La autora defiende los juegos grupales tradicionales de los niños en la calle frente a los juegos individuales con pantallas. Apoyándose en un estudio de psicólogos y educadores, argumenta que los primeros son fundamentales para la educación social de los menores, al fomentar la colaboración y resolución de conflictos. Si bien valora las nuevas tecnologías como herramientas de trabajo, considera que los juegos callejeros siguen siendo el mejor medio de ocio para su desarrollo.