Abraham y David fueron justificados por la fe sin obras. Pablo usa sus ejemplos para ilustrar que Dios siempre ha justificado a los hombres de la misma manera, por la fe. Ni Abraham ni David pudieron jactarse de sus obras delante de Dios, porque a pesar de ser grandes hombres, también eran pecadores. Fueron justificados cuando creyeron en la promesa y palabra de Dios, no por sus méritos. De la misma forma, todos los que creen son justificados por igual, sin importar sus obras.