno a sus pensamientos hasta que se dio cuenta de la humedad y el calor que la envolvía. Pero no se sintió molesta, ni asustada. No era una sensación desagradable. Abrió los ojos y se extrañó de la proximidad de un cabello pelirrojo y del calor que provenía de un cuerpo pegado al suyo por completo. Cuando recordó que se trataba de Aricán, se relajó. Sin quererlo, una sonrisa asomó en su tensa cara, obligándola a relajar los músculos. Tenía el brazo izquierdo entumecido, haciendo de almohada a su compañera. Intentó moverlo, y miles de pequeñas agujas le pincharon el brazo desde el hombro a la mano capturada. —Augh. —Mmmm... nooo... —Aricán protestó en sueños. —Shhhhh, no pasa nada. Duerme —murmuró. Moraví se recriminó por no ser más cuidadosa en sus movimientos. No quería despertar a la muchacha. "Deberías tener más cuidado, Mora. La niña necesita dormir", pensó con cierta picardía. "¿La niña?". Sin quererlo, a su mente llegaron imágenes claras de las femeninas curvas del cuerpo de Aricán. Recorrió mentalmente su cuello, bajando despacio por los redondos y abultados pechos, circulando por su cintura, las caderas turgentes y los  muslos carnosos y tersos. "¡Uf!". Se estremeció. La joven no era muy alta, pero tenía una silueta muy bien definida y... era  muy guapa. Al hacer ese recorrido, quiso frustrar esos pensamientos, pero... "¿Qué mal puede haber en reconocer un cuerpo bonito?, aunque sea el de una mujer", pensó. Con el brazo libre acarició con suavidad el hombro desnudo de su compañera mientras sacaba de debajo de su cuerpo la mano atrapada. Sin quererlo, se le escapó un gemido y Aricán respondió echándose hacia atrás, pegándose aún más a su cuerpo. La mujer morena sintió cómo se le erizaban los pelos desde la cabeza a los pies al notar la presión de la espalda de la pelirroja contra sus pechos. Era muy placentero sentir la suavidad de la piel contra piel. Y ese calor que la inundaba... humm... hacía mucho tiempo que no sentía algo así. Era tan agradable ese contacto, esa energía... el aroma de la piel de Aricán. Se sentía ahogada en ese mar de sensaciones placenteras. Se lamió los labios y, sin poder evitarlo, besó a Aricán en la cabeza, sintiendo en su rostro el cosquilleo que le producían los mechones de cabello dorado. Con gran esfuerzo ahogó un suspiro. Mordiéndose el labio inferior consideró las opciones que tenía. Su inflamada imaginación quería hacerle pasar un mal rato. "Cálmate", se dijo, "acabarás despertándola". Todavía no se veía claridad en el exterior de la cueva y, a pesar de que su reloj biológico le recordaba que era hora de levantarse, la embriaguez que la envolvía parecía querer ganar la batalla. Decidió no resistirse y notó que su cuerpo se relajaba y se le cerraban los ojos. La pacífica respiración de Aricán la coaccionaba a seguir descansando. Reconocía que los dos días anteriores habían sido excesivamente duros. No había sido fácil encontrar a Aricán y no había descansado un sólo momento hasta dar con su paradero.  "Entonces, ¿qué daño puede hacer dormir un poco más?". Dejándose vencer por el momento plácido, abrazó con más fuerza a la mujer pegada a ella y amoldándose a su espalda arqueada volvió a dormirse. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Estaba tumbada en el prado donde la encontró la pequeña Tora el día del ataque de los caballeros del Dragón. Pero esta vez
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    la situación eramuy distinta. No había peligro. Desde su posición, ladeada, podía contemplar cielo y tierra. Se sentía muy cómoda en esa postura. Un brazo que no era el suyo acunaba su cabeza, dándole confort. El azul del cielo era hermoso a esas horas, con el sol empezando a aparecer por el horizonte, creando fuertes contrastes de luces y sombras en el verde de los árboles. El frescor húmedo de la hierba, muy alta en aquella estación del año, contrastaba con la sensación de intenso calor en la que se vio envuelta. Se sentía inmensamente feliz... inmensamente libre, a pesar de estar capturada entre unos brazos morenos y fuertes. Cerró los ojos, concentrándose en la agradable sensación de calor a lo largo de su espalda, allá donde había contacto con el familiar cuerpo que se amoldaba al de ella. Un cosquilleo llegó hasta su oreja derecha, causado por la rítmica respiración de la persona que le daba calor. ¡Qué seguridad!, esa tranquilidad de verse por primera vez protegida, segura ante cualquier peligro. Con su mano arropó el brazo que la sujetaba por el abdomen, presionándolo contra sí. El resultado del gesto fue un movimiento que acercó aún más los cuerpos. "Hummm.... ¡Qué agradable!", soñó. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L No abrió los ojos, se negaba a despertar de su sueño. Quería disfrutarlo y sentirlo al máximo. Intentó acurrucarse todavía más, buscando que el contacto fuese más completo. No pudo evitar que sus caderas se movieran contra su voluntad. "¡Qué más da!", pensó confiada, "¡sólo es un sueño!". La mano que le sujetaba el abdomen la acarició, haciendo que mil mariposas revolotearan por debajo de su piel, en su interior. Una cadera que no era la suya buscó la comodidad de sus nalgas, y Aricán pudo sentir el pubis aprisionando contra ella. Su mano liberó el flexible brazo, y se posó sobre la cadera de la otra mujer. El brazo moreno, (libre de cualquier atadura), se movió a su antojo, haciendo círculos sobre el abdomen, rozando de forma inocente la parte inferior de los pechos de la joven. Ella se dejó acariciar, ahogándose en la embriaguez y el agradable flujo de sensaciones en la que se vio atrapada. Presionó un poco con la palma de la mano sobre la cadera de la otra persona, sintiendo cómo la piel respondía a su caricia. Como recordara de alguna ocasión anterior, una pierna la arropó, atrapando sus muslos. Ahora podía sentir la humedad del sexo de la otra mujer, que le mojaba allá donde el contacto se hacía mayor. Emitió un leve gemido de placer y sonrió "Hummm... me gustan estos sueños, podría acostumbrarme a ellos." A pesar de que se resistió a ello, cada vez se sintió más despierta, y fue abriendo los ojos lentamente. —Oh... no me hagas esto, Morfeo —protestó para sí. La primera imagen fue confusa. Se encontraba en una cueva y podía distinguir al fondo las patas de un caballo. Ahora recordaba con claridad y temió decepcionarse al ver la realidad. A pesar de ello, la sensación de confort no cesó. Las caricias sucesivas le demostraron que aquello no era un sueño. La mano que la envolvía en su ensoñación seguía allí, acariciando su estómago, y la larga y musculosa pierna la arropaba de la misma forma que en su mente dormida. La joven, ante la nueva situación, aguantó la respiración cuanto pudo. Cuando sus pulmones se hincharon, soltó el aire mediante un largo suspiro que la liberó del pánico del primer contacto con la realidad. —¿Estás bien? ¿Tienes frío? Aricán se estremeció al oír la voz grave y sensual de Moraví. Un fuerte cosquilleo se apoderó de ella, erizando su cuerpo. ¿Cómo iba a tener frío  arropada como estaba?, pensó. Juntó todo el valor que pudo para contestar. —Sí... —respondió con una voz casi inaudible. Las caricias se hicieron más intensas, aventurándose por más superficie de su cuerpo. Ahora podía sentir toda la palma de la mano de la otra mujer rozando con autoridad desde su abdomen hasta su cintura. —¿Te sientes incómoda? —No —respondió decidida —. Me gusta, es muy agradable. Moraví se alegró del tono de seguridad de la joven. Se irguió un poco y posó un suave y tierno beso en su mejilla. Sin saber cómo, la joven Aricán acabó bajo el cuerpo de la otra mujer, que no dejaba de mirarla y acariciarla con ternura. —Eres hermosa. La joven sintió sus mejillas ardiendo y no supo qué decir. Abrió la boca para replicar algo, pero unos dedos se posaron sobre sus labios. Pudo sentir cómo la otra mujer se aproximaba cada vez más, hasta que el cosquilleo de la respiración era notable sobre su rostro. Entonces Moraví se agachó y rozó sus labios. Aricán temió moverse. No sabía qué hacer y no quería perder el estado de embriaguez en el que se encontraba inmersa. Finalmente cerró los ojos, abandonándose al contacto. Los largos dedos de Moraví dibujaron símbolos en el cuello de la joven, que no pudo hacer otra cosa más que suspirar e intentar controlar su ya desbocado corazón. La morena conocía ese tipo de reacción. Los recuerdos de sensaciones casi olvidadas hicieron que se encendiera el volcán que llevaba dentro. Cesaron las caricias. Aricán, algo molesta y extrañada abrió los ojos, para ver a una mujer que irradiaba luz. Los ojos de Moraví brillaban febriles en la oscuridad. —Tú sí que eres hermosa —dijo la pelirroja con voz entrecortada. Quería explicarle muchas cosas, decirle que la adoraba; que la veía como una diosa salvaje, un preciado diamante. Quería decirle que caería rendida ante sus pies al menor esfuerzo. Pero las palabras no salieron, por lo que, simplemente, la miró, intentando que sus ojos transmitieran todo el calor y los sentimientos que se atropellaban en su corazón. Moraví sintió ese calor, algo que la hizo estremecer profundamente. Muy despacio, bajó la cabeza hacia el rostro de Aricán, hasta sentir la nerviosa respiración en su cara. El corazón de Aricán se aceleró, perdida como estaba en el azul intenso de aquellos ojos. Se moría por probar el néctar de los labios de aquella diosa morena. Cuando sus labios se encontraron, Aricán se sintió completamente perdida. Cerró sus ojos y se abandonó al beso. Moraví entreabrió los labios, rozando con su lengua, pidiendo de forma seductora y posesiva entrar. Muchos años de fuego contenido la hicieron estallar en un deseo salvaje. El beso se volvió entonces más profundo, apasionado y caluroso, con una
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    exploración más concienzuda.La lengua de Moraví fluyendo con soltura dentro de la boca de Aricán. Para la joven era algo irracional. Quería más de aquella mujer y exploró igualmente la boca, pasando por toda la cavidad. Sus dedos se enredaron en el cabello negro y sedoso de la mujer oscura, atrayéndola con fuerza. Cuando se separaron, ambas tenían la respiración entrecortada. Mientras tomaban el aire necesario no apartaron la vista, intentando ver más allá de las ventanas que eran sus ojos, temerosas de la intensidad de sus besos y de los nuevos sentimientos agolpados en sus corazones. La pasión desbordada las arrastraba a tocarse mutuamente, explorando, conociendo... disfrutando del placer de acariciarse. —Deberíamos tomarlo con más calma. ¿No crees? —dijo Moraví con voz agitada. Aricán estalló en una risa nerviosa. Era la primera vez que disfrutaba del contacto sensual de otra persona y le importaba bien poco cómo había empezado todo y el tiempo que pudiera haber pasado. Quería disfrutar del momento y vivir sus nuevos estímulos sin preocuparse nada más que de sentir. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Tenemos tiempo —dijo con voz entrecortada. —Sí, todo el tiempo del mundo. Era una declaración, una frase completa en sí misma. Todo el tiempo. Toda la vida, juntas, Aricán gimió ante el estallido que le dio el corazón. Sin poderlas controlar, sus manos se movieron solas, serpenteando por los brazos de la alta mujer, sintiendo la marcada musculatura bajo la suave piel. Moraví sentía las pequeñas manos bajando por sus brazos, saltando a su espalda, y un cuerpo presionando el suyo, encajándolo... completándolo. Entonces acarició los pechos de la joven de pelo dorado, sintiendo en la palma de sus manos la dureza de unos pezones hermosos. Su cuerpo se deslizó hacia abajo, hasta que su boca pudo alcanzar uno de los pechos. Con la lengua rodeó la aureola oscura. Al apoderarse del pezón, oyó el gemido de la garganta de la chica como respuesta, algo que la alentó a seguir chupando y mordisqueando, mientras que con una mano colmaba de atenciones el otro pecho. La espalda de Aricán se arqueó, empujando su cuerpo contra Moraví, que no dejó de lamer y acariciar con sus labios la carne dura y rosada, mientras sentía la presión de las manos de Aricán sobre sus hombros. En un arrebato de loca pasión, la mujer morena se alzó de nuevo. Prácticamente se tiró  sobre la chica, alcanzando su boca y cubriéndola con la suya. Un sordo gemido de dolor se escapó de la garganta de Aricán, lo que hizo que Mora dejara de presionar contra ella. —¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? —preguntó preocupada. —No... Bueno, sólo un poco —respondió en voz baja. Moraví la exploró con rapidez, intentado encontrar la causa del dolor de la joven. Con los ojos adaptados a la oscuridad pudo ver un hematoma entre el hombro y el pecho de la joven, producido quizá tras la caída del caballo. —Perdona, yo... —No, no te disculpes. Sólo es un golpe sin importancia —dijo Aricán intentando despreocupar a su compañera, y deseosa de seguir con ese torrente de sensaciones nuevas para ella. Moraví la miró y comprendió el deseo que se agolpaba tras esos brillantes ojos verdes. Despacio, se agachó y besó el hombro dolorido. —Hummm. ¿Mejor? —preguntó con un ronroneo. —Sí... mucho mejor. —¿Dónde más te duele? —continuó susurrándole al oído. La respiración entrecortada impedía que Aricán soltara palabra, pendiente como estaba de cada palabra y cada contacto de Moraví. —¿Aquí, quizá? —Moraví la besó en el cuello. —Hummm... no..., bueno, quizás un poco. —¿Y aquí? —la voz de Moraví la turbaba profundamente. La morena la besó en la garganta, pasando golosa su lengua por la blanca piel de la pelirroja, que no hacía más que retorcerse bajo el contacto de la ardiente y juguetona boca. Moraví se sonrió tras apartarse de su amante un momento. La joven le suplicó con la mirada. —Uh... creo saber dónde te duele más —dijo de forma persuasiva y malvada. Se sentía dichosa y juguetona. Sin más aviso, bajó su mano hasta encontrarse con la humedad de la entrepierna. Presionó con suavidad, sacando un gruñido sordo de la garganta de la joven. —¿Aquí? —ronroneó. —Oh... errrr..... bueno, ejem... Sentía un gran placer al ver a la joven totalmente expuesta a sus caprichos. Totalmente abandonada al deseo. Moraví volvió a sonreír mientras se aproximaba a la boca entreabierta y desesperada de su amante. Se besaron de nuevo, juntando enérgicamente sus labios, jugando con dientes, lenguas y bocas. Miles de estrellas brillaran dentro de sus cabezas. Abandonándose la una a la otra, como ardientes lazos, entrelazaron sus lenguas. Mientras, seguían las caricias en la cavidad carnosa y suave, oscura y húmeda. Moraví se separó un poco, besando la comisura de la boca, dirigiéndose a un lado de la cabeza de Aricán. La respiración cada vez más rápida de la joven aumentaba el ritmo del contacto de la mano sobre aquel rincón húmedo, caliente y acogedor. Se deslizó nuevamente por el cuerpo, sintiendo la piel agitarse tras el contacto de sus pechos. Se paró en el vientre y lo
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    besó. —¿Menos dolor? —volvióa ronronear. Jadeante, Aricán le respondió como pudo. —Sí... oh... sí. Moraví presionó con más fuerza, atreviéndose a perder sus dedos en el interior del foco de pasión de la joven. Besó el vientre, recorriéndolo con sus labios hacia abajo, sin detenerse, intentando concentrar todo su ser en aquel centro tan necesitado. Los jadeos aumentaron en la joven, que elevó las caderas, buscando el ansiado contacto. Su cuerpo, revuelto, incontrolado. Aricán echó su cabeza hacia atrás, con la mirada nublada. Con fuerza enterró sus manos en el cabello de Moraví, empujándola. Ya respiraba erráticamente, con gemidos intercalados. Una mano se deslizó hacia su pecho, pellizcando el pezón con habilidad. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Oh, Dios... oh —gimió cuando su amante acarició con la lengua su clítoris, conduciéndola hacia una nueva dimensión, mientras los dedos no dejaban de moverse de dentro a fuera. Creyó derrumbarse por completo. Jadeó... imploró... respiró, hasta que una última y desenfrenada ola de placer acabó con cualquier pensamiento, dejándola totalmente vencida y sudorosa. Su amante se incorporó, acoplándose nuevamente a su costado, sin dejar de mirarla. Ella, aunque con los ojos cerrados, sabía que Moraví tenía clavada en su cara su mirada azul seductora. Sin quererlo sonrió. —¡Ajá! Eso significa que te sientes mucho mejor —le susurró malévolamente al oído. —Jajajajaja, qué mala eres —dijo mirándola tranquila, mientras su mano izquierda acariciaba a la morena, serpenteando lentamente desde la cintura a su pecho. —¿Soy yo la mala? —ronroneó. Aricán se mordió el labio inferior, dejando que sus pensamientos se llenaran de lujuria. Empujó hacia atrás a su amante, apoyando todo su cuerpo sobre ella. Aunque Moraví era más fuerte, se dejó vencer en este ataque, dejando que la joven la invadiera y le sujetara las manos. —Así que... —susurró Aricán a su oído, entreteniéndose entre palabra y palabra en lamer la oreja —crees que soy... hummm... mala, ¿eh? —Sí... —murmuró Mora con voz casi inaudible. Aricán presionó entre las piernas de Moraví con el muslo, mojándose con el néctar de su amante. —Uh... ¿muy mala? —siguió con el juego. —Pues ... bastante —gimió la morena. La mano de Aricán se deslizó lentamente por el cuerpo de Moraví. Ladeándose un poco, alcanzó el sexo húmedo de su amante. —Y eso te gusta, ¿no? —Q..qu.... qué —Moraví había dejado de oír a la joven, que se apoderó de sus labios inferiores, explorando la zona. A pesar de su falta de experiencia, parecía que hubiese hecho aquello toda la vida. Quiso seguir experimentando con las reacciones de su amante. Le producía gran placer ver cómo Moraví se sometía a sus movimientos. La piel de la mujer se exaltaba y respondía con cada beso o caricia, y eso era digno de ver. Aricán quería proporcionarle sensaciones similares a las que ella había sentido apenas un rato antes, y aunque no sabía muy bien cómo, se dejó llevar por el instinto. Volvió a subir hacia arriba y sus labios mordisquearon el cuello de Moraví. Su lengua descendió hasta los fuertes hombros. Luego se arrastró sobre el cuerpo de Moraví, que no dejaba de moverse sensualmente bajo su peso. Con la boca se apoderó primero de uno y luego del otro pecho, y se recreó en cada pezón endurecido. Moraví gemía quedamente, mientras su cuerpo sudoroso acogía con agrado el contacto físico de la joven. Con cada tirón de dientes, su garganta emitía un sordo gruñido. —Hummm... sabe bien —dijo traviesa la joven juguetona. La tortura se alargaba, y casi deseaba que Aricán fuera directamente al fondo de su ansia. Pero al mismo tiempo, quería disfrutar todas y cada una de las atenciones que estaba recibiendo su cuerpo deseoso. Aricán continuó su recorrido descendente, lamiendo incansable cada palmo de piel encontrado en el camino. Se detuvo en el vientre con la boca, mientras sus dedos se empapaban de aquel jugo salado. Moraví respondió con su cuerpo. Olas sucesivas de placer se sucedieron una tras otra, creando un foco cada vez más potente y cálido. La joven alcanzó el preciado premio, regocijándose en el aroma de su amante. Apartando los pliegues con su lengua lamió y bebió del salado néctar, mientras Moraví ya se había abandonado a la pasión desbordada. —Hummm... esto sabe mejor —Aricán susurró lujuriosamente, mientras levantaba la cabeza para ver a la mujer con la cabeza apoyada en el suelo, el pelo sedoso desparramado, la cara enrojecida y sudorosa y los labios enrojecidos por la pasión. —Eres realmente hermosa. Moraví quiso abrir los ojos, pero no pudo. Con su mano guió los dedos de Aricán hasta el punto más necesitado de su entrepierna, presionando sobre ellos con un ritmo intenso que ya no podía detenerse. La joven se dejó guiar, hasta que supo ella misma captar su necesidad y satisfacerla.
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    Y mientras lapelirroja repetía una y otra vez lo hermosa que era, ella se dejó vencer por el torbellino de pasión, vibrando mientras las olas de placer recorrían su interior. Hasta que el gozo fue tan intenso que rompió en un grito gutural que se apoderó de toda la cueva, alertando a los caballos que se movieron y cuyos cascos resonaron sobre el suelo rocoso. Después de eso quedó totalmente extenuada, intentando recuperar el aliento perdido. La joven se tumbó a su lado, contemplando la complacida faz de su amante. Pese al sudor y al aspecto cansino, Moraví le pareció más radiante y guapa que nunca. Reconocía haberla vencido. Esa sensación le gustaba. La morena vibró entre sus brazos hasta quedar sin una gota de aliento, y ahora estaba totalmente abatida. "Si fuese su enemiga, éste sería el momento perfecto para derrotarla", pensó malévolamente. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Mientras la dejaba recuperarse, se apoyó en su hombro, con el brazo rodeándole la cintura. Así yacieron durante largo rato, totalmente relajadas la una en los brazos de la otra, viendo cómo la luz del sol empezaba a entrar por el hueco abierto de la cueva. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: —Te nombro caballero de la noche. Ahora formo parte de ti, al igual que tú formas parte de la oscuridad y el fuego. Mi energía es tuya, mi sabiduría es tuya. Mi oscuridad habita allá donde arde tu corazón... Por la noche, por el fuego. Bienvenido." —¿Cuál será mi misión? —La misión de la oscuridad. —Qué significa eso. —Deberás arrasar la tierra de conquistadores. Si no lo consigues, muere en el camino, pero nunca regreses sin haber logrado tu objetivo. —Mi señor, obedeceré hasta dar mi vida. Por vos y la oscuridad. —Adelante, pues. Cruza la frontera de aguas profundas y arrasa allá donde la Hija del Sol verá debilitada su fuerza. —Traeré la bandera de la victoria a tu puerta. El estandarte del abatido tendrás el privilegio de quemar. —No —ordenó —. Destruye su alma y tráeme su corazón. —La enviada verá rota su alma y el corazón ensangrentado te será ofrecido. —respondió sumiso. Cabalgaron durante largo rato en silencio, la una al lado de la otra. Cada una sumida en sus propios pensamientos. Habían pasado dos lunas desde que dejaron la cueva que les sirviera de refugio, tiempo suficiente para regresar a la aldea de Swett y coger lo necesario para la misión. Evitaron contar detalles a Trebor y los demás, para no darles un motivo de preocupación, aunque Aricán no dejaba de pensar que hubiese sido buena idea contar los planes a alguien, por si algo malo ocurría. Pero Moraví siempre había sido muy reservada; ya era más que suficiente para ella contar con la joven pelirroja. La mente de la pirata no dejaba de repasar una y otra vez las estrategias a seguir para los próximos tres días. Pese a estar todo pensado, seguía buscando algún posible error, calibrando hasta qué punto quedarían perjudicadas y cómo salir del paso si ocurría cualquier cosa inesperada. Aricán se encontraba inmersa en un laberinto de pensamientos negativos. Sólo era rescatada por momentos al observar el noble semblante de la mujer oscura, montada sobre aquel caballo más negro que la noche. Por su mente pasaban una y otra vez las claras imágenes del lugar en el que había permanecido esclavizada toda su vida. ¿Y si todo salía mal? ¿Y si eran descubiertas una vez dentro? No quería imaginarse lo que sería volver a vivir otra vez en ese infierno. "Agg, deja de pensarlo", se reprendía mentalmente. —¿Cuántos soldados custodian la puerta de los aposentos de Lord Weillor? —preguntó Moraví, obligando a Aricán a dejar el laberinto en el que estaba inmersa. —Hay uno en la recámara y dos en la puerta principal. —contestó con seguridad — En el pasillo de acceso a la recámara hay dos más, pero conozco un pasadizo con una puerta camuflada en la recámara que llega hasta un vestíbulo. Si llegamos a ese vestíbulo y tomamos el acceso evitaremos a cualquier soldado en los pasillos. —Un pasadizo secreto, ¿eh? —dijo levantando una ceja, mirando de soslayo a su acompañante. —Sí. Lo descubrí de pequeña. —Un pasadizo secreto que lleva directamente a la antecámara de los aposentos del Lord. —recalcó con voz ronca. —Exacto. —Y... casi no me atrevo a preguntar, pero... —Me gustaba jugar al escondite. —explicó divertida. —Ah. Comprendo. Bueno... no me refería a eso... —disimuló. "¡Uf! Menos mal", pensó aliviada. Por un breve instante se le pasó por la cabeza que la joven ofreciera sus encantos al señor de aquellas tierras a cambio de Dios sabe qué. "¿Pero qué estás pensando?", se recriminó a sí misma.
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    Aricán la observósorprendida. ¿Eran celos lo que había visto aflorar en los ojos azules? ¿Podía Moraví pensar que en algún momento ella había sido una de las putas del Lord? —A los aposentos de las doncellas. —la interrumpió Aricán —¿Cómo?... ¿qué? —El vestíbulo. —hizo una pausa para que su compañera asimilara lo que estaba diciendo y continuó. —Es una especie de recibidor rodeado por los aposentos destinados a las doncellas que visitan el palacio —explicó divertida al ver el desconcierto en el rostro de Moraví. —Ah... Menudo sinvergüenza. —Jajajaja —rió la joven sin poder aguantar más —. Tranquila, Lord Weillor jamás se acuesta con las súbditas. Él prefiere a mujeres selectas y refinadas. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L "¿Tranquila? ¿Ha dicho tranquila?". La cara de Moraví era todo un poema. "Pero si estoy tranquila", pensó algo molesta. La joven Aricán intentó reprimir la risa como pudo. Nunca pensó que Moraví, con toda su seguridad, se pudiera comportar de un modo tan aniñado. Era... enternecedor. —Bien, no será muy difícil entrar. —Cierto. Lo difícil será salir. —dijo la joven en voz baja. —Oye... —Moraví detuvo su montura, al notar la duda en el tono de voz de la joven. Estiró el brazo hasta alcanzar el hombro de su compañera. — No tienes por qué hacer esto. —Puedo hacerlo, ¿vale? —bufó de forma arisca, dejando atrás todo el buen humor de hacía unos instantes. —¡Quiero... hacerlo! Se produjo una larga pausa entre ellas. Moraví no dejaba de preguntarse hasta qué punto afectaría a Aricán involucrarse en esta aventura. —Además, ya lo habíamos hablado. —clavó su mirada en el azul intenso. — No te defraudaré. —No se trata de eso... —respondió impotente. —¡Maldita sea! —rezongó. — Está bien, lo haremos como habíamos pactado. —dijo dejándose dominar por los ardiente ojos verdes. —Pero al mínimo peligro... —Lo sé. —le interrumpió. —Saldremos de allí. —¿Saldremos? —preguntó incrédula. —No querrás que te deje sola dentro mientras yo escapo del Feudo, ¿verdad? —dijo con tono amenazador. —Eso no era lo pactado. —protestó Moraví. —Aunque me cueste la vida, tengo que luchar por conseguir la clave que nos lleve a destruir a ese monstruo. —Sí, pero si mueres dentro del castillo de Lord Weillor no conseguirás tu objetivo, y yo sé cómo entrar y salir del Feudo sin ser vistas. —tras una breve pausa que le permitió ordenar sus pensamientos continuó con su discurso. —Además, te recuerdo que sólo vas a mirar un cuadro. Si sale mal a la primera, siempre habrá una segunda oportunidad. —Eso es cierto, pero... —Pues fin de la conversación. ¿Seguimos adelante? —Aricán se deshizo del brazo de Moraví y alzando la cabeza se puso en marcha dejando con la palabra en la boca a la valiente mujer. —Pero... ¿Será terca? —protestó sin poder evitar que un amago de sonrisa adornara sus labios. "Tan terca como tú, Mora", se dijo mentalmente. Dándose cuenta de la distancia que iba creciendo entre ellas, alentó a su caballo y cabalgó hasta alcanzar a la joven. Al caer el sol consiguieron llegar a las afueras de los dominios de Lord Weillor. Desde su lejana posición alcanzaban a ver las primeras luces de antorchas y candiles atravesando los huecos y ventanas de casas y muros. Las estrechas murallas albergaban en su interior una plaza militar y numerosas cabañas de servidores. En el centro del complejo se alzaba, arrogante y majestuoso, un castillo, palacio del gran amo y señor de aquellas tierras y aquellas gentes. Aparentemente sólo había una manera de acceder a la ciudad fortificada, y era a través de un puente desde el que se franqueaba una fosa profunda de lodo. Sólo existía una puerta ancha de medio punto al lado sur de la muralla. A Moraví le recordó los alcázares que había visto en tantas ocasiones en las tierras conquistadas por los árabes. Aunque esos eran edificios mucho más hermosos que la ruda fortificación que se alzaba ante ellas. En el fondo, siempre lo mismo. Por un lado dominadores esclavistas que se hacían llamar reyes o señores, que con sus legiones de soldados prometían protección a sus fieles. Por otro lado los súbditos, ganaderos y agricultores que trabajaban de sol a sol por unas míseras monedas que malamente les alcanzaban para vivir. Cómo se alegraba en esos momentos de ser una pirata, a veces malvada, otras veces ladrona e injusta, pero siempre libre. Amaba la libertad por encima de todo, gracias, en su mayor parte, a las enseñanzas de Girlock. Y de la misma manera que el corsario le había enseñado un camino mejor en la vida, ella lucharía por mostrárselo a Aricán. Dejando su mundo interior se dirigió a la joven.
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    —Dices que conocesbien el castillo. ¿Cómo es eso? ¿No se supone que los súbditos viven en las cabañas? —preguntó Moraví a su joven acompañante. —No todos viven fuera de palacio durante el día. Yo era una de las "afortunadas" que tenía que servir dentro del castillo. — contestó con cierto deje irónico — Mi madre fue durante mucho tiempo cocinera del palacio. Moraví la miró sorprendida. No sabía captar muy bien los sentimientos de la joven al hablar del Feudo. Hasta ahora sólo había visto en Aricán la faz que muestra el pánico, pero en el fondo escondía más. Era como si la joven enterrara un odio que sólo se dejaba entrever en ocasiones muy concretas. Pero, ¿sería alguien tan dulce capaz de odiar? Casi prefería no saberlo. Decidió cambiar de tema. —Lo mejor es que actuemos al amanecer, cuando la ciudad esté dormida. —En los cubos que interrumpen la muralla se quedan los vigilantes. Uno por cada cubo. —informó Aricán, mostrándose nuevamente como una joven con ganas de ayudar. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Cubos? —Sí, son esas torres pequeñas de base circular que sobresalen de los muros. —explicó la joven, contenta de sentirse útil nuevamente. —Ya. Supuse que se trataba de eso, pero no las conocía por ese nombre, sino por atalayas. —Atalayas —repitió Aricán —, curioso nombre. Moraví las contó mentalmente. Había siete torres flanqueando la fortificación. Dos de ellas hacían de contrafuerte y eran algo mayores que las demás. Las fortificaciones de ese tipo no eran desconocidas para Moraví, pero dada la cantidad de enemigos que había logrado Lord Weillor a lo largo de su miserable existencia, no estaba demasiado segura de que su dominio se defendiera del mismo modo que otras casas feudales similares. —¿En el resto de la muralla no hay vigilantes? —preguntó algo sorprendida. —No. Los soldados son muy estrictos en su trabajo, y muy fieles al Lord. Por lo que sólo son necesarios los de las torretas. —Qué confiado —se burló refiriéndose a Lord Weillor —. No creo que todos los hombres le sean fieles. Aricán respondió con una insípida mirada. Estaba convencida de que Moraví, a pesar de su experiencia y de sus viajes, jamás habría tropezado con una casa feudal como ésa. El Lord era malvado con los trabajadores, pero bueno con sus soldados. Los defensores vivían casi como reyes a cambio de fidelidad absoluta a su señor, así que ninguno se alzaba contra él. Disponían por capricho de cualquier mujer, estuviera casada o no, y podían entrar y salir de cualquier cabaña sin que nadie fuese capaz de protestar. Se adueñaban de las pertenencias y de la comida. Destrozaban cuanto querían fuera de las puertas de palacio. Ella lo había vivido de cerca, conocía bien a esa panda de animales. Pero ¿cómo explicárselo a Moraví? —No conoces esta casa. —susurró sin más explicaciones. —Tienes razón, Aricán. No la conozco. —la frase iba más allá de su simple significado. Moraví se dio cuenta en ese momento de que no conocía casi nada del duro pasado de la joven. En momentos como éste, ella se ponía a la defensiva y se mostraba distante, como si se tratara de una persona distinta, alguien asustado a quien el miedo nublaba cualquier sentimiento positivo. Una joven totalmente desconocida. De lo que sí estaba segura es que la chica había sufrido demasiado, y que Lord Weillor pagaría por eso. "¡Vaya si lo pagará!". Se pusieron en marcha al caer la noche, cuando la oscuridad se hizo notar en todo su apogeo. Dejaron los caballos escondidos en el bosque y se adentraron por una vereda conocida por Aricán. El estrecho sendero las condujo hasta la entrada de una cueva. —¿Es ésta la cueva? —susurró Moraví. —Sí. En realidad es otro de los pasadizos secretos. Verás qué pronto nos ponemos en la base de uno de los cubos. —Sigamos adelante. La entrada era pequeña y poco visible. Ambas mujeres tuvieron que entrar a gatas. Pero una vez en el interior, pudieron ponerse en pie. Al fondo se podía oír un incesante goteo, lo que aumentaba la sensación de humedad de la cueva. El caer del agua y sus pasos eran el único sonido perceptible en aquella gruta. Encendieron una antorcha y se dirigieron al fondo de la oquedad. De pronto, se oyó un nuevo ruido que fue aumentado con el eco de la cueva, hasta hacerse ensordecedor. —Oh-oh —Aricán se dirigió a Moraví con cara de circunstancias —. Tenemos un pequeño problema. —¿Un problema? —Moraví tuvo que alzar la voz por el fuerte zumbido. Durante breves instantes se quedaron paralizadas, intentando distinguir de dónde procedía el sonido. —¡Agáchate! —ordenó Aricán. —Pero, ¿qué demonios es esto? —Moraví se tiró al suelo, a tiempo de no tropezar con miles de murciélagos que se aventuraron a salir a la oscuridad de la noche. El vuelo descontrolado amenazaba con estampar a aquellos animalitos contra cualquier recodo de las rocas, pero nada de eso ocurrió. Cuando todos los mamíferos voladores salieron del lugar, se levantaron con cuidado, atentas por si quedara algún murciélago rezagado. Una vez erguidas Moraví dirigió una mirada asesina a la joven.
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    —Esto no melo habías contado —dijo furiosa. —Uh... se me olvidó —se excusó con una sonrisa tímida —. ¿Seguimos? —Se te olvidó —gruñó —. ¿Alguna cosa más que se te haya olvidado? —No te quejes, sólo son animalitos —dijo inocentemente Aricán. —¿Animalitos? —se quejó la morena —. ¡Son ratas que vuelan!... son, son... ¡Vampiros! Aricán tropezó con una nueva palabra, ‘vampiros’. ¿Qué sería eso? Aunque ante el aparente enfado de la morena prefirió no preguntar. —¡Mierda! Tendremos que salir otra vez por aquí —protestó la alta mujer. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Sí, pero si lo hacemos antes de que amanezca, no habrá problema —continuó desafiante —. No me digas que le tienes miedo a unos simples bichos voladores. —¡Será posible! —gruñó nuevamente —. Vamos, cuanto antes entremos en la fortaleza, antes saldremos de esta... casa de vampiros. Era gracioso ver a Moraví con esa forma impropia de actuar. "Esto no es tan malo, después de todo", pensó Aricán, al ver que la actitud de Moraví le hacía sentirse más valiente. No sabía si la mujer morena estaba fingiendo para darle seguridad, pero sea como fuere, funcionaba. Siguiendo un estrecho pasillo, alcanzaron la base de una de las torres mayores. Escalaron el interior de la pared del cubo hasta asomarse a una oquedad lo suficientemente grande como para deslizar el cuerpo. Todavía les quedaría un metro más de escalada desde el exterior. Moraví se aventuró la primera, pues una vez arriba tendría que inmovilizar al vigía. Salió al exterior, agazapándose en los estrechos huecos que se formaban entre piedra y piedra. Alcanzó la parte alta de la torre y esperó a que el soldado estuviese despistado. Era fuerte y calculaba que podría estar esperando durante horas, sin precipitarse al vacío para impedir que todo saliera mal. Al fin llegó la oportunidad, el vigía se adormiló. "Con que estrictos, ¿eh?", pensó antes de abalanzarse hacia el hombre y torcerle el cuello desde atrás. Cuando el vigía quedó inconsciente, hizo una señal a Aricán y la ayudó a subir a la parte alta de la torre. —¿Lo has matado? —preguntó Aricán al ver al hombre inerte en el suelo. —¿Acaso importa? Aricán la miró asombrada. —No, sólo está inconsciente —la tranquilizó —. Tenemos tan sólo un par de horas si queremos salir por el mismo sitio. Después de eso, despertará. Salieron del puesto del vigía y corrieron por el muro hasta alcanzar unas estrechas escaleras. Por fin estaban dentro. Aricán la guió en la oscuridad, deslizándose como una gata entre las chozas de los serviles. Conocía perfectamente cada palmo de tierra que pisaba. Moraví quedó admirada de la capacidad de orientación de la joven. No tardaron mucho en llegar a los muros de palacio. —Bien, ahora comienza lo difícil —murmuró la pelirroja. De nuevo Moraví dejó que la guiara. La joven se paró en la esquina de la pared sur y comenzó a palpar la rugosa superficie hasta dar con una pieza escondida en la pared. Metió la mano e inmediatamente parte del muro empezó a oscilar, girando en sentido horizontal. Por el hueco del muro se deslizaron, y una vez dentro alcanzaron la cocina de la planta baja. —Tú has hecho esto muchas veces, ¿verdad? —la grave voz sonó como un susurro de aire en la noche, pero fue lo suficiente audible como para que su compañera la oyera. —Bueno... —contestó la pelirroja —. Alguna vez La cocina era grande, y formaba parte de la zona de servidumbre, por tanto sería muy difícil encontrar algún soldado por allí. Pero todas las precauciones eran pocas, así que avanzaron sigilosamente. Tras cruzar la zona de servidumbres, compuesta por una gran cocina, un lavadero y dos silos, llegaron a un pasillo estrecho. Ahí comenzaba su pequeña odisea, pues tenían que alcanzar los aposentos de las doncellas, lo que suponía pasar por una larga zona donde sí habría soldados. Aricán le había informado anteriormente de que se encontraban en un pasillo de acceso a los dormitorios de la legión, por lo que en cualquier momento se podrían tropezar con alguno en su avance hacia la zona de ascenso. El palacio no era demasiado grande, pero tenía cuatro escaleras. Una de ellas era grande, y se encontraba en un patio interior, justo en el centro del castillo. Las otras tres se distribuían en tres esquinas. Ellas deberían alcanzar una de esas escaleras, la que se encontraba al final de la zona de la legión. A mitad de pasillo oyeron ruidos en el interior de uno de los dormitorios. Un hombre salió de su habitación y ellas apenas tuvieron tiempo de esconderse tras unas cortinas. Pero el rudo hombre poco interés tenía en lo que pasara en el pasillo. Parecía que era él quien se escondiera. Iba vestido con ropa interior y llevaba bastante prisa. Al alcanzar tres dormitorios más al norte tocó en la puerta tres veces, con un movimiento nervioso. Desde el interior se oyó otra voz masculina. —Pasa, está abierta. El soldado abrió, no antes de mirar a un lado y a otro del pasillo, percatándose de que no fuese visto por nadie. Tras ello se deslizó en su interior y cerró la puerta. Ojos azules se enfrentaron con dos verdes, con cierto amago de sonrisa en la mirada.
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    —Presiento que estosdos estarán algo ocupados durante toda la noche —dijo la pelirroja. —Sí. Dos soldados menos. Tras salir de las cortinas, terminaron de recorrer el pasillo y llegaron a la escalera. Ascendieron por ella a la planta superior, alcanzando el ansiado vestíbulo. Cuatro puertas había alrededor del hall. Desde su posición podían oír lo que acontecía tras las paredes de cada una de las habitaciones. —Esto es como una casa de putas —dijo Moraví asqueada. Aricán, ausente de su compañera, se limitó a buscar en la pared ciega una nueva clave que les abriera la puerta a un pasadizo. —Ya está. Por aquí. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Moraví echó un último vistazo atrás antes de seguir a su compañera por el pasadizo iluminado con antorchas en las paredes. Cuando llegaron al final del recorrido, Aricán se dispuso a abrir la compuerta, pero fue detenida por una mano que la agarró con fuerza por el hombro. La mano la hizo girar sobre sí misma. La joven se vio frente a Moraví, tan cerca que pudo sentir su respiración en la cara. Moraví se agachó y la besó en los labios. Aricán a punto estuvo de caer. Las rodillas le temblaron ante el inesperado asalto. Un brazo se deslizó por su cintura, agarrándola. Tras el beso Moraví la apretó en un abrazo, y Aricán apoyó su cabeza en el hombro de la alta mujer. —Quiero que te quedes aquí —le susurró al oído. —No, Mora... Unos dedos largos se posaron en sus labios. —Shhhhh, no hables —Moraví la besó de nuevo, con un roce menos intenso y duradero que el anterior. —Estaré de vuelta en unos minutos. Te lo prometo. Los ojos verdes se nublaron. Aricán no estaba dispuesta a obedecer y Moraví lo podía leer en la mirada. —Por favor —le rogó con la mirada La joven asintió, bajando la cabeza. —Esta puerta te llevará al interior de un armario de la antecámara. Desde las rendijas podrás ver cuándo se produce el cambio de guardia —explicó con voz grave. —Gracias —la miró afligida. No pensó que tardaría tan poco en convencerla. Tras ello la soltó. Aricán palpó la pared hasta que la puerta se abrió y Mora salió por ella. —Ten mucho cuidado —fue lo último que oyó antes de que la puerta se cerrara tras de sí.   Continúa...
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    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 7 ª P A R T E . LA ESPADA DE HAITHABU. 1. Moraví se vio de repente en el interior de un amplio armario, dejando atrás la compuerta que la separaba de su amiga. Maderos de oscuro roble formaban las hojas del aquel enorme ropero. A través de las juntas de unión de las tablas se colaba una tenue luz. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Oteando desde una de las rendijas del armario pudo ver el espacio que quedaba abierto e iluminado bajo la luz de los candelabros. Una excesiva y ostentosa decoración inundaba aquella amplia recámara. Arrimada a la pared, frente al armario que le servía de escondite, se encontraba una cómoda de enormes dimensiones, decorada con figuras grotescas. Era muy probable que los distintos objetos decorativos que se encontraban sobre su superficie fuesen traídos de los pueblos costeros del mediterráneo oriental, quizás conseguidos por medio del intercambio comercial. O quizás comprados a algún ladrón de mar. La pirata subió la vista y observó detenidamente el espejo que se exponía majestuoso, como un gigantesco cuadro. "Demasiado ostentoso", pensó. Desde su posición tenía un reducido ángulo de visión. El pequeño agujero por el que miraba no podía ofrecerle todo el espacio de la habitación, pero el espejo era de gran utilidad a la hora de hacerse una idea exacta del lugar. A través de él vio las espadas expuestas como trofeos en las paredes. La puerta de la cámara del Lord quedaba situada a su izquierda. El guardia que custodiaba la puerta de la antesala se encontraba  a su derecha. Este último hueco comunicaba con el corredor exterior. "Un soldado en la recámara y dos en la puerta principal", se dijo, recordando los datos facilitados por Aricán. "Bien, no son muchos. Lo mejor será un enfrentamiento directo". Sin pensárselo dos veces abrió la puerta del armario y arremetió, espada en mano, contra un sorprendido soldado que, tras una primera impresión, no dudó en defenderse. —¡Ah! ¿Quién eres? —preguntó el soldado, sorprendido por la fuerza con que la mujer golpeaba con la espada. Ojos de acero lo miraron, haciéndolo empequeñecer. —¿Acaso importa? —respondió la oscura mujer. —Eres… condenadamente buena. —dijo el soldado, esgrimiendo su espada en un golpe bajo e inesperado que casi atraviesa el estómago Moraví. — Pero no tan buena como yo. Moraví había salido ilesa del ataque gracias a una rápida y acertada finta. Se regañó mentalmente por menospreciar la calidad del espadachín que tenía enfrente. —No deberías ser tan confiado. —replicó con una soberbia sonrisa. Las maniobras de ataque siguieron adelante: el soldado vanagloriándose de ser un buen espadachín y poder demostrarlo; la mujer cautelosa, midiendo las fuerzas del caballero, dejándole tomar confianza. El hombre alzó su espada, seguro de dar un certero golpe. La estocada iba dirigida a la cabeza de Moraví. La espada cortó el aire, produciendo un zumbido metálico. Seguida por su instinto, la mujer se giró a un lado rápidamente y esquivó el golpe mortal. Su contrincante salió disparado hacia delante, impulsado por la fuerza de su ataque. Ella aprovechó el descuido de su enemigo y terminó dándole un golpe desde atrás. Ya en el suelo, el hombre la miró sorprendido. —Ja, ja. —Moraví dirigió sus ojos burlones hacia el soldado, mientras se atusaba el pelo en un gesto muy característico y propio. Hasta cierto punto parecía que se estaba pavoneando delante de su enemigo. —¿Quién eres? Moraví esperó a que el soldado se incorporara. Quería que la pelea durara algo más, y no le parecía honesto atacar a alguien desparramado por los suelos. Después de todo, su objetivo no era un simple soldado. —Te he hecho una pregunta. —gruñó por lo bajo el soldado. —Soy tu actual pesadilla. —respondió dulcemente. El hombre se incorporó. Ojos grises se enfrentaron a ojos azules. La mujer resultaba misteriosa… y peligrosa. —Esa espada... —dijo mirando detenidamente el arma que portaba la mujer. — ...es el sable de un berserker. ¿¡Y la tienes tú, mujer!? —Es mía. —contestó Moraví, orgullosa de su arma de doble filo. —Y no soy una berserker. —aclaró. Los berserkers eran un grupo de guerreros vikingos que se dedicaban profesionalmente a la lucha. Formaban una secta dentro de la sociedad vikinga. Esos individuos no conocían otra cosa en su vida que no fuera matar. Eran excesivamente violentos y pendencieros. Su obsesión por luchar y matar era tan grande que a veces caían en trance involuntariamente, ayudados por los efectos de un hongo alucinógeno. Entonces no había manera de controlarlos, se volvían completamente locos. Eran capaces de luchar sin parar durante varios días. Concluida la batalla, muchos de ellos morían de agotamiento, sin haber recibido herida alguna. En temporadas pacíficas, estos guerreros vivían en pleno bosque, separados de la gente normal, incapaces de vivir en sociedad.
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    Moraví compartía lascostumbres y distintas formas de vida de los vikingos, pero jamás entendería a este grupo de guerreros radicales. En alguna ocasión se había topado con uno de esos individuos, y prefería no volver a repetirlo. Pero eso era otra historia. El hombre la miró incrédulo. Falsamente para él, todos los vikingos eran berserkers, aunque no tuviera claro lo que significaba realmente eso. ¿Cómo era posible que una mujer de sus características fuese una vikinga? Con ese pelo largo y negro, esos ojos intensamente azules... esa piel morena... "No. No puede ser. La habrá robado", pensó refiriéndose a la espada. —¿De dónde sacaste la espada? —quiso saber. Moraví no pretendía perder el tiempo en charlas, así que esperó aburrida a que su enemigo volviese al ataque. Con la arrogancia de un perezoso león dejó escapar un suspiro. —¿Por qué todos preguntan lo mismo? VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿No quieres contestarme? —preguntó el soldado cada vez más sorprendido por la forma de actuar de la mujer. —No me apetece. —Si no me das información, muere. —resolvió arisco. La lucha se reanudó, más acalorada que el primer encontronazo. Ambos contrincantes pusieron todo su empeño en demostrar su valía, como si lo primordial no fuera vencer, sino demostrar quién era el mejor en la lucha. Después de unos minutos, los ruidos producidos por el incesante chocar del metal alarmaron y atrajeron a los soldados de la cámara principal. —¡Un intruso! —avisó el primer soldado a sus compañeros. —¡Es una mujer! —gritó otro soldado, al tiempo que una risa socarrona asomaba en su cara. —Esto va a ser divertido, Joe... —un hombre rubio, de pelo rizado, observó a la mujer de la cabeza a los pies. —¡Ja! —rió irónicamente Moraví. —Sí, será entretenido… pero para... mí. —golpeó con violencia a su atacante. Mientras la pelea continuaba entre Moraví y el primer soldado, los dos restantes se limitaban a observar. Nunca habían visto a una mujer manejar la espada con semejante destreza. Era como si el arma formara parte de su fisionomía. Es más, nunca habían visto a una mujer con una espada en la mano. —Pero… ¿Queréis dejar de mirar? —protestó Joe muy irritado. Saliendo de la admiración, uno de los caballeros se dirigió al espadachín. —¿Qué te ocurre, Joe? ¿No puedes con una mujer? —se burló. Joe lo miró un instante, con ojos rabiosos. Aprovechando el despiste de su contrincante, Moraví lo pateó en el pecho, enviándolo con fuerza hacia la posición de sus compañeros. Los tres cayeron estrepitosamente al suelo. La mujer los miró satisfecha, esbozando algo parecido a una sonrisa. —¿Tenéis problemas, chicos? —dijo bajo un tono seductor, dejando entrever cierto deje burlón. —Sólo soy "una mujer". Ellos la miraron con recelo, mientras la pirata mostraba un porte sereno y confiado. —¡Hija de perra! —gritó el más rubio de los tres hombres. Con un salto se levantó y rápidamente atacó a la corsario. Moraví lo esperó hasta que estuvo cerca. Con gran agilidad y rapidez saltó, girando sobre sí misma como un remolino mientras extendía su pierna izquierda. La patada fue fulminante, golpeando en la mandíbula al tosco soldado. El hombre volvió a caer al suelo, cerca de sus compañeros, con dos muelas menos. —¿Es eso todo lo que sabes hacer? —preguntó la mujer al hombre que acababa de golpear. —¡Puedo hacerlo mejor, perra! —respondió enfadado el aludido, mientras se agarraba la mandíbula con una mano. Sus ojos eran puro fuego, expresando en ellos toda su rabia contra la guerrera. —Vas a ver lo bien que lo haré. Con gran frenesí se incorporó arremetiendo contra la mujer, espada en mano. Su boca olvidada. Su espada se movió borrosa y rápida. Moraví giró y rodó por los suelos, pero el hombre intuyó su movimiento y se abalanzó sobre ella, cuerpo contra cuerpo, con todo su peso. Ambos rodaron por el suelo, ante la mirada de los otros dos hombres, que nerviosos se veían incapaces de atacar por miedo a dañar a su compañero. Aparentemente parecía que el espadachín hubiese reducido a la mujer. Ella, sin permitir ni un respiro, se impulsó con las piernas, arqueando el cuerpo. El hombre fue desplazado como un fardo. Sin demora se levantó, tropezando su cara nuevamente con un puño que volvió a lanzarlo hacia atrás. Impulsado contra el suelo, cayó en la cuenta de que se repetía la escena del ataque anterior, pero ahora con la nariz rota. —¡Menuda mujer! —murmuró Joe admirado de la acción. Poco le importó que su compañero acabara con el labio partido y la nariz deformada. —¿Qué sucede, chicos? —Ojos azules, claros como el cielo, se dirigieron al rincón donde estaban ovillados los soldados. — ¿No podéis con una mujer? Esto era lo divertido, siempre se repetía la misma escena, pero por más veces que lo viviera, lo disfrutaba de igual modo: los hombres eran demasiado predecibles en una pelea. Se creían invencibles. Después de un primer ataque, perdían su prepotencia, y la superioridad era sustituida por la ira. El orgullo era un arma de doble filo, más aún en hombres nada acostumbrados a ser abatidos por una mujer. La admiración y la sorpresa de un primer momento era sustituida rapidamente por la rabia de saberse vencidos por una mujer, ser al que consideraban muy inferior a ellos. Para la pirata esto era una
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    ventaja, pues losdominados por la ira, no pensaban, sólo actuaban bajo la pasión del momento. Ella no era así, no se dejaba cegar en una pelea. Podía odiar, si, pero seguía con la cabeza sobre los hombros, calculadora y fría como el hielo. "Bien", pensó, "Pasamos a la segunda fase: La ira". En pocos segundos, la valiente mujer se vio envuelta en una pelea a tres bandas. Los atacantes no le dejaban ni un respiro, blandiendo sus espadas y golpeando al unísono. Los zumbidos del metal provenían de distintas direcciones y sentidos. A pesar de ello, Moraví no se dejaba sorprender, deteniendo los ataques con una rapidez increíble. Su espada estaba moldeada a su medida, haciéndola más ligera y manejable que las armas de sus enemigos. Ella misma la había forjado, afilándola a su antojo. La empuñadura, aunque decorada como todas las espadas vikingas, se mantenía dentro del decoro y la discreción, sin demasiados ornamentos. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Empiezo a aburrirme. —gruñó mientras esquivaba un golpe a su derecha, directo a sus costillas. Sus palabras alentaron aún más el ataque de los hombres. Era realmente divertido ver las caras sudorosas y enrojecidas por el esfuerzo, el entrecejo fruncido y las mandíbulas apretadas. Los hombres gruñían en cada golpe, y ella respondía a sus ataques del mismo modo. —Chicos… —dijo entrecortadamente, mientras golpeaba con el codo en el estómago al de la izquierda, alejándolo de su cuerpo. —… Creo que es hora… —dio una fuerte patada en la canilla de Joe, dejándolo descompuesto el suelo. —… de acabar… —golpeó con la cabeza al tercer soldado, dejándolo desconcertado. —… con este juego. El hombre a su izquierda ya se había incorporado. Ella saltó por encima de sus cabezas, cayendo de pie, como una felina detrás de Joe. Con la empuñadura de su espada lo golpeó en la nuca dejándolo inmóvil en el suelo. —Y ahora... el golpe final. —dijo en voz alta. Rápidamente se acercó a la cómoda y cogió una figura de metal en forma de pene erecto. Los soldados la siguieron, acorralándola contra la pared. Ella atacó a los dos, con un golpe continuo que barrió sus cabezas. —Uy, eso debe de doler. —dijo al oír el crack producido en el chocar de la figura con los cráneos. De repente se hizo el silencio. Moraví se entretuvo unos pocos segundos, contemplando su trabajo con la ceja izquierda arqueada y una mirada aburrida. Los tres hombres quedaron desparramados por el suelo, inconscientes. Estaba segura de que despertarían tarde o temprano, pero el "sueño profundo" en el que se encontraban ahora le daría tiempo de salir de allí sin tener que enfrentarse con ellos de nuevo. Sin quererlo, recordó a la joven que la esperaba en la gruta. Aricán se sentiría orgullosa de comprobar que no había matado a nadie en la lucha. Por lo poco que sabía de la muchacha, y por alguna razón que no lograba entender del todo, comprendía que para la pelirroja la vida de cualquier persona era sagrada, y nadie tenía derecho a arrebatarla. Aunque esa persona se tratara de un soldado sin escrúpulos. Ella no compartía esa idea, pero la respetaba. Por un instante se preguntó si la actitud de Aricán cambiaría al conocer a un berserker. Idea desechada rápidamente. Después de la rápida reflexión se detuvo a contemplar la figura que portaba en su mano derecha. —Cuanto más grandes son… —se dijo acabando la frase en un suspiro cansino. Dejó caer la pesada figura, enfundó su espada y se dirigió a los aposentos de Lord Weillor. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: —Tengo que salir de aquí. Debo seguirla. Pese a que no había pasado demasiado tiempo, el hecho de estar sola y casi a oscuras en aquella gruta la estaba impacientando. Se sentía ahogada con la sensación de humedad que se le pegaba al cuerpo. El polvo parecía aumentar a cada minuto y la gruta se estrechaba por momentos. Y es que el tiempo podía alargarse mucho cuando se trataba de tener paciencia. Aricán estaba segura de la valentía y la capacidad de lucha de su compañera. Moraví se había enfrentado a muchos para salvarla en aquel bosque, por tanto el número de soldados no era un problema. Pero el hecho de estar allí sin hacer nada, sin saber en qué estaría metida aquella mujer, la ponía cada vez más nerviosa. —¿Y si la han sorprendido y no ha podido defenderse? ¿Y si han cambiado las cosas desde la última vez, y ahora hay más soldados en los puestos de vigía? "No, eso no es posible. En tantos años como he vivido entre estos muros, la defensa nunca ha cambiado". —se recordó a sí misma. —¿Y si ahora está en peligro?... ¡Argg! ¡Aricán! —se dijo molesta. — Deja ya de preocuparte por ella. Sabe defenderse. Además, es una pirata, ¡Qué demonios! Siguiendo el paradigma de la ética de los héroes, sabía que como corsario y como vikinga Moraví se enfrentaría a sus enemigos con una audacia y un valor sin límites. La pelirroja conocía historias sobre esas gentes, y aunque la oscura mujer no fuese realmente una vikinga, seguramente se había formado entre ellos, como un miembro más. Era orgullosa, y muy buena en la lucha, "la mejor", por tanto saldría airosa de la situación. De eso estaba segura. A su mente le llegaron imágenes claras de la primera vez que vio a la pirata, en el bosque. Sin poder evitarlo miles de hormiguillas le recorrieron de la cabeza a los pies al recordar a la mujer ejercitando sus músculos. "Eso te provoca, nena. Sólo de pensar en ella, ...en ese torso sudoroso, ...en esas piernas tersas, esa piel morena... esa
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    forma de moverseen la lucha...en esas líneas que definen su cuerpo… ¡Uff!... Mira cómo te pones". Estaba claro que pensar en las poses y las curvas de Moraví no le estaba sirviendo de mucha ayuda. Al contrario, hacía que extrañara cada vez más tenerla a su lado. Intentó tranquilizarse respirando hondo. Pero no parecía dar demasiado resultado tampoco. Aparte de que como siguiera aspirando con tanta fuerza, estaba segura de que acabaría tragándose todo el polvo de las paredes de la caverna. —¡Estupendo! ¡Sal, síguela y desobedécela! —le preocupaba no seguir el plan a raja tabla. Después de todo debía confiar ciegamente en Moraví. ¿O acaso era que temía la reacción de la mujer oscura? Por más que se dijera a sí misma para tranquilizarse, el resultado era todo lo contrario. La paciencia no parecía ser su mayor virtud. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Si hubiese más luz verías que has barrido el suelo de tanto pasear. —Se dijo al darse cuenta que no hacía más que andar de un lado para otro, caminando sobre sus huellas. —Dentro de poco se hundirá el suelo. —bromeó. —Y... ¿qué demonios hago hablando sola en este pasadizo? —gritó a la pared, como si se tratara de alguien que la escuchara. —No puedo más. Me largo. Dicho esto, hizo un ademán de despedida y se dirigió a la compuerta. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Moraví no dudó en abrir la puerta de los aposentos de Lord Weillor. Como esperaba, no había nadie en el interior. Era muy probable que mientras dos soldados vigilaban su custodia, pensando en su seguridad, él se hubiese colado bajo las sábanas de alguna doncella, al otro extremo del castillo. Sea como fuere, eso iba en su propio beneficio. Echó un vistazo rápido por toda la habitación hasta dar con lo que buscaba. Como si de un imán se tratara, el fresco pintado en la pared la atrajo, perdiéndose en la imagen que se exponía frente a ella. Era un cuadro mágico. Su magnetismo la transportaba a una realidad del pasado. Allí estaba ella, Moraví, observando en segundo plano la dura escena: una gran batalla entre una bestia y su verdugo. Casi podía oír los bufidos del animal y los gruñidos cansinos del caballero. La respiración de ambos errática. Las garras de la bestia deteniendo el avanzado ataque del guerrero. Una lucha a muerte, donde sólo podía quedar uno. A sus sentidos llegaba también el olor a azufre y sangre. No podía dejar de mirar, y tampoco podía moverse. Tenía que limitarse a contemplar cómo se desarrollaban los hechos, como si una fuerza superior la obligara a hacerlo. En el fresco, un grandioso dragón negro ocupaba casi todo el espacio del cuadro. Su cuerpo se retorcía bajo el dolor de un pinchazo, el producido por aquel sable brillante, realizado en dos metales distintos. El rostro del dragón representaba la muerte: los ojos perdidos, la mandíbula desencajada, la lengua fuera, en medio de una humeante boca... La estocada parecía haber atravesado el corazón de aquel inmenso animal. No se veía con claridad al hombre que portaba el arma mortal, pues estaba de espaldas. Aunque eso no tenía ningún valor para ella. Lo importante era haber descubierto que dicha espada correspondía al objeto fruto de sus sospechas. Haciendo memoria, comparó la imagen grabada en su mente con la pintura. La espada, de doble filo, tenía la empuñadura de un color, y los adornos de otro. Los distintos símbolos grabados en la misma representaban figuras típicas dentro del conjunto ornamental de los vikingos. Aves, animales, y gran variedad de figuras geométricas eran cuidadosamente talladas en la plata, destacando sobre el bronce de la empuñadura. También se representaba en la pintura la pequeña incrustación de una piedra sobre el metal. Al ver su forma ya no le quedaba duda alguna. Ambos objetos coincidían, se trataba de la espada de Haithabu. Tan centrada estaba en el fresco que no cayó en la cuenta de la presencia de otro ser en la habitación hasta tenerlo prácticamente a su lado. Entonces la reacción fue inmediata. Sintiendo al posible agresor tras su espalda, saltó impulsándose con ayuda de la pared. Casi sin darse cuenta había rodeado el cuello de su compañera y había hecho presión, hasta dejarla medio asfixiada. —¡Dioses! —dijo indignada. —¿Quieres que te mate? Aricán no respondió. La miraba sorprendida, con los ojos como platos, desorbitados. Con la cara enrojecida intentaba tomar una bocanada de aire que la volviera a su estado normal. Su cara reflejaba el temor de morir de una forma tan absurda y sus labios se tornaban de un color azul. Al darse cuenta del daño producido, Moraví aflojó rapidamente la camisa de la pelirroja, y desplazó los dedos con fuerza sobre el tórax de la muchacha. El masaje le abrió el pecho, dejando entrar el aire. —¿Cómo se te ocurre entrar a hurtadillas? —Preguntó la morena después de verla respirar. —Podía haberte matado. —No lo hice... —respondió la joven atropelladamente, jadeando con cada palabra. —Te llamé, pero no me hiciste caso. —No te oí... —susurró y le dio la espalda, extrañada. —Este cuadro... —Estabas en otro lugar. —en el tono de la joven se expresaba la preocupación por su compañera. —Era como si sólo tu cuerpo permaneciera aquí, y tu alma dentro de ese cuadro. Lo vi brillar. —¿Q-qué? —No sé, no sabría definirlo bien, pero... era como si la imagen cobrara vida. —La pintura me engatusó, Aricán. Era como si presenciara en directo lo que estaba ocurriendo. Pude sentir el esfuerzo de la
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    lucha... —A Moravítodo le parecía muy raro. En alguna ocasión había sentido el efecto alucinógeno de algunos hongos, pero... esto era distinto. Este trance, tan real, se convertía en algo inexplicable para ella. —Quizás fueras tú la que luchara, mírate. Moraví, sorprendida, se observó. Su cuerpo estaba totalmente sudoroso, como si hubiese realizado un esfuerzo inhumano. La lucha con los tres soldados no había sido como para tener un aspecto tan cansino. Las gotas de sudor de su frente le habían humedecido el flequillo de tal modo que parecía recién salida de un baño. A eso había que sumarle el inmenso calor que sentía, como si hubiese estado todo el tiempo al lado de una inmensa fogata. —¿Qué ha pasado Mora?  ¿Qué has visto? —Sólo el ardor de la batalla. —Pero, ¿lo había visto o lo había vivido? No pudo moverse en todo el tiempo que transcurrió su "trance". VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L No quiso pensar más, tenían que salir de allí. —¿Es esa la espada que buscabas? —preguntó la más joven. —Sí. Es la espada de Haithabu, y existe. Yo la he visto. —dijo dirigiendo nuevamente su mirada al objeto dibujado. —Algo me dice que la espada es la clave de todo. —Es muy hermosa... —dijo Aricán deteniéndose en la pintura. —Lo es aún más cuando la ves de verdad. —apuró a decir. —Entonces... —Aricán, tenemos que salir de aquí. —Está bien. —aunque sus preguntas quedaran sin respuesta, ya tendrían tiempo de hablar una vez fuera de los muros de palacio. Volviendo sobre sus pasos, entraron en el pasadizo secreto, por el mismo armario. Se dirigieron sin demora a través de la gruta, con la intención de volver al vestíbulo de origen. Pero a medida que avanzaban, la sensación de peligro era mayor. Moraví se detuvo en seco, delante de Aricán. La joven casi se da de bruces contra la espalda de la corsario. —¿Qué sucede? —preguntó en voz baja. —Shhhh... No estamos solas. —respondió la guerrera en un susurro. La tensión se acrecentó. Los corazones de ambas latían con rapidez. Aricán sintió cómo su boca se secaba, pero no hizo nada para paliarlo. El silencio era molesto, muy molesto. Pronto fue roto por un gruñido inhumano que inundó la estrecha gruta. Entonces ambas mujeres se dieron la espalda y corrieron de nuevo hacia la antecámara como alma que lleva el diablo. Una vez en la antesala las dos mujeres se miraron. —¿Qué era eso? —preguntó la joven. —No lo sé. Pero tampoco me apetece averiguarlo. —respondió Moraví, segura de lo que decía. —Entonces tendremos que salir por el pasillo. —¿Preferirías que nos enfrentáramos a esa cosa? —la retó Moraví. —Quizás no sea nada... —tras una pausa lo suficientemente amplia para hacer que sus palabras calaran en la mente de Moraví continuó. —Puede que nuestra imaginación nos esté gastando una mala pasada... Podría ser sólo el viento, o el gruñido de un murciélago acrecentado por el eco. —No Aricán. Las antorchas no estaban apagadas, y vi rasguños en la pared. —Pero... he pasado por esa gruta cientos de veces y... —Puede que tengas razón, pero no quiero averiguarlo. —quiso hacerle entender a la joven pelirroja que su instinto pocas veces se equivocaba. Y su sexto sentido le decía ahora que era más peligrosa la gruta que el pasillo con sus cuatro soldados. Aricán, de alguna manera comprendió que algo misterioso estaba ocurriendo en el lugar, por tanto no quiso discutir más. Si Moraví decía que debían atravesar la galería, así lo harían. La pirata pensó en un segundo plan para salir de allí. Si conseguían llegar a la galería contigua a las cocinas, podrían salir sin esfuerzo. El tiempo se les echaba encima. —Coge una espada. —ordenó a la joven, indicando una de las espadas de los soldados que seguían inconscientes en la recámara. —¿Una espada? —preguntó Aricán asustada. —Pero si no sé manejarla. —Lo sé, pero tendrás que ayudarme de alguna manera. —¿Qué tal si cojo esto? —La joven se dirigió a la pared, donde colgaban dos cuchillas finísimas, de poco peso. —Bien, cógelas, las dos... Y vámonos. Pronto estaban en el pasillo, escondidas tras una primera columna. Lo bueno de esos castillos tan altos era que debían llevar contrafuertes y columnas muy anchas, por lo que habían rincones por todos lados.
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    "Con un pocode suerte, puede que no tengamos que lidiar con ningún soldado", pensó la pelirroja, asustada sólo con la idea de tener que matar a alguien. En su camino apareció el primer vigilante. Moraví se adelantó, con el sigilo de un felino. El soldado no se dio cuenta de su presencia hasta sentir el sordo crack que le dejó sin sentido en pocos segundos. "Uno menos", pensó Aricán algo más aliviada. Con un segundo soldado se repitió la misma escena, pero al llegar al fondo del largo pasillo, la cosa sería diferente. Escondidas tras un contrafuerte, observaron cautelosas el cambio de guardia que se producía justo en ese momento. Ahora eran cuatro los que hablaban entre sí, contando alguna peripecia del día. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Aricán posó su mano sobre el brazo de la morena, esperando que le diese alguna señal. Con una mirada en respuesta, Moraví le indicó que esperara. Tras unos minutos se produjo el cambio. Ahora eran dos los soldados, por tanto sería el momento ideal. Moraví arrancó de la mano de Aricán una de las cuchillas, tirándola hacia atrás. —¿Qué ha sido eso? —preguntó uno de los vigías. Tras un silencio, uno de los soldados se dirigió al fondo de la galería, pasando por el lado de las dos mujeres escondidas. Fue entonces cuando Moraví indicó a Aricán que avanzara, hasta estar al alcance visual del soldado que quedó en su puesto. En la penumbra, no se distinguía el perfil de la joven, que se acercaba con paso confiado al vigía, sabiendo en todo momento que no estaba sola. Mientras tanto, la pirata había ido tras el otro, venciéndolo con facilidad. Antes de que se diera cuenta, el vigía que quedaba ya no contemplaba sólo una silueta en la penumbra, ahora eran dos sombras que venían hacia él. Con gran rapidez lo alcanzaron, y el hombre, creyendo ver dos fantasmas en la noche, quedó petrificado. Con un fuerte puñetazo, Moraví terminó con su agonía estúpida. —No ha sido tan difícil... —dijo Aricán, mirando satisfecha a su mentora. Pero su felicidad no duró más que un segundo, pues tras ellas corrían ahora tres hombres más. —¡Nunca te confíes! —le gritó Moraví. —¡Corre! Agarrándola de una mano la alentó a correr con todas sus fuerzas. No podían seguir entreteniéndose con aquellas luchas estúpidas. Salieron del pasillo, corrieron hasta las escaleras, se deslizaron por la barandilla y siguieron en su huida por el castillo. Prácticamente todo el castillo estaba alertado de su presencia, por tanto les quedaba la esperanza de llegar a un lugar seguro donde esconderse, y así lo hicieron. Cuando alcanzaron la galería contigua a las cocinas, Moraví le indicó una puerta a Aricán para que entrara. Una vez en el interior sorprendieron a dos vigías durmiendo juntos en la cama. —¿Q —qué hacen aquí? —preguntó uno de ellos atemorizado con la idea de haber sido descubierto. Moraví se adelantó a responder. —Haremos un trato, chicos. —Se acercó amenazante a ellos, espada en mano. Aricán hizo lo mismo, portando la cuchilla en la mano derecha. —¿Qué quieren? —Necesitamos escondernos. —¿Y quien dice que las esconderemos nosotros? —¿Queréis ser delatados? —la voz provenía ahora de la joven pelirroja. Los dos hombres se miraron, y luego se dirigieron a ellas. —Está bien. Los cuatro permanecieron allí, en silencio. Desde el otro lado del cuarto les llegaban los gritos y los pasos de los guerreros que buscaban a las intrusas. Ellos siguieron tensos, hasta que las voces se calmaron y los ruidos se perdieron en la noche. Uno de los hombres las miraba desconfiado. —No serán delatados... —le dijo Moraví. —No venimos para eso, sólo queremos salir de aquí. —Yo te conozco. —Dijo el otro refiriéndose a Aricán. La muchacha se limitó a encogerse de hombros, como si el hecho de ser reconocida a estas alturas le i importara "un pimiento". Moraví era consciente de que alcanzar la torreta, con la alarma de los soldados era prácticamente imposible. —¿Cómo salimos de aquí? —preguntó, con la mirada clavada en el hombre que se encontraba más cerca.
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    Ante la miradade acero, el soldado tragó saliva. —Hay una torre abandonada, al sur del castillo. —dijo de forma cautelosa, pensando bien cada palabra antes de ser pronunciada. —Si la alcanzáis, podréis acceder a ella sin temor a ser descubiertas. —Sí. —afirmó el otro. —Está semiderruída, por lo que es de peligroso acceso. Pero si llegáis a la cima, podréis saltar a la fosa. —¿Queréis que nos matemos? —preguntó en un gruñido. —N —no, no... claro. Es que allí el agua tiene bastante profundidad. Moraví los miraba detenidamente, estudiando hasta qué punto estaban diciendo la verdad. Con su espada pinchó la garganta de aquel soldado. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Si estáis mintiendo, volveré a por vosotros. —amenazó furiosamente. Confiada de que esos dos no saldrían de la habitación por miedo a ser descubiertos por sus compañeros, indicó a Aricán que se pusieran en marcha. No tardaron mucho tiempo en alcanzar la torre del sur. La destreza de Aricán sumada a su capacidad para orientarse en plena oscuridad ayudó a que el avance fuera muy rápido. Al mirar la torre Moraví se percató de que no era más que un amasijo de maderas y piedras. Desconfiada miró el peligro que les esperaba. —Podremos subir sin miedo. —dijo Aricán confiada. —¿Lo has hecho? —preguntó sorprendida. Con una sonrisa Aricán respondió afirmativamente. —Tú sólo sígueme. Aricán ascendía por las ruinas con la experiencia de un felino. Parecía que conocía cada piedra, cada trozo de madera y cada recodo seguro. Moraví se limitó a colocar las manos y los pies por donde la joven lo había hecho con anterioridad. Una vez en la cima, y cuando se sintieron en una posición segura, las dos mujeres miraron por el borde del muro, calculado la distancia hasta el foso. —Demasiada altura... —el tono de voz de la pelirroja delataba el temor a tirarse desde allí. —Solo hay una manera de comprobarlo. Dicho esto, y sin esperar un segundo más, Moraví saltó, agarrando en su caída a Aricán. Ambas cayeron al vacío sin la certeza de saber si saldrían vivas de ésta.   Continúa...
  • 49.
    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 8 ª P A R T E . Autora: Obeluxa LA ESPADA DE HAITHABU. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L "El tiempo vela cuando todo duerme. El tiempo permanece cuando las otras cosas desaparecen. El tiempo lo envuelve todo y nada lo encuentra. Pasado, presente y futuro son criaturas del tiempo." (Vyasa)* Este capítulo lo quiero dedicar muy especialmente a Politatoe, y a tod@s los lectores que tiene la inmensa paciencia de esperar por cada entrega. También va por aquellas personas que de alguna manera me han ayudado a la hora de escribir correctamente lo que por mi imaginación pasa. No me olvido de la dueña de esta casa, que tan gentilmente se brinda a dejarnos su espacio y su tiempo, Cruella, que de Vil tiene más bien poco  ; —)   2. La Dama de la Guadaña, vieja y descarnada, caprichosa y traicionera… algunas veces hermosa y deseada, otras tantas, monstruosa y despreciada. Ella es el rostro de la muerte y el terror, representada en una mujer enjuta y maligna, pero también es la bella dama de rostro brillante y resplandeciente, tan reconfortante como agua fresca de manantial. Juguetona y caótica, a menudo esquiva el trabajo fácil, prefiriendo llevarse a seres llenos de belleza vital y energía desbordada. Maneja las vidas como si de las piezas de un juego se tratara, sin ningún valor, y cuando se cansa de su divertimento, elige sin aparente criterio a quien le haga compañía en su absurda soledad. Lo malo de la Dama de Muerte es que no siente el más mínimo respeto por la vida; desprecia de igual modo a quienes desean su llegada y a quienes huyen de su persona. Persigue a quien huye y se ahuyenta de quien la persigue. Siempre tan señora, con su peculiar sentido del humor. ¿Cuántas veces se ha burlado de quien la espera herido de muerte? ¿Cuántos años ha sido capaz de visitar al enfermo sin dar solución a su sufrimiento? ¿Y cuántas más ha robado la vida de quien no esperaba su pronta llegada? Pero ella es tan contradictoria que cuando crees que es aberrante se muestra gentil y compasiva. Pese a todo, cuando la Dama de la Guadaña se acerca demasiado, la muerte puede ser el llanto amargo o el canto dulce. Lo cierto es que el criterio no está fijado, y es imposible saber cuál será su camino elegido. La suerte queda echada, pero no se desvela hasta el momento cumbre. Es en el transcurso de la espera de su llegada donde a veces no se tiene tiempo de pensar, bien porque el tiempo de espera es muy corto o porque se alarga tanto que pierde su sentido. Pero esa Señora tiene sus limitaciones, y simplemente puede "no ser", si consigues engañarla y sigues su juego. Ese era el caso de Aricán, siempre engañando al destino, arrebatada de los lazos del descanso eterno siempre en el último momento.  Puede que el destino estuviese de su parte o... ¿acaso era un juego más de la "Señora"?  Sea como fuere, lo importante es que aún conservaba intacto sus instintos vitales y su cabeza, y daba gracias por ello. En el bosque, a salvo de los peligros del castillo, Aricán recordó las fuertes sensaciones que se apoderaron de ella durante la caída a aquel foso de lodo. Cuando Moraví la empujó, fue miedo lo primero que sintió, un terror que se apoderó de todo su cuerpo, su mente y su alma (si es que aún la conservaba). No temía al dolor, sino al no despertar de aquel lodo. Hasta cierto punto sintió odio al pensar en la posibilidad de acabar su corta vida de una forma tan estúpida y casi voluntaria. Como hiciera en otras ocasiones, sin consultarla, Moraví había actuado a su manera, arriesgando el porte de las dos. Aricán caminaba a través de un sendero del bosque, al lado de la mujer oscura. Ambas tiraban de las riendas de sus caballos. La joven pelirroja andaba casi ausente de la realidad, totalmente ensimismada en sus pensamientos. En un momento dado se dejó ir un poco, quedándose atrás. —¡Arg! —La joven la detestaba cuando tomaba determinaciones, ignorándola. La pirata era condenadamente buena, pero a veces la sacaba de quicio. "¡Oh!..., también es condenadamente guapa”. Pese a su sordo enfado, miraba la oscura silueta balanceándose en el andar con movimientos seguros y elegantes. Cada paso era embriagador y seductor. Parecería que lo hiciera adrede. "¡Deja! Se supone que estoy enfadada”, se reprimió a sí misma por embobarse en el cuerpo de la oscura mujer. Olvidando su fantasía, aceleró el paso y perdió su memoria en los últimos acontecimientos. Cuando pensó que acabaría asfixiada en aquel lodo espeso, trató de disipar el miedo que la corroía sin conseguirlo. Los segundos se le hicieron eternos. "El tiempo lo envuelve todo, pero nada lo encuentra, y permanece cuando todo lo demás desaparece”*. La sensación de ahogo, por breve que sea, puede ser muy angustiosa. Cuando Aricán pensó que se detendría el tiempo para ella, consiguió aferrarse a algo que no supo identificar en el momento. Eso la ayudó a impulsarse hacia el exterior de aquella profunda y pesada fosa. Noche y miedo quedaban separadas por una línea horizontal. Al asomar la cabeza por encima de aquella línea fangosa que separaba las dos oscuridades, pasado,
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    presente y futurovolvieron de nuevo a su lugar... y fue una sensación fantástica, era como volver a recuperar la esencia vital perdida. Entonces la muchacha tomó una bocanada de aire que hinchó sus pulmones, aliviándola del malestar anterior. A medida que soltaba el aire, el corazón retornaba a su bombeo normal. Cuando recuperó su tranquilidad, volviendo a la realidad, pudo darse cuenta de que Moraví estaba frente a ella. La escena le pareció muy cómica, ya que de la mujer oscura sólo reconoció la brillantez de sus ojos azules, que sonrieron cuando ella hizo amagos de reírse de su lamentable estado, con su rostro totalmente embarrado y sucio. —¿Te has visto? —Shhh. No hay tiempo, Aricán, salgamos de aquí cuanto antes —respondió la pirata con voz fría y calculadora. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Después de que ambas salieran de la fosa y amparadas por la oscuridad de la noche, se alejaron del castillo, dejando atrás los gritos de alarma de los vigías. Recuperaron los caballos y cabalgaron sin parar durante largo tiempo, hasta quedar muy lejos del peligro y de cualquier tipo de civilización. Fue entonces cuando aminoraron la marcha, dejando descansar las monturas. Moraví no era muy dada a palabras, pero se extrañó de que la joven pelirroja no dijera nada en todo el trayecto, cuando horas antes había percibido la burla en su rostro, tan desaliñado como el suyo propio. La miraba de reojo, buscando alguna pista que le fuera útil para entender el cambio de humor que había experimentado en tan poco rato. El silencio se hacía cada vez más pesado e insoportable y la pesada noche caía sobre ellas con todos los sonidos perceptibles al oído. Un incesante susurro les indicaba la cercanía de un arroyo. En la noche también se percibían los cantos de las nocturnas lechuzas. Un lobo aullaba a lo lejos, y otros contestaban a su llamada por otro lado del bosque. Seguramente se preparaban para una cacería. En ese extraño silencio, podían oírse respirar agitadas tras el cansancio de la huída. La pirata se paró en seco, sin poder aguantar ni un segundo más el muro invisible que se había levantado entre ellas. Se volvió bruscamente hacia su joven compañera. —¿¿Qué?? —preguntó Moraví desesperada, tal vez para romper ese molesto silencio que amenazaba con destrozar sus nervios. Aricán la miró con el ceño fruncido. —¡Podíamos habernos matado! —la increpó. —Pero no pasó nada, estamos bien —resolvió, con intención de no continuar la disputa. Aricán la agarró del brazo, nada dispuesta a que la pirata se saliera con la suya. Osadamente la hizo girar, enfrentándola a sus ojos furiosos y entristecidos a la vez. Si se tratara de otra persona la que hubiese actuado de ese modo, se arrepentiría al instante, recibiendo al momento un buen golpe en la mandíbula. Pero cuando se trataba de la pelirroja, la pirata se dejaba llevar. Moraví la miró, con tranquilidad, esperando a que dijera lo que quisiera. —¿Por qué eres tan…? ¿Tan? —Aricán pensó en el adjetivo adecuado para la alta mujer: ¿Irritante? ¿confiada? ¿egoísta? ¿segura de si misma? ¿temeraria?… cuanto más lo deseas menos aparece la palabra adecuada. —¿Tan…? —preguntó Moraví levantando una ceja, divertida. —Tan... —la joven movía los brazos exageradamente, como si con en ese gesto lograra sacar de su interior lo que quería decir. Esto hizo sonreír a la corsario, que no dejaba de observarla divertida. —¡Agg! —se rindió Aricán, con un gesto furioso —¡Mierda! —Aricán —la pirata la reclamó suavizando el tono de su voz, de manera que no resultara aún más molesta para su compañera. —Era la única salida. —Podías haberme consultado —  Aricán la increpaba, clavando su miraba directamente en los ojos azules de la mujer alta. Moraví quiso perderse en la intensidad de esos luceros verdes, que aún enfadados, eran preciosos. Le gustaba mucho la pasión que transmitía a través de su mirada. Pensó en decírselo, pero quizás no fuera el momento adecuado. Eso enfureciera más a la joven. Francamente, no le apetecía nada ir acompañada durante un largo trayecto por una joven mujer enfurecida a la que le había cogido gran estima. Además, pese a estar acostumbrada a la soledad y al silencio, la joven frente a ella le transmitía una gran tranquilidad a través del sonido de su voz. No soportaría su mudez durante demasiado tiempo. —Mira —explicó —Era lo mejor que podíamos hacer. Si te hubiera puesto al tanto, quizás hubieses dudado —hizo una pequeña pausa antes de proseguir —La duda no es buena, Aricán, menos aún cuando se trata de salir de un apuro. —Si, pero se supone que estamos juntas en esto. La muchacha sabía que tenía razón, pero… no podía evitar sentirse algo desplazada de sus planes. Y ahora, frente a ella se sentía… ¿enfadada?…No, ya no... su malestar desaparecía a medida que se perdía en esos ojos seductores que la miraban con dulzura. Intentaba con todas sus fuerzas mantenerse firme en su enfado pero… "¡oh, mierda!, es hermosa…" ¿cómo podía mantener su postura si la miraba de ese modo tan intenso?. "Y es perversa, pues sabe cómo influye una mirada tan dulce". Moraví notaba la lucha entre las distintas emociones, viendo cómo la rendición iba ganando terreno en el corazón de la joven pelirroja. Era consciente de la influencia de su mirada y disfrutaba al ver que sus defensas se iban desmoronando, como una muralla cuando tiene mal los cimientos y se tambalea con un leve movimiento de tierras. La muralla finalmente cayó. Se quedaron así durante un buen rato, una frente a la otra. Ojos azules fijos en ojos verdes, miradas perdidas en la profundidad del significado de esos luceros. Al tiempo, el cielo se dejaba iluminar por la luna llena, elevando su luz por encima de las copas de los árboles. Más lobos aullaron en la lejanía, inspirados por el contorno de la luna llena. Las dos mujeres pudieron apreciar el juego de luces y sobras reflejado en sus caras.
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    De repente todaesa magia quedó rota. Aricán rompió en una carcajada que desencajó el porte de la mujer frente a ella. —¡Jajajajaja! –Ojos verde mar la repasaron de arriba a abajo. La joven levantó su mano señalando a su compañera. Con la otra mano se agarraba fuertemente el agitado estómago. Moraví la miraba sin comprender, aún descentrada por los bruscos cambios de ánimo de Aricán. —¡Mírate! —logró decir la joven entre risas. El aspecto era lamentable, Moraví, la gran corsario aparecía llena de manchurrones en su cara, con el cuerpo tan desaliñado y sucio que si no llega a ser por su impresionante silueta y su altura, cualquiera diría que se trataba de una vagabunda alérgica al agua. —¡Niñata! —respondió Moraví, aparentemente enfadada, mirándose a si misma —¿Te ríes de mi? Insensata. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L La joven intentó por un momento parar de reír, pero tras aguantar la respiración un instante, volvió a romper en una carcajada aún mayor que la anterior. —¡Basta ya, pequeño demonio! —La morena se le acercó amenazadora. —¿Qué vas a hacer? —Aún sin reprimir su risa, Aricán temió lo peor, esperando algún tipo de venganza por la burla. Quizás su osadía hacia la guerrera hubiese rebasado los límites permitidos. Intentó huir, pero la corsario la inmovilizó agarrándola con rapidez por la cintura. —Nenita —le dijo en tono amenazador —Tú y yo nos vamos a dar un buen baño. ¿O acaso cree la princesita que yo soy la única desaliñada? Con gran esfuerzo levantó a la joven, como si se tratara de un fardo, encajándola en la cadera. —¡Suéltame! —protestó Aricán pataleando —¡Y no me llames nenita! —¿Te has visto?, estás tan sucia como yo, así que ahora seré yo quien se ría... nenita —dijo con retintín. El arroyo estaba cerca, y sin demora, Moraví se introdujo en sus aguas, hasta que sus muslos quedaron empapados. —¡No!, ¡no! –seguía protestando la joven, intuyendo lo que le iba a venir encima —¡Suéltame, bruja! —¿Me ha dicho bruja?... La niñata me ha dicho bruja —dijo en tono muy irritado —¡Te has metido en camisa de once varas, pequeña! Moraví la arrojó al agua, dándole un buen remojón sin soltarla del todo. —¡Ah —ah —ah! ¡¡¡Está congelada!!! –exhaló la joven —¡Te arrepentirás de esto! —Jajajajajaja —rió la morena, empujando de nuevo a su compañera bajo el agua. Aricán se revolvió, saliendo a la superficie, chapoteando como una niña pequeña y respirando erráticamente.. La joven se giró hacia la morena, atrapando su pierna izquierda y tirando de ella con fuerza. Moraví, sin esperar el rápido ataque y tras el brusco tirón, cayó al agua, formando un gran estruendo entre espuma. —¿¡Quién es ahora la pequeña!? —dijo Aricán triunfante. —¡Verás la que te espera! —amenazó tras levantarse. Los juegos siguieron durante largo rato, con luchas fingidas, risas, respiración entrecortada y caras enfurecidas. Pronto dejaron de sentir el frío del agua, y se fueron tranquilizando. El barro había desaparecido por completo, y la ropa mojada se adhería a sus cuerpos, marcándolos. Los pezones de ambas mujeres se transparentaban a través de las ropas, mostrándose erguidos por el frío y la excitación. Moraví fue la primera en dirigirse a la orilla, dejando a la joven pelirroja relajada en el agua. —¿No decías que estaba fría? —le gritó desde la orilla. —¡Vaya! ¿Yo dije eso? —dijo de forma distraída. La morena se alejó de la orilla sonriendo. Estaba claro que Aricán disfrutaba de su baño, así que la dejaría allí el tiempo que quisiera. Todavía faltaban varias horas para el amanecer, estaban en un sitio seguro y tendrían tiempo para secarse, comer y dormir un poco. Y algo más... ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Cuando Aricán pensó que se detendría el tiempo para ella, consiguió aferrarse a algo que no supo identificar en el momento. Eso la ayudó a impulsarse hacia el exterior de aquella profunda y pesada fosa. Noche y miedo quedaban separadas por una línea horizontal. Al asomar la cabeza por encima de aquella línea fangosa que separaba las dos oscuridades, pasado, presente y futuro volvieron de nuevo a su lugar... y fue una sensación fantástica, era como volver a recuperar la esencia vital perdida. Entonces la muchacha tomó una bocanada de aire que hinchó sus pulmones, aliviándola del malestar anterior. A medida que soltaba el aire, el corazón retornaba a su bombeo normal. Cuando recuperó su tranquilidad, volviendo a la realidad, pudo darse cuenta de que Moraví estaba frente a ella.
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    La escena lepareció muy cómica, ya que de la mujer oscura sólo reconoció la brillantez de sus ojos azules, que sonrieron cuando ella hizo amagos de reírse de su lamentable estado, con su rostro totalmente embarrado y sucio. —¿Te has visto? —Shhh. No hay tiempo, Aricán, salgamos de aquí cuanto antes —respondió la pirata con voz fría y calculadora. Después de que ambas salieran de la fosa y amparadas por la oscuridad de la noche, se alejaron del castillo, dejando atrás los gritos de alarma de los vigías. Recuperaron los caballos y cabalgaron sin parar durante largo tiempo, hasta quedar muy lejos del peligro y de cualquier tipo de civilización. Fue entonces cuando aminoraron la marcha, dejando descansar las monturas. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Moraví no era muy dada a palabras, pero se extrañó de que la joven pelirroja no dijera nada en todo el trayecto, cuando horas antes había percibido la burla en su rostro, tan desaliñado como el suyo propio. La miraba de reojo, buscando alguna pista que le fuera útil para entender el cambio de humor que había experimentado en tan poco rato. El silencio se hacía cada vez más pesado e insoportable y la pesada noche caía sobre ellas con todos los sonidos perceptibles al oído. Un incesante susurro les indicaba la cercanía de un arroyo. En la noche también se percibían los cantos de las nocturnas lechuzas. Un lobo aullaba a lo lejos, y otros contestaban a su llamada por otro lado del bosque. Seguramente se preparaban para una cacería. En ese extraño silencio, podían oírse respirar agitadas tras el cansancio de la huída. La pirata se paró en seco, sin poder aguantar ni un segundo más el muro invisible que se había levantado entre ellas. Se volvió bruscamente hacia su joven compañera. —¿¿Qué?? —preguntó Moraví desesperada, tal vez para romper ese molesto silencio que amenazaba con destrozar sus nervios. Aricán la miró con el ceño fruncido. —¡Podíamos habernos matado! —la increpó. —Pero no pasó nada, estamos bien —resolvió, con intención de no continuar la disputa. Aricán la agarró del brazo, nada dispuesta a que la pirata se saliera con la suya. Osadamente la hizo girar, enfrentándola a sus ojos furiosos y entristecidos a la vez. Si se tratara de otra persona la que hubiese actuado de ese modo, se arrepentiría al instante, recibiendo al momento un buen golpe en la mandíbula. Pero cuando se trataba de la pelirroja, la pirata se dejaba llevar. Moraví la miró, con tranquilidad, esperando a que dijera lo que quisiera. —¿Por qué eres tan…? ¿Tan? —Aricán pensó en el adjetivo adecuado para la alta mujer: ¿Irritante? ¿confiada? ¿egoísta? ¿segura de si misma? ¿temeraria?… cuanto más lo deseas menos aparece la palabra adecuada. —¿Tan…? —preguntó Moraví levantando una ceja, divertida. —Tan... —la joven movía los brazos exageradamente, como si con en ese gesto lograra sacar de su interior lo que quería decir. Esto hizo sonreír a la corsario, que no dejaba de observarla divertida. —¡Agg! —se rindió Aricán, con un gesto furioso —¡Mierda! —Aricán —la pirata la reclamó suavizando el tono de su voz, de manera que no resultara aún más molesta para su compañera. —Era la única salida. —Podías haberme consultado —Aricán la increpaba, clavando su miraba directamente en los ojos azules de la mujer alta. Moraví quiso perderse en la intensidad de esos luceros verdes, que aún enfadados, eran preciosos. Le gustaba mucho la pasión que transmitía a través de su mirada. Pensó en decírselo, pero quizás no fuera el momento adecuado. Eso enfureciera más a la joven. Francamente, no le apetecía nada ir acompañada durante un largo trayecto por una joven mujer enfurecida a la que le había cogido gran estima. Además, pese a estar acostumbrada a la soledad y al silencio, la joven frente a ella le transmitía una gran tranquilidad a través del sonido de su voz. No soportaría su mudez durante demasiado tiempo. —Mira —explicó —Era lo mejor que podíamos hacer. Si te hubiera puesto al tanto, quizás hubieses dudado —hizo una pequeña pausa antes de proseguir —La duda no es buena, Aricán, menos aún cuando se trata de salir de un apuro. —Si, pero se supone que estamos juntas en esto. La muchacha sabía que tenía razón, pero… no podía evitar sentirse algo desplazada de sus planes. Y ahora, frente a ella se sentía… ¿enfadada?…No, ya no... su malestar desaparecía a medida que se perdía en esos ojos seductores que la miraban con dulzura. Intentaba con todas sus fuerzas mantenerse firme en su enfado pero… "¡oh, mierda!, es hermosa…" ¿cómo podía mantener su postura si la miraba de ese modo tan intenso?. "Y es perversa, pues sabe cómo influye una mirada tan dulce". Moraví notaba la lucha entre las distintas emociones, viendo cómo la rendición iba ganando terreno en el corazón de la joven pelirroja. Era consciente de la influencia de su mirada y disfrutaba al ver que sus defensas se iban desmoronando, como una muralla cuando tiene mal los cimientos y se tambalea con un leve movimiento de tierras. La muralla finalmente cayó. Se quedaron así durante un buen rato, una frente a la otra. Ojos azules fijos en ojos verdes, miradas perdidas en la profundidad del significado de esos luceros. Al tiempo, el cielo se dejaba iluminar por la luna llena, elevando su luz por encima de las copas de los árboles. Más lobos aullaron en la lejanía, inspirados por el contorno de la luna llena. Las dos mujeres pudieron apreciar el juego de luces y sobras reflejado en sus caras. De repente toda esa magia quedó rota. Aricán rompió en una carcajada que desencajó el porte de la mujer frente a ella. —¡Jajajajaja! –Ojos verde mar la repasaron de arriba a abajo. La joven levantó su mano señalando a su compañera. Con la otra mano se agarraba fuertemente el agitado estómago.
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    Moraví la mirabasin comprender, aún descentrada por los bruscos cambios de ánimo de Aricán. —¡Mírate! —logró decir la joven entre risas. El aspecto era lamentable, Moraví, la gran corsario aparecía llena de manchurrones en su cara, con el cuerpo tan desaliñado y sucio que si no llega a ser por su impresionante silueta y su altura, cualquiera diría que se trataba de una vagabunda alérgica al agua. —¡Niñata! —respondió Moraví, aparentemente enfadada, mirándose a si misma —¿Te ríes de mí? Insensata. La joven intentó por un momento parar de reír, pero tras aguantar la respiración un instante, volvió a romper en una carcajada aún mayor que la anterior. —¡Basta ya, pequeño demonio! —La morena se le acercó amenazadora. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Qué vas a hacer? —Aún sin reprimir su risa, Aricán temió lo peor, esperando algún tipo de venganza por la burla. Quizás su osadía hacia la guerrera hubiese rebasado los límites permitidos. Intentó huir, pero la corsario la inmovilizó agarrándola con rapidez por la cintura. —Nenita —le dijo en tono amenazador —Tú y yo nos vamos a dar un buen baño. ¿O acaso cree la princesita que yo soy la única desaliñada? Con gran esfuerzo levantó a la joven, como si se tratara de un fardo, encajándola en la cadera. —¡Suéltame! —protestó Aricán pataleando —¡Y no me llames nenita! —¿Te has visto?, estás tan sucia como yo, así que ahora seré yo quien se ría... nenita —dijo con retintín. El arroyo estaba cerca, y sin demora, Moraví se introdujo en sus aguas, hasta que sus muslos quedaron empapados. —¡No!, ¡no! –seguía protestando la joven, intuyendo lo que le iba a venir encima —¡Suéltame, bruja! —¿Me ha dicho bruja?... La niñata me ha dicho bruja —dijo en tono muy irritado —¡Te has metido en camisa de once varas, pequeña! Moraví la arrojó al agua, dándole un buen remojón sin soltarla del todo. —¡Ah —ah —ah! ¡¡¡Está congelada!!! –exhaló la joven —¡Te arrepentirás de esto! —Jajajajajaja —rió la morena, empujando de nuevo a su compañera bajo el agua. Aricán se revolvió, saliendo a la superficie, chapoteando como una niña pequeña y respirando erráticamente.. La joven se giró hacia la morena, atrapando su pierna izquierda y tirando de ella con fuerza. Moraví, sin esperar el rápido ataque y tras el brusco tirón, cayó al agua, formando un gran estruendo entre espuma. —¿¡Quién es ahora la pequeña!? —dijo Aricán triunfante. —¡Verás la que te espera! —amenazó tras levantarse. Los juegos siguieron durante largo rato, con luchas fingidas, risas, respiración entrecortada y caras enfurecidas. Pronto dejaron de sentir el frío del agua, y se fueron tranquilizando. El barro había desaparecido por completo, y la ropa mojada se adhería a sus cuerpos, marcándolos. Los pezones de ambas mujeres se transparentaban a través de las ropas, mostrándose erguidos por el frío y la excitación. Moraví fue la primera en dirigirse a la orilla, dejando a la joven pelirroja relajada en el agua. —¿No decías que estaba fría? —le gritó desde la orilla. —¡Vaya! ¿Yo dije eso? —dijo de forma distraída. La morena se alejó de la orilla sonriendo. Estaba claro que Aricán disfrutaba de su baño, así que la dejaría allí el tiempo que quisiera. Todavía faltaban varias horas para el amanecer, estaban en un sitio seguro y tendrían tiempo para secarse, comer y dormir un poco. Y algo más... ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Tras relajarse, Aricán empezaba a sentir el frío del agua, pero no le importaba. Quería disfrutar de ello, mientras fuera gratamente soportable. Qué distinta era el agua del arroyo a la fangosa fosa del castillo de Lord Waillor. Agua limpia y fresca frente a lodo maloliente y pastoso. Ligereza frente a pesadez. Claridad frente a confusión. El contraste era comparable a su vida, separada en dos etapas distintas: libertad y esclavitud, una frente a la otra. La tranquilidad que le daba el estar con Moraví frente a la agonía de sentirse un espejismo. Sonrió al pensarlo. Después de todo la vida le había regalado el poder tener tan cerca a esa maravillosa mujer. Aunque ahora su vida fuese una constante lucha por la supervivencia, al menos se sentía libre para correr, para elegir... libre para vivir.
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    Por última vez,la pelirroja se sumergió lentamente bajo el agua, manteniendo la respiración cuanto pudo. Cuando ascendió a la superficie se sentía limpia y satisfecha. "Ya es suficiente", se dijo a si misma saliendo del agua. Al volver donde los caballos se encontró con que Moraví había montado el campamento. Los animales estaban atados a unas ramas, alejados de una hoguera. Sobre una piedra se encontraban las ropas de la pirata. Un lascivo pensamiento cruzó rápidamente por la mente de la muchacha. —Aricán, Aricán —se reprimió hablando en voz alta —¿Qué estás pensando? —Eso es, ¿en qué piensas? La grave y sensual voz de Moraví la hizo saltar como un resorte. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Yo... eh... lo siento —la joven estaba ruborizada, lo que provocó una amplia sonrisa en la corsario. —Es mejor que te quites esas ropas y las pongas a secar junto al fuego. —¿Eh?... Oh, si... las ropas, claro. Mientras la muchacha se desprendía de las mojadas ropas, las escurría y las extendía en rocas cercanas a la fogata, Moraví no apartó la mirada ni un solo momento. Desde su posición, en la penumbra, la joven no podía percibir su mirada, así que se aprovechaba de ese hecho sin ningún rubor. Los cobertores estaban extendidos, no demasiado cerca de la hoguera. A Moraví no le gustaba el fuego, por lo que solía alejarse de él más de lo necesario. Aricán carraspeó. —¿Hay algo de comer? —Me puedes comer a mi —fue la desvergonzada respuesta de Moraví. La joven la miró asombrada. —Era una broma —resolvió arreglando la situación –Hay unos mendrugos de pan y un trozo de carne seca en ese plato, cercano al fuego, ¿lo ves? —Oh, si... lo veo —la joven tibuteó —¿Puedo sentarme a tu lado? Moraví sonrió, y la hizo esperar antes de contestar —Ven. He preparado tu lecho junto al mio... por si pasara algo... ya sabes, algún peligro o algún animal... —"Lo que pasará es que no te aguantarás sin estarte quietecita, Mora. Aquí la única peligrosa eres tú misma." Aricán cogió su plato, y se sentó junto a Moraví, quien la arropó con su propia manta y luego se recostó a su lado, apoyando su cabeza en uno de los brazos. Con la cercanía, el estómago de Aricán no dejaba de alterarse, pero intentó olvidarlo y concentrarse en llevar bocado a su boca. —¿Estás cómoda? —le susurró la pirata, acercándose más de lo necesario. El cosquilleo de su respiración alcanzó a la joven en el cuello. "Ya comeré más tarde", pensó sin poderse aguantar ni un minuto más. Dejó el plato en el suelo y se acomodó mejor. Sus manos temblaron al rozarse con Moraví. —Ven Eso era lo único que necesitaba para que su deseo dejara de estar contenido, una llamada de su diosa particular. Aricán se sentó sobre el estómago de Mora, rodeándola con sus piernas, mientras ésta le acariciaba los muslos. Sus ojos, llenos de deseo, se encontraron. Bajo la tenue luz que desprendía la fogata, la corsario vio los labios enrojecidos y húmedos de Aricán. Se besaron. La danza dio comienzo. Ambos cuerpos se movían al compás de las caderas. Los besos aumentaron de intensidad y pasión. Los gemidos entrecortados formaron su propio canto. Se devoraron las bocas mutuamente, deseosas de probarse de nuevo. Cruzaron salivas y aire. Las suaves caricias tensaban sus pieles al roce de sus manos y sus cuerpos. Moraví recorrió los muslos de Aricán, hasta subir y tropezar con sus labios henchidos. Se humedeció los dedos, y siguió su camino hasta alcanzar el clítoris de la muchacha. Lo acarició a la par que su otra mano alcanzaba uno de sus pechos, colmándolo de atenciones. La respuesta de Aricán no se hizo esperar, y se apoderó de los dos pechos de la morena, masajeándolos, pellizcando sus erguidos pezones... chupándolos con su lasciva boca. Se acariciaron. Se abrazaron. Se apoderaron la una de la otra. Moraví encajó sus dedos entre las piernas de Aricán, haciéndola saltar al sentirla dentro. La joven se movía sobre ella, proporcionándole oleadas de placer. Se turnaron. Cambiaron de posición. Se amaron hasta que los cuerpos no aguantaron más y ambas pidieron clemencia al sentir la llegada del orgasmo. Y de ese modo, Moraví vio correrse a Aricán,... el placer de la muchacha dedicado a la corsario, portando su nombre... su sabor. Y Aricán disfrutó con una nueva y vibrante derrota de la mujer valiente. :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
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    —La mujer espeligrosa. Debe ser derrotada. En la morada del Dragón, los caballeros comprendieron la importancia de una labor en equipo. No vencerían a la mujer protegida sin la unión entre ellos y las fuerzas que provenían de la oscuridad. Los rituales se alargaron a lo largo de la noche. Eran momentos de magia oscura. Los animales sacrificados eran literalmente "escurridos" para sacar de ellos toda la sangre que portaban en sus cuerpos. Bebían sangre y vino, y se pintaban extraños dibujos en sus rostros y sus cuerpos. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Entre los caballeros se encontraban dos descendientes de berserkers, que trajeron consigo unos hongos alucinógenos. Esos vikingos eran temidos en todas las regiones por las que hubiesen pasado. Su fama de pendencieros, rebeldes y asesinos se extendía más allá de los límites de regiones conocidas. Pero por alguna razón (quizás por no ser de pura casta), los que se encontraban allí eran subordinados del dragón, y muy fieles a la causa. Sabían cuál era el camino a seguir y cómo parar las fuerzas enérgicas de la luz. Sólo tenían que ponerse de acuerdo en el plan. Un hombre, con una fea cicatriz en la mano izquierda, parecía ser el mandamás del grupo. Ordenaba, organizaba y metía en vereda a los mestizos berserkers sin problema alguno. Se mostraba frío y cruel, siempre con una daga en la mano. Muchos se preguntaron si esa era la misma daga que parecía haberle atravesado la mano, pero era algo que jamás se atreverían a decir en alto. A todos les llamaba la atención la gran pulcritud de sus ropas, que contrastaba con la dureza de su alma. Guiados por la oscuridad, forjaron un estudiado plan y se pusieron en marcha... La misión: acabar con la Hija del Sol y con la Tierra de Conquistadores. El camino: la espada de Haithabu.   sigue -->...
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    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 9 ª P A R T E . Autora: Obeluxa LA RUNA DE ODÍN. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Debes entrenarte en las runas del pensamiento si es que quieres ser de todos los hombres la criatura con alma más hermosa y sabia”. (Eddas) 3. La misión estaba en marcha. Lo pasado era tan sólo el comienzo de una batalla entre la Luz y la Oscuridad; entre el Bien y el Mal. Una lucha con el único fin de alcanzar un equilibrio natural. Porque no hay blanco sin negro, no hay luz sin oscuridad ni "El Bien" sin "El Mal". La Hija del Sol se enfrentaría al Dragón Negro porque así estaba escrito. Todavía queda mucho camino por recorrer, los rivales están equilibrados en espíritu, pero no en fuerza. La bestia apodera con diferencias ese poder. Moraví y Aricán deberán estar preparadas. Tendrán que ser más inteligentes que el demonio que las reta y compensar fuerza con destreza y habilidad. La teoría es clara y sencilla; el camino muy difícil, casi imposible. Cuando Moraví y Aricán regresaron a la aldea, reconocieron los restos de lo que había sido un pueblo próspero, organizado y pacífico. Los swettanos trabajaban con rapidez para levantar de las cenizas una nueva la aldea. Sus habitantes, descendientes de los viejos normandos, eran herederos de la serenidad y el orgullo de sus antepasados. Llorarían a sus seres queridos, pero no se dejarían vencer por la tristeza. No serían abatidos espiritualmente después del ataque de los caballeros de la noche, y desde luego, no volverían a ser sorprendidos ante ningún ataque. Por ello trabajaban incansables. Al tiempo de la reconstrucción del pueblo, las defensas eran incrementadas. Los habitantes de aquella pequeña aldea habían formado una alianza con los poblados más cercanos, hasta el punto de formar un imaginario círculo en el amplio territorio que iba desde Estanglia (al noroeste de Inglaterra) hasta Cantherbury (suroeste). Si los Señores del Dragón volvían a atacar, estarían preparados. No era un reto, sino un hecho y así lo sentían y lo vivían. Las dos recién llegadas poco permanecerían en la aldea, tan sólo el tiempo suficiente para dejar descansar a los caballos y preparar la pesada misión que se les venía encima. Moraví dispuso de cuantas armas era poseedora. Junto a su espada, un escudo, una lanza, un par de hachas y un arco con veinticuatro flechas. El típico arsenal de cualquier guerrero vikingo. La corsario eligió para Aricán armas más ligeras, pero eficaces dada las características físicas de la joven, alguien de poco peso y gran agilidad. Eran las cualidades que había observado en la pelirroja desde que estuviera a su lado. Dos cuchillos afilados con empuñaduras ligeras y una garra de mano, bastante grotesca, fueron las armas escogidas para la joven. —¿Qué es eso? —Es una garra de mano —explicó la pirata —Ven. Deja que te ayude a colocarla. Como si de un guante se tratara la joven pelirroja se colocó la garra, ajustando cada dedo a las púas. Moraví le ajustó la correa que rodeaba la muñeca, dejándola bien sujeta. —No creo que me acostumbre a este chisme. —A la joven no le gustaba en absoluto lo que llevaba en su mano. —Sé que es muy grotesco, pero es ligero. Te acostumbrarás a moverlo como si fuera tu propia mano. —¿Eso crees? —preguntó distraída. Aricán observó la garra, con las extremidades afiladas. Movió los dedos, sintiendo el zumbido del metal al tropezar unos con otros. Cuando consiguió no liarse acercó la mano a su compañera, y rozó el antebrazo de Moraví, no sin cierto aire lascivo en sus ojos. Su boca se entreabrió, dejando ver un atisbo de poder y deseo. Con la uña resbaló sobre la piel de la mujer, muy despacio, marcando una línea descendente. —Ten cuidado —susurró Moraví acercándose más a su compañera. Aricán se puso nerviosa al notar la cercanía de la piel curtida por el sol. —Podrías hacerme daño —le dijo aún más cerca. La magia del deseo se rompió cuando la pirata retiró la mano se su compañera cuidadosamente. Aunque el roce había sido muy suave, la garra produjo un rasguño superficial que dejó brotar algo de sangre. —¡Oh! Lo siento. —Aricán intentó tocar el brazo, sin llegar a hacerlo. —No ha sido nada, pero recuerda que es un arma peligrosa, aunque te sugiera otras cosas —Moraví la miró con ojos pícaros. —Si no lo puedo usar para lo que quiero, no lo necesito. —Aricán se quitó el guante, y lo apartó a un lado —No me gusta. Demasiado peligroso. — Enseguida se olvidó de la garra, mostrando más interés por el par de pequeñas espadas. –En cambio éstas no están mal. Armas ligeras, pero mortales. —Menos mal que te gustan, temía que acabaras llevando tan sólo un palo de escoba. —Ey, ¿por quién me tomas? —los ojos de Aricán mostraban un falso enojo — ¿Por una bruja?.
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    Un simple encogimientode hombros fue la respuesta. En el poblado los hombres más experimentados instruyeron a la joven en el manejo de las armas elegidas, pero la falta de tiempo impedía que adquiriera todos los conocimientos. A partir de ahí todo dependería  de la habilidad de la joven… y la ayuda de los dioses. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Los antiguos vikingos que se establecieron en el interior de un territorio, alejados de la costa, eran campesinos libres con igualdad de derechos y con propiedades del tamaño de una explotación agraria familiar. Con el tiempo, todo equilibrio tiende a romperse por la propia ambición de los hombres, y muchos de aquellos pueblos nobles acabaron estableciendo el sistema feudal. No era el caso de Swett, que, aún perteneciendo al reino de Kent, seguían manteniendo los viejos esquemas sociales. Los asuntos de la comunidad eran tratados en el seno de una asamblea regional. Como ocurriera años atrás, los swettanos y otras comunidades cercanas se reunían en asambleas para dar respuesta a sus problemas. Congregados en el alto de un cerro, los jefes de los distintos poblados discernían el plan de ataque y defensa contra el enemigo común. En una de esas reuniones hablaron de Moraví. No sabían por qué el destino la había elegido para ayudarles. De lo que sí estaban convencidos es de que ella conseguiría el arma necesaria para acabar con la amenaza, y por tanto, no la dejarían sola ante el peligro. Decidieron seguir a la corsario a distancia, interceptando y distrayendo cualquier legión del enemigo. No era ningún secreto que la corsario tuviera que alcanzar la costa lo más aprisa posible, y los swettanos estaban dispuestos a ayudarla a llegar a su destino cuanto antes. Esta última asamblea forjó la alianza de nueve pueblos cercanos, dispuestos a defender sus tierras del enemigo común. Atrás quedaron viejas rencillas y peleas comerciales, con la esperanza de crear una nueva extensión llena de armonía y paz. —Una alianza es buena —afirmó Moraví —Muy buena. —Al menos nos dará tiempo, y unidos seremos más fuertes para luchar —respondió Trebor —Los caballeros del Dragón no nos pillarán otra vez por sorpresa. Si los entretenemos, quizás consigas llegar a tu destino antes de lo que piensas. —Intenta distraerlo, Trebor, pero no intentes vencerlo —le dijo Moraví seriamente, mirándolo directamente a los ojos —No lo conseguirías. —Lo sé —Trebor no desvió la mirada intensa de aquellos ojos azules — Sólo lucharemos con los hombres. No nos arriesgaremos ante la bestia. Sería una estupidez. —¿Qué haréis cuando el monstruo ataque? —Moraví no sabía hasta qué punto era poderosa la bestia, pero estaba segura de que el fuego expulsado de sus entrañas devastaría cuanto estuviera a su paso. —El fuego se combate con agua, Mora. —dijo convencido —Es una ley natural. Si el Dragón Negro ataca, nos dirigiremos a Humber Firth of Forth —la decisión estaba tomada. Trebor quería transmitir seguridad y lo conseguía. —Ese río pertenece al antiguo reino de Northumbia —dijo Moraví preocupada. Antiguamente esa zona era respetada y temida. Nunca se había hecho ninguna negociación con ese reino, al menos después de haberse creado los siete reinados de la Inglaterra. —Recuerda que ellos también son viejos normandos, Mora. La sangre de sus venas es la misma que corre por la nuestra. Tienen las mismas inquietudes y los mismos problemas. No habrá ningún problema —la tranquilizó —Además, un peligro común unifica, da igual lo reservado que seas. —Y nadie como tú para convencerlos ¿verdad?… —Moraví suspiró apartando la mirada, dejando entrever con ello algo de preocupación. Sabía que Trebor viajaba mucho, y no se había tropezado con ningún problema en sus rutas comerciales. Pero eso no calmaba su preocupación. Una vez más tendría que confiar en su viejo mentor, y la idea de perderlo hacía crecer en su interior un vacío irreconocible. Tras un breve momento de reflexión, la mujer se levantó, con la mirada ausente. —Llegó la hora Trebor. Tengo que irme. —Moraví —Trebor la llamó con voz suave, como un susurro. Cuando captó su atención, continuó —Llévate esto. El viejo le dio un collar de cuero, con un colgante en forma de labrys, un hacha de doble filo que usaban los vikingos y las viejas razas de amazonas del pasado. –Te recordará de dónde vienes, y a qué raza perteneces. En realidad era un amuleto, pero Trebor conocía a Moraví. Era muy incrédula al respecto y no hacía caso de supersticiones ni mitos. La mujer estaba convencida de que por mucho que se hiciera o se rogara, el destino de cada persona se podía ir creando a lo largo de la vida. No creía que los dioses, (si existían realmente), fuesen portadores de buenas nuevas, y mucho menos que ayudaran a los mortales. Tampoco creía que la maldad se extinguiera por llevar una pata de conejo atada al cuello, en realidad le parecía una idea estúpida. Moraví se puso el colgante, sonriendo. Era algo irónico que ella, venida del sur, con un color de piel distinto y una raza distinta fuera considerada una de ellos. "Quizás por eso seas tan incrédula. Porque sus dioses no son los tuyos", pensaba siempre. A pesar de todo, estaba agradecida de tener siempre un lugar donde regresar. Mirando a Trebor a los ojos entornó los suyos formando un gesto de agradecimiento. —Sabes que estoy orgulloso de ti, ¿verdad?
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    Había más queuna afirmación en esa frase. Trebor, al igual que mucha gente del pueblo, confiaban plenamente en ella, esperanzados de que la vida volviera a ser lo que era, sin amenazas sobrenaturales. —Sí —su afirmación contenía una promesa implícita. No les fallaría, aunque eso significara su propia muerte. —Sé que lo conseguirás. Traerás la paz a esta tierra. Y ahora vete — ordenó el viejo. Estaba emocionado, pero no quería mostrar "debilidad" por su chiquilla. —Adios, viejo amigo —Al tiempo pensó una segunda despedida. "Adiós, padre". —¡Mora! –Trebor la agarró de la mano —Cuida de la chica. Me cae bien. Moraví sonrió. —Viejo verde —dijo por lo bajo, con voz burlona —No dejaré que le hagan ni un rasguño, te lo prometo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Tras preparar los últimos detalles del viaje y una corta despedida de los suyos, las dos mujeres partieron rumbo a la costa. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: El Dragón Negro había reclutado una gran tropa dividida en siete legiones. En su mayoría eran mercenarios sanguinarios que no dudarían en matar a su propia madre. Hombres leales a la maldad dispuestos a hacer cualquier cosa por su Señor. Los caballeros del Dragón no se demoraron en partir. Bajo el rugir de los tambores, se dividieron en dos grandes grupos. Uno de los grupos, compuesto por tres legiones se encaminó al gran continente, Darkfreud iba al mando de la expedición. Las legiones restantes se encargaron de buscar a la Hija del Sol por todos los rincones de Inglaterra. Moraví sabía que ésta era tan sólo el comienzo de una cruel aventura que podía acabar en éxito o en fracaso. Por delante tenían numerosas pruebas que se pagaban con la muerte. Y pese a que hasta ahora nada había sido fácil, sabía que lo que le esperaba era aún peor. Temía por la vida de aquellos viejos pueblos normandos y por la suya propia. Por suerte la corsario no se encontraba sola en este viaje, junto a ella notaba la fuerza de voluntad y la esperanza de Aricán. ¿Sería eso suficiente? Sin duda lo sabrían pronto. Desconocía cómo iba a acabar con aquel horrible mal. Lo que sí era cierto es que en ese enfrentamiento sólo podría quedar uno, y cuando llegara el momento crucial, cualquier indicio de duda sería más peligrosa que la más mortal de las heridas. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: En el siglo VII, los sajones procedentes de la región que se extiende entre los ríos Elba y Rin, se establecieron en la parte meridional del Támesis, en lo que eran en la época de Moraví los reinos de Wessex (oeste), Essex (Este) y Sussex (Sur). —¿A cual de los tres reinos nos dirigimos? —preguntó Aricán, ansiosa por conocer de una vez la estrategia a seguir. Desde que partieron de Swett rumbo a la costa, Moraví se mostraba muy reservada en sus planes. Su extremada precaución incomodaba a la joven pelirroja, que se sentía desplazada. Este sentimiento no era nuevo para Aricán, repitiéndose otras tantas veces desde que conociera a la mujer oscura.  Moraví al ver la cara de desconcierto y preocupación de la joven le habló. —Aricán, el peligro nos viene siguiendo desde que salimos de la aldea. Puedo sentir su presencia —dijo, mirando alrededor, intentando ver más allá de lo que el verde del bosque le ofrecía —Es como mi propia sombra. La joven también intuía el oscuro peligro, pero no sabía discernir de qué forma. —¿Es por eso que no me cuentas tus planes? ¿Temes que alguien nos esté escuchando? —Si —susurró Moraví. No era sólo eso. Tenía que estar segura de no fracasar. Si Aricán caía en manos del enemigo, sabiendo que viajaba con ella, la torturarían sin piedad hasta que hablara. No tenía demasiadas posibilidades de vencer, por tanto, no podía arriesgarse. Mientras menos supiera Aricán, mejor sería para ambas. La joven pelirroja se estaba acostumbrando a ver más allá de lo que mostraba la faz de la corsario, y palpaba con cierta claridad los pensamientos de su compañera. —Mora… tú también podrías fracasar, y entonces, ¿quién seguirá adelante? — Aricán hizo una leve pausa, dejando que las palabras calaran en la mente de la corsario antes de continuar —Somos dos. Estamos juntas en esto. —Te lo contaré… más adelante, cuando la amenaza desaparezca —la miró a los ojos —Lo prometo. Así fue. En su camino pararon en un antiguo templo de Odín. En sus puertas se podía leer una inscripción: "… no se sube a saltos a la cima, sino poco a poco, paso a paso." La frase, tallada en la piedra, no era fruto de las creencias de los dioses vikingos, sino del cristianismo. Esa era la forma de conversión que usaban los cristianos con una raza tan violenta y poderosa. Sobre los templos paganos se fundaban las nuevas iglesias, cambiando progresivamente los símbolos por cruces y otros objetos propios de la iglesia católica apostólica y romana. Los vikingos ingleses acabaron divididos, dando como
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    resultado una semirreconversiónde los fieles. Unas tribus aceptaron la nueva religión con sus reservas, mientras que otras, sin aceptar el monoteísmo, seguían rezando a Odín por su sabiduría, a Thor por su fuerza en la batalla, a Freya por la fertilidad de los campos y el amor,  a Loke por la magia... y a otros tantos dioses de la mitología escandinava. En el viejo templo de Odín, la presencia oscura desapareció. Las dos mujeres dejaron de sentirse amenazadas por esa sombra extraña que las persiguiera desde que comenzaran el viaje. No sabían a qué era debida esa presunción, pero a raíz de ello tomaron una decisión:  viajar sólo de día y a descansar de noche, pero no en un lugar cualquiera, sino en templos religiosos. Esa noche, y bajo el amparo del dios de los cristianos y los dioses paganos, Moraví explicó a Aricán todo lo que había planeado. Como habían acordado, las dos mujeres viajaron durante varios días. Seguían su camino para siempre acabar en el ocaso bajo el amparo de algún templo religioso. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L En una ocasión se refugiaron en un templo dedicado a Loki. En una de las paredes se cobijaba una historia inscrita. En ella se narraba una aventura de los dos dioses, compañeros de batallas, Thor y Loke. Aricán se acercó, interpretando con detenimiento cuanto miraba. —No hagas mucho caso de lo que ves —la joven oyó la voz serena de Moraví procedente del lado opuesto del amplio espacio de la nave central del templo. —¿Cómo? —Se extrañó la joven —¿A qué te refieres? —Loki es un mentiroso —afirmó con cierta despreocupación, como si lo dicho no tuviera que ver con ella y se limitara a contar un simple cotilleo de taberna. —Puede que lo que leas sea tan sólo una burla descarada. —Pero… ¿no es un dios? —Aricán no entendía lo que su compañera le decía. Para ella todos los dioses eran poderosos, con cualidades terroríficas o bondadosas, pero nunca con un defecto tan desagradable —Los dioses no saben mentir. —Estamos hablando de los dioses vikingos, Aricán. Tu dios es la verdad absoluta, pero sus dioses son deidades que abarcan toda la naturaleza del hombre. Lo bueno y lo malo del hombre tiene su origen en el carácter de los dioses —dijo acercándose —Hay hombres mentirosos y malvados, y se lo deben a Loki. Al menos así lo creen. —Así que, es un ser hermoso y a la vez desdicha y desprecio de todos — dijo Aricán mientras estudiaba la inscripción y observada las pinturas que representaban al dios mentiroso. En ella se narraba una batalla victoriosa, pero continuaba con una traición por parte de Loki. —Sí —conpletó Moraví —Se dice que Loki en su juventud fue conocido por su sombría belleza, con la que engañó y sedujo a la mayoría de las diosas. Su conducta ha sido la causante de la mayoría de los conflictos tanto en Asgard como en Midgard, como en los nueve mundos. — —Los nueve mundos. —repitió Aricán, haciendo un esfuerzo por entender lo que la morena le decía. —Los mundos de Odín —Moraví continuó tras la interrupción. —Loki es el Príncipe de la oscuridad, el Señor de la Crueldad y las mentiras, el Lord de las Moscas. Pero sigue gozando de una gran belleza. —Igual que el Dragón Negro —Aricán decía esto recordando la imagen del vuelo majestuoso de la bestia. Tan elegante y despiadado a la vez. Pasaron unos minutos pensativas, mirando los grabados. Cada una en sus pensamientos. —¿Cómo sabes tanto de dioses? La morena respondió con un leve encogimiento de hombros. —Conoces las historias, las cuentas con soltura, pero no las crees — Aricán reflexionaba en voz alta —Y tampoco parece que creas en el Dios de los cristianos.  ¿Cuál es tu dios? —¿Me creerías si te dijera que no creo en ninguno? —su pregunta sólo consiguió una mirada incrédula y confusa de la joven. —Pero algo despertará tu fé, ¿no? —Bueno… —Moraví no sabía cómo responder sin que la joven pudiera acabar ofendida —Digamos que no me he planteado nunca nada que tenga que ver con "deidades divinas". Al menos no con las religiones. Todavía no conozco ninguna religión que sirva para ayudar al ser humano. Parece que todas fueron creadas para dominar al hombre, y sobretodo a las mujeres. —Supongo que tendré que conformarme con la respuesta —dijo la joven — Después de todo tiene mucho sentido lo que dices. Tras su reflexión la joven se sumió en sus pensamientos, y Moraví, aliviada, respetó el silencio, dejando que llegara a las conclusiones que le diera la gana. Después de todo, los dioses jamás habían despertado su interés, y dudaba que eso fuera a cambiar. —¿Cómo es? —Aricán rompió el silencio. —¿El qué? —La tierra a donde nos dirigimos. Asgard... los nueve mundos. —Uh,… bueno… es distinto —dijo la corsario, queriendo acabar la conversación. Pero Aricán la miraba, expectante. Su curiosidad no quedaba saciada con una simple frase. —Vamos, Mora… —la animó la joven.
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    —Está bien —dijocon tono cansado —Mira, estas inscripciones son Eddas Nórdicas, poemas que resumen toda la historia de los dioses vikingos — le indicó, señalándole uno de los grabados. En ella Odín, el dios supremo, junto con sus hermanos lucharon con un gigante. Cuentan las leyendas que al comienzo los tiempos, Odín y los demás dioses mataron y descuartizaron al gigante más poderoso, llamado Ymir, y con él construyeron el mundo tal y como se entiende ahora. De la sangre del gigante se hizo el mar, y de su carne, la tierra. Su cráneo acabó como bóveda celeste, y sus huesos formaron las montañas. Todo ello sujetado por cuatro enanos que dan nombre a los cuatro puntos cardinales. "Como aparecen los gusanos de la carne, así aparecen los enanos de la carne de Ymir", decía uno de los grabados. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L Aricán estaba entusiasmada con la historia, totalmente nueva para ella. En la religión que conocía, el Único Dios había necesitado seis días para formar la tierra de la nada. El séptimo descansó. Los dioses vikingos explicaban el origen de la tierra desde la violencia, a raíz del desmembramiento de un gigante. Quizás eso le ayudara a entender mejor a los vikingos, y a la mujer que se encontraba frente a ella. —Es una tierra donde los hombres necesitan luchar para mantener su forma de vida. Ellos creen que los bosques están plagados de seres extraños, ya sabes... mágicos. —¿Mágicos? —Si —quiso explicar —Por ejemplo lobos que se transforman en defensores y fieles amigos; enanos con gran habilidad para la orfebrería y el herraje, elfos… —¿Elfos? —Seres mágicos, estirpe de gran nobleza. Son como los humanos, pero de orejas puntiagudas... aunque mucho más hermosos —puntualizó. —¿Tú has visto todo eso? —preguntó la joven, asombrada. —Algo… pero no creas todo lo que ves —resolvió sin darle importancia, dando por terminada la conversación. Aricán no daba crédito a sus oídos, ni a sus ojos. Todo le parecía asombroso. Tocaba las inscripciones como queriendo entender en un solo contacto visual toda la mitología nórdica. Todos eso seres maravillosos: elfos, enanos, gigantes, lobos, cuervos... Era como un cuento para niños. —Es tarde, Aricán. Deberíamos dormir. —Si, sí… claro —desencantada rompió el hechizo que la unía a aquella simbología —Ya voy. Las mujeres descansaron aquella noche, bajo las inscripciones que alimentaban la imaginación de cuantos la leyeran. Una en los brazos de la otra... Y los sueños se hicieron realidad durante esas pocas horas de descanso, al menos para Aricán. Pero los sueños no dejan de ser lo que son, y tras la noche, cae el peso la realidad, el peligro y el largo camino que les conducirían a Sussex. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Sin saberlo, las mujeres dejaban atrás innumerables luchas. Cada día que pasaba era un triunfo para ellas, y un fracaso para los secuaces del Dragón. Los swettanos, unidos a los jutones y algunas aldeas de sajones, les hacían fracasar en sus intentos de captura de Moraví. Con centinelas a todo lo largo del territorio, los aliados daban la voz de alarma al menor atisbo de peligro, poniendo sobre aviso al resto con mensajes en clave, transmitidos por medio de halcones. Así, sobrevolando el cielo, estas aves portaban en sus patas pequeños escritos enredados donde se daba la posición exacta del enemigo. Así pues, las legiones que seguían a Moraví caían en una emboscada tras otra. Los aldeanos dispusieron cepos y otras trampas a lo largo del camino. En su cabalgar, muchos caballos se dañaban las patas, dejando caer a sus viajeros. Encaramados en los árboles, los defensores atacaban a los caballeros negros que quedaban expuestos al peligro. Cada fracaso enfurecía más y más al Dragón, hasta que éste, presa de la ira, salía de su escondrijo, quemando cada árbol, cada cabaña, cada poblado... Su ira y su rencor se transformaba en fuego expulsado desde sus temibles fauces. El fuego, purificador en manos de otros seres, se convertía en destrucción y desolación en manos de la bestia. La Dama de la Guadaña hacía el resto, llevándose a su mundo a los moribundos. Las distintas tribus acababan refugiadas a orillas del Támesis y otros ríos, a la espera de que se agotase la fuente de energía destructora del Dragón. Algunos hombres, haciendo acto de valentía, intentaban acercarse a él con lanzas y armaduras, pero nada era posible ante tal amenaza. La bestia derretía la punta de las lanzas, y jugaba con los osados guerreros, izándolos de sus monturas y agitándolos entre sus colmillos, hasta destrozarlos en sus mandíbulas. Pese al terror que esto ocasionaba entre los defensores de la Luz, seguían adelante, distrayendo y retrasando a la bestia. En la mente de cada defensor sólo había una misión, "Distraer al enemigo, conseguir el tiempo suficiente para que la Hija del Sol alcanzara su destino cuanto antes".
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    ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Cuentan que DragónNegro no siempre se dejaba llevar por la ira, sino que a veces, con su retorcida mente maquinaba planes diabólicos. No conocía el destino de la Hija del Sol, pero si sabía que saldría de Inglaterra. La leyenda continúa y cuenta que el Dragón Negro contaba con una mensajera personal, que no era otra sino una  astuta serpiente marina. El Dragón mandó a su mensajera al fondo del mar, y por medio de ella  mantuvo negociaciones con Aegir, Dios del Mar, y Señor de las Aguas. Un dios cruel que, según la mitología, se divierte provocando tempestades y arrastrando a los marinos al fondo del mar. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿A qué has venido, hija de Jormangundr? —Aegir era conocido por su mal humor, y no le gustaba ser interrumpido en sus placeres. —Me manda mi señor —dijo la serpiente sumisa —Quiere entregarte un presente. —Así que un presente —respondió desconfiado el dios marino —Nadie da algo a cambio de nada. —Cierto. El quiere que mates a la Hija del Sol —explicó la serpiente sin demora. —¿Quién es esa... Hija del Sol? —Es una mujer poderosa. —¿Una mortal? ¿Quieres que me moleste por una mortal? —Aegir golpeó violentamente la mesa de negociaciones, rajando la piedra como si de pan bizcochado se tratara. La serpiente no era tonta. Conocía el temperamento de Aegir, así que se mostró serena y esperó a que se calmara, sabiendo que la mitad de su furia sólo era una forma de impresionar y controlar a sus súbditos. —No se trata de una mortal cualquiera. Ésta es una mujer peligrosa, agraciada con grandes poderes. Ella amenaza la estirpe de los dioses — mintió la serpiente —Es la Elegida para acabar con el linaje de los Grandes. —Jajajajaja... ¡Una mortal la Elegida! ¿Tu señor me toma el pelo? —gruñó — Una mortal peligrosa... Jajaja. Y dime, hija de Jormangundr, ¿quién es tu señor? —Él es el Señor del fuego y la destrucción en la Tierra. —Aaahh, así que se trata de un dragón —Aegir sentía predilección por los Mermen y las Mermaid, habitantes de las profundidades marinas. Los dragones eran bestias despiadadas, pero en vez de surcar los mares, sobrevolaban los cielos. No encontraba diferencia alguna entre ambas especies, salvo esos pequeños detalles ambientales. —¿Por qué una mujer supone tanto peligro para un poderoso dragón? —Aegir se dirigía a la serpiente con la mirada fija en sus ojos —¿Acaso a tu amo se le acabó el fuego? La serpiente hizo caso omiso de las burlas. —Si acabas con ella, el Dragón Negro, mi señor, sabrá recompensarte. —Humm… así que no es un dragón cualquiera —Aunque no supiera cuánto de verdad había en las leyendas, el Dios Marino conocía el poderío del ser volado más violento de la historia. —Dime, ¿Qué me ofrece tu supuesto señor? —preguntó el dios, intentando mostrar cierto desinterés por el asunto. —Oro, en mucha cantidad —puntualizó la serpiente. "Desde luego que el Dragón no tenía nada de estúpido", pensaba el dios marino. Aegir tenía una esposa, Ran, en la que se personificaba la muerte de Alta Mar. Era una diosa despiadada y ambiciosa. Le gustaba mucho el oro. Aegin la complacía, regalándole cada tesoro de los barcos capturados. Pero a veces eso no era suficiente para demostrarle su amor y adoración a una diosa insaciable. —¿Cuánto es bastante? —preguntó Aegir, más interesado. —Lo bastante como para llenar doce buques galos desde la proa hasta la popa. Eso fue más que suficiente para formar una alianza con Dragón. Aegin se divertiría mareando a los mortales y complacería a su esposa con un presente digno de su poder. Aunque algo le decía que debía ser cauteloso con esa mortal, si tanto peligro significaba para la bestia alada más peligrosa del mundo. Sigue -->...
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    L A E SP A D A D E H A I T H A B U . 1 0 ª P A R T E . Autora: Obeluxa CORSARIO Y MUJER. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L La llegada a Sussex se produjo sin ningún contratiempo. Moraví y Aricán llegaron con relativa facilidad. No hubo luchas. No hubo encuentros inesperados ni trampas. Nada que se relacionara directa o indirectamente con el Dragón Negro. Nada de complicaciones...Nada. ¡Demasiado fácil! Todas las luchas quedaban atrás, entre las legiones oscuras y los aldeanos que se unieron en su contra. Los Swettanos se encargaron de facilitar el acceso de sus dos heroínas a la costa, convirtiendo a su gente en una auténtica legión de retaguardia que aniquilaba a sus perseguidores sin dejar nada. En el transcurso de su viaje a través de la vieja Inglaterra hubo tan sólo un contratiempo, relacionado con  unos ladrones que las acosaron con la intención de robar sus caballos. Pero los supuestos cazadores, como ocurriera en repetidas ocasiones, se convirtieron en presas de Moraví y el resto fue "coser y cantar". ¡Demasiado fácil! Esa idea no dejaba de rondar por la cabeza de Moraví. Acostumbrada a una vida difícil, llena de luchas y ataques inesperados, la mujer morena no dejaba de agudizar su sexto sentido, esperando la emboscada que nunca se produjo, presintiendo que el peligro aparecería en el momento más inesperado. Por las noches se despertaba alertada, como si la sombra del mal estuviera siempre al asecho esperando que bajara la guardia. Pero nunca pasó nada. Aricán, mucho más relajada que su mentora, creía que simplemente habían tenido suerte. Las dos mujeres llegaron a la ciudad portuaria de Sussex al amanecer del sexto día. Atravesaron el puente y las dos grandes puertas de la fortificación, encontrándose con la ciudad más grande que habían visto los ojos de Aricán. —¡Dios Santo! ¡Esta ciudad es enorme! —gritó ante su asombro. —Si ésta te parece grande, espera a que algún día vayamos al reino de Kent —contestó Moraví sonriendo, sin un atisbo de exageración. —Pero ¿hay ciudades más grandes que ésta? —Te asombrarías de lo que ha hecho la riqueza y la ambición del hombre en la tierra —respondió con cierta tristeza. Sin querer imaginarse algo aún mayor de lo que ahora veían sus ojos, Aricán, tentada a cogerle de la mano, decidió no separarse a dos metros de la mujer, por miedo a perderse en aquella marabunta de muros. Entonces la ciudad empezaba a despertar. Una ciudad como Sussex, que vivía del intercambio comercial a través de su puerto, dejaba entrever en su forma estructural su grandeza económica. Al abrigo de monasterios y castillos se levantaba un pueblo con una gran cantidad de residencias fortificadas, a las que llamaban donjones. Estas construcciones eran pequeñas fortificaciones de dos plantas donde la planta baja se usaba como bodega y la planta alta como vivienda. Sus propietarios eran en su mayoría ricos mercantes, o piratas retirados de cuyo pasado poco se sabía. Alrededor de esas curiosas fortificaciones se situaban muchas casas aldeanas, al estilo de las de Swett, o las mismas que ella había visto en el Feudo de Lord Weillor. Moraví y Aricán atravesaron todo aquel laberinto de callejuelas, entre muros de piedra hasta llegar al pequeño puerto, algo que les costó poco más de veinte minutos. Resguardado de los fuertes vientos, el puerto de Sussex se situaba en una bahía, cerrándose al mar por dos diques opuestos uno contra otro, a modo de cangrejo. —Así que esto es el mar —dijo Arican casi para sí misma. —Un río muy ancho con olor a sal —le respondió Moraví sin miramientos. Sus despectivas palabras nada tenían que ver con la realidad de sus sentimientos. Ese "río grande" era su vida, donde realmente se sentía libre. La joven Aricán nunca había estado tan cerca del mar, y le parecía grandioso ver tanta cantidad de agua junta. Era una sensación de libertad que no podía describir, pero a la vez era claustrofóbico pensar en estar en medio de aquella agua, sin ver nada más delante de sus ojos. Se preguntaba qué se escondía detrás de ese gran manto azul oscuro. Si en la propia Inglaterra se asombraba de la gran variedad de lugares en los que había estado desde que se escapó de las garras feudales, imaginarse mundos distintos en lo que todo pudiera ser diferente se le hacía lo suficientemente grande como para que cupiera en tan poco volumen de cerebro. El aroma característico del mar impregnaba el ambiente. La brisa marina creaba una minúscula capa salina en las partes expuestas de su piel, y el perfume salado se extendía más allá de lo que su olfato pudiera alcanzar. El graznido de las gaviotas era tan sólo un detonante en medio de aquella calma. El murmullo del mar la arrullaba y la transportaba a un estado de paz que nunca hubiera imaginado. La muchacha de ojos verdes dejó de pensar, y se concentró en sólo sentir. Lamió su propia mano, saboreando la capa salina del torso y siguió mirando al infinito.
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    Moraví la mirabade soslayo, contemplando a una ilusionada mujer cuyos ojos se esclarecían frente al mar y cuyos gestos iban más de lo racional a lo puramente espiritual. Sintió deseos de lamerla. Qué hermosa le parecía Aricán, con esos luceros verdes y brillantes y esa aureola de energía que desprendía su cuerpo. La idea de poseerla en alguna playa le pasó fugazmente por la cabeza y un embarazoso color rojizo apareció tímidamente en su faz morena. "Con todos los peligros que se avecinan y yo pensando en romanticones encuentros playeros", se recriminó a sí misma. Caminaron a lo largo del dique más cercano, hasta llegar al supuesto navío, propiedad de la corsario. La joven pelirroja había visto de lejos algunas embarcaciones capaces de remontar los ríos, pero nunca había contemplado de cerca un barco como el de Moraví. Era una embarcación extraña, extranjera, mucho menos pesada que cualquiera de los navíos embarcados en aquel puerto. —Es un barco normando — aclaró Moraví adelantándose a su pregunta. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Es... raro —comentó la pelirroja a su mentora, sin poder dar un calificativo exacto. —Te resulta extraño porque no has visto otro igual. No te sorprendería tanto si vieras veinte más como éste. —¿Por qué es igual la parte delantera que la trasera? —preguntó Aricán. Moraví quedó tentada de reírse al ver el poco conocimiento de la joven. —Se llaman proa y popa— explicó señalando ambas partes con la mano —Son iguales para permitir las maniobras en los dos sentidos. —Oh, ¿quieres decir que puedes navegar del mismo modo si estás de frente o estás de espaldas a tu destino? —Jajajaja —A moraví, acostumbrada a las embarcaciones, le resultaba gracioso encontrarse a alguien que despertaba tanta curiosidad como ingenuidad. —Sé todo de este barco. Estuve presente en cada momento de su construcción, desde la quilla hasta la costura de las velas que cuelgan del mástil, y lo he mandado desde siempre— relataba con entusiasmo —Subamos, te explicaré cómo funciona todo esto. Moraví disfrutaba de la doble vida que compartía en tierra y mar, aunque donde se sentía viva era identificada con la vida de los marinos. La corsario era poseedora de un navío de guerra, construido con el mejor saber hacer de los vikingos. Los marinos normandos edificaban dos tipos de navíos muy distintos, dependiendo de a qué estuviesen destinados. Los knörr eran embarcaciones robustas y poco maniobrables, pero podían transportar grandes cantidades de mercancías, desde toneles hasta armas. No necesitaban demasiados tripulantes y eran usadas en las rutas comerciales de los vikingos. En el puerto de Sussex estaban amarradas varias embarcaciones de este tipo. Moraví tenía una embarcación más parecida a los drakkars, barcos guerreros de gran ligereza. Pero a diferencia de éstos, que contaban con un mástil desplegable y una vela rectangular, la embarcación de Moraví contaba con dos mástiles, uno principal con dos velas y otro secundario. Su barco permitía llevar una considerable cantidad de mercancía, y era más cómodo que los drakkars. Contaba con una bodega y un gran camarote que servía de estancia a quienes tuvieran que dormir en él. Ante la falta de viento, la embarcación contaba con veinte puestos de remeros bajo la cubierta, que facilitaba el remonte de los ríos y permitía el acceso a zonas de muy poca profundidad, necesitando tan sólo dos metros de agua para navegar. Los drakkars eran barcos poco profundos, realizados con tablones cortados con hacha. El corte seguía las líneas radiales del árbol, consiguiendo tablones muy delgados que iban superpuestos unos sobre otros en forma de tingladillo y remachados con clavos de hierro. La delgadez de los tablones los dotaba de una gran flexibilidad y resistencia. Los barcos eran así ligeros y maniobrables, con la posibilidad añadida de poder ser transportados por tierra cuando la ocasión lo requiriese. El navío de Moraví contaba con una pequeña barcaza, ya que las características del mismo no permitían la gran accesibilidad de los drakkars a los sitios más recónditos de los ríos. Pero ella prefería un barco más pesado, ya que sus viajes por mar no eran tan sólo para una corta incursión, sino que podía estar navegando semanas, sin regresar a tierra. Por ello necesitaba un espacio cómodo dentro del navío que le permitiera descansar, a la vez que llevar mercancía necesaria para incursiones de mayor cantidad de días. —Eh, ¿quién anda ahí? —gritó un hombre desde fuera de la embarcación. Las mujeres se quedaron inmóviles, sorprendidas dentro del camarote por la amenaza que aquella voz. Moraví, dirigiéndose a Aricán, se llevó el dedo índice a la boca, indicándole silencio, y se dirigió a la entrada del camarote. En ese momento un hombre entró en él, hacha en mano, y Moraví le hizo un traspié. El hombre cayó pesadamente, deslizándose por el suelo del camarote hasta los pies de Aricán. Antes de que pudiera izar la cabeza, sintió el peso de una pierna en su cuello que lo paralizó. —Nunca aprenderás —le dijo la corsario a aquella mole tirada en el suelo. —¡Oh! Hola, Moraví —saludó el hombre tímidamente, sin atreverse a levantar la cabeza. —¿Conoces a este hombre? —preguntó Aricán mientras miraba de soslayo al robusto marino. Moraví se limitó a sonreír, apartando el pie que impedía el movimiento de aquel hombre. —¿Así vigilas mi barco?— gruñó. —Sí que lo vigilo, pero me quedé sin agua y... —¿Agua? —preguntó incrédula —¿Desde cuándo bebes tú agua?
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    —Bueno... quien diceagua, dice cualquier cosa con un alto contenido de ella ¿no? Moraví le tendió la mano y lo ayudó a levantar. —¡No te hagas el listillo, Hubert, hueles a aguardiente! —El hombre la miró avergonzado. —¿Cómo pretendes vigilar mi barco si estás borracho? —preguntó Moraví amenazadoramente. —No, yo no estoy borracho, fue tan sólo un trago, te lo juro... —¡Hubert! —le gritó Moraví con los ojos entornados, señalando el porrón de aguardiente que se rompió tras caer el marino. —Te lo juro, Mora, hubo una pelea en la taberna... el resto se me cayó de la copa. Ese porrón estaba lleno— puso los dedos en cruz y los besó—, por ésta que no he tocado una gota de él. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —¿Mora? —se preguntó Aricán, entendiendo al momento que se trataría de un hombre de confianza, y que Moraví se estaba divirtiendo mucho con la escenita de "chica dura maltrata a su servidor". —Jajajajaja —rió Moraví, sin dar más importancia a lo ocurrido—. Hubert, necesito una tripulación. —¿Para cuándo la quieres?— preguntó el hombre barbudo, aliviado por no tener que hablar más de su adicción a la bebida. —Zarparemos mañana al amanecer. —¿Por qué me haces esto?— protestó Hubert —¿Sabes lo difícil que es encontrar veinte locos hombres en un solo día? —¿Locos? —preguntó enojada. —Hay que estarlo para navegar contigo —le recriminó Hubert a su señora. Por primera vez el hombre, de aspecto rudo y grotesco, miró a Aricán, cambiando de inmediato el endurecido gesto de su cara por otra faz más blanda. —Ni se te ocurra pensarlo— Dijo Moraví con ojos de acero. —No he pensado nada... ¿Quién es ésta? —Es Aricán —contestó Moraví— Viajará con nosotros y tú te preocuparás de que ningún marino la moleste, ¿entendiste? Hubert no hizo más preguntas. La mirada de Moraví ya era lo suficientemente explicativa como para no discutir nada más sobre la joven pelirroja. —Necesito que me consigas diez hombres. Será suficiente. Ya sabes, los de siempre. —Pero la mayoría andarán resacados y borrachos por las esquinas... No te esperábamos hasta dentro de un par de semanas. —Los despabilarás por el camino. Los quiero dispuestos para el amanecer. —Bien, iré a por ellos —Sin más palabras, Hubert salió de la embarcación, y mientras lo hacía pudo oír la voz de su señora. —Hubert, trae sólo a los mejores. Quedaron las dos mujeres solas, como al principio. —Has pedido diez hombres, pero aquí hay veinte puestos de remeros. La corsario se dirigió a su joven compañera. —Es uno de los secretos de esta nave. La posición de las velas la agiliza hasta tal punto que aligera el peso y el esfuerzo de cada hombre —le explicó. —Si es así, con veinte hombres irías mucho más deprisa, ¿no? —Cierto, pero la tripulación completa exige más cantidad de víveres, y necesitamos llevar poco peso. Es un viaje corto, así que compensaremos una cosa con la otra. —¿Cuánto de corto? —Si todo va bien, unas siete u ocho horas —explicó. —Ese hombre... Hubert, ¿es de confianza? —preguntó Aricán. —Hubert es un borracho, malcriado, protestón y descarado —sonrió Moraví—. Pero me es fiel. —Pero no parece del tipo de hombre del que puedas fiar... No sé. —Hace tiempo tuve que enfrentarme a un navío pirata en alta mar. Abordaron nuestro barco, y casi nos exterminan. Hubert formaba parte de la embarcación enemiga, pero de alguna manera vio algo en mí que le resultó familiar. El me ayudó entonces, y lo ha hecho desde siempre. —Qué extraña historia, llena de traición —respondió incrédula. —Sí que lo es, pero no te fíes. El mundo de la piratería es despiadado. —Pero... tú eres pirata. —Jajajajaja... es cierto.
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    —Entonces, ¿también eresdespiadada? —preguntó Aricán preocupada. —Sólo cuando debo serlo. La respuesta de Moraví no fue demasiado tranquilizadora, pero esa mujer le había salvado tantas veces, y estaba tan enamorada que le daba igual quién o qué fuera. —A veces hay que leer más allá de lo que se ve, Aricán. En el caso de Hubert no creo que fuera traición a los suyos, sino más bien la oportunidad de cambiar de forma de vida. —¿Todos son como él?— preguntó con cierto temor. —No, él es el mejor de todos— Moraví trataba de bromear con el tema, quitándole importancia. Hasta el momento no se había dado cuenta de que Aricán, chica joven e inexperta, podría suponer un problema para ella, dado que tendría que controlar que ninguno de su tripulación ideara tomarla como objeto de su deseo. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Realmente eres una chica dura, ¿eh? —Tienes que serlo si quieres sobrevivir en el mar —la miró, notando cierta inquietud en la joven —No te preocupes, estarás segura con nosotros. "Estarás muy bien conmigo". ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Algo se agitaba en los albores del mar. Los Mermenes, criaturas del fondo marino, bailaban al son de una música endiablada. Las melodías de Aegir. A un ritmo frenético retorcían sus largas colas, ajenos a la presión del agua. En la superficie todo era calma y sosiego, ignorando cuál revuelo de burbujas transformaba esa paz en violentas sacudidas en los albores profundos del mar. —¡Danzad, mis fieles, danzad! —Gritaba Aegir jubiloso. Las Mermaid, alborotadas, gritaban creando un sonido atronador. Las bestias se revolvían, las conchas chocaban entre sí, las algas se agitaban al punto de romperse, y los peces, amedrentados, se escondían bajo las rocas del fondo. Chillidos en la oscuridad. La esposa de Aegir, Ran, reía frenética, esperando su recompensa. Las almas de los seres que morían en el mar eran las piezas que decoraban su interminable corona. Quería más, siempre quería más. La insaciable Ran sacudía a su esposo con violencia. —¿Cuándo, Aegir?¿Cuándo? —Pronto, Ran. —Dame lo que quiero. —Pronto tendrás lo que quieras tomar. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Así, un torbellino de burbujas se mezcló con otro, y estos dos con otros dos. Y el fondo marino se convirtió en tormento y pesadilla. Sin dirección, sin salida. Sin final. Como habían acordado, Hubert cumplió con su cometido. Antes anochecer habían diez remeros sanos y fuertes realizando las tareas antecesoras de un viaje. Algunos preparaban los amarres, otros comprobaban el estado de las velas. Unos cuantos trajeron las mercancías que Moraví había encargado durante el día. Aricán no perdía detalle de todo lo que hacía aquella mujer. Quería aprender cuanto pudiera de la mujer como corsario. A lo largo del día se dio cuenta de que a Moraví no le faltaba el dinero. Compró armas, aceite, mantas y víveres para diez días, y pagó puntualmente con monedas de oro. Sus acreedores respondían con un leve gesto, como si estuvieran más que acostumbrados a ver a la corsario en los mercados del puerto. No hacían preguntas. Se limitaban a facilitarle las cosas que pedía y a recoger el importe de su valor. Todo estaba dispuesto para cuando el sol terminó de esconderse. Sólo quedaba la expectante espera del nuevo día. Y en la espera los marinos dormían por turnos en la cubierta y la bodega. Confinada en su camarote, Moraví repasaba el viaje que iban a realizar, buscando la ruta más segura en el mar. Mientras tanto, Aricán, agorada del largo día, dormía... y soñaba. Moraví la observó un momento, al oírla murmurar. La muchacha soltaba palabras inconexas, y se agitaba en sus sueños. La mujer oscura dejó por un momento su estudiado plan, y se acercó a la cama. Puso su mano en la frente de la joven, presionando suavemente. La joven pronto recuperó su respiración rítmica. Qué duro era separar la mano. La energía que se creaba entre las dos mujeres era tan imantada que la mano se negaba a retroceder. Irremediablemente se acercó y la besó suavemente en los labios, sin despertarla. "Será mejor que duerma", se dijo, separando el contacto. Pudo más la razón, la que se recordaba a sí misma el duro día que le esperaba. Bebió dos largos tragos del porrón de aguardiente que le había confiscado a Hubert y se acostó junto a la joven sin apenas rozarla. —¡Arriad la segunda vela! —Se oyó desde fuera del camarote. Aricán se despertó y miró a su alrededor sin encontrar a nadie. Oyó pasos y pequeños crujidos por todo el cascarón del navío, incluso sobre la cubierta del camarote. Por las rendijas de la puerta entraba una luz intensa que avisaba de la llegada de la mañana. La joven se restregó los ojos y se levantó.
  • 66.
    Al salir delcamarote vio a Moraví agarrada al timón del navío. Con las piernas entreabiertas, y los músculos de sus brazos tensados por el esfuerzo. Aricán se estremeció al verla tan hermosa. Recordó fugazmente la primera vez que la vio, en el bosque, también con los músculos en tensión. Caminó por la cubierta, entre los hombres que ocupaban las distintas tareas del barco. Nadie se atrevió a mirarla. —¿Por qué no me has despertado? —oyó Moraví a su espalda. —No creí que fuera necesario— respondió la corsario. —¿Hace mucho que zarpamos?— preguntó Aricán, molesta. —Hace sólo dos horas. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L —Y yo no me he enterado —dijo para sí misma. La joven agarró impulsivamente a Moraví por el antebrazo, sintiendo ese poder y ese calor que emanaba de su cuerpo. Bien merecido era el nombre de Hija del Sol. Sin romper el contacto, pero transformando el agarre en caricia, Aricán miró hacia el mar, dándose cuenta de que hacía mucho que habían abandonado el abrigo de la costa. Un escalofrío le sacudió el cuerpo. Era su primera incursión marina y sentía cierto temor a lo desconocido. De repente un golpe de ola la hizo perder el equilibrio, apretando de nuevo el agarre al tenso brazo de Moraví para no caerse. —¡Uf! Esto se mueve mucho— dijo tras recobrar el equilibrio. —Jajajajaja, pues el mar no está demasiado movido —Moraví se dio cuenta de inmediato que sus palabras no habían sido las acertadas para dar confianza a la joven, así que rectificó de inmediato —Te acostumbrarás pronto, sólo debes pensar que estás en movimiento. —En todos los sentidos, por lo que veo —dijo con el estómago encogido. —¡Hubert, dirige el barco al sur! —indicó Moraví, al tiempo que giraba 35 grados el timón a la derecha. Al momento el marino estaba dando órdenes a los hombres de cubierta, girando el barco a estribor. —¿Por qué vas hacia el sur? Dijiste ayer que tendríamos que ir al frente —le recordó Aricán. —¿Ves esos nubarrones a lo lejos? —la corsario indicó la posición con el brazo. —No veo nada. —¡Fíjate!, esa sombra oscura que se crea en el horizonte. —Oh, sí —dijo Aricán entrecerrando los ojos—. La veo. —Se acerca una tormenta, así que nos desviamos un poco, y luego retomaremos la ruta —explicó a la joven —Puedes hacer lo correcto en el mar, y navegar como los mejores maestros del mundo. Pero no puedes evitar que se creen situaciones inesperadas como ésta. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: ¡Danzad, criaturas, danzad! Aegir reía. Ran gritaba de júbilo. Los Mérmenes alocados giraban frenéticamente, hasta el punto de crear el caos en las profundidades marinas. Un torbellino arrastraba a peces y plantas marinas a un agujero sin retorno. La espiral crecía, a la vez que subía. Los alarmados gritos de las Mermeid ayudaban al caos y el rugir al unísono ensordecía todo. Era el caso, armonizado y guiado por Aegir. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: Durante varias millas continuaron hacia el sur, notando que el mar se calmaba por completo. Sin viento que moviera las velas, Moraví ordenó que seis remeros tomaran sus puestos para agilizar la marcha del barco. Mientras, los otros marinos esperaban a que el viento les ayudara a salir de aquel remanso con la mayor rapidez posible. Aricán estaba aliviada ante la calma del mar, que llegaba en paralelo con la calma de su estómago. No así, Moraví desconfiaba de lo que pudiera pasar. —Demasiada calma —susurró preocupada. Aricán, hasta ahora ausente de las preocupaciones de su compañera, la miró. —¡Hubert! Coloca a todos a los remos, ¡deprisa! —ordenó la corsario —Salgamos de aquí cuanto antes. —¿Qué pasa? —preguntó Aricán asustada. —Esto no es normal, Aricán. Ve al camarote —ordenó. —No. Moraví la miró con dureza. —No es momento de desobedecer, ¡Ve! —ordenó casi al punto de perder los estribos. Los ojos desorbitados de Moraví convencieron por completo a la joven. Aricán giró sobre sí misma, dispuesta a regresar corriendo al camarote, pero un sexto sentido la hizo girar, y entonces vio
  • 67.
    algo que jamáshubiera imaginado. Una ola gigante se formó frente a ellas a tan sólo un par de millas de distancia. Tan grande que lo oscurecía todo. —¿Qué demonios es eso? —¡Tsunami! —gritó un marino asustado. —Esto no es un tsunami. ¡Agarraos! —gritó Moraví. La ola se acercaba a gran velocidad. Moraví corrió hacia su compañera y en su camino agarró unas cuerdas. Como pudieron se amarraron al mástil principal. Los remeros se agarraron a los palos antes de que la gigantesca ola los engullera. VE FA R SI N FI ÓN C O EN R IG ES I N PA A L, Ñ O L El barco quedó atrapado en la espiral de la ola, girando sobre sí mismo hasta ser devuelto nuevamente a la superficie. Pasaron unos interminables segundos en los que algunos hombres fueron lanzados al exterior del barco, perdiéndose rápidamente en la profundidad del mar. Sus gritos eran acallados por el estruendo del mar. Un caos de agua y burbujas lo cegaba todo. Y tras el tormento, de nuevo la calma. Aricán, sin atreverse a abrir los ojos, y respirando frenéticamente, esperó, hasta que el ruido cesó. Entonces abrió los ojos, y se vio arropada por el cuerpo de Moraví, que se agarraba a ella y al mástil en un feroz abrazo. La pirata estudió rápidamente la situación. El mástil donde estaban sujetas estaba intacto. No así el segundo mástil, roto casi desde su base. Contó los remeros, quedaban seis. Cuatro hombres perdidos, engullidos por el furor de la ola. —Hubert —gritó —Pongámonos en marcha. El marino, recuperando el aliento, ordenó a los remeros a remar, al tiempo que él mismo los acompañaba. Empezaron una enloquecida carrera que Aricán no llegaba a comprender. Como autómatas todos parecían saber lo que tenían que hacer. Era un mismo cerebro dividido en varios hombres y una mujer. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: —¡Aegir, se escapan! ¡Mi tesoro se pierde! —gritó Ran con rabia. —Corrientes marinas, ¡corred!— ordenó Aegir. ::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: —Ven —le dijo Moraví—. Ayúdame con el timón. Aricán obedeció, al ver que la tormenta que habían dejado atrás se acercaba peligrosamente. Entre las dos mujeres asieron lo que quedaba del timón, guiándolo nuevamente a si destino. El viento empezó a soplar, y Hubert agradeció a los dioses el regalo del aire en movimiento. Ordenó a dos remeros a izar la vela, y con eso y el apoyo del resto de los marinos, alcanzaron una gran velocidad. Una enloquecida carrera cuya única meta era la vida. El embravecido mar las alcanzó, y el barco más parecía un cascarón que el perfecto navío normando. Pese a todo, el armazón del barco resistía, y hombres y mujeres luchaban por mantenerlo a flote. Carreras en cubierta, amarres, controles de la vela mayor y el timón. Gritos desde proa a popa. Y por fin, la costa. Estaban tan cerca de su meta que se alentaban unos a otros. "Lo conseguiremos". "Sólo un poco más". Pero el mar es traicionero, y Aegir estaba más cabreado que nunca, al ver que por primera vez un simple barco vencía a sus fieles criaturas. Así que en un último intento les creó otra ola gigante que rompió el mástil principal. El perfilado tronco cayó a un lado, rompiendo parte de la cubierta del barco, y haciéndolo girar a estribor. Inestable, se empezó a hundir. —¡La barca! —indicó Moraví. Varios hombres soltaron los amarres de la pequeña barcaza, y todos los tripulantes de aquel navío, aferrándose a la vida, se metieron dentro de ella. Remaron hasta alejarse del barco, viendo con tristeza cómo se hundía una de las mejores drakkars que jamás se hubiera construido. Los ojos de Moraví se cegaron de rabia. Ran tuvo que contentarse con los víveres y enseres de un navío destrozado y con cuatro almas desgraciadas. Aegir se lamentó de no haber vencido, pero aceptó su derrota al ver que irremediablemente la Hija del Sol alcanzaba la costa gala. Aricán tuvo su tan esperado momento para vomitar lo que el mar había revuelto en su estómago, y Moraví se afianzó aún más en la idea de llegar a su destino. El Dragón Oscuro se retorció en su cueva, maldiciendo a todo ser viviente de la Tierra. Maldijo a las criaturas marinas, y maldijo al Dios del Mar. Aegir sintió su desprecio, y de aliado, se convirtió en enemigo del Dragón, cuya estirpe jamás sería bienvenida en su amplio territorio. sigue -->rá...