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El Adolescente en la Escuela Secundaria 
El trabajar con adolescentes, a decir de mi propia experiencia, puede llegar a ser una 
tarea desgastante, la relación maestro-alumno durante esta etapa se caracteriza por ser un 
constante estira y afloja. En cierta ocasión, mientras trataba de impartir mi clase a un grupo 
particularmente difícil, me invadió la sensación de que habían seleccionado a los jóvenes más 
terribles de la ciudad y los juntaron en el grupo a mi cargo con el único propósito de hacerme la 
vida de cuadritos; les aseguro que no hay nada más lejano de la realidad, las conductas que 
observamos en nuestros queridos alumnos son mucho más comunes de lo que imaginamos. 
Es el maestro quien imprime la diferencia al momento de tratar con sus alumnos, él 
decide si solo transmite los conocimientos que le marca el programa, o si crea una verdadera 
relación de enseñanza-aprendizaje, en donde la adquisición de conocimientos pasa a un 
segundo término, para dar paso a otros aspectos formativos que serán determinantes en la 
vida futura de los jóvenes. 
Algo que nosotros como maestros nunca debemos olvidar es el hecho de que también 
fuimos adolescente, “éramos menos tremendos, más respetuosos” dirán algunos, pero el hecho 
es que pasamos por esa etapa y los sentimientos que se generan siguen siendo los mismos 
(aislamiento, rebeldía, resentimiento, curiosidad, etc.), quizás lo que ha cambiado son las 
manifestaciones conductuales de esos sentimientos, sin embargo, el echar mano de la propia 
experiencia estudiantil vivida, nos será de gran ayuda para mejorar la relación con nuestros 
alumnos, no olvidando que cada adolescente posee personalidad y capacidades diferentes. 
Es responsabilidad del mentor descubrir las demandas educativas reales de cada 
grupo, escogiendo los métodos adecuados que logren en el alumno los cambios de conducta 
requeridos para que sus capacidades sean aplicadas en la forma correcta. El día que dejemos 
de ver la relación maestro-alumno como un problema a resolver y se convierta en parte 
fundamental de nuestra práctica docente, ésta tarea se volverá menos angustiosa para el 
maestro formando parte activa del proceso educativo. 
El papel que juega el docente para llevar a buen término la educación secundaria es 
determinante. Durante estos años es cuando el cerebro infantil llega a su máximo desarrollo, es 
decir, a los 16-18 años las personas son tan inteligentes como lo serán de adultos, lo que 
marca la diferencia son los conocimientos y habilidades que cada individuo llega a desarrollar o 
dominar. Esto nos lleva a reflexionar sobre lo importante que es generar en los estudiantes de 
secundaria la experiencia de nuevos procesos más que de nuevos contenidos, preparándolos 
realmente para enfrentar los retos futuros que puedan presentarse a lo largo de sus vidas. 
Otro aspecto que debemos entender es que la adolescencia es una etapa de cambios 
constantes, tanto físicos como emocionales; dado que estas transformaciones varían de un 
adolescente a otro, podemos encontrarnos jóvenes plenamente concientes de su sexualidad y 
otros que aún no se explican las conductas de sus compañeros hacia el sexo opuesto. Lo que 
sí es una constante es el hecho de lo difícil que le resulta al adolescente asumirse como una
persona que dejó de ser niño, pero que aún nos es lo suficientemente maduro para ser 
considerado un adulto y que por lo tanto requiere ser orientado en la toma de decisiones (él 
quisiera que nadie le dijera lo que tiene que hacer); esto explica, en parte, la problemática que 
parece caracterizar la relación de los adolescentes con las figuras de autoridad. No es extraño 
que como consecuencia a su rebeldía, nuestro juicio social haya elegido tratarlos de 
delincuentes, sin embargo entender a los adolescentes es un esfuerzo que bien vale la pena. 
Comprender a los jóvenes no significa dejarlos hacer lo que ellos quieran, la conducta 
del adolescente debe ser normada, sobre todo dentro de una escuela; conocí un alumno que 
se empeñaba en usar dentro del salón de clases las esclavas y cadenas que cubrían sus 
muñecas y cuello, cuando un maestro le pedía que se las quitara se negaba a hacerlo, su 
argumento era que “no lo dejaban ser”; con paciencia le hice ver que él podía “ser” todo lo que 
quisiera siempre y cuando respetara la norma establecida, al cabo de un rato él solo se quitó 
los accesorios y no volvió a usarlos en el aula. Inmerso en la maraña de batallas que día a día 
el adolescente enfrenta consigo mismo, se encuentra un ser perdido, carente de identidad, sin 
un criterio propio; ya que el alumno no sabe quién es debe al menos saber lo que se espera de 
él, y es la normatividad escolar la que debe marcar los parámetros que le indiquen claramente 
que procesos serán los que juzguen determinada conducta o bien bajo que parámetros será 
evaluado un trabajo escolar. 
Un tema que merece tratarse por separado son las conductas sexuales; es muy 
importante precisar que la educación escolar puede plantear guías de una educación sexual en 
los niveles informativos, nunca morales, debido a que la sexualidad está intrínsecamente ligada 
a una valoración moral y que no es en la escuela donde se construye la moralidad sexual, sino 
en la familia. La escuela debe ser neutral en este aspecto, sin embargo es necesario que los 
alumnos reconozcan el entorno escolar como un lugar público en donde debe imperar el 
respeto hacia las costumbres y valores de los demás, aceptando que las manifestaciones 
sexuales no deben darse dentro de este entorno. Nosotros, como adultos, debemos ser 
sumamente cuidadosos en el trato con adolescentes, quienes poseen a flor de piel una 
emergencia sexual que puede llegar a ser perturbadora, evitemos caer en tentaciones dejando 
nuestro propio deseo para nuestra vida privada adulta. 
En un desesperado afán por encontrarse a sí mismo, el adolescente asume diferentes 
roles, siendo práctica común que el mismo joven que hoy es un aguerrido defensor de los 
animales, ayer gozaba haciendo sufrir a su mascota y quizás mañana desate una cacería de 
ranas. Esto es entendible si comprendemos que el adolescente se esfuerza igual por mantener 
su individualidad que por pertenecer e identificarse con un grupo en especial. 
La mejor manera de desarrollar en el alumno el sentido de pertenencia es el trabajo en 
equipo, sin embargo, esta práctica pierde validez cuando el maestro se limita encargar un 
trabajo en equipo, permitiendo que los propios alumnos resuelvan la distribución de 
responsabilidades, cuando es realmente papel del maestro asignar los roles que cada 
integrante tendrán para la elaboración de cada trabajo, siendo muy conveniente que los roles 
sean cambiados según la naturaleza de las tareas asignadas. Claro, todo esto implica un 
mayor esfuerzo para el maestro, pero se verá recompensado al palpar los resultados que se 
observan en los cambios de conducta de los alumnos. 
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Por último, el adolescente toma como marco referencial al maestro, por ello debemos 
cuidar nuestras acciones, para que ellas tengan una influencia positiva en su vida futura. El 
maestro estricto en extremo, que nos permite ni un parpadeo durante su clase y los alumnos no 
se atreven por consecuencia a pedir una nueva explicación de algún tema que les resulta 
confuso, no logra establecer una comunicación adecuada entre alumno y maestro. En el 
extremo opuesto, se encuentra el maestro paternalista, apapachador, que todo le resuelve a 
sus queridos alumnos y les disculpa cualquier travesura o broma que hagan en clase; lo peor 
es que el maestro asume esta actitud no para proteger a los alumnos, sino para protegerse él 
mismo. Otro tipo de maestro es el que se baja totalmente al nivel del adolescente, habla su 
mismo lenguaje, se viste como tal, en pocas palabras se hace su cuate, hasta el punto que los 
alumnos realmente lo tratan como uno más de ellos, perdiendo el sentido de autoridad, creando 
un caos en sus clases. 
Lo mejor es ofrecer al alumno un maestro que haga valer su autoridad, pero que al 
mismo tiempo los haga sentirse cómodos, con la confianza de acercarse a él para que les 
resuelva cualquier tipo de duda, ayudándoles de esta manera a encontrarse consigo mismo y 
superar de la mejor manera posible tan difícil etapa. 
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El adolescente en la educación secundaria

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    1 El Adolescenteen la Escuela Secundaria El trabajar con adolescentes, a decir de mi propia experiencia, puede llegar a ser una tarea desgastante, la relación maestro-alumno durante esta etapa se caracteriza por ser un constante estira y afloja. En cierta ocasión, mientras trataba de impartir mi clase a un grupo particularmente difícil, me invadió la sensación de que habían seleccionado a los jóvenes más terribles de la ciudad y los juntaron en el grupo a mi cargo con el único propósito de hacerme la vida de cuadritos; les aseguro que no hay nada más lejano de la realidad, las conductas que observamos en nuestros queridos alumnos son mucho más comunes de lo que imaginamos. Es el maestro quien imprime la diferencia al momento de tratar con sus alumnos, él decide si solo transmite los conocimientos que le marca el programa, o si crea una verdadera relación de enseñanza-aprendizaje, en donde la adquisición de conocimientos pasa a un segundo término, para dar paso a otros aspectos formativos que serán determinantes en la vida futura de los jóvenes. Algo que nosotros como maestros nunca debemos olvidar es el hecho de que también fuimos adolescente, “éramos menos tremendos, más respetuosos” dirán algunos, pero el hecho es que pasamos por esa etapa y los sentimientos que se generan siguen siendo los mismos (aislamiento, rebeldía, resentimiento, curiosidad, etc.), quizás lo que ha cambiado son las manifestaciones conductuales de esos sentimientos, sin embargo, el echar mano de la propia experiencia estudiantil vivida, nos será de gran ayuda para mejorar la relación con nuestros alumnos, no olvidando que cada adolescente posee personalidad y capacidades diferentes. Es responsabilidad del mentor descubrir las demandas educativas reales de cada grupo, escogiendo los métodos adecuados que logren en el alumno los cambios de conducta requeridos para que sus capacidades sean aplicadas en la forma correcta. El día que dejemos de ver la relación maestro-alumno como un problema a resolver y se convierta en parte fundamental de nuestra práctica docente, ésta tarea se volverá menos angustiosa para el maestro formando parte activa del proceso educativo. El papel que juega el docente para llevar a buen término la educación secundaria es determinante. Durante estos años es cuando el cerebro infantil llega a su máximo desarrollo, es decir, a los 16-18 años las personas son tan inteligentes como lo serán de adultos, lo que marca la diferencia son los conocimientos y habilidades que cada individuo llega a desarrollar o dominar. Esto nos lleva a reflexionar sobre lo importante que es generar en los estudiantes de secundaria la experiencia de nuevos procesos más que de nuevos contenidos, preparándolos realmente para enfrentar los retos futuros que puedan presentarse a lo largo de sus vidas. Otro aspecto que debemos entender es que la adolescencia es una etapa de cambios constantes, tanto físicos como emocionales; dado que estas transformaciones varían de un adolescente a otro, podemos encontrarnos jóvenes plenamente concientes de su sexualidad y otros que aún no se explican las conductas de sus compañeros hacia el sexo opuesto. Lo que sí es una constante es el hecho de lo difícil que le resulta al adolescente asumirse como una
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    persona que dejóde ser niño, pero que aún nos es lo suficientemente maduro para ser considerado un adulto y que por lo tanto requiere ser orientado en la toma de decisiones (él quisiera que nadie le dijera lo que tiene que hacer); esto explica, en parte, la problemática que parece caracterizar la relación de los adolescentes con las figuras de autoridad. No es extraño que como consecuencia a su rebeldía, nuestro juicio social haya elegido tratarlos de delincuentes, sin embargo entender a los adolescentes es un esfuerzo que bien vale la pena. Comprender a los jóvenes no significa dejarlos hacer lo que ellos quieran, la conducta del adolescente debe ser normada, sobre todo dentro de una escuela; conocí un alumno que se empeñaba en usar dentro del salón de clases las esclavas y cadenas que cubrían sus muñecas y cuello, cuando un maestro le pedía que se las quitara se negaba a hacerlo, su argumento era que “no lo dejaban ser”; con paciencia le hice ver que él podía “ser” todo lo que quisiera siempre y cuando respetara la norma establecida, al cabo de un rato él solo se quitó los accesorios y no volvió a usarlos en el aula. Inmerso en la maraña de batallas que día a día el adolescente enfrenta consigo mismo, se encuentra un ser perdido, carente de identidad, sin un criterio propio; ya que el alumno no sabe quién es debe al menos saber lo que se espera de él, y es la normatividad escolar la que debe marcar los parámetros que le indiquen claramente que procesos serán los que juzguen determinada conducta o bien bajo que parámetros será evaluado un trabajo escolar. Un tema que merece tratarse por separado son las conductas sexuales; es muy importante precisar que la educación escolar puede plantear guías de una educación sexual en los niveles informativos, nunca morales, debido a que la sexualidad está intrínsecamente ligada a una valoración moral y que no es en la escuela donde se construye la moralidad sexual, sino en la familia. La escuela debe ser neutral en este aspecto, sin embargo es necesario que los alumnos reconozcan el entorno escolar como un lugar público en donde debe imperar el respeto hacia las costumbres y valores de los demás, aceptando que las manifestaciones sexuales no deben darse dentro de este entorno. Nosotros, como adultos, debemos ser sumamente cuidadosos en el trato con adolescentes, quienes poseen a flor de piel una emergencia sexual que puede llegar a ser perturbadora, evitemos caer en tentaciones dejando nuestro propio deseo para nuestra vida privada adulta. En un desesperado afán por encontrarse a sí mismo, el adolescente asume diferentes roles, siendo práctica común que el mismo joven que hoy es un aguerrido defensor de los animales, ayer gozaba haciendo sufrir a su mascota y quizás mañana desate una cacería de ranas. Esto es entendible si comprendemos que el adolescente se esfuerza igual por mantener su individualidad que por pertenecer e identificarse con un grupo en especial. La mejor manera de desarrollar en el alumno el sentido de pertenencia es el trabajo en equipo, sin embargo, esta práctica pierde validez cuando el maestro se limita encargar un trabajo en equipo, permitiendo que los propios alumnos resuelvan la distribución de responsabilidades, cuando es realmente papel del maestro asignar los roles que cada integrante tendrán para la elaboración de cada trabajo, siendo muy conveniente que los roles sean cambiados según la naturaleza de las tareas asignadas. Claro, todo esto implica un mayor esfuerzo para el maestro, pero se verá recompensado al palpar los resultados que se observan en los cambios de conducta de los alumnos. 2
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    Por último, eladolescente toma como marco referencial al maestro, por ello debemos cuidar nuestras acciones, para que ellas tengan una influencia positiva en su vida futura. El maestro estricto en extremo, que nos permite ni un parpadeo durante su clase y los alumnos no se atreven por consecuencia a pedir una nueva explicación de algún tema que les resulta confuso, no logra establecer una comunicación adecuada entre alumno y maestro. En el extremo opuesto, se encuentra el maestro paternalista, apapachador, que todo le resuelve a sus queridos alumnos y les disculpa cualquier travesura o broma que hagan en clase; lo peor es que el maestro asume esta actitud no para proteger a los alumnos, sino para protegerse él mismo. Otro tipo de maestro es el que se baja totalmente al nivel del adolescente, habla su mismo lenguaje, se viste como tal, en pocas palabras se hace su cuate, hasta el punto que los alumnos realmente lo tratan como uno más de ellos, perdiendo el sentido de autoridad, creando un caos en sus clases. Lo mejor es ofrecer al alumno un maestro que haga valer su autoridad, pero que al mismo tiempo los haga sentirse cómodos, con la confianza de acercarse a él para que les resuelva cualquier tipo de duda, ayudándoles de esta manera a encontrarse consigo mismo y superar de la mejor manera posible tan difícil etapa. 3