Canto al vuelo. La larga espera. Mi muerte en ello
Ella se fue un sábado. Mientras yo enhebraba mis ideas. Llevábamos una vida de pareja al
vuelo. Como consumiendo los momentos, sin que eso implicara llevar vocería a los otros y
a las otras. Metidos en la reflexión, en veces, impertinente. Todo como tirado al vacío.
Llevando las ilusiones al límite. Forzándola a que, ellas, significaran lo inapropiado
punzante. Hoy, recuerdo cuando nos conocimos. En el parquecito del barrio. Ella saliendo de
la iglesia. Yo, jugando ahí en la callecita benévola. Pateaba el balón y, luego, lo recibía en
mi pecho. Todo un espectáculo. Yo lo sabía. Y, henchido de emoción, recibía aplausos de
quienes jugaban conmigo todos los días, desde temprano en la mañana. Marielita me miró.
E hizo, con sus manos algo así como la emisión de mensaje voluptuoso. Muy linda. Siempre
caminaba del brazo de su mamá. Después supe que era ella... Conocí de sus pasos, uno por
uno. Nos comunicábamos en ese lenguaje de los infantes. Aprendido, casi desde la cuna.
Vestidito color verde, alto. Más allá de las rodillas. Y un cabello sedoso, convocante. Sus
ojos adornaban la mirada. Como fugaz rayito de luna bella.
Cualquier día nos encontramos. Allí mismo. Pero, ella, no salía de misa. Iba con su mamá.
Se detuvieron a ver mis malabares con la pelotica de jugar fútbol. Y, yo, en énfasis de vida
rutinaria ampliada. Me complacía en lo más profundo de mi ego. Aplaudieron mis piruetas.
Se fueron. Quedé absorto. Con una miradera infinita. Perdida en el vuelo de su caminar.
Quise llamarla; pero pudo más la invitación a jugar el picaito de todos los días.
Cuando conversamos por primera vez, supe de su coloquio y la manera de acompañar las
palabras, con juego de manos. En una expresión que acompasaba palabra y acción. De
profundo conocimiento de lo habido en el barrio. Y en la escuelita. Y en su relación vital con
sus amigas. Su mirada se tornaba mensajera. Entonces se juntaban palabras, voces y miradas.
Todo un contexto convocante. Casi de hechicera benévola. Supe el nombre de su mamá.
También, que su papá trabajaba lejos de la ciudad y que solo podía venir una vez al mes. Y
me contó de sus hermanos Roberto y Robespierre. Y, además, que su mamá Torcoroma tenía
treinta y cinco años. Y que atendía con mucho esmero las tareas que
aplicaban en la escuelita. Que, ella, había nacido en Pereira. Que habían llegado a Medellín,
siendo Marielita una niña de tres añitos.
Nos veíamos casi a diario. Ella, avanzando en su escolaridad. Terminó su educación primaria.
Y el bachillerato. Ahora cursa arquitectura en la Universidad Nacional, Sede Medellín. Y,
yo, seguía en esa expresión inhóspita para estudiar. Trabajaba en el tallercito de mecánica en
las afueras del barrio. Don Leonel, su dueño, me quería mucho. Y me fue enseñando el arte
de la electricidad automotriz. Los sábados trabajaba hasta el mediodía. Visitaba a “cachetes”,
como yo la llamaba coloquialmente. No éramos novio y novia oficiales. Pero si lo
parecíamos. Conversábamos casi toda la tarde. Palabras van, palabras vienen. Todo esto fue
tejiendo un entendido de vida envolvente, preciosa. Me contaba de sus experiencias en la
universidad. Y me hablaba de lo societario. Con una vehemencia absoluta. De los
campesinos, campesinas. De los niños y las niñas. De la educación que se imparte; soportada
en modelos autoritarios. Amplias descripciones iluminadas con el don de su palabra.
Mamá Torcoroma me fue cogiendo mucho cariño. A veces compartíamos palabra Marielita,
mamá Torcoroma y yo. Gozaba, mamá, con mis ocurrencias de vida. Reía cuando le contaba
acerca de coger grillos y escarabajos para asustar a mi hermanita Juliana. Y que, ella, lloraba
y le ponía quejas a mi mamá Esperanza. O cuando les contaba que iba a laguito del bosque
con frascos para recoger pececitos de colores y que le decía a Julianita que yo los había
pintado. En fin, que gozábamos ellas y yo.
Un sábado, estando yo en la visita acostumbrada, llegó papá Gregorio. No me conocía hasta
ese día. Trajo naranjas, mangos, papayas, piñas y bananos y dos gallinas grandes. Parece que
no le caí muy bien. Mera percepción mía, cuando me miró al entrar. Sin embargo, Marielita
yo seguimos conversando. Cuando me despedí, ya papá Gregorio la había llamado dos veces,
desde su cuarto. Supe, después, que estuvo indagando por mí. Que quien era. Que donde
vivía. Y que si estudiaba en la universidad, Cuando mamá Torcoroma le dijo que yo trabaja
en un taller de mecánica, preguntó si yo era huérfano de papá. Porque solo los huérfanos
salen a trabajar tan jóvenes. En fin que no quedó muy satisfecho con nuestra relación.
Afortunadamente se fue al lunes siguiente.
Robespierre y Roberto eran mayores que Marielita. Los dos estudiaban en la Universidad de
Antioquia, ingeniería química. Ya estaban por terminar. Muy amables conmigo. Tanto así
que, en veces, nos reuníamos mamá Torcoroma, Marielita, ellos dos y yo. Hablábamos de
todo lo habido y por haber. La palabra de “cachetes” era la más pulida. Transmitía mensajes
de conocimiento profundo. Sus dos hermanos hablaban poco. Pero, cuando lo hacían,
demostraban que sabían menos que ella, acerca de los hechos sociales, económicos y
políticos del país. Inclusive, tuve el pálpito en el sentido de su displicencia en esos temas.
Cierto día, cuando iba para el taller de don Leonel, observé muchas personas, agrupadas justo
en la puerta de la casa de “cachetes”. Me causó mucha inquietud esto. Me detuve. Como
cuando uno quiere indagar, más allá de lo visto. Noté a mamá Torcoroma muy ansiosa y
como absorta. La saludé. Me dijo, no te vayas mijito que tengo algo que contarte. Cuando se
fueron las otras personas, me hizo entrar hasta la sala. Allí me contó que Marielita no había
llegado a casa en la noche. Una llamada de un compañero de “cachetes” la había alertado en
la madrugada y le había informado que Marielita estaba detenida en la Estación Norte de la
Policía. Que, justo después de un mitin que realizaban en el centro de la ciudad, la retuvieron.
Fue golpeada en la cabeza. Ya estaban informadas las Directivas de la universidad. Estaban
tratando apelar por ella, ante el comandante Jiménez. Salí de la casa y seguí mi camino hasta
el taller. Hablé con don Leonel y le pedí permiso para ausentarme. No le dije el motivo. Pero
él accedió de inmediato.
Cuando llegué a la Estación de Policía, eran casi las nueve de la mañana. Allí estaban Roberto
y Robespierre. No habían podido hablar con “cachetes”. Pero lograron que le hicieran llegar
el desayuno y una muda de ropa. Estuvimos como hasta las tres de la tarde, pero no pudimos
hablar con ella. A duras penas, nos informaron “está incomunicada Ni siquiera el abogado
dispuesto por la universidad puede hablar con ella.”
Ya es otro día. “cachetes” lleva ya cuatro días en detención que llaman “preventiva”, mientras
cursa la investigación. Papá Olegario llegó el miércoles. Se puso muy mal. Lloraba por su
hija. Tampoco él pudo verla, ni hablar con ella.
Pues sí que, yo, seguí con mi trabajo en el taller. En veces, don Leonel, me concedía permiso
para salir un poco más temprano. En este tiempo iba hasta la casa de “cachetes” y hasta la
Estación de Policía. Pero nada de nada. Marielita seguía detenida. El jueves en la tarde, le
notificaron a Robespierre y a Roberto, que” cachetes” sería trasladada a la cárcel “El Buen
Pastor”. En juicio sumario el Juez militar había dispuesto que debía ser condenada por lo que
llaman “rebelión”. Nada pudo hacer el abogado designado por la universidad. Ni los ruegos
de mamá Torcoroma y papá Olegario.
Han pasado ya cuarenta días, desde que fue encarcelada Marielita. He podido hablar con ella
dos domingos. Entrevista breve, porque así estaba dispuesto por la autoridad carcelaria.
Mamá Torcoroma y papá Olegario, la han visitado también. El viernes pasado, papá Olegario
tuvo que viajar a lo de su trabajo. Ya no le concedían más permiso. Casi a diario hablo con
Robespierre y Roberto. Están muy compungidos. Inclusive llevan casi quince días sin asistir
a la universidad. Se la pasan hablando con diferentes personas. Con los compañeros de
estudio de “cachetes”; con la Dirección de la universidad; con la Defensoría del Pueblo,
delegada para Medellín.
Un veinticuatro de Julio, cuando Marielita llevaba dos años de detención, su familia fue
notificada de la fuga de “cachetes”. Un comando armado arremetió contra la edificación de
la cárcel…”se fue con ellos”, decía el parte. En verdad no lo creímos. Por lo menos, en
términos de fuga. Mucho menos de esa manera. El talante de Marielita no era ese. Defendía
sus ideas de manera vehemente. Asistía a mítines y movilizaciones. Pero hasta ahí. Todo, en
ella, era muy transparente. Nunca, esto, podía asociase con actuaciones armadas ni nada por
el estilo.
Tres días después, recibimos la notificación, en el sentido de haber encontrado el cuerpo de
“cachetes”, en la carretera a las Palmas. Ya se había efectuado la cotejación respectiva. Era
ella, no había pierde.
Treinta días después de haber encontrado a Marielita asesinada, fui hasta su casa. Por más
que golpee la puerta, nadie salió. Los vecinos y las vecinas cercanos dicen no saber nada. Ni
haber escuchado nada. Al forzar la puerta, nos encontramos con una casa desocupada. Todo
había sido revuelto. Había manchas de sangre por todas las paredes y el piso.
Hoy cumplo Cuarenta y dos años. Llevo mucho tiempo indagando lo que pudo haber pasado.
No se ha encontrado ningún rastro. Las palabras y las voces en el barrio se acallaron desde
el día en que encontramos la casa sola. He estado tan solo. Y tan angustiado, todo este tiempo;
que ni siquiera he accedido a comentar algo con mi familia. Lo cierto es que estoy aquí, de
cuerpo. Pero mi espíritu hace mucho tempo voló en búsqueda imaginaria de “cachetes” y de
toda su familia, que sigue siendo la mía. Pensando y diciendo esto, cualquier día dejé de
vivir. Tal vez para encontrar el camino que me lleve, adonde están. Una recordación última,
de ella, cuando la soñé mía sin conocerla. Recordación que evoco y que aspiro a reconstruirla
en ese otro hecho mío de ensoñación cimera.

Marielita

  • 1.
    Canto al vuelo.La larga espera. Mi muerte en ello Ella se fue un sábado. Mientras yo enhebraba mis ideas. Llevábamos una vida de pareja al vuelo. Como consumiendo los momentos, sin que eso implicara llevar vocería a los otros y a las otras. Metidos en la reflexión, en veces, impertinente. Todo como tirado al vacío. Llevando las ilusiones al límite. Forzándola a que, ellas, significaran lo inapropiado punzante. Hoy, recuerdo cuando nos conocimos. En el parquecito del barrio. Ella saliendo de la iglesia. Yo, jugando ahí en la callecita benévola. Pateaba el balón y, luego, lo recibía en mi pecho. Todo un espectáculo. Yo lo sabía. Y, henchido de emoción, recibía aplausos de quienes jugaban conmigo todos los días, desde temprano en la mañana. Marielita me miró. E hizo, con sus manos algo así como la emisión de mensaje voluptuoso. Muy linda. Siempre caminaba del brazo de su mamá. Después supe que era ella... Conocí de sus pasos, uno por uno. Nos comunicábamos en ese lenguaje de los infantes. Aprendido, casi desde la cuna. Vestidito color verde, alto. Más allá de las rodillas. Y un cabello sedoso, convocante. Sus ojos adornaban la mirada. Como fugaz rayito de luna bella. Cualquier día nos encontramos. Allí mismo. Pero, ella, no salía de misa. Iba con su mamá. Se detuvieron a ver mis malabares con la pelotica de jugar fútbol. Y, yo, en énfasis de vida rutinaria ampliada. Me complacía en lo más profundo de mi ego. Aplaudieron mis piruetas. Se fueron. Quedé absorto. Con una miradera infinita. Perdida en el vuelo de su caminar. Quise llamarla; pero pudo más la invitación a jugar el picaito de todos los días. Cuando conversamos por primera vez, supe de su coloquio y la manera de acompañar las palabras, con juego de manos. En una expresión que acompasaba palabra y acción. De profundo conocimiento de lo habido en el barrio. Y en la escuelita. Y en su relación vital con sus amigas. Su mirada se tornaba mensajera. Entonces se juntaban palabras, voces y miradas. Todo un contexto convocante. Casi de hechicera benévola. Supe el nombre de su mamá. También, que su papá trabajaba lejos de la ciudad y que solo podía venir una vez al mes. Y me contó de sus hermanos Roberto y Robespierre. Y, además, que su mamá Torcoroma tenía treinta y cinco años. Y que atendía con mucho esmero las tareas que
  • 2.
    aplicaban en laescuelita. Que, ella, había nacido en Pereira. Que habían llegado a Medellín, siendo Marielita una niña de tres añitos. Nos veíamos casi a diario. Ella, avanzando en su escolaridad. Terminó su educación primaria. Y el bachillerato. Ahora cursa arquitectura en la Universidad Nacional, Sede Medellín. Y, yo, seguía en esa expresión inhóspita para estudiar. Trabajaba en el tallercito de mecánica en las afueras del barrio. Don Leonel, su dueño, me quería mucho. Y me fue enseñando el arte de la electricidad automotriz. Los sábados trabajaba hasta el mediodía. Visitaba a “cachetes”, como yo la llamaba coloquialmente. No éramos novio y novia oficiales. Pero si lo parecíamos. Conversábamos casi toda la tarde. Palabras van, palabras vienen. Todo esto fue tejiendo un entendido de vida envolvente, preciosa. Me contaba de sus experiencias en la universidad. Y me hablaba de lo societario. Con una vehemencia absoluta. De los campesinos, campesinas. De los niños y las niñas. De la educación que se imparte; soportada en modelos autoritarios. Amplias descripciones iluminadas con el don de su palabra. Mamá Torcoroma me fue cogiendo mucho cariño. A veces compartíamos palabra Marielita, mamá Torcoroma y yo. Gozaba, mamá, con mis ocurrencias de vida. Reía cuando le contaba acerca de coger grillos y escarabajos para asustar a mi hermanita Juliana. Y que, ella, lloraba y le ponía quejas a mi mamá Esperanza. O cuando les contaba que iba a laguito del bosque con frascos para recoger pececitos de colores y que le decía a Julianita que yo los había pintado. En fin, que gozábamos ellas y yo. Un sábado, estando yo en la visita acostumbrada, llegó papá Gregorio. No me conocía hasta ese día. Trajo naranjas, mangos, papayas, piñas y bananos y dos gallinas grandes. Parece que no le caí muy bien. Mera percepción mía, cuando me miró al entrar. Sin embargo, Marielita yo seguimos conversando. Cuando me despedí, ya papá Gregorio la había llamado dos veces, desde su cuarto. Supe, después, que estuvo indagando por mí. Que quien era. Que donde vivía. Y que si estudiaba en la universidad, Cuando mamá Torcoroma le dijo que yo trabaja en un taller de mecánica, preguntó si yo era huérfano de papá. Porque solo los huérfanos salen a trabajar tan jóvenes. En fin que no quedó muy satisfecho con nuestra relación. Afortunadamente se fue al lunes siguiente.
  • 3.
    Robespierre y Robertoeran mayores que Marielita. Los dos estudiaban en la Universidad de Antioquia, ingeniería química. Ya estaban por terminar. Muy amables conmigo. Tanto así que, en veces, nos reuníamos mamá Torcoroma, Marielita, ellos dos y yo. Hablábamos de todo lo habido y por haber. La palabra de “cachetes” era la más pulida. Transmitía mensajes de conocimiento profundo. Sus dos hermanos hablaban poco. Pero, cuando lo hacían, demostraban que sabían menos que ella, acerca de los hechos sociales, económicos y políticos del país. Inclusive, tuve el pálpito en el sentido de su displicencia en esos temas. Cierto día, cuando iba para el taller de don Leonel, observé muchas personas, agrupadas justo en la puerta de la casa de “cachetes”. Me causó mucha inquietud esto. Me detuve. Como cuando uno quiere indagar, más allá de lo visto. Noté a mamá Torcoroma muy ansiosa y como absorta. La saludé. Me dijo, no te vayas mijito que tengo algo que contarte. Cuando se fueron las otras personas, me hizo entrar hasta la sala. Allí me contó que Marielita no había llegado a casa en la noche. Una llamada de un compañero de “cachetes” la había alertado en la madrugada y le había informado que Marielita estaba detenida en la Estación Norte de la Policía. Que, justo después de un mitin que realizaban en el centro de la ciudad, la retuvieron. Fue golpeada en la cabeza. Ya estaban informadas las Directivas de la universidad. Estaban tratando apelar por ella, ante el comandante Jiménez. Salí de la casa y seguí mi camino hasta el taller. Hablé con don Leonel y le pedí permiso para ausentarme. No le dije el motivo. Pero él accedió de inmediato. Cuando llegué a la Estación de Policía, eran casi las nueve de la mañana. Allí estaban Roberto y Robespierre. No habían podido hablar con “cachetes”. Pero lograron que le hicieran llegar el desayuno y una muda de ropa. Estuvimos como hasta las tres de la tarde, pero no pudimos hablar con ella. A duras penas, nos informaron “está incomunicada Ni siquiera el abogado dispuesto por la universidad puede hablar con ella.” Ya es otro día. “cachetes” lleva ya cuatro días en detención que llaman “preventiva”, mientras cursa la investigación. Papá Olegario llegó el miércoles. Se puso muy mal. Lloraba por su hija. Tampoco él pudo verla, ni hablar con ella. Pues sí que, yo, seguí con mi trabajo en el taller. En veces, don Leonel, me concedía permiso para salir un poco más temprano. En este tiempo iba hasta la casa de “cachetes” y hasta la
  • 4.
    Estación de Policía.Pero nada de nada. Marielita seguía detenida. El jueves en la tarde, le notificaron a Robespierre y a Roberto, que” cachetes” sería trasladada a la cárcel “El Buen Pastor”. En juicio sumario el Juez militar había dispuesto que debía ser condenada por lo que llaman “rebelión”. Nada pudo hacer el abogado designado por la universidad. Ni los ruegos de mamá Torcoroma y papá Olegario. Han pasado ya cuarenta días, desde que fue encarcelada Marielita. He podido hablar con ella dos domingos. Entrevista breve, porque así estaba dispuesto por la autoridad carcelaria. Mamá Torcoroma y papá Olegario, la han visitado también. El viernes pasado, papá Olegario tuvo que viajar a lo de su trabajo. Ya no le concedían más permiso. Casi a diario hablo con Robespierre y Roberto. Están muy compungidos. Inclusive llevan casi quince días sin asistir a la universidad. Se la pasan hablando con diferentes personas. Con los compañeros de estudio de “cachetes”; con la Dirección de la universidad; con la Defensoría del Pueblo, delegada para Medellín. Un veinticuatro de Julio, cuando Marielita llevaba dos años de detención, su familia fue notificada de la fuga de “cachetes”. Un comando armado arremetió contra la edificación de la cárcel…”se fue con ellos”, decía el parte. En verdad no lo creímos. Por lo menos, en términos de fuga. Mucho menos de esa manera. El talante de Marielita no era ese. Defendía sus ideas de manera vehemente. Asistía a mítines y movilizaciones. Pero hasta ahí. Todo, en ella, era muy transparente. Nunca, esto, podía asociase con actuaciones armadas ni nada por el estilo. Tres días después, recibimos la notificación, en el sentido de haber encontrado el cuerpo de “cachetes”, en la carretera a las Palmas. Ya se había efectuado la cotejación respectiva. Era ella, no había pierde. Treinta días después de haber encontrado a Marielita asesinada, fui hasta su casa. Por más que golpee la puerta, nadie salió. Los vecinos y las vecinas cercanos dicen no saber nada. Ni haber escuchado nada. Al forzar la puerta, nos encontramos con una casa desocupada. Todo había sido revuelto. Había manchas de sangre por todas las paredes y el piso. Hoy cumplo Cuarenta y dos años. Llevo mucho tiempo indagando lo que pudo haber pasado. No se ha encontrado ningún rastro. Las palabras y las voces en el barrio se acallaron desde
  • 5.
    el día enque encontramos la casa sola. He estado tan solo. Y tan angustiado, todo este tiempo; que ni siquiera he accedido a comentar algo con mi familia. Lo cierto es que estoy aquí, de cuerpo. Pero mi espíritu hace mucho tempo voló en búsqueda imaginaria de “cachetes” y de toda su familia, que sigue siendo la mía. Pensando y diciendo esto, cualquier día dejé de vivir. Tal vez para encontrar el camino que me lleve, adonde están. Una recordación última, de ella, cuando la soñé mía sin conocerla. Recordación que evoco y que aspiro a reconstruirla en ese otro hecho mío de ensoñación cimera.