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Francisco de Goya pintó El Aquelarre entre 1797 y 1798 para los Duques de Osuna. La pintura muestra un ritual de brujas presidido por el Gran Cabrón, quien se alimenta de niños según las supersticiones de la época. Más tarde, en 1823, Goya pintó otra versión de El Aquelarre como parte de sus Pinturas Negras en la Quinta del Sordo, donde desarrolló un estilo más oscuro y expresionista que inauguró el Romanticismo.









