María, la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, fue quien descubrió las pinturas rupestres en la Cueva de Altamira en 1868. A pesar de que ni su padre ni ella fueron creídos inicialmente sobre la antigüedad de las pinturas, María defendió el trabajo de su padre y ayudó a limpiar su nombre después de su muerte cuando finalmente se reconoció el valor del descubrimiento.