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UNIVERSIDADANDINADELCUSCO
FACULTAD DE ….
CARRERA PROFESIONAL DE …..
LECTURAS
CUSCO – PERU
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Presentación
Gottfried Wilhelm Leibniz, escribió: “nada tiene lugar sin razón suficiente, esto es… no ocurre nada sin que sea
posible que alguien sepa suficientes cosas para dar una razón suficiente que determine porque es así y no de
otra manera”
Luego añadiría que a menudo no sabemos esas razones.
La filosofía lleva inmersa en si la racionalidad y por tanto el análisis y la explicación filosófica siguen esta vía.
todos los seres humanos al existir en el mundo y descubrirnos en él tomaremos decisiones e inevitablemente
consumaremos acciones que tal vez justificaremos o trataremos de comprender mediante la racionalidad, a la
luz de aquello que consideremos bueno o malo, justo o injusto, ideal o real, practico o improductivo, etc. y según
nuestra concepción del mundo aquellas decisiones que sean particularmente profundas e importantes para
nosotros serán las que inevitablemente configuren nuestra existencia de allí que la importancia de la ética resida
en gran parte en motivar la elección racional y libre de decisiones para una vida plena y la comprensión de las
mismas.
Se cuenta que un antiguo maestro zen afirmo: “para desarrollar tu juicio claro e imparcial, es importante
abandonarlo todo o estar preparado para hacerlo, incluyendo tu comprensión de la enseñanza y de tu
conocimiento. entonces podrás decir lo que está bien y lo que está mal” esto para las personas suele ser difícil
sino casi imposible debido a que todas las especies incluida la nuestra están de cierto manera configuradas por
“modos” “cualidades” y “condiciones” de comportamiento y por lo tanto, elaboramos distintas formas de análisis
acerca de lo conveniente para cada uno, de acuerdo a la sociedad en que vivimos, las ideas que manejamos o que
nos son impuestas y de cierto modo nos manejan, los intereses que nos gobiernan, nuestra individual
determinación biológica, las relaciones interpersonales, etc. es por ello que los filósofos que han realizado el
análisis e interpretación de la conducta de los hombres fueron y son indiscutiblemente también influidos en
mayor o en menor medida por los aspectos mencionados anteriormente.
Siendo así no cabe esperar que la ética nos provea de un conjunto de recetas para lograr la buena vida mas si
podría proveernos de mayor amplitud de pensamiento y motivarnos al ejercicio de la libertad al momento de
elegir.
El presente texto se concibe con el fin de relacionar a los estudiantes con algunas cuestiones éticas relevantes
para su análisis y reflexión. Se concibe tal vez tan solo por el complejo y cada vez mas escaso deseo de conocer
mas no imponer y tratar haciendo uso de dicho conocimiento, de explicar nuestra existencia, para lograr si
acaso es posible, plena conciencia y comprensión de nosotros mismos y de nuestros actos, finalmente colaborar
con la búsqueda de la felicidad, teniendo presente que necesitaremos en este afán de la interacción con los
demás.
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ÉTICA Y PROFESIONALISMO
MÓDULO N° I
FILOSOFÍA Y ÉTICA NOCIONES FUNDAMENTALES
SELECCIÓN DE TEXTOS Y ACTIVIDADES DE
APRENDIZAJE
ANÁLISIS Y COMENTARIO
TOMADO DE LOS SIETE SABERES NECESARIOS PARA LA EDUCACIÓN DEL FUTURO
DE EDGAR MORIN - EL SÉPTIMO SABER - “LA ÉTICA DEL GENERO HUMANO”
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DISCIPLINAS FILOSÓFICAS
El contenido de la Filosofía … da origen a las siguientes cuestiones: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?
¿Qué es el hombre?. La metafísica contesta a la primera, la moral a la segunda, la religión a la tercera, y la antropología a la cuarta.
Inmanuel Kant
Los sectores del conocimiento desde su génesis se han ido especializando, reconfigurando sus ideas, de tal modo
que las partes configuran el todo, es por ello que para entender mejor la Filosofía es necesario entender primero
los sectores o ramas que la configuran, si la filosofía alguna vez fue denominada la madre de todas las ciencias y
abarcaba diversos sectores del conocimiento tales como la física y la biología o a la psicología en la época
moderna hoy las ciencias y la filosofía forman dos campos con sus propios objetos de estudio, exigen por lo tanto
a quienes las estudien comprender dicha especialización.
Í
Busca esclarecer racionalmente los conceptos y principios de toda investigación científica, con el fin de dar ala hombre la
capacidad de llegar al conocimiento de la realidad.
Entre ellas tenemos:
1. í í : tiene por tema principal el conocimiento humano,
haciendo referencia al origen, posibilidad y las formas de establecer la validez del mismo.
2. í . se encarga de investigar la validez del conocimiento científico, la naturaleza y la
estructura el método científico y el lenguaje de la ciencia. Hay tantas epistemologías como ciencias.
3. ó . Estudia el pensamiento ordenado y coherente y la estructura formal de los enunciados. La utilizan los
epistemólogos como instrumento del análisis. Tradicionalmente es el estudio de la inferencia.
Í
La historia de la filosofía le ha dado un trato preferente, pues ella abarca los temas tradicionales de la filosofía.
1. í Históricamente fue la disciplina que dio origen al quehacer filosófico. Sin embargo en la
actualidad su estudio lo han asumido la física, la astronomía y la astrofísica. Ellas se preocupan por lo problemas
cosmológicos de la formación de la materia y el origen del universo. La filosofía estudia el mundo en cuanto es
algo concreto.
2. í ó Estudia la esencia, origen y finalidad del hombre diferenciándolo de los
demás seres. Además estudia al hombre inmerso en sus relaciones políticas, ideológicas, religiosas, económicas y
morales. En este sentido estudia al hombre concreto, histórico y socialmente determinado.
3. í Es muy difícil distinguir entre ontología y metafísica, pues son disciplinas muy ligadas. La
metafísica pretende formular una concepción integral de la realidad y de los principios mas generales. Aristóteles
la llamaba “la ciencia que estudia el ser en tanto que ser”.
4. í . Busca responder a la pregunta : ¿Cual es el fundamento ultimo de la realidad? Se encarga del
estudio y clasificación del ser. Trata de delimitar aquello en que los entes consisten , por ello se le denomina la
ciencia de las esencias. Para Heidegger es aquella que se encarga de averiguar el fundamento de la existencia
esto es, su finitud, entendiendo por ello aquello que hace posible su existencia.
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5. í Ella se pregunta por los objetivos mediatos e inmediatos del ser y su destino.
6. í Analiza e interpreta el pensamiento filosófico a través de la historia.
Reflexiona sobre el presente y el pasado histórico del hombre. Voltaire acuño este término dentro de la filosofía en
el siglo XVIII. Es una disciplina racional critica. Existen concepciones opuestas acerca de la historia y del hombre,
su actor principal. Sobresalen por sus aportes a este tema los filósofos Hegel y Marx.
Í
Centra su atención en la conducta individual y colectiva del hombre analizando sus fines, valores normas, entre otras cosas,
Estudia el modo en que actúa el hombre, pero este actuar debe ser libre y consciente es decir voluntario o volitivo.
1. í . O filosofía de los valores. Investiga los valores, sus principios, fundamentos, fines y alcances,
fundamentándolos y buscando su validez. Estudia las cuestiones relativas a lo valioso y los juicios valorativos.
Esta íntimamente ligada con la ética.
2. É Su objeto de estudio es la moral, entendida como una cultura con sistemas y normas y la aplicación de
esta en la conducta del ser humano dentro de la sociedad. No se mantiene en un nivel descriptivo sino que va mas
alla planteando conceptos, hipótesis y teorías buscando verificarlos. Aspira a la racionalidad y objetividad de la
moral.
3. é se encarga del estudio de las expresiones artísticas y la belleza en general. Alexander Baumgarten
introdujo este término en el campo de la filosofía. La dificultad de definir la estética como la disciplina de lo bello
consiste en definir precisamente lo bello, pues debe ser considerado a lo largo de la historia y por ende, de
acuerdo a un espacio y tiempo histórico determinados.
4. í . Son el conjunto de deberes morales conectados y condicionados por la actividad y profesión
existen tantas deontologías como profesiones hay.
Actividades de aprendizaje - 1
I. RELACIONE
1. GNOSEOLOGÍA SE LE UTILIZA COMO INSTRUMENTO DE ANÁLISIS
2. EPISTEMOLOGÍA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
3. LÓGICA INVESTIGA LA ESTRUCTURA Y NATURALEZA DEL MÉTODO
4. COSMOLOGÍA OBJETIVOS MEDIATOS E INMEDIATOS DEL SER Y SU DESTINO
5. ANTROPOLOGÍA
FILOSÓFICA
¿CUAL ES EL FUNDAMENTO ULTIMO DE LA REALIDAD?
6. METAFÍSICA DIO ORIGEN AL QUEHACER FILOSÓFICO
7. ONTOLOGÍA
REFLEXIONA SOBRE EL PRESENTE Y EL PASADO HISTÓRICO DEL
HOMBRE
8. TELEOLOGÍA ESTUDIA EL SER EN TANTO QUE SER
9. FILOSOFÍA DE LA
HISTORIA
ESTUDIA LA ESENCIA, ORIGEN Y FIN DEL HOMBRE
10. AXIOLOGÍA ESTUDIA LA CULTURA DE L A MORAL
11. ÉTICA FILOSOFÍA DE LOS VALORES
12. ESTÉTICA CONJUNTO DE DEBERES MORALES DE UNA PROFESIÓN
13. DEONTOLOGÍA ESTUDIA LAS EXPRESIONES ARTÍSTICAS
II. Lea el texto y complete la información requerida
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1. Que se entiende por filosofía del conocer?
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2. Sobre que trata la filosofía del ser?
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3. Cuál es el objeto de análisis de la filosofía practica?
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III.Complete el mapa conceptual
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LÓGICA
EL SUTIL ARTE DE DETECTAR CAMELOS
La comprensión humana no es simple luz sino que recibe infusión de la voluntad y los afectos; de donde proceden ciencias que pueden
llamarse «ciencias a discreción». Porque el hombre cree con más disposición lo que preferiría que fuera cierto. En consecuencia rechaza
cosas difíciles por impaciencia en la investigación; silencia cosas, porque reducen las esperanzas; lo más profundo de la naturaleza, por
superstición; la luz de la experiencia, por arrogancia y orgullo; cosas no creídas comúnmente, por deferencia a la opinión del vulgo. Son
pues innumerables los caminos, y a veces imperceptibles, en que los afectos colorean e infectan la comprensión.
FRANCIS BACON
Novum Organon (1620)
Mis padres murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía los echo terriblemente de menos. Sé que siempre
será así. Anhelo creer que su esencia, sus personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe —real y verdaderamente— en
alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez minutos al año, por ejemplo, para hablarles de sus nietos, para
ponerlos al día de las últimas novedades, para recordarles que los quiero. Hay una parte de mí —por muy infantil que
suene— que se pregunta dónde estarán. «¿Os va todo bien?», me gustaría preguntarles. La última palabra que se me
ocurrió decirle a mi padre en el momento de su muerte fue: «Cuídate.» A veces sueño que hablo con mis padres y, de
pronto, inmerso todavía, en el funcionamiento del sueño, se apodera de mí la abrumadora constatación de que en realidad
no murieron, que todo ha sido una especie de error horrible. En fin, están aquí, sanos y salvos, mi padre contando chistes
, mi madre aconsejándome con total seriedad que me ponga una bufanda porque hace mucho frío. Cuando me despierto
emprendo un breve proceso de lamentación. Sencillamente, algo dentro de mí se afana por creer en la vida después de la
muerte. Y no tiene el más mínimo interés en saber si hay alguna prueba contundente de que exista.
Así pues, no me río de la mujer que visita la tumba de su marido y habla con él de vez en cuando, quizá en el aniversario
de su muerte. No es difícil de entender. Y, si tengo dificultades con el estado ontológico de la persona con quien habla, no
importa. No se trata de eso. Se trata de que los humanos se comportan como humanos. Más de un
tercio de los adultos de Estados Unidos cree que ha establecido contacto a algún nivel con los muertos. Los números
parecen haber aumentado un quince por ciento entre 1977 y 1988. Un cuarto de los americanos creen en la reencarnación.
Pero eso no significa que esté dispuesto a aceptar las pretensiones de un «médium» que declara comunicarse con los
espíritus de los seres queridos difuntos, cuando soy consciente de que en esta práctica abunda el fraude. Sé hasta qué
punto deseo creer que mis padres sólo han abandonado la envoltura de sus cuerpos, como los insectos o serpientes que
mudan, y han ido a otro sitio. Entiendo que esos sentimientos pueden hacerme presa fácil de un timo poco elaborado; como
también a personas normales poco familiarizadas con su inconsciente o aquellas que sufren un trastorno psiquiátrico
disociativo. De mala gana recurro a mis reservas de escepticismo. ¿Cómo es, me pregunto, que los
canalizadores nunca nos dan una información verificable que no se pueda alcanzar de
otro modo? ¿Por qué Alejandro Magno nunca nos habla de la localización exacta de su
tumba, Fermat de su último teorema, John Wiikes Booth de la conspiración para
asesinar a Lincoln o Hermann Góring del incendio del Reichstag? ¿Por qué Sófocles,
Demócrito y Aristarco no nos dictan sus libros perdidos? ¿Acaso no desean que las
generaciones futuras tengan acceso a sus obras maestras? Si se anunciara alguna prueba
consistente de que hay vida después de la muerte, yo la examinaría ansioso; pero tendría que tratarse de datos científicos
reales, no meramente anecdóticos. Como con «la Cara» de Marte y las abducciones por extraterrestres, repito que es mejor
la verdad por dura que sea que una fantasía consoladora. Y, a la hora de la verdad, los hechos suelen ser más
reconfortantes que la fantasía. La premisa fundamental de la «canalización», el espiritualismo y otras formas de
necromancia es que no morimos cuando morimos. No exactamente. Alguna parte del pensamiento, de los sentimientos y
del recuerdo continúa. Este lo que sea —una alma o espíritu, ni materia ni energía, sino algo más— puede, se nos dice,
volver a entrar en cuerpos de humanos y otros seres en el futuro, y así la muerte ya no es tan punzante. Lo que es más, si
las opiniones del espiritualismo o canalización son ciertas, tenemos la oportunidad de establecer contacto con nuestros
seres queridos fallecidos. J. Z. Knight, del estado de Washington, afirma que está en contacto con alguien de 35000 años
de edad llamado «Ramtha». Habla muy bien el inglés, a través de la lengua, los labios y las cuerdas vocales de Knight,
Recientemente se ha descubierto la Royalictina una proteína responsable de la
diferenciación de las larvas de abeja, es la causante de que las reinas (hembras
fértiles) se comporten de manera distinta a las abejas obreras.
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produciendo lo que a mí me suena como un acento del Raj indio. Como la mayoría de la gente sabe hablar, y muchos —
desde niños hasta actores profesionales— tienen un repertorio de voces a sus órdenes, la hipótesis más sencilla es que la
señora Knight hace hablar a Ramtha por su cuenta y no tiene contacto con entidades incorpóreas de la era glacial del
pleistoceno. Si hay alguna prueba de lo contrario, me encantaría oírla. Sería bastante más impresionante que Ramtha
pudiera hablar por sí mismo, sin la ayuda de la boca de la señora Knight. Si no, ¿cómo podríamos comprobar la afirmación?
(La actriz Shirley McLaine atestigua que Ramtha era su hermano en la Atlántida, pero ésa es otra historia.) Supongamos
que pudiera someterse a Ramtha a un interrogatorio.
¿Podríamos verificar que es quien dice ser? ¿Cómo sabe que ha vivido 35000 años, aunque sea aproximadamente? ¿Qué
calendario emplea? ¿Quién mantiene el hilo de los siglos intermedios? ¿Treinta y cinco mil más o menos qué? ¿Cómo eran
las cosas hace 35 000 años? O bien Ramtha tiene realmente 35 000 años, en cuyo caso descubrimos algo sobre aquella
época, o bien es un farsante y meterá la pata (aunque en realidad será ella quien lo haga). ¿Dónde vivía Ramtha? (Sé que
habla inglés con acento indio, pero ¿dónde hablaban así hace 35 000 años?) ¿Qué clima había? ¿Qué comía Ramtha?
(Los arqueólogos tienen alguna idea de qué comía entonces la gente.) ¿Cuáles eran las lenguas indígenas y la estructura
social? ¿Con quién vivía Ramtha: esposa, esposas, hijos, nietos? ¿Cuál era el ciclo de vida, la tasa de mortalidad infantil, la
esperanza de vida? ¿Tenían un control de natalidad? ¿Qué ropa llevaban? ¿Cómo se fabricaban las telas? ¿Cuáles eran
los depredadores más peligrosos? ¿Utensilios y estrategias de caza y pesca? ¿Armas? ¿Sexismo endémico? ¿Xenofobia y
etnocentrismo? Y si Ramtha viniese de la «gran civilización» de la Atlántida, ¿dónde están los detalles lingüísticos,
históricos, tecnológicos y demás? ¿Cómo escribían? Que nos lo diga. En cambio, sólo se nos ofrecen homilías
banales. Aquí hay, para tomar otro ejemplo, una serie de informaciones canalizadas no a través de una persona anciana
muerta, sino de entidades no humanas desconocidas que hacen círculos en los cultivos, tal como la registró el periodista
Jim Schnabel:
Nos produce ansiedad esta nación pecadora que esparce mentiras sobre nosotros. No venimos en máquinas, no
aterrizamos en vuestra tierra en máquinas... Venimos como el viento. Somos la Fuerza de Vida. Fuerza de Vida que
procede de la tierra... Venid... Estamos sólo a un soplo de aire... a un soplo de aire... no a un millón de kilómetros... una
Fuerza de Vida que es mayor que las energías de tu cuerpo. Pero nos encontramos en un nivel de vida superior... No
necesitamos nombre. Somos paralelos a vuestro mundo, junto a vuestro mundo... Los muros han caído. Dos hombres se
levantarán del pasado... el gran oso... el mundo estará en paz. La gente presta atención a esas fantasías
pueriles sobre todo porque prometen algo parecido a la religión de otros tiempos,
especialmente vida después de la muerte, incluso vida eterna.
Clemente de Alejandría, padre de la primera Iglesia, en su Exhortación a los griegos (escrita alrededor del año
190) despreciaba las creencias paganas con palabras que hoy podrían parecer un poco irónicas:
Lejos estamos ciertamente de permitir que hombres adultos escuchen este tipo de cuentos. Ni
siquiera cuando nuestros propios hijos lloran lágrimas de sangre, como dice el refrán,
tenemos el hábito de contarles historias fabulosas para calmarlos.
En nuestra época tenemos criterios menos severos. Hablamos a los niños de Papá Noel y el ratoncito Pérez por razones
que creemos emocionalmente sólidas, pero los desengañamos de esos mitos antes de hacerse mayores. ¿Por qué
retractarnos? Porque su bienestar como adultos depende de que conozcan el mundo como
realmente es. Nos preocupan, y con razón, los adultos que todavía creen en Papá Noel.
En las religiones doctrinales, «los hombres no osan reconocer, ni siquiera ante su propio corazón», escribía el filósofo
David Hume, las dudas que abrigan sobre esos temas. Convierten en mérito la fe implícita; y disimulan ante ellos mismos
su infidelidad real a través de las más fuertes aseveraciones y la intolerancia más positiva.
Esta infidelidad tiene profundas consecuencias morales, como escribió el revolucionario americano Tom Paine en La
edad de la razón: La infidelidad no consiste en creer o no creer; consiste en profesar que se cree lo que no se cree. Es
imposible calcular el perjuicio moral, si se me permite expresarlo así, que ha producido la mentira mental en la sociedad.
Cuando el hombre ha corrompido y prostituido de tal modo la castidad de su mente como para someter su profesión de fe a
algo que no cree, se ha puesto en condiciones de cometer cualquier otro crimen.
La formulación de T. H. HuxLey* era: La base de la moralidad es... dejar de simular que se cree aquello de lo que no
hay pruebas y de repetir propuestas ininteligibles sobre cosas que superan las posibilidades del conocimiento.
Clement, Hume, Paine y Huxiey hablan de religión. Pero gran parte de lo que escribieron tiene aplicaciones más
generales... por ejemplo, al omnipresente fastidio de los anuncios que dominan nuestra
civilización comercial. Hay unos anuncios de aspirina en los que los actores que hacen de médicos revelan que el
producto de la competencia sólo tiene tal cantidad del ingrediente analgésico más recomendado por los médicos... no dicen
cuál es este misterioso ingrediente. Su producto, en cambio, tiene una cantidad espectacularmente mayor (de 1,2 a 2 veces
más por tableta), por lo que hay que comprarlo. Pero ¿por qué no tomar dos pastillas de la competencia? O consideremos
el analgésico que funciona mejor que el producto de «efecto regular» de la competencia. ¿Por qué no tomar
entonces el producto competitivo de «efecto extra»? Y, desde luego, no nos hablan de las más
de mil muertes anuales en Estados Unidos por el uso de la aspirina, o los posibles cinco mil
casos anuales de insuficiencia renal por uso de acetaminofeno, del que la marca más vendida es
Tyienol. (Aunque eso podría tratarse de un Caso de correlación sin causación.) O ¿qué importa
que un cereal de desayuno tenga más vitaminas cuando podemos tomarnos una pastilla de
vitaminas con el desayuno? Igualmente, ¿qué incidencia tiene que un antiácido contenga calcio
si el calcio sirve para la nutrición pero es para la gastritis? La cultura comercial está llena
de informaciones erróneas y evasivas a expensas del consumidor. No se espera que
preguntemos. No piense. Compre.
La recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de expertos reales o
supuestos, constituye una avalancha constante de engaños.
Delata su menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una corrupción
insidiosa de actitudes populares sobre la objetividad científica. Hay incluso anuncios en los que
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científicos reales, algunos de distinción considerable, aparecen como cómplices de las empresas. Ellos revelan que los
científicos también son capaces de mentir por dinero. Como advirtió Tom Paine, acostumbrarse a las mentiras pone los
cimientos de muchos otros males.
Tengo delante de mí mientras escribo el programa de una de las exposiciones de Vida Sana que se celebran anualmente
en San Francisco. Como es de rigor, asisten decenas de miles de personas. Expertos altamente cuestionables venden
productos altamente cuestionables. He aquí algunas presentaciones: «Cómo producen dolor y sufrimiento las proteínas
bloqueadas en la sangre.» «Cristales, ¿son talismanes o piedras?» (Yo tengo mi propia opinión.) Sigue: «Del mismo modo
que un cristal refleja ondas de sonido y de luz para radio y televisión —ésta es una interpretación burda e insípida de cómo
funcionan la radio y la televisión—, también puede amplificar las vibraciones espirituales para los humanos armonizados.»
O aquí hay otra: «Retorno de la diosa, ritual de presentación.» Otro: «Sincronización, la experiencia del reconocimiento.»
Esta la da el «Hermano Carlos». O, en la página siguiente: «Tú, Saint-Germain y la curación mediante la llama violeta.» Así
sigue sin parar, con profusión de anuncios sobre las «oportunidades» —que recorren la corta gama de discutible a falsa—
que uno puede encontrar en esas muestras. Enloquecidas víctimas del cáncer emprenden un peregrinaje hacia las
Filipinas, donde «cirujanos psíquicos», después de haber manoseado trozos de hígado de pollo o corazón de cabra, dicen
que han llegado a las entrañas del paciente para retirar el tejido enfermo, que luego es expuesto triunfalmente. Algunos
líderes de las democracias occidentales consultan con regularidad a astrólogos y
místicos antes de tomar decisiones de Estado.
Sometidos a la exigencia pública de resultados, los policías que tienen entre manos un
asesinato no resuelto o un cuerpo desaparecido consultan a «expertos» de PES (que nunca
adivinan nada más de lo que puede dictar el sentido común pero, según ellos, la policía no deja
de llamar). Se anuncia que naciones enemigas están más adelantadas en cuestiones de
clarividencia y la CIA, por insistencia del Congreso, invierte dinero público para descubrir si
pueden localizarse submarinos en las profundidades oceánicas concentrando el pensamiento
en ellos. Un «psíquico» —armado con péndulos sobre unos mapas y varillas de zahori en los aviones— pretende
encontrar nuevos depósitos de minerales; una compañía minera australiana le paga una gran cantidad de dólares de
entrada, que no deberá devolver en caso de fracaso, y una participación en la explotación del mineral en caso de éxito. No
se descubre nada. Estatuas de Jesús o murales de María muestran manchas de humedad, y millones de personas de buen
corazón están convencidas de haber visto un milagro.
Todo eso son casos de camelo presunto o demostrado. Aparece un engaño, a veces inocentemente pero en colaboración,
a veces con cínica premeditación. Normalmente la víctima se ve sometida a fuertes emociones: maravilla, temor, avaricia,
pesar. La aceptación crédula de un camelo puede costarle dinero; eso es lo que quería decir P. T. Barnum cuando dijo:
«Nace un primo cada minuto.» Pero puede ser mucho más peligroso que eso y, cuando los gobiernos y las sociedades
pierden la capacidad de pensar críticamente, los resultados pueden ser catastróficos... por mucho que lo sintamos por los
que han caído en el engaño.
En ciencia, podemos empezar con resultados experimentales, datos, observaciones, medidas, «hechos». Inventamos,
si podemos, toda una serie de explicaciones posibles y confrontamos sistemáticamente cada explicación con los
hechos. A lo largo de su preparación se proporciona a los científicos un equipo de detección de camelos. Este equipo
se utiliza de manera natural siempre que se ofrecen nuevas ideas a consideración. Si la nueva idea sobrevive al
examen con las herramientas de nuestro equipo, concedemos una aceptación cálida, aunque provisional. Si usted lo
desea, si no quiere comprar camelos aunque sea tranquilizador hacerlo, puede tomar algunas precauciones; hay un
método ensayado y cierto, probado por el consumidor.
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El pensamiento escéptico es simplemente el medio de construir, y comprender, un argumento razonado y —especialmente
importante— reconocer un argumento falaz o fraudulento. La cuestión no es si nos gusta la conclusión que surge de una vía
de razonamiento, sino si la conclusión se deriva de la premisa o punto de partida y si esta premisa es cierta.
:
 Siempre que sea posible tiene que haber una confirmación independiente de los «hechos».
 Alentar el debate sustancioso sobre la prueba por parte de defensores con conocimiento de todos los puntos de vista.
 Los argumentos de la autoridad tienen poco peso: las «autoridades» han cometido errores en el pasado. Los volverán
a cometer en el futuro. Quizá una manera mejor de decirlo es que en la ciencia no hay autoridades; como máximo, hay
expertos.
 Baraje más de una hipótesis. Si hay algo que se debe explicar, piense en todas las diferentes maneras en que podría
explicarse. Luego piense en pruebas mediante las que podría refutar sistemáticamente cada una de las alternativas. Lo
que sobrevive, la hipótesis que resiste la refutación en esta selección darwiniana entre «hipótesis de trabajo múltiples»
tiene muchas más posibilidades de ser la respuesta correcta que si usted simplemente se hubiera quedado con la
primera idea que se le ocurrió.2222 Este problema afecta a los juicios con jurado. Estudios retrospectivos demuestran
que algunos miembros del jurado deciden su opinión muy pronto quizá durante los discursos de apertura— y luego se
quedan con la prueba que parece encajar con sus impresiones iniciales y rechazar la prueba contraria. No les pasa por
la cabeza el método de hipótesis alternativas de trabajo.
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 Intente no comprometerse en exceso con una hipótesis porque es la suya. Se trata sólo de una estación en el camino
de búsqueda del conocimiento. Pregúntese por qué le gusta la idea. Compárela con justicia con las alternativas. Vea si
puede encontrar motivos para rechazarla. Si no, lo harán otros.
 Cuantifique. Si lo que explica, sea lo que sea, tiene alguna medida, alguna cantidad numérica relacionada, será mucho
más capaz de discriminar entre hipótesis en competencia. Lo que es vago y cualitativo está abierto a muchas
explicaciones. Desde luego, se pueden encontrar verdades en muchos asuntos cualitativos con los que nos vemos
obligados a enfrentarnos, pero encontrarlas es un desafío mucho mayor.
 Si hay una cadena de argumentación, deben funcionar todos los eslabones de la cadena (incluyendo la premisa), no
sólo la mayoría.
 la navaja de Ockham. Esta conveniente regla empírica nos induce, cuando nos enfrentamos a dos hipótesis que
explican datos igualmente buenos, a elegir la más simple.
 Pregúntese siempre si la hipótesis, al menos en principio, puede ser falsificada. Las proposiciones que no pueden
comprobarse ni demostrarse falsas, no valen mucho. Consideremos la gran idea de que nuestro universo y todo lo que
contiene es sólo una partícula elemental —un electrón, por ejemplo— en un cosmos mucho más grande. Pero si nunca
podemos adquirir información de fuera de nuestro universo, ¿no es imposible refutar la idea? Ha de ser capaz de
comprobar las aseveraciones. Debe dar oportunidad a escépticos inveterados de seguir su razonamiento para duplicar
sus experimentos y ver si se consigue el mismo resultado. La confianza en los experimentos cuidadosamente
diseñados y controlados es clave, como he intentado subrayar antes. No aprenderemos mucho de la mera
contemplación. Es tentador quedarse satisfecho con la primera explicación posible que se nos ocurre. Una es mucho
mejor que ninguna. Pero ¿qué ocurre cuando inventamos varias? Francis Bacon proporcionó la razón clásica: Puede
ser que la argumentación no baste para el descubrimiento de un nuevo trabajo, porque la sutileza de la naturaleza es
muchas veces mayor que la del argumento.
 Los experimentos de control son esenciales. Si, por ejemplo, se dice que una medicina nueva cura una enfermedad en
el veinte por ciento de los casos, debemos asegurarnos de que una población de control que toma una pastilla de
azúcar que los pacientes creen que podría ser el nuevo medicamento no experimente una remisión espontánea de la
enfermedad en el veinte por ciento de los casos.
 Deben separarse las variables. Supongamos que usted está mareado y le dan una pulsera de metal y 50 miligramos de
dimenhidrinato. Descubre que le desaparece el malestar. ¿Qué ha sido: la pulsera o la pastilla? Sólo puede saberlo si
la vez siguiente toma una cosa y no otra y se marea. Ahora supongamos que usted no tiene tanta devoción por la
ciencia como para permitirse estar mareado. Entonces no separará las variables. Tomará los dos remedios a la vez. Ha
conseguido el resultado práctico deseado; se podría decir que no le merece la pena la molestia de conseguir más
conocimientos.
 A menudo el experimento debe ser de «doble ciego» a fin de que los que esperan un descubrimiento determinado no
estén en la posición potencialmente comprometedora de evaluar los resultados. Cuando se prueba una nueva
medicina, por ejemplo, quizá se quiera que los médicos que determinan qué síntomas de los pacientes se han visto
aliviados no sepan qué pacientes han recibido el nuevo fármaco. El conocimiento podría influir en su decisión, aunque
sólo fuera inconscientemente. En cambio, la lista de los que experimentaron remisión de síntomas puede compararse
con la de los que tomaron el nuevo fármaco, realizada cada una con independencia. Entonces se puede determinar
qué correlación existe. O cuando hay un reconocimiento policial o una identificación de foto, el oficial responsable no
debería saber quién es el principal sospechoso [para] no influir consciente ni inconscientemente en el testigo.
Además de enseñamos qué hacer cuando evaluamos una declaración de conocimiento, un buen equipo de detección de
camelos también debe enseñamos qué no hacer. Nos ayuda a reconocer las falacias más comunes y peligrosas de la
lógica y la retórica. Se pueden encontrar muchos buenos ejemplos en religión y política, porque sus practicantes a menudo
se ven obligados a justificar dos proposiciones contradictorias.
:
 ad hominem: latín «contra el hombre», atacar al que discute y no a su argumentación (p. ej.: El reverendo
doctor Smith es un conocido fundamentalista de la Biblia, por lo que sus objeciones a la evolución no deben tomarse
en serio);
 argumento de autoridad (p. ej.: El presidente Richard Nixon debería ser reelegido porque tiene
un plan secreto para terminar la guerra en el sudeste de Asia... pero, como era secreto, el electorado no tenía ninguna
manera de evaluar sus méritos; el argumento equivalía a confiar en él porque era presidente: craso error, como se vio);
 • argumento de consecuencias adversas (p. ej.: Debe existir un Dios que dé
castigo y recompensa porque, si no, la sociedad sería mucho más ilegal y peligrosa, quizá incluso ingobernable.23 Una
formulación más cínica del historiador romano Polibio: Como las masas del pueblo son inconstantes, plagadas de
deseos desenfrenados e indiferentes a las consecuencias, se las debe llenar de terror para mantener el orden. Los
antiguos hicieron bien, por tanto, en inventar los dioses y la creencia en el castigo después de la muerte. O: El acusado
en un juicio de asesinato con mucha publicidad recibió el veredicto de culpable; en otro caso, habría sido un incentivo
para que otros hombres matasen a sus esposas);
 • llamada a la ignorancia; la declaración de que todo lo que no ha sido demostrado debe ser
cierto, y viceversa (es decir: No hay una prueba irresistible de que los ovnis no estén visitando la Tierra; por tanto, los
ovnis existen... y hay vida inteligente en todas partes en el universo. O: Puede haber setenta mil millones de otros
mundos pero, como no se conoce ninguno que tenga el avance moral de la Tierra, seguimos siendo centrales en el
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universo.) Esta impaciencia con la ambigüedad puede criticarse con la frase: la ausencia de prueba no es prueba de
ausencia;
 • un argumento especial, a menudo para salvar una proposición en un problema retórico
profundo (p. ej.: ¿Cómo puede un Dios compasivo condenar al tormento a las generaciones futuras porque, contra sus
órdenes, una mujer indujo a un hombre a comerse una manzana? Argumento especial: no entiendes la sutil doctrina
del libre albedrío. O: ¿ Cómo puede haber un Padre, Hijo y Espíritu Santo igualmente divinos en la misma persona?
Argumento especial: no entiendes el misterio divino de la Santísima Trinidad. O: ¿Cómo podía permitir Dios que los
seguidores del judaísmo, cristianismo e islam —obligados cada uno a su modo a medidas heroicas de amabilidad
afectuosa y compasión— perpetraran tanta crueldad durante tanto tiempo? Argumento especial: otra vez, no entiendes
el libre albedrío. Y en todo caso, los caminos de Dios son misteriosos);
 • pedir la pregunta, llamado también asumir la respuesta (p.
ej.: Debemos instituir la pena de muerte para desalentar el crimen violento. Pero ¿se reduce la tasa de delitos violentos
cuando se impone la pena de muerte? O: El mercado de acciones sufrió ayer una caída debido a un ajuste técnico y la
retirada de beneficios por los inversores... pero ¿hay alguna prueba independiente del papel causal del «ajuste» y
retirada de beneficios; nos ha enseñado algo esta explicación implícita?);
 • selección de la observación, llamada también enumeración de circunstancias favorables
o, como lo describió Francis Bacon, contar los aciertos y olvidar los fallos24 24 Mi ejemplo favorito es esta historia que
se contaba del físico italiano Enrico Fermi cuando, recién llegado a las costas americanas, se enroló en el «Proyecto
Manhattan» de armas nucleares y se encontró cara a cara en plena segunda guerra mundial con los almirantes
estadounidenses: Fulano de tal es un gran general, le dijeron. ¿Cuál es la definición de un gran general?, preguntó
Fermi corno era típico en él. Se supone que es un general que ha ganado muchas batallas consecutivas.
¿Cuántas?
Después de sumar y restar un poco, se fijaron en cinco.
¿Qué fracción de generales americanos son grandes?
Después de sumar y restar un poco más, se fijaron en un pequeño tanto por ciento.
Pero imaginemos, replicó Fermi, que no existe algo así como un gran general, que todos los ejércitos son iguales y que
ganar una batalla es puramente un asunto de posibilidades. Entonces, la posibilidad de ganar una batalla es una de
dos, o 1/2, dos batallas 1/4, tres 1/8, cuatro 1/16, y cinco batallas consecutivas 1/32... que es cerca del tres por ciento.
Es lógico esperar que un pequeño tanto por ciento de generales americanos venzan en cinco batallas consecutivas,
por pura casualidad. Ahora bien, ¿alguno ha ganado diez batallas consecutivas?... (p. ej.: Un Estado se jacta de los
presidentes que ha tenido, pero no dice nada de sus asesinos en serie);
 • estadísticas de números pequeños, pariente cercano de la selección de la
observación (p. ej.: «Dicen que una de cada cinco personas es china. ¿Cómo es posible? Yo conozco cientos de
personas" y ninguna de ellas es china. Suyo sinceramente.» O: He sacado tres sietes seguidos. Esta noche no puedo
perder»);
 • incomprensión de la naturaleza de la estadística (p. ej.: El
presidente Dwight Eisenhower expresa asombro y alarma al descubrir que la mitad de los americanos tienen una
inteligencia por debajo de la media);
 • inconsistencia (p. ej.: Prepararse con toda prudencia para lo peor de que sea capaz un adversario
militar potencial, pero ignorar las proyecciones científicas en peligros medioambientales para ahorrar porque no están
«demostrados». O atribuir el descenso de la esperanza de vida en la antigua Unión Soviética a los defectos del
comunismo hace muchos años; pero no atribuir nunca la alta tasa de mortalidad infantil de Estados Unidos (ahora la
más alta de las principales naciones industriales) a los defectos del capitalismo. O considerar razonable que el universo
siga existiendo siempre en el futuro, pero juzgar absurda la posibilidad de que tenga una duración infinita hacia el
pasado);
 • non sequitur: «no sigue», en latín (p. ej.: Nuestra nación prevalecerá porque Dios es grande.
Pero casi todas las naciones pretenden que eso es cierto; la formulación alemana era: «Gott mit uns»), A menudo, los
que caen en la falacia non sequitur es simplemente que no han reconocido posibilidades alternativas;
 • post hoc, ergo propter hoc: en latín, «después de esto, luego a consecuencia de esto»
(p. ej.: Jaime Cardinal, arzobispo de Manila: «Conozco... a una mujer de veintiséis años que parece tener sesenta
porque toma pildoras {anticonceptivas}.» O: Cuando las mujeres no votaban, no había armas nucleares);
 • pregunta sin sentido (p. ej.: ¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible choca con un objeto
inamovible? Pero si existe algo así como una fuerza irresistible no puede haber objetos inamovibles, y viceversa);
 • exclusión del medio o falsa dicotomía: considerar sólo los dos extremos en un
continuo de posibilidades intermedias (p. ej.: «Sí, claro, ponte de su parte; mi marido es perfecto; yo siempre me
equivoco.» O: «El que no quiere a su país lo odia.» O: «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema»);
 • corto plazo contra largo plazo: un subgrupo de la exclusión del medio, pero tan
importante que lo he destacado para prestarle atención especial (p. ej.: No podemos emprender programas para
alimentar a los niños desnutridos y educar a los preescolares. Se necesita tratar con urgencia el crimen en las calles.
O: ¿Por qué explorar el espacio o seguir la ciencia fundamental cuando tenemos un déficit de presupuesto tan
enorme?);
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 • terreno resbaladizo, relacionado con la exclusión del
medio (p. ej.: Si permitimos el aborto en las primeras semanas de embarazo, será imposible impedir la muerte de
un bebé formado. O al contrario: Si el Estado nos prohíbe abortar aunque sea en el noveno mes, pronto nos empezará
a decir lo que tenemos que hacer con nuestro cuerpo en el momento de la concepción);
 • confusión de correlación y causa (p. ej.: Una encuesta muestra que hay más
homosexuales entre los licenciados universitarios que entre los de menor educación; en consecuencia, la educación
hace homosexual a la gente. O: Los terremotos andinos están correlacionados con aproximaciones más cercanas del
planeta Urano; en consecuencia —a pesar de la ausencia de una correlación así para el planeta más cercano y más
imponente, Júpiter—, lo segundo causa lo primero O: Los niños que miran programas de televisión violentos tienden a
ser más violentos de mayores. Pero ¿es la televisión lo que causa la violencia, o es que los niños violentos disfrutan
preferentemente viendo programas violentos? Es muy probable que los dos enunciados sean verdad. Los defensores
comerciales de la violencia en la televisión arguyen que cualquier persona puede distinguir entre televisión y realidad.
Pero el promedio actual de los programas infantiles de los sábados por la mañana es de veinticinco actos violentos por
hora. Cuando menos, eso insensibiliza a los niños pequeños ante la agresión y la crueldad sin ton ni son. Y, si pueden
implantarse recuerdos falsos en los cerebros de adultos impresionables, ¿qué estamos implantando en las mentes de
nuestros hijos cuando los exponemos a unos cien mil actos de violencia antes de que acaben la escuela elemental?
 • hombre de paja: caricaturizar una postura para facilitar el ataque (p. ej.: Los científicos suponen que
los seres vivos se formaron juntos por casualidad, una formulación que ignora deliberadamente la principal idea
darwiniana: que la naturaleza avanza conservando lo que funciona y descartando lo que no. O, y eso también es una
falacia a largo/corto plazo, los defensores del medio ambiente se preocupan más por los caracoles y los buhos
moteados que por las personas);
 • prueba suprimida, o media verdad (p. ej.: Aparece en televisión una «profecía»
sorprendentemente precisa y ampliamente citada del intento de asesinato del presidente Reagan, pero —detalle
importante— ¿fue grabada antes o después del acontecimiento? O: Estos abusos del gobierno exigen una revolución,
aunque sea imposible hacer una tortilla sin romper antes los huevos. Sí, pero ¿en esta revolución morirá más gente
que con el régimen anterior? ¿Qué sugiere la experiencia de otras revoluciones? ¿Son deseables y en interés del
pueblo todas las revoluciones contra regímenes opresivos?
 • palabras equívocas (p. ej.: La separación de poderes de la Constitución de Estados Unidos
especifica que este país no puede entrar en guerra sin una declaración del Congreso. Por otro lado, los presidentes
tienen el control de la política exterior y la dirección de las guerras, que son herramientas potencialmente poderosas
para conseguir la reelección. Los presidentes de cualquier partido político podrían verse tentados por tanto a disponer
guerras mientras levantan la bandera y llaman a las guerras otra cosa: «acciones de policía», «incursiones armadas»,
«golpes reactivos de protección», «pacificación», «salvaguarda de los intereses americanos», y una gran variedad de
«operaciones», como las de la «Operación Causa Justa». Los eufemismos para la guerra forman parte de una gran
clase de reinvenciones del lenguaje con fines políticos. Talleyrand dijo: «Un arte importante de los políticos es
encontrar nombres nuevos para instituciones que bajo sus nombres viejos se han hecho odiosas al pueblo»).
Conocer la existencia de esas falacias retóricas y lógicas completa nuestra caja de
herramientas. Como todas las herramientas, el equipo de detección de camelos puede
usarse mal, aplicarse fuera de contexto o incluso emplearse rutinariamente como
alternativa al pensamiento. Pero, si se aplica con juicio, puede marcar toda la diferencia
del mundo, y nos ayuda a evaluar nuestros propios argumentos antes de presentarlos a
otros.
La industria del tabaco factura unos cincuenta mil millones al año. Admiten que hay una correlación estadística entre fumar y el cáncer,
pero no una relación causal, dicen. Añaden que se está cometiendo una falacia lógica. ¿Qué podría significar eso? Quizá las personas con
propensión hereditaria al cáncer tienen una propensión hereditaria a tomar drogas adictivas, por lo que el cáncer y el fumar podrían estar
correlacionados, pero el cáncer no sería provocado por fumar. Pueden inventarse relaciones cada vez más inverosímiles de este tipo. Esta
es exactamente una de las razones por las que la ciencia insiste en los experimentos de control.
Supongamos que pintamos los lomos de gran número de ratones con alquitrán de cigarrillo y supervisamos también la salud de grandes
números de ratones casi idénticos que no han sido pintados. Si el primer grupo contrae cáncer y el segundo no, se puede estar bastante
seguro de que la correlación es causal. Si se inhala humo de tabaco, la posibilidad de contraer cáncer aumenta; no se inhala, y la tasa se
mantiene al nivel básico. Lo mismo ocurre con el enfisema, la bronquitis y las enfermedades cardiovasculares.
Cuando en 1953 se publicó el primer trabajo en la literatura científica que demostraba que cuando se pintan las sustancias del cigarrillo en
los lomos de roedores producen resultados malignos (cáncer), la respuesta de las seis principales compañías de tabaco fue iniciar una
campaña de relaciones públicas para impugnar la investigación, patrocinada por la Fundación Sloan Kettering. Eso es similar a lo que hizo
la Du Pont Corporation cuando en 1974 se publicó la primera investigación que demostraba que sus productos de freón atacan la capa
protectora de ozono. Hay muchos más ejemplos.
Sería normal pensar que antes de denunciar descubrimientos que no les gustan, las empresas
principales dedicarían considerables recursos a comprobar la seguridad de los productos que
se proponen fabricar. Y, si se olvidaron de algo, si los científicos independientes señalan un
riesgo, ¿por qué protestan las compañías? ¿Preferirían matar a la gente que perder
beneficios? Si, en un mundo incierto, debiera cometerse un error, ¿no se inclinaría hacia la
protección de los clientes y el público? Y, a propósito, ¿qué dicen estos casos sobre la
capacidad de la empresa privada de vigilarse a sí misma? ¿No demuestran que al menos algunas
intervenciones del gobierno son en interés del público?
16
Un informe interno de 1971 de la Brown and Williamson Tobacco Corporation enumera como objetivo corporativo «eliminar de la
mente de millones de personas la falsa convicción de que fumar cigarrillos causa cáncer de pulmón y otras enfermedades; una
convicción basada en presunciones fanáticas, rumores falaces, denuncias sin fundamento y conjeturas de oportunistas en busca
de publicidad». Se quejan del ataque increíble, sin precedentes e infame contra el cigarrillo, que constituye la mayor difamación y
calumnia que se ha perpetrado jamás contra un producto en la historia de la Ubre empresa; una difamación criminal de proporciones e
implicaciones tan importantes que uno se pregunta cómo una cruzada de calumnias puede reconciliarse... cómo la Constitución puede ser
tan burlada y violada [sic].
Esta retórica es sólo ligeramente más encendida que la que ha publicado de vez en cuando la industria del tabaco para consumo público.
Hay muchas marcas de cigarrillos que anuncian ser bajas en «alquitrán» (diez miligramos o menos
por cigarrillo). ¿Por qué es eso una virtud? Porque es en los alquitranes refractarios donde se
concentran hidrocarburos policíclicos aromáticos y otros carcinógenos. ¿No son los anuncios de
bajo en alquitrán una admisión tácita por las compañías de tabaco de que los cigarrillos causan
realmente el cáncer?
Healthy Buildings International es una organización con ánimo de lucro que ha recibido millones de dólares a lo largo de los años de la
industria del tabaco. Realiza investigaciones sobre el fumador pasivo y atestigua a favor de las compañías de tabaco. En 1994, tres
técnicos se quejaron de que antiguos ejecutivos habían falsificado los datos sobre partículas de cigarrillo inhalables en el aire. En cada
caso, los datos inventados o «corregidos» hacían que el humo del tabaco pareciera más sano que lo indicado por las mediciones de los
técnicos. ¿Encuentran alguna vez los departamentos de investigación corporativos o los contratados del exterior que un producto es más
peligroso de lo que la corporación de tabaco declara públicamente? Si es así, ¿siguen con su puesto de trabajo?
El tabaco es adictivo; según muchos criterios, más todavía que la heroína o la cocaína. Hay una razón para que uno, como decía un
anuncio de la década de los cuarenta, «ande una milla en busca de un Camel». Ha muerto más gente por el tabaco que en toda la
segunda guerra mundial. Según la Organización Mundial de la Salud, fumar mata a tres millones de
personas al año en todo el mundo. Eso se elevará a diez millones anuales en el 2020, en parte a
causa de una ingente campaña publicitaria que presentaba el fumar como progresista y de moda
para las mujeres jóvenes en el mundo de hoy.
Parte del éxito de la industria del tabaco en suministrar esta elaboración de venenos adictivos puede atribuirse a la escasa familiaridad con
la detección de camelos, el pensamiento crítico y el método científico.
La credulidad mata
Actividades de aprendizaje – 2
I. COMPLETE EL CUADRO EXPLICANDO LAS SIGUIENTES HERRAMIENTAS DEL
PENSAMIENTO ESCÉPTICO MENCIONADAS EN EL TEXTO
1. LOS ARGUMENTOS DE LA
AUTORIDAD TIENEN POCO
PESO
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2. BARAJE MÁS DE UNA
HIPÓTESIS
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3. LOS EXPERIMENTOS DE
CONTROL SON ESENCIALES
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4. LA NAVAJA DE OCKHAM
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5. PREGÚNTESE SIEMPRE SI LA
HIPÓTESIS, AL MENOS EN
PRINCIPIO, PUEDE SER
FALSIFICADA
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II. Lea el texto y complete la información requerida
1. Cuál es la utilidad de la LÓGICA?
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III. Explique en sus propios términos los siguientes extractos del texto
1. “Algunos líderes de las democracias occidentales consultan con regularidad a
astrólogos y místicos antes de tomar decisiones de Estado”
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2. La recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de expertos
reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños. Delata su
menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una corrupción insidiosa
de actitudes populares sobre la objetividad científica
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IV. Elabore una lista de las falacias mencionadas en el texto
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EPISTEMOLOGÍA
La ciencia, Su método y su filosofía
_______________________________________________________________________________________________________________________MARI
O BUNGE
I. Introducción
Mientras los animales inferiores sólo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo; y sobre la base de su inteligencia
imperfecta pero perfectible, del mundo, el hombre intenta enseñorearse de él para hacerlo más confortable. En este
proceso, construye un mundo artificial: ese creciente cuerpo de ideas llamado “ciencia”, que puede caracterizarse como
conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por consiguiente falible. Por medio de la investigación científica, el
hombre ha alcanzado una reconstrucción conceptual del mundo que es cada vez más amplia, profunda y exacta.
Un mundo le es dado al hombre; su gloria no es soportar o despreciar este mundo, sino enriquecerlo construyendo otros
universos. Amasa y remoldea la naturaleza sometiéndola a sus propias necesidades animales y espirituales, así como a
sus sueños: crea así el mundo de los artefactos y el mundo de la cultura. La ciencia como actividad —como investigación—
pertenece a la vida social; en cuanto se la aplica al mejoramiento de nuestro medio natural y artificial, a la invención y
manufactura de bienes materiales y culturales, la ciencia se convierte en tecnología. Sin embargo, la ciencia se nos
aparece como la más deslumbrante y asombrosa de las estrellas de la cultura cuando la consideramos como un bien en sí
mismo, esto es como una actividad productora de nuevas ideas (investigación científica). Tratemos de caracterizar el
conocimiento y la investigación científicos tal como se los conoce en la actualidad.
II. Ciencia formal y ciencia fáctica
No toda la investigación científica procura el conocimiento objetivo. Así, la lógica y la matemática —esto es, los diversos
sistemas de lógica formal y los diferentes capítulos de la matemática pura— son racionales, sistemáticos y verificables,
pero no son objetivos; no nos dan informaciones acerca de la realidad: simplemente, no se ocupan de los hechos. La lógica
y la matemática tratan de entes ideales; estos entes, tanto los abstractos como los interpretados, sólo existen en la mente
humana. A los lógicos y matemáticos no se les da objetos de estudio: ellos construyen sus propios objetos. Es verdad que a
menudo lo hacen por abstracción de objetos reales (naturales y sociales); más aún, el trabajo del lógico o del matemático
satisface a menudo las necesidades del naturalista, del sociólogo o del tecnólogo, y es por esto que la sociedad los tolera y,
ahora, hasta los estimula. Pero la materia prima que emplean los lógicos y los matemáticos no es fáctica sino ideal.
Por ejemplo, el concepto de número abstracto nació, sin duda, de la coordinación (correspondencia biunívoca) de conjuntos
de objetos materiales, tales como dedos, por una parte, y guijarros, por la otra; pero no por esto aquel concepto se reduce a
esta operación manual, ni a los signos que se emplean para representarlo. Los números no existen fuera de nuestros
cerebros, y aún allí dentro existen al nivel conceptual, y no al nivel fisiológico. Los objetos materiales son numerables
siempre que sean discontinuos; pero no son números; tampoco son números puros (abstractos) sus cualidades o
relaciones. En el mundo real encontramos 3 libros, en el mundo de la ficción construimos 3 platos voladores. ¿Pero quién
vio jamás un 3, un simple 3?
19
La lógica y la matemática, por ocuparse de inventar entes formales y de establecer relaciones entre ellos, se
llaman a menudo ciencias formales, precisamente porque sus objetos no son cosas ni procesos, sino, para emplear el
lenguaje pictórico, formas en las que se puede verter un surtido ilimitado de contenidos, tanto fácticos como empíricos. Esto
es, podemos establecer correspondencias entre esas formas (u objetos formales), por una parte, y cosas y procesos
pertenecientes a cualquier nivel de la realidad por la otra. Así es como la física, la química, la fisiología, la psicología, la
economía, y las demás ciencias recurren a la matemática, empleándola como herramienta para realizar la más precisa
reconstrucción de las complejas relaciones que se encuentran entre los hechos y entre los diversos aspectos de los
hechos; dichas ciencias no identifican las formas ideales con los objetos concretos, sino que interpretan las primeras en
términos de hechos y de experiencias (o, lo que es equivalente, formalizan enunciados fácticos).
Lo mismo vale para la lógica formal: algunas de sus partes —en particular, pero no exclusivamente, la lógica proposicional
bivalente— pueden hacerse corresponder a aquellas entidades psíquicas que llamamos pensamientos. Semejante
aplicación de las ciencias de la forma pura a la inteligencia del mundo de los hechos, se efectúa asignando diferentes
interpretaciones a los objetos formales. Estas interpretaciones son, dentro de ciertos límites, arbitrarias; vale decir, se
justifican por el éxito, la conveniencia o la ignorancia. En otras palabras el significado fáctico o empírico que se les asigna a
los objetos formales no es una propiedad intrínseca de los mismos. De esta manera, las ciencias formales jamás entran en
conflicto con la realidad. Esto explica la paradoja de que, siendo formales, se “aplican” a la realidad: en rigor no se aplican,
sino que se emplean en la vida cotidiana y en las ciencias fácticas a condición de que se les superpongan reglas de
correspondencia adecuada. En suma, la lógica y la matemática establecen contacto con la realidad a través del puente del
lenguaje, tanto el ordinario como el científico.
Tenemos así una primera gran división de las ciencias, en formales (o ideales) y fácticas (o materiales). Esta
ramificación preliminar tiene en cuenta el objeto o tema de las respectivas disciplinas; también da cuenta de la diferencia de
especie entre los enunciados que se proponen establecer las ciencias formales y las fácticas: mientras los enunciados
formales consisten en relaciones entre signos, los enunciados de las ciencias fácticas se refieren, en su mayoría, a entes
extracientíficos: a sucesos y procesos. Nuestra división también tiene en cuenta el método por el cual se ponen a prueba
los enunciados verificables: mientras las ciencias formales se contentan con la lógica para demostrar rigurosamente sus
teoremas (los que, sin embargo, pudieron haber sido adivinados por inducción común o de otras maneras), las ciencias
fácticas necesitan más que la lógica formal: para confirmar sus conjeturas necesitan de la observación y/o experimento. En
otras palabras, las ciencias fácticas tienen que mirar las cosas, y, siempre que les sea posible, deben procurar cambiarlas
deliberadamente para intentar descubrir en qué medida sus hipótesis se adecuan a los hechos.
Cuando se demuestra un teorema lógico o matemático no se recurre a la experiencia: el conjunto de postulados,
definiciones, reglas de formación de las expresiones dotadas de significado, y reglas de inferencia deductiva —en suma, la
base de la teoría dada—, es necesaria y suficiente para ese propósito. La demostración de los teoremas no es sino una
deducción: es una operación confinada a la esfera teórica, aun cuando a veces los teoremas mismos (no sus
demostraciones) sean sugeridos en alguna esfera extramatemática y aun cuando su prueba (pero no su primer
descubrimiento) pueda realizarse con ayuda de calculadoras electrónicas. Por ejemplo, cualquier demostración rigurosa del
teorema de Pitágoras prescinde de las mediciones, y emplea figuras sólo como ayuda psicológica al proceso deductivo: que
el teorema de Pitágoras haya sido el resultado de un largo proceso de inducción conectado a operaciones prácticas de
mediciones de tierras, es objeto de la historia, la sociología y la psicología del conocimiento.
La matemática y la lógica son, en suma, ciencias deductivas. El proceso constructivo, en que la experiencia
desempeña un gran papel de sugerencias, se limita a la formación de los puntos de partida (axiomas). En matemática la
verdad consiste, por esto, en la coherencia del enunciado dado con un sistema de ideas admitido previamente: por esto, la
verdad matemática no es absoluta sino relativa a ese sistema, en el sentido de que una proposición que es válida en una
teoría puede dejar de ser lógicamente verdadera en otra teoría. (Por ejemplo, en el sistema de aritmética que empleamos
para contar las horas del día, vale la proposición de 24 + 1 = 1.) Más aún las teorías matemáticas abstractas, esto es, que
contienen términos no interpretados (signos a los que no se atribuye un significado fijo, y que por lo tanto pueden adquirir
distintos significados) pueden desarrollarse sin poner atención al problema de la verdad.
Considérese el siguiente axioma de cierta teoría abstracta (no interpretada): "Existe por lo menos un x tal que es P". Se
puede dar un número ilimitado de interpretaciones (modelos) de este axioma, dándose a x y F otros tantos significados. Si
decimos que S designa punto, obtenemos un modelo geométrico dado: si adoptamos la convención de que L designa
número, obtenemos un cierto modelo aritmético, y así sucesivamente. En cuanto "llenamos" la forma vacía con un
contenido específico (pero todavía matemático), obtenemos un sistema de entes lógicos que tienen el privilegio de ser
verdaderos o falsos dentro del sistema dado de proposiciones: a partir de ahí tenemos que habérnoslas con el problema de
la verdad matemática. Aún así tan sólo las conclusiones (teoremas) tendrán que ser verdaderas: los axiomas mismos
pueden elegirse a voluntad. La batalla se habrá ganado si se respeta la coherencia lógica esto es, si no se violan las leyes
del sistema de lógica que se ha convenido en usar.
En las ciencias fácticas, la situación es enteramente diferente. En primer lugar, ellas no emplean símbolos vacíos (variables
lógicas) sino tan sólo símbolos interpretados; por ejemplo no involucran expresiones tales como 'x es F', que no son
verdaderas ni falsas. En segundo lugar, la racionalidad —esto es, la coherencia con un sistema de ideas aceptado
previamente— es necesaria pero no suficiente para los enunciados fácticos; en particular la sumisión a algún sistema de
lógica es necesaria pero no es una garantía de que se obtenga la verdad. Además de la racionalidad, exigimos de los
enunciados de las ciencias fácticas que sean verificables en la experiencia, sea indirectamente (en el caso de las hipótesis
generales), sea directamente (en el caso de las consecuencias singulares de las hipótesis). Unicamente después que haya
pasado las pruebas de la verificación empírica podrá considerarse que un enunciado es adecuado a su objeto, o sea que es
verdadero, y aún así hasta nueva orden. Por eso es que el conocimiento fáctico verificable se llama a menudo ciencia
empírica.
20
En resumidas cuentas, la coherencia es necesaria pero no suficiente en el campo de las ciencias de hechos: para
anunciar que un enunciado es (probablemente) verdadero se requieren datos empíricos (proposiciones acerca de
observaciones o experimentos). En última instancia, sólo la experiencia puede decirnos si una hipótesis relativa a cierto
grupo de hechos materiales es adecuada o no. El mejor fundamento de esta regla metodológica que acabamos de enunciar
es que la experiencia le ha enseñado a la humanidad que el conocimiento de hecho no es convencional, que si se busca la
comprensión y el control de los hechos debe partirse de la experiencia. Pero la experiencia no garantizará que la hipótesis
en cuestión sea la única verdadera: sólo nos dirá que es probablemente adecuada, sin excluir por ello la posibilidad de que
un estudio ulterior pueda dar mejores aproximaciones en la reconstrucción conceptual del trozo de realidad escogido. El
conocimiento fáctico, aunque racional, es esencialmente probable: dicho de otro modo: la inferencia científica es una red de
inferencias deductivas (demostrativas) y probables (inconcluyentes).
Las ciencias formales demuestran o prueban: las ciencias fácticas verifican (confirman o disconfirman) hipótesis
que en su mayoría son provisionales. La demostración es completa y final; la verificación es incompleta y por eso
temporaria. La naturaleza misma del método científico impide la confirmación final de las hipótesis fácticas. En efecto los
científicos no sólo procuran acumular elementos de prueba de sus suposiciones mutiplicando el número de casos en que
ellas se cumplen; también tratan de obtener casos desfavorables a sus hipótesis, fundándose en el principio lógico de que
una sola conclusión que no concuerde con los hechos tiene más peso que mil confirmaciones. Por ello, mientras las teorías
formales pueden ser llevadas a un estado de perfección (o estancamiento), los sistemas relativos a los hechos son
esencialmente defectuosos: cumplen, pues, la condición necesaria para ser perfectibles. En consecuencia si el estudio de
las ciencias formales vigorizar el hábito del rigor, el estudio de las ciencias fáctiles puede inducirnos a considerar el mundo
como inagotable, y al hombre como una empresa inconclusa e interminable.
Las diferencias de método, tipo de enunciados, y referentes que separan las ciencias fácticas de las formales, impiden que
se las examine conjuntamente más allá de cierto punto. Por ser una ficción seria, rigurosa y a menudo útil, pero ficción al
cabo, la ciencia formal requiere un tratamiento especial. En lo que sigue nos concentraremos en la ciencia fáctica. Daremos
un vistazo a las características peculiares de las ciencias de la naturaleza y de la cultura en su estado actual, con la
esperanza de que la ciencia futura enriquezca sus cualidades o, al menos, de que las civilizaciones por venir hagan mejor
uso del conocimiento científico.
Los rasgos esenciales del tipo de conocimiento que alcanzan las ciencias de la naturaleza y de la sociedad son la
racionalidad y la objetividad.
Por conocimiento racional se entiende:
o que está constituido por conceptos, juicios y raciocinios y no por sensaciones, imágenes, pautas de conducta, etc.
Sin duda, el científico percibe, forma imágenes (por ejemplo, modelos visualizables) y hace operaciones; por tanto
el punto de partida como el punto final de su trabajo son ideas;
o que esas ideas pueden combinarse de acuerdo con algún conjunto de reglas lógicas con el fin de producir nuevas
ideas (inferencia deductiva). Estas no son enteramente nuevas desde un punto de vista estrictamente lógico,
puesto que están implicadas por las premisas de la deducción; pero no gnoseológicamente nuevas en la medida
en que expresan conocimientos de los que no se tenía conciencia antes de efectuarse la deducción;
o que esas ideas no se amontonan caóticamente o, simplemente, en forma cronológica, sino que se organizan en
sistemas de ideas esto es en conjuntos ordenados de proposiciones (teorías).
Que el conocimiento científico de la realidad es objetivo, significa:
• que concuerda aproximadamente con su objeto; vale decir que busca alcanzar la verdad fáctica;
• que verifica la adaptación de las ideas a los hechos recurriendo a un comercio peculiar con los hechos
(observación y experimento), intercambio que es controlable y hasta cierto punto reproducible.
Ambos rasgos de la ciencia fáctica, la racionalidad y la objetividad, están íntimamente soldados. Así, por ejemplo, lo que
usualmente se verifica por medio del experimento es alguna consecuencia —extraída por vía deductiva— de alguna
hipótesis; otro ejemplo: el cálculo no sólo sigue a la observación sino que siempre es indispensable para planearla y
registrarla. La racionalidad y objetividad del conocimiento científico pueden analizarse en un cúmulo de características a las
que pasaremos revista en lo que sigue.
III. Inventario de las principales características de la ciencia fáctica
1- El conocimiento científico es fáctico: parte de los hechos, los respuesta hasta cierto punto, y siempre vuelve a
ellos. La ciencia intenta describir los hechos tales como son, independientemente de su valor emocional o comercial: la
21
ciencia no poetiza los hechos ni los vende, si bien sus hazañas son una fuente de poesía y de negocios. En todos los
campos, la ciencia comienza estableciendo los hechos; esto requiere curiosidad impersonal, desconfianza por la opinión
prevaleciente, y sensibilidad a la novedad.
2- El conocimiento científico trasciende los hechos: descarta los hechos, produce nuevos hechos, y los explica.
El sentido común parte de los hechos y se atiene a ellos: a menudo se imita al hecho aislado, sin ir muy lejos en el trabajo
de correlacionarlo con otros o de explicarlo. En cambio, la investigación científica no se limita a los hechos observados: los
científicos exprimen la realidad a fin de ir más allá de las apariencias; rechazan el grueso de los hechos percibidos, por ser
un montón de accidentes, seleccionan los que consideran que son relevantes, controlan hechos y, en lo posible, los
reproducen. Incluso producen cosas nuevas desde instrumentos hasta partículas elementales; obtienen nuevos
compuestos químicos, nuevas variedades vegetales y animales, y al menos en principio, crean nuevas pautas de conducta
individual y social.
3- La ciencia es analítica: la investigación científica aborda problemas circunscriptos, uno a uno, y trata de
descomponerlo todo en elementos (no necesariamente últimos o siquiera reales). La investigación científica no se planta
cuestiones tales como “¿Cómo es el universo en su conjunto?”, o “¿Cómo es posible el conocimiento?” Trata, en cambio,
de entender toda situación total en términos de sus componentes; intenta descubrir los elementos que explican su
integración. Los problemas de la ciencia son parciales y así son también, por consiguiente, sus soluciones; pero, más aún:
al comienzo los problemas son estrechos o es preciso estrecharlos. Pero, a medida que la investigación avanza, su alcance
se amplía. Los resultados de la ciencia son generales, tanto en el sentido de que se refieren a clases de objetos (por
ejemplo, la lluvia), como en que están, o tienden a ser incorporados en síntesis conceptuales llamadas teorías. El análisis,
tanto de los problemas como de las cosas, no es tanto un objetivo como una herramienta para construir síntesis teóricas. La
ciencia auténtica no es atomista ni totalista.
4- La investigación científica es especializada: una consecuencia del enfoque analítico de los problemas es la
especialización. No obstante la unidad del método científico, su aplicación depende, en gran medida, del asunto; esto
explica la multiplicidad de técnicas y la relativa independencia de los diversos sectores de la ciencia.
La especialización no ha impedido la formación de campos interdisciplinarios tales como la biofísica, la bioquímica, la
psicofisiología, la psicología social, la teoría de la información, la cibernética, o la investigación operacional. Con todo, la
investigación tiende a estrechar la visión del científico individual; un único remedio ha resultado eficaz contra la
unilateralidad profesional, y es una dosis de filosofía.
5- El conocimiento científico es claro y preciso: El conocimiento científico procura la precisión; nunca está
enteramente libre de vaguedades, pero se las ingenia para mejorar la exactitud; nunca está del todo libre de error, pero
posee una técnica única para encontrar errores y para sacar provecho de ellos.
La claridad y la precisión se obtienen en ciencia de las siguientes maneras:
❖ los problemas se formulan de manera clara; lo primero, y a menudo lo más
difícil, es distinguir cuáles son los problemas; ni hay artillería analítica o
experimental que pueda ser eficaz si no se ubica adecuadamente al
enemigo;
❖ la ciencia parte de nociones que parecen claras al no iniciado; y las
complica, purifica y eventualmente las rechaza; la transformación
progresiva de las nociones corrientes se efectúa incluyéndolas en esquemas
teóricos. Así, por ejemplo, “distancia” adquiere un sentido preciso al ser incluida en la
geometría métrica y en la física;
❖ la ciencia define la mayoría de sus conceptos: algunos de ellos se definen en términos de conceptos no definidos o
primitivos, otros de manera implícita, esto es, por la función que desempeñan en un sistema teórico (definición
contextual). Las definiciones son convencionales, pero no se las elige caprichosamente: deben ser convenientes y
fértiles. (¿De qué vale, por ejemplo, poner un nombre especial a las muchachas pecosas que estudian ingeniería y
pesan más de 50 kg?) Una vez que se ha elegido una definición, el discurso restante debe guardarte fidelidad si se
quiere evitar inconsecuencias;
❖ la ciencia crea lenguajes artificiales inventando símbolos (palabras, signos matemáticos, símbolos químicos, etc.; a
estos signos se les atribuye significados determinados por medio de reglas de designación (tal como “en el
presente contexto H designa el elemento de peso atómico unitario”)). los símbolos básicos serán tan simples como
sea posible, pero podrán combinarse conforme a reglas determinadas para formar configuraciones tan complejas
como sea necesario (las leyes de combinación de los signos que intervienen en la producción de expresiones
complejas se llaman reglas de formación);
❖ la ciencia procura siempre medir y registrar los fenómenos. Los números y las formas geométricas son de gran
importancia en el registro, la descripción y la inteligencia de los sucesos y procesos. En lo posible, tales datos
debieran disponerse en tablas o resumirse en fórmulas matemáticas. Sin embargo, la formulación matemática,
deseable como es, no es una condición indispensable para que el conocimiento sea científico; lo que caracteriza el
conocimiento científico es la exactitud en un sentido general antes que la exactitud numérica o métrica, la que es
inútil si media la vaguedad conceptual. Más aún, la investigación científica emplea, en medida creciente, capítulos
no numéricos y no métricos de la matemática, tales como la topología, la teoría de los grupos, o el álgebra de las
clases, que no son ciencias del número y la figura, sino de la relación.
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6- El conocimiento científico es comunicable: no es inefable sino expre-sable, no es privado sino público. El
lenguaje científico comunica información a quienquiera haya sido adiestrado para entenderlo. Hay, ciertamente,
sentimientos oscuros y nociones difusas, incluso en el desarrollo de la ciencia (aunque no en la presentación final del
trabajo científico); pero es preciso aclararlos antes de poder estimar su adecuación. Lo que es inefable puede ser propio de
la poesía o de la música, no de la ciencia, cuyo lenguaje es informativo y no expresivo o imperativo La inefabilidad misma
es, en cambio, tema de investigación científica, sea psicológica o lingüística.
La comunicabilidad es posible gracias a la precisión; y es a su vez una condición necesaria para la verificación de los datos
empíricos y de las hipótesis científicas. Aun cuando, por “razones” comerciales o políticas, se mantengan en secreto
durante algún tiempo unos trozos del saber, deben ser comunicables en principio para que puedan ser considerados
científicos
7- El conocimiento científico es verificable: debe aprobar el examen de la experiencia. A fin de explicar un conjunto
de fenómenos, el científico inventa conjeturas fundadas de alguna manera en el saber adquirido. Sus suposiciones pueden
ser cautas o audaces simples o complejas; en todo caso deben ser puestas a prueba. El test de las hipótesis fácticas es
empírico, esto es, observacional o experimental.
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La prescripción de que las hipótesis científicas deben ser capaces de aprobar el examen de la experiencia es una de las
reglas del método científico; la aplicación de esta regla depende del tipo de objeto del tipo de la hipótesis en cuestión y de
los medios disponibles. Por esto se necesita una multitud de técnicas de verificación empírica.
La verificabilidad hace a la esencia del conocimiento científico; si así no fuera, no podría decirse que los científicos procuran
alcanzar conocimiento objetivo.
8- La investigación científica es metódica: no es errática sino paneada. los investigadores no tantean en la
oscuridad: saben lo que buscan y cómo encontrarlo. El planeamiento de la investigación no excluye el azar; sólo que, a
hacer un lugar a los acontecimientos imprevistos es posible aprovechar la interferencia del azar y la novedad inesperada.
Más aún a veces el investigador produce el azar deliberadamente. Por ejemplo, para asegurar la uniformidad de una
muestra, y para impedir una preferencia inconsciente en la elección de sus miembros, a menudo se emplea la técnica de la
casualización, en que la decisión acerca de los individuos que han de formar parte de ciertos grupos se deja librada aa una
moneda o a algún otro dispositivo. De esta manera, el investigador pone el azar al servicio de orden: en lo cual no hay
paradoja, porque el acaso opera al nivel de los individuos, al par que el orden opera en el grupo con totalidad.
La ciencia fáctica emplea el método experimental concebido en un sentido amplio. Este método consiste en el test empírico
de conclusiones particulares extraídas de hipótesis generales (tales como “los gases se dilatan cuando se los calienta” o
“los hombres se rebelan cuando se los oprime”). Este tipo de verificación requiere la manipulación de la observación y el
registro de fenómenos; requiere también el control de las variables o factores relevantes; siempre que fuera posible debiera
incluir la producción artificial deliberada de los fenómenos en cuestión, y en todos los casos exige el análisis y crudos son
inútiles y no son dignos de confianza; es preciso elaborarlos, organizarlos y confrontarlos con las conclusiones teóricas.
El método científico no provee recetas infalibles para encontrar la verdad: sólo contiene un conjunto de prescripciones
falibles (perfectibles) para el planeamiento de observaciones y experimentos, para la interpretación de sus resultados, y
para el planteo mismo de los problemas.
9- El conocimiento científico es sistemático: una ciencia no es un agregado de informaciones inconexas, sino un
sistema de ideas conectadas lógicamente entre sí. Todo sistema de ideas caracterizado por cierto conjunto básico (pero
refutable) de hipótesis peculiares, y que procura adecuarse a una clase de hechos, es una teoría. Todo capítulo de una
ciencia especial contiene teorías o sistemas de ideas que están relacionadas lógicamente entre sí, esto es, que están
ordenadas mediante la relación “implica”. Esta conexión entre las ideas puede calificarse de orgánica, en el sentido de que
la sustitución de cualquiera de las hipótesis básicas produce un cambio radical en la teoría o grupo de teorías.
El carácter matemático del conocimiento científico —esto es, el hecho de que es fundado, ordenado y coherente— es lo
que lo hace racional. La racionalidad permite que el progreso científico se efectúe no sólo por la acumulación gradual de
resultados, sino también por revoluciones. Las revoluciones científicas no son descubrimientos de nuevos hechos aislados,
ni son perfeccionamientos en la exactitud de las observaciones sino que consisten en la sustitución de hipótesis de gran
alcance (principios) por nuevos axiomas, y en el reemplazo de teorías enteras por otros sistemas teóricos. Sin embargo,
semejantes revoluciones son a menudo provocadas por el descubrimiento de nuevos hechos de los que no dan cuenta las
teorías anteriores, aunque a veces se encuentran en el proceso de comprobación de dichas teorías; y las nuevas teorías se
torna verificables en muchos casos, merced a la invención de nuevas técnicas de medición, de mayor precisión.
10- El conocimiento científico es general: ubica los hechos singulares en pautas generales, los enunciados
particulares en esquemas amplios. El científico se ocupa del hecho singular en la medida en que éste es miembro de una
clase o caso de una ley; más aún, presupone que todo hecho es clasificable y legal. No es que la ciencia ignore la cosa
individual o el hecho irrepetible; lo que ignora es el hecho aislado. Por esto la ciencia no se sirve de los datos empíricos —
que siempre son singulares— como tales; éstos son mudos mientras no se los manipula y convierte en piezas de
estructuras teóricas.
11- El conocimiento científico es legal: busca leyes (de la naturaleza y de la cultura) y las aplica. El conocimiento
científico inserta los hechos singulares en pautas generales llamadas “leyes naturales” o “leyes sociales”. Tras el desorden
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y la fluidez de las apariencias, la ciencia fáctica descubre las pautas regulares de la estructura y del proceso del ser y del
devenir. En la medida en que la ciencia es legal, es esencialista: intenta legar a la raíz de las cosas. Encuentra la esencia
en las variables relevantes y en las relaciones invariantes entre ellas.
Hay leyes de hechos y leyes mediante las cuales se pueden explicar otras leyes. El principio de Arquímedes pertenece a la
primera clase; pero a su vez puede deducirse de los principios generales de la mecánica; por consiguiente, ha dejado de
ser un principio independiente, y ahora es un teorema deducible de hipótesis de nivel más elevado. Las leyes de la física
proveen la base de las leyes de las combinaciones químicas; las leyes de la fisiología explican ciertos fenómenos
psíquicos; y las leyes de la economía pertenecen a los fundamentos de la sociología. Es decir, los enunciados de las leyes
se organizan en una estructura de niveles.
12- La ciencia es explicativa: intenta explicar los hechos en términos de leyes, y las leyes en términos de principios.
los científicos no se conforman con descripciones detalladas; además de inquirir cómo son las cosas, procuran responder al
por qué: por qué ocurren los hechos como ocurren y no de otra manera. La ciencia deduce proposiciones relativas a hechos
singulares a partir de leyes generales, y deduce las leyes a partir de enunciados nomológicos aún más generales
(principios). Por ejemplo, las leyes de Kepler explicaban una colección de hechos observados del movimiento planetario; y
Newton explicó esas leyes deduciéndolas de principios generales explicación que permitió a otros astrónomos dar cuenta
de las irregularidades de las órbitas de los planetas que eran desconocidas para Kepler.
Solía creerse que explicar es señalar la causa, pero en la actualidad se reconoce que la explicación causal no es sino un
tipo de explicación científica. La explicación científica se efectúa siempre en términos de leyes, y las leyes causales no son
sino una subclase de las leyes científicas. Hay diversos tipos de leyes científicas y, por consiguiente, hay una variedad de
tipos de explicación científica: morfológicas, cinemáticas, dinámicas, de composición, de conservación, de asociación, de
tendencias globales, dialécticas, teleológicas, etc.
La historia de la ciencia enseña que las explicaciones científicas se corrigen o descartan sin cesar.
13- El conocimiento científico es predictivo: Trasciende la masa de los hechos de experiencia, imaginando cómo
puede haber sido el pasado y cómo podrá ser el futuro. La predicción es, en primer lugar, una manera eficaz de poner a
prueba las hipótesis; pero también es la clave del control y aún de la modificación del curso de los acontecimientos. La
predicción científica en contraste con la profecía se funda sobre leyes y sobre informaciones específicas fidedignas,
relativas al estado de cosas actual o pasado. No es del tipo “ocurrirá E”, sino más bien de este otro: “ocurrirá E1 siempre
que suceda C1 pues siempre que sucede C es seguido por o está asociado con E”. C y E designan clases de sucesos en
tanto que C1 y E1 denotan los hechos específicos que se predicen sobre la base del o los enunciados que conectan a C
con E en general.
La predicción científica se caracteriza por su perfectibilidad antes que por su certeza.
14- La ciencia es abierta: no reconoce barreras a priori que limiten el conocimiento. Si un conocimiento fáctico no es
refutable en principio, entonces no pertenece a la ciencia sino a algún otro campo. Las nociones acerca de nuestro medio,
natural o social, o acerca del yo, no son finales: están todas en movimiento, todas son falibles. Siempre es concebible que
pueda surgir una nueva situación (nuevas informaciones o nuevos trabajos teóricos) en que nuestras ideas, por firmemente
establecidas que parezcan, resulten inadecuadas en algún sentido. La ciencia carece de axiomas evidentes: incluso los
principios más generales y seguros son postulados que pueden ser corregidos o reemplazados. A consecuencia del
carácter hipotético de los enunciados de leyes, y de la naturaleza perfectible de los datos empíricos la ciencia no es un
sistema dogmático y cerrado sino controvertido y abierto. O, más bien, la ciencia es abierta como sistema porque es falible
y por consiguiente capaz de progresar. En cambio, puede argüirse que la ciencia es metodológi-camente cerrada no en el
sentido de que las reglas del método científico sean finales sino en el sentido de que es autocorrectiva: el requisito de la
verificabilidad de las hipótesis científicas basta para asegurar el progreso científico.
Tan pronto como ha sido establecida una teoría científica, corre el peligro de ser refutada o, al menos, de que se
circunscriba su dominio.
15- La ciencia es útil: porque busca la verdad, la ciencia es eficaz en la provisión de herramientas para el bien y para el
mal. El conocimiento ordinario se ocupa usualmente de lograr resultados capaces de ser aplicados en forma inmediata; con
ello no es suficientemente verdadero, con lo cual no puede ser suficientemente eficaz. Cuando se dispone de un
conocimiento adecuado de las cosas es posible manipularlas con éxito. La utilidad de la ciencia es una consecuencia de su
objetividad; sin proponerse necesariamente alcanzar resultados aplicables, la investigación los provee a la corta o a la
larga. La sociedad moderna paga la investigación porque ha aprendido que la investigación rinde. Por este motivo, es
redundante exhortar a los científicos a que produzcan conocimientos aplicables: no pueden dejar de hacerlo. Es cosa de los
técnicos emplear el conocimiento científico con fines prácticos, y los políticos son los responsables de que la ciencia y la
tecnología se empleen en beneficio de la humanidad. Los científicos pueden a lo sumo, aconsejar acerca de cómo puede
hacerse uso racional, eficaz y bueno de la ciencia.
24
Pero la tecnología es más que ciencia aplicada: en primer lugar porque
tiene sus propios procedimientos de investigación, adaptados a
circunstancias concretas que distan de los casos puros que estudia la
ciencia. En segundo lugar, porque toda rama de la tecnología contiene un
cúmulo de reglas empíricas descubiertas antes que los principios científicos
en los que —si dichas reglas se confirman— terminan por ser absorbidas.
La tecnología no es meramente el resultado de aplicar el conocimiento
científico existente a los casos prácticos: la tecnología viva es
esencialmente, el enfoque científico de los problemas prácticos, es decir, el
tratamiento de estos problemas sobre un fondo de conocimiento científico y
con ayuda del método científico. Por eso la tecnología, sea de las cosas
nuevas o de los hombres, es fuente de conocimientos nuevos.
La conexión de la ciencia con la tecnología no es por consiguiente
asimétrica. Todo avance tecnológico plantea problemas científicos cuya
solución puede consistir en la invención de nuevas teorías o de nuevas
técnicas de investigación que conduzcan a un conocimiento más adecuado
y a un mejor dominio del asunto. La ciencia y la tecnología constituyen un
ciclo de sistemas interactuantes que se alimentan el uno al otro.
DEFINICIÓN DEL CAMPO DE INVESTIGACIÓN
DE LA CIENCIA EMPÍRICA MARIO BUNGE
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La tensión corporal que produce la actividad sexual causa en algunas personas una amnesia global
transitoria que puede durar varias horas según un estudio de la Johns Hopkins University
La ciencia es valiosa como herramienta para domar la naturaleza y remodelar la sociedad; es
valiosa en sí misma, como clave para la inteligencia del mundo y del yo; y es eficaz en el
enriquecimiento, la disciplina y la liberación de nuestra mente.
Según una investigación de la Escuela Médica de Harvard en EEUU, exponerse a la iluminación artificial antes de ir
a la cama reduce la producción de melatonina. Si la luz se mantiene por la noche, el nivel de esta hormona, que regula los ciclos de
sueño y vigilia baja hasta en un 50%. Se trata por tanto de un hábito nocivo, también puede afectar al control de la temperatura
corporal, a la presión sanguínea y a los niveles de glucosa
Actividades de aprendizaje - 3
a. EXPLIQUE LAS SIGUIENTES AFIRMACIONES:
 los diversos sistemas de lógica formal y los diferentes capítulos de la matemática
pura— son racionales, sistemáticos y verificables, pero no son objetivos…
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 En ciencias fácticas, únicamente después que haya pasado las pruebas de la
verificación empírica podrá considerarse que un enunciado es adecuado a su objeto, o
sea que es verdadero, y aún así hasta nueva orden. Por eso es que el conocimiento
fáctico verificable se llama a menudo ciencia empírica.
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 Los rasgos esenciales del tipo de conocimiento que alcanzan las ciencias de la
naturaleza y de la sociedad son la racionalidad y la objetividad.
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b. Mencione las principales características de la ciencia fáctica y a continuación
explique CUATRO de ellas.
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Cada 10 segundos nacen 43 niños en el mundo
INFORME ESCRITO, LECTURA Y DEBATE
LO MÁS PRECIADOCAP. 1 “THE DEMON . HAUNTED WORLD “. CARL SAGAN
Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que
se alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba? No, no me molestaba. Y
nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas
Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos... que no es mucho, por lo
visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín...
Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.
—La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más sencilla.
En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos»
de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los
minaretes rotos de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y
calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanográfica o
geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas
alturas, se lo dije de mala gana.
Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo
descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior. Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia
real, igualmente excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor... además de estar mucho más cerca de la
verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había
oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro millones de años de
antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos
como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del organismo del anfitrión y subvierten la
maquinaria reproductora de las células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién
descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo
aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el
ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia. El señor «Buckiey» —que sabía hablar,
era inteligente y curioso— no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las maravillas del universo.
Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado
nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la
sociedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían
enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia. Hay cientos
de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en otra parte.
Un libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de Platón, que lo citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros
recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado
que se hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la civilización legendaria de ciencias avanzadas», dedicada
principalmente a la «ciencia» de los cristales. En una trilogía titulada La ilustración del cristal, de Katrina Raphaell —unos libros que han
tenido un papel principal en la locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la mente, transmiten pensamientos,
son depositarios de la historia antigua y modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una prueba que
fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del cristal tras el reciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el
núcleo interno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único, inmenso, casi perfecto... de hierro.) Algunos libros —Leyendas de la
Tierra, de Dorothy Vitaliano, por ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas originales de la Atlántida en términos de una
pequeña isla en el Mediterráneo que fue destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó dentro del golfo de
Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un continente
en el que había surgido una civilización técnica y mística preternaturalmente avanzada hay una gran distancia.
Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas, escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la
prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de placas y del trazado del fondo del océano, que muestra de modo inconfundible
que no pudo haber ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a la propuesta.
Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos
escépticos. El escepticismo no vende. Es cien, mil veces más probable que una persona brillante y curiosa que
confíe enteramente en la cultura popular para informarse de algo como la Atlántida se encuentre con una fábula
tratada sin sentido crítico que con una valoración sobria y equilibrada.
Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil
echarle la culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles y accesibles decían que era la verdad.
Por su ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente.
La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la
ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier
afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura
popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.
En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes, incluso con un talento especial,
que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un
noventa y cinco por ciento de los americanos son «analfabetos científicos». Es exactamente la misma
fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se
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aplicaban severos castigos a quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre
analfabetismo hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la
ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es extremadamente grave.
Todas las generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles educativos. Uno de los textos más antiguos de la historia humana,
datado en Sumeria hace unos cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes sean más ignorantes que la generación
inmediatamente precedente.
Hace dos mil cuatrocientos años, el anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de Las leyes, dio su definición de
analfabetismo científico:
El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los pares y los impares, o el que no supiera
nada de contar, o quien no fuera capaz de medir el día y la noche o careciera de experiencia acerca de las revoluciones de
la Luna o del Sol o de los demás astros... Lo que hay que decir que es menester que aprendan los hombres libres en
cada materia es todo aquello que aprende en Egipto junto con las letras la innumerable grey de los niños. En primer
lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando
y a gusto... Yo... cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en relación con ello, me quedé muy
impresionado, y entonces me pareció que aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí
vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos.
No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las
consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en
cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento
global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la
deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología.
Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta calidad, los productos que la gente quiere comprar, las
industrias seguirán desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del mundo.
Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por la fisión y fusión nucleares, las
supercomputadoras, las «autopistas» de datos, el aborto, el radón, las reducciones masivas de armas estratégicas,
la adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la televisión de alta resolución, la seguridad
en líneas aéreas y aeropuertos, los trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos,
los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los derechos de los animales, la
superconductividad, las píldoras del día siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente hereditarias,
las estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de remedios para el sida y el cáncer...
¿Cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar decisiones inteligentes en nuestras propias
vidas— si no podemos captar los temas subyacentes?
En el momento de escribir estas páginas, el Congreso está tratando la disolución de su
departamento de valoración tecnológica, la única organización con la tarea específica
de asesorar a la Casa Blanca y al Senado sobre ciencia y tecnología. Su competencia e
integridad a lo largo de los años ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco
miembros del Congreso de Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo
XX, sólo el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significativos. El último
presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson. Aunque puede
afirmarse lo mismo de Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter. Gran
Bretaña tuvo una primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química,
en parte bajo la tutela de la premio Nobel Dorothy Hodgkins, fueron la clave de la fuerte
defensa por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC reductor del
ozono.
¿Cómo deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instruyen a sus representantes? ¿Quién toma en
realidad estas decisiones, y sobre qué base?
Hipócrates de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda 2500 años después por el Juramento de Hipócrates (del que existe
una forma modificada que los estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian). Pero, principalmente, se le recuerda por sus
esfuerzos por retirar el manto de superstición de la medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje típico, Hipócrates escribió:
«Los hombres creen que la epilepsia es divina, meramente porque no la pueden entender. Pero si llamasen divino a
todo lo que no pueden entender, habría una infinidad de cosas divinas.»
En lugar de reconocer que somos ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir cosas como que el universo
está impregnado de lo inefable. Se asigna la responsabilidad de lo que todavía no entendemos a un Dios de lo
ignorado.
A medida que fue avanzando el conocimiento de la medicina a partir del siglo IV, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que
teníamos que atribuir a la intervención divina: tanto en las causas como en el tratamiento de la enfermedad. La muerte en el parto y la
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mortalidad infantil han disminuido, el tiempo de vida ha aumentado y la medicina ha mejorado la calidad de vida de millones de
personas en todo el planeta.
En el diagnóstico de la enfermedad, Hipócrates introdujo elementos del método científico. Exhortaba a la observación atenta y
meticulosa: «No dejéis nada a la suerte. Controladlo todo. Combinad observaciones contradictorias. Concedeos el tiempo suficiente.»
Antes de la invención del termómetro, hizo gráficas de las curvas de temperatura de muchas enfermedades. Recomendó a los médicos
que, a partir de los síntomas del momento, intentaran predecir el pasado y el probable curso futuro de cada enfermedad. Daba gran
importancia a la honestidad. Estaba dispuesto a admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba ningún recato en confiar
a la posteridad que más de la mitad de sus pacientes habían muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde
luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran principalmente laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la
cirugía y la cauterización. En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables hasta la caída de Roma.
Mientras en el mundo islámico florecía la medicina, en Europa se entró realmente en una edad oscura. Se
perdió la mayor parte del conocimiento de anatomía y cirugía. Abundaba la confianza en la oración y las
curaciones milagrosas. Desaparecieron los médicos seculares. Se usaban ampliamente cánticos, pociones,
horóscopos y amuletos. Se restringieron o ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que impedía que los
que practicaban la medicina adquirieran conocimiento de primera mano del cuerpo humano. La investigación
médica llegó a un punto muerto.
Era muy parecido a lo que el historiador Edward Gibbon describió para todo el Imperio oriental, cuya capital era Constantinopla: En el
transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se
había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su
momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil. La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni
siquiera en su mejor momento.
La reina Ana fue la última Estuardo de Gran
Bretaña. En los últimos diecisiete años del
siglo XVII se quedó embarazada dieciocho
veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo
uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de
llegar a la edad adulta y antes de la coronación
de la reina en 1702. No parece haber ninguna
prueba de trastorno genético. Contaba con los
mejores cuidados médicos que se podían comprar
con dinero. Las trágicas enfermedades que en otra
época se llevaban un número incontable de bebés
y niños se han ido reduciendo progresivamente y
se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento
del mundo de los microbios, por la idea de que
médicos y comadronas se lavaran las manos y
esterilizaran sus instrumentos, mediante la
nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias,
los antibióticos, fármacos, vacunas, el
descubrimiento de la estructura molecular del
ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia
genética. Al menos en el mundo desarrollado,
los padres tienen muchas más posibilidades de
ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una
de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII.
La viruela ha desaparecido del mundo.
El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de
vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda
alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles
de años.
Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada
doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la
enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles
antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o
darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día.
Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alternativas
funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel:
Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin
psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores
del pelo y los coches rápidos.
En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa
occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870. Llegó a cincuenta
en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres).
El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa,
sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología
30
médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es
un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.
Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante
entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y
tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación
básica.
Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil
millones de personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el
consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se
necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia
la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo
puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?
Sé que la ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que vierten dones al mundo. Los científicos no sólo concibieron las
armas nucleares; también agarraron a los líderes políticos por las solapas para que entendieran que su nación —cualquiera que ésta
fuera— tenía que ser la primera en tenerlas. Luego fabricaron más de sesenta mil. Durante la guerra fría, los científicos de Estados Unidos,
la Unión Soviética, China y otras naciones estaban dispuestos a exponer a sus compatriotas a la radiación —en la mayoría de los casos sin
su conocimiento— con el fin de prepararse para la guerra nuclear.
Los médicos de Tuskegee, Alabama, engañaron a un grupo de veteranos que creían recibir tratamiento médico para la sífilis, cuando en
realidad servían de grupo de control sin tratamiento. Son conocidas las atrocidades perpetradas por los médicos nazis. Nuestra
tecnología ha producido la talidomida, el CFC, el agente naranja, el gas nervioso, la contaminación del aire y el agua, la extinción de
especies e industrias tan poderosas que pueden arruinar el clima del planeta. Aproximadamente, la mitad de los científicos de la Tierra
trabajan al menos a tiempo parcial para los militares. Aunque todavía se ve a algunos científicos como personas independientes que
critican con valentía los males de la sociedad y advierten con antelación de las potenciales catástrofes tecnológicas, también se considera
que muchos de ellos son oportunistas acomodaticios o complacientes originadores de beneficios corporativos y armas de destrucción
masiva, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Los peligros tecnológicos que plantea la ciencia, su desafío implícito al saber
tradicional y la dificultad que se percibe en ella son razones para que alguna gente desconfíe de la ciencia y la evite.
Hay una razón por la que la gente se pone nerviosa ante la ciencia y la tecnología. De modo que el mundo vive obcecado con la
imagen del científico loco: desde los chiflados de bata blanca de los programas infantiles del sábado por la mañana y la plétora
de tratos faustianos de la cultura popular, desde el epónimo doctor Fausto en persona al Dr. Frankenstein, Dr. Strangelove y
Jurassic Park.
Pero no nos podemos limitar a concluir que la ciencia pone demasiado poder en manos de tecnólogos moralmente débiles o políticos
corruptos enloquecidos por el poder y decidir, en consecuencia, prescindir de ella. Los avances en medicina y agricultura han salvado
muchas más vidas que las que se han perdido en todas las guerras de la historia.
Recientemente, en una cena, pregunté a los comensales reunidos —cuya edad calculo que iba de los treinta a los sesenta— cuántos de
ellos estarían vivos si no hubieran existido los antibióticos, marcapasos y el resto de la parafernalia de la medicina moderna. Sólo uno
levantó la mano. No era yo.
Los avances en transportes, comunicación y espectáculos han transformado y unificado el mundo. En las encuestas de opinión, la ciencia
queda clasificada siempre entre las ocupaciones más admiradas y fiables, a pesar de los recelos. La espada de la ciencia es de doble filo.
Su temible poder nos impone a todos, incluidos los políticos, pero desde luego especialmente a los científicos, una nueva responsabilidad:
más atención a las consecuencias a largo plazo de la tecnología, una perspectiva global y transgeneracional y un incentivo para evitar las
llamadas fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. El coste de los errores empieza a ser demasiado alto.
¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna importancia?
... donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio,
Thomas Gray.
Pero ¿es así? Edmund Way Teale, en su libro de 1950 Círculo de las estaciones,
planteó mejor el dilema:
Moralmente es tan malo no querer saber si algo es verdad o no, siempre que
permita sentirse bien, como lo es no querer saber cómo se gana el dinero siempre
que se consiga. Por ejemplo, es descorazonador descubrir la corrupción y la
incompetencia del gobierno, pero ¿es mejor no saber nada de ello? ¿A
qué intereses sirve la ignorancia? Si los humanos tenemos, por ejemplo,
una propensión hereditaria al odio a los forasteros, ¿no es el autoconocimiento el
único antídoto? Si ansiamos creer que las estrellas salen y se ponen para nosotros,
que somos la razón por la que hay un universo, ¿es negativo el servicio que nos
presta la ciencia para rebajar nuestras expectativas?
En La genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes y después, critica el «progreso ininterrumpido en la
autodesvalorización del hombre» causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida de la «creencia del hombre en su
dignidad, su unicidad, su insustituibilidad en el esquema de la existencia». Para mí es mucho mejor captar el universo como es en realidad
que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y reconfortante que sea.
¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para sobrevivir a largo plazo?
¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro futuro?
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Y si nuestra ingenua autoconfianza queda un poco socavada en el proceso…
¿Es tan grande la pérdida, en realidad?
¿No hay motivo para darle la bienvenida como una experiencia que hace madurar e imprime carácter?
Descubrir que el universo tiene de ocho mil a quince mil millones de años y no de seis mil a doce mil
«Ninguna persona religiosa lo cree», escribe uno de los consultores de este libro. Pero muchos «científicos
creacionistas» no sólo lo creen, sino que realizan esfuerzos cada vez más agresivos y exitosos para que se
enseñe en las escuelas, museos, zoológicos y libros de texto. ¿Por qué?
Porque sumando las «genealogías», las edades de los patriarcas y otros en la Biblia, se alcanza esta cifra, y
la Biblia es «inequívoca». mejora nuestra apreciación de su alcance y grandeza; mantener la idea de que
somos una disposición particularmente compleja de átomos y no una especie de hálito de divinidad,
aumenta cuando menos nuestro respeto por los átomos; descubrir, como ahora parece posible, que
nuestro planeta es uno de los miles de millones de otros mundos en la galaxia de la Vía Láctea y que nuestra
galaxia es una entre miles de millones más, agranda majestuosamente el campo de lo posible; encontrar
que nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos nos vincula al resto
de seres vivos y da pie a importantes reflexiones —aunque a veces lamentables— sobre la naturaleza
humana.
Sencillamente, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a la ciencia. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho. Cuando
finalmente lo aceptemos y reconozcamos plenamente su belleza y poder, nos encontraremos con que, tanto en asuntos espirituales como
prácticos; salimos ganando.
Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el camino para distraer a todos los «Buckiey» que hay entre
nosotros, proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar la experiencia,
convirtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de víctimas de la credulidad. Sí, el mundo
sería más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos
pudieran hacerse con el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran capaces de hacer
saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir acertadamente el futuro
con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad y nuestro conocimiento del mundo.
Todo eso son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos y descubrimientos de
la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo porque se
basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en otra dirección.
Están infestados de credulidad. Con la cooperación desinformada (y
a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores,
radio, televisión, productores de cine y similares, esas ideas se encuentran
fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encontrar, como pude constatar en mi
encuentro con el señor «Buckiey», son los descubrimientos alternativos más desafiantes e
incluso más asombrosos de la ciencia.
La pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor disposición
a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad que no permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de
argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al
público en general la pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad.
Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creencias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos
a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga de escepticismo. La pseudociencia colma
necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes personales que
nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dioses). En
algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de las enfermedades, la promesa de que la
muerte no es el fin.
Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vinculados, al universo. Aunque para mí es
difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna: excepto el
hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros
huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de
miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como me gusta
decir, materia estelar. A veces es una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas
desconfían.
En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo
lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de
nuestro corazón sólo deseándolo.
Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras
esperanzas. El pez encantado o el genio de la lámpara nos concederán tres deseos: lo que queramos, excepto más deseos. ¿Quién no ha
pensado —sólo por si acaso, sólo por si nos encontramos o rozamos accidentalmente una vieja lámpara de hierro—qué pediría?
Recuerdo que en las tiras de cómic y libros de mi infancia salía un mago con sombrero y bigote que blandía un bastón de ébano. Se
llamaba Zatara. Era capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba sus órdenes al revés. O sea, si quería un
millón de dólares, decía «seralód ed nóllim, nú emad». Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero con resultados mucho
más seguros. A los ocho años dediqué mucho tiempo a experimentar de esta guisa, dando órdenes a las piedras para que se elevasen:
«etavéle, ardeip». Nunca funcionó. Decidí que era culpa de mi pronunciación.
Podría afirmarse que se abraza la pseudociencia en la misma proporción que se comprende mal la ciencia real... sólo que aquí acaba la
comparación. Si uno nunca ha oído hablar de ciencia (por no hablar de su funcionamiento), difícilmente será consciente de estar abrazando
la pseudociencia. Simplemente, estará pensando de una de las maneras que han pensado siempre los humanos.
32
Las religiones suelen ser los viveros de protección estatal de la pseudociencia, aunque no hay razón para que
tengan que representar este papel. En cierto modo es un dispositivo procedente de tiempos ya pasados.
En algunos países, casi todo el mundo cree en la astrología y la adivinación, incluyendo los líderes gubernamentales. Pero eso no se les
ha inculcado sólo a través de la religión; deriva de la cultura que los rodea, en la que todo el mundo se siente cómodo con estas prácticas y
se encuentran testimonios que lo afirman en todas partes.
La mayoría de los casos a los que me refiero en este libro son norteamericanos... porque son
los que conozco mejor, no porque la pseudociencia y el misticismo tengan mayor incidencia en
Estados Unidos que en otra parte. Uri Geller, doblador de cucharas y psíquico que se
comunica con extraterrestres, saluda desde Israel. A medida que crecen las tensiones entre
los secularistas argelinos y los fundamentalistas musulmanes aumenta el número de gente
que consulta discretamente a los diez mil adivinos y clarividentes (de los que cerca de la mitad
operan con licencia del gobierno). Altos cargos franceses, incluido un antiguo presidente de la
República, ordenaron la inversión de millones de dólares en una patraña (el escándalo Elf-
Aquitaine) para encontrar nuevas reservas de petróleo desde el aire. En Alemania hay
preocupación por los «rayos de la Tierra» carcinógenos que la ciencia no detecta; sólo pueden
ser captados por experimentados zahories blandiendo sus palos ahorquillados. En las
Filipinas florece la «cirugía psíquica». Los fantasmas son una obsesión nacional en Gran
Bretaña. Desde la segunda guerra mundial, en Japón han aparecido una enorme cantidad de
nuevas religiones que prometen lo sobrenatural. El número estimado de adivinos que
prosperan en el Japón es de cien mil, con una clientela mayoritaria de mujeres jóvenes. Aum
Shirikyo, una secta que se supone implicada en la fuga de gas nervioso sarín en el metro de
Tokyo en marzo de 1995, cuenta entre sus principales dogmas con la levitación, la curación
por la fe y la percepción extrasensorial (PES). Los seguidores bebían, a un alto precio, el agua
del «estanque milagroso»... del baño de Asahara, su líder. En Tailandia se tratan
enfermedades con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas. Todavía hoy se
queman «brujas» en Sudáfrica. Las fuerzas australianas que mantienen la paz en Haití
rescatan a una mujer atada a un árbol; está acusada de volar de tejado en tejado y chupar la
sangre a los niños. En la India abunda la astrología, la geomancia está muy extendida en China.
Quizá la pseudociencia global reciente de más éxito —-según muchos criterios, ya una religión— es la doctrina hindú de la meditación
trascendental (MT). Las soporíferas homilías de su fundador y líder espiritual, el Maharishi Mahesh Yogi, se pueden seguir por televisión.
Sentado en posición de yogui, con sus cabellos blancos veteados de negro, rodeado de guirnaldas y ofrendas florales, su aspecto es
imponente. Un día, cambiando de canales, nos encontramos con esta cara. «¿Sabéis quién es?», preguntó nuestro hijo de cuatro años.
«Dios.» La organización mundial de MT tiene una valoración estimada de tres mil millones de dólares. Previo pago de una tasa,
prometen que a través de la meditación pueden hacer que uno atraviese paredes, se vuelva invisible y vuele. Pensando al unísono, según
dicen, han reducido el índice de delitos en Washington, D.C. y han provocado el colapso de la Unión Soviética, entre otros milagros
seculares.
No se ha ofrecido la más mínima prueba real de tales afirmaciones. MT vende medicina popular, dirige compañías comerciales,
clínicas médicas y universidades de «investigación», y ha hecho una incursión sin éxito en la política. Con su líder de extraño carisma, su
promesa de comunidad y el ofrecimiento de poderes mágicos a cambio de dinero y una fe ferviente, es el paradigma de muchas
pseudociencias comercializadas para la exportación sacerdotal.
Cada vez que se renuncia a los controles civiles y a la educación científica se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia. Liev Trotski
lo describió refiriéndose a Alemania en vísperas de la toma del poder por parte de Hitler (pero la descripción podría haberse aplicado
igualmente a la Unión Soviética de 1933):
No sólo en las casas de los campesinos, sino también en los rascacielos de la ciudad, junto al siglo
XX convive el XIII. Cien millones de personas usan la electricidad y creen todavía en los poderes
mágicos de los signos y exorcismos... Las estrellas de cine acuden a médiums. Los aviadores que
pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre llevan amuletos en la chaqueta.
¡Qué inagotable reserva de oscuridad, ignorancia y salvajismo poseen!
Rusia es un caso instructivo. En la época de los zares se estimulaba la superstición religiosa, pero se suprimió sin contemplaciones el
pensamiento científico y escéptico, sólo permitido a unos cuantos científicos adiestrados.
Con el comunismo se suprimieron sistemáticamente la religión y la pseudociencia... excepto la superstición de la religión ideológica estatal.
Se presentaba como científica, pero estaba tan lejos de este ideal como el culto misterioso menos provisto de autocrítica. Se consideraba
un peligro el pensamiento crítico—excepto por parte de los científicos en compartimentos de conocimiento herméticamente aislados—, no
se enseñaba en las escuelas y se castigaba cuando alguien lo expresaba. Como resultado, con el poscomunismo, muchos rusos
contemplan la ciencia con sospecha. Al levantar la tapa, como ocurrió con los virulentos odios étnicos, salió a la superficie lo que hasta
entonces había estado hirviendo por debajo de ella.
Ahora toda la zona está inundada de ovnis, poltergeist, sanadores, curanderos, aguas mágicas y antiguas supersticiones. Un
asombroso declive de la expectativa de vida, el aumento de la mortalidad infantil, las violentas epidemias de enfermedades, las
condiciones sanitarias por debajo del mínimo y la ignorancia de la medicina preventiva se unen para elevar el umbral a partir del cual se
dispara el escepticismo de una población cada vez más desesperada.
En el momento de escribir estas líneas, el miembro más popular y más votado de la Duma, un importante defensor del ultranacionalista
Vladimir Zhirinovski, es un tal Anatoli Kashprirovski: un curandero que, a distancia, con la luz deslumbrante de su rostro en la pantalla del
televisor, cura enfermedades que van desde una hernia hasta el sida. Su cara pone en funcionamiento relojes estropeados.
Existe una situación más o menos análoga en China. Después de la muerte de Mao Zedong y la gradual emergencia de una
economía de mercado, aparecieron los ovnis, la canalización y otros ejemplos de pseudociencia Occidental, junto con prácticas
chinas tan antiguas como la adoración de los ancestros, la astrología y las adivinaciones, especialmente la versión que consiste en arrojar
unas ramitas de milenrama y examinar los viejos hexagramas del I Ching. El periódico del gobierno lamentaba que «la superstición de la
ideología feudal cobre nueva vida en nuestro país». Era (y sigue siendo) un mal principalmente rural, no urbano.
33
Los individuos con «poderes especiales» atraían a gran número de seguidores. Según decían, podían proyectar Qi, el «campo de energía
del universo», desde su cuerpo para cambiar la estructura molecular de un producto químico a dos mil kilómetros de distancia,
comunicarse con extraterrestres, curar enfermedades. Algunos pacientes murieron bajo los cuidados de uno de esos «maestros de Qi
Gong», que fue arrestado y condenado en 1993. Wang Hong-cheng, un aficionado a la química, afirmaba haber sintetizado un líquido que,
si se añadía al agua en pequeñas cantidades, la convertía en gasolina o un equivalente. Durante un tiempo recibió fondos del ejército y la
policía secreta pero, cuando se constató que su invento era una patraña, fue arrestado y encarcelado. Naturalmente, se propagó la
historia de que su desgracia no era producto del fraude sino de su negativa a revelar la «fórmula secreta» al gobierno. (En
Norteamérica han circulado historias similares durante décadas, normalmente con la sustitución del papel del gobierno por el de una
compañía petrolera o automovilística importante.) Se está llevando a los rinocerontes asiáticos a la extinción porque dicen que sus
cuernos, pulverizados, previenen la impotencia; el mercado abarca todo el este de Asia.
El gobierno de China y el Partido Comunista chino estaban alarmados por estas tendencias. El 5 de diciembre de 1994 emitieron una
declaración conjunta que decía, entre otras cosas:
Se ha debilitado la educación pública en temas científicos en años recientes. Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de
superstición e ignorancia y se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y pseudociencia. En consecuencia, se deben aplicar
medidas eficaces lo antes posible para fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de educación pública en ciencia y
tecnología es una señal importante del logro científico nacional. Es un asunto de la mayor importancia en el desarrollo
económico, avance científico y progreso de la sociedad. Debemos prestar atención y potenciar esta educación pública como parte
de la estrategia de modernización de nuestro país socialista para conseguir una nación poderosa y próspera. La ignorancia,
como la pobreza, nunca es socialista.
Así pues, la pseudociencia en Estados Unidos es parte de una tendencia global. Sus causas, peligros,
diagnóstico y tratamiento son iguales en todas partes. Aquí, los psíquicos venden sus servicios en
largos anuncios de televisión con el respaldo personal de los presentadores. Tienen su canal
propio, el Psychic Friends Network, con un millón de abonados anuales que lo usan como guía en su
vida cotidiana. Hay una especie de astrólogoadivino- psíquico dispuesto a aconsejar a altos ejecutivos
de grandes corporaciones, analistas financieros, abogados y banqueros sobre cualquier tema. «Si la
gente supiera cuántas personas, especialmente entre los más ricos y poderosos, van a los psíquicos,
se quedaría con la boca abierta para siempre», dice un psíquico de Cleveland, Ohio.
Tradicionalmente, la realeza ha sido vulnerable a los fraudes psíquicos. En la antigua China y en
Roma la astrología era propiedad exclusiva del emperador; cualquier uso privado de este poderoso arte se
consideraba una ofensa capital. Procedentes de una cultura del sur de California particularmente crédula, Nancy y
Ronald Reagan consultaban a un astrólogo para temas privados y públicos, sin que los votantes tuvieran
conocimiento de ello. Parte del proceso de toma de decisiones que influyen en el futuro de nuestra
civilización está sencillamente en manos de charlatanes. De todas formas, la práctica es relativamente
baja en América; su extensión es mundial.
Por divertida que pueda parecer la pseudociencia, por mucho que confiemos en que nunca seremos tan
crédulos como para que nos afecte una doctrina así, sabemos que está ocurriendo a nuestro alrededor. La Meditación Trascendental y
Aum Shin-rikyo parecen haber atraído a gran número de personas competentes, algunas con títulos avanzados de física o ingeniería.
No son doctrinas para mentecatos. Hay algo más. Más aún, nadie que esté interesado en lo que son las
religiones y cómo empiezan puede ignorarlas. Aunque parece que se alzan amplias barreras entre una
opinión local pseudocientífica y algo así como una religión mundial, los tabiques de separación son
muy delgados. El mundo nos presenta problemas casi insuperables. Se ofrece una amplia variedad de soluciones, algunas de visión
mundial muy limitada, otras de un alcance portentoso. En la habitual selección natural darwiniana de las doctrinas, algunas resisten
durante un tiempo, mientras la mayoría se desvanecen rápidamente. Pero unas pocas —a veces, como ha mostrado la historia, las
más descuidadas y menos atractivas de entre ellas— pueden tener el poder de cambiar profundamente la historia del mundo.
El continium que va de la ciencia mal practicada, la pseudociencia y la superstición (antigua y de la «Nueva Era») hasta la respetable
religión basada en la revelación es confuso. Intento no utilizar la palabra «culto» en este libro en el sentido habitual de una religión que
desagrada al que habla. Sólo pretendo llegar a la piedra angular del conocimiento: ¿saben realmente lo que afirman saber? Todo el
mundo, por lo visto, tiene una opinión relevante.
En algunos pasajes de este libro me mostraré crítico con los excesos de la teología, porque en los extremos es difícil
distinguir la pseudociencia de la religión rígida y doctrinaria. Sin embargo, quiero reconocer de entrada la diversidad y
complejidad prodigiosa del pensamiento y práctica religiosa a lo largo de los siglos, el crecimiento de la religión liberal y de la comunidad
ecuménica en el último siglo y el hecho de que —como en la Reforma protestante, el ascenso del judaismo de la Reforma, el Vaticano II y
el llamado alto criticismo de la Biblia— la religión ha luchado (con distintos niveles de éxito) contra sus propios
excesos. Pero, igual que muchos científicos parecen reacios a debatir o incluso comentar públicamente
la pseudociencia, muchos defensores de las religiones principales se resisten a enfrentarse a
conservadores ultras y funda-mentalistas. Si se mantiene la tendencia, a la larga el campo es suyo;
pueden ganar el debate por incomparecencia del contrario.
Un líder religioso me escribe sobre su anhelo de «integridad disciplinada» en la religión: Nos hemos vuelto demasiado sentimentales... La
devoción extrema y la psicología barata por un lado, y la arrogancia e intolerancia dogmática por el otro, distorsionan la auténtica vida
religiosa hasta hacerla irreconocible. A veces casi rozo la desesperación, pero también vivo con tenacidad y siempre con esperanza... La
religión sincera, más familiar que sus críticos con las distorsiones y absurdidades perpetradas en su nombre, tiene un interés activo en
alentar un escepticismo saludable para sus propósitos... Existe la posibilidad de que la religión y la ciencia forjen una relación poderosa
contra la pseudociencia. Por extraño que parezca, creo que pronto se unirán para oponerse a la pseudorreligión.
34
La pseudociencia es distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los
errores y los va eliminando uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas, pero se
formulan hipotéticamente. Se plantean hipótesis de modo que puedan refutarse. Se confronta
una sucesión de hipótesis alternativas mediante experimento y observación. La ciencia anda a
tientas y titubeando hacia una mayor comprensión. Desde luego, cuando se descarta una
hipótesis científica se ven afectados los sentimientos de propiedad, pero se reconoce que este
tipo de refutación es el elemento central de la empresa científica.
La pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen formularse precisamente de modo
que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo
que en principio no pueden ser invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a la defensiva.
Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los pseudocientíficos no consigue
cuajar entre los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.
La capacidad motora en la gente sana es casi perfecta. Raramente tropezamos o caemos,
excepto de pequeños o en la vejez. Aprendemos tareas como montar en bicicleta, patinar, saltar
a la comba o conducir un coche y conservamos este dominio para toda la vida. Aunque estemos
una década sin practicarlo, no nos cuesta ningún esfuerzo recuperarlo. La precisión y retención
de nuestras habilidades motoras, sin embargo, nos da un falso sentido de confianza en nuestros
otros talentos. Nuestras percepciones son falibles. A veces vemos lo que no existe. Somos
víctimas de ilusiones ópticas. En ocasiones alucinamos. Tendemos a cometer errores. Un
libro francamente ilustrativo, titulado Cómo sabemos que no es así: la falibilidad de la razón
humana en la vida cotidiana, de Thomas Gilovich, muestra cómo la gente yerra
sistemáticamente en la comprensión de números, cómo rechaza las pruebas desagradables, cómo le influyen las opiniones de
otros.
Somos buenos en algunas cosas, pero no en todo. La sabiduría radica en comprender nuestras
limitaciones. «Porque el hombre es una criatura atolondrada», nos enseña William Shakespeare.
Aquí es donde entra el puntilloso rigor escéptico de la ciencia.
Quizá la distinción más clara entre la ciencia y la pseudociencia es que la primera tiene una apreciación mucho más comprensiva de las
imperfecciones humanas y la falibilidad que la pseudociencia (o revelación «inequívoca»). Si nos negamos categóricamente a reconocer
que somos susceptibles de cometer un error, podemos estar seguros de que el error — incluso un error grave, una equivocación
profunda— nos acompañará siempre. Pero si somos capaces de evaluarnos con un poco de coraje, por muy lamentables que sean las
reflexiones que podamos engendrar, nuestras posibilidades mejoran enormemente.
Después de que un temporal marítimo derribara un puente recién construido,
Jerjes I rey aqueménida de Persia (486 – 465 a. c.) decapito al ingeniero que lo
construyo y propino 300 latigazos a las aguas del estrecho de los Dardanelos
35
Actividades de aprendizaje - 4
INFORME N°_________________________________________________________________________________________________
DE:_________________________________________________________________________________________________________
PARA: ______________________________________________________________________________________________________
ASUNTO:____________________________________________________________________________________________________
FECHA:_________________________
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ES TODO CUANTO INFORMO
FIRMA
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ÉTICA Y PROFESIONALISMO
MÓDULO N° II
ÉTICA - DEONTOLOGÍA
SELECCIÓN DE TEXTOS Y ACTIVIDADES DE
APRENDIZAJE
ANÁLISIS Y COMENTARIO
Los yanomami de Brasil muerden escupen y golpean violentamente a su pareja
durante el coito la cantidad de heridas sangrantes es un indicativo de placer.
38
ÉTICA
ORIGEN E HISTORIA
thos significa inicialmente "guarida, lugar donde habitan los animales, o morada, lugar donde habitan los
hombres"; De la misma raíz griega proviene la palabra ethikos (ἠθικός), que significa teoría de la vida, de la que derivó la
palabra castellana Ética, de la que existen tres tipos:
• Frónesis. Prudencia, habilidad práctica, saber anticiparse, conocimiento heredado de la experiencia.
• Areté. Virtud, bondad.
• Eunoia. Bienquerencia y buena voluntad hacia la gente.
Pareciera que fue el poeta Homero el primero en dar esta primera acepción. Posteriormente Aristóteles se encarga de
otorgar un segundo sentido a este ethos, entendiéndolo como "hábito: carácter o modo de ser derivado de la
costumbre" o conducta fija que va formando el hombre a lo largo de su existencia.
El éthos, pues, al entenderse como un hábito o costumbre adquiridos, constituye para la tradición griega una segunda
naturaleza. Se trata de una creación genuina y necesaria del hombre, pues éste, desde el momento en que se organiza en
sociedad, siente la necesidad imperiosa de crear reglas para regular su comportamiento y permitir modelar así su carácter.
En el origen, la ética aparece subordinada a la política (ética individual y ética social). En Aristóteles, la moral forma parte
de la ciencia de la política porque la vida individual solo puede cumplirse dentro de la polis (interpretando: lo que en realidad
pretendía decir era que lo sustenta el bien particular es el bien común) y determinada por ella; incluso eleva la polis a la
calidad de divino. En la doctrina aristotélica el fin de la ética y de la política son idénticos: La Felicidad, que como "bien
autosuficiente" no es un bien más entre otros, ni componente de algún estado de cosas. La Felicidad es la suprema
justificación de la vida del hombre.
É
ETHOS
FRÓNESIS
ARETÉ
EUNOIA
39
Platón establecía que era la polis y no el individuo el sujeto de la moral, es decir -planteaba- la virtud no puede ser
alcanzada por el hombre sino que el Estado lo debe orientar hacia fines morales (no por medio de la dialéctica sino por la
persuasión).
La ética de Kant es de un individualismo radical, pues no presupone exigencias transpersonales sino que busca el deber de
perfección propia. "Nunca puede ser un deber para mi cumplir la perfección de los otros". Kant sustituye la moral del bien y
de la felicidad por una moral del puro deber y de la conciencia individual.
Para Hegel el espíritu subjetivo una vez en libertad de su vinculación a la vida natural, se realiza como espíritu objetivo en
tres momentos: Derecho, ya que la libertad se realiza hacia afuera; moralidad, es decir, el bien se realiza en el mundo; y la
eticidad, que se realiza a su vez en tres momentos: Familia, Sociedad y Estado, siendo éste último según él, el sujeto
supremo de la eticidad.
LIBERTAD Y MORALIDAD
En síntesis, podemos definir la ética como la disciplina que estudia las normas conforme a las cuales la persona ha de
conformar necesariamente el ejercicio de su libertad para que sus acciones puedan ser consideradas plenamente
humanas.
A simple vista, podría parecer que existe algo así como una contradicción en la anterior definición: ¿cómo es posible hablar,
simultáneamente, de normas morales necesarias y libertad? Esta cuestión y muchas otras, serán explicitadas en los
próximos temas. Sin embargo, ya apuntamos que la condición moral es una de las expresiones de la naturaleza humana,
algo así como nuestro sello de identidad. Cualquier persona en el ejercicio consciente de sus facultades se percibe a sí
misma como sujeto moral, y ello no es un círculo vicioso, sino el rasgo distintivo de la naturaleza racional del ser humano.
En conformidad con esta condición, el ser humano no está determinado en sus acciones, ni éstas se agotan en un solo
modo de ser. En todas y cada una de sus decisiones, el hombre tiene la posibilidad de perfeccionarse más como sujeto o
de perjudicarse, destruyendo su condición.
El sentido moral más elemental nos aporta miles de ejemplos para ilustrar esta dinámica. La creatividad humana no conoce
límites, ni para el bien ni para el mal. Siempre podemos ser mejores, hacer cosas mejores. O al revés, puesto que,
lamentablemente, las distintas formas de barbarie tampoco conocen límite. Sin embargo, todas las posibilidades tienen en
su origen la misma dinámica general: la persona que elige hacer el bien o el mal en cada una de sus acciones.
Aristóteles afirmó que no estudiamos Ética “para saber qué es la virtud, sino para aprender a hacernos virtuosos y buenos;
de otra manera sería un estudio completamente inútil”.
La Ética se ocupa de la moral: una cualidad que corresponde a los actos humanos exclusivamente por el hecho de
proceder de la libertad en orden a un fin último, y que determina la consideración de un acto como bueno o malo en un
sentido muy concreto, no extensible a los actos o movimientos no libres.
Nuestra inteligencia advierte de modo natural la bondad o maldad de los actos libres: cualquiera tiene experiencia de cierta
satisfacción o remordimiento por las acciones realizadas. A partir de aquí surge la pregunta acerca de la calificación de la
conducta humana: ¿qué es el bien y el mal?, ¿por qué esto es bueno o malo? La respuesta a estos interrogantes lleva al
estudio científico de los actos humanos en cuanto buenos o malos. Por tanto, la Ética es la parte de la filosofía que estudia
la moralidad del obrar humano; es decir, considera los actos humanos en cuanto son buenos o malos, algunos autores
establecen diferencias conceptuales entre “ética” y “moral”. Por su etimología la palabra ética y la palabra moral provocan
cierta confusión, dado a que en sus respectivos orígenes; éthos (griego) y mos (latín), significan prácticamente lo mismo;
costumbres.
Para diferenciar entre ambas palabras podemos establecer que mientras ética encierra una significación que busca revelar,
clarificar y comprender las relaciones que se establecen entre el actuar humano, los valores y las normas morales que se
generan y desenvuelven en la vida social; por su parte, la moral es un conjunto de principios, criterios, normas y valores
que dirigen el comportamiento y se encarga de hacer actuar al individuo de una determinada manera permitiendo saber qué
se debe hacer en una situación concreta. Por lo tanto ambos términos son independientes, pero a la vez complementarios.
OBJETO DE LA ÉTICA
El objeto material de la ética son los actos humanos y su objeto formal es la bondad o maldad de dichos actos. Por su
naturaleza, sus modelos se fundamentan por medio de la razón; que nos proporciona causas y razones del porqué de la
bondad o maldad en una conducta humana. Así mismo, puede ser vista como una ciencia normativa, dado a que se
encarga de comprender lo que es normal, pero lo normal de derecho (lo que debería suceder) en comunión con lo normal
de hecho (lo que es). Se interesa en el comportamiento de la persona y de su conducta responsable, en la verdad última
acerca del sentido de la vida humana, llegando a reflexiones en torno al significado último de la vida moral y el fin que
persigue el hombre en su vivir, estableciendo con ello, los comportamientos por los cuales el hombre puede llegar alcanzar
la felicidad.
40
MÉTODO DE LA ÉTICA
Para comprender a su objeto de estudio esta disciplina se vale de la observación y la evaluación. A partir de la percepción
de un acto por medio de la observación es que se llega a emitir un juicio de valor moral, tratando de relacionar el acto
observado dentro de las diversas categorías morales. Sólo mediante la percepción axiológica es que descubrimos a los
valores, con los que intentamos darle un valor al acto estudiado, de acuerdo a una escala de valores previamente
establecida.
Cuando hablamos de ética, podemos hacerlo a partir de una ética descriptiva o de una ética prescriptiva. La ética
descriptiva nos presenta una descripción de las conductas humanas, sin emitir juicios, sólo describiendo las conductas.
Mostrando y analizando los hechos morales tal como ellos se presentan en un determinado contexto y situación social,
cultural o histórica, según la visión de determinados individuos, grupos o instituciones. Por su parte la ética prescriptiva
señala lo que “debe ser”, invitando al hombre a realizar cambios para evitar dañar con su conducta o emitiendo normas
para guiarle.
EL HORIZONTE DEL VALOR
El valor se define como aquello que es apetecible, amable, digno de aprobación, de admiración o útil para un fin
determinado.
La ética del valor tiene una raíz neokantiana (el deber como fin en sí mismo) y fenomenológica (considera la experiencia
moral como intuición emocional y material de los valores).
KANT
Hay que actuar por deber. Lo importante es la intención con la que hagas algo, la buena voluntad, y
esta exige que actúes sólo por puro deber (no por otros intereses).¿Y cuál es ese deber o ley
moral?Cumplir con el imperativo categórico (=no sometido a condición alguna): por ej., la “máxima
de la universalidad”.
•Etica Autónoma: hay que actuar porque te lo dicta tu razón, no porque busques bienes externos a
ella como el placer (lo dicta la naturaleza) o la virtud cristiana (la dicta Dios). Sólo el sujeto debe
decidir qué hacer.
EXISTENCIALISMO (Sartre)
“Estamos condenados a ser libres”, a elegir siempre. No hay nada (ni Dios ni una supuesta naturaleza
humana) que nos pueda servir de modelo. No nos queda más remedio que crear, que inventar en
cada momento lo que debemos hacer. Y, al escoger, mostramos a los demás aquello que le damos
valor y, a la vez, hacemos un modelo de ser humano (lo que seremos depende de nuestras
decisiones). Debemos elegir auténticamente, asumiendo nuestra responsabilidad sin excusas (si las
ponemos, actuamos de mala fe) y esto exige comprometernos con todos los problemas humanos (la
injusticia, las desigualdades,…), decidiendo en cada caso qué hacer (propone una “Moral de
situación”, que lleva al extremo lo de la autonomía moral de Kant)
MATERIALES
•MATERIALES: ETICAS DE BIENES O FINES
•Proponen un bien o fin a conseguir para alcanzar la felicidad. Son Éticas heterónomas (no soy
yo, mi razón, sino algo o alguien externo el que me señala qué acciones son buenas y cuáles
malas)
FORMALES
•FORMALES: ETICAS DEL DEBER O LA OBLIGACIÓN.
•No proponen bienes a perseguir. No te dicen qué cosas concretas tienes que hacer, sino el
cómo o la forma general en que debes comportarte
Í É
41
DIVISIÓN DE LA ÉTICA
a) La Ética General estudia los principios básicos que determinan la moralidad de los actos humanos: el fin último, el valor
moral, la ley moral, la conciencia, las virtudes, etc.
b) La Ética Especial o Social aplica esos principios a la vida del hombre en sociedad. Sus temas principales son: la
familia, el bien común de la sociedad, la autoridad y el gobierno, las leyes civiles, la ordenación moral de la economía, etc.
En este sentido, se incluyen en la ética social: la ética política (ética de la vida estatal, interestatal y supraestatal), la
económica y la profesional.
También es habitual el concepto de “Ética aplicada”, con el que se designa la aplicación de los principios éticos
fundamentales a ámbitos concretos. Así tenemos, por ejemplo, las éticas aplicadas a distintas profesiones y actividades:
ética empresarial, de los negocios, de las relaciones laborales, ética médica, ética medioambiental, ética periodística, ética
de la publicidad, etc.
Durante un tiempo las éticas llamémoslas “profesionales” se designaron con el término “deontología”. Etimológicamente,
deontología proviene del griego: to deón significa – lo necesario, lo conveniente, lo obligatorio –lógos, estudio o
conocimiento. Así, la deontología sería una ética profesional, una ética de las obligaciones prácticas o conjunto de
comportamientos exigibles a los profesionales, incluso aunque no estén codificados en una reglamentación jurídica.
Actualmente, los términos "deontología" y "deontológico" han caído en desuso (aunque nunca han sido completamente
abandonados), pero lo cierto es que resultan ambiguos y confusos para designar la aplicación de la ética al marco
profesional, ya que su significado originario no era ése. Bentham fue el primero que usó el término "deontología" en su obra
Deontology, or the Sciencie of Morality ("Deontología, o ciencia de la moral"), de 1834, para designar a la ciencia que
estudia los deberes que deben cumplirse con el fin de alcanzar el mayor placer posible para el mayor número posible de
individuos. Se trata entonces de una ciencia de carácter esencialmente utilitarista, puesto que determina cuáles han de ser
los medios usados para la consecución de ciertos fines. A partir de Bentham, se ha tendido a considerar la deontología no
como una disciplina estrictamente normativa, sino más bien como descriptiva y empírica, destinada a determinar qué
deberes han de cumplirse en determinadas circunstancias y, especialmente, dentro de una determinada profesión. Otros
autores que se han ocupado de esta ciencia han distinguido entre "ciencias deontológicas" y "ciencias ontológicas"; las
segundas se encargan de estudiar aquello que es y cómo es, mientras que las primeras estudian lo que debe ser.
ÉTICA PROFESIONAL
La profesión puede definirse como “la actividad personal, puesta de una manera estable y honrada al servicio de los demás
y en beneficio propio, a impulsos de la propia vocación y con la dignidad que corresponde a la persona humana”.
En virtud de su profesión, el sujeto ocupa una situación que le confiere deberes y derechos especiales, como se verá:
UTILITARISMO (Bentham y Stuart Mill)
• Lo bueno (el bien) es lo útil. Las acciones buenas producen placer y las malas dolor, pero se trata de
un placer y un dolor colectivos, se trata de buscar lo útil para conseguir la mayor felicidad para la
mayoría. Bentham prefiere la cantidad de placer frente a la calidad mientras que Stuart Mill prefiere
la calidad (placeres exclusivamente humanos como los intelectuales) y promueve el altruismo que
consiste en sacrificar el propio placer para conseguir el bienestar de los demás.
HEDONISMO (Epicuro)
El bien es el placer. Hay que buscar el máximo de placer con el mínimo de dolor. El placer es
ausencia de dolor o molestias corporales (placer del cuerpo) y de perturbación o ansiedad
en la mente (placer espiritual). El sabio se contenta con satisfacer los deseos naturales y
necesarios y buscar placeres del alma como la amistad.
EUDEMONISMO (Aristóteles)
•Felicidad =Virtud +Contemplación (pensar) +Bienes exteriores.
• La actividad racional es la propia del ser humano y es la única que le hace feliz. La virtud (el bien)
está en encontrar el término medio entre dos extremos (ni ser cobarde ni ser temerario: ser
valiente). La virtud se adquiere ejercitándose en ella para convertirla en una costumbre, en un
hábito.
CRISTIANISMO (Tomas de Aquino)
• La felicidad está en contemplar a Dios. Esto sólo se dará en la otra vida; mientras tanto hay que
prepararse para ello, siendo virtuosos. El bien o virtud está en cumplir la Ley Natural (=Ley Divina),
que está inscrita en el corazón de todos los seres humanos y consiste en actuar racionalmente. Se
trata de hacer el bien y evitar el mal, y para ello, cumplir con los 10 mandamientos (amar a Dios y al
prójimo, no matar, honrar a los padres…)
42
1. La Vocación. La elección de la profesión debe ser completamente libre. Quien elige de acuerdo a su propia
vocación tiene garantizada ya la mitad de su éxito en su trabajo.
2. Finalidad de la Profesión. La finalidad del trabajo profesional es el bien común. La capacitación que se
requiere para ejercer este trabajo, está siempre orientada a un mejor rendimiento dentro de las actividades
especializadas para el beneficio de la sociedad.
3. El Propio beneficio. Lo ideal es tomar en cuenta el agrado y utilidad de la profesión; y si no se insiste tanto
en este aspecto, es porque todo el mundo se inclina por naturaleza a la consideración de su provecho
personal, gracias a su profesión.
4. Capacidad profesional. Un profesional debe ofrecer una preparación especial en triple sentido: capacidad
intelectual, capacidad moral y capacidad física.
✓ La capacidad intelectual consiste en el conjunto de conocimientos que dentro de su profesión,
lo hacen apto para desarrollar trabajos especializados.
✓ La capacidad moral es el valor del profesional como persona, lo cual da una dignidad, seriedad
y nobleza a su trabajo, digna del aprecio de todo el que encuentra.
✓ La capacidad física se refiere principalmente a la salud y a las cualidades corpóreas, que
siempre es necesario cultivar, como buenos instrumentos de la actividad humana.
5. Los Deberes Profesionales. Es bueno considerar ciertos deberes típicos en todo profesional. El secreto
profesional es uno de estos, este le dice al profesionista que no tiene derecho de divulgar información que le
fue confiada para poder llevar a cabo su labor, esto se hace con el fin de no perjudicar al cliente o para evitar
graves daños a terceros. El profesional también debe propiciar la asociación de los miembros de su
especialidad. La solidaridad es uno de los medios más eficaces para incrementar la calidad del nivel
intelectual y moral de los asociados. En fin al profesional se le exige especialmente actuar de acuerdo con la
moral establecida.
Actividades de aprendizaje - 1
a. ELABORE UN MAPA CONCEPTUAL O CUADRO SINÓPTICO SOBRE LAS PRINCIPALES
TEORÍAS ÉTICAS
43
b. LUEGO DE OBSERVAR LOS VIDEO S ESCRIBA SUS CONSIDERACIONES.
 ÉTICA DE ARISTÓTELES
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 EL IMPERATIVO CATEGÓRICO
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 LA ÉTICA DE DAVID HUME Y LA NO NECESIDAD DE LA EXISTENCIA DE DIOS
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“La comunidad de destino terrestre nos impone la solidaridad”
Actividades de aprendizaje - 2
I. Luego de observar el extracto de la película “il mostri” en parejas
dialogan sobre las siguientes cuestiones:
a. Generalmente las personas actuamos conscientemente con pleno ejercicio de
nuestras facultades, si aceptamos que las virtudes son hábitos, cuanto influyen en
nosotros los padres, la familia, instituciones, la sociedad, los medios de
comunicación, en la formación de dichos hábitos que luego se reflejaran en acciones.
Ejemplifique.
✓ padres_______________________________________________________________________________________________________________________
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___________________________________________________________________________________________________________________________________
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✓ familia________________________________________________________________________________________________________________________
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✓ instituciones________________________________________________________________________________________________
___________________________________________________________________________________________________________________
___________________________________________________________________________________________________________________
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✓ sociedad____________________________________________________________________________________________________________________
___________________________________________________________________________________________________________________________________
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✓ medios de
comunicación_____________________________________________________________________________________________________________
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b. Ejercemos nuestra capacidad moral libremente? ¿en qué situaciones cree que no lo
hacemos?
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45
c. Aceptamos las normas como fines para poder convivir con los demás (contrato social)
o las aceptamos porque el status quo (como se presenta la realidad) así lo establece?
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d. Elabore una cuadro de oposición sobre los valores contrapuestos que identifica en
la película.
II. Analiza el esquema y responde las interrogantes
.
e. Qué diferencia la virtud del valor?
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POSITIVOS
.
.
NEGATIVOS
.
.
• ES UNA
CUALIDAD
VALOR
• ACCION
PERMANENTE
EN EL TIEMPO
INTENCIÓN •HABITO
OPERATIVO
BUENO
VIRTUD
O
VALOR
• ¿SON LOS VALORES Y LAS VIRTUDES UNA MISMA COSA?
VIRTUD
O
VALOR
• IMPLICACIONES DE LA DEFINICION DE VIRTUD HUMANA
HABITO
•FACILIDAD AQUIRIDA
POR LA PRACTICA
CONSTANTE
OPERATIVO
•CONJUNTO DE
ACCIONES ORIENTADAS
A UN FIN
BUENO
•CONTRIBUYE AL LOGRO
DE LA REALIZACION DE
LA PERSONA
DESARROLLA INTENCIONALMENTE DESTREZAS PARA SER MAS FELIZ Y
AYUDAR A LOS DEMAS A SER MAS FELICES
-
46
f. Explique mediante un ejemplo el carácter operativo que implica la definición de virtud
humana
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ANÁLISIS Y COMENTARIO
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“La televisión destruye sistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal, porque en sus parámetros lo normal
carece en sí de interés suficiente y siempre habrá entonces que enfrentarlo a una alternativa. Su criterio no es la difusión de
los valores y los principios sino el provocar el mayor impacto”
Robert Spaemann (1927-?) Filósofo alemán.
“La televisión se nos aparece como algo semejante a la energía nuclear. Ambas sólo pueden canalizarse a base de claras
decisiones culturales y morales”
Umberto Eco (1932-?) Escritor italiano.
48
¿Por qué una ética profesional
en nuestros tiempos?
Introducción
Algunos estudiosos de la conducta humana encuentran pequeñas diferencias en el uso de las palabras
ética y moral. Esto se debe a que ambas prácticamente tienen el mismo significado y se relacionan
entre sí. A saber, la palabra ética proviene del griego “ethos” (carácter, temperamento, hábito, modo
de ser) y la palabra moral se deriva del latín “mos, moris” (costumbre, hábito). Ambas palabras
(ethos y mos) se ubican en el terreno de la ética y hacen hincapié en un modo de conducta que es
adquirido por medio del hábito y no por disposición natural. Por su definición etimológica, la ética es
una teoría de hábitos y costumbres. Comprende, ante todo, “las disposiciones del hombre en la vida, su
carácter, sus costumbres y, naturalmente también la moral.” (Aranguren).
El concepto ética en este escrito se analizará desde el punto de vista de Fagothey (1991) que establece
que ésta “es el conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal en la conducta humana” (2). A
diario se enjuicia moralmente un acto y se afirma que es o no es ético, o sea bueno o malo, si este acto
está a favor o en contra de la naturaleza y dignidad del ser humano.
Según Escobar (1992) “la ética nos ilustra acerca del porqué de la conducta moral y los problemas que
estudia son aquellos que se suscitan todos los días en la vida cotidiana, en la labor o en la actividad
profesional” (1).
Necesidad de la Ética
Todo trabajador tiene o debe desarrollar una ética profesional que defina
la lealtad que le debe a su trabajo, profesión, empresa y compañeros de
labor. Villarini (1994) describe que “la ética de una profesión es un
conjunto de normas, en términos de los cuales definimos como buenas o
malas una práctica y relaciones profesionales. El bien se refiere aquí a
que la profesión constituye una comunidad dirigida al logro de una
cierta finalidad: la prestación de un servicio” (53). Señala, además, que
hay tres tipos de condiciones o imperativos éticos profesionales: (1)
competencia - exige que la persona tenga los conocimientos, destrezas
y actitudes para prestar un servicio (2) servicio al cliente - la actividad profesional sólo es buena en el
sentido moral si se pone al servicio del cliente (3) solidaridad - las relaciones de respeto y
colaboración que se establecen entre sus miembros.
Para lograr en los empleados una conciencia ética profesional bien desarrollada es que se establecen
los cánones o códigos de ética. En éstos se concentran los valores organizacionales, base en que todo
trabajador deberá orientar su comportamiento, y se establecen normas o directrices para hacer cumplir
los deberes de su profesión.
En virtud de la finalidad propia de su profesión, el trabajador debe cumplir con unos deberes, pero
también es merecedor o acreedor de unos derechos. Es importante saber distinguir hasta dónde él debe
cumplir con un deber y a la misma vez saber cuáles son sus derechos. En la medida que él cumpla con
un deber, no debe preocuparse por los conflictos que pueda encarar al exigir sus derechos. Lo
importante es ser modelo de lo que es ser profesional y moralmente ético. Por ejemplo, un deber del
49
profesional es tener solidaridad o compañerismo en la ayuda mutua para lograr los objetivos propios
de su empresa y, por consiguiente, tener el derecho de rehusar una tarea que sea de carácter inmoral,
no ético, sin ser víctima de represalia, aun cuando esto también sea para lograr un objetivo de la
empresa. Al actuar de esa manera demuestra su asertividad en la toma de decisiones éticas, mientras
cumple con sus deberes y hace valer sus derechos. Además, demostrará su honestidad, que es el primer
paso de toda conducta ética, ya que si no se es honesto, no se puede ser ético. Cuando se deja la
honestidad fuera de la ética, se falta al código de ética, lo cual induce al profesional a exhibir conducta
inmoral y antiética.
Hay tres factores generales que influyen en el individuo al tomar decisiones éticas o antiéticas (Ferrell,
87-96), los cuales son:
1. Valores individuales - La actitud, experiencias y conocimientos del individuo y de la cultura en que
se encuentra le ayudará a determinar qué es lo correcto o incorrecto de una acción.
2. Comportamiento y valores de otros - Las influencias buenas o malas de personas importantes en
la vida del individuo, tales como los padres, amigos, compañeros, maestros, supervisores, líderes
políticos y religiosos le dirigirán su comportamiento al tomar una decisión.
3. Código oficial de ética - Este código dirige el comportamiento ético del empleado, mientras que sin
él podría tomar decisiones antiéticas.
Un aumento en las regulaciones rígidas en el trabajo a través de los códigos de ética ayudará a
disminuir los problemas éticos, pero de seguro no se podrá eliminarlos totalmente. Esto es así, debido
a las características propias de la ética que establecen que ésta varía de persona a persona, lo que es
bueno para uno puede ser malo para otro; está basada en nuestras ideas sociales de lo que es correcto o
incorrecto; varía de cultura a cultura, lo cual no se puede evaluar un país con las normas de otro; y está
determinada parcialmente por el individuo y por el contexto cultural en donde ocurre. No obstante, el
profesional debe reconocer que necesita de la ética para ser sensible a los interrogantes morales,
conocer cómo definir conflictos de valores, analizar disyuntivas y tomar decisiones en la solución de
problemas.
Problemas éticos
En las relaciones cotidianas de unos individuos con otros
surgen constantemente problemas cuya solución no sólo
afecta a la persona que los crea, sino también a otra u otras
personas que sufrirán las consecuencias. Da testimonio de
esto Cartagena (1983) cuando señala que “las profesiones
mismas están continuamente confrontando este asunto al
constatarse los amargos hechos de médicos que explotan a
sus pacientes, abogados que se dedican a actividades
criminales, ingenieros y científicos que trabajan sin tomar en
consideración la seguridad pública ni el ambiente y hasta
negociantes que explotan al público indiscriminadamente. Si
a esto añadimos la corrupción gubernamental, los robos, el
vandalismo, los asesinatos y la violencia actual, entonces el
tema ético toca el centro mismo de nuestra supervivencia
como sociedad.” También Badillo (1990), sostiene que “el arquetipo del profesional, cuando se
enmarca en la pura técnica, oculta, por principio, un ataque furtivo a la ética” (9). Esto crea situaciones
que se complican en problemas que desmoralizan la imagen personal y profesional del individuo.
50
Algunos de estos problemas éticos son los siguientes:
1. Abuso de poder - utilizar el puesto para “pisotear” a unos o para favorecer a otros.
2. Conflicto de intereses - emitir normas en su ámbito de trabajo que redundarán en su propio
beneficio, como lo es el participar en el proceso de reclutamiento cuando uno de los candidatos
es miembro de su propia familia.
3. Nepotismo - reclutar muchos miembros de una misma familia en una institución.
4. Soborno - aceptar dádivas, obsequios o regalías a cambio de dar un trato especial o favor a
alguien como retribución por actos inherentes a sus funciones.
5. Lealtad excesiva - mentir para encubrir la conducta impropia del supervisor o hacer todo lo
que éste le diga, aun en contra de sus principios morales.
6. Falta de dedicación y compromiso - perder el tiempo, hacerse “de la vista larga” y no dar el
máximo de su esfuerzo en el trabajo.
7. Abuso de confianza - tomar materiales de la institución para su uso personal o hacer uso
indebido de los recursos disponibles en la misma.
8. Encubrimiento - callar para no denunciar a un traidor, movido por su amistad o por temor.
9. Egoísmo - buscar el bienestar propio en detrimento del beneficio de los demás.
10. Incompetencia - El conocido Principio de Peter (1977)
estipula que en “toda jerarquía, todo empleado tiende a
ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia.”
Complementa, además, que “para todo puesto de trabajo que
existe en el mundo, hay alguien, en algún lugar, que no puede
desempeñarlo. Dado un período de tiempo suficiente y
suficientes ascensos, llegará finalmente a ese puesto de trabajo
y permanecerá en él, desempeñándolo chapuceramente,
frustrando a sus compañeros y erosionando la eficiencia de la
organización” (Peter, 28).
Problemas de esta magnitud requieren la acción enérgica y concertada del profesional para desarrollar
una nueva ética. “Corresponde al momento actual compensar el poder del profesional moderno, en
cuanto técnico, con una más fina percepción de sus regulaciones morales” (Badillo, 9). Como es
sabido, en todas las profesiones surgen estos tipos de problemas. Es a través de cursos, cuya finalidad
sea la formación ética profesional, que se logra desarrollar “en el futuro profesional el conocimiento, la
habilidad, la sensibilidad y voluntad para que cuando actúe lo haga a nombre de los intereses de la
comunidad profesional de la que es parte, de la comunidad que le une a sus clientes y del pueblo o
humanidad de la que es miembro” (Villarini, 56).
Conclusiones
Para evitar en gran medida los problemas de índole ético-moral que surgen en el ejercicio de una
profesión o de un oficio, se deben poner en práctica principios éticos que establezcan los parámetros y
reglas que describan el comportamiento que una persona puede o no exhibir en determinado momento.
No es difícil poner estos principios en práctica, pero el omitirlos redundará en perjuicio propio y en el
de las personas con quienes se interviene o se interactúa. “Una decisión en la que está envuelto el
comportamiento ético de una persona, siempre va a estar enmarcada en uno de los principios y valores
aquí señalados” (Conética, 4 - adaptados).
1. Honestidad - Aprender a conocer sus debilidades y limitaciones y dedicarse a tratar de
superarlas, solicitando el consejo de sus compañeros de mayor experiencia.
51
2. Integridad - Defender sus creencias y valores, rechazando la hipocresía y la inescrupulosidad
y no adoptar ni defender la filosofía de que el fin justifica los medios, echando a un lado sus
principios.
3. Compromiso - Mantener sus promesas y cumplir con sus obligaciones y no justificar un
incumplimiento o rehuir una responsabilidad.
4. Lealtad - Actuar honesta y sinceramente al ofrecer su apoyo, especialmente en la adversidad y
rechazar las influencias indebidas y conflictos de interés.
5. Ecuanimidad - Ser imparcial, justo y ofrecer trato igual a los demás. Mantener su mente
abierta, aceptar cambios y admitir sus errores cuando entiende que se ha equivocado.
6. Dedicación - Estar dispuesto a entregarse sin condición al cumplimiento del deber para con los
demás con atención, cortesía y servicio.
7. Respeto - Demostrar respeto a la dignidad humana, la intimidad y el derecho a la libre
determinación.
8. Responsabilidad ciudadana - Respetar, obedecer las leyes y tener conciencia social.
9. Excelencia - Ser diligentes, emprendedores y estar bien preparado para ejercer su labor con
responsabilidad y eficacia.
10. Ejemplo - Ser modelo de honestidad y moral ética al asumir responsabilidades y al defender la
verdad ante todo.
11. Conducta intachable - La confianza de otros descansan en el ejemplo de conducta moral y
ética irreprochable.
La ética debe convertirse en un proceso planificado, con plena conciencia de lo que se quiere lograr en
la transformación de nuestras vidas. Debemos desarrollar al máximo el juicio práctico y profesional
para activar el pensamiento ético, reconocer qué es lo correcto de lo incorrecto y contar con el
compromiso personal para mantener el honor y el deber.
Hostos recomienda en su Tratado de Moral que “hay que poner de nuestra parte un continuo esfuerzo
y una continua disposición de no salirnos del orden que contemplamos y acatamos. Ese esfuerzo y esa
disposición, que es lo que constituye el deber, se derivan inmediatamente del hecho mismo de estar
relacionado el hombre a sí mismo, a los otros y a la Naturaleza” (Pedreira, 184-185). Hostos, además,
especifica que las relaciones particulares que ligan al individuo con la sociedad son las de necesidad,
gratitud, utilidad, derecho y deber. De estas se derivan los deberes sociales de trabajo, obediencia,
cooperación, unión, abnegación, conciliación y derecho. Expone que todos los deberes quedan
sometidos a uno en general: “el deber de los deberes, que consiste en el exacto cumplimiento de todos
los demás”, y cuando haya conflictos entre ellos, hay que “cumplir primero el más inmediato, el más
extenso, el más concreto” (Pedreira, 188).
Al fin de cuentas, el ser humano es responsable de actuar inteligente y libremente y es el único que
puede responder por la bondad o malicia de sus actos ante su propia conciencia, ante el prójimo y ante
sus dioses.
52
Actividades de aprendizaje - 3
1. En grupos de 4 o 5 personas analizan y comentan el texto “porque una ética
profesional en nuestros tiempos?
2. Seleccionan las ideas importantes
3. Cada uno expone una o dos ideas importantes acerca del texto leído.
4. Resuelve el siguiente cuestionario acerca del tema.
5. OBSERVA EL VIDEO SOBRE ETICA PROFESIONAL SIGUIENDO EL ENLACE Y
ELABORA UN COMENTARIO PERSONAL
http://www.youtube.com/watch?v=--h5Bm4TtaU&feature=related
CUESTIONARIO DE EVALUACIÓN
1. Esta Ud. De acuerdo con la siguiente afirmación “Todo trabajador tiene o debe
desarrollar una ética profesional que defina la lealtad que le debe a su trabajo,
profesión, empresa y compañeros de labor”. Villarini (1994). argumente a favor o
en contra.
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2. En virtud de la finalidad propia de su profesión, el trabajador debe cumplir con
unos deberes, pero también es merecedor o acreedor de unos derechos. Explique
la relación deber – derecho mediante un ejemplo.
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3. Proponga ejemplos acerca de cómo influyen en la toma de decisiones eticas los
tres factores mencionados por ferrel.
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☺________________________________________________________________________________________
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4. Según el texto los problemas éticos que se presentan en una profesión pueden
solucionarse o evitarse por oposición y aceptación de un conjunto de valores
señale cual seria el idóneo según el problema ético.
Problemas éticos valores Problemas éticos valores
Abuso de poder Falta de dedicación
nepotismo Abuso de confianza
soborno encubrimiento
Lealtad excesiva egoísmo
Conflicto de
intereses
incompetencia
53
ANÁLISIS Y COMENTARIO
¿Por qué somos buenos o malos?
54
¿Nacemos buenos o aprendemos a serlo?, la ciencia trata de averiguar de dónde provienen las
mas intimas convicciones morales que determinan nuestro comportamiento
Imagínese que escapa apresuradamente de un crucero se va a pique y se sube a un a un pequeño salvavidas. Su vida y
las de otros nueve compañeros de travesía dependen de abandonar a un pasajero herido de muerte. ¿Echaria por la borda
al moribundo para evitar el hundimiento?. Aunque la lógica indica que la solución seria deshacerse del herido resulta difícil
tomar una decisión. Joshua Greene, psicólogo cognitivo y filosofo de la Universidad de Harvard, realizo un
experimento con voluntarios a los que planteo dilemas similares. La opción de todos ellos fue no hacer nada, ya que su
aversión a infligir daño a un semejante era tan fuerte que anulaba su pensamiento racional. Otro estudio realizado por
Michael Koenigs, de la Universidad de Iowa y Antonio Damasio, de la Universidad de Southern California , en los
Ángeles demuestra, que las personas que tienen dañada la corteza prefrontal ventromedial (VMPC) del cerebro no
sienten el peso de las emociones cuando enfrentan un dilema moral. Los dos les plantearon dilemas de tres tipos: unos no
demandaban moralidad alguna, otros requerían un juicio moral sin implicación personal y el resto exigia una respuesta
directa del entrevistado.
EL ORIGEN DE LAS REGLAS MORALES
HA SIDO DEBATIDO POR LOS
FILÓSOFOS DURANTE SIGLOS
.
Ó
Los investigadores observaron que las dos primeras baterías de preguntas fueron respondidas de forma similar. Sin
embargo, cuestiones como “¿mataría a diez personas para salvar la vida de otras diez?” presentaba diferencias
significativas. Los únicos que respondieron de una forma fría y lógica fueron los voluntarios con la VMPC dañada. La
conclusión de KOENIGS y DAMASIO es que esa zona del cerebro esta claramente involucrada en la elaboración de juicios
morales.
Las investigación realizadas por el neurobiólogo Jorge Moll, investigador del LABS-d’Or Hospital de Rio de Janeiro ofrecen
resultados similares. En un articulo publicado en la prestigiosa REVISTA SOCIAL NEUROSCIENCIE aseguraba que la
VMPC se activa cuando una persona contempla fotografías de fuerte contenido moral, como una imagen que muestre
niños hambrientos. En otro trabajo, Moll aseguro que también se encendia cuando una persona lleva a cabo una acción
altruista. Por ejemplo, cuando decide donar dinero a una ONG. Estos sentimientos provendrían de algunos mecanismos
que facilitaron a nuestros antecesores la creación de lazos sociales y la cooperación colectiva. Jonathan Haidt, psicólogo
de la Universidad de Virginia, afirma que “las emociones ejercen una poderosa influencia en los juicios morales,
incluso cuando se activan por cuestiones no relacionadas con la moralidad” Haidt subraya que el ser humano confía
en sus instintos viscerales para discernir entre lo bueno y lo malo, y que emplea el pensamiento racional cuando trata de
justificar esas intuiciones.
55
Ú
¿Pero entonces, de donde provienen las reglas morales? ¿De las profundidades de nuestro cerebro?¿De Dios, tal y como
apuntan los creyentes? ¿O de la propia evolución del ser humano? Es una materia controvertida y oscura sobre la que se
ha discutido durante siglos. La aceptación de que la moralidad no era un bien supremo determinado por dios y que debía
proceder de los recursos internos de nuestra propia naturaleza obtuvo un espaldarazo con los ensayos de MIGUEL DE
MONTAIGNE ( 1533 - 1592) y fue apuntalada en el LEVIATAN, la obra maestra de THOMAS HOBBES (1588 – 1679),
para quien era un indicador que nos guiaba hacia una sociedad ordenada. HOBBES creía que la rebeldía innata del ser
humano precisaba de un fuerte control por parte del Gobierno. El escoces DAVID HUME (1711 – 1776) dio otra vuelta de
tuerca al afirmar que la moralidad debía arraigarse en nuestros sentimientos, pues nos mueve a actuar, algo que no podría
hacer la razón por si sola. En abierta oposición, el alemán IMMANUEL KANT (1724 – 1804) sentencio que la racionalidad
en libertad era la fuerza que movia las reglas morales. “Tan pronto uno sabe lo que debe hacer, sabe que puede hacerlo y
esto solo puede ser verdad si uno es libre”, sentencio.
Los ecos del choque entre aquellos colosos han llegado a nuestros días. Aunque ambas corrientes tienen seguidores y
detractores, los recientes estudios parecen inclinar la balanza a favor de Hume. Asi, Marc D. Hauser, biólogo evolucionista
de la Universidad de Harvard, no solo afirma que la acción moral esta programada en nuestro cerebro, son además el
comportamiento ético esta supeditado a la sensibilidad de las emociones.
Si damos por hecho que Hauser tiene razón, cabria hacerse la siguiente pregunta: ¿La manipulación externa de las
emociones puede alterar los juicios morales? Para comprobarlo, Jonathan Haidt hipnotizo a un grupo de voluntarios con la
intención de provocarles una emoción de repulsa mientras veian unas viñetas con conductas reprobables. Los voluntarios
emitieron juicios muy duros cuando vieron ilustraciones que contenían la palabra clave que les indujo la hipnosis. Sin
embargo , sus reparos disminuyeron cuando les mostraron otra versión que excluía ese termino. La Universidad de
Princeton ha realizado recientemente otro experimento para averiguar si estamos predispuestos al sentimiento de equidad.
Los investigadores tomaron imágenes cerebrales de resonancia magnetica a dos sujetos mientras disputaban un juego
denominado ULTIMATUM. Uno de ellos el jugador A, le propone a otro, el B, dividirse una suma de dinero. Si B acepta,
ambos embolsaran las partes decididas por A, por desiguales que sean pero si B rehusa, ambos se quedan sin dinero. Las
imágenes exhibían como se activaba un area del cerebro denominada insula interior y la parte derecha de la corteza
prefrontal dorsolateral, ambas asociadas a emociones como el dolor, la cólera y la indigancion. El estudio demuestra que,
en la mayoría de los casos, B rehusa el trato con A, a pesar de que ganaría algo de dinero. La indignación vence al calculo.
Es una respuesta emocional, lo mismo que la piedad, la compasión, la empatía o la necesidad de socorrer al prójimo.
Estas inclinaciones tienen raíces muy profundas. En su libro AYUDA MUTUA (1902) el geógrafo, naturalista Peter Kropotkin
señalo que la predisposición a dicha ayuda era de origen “pre humano” . Mas de cien años después , su tesis gana adeptos
. Marc D. Hauser cree que la moralidad contribuyo directamente al desarrollo del comportamiento social de los primates y
fue heredada por los primeros humanos como un instrumento valiosísimo para promover la cohesion de grupo. Esto les
proporciono ventaja sobre otros homínidos menos desarrollados.
OSKAR SCHINDLER
industrial aleman
se dejo guiar por sus
convicciones eticas
para salvar miles de judios
durante la segunda guerra
56
¿
Basándose en las hipótesis del famoso lingüista Noam Chomsky, quien afirma que el lenguaje es una capacidad innata en
los humanos, John Mikhail, erudito en temas legales en la Universidad de Georgetown, se hizo una pregunta apasionante :
¿Existe una gramatica moral universal? Para averiguarlo Mikhail planteo varios dilemas a diferentes personas, incluidos
individuos que provenían de otras culturas y niños. Si existiera dicha gramatica moral compartida, factores como la
educacion, la edad, el bagaje cultural tendrían poca influencia en los juicios de los valores, Mikhail comprobó con
satisfacción que los datos preliminares de su trabajo apuntaban en esa dirección. Investigaciones realizadas por Hauser,
Fiery Cushman y Liane Young corroboran esos resultados. Estos tres investigadores han desarrollado un test online sobre
el sentido de la moralidad (http://moral.wjh.harvard.edu) en el que han participado mas de 200 000 personas de 120 paises.
Los autores del experimento colaboran con varios antropólogos para obtener respuestas de gente que vive en remotos
poblados indígenas de Bolivia, Guatemala, Tanzania y Papua Nueva Guinea. Hasta ahora, se registran similitudes.
SIN ESCRÚPULOS… Octubre de 2007:
miembros de la ONG Francesa el Arca
de Zoe son detenidos por secuestrar
niños en el Chad para darlos en
adopción en familias En Francia,
cuando en realidad no eran huérfanos
tras la coartada de altruismo, se
ocultaba el ánimo de lucro.
SOLIDARIOS POR NEURONAS
¿Por qué nos identificamos con los padecimientos de otros? La
respuesta esta en las neuronas espejo. Tras descubrirlas en 1996 en
primates, los neurólogos italianos Giacomo Rizzolatti, Vittorio Gallese y
Leonardo Fogassi las encontraron en la zona F5 de la corteza premotora
de nuestro cerebro, cerca del area de Broca, la región del lenguaje. “Nos
permiten captar las mentes de los demás no a través de un razonamiento
conceptual sino mediante una estimulación directa de los sentimientos”
señala Rizzolatti. En su libro LA GENTE DEL LAGO el paleoantropologo
Richard Leakey recordaba que “somos humanos porque nuestros
antepasados aprendieron a compartir su comida y sus habilidades en
una red de compromisos que se cumplían. Si podían compadecerse ante
el sufrimiento ajeno y prestar ayuda a sus congéneres parece lógico
pensar que nuestros mas antiguos predecesores tenían una capacidad
moral innata.
En 2002 la catástrofe
del PRESTIGE
origino una marea de
solidaridad
voluntarios de toda
España acudieron a
limpiar las costas
HERMANO MONO
El comportamiento social de los primates en las fotos macacos japoneses- es un antecedente de la empatía
de los seres humanos por sus semejantes
57
¿Pero si la moralidad esta tan
arraigada en nuestro cerebro, por
que no somos capaces de crear un
mundo mas ético y pacifico?
Algunos creen que a lo largo del
tiempo la cultura ha ido influyendo
en nuestro comportamiento ,
convirtiéndonos en criaturas
incapaces de reconocer nuestros
sentimientos morales innatos. La
crueldad, la ambicion desbocada,
el ansia de riqueza y la barbarie
también tienen sus correlatos
neuronales. “Si ves a alguien matar
a un niño a palos, deberías decir :
BUENO ESO ES LA NATURALEZA HUMANA , y ciertamente es asi. Pero la naturaleza humana tiene también la capacidad
de conducir al altruismo, la cooperación y la solidaridad”, recuerda Chomsky. El problema es determinar cual de las dos
tendencias prevalecerá en el futuro.
 www.wjh.harvard.edu/~jgreene/ (pagina del filosofo Joshua Greene donde explica sus investigaciones sobre la moralidad)
 La mente moral- Marc D. Hauser. Paidos. Ediciones Barcelona, 2008.
CLAVE MENTAL
Segun un
estudio
reciente, las
personas con
daños en la
zona del
cerebro
llamada
corteza
prefontal
ventromedial
relacionada
con la
produccion de
emociones
tienen menos
reparos para
tomar
decisiones
racionales
cuando se les
plantea una
situacion que
implica , por
ejemplo el
sacrificio de
uan persona
en beneficio de
la colectividad .
ENTRE LA ESPADA Y LA PARED. Algunos episodios históricos y bíblicos brindan
ejemplos de dilemas morales llevados al extremo. Uno de los mas impresionantes es
el del noble leones Guzman el Bueno, que arrojo su propio puñal para que matara a
su hijo antes que rendir Tarifa (arriba) a la derecha el sacrificio de Isaac, Dios pone a
prueba a Abraham conminándole a sacrificar a su vástago para demostrar su fe.
58
Actividades de aprendizaje - 4
¿Por qué somos buenos o malos?
¿Nacemos buenos o aprendemos a serlo?, la ciencia trata de averiguar de dónde provienen las
mas intimas convicciones morales que determinan nuestro comportamiento
1. Luego de leer el texto, redacte una posible respuesta a la pregunta anterior que
incluya los siguientes términos:
Dilema – racionalidad – moral – emociones – neurobiología – valores - juicios
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2. Identifique en el texto y transcriba las ideas de los siguientes filósofos con
respecto a la ética y la moral.
THOMAS HOBBES (1588 – 1679)
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__________________________________________________________________________________________
__________________________________________________________________________________________
_________________________________________________________________________________________
DAVID HUME (1711 – 1776)
☺________________________________________________________________________________________
__________________________________________________________________________________________
__________________________________________________________________________________________
_________________________________________________________________________________________
KANT (1724 – 1804)
☺________________________________________________________________________________________
__________________________________________________________________________________________
__________________________________________________________________________________________
_________________________________________________________________________________________
59
Actividades de aprendizaje - 5
SCOTT ATRAN
“LA MORAL NACIÓ COMO UN PEGAMENTO
SOCIAL”
¿Por qué un buen
día una persona se sube
a un tren con una
mochila cargada de
explosivos y se inmola
por una creencia?. El
antropólogo Scott Atran
lleva toda la vida
poniendo bajo el escáner
religión cultura y política
para ver que papel tienen
a la hora de determinar
esas y otras elecciones
humanas. Atran es
profesor de la
universidad de Michigan
y del colegio universitario
de justicia penal John
Jay (Nueva York) y
director de investigación
en el Centro Nacional de
Investigacion Cientifica
(CNRS) de Paris.
- ¿El concepto de
justicia es algo
innato o aprendido?
- Hay bases
biológicas.
Hace unos 100.000 años
, el Homo Sapiens
evolucionaba en Africa,
mientras los
neardentales se
expandían por Europa.
La población se redujo a
unos 2000 individuos y
estaba casi al borde la
extinción.Tuvo que
aprender a formar
equipos para cazar y
defenderse de animales,
Por eso el ser humano es
cooperador de forma
innata
O sea que cuando
ayudamos a otros en
realidad mirarmos
nuestro propio bien?
-Así es necesitamos
cooperar para competir
cuando empezaron a
producirse las primeras
migraciones desde Africa
el hombre se convirtió en
su peor peligro y en su
mejor presa, Por eso
aparecieron la religiones
y la moral que se
convirtieron en una
especie de pegamento
social.
¿pero solo somos
morales con los
nuestros?
-nuestra moral para
cooperar esta limitada al
parentesco y al grupo. Si
crees que alguien no
comparte tus valores no
lo tratas con interés. Por
eso las negociaciones
políticas son tan difíciles
porque los grupos con
valores culturales muy
diferentes no se
reconocen los unos a los
otros.
¿hay principios morales
universales?
-En occidente tenemos
una moral que en cierta
manera es global y
procede del monoteísmo
secular Puede que no
creamos en Dios,pero si
en la legalidad y en
los derechos de las
personas , aplicamos los
mismos principios a un
español , a un chino o a
un peruano. Pero en
otras sociedades no es
asi. Una tribu del
Amazonas peruano por
ejemplo , arranca la
cabeza a los miembros
de otras tribus –ya sean
bebes ancianos o
mujeres- para simbolizar
el paso de niño a hombre
. Hasta que algo no pasa
a formar parte de tus
valores sagrados no
produce rechazo.
-resulta duro pensar que
solo vamos a tener cierta
moral y justicia con los
de nuestro grupo.
- es algo universal como
el racismo. El modo mas
rápido de saber si
puedes confiar en el que
tienes adelante es
mirando si habla el
mismo idioma, si tiene el
mismo acento o la misma
piel.
Requiere
esfuerzo
borrar esa
tendencia .
Asi paso
con la
esclavitud:
hicieron
falta
200.000
años para
escapar de
ese peso de
nuestra
herencia
evolutiva.
Tenemos
cerebros
de la edad
de piedra
en la era
espacial.
60
"Un dilema clásico"
En Europa hay una mujer que padece un tipo especial de cáncer y va a morir pronto. Hay un medicamento que un
farmacéutico de la misma ciudad acaba de descubrir y que los médicos piensan que la puede salvar. La medicina es cara
porque el farmacéutico esta cobrando diez veces lo que le costó hacerla. El esposo de la mujer enferma, Heinz, acude a todo el
mundo que conoce para pedir prestado el dinero, pero solo ha podido reunir la mitad de lo que cuesta. Le dice al farmacéutico
que su mujer se esta muriendo y le pide que le venda el medicamento más barato o le deje pagar más tarde. El farmacéutico se
niega y, ante esto, Heinz, desesperado, piensa atracar la farmacia para robar la medicina para su mujer.
Pregunta:
Debe Heinz robar la medicina?. ¿Por qué si o por qué no?
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El dilema de José
José es dueño de una agencia inmobiliaria y está ayudando a una señora a organizar y vender los artículos del hogar de su
difunta hermana. Al dar un vistazo a la chimenea, encuentra dos cajas viejas. Cuando abre una de ellas, no puede creer lo que
ve: rollos de billetes de 100 dólares envueltos en papel de aluminio: ¡un total de 82.000 dólares en efectivo! José está a solas
en la habitación.
Pregunta:
¿Qué debe hacer? ¿Llevarse la caja a escondidas, o decirle a su clienta que ha encontrado el dinero?
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Las acciones de Luis
Luís cuando tenía 18 años estaba metido en la droga y en compañía de otros dos jóvenes de su edad asaltaron la vivienda de
una mujer viuda, madre de dos niños pequeños y le robaron 1000 pesos, que la mujer tenía para pagar el colegio de uno de sus
hijos, además de algunos objetos de valor y recuerdos familiares, valorados en 10.000 pesos.
La justicia lo condenó en 1985 a más de dos años de prisión. La sentencia fue recurrida y la corte suprema ratificó la condena
7 años después. Luis en este tiempo se ha casado, tiene un hijo y trabaja como peón en una empresa de construcción. Ahora
tiene que cumplir el año de cárcel que le queda. Su abogado ha pedido el indulto para Luis, alegando que ya está reinsertado
en la sociedad.
Pregunta:
¿Se le debe indultar? ¿Si? ¿No? ¿Por qué?
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Actividades de aprendizaje - 6
61
1. EN GRUPOS DE 4 O 5 ANALIZAN EL DOCUMENTO: CÓDIGO DE ÉTICA DE DEL
COLEGIO DE INGENIEROS
2. CADA GRUPO LEE UNO DE LOS SIGUIENTES
PUNTOS:
✓ PRINCIPIOS GENERALES
✓ TITULO I - DE LA RELACIÓN CON LA
SOCIEDAD
✓ TITULO II – DE LA RELACIÓN CON EL
PÚBLICO
✓ TITULO III – DE LA COMPETENCIA Y
PERFECCIONAMIENTO
PROFESIONALES
✓ TITULO IV – DEL EJERCICIO
PROFESIONAL (CAPITULO 3 Y 4)
✓ TITULO V – DE LA RELACIÓN CON
SUS COLEGAS
3. IDENTIFIQUE EL “DEBER SER” Y ELABORE
PREVIO CONSENSO EN EL GRUPO ACERCA
LOS CONCEPTOS GENERALES QUE
REÚNEN LAS NORMAS UN MAPA
CONCEPTUAL REFERIDO AL PUNTOS REVISADOS.
4. PLENARIO GENERAL
5. CADA UNO DEBE PRECISAR SU ACUERDO O DESACUERDO CON LAS NORMAS
IDENTIFICANDO LA NECESIDAD DE LAS MISMAS.
“La eficiencia no debe estar separada de la decencia”
62
PRINCIPIOS
NORMAS
NORMAS
BIEN COMÚN
NORMAS MALO
NORM
AS
BUENO
NORMAS ACCIÓN
DESENVOLVIMIENTO
DE LA SOCIEDAD
DESEQUILIBRIO DEL
BIEN
CONJUNTO DE
INDIVIDUOS QUE
CONVIVEN EN UNA
SITUACIÓN
DETERMINAD
VIRTUD
63
Ética kantiana
La razón práctica
Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse
como bueno sin restricción, a no ser tan sólo de una buena voluntad Fundamentación de la metafísica de las
costumbres
Kant
La actitud de Kant frente a la problemática metafísica es por cierto, algo ambigua en tanto afirma por un lado que no
conocemos ni podemos conocer el absoluto (puesto que el conocimiento humano se limita a la experiencia) pero, al mismo
tiempo, considera al hombre un ente dotado de razón, facultad de lo incondicionado, de manera tal que la metafísica es
considerada una necesidad natural en el hombre. El hombre no puede ser indiferente a la problemática metafísica, tal es la
razón por la cual siempre tomamos alguna posición al respecto.
Kant busca resolver esta aparente contradicción, pero no en el plano gnoseológico sino en el moral, en el campo de la
razón práctica (es decir, la razón en tanto determina la acción del hombre).
Si bien no podemos alcanzar el absoluto, sí tenemos cierto acceso a algo que se le acerca. Este contacto de
aproximación se da en la conciencia moral, o la conciencia del bien y del mal, lo justo y lo injusto, lo que debemos hacer y
lo que no debemos hacer. La conciencia moral, es para Kant, la presencia de lo absoluto o al menos, parte del absoluto en
el hombre.
La conciencia moral manda de modo absoluto, ordena de modo incondicionado, nos dice: "me conviene ser amable
con él porque así evitaré problemas", este sería un criterio de conveniencia. La conciencia moral dirá: "debo ser amable con
el porque es mi deber tratar bien a la gente" y no importa si ello me cuesta la vida, la fortuna, o lo que fuere, el mandato de
la conciencia no está condicionado por las circunstancias. Puede suceder que uno no cumpla con su deber, pero eso no le
quita autoridad al mandato absoluto. El deber no supone conveniencias, satisfacciones o estrategias, es un fin en sí mismo.
La conciencia moral es entonces la conciencia de una exigencia absoluta que no se explica y que no tienen sentido
alguno desde el punto de vista de los fenómenos de la naturaleza. En la naturaleza no hay deber sino tan solo suceder, una
piedra no "debe" caer, simplemente, "cae".
La conciencia moral
Mientras que en la naturaleza todo se encuentra condicionado por las leyes de la causalidad en la conciencia moral
rige un imperativo que no conoce condiciones, un imperativo categórico. La conciencia moral dice 'no mentirás' ssin
condicionar en modo alguno el mandamiento, no establece circunstancias particulares bajo las cuales la ley tiene validez o
no, el mandanto es siempre absolutamente válido, de otra forma, no sería una exigencia moral.
Kant diferencia el imperativo categórico del imperativo hipotético. En este último, el mandato se halla condicionado
o reducido a una circunstancia determinada: 'si quiero ganar su confianza, no debo mentir' porque si no es importante para
mí ganar su confianza, mentir o no mentir, deja de ser un mandato.
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La buena voluntad
De acuerdo a la ética de Kant, sólo la buena voluntad es absolutamente buena en tanto que no puede ser mala bajo
ninguna circunstancia:
"La buena voluntad no es buena por lo que se efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin
que nos hayamos propuesto, es buena solo por el querer, es decir, es buena en sí misma" Fundamentación de la metafísica
de las costumbres, Kant
Analicemos el pasaje citado:
1. Imaginemos que una persona se ahogando en el río, hago todo lo posible por salvarla pero no lo logro. La persona
muere, de todas formas.
2. Imaginemos ahora que hago todo lo posible por salvarla y que tengo éxito, salvando su vida.
3. Imaginesmos la tercera posibilidad: la persona se está ahogando y yo la atrapo por casualidad mientras pesco con
una gran red.
¿Cuál es el valor moral de cada uno de estos posibles actos imaginados? La tercera posiblidad carecería de valor
moral porque ocurre sin intencionalidad. Moralmente no es ni buena ni mala, simplemente neutra. Los otros dos actos son
moralmente buenos y tienen el mismo valor, en tanto que la buena voluntad es buena en sí misma.
El deber
El deber refiere a que la 'buena voluntad', bajo ciertas limtaciones, no puede manifiestarse por sí sola.
El hombre, no es un ente puramente racional, sino que también es sensible. Kant observará que las acciones del
hombre en parte están determinadas por la razón pero existen tambien 'inclinaciones' como el amor, el odio, la simpatía, el
orgullo, la avaricia, el placer... que también ejercen su influencia. El hombre reune en su jeugo la racionalidad y las
inclinaciónes, la ley moral y la imperfección subjetiva de la voluntad humana. Entonces, la buena voluntad, se manifiesta en
cierta tensión o lucha con estas inclinaciones, como una fuerza que parece oponerse. En la medida que el conflicto se
hace presente, la buena voluntad se llama deber.
Si una voluntad puramente racional sin influencia alguna de las inclinaciones fuese posible, sería para Kant, una
voluntad santa (perfectamente buena). De esta forma, realizaría la ley moral de modo espontáneo, esto es, sin que
conforme una obligación. Para una voluntad santa, el 'deber', carecería entonces de sentido en tanto que el 'querer'
coincide naturalmente con el 'deber'. Pero en el hombre, ley moral, suele estar en conflicto con sus deseos.
Se distinguen así tres tipos de actos:
a. Actos contrarios al deber: En el ejemplo de la persona que se está ahogando en el río. Supongamos que
disponiendo de todos los medios necesarios para salvarlo, decido no hacerlo, porque le debo dinero a esa persona y su
muerte me librará de la deuda. He obrado por inclinación, esto es, no siguiendo mi deber sino mi deseo de no saldar mi
deuda y atesorar el dinero.
b. Actos de acuerdo al deber y por inclinación mediata: El que se ahora en el río es mi deudor, si muere, no podré
recuperar el dinero prestado. Lo salvo. En este caso, el deber coincide con la inclinación. En este caso se trata de una
inclinación mediata porque el hombre que salva es un medio a través del cual conseguiré un fin (recuperar el dinero
prestado). Desde un punto de vista ético, es un acto neturo (ni bueno ni malo).
c. Actos de acuerdo al deber y por inclinación inmediata: Quien se está ahogando es alguien a quien amo y por lo
tanto, trato de salvarlo. También el el deber coincide con la inclinación. Pero en este caso, es una inclinación inmediata
porque la persona salvada no es un medio sino un fin en sí misma (la amo). Pero para Kant, este es también un acto
moralmente neutro.
d. Actos cumplidos por deber: El que ahora se ahoga es un ser que me es indiferente... no es deudor ni acredor, no
lo amo, simplemente, un desconocido. O pero aún, es un enemigo, alguien que aborrezco y mi inclinación es desear su
muerte. Pero mi deber es salvarlo y lo hago, contrariando mi inclinación. Este es el único caso en que Kant considera que
se trata de un acto moralmente bueno, actos en los que se procede conforme al deber y no se sigue inclinación alguna.
El imperativo categórico
El valor moral de una acción, no reside en aquello que se quiere lograr, no depende de la realización del objeto de la
acción, sino que consiste única y exclusivamente en el principio por el cual ésta se realiza, alejando la influencia de
cualquier deseo.
El principio por el cual se realiza un acto es llamado por Kant, 'máxima' de la acción, es decir, el principio o fundamento
subjetivo del acto, el principio que de hecho me lleva a obrar.
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En esta línea, Kant formula el imperativo categórico:
Obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley
universal
De esta forma, obraremos moralmente solo cuando podamos desear que nuestro deseo sea válido para todos. Así, lo
que se pretende es eliminar las excepciones, siendo igualmente válida para todas las personas.
Actividades de aprendizaje - 7
1. RESUMA LAS IDEAS PRINCIPALES DEL CAPITULO VI DEL PROGRAMA FILOSOFÍA
AQUÍ Y AHORA
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2. RELACIONE LAS IDEAS EXTRAÍDAS CON LA EL CONTENIDO DEL TEXTO : “ÉTICA
KANTIANA” LUEGO EN PAREJAS REVISEN LAS IDEAS PLANTEADAS
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POR UNA TECNOÉTICA
Bunge Mario, Ética y ciencia, ed. siglo XX, Buenos aires, 3° edición.
Se acabaron los tiempos del derecho divino de los reyes o de cualesquiera otros individuos, sean propietarios,
administradores, líderes sindicales, políticos, burócratas, tecnólogos o académicos. En todo el mundo se está
poniendo en tela de juicio la autoridad absoluta e infundada: vivimos un tiempo iconoclástico. Más aun, nadie
reconoce derechos sin deberes, ni privilegios sin responsabilidades. A cada cuál se le tiene por responsable de
lo que hace y aun de lo que no hace cuando debiera actuar. Y las responsabilidades no se contraen con algún
dios o soberano a distancia conveniente, ni siquiera con el pueblo anónimo, sino con personas determinadas:
pares, subordinados, vecinos, e incluso seres humanos del futuro.
Mas aun las viejas separaciones entre distintas clases de responsabilidad –moral, profesional, social, etc.-
están siendo anuladas. Estamos empezando a advertir que la separación de responsabilidades no es sino una
manera de aludir la responsabilidad total y por lo tanto una hoja de parra de la delincuencia. Una persona que
está a cargo de algo, sea una máquina u otro individuo, no está compuesta de un cierto número de entes
morales sino que es una única persona, que actúa ya en un rol, ya en otro. Y estos diversos roles debieran
combinarse armoniosamente. El ser un progenitor afectuoso no exculpa el crimen; el ser un ingeniero
competente no confiere derechos de piratería sobre el ambiente; el ser un administrador eficiente no da
derecho a oprimir al prójimo. Todo ser humano tiene un número de responsabilidades entrelazadas y cada una
de ellas es tan personal e intransferible como la alegría o el dolor.
En este artículo examinamos algunas de las responsabilidades especiales del tecnólogo en nuestra era de
tecnología total. Defenderemos la tesis de que el técnico, al igual que cualquier otro individuo humano, es
personalmente responsable de lo que hace, y que es responsable ante la humanidad íntegra, no tan sólo ante
los empleadores. Sostendremos también que el tecnólogo tiene el deber de enfrentar sus propios problemas
morales y de meditar sobre ellos. Y sostendremos que está particularmente capacitado para hacerlo, ya que
puede abordar los problemas morales, y aun la teoría de la moralidad –o sea la ética- con la ayuda de un
enfoque y de un conjunto de herramientas ajenos a la mayoría de los filósofos, y que prometen producir la
tecnoética que no se han dignado elaborar los filósofos profesionales. Para mostrarlo proponemos una teoría
de los valores que permite sopesar medios y fines, así como concebir las normas morales a imagen y
semejanza de las reglas tecnológicas.
1. RESPONSABILIDADES DEL TECNÓLOGO
Échese un vistazo en derredor y se reconocerán de inmediato las profesiones que más han contribuido a
moldear la sociedad industrial, sea capitalista o socialista. Son los científicos, los ingenieros y los
administradores (incluidos los hombres de estado). Los primeros han suministrado el conocimiento básico, los
ingenieros han utilizado éste para diseñar sus obras, y los administradores han organizado la mano de obra
que ha llevado a la práctica dichos diseños. El resultado de las labores de estos grupos está a la vista: es una
nueva clase de sociedad, que puede llevar a la humanidad sea a un nivel evolutivo más elevado, sea a una
rápida extinción.
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Sin embargo, paradójicamente, el sociólogo nos informa que, en su conjunto, los científicos, tecnólogos y
administradores- esto es, los principales artífices de la sociedad moderna- no se sientes limitados ni inspirados
por responsabilidades morales o sociales extraprofesionales. En particular, gran escala pero evitables, tales
como la desocupación, la miseria, la iniquidad, la opresión, la guerra, la mutilación de la naturaleza, el
desperdicio de los recursos naturales, ola degradación de la cultura por los medios de comunicaciones de
masas.
Participen o no en la generación de calamidades, la mayoría de los científicos, tecnólogos y administrares se
lavan las manos y cierran los ojos al sufrimiento y a la miseria. Lo que es peor, su posición en la sociedad es tal
que deben hacerse los ciegos morales si pretenden funcionar con eficiencia. En efecto, un profesional no
puede trabajar eficientemente si permite que lo distraigan los clamores de desesperación: debe recluirse en su
oficina o en su laboratorio si ha de proseguir con su trabajo, sea éste investigar, diseñar u organizar. (A menos
que su trabajo consista precisamente en aliviar calamidades o al menos prevenirlas.)
Es verdad que algunos cuerpos profesionales han imitado a los médicos adoptando códigos morales que
regulan su propio trabajo. Pero la mayor parte de estos códigos se limitan a las responsabilidades
profesionales, de modo que dejan amplio margen a la irresponsabilidad. Se ocupan de las minucias, no de los
problemas más graves. Por consiguiente el científica se siente libre de proseguir su investigación suceda lo que
sucediere; el ingeniero, de ir adelante con sus proyectos sin que le importe qué o quién pueda desaparecer; y
el administrador, de fomentar la producción o las ventas son ocuparse de las consecuencias para el prójimo.
En definitiva, apenas hay frenos externos que puedan internalizarse impidiendo que el científico, el ingeniero y
el administrador emprendan actividades profesionales moralmente objetables o socialmente dañinas. El que se
comporte bien para con sus semejantes queda librado a su conciencia moral o, lo que es peor, a la de sus
superiores. Desgraciadamente la conciencia, habitualmente despierta en cuestiones privadas y profesionales,
está más bien somnolienta cuando se trata de afectar vidas anónimas de los demás.
Me apresuro a aclarar que no estoy tomando partido por los enemigos de la ciencia y de la tecnología. No hay
nada que sea inherentemente malo en la ciencia, la ingeniería o la administración; por lo tanto no se trata de
volver a la sociedad preindustrial. Pero puede haber mucho de malo en las metas que se hace servir a la
ciencia, la tecnología o la administración, así como en alguno de los efectos colaterales que acompañan a la
mejor de las meta. Si los fines son malos, como sucede con el genocidio, la opresión de grupos o naciones, la
estafa a los consumidores, el engaño al público, o la corrupción de la cultura, entonces está claro que
quienquiera que los sirva comete maldades aun cuando no sean sancionadas legalmente. En este caso el
científico, ingeniero o administrador es un mero instrumento.
Los instrumentos son moralmente inertes y socialmente irresponsables. Por consiguiente, cuando actúa como
herramienta, el científico, ingeniero o administrador rehusará asumir responsabilidades a menos que fracase en
su cometido (aunque no rehúsa los honores si tiene éxito). Si se le reprocha su acción se proclama inocente o
excusa sus actos sosteniendo que ha actuado bajo órdenes (befenlnotstand); los hay quienes reaccionan con
indignación. Obviamente, su actitud se debe, sea a un exceso de humildad, sea a un exceso de arrogancia. En
el primer caso se arrastra ante sus superiores, en el segundo se eleva por encima de la humanidad ordinaria;
en ambos casos obra indecentemente.
El científico, ingeniero o administrador podrá lavarse las manos pero esto no lo libra de sus deberes morales y
responsabilidades sociales, no sólo como ser humano y ciudadano sino también como profesional. Y esto
porque, insistimos, los científicos, ingenieros y administradores son más responsables que cualquier otro grupo
ocupacional del estado en que está el mundo. No se puede manipular el mundo como si fuera un trozo de
arcilla, negándose al mismo tiempo a asumir la responsabilidad por lo que se hace o se rehúsa a hacer,
particularmente si la pericia del experto en cuestión se necesita para reparar los daños que ha hecho o al
menos para evitar daños futuros. En suma, el ingeniero, y el administrador, precisamente porque ejercen un
poder enorme o contribuyen al poder de modo decisivo, tienen una responsabilidad moral y social mayor que el
común de los mortales. Siendo así, mejor es que la miren de frente, porque llegará el momento en que les
pediremos cuentas.
2. EL TÉCNICO DESGARRADO POR INTERES CONFLICTIVOS
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Supongamos que un equipo de ingeniero s está a cargo del diseño y construcción de una planta industrial.
¿Qué se espera de ellos? Mucho:
A: La administración espera una planta eficiente y provechosa.
T: Los trabajadores esperan obtener unas buenas condiciones de trabajo.
V: Los vecinos esperan que la planta no contamine el ambiente.
P: Los colegas profesionales esperan un diseño, ejecución y
operaciones técnicamente avanzados.
C: Los consumidores esperan productos útiles a preciso razonables.
Además, los desocupados esperan una nueva fuente de trabajo; los proveedores, órdenes de suministros; los
bancos, un nuevo cliente; y el gobierno, una nueva fuente de impuestos o acaso una nueva sima de subsidios.
El ingeniero puede ignorar algunas de estas expectativas y demandas pero no todas, tanto más por cuanto no
son todas mutuamente compatibles. Por ejemplo, si la administración exige y obtiene costos mínimos junto con
beneficios máximos, entonces todos los otros grupos afectados por el proyecto se sentirán perjudicados. Por lo
tanto el ingeniero ignorará a algunos grupos, favorecerá a otros, e intentará hacer compromisos con otros más.
Evidentemente, al tomar decisiones de este tipo el ingeniero platea y resuelve problemas morales. Y lo hace
adoptando, tácita o explícitamente, algún código moral.
Todo código moral se reduce a una orientación de intereses o, para decirlo de manera más elegante, los
códigos morales ordenan valores. Para abreviar, escribamos ‘A > B’ par designar la proposición “A es preferible
a B”, o “Hay un individuo o grupo para el cual el valor de A es mayor que el valor de B”. Entonces nuestros
ingenieros se enfrentan con diversos códigos morales, entre ellos los siguientes:
Moral del interés privado: A supera a todos los demás,
Moral del interés profesional: P supera a todos los demás.
Moral del interés público: C>V>T>A>P
La elección entre estas posibilidades dependerá a su ve del código moral global de los decidores. Y quienes
sean los decisores depende a su vez de tipo de empresa y del tipo de sociedad. En la sociedad ideal,- que,
naturalmente, no existe- prevalece la moral del interés público, de modo que los ingenieros y administradores
(en particular sólo los políticos) son servidores de la comunidad. Pero no discutamos este punto controvertido
en este momento: lo que interesa para nuestros propósitos inmediatos es que todo técnica, en cualquier
sociedad, enfrenta conflictos de interese y toma decisiones morales que concuerdan con ciertos códigos
morales pero no con otros. En resumen, el técnico,- sea ingeniero o administrador- es un agente moral aun
cuando sus decisiones y actos sean tachados de inmorales por aquellos a que son perjudicados por sus
decisiones y actos. Y, como es bien sabido, el tecnólogo puede hacer daño, sea poniendo buena tecnología al
servicio de malas metas, sea empleando tecnología inherentemente perversa, pero éste último concepto
merece un parágrafo aparte.
3. NO TODA TECNOLOGÍA ES BUENA
Toda ciencia pura es buena o al menos indiferente ya que, por definición, se ocupa sólo de mejorar nuestros
modelos del mundo, y el conocimiento es bien intrínseco. En cambio, la tecnología se ocupa de la acción
humana sobre cosas y personas. Esto es, la tecnología da poder sobre cosas y seres humanos, y no todo
poder es bueno para todos. Basta pensar en la tanatología, o tecnología de la muerte: el diseño de estrategias
y tácticas de agresión, de armamento y defoliantes, de campos de exterminio, etc. Todo esto es
intrínsecamente malo según cualquier código moral excepto el de los asesinos de masa. Y cualquier código
moral excepto el de los asesinos de masas. Y cualquiera que sea el resultado colateral beneficioso, es
muchísimo menor que sus efectos nocivos: la destrucción de vidas humanas, la desintegración de lazos
familiares y de amistas, el aumento de la agresividad, la violencia y la insensibilidad, la mutilación del ambiente.
71
Por cierto que las personas, grupos y naciones tienen el derecho de defenderse de agresores y opresores, si
es necesario por la fuerza de las armas. Pero si confían la defensa, cosa política, en manos del tanatólogo,
éste podrá aconsejar al ataque como la mejor de las defensas. Y hoy día, con la emergencia de un sistema
internacional casi monolítico, cualquier guerra local puede arrastrar a toda un área y aun a nucleares, la
especie humana podrá ser barrida para siempre. Aunque éstas son trivialidades, es preciso repetirlas no sólo
porque hay que hacer algo para disminuir el peligro de cualquier guerra, sino también por que la guerra
moderna es eminentemente tecnológica, lo que nos recuerda que no toda tecnología es buena.
Por ser moralmente ambigua, la tecnología debiera estar bajo control en lugar de permitirse que se desarrolle
sin trabas en beneficio de los grupos económicos o políticos que pueden pagarla. En otras palabras, es preciso
tener el tecnólogo por responsable, no sólo técnica sino también moralmente, por todo lo que diseñe o ejecute.
No sólo debe exigirse que sus artefactos sean óptimamente eficientes sino también que, lejos de ser maléficos,
sean beneficiosos, y esto no sólo a la corta sino también a la larga. Y no se nos venga con el cuento de que
sólo los agentes libres pueden ser considerados moralmente responsables, de modo que un técnico que actúe
bajo ordenes es inocente; ésta fue, precisamente, la defensa de Adolf Eichmann. Si se le ordena hacer algo
dañino, el tecnólogo es libre de rehusarse a acatar la orden; si es necesario puede renunciar a su puesto, o
puede sabotear su propio trabajo, o puede combatirlo. Por supuesto que podrá ser castigado por desobedecer.
Pero es parte del juego de la vida humana – de toda vida- en sociedad-en cualquier sociedad. Cuanto más
responsable es un puesto, tanto más riesgoso es, pero también es tanto más gratificador.
El técnico es moralmente responsable por sus actos profesionales porque éstos, lejos de ser espontáneos,
resultan de decisiones deliberadas y racionales a la luz (o a la oscuridad) de algún código moral. El tecnólogo
es responsable de su trabajo profesional y es responsable ante todos aquellos que son afectados por él, no
solamente ante su empleador. El tecnólogo que se empeña en agradar tan sólo a su patrón, ignorando los
intereses de todos los demás, es un mero cómplice o instrumento, más que un profesional integro que enfrenta
todas sus responsabilidades, así como el buen político (exitoso o fracasado) hace buen uso del poder, así
también el buen tecnólogo hace buen uso de su conocimiento y de su pericia, que es su uso para bien de la
humanidad. Y esto no es mera retórica, ya que, si queremos sobrevivir, debemos tratar de evitar los desastres,
de magnitud creciente, provocados con ayudad de la tecnología. No me refiero tan sólo a los efectos e la
tecnología intrínsecamente perversa sino también al uso moralmente objetable y técnicamente miope de
tecnología potencialmente buena. Baste mencionar la pavimentación en gran escala de tierras fértiles, la
combustión desenfrenada de combustibles fósiles, la destrucción de bosques para perfeccionar esos catálogos
comerciales llamados periódicos, ye l robo del aire y del agua.
Todo proyecto tecnológico en gran escala tiene un fuerte impacto sobre la naturaleza y la sociedad. (Baste
pensar en los cambios biológicos y sociales producidos por la construcción o dique, sin hablar del rediseño de
una ciudad). Por ello, si se han de minimizar los efectos nocivos de cualquier proyecto de tal magnitud, su
diseño no debiera dejarse exclusivamente en manos de ingenieros, particularmente si éstos están ansiosos por
agradar a sus empleadores (sean éstos empresarios o políticos). La comunidad afectada por el proyecto tiene
el derecho de someterlo al control de otros especialistas, tales como sociólogos aplicados, funcionarios de
salud pública, urbanistas, conservacionistas, etc., al punto de poder vetar al proyecto íntegro si sus efectos
negativos pueden sobrepasar sus beneficios sociales. No se trata de frenar el desarrollo tecnológico sino de
impedir que el progreso en algún respecto (por ejemplo diseño) bloquee en otros respectos.
Dada la estrecha relación entre los aspectos físico, biológico y social de cualquier proyecto tecnológico en gran
escala, la tecnología avanzada y en gran escala no debe ser unilateral, no debe ponerse al servicio de
intereses estrechos, miopes, y libres de control moral: es preciso que dicha tecnología, por ser multilateral,
tenga una orientación social, sea concebida a largo plazo, y sea sujeta a controles morales. Pero nada de esto
será posible mientras el tecnólogo se considere a sí mismo como mero empleado y se escude tras la dirección
económica o política. El tecnólogo, para ser un buen tecnólogo, debe considerarse a sí mismo como delegado
y como líder. En otras palabras, la tecnología competente, socialmente beneficiosa e inspirada moralmente
exige una tecnología global, o sea, el dominio de los expertos en todos los campos de la acción humana. Pero
éste es otro asunto.
72
LIBERACION
73
ANIMAL
CAPÍTULO UNO
TODOS LOS ANIMALES SOMOS IGUALES...
O POR QUÉ LOS DEFENSORES DE LA LIBERACIÓN
DE LOS NEGROS Y DE LAS MUJERES DEBERÍAN APOYAR TAMBIÉN LA LIBERACIÓN
DE LOS ANIMALES
Es posible que la “Liberación de los Animales” suene más a una parodia de otros movimientos
de liberación que aun objetivo serio. La idea de “Los Derechos de los Animales” se usó de hecho, en
otro tiempo, para hacer una parodia del tema de los derechos de las mujeres. Cuando Mary
Wollstonecraft, una precursora de las feministas de hoy, publico su Vindication of the Rights of
Woman en 1792, sus puntos de vista fueron considerados absurdos por una gran parte de la gente, y
antes de que pasara mucho tiempo apareció una publicación anónima titulada A vindication of yhe
Rights of Brutes. El autor de esta obra satírica (ahora se sabe que fue Thomas Taylor, un distinguido
filósofo de Cambridge) intentó rebatir los argumentos de Mary Wollstonecraft demostrando que
podían llevarse más lejos. Si había razón para hablar de igualdad con respecto a las mujeres, ¿por
qué no hacerlo con respecto a los perros, gatos y caballos? El razonamiento parecía también
aplicable a estas “bestias” aunque, por otra parte, sostener que las bestias tenían derechos era
obviamente absurdo; por lo tanto, el razonamiento que condujo a esta conclusión tenía que ser falso,
y si resultaba falso ala aplicarse a las “bestias”, también tenía que serlo al hacerlo con las mujeres,
ya que en ambos casos se habían usado los mismos argumentos.
Para explicar las bases de la igualdad de los animales, sería conveniente empezar por un
examen de la causa de la liberación de las mujeres. Asumamos que queremos defender el tema de
los derechos de las mujeres atacado por Thomas Taylor. ¿Cómo responderíamos?
Un modo de réplica sería decir que no es válido extender el argumento de la igualdad entre
los hombres y las mujeres a los animales no humanos. Las mujeres tienen derecho al voto, por
ejemplo, porque son exactamente capaces de hacer decisiones racionales sobre el futuro como los
hombres; los perros, por otra parte, son incapaces de comprender el significado del voto y por lo
tanto, no pueden tener acceso al mismo. Hay muchas otras formas igualmente obvias de mostrar la
gran semejanza que existe entre los hombres y
las mujeres, mientras que los humanos y los
animales difieren enormemente entre sí. Así pues,
podría decirse que los hombres y las mujeres son
seres similares y que deben tener similares
derechos, mientras que los humanos y los no
humanos son diferentes y no deben tener los
mismos derechos.
El razonamiento que esconde esta réplica
a la analogía de Taylor es correcto hasta cierto
punto, pero no llega lo suficientemente lejos. Hay
diferencias importantes entre los humanos y otros
animales, y estas diferencias tienen que dar lugar
74
a ciertas diferencias en los derechos que tenga cada uno. Sin embargo, reconocer este hecho que es
obvio, no implica que haya una barrera para la extensión del principio básico de igualdad a los
animales no humanos. Las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres son igualmente
innegables, y los defensores de la Liberación de la Mujer son conscientes de que estas diferencias
pueden originar derechos diferentes. Muchas feministas sostienen que las mujeres tienen derecho a
abortar cuando lo deseen. De esto no se infiere que, puesto que estas mismas feministas hacen
campaña para conseguir la igualdad entre los hombres y las mujeres, tengan que defender también
el derecho de los hombres al aborto. Puesto que un hombre no puede tener un aborto, no tiene
sentido hablar de su derecho a tenerlo. Puesto que un perro no puede votar, no tiene sentido hablar
de su derecho al voto. No hay ninguna razón por la que la Liberación de la Mujer o la de los Animales
tengan que complicarse con semejantes necedades. la extensión de un grupo a otro del principio
básico de igualdad no implica que tengamos que tratar a los dos grupos del mismo modo
exactamente, ni tampoco garantiza los mismos derechos a ambos grupos. El que debamos o no
hacer esto, dependerá de la naturaleza de los miembros de los dos grupos. El principio básico de
igualdad no requiere un tratamiento igual o idéntico; requiere una consideración igual. Igual
consideración para seres diferentes puede conducir a diferentes tratamientos y derechos diferentes.
Vemos, por tanto, que hay otra manera de responder al intento de Taylor de parodiar la causa
de los derechos de las mujeres, una manera que no niega las obvias diferencias entre los humanos y
los no humanos, pero que penetra más profundamente en la cuestion de la igualdad y que concluye
sin encontrar nada absurda la idea de que el principio básico de igualdad se aplique a las llamadas
"bestias". Esta conclusión puede parecernos extraña por el momento, pero si examinamos más
detenidamente las bases sobre las que se apoya nuestra oposición a la discriminación por la raza o
el sexo, veremos que no serían muy sólidas si pidiéramos igualdad para los negros, las mujeres y
otros grupos de humanos oprimidos y, simultáneamente, les negáramos a los no humanos una
consideración igual. Para clarificar este punto tenemos que ver primero por qué exactamente son
repudiables el racismo y el sexismo.
Cuando decimos que todos los seres humanos, independientemente de su raza, credo o
sexo, son iguales, ¿qué es lo que estamos afirmando? Los que desean defender las sociedades
jerárquicas no igualitarias han señalado a menudo que, sea cual fuere el método de demostración
elegido, simplemente no es verdad que todos los humanos son iguales. Nos guste o no, tenemos que
reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y
facultades intelectuales diferentes, distintos grados de benevolencia y sensibilidad para con las
necesidades de los demás, diferentes capacidades para comunicarse efectivamente y para
experimentar placer y dolor. Dicho de otro modo, si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la
igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla.
No obstante, uno puede aferrarse a la idea de que la igualdad de los seres humanos se basa
en una igualdad real de las diferentes razas y sexos. Se podría decir que, aunque los humanos
difieren como individuos, no existen diferencias entre las razas y los sexos en cuanto tales. Del mero
hecho de que una persona sea negra o mujer no se puede inferir nada sobre sus capacidades
intelectuales o morales y ésta, podría decirse, es la razón por la que el racismo y el sexismo son
repudiables. El racista blanco alega ser superior a los negros, pero esto es falso, ya que aunque
existen diferencias entre los individuos, algunos negros son superiores en capacidad y facultades a
algunos blancos en todos los aspectos relevantes que puedan concebirse. El oponente del sexismo
diría lo mismo: el sexo de una persona no nos dice nada sobre sus capacidades, y por lo tanto, es
injustificado discriminar sobre la base del sexo.
La existencia de variantes individuales cuya base no sea la raza o el sexo, sin embargo, nos
deja vulnerables frente a un oponente de la igualdad más sofisticado, uno que proponga por ejemplo,
que los intereses de todas las personas cuyos coeficientes de inteligencia sean menores a 100
75
merecen una consideración inferior a los de aquellas otras por encima de 100. Quizás los que no
consiguiesen pasar la prueba fueran, en esa sociedad, esclavos de los que la hubiesen superado.
¿Sería una sociedad jerárquica de este tipo mejor que otra cuya jerarquía se basara en la raza o en
el sexo? No lo creo, pero si limitamos el principio moral de igualdad a la igualdad real de las
diferentes razas y sexos, consideradas en su conjunto, nuestra oposición al racismo y al sexismo no
nos proporciona ninguna base para cuestionar este tipo de no igualitarismo.
Hay otra razón importante por la que no debemos basar nuestra oposición al racismo y al
sexismo en ninguna clase de igualdad real, ni siquiera la que se basa en que las variaciones en las
capacidades y facultades están distribuidas uniformemente entre las diferentes razas y sexos: no
podemos tener una garantía absoluta de que, en efecto, así sea. En lo que se refiere a las
capacidades reales, parece haber ciertas diferencias objetivamente determinables entre las razas y
los sexos, aunque por supuesto, no se muestran en cada caso individual, sino sólo en valores
medios. Todavía más importante: no sabemos aún qué proporción de estas diferencias se debe, de
hecho, a las diferentes dotaciones genéticas de las diversas razas y sexos, y cuál se debe a peores
escuelas, peores viviendas, y demás factores que son resultado de la discriminación pasada y
presente. Es posible que todas las diferencias significativas se lleguen a identificar algún día como
ambientales y no como genéticas, y todo el que se oponga al racismo y al sexismo esperará que sea
así, ya que esto facilitaría mucho la tarea de acabar con la discriminación; pero de todas formas,
sería peligroso que la lucha contra el racismo y el sexismo descansara en la creencia de que todas
las diferencias importantes tienen un origen ambiental. El que tratara de rechazar el racismo por
ejemplo, por esta vía, tendría que acabar admitiendo que si se prueba que las diferencias de
aptitudes tienen alguna conexión genética con la raza, el racismo podría ser defendible en cierto
modo.
Afortunadamente, no hay necesidad de supeditar el tema de la igualdad a un resultado
concreto de la investigación científica. La respuesta adecuada para los que pretenden haber
encontrado evidencia de diferencias de aptitudes entre las razas o los sexos basadas en la genética
no está en aferrarse a la creencia de que la explicación genética tenga que estar equivocada, aunque
existan pruebas de lo contrario, sino más bien en dejar muy claro que el derecho a la igualdad no
depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física, o factores similares. La igualdad es una
idea moral, no la afirmación de un hecho. Lógicamente, no hay ninguna razón de peso para asumir
que una diferencia real de aptitudes entre dos personas justifique ninguna diferencia en cuanto a la
consideración que debamos dar a sus necesidades e intereses. El principio de la igualdad de los
seres humanos no es la descripción de una supuesta igualdad real entre ellos: es una norma de
conducta.
Jeremy Bentham, fundador de la escuela de filosofía moral utilitarista y reformista, incorporó
la base esencial de la igualdad moral a su sistema de ética mediante la fórmula: "Cada persona debe
contar por uno y nadie por más que uno." En otras palabras, los intereses de cada ser afectado por
una acción han de tenerse en cuenta y considerarse tan importantes como los de cualquier otro ser.
Henry Sidgwich, un utilitarista posterior, lo expresó del siguiente modo: "El bien de cualquier individuo
no tiene más importancia, desde el punto de vista (si podemos decirlo) del Universo, que el bien de
cualquier otro". Más recientemente, las figuras más influyentes de la filosofía moral contemporánea
están en general de acuerdo en incluir como un supuesto fundamental de sus teorías morales,
alguna formulación similar que suponga la 1a igual consideración de todos los intereses; en lo que
estos escritores no se ponen de acuerdo en términos generales, es en cómo debe formularse este
requisito.
Este principio de igualdad lleva implícito que nuestra preocupación por los demás y nuestra
buena disposición para considerar sus intereses, no debe depender de cómo sean los otros o de sus
aptitudes. Lo que esta preocupación o consideración requiera de nosotros precisamente puede variar
76
según las características de los afectados por nuestras acciones: el interés por el bienestar de un
niño que crece en América requeriría que le enseñáramos a leer; el interés por el bienestar de un
cerdo puede requerir tan sólo que le dejemos en paz con otros cerdos en un lugar donde haya
suficiente alimento y sitio para que se mueva libremente. Pero el elemento básico—el tener en
cuenta los intereses del ser, independientemente de cuáles sean esos intereses—tiene que
extenderse, segun el principio de igualdad, a todos los seres, negros o blancos, masculinos o
femeninos, humanos o no humanos.
Thomas Jefferson, que fue responsable de la inserción del principio de la igualdad de los
hombres en la Declaración de Independencia Americana, ya tuvo esto en cuenta, lo que le motivó a
oponerse a la esclavitud aún cuando era incapaz de liberarse completamente de su pasado como
propietario de esclavos. En una carta dirigida al autor de un libro que ponía de manifiesto los
considerables logros intelectuales de los negros para rebatir la entonces generalizada opinión de que
sus capacidades intelectuales eran limitadas, escribió lo siguiente:
Puede estar seguro de que nadie en el mundo desea más sinceramente que yo ver una
refutación absoluta de las dudas que he mantenido y expresado sobre el grado de inteligencia con
que les ha dotado la naturaleza, y descubrir que son iguales a nosotros. . . pero cualquiera que sea
su grado de talento, no puede constituirse en la medida de sus derechos. El que Sir Isaac Newton
fuera superior a otros en inteligencia, no le erigió en señor de la propiedad o la persona de otros.
De un modo semejante, cuando a mediados del siglo pasado, en la década de los cincuenta,
surgió el llamamiento en pro de los derechos de las mujeres
en los Estados Unidos, una extraordinaria feminista negra llarnada Sojourner Truth dijo lo
mismo en terminos más duros en una convención feminista:
. . . hablan de esto que tenemos en la cabeza; ¿cómo le llaman? ("Intelecto", susurró al-
guien que estaba cerca). Eso es ¿qué tiene eso que ver con los derechos de las mujeres o de
los negros? Si en mi taza sólo cabe una pinta y en la tuya cabe un cuarto de galón, ¿no pecarías de
mezquindad si no me la dejaras llenar?
La lucha contra el racismo y el sexisno tiene que apoyarse,en definitiva, sobre esta base; y de
acuerdo con este principio, la actitud que podemos llamar "especismo", por analogía con el racismo,
tiene que ser condenada también. El especismo—la palabra no es atractiva, pero no se me ocurre
otra mejor—es un prejuicio o actitud cargada de parcialidad favorable a los intereses de los
miembros de nuestra propia especie y en contra de los de las otras. Debería resultar obvio que las
objeciones fundamentales al racismo y al sexismo de Thomas Jefferson y Sojourner Truth se aplican
igualmente al especismo. Si la posesión de una inteligencia superior no autoriza a un humano a que
utilice a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los humanos a explotar a los no
humanos con la misma finalidad?
Muchos filósofos y escritores han propugnado de una u otra forma como un principio moral
básico la igual consideración de intereses, pero no muchos han reconocido que este principio sea
aplicable, también, a los miembros de otras especies distintas a la nuestra. Jeremy Bentham fue uno
de los pocos que tuvo esto por cierto. En un pasaje con visión de futuro, escrito en una época en que
77
los franceses ya habian liberado a sus esclavos negros, mientras que en los dominios británicos se
les trataba aún como ahora tratamos a los animales, Bentham escribió:
Puede llegar el dia en que el resto de la creacion animal adquiera esos derechos que nunca
se le pudo haber negado de no ser por la acción de la tiranía Los franceses han descubierto ya que
la negrura de la piel no es razón para abandonar sin remedio a un ser humano al capricho de quien
le atormenta. Puede que llegue un día en que el número de piernas, la vellosidad de la piel, o la
terminación del os sacrum sean razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible
al mismo destino. ¿Qué otra cosa hay que pudiera trazar la linea infranqueable? ¿Es la facultad de la
razón, o acaso la facultad del discurso? Mas un caballo o un perro adulto es sin comparación un
animal más racional, y también más sociable, que una criatura de un día, una semana o incluso un
mes. Pero, aún suponiendo que no fuera así, ¿qué nos esclarecería? No debemos preguntarnos:
¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?
En este pasaje, Bentham señala la capacidad de sufrimiento como la característica básica
para atribuir a un ser el derecho a una consideración igual. La capacidad de sufrimiento—o más
estrictamente, de sufrimiento y/o goce o felicidad—no es una característica más como la capacidad
para el lenguaje o las matemáticas superiores. Bentham no está diciendo que los que intentan trazar
"la línea infranqueable" que determina si se deben tener o no en cuenta los intereses de un ser
hayan elegido una característica errónea. Al decir que tenemos que considerar los intereses de todos
los seres con capacidad de sufrimiento o goce, Bentham no excluye arbitrariamente ningún interés,
como hacen los que trazan la línea divisoria en función de la posesión de la razón o el lenguaje. La
capacidad para sufrir y disfrutar es un requisito para tener cualquier otro interés, una condición que
tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar de intereses de una manera significativa. Sería
una insensatez decir que se actúa contra los intereses de una piedra porque un colegial le dé un
puntapié y ruede por la carretera. Una piedra no tiene intereses porque no puede sufrir, y nada que
pudiéramos hacerle afectaría a su bienestar. Un ratón, sin embargo, sí tiene interés en que no se le
haga rodar a puntapiés por un camino porque sufrirá si esto le ocurre.
Si un ser sufre no puede haber ninguna justificación moral para negarse a tomar en
consideración este sufrimiento. El principio de igualdad requiere, independientemente de la
naturaleza del ser que sufra, que su sufrimiento cuente tanto como otro igual --en la medida en que
pueden hacerse comparaciones a grosso modo—de cualquier otro ser. Cuando un ser carece de la
capacidad de sufrir, o la de disfrutar o ser feliz, no hay nada que tener en cuenta. Por lo tanto, la
sensibilidad (entendiendo este término como una simplificación conveniente, aunque no
estrictamente adecuada, para referirnos a la capacidad de sufrir y/o disfrutar) es el único límite
defendible a la hora de sentirnos involucrados en los intereses de los demas. Establecer el límite por
alguna otra característica como la inteligencia o el raciocinio sería introducir la arbitrariedad. ¿Por
qué no situarlo entonces en una característica tal como el color de la piel?
El racista viola el principio de igualdad al dar un peso mayor a los intereses de los miembros
de su propia raza cuando hay un enfrentamiento entre sus intereses y los de otra raza. El sexista
viola el mismo principio al favorecer los intereses de su propio sexo. De un modo similar, el especista
permite que los intereses de su propia especie predominen sobre los intereses esenciales de los
miembros de otras especies. El modelo es idéntico en los tres casos.
La mayoría de los seres humanos es especista. Los capítulos siguientes muestran que seres
humanos corrientes—no unos pocos excepcionalmente crueles o despiadados, sino la gran mayoría
de los humanos— participan activamente, dan su consentimiento y permiten que los impuestos que
pagan se utilicen para financiar un tipo de actividades que requieren el sacrificio de los intereses más
vitales de miembros de otras especies para promover los intereses más triviales de la nuestra.
78
Existe, sin embargo, una defensa del tipo de acciones que se describen en los próximos dos
capítulos que debemos descartar antes de pasar a hablar de las prácticas en sí. Se trata de un
alegato que, si es verdadero, nos permitiría hacer toda clase de cosas a los no humanos por la razón
más insignificante, o sin ninguna razón en absoluto, sin merecer por ello ningún reproche fundado.
Esta opinión sostiene que en ningún caso somos culpables de despreciar los intereses de otros
animales por una razón sencillísima: no tienen intereses. Los animales no humanos carecen de
intereses, según esta perspectiva, porque no son capaces de sufrir, y no es que se quiera decir tan
sólo que no son capaces de sufrir de las múltiples formas en que lo hacen los humanos, por ejemplo,
que una ternera no pueda sufrir por saber que la van a matar en un período de seis meses. Esto no
ofrece lugar a dudas, si bien no libera a los humanos de la acusación de especismo, ya que no
elimina la posibilidad de que los animales sufran de otras formas: haciéndoles recibir descargas
eléctricas o manteniéndoles entumecidos en pequeñas jaulas, por ejemplo. La defensa que voy a
exponer ahora, consistente en afirmar que los animales son incapaces de cualquier tipo de
sufrimiento, es mucho más devastadora, aunque menos plausible. Los animales, según esta opinión,
son autómatas inconscientes, y carecen de pensamientos, sentimientos y vida mental.
Aunque, como veremos en un capítulo posterior, la opinión de que los animales son
autómatas la lanzó el filósofo francés René Descartes en el siglo XVII, es obvio para la mayoría de la
gente, entonces y ahora, que si clavamos sin anestesia un cuchillo afilado en el estómago de un
perro, el perro sentirá dolor. Las leyes en la mayoría de los países civilizados confirman que esto es
así prohibiendo la crueldad gratuita con los animales. Los lectores cuyo sentido común les diga que
los animales sufren, pueden saltarse lo que queda de esta sección y pasar directamente a la página
40, ya que las páginas intermedias se dedican exclusivamente a refutar una postura que no
comparten. Sin embargo, para hacer una exposición completa, hay que incluirla a pesar de ser tan
poco plausible.
¿Sienten dolor los animales, que no son humanos? ¿Cómo lo sabemos? Pues bien, ¿cómo
sabemos si alguien, humano o no humano, siente dolor? Sabemos que nosotros sí lo sentimos por
haberlo experimentado directamente cuando alguien, por ejemplo, aprieta un cigarrillo encendido
contra el dorso de nuestra mano; pero, ¿cómo saber que los demás también lo sienten? No se puede
experimentar el dolor ajeno, tanto si el "otro" es nuestro mejor amigo como si es un perro callejero. El
dolor es un estado de la conciencia, un "suceso mental", y, como tal, nunca puede ser observado.
Comportamientos como retorcerse, gritar o retirar la mano del cigarrillo no son dolor en sí. El dolor es
algo que se siente, y no nos queda más alternativa que inferir que los otros también lo sienten por las
diversas indicaciones externas.
En teoría, siempre podríamos estar equivocados al asumir que otros seres humanos sienten
dolor. Es concebible que nuestro mejor amigo sea, en realidad, un robot muy inteligentemente
construído, controlado por un brillante científico, de forma que manifieste todas las señales de sentir
dolor, pero que de hecho, no sea más sensible que cualquier otra maquina. Nunca podemos estar
completamente seguros de que no sea éste el caso y, sin embargo, mientras éste tema resulta
complejo para los filósofos, nadie tiene la menor duda de que nuestros mejores amigos sienten dolor
exactamente igual que nosotros. Se trata de una deducción, pero es una deducción muy razonable,
dado que está basada en observaciones de su conducta en aquellas situaciones en las que nosotros
sentiríamos dolor, y en el hecho de que tenemos toda la razón al asumir que nuestros amigos son
seres como nosotros, con sistemas nerviosos como los nuestros, que funcionan de un modo similar y
son capaces de generar iguales sentimientos en parecidas circunstancias.
Si está justificado suponer que los otros humanos sienten dolor como nosotros, ¿existe
alguna razón para que no lo estuviera en el caso de otros animales?
Casi todos los signos externos que nos motivan a deducir la presencia de dolor en los
humanos pueden también observarse en las otras especies, especialmente en aquéllas más
79
cercanas a nosotros, como los diversos tipos de mamíferos y las aves. La conducta característica—
sacudidas, contorsiones faciales, gemidos, chillidos u otros sonidos, intentos de evitar la fuente del
dolor, aparición del miedo ante la perspectiva de su repetición, y así sucesivamente—está presente.
Además, sabemos que estos animales poseen sistemas nerviosos muy parecidos a los nuestros, que
responden fisiológicamente como los nuestros cuando el animal se encuentra en circunstancias en
las que nosotros sentiríamos dolor: un aumento inicial de la presión de la sangre, dilatación de las
pupilas, transpiración, aumento de las pulsaciones y, si continúa el estímulo, un descenso de la
presión sanguínea. Aunque los humanos tienen una corteza cerebral más desarrollada que el resto
de los animales, esta parte del cerebro está ligada a las funciones del pensamiento más que a los
impulsos básicos, las emociones y los sentimientos. Estos impulsos, emociones y sentimientos están
situados en el diencéfalo, que está bien desarrollado en otras especies de animales, sobre todo en
los mamíferos y las aves.
También sabemos que los sistemas nerviosos de otros animales no se construyeron
artificialmente para remedar las reacciones de dolor de los humanos, como pudiera construirse un
robot. Los sistemas nerviosos de los animales evolucionaron como los nuestros propios y, de hecho,
en la historia de 1a evolución de los humanos y otros animales, especialmente los mamíferos, no se
diferenciaron hasta después de aparecer los rasgos centrales de nuestros sistemas nerviosos.
Obviamente, la capacidad de sentir dolor aurnenta las probabilidades de supervivencia de la especie,
ya que hace que sus miembros eviten las fuentes del daño. No es sensato, seguramente, suponer
que sistemas nerviosos idénticos fisiológicamente, con un origen y una función similares en su
evolución y que originan formas de comportamiento iguales en similares circunstancias, funcionen de
un modo radicalmente distinto en el plano de los sentimientos subjetivos.
Hace ya tiempo que se acepta como norma en el campo de la ci~ncia el buscar la explicación
más simple posible a cualquier suceso que se esté intentando explicar. Se acude de vez en cuando a
este principio para calificar de "no científicas" a las teorías del comportamiento de los animales que
hacen referencia a sus sentimientos y deseos conscientes, alegando que si la conducta en cuestión
puede explicarse sin invocar a la conciencia o los sentimientos, ésta sería la teoría más simple. Sin
embargo, ahora podemos ver que cuando estas explicaciones se sitúan en el contexto general de la
conducta de los animales humanos y de los no humanos, resultan ser, de hecho, mucho más
compleias que sus contrarias. Sabemos por nuestra propia experiencia que las explicaciones de
nuestro comportamiento que no hagan referencia a la conciencia y al sentimiento de dolor son
incompletas; y resulta más simple suponer que un comportamiento igual en los animales que tienen
sistemas nerviosos similares se explica del mismo modo, que intentar inventar alguna otra
explicación para diferenciar a los humanos de los no humanos a este respecto.
La inmensa mayoría de los cientificos que se han pronunciado sobre este punto están de
acuerdo. Lord Brain, una de las figuras más importantes en neurología, ha dicho:
Personalmente no encuentro ninguna razón para conceder que mis iguales, los humanos,
tienen mente, y negárselo a los animales. . . Al menos, no puedo dudar de que la relación entre los
intereses y actividades de los animales y su conclencia y sentimientos es similar a la que existe en mi
propio caso, y que, por lo que yo sé, hasta puede ser igual de intensa.7
Paralelamente, el autor de un libro reciente sobre el dolor, escribe:
Toda evidencia posible basada en los hechos apoya la tesis de que los vertebrados
mamíferos más desarrollados experimentan sensaciones de dolor al menos tan agudas como las
nuestras. Decir que sienten menos porque son animales inferiores es un absurdo; se puede
80
demostrar fácilmente que muchos de sus sentidos son mucho más agudos que los nuestros: la
agudeza visual en ciertas aves, el oído en la mayoría de los animales salvajes, y el tacto en otros;
éstos animales dependen en la actualidad más que nosotros del conocimiento más completo posible
de un medio hostil. Aparte de la complejidad de la corteza cerebral (que no percibe dolor
directamente), sus sistemas nerviosos son casi idénticos a los nuestros, y sus reacciones ante el
dolor extraordinariamente parecidas, aunque carentes (según mi información) de connotaciones
filosóficas y morales. El elemento emocional es de sobra evidente ante todo en forma de miedo y de
cólera.8
En Gran Bretaña, tres comités diferentes del gobierno, expertos en el tema de los animales,
llegaron a la conclusión de que éstos sienten dolor. Después de señalar las pautas de conducta que
evidencían este punto de vista, el Committee on Cruelty to Wild Animals decia lo siguiente:
. . . creemos que la evidencia fisiológica, y más concretamente la anatómica, justifica
plenamente y refuerza la creencia basada en el sentido común de que los anima'ies sienten dolor.
Y después de señalar el carácter evolutivo del dolor, acababa concluyendo que el dolor tiene
una "clara utilidad biológica" y que esto constituye "un tercer tipo de evidencia de que los animales
sienten dolor". Pasaba entonces, a considerar formas de sufrimiento distintas del simple dolor físico,
y añadía que los miembros del comité estaban "convencidos de que los animales sufren de miedo y
terror agudos". En 1965, los informes de los comités del gobierno inglés sobre experimentos
realizados con animales, y sobre el estado de los animales sometidos a métodos de producción
intensiva, estaban de acuerdo con esta tesis, concluyendo que los animales tienen capacidad para
sufrir no sólo por daños físicos directos, sino por miedo, ansiedad, tensión, etc.9
Podriamos considerar que esto es suficiente para poner fin a la controversia; pero hay todavía
otra objeción que merece nuestra consideración. Existe, pese a todo, una pauta de conducta de los
humanos cuando sienten dolor, de la que carecen los no humanos. Se trata de un lenguaje
desarrollado. Otros animales se pueden comunicar entre sí, pero no según parece, en la complicada
forma en que lo hacemos nosotros. Algunos filósofos, incluido Descartes, pensaron que es
importante el hecho de que los humanos puedan contarse su experiencia del dolor con gran detalle,
en tanto que otros animales no pueden. (Es interesante resaltar que esta linea divisoria entre los
humanos y las otras especies, clara en otro tiempo. hoy está poniéndose en duda a causa del
descubri miento de que a los chimpancés se les puede enseñar un lenguaje.) 10 Pero, como
Bentham señaló hace mucho tiempo, la facultad de utilizar un lenguaje no es relevante a la hora de
decidir el trato que se debe a un ser, a menos que esa facultad pueda ligarse a su capacidad de
sufrimiento, en cuyo caso la ausencia de un lenguaje podria hacer dudar de la existencia de esta
capacidad.
Este nexo se puede abordar por dos vías. Primero, existe una vaga trayectoria de
pensamiento filosófico, proveniente quizás de ciertas doctrinas asociadas al influyente filósofo Ludwig
Wittgenstein, que mantiene que no podemos atribuir estados de conciencia a seres sin lenguaje. Esta
postura no me parece plausible, ya que el lenguaje puede ser necesario para el pensamiento
abstracto, al menos a un cierto nivel, pero estados como el dolor son más primitivos, y no tienen
nada que ver con el lenguaje.
La segunda vía, más facilmente comprensible, de enlazar el lenguaje con la existencia del
dolor consiste en decir que la mejor evidencia que tenemos de que otra criatura sufre dolor es
81
cuando nos lo dice. Este es un argumento de otro tipo. Porque no niega que quienes carezcan de
lenguaje puedan sufrir, sino solamente el que jamás podamos tener suficientes razones para creer
que están sufriendo. Con todo, este tipo de argumento también fracasa. Como ha señalado Jane
Goodall en su estudio sobre chimpancés, In the Shadow of Man, cuando se trata de la expresión de
sentimientos y emociones, el lenguaje es menos importante que en otros aspectos. Tendemos a
replegarnos en modos de comunicación no linguísticos, como animosos golpecillos en la espalda, un
abrazo exhuberante, apretones de manos, etc. Los signos básicos que usamos para transmitir el
dolor, el miedo, la cólera, el amor, la alegría, la sorpresa, la excitación sexual, y tantos otros estados
emocionales no son específicos de nuestra propia especie.
Charles Darwin realizó un amplio estudio sobre este tema, y el libro en que lo expone, The
Expression of Emotions in Man and Animals, señala innumerables modos de expresión no
linguísticos. La afirmación: "siento dolor" puede servir de evidencia para concluir que el que lo dice lo
siente, pero no es la única posible, y puesto que la gente a veces cuenta mentiras, ni siquiera es la
mejor.
Incluso si hubiera mejores razones para negarse a atribuir dolor a los que carecen de
lenguaje, las consecuencias de esta negación podrían llevarnos a rechazar la conclusión. Los recién
nacidos y los niños pequeños son incapaces de usar el lenguaje. ¿Vamos a negar que un niño de un
año pueda sufrir? Si no lo hacemos, el lenguaje no puede ser crucial. Por supuesto que la mayoría
de los padres entiende mejor las respuestas de sus hijos que las de otros animales; pero esto es
simplemente consecuencia del mayor conocimiento que tenemos de nuestra propia especie, y del
mayor contacto que mantenemos con los niños pequeños, en comparación con los animales. La
gente
que ha estudiado la conducta de otros animales, y los que tienen animales caseros, pronto
aprenden a entender sus respuestas tan bien como entendemos las de un niño, y a veces mejor. Lo
que cuenta Jane Goodall sobre los chimpancés que observó es un ejemplo de esto, pero lo mismo
puede decirse de los que han observado especies menos cercanas a la nuestra. Dos ejemplos entre
los muchos posibles son las obser vaciones de gansos y grajos de Konrad Lorenz, y los intensos
estudios de Tinbergen con gaviotas. Del mismo modo que podemos entender el comportamiento
humano de un niño pequeño a la luz del de un adulto, podemos entender el comportamiento de otras
especies a la luz del nuestro propio, y algunas veces entendemos mejor el nuestro a la luz del de
otras especies.
Por lo tanto, concluimos: no hay razones convincentes, cientificas ni filosóficas, para negar
que los animales sienten dolor. Si no dudamos que otros humanos lo sienten, tampoco deberíamos
dudar que lo slenten otros animales.
Los animales pueden sentir dolor. Como vimos antes, no puede haber justificación moral para
considerar el dolor (o el placer) que sienten los animales menos importante que el sentido por los
humanos con la misma intensidad. Pero, ¿a dónde nos lleva esta afirmación en términos prácticos?
Para evitar confusiones, dedicaré un poco más de tiempo a describir lo que esto significa.
Si doy una fuerte palmada en la nalga a un caballo, puede que lo haga levantarse, pero
seguramente sentirá poco dolor debido a que tiene una piel suficientemente gruesa para protegerle
de una simple palmada, aunque sea fuerte. Si hago lo mismo con unniño, sin embargo, llorará y
seguramente sentirá dolor porque su piel es más sensible. Por tanto, es peor pegar a un niño que a
un caballo, si las bofetadas se administran con la misma fuerza. Pero tiene que haber algún tipo de
golpe —no sé exactamente cuál, pero quizás uno asestado con un palo grueso—que cause al
caballo tanto dolor como a un niño al que golpeáramos con la mano. Esto es lo que quiero decir
cuando me refiero a "la misma intensidad de dolor", y si consideramos que está mal causar ese dolor
a un niño sin ninguna razón convincente, tenemos que considerarlo igualmente, a no ser que seamos
82
especistas, cuando se trata de un caballo, aunque en este caso, el golpe habría de ser mayor para
que causara el mismo dolor.
Existen otras diferencias entre los humanos y los animales que dan lugar a nuevas
complicaciones. Los seres humanos adultos normales tienen unas capacidades mentales que, en
determinadas circunstancias, les harán sufrir más de lo que sufren los animales en ocasiones
similares. Si por ejemplo, decidiéramos utilizar humanos adultos normales para experimentos
científicos dolorosos o letales, secuestrándolos al azar en los parques públicos con este fin, todos los
adultos que entraran en un parque tendrian miedo de ser secuestrados, y este terror sería una forma
de sufrimiento adicional al dolor del experimento. Los mismos experimentos, realizados con animales
no humanos, causarían menos sufrimiento, puesto que los animales no temerían ser secuestrados y
hechos objeto de experimentos. Sin embargo, esto no quiere decir que esté bien realizar el
experimento con los animales, sino que no hay una razón que no sea especista para preferir el uso
de los animales al de los adultos humanos normales, en caso de que se haga tal experimento. Por
otra parte, debemos señalar que este mismo argumento nos proporciona una base para preferir la
utilización de niños muy pequeños —huérfanos quizás—o humanos retrasados mentales para los
experimentos, en lugar de adultos, ya que ni unos ni otros tendrían ni idea de lo que les iba a
suceder. Por lo que respecta a este argumento, los animales no humanos, los bebés y los retrasados
mentales se encuentran en una misma categoría; y si es éste el argumento que utilizamos para
justificar los experimentos con animales no humanos, tenemos que preguntarnos también, si
estamos dispuestos a permitirlos con los otros dos grupos; y si establecemos una distinción entre los
animales y estos humanos, ¿sobre qué base se apoya, sino sobre una preferencia mal disimulada—y
moralmente indefendible—por los miembros de nuestra propia especie?
Hay muchos aspectos en los que las superiores capacidades mentales de los humanos
marcan una diferencia: la anticipación, una memoria más detallada, un mayor conocimiento de lo que
sucede, etc., si bien no todas estas diferencias implican un mayor sufrimiento por parte del ser
humano normal. Algunas veces, un animal puede sufrir más debido a que tiene un poder de
comprensión más limitado. Si, por ejemplo, en tiempo de guerra capturamos a unos prisioneros,
podemos explicarles que, aunque tienen que someterse a la captura, los interrogatorios y la prisión,
no se les causarán otros daños y serán puestos en libertad cuando concluyan las hostilidades. Si
capturamos a un animal salvaje, sin embargo, no podemos explicarle que no estamos amenazando
su vida. Un animal salvaje no puede distinguir el intento de domar y confinar del de matar, y le
causaría tanto terror uno como otro.
Puede objetarse que es imposible hacer comparaciones entre los sufrimientos de las
diferentes especies, y que por esta razón, el principio de igualdad no sirve cuando se enfrentan los
intereses de los animales y los de los humanos. Probablemente sea cierto que comparar el
sufrimiento de los miembros de especies diferentes no es tarea que pueda hacerse de un modo
preciso, pero la precisión no es esencial. Incluso si evitáramos hacer sufrir a los animales sólo en
aquellos casos en que los intereses de los humanos se vieran afectados en menor grado que los
suyos, nos veríamos forzados a cambiar radicalmente el trato que les damos, incluyendo nuestra
alimentación, las técnicas pecuarias que utilizamos, los procedimientos experimentales en muchos
campos de la ciencia, nuestra visión de la vida animal y de la caza, de los adornos y las pieles, y
entretenimientos como los circos, los rodeos y los zoológicos. El resultado de estos cambios sería
haber evitado una gran cantidad de sufrimiento.
Hasta ahora sólo me he referido al sufrimiento que imponemos a los animales, y he omitido
deliberadamente hablar del hecho de que los matemos. La aplicación del principio de igualdad a la
imposición de sufrimiento es, al menos en teoría, bastante clara. El dolor y el sufrimiento son malos y
deben evitarse o minimizarse, independientemente de la raza, el sexo, o la especie del ser que sufre.
83
El dolor se mide por su intensidad y duración, y los dolores de una misma intensidad y duración son
igualmente nocivos para los humanos que para los animales.
Resulta más complejo pronunciarse sobre la maldad de matar a otro ser. He puesto, y seguiré
poniendo, la cuestión de matar en último término, porque en el estado actual de tiranía humana sobre
otras especies, el principio simple y claro de exigir una consideración igual con respecto al dolor y al
placer es base suficiente para identificar los abusos más esenciales que cometen los humanos con
los animales y para protestar contra ellos. Sin embargo, se hace necesario decir algo sobre el hecho
de matar.
Del mismo modo que la mayoría de los humanos son especistas por su disposición a causar
un dolor a los animales que no causarían a los humanos con el mismo motivo, también lo son por su
disposición a matar a otros animales por razones por las que no matarían a seres humanos. Sin
embargo, es necesario proceder más cautelosamente aquí, ya que la gente sostiene puntos de vista
muy variados sobre cuándo es legítimo matar a los humanos, como lo demuestran los continuos
debates acerca del aborto y la eutanasia. Tampoco los moralistas se han puesto de acuerdo en por
qué exactamente está mal matar a los humanos, ni en qué circunstancias puede estar justificado
matar a un ser humano.
Vamos a considerar primero el punto de vista de que siempre está mal privar de la vida a un
ser humano inocente, punto de vista al que nos referiremos como el de la "santidad de la vida",
aunque, por el hecho de que los que lo mantienen no suelen oponerse en cambio, a matar a los no
humanos, quizá sea mas correcto describirlo como el de la "santidad de la vida humana".
La creencia de que la vida humana, y sólo ella, es sacrosanta, es una forma de especismo.
Para comprender esto, vamos a considerar el ejemplo siguiente.
Supongamos que, como sucede a veces, un niño nace con una grave e irreparable lesión
cerebral. La gravedad de la lesión es tal que el niño nunca podría ser otra cosa que un "vegetal
humano", incapaz de hablar, de reconocer a la gente, de actuar independientemente de los demás, o
de desarrollar un sentido de auto-consciencia. Los padres del niño, dándose cuenta de que no hay
esperanzas de que mejore su condición, y no estando dispuestos a gastarse, o a pedir que se gaste
el Estado, los miles de dólares que se necesitarian anualmente para proporcionar un cuidado
adecuado al niño, piden al médico que lo mate sin dolor.
¿Debe hacer el médico lo que le piden los padres? Legalmente no, y en este caso, la ley
refleja el punto de vista de la santidad de la vida: la vida de todo ser humano es sagrada. Sin
embargo, quienes opinarían así sobre este recién nacido no tienen nada que objetar al acto de matar
a animales no humanos. ¿Cómo pueden justificarse tan dispares valoraciones? Los chimpancés
adultos, los perros, los cerdos, y muchas otras especies superan con mucho a este recién nacido con
lesión cerebral en su capacidad para relacionarse con los demás, para actuar de un modo
independiente, para tener conciencia de sí mismos y en cualquier otra capacidad que pudiera
pensarse que confiera valor a la vida. A pesar de los tratamientos más intensivos posibles, hay niños
retrasados que nunca pueden adquirir la inteligencia de un perro. Tampoco podemos apelar al afecto
de los padres de la criatura, ya que, en este caso imaginario (y en algunos casos reales), son ellos
los que no quieren que el niño viva.
Lo único que distingue al recién nacido del animal, a los ojos de los que claman que tiene
"derecho a la vida", es que, biológicamente, es un miembro de la especie Homo Sapiens, mientras
que los chimpancés, los perros y los cerdos no lo son. Pero, utilizar esta diferencia como base para
garantizar al niño y no a otros animales el derecho a la vida es, por supuesto, puro especismo.No se
trata exactamente del mismo tipo de diferenciación arbitraria que usa el racista más burdo y
descarado al intentar justificar su discriminación racial.
84
Esto no significa que para evitar el especismo, tengamos que mantener que es igualmente
condenable matar a un perro que matar a un ser humano normal. La única postura
irremediablemente especisista en aquella que sitúa el limite del derecho a la vida exactamente donde
está el de nuestra propia especie. Los que mantienen el enfoque de la santidad de la vida caen en
esto, ya que, aunque hacen una distinción matizada entre los humanos y el resto de los animales, no
permiten que se haga ninguna dentro de nuestra propia especie, oponiéndose a que se dé muerte
tanto a las personas muy retrasadas mentalmente y a las que padecen un estado avanzado de
chochez como a los adultos normales.
Para no ser especistas tenemos que permitir que los seres que son semejantes en todos los
aspectos relevantes tengan un derecho similar a la vida, y simplemente el hecho de pertenecer a
nuestra especie biológica no puede ser un criterio de peso, desde el punto de vista moral, para
obtener este derecho. Dentro de estos límites, no obstante, podríamos mantener, por ejemplo, que
es peor matar a un adulto humano normal, con capacidad de autoconciencia, de planear el futuro y
de tener relaciones significativas con otros, que matar a un ratón que, presuntamente, carece de
todas estas características, o podríamos apelar a los estrechos lazos familiares y personales de otro
tipo que tienen los humanos y no en cambio, los ratones, al menos en el mismo grado; o podríamos
pensar que lo que establece una diferencia crucial son las consecuencias derivadas para otros
humanos, quienes temerían por sus propias vidas, o también que es una combinación de estos
factores o de otros no enumerados aquí.
Cualesquiera que sean los criterios que elijamos, sin embargo, tendremos que admitir que no
van a situarse siempre precisamente en la línea divisoria que separa a nuestra especie de las
demás. Es legítimo aducir que hay algunos rasgos de ciertos seres que hacen que sus vidas sean
más valiosas que las de otros; pero habrá, sin duda, algunos animales no humanos, cuyas vidas, sea
cual fuere el standard utilizado, sean más valiosas que las de algunos humanos. Un chimpancé, un
perro o un cerdo, por ejemplo, tendrán un grado mayor de auto-conciencia y una capacidad más
grande para establecer relaciones significativas con otros que un recién nacido muy retrasado
mentalmente o alguien en estado avanzado de demencia senil Por lo tanto, si basamos el derecho a
la vida en estas características tenemos que garantizárselo a estos animales no en menor medida, o
incluso en mayor, que a ciertos humanos retrasados o con debilidad senil.
Ahora bien, este argumento tiene un doble filo. Por un lado, podría interpretarse en el sentido
de que los chimpancés, los perros y los cerdos, junto con alguna otra especie, tienen derecho a la
vida, y que cometemos una grave transgresión moral si los matamos, aún cuando sean viejos y
sufran por ello y nuestra intención sea la de acabar con la miseria en que se encuentran.
Alternativamente, se podría considerar este argumento como prueba de que los discapacitados
psíquicos más graves y las personas en estado de demencia senil sin esperanza no tienen ningún
derecho a la vida y que se les puede dar muerte por razones completamente triviales, como ahora
hacemos con los animales.
Puesto que este libro gira en torno a cuestiones de ética referentes a los animales y no sobre
la moralidad de la eutanasia, no voy a intentar dar aquí una solución a este problema. Sin embargo,
creo que queda bastante claro que, aunque las dos posturas que acabamos de describir evitan el
especismo, ninguna es absolutamente satisfactoria. Lo que nos hace falta es una postura intermedia
que evite el especismo, pero que no convierta las vidas de los discapacitados psíquicos y de los
ancianos con demencia senil en algo tan despreciable como lo son ahora las de los cerdos y los
perros, ni tampoco convierta a éstas en algo tan sacrosanto que creyéramos que está mal poner fin a
su miseria aunque no tenga remedio. Lo que tenemos que hacer es ampliar nuestra esfera de
preocupación moral hasta comprender a los animales no humanos y cesar de tratar sus vidas como
algo utilizable para cualquier finalidad trivial que se nos ocurra. Al mismo tiempo una vez que
tomemos conciencia de que el hecho de que un ser pertenezca a nuestra especie no es en sí
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suficiente para convertir siempre en un acto condenable el darle muerte, podemos empezar a
reconsiderar nuestra política de preservar las vidas humanas cueste lo que cueste, incluso en los
casos en que no hay expectativas de una vida consciente ni de una existencia sin sufrir dolores
insoportables.
Concluimos, entonces, que rechazar el especismo no implica que todas las vidas sean de
igual valor. Aunque la auto-conciencia, la inteligencia, la capacidad para mantener relaciones
significativas con otros, etc., no tienen relevancia a la hora de causar dolor —ya que el dolor se da
con independencia de las capacidades que pueda tener el ser excepto la de sentirlo— sí pueden
tenerla cuando se trata de la privación de la vida. No es arbitrario pensar que la vida de un ser auto-
consciente, con capacidad de pensamiento abstracto, de proyectar su futuro, de complejos actos de
comunicación, etc., es más valiosa que la vida de un ser sin estas capacidades. Para ver la
diferencia que hay entre el hecho de causar dolor y el de privar una vida, consideremos cómo
actuaríamos dentro de nuestra propia especie. Si tuviéramos que ele gir entre salvar la vida de un
humano normal o la de un discapacitado psíquico, probablemente elegiríamos salvar al normal; pero
si el dilema consistiera en evitar dolor tan sólo a uno de ellos—imaginemos que ambos habían
recibido lesiones dolorosas pero superficiales, y sólo teníamos anestesia suficiente para uno—no
está en absoluto tan claro cómo debíamos actuar. Lo mismo sucede cuando consideramos otras
especies.
El mal que causa el dolor no depende en modo alguno de las otras características del ser que
lo siente, mientras que el valor de la vida sí se ve afectado por estas características.
Normalmente, esto significaría que si tuviéramos que decidirnos entre la vida de un ser
humano y la de otro animal, elegiríamos salvar la del humano; pero puede haber casos especiales en
que pudiera mantenerse lo contrario, debido a que el ser humano en cuestión no gozara de la
capacidad de uno normal. Así, lo que a primera vista podría calificarse de especismo, no lo sería, ya
que la preferencia, en los casos normales, por salvar una vida humana en vez de la de un animal
cuando hay que elegir entre las dos, está basada en las características que tienen los humanos
normales, y no en el simple hecho de que sean miembros de nuestra propia especie. Y es por esta
razon por la que cuando nos referimos a los miembros de nuestra especie que carecen de las
características de los humanos normales, ya no podemos mantener que sus vidas tengan que ser
preferidas necesariamente a las de otros animales. Este tema vuelve a surgir en el capítulo siguiente
referido a un caso práctico. De un modo general, sin embargo, la pregunta de si está mal o no, matar
(sin dolor) a un animal, no requiere ser contestada por nosotros de un modo preciso. En tánto
recordemos que debemos respetar igualmente las vidas de los animales que las de los humanos con
un nivel mental similar, no estaremos muy errados.
En cualquier caso, las conclusiones defendidas en este libro se desprenden exclusivamente
del principio de minimizar el sufrimiento. La idea de que también está mal matar a los animales sin
dolor confiere un apoyo adicional a estas conclusiones y, por ello, es bienvenida; pero no es en
absoluto necesaria. No deja de ser curioso que esto sea incluso aplicable a la convicción de que
debemos ser vegetarianos, convicción que, vulgarmente y de un modo general, se basa en algún tipo
de prohibición absoluta de matar.
Puede que el lector tenga ya listas algunas objeciones a la postura que defiendo en este
capítulo, ¿qué propongo, por ejemplo, que se haga con los animales que puedan causar algún daño
a los humanos? ¿Debemos intentar impedir que los animales se maten unos a otros? ¿Cómo
sabemos que las plantas no pueden sentir dolor?, y si lo sienten, ¿tenemos que morirnos de
hambre? Para no interrumpir el tema del argumento principal he preferido comentar éstas y otras
objeciones en un capítulo aparte, de forma que el lector que esté impaciente por saber cuáles son las
respuestas puede saltarse el orden y mirar el capítulo 6.
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Los dos capítulos siguientes exploran dos ejemplos de especismo en la práctica. Me he
limitadc únicamente a dos ejemplos por preferir que se hiciera un examen más a fondo, aunque de
esta forma al libro le falte por completo la exposición de otras actividades relevantes y que se deben
exclusivamente a que no nos tomamos en serio los intereses de otros animales. Se trata de
actividades del tipo de la caza, bien como deporte o para obtener pieles; la cría de visones, zorros y
otros animales por su piel; la captura de animales salvajes (frecuentemente después de matar a sus
madres) y su encierro en pequeñas jaulas para que los humanos los contemplen descaradamente; el
tormento a que se somete a los animales para que aprendan trucos en los circos, y atormentarlos
para que sirvan de entretenimiento en los rodeos, la matanza de ballenas con arpones explosivos; y
la ignorancia en general de los intereses de los animales a medida que extendemos nuestro imperio
de cemento y contaminación sobre la superficie del globo.
Si bien no voy a mencionar ninguna de estas actividades, he escogido unos ejemplos que son
formas
de especismo muy importantes. No he seleccionado ejemplos aislados de crueldad, como los
que reveló The New York Times con tanto despliegue tipográfico en el verano de 1974 sobre la
existencia de peleas organizadas de perros. La mayor parte de la gente no siente la menor
implicación en este tipo y hechos aislados. Y, aunque los lectores del The New York Times sin duda
pensaron que esto era horrible y que debería suprimirse, después siguieron como si nada hubiera
pasado.
Las actividades que analizamos en los dos capítulos siguientes son de otro carácter. Primero,
no afectan solamente a los pocos cientos de animales que pueden haber sufrido en las peleas de
perros, sino a decenas de millones de animales en un caso, y a miles de millones en el otro, cada
año. Segundo, no podemos pretender que no tenemos nada que ver con estos hechos. Uno de
ellos—la experimentación con animales—la promueve el gobierno que hemos elegido y está
financiado en gran parte por los impuestos que pagamos. El otro—la producción animal como medio
de procurarnos alimento—sólo es posible porque la mayoría de la gente compra y come los
productos que se obtienen de este modo. Ésta es la razón por la que he elegido estas formas
concretas de especismo para nuestro objetivo, ya que son las centrales. Originan más sufrimiento a
un mayor número de animales que cualquier otra cosa que hacen los humanos. Para acabar con
ellas, tenemos que cambiar las directrices de nuestro gobierno, y también, nuestras propias vidas, en
la medida en que se vean afectadas por un cambio de alimentación. Si estas formas de especismo,
oficialmente promovidas y casi aceptadas universalmente, pueden abolirse, la abolición de otras
prácticas especistas no puede andar muy lejos.
LE CONTRACT
( EL CONTRATO DEL CAPITALISMO )
CLÁUSULA1ª:
Yo acepto la búsqueda del confort como el fin supremo de la humanidad, y la
acumulación de riquezas como el mayor logro en nuestra vida. Cuanto más infeliz
sea, más consumiré, y así
contribuiré al buen
funcionamiento del sistema.
CLÁUSULA 2ª:
Yo acepto que la investigación
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relacionada con mi salud esté en manos de empresas cuya única motivación es generar beneficios. No me preocupa que las farmacéuticas
financien los congresos de medicina y que controlen así la información que les llega a mis médicos. Confío en la industria farmacéutica, y
en gente como Donald Rumsfeld, accionista y ex presidente de la farmacéutica que desarrolló el Tamiflú. No creo que sean capaces de
crear virus como el de la gripe A para forrarse de dinero.
CLÁUSULA 3ª:
Yo acepto dejar mi salario a los bancos para que ellos lo inviertan en aquellas actividades que más dinero generen, independientemente de
su moralidad o de su impacto ambiental. Asumo que las inversiones más lucrativas son las que explotan a los ciudadanos de los países en
desarrollo y respaldo por completo estas actuaciones.
CLÁUSULA 4ª:
Yo acepto que las autoridades guarden todos los datos sobre mí que tengan. Confío en ellos y
no me importa llevar DNI con microchip, ni dar mi huella ocular al entrar en otro país, ni tener
que enseñar el contenido de mi ordenador en aeropuertos.
CLAÚSULA 5ª:
Yo acepto los paraísos fiscales para que ricos y delincuentes no paguen los impuestos que yo
sí pago.
CLÁUSULA 6ª:
Yo acepto que los bancos internacionales presten mi dinero a países que quieren armarse para
ir a la guerra, y que puedan elegir dónde se libran las guerras.
Soy consciente de que lo mejor es financiar a ambos bandos para que el conflicto dure el mayor
tiempo posible, no sólo para ganar más dinero sino para luego puedan hacerse con sus
recursos cuando no puedan devolver los créditos.
CLÁUSULA 7ª:
Yo acepto que la publicidad me cuente mentiras y que me haga desear cosas, que cuando consigo, me aportan poco.
CLÁUSULA 8ª:
Yo acepto que se guarden todos mis e-mails durante 5 años aunque yo los borre. Y que empresas como Yahoo den acceso a las cuentas a
las autoridades chinas, permitiendo así detener a disidentes.
Yo acepto la última tecnología descubierta que permite que los móviles puedan retransmitir lo que oyen aun cuando su dueño lo haya
apagado.
CLAÚSULA 9ª:
Yo acepto que el poder esté en manos de las personas más ambiciosas y con menos escrúpulos.
CLÁUSULA 10ª:
Yo acepto que los partidos políticos aglutinen a lo peorcito del país y que cada 5 años me cuenten lo que saben que quiero oír, para llegar
al poder.
CLÁUSULA 11ª:
Yo acepto que los medios de comunicación estén concentrados en las manos de grandes poderes económicos, puesto que sé que harán
un buen uso de ellos. Acepto creerme sólo lo que los medios dicen y pensar que lo que se dice fuera de ellos son bulos para gente inculta
y crédula. Yo acepto esta matriz en la que me han colocado para que no pueda ver la realidad de las cosas. Sé que lo hacen por mi bien.
CLÁUSULA12ª:
Yo acepto que las noticias recopilen lo peor que ha pasado en el planeta ese día, para que me sienta impotente y piense que no hay nada
que hacer. Sé que alimentar el miedo ,la rabia y la desesperación es lo mejor que pueden hacer por nosotros porque creer que se puede
cambiar algo es peligroso.
CLÁUSULA 13ª:
Yo acepto las versiones de los acontecimientos que me dan los medios y apoyo todas las divisiones entre seres humanos que me quieran
contar los gobiernos. De esta forma podré focalizar mi cólera hacia los enemigos diseñados por ellos, y no me
opondré a acciones bélicas que respondan a intereses político-ecónómicos.
CLÁUSULA 14ª:
Yo acepto que se condene a muerte al prójimo, y se nos aliente a acabar con él, siempre que su gobierno haya sido declarado por el
nuestro como su enemigo.
CLÁUSULA 15ª:
Yo acepto que se desechen toneladas de comida para que no bajen los precios internacionales. Me parece mejor que ofrecérselos a los
cientos de miles de personas mueren de hambre cada año.
CLÁUSULA 16ª:
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Me parece bien que haya países como Haití, donde a falta de otra cosa, comen galletas hechas con tierra.
Como todos somos egoístas, estoy convencido de que en el fondo todos estamos de acuerdo con esta situación.
CLÁUSULA 17ª:
Yo acepto que…
- la felicidad es confort
- el amor es sexo
- Y la libertad es tener dinero para poder satisfacer todos mis deseos.
CLÁUSULA 18ª:
Yo acepto que se hagan guerras por motivaciones económicas como el petróleo, reactivar la economía o dar salida a los stocks de armas
obsoletas (Como Afganistán, por ejemplo). Hay que hacer lo que sea para mantener el sistema en marcha, porque es sin duda el mejor de
los posibles.
CLÁUSULA 19ª:
Yo acepto comer carne bovina tratada con hormonas sin que exista obligación legal de indicarlo en ninguna etiqueta. Yo acepto servir de
cobaya y comer carne de animales engordados con transgénicos, para comprobar si aparece alguna anomalía en nuestra especie a largo
plazo.
CLÁUSULA 20ª:
Yo acepto que los vegetales que ingiero hayan recibido pesticidas y herbicidas
tóxicos para mi salud, siempre que no usen demasiado. Yo acepto que se utilicen
todo tipo de aditivos químicos en mi alimentación, puesto que estoy convencido de
que si los añaden, es porque saben que no tiene ninguna consecuencia a largo
plazo.
CLÁUSULA21ª:
Yo acepto que los transgénicos se expandan por todo el planeta, y que las
multinacionales agroalimentarias que patentan seres vivos acumulen ingentes
dividendos por ellos y controlen la agricultura mundial. Estoy convencido de que es
moral especular con el precio de los alimentos, como se ha hecho con la vivienda,
porque el sistema de mercado garantiza que los recursos se distribuyan de forma
eficiente.
CLÁUSULA 22ª:
Yo acepto pagar el precio más bajo posible por la carne de los animales que
compro, por lo que me parece bien que los traten mal, con tal de abaratar su carne.
Al fin y al cabo somos una especie superior. En consecuencia, si viniese otra especie superior de otro
planeta, me parecería lógico que hiciesen lo mismo con nosotros.
CLÁUSULA 23ª:
Yo acepto la política de «revolting doors» (puertas giratorias). Sé que los directivos de organismos
internacionales como la OMS, la OIT, el FMI y el Banco Mundial son ex-empleados de grandes
corporaciones, que saben que «portándose bien» volverán a esas corporaciones al año siguiente ganando
cantidades astronómicas.
CLÁUSULA 24ª:
Yo acepto la hegemonía del petróleo en la economía, a pesar de ser una energía costosa y contaminante, y estoy de acuerdo en impedir
cualquier tentativa de sustitución, puesto que la implantación de los métodos de energía libre ya descubiertos y silenciados serían una
catástrofe para el sistema.
CLÁUSULA 25ª:
Yo acepto que el valor de una persona dependa de su capacidad para generar dinero y de si aparece o no en la tele. Tomaré como mis
referentes personales las personas que aparecen en la televisión, e intentaré ser como ellos.
CLÁUSULA 26ª:
Yo acepto que se paguen fortunas a deportistas y a actores, para convertirlos en nuestros modelos a imitar. Me parece totalmente lógico
que se pague muy poco a los profesores que se encargan de formar a las generaciones futuras o a científicos, médicos y enfermeras que
salvaran vidas.
CLÁUSULA 27ª:
Yo acepto que las multinacionales no apliquen las conquistas sociales de occidente en los países desfavorecidos. Apoyo que haya niños
trabajando, con tal de que los productos que compro tengan el precio más bajo posible.
CLÁUSULA 28ª:
Yo acepto que los mayores sean considerados un estorbo y no sean nunca nuestro modelo, puesto que como civilización más avanzada
del planeta (y del universo, ya que es imposible que existan más) sabemos que la experiencia no tiene ningún valor.
CLÁUSULA 29ª:
Yo acepto la competencia como base de nuestro sistema, aun cuando soy consciente de que este funcionamiento engendra frustración y
cólera para la mayoría. Sustituir la competencia por la colaboración sería un error.
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CLÁUSULA 30ª:
Yo acepto usar aquello más valioso que tengo, mi tiempo, en hacer un trabajo que no me gusta, para poder comprar muchas cosas con las
que evadirme de esta vida tan vacía que llevo.
CLÁUSULA 31ª:
Yo acepto la destrucción de los bosques y la desaparición de especies naturales. Me parece lógico contaminar y dispersar al aire venenos
químicos, así como enterrar residuos radioactivos que no estarían a salvo de un gran terremoto.
CLÁUSULA 32ª:
Aunque nuestra historia está plagada de conspiraciones políticas y políticos ambiciosos, yo acepto que ahora todo ha cambiado y que
nuestros dirigentes sólo buscan nuestro bien. Las organizaciones secretas de políticos y grandes magnates como el club Bilderberg, la
Trilateral o el Comité de los 300 no existen y nadie está intentando establecer un gobierno mundial a través de los organismos
internacionales.
CLÁUSULA 33ª:
Yo acepto que el sistema actual es el mejor de los posibles.
Se ha pasado la época de los grandes ideales. En el mundo deben mandar las personas sensatas y realistas que cuidan por mantener el
sistema.
Tengo miedo de que las cosas cambien porque los soñadores sólo traen problemas e inestabilidad.
CLÁUSULA 34ª:
Yo acepto esta situación y admito que ni yo ni nadie puede hacer nada para cambiarla.
CLÁUSULA 35ª:
Yo acepto no hacer preguntas, cerrar los ojos a esto y no oponerme a nada, puesto que estoy suficientemente ocupado con mis propios
problemas. Yo acepto incluso defender este contrato con mi vida, puesto que tengo miedo al cambio.
CLÁUSULA 36ª:
Yo acepto ser una pieza de un sistema, adaptarme a él y enseñar a mis hijos a adaptarse a él. Mi prioridad es mantenerme en el sistema y
nunca me cuestionaré si me permite o no ser feliz.
El dinero lejos de ser hoy solo un medio de intercambio, es la vida misma para muchas personas o por lo menos es lo que se
acepta.
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Dilemas Eticos en la
prActica profesional
Estos casos que presentan dilemas éticos comunes en la práctica de la ingeniería, y en investigación,
están basados en situaciones de la vida real estudiadas por BER, la Oficina de Estudios Éticos (Board
of Ethical Review) de NSPE, Sociedad Nacional de Ingenieros Profesionales, (National Society of
Professional Engineers) de los Estados Unidos.
La NSPE-BER estudia casos con el propósito de formular juicios, basándose única y exclusivamente
en el Código de Etica de NSPE. (En inglés) El Online Ethics Center ha elaborado nuevas versiones de
estos casos con el propósito de hacerlos útiles como materiales de clase.
Las nuevas versiones se presentan de manera que no solamente se lance un juicio acerca de las
acciones de los individuos del caso, sino que también se estimule la discusión acerca de lo que cada
uno haría de verse involucrado en una situación similar.
Adicionalmente, el Online Ethics Center ofrece las presentes versiones en español de un grupo selecto
de estos casos. Cada traducción tiene enlaces al caso original de la NSPE y a la versión con fines
didácticos realizada por el Online Ethics Center.
Se añaden también, algunos casos de interés para el análisis de la Psicología Laboral.
1. Material de Desecho Supuestamente Peligroso
Alex es un estudiante de ingeniería contratado temporalmente por una firma de consultores en
ingeniería ambiental. R.J., el ingeniero supervisor, le pide a Alex que tome muestras de unas canecas
ubicadas en la propiedad de uno de sus clientes. Alex concluye que, a juzgar por el aspecto y olor de
las canecas, el análisis del contenido de éstas mostraría que se trata de materiales peligrosos. Alex
sabe que hay leyes que regulan el transporte y almacenamiento de ese tipo de desechos y, si él
estuviera en lo cierto acerca del contenido de las canecas, las autoridades federales y estatales
deberían ser notificadas.
Alex informa a R.J. lo que piensa acerca del contenido de las canecas y pide instrucciones acerca de
los pasos a seguir. R.J. le indica que solamente reporte haber tomado las muestras y que no realice
el análisis. Debido a que el cliente tiene otros negocios con su compañía, R.J. también propone que
éste sea informado acerca de la ubicación de las canecas, de la posibilidad de que ellas contengan
desechos de alto riesgo y que además se le sugiera retirarlas de esa locación.
¿Cree que J.R. cumplió con su responsabilidad profesional al darle al cliente información acerca de la
ubicación de las canecas y no revelar detalles acerca de su contenido? ¿Cree que Alex hubiera podido
hacer algo más desde su posición de estudiante y empleado temporal?
2. Protección del Medio Ambiente & Ingeniera Empleada por el Gobierno
Hilary es una ingeniera que trabaja para la División de Protección del Medio Ambiente del Estado. Pat,
su supervisor, le pide que elabore un permiso para la construcción de una planta eléctrica en una
fábrica y agrega que considere la tarea de carácter urgente y evite "demoras innecesarias" que
puedan presentarse por detalles de poca importancia.
Hilary cree que el proyecto es inadecuado y no cumple con las normas de protección del medio
ambiente (normas de 1999). De acuerdo al plan propuesto, la planta emitiría dióxido de sulfuro y
dicha emisión necesitaría ser reducida con máquinas especiales (scrubbers).
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Hilary está consciente de que el expedir un permiso que viola las reglas de conservación del medio
ambiente podría implicar que su licencia fuera suspendida o revocada, y le dice a Pat que, en su
opinión, los planos existentes van en contra de las reglas y que ella no va a expedir tal permiso. Pat
está en desacuerdo y explica que una mezcla especial de cal y carbón podría remover el 90% del
dióxido, y así se cumpliría con las normas.
El desacuerdo entre Hilary y Pat queda sin resolver y una semana después Hilary se entera de que el
departamento ha autorizado la expedición del permiso en cuestión.
¿Cree que Hilary debería hacer algo al respecto? ¿Qué, específicamente?
3. Responsabilidad por la Seguridad Pública vs. Información Confidencial
Los arrendatarios de un edificio de apartamentos entablan una demanda en contra de los dueños de
esa propiedad para obligarlos a reparar daños menores, que si bien son molestos, no representan
serios riegos. El abogado de los propietarios contrata a Duchane, un ingeniero estructural, para que
realize una inspección del edificio y testifique a favor de su cliente. Durante su inspección, Duchane
encuentra serios daños estructurales en el edificio, los cuales representan una amenaza para la
seguridad de sus habitantes; estos daños, sin embargo, no han sido mencionados en la demanda.
Qué debe hacer Duchane? Cree que el ingeniero debería dar el reporte de su inspección al abogado?
Al dueño de la propiedad? A los arrendatarios?
Suponga que Duchane da el reporte al abogado y éste le dice que esta información podría cambiar el
curso de la demanda y por lo tanto debe ser manejada a nivel confidencial. ¿Qué debería hacer
Duchane en ese caso?
¿Podría este problema ser resuelto sin comprometer la responsabilidad profesional de Duchane o su
obligación de observar la confidencialidad en el manejo de la información de su cliente?
¿Cuál es la diferencia entre la obligación de un abogado y la de un ingeniero de manejar cierta
información a nivel confidencial?
4. Consecuencias a Nivel de Seguridad ante Violación de Código
Smith contrata al ingeniero Metzler para que revise la estructura de un edificio que va a vender.
Según un acuerdo con Smith, Metzler tratará el informe de manera confidencial; Smith explica a
Metzler que el edificio va a ser vendido sin que se le haga ninguna reparación o remodelación.
Metzler establece que la estructura del edificio está en buenas condiciones, pero Smith de manera
confidencial le comenta a Metzler que hay ciertas violaciones a los códigos de ingeniería eléctrica y
mecánica. Metzler no es ingeniero eléctrico ni mecánico, pero sabe que dichas violaciones podrían
representar un riesgo de accidente, hecho que comunica a Smith. En su informe Metzler menciona
brevemente su conversación con Smith acerca del asunto pero, pero dichas violaciones no son
reportadas a terceros.
¿Cree que Metzler cumplió con la obligación que tenía con Smith? ¿Qué podría decir con respecto a la
responsabilidad profesional que tiene Meztler frente a la seguridad pública? ¿Hay alguna información
adicional que cambiaría su opinión sustancialmente?
5. Al Servicio de Demandantes y Demandados
Alejandra es contratada por la compañía XYZ para que revise unos documentos y dé su opinión en un
proceso de litigación relacionado con una patente. Por proveer estos servicios Alejandra recibe
honorarios. Años más tarde, Alejandra es contactada por el abogado Alexis, quien representa a un
demandante en una litigación en contra de la compañía XYZ, en un proceso que no tiene nada que
ver con la litigación anterior.
Cree que Alejandra debería aceptar la propuesta del abogado Alexis y testificar en esta litigación?
Supongamos que Alejandra atestigua a favor de la parte demandante y que durante el interrogatorio
en el juicio, la parte oponente cuestiona a Alejandra debido a su anterior relación con XYZ, tanto a
favor como en contra, sugiriendo que al proveer esos servicios Alejandra estaba actuando de manera
inadecuada. Años más tarde, la compañía XYZ requiere nuevamente los servicios de Alejandra en una
litigación de una patente que no tiene nada que ver con los eventos anteriores.
¿Cree que Alejandra debería testificar en este caso?
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6. Estudiante de Ingeniería Sirve como Asesor en su Universidad
Jan, ingeniero profesional en período de vacaciones no remuneradas de su compañía Punto
Consultants, está realizando estudios de posgrado (tiempo parcial) en una universidad privada. Jan se
inscribe en una clase de investigación, que toma por crédito, con Dimanro, profesor de ingeniería
mecánica. Parte de la investigación en la cual Jan trabaja incluye el uso de una novedosa tecnología
geo-térmica. La universidad está en proceso de mejorar su infraestructura y recursos y Dimanro,
quien es miembro del comité encargado de tales reformas, tiene bajo su responsabilidad el desarrollo
de un formulario de licitación para que diferentes firmas presenten sus propuestas. Entre los planes
de Dimanro para el formulario figura la inclusión de una aplicación de la tecnología geo-térmica.
Dimaro le propone a Jan servir como asesor remunerado por la universidad para el desarrollo del
formulario y para la revisión de las propuestas presentadas. Punto Consultants no va a participar en
la licitación y está de acuerdo con que Jan sirva como asesor en este proyecto.
¿Cree que el hecho de que Jan sea alumno y al tiempo asesor en la misma universidad pueda crear
un conflicto de intereses? ¿Cree que es ético por parte de Jan el participar en el diseño del formulario
de licitación? ¿Cree que es ético que él estudie las propuestas?
7. Asesoría Limitada
O'Malley es un ingeniero profesional que trabaja para una firma de consultores de diseño y también
para un municipio que lo ha contratado para prestar asesorías, realizar estudios y revisar licitaciones.
Su contrato con el municipio estipula la prohibición de involucrarse en la preparación de los planos de
cualquiera de los clientes de la firma de consultores de diseño para la cual él trabaja, en el evento de
que dichos planos vayan a ser presentados al municipio para ser revisados o aprobados. Una
situación similar se presenta con respecto a su contrato con la firma de consultores. Por otra parte,
cualquiera de los empleados de esta firma está en capacidad de ayudar a sus clientes a preparar
planos que vayan a ser presentados al municipio.
¿Cree que las provisiones de los contratos descritos son efectivas en la prevención de un conflicto de
intereses? ¿Si tuviera mayor información acerca del caso podría cambiar de opinión? Si la respuesta
es afirmativa, ¿qué información adicional le gustaría obtener? ¿Cuál sería la utilidad de esa
información?
8. Propietaria de una Compañía Presta Asesoría a otra Empresa
Lisa es una ingeniera capacitada en sistemas de expansión de aguas y es la presidenta de una
compañía que fabrica y vende dichos sistemas. La compañía X pide a Lisa que prepare un documento
con especificaciones para un sistema de expansión de aguas.
¿Cuál debería ser la respuesta de Lisa ante esta petición? ¿Cree que Lisa debería hacer el trabajo? Si
lo hace, ¿cree que Lisa debería informar a la compañía X que ella es presidente de una compañía que
distribuye estos sistemas? ¿Cree que Lisa debería darle algún tipo de información a la compañía X?
Lisa decide realizar el trabajo para la compañía X después de informarles que ocupa una alta posición
en una compañía que se especializa en el ramo. Como parte del informe, Lisa incluye ofertas de
cuatro compañías que diseñan sistemas de expansión de aguas, pero no incluye la compañía de la
cual ella es presidenta.
La firma X en una reunión pide a Lisa que incluya una propuesta de la compañía que ella dirige.
¿Cree que Lisa debería hacer lo que le piden? Por qué sí o por qué no ¿Cuál debería ser la respuesta
de Lisa?
9. Conflicto de Interés en Estudio de Factibilidad
Lindsay, una ingeniera, es contratada por el gobierno de su condado para que realice un estudio y dé
recomendaciones con respecto a la mejor locación para construir una nueva planta eléctrica para ese
condado. La elección final se reduce a dos terrenos. El primer terreno no ha sido urbanizado y su
propietario planea construir una segunda vivienda en él. El segundo terreno, el cual sí ha sido
urbanizado, es de Lindsay. Después de informar al gobierno del condado que esa extensión de tierra
es de su propiedad, Lindsay procede a recomendar que la planta eléctrica sea construida en el primer
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terreno y da las siguientes razones: 1. Desde el punto de vista de la ingeniería, está mejor situado. 2.
Resultaría más barato para el condado adquirir ese terreno.
¿Cree que el condado, sabiendo que Lindsay es propietaria del segundo terreno en cuestión, debería
aceptar su sugerencia? ¿Cree que la conducta de Lindsay al aceptar realizar el estudio, fue ética?
¿Cree que Lindsay ha debido retirarse del estudio una vez determinó que su propiedad era apta para
la construcción? ¿Cree que el hecho de que Lindsay no ocultara que era la dueña del terreno previno
un conflicto de intereses? ¿Considera que hay algún factor que cambiaría su opinión acerca del caso?
10. Negación de Firmar/Sellar Documentos de Construcción
El ingeniero Anthony decide dejar la compañía A y va a trabajar con la competencia, la compañía B.
Anthony dejó prácticamente terminado un proyecto por el cual era responsable en la compañía A,
pero no firmó ni selló los documentos de construcción antes de irse a la compañía B. Bernard, uno de
los dirigentes de la compañía A pide a Anthony que firme los documentos.
¿Cree que Anthony puede rehusarse a firmar o sellar los documentos de construcción?
¿Cree que Anthony puede pedir a la compañía A compensación económica por firmar los
documentos?
¿Cuáles son las obligaciones de Anthony en relación al trabajo que dejó?
11. Uso de Slogans en Campañas Políticas y Anuncios Publicitarios
Alexander, ingeniero profesional reconocido en su comunidad, decide lanzarse como candidato para
ocupar una posición pública en su condado; cree que con esto estaría cumpliendo con su obligación
de participar en asuntos públicos. Alexander planea usar la siguiente consigna como slogan:
"Alexander, Ingeniero al Servicio del Condado"
Alexander pide a Bernardo su opinión acerca del slogan. Bernardo, quien también es ingeniero, cree
que este slogan es ambiguo y podría deshonrar a la comunidad de ingenieros. Alexander por su parte
cree que su slogan estaría reflejando de manera apropiada sus conocimientos/habilidades y cree que
su competencia como ingeniero podría ser usada para lograr un cambio, particularmente en lo
referente a las leyes de empleo de profesionales del condado.
¿Cree que Alexander debería usar este slogan en su campaña?
12. Uso de Slogans en Campañas Políticas y Anuncios Publicitarios
Alfredo, profesional independiente, contrata a Francisca una ejecutiva de mercadeo para que le
ayude en la búsqueda de una nueva consigna para sus avisos publicitarios. Francisca sugiere a
Alfredo que se de a conocer como el "Ingeniero de Todo"
Alfredo, sin embargo muestra preocupación porque con este slogan él podría estar dando a entender
que puede hacerlo todo; o sea que es competente en todas las ramas y áreas de la ingeniería, lo cual
podría prestarse para confusiones. Por otra parte, como es sabido, no hay límites para que los
profesionales practiquen diferentes disciplinas en contextos diversos.
¿Cree que Alfredo debería adoptar este slogan?
¿Cree que hay otros aspectos relevantes que Alfredo no está considerando?
¿Cree que Alfredo puede anunciarse como el "Ingeniero de Todo"?
13. Apoyo a Minorías en Subcontratación
MST es una compañía importante de ingenieros consultores que se especializa en ingeniería
estructural. Un gran porcentaje del trabajo de MST es realizado para agencias públicas las cuales
prefieren, especialmente en el caso de proyectos financiados con dineros públicos, que MST
subcontrate con compañías pequeñas de grupos minoritarios o cuyas propietarias sean mujeres.
Por espacio de aproximadamente un año MST ha subcontratado ocasionalmente los servicios de
Orran, una compañía pequeña que cumple con los requisitos anteriormente descritos y cuyos
servicios pueden calificarse como adecuados. El resultado de esta asociación se ha visto reflejado en
las buenas relaciones públicas que mantiene MST y en un artículo reciente esta compañía recibe
buenos comentarios por su apoyo a compañías pequeñas. Después de esta publicación, Orran eleva
el precio de los servicios prestados a MST.
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¿Cree que MST debería hacer algo con respecto al alza de costos impuesta por Orran? ¿Cree que hay
cierta información adicional que le sería útil para emitir un juicio en este caso?
14. Cancelación de una Oferta de Trabajo
Grizinski es un ingeniero desempleado que ha recibido recientemente un certificado para praticar la
ingeniería. Grizinski está actualmente tratando de conseguir empleo en "Marval", una firma
importante de ingenieros consultores. Después de discutir largamente todo lo relacionado con
condiciones de trabajo, salario y prestaciones, uno de los gerentes de "Marval" le ofrece el puesto a
Grizinski. El ingeniero acepta la oferta y cancela entrevistas de trabajo con otras compañías.
Dos días después, los demás directivos de "Marval" deciden que el cargo debe ser ocupado por un
ingeniero técnico. Semana y media más tarde, la compañía contacta a Grizinski y retira la oferta de
trabajo.
¿Cree que la compañía está demostrando falta de ética? Qué debe hacer Grizinski? ¿Cree que si
contara con información adicional usted podría cambiar de opinión con respecto al caso?
15. Pago de Comisión por Acuerdo de Mercadeo
Mitchell y usted son co-propietarios de una firma de ingenieros. El ingeniero Mitchell, quien ha estado
envuelto en proyectos de ingeniería a nivel internacional, le menciona la posibilidad de expandir los
negocios de su compañía en el área de estudio de mercadeo, y le explica que él puede usar sus
conocimientos en el campo de ingeniería en otros países con el propósito de prestar un mejor servicio
en pro de los intereses de la profesión. Explica que puede utilizar su experiencia y sus contactos en el
exterior ofreciendo representación a firmas que deseen adelantar proyectos en el exterior pero que
no cuentan con la experiencia ni los recursos necesarios para tener éxito en el campo. Mitchell añade
que su firma puede sacar ventaja del hecho de que las firmas de ingenieros de los Estados Unidos no
están en condiciones de reunir el capital necesario para entrar al mercado internacional.
Mitchell diseña el borrador de un acuerdo de mercadeo que propone establecer contactos dentro de
ciertas regiones geográficas, evaluar posibles proyectos, coordinar el desarollo de programas, y
negociar los términos de los contratos entre nuevos clientes y las firmas representadas. Por este
servicio su firma recibirá, además de honorarios, una cuota por servicios cuyos valores serán
definidos caso por caso. Mitchell propone también que su firma cobre un cargo de mercadeo, el cual
será un porcentaje de las ganancias que la compañía representada obtenga en los proyectos que
usted haya ayudado a desarrollar.
¿Cuál sería su respuesta a lo que Mitchell propone? ¿Cree que el hecho de que Mitchell sea ingeniero
marca alguna diferencia en este caso?
16. Crédito por Diseño de Ingeniería en un Concurso
El ingeniero Amory es contratado por el gobierno de la ciudad para construir un puente que hace
parte de un sistema de avenidas elevadas. Amory a su vez subcontrata a Carroll, un ingeniero
estructural experto en geometría horizontal, diseño estructural y elevaciones, para que diseñe ciertas
partes del puente. Carroll hace los planos de los tres tramos de vigas de amarre del puente (three
curved welded-plate girder spans), parte crítica en el diseño.
Meses después, Amory inscribe el diseño en un concurso nacional de diseño de puentes, y recibe el
primer premio; Carroll, sin embargo no recibe crédito por su participación en el diseño.
¿Cree que Carroll debería hacer algo al respecto? ¿Qué, exactamente?
17. Crédito en Proyecto de Investigación en Ingeniería
Ramos es el jefe de una compañía química. Como parte de sus proyectos en investigación y
desarrollo, Ramos ofrece apoyo económico al departamento de química de una universidad
importante para la remoción de metales peligrosos (cromo, cobre, plomo, niquel, zinc) provenientes
de aguas residuales. A cambio, la universidad ofrece dar a la compañía de Ramos derechos exclusivos
sobre la tecnología que ellos desarrollen para el tratamiento de aguas corrientes y residuales. A
manera de compensación, la universidad también recibirá regalías sobre las ganancias que la
compañía obtenga por el uso de esta tecnología.
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En la universidad, un grupo de profesores bajo la dirección de Polinski, decide formar una compañía
para explotar la tecnología desarrollada, excepto la relacionada con tratamiento de aguas corrientes y
residuales. Al tiempo que esta investigación se está llevando a cabo en la universidad, la compañía de
Ramos adelanta su propia investigación de manera paralela. Ambas partes obtienen data y la
compañía de Ramos comparte sus resultados con la compañía de Polisnki.
Algún tiempo después, Deponiadis profesor de ingeniería civil de la universidad, muestra interés en
adelantar una investigación y publicar un artículo relacionado con tecnología para el tratamiento de
aguas residuales. Deponiadis contacta a los profesores del departamento de química, quienes le
ofrecen data obtenida como resultado de su propia investigación y también de la investigación de
Ramos. Deponiadis ignora completamente que los resultados provienen de dos fuentes.
La investigación de Deponiadis es todo un éxito y su artículo es publicado en una prestigiosa revista.
Los resultados obtenidos por la compañía de Ramos aparecen citados y ocupan una parte prominente
del artículo. A pesar de que la compañía de Ramos proveyó los fondos para la investigación, ésta no
es mencionada; únicamente los miembros del departamento de química reciben crédito. Más tarde
Deponiadis se entera de que la mayor parte de la información citada en su artículo fue proporcionada
por la compañía de Ramos.
¿Cree que Deponiadis está cometiendo plagio al publicar la data sin mencionar todas las fuentes?
¿Cree que Deponiadis está obligado a dar todo el crédito a la compañía de Ramos? ¿Cree que Ramos
debería hacer algo al respecto? ¿Qué, exactamente? ¿Qué tipo de información adicional le sería útil
para realizar un mejor análisis de la situación?
18. (Laboral) Discriminación Sutil en el Sitio de Trabajo
Joel Palacios, MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts)
Introducción
La discriminación sutil en el ambiente de trabajo es un hecho real, lo queramos reconocer o no. El
hecho de aceptar este factor es, al parecer, la clave para superar los obstáculos que se presentan por
las diferencias culturales y lograr una satisfactoria integración de todos los sectores de una compañía.
A pesar de los esfuerzos realizados en los Estados Unidos para diversificar las compañías, el número
de empleados pertenecientes a las minorías, ocupando altos cargos -en cualquier profesión- es
todavía muy pequeño.
Este es un asunto en el que tengo interés personal puesto que soy México-americano y cuento con
una identidad cultural particular. Deseo entender las situaciones que tendré que enfrentar en el
futuro y quiero estar preparado para poder sobreponerme a las barreras que se me presenten en la
búsqueda del éxito profesional. También me interesa el problema desde la perspectiva de los
derechos humanos y la igualdad. La esencia del problema es que la discriminación, desde todo punto
de vista, es injusta y en la búsqueda de su propio rumbo puede quebrantar los derechos de los
individuos. La situación presentada en este breve reporte sirve como ejemplo ilustrativo de la realidad
de la discriminación sutil.
Personas Entrevistadas
Para investigar lo relacionado con el caso hipotético planteado, entrevisté personas que están
familiarizadas con el problema de la discriminación sutil. De la comunidad de MIT, escogí a las
personas más indicadas para este propósito, los especialistas en el manejo de quejas (ombudmen),
Mary Rowe y Clarence Williams. El hecho de que la primera es una mujer blanca y el segundo un
hombre negro asegura una perspectiva amplia del problema. También entrevisté a un ingeniero de
un grupo minoritario que tiene bastante experiencia pues ha trabajado en compañías de ingeniería
grandes y pequeñas. Su punto de vista, opuesto al de los personajes del caso, fue muy importante,
pues de acuerdo con las entrevistas parece ser que la mejor solución es que la persona que está
siendo discriminada tome la iniciativa. Esto no quiere decir que los otros factores en la discriminación
sutil no sean importantes, pero pienso que la perspectiva del representante de un grupo minoritario
es la más importante si se espera que sea él quien, finalmente, busque una solución. Apartes de la
entrevista son ofrecidos más adelante.
Preguntas
Las siguientes son las preguntas para las entrevistas:
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1. ¿Es este caso, en su opinión, realista? ¿Si su respuesta es positiva, piensa que este caso
presenta un problema ético?
2. ¿Quién debería encargarse de encontrar la solución al caso de Pepe? ¿Qué responsabilidades
envuelve esta tarea?
3. ¿Cree que las compañías tienen políticas o programas dirigidos al tratamiento de asuntos
relacionados con discriminación sutil? ¿Son estos programas efectivos y/o necesarios?
19. Caso (Situación)
Casper y Pepe empezaron a trabajar en la misma compañía al mismo tiempo bajo la supervisión de la
misma persona, el señor "Inofensivo". Casper y el señor "Inofensivo" son europeo-americanos y Pepe
es méxico-americano. Poco tiempo después de haber empezado a trabajar, Casper y Pepe recibieron
una invitación por parte del señor "Inofensivo" a su tradicional barbecue que tiene lugar los domingos
cada dos semanas y al cual asiste un gran número de empleados de la empresa; ambos aceptaron la
invitación.
Mientras que Casper parecía estar disfrutando de la reunión, Pepe estaba incómodo porque era, entre
cerca de seis empleados con sus respectivas familias, el único miembro de un grupo de minorías. Sus
expectativas frente al evento, desde el punto de vista cultural, eran obviamente diferentes de las de
los demás. Por ejemplo, él preparó un plato para compartir con otras personas, mientras que cada
familia llevó su propia comida. Por otra parte, era difícil para él hallar intereses comunes con sus
compañeros, diferentes a asuntos relacionados con su profesión.
Pepe decidió no volver a estas reuniones, no porque le disgustaran sus compañeros de trabajo, sino
porque se sentía incómodo. En los meses subsiguientes tanto Pepe como Casper siguieron recibiendo
la misma invitación y mientras que Casper continuó atendiendo, Pepe trataba siempre de encontrar
una excusa apropiada para rechazar la invitación porque no quería que su supervisor y compañeros
de trabajo tomaran su negativa como algo personal, y tampoco quería provocar sentimientos se
rechazo hacia el.
Con el paso del tiempo Pepe se dio cuenta de que Casper y el señor "Inofensivo" había desarrollado
una relación personal muy estrecha. Un año después de haber entrado a la compañía, Casper había
sido promovido a un cargo superior gracias, principalmente, a una recomendación del señor
"Inofensivo". Pepe sentía que había favoritismo hacia Casper, y le pareció que el señor "Inofensivo" le
había dado la recomendación por la relación personal que existía entre ellos. En opinión de Pepe, él
tenía más méritos como trabajador y creía que sus contribuciones a la empresa habían sido, si no
más significativas, por lo menos iguales a las de Casper. La situación se tornó más preocupante para
Pepe cuando se dio cuenta de que el nuevo empleado contratado para reemplazar a Casper era
también europeo-americano. Un mes después, el nuevo empleado parecía estar siguiendo el mismo
proceso de Casper, desarrollando una estrecha relación personal con el señor "Inofensivo".
¿Qué debe hacer Pepe?
20. Empieza a trabajar en una empresa en el área de Recursos Humanos y lo primero que le piden
es que seleccione personal. Resulta que una de las pruebas, es un test de inteligencia que es
fotocopiado y no cuenta con baremos adaptados a nuestro medio.
¿Aplicaría o no el test teniendo en cuenta que la empresa no cuenta con los recursos necesarios para
comprar un original?
21. Ha realizado una consultoría en una empresa y observa que es sumamente necesario que en el
proceso de selección se apliquen tests de aptitudes diferenciales para contratar obreros.
El jefe de Recursos Humanos le pide que le enseñe –a él o a otro profesional- la forma de aplicar y
calificar el test, pues estos no pueden ser aplicados por un psicólogo ya que la empresa no tiene los
medios para contratarlo. La empresa ha comprado la prueba de aptitudes diferenciales.
¿Enseñaría a cualquier otro profesional a aplicar dicha prueba?
22. Necesita contratar un mensajero. En los procesos de selección hay una persona que cumple con
todos los requisitos; decide contratarlo. Como un paso más de la contratación se incluyen los
exámenes médicos y, cuando conoce los resultados que le envía el Dispensario Médico de la
empresa, se percata que la persona seleccionada tiene SIDA.
¿Cree usted que debería contratarlo?
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23. Una prima suya aplica para un puesto de asistente de contabilidad en la empresa para la cual
usted trabaja. Necesita del puesto, pues tiene graves problemas económicos y además, es madre
soltera. Ella le pide que le ayude para calificar al puesto dándole algunas de las pruebas que le
tomarían durante el proceso de selección.
¿Haría lo que su prima le pide?
24. La empresa para la cual usted trabaja, decide implementar las normas ISO y uno de los
requisitos es que cuente con mano de obra calificada.
El Gerente General le pide a usted -como Gerente de Recursos Humanos- que elabore una lista del
personal que no tiene título académico.
Resulta que diez personas que trabajan operando diferentes máquinas han terminado solo la
primaria, y lograr su adaptación al cambio capacitándoles es muy difícil para la empresa. El Gerente
le pide que despida a los operarios y contrate a otras personas.
a. ¿Despide o no a estas personas?
b. En caso de que los despida, ¿de qué manera les diría y qué les propondría?
c. En caso de que no los despida, ¿cómo enfrentaría este problema ante la Gerencia?
25. Durante la época de navidad, el departamento de ventas le pide que seleccione a una auxiliar de
ventas, pues la demanda de clientes en el almacén es bastante alta. Contrata a una persona y le
explica que el horario de trabajo es de 8h30 a 18h30. No le dice que trabajará los sábados. Resulta
que la persona trabaja normalmente hasta el día viernes, y cuando se entera que tiene que trabajar
los sábados, advierte que no asistirá pues su religión no le permite laborar este día. El sábado es el
día en que más clientes llegan al almacén.
¿Le obligaría a la persona a trabajar los sábados? ¿Le despediría?
26. Una vez que han concluido los procesos de evaluación del desempeño, usted se encarga de
tabular los datos. Hay ciertas personas cuyas evaluaciones tienen calificaciones muy bajas.
El Gerente General le pide un informe de las evaluaciones y, al percatarse de estas calificaciones
bajas, decide no renovar para el próximo año los contratos de los obreros notados y despedirlos.
¿Qué haría ante esta situación? ¿La evaluación del desempeño es un medio para despedir al
personal? ¿Cuál sería su planteamiento?
27. Trabaja en un Banco como asistente de Recursos humanos. Hay un cajero que ha trabajado por
más de dos años en este puesto, y siempre ha manifestado un excelente rendimiento.
Resulta que existe una vacante en un uno de los puestos de caja y, como el banco tiene urgencia de
llenar este cargo, el Gerente de Recursos Humanos le pide a usted que contrate a una persona
pagándole un sueldo mayor que el que reciben los otros cajeros que tienen más años en el puesto.
¿Qué haría usted? Si contrata a una persona con un sueldo mayor, ocasionaría graves conflictos con
los demás compañeros. ¿Propondría al cajero de más de dos años para que ocupe ese puesto?
¿Obedecería el mandato del Gerente?
28. El sindicato de trabajadores decide negociar con usted sobre sueldos propuestos hasta el
momento. Usted como Gerente de Recursos Humanos sabe que el nivel de ventas en el año pasado
no fue tan alto, y apenas los sueldos pueden ser elevados en un 5%.
El sindicato le pide que el alza sea del 10% o caso contrario irían a una huelga. Como producto de la
negociación usted les ofrece una alza del 8% en los sueldos.
¿Cómo enfrentaría esta situación si sabe que el 3% adicional puede ocasionar graves perjuicios
económicos para la empresa, y por lo tanto no se podría pagar a los trabajadores lo pactado?
29. Un trabajador de la empresa SSS sufre un grave accidente mientras realizaba su trabajo. Este
empleado trabaja solo por honorarios fijos y bajo contrato para la empresa. Por lo tanto, la
organización no tiene ninguna obligación patronal con él. Tampoco está afiliado al seguro.
¿Cree que -corno miembro del Departamento de Recursos Humanos- debería hacer gestiones para
que la empresa cubra los gastos médicos de la persona accidentada?
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30. La empresa XTZ, tiene 600 empleados. Durante mucho tiempo ha calculado los aportes al IESS
sobre montos menores de los sueldos que realmente gana el personal. Todo esto lo hacía para que
el pago de la empresa no sea tan alto, pues al tener tantos empleados los pagos por aportes
patronales representarían un gran costo para la empresa.
¿Está de acuerdo con este procedimiento empresarial? ¿Qué haría si descubre que una empresa para
la que trabaja tiene este tipo de políticas? ¿cuál sería su posición al ser adherente a Recursos
humanos?
31. El departamento de Sistemas de la empresa para la cual trabaja, le pide que seleccione a una
persona para ocupar la vacante de Programador.
Usted como asistente de selección realiza todo el proceso en más de mes y medio: recluta personal,
aplica pruebas, entrevistas, etc. De este proceso, se concluye que dos personas son las más aptas
para el puesto de trabajo vacante. Cuando presenta estos resultados ante el Gerente de Sistemas, le
dicen a usted que ya no es necesario: el hijo del Gerente General realizará el trabajo.
¿Qué haría? ¿Cuál es su posición profesional?
32. Durante mucho tiempo un mecánico de una fábrica que se dedica a la producción de plásticos,
ha realizado muy bien su trabajo, cumple con los horarios establecidos, no tiene problemas con sus
otros compañeros, etc.
En los últimos meses, comienzan a correr los rumores de que el trabajador es homosexual. Estos
rumores llegan a los oídos del Gerente General y le pide a usted que, como Jefe de Recursos
humanos, investigue si esta información es cierta y que en caso de serlo despida al trabajador.
¿Decide averiguar lo que en realidad sucede con el trabajador? ¿Cómo lo haría? ¿Si comprueba su
tendencia homosexual, le despediría?
33. La ley prohíbe contratar a dos personas –familiares- dentro la misma empresa. Usted se
encuentra seleccionando a una persona para secretaria. Realiza todo el proceso y contrata a la
secretaria. Más tarde se entera que es hermana de otro funcionario que ya trabaja en la empresa.
¿Procedería a la contratación? ¿Cuál sería su proceder profesional?
34. Suponiendo que recibe una llamada telefónica de una empresa con la que nunca ha tenido una
relación de negocios. Esta empresa le pide referencias de una empleada que trabaja en su compañía
y que se llama María. Usted cree que el desempeño de María ha sido generalmente incompetente en
el trabajo; te encantaría que ella se cambiara a otra empresa. ¿Daría excelentes referencias de
María?
35. Los hechos son los mismos que la pregunta anterior, con la diferencia de que la compañía que le
ha llamado es una empresa con la que ha tenido una relación de negocios de 20 años. ¿Daría
excelentes referencias de María?
36. José, su vecino y amigo, y Usted han comprado cada uno un billete de la Lotería Nacional en la
farmacia de la esquina. Uds. están mirando la transmisión del sorteo por TV y de repente José salta
del sofá gritando que él tiene el número ganador.
Segundos después José cae muerto por un infarto cardiaco. Usted es la única persona que sabe que
José fue el que compró el boleto ganador. Si Usted substituye el billete de José por el suyo, nadie se
dará cuenta y Usted ganará 1 millón de dólares. La única pariente viva de José es una tía rica y a
José nunca le agradó su parentesco. Si usted no intercambia los billetes ella heredará lo ganado.
¿Cambiaría el billete?
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Test de Adler
Traducido y adaptado por el Centro de Valores Éticos, ITESM Campus Monterrey para
el curso Valores vara el Ejercicio Profesional
1. La mentira nunca puede ser justificada en el ámbito de los negocios
De acuerdo_____En desacuerdo_____
2. La personas de empresa juzgan lo ilegal o no ético de una conducta basándose en el criterio de que
el beneficio obtenido de la conducta debe superar al riesgo de ser "descubierto'' y no en los aspectos
morales de la conducta
De acuerdo_____En desacuerdo_____
3. Si yo pudiera tener uno de los siguientes valores pero sin ninguno de los otros, ¿cuál escogería?
() Una gran fortuna
() Buena salud y una familia amorosa
() Una excelente reputación a nivel nacional
() Lealtad y apoyo de las amistades
() Un enorme poder
4. Con respecto a cometer un acto ilegal o no ético en una empresa
( ) Yo estaría dispuesto a cometer un acto deshonesto en algún momento de mi ejercicio profesional
() Yo vería como posibilidad cometer un acto deshonesto en algún momento de rni ejercicio
profesional
() Yo no se si cometería un acto de esta naturaleza o no en mi ejercicio profesional
() Yo vena como poco factible cometer un acto deshonesto en algún momento de mi ejercicio
profesional
() Yo nunca estaría dispuesto a cometer un acto deshonesto en algún momento de mi ejercicio
profesional
5. Si una acción no es ilegal, entonces es una acción ética
6. Algunas conductas que pueden ser vistas como poco éticas en una amistad, son perfectamente
válidas en el
Ámbito de lo negocios
De acuerdo _ En desacuerdo _
UNA OPORTUNIDAD DE ORO (1): José, tú vecino y amigo, y tú han comprado cada uno un billete de la
Lotería Nacional en la farmacia de la esquina. Uds. están mirando en la sala la transmisión del sorteo por TV y
de repente José salta del sofá gritando que él tiene el numero ganador. Segundos después José cae muerto por
un infarto cardiaco. Tú eres la única persona que sabe que José (y no tú) fue el que compró el boleto ganador. Si
tú sustituyes el billete de José por el tuyo, nadie se dará cuenta y tú ganarás 10 millones de pesos. La única
pariente viva de José es una tía rica y a José nunca le agradó su tía. Si tú no intercambias los billetes ella
heredará su fortuna. ¿Cambiarias el billete de José por el tuyo?
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Fernando
Savater
Ética
para
Amador
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AVISO ANTIPEDAGÓGICO
Este libro no es un manual de ética. No contiene información sobre los
más destacados autores y más importantes movimientos de la teoría
moral a lo largo de la historia. No he intentado poner el imperativo
categórico al alcance de todos los públicos...
Tampoco se trata de un recetario de respuestas moralizantes a los
problemas cotidianos que puede uno encontrarse en el periódico y en
la calle, del aborto a la objeción de conciencia, pasando por el
preservativo. No creo que la ética sirva para zanjar ningún debate,
aunque su oficio sea colaborar a iniciarlos todos...
¿Tiene que hablarse de ética en la enseñanza? Desde luego, me
parece nefasto que haya una asignatura así denominada que se
presente como alternativa a la hora de adoctrinamiento religioso. La
pobre ética no ha venido al mundo para dedicarse a apuntalar ni a
sustituir catecismos... por lo menos, no debiera hacerlo a estas alturas
del siglo xx. Pero no estoy nada seguro de que deban evitarse unas
primeras consideraciones generales sobre el sentido de la libertad ni
que basten a este respecto unas cuantas consideraciones
deontológicas incrustadas en cada una de las restantes disciplinas.
La reflexión moral no es solamente un asunto especializado más para
quienes deseen cursar estudios superiores de filosofía sino parte
esencial de cualquier educación digna de ese nombre.
Este libro no es más que eso, sólo un libro. Personal y subjetivo, como
la relación que une a un padre con su hijo; pero por eso mismo
universal como la relación entre padre e hijo, la más común de todas.
Ha sido pensado y escrito para que puedan leerlo los adolescentes:
probablemente enseñará muy pocas cosas a sus maestros. Su objetivo
no es fabricar ciudadanos bienpensantes (ni mucho menos
malpensados) sino estimular el desarrollo de librepensadores.
Madrid, 26 de enero de 1991
106
Ó
A veces, Amador, tengo ganas de contarte muchas cosas. Me las aguanto, estáte tranquilo,
porque bastantes rollos debo pegarte ya en mi oficio de padre como para añadir otros
suplementarios disfrazado de filósofo. Comprendo que la paciencia de los hijos también
tiene un límite. Además, no quiero que me pase lo que a un amigo mío gallego que cierto día
contemplaba pacíficamente el mar con su chaval de cinco años. El mocoso le dijo, en tono
soñador: «Papi, me gustaría que saliéramos mamá, tú y yo a dar un paseo en una barquita,
por el mar. » A mi sentimental amigo se le hizo un nudo en la garganta, justo encima del de
la corbata: « ¡Desde luego, hijo mío, vamos cuando quieras!» «Y cuando estemos muy
adentro -siguió fantaseando la tierna criatura- os tiraré a los dos al agua para que os
ahoguéis. » Del corazón partido del padre brotó un berrido de dolor: « ¡Pero, hijo mío ... !»
«Claro, papi. ¿Es que no sabes que los papás nos dais mucho la lata?» Fin de la lección
primera.
Si hasta un crío de cinco años puede darse cuenta de eso, me figuro que un gamberro de
más de quince como tú lo tendrá ya requetesabido. De modo que no es mi intención
proporcionarte más motivos para el parricidio de los ya usuales en familias bien avenidas.
Por otro lado, siempre me han parecido fastidiosos esos padres empeñados en ser «el mejor
amigo de sus hijos ». Los chicos debéis tener amigos de vuestra edad: amigos y amigas,
claro. Con padres, profesores y demás adultos es posible en el mejor de los casos llevarse
razonablemente bien, lo cual es ya bastante. Pero llevarse razonablemente bien con un
adulto incluye, a veces, tener ganas de ahogarle. De otro modo no vale. Si yo tuviera quince
años, lo que ya no es probable que vuelva a pasarme, desconfiaría de todos los mayores
demasiado «simpáticos», de todos los que parece como si quisieran ser más jóvenes que yo
y de todos los que me diesen por sistema la razón. Ya sabes, los que siempre están con que
«los jóvenes sois cojonudos», «me siento tan joven como vosotros» y chorradas por el estilo.
¡Ojo con ellos! Algo querrán con tanta zalamería. Un padre o un profesor como es debido
tienen que ser algo cargantes o no sirven para nada. Para joven ya estás tú.
De modo que se me ha ocurrido escribirte algunas de esas cosas que a ratos quise contarte
y no supe o no me atreví. A un padre soltando el rollo filosófico hay que estarle mirando a la
jeta, mientras se pone cara de cierto interés y se sueña con el liberador momento de correr a
ver la tele. Pero un libro lo puedes leer cuando quieras, a ratos perdidos y sin necesidad de
dar ninguna muestra de respeto: al pasar las páginas bostezas o te ríes si te apetece, con
toda libertad. Como la mayor parte de lo que voy a decirte tiene mucho que ver
107
precisamente con la libertad, es más propio para ser leído que para ser escuchado en
sermón. Eso sí, tendrás que prestarme un poco de atención (aproximadamente la mitad de
la que dedicas a aprender un nuevo juego de ordenador) y tener algo de paciencia, sobre
todo en los primeros capítulos. Aunque comprendo que es poner las cosas bastante más
difíciles, no he querido ahorrarte el esfuerzo de pensar paso a paso ni tratarte como si
fueses idiota. Soy de la opinión, que no sé si compartirás, de que cuando se trata a alguien
como si fuese idiota es muy probable que si no lo es llegue pronto a serlo...
¿De qué me propongo hablarte? De mi vida y de la tuya, nada más ni nada menos. 0 si
prefieres: de lo que yo hago y de lo que tú estás empezando a hacer. En cuanto a lo
primero, a lo que hago, quisiera contestarte por fin a una pregunta que me planteaste a
bocajarro hace muchos años -ya ni te acordarás- y que en su día quedó sin respuesta.
Debías tener unos seis años y pasábamos el verano en Torrelodones. Esa tarde, como las
otras, yo estaba tecleando con desgana en mi Olivetti portátil, encerrado en mi cuarto, ante
una foto de la cola de una gran ballena, erguida y chorreante sobre el mar azul. Os oía jugar
a ti y a tus primos en la piscina; os veía correr por el jardín. Perdona la cursilada
confidencial: me sentía pringoso de sudor y de felicidad. De pronto te llegaste hasta la
ventana abierta y me dijiste: «Hola. ¿Qué estás maquinando?» Contesté cualquier bobada
porque no era el caso de empezar a explicarte que intentaba escribir un libro de ética. Ni a ti
te interesaba lo que pudiera ser la ética ni estabas dispuesto a prestarme atención durante
mucho más de tres minutos. Quizá sólo querías que supiese que estabas ahí: ¡como si yo
pudiera olvidarlo alguna vez, entonces o ahora! Pero ya te llamaban los otros y te fuiste
corriendo. Yo seguí maquinando dale que te pego y es ahora, casi diez años más tarde,
cuando me decido por fin a darte explicaciones sobre esa cosa rara, la ética, de la que me
sigo ocupando.
Un par de años más tarde y también en nuestro miniparaíso de Torrelodones, me contaste
un sueño que habías tenido. ¿A que tampoco te acuerdas? Estabas en un campo muy
oscuro, como de noche, y soplaba un viento terrible. Te agarrabas a los árboles, a las
piedras, pero el huracán te arrastraba sin remedio, igual que a la niña de El mago de Oz.
Cuando ibas zarandeado por el aire, hacia lo desconocido, oíste mi voz («yo no te veía, pero
sabía que eras tú», precisaste) diciendo: « ¡Ten confianza! ¡Ten confianza! » No sabes el
regalo que me hiciste contándome esa rara pesadilla: ni en mil años que viva podría pagarte
el orgullo de aquella tarde en que supe que mi voz podía darte ánimos. Pues bueno, todo lo
que voy a decirte en las páginas siguientes no son más que repeticiones de ese único
consejo una y otra vez: ten confianza. No en mí, claro, ni en ningún sabio aunque sea de los
de verdad, ni en alcaldes, curas ni policías. No en dioses ni diablos, ni en máquinas, ni en
banderas. Ten confianza en ti mismo. En la inteligencia que te permitirá ser mejor de lo que
ya eres y en el instinto de tu amor, que te abrirá a merecer la buena compañía. Ya ves que
esto no es una novela de misterio, de esas que hay que leer hasta la última página para
saber quién es el criminal. Tengo tanta prisa que empiezo por descubrirte en el prólogo la
última lección.
Quizá sospeches que estoy tratando de comerte el coco y en cierto sentido no vas
desencaminado. Verás, muchos pueblos antropófagos abren -o abrían- el cráneo de sus
enemigos para comer parte de su cerebro, en un intento de apropiarse así de su sabiduría,
de sus mitos y de su coraje. En este libro te estoy dando a comer algo de mi propio coco y
también aprovecho para comerte un poco el tuyo. No sé si sacarás mucha pitanza de mis
sesos: quizá sólo unos bocados de la experiencia de un príncipe que no todo lo aprendió en
los libros. Por mi parte, quiero apropiarme a mordiscos de una buena porción del tesoro que
te sobra: juventud intacta. Que nos aproveche a ambos.
108
CAPITULO PRIMERO
É É
Hay ciencias que se estudian por simple interés de saber cosas nuevas; otras, para
aprender una destreza que permita hacer o utilizar algo; la mayoría, para obtener un puesto
de trabajo y ganarse con él la vida. Si no sentimos curiosidad ni necesidad de realizar tales
estudios, podemos prescindir tranquilamente de ellos. Abundan los conocimientos muy
interesantes pero sin los cuales uno se las arregla bastante bien para vivir: yo, por ejemplo,
lamento no tener ni idea de astrofísica ni de ebanistería, que a otros les darán tantas
satisfacciones, aunque tal ignorancia no me ha impedido ir tirando hasta la fecha. Y tú, si no
me equivoco, conoces las reglas del fútbol pero estás bastante pez en béisbol. No tiene
mayor importancia, disfrutas con los mundiales, pasas olímpicamente de la liga americana y
todos tan contentos.
Lo que quiero decir es que ciertas cosas uno puede aprenderlas o no, a voluntad. Como
nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio que elegir y aceptar con humildad lo
mucho que ignoramos. Se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni fútbol, incluso
sin saber leer ni escribir: se vive peor, si quieres, pero se vive. Ahora bien, otras cosas hay
que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida. Es preciso estar enterado,
por ejemplo, de que saltar desde el balcón de un sexto piso no es cosa buena para la salud;
o de que una dieta de clavos (¡con perdón de los fakires!) y ácido prúsico no permite llegar a
viejo. Tampoco es aconsejable ignorar que si uno cada vez que se cruza con el vecino le
atiza un mamporro las consecuencias serán antes o después muy desagradables.
Pequeñeces así son importantes. Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no
dejan vivir.
En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de
que ciertas cosas nos convienen y otras no. No nos convienen ciertos alimentos ni nos
convienen ciertos comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está, a que no nos
convienen si queremos seguir viviendo. Si lo que uno quiere es reventar cuanto antes, beber
lejía puede ser muy adecuado o también procurar rodearse del mayor número de enemigos
posibles. Pero de momento vamos a suponer que lo que preferimos es vivir: los respetables
gustos del suicida los dejaremos por ahora de lado. De modo que ciertas cosas nos
convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo «bueno» porque nos sienta bien; otras,
en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos «malo». Saber lo que
nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos
intentamos adquirir -todos sin excepción- por la cuenta que nos trae.
Como he señalado antes, hay cosas buenas y malas para la salud: es necesario saber lo
que debemos comer, o que el fuego a veces calienta y otras quema, así como el agua puede
quitar la sed pero también ahogarnos. Sin embargo, a veces las cosas no son tan sencillas:
ciertas drogas, por ejemplo, aumentan nuestro brío o producen sensaciones agradables,
pero su abuso continuado puede ser nocivo. En unos aspectos son buenas, pero en otros
malas: nos convienen y a la vez no nos convienen. En el terreno de las relaciones humanas,
estas ambigüedades se dan con aún mayor frecuencia. La mentira es algo en general malo,
porque destruye la confianza en la palabra -y todos necesitamos hablar para vivir en
sociedad- y enemista a las personas; pero a veces parece que puede ser útil o beneficioso
mentir para obtener alguna ventajilla. O incluso para hacerle un favor a alguien. Por ejemplo:
¿es mejor decirle al enfermo de cáncer incurable la verdad sobre su estado o se le debe
engañar para que pase sin angustia sus últimas horas? La mentira no nos conviene, es
mala, pero a veces parece resultar buena. Buscar gresca con los demás ya hemos dicho
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que es por lo común inconveniente, pero ¿debemos consentir que violen delante de nosotros
a una chica sin intervenir, por aquello de no meternos en líos? Por otra parte, al. que
siempre dice la verdad -caiga quien caiga- suele cogerle manía todo el mundo; y quien
interviene en plan Indiana Jones para salvar a la chica agredida -es más probable que se
vea con la crisma rota que quien se va silbando a su casa. Lo malo parece a veces resultar
más o menos bueno y lo bueno tiene en ocasiones apariencias de malo. Vaya jaleo.
Lo de saber vivir no resulta tan fácil porque hay diversos criterios opuestos respecto a qué
debemos hacer. En matemáticas o geografía hay sabios e ignorantes, pero los sabios están
casi siempre de acuerdo en lo fundamental. En lo de vivir, en cambio, las opiniones distan de
ser unánimes. Si uno quiere llevar una vida emocionante, puede dedicarse a los coches de
fórmula uno o al alpinismo; pero si se prefiere una vida segura y tranquila, será mejor buscar
las aventuras en el videoclub de la esquina. Algunos aseguran que lo más noble es vivir para
los demás y otros señalan que lo más útil es lograr que los demás vivan para uno. Según
ciertas opiniones lo que cuenta es ganar dinero y nada más, mientras que otros arguyen que
el dinero sin salud, tiempo libre, afecto sincero o serenidad de ánimo no vale nada. Médicos
respetables indican que renunciar al tabaco y al alcohol es un medio seguro de alargar la
vida, a lo que responden fumadores y borrachos que con tales privaciones a ellos desde
luego la vida se les haría mucho más larga. Etc.
En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo
con todos. Pero fíjate que también estas opiniones distintas coinciden en otro punto: a saber,
que lo que vaya a ser nuestra vida es, al menos en parte, resultado de lo que quiera cada
cual. Si nuestra vida fuera algo completamente determinado y fatal, irremediable, todas
estas disquisiciones carecerían del más mínimo sentido. Nadie discute si las piedras deben
caer hacia arriba o hacia abajo: caen hacia abajo y punto. Los castores hacen presas en los
arroyos y las abejas panales de celdillas exagonales: no hay castores a los que tiente hacer
celdillas de panal, ni abejas que se dediquen a la ingeniería hidráulica. En su medio natural
cada animal parece saber perfectamente lo que es bueno y lo que es malo para él si
discusiones ni dudas. No hay animales malos ni buenos en la naturaleza, aunque quizá la
mosca considere mala a la araña que tiende su trampa y se la come. Pero es que La araña
no lo puede remediar...
Voy a contarte un caso dramático. Ya conoces a las termitas, esas hormigas blancas que en
África levantan impresionantes hormigueros de varios metros de alto y duros como la piedra.
Dado que el cuerpo de las termitas es blando, por carecer de la coraza quitinosa que
protege a otros insectos, el hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra ciertas
hormigas enemigas, mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos hormigueros se
derrumba, por culpa de una riada o de un elefante (a los elefantes les gusta rascarse los
flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). En seguida, las termitas-obrero se
ponen a trabajar para reconstruir su dañada fortaleza, a toda prisa. Y las grandes hormigas
enemigas se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan
detener a las enemigas. Como ni por tamaño ni por armamento pueden competir con ellas,
se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las
feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras trabajan con toda
celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido... pero lo cierran dejando fuera
a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las
demás. ¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son
valientes?
Cambio de escenario, pero no de tema. En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el
mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a
Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y
que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a
su familia y a sus conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un
héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las
termitas-soldado, cuya gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en
contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas
110
anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos?
¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?
Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque
tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come a la mosca). Héctor,
en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden
desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas
necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es
distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más
fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o
quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que
tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan sobre
él, siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para
ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su
historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por
eso admiramos su valor.
Y así llegamos a la palabra fundamental de todo este embrollo: libertad. Los animales (y no
digamos ya los minerales o las plantas) no tienen más remedio que ser tal como son y hacer
lo que están programados naturalmente para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan
ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. Tal disposición obligatoria
les ahorra sin duda muchos quebraderos de cabeza. En cierta medida, desde luego, los
hombres también estamos programados por la naturaleza. Estamos hechos para beber
agua, no lejía, y a pesar de todas nuestras precauciones debemos morir antes o después. Y
de modo menos imperioso pero parecido, nuestro programa cultural es determinante:
nuestro pensamiento viene condicionado por el lenguaje que le da forma (un lenguaje que se
nos impone desde fuera y que no hemos inventado para nuestro uso personal) y somos
educados en ciertas tradiciones, hábitos, formas de comportamiento, leyendas ... ; en una
palabra, que se nos inculcan desde la cunita unas fidelidades y no otras. Todo ello pesa
mucho y hace que seamos bastante previsibles. Por ejemplo, Héctor, ese del que acabamos
de hablar. Su programación natural hacia que Héctor sintiese necesidad de protección,
cobijo y colaboración, beneficios que mejor o peor encontraba en su ciudad de Troya.
También era muy natural que considerara con afecto a su mujer Andrómaca -que le
proporcionaba compañía placentera- y a su hijito, por el que sentía lazos de apego
biológico-Culturalmente, se sentía parte de Troya Y compartía con los troyanos la lengua, las
costumbres y las tradiciones. Además, desde pequeño le habían educado para que fuese un
buen guerrero al servicio de su ciudad y se le dijo que la cobardía era algo aborrecible,
indigno de un hombre. Si traicionaba a los suyos, Héctor sabía que se vería despreciado y
que le castigarían de uno u otro modo. De modo que también estaba bastante programado
para actuar como lo hizo, ¿no? Y sin embargo...
Sin embargo, Héctor hubiese podido decir: ¡a la porra con todo! Podría haberse disfrazado
de mujer para escapar por la noche de Troya, o haberse fingido enfermo o loco para no
combatir, o haberse arrodillado ante Aquiles ofreciéndole sus servicios como guía para
invadir Troya por su lado más débil; también podría haberse dedicado a la bebida o haber
inventado una nueva religión que dijese que no hay que luchar contra los enemigos sino
poner la otra mejilla cuando nos abofetean. Me dirás que todos estos comportamientos
hubiesen sido bastante raros, dado quien era Héctor y la educación que había recibido. Pero
tienes que reconocer que no son hipótesis imposibles, mientras que un castor que fabrique
panales o una termita desertora no son algo raro sino estrictamente imposible. Con los
hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros
seres naturales sí por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres
siempre podernos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos, que no
esté del todo). Podemos decir «sí» o «no», quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos
veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.
Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las
termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto
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que no podemos hacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos
obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto
a la libertad:
Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y
en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los
aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que
nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos
o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya o
huir, etc.).
Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente.
No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia
(que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). Por ello,
cuanta más capacidad de accción tengamos, mejores resultados podremos obtener de
nuestra libertad. Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado
físico y mi nula preparación en alpinismo es prácticamente imposible que consiguiera mi
objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como aprendí a leer de pequeñito la
cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay cosas que dependen de mi
voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería
omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas
necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en
que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante,
no por ello dejaré de ser libre... aunque me escueza.
En la realidad existen muchas fuerzas que limitan nuestra libertad, desde terremotos o
enfermedades hasta tiranos. Pero también nuestra libertad es una fuerza en el mundo,
nuestra fuerza. Si hablas con la gente, sin embargo, verás que la mayoría tiene mucha más
conciencia de lo que limita su libertad que de la libertad misma. Te dirán: «¿Libertad? ¿Pero
de qué libertad me hablas? ¿cómo vamos a ser libres, si nos comen el coco desde la
televisión, si los gobernantes nos engañan y nos manipulan, si los terroristas nos amenazan,
si las drogas nos esclavizan, y si además me falta dinero para comprarme una moto, que es
lo que yo quisiera?» En cuanto te fijes un poco, verás que los que así hablan parece que se
están quejando pero en realidad se encuentran muy satisfechos de saber que no son libres.
En el fondo piensan: «¡Uf! ¡Menudo peso nos hemos quitado de encima! Como no somos
libres, no podemos tener la culpa de nada de lo que nos ocurra ... »Pero yo estoy seguro de
que nadie -nadie- cree de veras que no es libre, nadie acepta sin más que funciona como un
mecanismo inexorable de relojería o como una termita. Uno puede considerar que optar
libremente por ciertas cosas en ciertas circunstancias es muy difícil (entrar en una casa en
llamas para salvar a un niño, por ejemplo, o enfrentarse con firmeza a un tirano) y que es
mejor decir que no hay libertad para no reconocer que libremente se prefiere lo más fácil, es
decir, esperar a los bomberos o lamer la bota que le pisa a uno el cuello. Pero dentro de las
tripas algo insiste en decirnos: «Si tú hubieras querido ... »
Cuando cualquiera se empeñe en negarte que los hombres somos libres, te aconsejo que le
apliques la prueba del filósofo romano. En la antigüedad, un filósofo romano discutía con un
amigo que le negaba la libertad humana y aseguraba que todos los hombres no tienen más
remedio que hacer lo que hacen. El filósofo cogió su bastón y comenzó a darle estacazos
con toda su fuerza. « ¡Para, ya está bien, no me pegues más! », le decía el otro. Y el filósofo,
sin dejar de zurrarle, continuó argumentando: «¿No dices que no soy libre y que lo que hago
no tengo más remedio que hacerlo? Pues entonces no gastes saliva pidiéndome que pare:
soy automático. »Hasta que el amigo no reconoció que el filósofo podía libremente dejar de
pegarle, el filósofo no suspendió su paliza. La prueba es buena, pero no debes utilizarla más
que en último extremo y siempre con amigos que no sepan artes marciales...
En resumen: a diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar
y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es
decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente. Y como
podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las
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abejas y las termitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo
que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber
vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética. De ello, si tienes paciencia,
seguiremos hablando en las siguientes páginas de este libro.
vete leyendo...
«¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyado la pica
contra el muro, saliera al encuentro del inexorable Aquiles, le dijera que permitía a los
Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a llión en las cóncavas naves,
que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la
ciudad contiene y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada,
formasen dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por
qué en tales cosas me hace pensar el corazón?» (Homero, Ilíada).
«La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia
que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad
instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza
humana» (Octavio Paz, La otra voz).
«La vida del hombre no puede "ser vivida" repitiendo los patrones de su especie; es él
mismo -cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede estar fastidiado,
que puede estar disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso» (Erich Fromm, Ética
y psicoanálisis).
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CAPÍTULO SEGUNDO
ÓRDENES, COSTUMBRES Y CAPRICHOS
Te recuerdo brevemente donde estamos. Queda claro que hay cosas que nos convienen para vivir y
otras no, pero no siempre está claro qué cosas son las que nos convienen. Aunque no podamos
elegir lo que nos pasa, podemos en cambio elegir lo que hacer frente a lo que nos pasa. Modestia
aparte, nuestro caso se parece más al de Héctor que al de las beneméritas termitas... Cuando vamos
a hacer algo, lo hacemos porque preferimos hacer eso a hacer otra cosa, o porque preferimos
hacerlo a no hacerlo. ¿Resulta entonces que hacemos siempre lo que queremos? Hombre, no tanto.
A veces las circunstancias nos imponen elegir entre dos opciones que no hemos elegido: vamos, que
hay ocasiones en que elegimos aunque preferiría no tener que elegir.
Uno de los primeros filósofos que se ocupó de estas cuestiones, Aristóteles, imaginó el siguiente
ejemplo. Un barco lleva una importante carga de un puerto a otro. A medio trayecto, le sorprende una
tremenda tempestad. Parece que la única forma de salvar el barco y la tripulación es arrojar por la
borda el cargamento, que además de importante es pesado. El capitán del navío se plantea el
problema siguiente: «¿Debo tirar la mercancía o arriesgarme a capear el temporal con ella en la
bodega, esperando que el tiempo mejore o que la nave resista?» Desde luego, si arroja el
cargamento lo hará porque prefiere hacer eso a afrontar el riesgo, pero sería injusto decir sin más
que quiere tirarlo. Lo que de veras quiere es llegar a puerto con su barco, su tripulación y su
mercancía: eso es lo que más le conviene. Sin embargo, dadas las borrascosas circunstancias,
prefiere salvar su vida y la de su tripulación a salvar la carga, por preciosa que sea. ¡Ojalá no se
hubiera levantado la maldita tormenta! Pero la tormenta no puede elegirla, es cosa que se le impone,
cosa que le pasa, quiera o no; lo que en cambio puede elegir es el comportamiento a seguir en el
peligro que le amenaza. Si tira el cargamento por la borda lo hace porque quiere... y a la vez sin
querer. Quiere vivir, salvarse y salvar a los hombres que dependen de él, salvar su barco; pero no
quisiera quedarse sin la carga ni el provecho que representa, por lo que no se desprenderá de ella
sino muy a regañadientes. Preferiría sin duda no verse en el trance de tener que escoger en re la
pérdida de sus bienes y la pérdida de su vida. Sin embargo, no queda más remedio y debe decidirse:
elegirá lo que quiera más, lo que crea más conveniente. Podríamos decir que es libre porque no le
queda otro remedio que serlo, libre de optar en circunstancias que él no ha elegido padecer.
Casi siempre que reflexionamos en situaciones difíciles o importantes sobre lo que vamos a
hacer nos encontramos en una situación parecida a la de ese capitán de barco del que habla
Aristóteles. Pero claro, no siempre las cosas se ponen tan feas. A veces las circunstancias son
menos tormentosas y si me empeño en no ponerte más que ejemplos con ciclón incorporado puedes
rebelarte contra ellos, como hizo aquel aprendiz de aviador. Su profesor de vuelo le preguntó: «Va
usted en un avión, se declara una tormenta y le inutiliza a usted el motor. ¿Qué debe hacer?» Y el
estudiante contesta: «Seguiré con el otro motor.» «Bueno -dijo el profesor-, pero llega otra tormenta y
le deja sin ese motor. ¿Cómo se las arregla entonces?» «Pues seguiré con el otro motor.» «También
se lo destruye una tormenta. ¿Y entonces?» «Pues continúo con otro motor.» Vamos a ver -se
mosquea el profesor-, ¿se puede saber de dónde saca usted tantos motores?» Y el alumno,
imperturbable: «Del mismo sitio del que saca usted tantas tormentas.» No, dejemos de lado el
tormento de las tormentas. Veamos qué ocurre cuando hace buen tiempo.
Por lo general, uno no se pasa la vida dando vueltas a lo que nos conviene o no nos conviene hacer.
Afortunadamente no solemos estar tan achuchados por la vida como el capitán del dichoso barquito
del que hemos hablado. Si vamos a ser sinceros, tendremos que reconocer que la mayoría de
nuestros actos los hacemos casi automáticamente, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Recuerda
conmigo, por favor, lo que has hecho esta mañana. A una hora indecentemente temprana ha sonado
el despertador y tú, en vez de estrellarlo contra la pared como te apetecía, has apagado la alarma.
Te has quedado un ratito entre las sábanas, intentando aprovechar los últimos y preciosos minutos
de comodidad horizontal. Después has pensado que se te estaba haciendo demasiado tarde y el
autobús para el cole no espera, de modo que te has levantado con santa resignación. Ya sé que no
te gusta demasiado lavarte los dientes pero como te insisto tanto para que lo hagas has acudido
entre bostezos a la cita con el cepillo y la pasta. Te has duchado casi sin darte cuenta de lo que
hacías, porque es algo que ya pertenece a la rutina de todas las mañanas. Luego te has bebido el
café con leche y te has tomado la habitual tostada con mantequilla. Después, a la dura calle.
Mientras ibas hacia la parada del autobús repasando mentalmente los problemas de matemáticas
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-¿no tenías hoy control?- has ido dando patadas distraídas a una lata vacía de coca-cola. Más tarde
el autobús, el colegio, etc.
Francamente, no creo que cada uno de esos actos los hayas realizado tras angustiosas
meditaciones: «¿Me levanto o no me levanto? ¿Me ducho o no me ducho? ¡Desayunar o no
desayunar, ésa es la cuestión! » La zozobra del pobre capitán de barco a punto de zozobrar, tratando
de decidir a toda prisa si tiraba por la borda la carga o no, se parece poco a tus soñolientas
decisiones de esta mañana. Has actuado de manera casi instintiva, sin plantearte muchos
problemas. En el fondo resulta lo más cómodo y lo más eficaz, ¿no? A veces darle demasiadas
vueltas a lo que uno va a hacer nos paraliza. Es como cuando echas a andar: si te pones a mirarte
los pies y a decir «ahora, el derecho; luego, el izquierdo, etc.», lo más seguro es que Pegues un
tropezón o que acabes parándote. Pero yo quisiera que ahora, retrospectívamente, te preguntaras lo
que no te preguntaste esta mañana. Es decir: ¿por qué he hecho lo que hice?, ¿por qué ese gesto y
no mejor el contrario o quizá otro cualquiera?
Supongo que esta encuesta te indignará un poco. ¡Vaya! ¿Que por qué tienes que levantarte a las
siete y media, lavarte los dientes e ir al colegio? ¿Y yo te lo pregunto? ¡Pues precisamente porque yo
me empeño en que lo hagas y te doy la lata de mil maneras, con amenazas y promesas, para
obligarte! ¡Si te quedases en la cama menudo jaleo te montaría! Claro que algunos de los gestos
reseñados, como ducharte o desayunar, los realizas ya sin acordarte de mi, porque son cosas que
siempre se hacen al levantarse, ¿no?, y que todo el mundo repite. Lo mismo que ponerse pantalones
en lugar de ir en calzoncillos, por mucho que apriete el calor... En cuanto a lo de tomar el autobús,
bueno, no tienes más remedio que hacerlo para llegar a tiempo, porque el colegio está demasiado
lejos como para ir andando y no soy tan espléndido para pagarte un taxi de ¡da y vuelta todos los
días. ¿Y lo de pegarle patadas a la lata? Pues eso lo haces porque sí, porque te da la gana.
Vamos a detallar entonces la serie de diferentes motivos que tienes para tus comportamientos
matutinos. Ya sabes lo que es u', «motivo» en el sentido que recibe la palabra en este contexto: es la
razón que tienes o al menos crees tener para hacer algo, la explicación más aceptable de tu
conducta cuando reflexionas un poco sobre ella. En una palabra: la mejor respuesta que se te ocurre
a la pregunta «¿por qué hago eso?». Pues bien, uno de los tipos de motivación que reconoces es el
de que yo te mando que hagas tal o cual cosa. A estos motivos les llamaremos órdenes. En otras
ocasiones el motivo es que sueles hacer siempre ese mismo gesto y ya lo repites casi sin pensar, o
también el ver que a tu alrededor todo el mundo se comporta así habitualmente: llamaremos
costumbres a este juego de motivos. En otros casos -los puntapiés a la lata, por ejemplo- el motivo
parece ser la ausencia de motivo, el que te apetece sin más, la pura gana. ¿Estás de acuerdo en que
llamemos caprichos al por qué de estos comportamientos? Dejo de lado los motivos más crudamente
funcionales, es decir los que te inducen a aquellos gestos que haces como puro y directo instrumento
para conseguir algo: bajar la escalera para llegar a la calle en lugar de saltar por la ventana, coger el
autobús para ir al cole, utilizar una taza para tomar tu café con leche, etc.
Nos limitaremos a examinar los tres primeros tipos de motivos, es decir las órdenes, las costumbres
y los caprichos. Cada uno de esos motivos inclina tu conducta en una dirección u otra, explica más o
menos tu preferencia por hacer lo que haces frente a las otras muchas cosas que podrías hacer. La
primera pregunta que se me ocurre plantear sobre ellos es: fuerza te obliga a actuar cada uno
Porque no todos tienen el mismo peso en cada ocasión. Levantarte para ir al colegio es más
obligatorio que lavarte los dientes o duchar. te y creo que bastante más que dar patadas a la lata de
coca-cola; en cambio, ponerte pantalones o al menos calzoncillos por mucho calor que haga es tan
obligatorio como ir al cole, ¿no? Lo que quiero decirte es que cada tipo de motivos tiene su propio
peso y te condiciona a su modo. Las órdenes, por ejemplo, sacan su fuerza, en parte, del miedo que
puedes tener a las terribles represalias que tomaré contra ti si no me obedeces; pero también,
supongo, al afecto y la confianza que me tienes y que te- lleva a pensar que lo que te mando es para
protegerte y mejorarte o, como suele decirse con expresión que te hace torcer el gesto, por tu bien.
También desde luego porque esperas algún tipo de recompensa si cumples como es debido: paga,
regalos, etc. Las costumbres, en cambio, vienen más bien de la comodidad de seguir la rutina en
ciertas ocasiones y también de tu interés de no contrariar a los otros, es decir de la presión de los
demás. También en las costumbres hay algo así como una obediencia a ciertos tipos de órdenes:
piensa, por poner otro ejemplo, en las modas. ¡La cantidad de cazadoras, zapatillas, chapas, etc.,
que tienes que ponerte porque entre tus amigos es costumbre llevarlas y tú no quieres desentonar!
Las órdenes y las costumbres -tienen una cosa en común: parece que vienen de fuera, que se te
imponen sin pedirte permiso. En cambio, los caprichos te salen de dentro, brotan espontáneamente
sin que nadie te los mande ni a nadie en principio creas imitarlos. Yo supongo que si te pregunto que
cuándo te sientes más libre, al cumplir órdenes, al seguir la costumbre o al hacer tu capricho, me
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dirás que eres más libre al hacer tu capricho, porque es una cosa más tuya y que no depende de
nadie más que de ti. Claro que vete a saber: a lo mejor también el llamado capricho te apetece
porque se lo imitas a alguien o quizá brota de una orden pero al revés, por ganas de llevar la contra-
ria, unas ganas que no se te hubieran despertado a ti solo sin el mandato previo que desobedeces...
En fin, por el momento vamos a dejar las cosas aquí, que por hoy ya es lío suficiente.
Pero antes de acabar recordemos como despedida otra vez aquel barco griego en la tormenta al que
se refirió Aristóteles. Ya que empezarnos entre olas y truenos bien podemos acabar lo mismo, para
que el capítulo resulte capicúa. El capitán del barco estaba, cuando lo dejamos, en el trance de
arrojar o no la carga por la borda para evitar el naufragio. Desde luego tiene orden de llevar las
mercancías a puerto, la costumbre no es precisamente tirarlas al mar y poco le ayudaría seguir sus
caprichos dado el berenjenal en que se encuentra. ¿Seguirá sus órdenes aun a riesgo de perder la
vida y la de toda su tripulación? ¿Tendrá más miedo a la cólera' de sus patronos que al mismo mar
furioso!,;',, En circunstancias normales puede bastar' con hacer lo que le mandan a uno, pero a veces
lo más prudente es plantearse hasta qué punto resulta aconsejable obedecer... Después de todo, el
capitán no es como las termitas, que tienen que salir en plan kamikaze quieran o no porque no les
queda otro remedio que «obedecer» los impulsos de su naturaleza.
Y si en la situación en que está las órdenes no le bastan, la costumbre todavía menos. La costumbre
sirve para lo corriente, para la rutina de todos los días. ¡Francamente, una tempestad en alta mar no
es momento para andarse con rutinas! Tú mismo le pones religiosamente pantalones y calzoncillos
todas las mañanas, pero si en caso de incendio no te diera tiempo tampoco te sentirías demasiado
culpable. Durante el gran terremoto de México de hace pocos años un amigo mío vio derrumbarse
ante sus propios ojos un elevado edificio; acudió a prestar ayuda e intentó sacar de entre los
escombros a una de las víctimas, que se resistía inexplicablemente a salir de la trampa de cascotes
hasta que confesó: «Es que no llevo nada encima ... » ¡Premio especial del jurado a la defensa
intempestiva del taparrabos! Tanto conformismo ante la costumbre vigente es un poco morboso,
¿no? Podemos suponer que nuestro capitán griego era un hombre práctico y que la rutina de
conservar la carga no era suficiente para determinar su comportamiento en caso de peligro. Ni
tampoco para arrojarla, claro está, por mucho que en la mayoría de los casos fuese habitual
desprenderse de ella. Cuando las cosas están de veras serias hay que inventar y no sencillamente
limitarse a seguir la moda o el hábito...
Tampoco parece que sea ocasión propicia para entregarse a los caprichos. Si te dijeran que el
capitán de ese barco tiró la carga no Porque lo considerase prudente, sino por capricho (o que la
conservó en la bodega por el mismo motivo), ¿qué pensarías? Respondo Por ti: que estaba un poco
loco. Arriesgar la fortuna o la vida sin otro móvil que el capricho tiene mucho de chaladura, y si la
extravagancia compromete la fortuna o la vida del prójimo merece ser calificada aún más duramente.
¿Cómo podría haber llegado a mandar un barco semejante antojadizo irresponsable? En momentos
tempestuosos a la persona sana se le pasan casi todos los caprichitos y no le queda sino el deseo
intenso de acertar con la línea de conducta más conveniente, o sea: más racional.
¿Se trata entonces de un simple problema funcional, de encontrar el mejor medio para llegar sanos
y salvos a puerto? Vamos a suponer que el capitán llega a la conclusión de que para salvarse basta
con arrojar cierto peso al mar, sea peso en mercancías o sea peso en tripulación. Podría entonces
intentar convencer a los marineros de que tirasen por la borda a los cuatro o cinco más inútiles de
entre ellos y así de este modo tendrían una buena oportunidad de conservar las ganancias del flete.
Desde un punto de vista funcional, a lo mejor era ésta la mejor solución para salvar el pellejo y
también para asegurar las ganancias... Sin embargo, algo me resulta repugnante en tal decisión y su
pongo que a ti también. ¿Será porque me han dado la orden de que tales cosas no deben hacerse, o
porque no tengo costumbre de hacerlas o simplemente porque no me apetece -tan caprichoso soy-
comportarme de esa manera?
Perdona que te deje en un suspense digno de Hitchcok, pero no voy a decirte para acabar qué es lo
que a la postre decidió nuestro zarandeado capitán. ¡Ojalá acertase y tuviera ya buen viento hasta
volver a casa! La verdad es que cuando pienso en él me doy cuenta de que todos vamos en el
mismo barco... Por el momento, nos quedaremos con las preguntas que hemos planteado y
esperemos que vientos favorables nos lleven hasta el próximo capítulo, donde volveremos a
encontrarlas e intentaremos empezar a responderlas.
Vete leyendo...
116
«Tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder. En efecto,
siempre que está en nuestro poder el hacer, lo está también el no
hacer, y siempre que está en nuestro poder el no, lo está el sí, de
modo que si está en nuestro poder el obrar cuando es bello, lo estará
también cuando es vergonzoso, y si está en nuestro poder el no obrar
cuando es bello, lo estará, asimismo, para no obrar cuando es
vergonzoso»
(Aristóteles, Ética para Nicómaco).
«En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el
objeto de su arte, es el escultor y el mármol, el médico y el
paciente» (Erich Fromm, Ética Y Psicoanálisis).
Sólo disponemos de cuatro principios de la moral:
1. El filosófico: haz el bien por el bien mismo, Por respeto a la ley.
2. El religioso: hazlo porque es la voluntad de Dios, por amor a Dios.
3. El humano: hazlo porque tu bienestar lo re. quiere, por amor
propio.
4. El político: hazlo porque lo requiere la prosperidad de la
sociedad de la que formas parte, por amor a la sociedad y
por consideración a ti (Lichtenberg, Aforismos).
«No hemos de preocupamos de vivir largos años, sino de vivirlos
satisfactoriamente; porque vivir largo tiempo depende del destino, vivir
satisfactoriamente de tu alma. La vida es larga si es plena; y se
hace plena cuando el alma ha recuperado la posesión de su bien
propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma»
(Séneca, Cartas a Lucilio).
117
CAPITULO TERCERO
HAZ LO QUE QUIERAS
Decíamos antes que la mayoría de las cosas las hacemos porque nos las mandan (los
padres cuando se es joven, los superiores o las leyes cuando se es adulto), porque se
acostumbra a hacerlas así (a veces la rutina nos la imponen los demás con su ejemplo y su
presión -miedo al ridículo, censura, chismorreo, deseo de aceptación en el grupo...y otras
veces nos la creamos nosotros mismos), porque son un medio para conseguir lo que
queremos (como tomar el autobús para ir al colegio) o sencillamente porque nos da la
ventolera o el capricho de hacerlas así, sin más ni más. Pero resulta que en ocasiones
importantes o cuando nos tomamos lo que vamos a hacer verdaderamente en esto, todas
estas motivaciones corrientes resultan insatisfactorias: vamos, que saben a poco, como
suele decirse.
Cuando tiene uno que salir a exponer el pellejo junto a las murallas de Troya desafiando el
ataque de Aquiles, como hizo Héctor; o cuando hay que decidir entre tirar al mar la carga
para salvar a la tripulación o tirar a unos cuantos de la tripulación para salvar la carga; o... en
casos semejantes, aun. que no sean tan dramáticos (por ejemplo sencillito: ¿debo votar al
político que considero mejor para la mayoría del país, aunque perjudique con su subida de
impuestos mis intereses personales, o apoyar al que me permite forrarme más a gusto y los
demás que espabilen?), ni órdenes ni costumbres bastan y no son cuestiones de capricho.
El comandante nazi del campo de concentración al que acusan de una matanza de judíos
intenta excusarse diciendo que «cumplió órdenes », pero a mí, sin embargo, no me
convence esa justificación; en ciertos países es costumbre no alquilar un piso a negros por
su color de piel o a homosexuales por su preferencia amorosa, pero por mucho que sea
habitual tal discriminación sigue sin parecerme aceptable; el capricho de irse a pasar unos
días en la playa es muy comprensible, pero si uno tiene a un bebé a su cargo y lo deja sin
cuidado durante un fin de semana, semejante capricho ya no resulta simpático sino criminal.
¿No opinas lo mismo que yo en estos casos?
Todo esto tiene que ver con la cuestión de la libertad, que es el asunto del que se ocupa
propiamente la ética, según creo haberte dicho ya. Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo
hago o no lo hago, digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene y lo quiero,
aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es decidir, pero también, no lo
olvides, darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como
podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que intentar pensar al
menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza...
La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta «¿por qué
hago esto?» es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo hago porque me lo
mandan, porque es costumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por
segunda vez, la cosa ya varía. Esto lo hago porque me lo mandan, pero... ¿por qué
obedezco lo que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no
estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las
órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara Informarme lo suficiente
para decidir por mi mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como
cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración?
¿Acaso no puede ser algo «malo» -es decir, no conveniente para mí- por mucho que me lo
manden, o «bueno» y conveniente aunque nadie me lo ordene?
Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso lo que hago más que una vez,
quizá me baste la respuesta de que actúo así «porque es costumbre». Pero ¿por qué
diablos tengo que hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que fuera
esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que sean, o de lo que hice ayer, antes
118
de ayer y el mes pasado! Si vivo rodeado de gente que tiene la costumbre de discriminar a
los negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que imitarles? Si he
cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no devolverlo nunca, pero cada vez me da
más vergüenza hacerlo, ¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empezar desde
ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre no puede ser poco
conveniente para mí, por muy acostumbrada que sea? Y cuando me interrogo por segunda
vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer
cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin
importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias
dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente,
puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre los
semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces divertido pero ¿llegaré a viejo si me
empeño en hacerlo día tras día?
En resumidas cuentas: puede haber órdenes, costumbres y caprichos que sean motivos
adecuados para obrar, pero en otros casos no tiene por qué ser así. Seria un poco idiota
querer llevar la contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres, como también a
todos los caprichos, porque a veces resultarán convenientes o agradables. Pero nunca una
acción es buena sólo por ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me
resulta de veras conveniente o no tendré que examinar lo que hago más a fondo, razonando
por mí mismo. Nadie puede ser libre en mi lugar, es decir: nadie Puede dispensarme de
elegir y de buscar por mí mismo. Cuando se es un niño pequeño, inmaduro, con poco
conocimiento de la vida y de la realidad, basta con la obediencia, la rutina o el caprichito.
Pero es Porque todavía se está dependiendo de alguien, en manos de otro que vela por
nosotros. Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de inventar en cierto modo la
propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno. Naturalmente, no
podemos inventarnos del todo porque no vivimos solos y muchas cosas se nos imponen
queramos o no (acuérdate de que el pobre capitán no eligió padecer una tormenta en alta
mar ni Aquiles le pidió a Héctor permiso para atacar Troya ... ). Pero entre las órdenes que
se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los caprichos que
nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos. No habrá más remedio,
para ser hombres y no borregos (con perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que
hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.
La palabra «moral» etimológicamente tiene que ver con las costumbres, pues eso
precisamente es lo que significa la voz latina mores, y también con las órdenes, pues la
mayoría de los preceptos morales suenan así como «debes hacer tal cosa» o «ni se te
ocurra hacer tal otra». Sin embargo, hay costumbres y órdenes -como ya hemos visto que
pueden ser malas, o sea «inmorales», por muy ordenadas y acostumbradas que se nos
presenten. Si queremos profundizar el' la moral de verdad, si queremos aprender en serio
cómo emplear bien la libertad que tenemos (y en este aprendizaje consiste precisamente la
«moral» o «ética» de la que estarnos hablando aquí), más vale dejarse de órdenes,
costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar claro es que la ética de un hombre
libre nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por la autoridad que sea,
autoridad humana o divina, para el caso es igual. El que no hace más que huir del castigo y
buscar la recompensa que dispensan otros, según normas establecidas por ellos, no es
mejor que un pobre esclavo. A un niño quizá le basten el palo y la zanahoria como guías de
su conducta, pero para alguien crecidito es más bien triste seguir con esa mentalidad. Hay
que orientarse de otro modo. Por cierto, una aclaración terminológica. Aunque yo voy a
utilizar las palabras «moral» y «ética» como equivalentes, desde un punto de vista técnico
(perdona que me ponga más profesoral que de costumbre) no tienen idéntico significado.
«Moral» es el conjunto de comportamientos Y normas que tú, yo y algunos de quienes nos
rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la reflexión sobre por qué los
consideramos válidos y la comparación con otras «morales» que tienen personas diferentes.
Pero en fin, aquí seguiré usando una u otra palabra indistintamente, siempre como arte de
vivir. Que me perdone la academia...
119
Te recuerdo que las palabras «bueno» y «malo» no sólo se aplican a comportamientos
morales, ni siquiera sólo a personas. Se dice, por ejemplo, que Maradona o Butragueño son
futbolistas muy buenos, sin que ese calificativo tenga nada que ver con su tendencia a
ayudar al prójimo fuera del estadio o su propensión a decir siempre la verdad. Son buenos
en cuanto futbolistas y como futbolistas, sin que entremos en averiguaciones sobre su vida
privada. Y también puede decirse que una moto es muy buena sin que ello implique que la
tomamos por la Santa Teresa de las motos: nos referimos a que funciona estupendamente y
que tiene todas las ventajas que a una moto pueden pedirse. En cuestión de futbolistas o de
motos, lo «bueno» -es decir, lo que conviene- está bastante claro. Seguro que si te pregunto
me explicas muy bien cuáles son los requisitos necesarios para que algo merezca califi-
cación de sobresaliente en el terreno de juego o en la carretera. Y digo yo: ¿por qué no
intentamos definir del mismo modo lo que se necesita para ser un hombre bueno? ¿No nos
resolvería eso todos los problemas que nos estamos planteando desde hace ya bastantes
páginas?
No es cosa tan fácil, sin embargo. Respecto a los buenos futbolistas, las buenas motos, los
buenos caballos de carreras, etc., la mayoría de la gente suele estar de acuerdo, pero
cuando se trata de determinar si alguien es bueno o malo en general, como ser humano, las
opiniones varían mucho. Ahí tienes, por ejemplo, el caso de Purita: su mamá en casa la
tiene por el no va más de la bondad, porque es obediente y modosita, pero en clase todo el
mundo la detesta porque es chismosa y cizañera. Seguro que para sus superiores el oficial
nazi que gaseaba judíos en Auschwitz era bueno y como es debido, pero los judíos debían
tener sobre él una opinión diferente. A veces llamarle a alguien «bueno» no indica nada
bueno: hasta el punto de que suelen decirse cosas como «Fulanito es muy bueno, ¡el pobre!
» El poeta español Antonio Machado era consciente de esta ambigüedad y en su
autobiografía poética escribió: «Soy en el buen sentido de la palabra bueno ... » Se refería a
que, en muchos casos, llamarle a uno «bueno» no indica más que docilidad, tendencia a no
llevar la contraria y a no causar problemas, prestarse a cambiar los discos mientras los
demás bailan, cosas así.
Para unos, ser bueno significará ser resignado y paciente, pero otros llamarán bueno a la
persona emprendedora, original, que no se acobarda a la hora de decir lo que piensa
aunque pueda molestar a alguien. En países como Sudáfrica, por ejemplo, unos tendrán Por
bueno al negro que no da la lata y se conforma con el apartheid, mientras que otros no
llamarán así más que al que sigue a Nelson Mandela. ¿Y sabes por qué no resulta sencillo
decir cuándo un ser humano es «bueno» y cuándo no lo es? Porque no sabemos para que
sirven los seres humanos. Un futbolista sirve para jugar al fútbol de tal modo que ayude a
ganar a su equipo y meta goles al contrario; una moto sirve para trasladarnos de modo
veloz, estable, resistente... Sabemos cuándo un especialista en algo o cuándo un
instrumento funcionan como es debido porque tenemos idea del servicio que deben prestar,
de lo que se espera de ellos. Pero si tomamos al ser humano en general la cosa se
complica: a los humanos se nos reclama a veces resignación y a veces rebeldía, a veces
iniciativa y a veces obediencia, a veces generosidad y otras previsión del futuro, etc. No es
fácil ni siquiera determinar una virtud cualquiera: que un futbolista meta un gol en la portería
contraria sin cometer falta siempre es bueno, pero decir la verdad puede no serlo.
¿Llamarías «bueno» a quien le dice por crueldad al moribundo que va a morir o a quien
delata dónde se esconde la víctima al asesino que quiere matarla? Los oficios y los
instrumentos responden a unas normas de utilidad bastante claras, establecidas desde
fuera: si se las cumple, bien; si no, mal y se acabó. No se pide otra cosa. Nadie exige a un
futbolista -para ser buen futbolista, no buen ser humano- que sea caritativo o veraz; nadie le
pide a una moto, para ser buena moto, que sirva para clavar clavos. Pero cuando se
considera a los humanos en general la cosa no está tan clara, porque no hay un único
reglamento para ser buen humano ni el hombre es instrumento para conseguir nada.
Se puede ser buen hombre (y buena mujer, claro) de muchas maneras y las opiniones que
juzgan los comportamientos suelen variar según las circunstancias. Por eso decimos a
veces que Fulano o Menganita son buenos «a su modo». Admitimos así que hay muchas
120
formas de serlo y que la cuestión depende del ámbito en que se mueve cada cual. De modo
que ya ves que desde fuera no es fácil determinar quién es bueno y quién malo, quién hace
lo conveniente y quién no. Habría que estudiar no sólo todas las circunstancias de cada
caso, sino hasta las intenciones que mueven a cada uno. Porque Podría pasar que alguien
hubiese pretendido hacer algo malo y le saliera un resultado aparentemente bueno por
carambola. Y al que hace lo bueno y conveniente por chiripa lo le llamaríamos «bueno»,
¿verdad? También al revés: con la mejor voluntad del mundo alguien podría provocar un
desastre y ser tenido por monstruo sin culpa suya. Me parece que por este camino
sacaremos poco en limpio, lo siento.
Pero si ya hemos dicho que ni órdenes, ni costumbres ni caprichos bastan para guiar. nos en
esto de la ética y ahora resulta que no hay un claro reglamento que enseñe a ser hombre
bueno y a funcionar siempre como tal, ¿cómo nos las arreglaremos? Voy a contestarte algo
que de seguro te sorprende y quizá hasta te escandalice. Un divertidísimo escritor francés
del siglo XVI, François Rabelais, contó en una de las primeras novelas europeas las
aventuras del gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel. Muchas cosas podría contarte de ese
libro, pero prefiero que antes o después te decidas a leerlo por ti mismo. Sólo te diré que en
una ocasión Gargantúa decide fundar una orden más o menos religiosa e instalarla en una
abadía, la abadía de Theleme, sobre cuya puerta está escrito este único precepto: « Haz lo
que quieras. » Y todos los habitantes de esa santa casa no hacen precisamente más que
eso, lo que quieren. ¿Qué te parecería si ahora te digo que a la puerta de la ética bien
entendida no está escrita más que esa misma consigna: haz lo que quieras? A lo mejor te
indignas conmigo: ¡vaya, pues sí que es moral la conclusión a la que hemos llegado!, ¡la que
se armaría si todo el mundo hiciese sin más ni más lo que quisiera!, ¿para eso hemos
perdido tanto tiempo y nos hemos comido tanto el coco? Espera, espera, no te enfades.
Dame otra oportunidad: hazme el favor de pasar al capítulo siguiente...
vete leyendo...
«Los congregados en Theleme empleaban su vida, no en atenerse a leyes, reglas
o estatutos, sino en ejecutar su voluntad y libre albedrío. Levantábanse del
lecho cuando les parecía bien, y bebían, comían, trabajaban y dormían cuando
sentían deseo de hacerlo. Nadie les despertaba, ni le forzaba a beber, o
comer, ni a nada.» Así lo había dispuesto Gargantúa. La única regla de la
Orden era ésta:
HAZ LO QUE QUIERAS
»Y era razonable, porque las gentes libres, bien nacidas y bien educadas,
cuando tratan con personas honradas, sienten por naturaleza el instinto y
estímulo de huir del vicio y acogerse a la virtud. Y es a esto a lo que llaman
honor.
»Pero cuando las mismas gentes se ven refrenadas Y constreñidas, tienden a
rebelarse y romper el yugo que las abruma. Pues todos nos inclinamos siempre a
buscar lo prohibido y a codiciar lo que se nos niega»
François Rebelais, Gargantúa y Pantagruel.
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» La ética humanista, en contraste con la ética autoritaria, puede distinguirse
de ella por un criterio formal Y otro material. Formalmente se basa en el
Principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre
virtud y pecado, y no Una autoridad que lo trascienda. Materialmente se basa
en el principio de que lo "bueno" es aquello que es bueno para el hombre y "malo"
lo que le es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del
hombre»
(Erich Fromm, Ética y psicoanálisis)
.
«Pero, aunque la razón basta, cuando está plenamente desarrollada y
perfeccionada, para instruimos de las tendencias dañosas o útiles de las
cualidades y de las acciones, no basta, por sí misma, para producir la
censura o la aprobación moral. La utilidad no es más que una tendencia
hacia un cierto fin; si el fin nos fuese totalmente indiferente, sentiríamos la
misma indiferencia por los medios. Es preciso necesariamente que un sentimiento
se manifieste aquí, para hacernos preferir las tendencias útiles a las
tendencias dañinas. Ese sentimiento no puede ser más que una simpatía por la
felicidad de los hombres o un eco de su desdicha, puesto que éstos son los
diferentes fines que la virtud y el vicio tienen tendencia a promover. Así pues,
la razón nos instruye acerca de las diversas tendencias de las acciones y la
humanidad hace una distinción a favor de las tendencias útiles y
beneficiosas» (David Hume, Investigación sobre los principios de la moral).
122
CAPITULO CUARTO
DATE LA BUENA VIDA
¿Qué pretendo decirte poniendo un «haz lo que quieras» como lema fundamental de esa
ética hacia la que vamos tanteando? Pues sencillamente (aunque luego resultará que no es
tan sencillo, me temo) que hay que dejarse de órdenes y costumbres, de premios y castigos,
en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera' y que tienes que plantearte todo este
asunto desde ti mismo, desde el fuero interno de tu voluntad. No le preguntes a nadie qué es
lo que debes hacer con tu vida: pregúntatelo a ti mismo. Si deseas saber en qué puedes
emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro o
de otros, Por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad... a
la libertad misma.
Claro, como eres chico listo puede que te estés dando ya cuenta de que aquí hay una cierta
contradicción. Si te digo «haz lo que quieras» parece que te estoy dando de todas formas
una orden, «haz eso y no lo otro», aunque sea la orden de que actúes libremente. ¡Vaya
orden más complicada, cuando se la examina de cerca! Si la cumples, la desobedeces
(porque no haces lo que quieres, sino lo que quiero yo que te lo mando); si la desobedeces,
la cumples (porque haces lo que tú quieres en lugar de lo que yo te mando... ¡pero eso es
precisamente lo que te estoy mandando!). Créeme, no pretendo meterte en un
rompecabezas como los que aparecen en la sección de pasatiempos de los periódicos.
Aunque procure decirte todo esto sonriendo para que no nos aburramos más de lo debido, el
asunto es serio: no se trata de pasar el tiempo, sino de vivirlo bien. La aparente
contradicción que encierra ese «haz lo que quieras » no es sino un reflejo del problema
esencial de la libertad misma: a saber, que no somos libres de no ser libres, que no tenemos
más remedio que serlo. ¿Y si me dices que ya está bien, que estás harto y que no quieres
seguir siendo libre? ¿Y si decides entregarte como esclavo al mejor postor o jurar que
obedecerás en todo y para siempre a tal o cual tirano? Pues lo harás porque quieres, en uso
de tu libertad y aunque obedezcas a otro o te dejes llevar por la masa seguirás actuando tal
como prefieres: no renunciarás a elegir, sino que habrás elegido ,lo elegir por ti mismo. Por
eso un filósofo francés de nuestro siglo, Jean-Paul Sartre, dijo que «estamos condenados a
la libertad». Para esa condena, no hay indulto que valga...
De modo que mi «haz lo que quieras» no es más que una forma de decirte que te tomes en
serio el problema de tu libertad, lo de que nadie puede dispensarte de la responsabilidad
creadora de escoger tu camino. No te preguntes con demasiado morbo si «merece la
pena>> todo este jaleo de la libertad, porque quieras o no eres libre, quieras o no tienes que
querer. Aunque digas que no quieres saber nada de estos asuntos tan fastidiosos y que te
deje en paz, también estarás queriendo... queriendo no saber nada, queriendo que te dejen
en paz aun a costa de aborregarte un poco o un mucho. ¡Son las cosas del querer, amigo
mío, como dice la copla! Pero no confundamos este «haz lo que quieras» con los caprichos
de que hemos hablado antes. Una cosa es que hagas «lo que quieras» y otra bien distinta
que hagas «lo primero que te venga en gana». No digo que en ciertas ocasiones no pueda
bastar la pura Y simple gana de algo: al elegir qué vas a comer en un restaurante, por
ejemplo. Ya que afortunadamente tienes buen estómago Y no te preocupa engordar, pues
venga, pide lo que te dé la gana... Pero cuidado, que aveces con la «gana» no se gana sino
que se pierde. Ejemplo al canto.
No sé si has leído mucho la Biblia. Está llena de cosas interesantes y no hace falta ser muy
religioso, ya sabes que yo lo soy más bien poco para apreciarlas. En el primero de sus
libros, el Génesis, se cuenta la historia de Esaú y Jacob, hijos de Isaac. Eran hermanos
gemelos, pero Esaú había salido primero del vientre de su madre, lo que le concedía el
123
derecho de primogenitura: ser primogénito en aquellos tiempos no era cosa sin importancia,
porque significaba estar destinado a heredar todas las posesiones y privilegios del padre. A
Esaú le gustaba ir de caza y correr aventuras, mientras que Jacob prefería quedarse en
casita, preparando de vez en cuando algunas delicias culinarias. Cierto día volvió Esaú del
campo cansado y hambriento. Jacob había preparado un suculento potaje de lentejas y a su
hermano, nada más llegarle el olorcillo del guiso, se le hizo la boca agua. Le entraron
muchas ganas de comerlo y pidió a Jacob que le invitara. El hermano cocinero le dijo que
con mucho gusto pero no gratis sino a cambio del derecho de primogenitura. Esaú pensó:
«Ahora lo que me apetecen son las lentejas. Lo de heredar a mi padre será dentro de mucho
tiempo. ¡Quién sabe, a lo mejor me muero yo antes que él!» Y accedió a cambiar sus futuros
derechos de primogénito por las sabrosas lentejas del presente. ¡Debían oler
estupendamente esas lentejas! Ni que decir tiene que más tarde, ya repleta la panza, se
arrepintió del mal negocio que había hecho, lo que provocó bastantes problemas entre los
hermanos (dicho sea con el respeto debido, siempre me ha dado la impresión de que Jacob
era un pájaro de mucho cuidado). Pero si quieres saber cómo acaba la historia, léete el
Génesis. Para lo que aquí nos interesa ejemplificar basta con lo que te he contado.
Como te veo un poco sublevado, no me extrañaría que intentaras volver esta historia contra
lo que te vengo diciendo: «¿No me recomendabas tú eso tan bonito de "haz lo que quieras"?
Pues ahí tienes: Esaú quería potaje, se empeñó en conseguirlo y al final se quedó sin
herencia. ¡Menudo éxito! » Sí, claro, pero... ¿eran esas lentejas lo que Esaú quería de veras
o simplemente lo que le apetecía en aquel momento? Después de todo, ser el primogénito
era entonces una cosa muy rentable y en cambio las lentejas ya se sabe: si quieres las
tomas y si no las dejas... Es lógico pensar que lo que Esaú quería en el fondo era la
primogenitura, un derecho destinado a mejorarle mucho la vida en un plazo más o menos
próximo. Por supuesto, también le apetecía comer potaje, pero si se hubiese molestado en
pensar un poco se habría dado cuenta de que este segundo deseo podía esperar un rato
con tal de no estropear sus posibilidades de conseguir lo fundamental. A veces los hombres
querernos cosas contradictorias que entran en conflicto unas con otras. Es importante ser
capaz de establecer prioridades y de imponer una cierta jerarquía entre lo que de pronto me
apetece y lo que en el fondo, a la larga, quiero. Y si no, que se lo pregunten a Esaú...
En el cuento bíblico hay un detalle importante. Lo que determina a Esaú para que elija el
potaje presente y renuncie a la herencia futura es la sombra de la muerte o, si prefieres, el
desánimo producido por la brevedad de la vida. «Como sé que me voy a morir de todos
modos y a lo mejor antes que mi padre... ¿para qué molestarme en dar más vueltas a lo que
me conviene? ¡Ahora quiero lentejas y mañana estaré muerto, de modo que vengan las
lentejas y se acabó! » Parece como si a Esaú la certeza de la muerte le llevase a pensar que
la vida ya no vale la pena, que todo da igual. Pero lo que hace que todo dé igual no es la
vida, sino la muerte. Fíjate: por miedo a la muerte, Esaú decide vivir como si ya estuviese
muerto y todo diese igual. La vida está hecha de tiempo, nuestro presente está lleno de
recuerdos Y esperanzas, pero Esaú vive como si para él ya no hubiese otra realidad que el
aroma de lentejas que le llega ahorita mismo a la nariz, sin ayer ni mañana. Aún más:
nuestra vida está hecha de relaciones con los demás -somos padres, hijos, hermanos,
amigos o enemigos, herederos o heredados, etc.-, pero Esaú decide que las lentejas (que
son una cosa, no una persona) cuentan más para él que esas vinculaciones con otros que le
hacen ser quien es. Y ahora una pregunta: ¿cumple Esaú realmente lo que quiere o es que
la muerte le tiene como hipnotizado, paralizando y estropeando su querer?
Dejemos a Esaú con sus caprichos culinarios y sus líos de familia. Volvamos a tu caso, que
es el que aquí nos interesa. Si te digo que hagas lo que quieras, lo primero que parece
oportuno hacer es que pienses con detenimiento y a fondo qué es lo que quieres. Sin duda
te apetecen muchas cosas, a menudo contradictorias, como le pasa a todo el mundo:
quieres tener una moto pero no quieres romperte la crisma por la carretera, quieres tener
amigos pero sin perder tu independencia, quieres tener dinero pero no quieres avasallar al
prójimo para conseguirlo, quieres saber cosas y por ello comprendes que hay que estudiar
pero también quieres divertirte, quieres que yo no te dé la lata y te deje vivir a tu aire pero
124
también que esté ahí para ayudarte cuando lo necesites, etc. En una palabra, si tuvieras que
resumir todo esto y poner en palabras sinceramente tu deseo global de fondo, me dirías:
«Mira, papi, lo que quiero es darme la buena vida. » ¡Bravo! ¡Premio para el caballero! Eso
mismito es lo que yo quería aconsejarte: cuando te dije «haz lo que quieras» lo que en el
fondo pretendía recomendarte es que te atrevieras a darte la buena vida. Y no hagas caso a
los tristes ni a los beatos, con perdón: la ética no es más que el intento racional de averiguar
cómo vivir mejor. Si merece la pena interesarse por la ética es porque nos gusta la buena
vida. Sólo quien ha nacido para esclavo o quien tiene tanto miedo a la muerte que cree que
todo da igual se dedica a las lentejas y vive de cualquier manera...
Quieres darte la buena vida: estupendo. Pero también quieres que esa buena vida no sea la
buena vida de una coliflor o de un escarabajo, con todo mi respeto para ambas especies,
sino una buena vida humana. Es lo que te corresponde, creo yo. Y estoy seguro de que a
ello no renunciarías por nada del mundo. Ser humano, ya lo hemos indicado antes, consiste
principalmente en tener relaciones con los otros seres humanos. Si pudieras tener
muchísimo dinero, una casa más suntuosa que un palacio de las mil y una noches, las
mejores ropas, los más exquisitos alimentos (¡muchísimas lentejas!), los más sofisticados
aparatos, etc., pero todo ello a costa de no volver a ver ni a ser visto por ningún ser humano
jamás, ¿estarías contento? ¿Cuánto tiempo podrías vivir así sin volverte loco? ¿No es la
mayor de las locuras querer las cosas a costa de la relación con las personas? ¡Pero si
precisamente la gracia de todas esas cosas estriba en que te permiten -o parecen permitirte-
relacionarte más favorablemente con los demás! Por medio del dinero se espera poder
deslumbrar o comprar a los otros; las ropas son para gustarles o para que nos envidien; y lo
mismo la buena casa, los mejores vinos, etcétera. Y no digamos los aparatos: el vídeo y la
tele son para verles mejor, el compact para oírles mejor y así sucesivamente. Muy pocas
cosas conservan su gracia en la soledad; y si la soledad es completa y definitiva, todas las
cosas se amargan irremediablernente. La buena vida humana es buena vida entre seres
humanos o de lo contrario puede que sea vida, pero no será ni buena ni humana.
¿Empiezas a ver por dónde voy?. Las cosas pueden ser bonitas y útiles, los animales (por lo
menos algunos) resultan simpáticos, pero los hombres lo que querernos ser es humanos, no
herramientas ni bichos. Y queremos también ser tratados como humanos, porque eso de la
humanidad depende en buena medida de lo que los unos hacernos con los otros. Me
explico: el melocotón nace melocotón, el leopardo viene ya al mundo como leopardo, pero el
hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los demás no le ayudan. ¿Por
qué? Porque el hombre no es solamente una realidad biológica, natural (como los
melocotones o los leopardos), sino también una realidad cultural. No hay humanidad sin
aprendizaje cultural y para empezar sin la base de toda cultura (y fundamento por tanto de
nuestra humanidad): el lenguaje. El mundo en el que vivimos los humanos es un mundo
lingüístico, una realidad de símbolos y leyes sin la cual no sólo seríamos incapaces de
comunicarnos entre nosotros sino también de captar la significación de lo que nos rodea.
Pero nadie puede aprender a hablar por sí solo (como podría aprender a comer por sí solo o
a mear -con perdón- por sí solo), porque el lenguaje no es una función natural y biológica del
hombre (aunque tenga su base en nuestra condición biológica, claro está) sino una creación
cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres.
Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo menos
empezar a darle un trato humano. Es sólo un primer paso, desde luego, porque la cultura
dentro de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero no es simplemente
lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como humanos, es decir,
estilos de respeto y de miramientos humanizadores que tenemos unos para con otros.
Todos queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Por eso las chicas se quejan de
que se las trate como mujeres «objeto» es decir, simples adornos o herramientas; y por eso
cuando insultamos a alguien le llamamos « ¡animal! », como advirtiéndole que está
rompiendo el trato debido entre hombres y que como siga así podemos pagarle con la
misma moneda. Lo más importante de todo esto me parece lo siguiente: que la
humanización (es decir, lo que nos convierte en humanos, en lo que queremos ser) es un
125
proceso recíproco (como el propio lenguaje, ¿te das cuenta?). Para que los demás puedan
hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas
o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la
buena vida no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida. Piénsalo un
poco, por favor.
Más adelante seguiremos con esta cuestión. Ahora, para concluir este capítulo de Modo más
relajado, te propongo que nos vayamos al cine. Podemos ver, si quieres, una hermosísima
película dirigida e interpretada Por Orson Welles: Ciudadano Kane. Te la recuerdo
brevemente, Kane es un multimillonario que con pocos escrúpulos ha reunido en su palacio
de Xanadú una enorme colección de todas las cosas hermosas y caras del mundo. Tiene de
todo, sin duda, y a todos los que le rodean les utiliza para sus fines, como simples
instrumentos de su ambición. Al final de su vida, pasea solo por los salones de su mansión,
llenos de espejos que le devuelven mil veces su propia imagen de solitario: sólo su imagen
le hace compañía. Al fin muere, murmurando una palabra: «¡Rosebud!» Un periodista intenta
adivinar el significado de este último gemido, pero no lo logra. En realidad, «Rosebud» es el
nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún
vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y
todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada mejor que aquel
recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que
Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en
realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba... Venga, vámonos
al cine: mañana seguiremos.
Vete leyendo...
Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, dijo a Jacob: Te ruego que me des a comer de
ese guiso rojo, pues estoy muy cansado.
Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura.
Entonces dijo Esaú: He aquí que yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?
«Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y le juró, y vendió a Jacob su primogenitura.
«Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, se levantó y se fue. Así
menospreció Esaú la primogenitura»
(Génesis, XXV, 27 a 34).
«Quizá el hombre es malo porque, durante toda la vida, está esperando morir: y así muere mil veces
en la muerte de los otros y de las cosas.
«Pues todo animal consciente de estar en peligro de muerte se vuelve loco. Loco miedoso, loco astuto,
loco malvado, loco que huye, loco servil, loco furioso, loco odiador, loco embrollador, loco asesino»
(Tony Duvert, Abecedario malévolo).
«Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de
la muerte, sino de la vida» (Spinoza, Ética).
«Hombre libre es el que quiere sin la arrogancia de lo arbitrario. Cree en la realidad, es decir, en el
lazo real que une la dualidad real del Yo y del Tú. Cree en el Destino y cree que el Destino le
necesita... Pues lo que ha de acontecer no acontecerá si no está resuelto a querer lo que es capaz de
querer» (Martin Buber, Yo y tú).
«Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar
atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse
con otros »
(Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).
126
CAPÍTULO V
¡ DESPIERTA, BABY!
Breve resumen de lo anteriormente publicado. El cazador Esaú, convencido de que para
cuatro días que va a vivir uno todo da igual, sigue el consejo de su barriga y renuncia a su
derecho de primogenitura por un buen plato de lentejas (Jacob fue generoso al menos en
eso y le dejó repetir dos veces). El ciudadano Kane, por su parte, se dedicó durante muchos
años a vender a todas las personas para poder comprarse todas las cosas; al final de su
vida reconoce que cambiaría si pudiera su almacén repleto de cosas carísimas por la única
cosa humilde -un viejo trineo- que le recordaba a cierta persona: a él mismo, antes de
dedicarse a la compraventa, cuando prefería amar y ser amado que poseer o dominar.
Tanto Esaú como Kane estaban convencidos de hacer lo que querían, pero ninguno de ellos
parece que consiguió darse una buena vida. Y sin embargo, si se les hubiera preguntado
qué es lo que deseaban de veras, habrían respondido lo mismo que tú (o que yo, claro):
«Quiero darme la buena vida.» Conclusión: está bastante claro lo que queremos (darnos la
buena vida) pero no lo está tanto en que consiste eso de «la buena vida». Y es que querer la
buena vida no es un querer cualquiera, como cuando uno quiere lentejas, cuadros,
electrodomésticos o dinero. Todos estos quereres son por decirlo así simples, se fijan en un
solo aspecto de la realidad: no tienen perspectiva de conjunto. No hay nada malo en querer
lentejas cuando se tiene hambre, desde luego: pero en el mundo hay otras cosas, otras
relaciones, fidelidades debidas al pasado y esperanzas suscitadas por lo venidero, no sé,
mucho más, todo lo que se te ocurra. En una palabra, no sólo de lentejas vive el hombre.
Por conseguir sus lentejas, Esaú sacrificó demasiados aspectos importantes de su vida, la
simplificó más de lo debido. Actuó, como ya te he dicho, bajo el peso de la inminencia de la
muerte. La muerte es una gran simplificadora: cuando estás a punto de estirar la pata
importan muy pocas cosas (la medicina que puede salvarte, el aire que aún consiente en
llenarte los pulmones una vez más ... ). La vida, en cambio, es siempre complejidad y casi
siempre complicaciones. Si rehúyes toda complicación y buscas la gran simpleza (¡vengan
las lentejas!) no creas que quieres vivir más y mejor sino morirte de una vez. Y hemos dicho
que lo que realmente deseamos es la buena vida, no la pronta muerte. De modo que Esaú
no nos sirve como maestro.
También Kane simplificaba a su modo la cuestión. A diferencia de Esaú, no era derrochador,
sino acumulador y ambicioso. Lo que quería era poder para manejar a los hombres y dinero
para comprar cosas, muchas cosas bonitas y seguramente útiles. No tengo nada, figúrate,
contra intentar conseguir dinero ni contra la afición a las cosas hermosas o útiles. No me fío
de esa gente que dice que no se interesa por el dinero y que asegura no necesitar nada de
nada. A lo mejor estoy hecho de barro muy mal cocido, pero no me hace ninguna gracia
quedarme sin blanca y si mañana los ladrones me desvalijaran la casa y se llevaran mis
libros (temo que poco más podrían llevarse) me sentaría como un tiro. Sin embargo, el
deseo de tener más y más (dinero, cosas ... ) tampoco me parece del todo sano. La verdad
es que las cosas que tenemos nos tienen ellas también a nosotros en contrapartida: lo que
poseemos nos posee. Me explico. Un día, un sabio budista le decía a su discípulo esto
mismo que te estoy diciendo y el discípulo le miraba con la misma cara rara («este tío está
chalao») con la que a lo mejor tú lees esta página. Entonces el sabio preguntó al discípulo:
«¿Qué es lo que más te gusta de esta habitación?» El avispado alumno señaló una
estupenda copa de oro y marfil que debía costar su buena pasta. «Bueno, cógela», dijo el
sabio, y el muchacho, sin esperar a que se lo dijeran dos veces, agarró firmemente la joyita
con la mano derecha. «No se te ocurra soltarla, ¿eh?», observó el maestro con cierta guasa;
127
y después añadió: «¿Y no hay ninguna otra cosa que te guste también?» El discípulo
reconoció que la bolsa llena de dinerito contante y sonante que estaba sobre la mesa
tampoco le producía repugnancia. «Pues nada, ¡a por ella!», le animó el otro. Y el chico
empuñó fervorosamente la bolsa con su mano izquierda. «Y ahora ¿qué?», preguntó al
maestro con cierto nerviosismo. Y el sabio repuso: «Ahora ¡ráscate!» No había manera,
claro. ¡Y mira que puede llegar uno a necesitar rascarse cuando le pica alguna parte del
cuerpo... o aun del alma! Con las manos ocupadas, no puede uno rascarse a gusto ni hacer
otros muchos gestos. Lo que tenemos muy agarrado nos agarra también a su modo... o sea
que más vale tener cuidado con no pasarse. En cierta forma, eso es lo que le ocurrió a
Kane: tenía las manos y el alma tan ocupadas con sus posesiones que de pronto sintió un
extraño picor y no supo con qué rascarse. La vida es más complicada de lo que Kane
suponía, porque las manos no sólo sirven par coger sino también para rascarse o para
acariciar. Pero la equivocación fundamental de ese personaje, si el que se equivoca no soy
yo, fue otra. Obsesionado por conseguir cosas y dinero, trató a la gente como si también
fueran cosas. Consideraba que en eso consiste tener poder sobre ellas. Grave
simplificación: la mayor complejidad de la vida es precisamente ésa, que las personas no
son cosas. Al principio no encontró dificultades: las cosas se compran y se venden y Kane
compró y vendió también personas. De momento no le pareció que hubiese gran diferencia.
Las cosas se usan mientras sirven y luego se tiran: Kane hizo lo mismo con los que le
rodeaban y se diría que todo marchaba bien. Tal como poseía las cosas, Kane se propuso
poseer personas, dominarlas, manejarlas a su gusto. Así se portó con sus amantes, con sus
amigos, con sus empleados, con sus rivales políticos, con todo bicho viviente. Desde luego
hizo mucho daño a los demás, pero lo peor desde su punto de vista (el punto de vista de
alguien que suponemos quería darse «buena vida», ya sabes) es que se fastidió seriamente
a sí mismo. Intentaré aclararte esto porque me parece de la mayor importancia.
Desengáñate: de una cosa -aunque sea la mejor cosa del mundo- sólo pueden sacarse...
cosas. Nadie es capaz de dar lo que no tiene, ¿verdad?, ni mucho menos nada puede dar
más de lo que es. Las lentejas son útiles para quitar el hambre pero no ayudan a aprender
francés, por ejemplo; el dinero, por su parte, sirve para casi todo y sin embargo no puede
comprar una verdadera amistad (a fuerza de pasta se consigue servilismo, compañía de
gorrones o sexo mercenario, pero nada más). Vamos, que un vídeo le puede prestar a otro
vídeo una pieza pero no puede darle un beso... Si los hombres fuésemos simples cosas, con
lo que las cosas pueden darnos nos bastaría. Pero ésa es la complicación de que te
hablaba: que como no somos puras cosas, necesitamos «cosas» que las cosas no tienen.
Cuando tratamos a los demás como cosas, a la manera en que lo hacía Kane, lo que
recibimos de ellos son también cosas: al estrujarlos sueltan dinero, nos sirven (como si
fueran instrumentos mecánicos), salen, entran, se frotan contra nosotros o sonríen cuando
apretamos el debido botón... Pero de este modo nunca nos darán esos dones más sutiles
que sólo las personas pueden dar. No conseguiremos así ni amistad, ni respeto, ni mucho
menos amor. Ninguna cosa (ni siquiera un animal, porque la diferencia entre su condición y
la nuestra es demasiado grande) puede brindarnos esa amistad respeto, amor... en
resumen, esa complicidad fundamental que sólo se da entre iguales y que a ti o a mí o a
Kane, que somos personas, no nos pueden ofrecer más que otras personas a las que
tratemos como a tales. Lo del trato es importante, porque ya hemos dicho que los humanos
nos humanizamos unos a otros. Al tratar a las personas como a personas y no como a cosas
(es decir, al tomar en cuenta lo que quieren o lo que necesitan y no sólo lo que puedo sacar
de ellas) estoy haciendo posible que me devuelvan lo que sólo una persona puede darle a
otra.
A Kane se le olvidó este pequeño detalle y de pronto (pero demasiado tarde) se dio cuenta
de que tenía de todo salvo lo que nadie más que otra persona puede dar: aprecio sincero o
cariño espontáneo o simple compañía inteligente. Como a Kane nunca nada pareció
importarle salvo el dinero, a nadie le importaba nada de Kane salvo su dinero. Y el gran
hombre sabía, además, que era por culpa suya. A veces uno puede tratar a los demás como
a personas y no recibir más que coces, traiciones o abusos. De acuerdo. Pero al menos
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contamos con el respeto de una persona, aunque no sea más que una: nosotros mismos. Al
no convertir a los otros en cosas defendemos por lo menos nuestro derecho a no ser cosas
para los otros. Intentamos que el mundo de las personas -ese mundo en el que unas
personas tratan como tales a otras, el único en el que de veras se puede vivir bien- sea
posible. Supongo que la desesperación del ciudadano Kane al final de su vida no provenía
simplemente de haber perdido el tierno conjunto de relaciones humanas que tuvo en su
infancia, sino de haberse empeñado en perderlas y de haber dedicado su vida entera a
estropearlas. No es que no las tuviera sino que se dio cuenta de que ya ni siquiera las
merecía...
Pero al multimillonario Kane seguro que le envidiaba muchísima gente, me dirás. Seguro que
muchos pensaban: «¡Ése sí que sabe vivir!» Bueno, ¿y qué? ¡Despierta de una vez, criatura! Los
demás, desde fuera, pueden envidiarle a uno y no saber que en ese mismo momento nos estamos
muriendo de cáncer. ¿Vas a preferir darle gusto a los demás que satisfacerte a ti mismo? Kane
consiguió todo lo que había oído decir que hace feliz a una persona: dinero, poder, influencia,
servidumbre... Y descubrió finalmente que a él, dijeran lo que dijeran, le faltaba lo fundamental: el
auténtico afecto, el auténtico respeto y aun el auténtico amor de personas libres, de personas a las
que él tratara como personas y no como a cosas. Me dirás a lo mejor que ese Kane era un poco raro,
como suelen serlo los protagonistas de las películas. Mucha gente se hubiera sentido de lo más
satisfecha viviendo en semejante palacio y con tales lujos: la mayoría, me asegurarás en plan cínico,
no se hubiera acordado del trineo «Rosebud» para nada. A lo mejor Kane estaba algo chalado...
¡mira que sentirse desgraciado con tantas cosas como tenía! Y yo te digo que dejes a la gente en
paz y que sólo pienses en ti mismo. La buena vida que tú quieres ¿es algo así como la de Kane?
¿Te conformas con el plato de lentejas de Esaú?
No respondas demasiado de prisa. Precisamente la ética lo que intenta es averiguar en qué consiste
en el fondo, más allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en los anuncios de la tele, esa
dichosa buena vida que nos gustaría pegarnos. A estas alturas ya sabemos que ninguna buena vida
puede prescindir de las cosas (nos hacen falta lentejas, que tienen mucho hierro) pero aún menos
puede pasarse de personas. A las cosas hay que manejarlas como a cosas y a las personas hay que
tratarlas como personas: de este modo las cosas nos ayudarán en muchos aspectos y las personas
en uno fundamental, que ninguna cosa puede suplir, el de ser humanos. ¿Se trata de una chaladura
mía o del ciudadano Kane? A lo mejor ser humanos no es cosa importante porque queramos o no ya
lo somos sin remedio... ¡Pero se puede ser humano-cosa o humano-humano, humano simplemente
preocupado en ganarse las cosas de la vida -todas las cosas, cuanto más cosas, mejor- y humano
dedicado a disfrutar de la humanidad vivida entre personas! Por favor, no te rebajes; deja las rebajas
para los grandes almacenes, que es lo suyo.
Estoy de acuerdo en que muchos a primera vista no le conceden demasiada importancia a lo que
estoy diciendo. ¿ Son de fiar? ¿Son los más listos o simplemente los que menos atención le prestan
al asunto más importante, a su vida? Se puede ser listo para los negocios o para la política y un
solemne borrico para cosas más serias, como lo de vivir bien o no. Kane era enormemente listo en lo
que se refería al dinero y la manipulación de la gente, pero al final se dio cuenta de que estaba
equivocado en lo fundamental. Metió la pata en donde más le convenía acertar. Te repito una palabra
que me parece crucial para este asunto: atención. No me refiero a la atención del búho, que no habla
pero se fija mucho (según el viejo chiste, ya sabes), sino a la disposición a reflexionar sobre lo que se
hace y a intentar precisar lo mejor posible el sentido de esa «buena vida» que queremos vivir. Sin
cómodas pero peligrosas simplificaciones, procurando comprender toda la complejidad del asunto
este de vivir (me refiero a vivir humanamente), que se las trae.
Yo creo que la primera e indispensable condición ética es la de estar decidido a no vivir de cualquier
modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos.
Cuando se habla de «moral» la gente suele referirse a esas órdenes y costumbres que suelen
respetarse, por lo menos aparentemente y a veces sin saber muy bien por qué. Pero quizá el
verdadero intríngulis no esté en someterse a un código o en llevar la contraria a lo establecido (que
es también someterse a un código, pero al revés) sino en intentar comprender. Comprender por qué
ciertos comportamientos nos convienen y otros no, comprender de qué va la vida y qué es lo que
puede hacerla «buena» para nosotros los humanos. Ante todo, nada de contentarse con ser tenido
por bueno, con quedar bien ante los demás, con que nos den aprobado... Desde luego, para ello será
preciso no sólo fijarse en plan búho o con timorata obediencia de robot, sino también hablar con los
demás, dar razones y escucharlas. Pero el esfuerzo de tomar la decisión tiene que hacerlo cada cual
en solitario: nadie puede ser libre por ti. De momento te dejo dos cuestiones para que vayas
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rumiando. La primera es ésta: ¿Por qué está mal lo que está mal? Y la segunda es todavía más
bonita: ¿en qué consiste lo de tratar a las personas como a personas? Si sigues teniendo paciencia
conmigo, intentaremos empezar a responder en los dos próximos capítulos.
Vete leyendo...
«Es la debilidad del hombre lo que le hace sociable; son nuestras comunes miserias
las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres, no le
deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia: si cada uno de nosotros
no tuviese ninguna necesidad de los demás, ni siquiera pensaría en unirse a ellos.
Así de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser verdaderamente
feliz es un ser solitario: sólo Dios goza de una felicidad absoluta; pero ¿quién de
nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiese bastarse a sí
mismo, ¿de qué gozaría, según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no
concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo: y no concibo que
quien no ame nada pueda ser feliz» (Jean-Jacques Rousseau, Emilio).
«En efecto, por lo que respecta a aquellos cuya atareada pobreza ha
usurpado el nombre de riqueza, tienen su riqueza como nosotros decimos
que tenemos fiebre, siendo así que es ella la que nos tiene cogidos»
(Séneca, Cartas a Lucilio). .
«Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por
consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia -10 que
realmente le sea útil-, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una
perfección mayor y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en
su mano por conservar su ser. ( ... ). Y así, nada es más útil al hombre que el hombre;
quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación
de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos
formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a
la vez, cuanto puedan, en conservar su ser y buscando todos a una la común
utilidad, de donde se sigue que los hombres que se guían por la razón, es decir, los
hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada
que no deseen para los demás hombres, y, por ello, son justos, dignos de confianza y
honestos» (Spinoza, Ética).
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CAPÍTULO VI
APARECE PEPITO GRILLO
¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra
«imbécil» es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín baculus que
significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con
nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy
legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente
o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica,
no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y
cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a
elegir:
a) El que cree que no quiere nada, elque dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo
bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.
b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le
presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la
vez.
c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les
lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le
rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.
d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere
flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y
dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.
e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo
que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que
va a hacerle polvo.
Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera,
ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los
imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que «acaban
mal» no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo (eso sólo suele pasar en las
películas), sino que te aviso de que suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida
esa que tanto nos apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte qué síntomas de
imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día sí y otro
también, ojalá a ti te vaya mejor en el invento... Conclusión: ¡alerta!, ¡en guardia!, ¡la imbecilidad
acecha y no perdona!
Por favor, no vayas a confundir la imbecilidad de la que te hablo con lo que a menudo se llama ser
«imbécil», es decir, ser tonto, saber pocas cosas, no entender la trigonometría o ser incapaz de
aprenderse el subjuntivo del verbo francés aimer. Uno puede ser imbécil para las matemáticas (mea
culpa y no serlo para la moral, es decir, para la buena vida. Y al revés: los hay que son linces para
los negocios y unos perfectos cretinos para cuestiones de ética. Seguro que el mundo está lleno de
premios Nobel, listísimos en lo suyo, pero que van dando tropezones y bastonazos en la cuestión
que aquí nos preocupa. Desde luego, para evitar la imbecilidad en cualquier campo es preciso
prestar atención, como ya hemos dicho en el capítulo anterior, y esforzarse todo lo posible por
aprender. En estos requisitos coinciden la física o la arqueología y la ética. Pero el negocio de vivir
bien no es lo mismo que el de saber cuánto son dos y dos. Saber cuánto son dos y dos es cosa
preciosa, sin duda, pero al imbécil moral no es esa sabiduría la que puede librarle del gran batacazo.
Por cierto, ahora que lo pienso... ¿cuánto son dos y dos?
Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener conciencia. Pero la conciencia no es algo que le
toque a uno en una tómbola ni que nos caiga del cielo. Por supuesto, hay que reconocer que ciertas
personas tienen desde pequeñas mejor «oído» ético que otras y un «buen gusto» moral espontáneo,
pero este «oído» y ese «buen gusto» pueden afirmarse y desarrollarse con la práctica (lo mismo que
el oído musical y el buen gusto estético). ¿Y si alguien carece en absoluto de semejante «oído» o
131
«buen gusto» en cuestiones de bien vivir? Pues, chico, mal remedio le veo a su caso. Uno puede dar
muchas razones estéticas, basadas en la historia, la armonía de formas y colores, en lo que quieras,
para justificar que un cuadro de Velázquez tiene mayor mérito artístico que un cromo de las tortugas
Ninja. Pero si después de mucho hablar alguien dice que prefiere el cromito a Las Meninas no sé
cómo vamos a arreglárnoslas para sacarle de su error. Del mismo modo, si alguien no ve malicia
ninguna en matar a martillazos a un niño para robarle el chupete, me temo que nos quedaremos
roncos antes de lograr convencerle...
Bueno, admito que para lograr tener conciencia hacen falta algunas cualidades innatas, como para
apreciar la música o disfrutar con el arte. Y supongo que también serán favorables ciertos requisitos
sociales y económicos, pues a quien se ha visto desde la cuna privado de lo humanamente más
necesario es difícil exigirle la misma facilidad para comprender lo de la buena vida que a los que
tuvieron mejor suerte. Si nadie te trata como humano, no es raro que vayas a lo bestia... Pero una
vez concedido ese mínimo, creo que el resto depende de la atención y esfuerzo de cada cual. ¿En
qué consiste esa conciencia que nos curará de la imbecilidad moral? Fundamentalmente en los
siguientes rasgos:
a) Saber que no todo da igual porque queremos realmente vivir y además vivir bien, humanamente
bien.
b) Estar dispuestos a fijarnos en si lo que hacemos corresponde a lo que de veras queremos o no.
c) A base de práctica, ir desarrollando el buen gusto moral, de tal modo que haya ciertas cosas que
nos repugne espontánea mente hacer (por ejemplo, que le dé a uno «asco» mentir como nos da
asco por lo general mear en la sopera de la que vamos a servirnos de inmediato ... ).
d) Renunciar a buscar coartadas que disimulen que somos libres y por tanto razonablemente
responsables de las consecuencias de nuestros actos.
Como verás, no invoco en estos rasgos descriptivos motivo diferente para preferir lo de aquí a lo de
allá, la conciencia a la imbecilidad, que tu propio provecho. ¿Por qué está mal lo que llamamos
«malo»? Porque no le deja a uno vivir la buena vida que queremos. ¿Resulta pues que hay que
evitar el mal por una especie de egoísmo? Ni más ni menos. Por lo general la palabra «egoísmo»
suele tener mala prensa: se llama «egoísta» a quien sólo piensa en sí mismo y no se preocupa por
los demás, hasta el punto de fastidiarles tranquilamente si con ello obtiene algún beneficio. En este
sentido diríamos que el ciudadano Kane era un «egoísta» o también Calígula, aquel emperador
romano capaz de cometer cualquier crimen por satisfacer el más simple de sus caprichos. Estos
personajes y otros parecidos suelen ser considerados egoístas (incluso monstruosamente egoístas)
y desde luego no se distinguen por lo exquisito de su conciencia ética ni por su empeño en evitar
hacer el mal...
De acuerdo, pero ¿son tan egoístas como parece estos llamados «egoístas»? ¿Quién es el
verdadero egoísta? Es decir: ¿quién puede ser egoísta sin ser imbécil? La respuesta me parece
obvia: el que quiere lo mejor para sí mismo. Y ¿qué es lo mejor? Pues eso que hemos llamado
«buena vida». ¿Se dio una buena vida Kane? Si hemos de creer lo que nos cuenta Orson Welles, no
parece. Se empeñó en tratar a las personas como si fueran cosas y de este modo se quedó sin los
regalos humanamente más apetecibles de la vida, como el cariño sincero de los otros o su amistad
sin cálculo. Y Calígula, no digamos. ¡Vaya vida que se infligió el pobre chico! Los únicos sentimientos
sinceros que consiguió despertar en su prójimo fueron el terror y el odio. ¡Hay que ser imbécil,
moralmente imbécil, para suponer que es mejor vivir rodeado de pánico y crueldad que entre amor y
agradecimiento! Para concluir, al despistado de Calígula se lo cargaron sus propios guardias, claro:
¡menuda birria de egoísta estaba hecho si lo que quiso es darse la buena vida a base de fechorías!
Si hubiera pensado de veras en sí mismo (es decir, si hubiese tenido conciencia) se habría dado
cuenta de que los humanos necesitamos para vivir bien algo que sólo los otros humanos pueden
darnos si nos lo ganamos pero que es imposible de robar por la fuerza o los engaños.
Cuando se roba, ese algo (respeto, amistad, amor) pierde todo su buen gusto y a la larga se
convierte en veneno. Los «egoístas» del tipo de Kane o Calígula se parecen a esos concursantes del
Un, dos, tres o de El precio justo que quieren conseguir el premio mayor pero se equivocan y piden la
calabaza que no vale nada...
132
Sólo deberíamos llamar egoísta consecuente al que sabe de verdad lo que le conviene para vivir bien
y se esfuerza por conseguirlo. El que se harta de todo lo que le sienta mal (odio, caprichos
criminales, lentejas compradas a precio de lágrimas, etc.) en el fondo quisiera ser egoísta pero no
sabe. Pertenece al gremio de los imbéciles y habría que recetarle un poco de conciencia para que se
amase mejor a sí mismo. Porque el pobrecillo (aunque sea un pobrecillo millonario o un pobrecillo
emperador) cree que se ama a sí mismo pero se fija tan poco en lo que de veras le conviene que
termina portándose como si fuese su peor enemigo. Así lo reconoce un célebre villano de la literatura
universal, el Ricardo III de Shakespeare en la tragedia de ese mismo título. Para llegar a convertirse
en rey, el conde de Gloucester (que finalmente será coronado como Ricardo III) elimina a todos los
parientes varones que se interponen entre el trono y él, incluyendo hasta niños. Gloucester ha nacido
muy listo, pero contrahecho, lo que ha sido un constante sufrimiento para su amor propio; supone
que el poder real compensará en cierto modo su joroba y su pierna renga, logrando así inspirar el
respeto que no consigue por medio de su aspecto físico. En el fondo, Gloucester quiere ser amado,
se siente aislado por su malformación y cree que el afecto puede imponerse a los demás... ¡a la
fuerza, por medio del poder! Fracasa, claro está: consigue el trono, pero no inspira a nadie cariño
sino horror y después odio. Y lo peor de todo es que él mismo, que había cometido todos sus
crímenes por amor propio desesperado, siente ahora horror y odio por sí mismo: ¡no sólo no ha
ganado ningún nuevo amigo sino que ha perdido el único amor que creía seguro! Es entonces
cuando pronuncia el espantoso y profético diagnóstico de su caso clínico: «Me lanzaré con negra
desesperación contra mi alma y acabaré convertido en enemigo de mí mismo. »
¿Por qué termina Gloucester vuelto un «enemigo de sí mismo»? ¿Acaso no ha conseguido lo que
quería, el trono? Sí, pero al precio de estropear su verdadera posibilidad de ser amado y respetado
por el resto de sus compañeros humanos. Un trono no concede automáticamente ni amor ni respeto
verdadero: sólo garantiza adulación, temor y servilismo. Sobre todo cuando se consigue por medio
de fechorías, como en el caso de Ricardo III. En vez de compensar de algún modo su deformación
física, Gloucester se deforma también por dentro. Ni de su joroba ni de su cojera tenía él la culpa, por
lo que no había razón para avergonzarse de esas casualidades infortunadas: los que se rieran de él
o le despreciaran por ellas son quienes hubieran debido avergonzarse. Por fuera los demás le veían
contrahecho, pero él por dentro podía haberse sabido inteligente, generoso y digno de afecto; si se
hubiera amado de verdad a sí mismo, debería haber intentado exteriorizar por medio de su conducta
ese interior limpio y recto, su verdadero yo. Por el contrario, sus crímenes le convierten ante sus
propios ojos (cuando se mira a sí mismo por dentro, allí donde nadie más que él es testigo) en un
monstruo más repugnante que cualquier contrahecho físico. ¿Por qué? Porque de sus jorobas y
cojeras morales es él mismo responsable, a diferencia de las otras que eran azares de la naturaleza.
La corona manchada de traición y de sangre no le hace más amable, ni mucho menos: ahora se
sabe menos digno de amor que nunca y ni él mismo se quiere ya. ¿Llamaremos « egoísta » a
alguien que se hace tanta pupa a sí mismo?
En el párrafo anterior he utilizado unas palabras severas que quizá no se te hayan escapado (si se te
han escapado, mala suerte): palabras como «culpa» o «responsable». Suenan a lo que
habitualmente se relaciona con la conciencia, ¿no?, lo de Pepito Grillo y demás. No me ha faltado
más que mencionar el mas «feo» de esos títulos: remordimiento. Sin duda lo que amarga la
existencia a Gloucester y no le deja disfrutar de su trono ni de su poder son ante todo los
remordimientos de su conciencia. Y ahora yo te pregunto: ¿sabes de dónde vienen los
remordimientos? En algunos casos, me dirás, son reflejos íntimos del miedo que sentimos ante el
castigo que puede merecer -en este mundo o en otro después de la muerte, si es que lo hay nuestro
mal comportamiento. Pero supongamos que Gloucester no tiene miedo a la venganza justiciera de
los hombres y no cree que haya ningún Dios dispuesto a condenarle al fuego eterno por sus
fechorías. Y, sin embargo, sigue desazonado por los remordimientos... Fíjate: uno puede lamentar
haber obrado mal aunque esté razonablemente seguro de que nada ni nadie va a tomar represalias
contra él. Y es que, al actuar mal y darnos cuenta de ello, comprendemos que ya estamos siendo
castigados, que nos hemos estropeado a nosotros mismos -poco 0 mucho- voluntariamente. No hay
peor castigo que darse cuenta de que uno está boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere
ser...
¿Que de dónde vienen los remordimientos? Para mí está muy claro: de nuestra libertad. Si no
fuésemos libres, no podríamos sentirnos culpables (ni orgullosos, claro) de nada y evitaríamos los
remordimientos. Por eso cuando sabemos que hemos hecho algo vergonzoso procuramos asegurar
que no tuvimos otro remedio que obrar así, que no pudimos elegir: «yo cumplí órdenes de mis
133
superiores», «vi que todo el mundo hacía lo mismo», «perdí la cabeza», «es más fuerte que yo», «no
me di cuenta de lo que hacia», etcétera. Del mismo modo el niño pequeño, cuando se cae al suelo y
se rompe el tarro de mermelada que intentaba coger de lo alto de la estantería, grita lloroso: «¡Yo no
he sido!» Lo grita precisamente porque sabe que, ha sido él; si no fuera así, ni se molestaría en decir
nada y quizá hasta se riese y todo. En cambio, si ha dibujado algo muy bonito en seguida
proclamará: «¡Lo he hecho yo solito, nadie me ha ayudado! »Del mismo modo, ya mayores,
queremos siempre ser libres para atribuirnos el mérito de lo que logramos pero preferimos
confesarnos «esclavos de las circunstancias» cuando nuestros actos no son precisamente gloriosos.
Despachemos con viento fresco al pelmazo de Pepito Grillo: la verdad es que me ha resultado
siempre tan poco simpático como aquel otro insecto detestable, la hormiga de la fábula que deja a la
locuela cigarra sin comida ni cobijo en invierno sólo para darle una lección, la muy grosera. De lo que
se trata es de tomarse en serio la libertad, o sea de ser responsable. Y lo serio de la libertad es que
tiene efectos indudables, que no se pueden borrar a conveniencia una vez producidos. Soy libre de
comerme o no comerme el pastel que tengo delante; pero una vez que me lo he comido, ya no soy
libre de tenerlo delante o no. Te pongo otro ejemplo, éste de Aristóteles (ya sabes, aquel viejo griego
del barco en la tormenta): si tengo una piedra en la mano, soy libre de conservarla o de tirarla, pero si
la tiro a lo lejos ya no puedo ordenarle que vuelva para seguir teniéndola en la mano. Y si con ella le
parto la crisma a alguien... pues tú me dirás. Lo serio de la libertad es que cada acto libre que hago
limita mis posibilidades al elegir y realizar una de ellas. Y no vale la trampa de esperar a ver si el
resultado es bueno o malo antes de asumir si soy o no su responsable. .Quizá pueda engañar al
observador de fuera, como pretende el niño que dice « ¡yo no he sido! », pero a mí mismo nunca me
puedo engañar del todo. Pregúntaselo a Gloucester... ¡o a Pinocho!
De modo que lo que llamamos «remordimiento» no es más que el descontento que sentimos con
nosotros mismos cuando hemos empleado mal la libertad, es decir, cuando la hemos utilizado en
contradicción con lo que de veras queremos como seres humanos. Y ser responsable es saberse
auténticamente libre, para bien y para mal: apechugar con las consecuencias de lo que hemos
hecho, enmendar lo malo que pueda enmendarse y aprovechar al máximo lo bueno. A diferencia del
niño malcriado y cobarde, el responsable siempre está dispuesto a responder de sus actos: « ¡Sí, he
sido yo! » El mundo que nos rodea, si te fijas, está lleno de ofrecimiento para descargar al sujeto del
peso de su responsabilidad. La culpa de lo malo que sucede parece ser de las circunstancias, de la
sociedad en la que vivimos, del sistema capitalista, del carácter que tengo (¡es que yo soy así), de
que no me educaron bien (o me mimaron demasiado), de los anuncios de la tele, de las tentaciones
que se ofrecen en los escaparates, de los ejemplos irresistibles y perniciosos... Acabo de usar la
palabra clave de estas justificaciones: irresistible.
Todos los que quieren dimitir de su responsabilidad creen en lo irresistible, aquello que avasalla sin
remedio, sea propaganda, droga, apetito, soborno, amenaza, forma de ser... lo que salte. En cuanto
aparece lo irresistible, izas!, deja uno de ser libre y se convierte en marioneta a la que no se le deben
pedir cuentas. Los partidarios del autoritarismo creen firmemente en lo irresistible y sostienen que es
necesario prohibir todo lo que puede resultar avasallador: ¡una vez que la policía haya acabado con
todas las tentaciones, ya no habrá más delitos ni pecados! Tampoco habrá ya libertad, claro, pero el
que algo quiere, algo le cuesta... Además ¡qué gran alivio, saber que' si todavía queda por ahí alguna
tentación suelta la responsabilidad de lo que pase es de quien no la prohibió a tiempo y no de quien
cede a ella!
¿Y si yo te dijera que lo «irresistible» no es más que una superstición, inventada por los que le tienen
miedo a la libertad? ¿Que todas las instituciones y teorías que nos ofrecen disculpas para la
responsabilidad no nos quieren ver más contentos sino sabernos más esclavos? ¿Que quien espera
a que todo en el mundo sea como es debido para empezar a portarse él mismo como es debido ha
nacido para mentecato, para bribón o para las dos cosas, que también suele pasar? ¿Que por
muchas prohibiciones que se nos impongan y muchos policías que nos vigilen siempre podremos
obrar mal -es decir, contra nosotros mismos- si queremos? Pues te lo digo, te lo digo con toda la
convicción del mundo.
Un gran poeta y narrador argentino, Jorge Luis Borges, hace al principio de uno de sus cuentos la
siguiente reflexión sobre cierto antepasado suyo: «Le tocaron, como a todos los hombres, malos
tiempos en que vivir.» En efecto, nadie ha vivido nunca en tiempos completamente favorables, en los
que resulte sencillo ser hombre y llevar una buena vida. Siempre ha habido violencia, rapiña,
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cobardía, imbecilidad (moral y de la otra), mentiras aceptadas como verdades porque son agradables
de oír... A nadie se le regala la buena vida humana ni nadie consigue lo conveniente para él sin
coraje y sin esfuerzo: por eso virtud deriva etimológicamente de vir, la fuerza viril del guerrero que se
impone en el combate contra la mayoría. ¿Te parece un auténtico fastidio? Pues pide el libro de
reclamaciones... Lo único que puedo garantizarte es que nunca se ha vivido en Jauja y que la
decisión de vivir bien la tiene que tomar cada cual respecto a sí mismo, día a día, sin esperar a que
la estadística le sea favorable o el resto del universo se lo pida por favor.
El meollo de la responsabilidad, por si te interesa saberlo, no consiste simplemente en tener la
gallardía o la honradez de asumir las propias meteduras de pata sin buscar excusas a derecha e
izquierda. El tipo responsable es consciente de lo real de su libertad. Y empleo «real» en el doble
sentido de «auténtico» o «verdadero» pero también de «propio de un rey»: el que toma decisiones
sin que nadie por encima suyo le dé órdenes. Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos
me va construyendo, me va definiendo, me va inventando. Al elegir lo que quiero hacer voy
transformándome poco a poco. Todas mis decisiones dejan huella en mí mismo antes de dejarla en
el mundo que me rodea. Y claro, una vez empleada mi libertad en irme haciendo un rostro ya no
puedo quejarme o asustarme de lo que veo en el espejo cuando me miro... Si obro bien cada vez me
será más difícil obrar mal (y al revés, por desgracia): por eso lo ideal es ir cogiendo el vicio... de vivir
bien. Cuando al protagonista de la película del oeste le dan la oportunidad de que dispare al villano
por la espalda y él dice: «Yo no puedo hacer eso», todos entendemos lo que quiere decir.
Disparar, lo que se dice disparar, sí que podría, pero no tiene semejante costumbre. ¡Por algo es el
«bueno» de la historia! Quiere seguir siendo fiel al tipo que ha elegido ser, al tipo que se ha fabricado
libremente desde tiempo atrás.
Perdona si este capítulo me ha salido demasiado largo pero es que me he entusiasmado un poco y
además ¡tengo tantas cosas que decirte! Lo dejaremos aquí y cogeremos fuerzas, porque mañana
me propongo hablarte de en qué consiste eso de tratar a las personas como a personas, es decir con
realismo o, si prefieres: con bondad.
Vete leyendo...
«¡Oh, cobarde conciencia, cómo me afliges!... ¡La luz despide resplandores
azulencos!... ¡Es la hora de la medianoche mortal!... ¡Un sudor frío empapa mis
temblorosas carnes!... ¡Cómo! ¿Tengo miedo de mí mismo?... Aquí no hay nadie...
Ricardo ama a Ricardo ... Eso es; yo soy yo... ¿Hay aquí algún asesino?... No ...
¡Sí!... ¡Yo!... ¡Huyamos, pues!... ¡Cómo! ¿De mí mismo?... i Valiente razón!... ¿Por
qué?... ¡Del miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mí mismo contra mí mismo? ¡Ay! ¡Yo
me amo! ¿Por qué causa? ¿Por el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no!
¡Ay de mí!... ¡Más bien debería odiarme por las infames acciones que he cometido!
¡Soy un miserable! Pero miento: eso no es verdad... ¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te
adules! ¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia
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particular, y cada historia me condena como un miserable! ¡El perjurio, el perjurio en
el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato hasta el más feroz extremo!
Todos los crímenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a
acusarme, gritando todos: ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura
humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de mí!... ¿Y por qué
había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mí!» (William
Shakespeare, La tragedia de Ricardo III).
«" No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti" es uno de los
principios más fundamentales de la ética. Pero es igualmente justificado
afirmar: todo lo que hagas a otros te lo haces también a ti mismo »
(Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).
«Todos, cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; y no me refiero
al hecho de que el socorrido querrá socorrer y el defendido proteger, o que el
buen ejemplo retorna, describiendo un círculo, hacia el que lo da -como los
malos ejemplos recaen sobre sus autores, y ninguna piedad alcanza a
aquellos que padecen injurias después de haber demostrado con sus actos
que podían hacerse-, sino a que el valor de toda virtud radica en ella
misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de la
acción virtuosa es haberla realizado» (Séneca, Cartas a
Lucilio).
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CAPÍTULO SÉPTIMO
PONTE EN SU LUGAR
Robinson Crusoe pasea por una de las playas de la isla en la que una inoportuna tormenta
con su correspondiente naufragio le ha confinado. Lleva su loro al hombro y se protege del
sol gracias a la sombrilla fabricada con hojas de palmera que le tiene justificadamente
orgulloso de su habilidad. Piensa que, dadas las circunstancias, no puede decirse que se las
haya arreglado del todo mal. Ahora tiene un refugio en el que guarecerse de las
inclemencias del tiempo y del asalto de las fieras, sabe dónde conseguir alimento y bebida,
tiene vestidos que le abriguen y que él mismo se ha hecho con elementos naturales de la
isla, los dóciles servicios de un rebañito de cabras, etc. En fin, que sabe cómo arreglárselas
para llevar más o menos su buena vida de naúfrago solitario. Sigue paseando Robinson y
está tan contento de sí mismo que por un momento le parece que no echa nada de menos.
De pronto, se detiene con sobresalto. Allí, en la arena blanca, se dibuja una marca que va a
revolucionar toda su pacífica existencia: la huella de un pie humano.
¿De quién será? ¿Amigo o enemigo? ¿Quizá un enemigo al que puede convertir en amigo?
¿Hombre o mujer? ¿Cómo se entenderá con él o ella? ¿Qué trato le dará? Robinson está ya
acostumbrado a hacerse preguntas desde que llegó a la isla y a resolver los problemas del
modo más ingenioso posible: ¿qué comeré?, ¿dónde me refugiaré?, ¿cómo me protegeré
del sol? Pero ahora la situación no es igual porque ya no tiene que vérselas con
acontecimientos naturales, como el hambre o la lluvia, ni con fieras salvajes, sino con otro
ser humano: es decir, con otro Robinson o con otros Robinsones y Robinsonas. Ante los
elementos o las bestias, Robinson ha podido comportarse sin atender a nada más que a su
necesidad de supervivencia. Se trataba de ver si podía con ellos o ellos podían con él, sin
otras complicaciones. Pero ante seres humanos la cosa ya no es tan simple. Debe
sobrevivir, desde luego, pero ya no de cualquier modo. Si Robinson se ha convertido en una
fiera como las demás que rondan por la selva, a causa de su soledad y su desventura, no se
preocupará más que de si el desconocido causante de la huella es un enemigo a eliminar o
una presa a devorar. Pero si aún quiere seguir siendo un hombre... Entonces se las va a ver
no ya con una presa o un simple enemigo, sino con un rival 0 un posible compañero; en
cualquier caso, con un semejante.
Mientras está solo, Robinson se enfrenta a cuestiones técnicas, mecánicas, higiénicas,
incluso científicas, si me apuras. De lo que se trata es de salvar la vida en un medio hostil y
desconocido. Pero cuando encuentra la huella de Viernes en la arena de la playa empiezan
sus problemas éticos. Ya no se trata solamente de sobrevivir, como una fiera o como una
alcachofa, perdido en la naturaleza; ahora tiene que empezar a vivir humanamente, es decir,
con otros o contra otros hombres, pero entre hombres. Lo que hace «humana» a la vida es
el transcurrir en compañía de humanos, hablando con ellos, pactando y mintiendo, siendo
respetado o traicionado, amando, haciendo proyectos y recordando el pasado,
desafiándose, organizando juntos las cosas comunes, jugando, intercambiando símbolos...
La ética no se ocupa de cómo alimentarse mejor o de cuál es la manera más recomendable
de protegerse del frío ni de qué hay que hacer para vadear un río sin ahogarse, cuestiones
todas ellas sin duda muy importantes para sobrevivir en determinadas circunstancias; lo que
a la ética le interesa, lo que constituye su especialidad, es cómo vivir bien la vida humana, la
vida que transcurre entre humanos. Si uno no sabe cómo arreglárselas para sobrevivir en los
peligros naturales, pierde la vida, lo cual sin duda es un fastidio grande; pero si uno no tiene
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ni idea de ética, lo que pierde o malgasta es lo humano de su vida y eso, francamente,
tampoco tiene ninguna gracia.
Antes te dije que la huella en la arena anunció a Robinson la proximidad comprometedora de
un semejante. Pero vamos a ver, ¿hasta qué punto era Viernes semejante a Robinson? Por
un lado, un europeo del siglo XVII, poseedor de los conocimientos científicos más
avanzados de su época, educado en la religión cristiana, familiarizado con los mitos
homéricos y con la imprenta; por otro, un salvaje caníbal de los mares del Sur, sin más
cultura que la tradición oral de su tribu, creyente en una religión politeísta y desconocedor de
la existencia de las grandes ciudades contemporáneas como Londres o Amsterdam. Todo
era diferente del uno al otro: color de la piel, aficiones culinarias, entretenimientos... Seguro
que por las noches ni siquiera sus sueños tenían nada en común. Y sin embargo, pese a
tantas diferencias, también había entre ellos rasgos fundamentalmente parecidos,
semejanzas esenciales que Robinson no compartía con ninguna fiera ni con ningún árbol o
manantial de la isla. Para empezar, ambos hablaban, aunque fuese en lenguas muy
distintas. El mundo estaba hecho para ellos de símbolos y de relaciones entre símbolos, no
de puras cosas sin nombre. Y tanto Robinson como Viernes eran capaces de valorar los
comportamientos, de saber que uno puede hacer ciertas cosas que están «bien» y otras que
son por el contrario «malas». A primera vista, lo que ambos consideraban «bueno» y «malo»
no era ni mucho menos igual, porque sus valoraciones concretas provenían de culturas muy
lejanas: el canibalismo, sin ir más lejos, era una costumbre razonable y aceptada para
Viernes, mientras que a Robinson -como a ti, supongo, por tragaldabas que seas- le merecía
el más profundo de os horrores. Y a pesar de ello los dos coincidían en suponer que hay
criterios destinados a justificar qué es aceptable y qué es horroroso. Aunque tuvieran
posiciones muy distintas desde las que discutir, podían llegar a discutir y comprender de qué
estaban discutiendo. Ya es bastante más de lo que se suele hacer con un tiburón o con una
avalancha de rocas, ¿no?.
Todo eso está muy bien, me dirás, pero lo cierto es que por muy semejantes que sean los
hombres no está claro de antemano cuál sea la mejor manera de comportarse respecto a
ellos. Si la huella en -la arena que encuentra Robinson pertenece a un miembro de la tribu
de caníbales que pretende comérselo estofado, su actitud ante el desconocido no deberá ser
la misma que si se trata del grumete del barco que viene por fin a rescatarle. Precisamente
porque los otros hombres se me parecen mucho pueden resultarme más peligrosos que
cualquier animal feroz o que un terremoto. No hay peor enemigo que un enemigo inteligente,
capaz de hacer planes minuciosos, de tender trampas o de engañarme de mil maneras.
Quizá entonces lo mejor sea tomarles la delantera y ser uno el primero en tratarles, por
medio de violencia o emboscadas, como si ya fuesen efectivamente esos enemigos que
pudieran llegar a ser... Sin embargo, esta actitud no es tan prudente como parece a primera
vista: al comportarme ante mis semejantes como enemigo, aumento sin duda las
posibilidades de que ellos se conviertan sin remedio en enemigos míos también; y además
pierdo la ocasión de ganarme su amistad o de conservarla si en principio estuviesen
dispuestos a ofrecérmela.
Mira este otro comportamiento posible ante nuestros peligrosos semejantes. Marco Aurelio
fue emperador de Roma y además filósofo, lo cual es bastante raro porque los gobernantes
suelen interesarse poco por las cuestiones que no sean indiscutiblemente prácticas. A este
emperador le gustaba anotar algo así como unas conversaciones que tenía consigo mismo,
dándose consejos o hasta pegándose broncas. Frecuentemente apuntaba cosas de este
jaez (acudo a la memoria, no al libro, de modo que no te lo tomes al pie de la letra): «Al
levantarte hoy, piensa que a lo largo del día te encontrarás con algún mentiroso, con algún
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ladrón, con algún adúltero, con algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a
hombres, porque son tan humanos como tú y por tanto te resultan tan imprescindibles como
la mandíbula inferior lo es para la superior.» Para Marco Aurelio, lo más importante respecto
a los hombres no es si su conducta me parece conveniente o no, sino que -en cuanto
humanos- me convienen y eso nunca debo olvidarlo al tratar con ellos. Por malos que sean,
su humanidad coincide con la mía y la refuerza. Sin ellos, yo podría quizá vivir pero no vivir
humanamente. Aunque tenga algún diente postizo y dos o tres con caries, siempre es más
conveniente a la hora de comer contar con una mandíbula inferior que ayude a la superior...
Y es que esa misma semejanza en la inteligencia, en la capacidad de cálculo y proyecto, en
las pasiones y los miedos, eso mismo que hace tan peligrosos a los hombres para mí
cuando quieren serlo, los hace también supremamente útiles. Cuando un ser humano me
viene bien, nada puede venirme mejor. A ver, ¿qué conoces tú que sea mejor que ser
amado? Cuando alguien quiere dinero, o poder, o prestigio... ¿acaso no apetece esas
riquezas para poder comprar la mitad de lo que cuando uno es amado recibe gratis? Y
¿quién me puede amar de verdad sino otro ser como yo, que funcione igual que yo, que me
quiera en tanto que humano... y a pesar de ello? Ningún bicho, por cariñoso que sea, puede
darme tanto como otro ser humano, incluso aunque sea un ser humano algo antipático. Es
muy cierto que a los hombres debo tratarlos con cuidado, por si acaso. Pero ese «cuidado»
no puede consistir ante todo en recelo o malicia, sino en el miramiento que se tiene al
manejar las cosas frágiles, las cosas más frágiles de todas... porque no son simples cosas.
Ya que el vínculo de respeto y amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo
para mí, que también lo soy, cuando me las vea con ellos debo tener principal interés en
resguardarlo y hasta mimarlo, si me apuras un poco. Y ni siquiera a la hora de salvar el
pellejo es aconsejable que olvide por completo esta prioridad.
Marco Aurelio, que era emperador y filósofo pero no imbécil, sabía muy bien lo que tú
también sabes: que hay gente que roba, que miente y que mata. Naturalmente, no suponía
que por aquello de llevarse bien con el prójimo hay que favorecer semejantes conductas.
Pero tenía bastante claras dos cosas que me parecen muy importantes:
Primera: que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier modo de uno no
por ello deja de ser humano. Aquí el lenguaje es engañoso, porque al acuñar el título de
infamia («ése es un ladrón», «aquélla una mentirosa», «tal otro un criminal») nos hace
olvidar un poco que se trata siempre de seres humanos que, sin dejar de serlo, se
comportan de manera poco recomendable. Y quien «ha llegado» a ser algo detestable,
como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más
conveniente para nosotros, lo más imprescindible...
Segunda: Una de las características principales de todos los humanos es nuestra capacidad
de imitación. La mayor parte de nuestro comportamiento y de nuestros gustos la copiamos
de los demás. Por eso somos tan educables y vamos aprendiendo sin cesar los logros que
conquistaron otras personas en tiempos pasados o latitudes remotas. En todo lo que
llamamos «civilización», «cultura», etc., hay un poco de invención y muchísinio de imitación.
Si no fuésemos tan copiones, constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde
cero. Por eso es tan importante el ejemplo que damos a nuestros congéneres sociales: es
casi seguro que en la mayoría de los casos nos tratarán tal como se vean tratados. Si
repartimos a troche y moche enemistad, aunque sea disimuladamente, no es probable que
recibamos a cambio cosa mejor que más enemistad. Ya sé que por muy buen ejemplo que
llegue a dar uno, los demás siempre tienen a la vista demasiados malos ejemplos que imitar.
¿Para qué molestarse, pues, y renunciar a las ventajas inmediatas que sacan a menudo los
canallas? Marco Aurelio te contestaría: «¿Te parece prudente aumentar el ya crecido
139
número de los malos, de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a la
minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu buena vida? ¿No es más
lógico sembrar lo que intentas cosechar en lugar de lo opuesto, aun a sabiendas de que la
cizaña puede estropear tu cosecha? ¿Prefieres portarte voluntariamente al modo de tanto
loco como hay suelto, en lugar de defender y mostrar las ventajas de la cordura? »
Pero estudiemos un poco más de cerca lo que hacen esos que llamamos « malos »,. es
decir, los que tratan a los demás humanos como a enemigos en lugar de procurar su
amistad. Seguro que recuerdas la película Frankenstein, interpretada por ese entrañable
monstruo de monstruos que fue Boris Karloff. Intentamos verla juntos en la tele cuando eras
bastante pequeñajo y tuve que apagar porque, según me dijiste con elegante franqueza, «
me parece que empieza a darme demasiado miedo». Bueno, pues en la novela de Mary W.
Shelley en la que se basa la película, la criatura hecha de remiendos de cadáveres hace
esta confesión a su ya arrepentido inventor: « Soy malo porque soy desgraciado. »Tengo la
impresión de que la mayoría de los supuestos «malos» que corren por el mundo podrían
decir lo mismo cuando fuesen sinceros. Si se comportan de manera hostil y despiadada con
sus semejantes es porque sienten miedo, o soledad, o porque carecen de cosas necesarias
que otros muchos poseen: desgracias, como verás. 0 porque padecen la mayor desgracia
de todas, la de verse tratados por la mayoría sin amor ni respeto, tal como le ocurría a la
pobre criatura del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña quisieron mostrar
amistad. No conozco gente que sea mala de Puro feliz ni que martirice al prójimo como
señal de alegría. Todo lo más, hay bastantes que para estar contentos necesitan no
enterarse de los padecimientos que abundan a su alrededor y de algunos de los cuales son
Cómplices. Pero la ignorancia, aunque esté satisfecha de sí misma, también es una forma
de desgracia...
Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo,
¿no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar
de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal? El que colabora en la desdicha
ajena o no hace nada para ponerle remedio... se la está buscando. ¡Que no se queje luego
de que haya tantos malos sueltos! A corto plazo, tratar a los semejantes como enemigos (o
como víctimas) puede parecer ventajoso. El mundo está lleno de «pillines» o de descarados
canallas que se consideran sumamente astutos cuando sacan provecho de la buena
intención de los demás y hasta de sus desventuras. Francamente, no me parecen tan «
listos » como ellos se halagan en creer. La mayor ventaja que podemos obtener de nuestros
semejantes no es la posesión de más cosas (o el dominio sobre más personas tratadas
como cosas, como instrumentos) sino la complicidad y afecto de más seres libres. Es decir,
la ampliación y refuerzo de mi humanidad. «Y eso ¿para qué sirve?», preguntará el pillo, cre-
yendo alcanzar el colmo de la astucia. A lo que tú puedes responderle: «No sirve para nada
de lo que tú piensas. Sólo los siervos sirven y aquí ya te he dicho que estamos hablando de
seres libres.» El problema del canalla es que no sabe que la libertad no sirve ni gusta de ser
servida sino que busca contagiarse. Tiene mentalidad de esclavo, el pobrecillo... ¡por muy
«rico» en cosas que se considere a sí mismo!
Y suspira luego el canalla, ahora ya tembloroso y reducido a simple pillín: « Si yo no me
aprovecho de los otros, ¡seguro que son los otros los que se aprovechan de mí! » Es una
cuestión de ratones-esclavos y leones-Iibres, con las debidas reverencias para ambas
especies zoológicas de mi mayor consideración. Diferencia número uno entre el que ha
nacido para ratón y el que ha nacido para león: el ratón pregunta «¿qué me pasará?» y el
león «¿qué haré?». Número dos: el ratón quiere obligar a los demás a que le quieran para
así ser capaz de quererse a sí mismo y el león se quiere a sí mismo por lo que es capaz de
querer a los demás. Número tres: el ratón está dispuesto a hacer lo que sea contra los
demás para prevenir lo que los demás pueden hacer contra él, mientras que el león
140
considera que hace a favor de sí mismo todo lo que hace a favor de los demás. Ser ratón o
ser león: ¡he aquí la cuestión! Para el león está bastante claro -«tenebrosamente claro»,
como diría el poeta Antonio Machado- que el primer perjudicado cuando intento perjudicar a
mi semejante soy precisamente yo mismo... y en lo que tengo de más valioso, de menos
servil.
Llegamos por fin al momento de intentar responder a una pregunta cuya contestación directa
(indirectamente y con rodeos hace bastantes páginas que no hablamos de otra cosa) hemos
aplazado ya demasiado tiempo: ¿en qué consiste tratar a las personas como a personas, es
decir, humanamente? Respuesta: consiste en que intentes ponerte en su lugar. Reconocer a
alguien como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle desde dentro, de
adoptar por un momento su propio punto de vista. Es algo que sólo de una manera muy
novelesca y dudosa puedo pretender con un murciélago o con un geranio, pero que en
cambio se impone con los seres capaces de manejar símbolos como yo mismo. A fin de
cuentas, siempre que hablamos con alguien lo que hacemos es establecer un terreno en el
que quien ahora es «yo» sabe que se convertirá en «tú» y viceversa. Si no admitiésemos
que existe algo fundamentalmente igual entre nosotros (la posibilidad de ser para otro lo que
otro es para mí) no podríamos cruzar ni palabra. Allí donde hay cruce, hay también re-
conocimiento de que en cierto modo pertenecemos a lo de enfrente y lo de enfrente nos
pertenece... Y eso aunque yo sea joven y el otro viejo, aunque yo sea hombre y el otro
mujer, aunque yo sea blanco y el otro negro, aunque yo sea tonto y el otro listo, aunque yo
esté sano y el otro enfermo, aunque yo sea rico y el otro pobre. « Soy humano -dijo un
antiguo poeta latino- y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno.» Es decir: tener
conciencia de mi humanidad consiste en darme cuenta de que, pese a todas las muy reales
diferencias entre los individuos, estoy también en cierto modo dentro de cada uno de mis
semejantes. Para empezar, como palabra...
Y no sólo para poder hablar con ellos, claro está. Ponerse en el lugar de otro es algo más
que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus
derechos. Y cuando los derechos faltan, hay que comprender sus razones. Pues eso es algo
a lo que todo hombre tiene derecho frente a los demás hombres, aunque sea el peor de
todos: tiene derecho -derecho humano- a que alguien intente ponerse en su lugar y
comprender lo que hace y lo que siente. Aunque sea para condenarle en nombre de leyes
que toda sociedad debe admitir. En una palabra, ponerte en el lugar de otro es tomarle en
serio, considerarle tan plenamente real como a ti mismo. ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo
el ciudadano Kane? ¿O a Gloucester? Se tomaron tan en serio a sí mismos, tuvieron tan en
cuenta sus deseos y ambiciones, que actuaron como si los demás no fuesen de verdad,
como si fuesen simples muñecos o fantasmas: los aprovechaban cuando les venía bien su
colaboración, los desechaban o mataban si ya no les resultaban utilizables. No hicieron el
mínimo esfuerzo por ponerse en su lugar, por relativizar su interés propio para tomar en
cuenta también el interés ajeno. Ya sabes cómo les fue.
No te estoy diciendo que haya nada malo en que tengas tus propios intereses, ni tampoco
que debas renunciar a ellos siempre para dar prioridad a los de tu vecino. Los tuyos, desde
luego, son tan respetables como los suyos y lo demás son cuentos. Pero fíjate en la palabra
misma «interés»: viene del latín inter esse, lo que está entre varios, lo que pone en relación
a varios. Cuando hablo de «relativizar» tu interés quiero decir que ese interés no es algo
tuyo exclusivamente, como si vivieras solo en un mundo de fantasmas, sino que te pone en
contacto con otras realidades tan «de verdad» como tú mismo.
De modo que todos los intereses que puedas tener son relativos (según otros intereses,
según las circunstancias, según leyes y costumbres de la sociedad en que vives) salvo un
interés, el único interés absoluto: el interés de ser humano entre los humanos, de dar y
recibir el trato de humanidad sin el que no puede haber «buena vida». Por mucho que pueda
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interesarte algo, si miras bien nada puede ser tan interesante para ti como la capacidad de
ponerte en el lugar de aquellos con los que tu interés te relaciona. Y al ponerte en su lugar
no sólo debes ser capaz de atender a sus razones, sino también de participar de algún modo
en sus pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos. Se trata de sentir simpatía
por el otro (o si prefieres compasión, pues ambas voces tienen etimologías semejantes, la
una derivando del griego y la otra del latín), es decir ser capaz de experimentar en cierta
manera al unísono con el otro, no dejarle del todo solo ni en su pensar ni en su querer.
Reconocer que estamos hechos de la misma pasta, a la vez idea, pasión y carne. 0 como lo
dijo más bella y profundamente Shakespeare: todos los humanos estamos hechos de la sus-
tancia con la que se trenzan los sueños. Que se note que nos damos cuenta de ese pa-
rentesco.
Tomarte al otro en serio, es decir, ser capaz de ponerte en su lugar para aceptar
prácticamente que es tan real como tú mismo, no significa que siempre debas darle la razón
en lo que reclama o en lo que hace. Ni tampoco que, como le tienes por tan real como tú
mismo y semejante a ti, debas, comportarte como si fueseis idénticos. El dramaturgo y
humorista Bernard Shaw solía decir: « No siempre hagas a los demás lo que desees que te
hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes.» Sin duda los hombres somos semejantes,
sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales (en cuanto a oportunidades al nacer
y luego ante las leyes), pero desde luego no somos ni tenemos por qué empeñarnos en ser
idénticos. ¡Menudo aburrimiento y menuda tortura generalizada! Ponerte en el lugar del otro
es hacer un esfuerzo de objetividad por ver las cosas como él las ve, no echar al otro y
ocupar tú su sitio... O sea que él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú. El
primero de los derechos humanos es el derecho a no ser fotocopia de nuestros vecinos, a
ser más o menos raros. Y no hay derecho a obligar a otro a que deje de ser «raro» por su
bien, salvo que su «rareza» consista en hacer daño al prójimo directa y claramente...
Acabo de emplear la palabra «derecho» y me parece que ya la he utilizado un poco antes.
¿Sabes por qué? Porque gran parte del difícil arte de ponerse en el lugar del prójimo tiene
que ver con eso que desde muy antiguo se llama justicia. Pero aquí no sólo me refiero a lo
que la justicia tiene de institución pública (es decir, leyes establecidas, jueces, abogados,
etc.), sino a la virtud de la justicia, o sea: a la habilidad y el esfuerzo que debemos hacer
cada uno -si querernos vivir bien- por entender lo que nuestros semejantes pueden esperar
de nosotros. Las leyes y los jueces intentan determinar obligatoriamente lo mínimo que las
personas tienen derecho a exigir de aquellos con quienes conviven en sociedad, pero se
trata de un mínimo y nada más. Muchas veces por muy legal que sea, por mucho que se
respeten los códigos y nadie pueda ponernos multas o llevarnos a la cárcel, nuestro
comportamiento sigue siendo en el fondo injusto. Toda ley escrita no es más que una
abreviatura, una simplificación -a menudo imperfecta- de lo que tu semejante puede esperar
concretamente de ti, no del Estado o de sus jueces. La vida es demasiado compleja y sutil,
las personas somos demasiado distintas, las situaciones son demasiado variadas, a menudo
demasiado íntimas, como para que todo quepa en los libros de jurisprudencia. Lo mismo que
nadie puede ser libre en tu lugar, también es cierto que nadie puede ser justo por ti si tú no
te das cuenta de que debes serlo para vivir bien. Para entender del todo lo que el otro puede
esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo
porque también es humano... y ese pequeño pero importantísimo amor ninguna ley instituida
puede imponerlo. Quien vive bien debe ser capaz de una justicia simpática, o de una
compasión justa.
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¡Vaya, me ha salido otro capítulo larguísimo! Pero tengo la excusa de que éste es el capítulo
más importante de todos. Lo fundamental de la ética de la que quiero hablarte he intentado
decirlo en estas últimas páginas. Me atrevería a pedirte que, si no estás demasiado harto, lo
leyeras otra vez antes de pasar más adelante. Aunque si no lo haces porque estás algo
cansado... ¡bueno, me pongo en tu lugar!
Vete leyendo...
«Un día, cerca del mediodía, cuando iba a visitar mi canoa, me sorprendió de una
manera extraña el descubrir sobre la arena la reciente huella de un pie descalzo. Me
paré de repente, como herido por un rayo o como si hubiese visto alguna aparición.
Escuché, dirigí la vista alrededor mío, pero nada vi, no oí nada...»
(Daniel Defoe, Aventuras de Robinson Crusoe).
«Toda vida verdadera es encuentro» (Martin Buber, Yo y tú).
«Unido con sus semejantes por el más fuerte de todos los vínculos, el de un destino
común, el hombre libre encuentra que siempre lo acompaña una nueva visión que
proyecta sobre toda tarea cotidiana la luz del amor. La vida del hombre es una larga
marcha a través de la noche, rodeado de enemigos invisibles, torturado por el
cansancio y el dolor, hacia una meta que pocos pueden esperar alcanzar, y donde
nadie puede detenerse mucho tiempo. Uno tras otro, a medida que avanzan, nuestros
camaradas se alejan de nuestra vista, atrapados por las órdenes silenciosas de la
muerte omnipotente. Muy breve es el lapso durante el cual podemos ayudarlos, en el
que se decide su felicidad o su miseria. ¡Ojalá nos corresponda derramar luz solar en
su senda, iluminar sus penas con el bálsamo de la simpatía, darles la pura alegría de
un afecto que nunca se cansa, fortalecer su ánimo desfalleciente, inspirarles fe en
horas de desesperanza» (Bertrand Russell, Misticismo y lógica).
«Nunca hubo adepto de la virtud y enemigo del placer tan triste y tan
rígido como para predicar las vigilias, los trabajos y las austeridades sin
ordenar, al mismo tiempo, dedicarse con todas sus fuerzas a aliviar la
pobreza y la miseria de los otros. Todos estiman que incluso hay que
glorificar, con el título de humanidad, el hecho de que el hombre es para el
hombre salvación y consuelo, puesto que es esencialmente "humano" -y
ninguna virtud es tan propia del hombre como ésta- suavizar lo más
posible las penas de los otros, hacer desaparecer la tristeza, devolver la
alegría de vivir, es decir: el placer»
(Tomás Moro, Utopía).
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CAPÍTULO VIII
TANTO GUSTO
Imagínate que alguien te informa de que tu amigo Fulanito o tu amiga Zutanita han sido detenidos
por «conducta inmoral» en la vía pública. Puedes estar seguro de que su «inmoralidad» no ha
consistido en saltarse un semáforo en rojo, o en haber dicho a alguien una mentira muy gorda en
plena calle, ni tampoco es que hayan sustraído una cartera aprovechando las apreturas urbanas. Lo
más probable es que el salido de Fulanito se dedicase a palmear con rudo aprecio el trasero de las
mejores jamonas que se fueran cruzando en su camino o que la descocada de Zutanita, tras unas
cuantas copas, se haya empeñado en mostrar a los viandantes que su anatomía nada tiene que
envidiar a la de Sabrina o Marta Sánchez. Y si alguna persona de las llamadas «respetables» (¡como
si el resto de las personas no lo fuesen!) te anuncia en tono severo que tal o cual película es
«inmoral», ya sabes que no se refiere a que aparezcan varios asesinatos en la pantalla o a que los
personajes ganen dinero por medios poco limpios sino a... bueno, tú ya sabes a lo que se refieren.
Cuando la gente habla de «moral» y sobre todo de «inmoralidad», el ochenta por ciento de las veces
-y seguro que me quedo corto- el sermón trata de algo referente al sexo. Tanto que algunos creen
que la moral se dedica ante todo a juzgar lo que la gente hace con sus genitales. El disparate no
puede ser mayor y supongo que por poca atención que le hayas dedicado a lo que te vengo diciendo
hasta ahora ya no se te ocurrirá compartirlo. En el sexo, de por sí, no hay nada más «inmoral» que
en la comida o en los paseos por el campo; claro que alguien puede comportarse inmoralmente en el
sexo (utilizándolo para hacer daño a otra persona, por ejemplo), lo mismo que hay quien se come el
bocadillo del vecino o aprovecha sus paseos para planear atentados terroristas. Y por supuesto,
como la relación sexual puede llegar a establecer vínculos muy poderosos y complicaciones
afectivas muy delicadas entre la gente, es lógico que se consideren especialmente los miramientos
debidos a los semejantes en tales casos. Pero, por lo demás, te digo rotundamente que en lo que
hace disfrutar a dos y no daña a ninguno no hay nada de malo. El que de veras está malo es quien
cree que hay algo de malo en disfrutar... No sólo es que «tenernos» un cuerpo, corno suele decirse
(casi con resignación), sino que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y bienestar no hay vida
buena que valga. El que se avergüenza de las capacidades gozosas de su cuerpo es tan bobo como
el que se avergüenza de haberse aprendido la tabla de multiplicar.
Desde luego, una de las funciones indudablemente importantes del sexo es la procreación. ¡Qué te
voy a contar a ti, que eres hijo mío! Y es una consecuencia que no puede ser tomada a la ligera,
pues impone obligaciones ciertamente éticas: repasa, si no te acuerdas, lo que te he contado antes
sobre la responsabilidad como reverso inevitable de la libertad. Pero la experiencia sexual no puede
limitarse simplemente a la función procreadora. En los seres humanos, los dispositivos naturales
para asegurar la perpetuación de la especie tienen siempre otras dimensiones que la biología no
parece haber previsto. Se les añaden símbolos y refinarnientos, invenciones preciosas de esa
libertad sin la que los hombres no seríamos hombres. Es paradójico que sean los que ven algo de «
malo » o al menos de «turbio » en el sexo quienes dicen que dedicarse con demasiado entusiasmo a
él animaliza al hombre.
La verdad es que son precisamente los animales quienes sólo emplean el sexo para procrear, lo
mismo que sólo utilizan la comida para alimentarse o el ejercicio físico para conservar la salud; los
humanos, en cambio, hemos inventado el erotismo, la gastronomía y el atletismo. El sexo es un
mecanismo de reproducción para los hombres, como también para los ciervos y los besugos; pero en
los hombres produce otros muchos efectos, por ejemplo la poesía lírica y la institución matrimonial,
que ni los ciervos ni los besugos conocen (no sé si por desgracia o por suerte para ellos). Cuanto
más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta. Claro que de
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ello se derivan consecuencias buenas y malas, como siempre que la libertad está en juego... Pero de
ese problema te vengo hablando casi desde la primera página de este rollo.
Lo que se agazapa en toda esa obsesión sobre la «inmoralidad» sexual no es ni más ni menos que
uno de los más viejos temores sociales del hombre: el miedo al placer. Y como el placer sexual
destaca entre los más intensos y vivos que pueden sentirse, por eso se ve rodeado de tan enfáticos
recelos y cautelas. ¿Por qué asusta el placer? Supongo que será porque nos gusta demasiado. A lo
largo de los siglos, las sociedades siempre han intentado evitar que sus miembros se aficionasen a
darle marcha al cuerpo a todas horas, olvidando el trabajo, la previsión del futuro y la defensa del
grupo: la verdad es que uno nunca se siente tan contento y de acuerdo con la vida como cuando
goza, pero si se olvida de todo lo demás puede no durar mucho vivo. La existencia humana ha sido
en toda época y momento un juego peligroso y eso vale para las primeras tribus que se agruparon
junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a
comprar el periódico. El placer nos distrae a veces más de la cuenta, cosa que puede resultarnos
fatal. Por eso los placeres se han visto siempre acosados por tabúes y restricciones, cuidadosamente
racionados, permitidos sólo en ciertas fechas, etc.: se trata de precauciones sociales (que a veces
perduran aun cuando ya no hacen falta) para que nadie se distraiga demasiado del peligro de vivir.
Por otro lado están quienes sólo disfrutan no dejando disfrutar. Tienen tanto miedo a que el placer les
resulte irresistible, se angustian tanto pensando lo que les puede pasar si un día le dan de verdad
gusto al cuerpo, que se convierten en calumniadores profesionales del placer. Que si el sexo esto,
que si la comida y la bebida lo otro, que si el juego lo de más allá, que si basta de risas Y fiestas con
lo triste que es el mundo, etc.
Tú, ni caso. Todo puede llegar a sentar mal o servir para hacer el mal, pero nada es malo sólo por el
hecho de que te dé gusto hacerlo. A los calumniadores profesionales del placer se les llama
«puritanos». ¿Sabes quién es puritano? El que asegura que la señal de que algo es bueno consiste
en que no nos gusta hacerlo. El que sostiene que siempre tiene más mérito sufrir que gozar (cuando
en realidad puede ser más meritorio gozar bien que sufrir mal). Y lo peor de todo: el puritano cree
que cuando uno vive bien tiene que pasarlo mal y que cuando uno lo pasa mal es porque está
viviendo bien. Por supuesto, los puritanos se consideran la gente más «moral» del mundo y además
guardianes de la moralidad de sus vecinos. No quiero ser exagerado, aunque suelo serlo, pero yo te
diría que es más «decente» y más «moral» el sinvergüenza corriente que el puritano oficial. Su
modelo suele ser la señora de aquel cuento... ¿te acuerdas? Llamó a la policía para protestar de que
había unos chicos desnudos bañándose delante de su casa. La policía alejó a los chicos, pero la
señora volvió a llamar diciendo que se estaban bañando (desnudos, siempre desnudos) un poco más
arriba y que seguía el escándalo. Vuelta a alejarlos la policía y vuelta a protestar la señora. «Pero
señora -dijo el inspector-, si los hemos mandado a más de un kilómetro y medio de distancia ... » Y la
puritana contestó, «virtuosamente» indignada: «¡Si, pero con los gemelos todavía sigo viéndoles! »
Corno a mi juicio el puritanismo es la actitud más opuesta que puede darse a la ética, no me oirás ni
una palabra contra el placer ni por supuesto intentaré de ningún modo que te avergüences, aunque
sea poquito, por el apetito de disfrutar lo más posible con cuerpo y alma. Incluso estoy dispuesto a
repetirte con la mayor convicción el consejo de un viejo maestro francés que mucho te recomiendo,
Michel de Montaigne: «Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de
la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros. » En esa frase de
Montaigne quiero destacarte dos cosas. La primera aparece al final de la recomendación y dice que
los años nos van quitando sin cesar posibilidades de gozo por lo que no es prudente esperar
demasiado para decidirse a pasarlo bien. Si tardas mucho en pasarlo bien, terminas por pasar de
pasarlo bien... Hay que saber entregarse al saboreo del presente, lo que los romanos (y el un poco
latoso profe-poeta de El club de los poetas muertos) resumían en-el dicho carpe diem. Pero esto no
quiere decir que tengas que buscar hoy todos los placeres sino que debes buscar todos los placeres
de hoy. Uno de los medios más seguros de estropear los goces del presente es empeñarte en que
cada momento tenga de todo y que te brinde las satisfacciones más dispares e improbables. No te
obsesiones con meter a la fuerza en el instante que vives los place- 1 res que no pegan; procura más
bien encontrarle el guiño placentero a todo lo que hay. Vamos: no dejes que se te enfríe el huevo frito
por esforzarte a contracorriente en conseguir una hamburguesa ni te amargues la hamburguesa ya
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servida porque le falta ketchup... Recuerda que lo placentero no es el huevo, ni la hamburguesa, ni la
salsa, sino lo bien que tú sepas disfrutar con lo que te rodea.
Lo cual me lleva al principio de la cita de Montaigne que antes te puse, cuando habla de aferrarse
con uñas y dientes «al uso de los placeres de la vida». Lo bueno es usar los placeres, es decir, tener
siempre cierto control sobre ellos que no les permita revolverse contra el resto de lo que forma tu
existencia personal. Recuerda que hace bastantes páginas, con motivo de Esaú y sus lentejas
recalentadas, hablamos de la complejidad de la vida y de lo recomendable que es para vivirla bien no
simplificarla más de lo debido. El placer es muy agradable pero tiene una fastidiosa tendencia a lo
excluyente: si te entregas a él con demasiada generosidad es capaz de irte dejando sin nada con el
pretexto de hacértelo pasar bien. Usar los placeres, como dice Montaigne, es no permitir que
cualquiera de ellos te borre la posibilidad de todos los otros y que ninguno te esconda por completo
el contexto de la vida nada simple en que cada uno tiene su ocasión. La diferencia entre el «uso» y el
«abuso» es precisamente ésa: cuando usas un placer, enriqueces tu vida y no sólo el placer sino que
la vida misma te gusta cada vez más; es señal de que estás abusando el notar que el placer te va
empobreciendo la vida y que ya no te interesa la vida sino sólo ese particular placer. 0 sea que el
placer ya no es un ingrediente agradable de la plenitud de la vida, sino un refugio para escapar de la
vida, para esconderte de ella y calumniarla mejor...
A veces decimos eso de «me muero de gusto». Mientras se trate de lenguaje figurado no hay nada
que objetar, porque uno de los efectos benéficos del placer muy intenso es disolver todas esas
armaduras de rutina, miedo y trivialidad que llevamos puestas y que a menudo nos amargan más de
lo que nos protegen; al perder esas corazas parecernos «morir» respecto a lo que habitualmente
somos, pero para renacer luego más fuertes y animosos. Por eso los franceses, especialistas
delicados en esos temas, llaman al orgasmo «la petite mort», la muertecita... Se trata de una
«muerte» para vivir más y mejor, que nos hace más sensibles, más dulce o fieramente apasionados.
Sin embargo, en otros casos el gusto que obtenemos amenaza con matarnos en el sentido más
literal e irremediable de la palabra. 0 mata nuestra salud y nuestro cuerpo, o nos embrutece matando
nuestra humanidad, nuestros miramientos para con los demás y para con el resto de lo que
constituye nuestra vida. No voy a negarte que haya ciertos placeres por los que pueda merecer la
pena jugarse la vida. El «instinto de conservación» a toda costa está muy bien pero no es más que
eso: un instinto. Y los humanos vivimos un poco más allá de los instintos o si no la cosa tiene poca
gracia. Desde el punto de vista del médico o del acojonado profesional, ciertos placeres nos hacen
daño y suponen un peligro, aunque para quienes tenemos una perspectiva menos clínica sigan
siendo muy respetables y considerables. Sin embargo, permíteme que desconfíe de todos los
placeres cuyo principal encanto parezca ser el «daño» y el «peligro» que proporcionan. Una cosa es
que te «mueras de gusto» y otra bastante distinta que el gusto consista en morirse... o al menos en
ponerse «a morir». Cuando un placer te mata, o está siempre -para darte gusto- a punto de matarte o
va matando en ti lo que en tu vida hay de humano (lo que hace tu existencia ricamente compleja y te
permite ponerte en el lugar de los otros)... es un castigo disfrazado de placer, una vil trampa de
nuestra enemiga la muerte. La ética consiste en apostar a favor de que la vida vale la pena, ya que
hasta las penas de la vida valen la pena. Y valen la pena porque es a través de ellas como podemos
alcanzar los placeres de la vida, siempre contiguos -es el destino- a los dolores. De modo que si me
das a elegir obligadamente entre las penas de la vida y los placeres de la muerte, elijo sin dudar las
primeras... ¡precisamente porque lo que me gusta es disfrutar y no perecer! No quiero placeres que
me permitan huir de la vida, sino que me la hagan más intensamente grata.
Y ahora viene la pregunta del millón: ¿cuál es la mayor gratificación que puede darnos algo en la
vida? ¿Cuál es la recompensa más alta que podemos obtener de un esfuerzo, una caricia, una
palabra, una música, un conocimiento, una máquina, o de montañas de dinero, del prestigio, de la
gloria, del poder, del amor, de la ética o de lo que se te ocurra? Te advierto que la respuesta es tan
sencilla que corre el riesgo de decepcionarte: lo máximo que podemos obtener sea de lo que sea es
alegría. Todo cuanto lleva a la alegría tiene justificación (al menos desde un punto de vista, aunque
no sea absoluto) y todo lo que nos aleja sin remedio de la alegría es un camino equivocado. ¿Qué es
la alegría? Un «sí» espontáneo a la vida que nos brota de dentro, a veces cuando menos lo
esperamos. Un «sí» a lo que somos, o mejor, a lo que sentimos ser. Quien tiene alegría ya ha
recibido el premio máximo y no echa de menos nada; quien no tiene alegría -por sabio, guapo, sano,
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rico, poderoso, santo, etc., que sea- es un miserable que carece de lo más importante. Pues bien,
escucha: el placer es estupendo y deseable cuando sabemos ponerlo al servicio de la alegría, pero
no cuando la enturbia o la compromete. El límite negativo del placer no es el dolor, ni siquiera la
muerte, sino la alegría: en cuanto empezamos a perderla por determinado deleite, seguro que
estamos disfrutando con lo que no nos conviene. Y es que la alegría, no sé si vas a entenderme
aunque no logro explicarme mejor, es una experiencia que abarca placer y dolor, muerte y vida; es la
experiencia que definitivamente acepta el placer y el dolor, la muerte y la vida.
Al arte de poner el placer al servicio de la alegría, es decir, a la virtud que sabe no ir a caer del gusto
en el disgusto, se le suele llamar desde tiempos antiguos templanza.
Se trata de una habilidad fundamental del hombre libre pero hoy no está muy de moda: se la quiere
sustituir por la abstinencia radical o por la prohibición policíaca. Antes que intentar usar bien algo de
lo que se puede usar mal (es decir, abusar), los que han nacido para robots prefieren renunciar por
completo a ello y, si es posible, que se lo prohiban desde fuera, para que así su voluntad tenga que
hacer menos ejercicio. Desconfían de todo lo que les gusta; o, aún peor, creen que les gusta todo
aquello de lo que desconfían. « ¡Que no me dejen entrar en un bingo, porque me lo jugaré todo! ¡Que
no me consientan probar un porro, porque me convertiré en un esclavo babeante de la droga! » Etc.
Son como esa gente que compra una máquina que les da masajes en la barriga para no tener que
hacer flexiones con su propio esfuerzo. Y claro, cuanto más se privan a la fuerza de las cosas, más
locamente les apetecen, más se entregan a ellas con mala conciencia, dominados por el más triste
de todos los placeres: el placer de sentirse culpables. Desengáñate: cuando a uno le gusta sentirse
«culpable», cuando uno cree que un placer es más placer auténtico si resulta en cierto modo
«criminal», lo que se está pidiendo a gritos es castigo... El mundo está lleno de supuestos «rebeldes»
que lo único que desean en el fondo es que les castiguen por ser libres, que algún poder superior de
este mundo o de otro les impida quedarse a solas con sus tentaciones.
En cambio, la templanza es amistad inteligente con lo que nos hace disfrutar. A quien te diga que los
placeres son «egoístas» porque siempre hay alguien sufriendo mientras tú gozas, le respondes que
es bueno ayudar al otro en lo posible a dejar de sufrir, pero que es malsano sentir remordimientos
por no estar en ese momento sufriendo también 0 por estar disfrutando como el otro quisiera poder
disfrutar.
Comprender el sufrimiento de quien padece e intentar remediarlo no supone más que interés porque
el otro pueda gozar también, no vergüenza porque tú estés gozando. Sólo alguien con muchas ganas
de amargarse la vida y amargársela a los demás puede llegar a creer que siempre se goza contra
alguien. Y a quien veas que considera «sucios» y «animales» todos los placeres que no comparte o
que no se atreve a permitirse, te doy permiso para que le tengas por sucio y por bastante animal.
Pero yo creo que esta cuestión ha quedado ya suficientemente clara, ¿no?
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Vete leyendo...
«Lo que el oído desea oír es música, y la prohibición de oír música se llama
obstrucción al oído. Lo que el ojo desea es ver belleza, y la prohibición de ver
belleza es llamada obstrucción a la vista. Lo que la nariz desea es oler
perfume, y la prohibición de oler perfume es llamada obstrucción al olfato.
De lo que la boca quiere hablar es de lo justo e injusto, y la prohibición de
hablar de lo justo e injusto es llamada obstrucción al entendimiento. Lo
que el cuerpo desea disfrutar son ricos alimentos y bellas ropas, y la
prohibición de gozar de éstos se llama obstrucción a las sensaciones del
cuerpo. Lo que la mente quiere es ser libre, y la prohibición a esta libertad
se llama obstrucción a la naturaleza» (Yang Chu, siglo in d.C.).
«El vicio corrige mejor que la virtud. Soporta a un vicioso y tomarás horror
al vicio. Soporta a un virtuoso y pronto odiarás a la virtud entera»
(Tony Duvert, Abecedario malévolo).
«La moderación presupone el placer; la abstinencia, no. Por eso hay más
abstemios que moderados» (Lichtenberg, Aforismos).
«La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro
propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los
demás del suyo o les impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada
uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental
o espiritual. La humanidad sale más gananciosa consintiendo a
cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera
de los demás» (John Stuart Mill, Sobre la libertad).
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CAPÍTULO NOVENO
ELECCIONES GENERALES
Por todas partes te lo van a decir, de modo que no tendremos más remedio que hablar
también un poco de ello. « ¡La política es una vergüenza, una inmoralidad! ¡Los políticos no
tienen ética! »: ¿a que has oído repetir cosas así un millón de veces? Como primera norma,
en estas cuestiones de las que venimos hablando, lo más prudente es desconfiar de quienes
creen que su «santa» obligación consiste en lanzar siempre rayos y truenos morales contra
la gente en general, sean los políticos, las mujeres, los judíos, los farmaceúticos o el pobre y
simple ser humano tomado como especie.
La ética, ya lo hemos dicho pero nunca viene mal repetirlo, no es un arma arrojadiza ni
munición destinada a pegarle buenos cañonazos al prójimo en su Propia estima. Y mucho
menos al prójimo en general, igual que si a los humanos nos hiciesen en serie como a los
donuts.
Para lo único que sirve la ética es para intentar mejorarse a uno mismo, no para reprender
elocuentemente al vecino; y lo único seguro que sabe la ética es que el vecino, tú, yo y los
demás estamos todos hechos artesanalmente, de uno en uno, con amorosa diferencia. De
modo que a quien nos ruge al oído: « i Todos los... (políticos, negros, capitalistas,
australianos, bomberos, lo que se prefiera) son unos inmorales y no tienen ni pizca de
ética!», se le puede responder amablemente: «Ocúpate de ti mismo, so capullo, que más te
vale», o cosa parecida.
Ahora bien: ¿por qué tienen tan mala fama los políticos? A fin de cuentas, en una
democracia políticos somos todos, directamente o por representación de otros. Lo más
probable es que los políticos se nos parezcan mucho a quienes les votamos, quizá incluso
demasiado; si fuesen muy distintos a nosotros, mucho peores o exageradamente mejores
que el resto, seguro que no les elegiríamos para representarnos en el gobierno. Sólo los
gobernantes que no llegan al poder por medio de elecciones generales (como los dictadores,
los líderes religiosos o los reyes) basan su prestigio en que se les tenga por diferentes al
común de los hombres. Corno son distintos a los demás (por su fuerza, por inspiración
divina, por la familia a que pertenecen o por lo que sea) se consideran con derecho a
mandar sin someterse a las urnas ni escuchar la opinión de cada uno de sus conciudadanos.
Eso sí, asegurarán muy serios que el «verdadero» pueblo está con ellos, que la «calle» les
apoya con tanto entusiasmo que no hace falta ni siquiera contar a sus partidarios para saber
si son muchos o menos de muchos. En cambio, quienes desean alcanzar sus cargos por vía
electoral procuran presentarse al público como gente corriente, muy «humanos», con las
mismas aficiones, problemas y hasta pequeños vicios que la mayoría cuyo refrendo
necesitan para gobernar. Por supuesto, ofrecen ideas para mejorar la gestión de la sociedad
y se consideran capaces de ponerlas competentemente en práctica, pero son ideas que
cualquiera debe poder comprender y discutir, así como tienen que aceptar también la
posibilidad de ser sustituidos en sus puestos si no son tan competentes como dijeron o tan
honrados como parecían. Entre esos políticos los habrá muy decentes y otros caraduras y
aprovechados, como ocurre entre los bomberos, los profesores, los sastres, los futbolistas y
cualquier otro gremio. Entonces, ¿de dónde viene su notoria mala fama?
149
Para empezar, ocupan lugares especialmente visibles en la sociedad y también
privilegiados. Sus defectos son más públicos que los de las restantes personas; además,
tienen más ocasiones de incurrir en pequeños o grandes abusos que la mayoría de los
ciudadanos de a pie. El hecho de ser conocidos, envidiados e incluso temidos tampoco
contribuye a que sean tratados con ecuanimidad. Las sociedades igualitarias, es decir,
democráticas, son muy poco caritativas con quienes escapan a la media por encima o por
abajo: al que sobresale, apetece apedrearle; al que se va al fondo, se le pisa sin
remordimiento.
Por otra parte, los políticos suelen estar dispuestos a hacer más promesas de las que
sabrían o querrían cumplir. Su clientela se lo exige: quien no exagera las posibilidades del
futuro ante sus electores y hace mayor énfasis en las dificultades que en las ilusiones,
pronto se queda solo. Jugamos a creernos que los políticos tienen poderes sobrehumanos y
luego no les perdonamos la decepción inevitable que nos causan. Si confiásemos menos en
ellos desde el principio, no tendríamos que aprender a desconfiar tanto de ellos más tarde.
Aunque a fin de cuentas siempre es mejor que sean regulares, tontorrones y hasta algo
«chorizos», como tú o como yo, mientras sea posible criticarles, controlarles y cesarles cada
cierto tiempo; lo malo es cuando son «Jefes» perfectos a los cuales, como se suponen a si
mismos siempre en posesión de la verdad, no hay modo de mandarles a casa más que a
tiros...
Dejemos en paz a los señores políticos, que bastantes jaleos provocan ya sin nuestra ayuda.
Lo que a ti y a mí nos importa ahora es si la ética y la política tienen mucho que ver y cómo
se relacionan. En cuanto a su finalidad, ambas parecen fundamentalmente emparentadas:
¿no se trata de vivir bien en los dos casos? La ética es el arte de elegir lo que más nos
conviene y vivir lo mejor posible; el objetivo de la política es el de organizar lo mejor posible
la convivencia social, de modo que cada cual pueda elegir lo que le conviene. Como nadie
vive aislado (ya te he hablado de que tratar a nuestros semejantes humanamente es la base
de la buena vida), cualquiera que tenga la preocupación ética de vivir bien no puede
desentenderse olímpicamente de la política. Sería como empeñarse en estar cómodo en una
casa pero sin querer saber nada de las goteras, las ratas, la falta de calefacción y los
cimientos carcomidos que pueden hacer hundirse el edificio entero mientras dormimos...
Sin embargo, tampoco faltan las diferencias importantes entre ética y política. Para empezar,
la ética se ocupa de lo que uno Mismo (tú, yo 0 cualquiera) hace con su libertad, mientras
que la política intenta coordinar de la manera más provechosa para el conjunto lo que
muchos hacen con sus libertades. En la ética, lo importante es querer bien, porque no se
trata más que de lo que cada cual hace porque quiere (no de lo que le pasa a uno quiera o
no, ni de lo que hace a la fuerza). Para la política, en cambio, lo que cuentan son los
resultados de las acciones, se hagan por lo que se hagan, y el político intentará presionar
con los medios a su alcance -incluida la fuerza- para obtener ciertos resultados y evitar
otros. Tomemos un caso trivial: el respeto a las indicaciones de los semáforos. Desde el
punto de vista moral, lo positivo es querer respetar la luz roja (comprendiendo su utilidad
general, Poniéndose en el lugar de otras personas que pueden resultar dañadas si yo infrinjo
la norma, etc.); pero si el asunto se considera políticamente, lo que importa es que nadie se
salte los semáforos, aunque no sea más que por miedo a la multa o a la cárcel. Para el
político, todos los que respetan la luz roja son igualmente «buenos», lo hagan por miedo, por
rutina, por superstición o por convencimiento racional de que debe ser respetada; a la ética,
en cambio, sólo le merecen aprecio verdadero estos últimos, porque son los que entienden
mejor el uso de la libertad.
150
En una palabra, hay diferencia entre la pregunta ética que yo me hago a mí mismo (¿cómo
quiero ser, sean como sean los demás?) y la preocupación política por que la mayoría
funcione de la manera considerada más recomendable y armónica.
Detalle importante: la ética no puede esperar a la política. No hagas caso de quienes te
digan que el mundo es políticamente invivible, que está peor que nunca, que nadie puede
pretender llevar una buena vida (éticamente hablando) en una situación tan injusta, violenta
y aberrante como la que vivimos.
Eso mismo se ha asegurado en todas las épocas y con razón, porque las sociedades
humanas nunca han sido nada «del otro mundo», como suele decirse, siempre han sido
cosa de este mundo y por tanto llenas de defectos, de abusos, de crímenes. Pero en todas
las épocas ha habido personas capaces de vivir bien o por lo menos empeñadas en intentar
vivir bien. Cuando podían, colaboraban en mejorar la sociedad en la que les había tocado
desenvolverse; si eso no les era posible, por lo menos no la empeoraban, lo cual la mayoría
de las veces no es poco. Lucharon -y luchan también hoy, no te quepa duda- por que las
relaciones humanas políticamente establecidas vayan siendo eso, más humanas (o sea,
menos violentas y más justas); pero nunca han esperado a que todo a su alrededor sea
perfecto y humano para aspirar a la perfección y a la verdadera humanidad. Quieren ser los
primeros de la buena vida, los que arrastran a los demás, y no los últimos a la zaga de
todos.
Quizá las circunstancias no les permitan llevar más que una vida relativamente buena, peor
de lo que ellos desean... Bueno, ¿y qué? ¿Serían más sensatos siendo malos del todo, para
dar gusto a lo peor del mundo y disgusto a lo mejor de sí mismos? Si estás seguro de que
entre los alimentos que se te ofrecen hay muchos que están adulterados o podridos,
¿intentarás mientras puedas comer cosas sanas, aún sabiendo que no por ello dejarán de
existir venenos en el mercado, o te envenenarás cuanto antes para seguir la corriente
mayoritaria? Ningún orden político es tan malo que en él ya nadie pueda ser ni medio bueno:
por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos
la tiene cada uno y lo demás son coartadas. Del mismo modo, también son ganas de
esconder la cabeza bajo el ala los sueños de un orden político tan impecable (utopía, suelen
llamarlo) que en él todo el mundo fuese «automáticamente» bueno porque las circunstancias
no permitiesen cometer el mal.
Por mucho mal que haya suelto, siempre habrá bien para quien quiera bien; por mucho bien
que hayamos logrado instalar públicamente, el mal siempre estará al alcance de quien
quiera mal. ¿Te acuerdas? A ésto le venimos llamando «libertad» hace ya no poco rato...
Desde un punto de vista ético, es decir, desde la perspectiva de, lo que conviene para la
vida buena, ¿cómo será la organización política preferible, aquella que hay que esforzarse
por conseguir y defender? Si repasas un poco lo que hemos venido diciendo hasta aquí
(temo, ay, que el rollo vaya siendo demasiado largo para que te acuerdes de todo) ciertos
aspectos de ese ideal se te ocurrirán en cuanto reflexiones con atención sobre el asunto:
a) Como todo el proyecto ético parte de la libertad, sin la cual no hay vida buena que valga,
el sistema político deseable tendrá que respetar al máximo -o limitar mínimamente, como
prefieras las facetas públicas de la libertad humana: la libertad de reunirse o de separarse de
otros, la de expresar las opiniones y la de inventar belleza o ciencia, la de trabajar de
acuerdo con la propia vocación o interés, la de intervenir en los asuntos públicos, la de
trasladarse o instalarse en un lugar, la libertad de elegir los propios goces de cuerpo y de
alma, etc. Abstenerse dictaduras, sobre todo las que son «por nuestro bien» (o por «el bien
común», que viene a ser lo mismo). Nuestro mayor bien -particular o común- es ser libres.
151
Desde luego, un régimen político que conceda la debida importancia a la libertad insistirá
también en la responsabilidad social de las acciones y omisiones de cada uno (digo
omisiones porque a veces se hace también no haciendo). Por regla general, cuanto menos
responsable resulte cada cual de sus méritos o fechorías (y se diga, por ejemplo, que son
fruto de la «historia», la «sociedad establecida», las «reacciones químicas del organismo»,
la «propaganda», el «demonio» o cosas así) menos libertad se está dispuesto a concederle.
En los sistemas políticos en que los individuos nunca son del todo «responsables», tampoco
suelen serlo los gobernantes, que siempre actúan movidos por las «necesidades» históricas
o los imperativos de la «razón de Estado». ¡Cuidado con los políticos para quien todo el
mundo es «víctima» de las circunstancias... o «culpable» de ellas!
b) Principio básico de la vida buena, como ya hemos visto, es tratar a las personas como a
personas, es decir: ser capaces de ponernos en el lugar de nuestros semejantes y de
relativizar nuestros intereses para armonizarlos con los suyos. Si prefieres decirlo de otro
modo, se trata de aprender a considerar los intereses del otro como si fuesen tuyos y los
tuyos como si fuesen de otro. A esta virtud se le llama justicia y no puede haber régimen
político decente que no pretenda, por medio de leyes e instituciones, fomentar la justicia
entre los miembros de la sociedad. La única razón para limitar la libertad de los individuos
cuando sea indispensable hacerlo es impedir, incluso por la fuerza si no hubiera otra
manera, que traten a sus semejantes como si no lo fueran, o sea que los traten como a
juguetes, a bestias de carga, a simples herramientas, a seres inferiores, etc. A la condición
que puede exigir cada humano de ser tratado como semejante a los demás, sea cual fuere
su sexo, color de piel, ideas o gustos, etc., se le llama dignidad. Y fíjate qué curioso: aunque
la dignidad es lo que tenemos todos los humanos en común, es precisamente lo que sirve
para reconocer a cada cual como único e irrepetible. Las cosas pueden ser «cambiadas»
unas por otras, se las puede «sustituir» por otras parecidas o mejores, en una palabra:
tienen su «precio» (el dinero suele servir para facilitar estos intercambios, midiéndolas todas
por un mismo rasero). Dejemos de lado por el momento que ciertas «cosas» estén tan
vinculadas a las condiciones de la existencia humana que resulten insustituibles y por lo
tanto «que no puedan ser compradas ni por todo el oro del mundo», como pasa con ciertas
obras de arte o ciertos aspectos de la naturaleza. Pues bien, todo ser humano tiene dignidad
y no precio, es decir, no puede ser sustituido ni se le debe maltratar con el fin de beneficiar a
otro. Cuando digo que no puede ser sustituido, no me refiero a la función que realiza (un
carpintero puede sustituir en su trabajo a otro carpintero) sino a su personalidad propia, a lo
que verdaderamente es; cuando hablo de «maltratar» quiero decir que, ni siquiera si se le
castiga de acuerdo a la ley o se le tiene políticamente como enemigo, deja de ser acreedor a
unos miramientos y a un respeto. Hasta en la guerra, que es el mayor fracaso del intento de
«buena vida» en común de los hombres, hay comportamientos que suponen un crimen
mayor que el propio crimen organizado que la guerra representa. Es la dignidad humana lo
que nos hace a todos semejantes justamente porque certifica que cada cual es único, no
intercambiable y con los mismos derechos al reconocimiento social que cualquier otro.
c) La experiencia de la vida nos revela en carne propia, incluso a los más afortunados, la
realidad del sufrimiento. Tomarse al otro en serio, poniéndonos en su lugar, consiste no sólo
en reconocer su dignidad de semejante sino también en simpatizar con sus dolores, con las
desdichas que por error propio, accidente fortuito o necesidad biológica le afligen, como
antes o después pueden afligimos a todos. Enfermedades, vejez, debilidad insuperable,
abandono, trastorno emocional o mental, pérdida de lo más querido o de lo más
imprescindible, amenazas y agresiones violentas por parte de los más fuertes o de los
menos escrupulosos... Una comunidad política deseable tiene que garantizar dentro de lo
posible la asistencia comunitaria a los que sufren y la ayuda a los que por cualquier razón
menos pueden ayudarse a sí mismos. Lo difícil es lograr que esta asistencia no se haga a
costa de la libertad y la dignidad de la persona. A veces el Estado, con el pretexto de ayudar
a los inválidos, termina por tratar como si fuesen inválidos a toda la población. Las desdichas
152
nos ponen en manos de los demás y aumentan el poder colectivo sobre el individuo: es muy
importante esforzarse porque ese poder no se emplee más que para remediar carencias y
debilidades, no para perpetuarlas bajo anestesia en nombre de una «compasión» autoritaria.
Quien desee la vida buena para sí mismo, de acuerdo al proyecto ético, tiene también que desear
que la comunidad política de los hombres se base en la libertad, la justicia y la asistencia. La
democracia moderna ha intentado a lo largo de los dos últimos siglos establecer (primero en la teoría
y poco a poco en la práctica) esas exigencias mínimas que debe cumplir la sociedad política: son los
llamados derechos humanos cuya lista todavía es hoy, para nuestra vergüenza colectiva, un catálogo
de buenos propósitos más que de logros efectivos. Insistir en reivindicarlos al completo, en todas
partes y para todos, no unos cuantos y sólo para unos cuantos, sigue siendo la única empresa
política de la que la ética no puede desentenderse. Respecto a que la etiqueta que vayas a llevar en
la solapa mientras tanto haya de ser de «derechas», de «izquierdas», de «centro» o de lo que sea...
bueno, tú verás, porque yo paso bastante de esa nomenclatura algo anticuada.
Lo que sí me parece evidente es que muchos de los problemas que hoy se nos presentan a los cinco
mil millones de seres humanos que atiborramos el planeta (y el censo sigue, ay, en aumento) no
pueden ser resueltos, ni siquiera bien planteados, más que de forma global para todo el mundo.
Piensa en el hambre, que hace morir todavía a tantísimos millones de personas, o el subdesarrollo
económico y educativo de muchos países, o la pervivencia de sistemas políticos brutales que
oprimen sin remilgos a su población y amenazan a sus vecinos, o el derroche de dinero y ciencia en
armamentos, o la simple y llana miseria de demasiada gente incluso en naciones ricas, etc. Creo que
la actual fragmentación política del mundo (de un mundo ya unificado por la interdependencia
económica y la universalización de las comunicaciones) no hace más que perpetuar estas lacras y
entorpecer las soluciones que se proponen.
Otro ejemplo: el militarismo, la inversión frenética en armamento de recursos que podrían resolver la
mayoría de las carencias que hoy se padecen en el mundo, el cultivo de la guerra agresiva (arte
inmoral de suprimir al otro en lugar de intentar ponerse en su lugar)... ¿Crees tú que hay otro modo
de acabar con esa locura que no sea el establecimiento de una autoridad a escala mundial con
fuerza suficiente para disuadir a cualquier grupo de la afición a jugar a batallitas? Por último, antes te
decía que algunas cosas no son sustituibles como lo son otras: esta «cosa» en que vivimos, el
planeta Tierra, con su equilibrio vegetal y animal, no parece que tenga sustituto a mano ni que sea
posible «comprarnos» otro mundo si por afán de lucro o por estupidez destruimos éste. Pues bien, la
Tierra no es un conjunto de parches ni de parcelas: mantenerla habitable y hermosa es una tarea
que sólo puede ser asumida por los hombres en cuanto comunidad mundial, no desde el ventajismo
miope de unos contra otros.
A lo que voy: cuanto favorece la organización de los hombres de acuerdo con su pertenencia a la
humanidad y no por su pertenencia a tribus, me parece en principio políticamente interesante. La
diversidad de formas de vida es algo esencial (¡imagínate qué aburrimiento si faltase!) pero siempre
que haya unas pautas mínimas de tolerancia entre ellas y que ciertas cuestiones reúnan los
esfuerzos de todos. Si no, lo que conseguiremos es una diversidad de crímenes y no de culturas.
Por ello te confieso que aborrezco las doctrinas que enfrentan sin remedio a un os hombres
con otros: el racismo, que clasifica a las personas en primera, segunda o tercera clase de
acuerdo con fantasías pseudocientíficas; los nacionalismos feroces, que consideran que el
individuo no es nada y la identidad colectiva lo es todo; las ideologías fanáticas, religiosas o
civiles, incapaces de respetar el pacífico conflicto entre opiniones, que exigen a todo el
mundo creer y respetar lo que ellas consideran la «verdad» y sólo eso, etc. Pero no quiero
ahora empezar a darte la paliza política ni contarte mis puntos de vista sobre todo lo divino y
153
lo humano. En este último capítulo sólo he pretendido señalarte que hay exigencias políticas
que ninguna persona que quiera vivir bien puede dejar de tener.
Del resto ya hablaremos... En otro libro.
Vete leyendo...
«No el Hombre, sino los hombres habitan este planeta. La pluralidad es la
ley de la Tierra» (Hanna Arendt, La vida del espíritu).
«Si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia,
lo expulsaría de mi espíritu.
Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria,
intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese
perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial
para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy
necesariamente hombre mientras que no soy francés más que por
casualidad» (Montesquieu).
«Aunque los estados observasen los pactos entre ellos perfectamente, es
lamentable que el uso de ratificarlo todo por un juramento religioso haya
entrado en las costumbres -como si dos pueblos separados por un ligero
espacio, solamente por una colina o por un río, no estuviesen unidos por
lazos sociales fundados en la propia naturaleza- pues esta práctica hace
creer a los hombres que han nacido para ser adversarios o enemigos, y que
tienen el deber de trabajar en su perdición recíproca, a menos que se lo
impidan los tratados. ( ... ). Por el contrario, nadie debería ser tenido por
enemigo, si no hubiese causado un daño real. La comunidad de
naturaleza es el mejor de los tratados y los hombres están más íntima y
más fuertemente unidos por la voluntad de hacerse recíprocamente el bien
que por los pactos, más vinculados por el corazón que por las palabras»
(Tomás Moro, Utopía).
154
EPILOGO
TENDRAS QUE PENSARLO
Bien, ya está. A trancas y barrancas, desde luego, pero lo principal creo que ahí queda
dicho. Me refiero a lo «principal» que yo soy capaz de decirte ahora: otras cosas mucho más
principales tendrás que aprenderlas de otros o, lo que será mejor, pensarlas por ti mismo.
No pretendo que te tomes este libro demasiado en serio, ¡por nada del mundo! Después de
todo, es muy probable que ni siquiera se trate de un verdadero libro de ética, al menos si
Wittgenstein tenía razón. Este notable filósofo contemporáneo consideraba tan imposible
escribir un verdadero libro de ética que afirmó: «Si un hombre pudiese escribir un libro sobre
ética que fuese verdaderamente un libro sobre ética, ese libro, como una explosión,
aniquilaría todos los demás libros del mundo. »Aquí me tienes, ya acabando estas páginas
que te dirijo y sin haber oído el trueno aniquilador de ninguna explosión. Mis viejos libros que
tanto quiero (incluido ése en el que Wittgenstein expresa la opinión antes citada) siguen
afortunadamente incólumes en los estantes de la biblioteca. Por lo visto no me ha salido el
encantamiento, digo el libro de ética: tú, tranquilo. Otros muchísimo mejores que yo lo
intentaron antes con resultados que tampoco hicieron volar en añicos el resto de la literatura
pero que de todos modos harás bien en intentar conocer: Aristóteles, Spinoza, Kant,
Nietzsche... Aunque me he propuesto no citártelos a cada rato porque estábamos hablando
entre amigos, te confieso que lo más aprovechable que pueda haber en las páginas
anteriores viene de ellos: a mí sólo me corresponde la paternidad de las tonterías (¡perdona,
no te des por aludido!).
De modo que este libro no tienes por qué tomártelo demasiado en serio. Entre otras cosas
porque la «seriedad» no suele ser una señal inequívoca de sabiduría, como creen los
pelmazos: la inteligencia debe saber reír... Su tema, en cambio, harás bien en no pasarlo por
alto: trata de lo que puedes hacer con tu vida y si eso no te interesa, ya no sé lo que puede
interesarte. ¿Cómo vivir del mejor modo posible? Esta pregunta me resulta mucho más
sustanciosa que otras aparentemente más tremendas: «¿Tiene sentido la vida? ¿Merece la
pena vivir? ¿Hay vida después de la muerte?» Mira, la vida tiene sentido y sentido único; va
hacia adelante, no hay moviola, no se repiten las jugadas ni suelen poder corregirse. Por eso
hay que reflexionar sobre lo que uno quiere y fijarse en lo que se hace. Después... guardar
siempre el ánimo ante los fallos, porque la suerte también juega y a nadie se le deja acertar
en todas las ocasiones. ¿El sentido de la vida? Primero, procurar no fallar; luego, procurar
fallar sin desfallecer. En cuanto a si merece la pena vivir, te remito a lo que comentaba a
este respecto Samuel Butler, un escritor inglés a menudo guasón: «Ésa es una pregunta
para un embrión, no para un hombre.» Cualquiera que sea el criterio que elijas para juzgar si
la vida vale la pena o no, lo tendrás que tomar de esa misma vida en la que ya estás
sumergido. Incluso si rechazas la vida, lo harás en nombre de valores vitales, de ideales o
ilusiones que has aprendido durante el oficio de vivir. De modo que es la vida lo que vale...
incluso para quien llega a la conclusión de que no vale la pena vivir. ¡Más razonable sería
preguntarnos si «tiene sentido la muerte», si la muerte «vale la pena», porque de ésa si que
no sabemos nada, ya que todo nuestro saber y todo lo que para nosotros vale proviene de la
vida! Creo que toda ética digna de ese nombre parte de la vida y se propone reforzarla,
hacerla más rica. Me atreveré a ir más lejos, ahora que nadie nos oye: pienso que sólo es
bueno el que siente una antipatía activa por la muerte. ¡Ojo! Digo «antipatía» y no «miedo»;
en el miedo siempre hay un inicio de respeto y bastante sumisión. No creo que la muerte se
merezca tanto... Pero ¿hay vida después de la muerte? Desconfío de todo lo que debe
conseguirse gracias a la muerte, aceptándola, utilizándola, haciendo manitas con ella, sea la
gloria en este mundo o la vida perdurable en algún otro. Lo que me interesa no es si hay
155
vida después de la muerte, sino que haya vida antes. Y que esa vida sea buena, no simple
supervivencia o miedo constante a morir.
Me quedo pues con la pregunta acerca de cómo vivir mejor. A lo largo de todos los capítulos
anteriores he intentado no tanto contestarla como ayudarte a comprenderla más a fondo. En
cuanto a la respuesta, me temo que no vas a tener más remedio que buscártela
personalmente. Y eso por tres razones:
a) Por la propia incompetencia de tu improvisado maestro, o sea yo. ¿Cómo voy yo a
enseñar a vivir bien a nadie si sólo acierto a vivir regular y gracias? Me siento como un calvo
anunciando un crecepelo insuperable...
b) Porque vivir no es una ciencia exacta, como las matemáticas, sino un arte, como la
música. De la música se pueden aprender ciertas reglas y se puede escuchar lo que han
creado grandes compositores, pero si no tienes oído, ni ritmo, ni voz, de poco va a servirte
todo eso. Con el arte de vivir pasa lo mismo: lo que puede enseñarse le viene muy bien a
quien tiene condiciones, pero al «sordo» de nacimiento son cosas que le aburren o le lían
aún más de lo que está. Claro que en este campo la mayoría de los sordos suelen serlo
voluntariamente...
c) La buena vida no es algo general, fabricado en serie, sino que sólo existe a la medida.
Cada cual debe ir inventándosela de acuerdo con su individualidad, única, irrepetible... y
frágil. En lo de vivir bien, la sabiduría o el ejemplo de los demás pueden ayudarnos pero no
sustituirnos...
La vida no es como las medicinas, que todas vienen con su prospecto en el que se explican
las contraindicaciones del producto y se detalla la dosis en que debe ser consumido. Nos la
dan sin receta, la vida, y sin prospecto. La ética no puede suplir del todo esa deficiencia
porque no es más que la crónica de los esfuerzos hechos por los humanos para remediarla.
Un escritor francés muerto no hace mucho, Georges Perec, escribió un libro titulado así: La
vida: instrucciones para su uso. Pero se trata de una deliciosa e inteligente broma literaria,
no de un sistema de ética. Por eso he renunciado a darte una serie de instrucciones sobre
cuestiones concretas: que si el aborto, que si los preservativos, que si la objeción de
conciencia, que si patatín o que si patatán. Ni mucho menos he tenido el atrevimiento (¡tan
repelentemente típico de quienes se consideran «moralistas»!) de predicarte en tono
lastimero o indignado sobre los «males» de nuestro siglo: el consumismo, ¡ah!, la
insolidaridad, ¡eh!, el afán de dinero, ¡oh!, la violencia, ¡uh!, la crisis de valores, ¡ah, eh, oh,
uh! Tengo mis opiniones sobre esos temas y sobre otros, pero' yo no soy «la ética»: sólo soy
papá. A través de mí, la ética lo único que puede decirte es que busques y pienses por ti
mismo, en libertad sin trampas: responsablemente. He intentado enseñarte formas de andar,
pero ni yo ni nadie tiene derecho a llevarte en hombros. ¿Acabo con el último consejo, sin
embargo? Ya que se trata de elegir, procura elegir siempre aquellas opciones que permiten
luego mayor número de otras opciones posibles, no las que te dejan cara a la pared. Elige lo
que te abre: a los otros, a nuevas experiencias, a diversas alegrías. Evita lo que te encierra y
lo que te entierra. Por lo demás, ¡suerte! Y también aquello otro que una voz parecida a la
mía te gritó aquel día en tu sueño cuando amenazaba arrastrarte el torbellino: ¡confianza!
Despedida
156
Adi s, amigo
lector; intenta no
ocupar tu vida en
odiar y tener miedo
(Sthendal, Lucien Leuwen).
INDICE
Aviso antipedagógico .....................
I. De qué va la ética ..................................... -
II. Ordenes, costumbres y caprichos
III. Haz lo que quieras ...............
IV. Date la buena vida ................
V. ¡Despierta, baby! ..................
VI. Aparece Pepito Grillo .............
VII. Ponte en su lugar - -
VIII. Tanto gusto .........
IX. Elecciones generales
Epílogo. Tendrás que pensártelo
CONTRAPORTADA
Su autor es catedrático de ética en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado diversos libros sobre la materia, entre los que
cabe mencionar La tarea del héroe (Premio Nacional de Ensayo), Invitación a la ética (Premio Anagrama), El contenido de la felicidad,
Ética como amor propio, Humanismo impenitente, etc.
157

Universidad andina lecturas

  • 1.
    1 UNIVERSIDADANDINADELCUSCO FACULTAD DE …. CARRERAPROFESIONAL DE ….. LECTURAS CUSCO – PERU
  • 2.
  • 3.
    3 Presentación Gottfried Wilhelm Leibniz,escribió: “nada tiene lugar sin razón suficiente, esto es… no ocurre nada sin que sea posible que alguien sepa suficientes cosas para dar una razón suficiente que determine porque es así y no de otra manera” Luego añadiría que a menudo no sabemos esas razones. La filosofía lleva inmersa en si la racionalidad y por tanto el análisis y la explicación filosófica siguen esta vía. todos los seres humanos al existir en el mundo y descubrirnos en él tomaremos decisiones e inevitablemente consumaremos acciones que tal vez justificaremos o trataremos de comprender mediante la racionalidad, a la luz de aquello que consideremos bueno o malo, justo o injusto, ideal o real, practico o improductivo, etc. y según nuestra concepción del mundo aquellas decisiones que sean particularmente profundas e importantes para nosotros serán las que inevitablemente configuren nuestra existencia de allí que la importancia de la ética resida en gran parte en motivar la elección racional y libre de decisiones para una vida plena y la comprensión de las mismas. Se cuenta que un antiguo maestro zen afirmo: “para desarrollar tu juicio claro e imparcial, es importante abandonarlo todo o estar preparado para hacerlo, incluyendo tu comprensión de la enseñanza y de tu conocimiento. entonces podrás decir lo que está bien y lo que está mal” esto para las personas suele ser difícil sino casi imposible debido a que todas las especies incluida la nuestra están de cierto manera configuradas por “modos” “cualidades” y “condiciones” de comportamiento y por lo tanto, elaboramos distintas formas de análisis acerca de lo conveniente para cada uno, de acuerdo a la sociedad en que vivimos, las ideas que manejamos o que nos son impuestas y de cierto modo nos manejan, los intereses que nos gobiernan, nuestra individual determinación biológica, las relaciones interpersonales, etc. es por ello que los filósofos que han realizado el análisis e interpretación de la conducta de los hombres fueron y son indiscutiblemente también influidos en mayor o en menor medida por los aspectos mencionados anteriormente. Siendo así no cabe esperar que la ética nos provea de un conjunto de recetas para lograr la buena vida mas si podría proveernos de mayor amplitud de pensamiento y motivarnos al ejercicio de la libertad al momento de elegir. El presente texto se concibe con el fin de relacionar a los estudiantes con algunas cuestiones éticas relevantes para su análisis y reflexión. Se concibe tal vez tan solo por el complejo y cada vez mas escaso deseo de conocer mas no imponer y tratar haciendo uso de dicho conocimiento, de explicar nuestra existencia, para lograr si acaso es posible, plena conciencia y comprensión de nosotros mismos y de nuestros actos, finalmente colaborar con la búsqueda de la felicidad, teniendo presente que necesitaremos en este afán de la interacción con los demás.
  • 4.
  • 5.
    5 ÉTICA Y PROFESIONALISMO MÓDULON° I FILOSOFÍA Y ÉTICA NOCIONES FUNDAMENTALES SELECCIÓN DE TEXTOS Y ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE ANÁLISIS Y COMENTARIO TOMADO DE LOS SIETE SABERES NECESARIOS PARA LA EDUCACIÓN DEL FUTURO DE EDGAR MORIN - EL SÉPTIMO SABER - “LA ÉTICA DEL GENERO HUMANO”
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    7 DISCIPLINAS FILOSÓFICAS El contenidode la Filosofía … da origen a las siguientes cuestiones: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el hombre?. La metafísica contesta a la primera, la moral a la segunda, la religión a la tercera, y la antropología a la cuarta. Inmanuel Kant Los sectores del conocimiento desde su génesis se han ido especializando, reconfigurando sus ideas, de tal modo que las partes configuran el todo, es por ello que para entender mejor la Filosofía es necesario entender primero los sectores o ramas que la configuran, si la filosofía alguna vez fue denominada la madre de todas las ciencias y abarcaba diversos sectores del conocimiento tales como la física y la biología o a la psicología en la época moderna hoy las ciencias y la filosofía forman dos campos con sus propios objetos de estudio, exigen por lo tanto a quienes las estudien comprender dicha especialización. Í Busca esclarecer racionalmente los conceptos y principios de toda investigación científica, con el fin de dar ala hombre la capacidad de llegar al conocimiento de la realidad. Entre ellas tenemos: 1. í í : tiene por tema principal el conocimiento humano, haciendo referencia al origen, posibilidad y las formas de establecer la validez del mismo. 2. í . se encarga de investigar la validez del conocimiento científico, la naturaleza y la estructura el método científico y el lenguaje de la ciencia. Hay tantas epistemologías como ciencias. 3. ó . Estudia el pensamiento ordenado y coherente y la estructura formal de los enunciados. La utilizan los epistemólogos como instrumento del análisis. Tradicionalmente es el estudio de la inferencia. Í La historia de la filosofía le ha dado un trato preferente, pues ella abarca los temas tradicionales de la filosofía. 1. í Históricamente fue la disciplina que dio origen al quehacer filosófico. Sin embargo en la actualidad su estudio lo han asumido la física, la astronomía y la astrofísica. Ellas se preocupan por lo problemas cosmológicos de la formación de la materia y el origen del universo. La filosofía estudia el mundo en cuanto es algo concreto. 2. í ó Estudia la esencia, origen y finalidad del hombre diferenciándolo de los demás seres. Además estudia al hombre inmerso en sus relaciones políticas, ideológicas, religiosas, económicas y morales. En este sentido estudia al hombre concreto, histórico y socialmente determinado. 3. í Es muy difícil distinguir entre ontología y metafísica, pues son disciplinas muy ligadas. La metafísica pretende formular una concepción integral de la realidad y de los principios mas generales. Aristóteles la llamaba “la ciencia que estudia el ser en tanto que ser”. 4. í . Busca responder a la pregunta : ¿Cual es el fundamento ultimo de la realidad? Se encarga del estudio y clasificación del ser. Trata de delimitar aquello en que los entes consisten , por ello se le denomina la ciencia de las esencias. Para Heidegger es aquella que se encarga de averiguar el fundamento de la existencia esto es, su finitud, entendiendo por ello aquello que hace posible su existencia.
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    8 5. í Ellase pregunta por los objetivos mediatos e inmediatos del ser y su destino. 6. í Analiza e interpreta el pensamiento filosófico a través de la historia. Reflexiona sobre el presente y el pasado histórico del hombre. Voltaire acuño este término dentro de la filosofía en el siglo XVIII. Es una disciplina racional critica. Existen concepciones opuestas acerca de la historia y del hombre, su actor principal. Sobresalen por sus aportes a este tema los filósofos Hegel y Marx. Í Centra su atención en la conducta individual y colectiva del hombre analizando sus fines, valores normas, entre otras cosas, Estudia el modo en que actúa el hombre, pero este actuar debe ser libre y consciente es decir voluntario o volitivo. 1. í . O filosofía de los valores. Investiga los valores, sus principios, fundamentos, fines y alcances, fundamentándolos y buscando su validez. Estudia las cuestiones relativas a lo valioso y los juicios valorativos. Esta íntimamente ligada con la ética. 2. É Su objeto de estudio es la moral, entendida como una cultura con sistemas y normas y la aplicación de esta en la conducta del ser humano dentro de la sociedad. No se mantiene en un nivel descriptivo sino que va mas alla planteando conceptos, hipótesis y teorías buscando verificarlos. Aspira a la racionalidad y objetividad de la moral. 3. é se encarga del estudio de las expresiones artísticas y la belleza en general. Alexander Baumgarten introdujo este término en el campo de la filosofía. La dificultad de definir la estética como la disciplina de lo bello consiste en definir precisamente lo bello, pues debe ser considerado a lo largo de la historia y por ende, de acuerdo a un espacio y tiempo histórico determinados. 4. í . Son el conjunto de deberes morales conectados y condicionados por la actividad y profesión existen tantas deontologías como profesiones hay. Actividades de aprendizaje - 1 I. RELACIONE 1. GNOSEOLOGÍA SE LE UTILIZA COMO INSTRUMENTO DE ANÁLISIS 2. EPISTEMOLOGÍA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO 3. LÓGICA INVESTIGA LA ESTRUCTURA Y NATURALEZA DEL MÉTODO 4. COSMOLOGÍA OBJETIVOS MEDIATOS E INMEDIATOS DEL SER Y SU DESTINO 5. ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA ¿CUAL ES EL FUNDAMENTO ULTIMO DE LA REALIDAD? 6. METAFÍSICA DIO ORIGEN AL QUEHACER FILOSÓFICO 7. ONTOLOGÍA REFLEXIONA SOBRE EL PRESENTE Y EL PASADO HISTÓRICO DEL HOMBRE 8. TELEOLOGÍA ESTUDIA EL SER EN TANTO QUE SER 9. FILOSOFÍA DE LA HISTORIA ESTUDIA LA ESENCIA, ORIGEN Y FIN DEL HOMBRE 10. AXIOLOGÍA ESTUDIA LA CULTURA DE L A MORAL 11. ÉTICA FILOSOFÍA DE LOS VALORES 12. ESTÉTICA CONJUNTO DE DEBERES MORALES DE UNA PROFESIÓN 13. DEONTOLOGÍA ESTUDIA LAS EXPRESIONES ARTÍSTICAS II. Lea el texto y complete la información requerida
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    9 1. Que seentiende por filosofía del conocer? _______________________________________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________ 2. Sobre que trata la filosofía del ser? _______________________________________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________ 3. Cuál es el objeto de análisis de la filosofía practica? ________________________________________________________________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ III.Complete el mapa conceptual
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    10 LÓGICA EL SUTIL ARTEDE DETECTAR CAMELOS La comprensión humana no es simple luz sino que recibe infusión de la voluntad y los afectos; de donde proceden ciencias que pueden llamarse «ciencias a discreción». Porque el hombre cree con más disposición lo que preferiría que fuera cierto. En consecuencia rechaza cosas difíciles por impaciencia en la investigación; silencia cosas, porque reducen las esperanzas; lo más profundo de la naturaleza, por superstición; la luz de la experiencia, por arrogancia y orgullo; cosas no creídas comúnmente, por deferencia a la opinión del vulgo. Son pues innumerables los caminos, y a veces imperceptibles, en que los afectos colorean e infectan la comprensión. FRANCIS BACON Novum Organon (1620) Mis padres murieron hace años. Yo estaba muy unido a ellos. Todavía los echo terriblemente de menos. Sé que siempre será así. Anhelo creer que su esencia, sus personalidades, lo que tanto amé de ellos, existe —real y verdaderamente— en alguna otra parte. No pediría mucho, sólo cinco o diez minutos al año, por ejemplo, para hablarles de sus nietos, para ponerlos al día de las últimas novedades, para recordarles que los quiero. Hay una parte de mí —por muy infantil que suene— que se pregunta dónde estarán. «¿Os va todo bien?», me gustaría preguntarles. La última palabra que se me ocurrió decirle a mi padre en el momento de su muerte fue: «Cuídate.» A veces sueño que hablo con mis padres y, de pronto, inmerso todavía, en el funcionamiento del sueño, se apodera de mí la abrumadora constatación de que en realidad no murieron, que todo ha sido una especie de error horrible. En fin, están aquí, sanos y salvos, mi padre contando chistes , mi madre aconsejándome con total seriedad que me ponga una bufanda porque hace mucho frío. Cuando me despierto emprendo un breve proceso de lamentación. Sencillamente, algo dentro de mí se afana por creer en la vida después de la muerte. Y no tiene el más mínimo interés en saber si hay alguna prueba contundente de que exista. Así pues, no me río de la mujer que visita la tumba de su marido y habla con él de vez en cuando, quizá en el aniversario de su muerte. No es difícil de entender. Y, si tengo dificultades con el estado ontológico de la persona con quien habla, no importa. No se trata de eso. Se trata de que los humanos se comportan como humanos. Más de un tercio de los adultos de Estados Unidos cree que ha establecido contacto a algún nivel con los muertos. Los números parecen haber aumentado un quince por ciento entre 1977 y 1988. Un cuarto de los americanos creen en la reencarnación. Pero eso no significa que esté dispuesto a aceptar las pretensiones de un «médium» que declara comunicarse con los espíritus de los seres queridos difuntos, cuando soy consciente de que en esta práctica abunda el fraude. Sé hasta qué punto deseo creer que mis padres sólo han abandonado la envoltura de sus cuerpos, como los insectos o serpientes que mudan, y han ido a otro sitio. Entiendo que esos sentimientos pueden hacerme presa fácil de un timo poco elaborado; como también a personas normales poco familiarizadas con su inconsciente o aquellas que sufren un trastorno psiquiátrico disociativo. De mala gana recurro a mis reservas de escepticismo. ¿Cómo es, me pregunto, que los canalizadores nunca nos dan una información verificable que no se pueda alcanzar de otro modo? ¿Por qué Alejandro Magno nunca nos habla de la localización exacta de su tumba, Fermat de su último teorema, John Wiikes Booth de la conspiración para asesinar a Lincoln o Hermann Góring del incendio del Reichstag? ¿Por qué Sófocles, Demócrito y Aristarco no nos dictan sus libros perdidos? ¿Acaso no desean que las generaciones futuras tengan acceso a sus obras maestras? Si se anunciara alguna prueba consistente de que hay vida después de la muerte, yo la examinaría ansioso; pero tendría que tratarse de datos científicos reales, no meramente anecdóticos. Como con «la Cara» de Marte y las abducciones por extraterrestres, repito que es mejor la verdad por dura que sea que una fantasía consoladora. Y, a la hora de la verdad, los hechos suelen ser más reconfortantes que la fantasía. La premisa fundamental de la «canalización», el espiritualismo y otras formas de necromancia es que no morimos cuando morimos. No exactamente. Alguna parte del pensamiento, de los sentimientos y del recuerdo continúa. Este lo que sea —una alma o espíritu, ni materia ni energía, sino algo más— puede, se nos dice, volver a entrar en cuerpos de humanos y otros seres en el futuro, y así la muerte ya no es tan punzante. Lo que es más, si las opiniones del espiritualismo o canalización son ciertas, tenemos la oportunidad de establecer contacto con nuestros seres queridos fallecidos. J. Z. Knight, del estado de Washington, afirma que está en contacto con alguien de 35000 años de edad llamado «Ramtha». Habla muy bien el inglés, a través de la lengua, los labios y las cuerdas vocales de Knight, Recientemente se ha descubierto la Royalictina una proteína responsable de la diferenciación de las larvas de abeja, es la causante de que las reinas (hembras fértiles) se comporten de manera distinta a las abejas obreras.
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    11 produciendo lo quea mí me suena como un acento del Raj indio. Como la mayoría de la gente sabe hablar, y muchos — desde niños hasta actores profesionales— tienen un repertorio de voces a sus órdenes, la hipótesis más sencilla es que la señora Knight hace hablar a Ramtha por su cuenta y no tiene contacto con entidades incorpóreas de la era glacial del pleistoceno. Si hay alguna prueba de lo contrario, me encantaría oírla. Sería bastante más impresionante que Ramtha pudiera hablar por sí mismo, sin la ayuda de la boca de la señora Knight. Si no, ¿cómo podríamos comprobar la afirmación? (La actriz Shirley McLaine atestigua que Ramtha era su hermano en la Atlántida, pero ésa es otra historia.) Supongamos que pudiera someterse a Ramtha a un interrogatorio. ¿Podríamos verificar que es quien dice ser? ¿Cómo sabe que ha vivido 35000 años, aunque sea aproximadamente? ¿Qué calendario emplea? ¿Quién mantiene el hilo de los siglos intermedios? ¿Treinta y cinco mil más o menos qué? ¿Cómo eran las cosas hace 35 000 años? O bien Ramtha tiene realmente 35 000 años, en cuyo caso descubrimos algo sobre aquella época, o bien es un farsante y meterá la pata (aunque en realidad será ella quien lo haga). ¿Dónde vivía Ramtha? (Sé que habla inglés con acento indio, pero ¿dónde hablaban así hace 35 000 años?) ¿Qué clima había? ¿Qué comía Ramtha? (Los arqueólogos tienen alguna idea de qué comía entonces la gente.) ¿Cuáles eran las lenguas indígenas y la estructura social? ¿Con quién vivía Ramtha: esposa, esposas, hijos, nietos? ¿Cuál era el ciclo de vida, la tasa de mortalidad infantil, la esperanza de vida? ¿Tenían un control de natalidad? ¿Qué ropa llevaban? ¿Cómo se fabricaban las telas? ¿Cuáles eran los depredadores más peligrosos? ¿Utensilios y estrategias de caza y pesca? ¿Armas? ¿Sexismo endémico? ¿Xenofobia y etnocentrismo? Y si Ramtha viniese de la «gran civilización» de la Atlántida, ¿dónde están los detalles lingüísticos, históricos, tecnológicos y demás? ¿Cómo escribían? Que nos lo diga. En cambio, sólo se nos ofrecen homilías banales. Aquí hay, para tomar otro ejemplo, una serie de informaciones canalizadas no a través de una persona anciana muerta, sino de entidades no humanas desconocidas que hacen círculos en los cultivos, tal como la registró el periodista Jim Schnabel: Nos produce ansiedad esta nación pecadora que esparce mentiras sobre nosotros. No venimos en máquinas, no aterrizamos en vuestra tierra en máquinas... Venimos como el viento. Somos la Fuerza de Vida. Fuerza de Vida que procede de la tierra... Venid... Estamos sólo a un soplo de aire... a un soplo de aire... no a un millón de kilómetros... una Fuerza de Vida que es mayor que las energías de tu cuerpo. Pero nos encontramos en un nivel de vida superior... No necesitamos nombre. Somos paralelos a vuestro mundo, junto a vuestro mundo... Los muros han caído. Dos hombres se levantarán del pasado... el gran oso... el mundo estará en paz. La gente presta atención a esas fantasías pueriles sobre todo porque prometen algo parecido a la religión de otros tiempos, especialmente vida después de la muerte, incluso vida eterna. Clemente de Alejandría, padre de la primera Iglesia, en su Exhortación a los griegos (escrita alrededor del año 190) despreciaba las creencias paganas con palabras que hoy podrían parecer un poco irónicas: Lejos estamos ciertamente de permitir que hombres adultos escuchen este tipo de cuentos. Ni siquiera cuando nuestros propios hijos lloran lágrimas de sangre, como dice el refrán, tenemos el hábito de contarles historias fabulosas para calmarlos. En nuestra época tenemos criterios menos severos. Hablamos a los niños de Papá Noel y el ratoncito Pérez por razones que creemos emocionalmente sólidas, pero los desengañamos de esos mitos antes de hacerse mayores. ¿Por qué retractarnos? Porque su bienestar como adultos depende de que conozcan el mundo como realmente es. Nos preocupan, y con razón, los adultos que todavía creen en Papá Noel. En las religiones doctrinales, «los hombres no osan reconocer, ni siquiera ante su propio corazón», escribía el filósofo David Hume, las dudas que abrigan sobre esos temas. Convierten en mérito la fe implícita; y disimulan ante ellos mismos su infidelidad real a través de las más fuertes aseveraciones y la intolerancia más positiva. Esta infidelidad tiene profundas consecuencias morales, como escribió el revolucionario americano Tom Paine en La edad de la razón: La infidelidad no consiste en creer o no creer; consiste en profesar que se cree lo que no se cree. Es imposible calcular el perjuicio moral, si se me permite expresarlo así, que ha producido la mentira mental en la sociedad. Cuando el hombre ha corrompido y prostituido de tal modo la castidad de su mente como para someter su profesión de fe a algo que no cree, se ha puesto en condiciones de cometer cualquier otro crimen. La formulación de T. H. HuxLey* era: La base de la moralidad es... dejar de simular que se cree aquello de lo que no hay pruebas y de repetir propuestas ininteligibles sobre cosas que superan las posibilidades del conocimiento. Clement, Hume, Paine y Huxiey hablan de religión. Pero gran parte de lo que escribieron tiene aplicaciones más generales... por ejemplo, al omnipresente fastidio de los anuncios que dominan nuestra civilización comercial. Hay unos anuncios de aspirina en los que los actores que hacen de médicos revelan que el producto de la competencia sólo tiene tal cantidad del ingrediente analgésico más recomendado por los médicos... no dicen cuál es este misterioso ingrediente. Su producto, en cambio, tiene una cantidad espectacularmente mayor (de 1,2 a 2 veces más por tableta), por lo que hay que comprarlo. Pero ¿por qué no tomar dos pastillas de la competencia? O consideremos el analgésico que funciona mejor que el producto de «efecto regular» de la competencia. ¿Por qué no tomar entonces el producto competitivo de «efecto extra»? Y, desde luego, no nos hablan de las más de mil muertes anuales en Estados Unidos por el uso de la aspirina, o los posibles cinco mil casos anuales de insuficiencia renal por uso de acetaminofeno, del que la marca más vendida es Tyienol. (Aunque eso podría tratarse de un Caso de correlación sin causación.) O ¿qué importa que un cereal de desayuno tenga más vitaminas cuando podemos tomarnos una pastilla de vitaminas con el desayuno? Igualmente, ¿qué incidencia tiene que un antiácido contenga calcio si el calcio sirve para la nutrición pero es para la gastritis? La cultura comercial está llena de informaciones erróneas y evasivas a expensas del consumidor. No se espera que preguntemos. No piense. Compre. La recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de expertos reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños. Delata su menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una corrupción insidiosa de actitudes populares sobre la objetividad científica. Hay incluso anuncios en los que
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    12 científicos reales, algunosde distinción considerable, aparecen como cómplices de las empresas. Ellos revelan que los científicos también son capaces de mentir por dinero. Como advirtió Tom Paine, acostumbrarse a las mentiras pone los cimientos de muchos otros males. Tengo delante de mí mientras escribo el programa de una de las exposiciones de Vida Sana que se celebran anualmente en San Francisco. Como es de rigor, asisten decenas de miles de personas. Expertos altamente cuestionables venden productos altamente cuestionables. He aquí algunas presentaciones: «Cómo producen dolor y sufrimiento las proteínas bloqueadas en la sangre.» «Cristales, ¿son talismanes o piedras?» (Yo tengo mi propia opinión.) Sigue: «Del mismo modo que un cristal refleja ondas de sonido y de luz para radio y televisión —ésta es una interpretación burda e insípida de cómo funcionan la radio y la televisión—, también puede amplificar las vibraciones espirituales para los humanos armonizados.» O aquí hay otra: «Retorno de la diosa, ritual de presentación.» Otro: «Sincronización, la experiencia del reconocimiento.» Esta la da el «Hermano Carlos». O, en la página siguiente: «Tú, Saint-Germain y la curación mediante la llama violeta.» Así sigue sin parar, con profusión de anuncios sobre las «oportunidades» —que recorren la corta gama de discutible a falsa— que uno puede encontrar en esas muestras. Enloquecidas víctimas del cáncer emprenden un peregrinaje hacia las Filipinas, donde «cirujanos psíquicos», después de haber manoseado trozos de hígado de pollo o corazón de cabra, dicen que han llegado a las entrañas del paciente para retirar el tejido enfermo, que luego es expuesto triunfalmente. Algunos líderes de las democracias occidentales consultan con regularidad a astrólogos y místicos antes de tomar decisiones de Estado. Sometidos a la exigencia pública de resultados, los policías que tienen entre manos un asesinato no resuelto o un cuerpo desaparecido consultan a «expertos» de PES (que nunca adivinan nada más de lo que puede dictar el sentido común pero, según ellos, la policía no deja de llamar). Se anuncia que naciones enemigas están más adelantadas en cuestiones de clarividencia y la CIA, por insistencia del Congreso, invierte dinero público para descubrir si pueden localizarse submarinos en las profundidades oceánicas concentrando el pensamiento en ellos. Un «psíquico» —armado con péndulos sobre unos mapas y varillas de zahori en los aviones— pretende encontrar nuevos depósitos de minerales; una compañía minera australiana le paga una gran cantidad de dólares de entrada, que no deberá devolver en caso de fracaso, y una participación en la explotación del mineral en caso de éxito. No se descubre nada. Estatuas de Jesús o murales de María muestran manchas de humedad, y millones de personas de buen corazón están convencidas de haber visto un milagro. Todo eso son casos de camelo presunto o demostrado. Aparece un engaño, a veces inocentemente pero en colaboración, a veces con cínica premeditación. Normalmente la víctima se ve sometida a fuertes emociones: maravilla, temor, avaricia, pesar. La aceptación crédula de un camelo puede costarle dinero; eso es lo que quería decir P. T. Barnum cuando dijo: «Nace un primo cada minuto.» Pero puede ser mucho más peligroso que eso y, cuando los gobiernos y las sociedades pierden la capacidad de pensar críticamente, los resultados pueden ser catastróficos... por mucho que lo sintamos por los que han caído en el engaño. En ciencia, podemos empezar con resultados experimentales, datos, observaciones, medidas, «hechos». Inventamos, si podemos, toda una serie de explicaciones posibles y confrontamos sistemáticamente cada explicación con los hechos. A lo largo de su preparación se proporciona a los científicos un equipo de detección de camelos. Este equipo se utiliza de manera natural siempre que se ofrecen nuevas ideas a consideración. Si la nueva idea sobrevive al examen con las herramientas de nuestro equipo, concedemos una aceptación cálida, aunque provisional. Si usted lo desea, si no quiere comprar camelos aunque sea tranquilizador hacerlo, puede tomar algunas precauciones; hay un método ensayado y cierto, probado por el consumidor. ¿ é é El pensamiento escéptico es simplemente el medio de construir, y comprender, un argumento razonado y —especialmente importante— reconocer un argumento falaz o fraudulento. La cuestión no es si nos gusta la conclusión que surge de una vía de razonamiento, sino si la conclusión se deriva de la premisa o punto de partida y si esta premisa es cierta. :  Siempre que sea posible tiene que haber una confirmación independiente de los «hechos».  Alentar el debate sustancioso sobre la prueba por parte de defensores con conocimiento de todos los puntos de vista.  Los argumentos de la autoridad tienen poco peso: las «autoridades» han cometido errores en el pasado. Los volverán a cometer en el futuro. Quizá una manera mejor de decirlo es que en la ciencia no hay autoridades; como máximo, hay expertos.  Baraje más de una hipótesis. Si hay algo que se debe explicar, piense en todas las diferentes maneras en que podría explicarse. Luego piense en pruebas mediante las que podría refutar sistemáticamente cada una de las alternativas. Lo que sobrevive, la hipótesis que resiste la refutación en esta selección darwiniana entre «hipótesis de trabajo múltiples» tiene muchas más posibilidades de ser la respuesta correcta que si usted simplemente se hubiera quedado con la primera idea que se le ocurrió.2222 Este problema afecta a los juicios con jurado. Estudios retrospectivos demuestran que algunos miembros del jurado deciden su opinión muy pronto quizá durante los discursos de apertura— y luego se quedan con la prueba que parece encajar con sus impresiones iniciales y rechazar la prueba contraria. No les pasa por la cabeza el método de hipótesis alternativas de trabajo.
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    13  Intente nocomprometerse en exceso con una hipótesis porque es la suya. Se trata sólo de una estación en el camino de búsqueda del conocimiento. Pregúntese por qué le gusta la idea. Compárela con justicia con las alternativas. Vea si puede encontrar motivos para rechazarla. Si no, lo harán otros.  Cuantifique. Si lo que explica, sea lo que sea, tiene alguna medida, alguna cantidad numérica relacionada, será mucho más capaz de discriminar entre hipótesis en competencia. Lo que es vago y cualitativo está abierto a muchas explicaciones. Desde luego, se pueden encontrar verdades en muchos asuntos cualitativos con los que nos vemos obligados a enfrentarnos, pero encontrarlas es un desafío mucho mayor.  Si hay una cadena de argumentación, deben funcionar todos los eslabones de la cadena (incluyendo la premisa), no sólo la mayoría.  la navaja de Ockham. Esta conveniente regla empírica nos induce, cuando nos enfrentamos a dos hipótesis que explican datos igualmente buenos, a elegir la más simple.  Pregúntese siempre si la hipótesis, al menos en principio, puede ser falsificada. Las proposiciones que no pueden comprobarse ni demostrarse falsas, no valen mucho. Consideremos la gran idea de que nuestro universo y todo lo que contiene es sólo una partícula elemental —un electrón, por ejemplo— en un cosmos mucho más grande. Pero si nunca podemos adquirir información de fuera de nuestro universo, ¿no es imposible refutar la idea? Ha de ser capaz de comprobar las aseveraciones. Debe dar oportunidad a escépticos inveterados de seguir su razonamiento para duplicar sus experimentos y ver si se consigue el mismo resultado. La confianza en los experimentos cuidadosamente diseñados y controlados es clave, como he intentado subrayar antes. No aprenderemos mucho de la mera contemplación. Es tentador quedarse satisfecho con la primera explicación posible que se nos ocurre. Una es mucho mejor que ninguna. Pero ¿qué ocurre cuando inventamos varias? Francis Bacon proporcionó la razón clásica: Puede ser que la argumentación no baste para el descubrimiento de un nuevo trabajo, porque la sutileza de la naturaleza es muchas veces mayor que la del argumento.  Los experimentos de control son esenciales. Si, por ejemplo, se dice que una medicina nueva cura una enfermedad en el veinte por ciento de los casos, debemos asegurarnos de que una población de control que toma una pastilla de azúcar que los pacientes creen que podría ser el nuevo medicamento no experimente una remisión espontánea de la enfermedad en el veinte por ciento de los casos.  Deben separarse las variables. Supongamos que usted está mareado y le dan una pulsera de metal y 50 miligramos de dimenhidrinato. Descubre que le desaparece el malestar. ¿Qué ha sido: la pulsera o la pastilla? Sólo puede saberlo si la vez siguiente toma una cosa y no otra y se marea. Ahora supongamos que usted no tiene tanta devoción por la ciencia como para permitirse estar mareado. Entonces no separará las variables. Tomará los dos remedios a la vez. Ha conseguido el resultado práctico deseado; se podría decir que no le merece la pena la molestia de conseguir más conocimientos.  A menudo el experimento debe ser de «doble ciego» a fin de que los que esperan un descubrimiento determinado no estén en la posición potencialmente comprometedora de evaluar los resultados. Cuando se prueba una nueva medicina, por ejemplo, quizá se quiera que los médicos que determinan qué síntomas de los pacientes se han visto aliviados no sepan qué pacientes han recibido el nuevo fármaco. El conocimiento podría influir en su decisión, aunque sólo fuera inconscientemente. En cambio, la lista de los que experimentaron remisión de síntomas puede compararse con la de los que tomaron el nuevo fármaco, realizada cada una con independencia. Entonces se puede determinar qué correlación existe. O cuando hay un reconocimiento policial o una identificación de foto, el oficial responsable no debería saber quién es el principal sospechoso [para] no influir consciente ni inconscientemente en el testigo. Además de enseñamos qué hacer cuando evaluamos una declaración de conocimiento, un buen equipo de detección de camelos también debe enseñamos qué no hacer. Nos ayuda a reconocer las falacias más comunes y peligrosas de la lógica y la retórica. Se pueden encontrar muchos buenos ejemplos en religión y política, porque sus practicantes a menudo se ven obligados a justificar dos proposiciones contradictorias. :  ad hominem: latín «contra el hombre», atacar al que discute y no a su argumentación (p. ej.: El reverendo doctor Smith es un conocido fundamentalista de la Biblia, por lo que sus objeciones a la evolución no deben tomarse en serio);  argumento de autoridad (p. ej.: El presidente Richard Nixon debería ser reelegido porque tiene un plan secreto para terminar la guerra en el sudeste de Asia... pero, como era secreto, el electorado no tenía ninguna manera de evaluar sus méritos; el argumento equivalía a confiar en él porque era presidente: craso error, como se vio);  • argumento de consecuencias adversas (p. ej.: Debe existir un Dios que dé castigo y recompensa porque, si no, la sociedad sería mucho más ilegal y peligrosa, quizá incluso ingobernable.23 Una formulación más cínica del historiador romano Polibio: Como las masas del pueblo son inconstantes, plagadas de deseos desenfrenados e indiferentes a las consecuencias, se las debe llenar de terror para mantener el orden. Los antiguos hicieron bien, por tanto, en inventar los dioses y la creencia en el castigo después de la muerte. O: El acusado en un juicio de asesinato con mucha publicidad recibió el veredicto de culpable; en otro caso, habría sido un incentivo para que otros hombres matasen a sus esposas);  • llamada a la ignorancia; la declaración de que todo lo que no ha sido demostrado debe ser cierto, y viceversa (es decir: No hay una prueba irresistible de que los ovnis no estén visitando la Tierra; por tanto, los ovnis existen... y hay vida inteligente en todas partes en el universo. O: Puede haber setenta mil millones de otros mundos pero, como no se conoce ninguno que tenga el avance moral de la Tierra, seguimos siendo centrales en el
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    14 universo.) Esta impacienciacon la ambigüedad puede criticarse con la frase: la ausencia de prueba no es prueba de ausencia;  • un argumento especial, a menudo para salvar una proposición en un problema retórico profundo (p. ej.: ¿Cómo puede un Dios compasivo condenar al tormento a las generaciones futuras porque, contra sus órdenes, una mujer indujo a un hombre a comerse una manzana? Argumento especial: no entiendes la sutil doctrina del libre albedrío. O: ¿ Cómo puede haber un Padre, Hijo y Espíritu Santo igualmente divinos en la misma persona? Argumento especial: no entiendes el misterio divino de la Santísima Trinidad. O: ¿Cómo podía permitir Dios que los seguidores del judaísmo, cristianismo e islam —obligados cada uno a su modo a medidas heroicas de amabilidad afectuosa y compasión— perpetraran tanta crueldad durante tanto tiempo? Argumento especial: otra vez, no entiendes el libre albedrío. Y en todo caso, los caminos de Dios son misteriosos);  • pedir la pregunta, llamado también asumir la respuesta (p. ej.: Debemos instituir la pena de muerte para desalentar el crimen violento. Pero ¿se reduce la tasa de delitos violentos cuando se impone la pena de muerte? O: El mercado de acciones sufrió ayer una caída debido a un ajuste técnico y la retirada de beneficios por los inversores... pero ¿hay alguna prueba independiente del papel causal del «ajuste» y retirada de beneficios; nos ha enseñado algo esta explicación implícita?);  • selección de la observación, llamada también enumeración de circunstancias favorables o, como lo describió Francis Bacon, contar los aciertos y olvidar los fallos24 24 Mi ejemplo favorito es esta historia que se contaba del físico italiano Enrico Fermi cuando, recién llegado a las costas americanas, se enroló en el «Proyecto Manhattan» de armas nucleares y se encontró cara a cara en plena segunda guerra mundial con los almirantes estadounidenses: Fulano de tal es un gran general, le dijeron. ¿Cuál es la definición de un gran general?, preguntó Fermi corno era típico en él. Se supone que es un general que ha ganado muchas batallas consecutivas. ¿Cuántas? Después de sumar y restar un poco, se fijaron en cinco. ¿Qué fracción de generales americanos son grandes? Después de sumar y restar un poco más, se fijaron en un pequeño tanto por ciento. Pero imaginemos, replicó Fermi, que no existe algo así como un gran general, que todos los ejércitos son iguales y que ganar una batalla es puramente un asunto de posibilidades. Entonces, la posibilidad de ganar una batalla es una de dos, o 1/2, dos batallas 1/4, tres 1/8, cuatro 1/16, y cinco batallas consecutivas 1/32... que es cerca del tres por ciento. Es lógico esperar que un pequeño tanto por ciento de generales americanos venzan en cinco batallas consecutivas, por pura casualidad. Ahora bien, ¿alguno ha ganado diez batallas consecutivas?... (p. ej.: Un Estado se jacta de los presidentes que ha tenido, pero no dice nada de sus asesinos en serie);  • estadísticas de números pequeños, pariente cercano de la selección de la observación (p. ej.: «Dicen que una de cada cinco personas es china. ¿Cómo es posible? Yo conozco cientos de personas" y ninguna de ellas es china. Suyo sinceramente.» O: He sacado tres sietes seguidos. Esta noche no puedo perder»);  • incomprensión de la naturaleza de la estadística (p. ej.: El presidente Dwight Eisenhower expresa asombro y alarma al descubrir que la mitad de los americanos tienen una inteligencia por debajo de la media);  • inconsistencia (p. ej.: Prepararse con toda prudencia para lo peor de que sea capaz un adversario militar potencial, pero ignorar las proyecciones científicas en peligros medioambientales para ahorrar porque no están «demostrados». O atribuir el descenso de la esperanza de vida en la antigua Unión Soviética a los defectos del comunismo hace muchos años; pero no atribuir nunca la alta tasa de mortalidad infantil de Estados Unidos (ahora la más alta de las principales naciones industriales) a los defectos del capitalismo. O considerar razonable que el universo siga existiendo siempre en el futuro, pero juzgar absurda la posibilidad de que tenga una duración infinita hacia el pasado);  • non sequitur: «no sigue», en latín (p. ej.: Nuestra nación prevalecerá porque Dios es grande. Pero casi todas las naciones pretenden que eso es cierto; la formulación alemana era: «Gott mit uns»), A menudo, los que caen en la falacia non sequitur es simplemente que no han reconocido posibilidades alternativas;  • post hoc, ergo propter hoc: en latín, «después de esto, luego a consecuencia de esto» (p. ej.: Jaime Cardinal, arzobispo de Manila: «Conozco... a una mujer de veintiséis años que parece tener sesenta porque toma pildoras {anticonceptivas}.» O: Cuando las mujeres no votaban, no había armas nucleares);  • pregunta sin sentido (p. ej.: ¿Qué ocurre cuando una fuerza irresistible choca con un objeto inamovible? Pero si existe algo así como una fuerza irresistible no puede haber objetos inamovibles, y viceversa);  • exclusión del medio o falsa dicotomía: considerar sólo los dos extremos en un continuo de posibilidades intermedias (p. ej.: «Sí, claro, ponte de su parte; mi marido es perfecto; yo siempre me equivoco.» O: «El que no quiere a su país lo odia.» O: «Si no eres parte de la solución, eres parte del problema»);  • corto plazo contra largo plazo: un subgrupo de la exclusión del medio, pero tan importante que lo he destacado para prestarle atención especial (p. ej.: No podemos emprender programas para alimentar a los niños desnutridos y educar a los preescolares. Se necesita tratar con urgencia el crimen en las calles. O: ¿Por qué explorar el espacio o seguir la ciencia fundamental cuando tenemos un déficit de presupuesto tan enorme?);
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    15  • terrenoresbaladizo, relacionado con la exclusión del medio (p. ej.: Si permitimos el aborto en las primeras semanas de embarazo, será imposible impedir la muerte de un bebé formado. O al contrario: Si el Estado nos prohíbe abortar aunque sea en el noveno mes, pronto nos empezará a decir lo que tenemos que hacer con nuestro cuerpo en el momento de la concepción);  • confusión de correlación y causa (p. ej.: Una encuesta muestra que hay más homosexuales entre los licenciados universitarios que entre los de menor educación; en consecuencia, la educación hace homosexual a la gente. O: Los terremotos andinos están correlacionados con aproximaciones más cercanas del planeta Urano; en consecuencia —a pesar de la ausencia de una correlación así para el planeta más cercano y más imponente, Júpiter—, lo segundo causa lo primero O: Los niños que miran programas de televisión violentos tienden a ser más violentos de mayores. Pero ¿es la televisión lo que causa la violencia, o es que los niños violentos disfrutan preferentemente viendo programas violentos? Es muy probable que los dos enunciados sean verdad. Los defensores comerciales de la violencia en la televisión arguyen que cualquier persona puede distinguir entre televisión y realidad. Pero el promedio actual de los programas infantiles de los sábados por la mañana es de veinticinco actos violentos por hora. Cuando menos, eso insensibiliza a los niños pequeños ante la agresión y la crueldad sin ton ni son. Y, si pueden implantarse recuerdos falsos en los cerebros de adultos impresionables, ¿qué estamos implantando en las mentes de nuestros hijos cuando los exponemos a unos cien mil actos de violencia antes de que acaben la escuela elemental?  • hombre de paja: caricaturizar una postura para facilitar el ataque (p. ej.: Los científicos suponen que los seres vivos se formaron juntos por casualidad, una formulación que ignora deliberadamente la principal idea darwiniana: que la naturaleza avanza conservando lo que funciona y descartando lo que no. O, y eso también es una falacia a largo/corto plazo, los defensores del medio ambiente se preocupan más por los caracoles y los buhos moteados que por las personas);  • prueba suprimida, o media verdad (p. ej.: Aparece en televisión una «profecía» sorprendentemente precisa y ampliamente citada del intento de asesinato del presidente Reagan, pero —detalle importante— ¿fue grabada antes o después del acontecimiento? O: Estos abusos del gobierno exigen una revolución, aunque sea imposible hacer una tortilla sin romper antes los huevos. Sí, pero ¿en esta revolución morirá más gente que con el régimen anterior? ¿Qué sugiere la experiencia de otras revoluciones? ¿Son deseables y en interés del pueblo todas las revoluciones contra regímenes opresivos?  • palabras equívocas (p. ej.: La separación de poderes de la Constitución de Estados Unidos especifica que este país no puede entrar en guerra sin una declaración del Congreso. Por otro lado, los presidentes tienen el control de la política exterior y la dirección de las guerras, que son herramientas potencialmente poderosas para conseguir la reelección. Los presidentes de cualquier partido político podrían verse tentados por tanto a disponer guerras mientras levantan la bandera y llaman a las guerras otra cosa: «acciones de policía», «incursiones armadas», «golpes reactivos de protección», «pacificación», «salvaguarda de los intereses americanos», y una gran variedad de «operaciones», como las de la «Operación Causa Justa». Los eufemismos para la guerra forman parte de una gran clase de reinvenciones del lenguaje con fines políticos. Talleyrand dijo: «Un arte importante de los políticos es encontrar nombres nuevos para instituciones que bajo sus nombres viejos se han hecho odiosas al pueblo»). Conocer la existencia de esas falacias retóricas y lógicas completa nuestra caja de herramientas. Como todas las herramientas, el equipo de detección de camelos puede usarse mal, aplicarse fuera de contexto o incluso emplearse rutinariamente como alternativa al pensamiento. Pero, si se aplica con juicio, puede marcar toda la diferencia del mundo, y nos ayuda a evaluar nuestros propios argumentos antes de presentarlos a otros. La industria del tabaco factura unos cincuenta mil millones al año. Admiten que hay una correlación estadística entre fumar y el cáncer, pero no una relación causal, dicen. Añaden que se está cometiendo una falacia lógica. ¿Qué podría significar eso? Quizá las personas con propensión hereditaria al cáncer tienen una propensión hereditaria a tomar drogas adictivas, por lo que el cáncer y el fumar podrían estar correlacionados, pero el cáncer no sería provocado por fumar. Pueden inventarse relaciones cada vez más inverosímiles de este tipo. Esta es exactamente una de las razones por las que la ciencia insiste en los experimentos de control. Supongamos que pintamos los lomos de gran número de ratones con alquitrán de cigarrillo y supervisamos también la salud de grandes números de ratones casi idénticos que no han sido pintados. Si el primer grupo contrae cáncer y el segundo no, se puede estar bastante seguro de que la correlación es causal. Si se inhala humo de tabaco, la posibilidad de contraer cáncer aumenta; no se inhala, y la tasa se mantiene al nivel básico. Lo mismo ocurre con el enfisema, la bronquitis y las enfermedades cardiovasculares. Cuando en 1953 se publicó el primer trabajo en la literatura científica que demostraba que cuando se pintan las sustancias del cigarrillo en los lomos de roedores producen resultados malignos (cáncer), la respuesta de las seis principales compañías de tabaco fue iniciar una campaña de relaciones públicas para impugnar la investigación, patrocinada por la Fundación Sloan Kettering. Eso es similar a lo que hizo la Du Pont Corporation cuando en 1974 se publicó la primera investigación que demostraba que sus productos de freón atacan la capa protectora de ozono. Hay muchos más ejemplos. Sería normal pensar que antes de denunciar descubrimientos que no les gustan, las empresas principales dedicarían considerables recursos a comprobar la seguridad de los productos que se proponen fabricar. Y, si se olvidaron de algo, si los científicos independientes señalan un riesgo, ¿por qué protestan las compañías? ¿Preferirían matar a la gente que perder beneficios? Si, en un mundo incierto, debiera cometerse un error, ¿no se inclinaría hacia la protección de los clientes y el público? Y, a propósito, ¿qué dicen estos casos sobre la capacidad de la empresa privada de vigilarse a sí misma? ¿No demuestran que al menos algunas intervenciones del gobierno son en interés del público?
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    16 Un informe internode 1971 de la Brown and Williamson Tobacco Corporation enumera como objetivo corporativo «eliminar de la mente de millones de personas la falsa convicción de que fumar cigarrillos causa cáncer de pulmón y otras enfermedades; una convicción basada en presunciones fanáticas, rumores falaces, denuncias sin fundamento y conjeturas de oportunistas en busca de publicidad». Se quejan del ataque increíble, sin precedentes e infame contra el cigarrillo, que constituye la mayor difamación y calumnia que se ha perpetrado jamás contra un producto en la historia de la Ubre empresa; una difamación criminal de proporciones e implicaciones tan importantes que uno se pregunta cómo una cruzada de calumnias puede reconciliarse... cómo la Constitución puede ser tan burlada y violada [sic]. Esta retórica es sólo ligeramente más encendida que la que ha publicado de vez en cuando la industria del tabaco para consumo público. Hay muchas marcas de cigarrillos que anuncian ser bajas en «alquitrán» (diez miligramos o menos por cigarrillo). ¿Por qué es eso una virtud? Porque es en los alquitranes refractarios donde se concentran hidrocarburos policíclicos aromáticos y otros carcinógenos. ¿No son los anuncios de bajo en alquitrán una admisión tácita por las compañías de tabaco de que los cigarrillos causan realmente el cáncer? Healthy Buildings International es una organización con ánimo de lucro que ha recibido millones de dólares a lo largo de los años de la industria del tabaco. Realiza investigaciones sobre el fumador pasivo y atestigua a favor de las compañías de tabaco. En 1994, tres técnicos se quejaron de que antiguos ejecutivos habían falsificado los datos sobre partículas de cigarrillo inhalables en el aire. En cada caso, los datos inventados o «corregidos» hacían que el humo del tabaco pareciera más sano que lo indicado por las mediciones de los técnicos. ¿Encuentran alguna vez los departamentos de investigación corporativos o los contratados del exterior que un producto es más peligroso de lo que la corporación de tabaco declara públicamente? Si es así, ¿siguen con su puesto de trabajo? El tabaco es adictivo; según muchos criterios, más todavía que la heroína o la cocaína. Hay una razón para que uno, como decía un anuncio de la década de los cuarenta, «ande una milla en busca de un Camel». Ha muerto más gente por el tabaco que en toda la segunda guerra mundial. Según la Organización Mundial de la Salud, fumar mata a tres millones de personas al año en todo el mundo. Eso se elevará a diez millones anuales en el 2020, en parte a causa de una ingente campaña publicitaria que presentaba el fumar como progresista y de moda para las mujeres jóvenes en el mundo de hoy. Parte del éxito de la industria del tabaco en suministrar esta elaboración de venenos adictivos puede atribuirse a la escasa familiaridad con la detección de camelos, el pensamiento crítico y el método científico. La credulidad mata Actividades de aprendizaje – 2 I. COMPLETE EL CUADRO EXPLICANDO LAS SIGUIENTES HERRAMIENTAS DEL PENSAMIENTO ESCÉPTICO MENCIONADAS EN EL TEXTO 1. LOS ARGUMENTOS DE LA AUTORIDAD TIENEN POCO PESO _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ 2. BARAJE MÁS DE UNA HIPÓTESIS _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ 3. LOS EXPERIMENTOS DE CONTROL SON ESENCIALES _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ 4. LA NAVAJA DE OCKHAM _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ 5. PREGÚNTESE SIEMPRE SI LA HIPÓTESIS, AL MENOS EN PRINCIPIO, PUEDE SER FALSIFICADA _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________ _______________________________________________________________
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    17 II. Lea eltexto y complete la información requerida 1. Cuál es la utilidad de la LÓGICA? __________________________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________ III. Explique en sus propios términos los siguientes extractos del texto 1. “Algunos líderes de las democracias occidentales consultan con regularidad a astrólogos y místicos antes de tomar decisiones de Estado” ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________________ 2. La recomendación (pagada) de productos, especialmente por parte de expertos reales o supuestos, constituye una avalancha constante de engaños. Delata su menosprecio por la inteligencia de sus clientes. Presenta una corrupción insidiosa de actitudes populares sobre la objetividad científica ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________________________ IV. Elabore una lista de las falacias mencionadas en el texto . - . -
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    18 EPISTEMOLOGÍA La ciencia, Sumétodo y su filosofía _______________________________________________________________________________________________________________________MARI O BUNGE I. Introducción Mientras los animales inferiores sólo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo; y sobre la base de su inteligencia imperfecta pero perfectible, del mundo, el hombre intenta enseñorearse de él para hacerlo más confortable. En este proceso, construye un mundo artificial: ese creciente cuerpo de ideas llamado “ciencia”, que puede caracterizarse como conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por consiguiente falible. Por medio de la investigación científica, el hombre ha alcanzado una reconstrucción conceptual del mundo que es cada vez más amplia, profunda y exacta. Un mundo le es dado al hombre; su gloria no es soportar o despreciar este mundo, sino enriquecerlo construyendo otros universos. Amasa y remoldea la naturaleza sometiéndola a sus propias necesidades animales y espirituales, así como a sus sueños: crea así el mundo de los artefactos y el mundo de la cultura. La ciencia como actividad —como investigación— pertenece a la vida social; en cuanto se la aplica al mejoramiento de nuestro medio natural y artificial, a la invención y manufactura de bienes materiales y culturales, la ciencia se convierte en tecnología. Sin embargo, la ciencia se nos aparece como la más deslumbrante y asombrosa de las estrellas de la cultura cuando la consideramos como un bien en sí mismo, esto es como una actividad productora de nuevas ideas (investigación científica). Tratemos de caracterizar el conocimiento y la investigación científicos tal como se los conoce en la actualidad. II. Ciencia formal y ciencia fáctica No toda la investigación científica procura el conocimiento objetivo. Así, la lógica y la matemática —esto es, los diversos sistemas de lógica formal y los diferentes capítulos de la matemática pura— son racionales, sistemáticos y verificables, pero no son objetivos; no nos dan informaciones acerca de la realidad: simplemente, no se ocupan de los hechos. La lógica y la matemática tratan de entes ideales; estos entes, tanto los abstractos como los interpretados, sólo existen en la mente humana. A los lógicos y matemáticos no se les da objetos de estudio: ellos construyen sus propios objetos. Es verdad que a menudo lo hacen por abstracción de objetos reales (naturales y sociales); más aún, el trabajo del lógico o del matemático satisface a menudo las necesidades del naturalista, del sociólogo o del tecnólogo, y es por esto que la sociedad los tolera y, ahora, hasta los estimula. Pero la materia prima que emplean los lógicos y los matemáticos no es fáctica sino ideal. Por ejemplo, el concepto de número abstracto nació, sin duda, de la coordinación (correspondencia biunívoca) de conjuntos de objetos materiales, tales como dedos, por una parte, y guijarros, por la otra; pero no por esto aquel concepto se reduce a esta operación manual, ni a los signos que se emplean para representarlo. Los números no existen fuera de nuestros cerebros, y aún allí dentro existen al nivel conceptual, y no al nivel fisiológico. Los objetos materiales son numerables siempre que sean discontinuos; pero no son números; tampoco son números puros (abstractos) sus cualidades o relaciones. En el mundo real encontramos 3 libros, en el mundo de la ficción construimos 3 platos voladores. ¿Pero quién vio jamás un 3, un simple 3?
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    19 La lógica yla matemática, por ocuparse de inventar entes formales y de establecer relaciones entre ellos, se llaman a menudo ciencias formales, precisamente porque sus objetos no son cosas ni procesos, sino, para emplear el lenguaje pictórico, formas en las que se puede verter un surtido ilimitado de contenidos, tanto fácticos como empíricos. Esto es, podemos establecer correspondencias entre esas formas (u objetos formales), por una parte, y cosas y procesos pertenecientes a cualquier nivel de la realidad por la otra. Así es como la física, la química, la fisiología, la psicología, la economía, y las demás ciencias recurren a la matemática, empleándola como herramienta para realizar la más precisa reconstrucción de las complejas relaciones que se encuentran entre los hechos y entre los diversos aspectos de los hechos; dichas ciencias no identifican las formas ideales con los objetos concretos, sino que interpretan las primeras en términos de hechos y de experiencias (o, lo que es equivalente, formalizan enunciados fácticos). Lo mismo vale para la lógica formal: algunas de sus partes —en particular, pero no exclusivamente, la lógica proposicional bivalente— pueden hacerse corresponder a aquellas entidades psíquicas que llamamos pensamientos. Semejante aplicación de las ciencias de la forma pura a la inteligencia del mundo de los hechos, se efectúa asignando diferentes interpretaciones a los objetos formales. Estas interpretaciones son, dentro de ciertos límites, arbitrarias; vale decir, se justifican por el éxito, la conveniencia o la ignorancia. En otras palabras el significado fáctico o empírico que se les asigna a los objetos formales no es una propiedad intrínseca de los mismos. De esta manera, las ciencias formales jamás entran en conflicto con la realidad. Esto explica la paradoja de que, siendo formales, se “aplican” a la realidad: en rigor no se aplican, sino que se emplean en la vida cotidiana y en las ciencias fácticas a condición de que se les superpongan reglas de correspondencia adecuada. En suma, la lógica y la matemática establecen contacto con la realidad a través del puente del lenguaje, tanto el ordinario como el científico. Tenemos así una primera gran división de las ciencias, en formales (o ideales) y fácticas (o materiales). Esta ramificación preliminar tiene en cuenta el objeto o tema de las respectivas disciplinas; también da cuenta de la diferencia de especie entre los enunciados que se proponen establecer las ciencias formales y las fácticas: mientras los enunciados formales consisten en relaciones entre signos, los enunciados de las ciencias fácticas se refieren, en su mayoría, a entes extracientíficos: a sucesos y procesos. Nuestra división también tiene en cuenta el método por el cual se ponen a prueba los enunciados verificables: mientras las ciencias formales se contentan con la lógica para demostrar rigurosamente sus teoremas (los que, sin embargo, pudieron haber sido adivinados por inducción común o de otras maneras), las ciencias fácticas necesitan más que la lógica formal: para confirmar sus conjeturas necesitan de la observación y/o experimento. En otras palabras, las ciencias fácticas tienen que mirar las cosas, y, siempre que les sea posible, deben procurar cambiarlas deliberadamente para intentar descubrir en qué medida sus hipótesis se adecuan a los hechos. Cuando se demuestra un teorema lógico o matemático no se recurre a la experiencia: el conjunto de postulados, definiciones, reglas de formación de las expresiones dotadas de significado, y reglas de inferencia deductiva —en suma, la base de la teoría dada—, es necesaria y suficiente para ese propósito. La demostración de los teoremas no es sino una deducción: es una operación confinada a la esfera teórica, aun cuando a veces los teoremas mismos (no sus demostraciones) sean sugeridos en alguna esfera extramatemática y aun cuando su prueba (pero no su primer descubrimiento) pueda realizarse con ayuda de calculadoras electrónicas. Por ejemplo, cualquier demostración rigurosa del teorema de Pitágoras prescinde de las mediciones, y emplea figuras sólo como ayuda psicológica al proceso deductivo: que el teorema de Pitágoras haya sido el resultado de un largo proceso de inducción conectado a operaciones prácticas de mediciones de tierras, es objeto de la historia, la sociología y la psicología del conocimiento. La matemática y la lógica son, en suma, ciencias deductivas. El proceso constructivo, en que la experiencia desempeña un gran papel de sugerencias, se limita a la formación de los puntos de partida (axiomas). En matemática la verdad consiste, por esto, en la coherencia del enunciado dado con un sistema de ideas admitido previamente: por esto, la verdad matemática no es absoluta sino relativa a ese sistema, en el sentido de que una proposición que es válida en una teoría puede dejar de ser lógicamente verdadera en otra teoría. (Por ejemplo, en el sistema de aritmética que empleamos para contar las horas del día, vale la proposición de 24 + 1 = 1.) Más aún las teorías matemáticas abstractas, esto es, que contienen términos no interpretados (signos a los que no se atribuye un significado fijo, y que por lo tanto pueden adquirir distintos significados) pueden desarrollarse sin poner atención al problema de la verdad. Considérese el siguiente axioma de cierta teoría abstracta (no interpretada): "Existe por lo menos un x tal que es P". Se puede dar un número ilimitado de interpretaciones (modelos) de este axioma, dándose a x y F otros tantos significados. Si decimos que S designa punto, obtenemos un modelo geométrico dado: si adoptamos la convención de que L designa número, obtenemos un cierto modelo aritmético, y así sucesivamente. En cuanto "llenamos" la forma vacía con un contenido específico (pero todavía matemático), obtenemos un sistema de entes lógicos que tienen el privilegio de ser verdaderos o falsos dentro del sistema dado de proposiciones: a partir de ahí tenemos que habérnoslas con el problema de la verdad matemática. Aún así tan sólo las conclusiones (teoremas) tendrán que ser verdaderas: los axiomas mismos pueden elegirse a voluntad. La batalla se habrá ganado si se respeta la coherencia lógica esto es, si no se violan las leyes del sistema de lógica que se ha convenido en usar. En las ciencias fácticas, la situación es enteramente diferente. En primer lugar, ellas no emplean símbolos vacíos (variables lógicas) sino tan sólo símbolos interpretados; por ejemplo no involucran expresiones tales como 'x es F', que no son verdaderas ni falsas. En segundo lugar, la racionalidad —esto es, la coherencia con un sistema de ideas aceptado previamente— es necesaria pero no suficiente para los enunciados fácticos; en particular la sumisión a algún sistema de lógica es necesaria pero no es una garantía de que se obtenga la verdad. Además de la racionalidad, exigimos de los enunciados de las ciencias fácticas que sean verificables en la experiencia, sea indirectamente (en el caso de las hipótesis generales), sea directamente (en el caso de las consecuencias singulares de las hipótesis). Unicamente después que haya pasado las pruebas de la verificación empírica podrá considerarse que un enunciado es adecuado a su objeto, o sea que es verdadero, y aún así hasta nueva orden. Por eso es que el conocimiento fáctico verificable se llama a menudo ciencia empírica.
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    20 En resumidas cuentas,la coherencia es necesaria pero no suficiente en el campo de las ciencias de hechos: para anunciar que un enunciado es (probablemente) verdadero se requieren datos empíricos (proposiciones acerca de observaciones o experimentos). En última instancia, sólo la experiencia puede decirnos si una hipótesis relativa a cierto grupo de hechos materiales es adecuada o no. El mejor fundamento de esta regla metodológica que acabamos de enunciar es que la experiencia le ha enseñado a la humanidad que el conocimiento de hecho no es convencional, que si se busca la comprensión y el control de los hechos debe partirse de la experiencia. Pero la experiencia no garantizará que la hipótesis en cuestión sea la única verdadera: sólo nos dirá que es probablemente adecuada, sin excluir por ello la posibilidad de que un estudio ulterior pueda dar mejores aproximaciones en la reconstrucción conceptual del trozo de realidad escogido. El conocimiento fáctico, aunque racional, es esencialmente probable: dicho de otro modo: la inferencia científica es una red de inferencias deductivas (demostrativas) y probables (inconcluyentes). Las ciencias formales demuestran o prueban: las ciencias fácticas verifican (confirman o disconfirman) hipótesis que en su mayoría son provisionales. La demostración es completa y final; la verificación es incompleta y por eso temporaria. La naturaleza misma del método científico impide la confirmación final de las hipótesis fácticas. En efecto los científicos no sólo procuran acumular elementos de prueba de sus suposiciones mutiplicando el número de casos en que ellas se cumplen; también tratan de obtener casos desfavorables a sus hipótesis, fundándose en el principio lógico de que una sola conclusión que no concuerde con los hechos tiene más peso que mil confirmaciones. Por ello, mientras las teorías formales pueden ser llevadas a un estado de perfección (o estancamiento), los sistemas relativos a los hechos son esencialmente defectuosos: cumplen, pues, la condición necesaria para ser perfectibles. En consecuencia si el estudio de las ciencias formales vigorizar el hábito del rigor, el estudio de las ciencias fáctiles puede inducirnos a considerar el mundo como inagotable, y al hombre como una empresa inconclusa e interminable. Las diferencias de método, tipo de enunciados, y referentes que separan las ciencias fácticas de las formales, impiden que se las examine conjuntamente más allá de cierto punto. Por ser una ficción seria, rigurosa y a menudo útil, pero ficción al cabo, la ciencia formal requiere un tratamiento especial. En lo que sigue nos concentraremos en la ciencia fáctica. Daremos un vistazo a las características peculiares de las ciencias de la naturaleza y de la cultura en su estado actual, con la esperanza de que la ciencia futura enriquezca sus cualidades o, al menos, de que las civilizaciones por venir hagan mejor uso del conocimiento científico. Los rasgos esenciales del tipo de conocimiento que alcanzan las ciencias de la naturaleza y de la sociedad son la racionalidad y la objetividad. Por conocimiento racional se entiende: o que está constituido por conceptos, juicios y raciocinios y no por sensaciones, imágenes, pautas de conducta, etc. Sin duda, el científico percibe, forma imágenes (por ejemplo, modelos visualizables) y hace operaciones; por tanto el punto de partida como el punto final de su trabajo son ideas; o que esas ideas pueden combinarse de acuerdo con algún conjunto de reglas lógicas con el fin de producir nuevas ideas (inferencia deductiva). Estas no son enteramente nuevas desde un punto de vista estrictamente lógico, puesto que están implicadas por las premisas de la deducción; pero no gnoseológicamente nuevas en la medida en que expresan conocimientos de los que no se tenía conciencia antes de efectuarse la deducción; o que esas ideas no se amontonan caóticamente o, simplemente, en forma cronológica, sino que se organizan en sistemas de ideas esto es en conjuntos ordenados de proposiciones (teorías). Que el conocimiento científico de la realidad es objetivo, significa: • que concuerda aproximadamente con su objeto; vale decir que busca alcanzar la verdad fáctica; • que verifica la adaptación de las ideas a los hechos recurriendo a un comercio peculiar con los hechos (observación y experimento), intercambio que es controlable y hasta cierto punto reproducible. Ambos rasgos de la ciencia fáctica, la racionalidad y la objetividad, están íntimamente soldados. Así, por ejemplo, lo que usualmente se verifica por medio del experimento es alguna consecuencia —extraída por vía deductiva— de alguna hipótesis; otro ejemplo: el cálculo no sólo sigue a la observación sino que siempre es indispensable para planearla y registrarla. La racionalidad y objetividad del conocimiento científico pueden analizarse en un cúmulo de características a las que pasaremos revista en lo que sigue. III. Inventario de las principales características de la ciencia fáctica 1- El conocimiento científico es fáctico: parte de los hechos, los respuesta hasta cierto punto, y siempre vuelve a ellos. La ciencia intenta describir los hechos tales como son, independientemente de su valor emocional o comercial: la
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    21 ciencia no poetizalos hechos ni los vende, si bien sus hazañas son una fuente de poesía y de negocios. En todos los campos, la ciencia comienza estableciendo los hechos; esto requiere curiosidad impersonal, desconfianza por la opinión prevaleciente, y sensibilidad a la novedad. 2- El conocimiento científico trasciende los hechos: descarta los hechos, produce nuevos hechos, y los explica. El sentido común parte de los hechos y se atiene a ellos: a menudo se imita al hecho aislado, sin ir muy lejos en el trabajo de correlacionarlo con otros o de explicarlo. En cambio, la investigación científica no se limita a los hechos observados: los científicos exprimen la realidad a fin de ir más allá de las apariencias; rechazan el grueso de los hechos percibidos, por ser un montón de accidentes, seleccionan los que consideran que son relevantes, controlan hechos y, en lo posible, los reproducen. Incluso producen cosas nuevas desde instrumentos hasta partículas elementales; obtienen nuevos compuestos químicos, nuevas variedades vegetales y animales, y al menos en principio, crean nuevas pautas de conducta individual y social. 3- La ciencia es analítica: la investigación científica aborda problemas circunscriptos, uno a uno, y trata de descomponerlo todo en elementos (no necesariamente últimos o siquiera reales). La investigación científica no se planta cuestiones tales como “¿Cómo es el universo en su conjunto?”, o “¿Cómo es posible el conocimiento?” Trata, en cambio, de entender toda situación total en términos de sus componentes; intenta descubrir los elementos que explican su integración. Los problemas de la ciencia son parciales y así son también, por consiguiente, sus soluciones; pero, más aún: al comienzo los problemas son estrechos o es preciso estrecharlos. Pero, a medida que la investigación avanza, su alcance se amplía. Los resultados de la ciencia son generales, tanto en el sentido de que se refieren a clases de objetos (por ejemplo, la lluvia), como en que están, o tienden a ser incorporados en síntesis conceptuales llamadas teorías. El análisis, tanto de los problemas como de las cosas, no es tanto un objetivo como una herramienta para construir síntesis teóricas. La ciencia auténtica no es atomista ni totalista. 4- La investigación científica es especializada: una consecuencia del enfoque analítico de los problemas es la especialización. No obstante la unidad del método científico, su aplicación depende, en gran medida, del asunto; esto explica la multiplicidad de técnicas y la relativa independencia de los diversos sectores de la ciencia. La especialización no ha impedido la formación de campos interdisciplinarios tales como la biofísica, la bioquímica, la psicofisiología, la psicología social, la teoría de la información, la cibernética, o la investigación operacional. Con todo, la investigación tiende a estrechar la visión del científico individual; un único remedio ha resultado eficaz contra la unilateralidad profesional, y es una dosis de filosofía. 5- El conocimiento científico es claro y preciso: El conocimiento científico procura la precisión; nunca está enteramente libre de vaguedades, pero se las ingenia para mejorar la exactitud; nunca está del todo libre de error, pero posee una técnica única para encontrar errores y para sacar provecho de ellos. La claridad y la precisión se obtienen en ciencia de las siguientes maneras: ❖ los problemas se formulan de manera clara; lo primero, y a menudo lo más difícil, es distinguir cuáles son los problemas; ni hay artillería analítica o experimental que pueda ser eficaz si no se ubica adecuadamente al enemigo; ❖ la ciencia parte de nociones que parecen claras al no iniciado; y las complica, purifica y eventualmente las rechaza; la transformación progresiva de las nociones corrientes se efectúa incluyéndolas en esquemas teóricos. Así, por ejemplo, “distancia” adquiere un sentido preciso al ser incluida en la geometría métrica y en la física; ❖ la ciencia define la mayoría de sus conceptos: algunos de ellos se definen en términos de conceptos no definidos o primitivos, otros de manera implícita, esto es, por la función que desempeñan en un sistema teórico (definición contextual). Las definiciones son convencionales, pero no se las elige caprichosamente: deben ser convenientes y fértiles. (¿De qué vale, por ejemplo, poner un nombre especial a las muchachas pecosas que estudian ingeniería y pesan más de 50 kg?) Una vez que se ha elegido una definición, el discurso restante debe guardarte fidelidad si se quiere evitar inconsecuencias; ❖ la ciencia crea lenguajes artificiales inventando símbolos (palabras, signos matemáticos, símbolos químicos, etc.; a estos signos se les atribuye significados determinados por medio de reglas de designación (tal como “en el presente contexto H designa el elemento de peso atómico unitario”)). los símbolos básicos serán tan simples como sea posible, pero podrán combinarse conforme a reglas determinadas para formar configuraciones tan complejas como sea necesario (las leyes de combinación de los signos que intervienen en la producción de expresiones complejas se llaman reglas de formación); ❖ la ciencia procura siempre medir y registrar los fenómenos. Los números y las formas geométricas son de gran importancia en el registro, la descripción y la inteligencia de los sucesos y procesos. En lo posible, tales datos debieran disponerse en tablas o resumirse en fórmulas matemáticas. Sin embargo, la formulación matemática, deseable como es, no es una condición indispensable para que el conocimiento sea científico; lo que caracteriza el conocimiento científico es la exactitud en un sentido general antes que la exactitud numérica o métrica, la que es inútil si media la vaguedad conceptual. Más aún, la investigación científica emplea, en medida creciente, capítulos no numéricos y no métricos de la matemática, tales como la topología, la teoría de los grupos, o el álgebra de las clases, que no son ciencias del número y la figura, sino de la relación.
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    22 6- El conocimientocientífico es comunicable: no es inefable sino expre-sable, no es privado sino público. El lenguaje científico comunica información a quienquiera haya sido adiestrado para entenderlo. Hay, ciertamente, sentimientos oscuros y nociones difusas, incluso en el desarrollo de la ciencia (aunque no en la presentación final del trabajo científico); pero es preciso aclararlos antes de poder estimar su adecuación. Lo que es inefable puede ser propio de la poesía o de la música, no de la ciencia, cuyo lenguaje es informativo y no expresivo o imperativo La inefabilidad misma es, en cambio, tema de investigación científica, sea psicológica o lingüística. La comunicabilidad es posible gracias a la precisión; y es a su vez una condición necesaria para la verificación de los datos empíricos y de las hipótesis científicas. Aun cuando, por “razones” comerciales o políticas, se mantengan en secreto durante algún tiempo unos trozos del saber, deben ser comunicables en principio para que puedan ser considerados científicos 7- El conocimiento científico es verificable: debe aprobar el examen de la experiencia. A fin de explicar un conjunto de fenómenos, el científico inventa conjeturas fundadas de alguna manera en el saber adquirido. Sus suposiciones pueden ser cautas o audaces simples o complejas; en todo caso deben ser puestas a prueba. El test de las hipótesis fácticas es empírico, esto es, observacional o experimental. . La prescripción de que las hipótesis científicas deben ser capaces de aprobar el examen de la experiencia es una de las reglas del método científico; la aplicación de esta regla depende del tipo de objeto del tipo de la hipótesis en cuestión y de los medios disponibles. Por esto se necesita una multitud de técnicas de verificación empírica. La verificabilidad hace a la esencia del conocimiento científico; si así no fuera, no podría decirse que los científicos procuran alcanzar conocimiento objetivo. 8- La investigación científica es metódica: no es errática sino paneada. los investigadores no tantean en la oscuridad: saben lo que buscan y cómo encontrarlo. El planeamiento de la investigación no excluye el azar; sólo que, a hacer un lugar a los acontecimientos imprevistos es posible aprovechar la interferencia del azar y la novedad inesperada. Más aún a veces el investigador produce el azar deliberadamente. Por ejemplo, para asegurar la uniformidad de una muestra, y para impedir una preferencia inconsciente en la elección de sus miembros, a menudo se emplea la técnica de la casualización, en que la decisión acerca de los individuos que han de formar parte de ciertos grupos se deja librada aa una moneda o a algún otro dispositivo. De esta manera, el investigador pone el azar al servicio de orden: en lo cual no hay paradoja, porque el acaso opera al nivel de los individuos, al par que el orden opera en el grupo con totalidad. La ciencia fáctica emplea el método experimental concebido en un sentido amplio. Este método consiste en el test empírico de conclusiones particulares extraídas de hipótesis generales (tales como “los gases se dilatan cuando se los calienta” o “los hombres se rebelan cuando se los oprime”). Este tipo de verificación requiere la manipulación de la observación y el registro de fenómenos; requiere también el control de las variables o factores relevantes; siempre que fuera posible debiera incluir la producción artificial deliberada de los fenómenos en cuestión, y en todos los casos exige el análisis y crudos son inútiles y no son dignos de confianza; es preciso elaborarlos, organizarlos y confrontarlos con las conclusiones teóricas. El método científico no provee recetas infalibles para encontrar la verdad: sólo contiene un conjunto de prescripciones falibles (perfectibles) para el planeamiento de observaciones y experimentos, para la interpretación de sus resultados, y para el planteo mismo de los problemas. 9- El conocimiento científico es sistemático: una ciencia no es un agregado de informaciones inconexas, sino un sistema de ideas conectadas lógicamente entre sí. Todo sistema de ideas caracterizado por cierto conjunto básico (pero refutable) de hipótesis peculiares, y que procura adecuarse a una clase de hechos, es una teoría. Todo capítulo de una ciencia especial contiene teorías o sistemas de ideas que están relacionadas lógicamente entre sí, esto es, que están ordenadas mediante la relación “implica”. Esta conexión entre las ideas puede calificarse de orgánica, en el sentido de que la sustitución de cualquiera de las hipótesis básicas produce un cambio radical en la teoría o grupo de teorías. El carácter matemático del conocimiento científico —esto es, el hecho de que es fundado, ordenado y coherente— es lo que lo hace racional. La racionalidad permite que el progreso científico se efectúe no sólo por la acumulación gradual de resultados, sino también por revoluciones. Las revoluciones científicas no son descubrimientos de nuevos hechos aislados, ni son perfeccionamientos en la exactitud de las observaciones sino que consisten en la sustitución de hipótesis de gran alcance (principios) por nuevos axiomas, y en el reemplazo de teorías enteras por otros sistemas teóricos. Sin embargo, semejantes revoluciones son a menudo provocadas por el descubrimiento de nuevos hechos de los que no dan cuenta las teorías anteriores, aunque a veces se encuentran en el proceso de comprobación de dichas teorías; y las nuevas teorías se torna verificables en muchos casos, merced a la invención de nuevas técnicas de medición, de mayor precisión. 10- El conocimiento científico es general: ubica los hechos singulares en pautas generales, los enunciados particulares en esquemas amplios. El científico se ocupa del hecho singular en la medida en que éste es miembro de una clase o caso de una ley; más aún, presupone que todo hecho es clasificable y legal. No es que la ciencia ignore la cosa individual o el hecho irrepetible; lo que ignora es el hecho aislado. Por esto la ciencia no se sirve de los datos empíricos — que siempre son singulares— como tales; éstos son mudos mientras no se los manipula y convierte en piezas de estructuras teóricas. 11- El conocimiento científico es legal: busca leyes (de la naturaleza y de la cultura) y las aplica. El conocimiento científico inserta los hechos singulares en pautas generales llamadas “leyes naturales” o “leyes sociales”. Tras el desorden
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    23 y la fluidezde las apariencias, la ciencia fáctica descubre las pautas regulares de la estructura y del proceso del ser y del devenir. En la medida en que la ciencia es legal, es esencialista: intenta legar a la raíz de las cosas. Encuentra la esencia en las variables relevantes y en las relaciones invariantes entre ellas. Hay leyes de hechos y leyes mediante las cuales se pueden explicar otras leyes. El principio de Arquímedes pertenece a la primera clase; pero a su vez puede deducirse de los principios generales de la mecánica; por consiguiente, ha dejado de ser un principio independiente, y ahora es un teorema deducible de hipótesis de nivel más elevado. Las leyes de la física proveen la base de las leyes de las combinaciones químicas; las leyes de la fisiología explican ciertos fenómenos psíquicos; y las leyes de la economía pertenecen a los fundamentos de la sociología. Es decir, los enunciados de las leyes se organizan en una estructura de niveles. 12- La ciencia es explicativa: intenta explicar los hechos en términos de leyes, y las leyes en términos de principios. los científicos no se conforman con descripciones detalladas; además de inquirir cómo son las cosas, procuran responder al por qué: por qué ocurren los hechos como ocurren y no de otra manera. La ciencia deduce proposiciones relativas a hechos singulares a partir de leyes generales, y deduce las leyes a partir de enunciados nomológicos aún más generales (principios). Por ejemplo, las leyes de Kepler explicaban una colección de hechos observados del movimiento planetario; y Newton explicó esas leyes deduciéndolas de principios generales explicación que permitió a otros astrónomos dar cuenta de las irregularidades de las órbitas de los planetas que eran desconocidas para Kepler. Solía creerse que explicar es señalar la causa, pero en la actualidad se reconoce que la explicación causal no es sino un tipo de explicación científica. La explicación científica se efectúa siempre en términos de leyes, y las leyes causales no son sino una subclase de las leyes científicas. Hay diversos tipos de leyes científicas y, por consiguiente, hay una variedad de tipos de explicación científica: morfológicas, cinemáticas, dinámicas, de composición, de conservación, de asociación, de tendencias globales, dialécticas, teleológicas, etc. La historia de la ciencia enseña que las explicaciones científicas se corrigen o descartan sin cesar. 13- El conocimiento científico es predictivo: Trasciende la masa de los hechos de experiencia, imaginando cómo puede haber sido el pasado y cómo podrá ser el futuro. La predicción es, en primer lugar, una manera eficaz de poner a prueba las hipótesis; pero también es la clave del control y aún de la modificación del curso de los acontecimientos. La predicción científica en contraste con la profecía se funda sobre leyes y sobre informaciones específicas fidedignas, relativas al estado de cosas actual o pasado. No es del tipo “ocurrirá E”, sino más bien de este otro: “ocurrirá E1 siempre que suceda C1 pues siempre que sucede C es seguido por o está asociado con E”. C y E designan clases de sucesos en tanto que C1 y E1 denotan los hechos específicos que se predicen sobre la base del o los enunciados que conectan a C con E en general. La predicción científica se caracteriza por su perfectibilidad antes que por su certeza. 14- La ciencia es abierta: no reconoce barreras a priori que limiten el conocimiento. Si un conocimiento fáctico no es refutable en principio, entonces no pertenece a la ciencia sino a algún otro campo. Las nociones acerca de nuestro medio, natural o social, o acerca del yo, no son finales: están todas en movimiento, todas son falibles. Siempre es concebible que pueda surgir una nueva situación (nuevas informaciones o nuevos trabajos teóricos) en que nuestras ideas, por firmemente establecidas que parezcan, resulten inadecuadas en algún sentido. La ciencia carece de axiomas evidentes: incluso los principios más generales y seguros son postulados que pueden ser corregidos o reemplazados. A consecuencia del carácter hipotético de los enunciados de leyes, y de la naturaleza perfectible de los datos empíricos la ciencia no es un sistema dogmático y cerrado sino controvertido y abierto. O, más bien, la ciencia es abierta como sistema porque es falible y por consiguiente capaz de progresar. En cambio, puede argüirse que la ciencia es metodológi-camente cerrada no en el sentido de que las reglas del método científico sean finales sino en el sentido de que es autocorrectiva: el requisito de la verificabilidad de las hipótesis científicas basta para asegurar el progreso científico. Tan pronto como ha sido establecida una teoría científica, corre el peligro de ser refutada o, al menos, de que se circunscriba su dominio. 15- La ciencia es útil: porque busca la verdad, la ciencia es eficaz en la provisión de herramientas para el bien y para el mal. El conocimiento ordinario se ocupa usualmente de lograr resultados capaces de ser aplicados en forma inmediata; con ello no es suficientemente verdadero, con lo cual no puede ser suficientemente eficaz. Cuando se dispone de un conocimiento adecuado de las cosas es posible manipularlas con éxito. La utilidad de la ciencia es una consecuencia de su objetividad; sin proponerse necesariamente alcanzar resultados aplicables, la investigación los provee a la corta o a la larga. La sociedad moderna paga la investigación porque ha aprendido que la investigación rinde. Por este motivo, es redundante exhortar a los científicos a que produzcan conocimientos aplicables: no pueden dejar de hacerlo. Es cosa de los técnicos emplear el conocimiento científico con fines prácticos, y los políticos son los responsables de que la ciencia y la tecnología se empleen en beneficio de la humanidad. Los científicos pueden a lo sumo, aconsejar acerca de cómo puede hacerse uso racional, eficaz y bueno de la ciencia.
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    24 Pero la tecnologíaes más que ciencia aplicada: en primer lugar porque tiene sus propios procedimientos de investigación, adaptados a circunstancias concretas que distan de los casos puros que estudia la ciencia. En segundo lugar, porque toda rama de la tecnología contiene un cúmulo de reglas empíricas descubiertas antes que los principios científicos en los que —si dichas reglas se confirman— terminan por ser absorbidas. La tecnología no es meramente el resultado de aplicar el conocimiento científico existente a los casos prácticos: la tecnología viva es esencialmente, el enfoque científico de los problemas prácticos, es decir, el tratamiento de estos problemas sobre un fondo de conocimiento científico y con ayuda del método científico. Por eso la tecnología, sea de las cosas nuevas o de los hombres, es fuente de conocimientos nuevos. La conexión de la ciencia con la tecnología no es por consiguiente asimétrica. Todo avance tecnológico plantea problemas científicos cuya solución puede consistir en la invención de nuevas teorías o de nuevas técnicas de investigación que conduzcan a un conocimiento más adecuado y a un mejor dominio del asunto. La ciencia y la tecnología constituyen un ciclo de sistemas interactuantes que se alimentan el uno al otro. DEFINICIÓN DEL CAMPO DE INVESTIGACIÓN DE LA CIENCIA EMPÍRICA MARIO BUNGE
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    25 La tensión corporalque produce la actividad sexual causa en algunas personas una amnesia global transitoria que puede durar varias horas según un estudio de la Johns Hopkins University La ciencia es valiosa como herramienta para domar la naturaleza y remodelar la sociedad; es valiosa en sí misma, como clave para la inteligencia del mundo y del yo; y es eficaz en el enriquecimiento, la disciplina y la liberación de nuestra mente. Según una investigación de la Escuela Médica de Harvard en EEUU, exponerse a la iluminación artificial antes de ir a la cama reduce la producción de melatonina. Si la luz se mantiene por la noche, el nivel de esta hormona, que regula los ciclos de sueño y vigilia baja hasta en un 50%. Se trata por tanto de un hábito nocivo, también puede afectar al control de la temperatura corporal, a la presión sanguínea y a los niveles de glucosa Actividades de aprendizaje - 3 a. EXPLIQUE LAS SIGUIENTES AFIRMACIONES:  los diversos sistemas de lógica formal y los diferentes capítulos de la matemática pura— son racionales, sistemáticos y verificables, pero no son objetivos… _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________  En ciencias fácticas, únicamente después que haya pasado las pruebas de la verificación empírica podrá considerarse que un enunciado es adecuado a su objeto, o sea que es verdadero, y aún así hasta nueva orden. Por eso es que el conocimiento fáctico verificable se llama a menudo ciencia empírica. _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________
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    269 10 11 12 13 14 15 • . •______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________________ •______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________________ •______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________________ •______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________  Losrasgos esenciales del tipo de conocimiento que alcanzan las ciencias de la naturaleza y de la sociedad son la racionalidad y la objetividad. _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________ b. Mencione las principales características de la ciencia fáctica y a continuación explique CUATRO de ellas. 1 2 3 4 5 6 7 • . 8 • . • .
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    27 Cada 10 segundosnacen 43 niños en el mundo INFORME ESCRITO, LECTURA Y DEBATE LO MÁS PRECIADOCAP. 1 “THE DEMON . HAUNTED WORLD “. CARL SAGAN Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba? No, no me molestaba. Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos... que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín... Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez. —La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más sencilla. En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana. Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior. Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igualmente excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío intelectual mayor... además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro millones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las defensas del organismo del anfitrión y subvierten la maquinaria reproductora de las células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia. El señor «Buckiey» —que sabía hablar, era inteligente y curioso— no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la sociedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y confusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia. Hay cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlántico. (O en otra parte. Un libro reciente lo ubica en la Antártida.). La historia viene de Platón, que lo citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la civilización legendaria de ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la «ciencia» de los cristales. En una trilogía titulada La ilustración del cristal, de Katrina Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la mente, transmiten pensamientos, son depositarios de la historia antigua y modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una prueba que fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del cristal tras el reciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el núcleo interno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único, inmenso, casi perfecto... de hierro.) Algunos libros —Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitaliano, por ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas originales de la Atlántida en términos de una pequeña isla en el Mediterráneo que fue destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó dentro del golfo de Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un continente en el que había surgido una civilización técnica y mística preternaturalmente avanzada hay una gran distancia. Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas, escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de placas y del trazado del fondo del océano, que muestra de modo inconfundible que no pudo haber ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a la propuesta. Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El escepticismo no vende. Es cien, mil veces más probable que una persona brillante y curiosa que confíe enteramente en la cultura popular para informarse de algo como la Atlántida se encuentre con una fábula tratada sin sentido crítico que con una valoración sobria y equilibrada. Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escéptico con lo que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles y accesibles decían que era la verdad. Por su ingenuidad, se veía confundido y embaucado sistemáticamente. La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficientes de la ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cualquier afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados. En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas inteligentes, incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son «analfabetos científicos». Es exactamente la misma fracción de afroamericanos analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se
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    28 aplicaban severos castigosa quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es extremadamente grave. Todas las generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles educativos. Uno de los textos más antiguos de la historia humana, datado en Sumeria hace unos cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes sean más ignorantes que la generación inmediatamente precedente. Hace dos mil cuatrocientos años, el anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de Las leyes, dio su definición de analfabetismo científico: El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los pares y los impares, o el que no supiera nada de contar, o quien no fuera capaz de medir el día y la noche o careciera de experiencia acerca de las revoluciones de la Luna o del Sol o de los demás astros... Lo que hay que decir que es menester que aprendan los hombres libres en cada materia es todo aquello que aprende en Egipto junto con las letras la innumerable grey de los niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos sencillos procedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto... Yo... cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en relación con ello, me quedé muy impresionado, y entonces me pareció que aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos. No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las matemáticas contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestra época que en cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tecnología. Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta calidad, los productos que la gente quiere comprar, las industrias seguirán desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del mundo. Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por la fisión y fusión nucleares, las supercomputadoras, las «autopistas» de datos, el aborto, el radón, las reducciones masivas de armas estratégicas, la adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la televisión de alta resolución, la seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos, los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los derechos de los animales, la superconductividad, las píldoras del día siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente hereditarias, las estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de remedios para el sida y el cáncer... ¿Cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar decisiones inteligentes en nuestras propias vidas— si no podemos captar los temas subyacentes? En el momento de escribir estas páginas, el Congreso está tratando la disolución de su departamento de valoración tecnológica, la única organización con la tarea específica de asesorar a la Casa Blanca y al Senado sobre ciencia y tecnología. Su competencia e integridad a lo largo de los años ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco miembros del Congreso de Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo XX, sólo el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significativos. El último presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson. Aunque puede afirmarse lo mismo de Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter. Gran Bretaña tuvo una primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química, en parte bajo la tutela de la premio Nobel Dorothy Hodgkins, fueron la clave de la fuerte defensa por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC reductor del ozono. ¿Cómo deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instruyen a sus representantes? ¿Quién toma en realidad estas decisiones, y sobre qué base? Hipócrates de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda 2500 años después por el Juramento de Hipócrates (del que existe una forma modificada que los estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian). Pero, principalmente, se le recuerda por sus esfuerzos por retirar el manto de superstición de la medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje típico, Hipócrates escribió: «Los hombres creen que la epilepsia es divina, meramente porque no la pueden entender. Pero si llamasen divino a todo lo que no pueden entender, habría una infinidad de cosas divinas.» En lugar de reconocer que somos ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir cosas como que el universo está impregnado de lo inefable. Se asigna la responsabilidad de lo que todavía no entendemos a un Dios de lo ignorado. A medida que fue avanzando el conocimiento de la medicina a partir del siglo IV, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que teníamos que atribuir a la intervención divina: tanto en las causas como en el tratamiento de la enfermedad. La muerte en el parto y la
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    29 mortalidad infantil handisminuido, el tiempo de vida ha aumentado y la medicina ha mejorado la calidad de vida de millones de personas en todo el planeta. En el diagnóstico de la enfermedad, Hipócrates introdujo elementos del método científico. Exhortaba a la observación atenta y meticulosa: «No dejéis nada a la suerte. Controladlo todo. Combinad observaciones contradictorias. Concedeos el tiempo suficiente.» Antes de la invención del termómetro, hizo gráficas de las curvas de temperatura de muchas enfermedades. Recomendó a los médicos que, a partir de los síntomas del momento, intentaran predecir el pasado y el probable curso futuro de cada enfermedad. Daba gran importancia a la honestidad. Estaba dispuesto a admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba ningún recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus pacientes habían muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran principalmente laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la cirugía y la cauterización. En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables hasta la caída de Roma. Mientras en el mundo islámico florecía la medicina, en Europa se entró realmente en una edad oscura. Se perdió la mayor parte del conocimiento de anatomía y cirugía. Abundaba la confianza en la oración y las curaciones milagrosas. Desaparecieron los médicos seculares. Se usaban ampliamente cánticos, pociones, horóscopos y amuletos. Se restringieron o ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que impedía que los que practicaban la medicina adquirieran conocimiento de primera mano del cuerpo humano. La investigación médica llegó a un punto muerto. Era muy parecido a lo que el historiador Edward Gibbon describió para todo el Imperio oriental, cuya capital era Constantinopla: En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubrimiento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes discípulos se convirtieron en su momento en los maestros dogmáticos de la siguiente generación servil. La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuardo de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo XVII se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejores cuidados médicos que se podían comprar con dinero. Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progresivamente y se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióticos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que tenía la heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo XVII. La viruela ha desaparecido del mundo. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumentando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tierra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles de años. Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles antibióticos.) Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: Pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el aparato de CD, los secadores del pelo y los coches rápidos. En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la expectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870. Llegó a cincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incremento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transición humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología
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    30 médica. La longevidadquizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida. Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación básica. Si queremos que el mundo escape de las temibles consecuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el planeta a finales del siglo XXI, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar alimentos, con el consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fertilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología? Sé que la ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que vierten dones al mundo. Los científicos no sólo concibieron las armas nucleares; también agarraron a los líderes políticos por las solapas para que entendieran que su nación —cualquiera que ésta fuera— tenía que ser la primera en tenerlas. Luego fabricaron más de sesenta mil. Durante la guerra fría, los científicos de Estados Unidos, la Unión Soviética, China y otras naciones estaban dispuestos a exponer a sus compatriotas a la radiación —en la mayoría de los casos sin su conocimiento— con el fin de prepararse para la guerra nuclear. Los médicos de Tuskegee, Alabama, engañaron a un grupo de veteranos que creían recibir tratamiento médico para la sífilis, cuando en realidad servían de grupo de control sin tratamiento. Son conocidas las atrocidades perpetradas por los médicos nazis. Nuestra tecnología ha producido la talidomida, el CFC, el agente naranja, el gas nervioso, la contaminación del aire y el agua, la extinción de especies e industrias tan poderosas que pueden arruinar el clima del planeta. Aproximadamente, la mitad de los científicos de la Tierra trabajan al menos a tiempo parcial para los militares. Aunque todavía se ve a algunos científicos como personas independientes que critican con valentía los males de la sociedad y advierten con antelación de las potenciales catástrofes tecnológicas, también se considera que muchos de ellos son oportunistas acomodaticios o complacientes originadores de beneficios corporativos y armas de destrucción masiva, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Los peligros tecnológicos que plantea la ciencia, su desafío implícito al saber tradicional y la dificultad que se percibe en ella son razones para que alguna gente desconfíe de la ciencia y la evite. Hay una razón por la que la gente se pone nerviosa ante la ciencia y la tecnología. De modo que el mundo vive obcecado con la imagen del científico loco: desde los chiflados de bata blanca de los programas infantiles del sábado por la mañana y la plétora de tratos faustianos de la cultura popular, desde el epónimo doctor Fausto en persona al Dr. Frankenstein, Dr. Strangelove y Jurassic Park. Pero no nos podemos limitar a concluir que la ciencia pone demasiado poder en manos de tecnólogos moralmente débiles o políticos corruptos enloquecidos por el poder y decidir, en consecuencia, prescindir de ella. Los avances en medicina y agricultura han salvado muchas más vidas que las que se han perdido en todas las guerras de la historia. Recientemente, en una cena, pregunté a los comensales reunidos —cuya edad calculo que iba de los treinta a los sesenta— cuántos de ellos estarían vivos si no hubieran existido los antibióticos, marcapasos y el resto de la parafernalia de la medicina moderna. Sólo uno levantó la mano. No era yo. Los avances en transportes, comunicación y espectáculos han transformado y unificado el mundo. En las encuestas de opinión, la ciencia queda clasificada siempre entre las ocupaciones más admiradas y fiables, a pesar de los recelos. La espada de la ciencia es de doble filo. Su temible poder nos impone a todos, incluidos los políticos, pero desde luego especialmente a los científicos, una nueva responsabilidad: más atención a las consecuencias a largo plazo de la tecnología, una perspectiva global y transgeneracional y un incentivo para evitar las llamadas fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. El coste de los errores empieza a ser demasiado alto. ¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna importancia? ... donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio, Thomas Gray. Pero ¿es así? Edmund Way Teale, en su libro de 1950 Círculo de las estaciones, planteó mejor el dilema: Moralmente es tan malo no querer saber si algo es verdad o no, siempre que permita sentirse bien, como lo es no querer saber cómo se gana el dinero siempre que se consiga. Por ejemplo, es descorazonador descubrir la corrupción y la incompetencia del gobierno, pero ¿es mejor no saber nada de ello? ¿A qué intereses sirve la ignorancia? Si los humanos tenemos, por ejemplo, una propensión hereditaria al odio a los forasteros, ¿no es el autoconocimiento el único antídoto? Si ansiamos creer que las estrellas salen y se ponen para nosotros, que somos la razón por la que hay un universo, ¿es negativo el servicio que nos presta la ciencia para rebajar nuestras expectativas? En La genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes y después, critica el «progreso ininterrumpido en la autodesvalorización del hombre» causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida de la «creencia del hombre en su dignidad, su unicidad, su insustituibilidad en el esquema de la existencia». Para mí es mucho mejor captar el universo como es en realidad que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y reconfortante que sea. ¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para sobrevivir a largo plazo? ¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro futuro?
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    31 Y si nuestraingenua autoconfianza queda un poco socavada en el proceso… ¿Es tan grande la pérdida, en realidad? ¿No hay motivo para darle la bienvenida como una experiencia que hace madurar e imprime carácter? Descubrir que el universo tiene de ocho mil a quince mil millones de años y no de seis mil a doce mil «Ninguna persona religiosa lo cree», escribe uno de los consultores de este libro. Pero muchos «científicos creacionistas» no sólo lo creen, sino que realizan esfuerzos cada vez más agresivos y exitosos para que se enseñe en las escuelas, museos, zoológicos y libros de texto. ¿Por qué? Porque sumando las «genealogías», las edades de los patriarcas y otros en la Biblia, se alcanza esta cifra, y la Biblia es «inequívoca». mejora nuestra apreciación de su alcance y grandeza; mantener la idea de que somos una disposición particularmente compleja de átomos y no una especie de hálito de divinidad, aumenta cuando menos nuestro respeto por los átomos; descubrir, como ahora parece posible, que nuestro planeta es uno de los miles de millones de otros mundos en la galaxia de la Vía Láctea y que nuestra galaxia es una entre miles de millones más, agranda majestuosamente el campo de lo posible; encontrar que nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos nos vincula al resto de seres vivos y da pie a importantes reflexiones —aunque a veces lamentables— sobre la naturaleza humana. Sencillamente, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a la ciencia. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho. Cuando finalmente lo aceptemos y reconozcamos plenamente su belleza y poder, nos encontraremos con que, tanto en asuntos espirituales como prácticos; salimos ganando. Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el camino para distraer a todos los «Buckiey» que hay entre nosotros, proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar la experiencia, convirtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de víctimas de la credulidad. Sí, el mundo sería más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir acertadamente el futuro con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad y nuestro conocimiento del mundo. Todo eso son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos y descubrimientos de la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo porque se basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en otra dirección. Están infestados de credulidad. Con la cooperación desinformada (y a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores, radio, televisión, productores de cine y similares, esas ideas se encuentran fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encontrar, como pude constatar en mi encuentro con el señor «Buckiey», son los descubrimientos alternativos más desafiantes e incluso más asombrosos de la ciencia. La pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor disposición a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad que no permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad. Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creencias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga de escepticismo. La pseudociencia colma necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes personales que nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dioses). En algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de las enfermedades, la promesa de que la muerte no es el fin. Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vinculados, al universo. Aunque para mí es difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el espacio y hace miles de millones de años en el tiempo. Somos, como me gusta decir, materia estelar. A veces es una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas desconfían. En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo. Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas. El pez encantado o el genio de la lámpara nos concederán tres deseos: lo que queramos, excepto más deseos. ¿Quién no ha pensado —sólo por si acaso, sólo por si nos encontramos o rozamos accidentalmente una vieja lámpara de hierro—qué pediría? Recuerdo que en las tiras de cómic y libros de mi infancia salía un mago con sombrero y bigote que blandía un bastón de ébano. Se llamaba Zatara. Era capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba sus órdenes al revés. O sea, si quería un millón de dólares, decía «seralód ed nóllim, nú emad». Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero con resultados mucho más seguros. A los ocho años dediqué mucho tiempo a experimentar de esta guisa, dando órdenes a las piedras para que se elevasen: «etavéle, ardeip». Nunca funcionó. Decidí que era culpa de mi pronunciación. Podría afirmarse que se abraza la pseudociencia en la misma proporción que se comprende mal la ciencia real... sólo que aquí acaba la comparación. Si uno nunca ha oído hablar de ciencia (por no hablar de su funcionamiento), difícilmente será consciente de estar abrazando la pseudociencia. Simplemente, estará pensando de una de las maneras que han pensado siempre los humanos.
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    32 Las religiones suelenser los viveros de protección estatal de la pseudociencia, aunque no hay razón para que tengan que representar este papel. En cierto modo es un dispositivo procedente de tiempos ya pasados. En algunos países, casi todo el mundo cree en la astrología y la adivinación, incluyendo los líderes gubernamentales. Pero eso no se les ha inculcado sólo a través de la religión; deriva de la cultura que los rodea, en la que todo el mundo se siente cómodo con estas prácticas y se encuentran testimonios que lo afirman en todas partes. La mayoría de los casos a los que me refiero en este libro son norteamericanos... porque son los que conozco mejor, no porque la pseudociencia y el misticismo tengan mayor incidencia en Estados Unidos que en otra parte. Uri Geller, doblador de cucharas y psíquico que se comunica con extraterrestres, saluda desde Israel. A medida que crecen las tensiones entre los secularistas argelinos y los fundamentalistas musulmanes aumenta el número de gente que consulta discretamente a los diez mil adivinos y clarividentes (de los que cerca de la mitad operan con licencia del gobierno). Altos cargos franceses, incluido un antiguo presidente de la República, ordenaron la inversión de millones de dólares en una patraña (el escándalo Elf- Aquitaine) para encontrar nuevas reservas de petróleo desde el aire. En Alemania hay preocupación por los «rayos de la Tierra» carcinógenos que la ciencia no detecta; sólo pueden ser captados por experimentados zahories blandiendo sus palos ahorquillados. En las Filipinas florece la «cirugía psíquica». Los fantasmas son una obsesión nacional en Gran Bretaña. Desde la segunda guerra mundial, en Japón han aparecido una enorme cantidad de nuevas religiones que prometen lo sobrenatural. El número estimado de adivinos que prosperan en el Japón es de cien mil, con una clientela mayoritaria de mujeres jóvenes. Aum Shirikyo, una secta que se supone implicada en la fuga de gas nervioso sarín en el metro de Tokyo en marzo de 1995, cuenta entre sus principales dogmas con la levitación, la curación por la fe y la percepción extrasensorial (PES). Los seguidores bebían, a un alto precio, el agua del «estanque milagroso»... del baño de Asahara, su líder. En Tailandia se tratan enfermedades con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas. Todavía hoy se queman «brujas» en Sudáfrica. Las fuerzas australianas que mantienen la paz en Haití rescatan a una mujer atada a un árbol; está acusada de volar de tejado en tejado y chupar la sangre a los niños. En la India abunda la astrología, la geomancia está muy extendida en China. Quizá la pseudociencia global reciente de más éxito —-según muchos criterios, ya una religión— es la doctrina hindú de la meditación trascendental (MT). Las soporíferas homilías de su fundador y líder espiritual, el Maharishi Mahesh Yogi, se pueden seguir por televisión. Sentado en posición de yogui, con sus cabellos blancos veteados de negro, rodeado de guirnaldas y ofrendas florales, su aspecto es imponente. Un día, cambiando de canales, nos encontramos con esta cara. «¿Sabéis quién es?», preguntó nuestro hijo de cuatro años. «Dios.» La organización mundial de MT tiene una valoración estimada de tres mil millones de dólares. Previo pago de una tasa, prometen que a través de la meditación pueden hacer que uno atraviese paredes, se vuelva invisible y vuele. Pensando al unísono, según dicen, han reducido el índice de delitos en Washington, D.C. y han provocado el colapso de la Unión Soviética, entre otros milagros seculares. No se ha ofrecido la más mínima prueba real de tales afirmaciones. MT vende medicina popular, dirige compañías comerciales, clínicas médicas y universidades de «investigación», y ha hecho una incursión sin éxito en la política. Con su líder de extraño carisma, su promesa de comunidad y el ofrecimiento de poderes mágicos a cambio de dinero y una fe ferviente, es el paradigma de muchas pseudociencias comercializadas para la exportación sacerdotal. Cada vez que se renuncia a los controles civiles y a la educación científica se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia. Liev Trotski lo describió refiriéndose a Alemania en vísperas de la toma del poder por parte de Hitler (pero la descripción podría haberse aplicado igualmente a la Unión Soviética de 1933): No sólo en las casas de los campesinos, sino también en los rascacielos de la ciudad, junto al siglo XX convive el XIII. Cien millones de personas usan la electricidad y creen todavía en los poderes mágicos de los signos y exorcismos... Las estrellas de cine acuden a médiums. Los aviadores que pilotan milagrosos mecanismos creados por el genio del hombre llevan amuletos en la chaqueta. ¡Qué inagotable reserva de oscuridad, ignorancia y salvajismo poseen! Rusia es un caso instructivo. En la época de los zares se estimulaba la superstición religiosa, pero se suprimió sin contemplaciones el pensamiento científico y escéptico, sólo permitido a unos cuantos científicos adiestrados. Con el comunismo se suprimieron sistemáticamente la religión y la pseudociencia... excepto la superstición de la religión ideológica estatal. Se presentaba como científica, pero estaba tan lejos de este ideal como el culto misterioso menos provisto de autocrítica. Se consideraba un peligro el pensamiento crítico—excepto por parte de los científicos en compartimentos de conocimiento herméticamente aislados—, no se enseñaba en las escuelas y se castigaba cuando alguien lo expresaba. Como resultado, con el poscomunismo, muchos rusos contemplan la ciencia con sospecha. Al levantar la tapa, como ocurrió con los virulentos odios étnicos, salió a la superficie lo que hasta entonces había estado hirviendo por debajo de ella. Ahora toda la zona está inundada de ovnis, poltergeist, sanadores, curanderos, aguas mágicas y antiguas supersticiones. Un asombroso declive de la expectativa de vida, el aumento de la mortalidad infantil, las violentas epidemias de enfermedades, las condiciones sanitarias por debajo del mínimo y la ignorancia de la medicina preventiva se unen para elevar el umbral a partir del cual se dispara el escepticismo de una población cada vez más desesperada. En el momento de escribir estas líneas, el miembro más popular y más votado de la Duma, un importante defensor del ultranacionalista Vladimir Zhirinovski, es un tal Anatoli Kashprirovski: un curandero que, a distancia, con la luz deslumbrante de su rostro en la pantalla del televisor, cura enfermedades que van desde una hernia hasta el sida. Su cara pone en funcionamiento relojes estropeados. Existe una situación más o menos análoga en China. Después de la muerte de Mao Zedong y la gradual emergencia de una economía de mercado, aparecieron los ovnis, la canalización y otros ejemplos de pseudociencia Occidental, junto con prácticas chinas tan antiguas como la adoración de los ancestros, la astrología y las adivinaciones, especialmente la versión que consiste en arrojar unas ramitas de milenrama y examinar los viejos hexagramas del I Ching. El periódico del gobierno lamentaba que «la superstición de la ideología feudal cobre nueva vida en nuestro país». Era (y sigue siendo) un mal principalmente rural, no urbano.
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    33 Los individuos con«poderes especiales» atraían a gran número de seguidores. Según decían, podían proyectar Qi, el «campo de energía del universo», desde su cuerpo para cambiar la estructura molecular de un producto químico a dos mil kilómetros de distancia, comunicarse con extraterrestres, curar enfermedades. Algunos pacientes murieron bajo los cuidados de uno de esos «maestros de Qi Gong», que fue arrestado y condenado en 1993. Wang Hong-cheng, un aficionado a la química, afirmaba haber sintetizado un líquido que, si se añadía al agua en pequeñas cantidades, la convertía en gasolina o un equivalente. Durante un tiempo recibió fondos del ejército y la policía secreta pero, cuando se constató que su invento era una patraña, fue arrestado y encarcelado. Naturalmente, se propagó la historia de que su desgracia no era producto del fraude sino de su negativa a revelar la «fórmula secreta» al gobierno. (En Norteamérica han circulado historias similares durante décadas, normalmente con la sustitución del papel del gobierno por el de una compañía petrolera o automovilística importante.) Se está llevando a los rinocerontes asiáticos a la extinción porque dicen que sus cuernos, pulverizados, previenen la impotencia; el mercado abarca todo el este de Asia. El gobierno de China y el Partido Comunista chino estaban alarmados por estas tendencias. El 5 de diciembre de 1994 emitieron una declaración conjunta que decía, entre otras cosas: Se ha debilitado la educación pública en temas científicos en años recientes. Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de superstición e ignorancia y se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y pseudociencia. En consecuencia, se deben aplicar medidas eficaces lo antes posible para fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de educación pública en ciencia y tecnología es una señal importante del logro científico nacional. Es un asunto de la mayor importancia en el desarrollo económico, avance científico y progreso de la sociedad. Debemos prestar atención y potenciar esta educación pública como parte de la estrategia de modernización de nuestro país socialista para conseguir una nación poderosa y próspera. La ignorancia, como la pobreza, nunca es socialista. Así pues, la pseudociencia en Estados Unidos es parte de una tendencia global. Sus causas, peligros, diagnóstico y tratamiento son iguales en todas partes. Aquí, los psíquicos venden sus servicios en largos anuncios de televisión con el respaldo personal de los presentadores. Tienen su canal propio, el Psychic Friends Network, con un millón de abonados anuales que lo usan como guía en su vida cotidiana. Hay una especie de astrólogoadivino- psíquico dispuesto a aconsejar a altos ejecutivos de grandes corporaciones, analistas financieros, abogados y banqueros sobre cualquier tema. «Si la gente supiera cuántas personas, especialmente entre los más ricos y poderosos, van a los psíquicos, se quedaría con la boca abierta para siempre», dice un psíquico de Cleveland, Ohio. Tradicionalmente, la realeza ha sido vulnerable a los fraudes psíquicos. En la antigua China y en Roma la astrología era propiedad exclusiva del emperador; cualquier uso privado de este poderoso arte se consideraba una ofensa capital. Procedentes de una cultura del sur de California particularmente crédula, Nancy y Ronald Reagan consultaban a un astrólogo para temas privados y públicos, sin que los votantes tuvieran conocimiento de ello. Parte del proceso de toma de decisiones que influyen en el futuro de nuestra civilización está sencillamente en manos de charlatanes. De todas formas, la práctica es relativamente baja en América; su extensión es mundial. Por divertida que pueda parecer la pseudociencia, por mucho que confiemos en que nunca seremos tan crédulos como para que nos afecte una doctrina así, sabemos que está ocurriendo a nuestro alrededor. La Meditación Trascendental y Aum Shin-rikyo parecen haber atraído a gran número de personas competentes, algunas con títulos avanzados de física o ingeniería. No son doctrinas para mentecatos. Hay algo más. Más aún, nadie que esté interesado en lo que son las religiones y cómo empiezan puede ignorarlas. Aunque parece que se alzan amplias barreras entre una opinión local pseudocientífica y algo así como una religión mundial, los tabiques de separación son muy delgados. El mundo nos presenta problemas casi insuperables. Se ofrece una amplia variedad de soluciones, algunas de visión mundial muy limitada, otras de un alcance portentoso. En la habitual selección natural darwiniana de las doctrinas, algunas resisten durante un tiempo, mientras la mayoría se desvanecen rápidamente. Pero unas pocas —a veces, como ha mostrado la historia, las más descuidadas y menos atractivas de entre ellas— pueden tener el poder de cambiar profundamente la historia del mundo. El continium que va de la ciencia mal practicada, la pseudociencia y la superstición (antigua y de la «Nueva Era») hasta la respetable religión basada en la revelación es confuso. Intento no utilizar la palabra «culto» en este libro en el sentido habitual de una religión que desagrada al que habla. Sólo pretendo llegar a la piedra angular del conocimiento: ¿saben realmente lo que afirman saber? Todo el mundo, por lo visto, tiene una opinión relevante. En algunos pasajes de este libro me mostraré crítico con los excesos de la teología, porque en los extremos es difícil distinguir la pseudociencia de la religión rígida y doctrinaria. Sin embargo, quiero reconocer de entrada la diversidad y complejidad prodigiosa del pensamiento y práctica religiosa a lo largo de los siglos, el crecimiento de la religión liberal y de la comunidad ecuménica en el último siglo y el hecho de que —como en la Reforma protestante, el ascenso del judaismo de la Reforma, el Vaticano II y el llamado alto criticismo de la Biblia— la religión ha luchado (con distintos niveles de éxito) contra sus propios excesos. Pero, igual que muchos científicos parecen reacios a debatir o incluso comentar públicamente la pseudociencia, muchos defensores de las religiones principales se resisten a enfrentarse a conservadores ultras y funda-mentalistas. Si se mantiene la tendencia, a la larga el campo es suyo; pueden ganar el debate por incomparecencia del contrario. Un líder religioso me escribe sobre su anhelo de «integridad disciplinada» en la religión: Nos hemos vuelto demasiado sentimentales... La devoción extrema y la psicología barata por un lado, y la arrogancia e intolerancia dogmática por el otro, distorsionan la auténtica vida religiosa hasta hacerla irreconocible. A veces casi rozo la desesperación, pero también vivo con tenacidad y siempre con esperanza... La religión sincera, más familiar que sus críticos con las distorsiones y absurdidades perpetradas en su nombre, tiene un interés activo en alentar un escepticismo saludable para sus propósitos... Existe la posibilidad de que la religión y la ciencia forjen una relación poderosa contra la pseudociencia. Por extraño que parezca, creo que pronto se unirán para oponerse a la pseudorreligión.
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    34 La pseudociencia esdistinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y los va eliminando uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas, pero se formulan hipotéticamente. Se plantean hipótesis de modo que puedan refutarse. Se confronta una sucesión de hipótesis alternativas mediante experimento y observación. La ciencia anda a tientas y titubeando hacia una mayor comprensión. Desde luego, cuando se descarta una hipótesis científica se ven afectados los sentimientos de propiedad, pero se reconoce que este tipo de refutación es el elemento central de la empresa científica. La pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen formularse precisamente de modo que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que en principio no pueden ser invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los pseudocientíficos no consigue cuajar entre los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla. La capacidad motora en la gente sana es casi perfecta. Raramente tropezamos o caemos, excepto de pequeños o en la vejez. Aprendemos tareas como montar en bicicleta, patinar, saltar a la comba o conducir un coche y conservamos este dominio para toda la vida. Aunque estemos una década sin practicarlo, no nos cuesta ningún esfuerzo recuperarlo. La precisión y retención de nuestras habilidades motoras, sin embargo, nos da un falso sentido de confianza en nuestros otros talentos. Nuestras percepciones son falibles. A veces vemos lo que no existe. Somos víctimas de ilusiones ópticas. En ocasiones alucinamos. Tendemos a cometer errores. Un libro francamente ilustrativo, titulado Cómo sabemos que no es así: la falibilidad de la razón humana en la vida cotidiana, de Thomas Gilovich, muestra cómo la gente yerra sistemáticamente en la comprensión de números, cómo rechaza las pruebas desagradables, cómo le influyen las opiniones de otros. Somos buenos en algunas cosas, pero no en todo. La sabiduría radica en comprender nuestras limitaciones. «Porque el hombre es una criatura atolondrada», nos enseña William Shakespeare. Aquí es donde entra el puntilloso rigor escéptico de la ciencia. Quizá la distinción más clara entre la ciencia y la pseudociencia es que la primera tiene una apreciación mucho más comprensiva de las imperfecciones humanas y la falibilidad que la pseudociencia (o revelación «inequívoca»). Si nos negamos categóricamente a reconocer que somos susceptibles de cometer un error, podemos estar seguros de que el error — incluso un error grave, una equivocación profunda— nos acompañará siempre. Pero si somos capaces de evaluarnos con un poco de coraje, por muy lamentables que sean las reflexiones que podamos engendrar, nuestras posibilidades mejoran enormemente. Después de que un temporal marítimo derribara un puente recién construido, Jerjes I rey aqueménida de Persia (486 – 465 a. c.) decapito al ingeniero que lo construyo y propino 300 latigazos a las aguas del estrecho de los Dardanelos
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    35 Actividades de aprendizaje- 4 INFORME N°_________________________________________________________________________________________________ DE:_________________________________________________________________________________________________________ PARA: ______________________________________________________________________________________________________ ASUNTO:____________________________________________________________________________________________________ FECHA:_________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________
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    37 ÉTICA Y PROFESIONALISMO MÓDULON° II ÉTICA - DEONTOLOGÍA SELECCIÓN DE TEXTOS Y ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE ANÁLISIS Y COMENTARIO Los yanomami de Brasil muerden escupen y golpean violentamente a su pareja durante el coito la cantidad de heridas sangrantes es un indicativo de placer.
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    38 ÉTICA ORIGEN E HISTORIA thossignifica inicialmente "guarida, lugar donde habitan los animales, o morada, lugar donde habitan los hombres"; De la misma raíz griega proviene la palabra ethikos (ἠθικός), que significa teoría de la vida, de la que derivó la palabra castellana Ética, de la que existen tres tipos: • Frónesis. Prudencia, habilidad práctica, saber anticiparse, conocimiento heredado de la experiencia. • Areté. Virtud, bondad. • Eunoia. Bienquerencia y buena voluntad hacia la gente. Pareciera que fue el poeta Homero el primero en dar esta primera acepción. Posteriormente Aristóteles se encarga de otorgar un segundo sentido a este ethos, entendiéndolo como "hábito: carácter o modo de ser derivado de la costumbre" o conducta fija que va formando el hombre a lo largo de su existencia. El éthos, pues, al entenderse como un hábito o costumbre adquiridos, constituye para la tradición griega una segunda naturaleza. Se trata de una creación genuina y necesaria del hombre, pues éste, desde el momento en que se organiza en sociedad, siente la necesidad imperiosa de crear reglas para regular su comportamiento y permitir modelar así su carácter. En el origen, la ética aparece subordinada a la política (ética individual y ética social). En Aristóteles, la moral forma parte de la ciencia de la política porque la vida individual solo puede cumplirse dentro de la polis (interpretando: lo que en realidad pretendía decir era que lo sustenta el bien particular es el bien común) y determinada por ella; incluso eleva la polis a la calidad de divino. En la doctrina aristotélica el fin de la ética y de la política son idénticos: La Felicidad, que como "bien autosuficiente" no es un bien más entre otros, ni componente de algún estado de cosas. La Felicidad es la suprema justificación de la vida del hombre. É ETHOS FRÓNESIS ARETÉ EUNOIA
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    39 Platón establecía queera la polis y no el individuo el sujeto de la moral, es decir -planteaba- la virtud no puede ser alcanzada por el hombre sino que el Estado lo debe orientar hacia fines morales (no por medio de la dialéctica sino por la persuasión). La ética de Kant es de un individualismo radical, pues no presupone exigencias transpersonales sino que busca el deber de perfección propia. "Nunca puede ser un deber para mi cumplir la perfección de los otros". Kant sustituye la moral del bien y de la felicidad por una moral del puro deber y de la conciencia individual. Para Hegel el espíritu subjetivo una vez en libertad de su vinculación a la vida natural, se realiza como espíritu objetivo en tres momentos: Derecho, ya que la libertad se realiza hacia afuera; moralidad, es decir, el bien se realiza en el mundo; y la eticidad, que se realiza a su vez en tres momentos: Familia, Sociedad y Estado, siendo éste último según él, el sujeto supremo de la eticidad. LIBERTAD Y MORALIDAD En síntesis, podemos definir la ética como la disciplina que estudia las normas conforme a las cuales la persona ha de conformar necesariamente el ejercicio de su libertad para que sus acciones puedan ser consideradas plenamente humanas. A simple vista, podría parecer que existe algo así como una contradicción en la anterior definición: ¿cómo es posible hablar, simultáneamente, de normas morales necesarias y libertad? Esta cuestión y muchas otras, serán explicitadas en los próximos temas. Sin embargo, ya apuntamos que la condición moral es una de las expresiones de la naturaleza humana, algo así como nuestro sello de identidad. Cualquier persona en el ejercicio consciente de sus facultades se percibe a sí misma como sujeto moral, y ello no es un círculo vicioso, sino el rasgo distintivo de la naturaleza racional del ser humano. En conformidad con esta condición, el ser humano no está determinado en sus acciones, ni éstas se agotan en un solo modo de ser. En todas y cada una de sus decisiones, el hombre tiene la posibilidad de perfeccionarse más como sujeto o de perjudicarse, destruyendo su condición. El sentido moral más elemental nos aporta miles de ejemplos para ilustrar esta dinámica. La creatividad humana no conoce límites, ni para el bien ni para el mal. Siempre podemos ser mejores, hacer cosas mejores. O al revés, puesto que, lamentablemente, las distintas formas de barbarie tampoco conocen límite. Sin embargo, todas las posibilidades tienen en su origen la misma dinámica general: la persona que elige hacer el bien o el mal en cada una de sus acciones. Aristóteles afirmó que no estudiamos Ética “para saber qué es la virtud, sino para aprender a hacernos virtuosos y buenos; de otra manera sería un estudio completamente inútil”. La Ética se ocupa de la moral: una cualidad que corresponde a los actos humanos exclusivamente por el hecho de proceder de la libertad en orden a un fin último, y que determina la consideración de un acto como bueno o malo en un sentido muy concreto, no extensible a los actos o movimientos no libres. Nuestra inteligencia advierte de modo natural la bondad o maldad de los actos libres: cualquiera tiene experiencia de cierta satisfacción o remordimiento por las acciones realizadas. A partir de aquí surge la pregunta acerca de la calificación de la conducta humana: ¿qué es el bien y el mal?, ¿por qué esto es bueno o malo? La respuesta a estos interrogantes lleva al estudio científico de los actos humanos en cuanto buenos o malos. Por tanto, la Ética es la parte de la filosofía que estudia la moralidad del obrar humano; es decir, considera los actos humanos en cuanto son buenos o malos, algunos autores establecen diferencias conceptuales entre “ética” y “moral”. Por su etimología la palabra ética y la palabra moral provocan cierta confusión, dado a que en sus respectivos orígenes; éthos (griego) y mos (latín), significan prácticamente lo mismo; costumbres. Para diferenciar entre ambas palabras podemos establecer que mientras ética encierra una significación que busca revelar, clarificar y comprender las relaciones que se establecen entre el actuar humano, los valores y las normas morales que se generan y desenvuelven en la vida social; por su parte, la moral es un conjunto de principios, criterios, normas y valores que dirigen el comportamiento y se encarga de hacer actuar al individuo de una determinada manera permitiendo saber qué se debe hacer en una situación concreta. Por lo tanto ambos términos son independientes, pero a la vez complementarios. OBJETO DE LA ÉTICA El objeto material de la ética son los actos humanos y su objeto formal es la bondad o maldad de dichos actos. Por su naturaleza, sus modelos se fundamentan por medio de la razón; que nos proporciona causas y razones del porqué de la bondad o maldad en una conducta humana. Así mismo, puede ser vista como una ciencia normativa, dado a que se encarga de comprender lo que es normal, pero lo normal de derecho (lo que debería suceder) en comunión con lo normal de hecho (lo que es). Se interesa en el comportamiento de la persona y de su conducta responsable, en la verdad última acerca del sentido de la vida humana, llegando a reflexiones en torno al significado último de la vida moral y el fin que persigue el hombre en su vivir, estableciendo con ello, los comportamientos por los cuales el hombre puede llegar alcanzar la felicidad.
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    40 MÉTODO DE LAÉTICA Para comprender a su objeto de estudio esta disciplina se vale de la observación y la evaluación. A partir de la percepción de un acto por medio de la observación es que se llega a emitir un juicio de valor moral, tratando de relacionar el acto observado dentro de las diversas categorías morales. Sólo mediante la percepción axiológica es que descubrimos a los valores, con los que intentamos darle un valor al acto estudiado, de acuerdo a una escala de valores previamente establecida. Cuando hablamos de ética, podemos hacerlo a partir de una ética descriptiva o de una ética prescriptiva. La ética descriptiva nos presenta una descripción de las conductas humanas, sin emitir juicios, sólo describiendo las conductas. Mostrando y analizando los hechos morales tal como ellos se presentan en un determinado contexto y situación social, cultural o histórica, según la visión de determinados individuos, grupos o instituciones. Por su parte la ética prescriptiva señala lo que “debe ser”, invitando al hombre a realizar cambios para evitar dañar con su conducta o emitiendo normas para guiarle. EL HORIZONTE DEL VALOR El valor se define como aquello que es apetecible, amable, digno de aprobación, de admiración o útil para un fin determinado. La ética del valor tiene una raíz neokantiana (el deber como fin en sí mismo) y fenomenológica (considera la experiencia moral como intuición emocional y material de los valores). KANT Hay que actuar por deber. Lo importante es la intención con la que hagas algo, la buena voluntad, y esta exige que actúes sólo por puro deber (no por otros intereses).¿Y cuál es ese deber o ley moral?Cumplir con el imperativo categórico (=no sometido a condición alguna): por ej., la “máxima de la universalidad”. •Etica Autónoma: hay que actuar porque te lo dicta tu razón, no porque busques bienes externos a ella como el placer (lo dicta la naturaleza) o la virtud cristiana (la dicta Dios). Sólo el sujeto debe decidir qué hacer. EXISTENCIALISMO (Sartre) “Estamos condenados a ser libres”, a elegir siempre. No hay nada (ni Dios ni una supuesta naturaleza humana) que nos pueda servir de modelo. No nos queda más remedio que crear, que inventar en cada momento lo que debemos hacer. Y, al escoger, mostramos a los demás aquello que le damos valor y, a la vez, hacemos un modelo de ser humano (lo que seremos depende de nuestras decisiones). Debemos elegir auténticamente, asumiendo nuestra responsabilidad sin excusas (si las ponemos, actuamos de mala fe) y esto exige comprometernos con todos los problemas humanos (la injusticia, las desigualdades,…), decidiendo en cada caso qué hacer (propone una “Moral de situación”, que lleva al extremo lo de la autonomía moral de Kant) MATERIALES •MATERIALES: ETICAS DE BIENES O FINES •Proponen un bien o fin a conseguir para alcanzar la felicidad. Son Éticas heterónomas (no soy yo, mi razón, sino algo o alguien externo el que me señala qué acciones son buenas y cuáles malas) FORMALES •FORMALES: ETICAS DEL DEBER O LA OBLIGACIÓN. •No proponen bienes a perseguir. No te dicen qué cosas concretas tienes que hacer, sino el cómo o la forma general en que debes comportarte Í É
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    41 DIVISIÓN DE LAÉTICA a) La Ética General estudia los principios básicos que determinan la moralidad de los actos humanos: el fin último, el valor moral, la ley moral, la conciencia, las virtudes, etc. b) La Ética Especial o Social aplica esos principios a la vida del hombre en sociedad. Sus temas principales son: la familia, el bien común de la sociedad, la autoridad y el gobierno, las leyes civiles, la ordenación moral de la economía, etc. En este sentido, se incluyen en la ética social: la ética política (ética de la vida estatal, interestatal y supraestatal), la económica y la profesional. También es habitual el concepto de “Ética aplicada”, con el que se designa la aplicación de los principios éticos fundamentales a ámbitos concretos. Así tenemos, por ejemplo, las éticas aplicadas a distintas profesiones y actividades: ética empresarial, de los negocios, de las relaciones laborales, ética médica, ética medioambiental, ética periodística, ética de la publicidad, etc. Durante un tiempo las éticas llamémoslas “profesionales” se designaron con el término “deontología”. Etimológicamente, deontología proviene del griego: to deón significa – lo necesario, lo conveniente, lo obligatorio –lógos, estudio o conocimiento. Así, la deontología sería una ética profesional, una ética de las obligaciones prácticas o conjunto de comportamientos exigibles a los profesionales, incluso aunque no estén codificados en una reglamentación jurídica. Actualmente, los términos "deontología" y "deontológico" han caído en desuso (aunque nunca han sido completamente abandonados), pero lo cierto es que resultan ambiguos y confusos para designar la aplicación de la ética al marco profesional, ya que su significado originario no era ése. Bentham fue el primero que usó el término "deontología" en su obra Deontology, or the Sciencie of Morality ("Deontología, o ciencia de la moral"), de 1834, para designar a la ciencia que estudia los deberes que deben cumplirse con el fin de alcanzar el mayor placer posible para el mayor número posible de individuos. Se trata entonces de una ciencia de carácter esencialmente utilitarista, puesto que determina cuáles han de ser los medios usados para la consecución de ciertos fines. A partir de Bentham, se ha tendido a considerar la deontología no como una disciplina estrictamente normativa, sino más bien como descriptiva y empírica, destinada a determinar qué deberes han de cumplirse en determinadas circunstancias y, especialmente, dentro de una determinada profesión. Otros autores que se han ocupado de esta ciencia han distinguido entre "ciencias deontológicas" y "ciencias ontológicas"; las segundas se encargan de estudiar aquello que es y cómo es, mientras que las primeras estudian lo que debe ser. ÉTICA PROFESIONAL La profesión puede definirse como “la actividad personal, puesta de una manera estable y honrada al servicio de los demás y en beneficio propio, a impulsos de la propia vocación y con la dignidad que corresponde a la persona humana”. En virtud de su profesión, el sujeto ocupa una situación que le confiere deberes y derechos especiales, como se verá: UTILITARISMO (Bentham y Stuart Mill) • Lo bueno (el bien) es lo útil. Las acciones buenas producen placer y las malas dolor, pero se trata de un placer y un dolor colectivos, se trata de buscar lo útil para conseguir la mayor felicidad para la mayoría. Bentham prefiere la cantidad de placer frente a la calidad mientras que Stuart Mill prefiere la calidad (placeres exclusivamente humanos como los intelectuales) y promueve el altruismo que consiste en sacrificar el propio placer para conseguir el bienestar de los demás. HEDONISMO (Epicuro) El bien es el placer. Hay que buscar el máximo de placer con el mínimo de dolor. El placer es ausencia de dolor o molestias corporales (placer del cuerpo) y de perturbación o ansiedad en la mente (placer espiritual). El sabio se contenta con satisfacer los deseos naturales y necesarios y buscar placeres del alma como la amistad. EUDEMONISMO (Aristóteles) •Felicidad =Virtud +Contemplación (pensar) +Bienes exteriores. • La actividad racional es la propia del ser humano y es la única que le hace feliz. La virtud (el bien) está en encontrar el término medio entre dos extremos (ni ser cobarde ni ser temerario: ser valiente). La virtud se adquiere ejercitándose en ella para convertirla en una costumbre, en un hábito. CRISTIANISMO (Tomas de Aquino) • La felicidad está en contemplar a Dios. Esto sólo se dará en la otra vida; mientras tanto hay que prepararse para ello, siendo virtuosos. El bien o virtud está en cumplir la Ley Natural (=Ley Divina), que está inscrita en el corazón de todos los seres humanos y consiste en actuar racionalmente. Se trata de hacer el bien y evitar el mal, y para ello, cumplir con los 10 mandamientos (amar a Dios y al prójimo, no matar, honrar a los padres…)
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    42 1. La Vocación.La elección de la profesión debe ser completamente libre. Quien elige de acuerdo a su propia vocación tiene garantizada ya la mitad de su éxito en su trabajo. 2. Finalidad de la Profesión. La finalidad del trabajo profesional es el bien común. La capacitación que se requiere para ejercer este trabajo, está siempre orientada a un mejor rendimiento dentro de las actividades especializadas para el beneficio de la sociedad. 3. El Propio beneficio. Lo ideal es tomar en cuenta el agrado y utilidad de la profesión; y si no se insiste tanto en este aspecto, es porque todo el mundo se inclina por naturaleza a la consideración de su provecho personal, gracias a su profesión. 4. Capacidad profesional. Un profesional debe ofrecer una preparación especial en triple sentido: capacidad intelectual, capacidad moral y capacidad física. ✓ La capacidad intelectual consiste en el conjunto de conocimientos que dentro de su profesión, lo hacen apto para desarrollar trabajos especializados. ✓ La capacidad moral es el valor del profesional como persona, lo cual da una dignidad, seriedad y nobleza a su trabajo, digna del aprecio de todo el que encuentra. ✓ La capacidad física se refiere principalmente a la salud y a las cualidades corpóreas, que siempre es necesario cultivar, como buenos instrumentos de la actividad humana. 5. Los Deberes Profesionales. Es bueno considerar ciertos deberes típicos en todo profesional. El secreto profesional es uno de estos, este le dice al profesionista que no tiene derecho de divulgar información que le fue confiada para poder llevar a cabo su labor, esto se hace con el fin de no perjudicar al cliente o para evitar graves daños a terceros. El profesional también debe propiciar la asociación de los miembros de su especialidad. La solidaridad es uno de los medios más eficaces para incrementar la calidad del nivel intelectual y moral de los asociados. En fin al profesional se le exige especialmente actuar de acuerdo con la moral establecida. Actividades de aprendizaje - 1 a. ELABORE UN MAPA CONCEPTUAL O CUADRO SINÓPTICO SOBRE LAS PRINCIPALES TEORÍAS ÉTICAS
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    43 b. LUEGO DEOBSERVAR LOS VIDEO S ESCRIBA SUS CONSIDERACIONES.  ÉTICA DE ARISTÓTELES _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________________________  EL IMPERATIVO CATEGÓRICO _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________ _______________________________________________________________________________________________
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    45 c. Aceptamos lasnormas como fines para poder convivir con los demás (contrato social) o las aceptamos porque el status quo (como se presenta la realidad) así lo establece? ___________________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________________ ___________________________________________________________________________________________________________________ ________________________________________ d. Elabore una cuadro de oposición sobre los valores contrapuestos que identifica en la película. II. Analiza el esquema y responde las interrogantes . e. Qué diferencia la virtud del valor? _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ ____________________________________________________________________________________ POSITIVOS . . NEGATIVOS . . • ES UNA CUALIDAD VALOR • ACCION PERMANENTE EN EL TIEMPO INTENCIÓN •HABITO OPERATIVO BUENO VIRTUD O VALOR • ¿SON LOS VALORES Y LAS VIRTUDES UNA MISMA COSA? VIRTUD O VALOR • IMPLICACIONES DE LA DEFINICION DE VIRTUD HUMANA HABITO •FACILIDAD AQUIRIDA POR LA PRACTICA CONSTANTE OPERATIVO •CONJUNTO DE ACCIONES ORIENTADAS A UN FIN BUENO •CONTRIBUYE AL LOGRO DE LA REALIZACION DE LA PERSONA DESARROLLA INTENCIONALMENTE DESTREZAS PARA SER MAS FELIZ Y AYUDAR A LOS DEMAS A SER MAS FELICES -
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    46 f. Explique medianteun ejemplo el carácter operativo que implica la definición de virtud humana _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ _____________________________________________________________________________________________________________________________________________ ______________________________________________________________________ ANÁLISIS Y COMENTARIO
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    47 “La televisión destruyesistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal, porque en sus parámetros lo normal carece en sí de interés suficiente y siempre habrá entonces que enfrentarlo a una alternativa. Su criterio no es la difusión de los valores y los principios sino el provocar el mayor impacto” Robert Spaemann (1927-?) Filósofo alemán. “La televisión se nos aparece como algo semejante a la energía nuclear. Ambas sólo pueden canalizarse a base de claras decisiones culturales y morales” Umberto Eco (1932-?) Escritor italiano.
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    48 ¿Por qué unaética profesional en nuestros tiempos? Introducción Algunos estudiosos de la conducta humana encuentran pequeñas diferencias en el uso de las palabras ética y moral. Esto se debe a que ambas prácticamente tienen el mismo significado y se relacionan entre sí. A saber, la palabra ética proviene del griego “ethos” (carácter, temperamento, hábito, modo de ser) y la palabra moral se deriva del latín “mos, moris” (costumbre, hábito). Ambas palabras (ethos y mos) se ubican en el terreno de la ética y hacen hincapié en un modo de conducta que es adquirido por medio del hábito y no por disposición natural. Por su definición etimológica, la ética es una teoría de hábitos y costumbres. Comprende, ante todo, “las disposiciones del hombre en la vida, su carácter, sus costumbres y, naturalmente también la moral.” (Aranguren). El concepto ética en este escrito se analizará desde el punto de vista de Fagothey (1991) que establece que ésta “es el conocimiento de lo que está bien y de lo que está mal en la conducta humana” (2). A diario se enjuicia moralmente un acto y se afirma que es o no es ético, o sea bueno o malo, si este acto está a favor o en contra de la naturaleza y dignidad del ser humano. Según Escobar (1992) “la ética nos ilustra acerca del porqué de la conducta moral y los problemas que estudia son aquellos que se suscitan todos los días en la vida cotidiana, en la labor o en la actividad profesional” (1). Necesidad de la Ética Todo trabajador tiene o debe desarrollar una ética profesional que defina la lealtad que le debe a su trabajo, profesión, empresa y compañeros de labor. Villarini (1994) describe que “la ética de una profesión es un conjunto de normas, en términos de los cuales definimos como buenas o malas una práctica y relaciones profesionales. El bien se refiere aquí a que la profesión constituye una comunidad dirigida al logro de una cierta finalidad: la prestación de un servicio” (53). Señala, además, que hay tres tipos de condiciones o imperativos éticos profesionales: (1) competencia - exige que la persona tenga los conocimientos, destrezas y actitudes para prestar un servicio (2) servicio al cliente - la actividad profesional sólo es buena en el sentido moral si se pone al servicio del cliente (3) solidaridad - las relaciones de respeto y colaboración que se establecen entre sus miembros. Para lograr en los empleados una conciencia ética profesional bien desarrollada es que se establecen los cánones o códigos de ética. En éstos se concentran los valores organizacionales, base en que todo trabajador deberá orientar su comportamiento, y se establecen normas o directrices para hacer cumplir los deberes de su profesión. En virtud de la finalidad propia de su profesión, el trabajador debe cumplir con unos deberes, pero también es merecedor o acreedor de unos derechos. Es importante saber distinguir hasta dónde él debe cumplir con un deber y a la misma vez saber cuáles son sus derechos. En la medida que él cumpla con un deber, no debe preocuparse por los conflictos que pueda encarar al exigir sus derechos. Lo importante es ser modelo de lo que es ser profesional y moralmente ético. Por ejemplo, un deber del
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    49 profesional es tenersolidaridad o compañerismo en la ayuda mutua para lograr los objetivos propios de su empresa y, por consiguiente, tener el derecho de rehusar una tarea que sea de carácter inmoral, no ético, sin ser víctima de represalia, aun cuando esto también sea para lograr un objetivo de la empresa. Al actuar de esa manera demuestra su asertividad en la toma de decisiones éticas, mientras cumple con sus deberes y hace valer sus derechos. Además, demostrará su honestidad, que es el primer paso de toda conducta ética, ya que si no se es honesto, no se puede ser ético. Cuando se deja la honestidad fuera de la ética, se falta al código de ética, lo cual induce al profesional a exhibir conducta inmoral y antiética. Hay tres factores generales que influyen en el individuo al tomar decisiones éticas o antiéticas (Ferrell, 87-96), los cuales son: 1. Valores individuales - La actitud, experiencias y conocimientos del individuo y de la cultura en que se encuentra le ayudará a determinar qué es lo correcto o incorrecto de una acción. 2. Comportamiento y valores de otros - Las influencias buenas o malas de personas importantes en la vida del individuo, tales como los padres, amigos, compañeros, maestros, supervisores, líderes políticos y religiosos le dirigirán su comportamiento al tomar una decisión. 3. Código oficial de ética - Este código dirige el comportamiento ético del empleado, mientras que sin él podría tomar decisiones antiéticas. Un aumento en las regulaciones rígidas en el trabajo a través de los códigos de ética ayudará a disminuir los problemas éticos, pero de seguro no se podrá eliminarlos totalmente. Esto es así, debido a las características propias de la ética que establecen que ésta varía de persona a persona, lo que es bueno para uno puede ser malo para otro; está basada en nuestras ideas sociales de lo que es correcto o incorrecto; varía de cultura a cultura, lo cual no se puede evaluar un país con las normas de otro; y está determinada parcialmente por el individuo y por el contexto cultural en donde ocurre. No obstante, el profesional debe reconocer que necesita de la ética para ser sensible a los interrogantes morales, conocer cómo definir conflictos de valores, analizar disyuntivas y tomar decisiones en la solución de problemas. Problemas éticos En las relaciones cotidianas de unos individuos con otros surgen constantemente problemas cuya solución no sólo afecta a la persona que los crea, sino también a otra u otras personas que sufrirán las consecuencias. Da testimonio de esto Cartagena (1983) cuando señala que “las profesiones mismas están continuamente confrontando este asunto al constatarse los amargos hechos de médicos que explotan a sus pacientes, abogados que se dedican a actividades criminales, ingenieros y científicos que trabajan sin tomar en consideración la seguridad pública ni el ambiente y hasta negociantes que explotan al público indiscriminadamente. Si a esto añadimos la corrupción gubernamental, los robos, el vandalismo, los asesinatos y la violencia actual, entonces el tema ético toca el centro mismo de nuestra supervivencia como sociedad.” También Badillo (1990), sostiene que “el arquetipo del profesional, cuando se enmarca en la pura técnica, oculta, por principio, un ataque furtivo a la ética” (9). Esto crea situaciones que se complican en problemas que desmoralizan la imagen personal y profesional del individuo.
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    50 Algunos de estosproblemas éticos son los siguientes: 1. Abuso de poder - utilizar el puesto para “pisotear” a unos o para favorecer a otros. 2. Conflicto de intereses - emitir normas en su ámbito de trabajo que redundarán en su propio beneficio, como lo es el participar en el proceso de reclutamiento cuando uno de los candidatos es miembro de su propia familia. 3. Nepotismo - reclutar muchos miembros de una misma familia en una institución. 4. Soborno - aceptar dádivas, obsequios o regalías a cambio de dar un trato especial o favor a alguien como retribución por actos inherentes a sus funciones. 5. Lealtad excesiva - mentir para encubrir la conducta impropia del supervisor o hacer todo lo que éste le diga, aun en contra de sus principios morales. 6. Falta de dedicación y compromiso - perder el tiempo, hacerse “de la vista larga” y no dar el máximo de su esfuerzo en el trabajo. 7. Abuso de confianza - tomar materiales de la institución para su uso personal o hacer uso indebido de los recursos disponibles en la misma. 8. Encubrimiento - callar para no denunciar a un traidor, movido por su amistad o por temor. 9. Egoísmo - buscar el bienestar propio en detrimento del beneficio de los demás. 10. Incompetencia - El conocido Principio de Peter (1977) estipula que en “toda jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia.” Complementa, además, que “para todo puesto de trabajo que existe en el mundo, hay alguien, en algún lugar, que no puede desempeñarlo. Dado un período de tiempo suficiente y suficientes ascensos, llegará finalmente a ese puesto de trabajo y permanecerá en él, desempeñándolo chapuceramente, frustrando a sus compañeros y erosionando la eficiencia de la organización” (Peter, 28). Problemas de esta magnitud requieren la acción enérgica y concertada del profesional para desarrollar una nueva ética. “Corresponde al momento actual compensar el poder del profesional moderno, en cuanto técnico, con una más fina percepción de sus regulaciones morales” (Badillo, 9). Como es sabido, en todas las profesiones surgen estos tipos de problemas. Es a través de cursos, cuya finalidad sea la formación ética profesional, que se logra desarrollar “en el futuro profesional el conocimiento, la habilidad, la sensibilidad y voluntad para que cuando actúe lo haga a nombre de los intereses de la comunidad profesional de la que es parte, de la comunidad que le une a sus clientes y del pueblo o humanidad de la que es miembro” (Villarini, 56). Conclusiones Para evitar en gran medida los problemas de índole ético-moral que surgen en el ejercicio de una profesión o de un oficio, se deben poner en práctica principios éticos que establezcan los parámetros y reglas que describan el comportamiento que una persona puede o no exhibir en determinado momento. No es difícil poner estos principios en práctica, pero el omitirlos redundará en perjuicio propio y en el de las personas con quienes se interviene o se interactúa. “Una decisión en la que está envuelto el comportamiento ético de una persona, siempre va a estar enmarcada en uno de los principios y valores aquí señalados” (Conética, 4 - adaptados). 1. Honestidad - Aprender a conocer sus debilidades y limitaciones y dedicarse a tratar de superarlas, solicitando el consejo de sus compañeros de mayor experiencia.
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    51 2. Integridad -Defender sus creencias y valores, rechazando la hipocresía y la inescrupulosidad y no adoptar ni defender la filosofía de que el fin justifica los medios, echando a un lado sus principios. 3. Compromiso - Mantener sus promesas y cumplir con sus obligaciones y no justificar un incumplimiento o rehuir una responsabilidad. 4. Lealtad - Actuar honesta y sinceramente al ofrecer su apoyo, especialmente en la adversidad y rechazar las influencias indebidas y conflictos de interés. 5. Ecuanimidad - Ser imparcial, justo y ofrecer trato igual a los demás. Mantener su mente abierta, aceptar cambios y admitir sus errores cuando entiende que se ha equivocado. 6. Dedicación - Estar dispuesto a entregarse sin condición al cumplimiento del deber para con los demás con atención, cortesía y servicio. 7. Respeto - Demostrar respeto a la dignidad humana, la intimidad y el derecho a la libre determinación. 8. Responsabilidad ciudadana - Respetar, obedecer las leyes y tener conciencia social. 9. Excelencia - Ser diligentes, emprendedores y estar bien preparado para ejercer su labor con responsabilidad y eficacia. 10. Ejemplo - Ser modelo de honestidad y moral ética al asumir responsabilidades y al defender la verdad ante todo. 11. Conducta intachable - La confianza de otros descansan en el ejemplo de conducta moral y ética irreprochable. La ética debe convertirse en un proceso planificado, con plena conciencia de lo que se quiere lograr en la transformación de nuestras vidas. Debemos desarrollar al máximo el juicio práctico y profesional para activar el pensamiento ético, reconocer qué es lo correcto de lo incorrecto y contar con el compromiso personal para mantener el honor y el deber. Hostos recomienda en su Tratado de Moral que “hay que poner de nuestra parte un continuo esfuerzo y una continua disposición de no salirnos del orden que contemplamos y acatamos. Ese esfuerzo y esa disposición, que es lo que constituye el deber, se derivan inmediatamente del hecho mismo de estar relacionado el hombre a sí mismo, a los otros y a la Naturaleza” (Pedreira, 184-185). Hostos, además, especifica que las relaciones particulares que ligan al individuo con la sociedad son las de necesidad, gratitud, utilidad, derecho y deber. De estas se derivan los deberes sociales de trabajo, obediencia, cooperación, unión, abnegación, conciliación y derecho. Expone que todos los deberes quedan sometidos a uno en general: “el deber de los deberes, que consiste en el exacto cumplimiento de todos los demás”, y cuando haya conflictos entre ellos, hay que “cumplir primero el más inmediato, el más extenso, el más concreto” (Pedreira, 188). Al fin de cuentas, el ser humano es responsable de actuar inteligente y libremente y es el único que puede responder por la bondad o malicia de sus actos ante su propia conciencia, ante el prójimo y ante sus dioses.
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    52 Actividades de aprendizaje- 3 1. En grupos de 4 o 5 personas analizan y comentan el texto “porque una ética profesional en nuestros tiempos? 2. Seleccionan las ideas importantes 3. Cada uno expone una o dos ideas importantes acerca del texto leído. 4. Resuelve el siguiente cuestionario acerca del tema. 5. OBSERVA EL VIDEO SOBRE ETICA PROFESIONAL SIGUIENDO EL ENLACE Y ELABORA UN COMENTARIO PERSONAL http://www.youtube.com/watch?v=--h5Bm4TtaU&feature=related CUESTIONARIO DE EVALUACIÓN 1. Esta Ud. De acuerdo con la siguiente afirmación “Todo trabajador tiene o debe desarrollar una ética profesional que defina la lealtad que le debe a su trabajo, profesión, empresa y compañeros de labor”. Villarini (1994). argumente a favor o en contra. __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ 2. En virtud de la finalidad propia de su profesión, el trabajador debe cumplir con unos deberes, pero también es merecedor o acreedor de unos derechos. Explique la relación deber – derecho mediante un ejemplo. __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ 3. Proponga ejemplos acerca de cómo influyen en la toma de decisiones eticas los tres factores mencionados por ferrel. ☺________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ ☺________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________________ ☺________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________________ 4. Según el texto los problemas éticos que se presentan en una profesión pueden solucionarse o evitarse por oposición y aceptación de un conjunto de valores señale cual seria el idóneo según el problema ético. Problemas éticos valores Problemas éticos valores Abuso de poder Falta de dedicación nepotismo Abuso de confianza soborno encubrimiento Lealtad excesiva egoísmo Conflicto de intereses incompetencia
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    53 ANÁLISIS Y COMENTARIO ¿Porqué somos buenos o malos?
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    54 ¿Nacemos buenos oaprendemos a serlo?, la ciencia trata de averiguar de dónde provienen las mas intimas convicciones morales que determinan nuestro comportamiento Imagínese que escapa apresuradamente de un crucero se va a pique y se sube a un a un pequeño salvavidas. Su vida y las de otros nueve compañeros de travesía dependen de abandonar a un pasajero herido de muerte. ¿Echaria por la borda al moribundo para evitar el hundimiento?. Aunque la lógica indica que la solución seria deshacerse del herido resulta difícil tomar una decisión. Joshua Greene, psicólogo cognitivo y filosofo de la Universidad de Harvard, realizo un experimento con voluntarios a los que planteo dilemas similares. La opción de todos ellos fue no hacer nada, ya que su aversión a infligir daño a un semejante era tan fuerte que anulaba su pensamiento racional. Otro estudio realizado por Michael Koenigs, de la Universidad de Iowa y Antonio Damasio, de la Universidad de Southern California , en los Ángeles demuestra, que las personas que tienen dañada la corteza prefrontal ventromedial (VMPC) del cerebro no sienten el peso de las emociones cuando enfrentan un dilema moral. Los dos les plantearon dilemas de tres tipos: unos no demandaban moralidad alguna, otros requerían un juicio moral sin implicación personal y el resto exigia una respuesta directa del entrevistado. EL ORIGEN DE LAS REGLAS MORALES HA SIDO DEBATIDO POR LOS FILÓSOFOS DURANTE SIGLOS . Ó Los investigadores observaron que las dos primeras baterías de preguntas fueron respondidas de forma similar. Sin embargo, cuestiones como “¿mataría a diez personas para salvar la vida de otras diez?” presentaba diferencias significativas. Los únicos que respondieron de una forma fría y lógica fueron los voluntarios con la VMPC dañada. La conclusión de KOENIGS y DAMASIO es que esa zona del cerebro esta claramente involucrada en la elaboración de juicios morales. Las investigación realizadas por el neurobiólogo Jorge Moll, investigador del LABS-d’Or Hospital de Rio de Janeiro ofrecen resultados similares. En un articulo publicado en la prestigiosa REVISTA SOCIAL NEUROSCIENCIE aseguraba que la VMPC se activa cuando una persona contempla fotografías de fuerte contenido moral, como una imagen que muestre niños hambrientos. En otro trabajo, Moll aseguro que también se encendia cuando una persona lleva a cabo una acción altruista. Por ejemplo, cuando decide donar dinero a una ONG. Estos sentimientos provendrían de algunos mecanismos que facilitaron a nuestros antecesores la creación de lazos sociales y la cooperación colectiva. Jonathan Haidt, psicólogo de la Universidad de Virginia, afirma que “las emociones ejercen una poderosa influencia en los juicios morales, incluso cuando se activan por cuestiones no relacionadas con la moralidad” Haidt subraya que el ser humano confía en sus instintos viscerales para discernir entre lo bueno y lo malo, y que emplea el pensamiento racional cuando trata de justificar esas intuiciones.
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    55 Ú ¿Pero entonces, dedonde provienen las reglas morales? ¿De las profundidades de nuestro cerebro?¿De Dios, tal y como apuntan los creyentes? ¿O de la propia evolución del ser humano? Es una materia controvertida y oscura sobre la que se ha discutido durante siglos. La aceptación de que la moralidad no era un bien supremo determinado por dios y que debía proceder de los recursos internos de nuestra propia naturaleza obtuvo un espaldarazo con los ensayos de MIGUEL DE MONTAIGNE ( 1533 - 1592) y fue apuntalada en el LEVIATAN, la obra maestra de THOMAS HOBBES (1588 – 1679), para quien era un indicador que nos guiaba hacia una sociedad ordenada. HOBBES creía que la rebeldía innata del ser humano precisaba de un fuerte control por parte del Gobierno. El escoces DAVID HUME (1711 – 1776) dio otra vuelta de tuerca al afirmar que la moralidad debía arraigarse en nuestros sentimientos, pues nos mueve a actuar, algo que no podría hacer la razón por si sola. En abierta oposición, el alemán IMMANUEL KANT (1724 – 1804) sentencio que la racionalidad en libertad era la fuerza que movia las reglas morales. “Tan pronto uno sabe lo que debe hacer, sabe que puede hacerlo y esto solo puede ser verdad si uno es libre”, sentencio. Los ecos del choque entre aquellos colosos han llegado a nuestros días. Aunque ambas corrientes tienen seguidores y detractores, los recientes estudios parecen inclinar la balanza a favor de Hume. Asi, Marc D. Hauser, biólogo evolucionista de la Universidad de Harvard, no solo afirma que la acción moral esta programada en nuestro cerebro, son además el comportamiento ético esta supeditado a la sensibilidad de las emociones. Si damos por hecho que Hauser tiene razón, cabria hacerse la siguiente pregunta: ¿La manipulación externa de las emociones puede alterar los juicios morales? Para comprobarlo, Jonathan Haidt hipnotizo a un grupo de voluntarios con la intención de provocarles una emoción de repulsa mientras veian unas viñetas con conductas reprobables. Los voluntarios emitieron juicios muy duros cuando vieron ilustraciones que contenían la palabra clave que les indujo la hipnosis. Sin embargo , sus reparos disminuyeron cuando les mostraron otra versión que excluía ese termino. La Universidad de Princeton ha realizado recientemente otro experimento para averiguar si estamos predispuestos al sentimiento de equidad. Los investigadores tomaron imágenes cerebrales de resonancia magnetica a dos sujetos mientras disputaban un juego denominado ULTIMATUM. Uno de ellos el jugador A, le propone a otro, el B, dividirse una suma de dinero. Si B acepta, ambos embolsaran las partes decididas por A, por desiguales que sean pero si B rehusa, ambos se quedan sin dinero. Las imágenes exhibían como se activaba un area del cerebro denominada insula interior y la parte derecha de la corteza prefrontal dorsolateral, ambas asociadas a emociones como el dolor, la cólera y la indigancion. El estudio demuestra que, en la mayoría de los casos, B rehusa el trato con A, a pesar de que ganaría algo de dinero. La indignación vence al calculo. Es una respuesta emocional, lo mismo que la piedad, la compasión, la empatía o la necesidad de socorrer al prójimo. Estas inclinaciones tienen raíces muy profundas. En su libro AYUDA MUTUA (1902) el geógrafo, naturalista Peter Kropotkin señalo que la predisposición a dicha ayuda era de origen “pre humano” . Mas de cien años después , su tesis gana adeptos . Marc D. Hauser cree que la moralidad contribuyo directamente al desarrollo del comportamiento social de los primates y fue heredada por los primeros humanos como un instrumento valiosísimo para promover la cohesion de grupo. Esto les proporciono ventaja sobre otros homínidos menos desarrollados. OSKAR SCHINDLER industrial aleman se dejo guiar por sus convicciones eticas para salvar miles de judios durante la segunda guerra
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    56 ¿ Basándose en lashipótesis del famoso lingüista Noam Chomsky, quien afirma que el lenguaje es una capacidad innata en los humanos, John Mikhail, erudito en temas legales en la Universidad de Georgetown, se hizo una pregunta apasionante : ¿Existe una gramatica moral universal? Para averiguarlo Mikhail planteo varios dilemas a diferentes personas, incluidos individuos que provenían de otras culturas y niños. Si existiera dicha gramatica moral compartida, factores como la educacion, la edad, el bagaje cultural tendrían poca influencia en los juicios de los valores, Mikhail comprobó con satisfacción que los datos preliminares de su trabajo apuntaban en esa dirección. Investigaciones realizadas por Hauser, Fiery Cushman y Liane Young corroboran esos resultados. Estos tres investigadores han desarrollado un test online sobre el sentido de la moralidad (http://moral.wjh.harvard.edu) en el que han participado mas de 200 000 personas de 120 paises. Los autores del experimento colaboran con varios antropólogos para obtener respuestas de gente que vive en remotos poblados indígenas de Bolivia, Guatemala, Tanzania y Papua Nueva Guinea. Hasta ahora, se registran similitudes. SIN ESCRÚPULOS… Octubre de 2007: miembros de la ONG Francesa el Arca de Zoe son detenidos por secuestrar niños en el Chad para darlos en adopción en familias En Francia, cuando en realidad no eran huérfanos tras la coartada de altruismo, se ocultaba el ánimo de lucro. SOLIDARIOS POR NEURONAS ¿Por qué nos identificamos con los padecimientos de otros? La respuesta esta en las neuronas espejo. Tras descubrirlas en 1996 en primates, los neurólogos italianos Giacomo Rizzolatti, Vittorio Gallese y Leonardo Fogassi las encontraron en la zona F5 de la corteza premotora de nuestro cerebro, cerca del area de Broca, la región del lenguaje. “Nos permiten captar las mentes de los demás no a través de un razonamiento conceptual sino mediante una estimulación directa de los sentimientos” señala Rizzolatti. En su libro LA GENTE DEL LAGO el paleoantropologo Richard Leakey recordaba que “somos humanos porque nuestros antepasados aprendieron a compartir su comida y sus habilidades en una red de compromisos que se cumplían. Si podían compadecerse ante el sufrimiento ajeno y prestar ayuda a sus congéneres parece lógico pensar que nuestros mas antiguos predecesores tenían una capacidad moral innata. En 2002 la catástrofe del PRESTIGE origino una marea de solidaridad voluntarios de toda España acudieron a limpiar las costas HERMANO MONO El comportamiento social de los primates en las fotos macacos japoneses- es un antecedente de la empatía de los seres humanos por sus semejantes
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    57 ¿Pero si lamoralidad esta tan arraigada en nuestro cerebro, por que no somos capaces de crear un mundo mas ético y pacifico? Algunos creen que a lo largo del tiempo la cultura ha ido influyendo en nuestro comportamiento , convirtiéndonos en criaturas incapaces de reconocer nuestros sentimientos morales innatos. La crueldad, la ambicion desbocada, el ansia de riqueza y la barbarie también tienen sus correlatos neuronales. “Si ves a alguien matar a un niño a palos, deberías decir : BUENO ESO ES LA NATURALEZA HUMANA , y ciertamente es asi. Pero la naturaleza humana tiene también la capacidad de conducir al altruismo, la cooperación y la solidaridad”, recuerda Chomsky. El problema es determinar cual de las dos tendencias prevalecerá en el futuro.  www.wjh.harvard.edu/~jgreene/ (pagina del filosofo Joshua Greene donde explica sus investigaciones sobre la moralidad)  La mente moral- Marc D. Hauser. Paidos. Ediciones Barcelona, 2008. CLAVE MENTAL Segun un estudio reciente, las personas con daños en la zona del cerebro llamada corteza prefontal ventromedial relacionada con la produccion de emociones tienen menos reparos para tomar decisiones racionales cuando se les plantea una situacion que implica , por ejemplo el sacrificio de uan persona en beneficio de la colectividad . ENTRE LA ESPADA Y LA PARED. Algunos episodios históricos y bíblicos brindan ejemplos de dilemas morales llevados al extremo. Uno de los mas impresionantes es el del noble leones Guzman el Bueno, que arrojo su propio puñal para que matara a su hijo antes que rendir Tarifa (arriba) a la derecha el sacrificio de Isaac, Dios pone a prueba a Abraham conminándole a sacrificar a su vástago para demostrar su fe.
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    58 Actividades de aprendizaje- 4 ¿Por qué somos buenos o malos? ¿Nacemos buenos o aprendemos a serlo?, la ciencia trata de averiguar de dónde provienen las mas intimas convicciones morales que determinan nuestro comportamiento 1. Luego de leer el texto, redacte una posible respuesta a la pregunta anterior que incluya los siguientes términos: Dilema – racionalidad – moral – emociones – neurobiología – valores - juicios __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ 2. Identifique en el texto y transcriba las ideas de los siguientes filósofos con respecto a la ética y la moral. THOMAS HOBBES (1588 – 1679) ☺________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________________ DAVID HUME (1711 – 1776) ☺________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________________ KANT (1724 – 1804) ☺________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________________
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    59 Actividades de aprendizaje- 5 SCOTT ATRAN “LA MORAL NACIÓ COMO UN PEGAMENTO SOCIAL” ¿Por qué un buen día una persona se sube a un tren con una mochila cargada de explosivos y se inmola por una creencia?. El antropólogo Scott Atran lleva toda la vida poniendo bajo el escáner religión cultura y política para ver que papel tienen a la hora de determinar esas y otras elecciones humanas. Atran es profesor de la universidad de Michigan y del colegio universitario de justicia penal John Jay (Nueva York) y director de investigación en el Centro Nacional de Investigacion Cientifica (CNRS) de Paris. - ¿El concepto de justicia es algo innato o aprendido? - Hay bases biológicas. Hace unos 100.000 años , el Homo Sapiens evolucionaba en Africa, mientras los neardentales se expandían por Europa. La población se redujo a unos 2000 individuos y estaba casi al borde la extinción.Tuvo que aprender a formar equipos para cazar y defenderse de animales, Por eso el ser humano es cooperador de forma innata O sea que cuando ayudamos a otros en realidad mirarmos nuestro propio bien? -Así es necesitamos cooperar para competir cuando empezaron a producirse las primeras migraciones desde Africa el hombre se convirtió en su peor peligro y en su mejor presa, Por eso aparecieron la religiones y la moral que se convirtieron en una especie de pegamento social. ¿pero solo somos morales con los nuestros? -nuestra moral para cooperar esta limitada al parentesco y al grupo. Si crees que alguien no comparte tus valores no lo tratas con interés. Por eso las negociaciones políticas son tan difíciles porque los grupos con valores culturales muy diferentes no se reconocen los unos a los otros. ¿hay principios morales universales? -En occidente tenemos una moral que en cierta manera es global y procede del monoteísmo secular Puede que no creamos en Dios,pero si en la legalidad y en los derechos de las personas , aplicamos los mismos principios a un español , a un chino o a un peruano. Pero en otras sociedades no es asi. Una tribu del Amazonas peruano por ejemplo , arranca la cabeza a los miembros de otras tribus –ya sean bebes ancianos o mujeres- para simbolizar el paso de niño a hombre . Hasta que algo no pasa a formar parte de tus valores sagrados no produce rechazo. -resulta duro pensar que solo vamos a tener cierta moral y justicia con los de nuestro grupo. - es algo universal como el racismo. El modo mas rápido de saber si puedes confiar en el que tienes adelante es mirando si habla el mismo idioma, si tiene el mismo acento o la misma piel. Requiere esfuerzo borrar esa tendencia . Asi paso con la esclavitud: hicieron falta 200.000 años para escapar de ese peso de nuestra herencia evolutiva. Tenemos cerebros de la edad de piedra en la era espacial.
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    60 "Un dilema clásico" EnEuropa hay una mujer que padece un tipo especial de cáncer y va a morir pronto. Hay un medicamento que un farmacéutico de la misma ciudad acaba de descubrir y que los médicos piensan que la puede salvar. La medicina es cara porque el farmacéutico esta cobrando diez veces lo que le costó hacerla. El esposo de la mujer enferma, Heinz, acude a todo el mundo que conoce para pedir prestado el dinero, pero solo ha podido reunir la mitad de lo que cuesta. Le dice al farmacéutico que su mujer se esta muriendo y le pide que le venda el medicamento más barato o le deje pagar más tarde. El farmacéutico se niega y, ante esto, Heinz, desesperado, piensa atracar la farmacia para robar la medicina para su mujer. Pregunta: Debe Heinz robar la medicina?. ¿Por qué si o por qué no? __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ El dilema de José José es dueño de una agencia inmobiliaria y está ayudando a una señora a organizar y vender los artículos del hogar de su difunta hermana. Al dar un vistazo a la chimenea, encuentra dos cajas viejas. Cuando abre una de ellas, no puede creer lo que ve: rollos de billetes de 100 dólares envueltos en papel de aluminio: ¡un total de 82.000 dólares en efectivo! José está a solas en la habitación. Pregunta: ¿Qué debe hacer? ¿Llevarse la caja a escondidas, o decirle a su clienta que ha encontrado el dinero? __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________ Las acciones de Luis Luís cuando tenía 18 años estaba metido en la droga y en compañía de otros dos jóvenes de su edad asaltaron la vivienda de una mujer viuda, madre de dos niños pequeños y le robaron 1000 pesos, que la mujer tenía para pagar el colegio de uno de sus hijos, además de algunos objetos de valor y recuerdos familiares, valorados en 10.000 pesos. La justicia lo condenó en 1985 a más de dos años de prisión. La sentencia fue recurrida y la corte suprema ratificó la condena 7 años después. Luis en este tiempo se ha casado, tiene un hijo y trabaja como peón en una empresa de construcción. Ahora tiene que cumplir el año de cárcel que le queda. Su abogado ha pedido el indulto para Luis, alegando que ya está reinsertado en la sociedad. Pregunta: ¿Se le debe indultar? ¿Si? ¿No? ¿Por qué? __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ ________________________________________________________________________ Actividades de aprendizaje - 6
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    61 1. EN GRUPOSDE 4 O 5 ANALIZAN EL DOCUMENTO: CÓDIGO DE ÉTICA DE DEL COLEGIO DE INGENIEROS 2. CADA GRUPO LEE UNO DE LOS SIGUIENTES PUNTOS: ✓ PRINCIPIOS GENERALES ✓ TITULO I - DE LA RELACIÓN CON LA SOCIEDAD ✓ TITULO II – DE LA RELACIÓN CON EL PÚBLICO ✓ TITULO III – DE LA COMPETENCIA Y PERFECCIONAMIENTO PROFESIONALES ✓ TITULO IV – DEL EJERCICIO PROFESIONAL (CAPITULO 3 Y 4) ✓ TITULO V – DE LA RELACIÓN CON SUS COLEGAS 3. IDENTIFIQUE EL “DEBER SER” Y ELABORE PREVIO CONSENSO EN EL GRUPO ACERCA LOS CONCEPTOS GENERALES QUE REÚNEN LAS NORMAS UN MAPA CONCEPTUAL REFERIDO AL PUNTOS REVISADOS. 4. PLENARIO GENERAL 5. CADA UNO DEBE PRECISAR SU ACUERDO O DESACUERDO CON LAS NORMAS IDENTIFICANDO LA NECESIDAD DE LAS MISMAS. “La eficiencia no debe estar separada de la decencia”
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    62 PRINCIPIOS NORMAS NORMAS BIEN COMÚN NORMAS MALO NORM AS BUENO NORMASACCIÓN DESENVOLVIMIENTO DE LA SOCIEDAD DESEQUILIBRIO DEL BIEN CONJUNTO DE INDIVIDUOS QUE CONVIVEN EN UNA SITUACIÓN DETERMINAD VIRTUD
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    63 Ética kantiana La razónpráctica Ni en el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo de una buena voluntad Fundamentación de la metafísica de las costumbres Kant La actitud de Kant frente a la problemática metafísica es por cierto, algo ambigua en tanto afirma por un lado que no conocemos ni podemos conocer el absoluto (puesto que el conocimiento humano se limita a la experiencia) pero, al mismo tiempo, considera al hombre un ente dotado de razón, facultad de lo incondicionado, de manera tal que la metafísica es considerada una necesidad natural en el hombre. El hombre no puede ser indiferente a la problemática metafísica, tal es la razón por la cual siempre tomamos alguna posición al respecto. Kant busca resolver esta aparente contradicción, pero no en el plano gnoseológico sino en el moral, en el campo de la razón práctica (es decir, la razón en tanto determina la acción del hombre). Si bien no podemos alcanzar el absoluto, sí tenemos cierto acceso a algo que se le acerca. Este contacto de aproximación se da en la conciencia moral, o la conciencia del bien y del mal, lo justo y lo injusto, lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer. La conciencia moral, es para Kant, la presencia de lo absoluto o al menos, parte del absoluto en el hombre. La conciencia moral manda de modo absoluto, ordena de modo incondicionado, nos dice: "me conviene ser amable con él porque así evitaré problemas", este sería un criterio de conveniencia. La conciencia moral dirá: "debo ser amable con el porque es mi deber tratar bien a la gente" y no importa si ello me cuesta la vida, la fortuna, o lo que fuere, el mandato de la conciencia no está condicionado por las circunstancias. Puede suceder que uno no cumpla con su deber, pero eso no le quita autoridad al mandato absoluto. El deber no supone conveniencias, satisfacciones o estrategias, es un fin en sí mismo. La conciencia moral es entonces la conciencia de una exigencia absoluta que no se explica y que no tienen sentido alguno desde el punto de vista de los fenómenos de la naturaleza. En la naturaleza no hay deber sino tan solo suceder, una piedra no "debe" caer, simplemente, "cae". La conciencia moral Mientras que en la naturaleza todo se encuentra condicionado por las leyes de la causalidad en la conciencia moral rige un imperativo que no conoce condiciones, un imperativo categórico. La conciencia moral dice 'no mentirás' ssin condicionar en modo alguno el mandamiento, no establece circunstancias particulares bajo las cuales la ley tiene validez o no, el mandanto es siempre absolutamente válido, de otra forma, no sería una exigencia moral. Kant diferencia el imperativo categórico del imperativo hipotético. En este último, el mandato se halla condicionado o reducido a una circunstancia determinada: 'si quiero ganar su confianza, no debo mentir' porque si no es importante para mí ganar su confianza, mentir o no mentir, deja de ser un mandato.
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    64 La buena voluntad Deacuerdo a la ética de Kant, sólo la buena voluntad es absolutamente buena en tanto que no puede ser mala bajo ninguna circunstancia: "La buena voluntad no es buena por lo que se efectúe o realice, no es buena por su adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto, es buena solo por el querer, es decir, es buena en sí misma" Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant Analicemos el pasaje citado: 1. Imaginemos que una persona se ahogando en el río, hago todo lo posible por salvarla pero no lo logro. La persona muere, de todas formas. 2. Imaginemos ahora que hago todo lo posible por salvarla y que tengo éxito, salvando su vida. 3. Imaginesmos la tercera posibilidad: la persona se está ahogando y yo la atrapo por casualidad mientras pesco con una gran red. ¿Cuál es el valor moral de cada uno de estos posibles actos imaginados? La tercera posiblidad carecería de valor moral porque ocurre sin intencionalidad. Moralmente no es ni buena ni mala, simplemente neutra. Los otros dos actos son moralmente buenos y tienen el mismo valor, en tanto que la buena voluntad es buena en sí misma. El deber El deber refiere a que la 'buena voluntad', bajo ciertas limtaciones, no puede manifiestarse por sí sola. El hombre, no es un ente puramente racional, sino que también es sensible. Kant observará que las acciones del hombre en parte están determinadas por la razón pero existen tambien 'inclinaciones' como el amor, el odio, la simpatía, el orgullo, la avaricia, el placer... que también ejercen su influencia. El hombre reune en su jeugo la racionalidad y las inclinaciónes, la ley moral y la imperfección subjetiva de la voluntad humana. Entonces, la buena voluntad, se manifiesta en cierta tensión o lucha con estas inclinaciones, como una fuerza que parece oponerse. En la medida que el conflicto se hace presente, la buena voluntad se llama deber. Si una voluntad puramente racional sin influencia alguna de las inclinaciones fuese posible, sería para Kant, una voluntad santa (perfectamente buena). De esta forma, realizaría la ley moral de modo espontáneo, esto es, sin que conforme una obligación. Para una voluntad santa, el 'deber', carecería entonces de sentido en tanto que el 'querer' coincide naturalmente con el 'deber'. Pero en el hombre, ley moral, suele estar en conflicto con sus deseos. Se distinguen así tres tipos de actos: a. Actos contrarios al deber: En el ejemplo de la persona que se está ahogando en el río. Supongamos que disponiendo de todos los medios necesarios para salvarlo, decido no hacerlo, porque le debo dinero a esa persona y su muerte me librará de la deuda. He obrado por inclinación, esto es, no siguiendo mi deber sino mi deseo de no saldar mi deuda y atesorar el dinero. b. Actos de acuerdo al deber y por inclinación mediata: El que se ahora en el río es mi deudor, si muere, no podré recuperar el dinero prestado. Lo salvo. En este caso, el deber coincide con la inclinación. En este caso se trata de una inclinación mediata porque el hombre que salva es un medio a través del cual conseguiré un fin (recuperar el dinero prestado). Desde un punto de vista ético, es un acto neturo (ni bueno ni malo). c. Actos de acuerdo al deber y por inclinación inmediata: Quien se está ahogando es alguien a quien amo y por lo tanto, trato de salvarlo. También el el deber coincide con la inclinación. Pero en este caso, es una inclinación inmediata porque la persona salvada no es un medio sino un fin en sí misma (la amo). Pero para Kant, este es también un acto moralmente neutro. d. Actos cumplidos por deber: El que ahora se ahoga es un ser que me es indiferente... no es deudor ni acredor, no lo amo, simplemente, un desconocido. O pero aún, es un enemigo, alguien que aborrezco y mi inclinación es desear su muerte. Pero mi deber es salvarlo y lo hago, contrariando mi inclinación. Este es el único caso en que Kant considera que se trata de un acto moralmente bueno, actos en los que se procede conforme al deber y no se sigue inclinación alguna. El imperativo categórico El valor moral de una acción, no reside en aquello que se quiere lograr, no depende de la realización del objeto de la acción, sino que consiste única y exclusivamente en el principio por el cual ésta se realiza, alejando la influencia de cualquier deseo. El principio por el cual se realiza un acto es llamado por Kant, 'máxima' de la acción, es decir, el principio o fundamento subjetivo del acto, el principio que de hecho me lleva a obrar.
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    65 En esta línea,Kant formula el imperativo categórico: Obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal De esta forma, obraremos moralmente solo cuando podamos desear que nuestro deseo sea válido para todos. Así, lo que se pretende es eliminar las excepciones, siendo igualmente válida para todas las personas. Actividades de aprendizaje - 7 1. RESUMA LAS IDEAS PRINCIPALES DEL CAPITULO VI DEL PROGRAMA FILOSOFÍA AQUÍ Y AHORA __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ _________________________________________________________________________________________ 2. RELACIONE LAS IDEAS EXTRAÍDAS CON LA EL CONTENIDO DEL TEXTO : “ÉTICA KANTIANA” LUEGO EN PAREJAS REVISEN LAS IDEAS PLANTEADAS __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________ __________________________________________________________________________________________
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    68 POR UNA TECNOÉTICA BungeMario, Ética y ciencia, ed. siglo XX, Buenos aires, 3° edición. Se acabaron los tiempos del derecho divino de los reyes o de cualesquiera otros individuos, sean propietarios, administradores, líderes sindicales, políticos, burócratas, tecnólogos o académicos. En todo el mundo se está poniendo en tela de juicio la autoridad absoluta e infundada: vivimos un tiempo iconoclástico. Más aun, nadie reconoce derechos sin deberes, ni privilegios sin responsabilidades. A cada cuál se le tiene por responsable de lo que hace y aun de lo que no hace cuando debiera actuar. Y las responsabilidades no se contraen con algún dios o soberano a distancia conveniente, ni siquiera con el pueblo anónimo, sino con personas determinadas: pares, subordinados, vecinos, e incluso seres humanos del futuro. Mas aun las viejas separaciones entre distintas clases de responsabilidad –moral, profesional, social, etc.- están siendo anuladas. Estamos empezando a advertir que la separación de responsabilidades no es sino una manera de aludir la responsabilidad total y por lo tanto una hoja de parra de la delincuencia. Una persona que está a cargo de algo, sea una máquina u otro individuo, no está compuesta de un cierto número de entes morales sino que es una única persona, que actúa ya en un rol, ya en otro. Y estos diversos roles debieran combinarse armoniosamente. El ser un progenitor afectuoso no exculpa el crimen; el ser un ingeniero competente no confiere derechos de piratería sobre el ambiente; el ser un administrador eficiente no da derecho a oprimir al prójimo. Todo ser humano tiene un número de responsabilidades entrelazadas y cada una de ellas es tan personal e intransferible como la alegría o el dolor. En este artículo examinamos algunas de las responsabilidades especiales del tecnólogo en nuestra era de tecnología total. Defenderemos la tesis de que el técnico, al igual que cualquier otro individuo humano, es personalmente responsable de lo que hace, y que es responsable ante la humanidad íntegra, no tan sólo ante los empleadores. Sostendremos también que el tecnólogo tiene el deber de enfrentar sus propios problemas morales y de meditar sobre ellos. Y sostendremos que está particularmente capacitado para hacerlo, ya que puede abordar los problemas morales, y aun la teoría de la moralidad –o sea la ética- con la ayuda de un enfoque y de un conjunto de herramientas ajenos a la mayoría de los filósofos, y que prometen producir la tecnoética que no se han dignado elaborar los filósofos profesionales. Para mostrarlo proponemos una teoría de los valores que permite sopesar medios y fines, así como concebir las normas morales a imagen y semejanza de las reglas tecnológicas. 1. RESPONSABILIDADES DEL TECNÓLOGO Échese un vistazo en derredor y se reconocerán de inmediato las profesiones que más han contribuido a moldear la sociedad industrial, sea capitalista o socialista. Son los científicos, los ingenieros y los administradores (incluidos los hombres de estado). Los primeros han suministrado el conocimiento básico, los ingenieros han utilizado éste para diseñar sus obras, y los administradores han organizado la mano de obra que ha llevado a la práctica dichos diseños. El resultado de las labores de estos grupos está a la vista: es una nueva clase de sociedad, que puede llevar a la humanidad sea a un nivel evolutivo más elevado, sea a una rápida extinción.
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    69 Sin embargo, paradójicamente,el sociólogo nos informa que, en su conjunto, los científicos, tecnólogos y administradores- esto es, los principales artífices de la sociedad moderna- no se sientes limitados ni inspirados por responsabilidades morales o sociales extraprofesionales. En particular, gran escala pero evitables, tales como la desocupación, la miseria, la iniquidad, la opresión, la guerra, la mutilación de la naturaleza, el desperdicio de los recursos naturales, ola degradación de la cultura por los medios de comunicaciones de masas. Participen o no en la generación de calamidades, la mayoría de los científicos, tecnólogos y administrares se lavan las manos y cierran los ojos al sufrimiento y a la miseria. Lo que es peor, su posición en la sociedad es tal que deben hacerse los ciegos morales si pretenden funcionar con eficiencia. En efecto, un profesional no puede trabajar eficientemente si permite que lo distraigan los clamores de desesperación: debe recluirse en su oficina o en su laboratorio si ha de proseguir con su trabajo, sea éste investigar, diseñar u organizar. (A menos que su trabajo consista precisamente en aliviar calamidades o al menos prevenirlas.) Es verdad que algunos cuerpos profesionales han imitado a los médicos adoptando códigos morales que regulan su propio trabajo. Pero la mayor parte de estos códigos se limitan a las responsabilidades profesionales, de modo que dejan amplio margen a la irresponsabilidad. Se ocupan de las minucias, no de los problemas más graves. Por consiguiente el científica se siente libre de proseguir su investigación suceda lo que sucediere; el ingeniero, de ir adelante con sus proyectos sin que le importe qué o quién pueda desaparecer; y el administrador, de fomentar la producción o las ventas son ocuparse de las consecuencias para el prójimo. En definitiva, apenas hay frenos externos que puedan internalizarse impidiendo que el científico, el ingeniero y el administrador emprendan actividades profesionales moralmente objetables o socialmente dañinas. El que se comporte bien para con sus semejantes queda librado a su conciencia moral o, lo que es peor, a la de sus superiores. Desgraciadamente la conciencia, habitualmente despierta en cuestiones privadas y profesionales, está más bien somnolienta cuando se trata de afectar vidas anónimas de los demás. Me apresuro a aclarar que no estoy tomando partido por los enemigos de la ciencia y de la tecnología. No hay nada que sea inherentemente malo en la ciencia, la ingeniería o la administración; por lo tanto no se trata de volver a la sociedad preindustrial. Pero puede haber mucho de malo en las metas que se hace servir a la ciencia, la tecnología o la administración, así como en alguno de los efectos colaterales que acompañan a la mejor de las meta. Si los fines son malos, como sucede con el genocidio, la opresión de grupos o naciones, la estafa a los consumidores, el engaño al público, o la corrupción de la cultura, entonces está claro que quienquiera que los sirva comete maldades aun cuando no sean sancionadas legalmente. En este caso el científico, ingeniero o administrador es un mero instrumento. Los instrumentos son moralmente inertes y socialmente irresponsables. Por consiguiente, cuando actúa como herramienta, el científico, ingeniero o administrador rehusará asumir responsabilidades a menos que fracase en su cometido (aunque no rehúsa los honores si tiene éxito). Si se le reprocha su acción se proclama inocente o excusa sus actos sosteniendo que ha actuado bajo órdenes (befenlnotstand); los hay quienes reaccionan con indignación. Obviamente, su actitud se debe, sea a un exceso de humildad, sea a un exceso de arrogancia. En el primer caso se arrastra ante sus superiores, en el segundo se eleva por encima de la humanidad ordinaria; en ambos casos obra indecentemente. El científico, ingeniero o administrador podrá lavarse las manos pero esto no lo libra de sus deberes morales y responsabilidades sociales, no sólo como ser humano y ciudadano sino también como profesional. Y esto porque, insistimos, los científicos, ingenieros y administradores son más responsables que cualquier otro grupo ocupacional del estado en que está el mundo. No se puede manipular el mundo como si fuera un trozo de arcilla, negándose al mismo tiempo a asumir la responsabilidad por lo que se hace o se rehúsa a hacer, particularmente si la pericia del experto en cuestión se necesita para reparar los daños que ha hecho o al menos para evitar daños futuros. En suma, el ingeniero, y el administrador, precisamente porque ejercen un poder enorme o contribuyen al poder de modo decisivo, tienen una responsabilidad moral y social mayor que el común de los mortales. Siendo así, mejor es que la miren de frente, porque llegará el momento en que les pediremos cuentas. 2. EL TÉCNICO DESGARRADO POR INTERES CONFLICTIVOS
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    70 Supongamos que unequipo de ingeniero s está a cargo del diseño y construcción de una planta industrial. ¿Qué se espera de ellos? Mucho: A: La administración espera una planta eficiente y provechosa. T: Los trabajadores esperan obtener unas buenas condiciones de trabajo. V: Los vecinos esperan que la planta no contamine el ambiente. P: Los colegas profesionales esperan un diseño, ejecución y operaciones técnicamente avanzados. C: Los consumidores esperan productos útiles a preciso razonables. Además, los desocupados esperan una nueva fuente de trabajo; los proveedores, órdenes de suministros; los bancos, un nuevo cliente; y el gobierno, una nueva fuente de impuestos o acaso una nueva sima de subsidios. El ingeniero puede ignorar algunas de estas expectativas y demandas pero no todas, tanto más por cuanto no son todas mutuamente compatibles. Por ejemplo, si la administración exige y obtiene costos mínimos junto con beneficios máximos, entonces todos los otros grupos afectados por el proyecto se sentirán perjudicados. Por lo tanto el ingeniero ignorará a algunos grupos, favorecerá a otros, e intentará hacer compromisos con otros más. Evidentemente, al tomar decisiones de este tipo el ingeniero platea y resuelve problemas morales. Y lo hace adoptando, tácita o explícitamente, algún código moral. Todo código moral se reduce a una orientación de intereses o, para decirlo de manera más elegante, los códigos morales ordenan valores. Para abreviar, escribamos ‘A > B’ par designar la proposición “A es preferible a B”, o “Hay un individuo o grupo para el cual el valor de A es mayor que el valor de B”. Entonces nuestros ingenieros se enfrentan con diversos códigos morales, entre ellos los siguientes: Moral del interés privado: A supera a todos los demás, Moral del interés profesional: P supera a todos los demás. Moral del interés público: C>V>T>A>P La elección entre estas posibilidades dependerá a su ve del código moral global de los decidores. Y quienes sean los decisores depende a su vez de tipo de empresa y del tipo de sociedad. En la sociedad ideal,- que, naturalmente, no existe- prevalece la moral del interés público, de modo que los ingenieros y administradores (en particular sólo los políticos) son servidores de la comunidad. Pero no discutamos este punto controvertido en este momento: lo que interesa para nuestros propósitos inmediatos es que todo técnica, en cualquier sociedad, enfrenta conflictos de interese y toma decisiones morales que concuerdan con ciertos códigos morales pero no con otros. En resumen, el técnico,- sea ingeniero o administrador- es un agente moral aun cuando sus decisiones y actos sean tachados de inmorales por aquellos a que son perjudicados por sus decisiones y actos. Y, como es bien sabido, el tecnólogo puede hacer daño, sea poniendo buena tecnología al servicio de malas metas, sea empleando tecnología inherentemente perversa, pero éste último concepto merece un parágrafo aparte. 3. NO TODA TECNOLOGÍA ES BUENA Toda ciencia pura es buena o al menos indiferente ya que, por definición, se ocupa sólo de mejorar nuestros modelos del mundo, y el conocimiento es bien intrínseco. En cambio, la tecnología se ocupa de la acción humana sobre cosas y personas. Esto es, la tecnología da poder sobre cosas y seres humanos, y no todo poder es bueno para todos. Basta pensar en la tanatología, o tecnología de la muerte: el diseño de estrategias y tácticas de agresión, de armamento y defoliantes, de campos de exterminio, etc. Todo esto es intrínsecamente malo según cualquier código moral excepto el de los asesinos de masa. Y cualquier código moral excepto el de los asesinos de masas. Y cualquiera que sea el resultado colateral beneficioso, es muchísimo menor que sus efectos nocivos: la destrucción de vidas humanas, la desintegración de lazos familiares y de amistas, el aumento de la agresividad, la violencia y la insensibilidad, la mutilación del ambiente.
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    71 Por cierto quelas personas, grupos y naciones tienen el derecho de defenderse de agresores y opresores, si es necesario por la fuerza de las armas. Pero si confían la defensa, cosa política, en manos del tanatólogo, éste podrá aconsejar al ataque como la mejor de las defensas. Y hoy día, con la emergencia de un sistema internacional casi monolítico, cualquier guerra local puede arrastrar a toda un área y aun a nucleares, la especie humana podrá ser barrida para siempre. Aunque éstas son trivialidades, es preciso repetirlas no sólo porque hay que hacer algo para disminuir el peligro de cualquier guerra, sino también por que la guerra moderna es eminentemente tecnológica, lo que nos recuerda que no toda tecnología es buena. Por ser moralmente ambigua, la tecnología debiera estar bajo control en lugar de permitirse que se desarrolle sin trabas en beneficio de los grupos económicos o políticos que pueden pagarla. En otras palabras, es preciso tener el tecnólogo por responsable, no sólo técnica sino también moralmente, por todo lo que diseñe o ejecute. No sólo debe exigirse que sus artefactos sean óptimamente eficientes sino también que, lejos de ser maléficos, sean beneficiosos, y esto no sólo a la corta sino también a la larga. Y no se nos venga con el cuento de que sólo los agentes libres pueden ser considerados moralmente responsables, de modo que un técnico que actúe bajo ordenes es inocente; ésta fue, precisamente, la defensa de Adolf Eichmann. Si se le ordena hacer algo dañino, el tecnólogo es libre de rehusarse a acatar la orden; si es necesario puede renunciar a su puesto, o puede sabotear su propio trabajo, o puede combatirlo. Por supuesto que podrá ser castigado por desobedecer. Pero es parte del juego de la vida humana – de toda vida- en sociedad-en cualquier sociedad. Cuanto más responsable es un puesto, tanto más riesgoso es, pero también es tanto más gratificador. El técnico es moralmente responsable por sus actos profesionales porque éstos, lejos de ser espontáneos, resultan de decisiones deliberadas y racionales a la luz (o a la oscuridad) de algún código moral. El tecnólogo es responsable de su trabajo profesional y es responsable ante todos aquellos que son afectados por él, no solamente ante su empleador. El tecnólogo que se empeña en agradar tan sólo a su patrón, ignorando los intereses de todos los demás, es un mero cómplice o instrumento, más que un profesional integro que enfrenta todas sus responsabilidades, así como el buen político (exitoso o fracasado) hace buen uso del poder, así también el buen tecnólogo hace buen uso de su conocimiento y de su pericia, que es su uso para bien de la humanidad. Y esto no es mera retórica, ya que, si queremos sobrevivir, debemos tratar de evitar los desastres, de magnitud creciente, provocados con ayudad de la tecnología. No me refiero tan sólo a los efectos e la tecnología intrínsecamente perversa sino también al uso moralmente objetable y técnicamente miope de tecnología potencialmente buena. Baste mencionar la pavimentación en gran escala de tierras fértiles, la combustión desenfrenada de combustibles fósiles, la destrucción de bosques para perfeccionar esos catálogos comerciales llamados periódicos, ye l robo del aire y del agua. Todo proyecto tecnológico en gran escala tiene un fuerte impacto sobre la naturaleza y la sociedad. (Baste pensar en los cambios biológicos y sociales producidos por la construcción o dique, sin hablar del rediseño de una ciudad). Por ello, si se han de minimizar los efectos nocivos de cualquier proyecto de tal magnitud, su diseño no debiera dejarse exclusivamente en manos de ingenieros, particularmente si éstos están ansiosos por agradar a sus empleadores (sean éstos empresarios o políticos). La comunidad afectada por el proyecto tiene el derecho de someterlo al control de otros especialistas, tales como sociólogos aplicados, funcionarios de salud pública, urbanistas, conservacionistas, etc., al punto de poder vetar al proyecto íntegro si sus efectos negativos pueden sobrepasar sus beneficios sociales. No se trata de frenar el desarrollo tecnológico sino de impedir que el progreso en algún respecto (por ejemplo diseño) bloquee en otros respectos. Dada la estrecha relación entre los aspectos físico, biológico y social de cualquier proyecto tecnológico en gran escala, la tecnología avanzada y en gran escala no debe ser unilateral, no debe ponerse al servicio de intereses estrechos, miopes, y libres de control moral: es preciso que dicha tecnología, por ser multilateral, tenga una orientación social, sea concebida a largo plazo, y sea sujeta a controles morales. Pero nada de esto será posible mientras el tecnólogo se considere a sí mismo como mero empleado y se escude tras la dirección económica o política. El tecnólogo, para ser un buen tecnólogo, debe considerarse a sí mismo como delegado y como líder. En otras palabras, la tecnología competente, socialmente beneficiosa e inspirada moralmente exige una tecnología global, o sea, el dominio de los expertos en todos los campos de la acción humana. Pero éste es otro asunto.
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    73 ANIMAL CAPÍTULO UNO TODOS LOSANIMALES SOMOS IGUALES... O POR QUÉ LOS DEFENSORES DE LA LIBERACIÓN DE LOS NEGROS Y DE LAS MUJERES DEBERÍAN APOYAR TAMBIÉN LA LIBERACIÓN DE LOS ANIMALES Es posible que la “Liberación de los Animales” suene más a una parodia de otros movimientos de liberación que aun objetivo serio. La idea de “Los Derechos de los Animales” se usó de hecho, en otro tiempo, para hacer una parodia del tema de los derechos de las mujeres. Cuando Mary Wollstonecraft, una precursora de las feministas de hoy, publico su Vindication of the Rights of Woman en 1792, sus puntos de vista fueron considerados absurdos por una gran parte de la gente, y antes de que pasara mucho tiempo apareció una publicación anónima titulada A vindication of yhe Rights of Brutes. El autor de esta obra satírica (ahora se sabe que fue Thomas Taylor, un distinguido filósofo de Cambridge) intentó rebatir los argumentos de Mary Wollstonecraft demostrando que podían llevarse más lejos. Si había razón para hablar de igualdad con respecto a las mujeres, ¿por qué no hacerlo con respecto a los perros, gatos y caballos? El razonamiento parecía también aplicable a estas “bestias” aunque, por otra parte, sostener que las bestias tenían derechos era obviamente absurdo; por lo tanto, el razonamiento que condujo a esta conclusión tenía que ser falso, y si resultaba falso ala aplicarse a las “bestias”, también tenía que serlo al hacerlo con las mujeres, ya que en ambos casos se habían usado los mismos argumentos. Para explicar las bases de la igualdad de los animales, sería conveniente empezar por un examen de la causa de la liberación de las mujeres. Asumamos que queremos defender el tema de los derechos de las mujeres atacado por Thomas Taylor. ¿Cómo responderíamos? Un modo de réplica sería decir que no es válido extender el argumento de la igualdad entre los hombres y las mujeres a los animales no humanos. Las mujeres tienen derecho al voto, por ejemplo, porque son exactamente capaces de hacer decisiones racionales sobre el futuro como los hombres; los perros, por otra parte, son incapaces de comprender el significado del voto y por lo tanto, no pueden tener acceso al mismo. Hay muchas otras formas igualmente obvias de mostrar la gran semejanza que existe entre los hombres y las mujeres, mientras que los humanos y los animales difieren enormemente entre sí. Así pues, podría decirse que los hombres y las mujeres son seres similares y que deben tener similares derechos, mientras que los humanos y los no humanos son diferentes y no deben tener los mismos derechos. El razonamiento que esconde esta réplica a la analogía de Taylor es correcto hasta cierto punto, pero no llega lo suficientemente lejos. Hay diferencias importantes entre los humanos y otros animales, y estas diferencias tienen que dar lugar
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    74 a ciertas diferenciasen los derechos que tenga cada uno. Sin embargo, reconocer este hecho que es obvio, no implica que haya una barrera para la extensión del principio básico de igualdad a los animales no humanos. Las diferencias que existen entre los hombres y las mujeres son igualmente innegables, y los defensores de la Liberación de la Mujer son conscientes de que estas diferencias pueden originar derechos diferentes. Muchas feministas sostienen que las mujeres tienen derecho a abortar cuando lo deseen. De esto no se infiere que, puesto que estas mismas feministas hacen campaña para conseguir la igualdad entre los hombres y las mujeres, tengan que defender también el derecho de los hombres al aborto. Puesto que un hombre no puede tener un aborto, no tiene sentido hablar de su derecho a tenerlo. Puesto que un perro no puede votar, no tiene sentido hablar de su derecho al voto. No hay ninguna razón por la que la Liberación de la Mujer o la de los Animales tengan que complicarse con semejantes necedades. la extensión de un grupo a otro del principio básico de igualdad no implica que tengamos que tratar a los dos grupos del mismo modo exactamente, ni tampoco garantiza los mismos derechos a ambos grupos. El que debamos o no hacer esto, dependerá de la naturaleza de los miembros de los dos grupos. El principio básico de igualdad no requiere un tratamiento igual o idéntico; requiere una consideración igual. Igual consideración para seres diferentes puede conducir a diferentes tratamientos y derechos diferentes. Vemos, por tanto, que hay otra manera de responder al intento de Taylor de parodiar la causa de los derechos de las mujeres, una manera que no niega las obvias diferencias entre los humanos y los no humanos, pero que penetra más profundamente en la cuestion de la igualdad y que concluye sin encontrar nada absurda la idea de que el principio básico de igualdad se aplique a las llamadas "bestias". Esta conclusión puede parecernos extraña por el momento, pero si examinamos más detenidamente las bases sobre las que se apoya nuestra oposición a la discriminación por la raza o el sexo, veremos que no serían muy sólidas si pidiéramos igualdad para los negros, las mujeres y otros grupos de humanos oprimidos y, simultáneamente, les negáramos a los no humanos una consideración igual. Para clarificar este punto tenemos que ver primero por qué exactamente son repudiables el racismo y el sexismo. Cuando decimos que todos los seres humanos, independientemente de su raza, credo o sexo, son iguales, ¿qué es lo que estamos afirmando? Los que desean defender las sociedades jerárquicas no igualitarias han señalado a menudo que, sea cual fuere el método de demostración elegido, simplemente no es verdad que todos los humanos son iguales. Nos guste o no, tenemos que reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y facultades intelectuales diferentes, distintos grados de benevolencia y sensibilidad para con las necesidades de los demás, diferentes capacidades para comunicarse efectivamente y para experimentar placer y dolor. Dicho de otro modo, si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla. No obstante, uno puede aferrarse a la idea de que la igualdad de los seres humanos se basa en una igualdad real de las diferentes razas y sexos. Se podría decir que, aunque los humanos difieren como individuos, no existen diferencias entre las razas y los sexos en cuanto tales. Del mero hecho de que una persona sea negra o mujer no se puede inferir nada sobre sus capacidades intelectuales o morales y ésta, podría decirse, es la razón por la que el racismo y el sexismo son repudiables. El racista blanco alega ser superior a los negros, pero esto es falso, ya que aunque existen diferencias entre los individuos, algunos negros son superiores en capacidad y facultades a algunos blancos en todos los aspectos relevantes que puedan concebirse. El oponente del sexismo diría lo mismo: el sexo de una persona no nos dice nada sobre sus capacidades, y por lo tanto, es injustificado discriminar sobre la base del sexo. La existencia de variantes individuales cuya base no sea la raza o el sexo, sin embargo, nos deja vulnerables frente a un oponente de la igualdad más sofisticado, uno que proponga por ejemplo, que los intereses de todas las personas cuyos coeficientes de inteligencia sean menores a 100
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    75 merecen una consideracióninferior a los de aquellas otras por encima de 100. Quizás los que no consiguiesen pasar la prueba fueran, en esa sociedad, esclavos de los que la hubiesen superado. ¿Sería una sociedad jerárquica de este tipo mejor que otra cuya jerarquía se basara en la raza o en el sexo? No lo creo, pero si limitamos el principio moral de igualdad a la igualdad real de las diferentes razas y sexos, consideradas en su conjunto, nuestra oposición al racismo y al sexismo no nos proporciona ninguna base para cuestionar este tipo de no igualitarismo. Hay otra razón importante por la que no debemos basar nuestra oposición al racismo y al sexismo en ninguna clase de igualdad real, ni siquiera la que se basa en que las variaciones en las capacidades y facultades están distribuidas uniformemente entre las diferentes razas y sexos: no podemos tener una garantía absoluta de que, en efecto, así sea. En lo que se refiere a las capacidades reales, parece haber ciertas diferencias objetivamente determinables entre las razas y los sexos, aunque por supuesto, no se muestran en cada caso individual, sino sólo en valores medios. Todavía más importante: no sabemos aún qué proporción de estas diferencias se debe, de hecho, a las diferentes dotaciones genéticas de las diversas razas y sexos, y cuál se debe a peores escuelas, peores viviendas, y demás factores que son resultado de la discriminación pasada y presente. Es posible que todas las diferencias significativas se lleguen a identificar algún día como ambientales y no como genéticas, y todo el que se oponga al racismo y al sexismo esperará que sea así, ya que esto facilitaría mucho la tarea de acabar con la discriminación; pero de todas formas, sería peligroso que la lucha contra el racismo y el sexismo descansara en la creencia de que todas las diferencias importantes tienen un origen ambiental. El que tratara de rechazar el racismo por ejemplo, por esta vía, tendría que acabar admitiendo que si se prueba que las diferencias de aptitudes tienen alguna conexión genética con la raza, el racismo podría ser defendible en cierto modo. Afortunadamente, no hay necesidad de supeditar el tema de la igualdad a un resultado concreto de la investigación científica. La respuesta adecuada para los que pretenden haber encontrado evidencia de diferencias de aptitudes entre las razas o los sexos basadas en la genética no está en aferrarse a la creencia de que la explicación genética tenga que estar equivocada, aunque existan pruebas de lo contrario, sino más bien en dejar muy claro que el derecho a la igualdad no depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física, o factores similares. La igualdad es una idea moral, no la afirmación de un hecho. Lógicamente, no hay ninguna razón de peso para asumir que una diferencia real de aptitudes entre dos personas justifique ninguna diferencia en cuanto a la consideración que debamos dar a sus necesidades e intereses. El principio de la igualdad de los seres humanos no es la descripción de una supuesta igualdad real entre ellos: es una norma de conducta. Jeremy Bentham, fundador de la escuela de filosofía moral utilitarista y reformista, incorporó la base esencial de la igualdad moral a su sistema de ética mediante la fórmula: "Cada persona debe contar por uno y nadie por más que uno." En otras palabras, los intereses de cada ser afectado por una acción han de tenerse en cuenta y considerarse tan importantes como los de cualquier otro ser. Henry Sidgwich, un utilitarista posterior, lo expresó del siguiente modo: "El bien de cualquier individuo no tiene más importancia, desde el punto de vista (si podemos decirlo) del Universo, que el bien de cualquier otro". Más recientemente, las figuras más influyentes de la filosofía moral contemporánea están en general de acuerdo en incluir como un supuesto fundamental de sus teorías morales, alguna formulación similar que suponga la 1a igual consideración de todos los intereses; en lo que estos escritores no se ponen de acuerdo en términos generales, es en cómo debe formularse este requisito. Este principio de igualdad lleva implícito que nuestra preocupación por los demás y nuestra buena disposición para considerar sus intereses, no debe depender de cómo sean los otros o de sus aptitudes. Lo que esta preocupación o consideración requiera de nosotros precisamente puede variar
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    76 según las característicasde los afectados por nuestras acciones: el interés por el bienestar de un niño que crece en América requeriría que le enseñáramos a leer; el interés por el bienestar de un cerdo puede requerir tan sólo que le dejemos en paz con otros cerdos en un lugar donde haya suficiente alimento y sitio para que se mueva libremente. Pero el elemento básico—el tener en cuenta los intereses del ser, independientemente de cuáles sean esos intereses—tiene que extenderse, segun el principio de igualdad, a todos los seres, negros o blancos, masculinos o femeninos, humanos o no humanos. Thomas Jefferson, que fue responsable de la inserción del principio de la igualdad de los hombres en la Declaración de Independencia Americana, ya tuvo esto en cuenta, lo que le motivó a oponerse a la esclavitud aún cuando era incapaz de liberarse completamente de su pasado como propietario de esclavos. En una carta dirigida al autor de un libro que ponía de manifiesto los considerables logros intelectuales de los negros para rebatir la entonces generalizada opinión de que sus capacidades intelectuales eran limitadas, escribió lo siguiente: Puede estar seguro de que nadie en el mundo desea más sinceramente que yo ver una refutación absoluta de las dudas que he mantenido y expresado sobre el grado de inteligencia con que les ha dotado la naturaleza, y descubrir que son iguales a nosotros. . . pero cualquiera que sea su grado de talento, no puede constituirse en la medida de sus derechos. El que Sir Isaac Newton fuera superior a otros en inteligencia, no le erigió en señor de la propiedad o la persona de otros. De un modo semejante, cuando a mediados del siglo pasado, en la década de los cincuenta, surgió el llamamiento en pro de los derechos de las mujeres en los Estados Unidos, una extraordinaria feminista negra llarnada Sojourner Truth dijo lo mismo en terminos más duros en una convención feminista: . . . hablan de esto que tenemos en la cabeza; ¿cómo le llaman? ("Intelecto", susurró al- guien que estaba cerca). Eso es ¿qué tiene eso que ver con los derechos de las mujeres o de los negros? Si en mi taza sólo cabe una pinta y en la tuya cabe un cuarto de galón, ¿no pecarías de mezquindad si no me la dejaras llenar? La lucha contra el racismo y el sexisno tiene que apoyarse,en definitiva, sobre esta base; y de acuerdo con este principio, la actitud que podemos llamar "especismo", por analogía con el racismo, tiene que ser condenada también. El especismo—la palabra no es atractiva, pero no se me ocurre otra mejor—es un prejuicio o actitud cargada de parcialidad favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de las otras. Debería resultar obvio que las objeciones fundamentales al racismo y al sexismo de Thomas Jefferson y Sojourner Truth se aplican igualmente al especismo. Si la posesión de una inteligencia superior no autoriza a un humano a que utilice a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los humanos a explotar a los no humanos con la misma finalidad? Muchos filósofos y escritores han propugnado de una u otra forma como un principio moral básico la igual consideración de intereses, pero no muchos han reconocido que este principio sea aplicable, también, a los miembros de otras especies distintas a la nuestra. Jeremy Bentham fue uno de los pocos que tuvo esto por cierto. En un pasaje con visión de futuro, escrito en una época en que
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    77 los franceses yahabian liberado a sus esclavos negros, mientras que en los dominios británicos se les trataba aún como ahora tratamos a los animales, Bentham escribió: Puede llegar el dia en que el resto de la creacion animal adquiera esos derechos que nunca se le pudo haber negado de no ser por la acción de la tiranía Los franceses han descubierto ya que la negrura de la piel no es razón para abandonar sin remedio a un ser humano al capricho de quien le atormenta. Puede que llegue un día en que el número de piernas, la vellosidad de la piel, o la terminación del os sacrum sean razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible al mismo destino. ¿Qué otra cosa hay que pudiera trazar la linea infranqueable? ¿Es la facultad de la razón, o acaso la facultad del discurso? Mas un caballo o un perro adulto es sin comparación un animal más racional, y también más sociable, que una criatura de un día, una semana o incluso un mes. Pero, aún suponiendo que no fuera así, ¿qué nos esclarecería? No debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir? En este pasaje, Bentham señala la capacidad de sufrimiento como la característica básica para atribuir a un ser el derecho a una consideración igual. La capacidad de sufrimiento—o más estrictamente, de sufrimiento y/o goce o felicidad—no es una característica más como la capacidad para el lenguaje o las matemáticas superiores. Bentham no está diciendo que los que intentan trazar "la línea infranqueable" que determina si se deben tener o no en cuenta los intereses de un ser hayan elegido una característica errónea. Al decir que tenemos que considerar los intereses de todos los seres con capacidad de sufrimiento o goce, Bentham no excluye arbitrariamente ningún interés, como hacen los que trazan la línea divisoria en función de la posesión de la razón o el lenguaje. La capacidad para sufrir y disfrutar es un requisito para tener cualquier otro interés, una condición que tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar de intereses de una manera significativa. Sería una insensatez decir que se actúa contra los intereses de una piedra porque un colegial le dé un puntapié y ruede por la carretera. Una piedra no tiene intereses porque no puede sufrir, y nada que pudiéramos hacerle afectaría a su bienestar. Un ratón, sin embargo, sí tiene interés en que no se le haga rodar a puntapiés por un camino porque sufrirá si esto le ocurre. Si un ser sufre no puede haber ninguna justificación moral para negarse a tomar en consideración este sufrimiento. El principio de igualdad requiere, independientemente de la naturaleza del ser que sufra, que su sufrimiento cuente tanto como otro igual --en la medida en que pueden hacerse comparaciones a grosso modo—de cualquier otro ser. Cuando un ser carece de la capacidad de sufrir, o la de disfrutar o ser feliz, no hay nada que tener en cuenta. Por lo tanto, la sensibilidad (entendiendo este término como una simplificación conveniente, aunque no estrictamente adecuada, para referirnos a la capacidad de sufrir y/o disfrutar) es el único límite defendible a la hora de sentirnos involucrados en los intereses de los demas. Establecer el límite por alguna otra característica como la inteligencia o el raciocinio sería introducir la arbitrariedad. ¿Por qué no situarlo entonces en una característica tal como el color de la piel? El racista viola el principio de igualdad al dar un peso mayor a los intereses de los miembros de su propia raza cuando hay un enfrentamiento entre sus intereses y los de otra raza. El sexista viola el mismo principio al favorecer los intereses de su propio sexo. De un modo similar, el especista permite que los intereses de su propia especie predominen sobre los intereses esenciales de los miembros de otras especies. El modelo es idéntico en los tres casos. La mayoría de los seres humanos es especista. Los capítulos siguientes muestran que seres humanos corrientes—no unos pocos excepcionalmente crueles o despiadados, sino la gran mayoría de los humanos— participan activamente, dan su consentimiento y permiten que los impuestos que pagan se utilicen para financiar un tipo de actividades que requieren el sacrificio de los intereses más vitales de miembros de otras especies para promover los intereses más triviales de la nuestra.
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    78 Existe, sin embargo,una defensa del tipo de acciones que se describen en los próximos dos capítulos que debemos descartar antes de pasar a hablar de las prácticas en sí. Se trata de un alegato que, si es verdadero, nos permitiría hacer toda clase de cosas a los no humanos por la razón más insignificante, o sin ninguna razón en absoluto, sin merecer por ello ningún reproche fundado. Esta opinión sostiene que en ningún caso somos culpables de despreciar los intereses de otros animales por una razón sencillísima: no tienen intereses. Los animales no humanos carecen de intereses, según esta perspectiva, porque no son capaces de sufrir, y no es que se quiera decir tan sólo que no son capaces de sufrir de las múltiples formas en que lo hacen los humanos, por ejemplo, que una ternera no pueda sufrir por saber que la van a matar en un período de seis meses. Esto no ofrece lugar a dudas, si bien no libera a los humanos de la acusación de especismo, ya que no elimina la posibilidad de que los animales sufran de otras formas: haciéndoles recibir descargas eléctricas o manteniéndoles entumecidos en pequeñas jaulas, por ejemplo. La defensa que voy a exponer ahora, consistente en afirmar que los animales son incapaces de cualquier tipo de sufrimiento, es mucho más devastadora, aunque menos plausible. Los animales, según esta opinión, son autómatas inconscientes, y carecen de pensamientos, sentimientos y vida mental. Aunque, como veremos en un capítulo posterior, la opinión de que los animales son autómatas la lanzó el filósofo francés René Descartes en el siglo XVII, es obvio para la mayoría de la gente, entonces y ahora, que si clavamos sin anestesia un cuchillo afilado en el estómago de un perro, el perro sentirá dolor. Las leyes en la mayoría de los países civilizados confirman que esto es así prohibiendo la crueldad gratuita con los animales. Los lectores cuyo sentido común les diga que los animales sufren, pueden saltarse lo que queda de esta sección y pasar directamente a la página 40, ya que las páginas intermedias se dedican exclusivamente a refutar una postura que no comparten. Sin embargo, para hacer una exposición completa, hay que incluirla a pesar de ser tan poco plausible. ¿Sienten dolor los animales, que no son humanos? ¿Cómo lo sabemos? Pues bien, ¿cómo sabemos si alguien, humano o no humano, siente dolor? Sabemos que nosotros sí lo sentimos por haberlo experimentado directamente cuando alguien, por ejemplo, aprieta un cigarrillo encendido contra el dorso de nuestra mano; pero, ¿cómo saber que los demás también lo sienten? No se puede experimentar el dolor ajeno, tanto si el "otro" es nuestro mejor amigo como si es un perro callejero. El dolor es un estado de la conciencia, un "suceso mental", y, como tal, nunca puede ser observado. Comportamientos como retorcerse, gritar o retirar la mano del cigarrillo no son dolor en sí. El dolor es algo que se siente, y no nos queda más alternativa que inferir que los otros también lo sienten por las diversas indicaciones externas. En teoría, siempre podríamos estar equivocados al asumir que otros seres humanos sienten dolor. Es concebible que nuestro mejor amigo sea, en realidad, un robot muy inteligentemente construído, controlado por un brillante científico, de forma que manifieste todas las señales de sentir dolor, pero que de hecho, no sea más sensible que cualquier otra maquina. Nunca podemos estar completamente seguros de que no sea éste el caso y, sin embargo, mientras éste tema resulta complejo para los filósofos, nadie tiene la menor duda de que nuestros mejores amigos sienten dolor exactamente igual que nosotros. Se trata de una deducción, pero es una deducción muy razonable, dado que está basada en observaciones de su conducta en aquellas situaciones en las que nosotros sentiríamos dolor, y en el hecho de que tenemos toda la razón al asumir que nuestros amigos son seres como nosotros, con sistemas nerviosos como los nuestros, que funcionan de un modo similar y son capaces de generar iguales sentimientos en parecidas circunstancias. Si está justificado suponer que los otros humanos sienten dolor como nosotros, ¿existe alguna razón para que no lo estuviera en el caso de otros animales? Casi todos los signos externos que nos motivan a deducir la presencia de dolor en los humanos pueden también observarse en las otras especies, especialmente en aquéllas más
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    79 cercanas a nosotros,como los diversos tipos de mamíferos y las aves. La conducta característica— sacudidas, contorsiones faciales, gemidos, chillidos u otros sonidos, intentos de evitar la fuente del dolor, aparición del miedo ante la perspectiva de su repetición, y así sucesivamente—está presente. Además, sabemos que estos animales poseen sistemas nerviosos muy parecidos a los nuestros, que responden fisiológicamente como los nuestros cuando el animal se encuentra en circunstancias en las que nosotros sentiríamos dolor: un aumento inicial de la presión de la sangre, dilatación de las pupilas, transpiración, aumento de las pulsaciones y, si continúa el estímulo, un descenso de la presión sanguínea. Aunque los humanos tienen una corteza cerebral más desarrollada que el resto de los animales, esta parte del cerebro está ligada a las funciones del pensamiento más que a los impulsos básicos, las emociones y los sentimientos. Estos impulsos, emociones y sentimientos están situados en el diencéfalo, que está bien desarrollado en otras especies de animales, sobre todo en los mamíferos y las aves. También sabemos que los sistemas nerviosos de otros animales no se construyeron artificialmente para remedar las reacciones de dolor de los humanos, como pudiera construirse un robot. Los sistemas nerviosos de los animales evolucionaron como los nuestros propios y, de hecho, en la historia de 1a evolución de los humanos y otros animales, especialmente los mamíferos, no se diferenciaron hasta después de aparecer los rasgos centrales de nuestros sistemas nerviosos. Obviamente, la capacidad de sentir dolor aurnenta las probabilidades de supervivencia de la especie, ya que hace que sus miembros eviten las fuentes del daño. No es sensato, seguramente, suponer que sistemas nerviosos idénticos fisiológicamente, con un origen y una función similares en su evolución y que originan formas de comportamiento iguales en similares circunstancias, funcionen de un modo radicalmente distinto en el plano de los sentimientos subjetivos. Hace ya tiempo que se acepta como norma en el campo de la ci~ncia el buscar la explicación más simple posible a cualquier suceso que se esté intentando explicar. Se acude de vez en cuando a este principio para calificar de "no científicas" a las teorías del comportamiento de los animales que hacen referencia a sus sentimientos y deseos conscientes, alegando que si la conducta en cuestión puede explicarse sin invocar a la conciencia o los sentimientos, ésta sería la teoría más simple. Sin embargo, ahora podemos ver que cuando estas explicaciones se sitúan en el contexto general de la conducta de los animales humanos y de los no humanos, resultan ser, de hecho, mucho más compleias que sus contrarias. Sabemos por nuestra propia experiencia que las explicaciones de nuestro comportamiento que no hagan referencia a la conciencia y al sentimiento de dolor son incompletas; y resulta más simple suponer que un comportamiento igual en los animales que tienen sistemas nerviosos similares se explica del mismo modo, que intentar inventar alguna otra explicación para diferenciar a los humanos de los no humanos a este respecto. La inmensa mayoría de los cientificos que se han pronunciado sobre este punto están de acuerdo. Lord Brain, una de las figuras más importantes en neurología, ha dicho: Personalmente no encuentro ninguna razón para conceder que mis iguales, los humanos, tienen mente, y negárselo a los animales. . . Al menos, no puedo dudar de que la relación entre los intereses y actividades de los animales y su conclencia y sentimientos es similar a la que existe en mi propio caso, y que, por lo que yo sé, hasta puede ser igual de intensa.7 Paralelamente, el autor de un libro reciente sobre el dolor, escribe: Toda evidencia posible basada en los hechos apoya la tesis de que los vertebrados mamíferos más desarrollados experimentan sensaciones de dolor al menos tan agudas como las nuestras. Decir que sienten menos porque son animales inferiores es un absurdo; se puede
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    80 demostrar fácilmente quemuchos de sus sentidos son mucho más agudos que los nuestros: la agudeza visual en ciertas aves, el oído en la mayoría de los animales salvajes, y el tacto en otros; éstos animales dependen en la actualidad más que nosotros del conocimiento más completo posible de un medio hostil. Aparte de la complejidad de la corteza cerebral (que no percibe dolor directamente), sus sistemas nerviosos son casi idénticos a los nuestros, y sus reacciones ante el dolor extraordinariamente parecidas, aunque carentes (según mi información) de connotaciones filosóficas y morales. El elemento emocional es de sobra evidente ante todo en forma de miedo y de cólera.8 En Gran Bretaña, tres comités diferentes del gobierno, expertos en el tema de los animales, llegaron a la conclusión de que éstos sienten dolor. Después de señalar las pautas de conducta que evidencían este punto de vista, el Committee on Cruelty to Wild Animals decia lo siguiente: . . . creemos que la evidencia fisiológica, y más concretamente la anatómica, justifica plenamente y refuerza la creencia basada en el sentido común de que los anima'ies sienten dolor. Y después de señalar el carácter evolutivo del dolor, acababa concluyendo que el dolor tiene una "clara utilidad biológica" y que esto constituye "un tercer tipo de evidencia de que los animales sienten dolor". Pasaba entonces, a considerar formas de sufrimiento distintas del simple dolor físico, y añadía que los miembros del comité estaban "convencidos de que los animales sufren de miedo y terror agudos". En 1965, los informes de los comités del gobierno inglés sobre experimentos realizados con animales, y sobre el estado de los animales sometidos a métodos de producción intensiva, estaban de acuerdo con esta tesis, concluyendo que los animales tienen capacidad para sufrir no sólo por daños físicos directos, sino por miedo, ansiedad, tensión, etc.9 Podriamos considerar que esto es suficiente para poner fin a la controversia; pero hay todavía otra objeción que merece nuestra consideración. Existe, pese a todo, una pauta de conducta de los humanos cuando sienten dolor, de la que carecen los no humanos. Se trata de un lenguaje desarrollado. Otros animales se pueden comunicar entre sí, pero no según parece, en la complicada forma en que lo hacemos nosotros. Algunos filósofos, incluido Descartes, pensaron que es importante el hecho de que los humanos puedan contarse su experiencia del dolor con gran detalle, en tanto que otros animales no pueden. (Es interesante resaltar que esta linea divisoria entre los humanos y las otras especies, clara en otro tiempo. hoy está poniéndose en duda a causa del descubri miento de que a los chimpancés se les puede enseñar un lenguaje.) 10 Pero, como Bentham señaló hace mucho tiempo, la facultad de utilizar un lenguaje no es relevante a la hora de decidir el trato que se debe a un ser, a menos que esa facultad pueda ligarse a su capacidad de sufrimiento, en cuyo caso la ausencia de un lenguaje podria hacer dudar de la existencia de esta capacidad. Este nexo se puede abordar por dos vías. Primero, existe una vaga trayectoria de pensamiento filosófico, proveniente quizás de ciertas doctrinas asociadas al influyente filósofo Ludwig Wittgenstein, que mantiene que no podemos atribuir estados de conciencia a seres sin lenguaje. Esta postura no me parece plausible, ya que el lenguaje puede ser necesario para el pensamiento abstracto, al menos a un cierto nivel, pero estados como el dolor son más primitivos, y no tienen nada que ver con el lenguaje. La segunda vía, más facilmente comprensible, de enlazar el lenguaje con la existencia del dolor consiste en decir que la mejor evidencia que tenemos de que otra criatura sufre dolor es
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    81 cuando nos lodice. Este es un argumento de otro tipo. Porque no niega que quienes carezcan de lenguaje puedan sufrir, sino solamente el que jamás podamos tener suficientes razones para creer que están sufriendo. Con todo, este tipo de argumento también fracasa. Como ha señalado Jane Goodall en su estudio sobre chimpancés, In the Shadow of Man, cuando se trata de la expresión de sentimientos y emociones, el lenguaje es menos importante que en otros aspectos. Tendemos a replegarnos en modos de comunicación no linguísticos, como animosos golpecillos en la espalda, un abrazo exhuberante, apretones de manos, etc. Los signos básicos que usamos para transmitir el dolor, el miedo, la cólera, el amor, la alegría, la sorpresa, la excitación sexual, y tantos otros estados emocionales no son específicos de nuestra propia especie. Charles Darwin realizó un amplio estudio sobre este tema, y el libro en que lo expone, The Expression of Emotions in Man and Animals, señala innumerables modos de expresión no linguísticos. La afirmación: "siento dolor" puede servir de evidencia para concluir que el que lo dice lo siente, pero no es la única posible, y puesto que la gente a veces cuenta mentiras, ni siquiera es la mejor. Incluso si hubiera mejores razones para negarse a atribuir dolor a los que carecen de lenguaje, las consecuencias de esta negación podrían llevarnos a rechazar la conclusión. Los recién nacidos y los niños pequeños son incapaces de usar el lenguaje. ¿Vamos a negar que un niño de un año pueda sufrir? Si no lo hacemos, el lenguaje no puede ser crucial. Por supuesto que la mayoría de los padres entiende mejor las respuestas de sus hijos que las de otros animales; pero esto es simplemente consecuencia del mayor conocimiento que tenemos de nuestra propia especie, y del mayor contacto que mantenemos con los niños pequeños, en comparación con los animales. La gente que ha estudiado la conducta de otros animales, y los que tienen animales caseros, pronto aprenden a entender sus respuestas tan bien como entendemos las de un niño, y a veces mejor. Lo que cuenta Jane Goodall sobre los chimpancés que observó es un ejemplo de esto, pero lo mismo puede decirse de los que han observado especies menos cercanas a la nuestra. Dos ejemplos entre los muchos posibles son las obser vaciones de gansos y grajos de Konrad Lorenz, y los intensos estudios de Tinbergen con gaviotas. Del mismo modo que podemos entender el comportamiento humano de un niño pequeño a la luz del de un adulto, podemos entender el comportamiento de otras especies a la luz del nuestro propio, y algunas veces entendemos mejor el nuestro a la luz del de otras especies. Por lo tanto, concluimos: no hay razones convincentes, cientificas ni filosóficas, para negar que los animales sienten dolor. Si no dudamos que otros humanos lo sienten, tampoco deberíamos dudar que lo slenten otros animales. Los animales pueden sentir dolor. Como vimos antes, no puede haber justificación moral para considerar el dolor (o el placer) que sienten los animales menos importante que el sentido por los humanos con la misma intensidad. Pero, ¿a dónde nos lleva esta afirmación en términos prácticos? Para evitar confusiones, dedicaré un poco más de tiempo a describir lo que esto significa. Si doy una fuerte palmada en la nalga a un caballo, puede que lo haga levantarse, pero seguramente sentirá poco dolor debido a que tiene una piel suficientemente gruesa para protegerle de una simple palmada, aunque sea fuerte. Si hago lo mismo con unniño, sin embargo, llorará y seguramente sentirá dolor porque su piel es más sensible. Por tanto, es peor pegar a un niño que a un caballo, si las bofetadas se administran con la misma fuerza. Pero tiene que haber algún tipo de golpe —no sé exactamente cuál, pero quizás uno asestado con un palo grueso—que cause al caballo tanto dolor como a un niño al que golpeáramos con la mano. Esto es lo que quiero decir cuando me refiero a "la misma intensidad de dolor", y si consideramos que está mal causar ese dolor a un niño sin ninguna razón convincente, tenemos que considerarlo igualmente, a no ser que seamos
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    82 especistas, cuando setrata de un caballo, aunque en este caso, el golpe habría de ser mayor para que causara el mismo dolor. Existen otras diferencias entre los humanos y los animales que dan lugar a nuevas complicaciones. Los seres humanos adultos normales tienen unas capacidades mentales que, en determinadas circunstancias, les harán sufrir más de lo que sufren los animales en ocasiones similares. Si por ejemplo, decidiéramos utilizar humanos adultos normales para experimentos científicos dolorosos o letales, secuestrándolos al azar en los parques públicos con este fin, todos los adultos que entraran en un parque tendrian miedo de ser secuestrados, y este terror sería una forma de sufrimiento adicional al dolor del experimento. Los mismos experimentos, realizados con animales no humanos, causarían menos sufrimiento, puesto que los animales no temerían ser secuestrados y hechos objeto de experimentos. Sin embargo, esto no quiere decir que esté bien realizar el experimento con los animales, sino que no hay una razón que no sea especista para preferir el uso de los animales al de los adultos humanos normales, en caso de que se haga tal experimento. Por otra parte, debemos señalar que este mismo argumento nos proporciona una base para preferir la utilización de niños muy pequeños —huérfanos quizás—o humanos retrasados mentales para los experimentos, en lugar de adultos, ya que ni unos ni otros tendrían ni idea de lo que les iba a suceder. Por lo que respecta a este argumento, los animales no humanos, los bebés y los retrasados mentales se encuentran en una misma categoría; y si es éste el argumento que utilizamos para justificar los experimentos con animales no humanos, tenemos que preguntarnos también, si estamos dispuestos a permitirlos con los otros dos grupos; y si establecemos una distinción entre los animales y estos humanos, ¿sobre qué base se apoya, sino sobre una preferencia mal disimulada—y moralmente indefendible—por los miembros de nuestra propia especie? Hay muchos aspectos en los que las superiores capacidades mentales de los humanos marcan una diferencia: la anticipación, una memoria más detallada, un mayor conocimiento de lo que sucede, etc., si bien no todas estas diferencias implican un mayor sufrimiento por parte del ser humano normal. Algunas veces, un animal puede sufrir más debido a que tiene un poder de comprensión más limitado. Si, por ejemplo, en tiempo de guerra capturamos a unos prisioneros, podemos explicarles que, aunque tienen que someterse a la captura, los interrogatorios y la prisión, no se les causarán otros daños y serán puestos en libertad cuando concluyan las hostilidades. Si capturamos a un animal salvaje, sin embargo, no podemos explicarle que no estamos amenazando su vida. Un animal salvaje no puede distinguir el intento de domar y confinar del de matar, y le causaría tanto terror uno como otro. Puede objetarse que es imposible hacer comparaciones entre los sufrimientos de las diferentes especies, y que por esta razón, el principio de igualdad no sirve cuando se enfrentan los intereses de los animales y los de los humanos. Probablemente sea cierto que comparar el sufrimiento de los miembros de especies diferentes no es tarea que pueda hacerse de un modo preciso, pero la precisión no es esencial. Incluso si evitáramos hacer sufrir a los animales sólo en aquellos casos en que los intereses de los humanos se vieran afectados en menor grado que los suyos, nos veríamos forzados a cambiar radicalmente el trato que les damos, incluyendo nuestra alimentación, las técnicas pecuarias que utilizamos, los procedimientos experimentales en muchos campos de la ciencia, nuestra visión de la vida animal y de la caza, de los adornos y las pieles, y entretenimientos como los circos, los rodeos y los zoológicos. El resultado de estos cambios sería haber evitado una gran cantidad de sufrimiento. Hasta ahora sólo me he referido al sufrimiento que imponemos a los animales, y he omitido deliberadamente hablar del hecho de que los matemos. La aplicación del principio de igualdad a la imposición de sufrimiento es, al menos en teoría, bastante clara. El dolor y el sufrimiento son malos y deben evitarse o minimizarse, independientemente de la raza, el sexo, o la especie del ser que sufre.
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    83 El dolor semide por su intensidad y duración, y los dolores de una misma intensidad y duración son igualmente nocivos para los humanos que para los animales. Resulta más complejo pronunciarse sobre la maldad de matar a otro ser. He puesto, y seguiré poniendo, la cuestión de matar en último término, porque en el estado actual de tiranía humana sobre otras especies, el principio simple y claro de exigir una consideración igual con respecto al dolor y al placer es base suficiente para identificar los abusos más esenciales que cometen los humanos con los animales y para protestar contra ellos. Sin embargo, se hace necesario decir algo sobre el hecho de matar. Del mismo modo que la mayoría de los humanos son especistas por su disposición a causar un dolor a los animales que no causarían a los humanos con el mismo motivo, también lo son por su disposición a matar a otros animales por razones por las que no matarían a seres humanos. Sin embargo, es necesario proceder más cautelosamente aquí, ya que la gente sostiene puntos de vista muy variados sobre cuándo es legítimo matar a los humanos, como lo demuestran los continuos debates acerca del aborto y la eutanasia. Tampoco los moralistas se han puesto de acuerdo en por qué exactamente está mal matar a los humanos, ni en qué circunstancias puede estar justificado matar a un ser humano. Vamos a considerar primero el punto de vista de que siempre está mal privar de la vida a un ser humano inocente, punto de vista al que nos referiremos como el de la "santidad de la vida", aunque, por el hecho de que los que lo mantienen no suelen oponerse en cambio, a matar a los no humanos, quizá sea mas correcto describirlo como el de la "santidad de la vida humana". La creencia de que la vida humana, y sólo ella, es sacrosanta, es una forma de especismo. Para comprender esto, vamos a considerar el ejemplo siguiente. Supongamos que, como sucede a veces, un niño nace con una grave e irreparable lesión cerebral. La gravedad de la lesión es tal que el niño nunca podría ser otra cosa que un "vegetal humano", incapaz de hablar, de reconocer a la gente, de actuar independientemente de los demás, o de desarrollar un sentido de auto-consciencia. Los padres del niño, dándose cuenta de que no hay esperanzas de que mejore su condición, y no estando dispuestos a gastarse, o a pedir que se gaste el Estado, los miles de dólares que se necesitarian anualmente para proporcionar un cuidado adecuado al niño, piden al médico que lo mate sin dolor. ¿Debe hacer el médico lo que le piden los padres? Legalmente no, y en este caso, la ley refleja el punto de vista de la santidad de la vida: la vida de todo ser humano es sagrada. Sin embargo, quienes opinarían así sobre este recién nacido no tienen nada que objetar al acto de matar a animales no humanos. ¿Cómo pueden justificarse tan dispares valoraciones? Los chimpancés adultos, los perros, los cerdos, y muchas otras especies superan con mucho a este recién nacido con lesión cerebral en su capacidad para relacionarse con los demás, para actuar de un modo independiente, para tener conciencia de sí mismos y en cualquier otra capacidad que pudiera pensarse que confiera valor a la vida. A pesar de los tratamientos más intensivos posibles, hay niños retrasados que nunca pueden adquirir la inteligencia de un perro. Tampoco podemos apelar al afecto de los padres de la criatura, ya que, en este caso imaginario (y en algunos casos reales), son ellos los que no quieren que el niño viva. Lo único que distingue al recién nacido del animal, a los ojos de los que claman que tiene "derecho a la vida", es que, biológicamente, es un miembro de la especie Homo Sapiens, mientras que los chimpancés, los perros y los cerdos no lo son. Pero, utilizar esta diferencia como base para garantizar al niño y no a otros animales el derecho a la vida es, por supuesto, puro especismo.No se trata exactamente del mismo tipo de diferenciación arbitraria que usa el racista más burdo y descarado al intentar justificar su discriminación racial.
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    84 Esto no significaque para evitar el especismo, tengamos que mantener que es igualmente condenable matar a un perro que matar a un ser humano normal. La única postura irremediablemente especisista en aquella que sitúa el limite del derecho a la vida exactamente donde está el de nuestra propia especie. Los que mantienen el enfoque de la santidad de la vida caen en esto, ya que, aunque hacen una distinción matizada entre los humanos y el resto de los animales, no permiten que se haga ninguna dentro de nuestra propia especie, oponiéndose a que se dé muerte tanto a las personas muy retrasadas mentalmente y a las que padecen un estado avanzado de chochez como a los adultos normales. Para no ser especistas tenemos que permitir que los seres que son semejantes en todos los aspectos relevantes tengan un derecho similar a la vida, y simplemente el hecho de pertenecer a nuestra especie biológica no puede ser un criterio de peso, desde el punto de vista moral, para obtener este derecho. Dentro de estos límites, no obstante, podríamos mantener, por ejemplo, que es peor matar a un adulto humano normal, con capacidad de autoconciencia, de planear el futuro y de tener relaciones significativas con otros, que matar a un ratón que, presuntamente, carece de todas estas características, o podríamos apelar a los estrechos lazos familiares y personales de otro tipo que tienen los humanos y no en cambio, los ratones, al menos en el mismo grado; o podríamos pensar que lo que establece una diferencia crucial son las consecuencias derivadas para otros humanos, quienes temerían por sus propias vidas, o también que es una combinación de estos factores o de otros no enumerados aquí. Cualesquiera que sean los criterios que elijamos, sin embargo, tendremos que admitir que no van a situarse siempre precisamente en la línea divisoria que separa a nuestra especie de las demás. Es legítimo aducir que hay algunos rasgos de ciertos seres que hacen que sus vidas sean más valiosas que las de otros; pero habrá, sin duda, algunos animales no humanos, cuyas vidas, sea cual fuere el standard utilizado, sean más valiosas que las de algunos humanos. Un chimpancé, un perro o un cerdo, por ejemplo, tendrán un grado mayor de auto-conciencia y una capacidad más grande para establecer relaciones significativas con otros que un recién nacido muy retrasado mentalmente o alguien en estado avanzado de demencia senil Por lo tanto, si basamos el derecho a la vida en estas características tenemos que garantizárselo a estos animales no en menor medida, o incluso en mayor, que a ciertos humanos retrasados o con debilidad senil. Ahora bien, este argumento tiene un doble filo. Por un lado, podría interpretarse en el sentido de que los chimpancés, los perros y los cerdos, junto con alguna otra especie, tienen derecho a la vida, y que cometemos una grave transgresión moral si los matamos, aún cuando sean viejos y sufran por ello y nuestra intención sea la de acabar con la miseria en que se encuentran. Alternativamente, se podría considerar este argumento como prueba de que los discapacitados psíquicos más graves y las personas en estado de demencia senil sin esperanza no tienen ningún derecho a la vida y que se les puede dar muerte por razones completamente triviales, como ahora hacemos con los animales. Puesto que este libro gira en torno a cuestiones de ética referentes a los animales y no sobre la moralidad de la eutanasia, no voy a intentar dar aquí una solución a este problema. Sin embargo, creo que queda bastante claro que, aunque las dos posturas que acabamos de describir evitan el especismo, ninguna es absolutamente satisfactoria. Lo que nos hace falta es una postura intermedia que evite el especismo, pero que no convierta las vidas de los discapacitados psíquicos y de los ancianos con demencia senil en algo tan despreciable como lo son ahora las de los cerdos y los perros, ni tampoco convierta a éstas en algo tan sacrosanto que creyéramos que está mal poner fin a su miseria aunque no tenga remedio. Lo que tenemos que hacer es ampliar nuestra esfera de preocupación moral hasta comprender a los animales no humanos y cesar de tratar sus vidas como algo utilizable para cualquier finalidad trivial que se nos ocurra. Al mismo tiempo una vez que tomemos conciencia de que el hecho de que un ser pertenezca a nuestra especie no es en sí
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    85 suficiente para convertirsiempre en un acto condenable el darle muerte, podemos empezar a reconsiderar nuestra política de preservar las vidas humanas cueste lo que cueste, incluso en los casos en que no hay expectativas de una vida consciente ni de una existencia sin sufrir dolores insoportables. Concluimos, entonces, que rechazar el especismo no implica que todas las vidas sean de igual valor. Aunque la auto-conciencia, la inteligencia, la capacidad para mantener relaciones significativas con otros, etc., no tienen relevancia a la hora de causar dolor —ya que el dolor se da con independencia de las capacidades que pueda tener el ser excepto la de sentirlo— sí pueden tenerla cuando se trata de la privación de la vida. No es arbitrario pensar que la vida de un ser auto- consciente, con capacidad de pensamiento abstracto, de proyectar su futuro, de complejos actos de comunicación, etc., es más valiosa que la vida de un ser sin estas capacidades. Para ver la diferencia que hay entre el hecho de causar dolor y el de privar una vida, consideremos cómo actuaríamos dentro de nuestra propia especie. Si tuviéramos que ele gir entre salvar la vida de un humano normal o la de un discapacitado psíquico, probablemente elegiríamos salvar al normal; pero si el dilema consistiera en evitar dolor tan sólo a uno de ellos—imaginemos que ambos habían recibido lesiones dolorosas pero superficiales, y sólo teníamos anestesia suficiente para uno—no está en absoluto tan claro cómo debíamos actuar. Lo mismo sucede cuando consideramos otras especies. El mal que causa el dolor no depende en modo alguno de las otras características del ser que lo siente, mientras que el valor de la vida sí se ve afectado por estas características. Normalmente, esto significaría que si tuviéramos que decidirnos entre la vida de un ser humano y la de otro animal, elegiríamos salvar la del humano; pero puede haber casos especiales en que pudiera mantenerse lo contrario, debido a que el ser humano en cuestión no gozara de la capacidad de uno normal. Así, lo que a primera vista podría calificarse de especismo, no lo sería, ya que la preferencia, en los casos normales, por salvar una vida humana en vez de la de un animal cuando hay que elegir entre las dos, está basada en las características que tienen los humanos normales, y no en el simple hecho de que sean miembros de nuestra propia especie. Y es por esta razon por la que cuando nos referimos a los miembros de nuestra especie que carecen de las características de los humanos normales, ya no podemos mantener que sus vidas tengan que ser preferidas necesariamente a las de otros animales. Este tema vuelve a surgir en el capítulo siguiente referido a un caso práctico. De un modo general, sin embargo, la pregunta de si está mal o no, matar (sin dolor) a un animal, no requiere ser contestada por nosotros de un modo preciso. En tánto recordemos que debemos respetar igualmente las vidas de los animales que las de los humanos con un nivel mental similar, no estaremos muy errados. En cualquier caso, las conclusiones defendidas en este libro se desprenden exclusivamente del principio de minimizar el sufrimiento. La idea de que también está mal matar a los animales sin dolor confiere un apoyo adicional a estas conclusiones y, por ello, es bienvenida; pero no es en absoluto necesaria. No deja de ser curioso que esto sea incluso aplicable a la convicción de que debemos ser vegetarianos, convicción que, vulgarmente y de un modo general, se basa en algún tipo de prohibición absoluta de matar. Puede que el lector tenga ya listas algunas objeciones a la postura que defiendo en este capítulo, ¿qué propongo, por ejemplo, que se haga con los animales que puedan causar algún daño a los humanos? ¿Debemos intentar impedir que los animales se maten unos a otros? ¿Cómo sabemos que las plantas no pueden sentir dolor?, y si lo sienten, ¿tenemos que morirnos de hambre? Para no interrumpir el tema del argumento principal he preferido comentar éstas y otras objeciones en un capítulo aparte, de forma que el lector que esté impaciente por saber cuáles son las respuestas puede saltarse el orden y mirar el capítulo 6.
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    86 Los dos capítulossiguientes exploran dos ejemplos de especismo en la práctica. Me he limitadc únicamente a dos ejemplos por preferir que se hiciera un examen más a fondo, aunque de esta forma al libro le falte por completo la exposición de otras actividades relevantes y que se deben exclusivamente a que no nos tomamos en serio los intereses de otros animales. Se trata de actividades del tipo de la caza, bien como deporte o para obtener pieles; la cría de visones, zorros y otros animales por su piel; la captura de animales salvajes (frecuentemente después de matar a sus madres) y su encierro en pequeñas jaulas para que los humanos los contemplen descaradamente; el tormento a que se somete a los animales para que aprendan trucos en los circos, y atormentarlos para que sirvan de entretenimiento en los rodeos, la matanza de ballenas con arpones explosivos; y la ignorancia en general de los intereses de los animales a medida que extendemos nuestro imperio de cemento y contaminación sobre la superficie del globo. Si bien no voy a mencionar ninguna de estas actividades, he escogido unos ejemplos que son formas de especismo muy importantes. No he seleccionado ejemplos aislados de crueldad, como los que reveló The New York Times con tanto despliegue tipográfico en el verano de 1974 sobre la existencia de peleas organizadas de perros. La mayor parte de la gente no siente la menor implicación en este tipo y hechos aislados. Y, aunque los lectores del The New York Times sin duda pensaron que esto era horrible y que debería suprimirse, después siguieron como si nada hubiera pasado. Las actividades que analizamos en los dos capítulos siguientes son de otro carácter. Primero, no afectan solamente a los pocos cientos de animales que pueden haber sufrido en las peleas de perros, sino a decenas de millones de animales en un caso, y a miles de millones en el otro, cada año. Segundo, no podemos pretender que no tenemos nada que ver con estos hechos. Uno de ellos—la experimentación con animales—la promueve el gobierno que hemos elegido y está financiado en gran parte por los impuestos que pagamos. El otro—la producción animal como medio de procurarnos alimento—sólo es posible porque la mayoría de la gente compra y come los productos que se obtienen de este modo. Ésta es la razón por la que he elegido estas formas concretas de especismo para nuestro objetivo, ya que son las centrales. Originan más sufrimiento a un mayor número de animales que cualquier otra cosa que hacen los humanos. Para acabar con ellas, tenemos que cambiar las directrices de nuestro gobierno, y también, nuestras propias vidas, en la medida en que se vean afectadas por un cambio de alimentación. Si estas formas de especismo, oficialmente promovidas y casi aceptadas universalmente, pueden abolirse, la abolición de otras prácticas especistas no puede andar muy lejos. LE CONTRACT ( EL CONTRATO DEL CAPITALISMO ) CLÁUSULA1ª: Yo acepto la búsqueda del confort como el fin supremo de la humanidad, y la acumulación de riquezas como el mayor logro en nuestra vida. Cuanto más infeliz sea, más consumiré, y así contribuiré al buen funcionamiento del sistema. CLÁUSULA 2ª: Yo acepto que la investigación
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    87 relacionada con misalud esté en manos de empresas cuya única motivación es generar beneficios. No me preocupa que las farmacéuticas financien los congresos de medicina y que controlen así la información que les llega a mis médicos. Confío en la industria farmacéutica, y en gente como Donald Rumsfeld, accionista y ex presidente de la farmacéutica que desarrolló el Tamiflú. No creo que sean capaces de crear virus como el de la gripe A para forrarse de dinero. CLÁUSULA 3ª: Yo acepto dejar mi salario a los bancos para que ellos lo inviertan en aquellas actividades que más dinero generen, independientemente de su moralidad o de su impacto ambiental. Asumo que las inversiones más lucrativas son las que explotan a los ciudadanos de los países en desarrollo y respaldo por completo estas actuaciones. CLÁUSULA 4ª: Yo acepto que las autoridades guarden todos los datos sobre mí que tengan. Confío en ellos y no me importa llevar DNI con microchip, ni dar mi huella ocular al entrar en otro país, ni tener que enseñar el contenido de mi ordenador en aeropuertos. CLAÚSULA 5ª: Yo acepto los paraísos fiscales para que ricos y delincuentes no paguen los impuestos que yo sí pago. CLÁUSULA 6ª: Yo acepto que los bancos internacionales presten mi dinero a países que quieren armarse para ir a la guerra, y que puedan elegir dónde se libran las guerras. Soy consciente de que lo mejor es financiar a ambos bandos para que el conflicto dure el mayor tiempo posible, no sólo para ganar más dinero sino para luego puedan hacerse con sus recursos cuando no puedan devolver los créditos. CLÁUSULA 7ª: Yo acepto que la publicidad me cuente mentiras y que me haga desear cosas, que cuando consigo, me aportan poco. CLÁUSULA 8ª: Yo acepto que se guarden todos mis e-mails durante 5 años aunque yo los borre. Y que empresas como Yahoo den acceso a las cuentas a las autoridades chinas, permitiendo así detener a disidentes. Yo acepto la última tecnología descubierta que permite que los móviles puedan retransmitir lo que oyen aun cuando su dueño lo haya apagado. CLAÚSULA 9ª: Yo acepto que el poder esté en manos de las personas más ambiciosas y con menos escrúpulos. CLÁUSULA 10ª: Yo acepto que los partidos políticos aglutinen a lo peorcito del país y que cada 5 años me cuenten lo que saben que quiero oír, para llegar al poder. CLÁUSULA 11ª: Yo acepto que los medios de comunicación estén concentrados en las manos de grandes poderes económicos, puesto que sé que harán un buen uso de ellos. Acepto creerme sólo lo que los medios dicen y pensar que lo que se dice fuera de ellos son bulos para gente inculta y crédula. Yo acepto esta matriz en la que me han colocado para que no pueda ver la realidad de las cosas. Sé que lo hacen por mi bien. CLÁUSULA12ª: Yo acepto que las noticias recopilen lo peor que ha pasado en el planeta ese día, para que me sienta impotente y piense que no hay nada que hacer. Sé que alimentar el miedo ,la rabia y la desesperación es lo mejor que pueden hacer por nosotros porque creer que se puede cambiar algo es peligroso. CLÁUSULA 13ª: Yo acepto las versiones de los acontecimientos que me dan los medios y apoyo todas las divisiones entre seres humanos que me quieran contar los gobiernos. De esta forma podré focalizar mi cólera hacia los enemigos diseñados por ellos, y no me opondré a acciones bélicas que respondan a intereses político-ecónómicos. CLÁUSULA 14ª: Yo acepto que se condene a muerte al prójimo, y se nos aliente a acabar con él, siempre que su gobierno haya sido declarado por el nuestro como su enemigo. CLÁUSULA 15ª: Yo acepto que se desechen toneladas de comida para que no bajen los precios internacionales. Me parece mejor que ofrecérselos a los cientos de miles de personas mueren de hambre cada año. CLÁUSULA 16ª:
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    88 Me parece bienque haya países como Haití, donde a falta de otra cosa, comen galletas hechas con tierra. Como todos somos egoístas, estoy convencido de que en el fondo todos estamos de acuerdo con esta situación. CLÁUSULA 17ª: Yo acepto que… - la felicidad es confort - el amor es sexo - Y la libertad es tener dinero para poder satisfacer todos mis deseos. CLÁUSULA 18ª: Yo acepto que se hagan guerras por motivaciones económicas como el petróleo, reactivar la economía o dar salida a los stocks de armas obsoletas (Como Afganistán, por ejemplo). Hay que hacer lo que sea para mantener el sistema en marcha, porque es sin duda el mejor de los posibles. CLÁUSULA 19ª: Yo acepto comer carne bovina tratada con hormonas sin que exista obligación legal de indicarlo en ninguna etiqueta. Yo acepto servir de cobaya y comer carne de animales engordados con transgénicos, para comprobar si aparece alguna anomalía en nuestra especie a largo plazo. CLÁUSULA 20ª: Yo acepto que los vegetales que ingiero hayan recibido pesticidas y herbicidas tóxicos para mi salud, siempre que no usen demasiado. Yo acepto que se utilicen todo tipo de aditivos químicos en mi alimentación, puesto que estoy convencido de que si los añaden, es porque saben que no tiene ninguna consecuencia a largo plazo. CLÁUSULA21ª: Yo acepto que los transgénicos se expandan por todo el planeta, y que las multinacionales agroalimentarias que patentan seres vivos acumulen ingentes dividendos por ellos y controlen la agricultura mundial. Estoy convencido de que es moral especular con el precio de los alimentos, como se ha hecho con la vivienda, porque el sistema de mercado garantiza que los recursos se distribuyan de forma eficiente. CLÁUSULA 22ª: Yo acepto pagar el precio más bajo posible por la carne de los animales que compro, por lo que me parece bien que los traten mal, con tal de abaratar su carne. Al fin y al cabo somos una especie superior. En consecuencia, si viniese otra especie superior de otro planeta, me parecería lógico que hiciesen lo mismo con nosotros. CLÁUSULA 23ª: Yo acepto la política de «revolting doors» (puertas giratorias). Sé que los directivos de organismos internacionales como la OMS, la OIT, el FMI y el Banco Mundial son ex-empleados de grandes corporaciones, que saben que «portándose bien» volverán a esas corporaciones al año siguiente ganando cantidades astronómicas. CLÁUSULA 24ª: Yo acepto la hegemonía del petróleo en la economía, a pesar de ser una energía costosa y contaminante, y estoy de acuerdo en impedir cualquier tentativa de sustitución, puesto que la implantación de los métodos de energía libre ya descubiertos y silenciados serían una catástrofe para el sistema. CLÁUSULA 25ª: Yo acepto que el valor de una persona dependa de su capacidad para generar dinero y de si aparece o no en la tele. Tomaré como mis referentes personales las personas que aparecen en la televisión, e intentaré ser como ellos. CLÁUSULA 26ª: Yo acepto que se paguen fortunas a deportistas y a actores, para convertirlos en nuestros modelos a imitar. Me parece totalmente lógico que se pague muy poco a los profesores que se encargan de formar a las generaciones futuras o a científicos, médicos y enfermeras que salvaran vidas. CLÁUSULA 27ª: Yo acepto que las multinacionales no apliquen las conquistas sociales de occidente en los países desfavorecidos. Apoyo que haya niños trabajando, con tal de que los productos que compro tengan el precio más bajo posible. CLÁUSULA 28ª: Yo acepto que los mayores sean considerados un estorbo y no sean nunca nuestro modelo, puesto que como civilización más avanzada del planeta (y del universo, ya que es imposible que existan más) sabemos que la experiencia no tiene ningún valor. CLÁUSULA 29ª: Yo acepto la competencia como base de nuestro sistema, aun cuando soy consciente de que este funcionamiento engendra frustración y cólera para la mayoría. Sustituir la competencia por la colaboración sería un error.
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    89 CLÁUSULA 30ª: Yo aceptousar aquello más valioso que tengo, mi tiempo, en hacer un trabajo que no me gusta, para poder comprar muchas cosas con las que evadirme de esta vida tan vacía que llevo. CLÁUSULA 31ª: Yo acepto la destrucción de los bosques y la desaparición de especies naturales. Me parece lógico contaminar y dispersar al aire venenos químicos, así como enterrar residuos radioactivos que no estarían a salvo de un gran terremoto. CLÁUSULA 32ª: Aunque nuestra historia está plagada de conspiraciones políticas y políticos ambiciosos, yo acepto que ahora todo ha cambiado y que nuestros dirigentes sólo buscan nuestro bien. Las organizaciones secretas de políticos y grandes magnates como el club Bilderberg, la Trilateral o el Comité de los 300 no existen y nadie está intentando establecer un gobierno mundial a través de los organismos internacionales. CLÁUSULA 33ª: Yo acepto que el sistema actual es el mejor de los posibles. Se ha pasado la época de los grandes ideales. En el mundo deben mandar las personas sensatas y realistas que cuidan por mantener el sistema. Tengo miedo de que las cosas cambien porque los soñadores sólo traen problemas e inestabilidad. CLÁUSULA 34ª: Yo acepto esta situación y admito que ni yo ni nadie puede hacer nada para cambiarla. CLÁUSULA 35ª: Yo acepto no hacer preguntas, cerrar los ojos a esto y no oponerme a nada, puesto que estoy suficientemente ocupado con mis propios problemas. Yo acepto incluso defender este contrato con mi vida, puesto que tengo miedo al cambio. CLÁUSULA 36ª: Yo acepto ser una pieza de un sistema, adaptarme a él y enseñar a mis hijos a adaptarse a él. Mi prioridad es mantenerme en el sistema y nunca me cuestionaré si me permite o no ser feliz. El dinero lejos de ser hoy solo un medio de intercambio, es la vida misma para muchas personas o por lo menos es lo que se acepta.
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    91 Dilemas Eticos enla prActica profesional Estos casos que presentan dilemas éticos comunes en la práctica de la ingeniería, y en investigación, están basados en situaciones de la vida real estudiadas por BER, la Oficina de Estudios Éticos (Board of Ethical Review) de NSPE, Sociedad Nacional de Ingenieros Profesionales, (National Society of Professional Engineers) de los Estados Unidos. La NSPE-BER estudia casos con el propósito de formular juicios, basándose única y exclusivamente en el Código de Etica de NSPE. (En inglés) El Online Ethics Center ha elaborado nuevas versiones de estos casos con el propósito de hacerlos útiles como materiales de clase. Las nuevas versiones se presentan de manera que no solamente se lance un juicio acerca de las acciones de los individuos del caso, sino que también se estimule la discusión acerca de lo que cada uno haría de verse involucrado en una situación similar. Adicionalmente, el Online Ethics Center ofrece las presentes versiones en español de un grupo selecto de estos casos. Cada traducción tiene enlaces al caso original de la NSPE y a la versión con fines didácticos realizada por el Online Ethics Center. Se añaden también, algunos casos de interés para el análisis de la Psicología Laboral. 1. Material de Desecho Supuestamente Peligroso Alex es un estudiante de ingeniería contratado temporalmente por una firma de consultores en ingeniería ambiental. R.J., el ingeniero supervisor, le pide a Alex que tome muestras de unas canecas ubicadas en la propiedad de uno de sus clientes. Alex concluye que, a juzgar por el aspecto y olor de las canecas, el análisis del contenido de éstas mostraría que se trata de materiales peligrosos. Alex sabe que hay leyes que regulan el transporte y almacenamiento de ese tipo de desechos y, si él estuviera en lo cierto acerca del contenido de las canecas, las autoridades federales y estatales deberían ser notificadas. Alex informa a R.J. lo que piensa acerca del contenido de las canecas y pide instrucciones acerca de los pasos a seguir. R.J. le indica que solamente reporte haber tomado las muestras y que no realice el análisis. Debido a que el cliente tiene otros negocios con su compañía, R.J. también propone que éste sea informado acerca de la ubicación de las canecas, de la posibilidad de que ellas contengan desechos de alto riesgo y que además se le sugiera retirarlas de esa locación. ¿Cree que J.R. cumplió con su responsabilidad profesional al darle al cliente información acerca de la ubicación de las canecas y no revelar detalles acerca de su contenido? ¿Cree que Alex hubiera podido hacer algo más desde su posición de estudiante y empleado temporal? 2. Protección del Medio Ambiente & Ingeniera Empleada por el Gobierno Hilary es una ingeniera que trabaja para la División de Protección del Medio Ambiente del Estado. Pat, su supervisor, le pide que elabore un permiso para la construcción de una planta eléctrica en una fábrica y agrega que considere la tarea de carácter urgente y evite "demoras innecesarias" que puedan presentarse por detalles de poca importancia. Hilary cree que el proyecto es inadecuado y no cumple con las normas de protección del medio ambiente (normas de 1999). De acuerdo al plan propuesto, la planta emitiría dióxido de sulfuro y dicha emisión necesitaría ser reducida con máquinas especiales (scrubbers).
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    92 Hilary está conscientede que el expedir un permiso que viola las reglas de conservación del medio ambiente podría implicar que su licencia fuera suspendida o revocada, y le dice a Pat que, en su opinión, los planos existentes van en contra de las reglas y que ella no va a expedir tal permiso. Pat está en desacuerdo y explica que una mezcla especial de cal y carbón podría remover el 90% del dióxido, y así se cumpliría con las normas. El desacuerdo entre Hilary y Pat queda sin resolver y una semana después Hilary se entera de que el departamento ha autorizado la expedición del permiso en cuestión. ¿Cree que Hilary debería hacer algo al respecto? ¿Qué, específicamente? 3. Responsabilidad por la Seguridad Pública vs. Información Confidencial Los arrendatarios de un edificio de apartamentos entablan una demanda en contra de los dueños de esa propiedad para obligarlos a reparar daños menores, que si bien son molestos, no representan serios riegos. El abogado de los propietarios contrata a Duchane, un ingeniero estructural, para que realize una inspección del edificio y testifique a favor de su cliente. Durante su inspección, Duchane encuentra serios daños estructurales en el edificio, los cuales representan una amenaza para la seguridad de sus habitantes; estos daños, sin embargo, no han sido mencionados en la demanda. Qué debe hacer Duchane? Cree que el ingeniero debería dar el reporte de su inspección al abogado? Al dueño de la propiedad? A los arrendatarios? Suponga que Duchane da el reporte al abogado y éste le dice que esta información podría cambiar el curso de la demanda y por lo tanto debe ser manejada a nivel confidencial. ¿Qué debería hacer Duchane en ese caso? ¿Podría este problema ser resuelto sin comprometer la responsabilidad profesional de Duchane o su obligación de observar la confidencialidad en el manejo de la información de su cliente? ¿Cuál es la diferencia entre la obligación de un abogado y la de un ingeniero de manejar cierta información a nivel confidencial? 4. Consecuencias a Nivel de Seguridad ante Violación de Código Smith contrata al ingeniero Metzler para que revise la estructura de un edificio que va a vender. Según un acuerdo con Smith, Metzler tratará el informe de manera confidencial; Smith explica a Metzler que el edificio va a ser vendido sin que se le haga ninguna reparación o remodelación. Metzler establece que la estructura del edificio está en buenas condiciones, pero Smith de manera confidencial le comenta a Metzler que hay ciertas violaciones a los códigos de ingeniería eléctrica y mecánica. Metzler no es ingeniero eléctrico ni mecánico, pero sabe que dichas violaciones podrían representar un riesgo de accidente, hecho que comunica a Smith. En su informe Metzler menciona brevemente su conversación con Smith acerca del asunto pero, pero dichas violaciones no son reportadas a terceros. ¿Cree que Metzler cumplió con la obligación que tenía con Smith? ¿Qué podría decir con respecto a la responsabilidad profesional que tiene Meztler frente a la seguridad pública? ¿Hay alguna información adicional que cambiaría su opinión sustancialmente? 5. Al Servicio de Demandantes y Demandados Alejandra es contratada por la compañía XYZ para que revise unos documentos y dé su opinión en un proceso de litigación relacionado con una patente. Por proveer estos servicios Alejandra recibe honorarios. Años más tarde, Alejandra es contactada por el abogado Alexis, quien representa a un demandante en una litigación en contra de la compañía XYZ, en un proceso que no tiene nada que ver con la litigación anterior. Cree que Alejandra debería aceptar la propuesta del abogado Alexis y testificar en esta litigación? Supongamos que Alejandra atestigua a favor de la parte demandante y que durante el interrogatorio en el juicio, la parte oponente cuestiona a Alejandra debido a su anterior relación con XYZ, tanto a favor como en contra, sugiriendo que al proveer esos servicios Alejandra estaba actuando de manera inadecuada. Años más tarde, la compañía XYZ requiere nuevamente los servicios de Alejandra en una litigación de una patente que no tiene nada que ver con los eventos anteriores. ¿Cree que Alejandra debería testificar en este caso?
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    93 6. Estudiante deIngeniería Sirve como Asesor en su Universidad Jan, ingeniero profesional en período de vacaciones no remuneradas de su compañía Punto Consultants, está realizando estudios de posgrado (tiempo parcial) en una universidad privada. Jan se inscribe en una clase de investigación, que toma por crédito, con Dimanro, profesor de ingeniería mecánica. Parte de la investigación en la cual Jan trabaja incluye el uso de una novedosa tecnología geo-térmica. La universidad está en proceso de mejorar su infraestructura y recursos y Dimanro, quien es miembro del comité encargado de tales reformas, tiene bajo su responsabilidad el desarrollo de un formulario de licitación para que diferentes firmas presenten sus propuestas. Entre los planes de Dimanro para el formulario figura la inclusión de una aplicación de la tecnología geo-térmica. Dimaro le propone a Jan servir como asesor remunerado por la universidad para el desarrollo del formulario y para la revisión de las propuestas presentadas. Punto Consultants no va a participar en la licitación y está de acuerdo con que Jan sirva como asesor en este proyecto. ¿Cree que el hecho de que Jan sea alumno y al tiempo asesor en la misma universidad pueda crear un conflicto de intereses? ¿Cree que es ético por parte de Jan el participar en el diseño del formulario de licitación? ¿Cree que es ético que él estudie las propuestas? 7. Asesoría Limitada O'Malley es un ingeniero profesional que trabaja para una firma de consultores de diseño y también para un municipio que lo ha contratado para prestar asesorías, realizar estudios y revisar licitaciones. Su contrato con el municipio estipula la prohibición de involucrarse en la preparación de los planos de cualquiera de los clientes de la firma de consultores de diseño para la cual él trabaja, en el evento de que dichos planos vayan a ser presentados al municipio para ser revisados o aprobados. Una situación similar se presenta con respecto a su contrato con la firma de consultores. Por otra parte, cualquiera de los empleados de esta firma está en capacidad de ayudar a sus clientes a preparar planos que vayan a ser presentados al municipio. ¿Cree que las provisiones de los contratos descritos son efectivas en la prevención de un conflicto de intereses? ¿Si tuviera mayor información acerca del caso podría cambiar de opinión? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué información adicional le gustaría obtener? ¿Cuál sería la utilidad de esa información? 8. Propietaria de una Compañía Presta Asesoría a otra Empresa Lisa es una ingeniera capacitada en sistemas de expansión de aguas y es la presidenta de una compañía que fabrica y vende dichos sistemas. La compañía X pide a Lisa que prepare un documento con especificaciones para un sistema de expansión de aguas. ¿Cuál debería ser la respuesta de Lisa ante esta petición? ¿Cree que Lisa debería hacer el trabajo? Si lo hace, ¿cree que Lisa debería informar a la compañía X que ella es presidente de una compañía que distribuye estos sistemas? ¿Cree que Lisa debería darle algún tipo de información a la compañía X? Lisa decide realizar el trabajo para la compañía X después de informarles que ocupa una alta posición en una compañía que se especializa en el ramo. Como parte del informe, Lisa incluye ofertas de cuatro compañías que diseñan sistemas de expansión de aguas, pero no incluye la compañía de la cual ella es presidenta. La firma X en una reunión pide a Lisa que incluya una propuesta de la compañía que ella dirige. ¿Cree que Lisa debería hacer lo que le piden? Por qué sí o por qué no ¿Cuál debería ser la respuesta de Lisa? 9. Conflicto de Interés en Estudio de Factibilidad Lindsay, una ingeniera, es contratada por el gobierno de su condado para que realice un estudio y dé recomendaciones con respecto a la mejor locación para construir una nueva planta eléctrica para ese condado. La elección final se reduce a dos terrenos. El primer terreno no ha sido urbanizado y su propietario planea construir una segunda vivienda en él. El segundo terreno, el cual sí ha sido urbanizado, es de Lindsay. Después de informar al gobierno del condado que esa extensión de tierra es de su propiedad, Lindsay procede a recomendar que la planta eléctrica sea construida en el primer
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    94 terreno y dalas siguientes razones: 1. Desde el punto de vista de la ingeniería, está mejor situado. 2. Resultaría más barato para el condado adquirir ese terreno. ¿Cree que el condado, sabiendo que Lindsay es propietaria del segundo terreno en cuestión, debería aceptar su sugerencia? ¿Cree que la conducta de Lindsay al aceptar realizar el estudio, fue ética? ¿Cree que Lindsay ha debido retirarse del estudio una vez determinó que su propiedad era apta para la construcción? ¿Cree que el hecho de que Lindsay no ocultara que era la dueña del terreno previno un conflicto de intereses? ¿Considera que hay algún factor que cambiaría su opinión acerca del caso? 10. Negación de Firmar/Sellar Documentos de Construcción El ingeniero Anthony decide dejar la compañía A y va a trabajar con la competencia, la compañía B. Anthony dejó prácticamente terminado un proyecto por el cual era responsable en la compañía A, pero no firmó ni selló los documentos de construcción antes de irse a la compañía B. Bernard, uno de los dirigentes de la compañía A pide a Anthony que firme los documentos. ¿Cree que Anthony puede rehusarse a firmar o sellar los documentos de construcción? ¿Cree que Anthony puede pedir a la compañía A compensación económica por firmar los documentos? ¿Cuáles son las obligaciones de Anthony en relación al trabajo que dejó? 11. Uso de Slogans en Campañas Políticas y Anuncios Publicitarios Alexander, ingeniero profesional reconocido en su comunidad, decide lanzarse como candidato para ocupar una posición pública en su condado; cree que con esto estaría cumpliendo con su obligación de participar en asuntos públicos. Alexander planea usar la siguiente consigna como slogan: "Alexander, Ingeniero al Servicio del Condado" Alexander pide a Bernardo su opinión acerca del slogan. Bernardo, quien también es ingeniero, cree que este slogan es ambiguo y podría deshonrar a la comunidad de ingenieros. Alexander por su parte cree que su slogan estaría reflejando de manera apropiada sus conocimientos/habilidades y cree que su competencia como ingeniero podría ser usada para lograr un cambio, particularmente en lo referente a las leyes de empleo de profesionales del condado. ¿Cree que Alexander debería usar este slogan en su campaña? 12. Uso de Slogans en Campañas Políticas y Anuncios Publicitarios Alfredo, profesional independiente, contrata a Francisca una ejecutiva de mercadeo para que le ayude en la búsqueda de una nueva consigna para sus avisos publicitarios. Francisca sugiere a Alfredo que se de a conocer como el "Ingeniero de Todo" Alfredo, sin embargo muestra preocupación porque con este slogan él podría estar dando a entender que puede hacerlo todo; o sea que es competente en todas las ramas y áreas de la ingeniería, lo cual podría prestarse para confusiones. Por otra parte, como es sabido, no hay límites para que los profesionales practiquen diferentes disciplinas en contextos diversos. ¿Cree que Alfredo debería adoptar este slogan? ¿Cree que hay otros aspectos relevantes que Alfredo no está considerando? ¿Cree que Alfredo puede anunciarse como el "Ingeniero de Todo"? 13. Apoyo a Minorías en Subcontratación MST es una compañía importante de ingenieros consultores que se especializa en ingeniería estructural. Un gran porcentaje del trabajo de MST es realizado para agencias públicas las cuales prefieren, especialmente en el caso de proyectos financiados con dineros públicos, que MST subcontrate con compañías pequeñas de grupos minoritarios o cuyas propietarias sean mujeres. Por espacio de aproximadamente un año MST ha subcontratado ocasionalmente los servicios de Orran, una compañía pequeña que cumple con los requisitos anteriormente descritos y cuyos servicios pueden calificarse como adecuados. El resultado de esta asociación se ha visto reflejado en las buenas relaciones públicas que mantiene MST y en un artículo reciente esta compañía recibe buenos comentarios por su apoyo a compañías pequeñas. Después de esta publicación, Orran eleva el precio de los servicios prestados a MST.
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    95 ¿Cree que MSTdebería hacer algo con respecto al alza de costos impuesta por Orran? ¿Cree que hay cierta información adicional que le sería útil para emitir un juicio en este caso? 14. Cancelación de una Oferta de Trabajo Grizinski es un ingeniero desempleado que ha recibido recientemente un certificado para praticar la ingeniería. Grizinski está actualmente tratando de conseguir empleo en "Marval", una firma importante de ingenieros consultores. Después de discutir largamente todo lo relacionado con condiciones de trabajo, salario y prestaciones, uno de los gerentes de "Marval" le ofrece el puesto a Grizinski. El ingeniero acepta la oferta y cancela entrevistas de trabajo con otras compañías. Dos días después, los demás directivos de "Marval" deciden que el cargo debe ser ocupado por un ingeniero técnico. Semana y media más tarde, la compañía contacta a Grizinski y retira la oferta de trabajo. ¿Cree que la compañía está demostrando falta de ética? Qué debe hacer Grizinski? ¿Cree que si contara con información adicional usted podría cambiar de opinión con respecto al caso? 15. Pago de Comisión por Acuerdo de Mercadeo Mitchell y usted son co-propietarios de una firma de ingenieros. El ingeniero Mitchell, quien ha estado envuelto en proyectos de ingeniería a nivel internacional, le menciona la posibilidad de expandir los negocios de su compañía en el área de estudio de mercadeo, y le explica que él puede usar sus conocimientos en el campo de ingeniería en otros países con el propósito de prestar un mejor servicio en pro de los intereses de la profesión. Explica que puede utilizar su experiencia y sus contactos en el exterior ofreciendo representación a firmas que deseen adelantar proyectos en el exterior pero que no cuentan con la experiencia ni los recursos necesarios para tener éxito en el campo. Mitchell añade que su firma puede sacar ventaja del hecho de que las firmas de ingenieros de los Estados Unidos no están en condiciones de reunir el capital necesario para entrar al mercado internacional. Mitchell diseña el borrador de un acuerdo de mercadeo que propone establecer contactos dentro de ciertas regiones geográficas, evaluar posibles proyectos, coordinar el desarollo de programas, y negociar los términos de los contratos entre nuevos clientes y las firmas representadas. Por este servicio su firma recibirá, además de honorarios, una cuota por servicios cuyos valores serán definidos caso por caso. Mitchell propone también que su firma cobre un cargo de mercadeo, el cual será un porcentaje de las ganancias que la compañía representada obtenga en los proyectos que usted haya ayudado a desarrollar. ¿Cuál sería su respuesta a lo que Mitchell propone? ¿Cree que el hecho de que Mitchell sea ingeniero marca alguna diferencia en este caso? 16. Crédito por Diseño de Ingeniería en un Concurso El ingeniero Amory es contratado por el gobierno de la ciudad para construir un puente que hace parte de un sistema de avenidas elevadas. Amory a su vez subcontrata a Carroll, un ingeniero estructural experto en geometría horizontal, diseño estructural y elevaciones, para que diseñe ciertas partes del puente. Carroll hace los planos de los tres tramos de vigas de amarre del puente (three curved welded-plate girder spans), parte crítica en el diseño. Meses después, Amory inscribe el diseño en un concurso nacional de diseño de puentes, y recibe el primer premio; Carroll, sin embargo no recibe crédito por su participación en el diseño. ¿Cree que Carroll debería hacer algo al respecto? ¿Qué, exactamente? 17. Crédito en Proyecto de Investigación en Ingeniería Ramos es el jefe de una compañía química. Como parte de sus proyectos en investigación y desarrollo, Ramos ofrece apoyo económico al departamento de química de una universidad importante para la remoción de metales peligrosos (cromo, cobre, plomo, niquel, zinc) provenientes de aguas residuales. A cambio, la universidad ofrece dar a la compañía de Ramos derechos exclusivos sobre la tecnología que ellos desarrollen para el tratamiento de aguas corrientes y residuales. A manera de compensación, la universidad también recibirá regalías sobre las ganancias que la compañía obtenga por el uso de esta tecnología.
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    96 En la universidad,un grupo de profesores bajo la dirección de Polinski, decide formar una compañía para explotar la tecnología desarrollada, excepto la relacionada con tratamiento de aguas corrientes y residuales. Al tiempo que esta investigación se está llevando a cabo en la universidad, la compañía de Ramos adelanta su propia investigación de manera paralela. Ambas partes obtienen data y la compañía de Ramos comparte sus resultados con la compañía de Polisnki. Algún tiempo después, Deponiadis profesor de ingeniería civil de la universidad, muestra interés en adelantar una investigación y publicar un artículo relacionado con tecnología para el tratamiento de aguas residuales. Deponiadis contacta a los profesores del departamento de química, quienes le ofrecen data obtenida como resultado de su propia investigación y también de la investigación de Ramos. Deponiadis ignora completamente que los resultados provienen de dos fuentes. La investigación de Deponiadis es todo un éxito y su artículo es publicado en una prestigiosa revista. Los resultados obtenidos por la compañía de Ramos aparecen citados y ocupan una parte prominente del artículo. A pesar de que la compañía de Ramos proveyó los fondos para la investigación, ésta no es mencionada; únicamente los miembros del departamento de química reciben crédito. Más tarde Deponiadis se entera de que la mayor parte de la información citada en su artículo fue proporcionada por la compañía de Ramos. ¿Cree que Deponiadis está cometiendo plagio al publicar la data sin mencionar todas las fuentes? ¿Cree que Deponiadis está obligado a dar todo el crédito a la compañía de Ramos? ¿Cree que Ramos debería hacer algo al respecto? ¿Qué, exactamente? ¿Qué tipo de información adicional le sería útil para realizar un mejor análisis de la situación? 18. (Laboral) Discriminación Sutil en el Sitio de Trabajo Joel Palacios, MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) Introducción La discriminación sutil en el ambiente de trabajo es un hecho real, lo queramos reconocer o no. El hecho de aceptar este factor es, al parecer, la clave para superar los obstáculos que se presentan por las diferencias culturales y lograr una satisfactoria integración de todos los sectores de una compañía. A pesar de los esfuerzos realizados en los Estados Unidos para diversificar las compañías, el número de empleados pertenecientes a las minorías, ocupando altos cargos -en cualquier profesión- es todavía muy pequeño. Este es un asunto en el que tengo interés personal puesto que soy México-americano y cuento con una identidad cultural particular. Deseo entender las situaciones que tendré que enfrentar en el futuro y quiero estar preparado para poder sobreponerme a las barreras que se me presenten en la búsqueda del éxito profesional. También me interesa el problema desde la perspectiva de los derechos humanos y la igualdad. La esencia del problema es que la discriminación, desde todo punto de vista, es injusta y en la búsqueda de su propio rumbo puede quebrantar los derechos de los individuos. La situación presentada en este breve reporte sirve como ejemplo ilustrativo de la realidad de la discriminación sutil. Personas Entrevistadas Para investigar lo relacionado con el caso hipotético planteado, entrevisté personas que están familiarizadas con el problema de la discriminación sutil. De la comunidad de MIT, escogí a las personas más indicadas para este propósito, los especialistas en el manejo de quejas (ombudmen), Mary Rowe y Clarence Williams. El hecho de que la primera es una mujer blanca y el segundo un hombre negro asegura una perspectiva amplia del problema. También entrevisté a un ingeniero de un grupo minoritario que tiene bastante experiencia pues ha trabajado en compañías de ingeniería grandes y pequeñas. Su punto de vista, opuesto al de los personajes del caso, fue muy importante, pues de acuerdo con las entrevistas parece ser que la mejor solución es que la persona que está siendo discriminada tome la iniciativa. Esto no quiere decir que los otros factores en la discriminación sutil no sean importantes, pero pienso que la perspectiva del representante de un grupo minoritario es la más importante si se espera que sea él quien, finalmente, busque una solución. Apartes de la entrevista son ofrecidos más adelante. Preguntas Las siguientes son las preguntas para las entrevistas:
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    97 1. ¿Es estecaso, en su opinión, realista? ¿Si su respuesta es positiva, piensa que este caso presenta un problema ético? 2. ¿Quién debería encargarse de encontrar la solución al caso de Pepe? ¿Qué responsabilidades envuelve esta tarea? 3. ¿Cree que las compañías tienen políticas o programas dirigidos al tratamiento de asuntos relacionados con discriminación sutil? ¿Son estos programas efectivos y/o necesarios? 19. Caso (Situación) Casper y Pepe empezaron a trabajar en la misma compañía al mismo tiempo bajo la supervisión de la misma persona, el señor "Inofensivo". Casper y el señor "Inofensivo" son europeo-americanos y Pepe es méxico-americano. Poco tiempo después de haber empezado a trabajar, Casper y Pepe recibieron una invitación por parte del señor "Inofensivo" a su tradicional barbecue que tiene lugar los domingos cada dos semanas y al cual asiste un gran número de empleados de la empresa; ambos aceptaron la invitación. Mientras que Casper parecía estar disfrutando de la reunión, Pepe estaba incómodo porque era, entre cerca de seis empleados con sus respectivas familias, el único miembro de un grupo de minorías. Sus expectativas frente al evento, desde el punto de vista cultural, eran obviamente diferentes de las de los demás. Por ejemplo, él preparó un plato para compartir con otras personas, mientras que cada familia llevó su propia comida. Por otra parte, era difícil para él hallar intereses comunes con sus compañeros, diferentes a asuntos relacionados con su profesión. Pepe decidió no volver a estas reuniones, no porque le disgustaran sus compañeros de trabajo, sino porque se sentía incómodo. En los meses subsiguientes tanto Pepe como Casper siguieron recibiendo la misma invitación y mientras que Casper continuó atendiendo, Pepe trataba siempre de encontrar una excusa apropiada para rechazar la invitación porque no quería que su supervisor y compañeros de trabajo tomaran su negativa como algo personal, y tampoco quería provocar sentimientos se rechazo hacia el. Con el paso del tiempo Pepe se dio cuenta de que Casper y el señor "Inofensivo" había desarrollado una relación personal muy estrecha. Un año después de haber entrado a la compañía, Casper había sido promovido a un cargo superior gracias, principalmente, a una recomendación del señor "Inofensivo". Pepe sentía que había favoritismo hacia Casper, y le pareció que el señor "Inofensivo" le había dado la recomendación por la relación personal que existía entre ellos. En opinión de Pepe, él tenía más méritos como trabajador y creía que sus contribuciones a la empresa habían sido, si no más significativas, por lo menos iguales a las de Casper. La situación se tornó más preocupante para Pepe cuando se dio cuenta de que el nuevo empleado contratado para reemplazar a Casper era también europeo-americano. Un mes después, el nuevo empleado parecía estar siguiendo el mismo proceso de Casper, desarrollando una estrecha relación personal con el señor "Inofensivo". ¿Qué debe hacer Pepe? 20. Empieza a trabajar en una empresa en el área de Recursos Humanos y lo primero que le piden es que seleccione personal. Resulta que una de las pruebas, es un test de inteligencia que es fotocopiado y no cuenta con baremos adaptados a nuestro medio. ¿Aplicaría o no el test teniendo en cuenta que la empresa no cuenta con los recursos necesarios para comprar un original? 21. Ha realizado una consultoría en una empresa y observa que es sumamente necesario que en el proceso de selección se apliquen tests de aptitudes diferenciales para contratar obreros. El jefe de Recursos Humanos le pide que le enseñe –a él o a otro profesional- la forma de aplicar y calificar el test, pues estos no pueden ser aplicados por un psicólogo ya que la empresa no tiene los medios para contratarlo. La empresa ha comprado la prueba de aptitudes diferenciales. ¿Enseñaría a cualquier otro profesional a aplicar dicha prueba? 22. Necesita contratar un mensajero. En los procesos de selección hay una persona que cumple con todos los requisitos; decide contratarlo. Como un paso más de la contratación se incluyen los exámenes médicos y, cuando conoce los resultados que le envía el Dispensario Médico de la empresa, se percata que la persona seleccionada tiene SIDA. ¿Cree usted que debería contratarlo?
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    98 23. Una primasuya aplica para un puesto de asistente de contabilidad en la empresa para la cual usted trabaja. Necesita del puesto, pues tiene graves problemas económicos y además, es madre soltera. Ella le pide que le ayude para calificar al puesto dándole algunas de las pruebas que le tomarían durante el proceso de selección. ¿Haría lo que su prima le pide? 24. La empresa para la cual usted trabaja, decide implementar las normas ISO y uno de los requisitos es que cuente con mano de obra calificada. El Gerente General le pide a usted -como Gerente de Recursos Humanos- que elabore una lista del personal que no tiene título académico. Resulta que diez personas que trabajan operando diferentes máquinas han terminado solo la primaria, y lograr su adaptación al cambio capacitándoles es muy difícil para la empresa. El Gerente le pide que despida a los operarios y contrate a otras personas. a. ¿Despide o no a estas personas? b. En caso de que los despida, ¿de qué manera les diría y qué les propondría? c. En caso de que no los despida, ¿cómo enfrentaría este problema ante la Gerencia? 25. Durante la época de navidad, el departamento de ventas le pide que seleccione a una auxiliar de ventas, pues la demanda de clientes en el almacén es bastante alta. Contrata a una persona y le explica que el horario de trabajo es de 8h30 a 18h30. No le dice que trabajará los sábados. Resulta que la persona trabaja normalmente hasta el día viernes, y cuando se entera que tiene que trabajar los sábados, advierte que no asistirá pues su religión no le permite laborar este día. El sábado es el día en que más clientes llegan al almacén. ¿Le obligaría a la persona a trabajar los sábados? ¿Le despediría? 26. Una vez que han concluido los procesos de evaluación del desempeño, usted se encarga de tabular los datos. Hay ciertas personas cuyas evaluaciones tienen calificaciones muy bajas. El Gerente General le pide un informe de las evaluaciones y, al percatarse de estas calificaciones bajas, decide no renovar para el próximo año los contratos de los obreros notados y despedirlos. ¿Qué haría ante esta situación? ¿La evaluación del desempeño es un medio para despedir al personal? ¿Cuál sería su planteamiento? 27. Trabaja en un Banco como asistente de Recursos humanos. Hay un cajero que ha trabajado por más de dos años en este puesto, y siempre ha manifestado un excelente rendimiento. Resulta que existe una vacante en un uno de los puestos de caja y, como el banco tiene urgencia de llenar este cargo, el Gerente de Recursos Humanos le pide a usted que contrate a una persona pagándole un sueldo mayor que el que reciben los otros cajeros que tienen más años en el puesto. ¿Qué haría usted? Si contrata a una persona con un sueldo mayor, ocasionaría graves conflictos con los demás compañeros. ¿Propondría al cajero de más de dos años para que ocupe ese puesto? ¿Obedecería el mandato del Gerente? 28. El sindicato de trabajadores decide negociar con usted sobre sueldos propuestos hasta el momento. Usted como Gerente de Recursos Humanos sabe que el nivel de ventas en el año pasado no fue tan alto, y apenas los sueldos pueden ser elevados en un 5%. El sindicato le pide que el alza sea del 10% o caso contrario irían a una huelga. Como producto de la negociación usted les ofrece una alza del 8% en los sueldos. ¿Cómo enfrentaría esta situación si sabe que el 3% adicional puede ocasionar graves perjuicios económicos para la empresa, y por lo tanto no se podría pagar a los trabajadores lo pactado? 29. Un trabajador de la empresa SSS sufre un grave accidente mientras realizaba su trabajo. Este empleado trabaja solo por honorarios fijos y bajo contrato para la empresa. Por lo tanto, la organización no tiene ninguna obligación patronal con él. Tampoco está afiliado al seguro. ¿Cree que -corno miembro del Departamento de Recursos Humanos- debería hacer gestiones para que la empresa cubra los gastos médicos de la persona accidentada?
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    99 30. La empresaXTZ, tiene 600 empleados. Durante mucho tiempo ha calculado los aportes al IESS sobre montos menores de los sueldos que realmente gana el personal. Todo esto lo hacía para que el pago de la empresa no sea tan alto, pues al tener tantos empleados los pagos por aportes patronales representarían un gran costo para la empresa. ¿Está de acuerdo con este procedimiento empresarial? ¿Qué haría si descubre que una empresa para la que trabaja tiene este tipo de políticas? ¿cuál sería su posición al ser adherente a Recursos humanos? 31. El departamento de Sistemas de la empresa para la cual trabaja, le pide que seleccione a una persona para ocupar la vacante de Programador. Usted como asistente de selección realiza todo el proceso en más de mes y medio: recluta personal, aplica pruebas, entrevistas, etc. De este proceso, se concluye que dos personas son las más aptas para el puesto de trabajo vacante. Cuando presenta estos resultados ante el Gerente de Sistemas, le dicen a usted que ya no es necesario: el hijo del Gerente General realizará el trabajo. ¿Qué haría? ¿Cuál es su posición profesional? 32. Durante mucho tiempo un mecánico de una fábrica que se dedica a la producción de plásticos, ha realizado muy bien su trabajo, cumple con los horarios establecidos, no tiene problemas con sus otros compañeros, etc. En los últimos meses, comienzan a correr los rumores de que el trabajador es homosexual. Estos rumores llegan a los oídos del Gerente General y le pide a usted que, como Jefe de Recursos humanos, investigue si esta información es cierta y que en caso de serlo despida al trabajador. ¿Decide averiguar lo que en realidad sucede con el trabajador? ¿Cómo lo haría? ¿Si comprueba su tendencia homosexual, le despediría? 33. La ley prohíbe contratar a dos personas –familiares- dentro la misma empresa. Usted se encuentra seleccionando a una persona para secretaria. Realiza todo el proceso y contrata a la secretaria. Más tarde se entera que es hermana de otro funcionario que ya trabaja en la empresa. ¿Procedería a la contratación? ¿Cuál sería su proceder profesional? 34. Suponiendo que recibe una llamada telefónica de una empresa con la que nunca ha tenido una relación de negocios. Esta empresa le pide referencias de una empleada que trabaja en su compañía y que se llama María. Usted cree que el desempeño de María ha sido generalmente incompetente en el trabajo; te encantaría que ella se cambiara a otra empresa. ¿Daría excelentes referencias de María? 35. Los hechos son los mismos que la pregunta anterior, con la diferencia de que la compañía que le ha llamado es una empresa con la que ha tenido una relación de negocios de 20 años. ¿Daría excelentes referencias de María? 36. José, su vecino y amigo, y Usted han comprado cada uno un billete de la Lotería Nacional en la farmacia de la esquina. Uds. están mirando la transmisión del sorteo por TV y de repente José salta del sofá gritando que él tiene el número ganador. Segundos después José cae muerto por un infarto cardiaco. Usted es la única persona que sabe que José fue el que compró el boleto ganador. Si Usted substituye el billete de José por el suyo, nadie se dará cuenta y Usted ganará 1 millón de dólares. La única pariente viva de José es una tía rica y a José nunca le agradó su parentesco. Si usted no intercambia los billetes ella heredará lo ganado. ¿Cambiaría el billete?
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    100 Test de Adler Traducidoy adaptado por el Centro de Valores Éticos, ITESM Campus Monterrey para el curso Valores vara el Ejercicio Profesional 1. La mentira nunca puede ser justificada en el ámbito de los negocios De acuerdo_____En desacuerdo_____ 2. La personas de empresa juzgan lo ilegal o no ético de una conducta basándose en el criterio de que el beneficio obtenido de la conducta debe superar al riesgo de ser "descubierto'' y no en los aspectos morales de la conducta De acuerdo_____En desacuerdo_____ 3. Si yo pudiera tener uno de los siguientes valores pero sin ninguno de los otros, ¿cuál escogería? () Una gran fortuna () Buena salud y una familia amorosa () Una excelente reputación a nivel nacional () Lealtad y apoyo de las amistades () Un enorme poder 4. Con respecto a cometer un acto ilegal o no ético en una empresa ( ) Yo estaría dispuesto a cometer un acto deshonesto en algún momento de mi ejercicio profesional () Yo vería como posibilidad cometer un acto deshonesto en algún momento de rni ejercicio profesional () Yo no se si cometería un acto de esta naturaleza o no en mi ejercicio profesional () Yo vena como poco factible cometer un acto deshonesto en algún momento de mi ejercicio profesional () Yo nunca estaría dispuesto a cometer un acto deshonesto en algún momento de mi ejercicio profesional 5. Si una acción no es ilegal, entonces es una acción ética 6. Algunas conductas que pueden ser vistas como poco éticas en una amistad, son perfectamente válidas en el Ámbito de lo negocios De acuerdo _ En desacuerdo _ UNA OPORTUNIDAD DE ORO (1): José, tú vecino y amigo, y tú han comprado cada uno un billete de la Lotería Nacional en la farmacia de la esquina. Uds. están mirando en la sala la transmisión del sorteo por TV y de repente José salta del sofá gritando que él tiene el numero ganador. Segundos después José cae muerto por un infarto cardiaco. Tú eres la única persona que sabe que José (y no tú) fue el que compró el boleto ganador. Si tú sustituyes el billete de José por el tuyo, nadie se dará cuenta y tú ganarás 10 millones de pesos. La única pariente viva de José es una tía rica y a José nunca le agradó su tía. Si tú no intercambias los billetes ella heredará su fortuna. ¿Cambiarias el billete de José por el tuyo?
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    105 AVISO ANTIPEDAGÓGICO Este librono es un manual de ética. No contiene información sobre los más destacados autores y más importantes movimientos de la teoría moral a lo largo de la historia. No he intentado poner el imperativo categórico al alcance de todos los públicos... Tampoco se trata de un recetario de respuestas moralizantes a los problemas cotidianos que puede uno encontrarse en el periódico y en la calle, del aborto a la objeción de conciencia, pasando por el preservativo. No creo que la ética sirva para zanjar ningún debate, aunque su oficio sea colaborar a iniciarlos todos... ¿Tiene que hablarse de ética en la enseñanza? Desde luego, me parece nefasto que haya una asignatura así denominada que se presente como alternativa a la hora de adoctrinamiento religioso. La pobre ética no ha venido al mundo para dedicarse a apuntalar ni a sustituir catecismos... por lo menos, no debiera hacerlo a estas alturas del siglo xx. Pero no estoy nada seguro de que deban evitarse unas primeras consideraciones generales sobre el sentido de la libertad ni que basten a este respecto unas cuantas consideraciones deontológicas incrustadas en cada una de las restantes disciplinas. La reflexión moral no es solamente un asunto especializado más para quienes deseen cursar estudios superiores de filosofía sino parte esencial de cualquier educación digna de ese nombre. Este libro no es más que eso, sólo un libro. Personal y subjetivo, como la relación que une a un padre con su hijo; pero por eso mismo universal como la relación entre padre e hijo, la más común de todas. Ha sido pensado y escrito para que puedan leerlo los adolescentes: probablemente enseñará muy pocas cosas a sus maestros. Su objetivo no es fabricar ciudadanos bienpensantes (ni mucho menos malpensados) sino estimular el desarrollo de librepensadores. Madrid, 26 de enero de 1991
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    106 Ó A veces, Amador,tengo ganas de contarte muchas cosas. Me las aguanto, estáte tranquilo, porque bastantes rollos debo pegarte ya en mi oficio de padre como para añadir otros suplementarios disfrazado de filósofo. Comprendo que la paciencia de los hijos también tiene un límite. Además, no quiero que me pase lo que a un amigo mío gallego que cierto día contemplaba pacíficamente el mar con su chaval de cinco años. El mocoso le dijo, en tono soñador: «Papi, me gustaría que saliéramos mamá, tú y yo a dar un paseo en una barquita, por el mar. » A mi sentimental amigo se le hizo un nudo en la garganta, justo encima del de la corbata: « ¡Desde luego, hijo mío, vamos cuando quieras!» «Y cuando estemos muy adentro -siguió fantaseando la tierna criatura- os tiraré a los dos al agua para que os ahoguéis. » Del corazón partido del padre brotó un berrido de dolor: « ¡Pero, hijo mío ... !» «Claro, papi. ¿Es que no sabes que los papás nos dais mucho la lata?» Fin de la lección primera. Si hasta un crío de cinco años puede darse cuenta de eso, me figuro que un gamberro de más de quince como tú lo tendrá ya requetesabido. De modo que no es mi intención proporcionarte más motivos para el parricidio de los ya usuales en familias bien avenidas. Por otro lado, siempre me han parecido fastidiosos esos padres empeñados en ser «el mejor amigo de sus hijos ». Los chicos debéis tener amigos de vuestra edad: amigos y amigas, claro. Con padres, profesores y demás adultos es posible en el mejor de los casos llevarse razonablemente bien, lo cual es ya bastante. Pero llevarse razonablemente bien con un adulto incluye, a veces, tener ganas de ahogarle. De otro modo no vale. Si yo tuviera quince años, lo que ya no es probable que vuelva a pasarme, desconfiaría de todos los mayores demasiado «simpáticos», de todos los que parece como si quisieran ser más jóvenes que yo y de todos los que me diesen por sistema la razón. Ya sabes, los que siempre están con que «los jóvenes sois cojonudos», «me siento tan joven como vosotros» y chorradas por el estilo. ¡Ojo con ellos! Algo querrán con tanta zalamería. Un padre o un profesor como es debido tienen que ser algo cargantes o no sirven para nada. Para joven ya estás tú. De modo que se me ha ocurrido escribirte algunas de esas cosas que a ratos quise contarte y no supe o no me atreví. A un padre soltando el rollo filosófico hay que estarle mirando a la jeta, mientras se pone cara de cierto interés y se sueña con el liberador momento de correr a ver la tele. Pero un libro lo puedes leer cuando quieras, a ratos perdidos y sin necesidad de dar ninguna muestra de respeto: al pasar las páginas bostezas o te ríes si te apetece, con toda libertad. Como la mayor parte de lo que voy a decirte tiene mucho que ver
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    107 precisamente con lalibertad, es más propio para ser leído que para ser escuchado en sermón. Eso sí, tendrás que prestarme un poco de atención (aproximadamente la mitad de la que dedicas a aprender un nuevo juego de ordenador) y tener algo de paciencia, sobre todo en los primeros capítulos. Aunque comprendo que es poner las cosas bastante más difíciles, no he querido ahorrarte el esfuerzo de pensar paso a paso ni tratarte como si fueses idiota. Soy de la opinión, que no sé si compartirás, de que cuando se trata a alguien como si fuese idiota es muy probable que si no lo es llegue pronto a serlo... ¿De qué me propongo hablarte? De mi vida y de la tuya, nada más ni nada menos. 0 si prefieres: de lo que yo hago y de lo que tú estás empezando a hacer. En cuanto a lo primero, a lo que hago, quisiera contestarte por fin a una pregunta que me planteaste a bocajarro hace muchos años -ya ni te acordarás- y que en su día quedó sin respuesta. Debías tener unos seis años y pasábamos el verano en Torrelodones. Esa tarde, como las otras, yo estaba tecleando con desgana en mi Olivetti portátil, encerrado en mi cuarto, ante una foto de la cola de una gran ballena, erguida y chorreante sobre el mar azul. Os oía jugar a ti y a tus primos en la piscina; os veía correr por el jardín. Perdona la cursilada confidencial: me sentía pringoso de sudor y de felicidad. De pronto te llegaste hasta la ventana abierta y me dijiste: «Hola. ¿Qué estás maquinando?» Contesté cualquier bobada porque no era el caso de empezar a explicarte que intentaba escribir un libro de ética. Ni a ti te interesaba lo que pudiera ser la ética ni estabas dispuesto a prestarme atención durante mucho más de tres minutos. Quizá sólo querías que supiese que estabas ahí: ¡como si yo pudiera olvidarlo alguna vez, entonces o ahora! Pero ya te llamaban los otros y te fuiste corriendo. Yo seguí maquinando dale que te pego y es ahora, casi diez años más tarde, cuando me decido por fin a darte explicaciones sobre esa cosa rara, la ética, de la que me sigo ocupando. Un par de años más tarde y también en nuestro miniparaíso de Torrelodones, me contaste un sueño que habías tenido. ¿A que tampoco te acuerdas? Estabas en un campo muy oscuro, como de noche, y soplaba un viento terrible. Te agarrabas a los árboles, a las piedras, pero el huracán te arrastraba sin remedio, igual que a la niña de El mago de Oz. Cuando ibas zarandeado por el aire, hacia lo desconocido, oíste mi voz («yo no te veía, pero sabía que eras tú», precisaste) diciendo: « ¡Ten confianza! ¡Ten confianza! » No sabes el regalo que me hiciste contándome esa rara pesadilla: ni en mil años que viva podría pagarte el orgullo de aquella tarde en que supe que mi voz podía darte ánimos. Pues bueno, todo lo que voy a decirte en las páginas siguientes no son más que repeticiones de ese único consejo una y otra vez: ten confianza. No en mí, claro, ni en ningún sabio aunque sea de los de verdad, ni en alcaldes, curas ni policías. No en dioses ni diablos, ni en máquinas, ni en banderas. Ten confianza en ti mismo. En la inteligencia que te permitirá ser mejor de lo que ya eres y en el instinto de tu amor, que te abrirá a merecer la buena compañía. Ya ves que esto no es una novela de misterio, de esas que hay que leer hasta la última página para saber quién es el criminal. Tengo tanta prisa que empiezo por descubrirte en el prólogo la última lección. Quizá sospeches que estoy tratando de comerte el coco y en cierto sentido no vas desencaminado. Verás, muchos pueblos antropófagos abren -o abrían- el cráneo de sus enemigos para comer parte de su cerebro, en un intento de apropiarse así de su sabiduría, de sus mitos y de su coraje. En este libro te estoy dando a comer algo de mi propio coco y también aprovecho para comerte un poco el tuyo. No sé si sacarás mucha pitanza de mis sesos: quizá sólo unos bocados de la experiencia de un príncipe que no todo lo aprendió en los libros. Por mi parte, quiero apropiarme a mordiscos de una buena porción del tesoro que te sobra: juventud intacta. Que nos aproveche a ambos.
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    108 CAPITULO PRIMERO É É Hayciencias que se estudian por simple interés de saber cosas nuevas; otras, para aprender una destreza que permita hacer o utilizar algo; la mayoría, para obtener un puesto de trabajo y ganarse con él la vida. Si no sentimos curiosidad ni necesidad de realizar tales estudios, podemos prescindir tranquilamente de ellos. Abundan los conocimientos muy interesantes pero sin los cuales uno se las arregla bastante bien para vivir: yo, por ejemplo, lamento no tener ni idea de astrofísica ni de ebanistería, que a otros les darán tantas satisfacciones, aunque tal ignorancia no me ha impedido ir tirando hasta la fecha. Y tú, si no me equivoco, conoces las reglas del fútbol pero estás bastante pez en béisbol. No tiene mayor importancia, disfrutas con los mundiales, pasas olímpicamente de la liga americana y todos tan contentos. Lo que quiero decir es que ciertas cosas uno puede aprenderlas o no, a voluntad. Como nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio que elegir y aceptar con humildad lo mucho que ignoramos. Se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni fútbol, incluso sin saber leer ni escribir: se vive peor, si quieres, pero se vive. Ahora bien, otras cosas hay que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida. Es preciso estar enterado, por ejemplo, de que saltar desde el balcón de un sexto piso no es cosa buena para la salud; o de que una dieta de clavos (¡con perdón de los fakires!) y ácido prúsico no permite llegar a viejo. Tampoco es aconsejable ignorar que si uno cada vez que se cruza con el vecino le atiza un mamporro las consecuencias serán antes o después muy desagradables. Pequeñeces así son importantes. Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan vivir. En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no. No nos convienen ciertos alimentos ni nos convienen ciertos comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está, a que no nos convienen si queremos seguir viviendo. Si lo que uno quiere es reventar cuanto antes, beber lejía puede ser muy adecuado o también procurar rodearse del mayor número de enemigos posibles. Pero de momento vamos a suponer que lo que preferimos es vivir: los respetables gustos del suicida los dejaremos por ahora de lado. De modo que ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo «bueno» porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos «malo». Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir -todos sin excepción- por la cuenta que nos trae. Como he señalado antes, hay cosas buenas y malas para la salud: es necesario saber lo que debemos comer, o que el fuego a veces calienta y otras quema, así como el agua puede quitar la sed pero también ahogarnos. Sin embargo, a veces las cosas no son tan sencillas: ciertas drogas, por ejemplo, aumentan nuestro brío o producen sensaciones agradables, pero su abuso continuado puede ser nocivo. En unos aspectos son buenas, pero en otros malas: nos convienen y a la vez no nos convienen. En el terreno de las relaciones humanas, estas ambigüedades se dan con aún mayor frecuencia. La mentira es algo en general malo, porque destruye la confianza en la palabra -y todos necesitamos hablar para vivir en sociedad- y enemista a las personas; pero a veces parece que puede ser útil o beneficioso mentir para obtener alguna ventajilla. O incluso para hacerle un favor a alguien. Por ejemplo: ¿es mejor decirle al enfermo de cáncer incurable la verdad sobre su estado o se le debe engañar para que pase sin angustia sus últimas horas? La mentira no nos conviene, es mala, pero a veces parece resultar buena. Buscar gresca con los demás ya hemos dicho
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    109 que es porlo común inconveniente, pero ¿debemos consentir que violen delante de nosotros a una chica sin intervenir, por aquello de no meternos en líos? Por otra parte, al. que siempre dice la verdad -caiga quien caiga- suele cogerle manía todo el mundo; y quien interviene en plan Indiana Jones para salvar a la chica agredida -es más probable que se vea con la crisma rota que quien se va silbando a su casa. Lo malo parece a veces resultar más o menos bueno y lo bueno tiene en ocasiones apariencias de malo. Vaya jaleo. Lo de saber vivir no resulta tan fácil porque hay diversos criterios opuestos respecto a qué debemos hacer. En matemáticas o geografía hay sabios e ignorantes, pero los sabios están casi siempre de acuerdo en lo fundamental. En lo de vivir, en cambio, las opiniones distan de ser unánimes. Si uno quiere llevar una vida emocionante, puede dedicarse a los coches de fórmula uno o al alpinismo; pero si se prefiere una vida segura y tranquila, será mejor buscar las aventuras en el videoclub de la esquina. Algunos aseguran que lo más noble es vivir para los demás y otros señalan que lo más útil es lograr que los demás vivan para uno. Según ciertas opiniones lo que cuenta es ganar dinero y nada más, mientras que otros arguyen que el dinero sin salud, tiempo libre, afecto sincero o serenidad de ánimo no vale nada. Médicos respetables indican que renunciar al tabaco y al alcohol es un medio seguro de alargar la vida, a lo que responden fumadores y borrachos que con tales privaciones a ellos desde luego la vida se les haría mucho más larga. Etc. En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo con todos. Pero fíjate que también estas opiniones distintas coinciden en otro punto: a saber, que lo que vaya a ser nuestra vida es, al menos en parte, resultado de lo que quiera cada cual. Si nuestra vida fuera algo completamente determinado y fatal, irremediable, todas estas disquisiciones carecerían del más mínimo sentido. Nadie discute si las piedras deben caer hacia arriba o hacia abajo: caen hacia abajo y punto. Los castores hacen presas en los arroyos y las abejas panales de celdillas exagonales: no hay castores a los que tiente hacer celdillas de panal, ni abejas que se dediquen a la ingeniería hidráulica. En su medio natural cada animal parece saber perfectamente lo que es bueno y lo que es malo para él si discusiones ni dudas. No hay animales malos ni buenos en la naturaleza, aunque quizá la mosca considere mala a la araña que tiende su trampa y se la come. Pero es que La araña no lo puede remediar... Voy a contarte un caso dramático. Ya conoces a las termitas, esas hormigas blancas que en África levantan impresionantes hormigueros de varios metros de alto y duros como la piedra. Dado que el cuerpo de las termitas es blando, por carecer de la coraza quitinosa que protege a otros insectos, el hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas, mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos hormigueros se derrumba, por culpa de una riada o de un elefante (a los elefantes les gusta rascarse los flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). En seguida, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su dañada fortaleza, a toda prisa. Y las grandes hormigas enemigas se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan detener a las enemigas. Como ni por tamaño ni por armamento pueden competir con ellas, se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido... pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes? Cambio de escenario, pero no de tema. En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia y a sus conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termitas-soldado, cuya gesta millones de veces repetida ningún Homero se ha molestado en contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas
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    110 anónimas? ¿Por quénos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro? Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come a la mosca). Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la naturaleza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan sobre él, siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor. Y así llegamos a la palabra fundamental de todo este embrollo: libertad. Los animales (y no digamos ya los minerales o las plantas) no tienen más remedio que ser tal como son y hacer lo que están programados naturalmente para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. Tal disposición obligatoria les ahorra sin duda muchos quebraderos de cabeza. En cierta medida, desde luego, los hombres también estamos programados por la naturaleza. Estamos hechos para beber agua, no lejía, y a pesar de todas nuestras precauciones debemos morir antes o después. Y de modo menos imperioso pero parecido, nuestro programa cultural es determinante: nuestro pensamiento viene condicionado por el lenguaje que le da forma (un lenguaje que se nos impone desde fuera y que no hemos inventado para nuestro uso personal) y somos educados en ciertas tradiciones, hábitos, formas de comportamiento, leyendas ... ; en una palabra, que se nos inculcan desde la cunita unas fidelidades y no otras. Todo ello pesa mucho y hace que seamos bastante previsibles. Por ejemplo, Héctor, ese del que acabamos de hablar. Su programación natural hacia que Héctor sintiese necesidad de protección, cobijo y colaboración, beneficios que mejor o peor encontraba en su ciudad de Troya. También era muy natural que considerara con afecto a su mujer Andrómaca -que le proporcionaba compañía placentera- y a su hijito, por el que sentía lazos de apego biológico-Culturalmente, se sentía parte de Troya Y compartía con los troyanos la lengua, las costumbres y las tradiciones. Además, desde pequeño le habían educado para que fuese un buen guerrero al servicio de su ciudad y se le dijo que la cobardía era algo aborrecible, indigno de un hombre. Si traicionaba a los suyos, Héctor sabía que se vería despreciado y que le castigarían de uno u otro modo. De modo que también estaba bastante programado para actuar como lo hizo, ¿no? Y sin embargo... Sin embargo, Héctor hubiese podido decir: ¡a la porra con todo! Podría haberse disfrazado de mujer para escapar por la noche de Troya, o haberse fingido enfermo o loco para no combatir, o haberse arrodillado ante Aquiles ofreciéndole sus servicios como guía para invadir Troya por su lado más débil; también podría haberse dedicado a la bebida o haber inventado una nueva religión que dijese que no hay que luchar contra los enemigos sino poner la otra mejilla cuando nos abofetean. Me dirás que todos estos comportamientos hubiesen sido bastante raros, dado quien era Héctor y la educación que había recibido. Pero tienes que reconocer que no son hipótesis imposibles, mientras que un castor que fabrique panales o una termita desertora no son algo raro sino estrictamente imposible. Con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros seres naturales sí por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podernos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos, que no esté del todo). Podemos decir «sí» o «no», quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios. Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto
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    111 que no podemoshacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto a la libertad: Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya o huir, etc.). Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). Por ello, cuanta más capacidad de accción tengamos, mejores resultados podremos obtener de nuestra libertad. Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado físico y mi nula preparación en alpinismo es prácticamente imposible que consiguiera mi objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como aprendí a leer de pequeñito la cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay cosas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre... aunque me escueza. En la realidad existen muchas fuerzas que limitan nuestra libertad, desde terremotos o enfermedades hasta tiranos. Pero también nuestra libertad es una fuerza en el mundo, nuestra fuerza. Si hablas con la gente, sin embargo, verás que la mayoría tiene mucha más conciencia de lo que limita su libertad que de la libertad misma. Te dirán: «¿Libertad? ¿Pero de qué libertad me hablas? ¿cómo vamos a ser libres, si nos comen el coco desde la televisión, si los gobernantes nos engañan y nos manipulan, si los terroristas nos amenazan, si las drogas nos esclavizan, y si además me falta dinero para comprarme una moto, que es lo que yo quisiera?» En cuanto te fijes un poco, verás que los que así hablan parece que se están quejando pero en realidad se encuentran muy satisfechos de saber que no son libres. En el fondo piensan: «¡Uf! ¡Menudo peso nos hemos quitado de encima! Como no somos libres, no podemos tener la culpa de nada de lo que nos ocurra ... »Pero yo estoy seguro de que nadie -nadie- cree de veras que no es libre, nadie acepta sin más que funciona como un mecanismo inexorable de relojería o como una termita. Uno puede considerar que optar libremente por ciertas cosas en ciertas circunstancias es muy difícil (entrar en una casa en llamas para salvar a un niño, por ejemplo, o enfrentarse con firmeza a un tirano) y que es mejor decir que no hay libertad para no reconocer que libremente se prefiere lo más fácil, es decir, esperar a los bomberos o lamer la bota que le pisa a uno el cuello. Pero dentro de las tripas algo insiste en decirnos: «Si tú hubieras querido ... » Cuando cualquiera se empeñe en negarte que los hombres somos libres, te aconsejo que le apliques la prueba del filósofo romano. En la antigüedad, un filósofo romano discutía con un amigo que le negaba la libertad humana y aseguraba que todos los hombres no tienen más remedio que hacer lo que hacen. El filósofo cogió su bastón y comenzó a darle estacazos con toda su fuerza. « ¡Para, ya está bien, no me pegues más! », le decía el otro. Y el filósofo, sin dejar de zurrarle, continuó argumentando: «¿No dices que no soy libre y que lo que hago no tengo más remedio que hacerlo? Pues entonces no gastes saliva pidiéndome que pare: soy automático. »Hasta que el amigo no reconoció que el filósofo podía libremente dejar de pegarle, el filósofo no suspendió su paliza. La prueba es buena, pero no debes utilizarla más que en último extremo y siempre con amigos que no sepan artes marciales... En resumen: a diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las
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    112 abejas y lastermitas no suele pasarles. De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética. De ello, si tienes paciencia, seguiremos hablando en las siguientes páginas de este libro. vete leyendo... «¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyado la pica contra el muro, saliera al encuentro del inexorable Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a llión en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formasen dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?» (Homero, Ilíada). «La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana» (Octavio Paz, La otra voz). «La vida del hombre no puede "ser vivida" repitiendo los patrones de su especie; es él mismo -cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).
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    113 CAPÍTULO SEGUNDO ÓRDENES, COSTUMBRESY CAPRICHOS Te recuerdo brevemente donde estamos. Queda claro que hay cosas que nos convienen para vivir y otras no, pero no siempre está claro qué cosas son las que nos convienen. Aunque no podamos elegir lo que nos pasa, podemos en cambio elegir lo que hacer frente a lo que nos pasa. Modestia aparte, nuestro caso se parece más al de Héctor que al de las beneméritas termitas... Cuando vamos a hacer algo, lo hacemos porque preferimos hacer eso a hacer otra cosa, o porque preferimos hacerlo a no hacerlo. ¿Resulta entonces que hacemos siempre lo que queremos? Hombre, no tanto. A veces las circunstancias nos imponen elegir entre dos opciones que no hemos elegido: vamos, que hay ocasiones en que elegimos aunque preferiría no tener que elegir. Uno de los primeros filósofos que se ocupó de estas cuestiones, Aristóteles, imaginó el siguiente ejemplo. Un barco lleva una importante carga de un puerto a otro. A medio trayecto, le sorprende una tremenda tempestad. Parece que la única forma de salvar el barco y la tripulación es arrojar por la borda el cargamento, que además de importante es pesado. El capitán del navío se plantea el problema siguiente: «¿Debo tirar la mercancía o arriesgarme a capear el temporal con ella en la bodega, esperando que el tiempo mejore o que la nave resista?» Desde luego, si arroja el cargamento lo hará porque prefiere hacer eso a afrontar el riesgo, pero sería injusto decir sin más que quiere tirarlo. Lo que de veras quiere es llegar a puerto con su barco, su tripulación y su mercancía: eso es lo que más le conviene. Sin embargo, dadas las borrascosas circunstancias, prefiere salvar su vida y la de su tripulación a salvar la carga, por preciosa que sea. ¡Ojalá no se hubiera levantado la maldita tormenta! Pero la tormenta no puede elegirla, es cosa que se le impone, cosa que le pasa, quiera o no; lo que en cambio puede elegir es el comportamiento a seguir en el peligro que le amenaza. Si tira el cargamento por la borda lo hace porque quiere... y a la vez sin querer. Quiere vivir, salvarse y salvar a los hombres que dependen de él, salvar su barco; pero no quisiera quedarse sin la carga ni el provecho que representa, por lo que no se desprenderá de ella sino muy a regañadientes. Preferiría sin duda no verse en el trance de tener que escoger en re la pérdida de sus bienes y la pérdida de su vida. Sin embargo, no queda más remedio y debe decidirse: elegirá lo que quiera más, lo que crea más conveniente. Podríamos decir que es libre porque no le queda otro remedio que serlo, libre de optar en circunstancias que él no ha elegido padecer. Casi siempre que reflexionamos en situaciones difíciles o importantes sobre lo que vamos a hacer nos encontramos en una situación parecida a la de ese capitán de barco del que habla Aristóteles. Pero claro, no siempre las cosas se ponen tan feas. A veces las circunstancias son menos tormentosas y si me empeño en no ponerte más que ejemplos con ciclón incorporado puedes rebelarte contra ellos, como hizo aquel aprendiz de aviador. Su profesor de vuelo le preguntó: «Va usted en un avión, se declara una tormenta y le inutiliza a usted el motor. ¿Qué debe hacer?» Y el estudiante contesta: «Seguiré con el otro motor.» «Bueno -dijo el profesor-, pero llega otra tormenta y le deja sin ese motor. ¿Cómo se las arregla entonces?» «Pues seguiré con el otro motor.» «También se lo destruye una tormenta. ¿Y entonces?» «Pues continúo con otro motor.» Vamos a ver -se mosquea el profesor-, ¿se puede saber de dónde saca usted tantos motores?» Y el alumno, imperturbable: «Del mismo sitio del que saca usted tantas tormentas.» No, dejemos de lado el tormento de las tormentas. Veamos qué ocurre cuando hace buen tiempo. Por lo general, uno no se pasa la vida dando vueltas a lo que nos conviene o no nos conviene hacer. Afortunadamente no solemos estar tan achuchados por la vida como el capitán del dichoso barquito del que hemos hablado. Si vamos a ser sinceros, tendremos que reconocer que la mayoría de nuestros actos los hacemos casi automáticamente, sin darle demasiadas vueltas al asunto. Recuerda conmigo, por favor, lo que has hecho esta mañana. A una hora indecentemente temprana ha sonado el despertador y tú, en vez de estrellarlo contra la pared como te apetecía, has apagado la alarma. Te has quedado un ratito entre las sábanas, intentando aprovechar los últimos y preciosos minutos de comodidad horizontal. Después has pensado que se te estaba haciendo demasiado tarde y el autobús para el cole no espera, de modo que te has levantado con santa resignación. Ya sé que no te gusta demasiado lavarte los dientes pero como te insisto tanto para que lo hagas has acudido entre bostezos a la cita con el cepillo y la pasta. Te has duchado casi sin darte cuenta de lo que hacías, porque es algo que ya pertenece a la rutina de todas las mañanas. Luego te has bebido el café con leche y te has tomado la habitual tostada con mantequilla. Después, a la dura calle. Mientras ibas hacia la parada del autobús repasando mentalmente los problemas de matemáticas
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    114 -¿no tenías hoycontrol?- has ido dando patadas distraídas a una lata vacía de coca-cola. Más tarde el autobús, el colegio, etc. Francamente, no creo que cada uno de esos actos los hayas realizado tras angustiosas meditaciones: «¿Me levanto o no me levanto? ¿Me ducho o no me ducho? ¡Desayunar o no desayunar, ésa es la cuestión! » La zozobra del pobre capitán de barco a punto de zozobrar, tratando de decidir a toda prisa si tiraba por la borda la carga o no, se parece poco a tus soñolientas decisiones de esta mañana. Has actuado de manera casi instintiva, sin plantearte muchos problemas. En el fondo resulta lo más cómodo y lo más eficaz, ¿no? A veces darle demasiadas vueltas a lo que uno va a hacer nos paraliza. Es como cuando echas a andar: si te pones a mirarte los pies y a decir «ahora, el derecho; luego, el izquierdo, etc.», lo más seguro es que Pegues un tropezón o que acabes parándote. Pero yo quisiera que ahora, retrospectívamente, te preguntaras lo que no te preguntaste esta mañana. Es decir: ¿por qué he hecho lo que hice?, ¿por qué ese gesto y no mejor el contrario o quizá otro cualquiera? Supongo que esta encuesta te indignará un poco. ¡Vaya! ¿Que por qué tienes que levantarte a las siete y media, lavarte los dientes e ir al colegio? ¿Y yo te lo pregunto? ¡Pues precisamente porque yo me empeño en que lo hagas y te doy la lata de mil maneras, con amenazas y promesas, para obligarte! ¡Si te quedases en la cama menudo jaleo te montaría! Claro que algunos de los gestos reseñados, como ducharte o desayunar, los realizas ya sin acordarte de mi, porque son cosas que siempre se hacen al levantarse, ¿no?, y que todo el mundo repite. Lo mismo que ponerse pantalones en lugar de ir en calzoncillos, por mucho que apriete el calor... En cuanto a lo de tomar el autobús, bueno, no tienes más remedio que hacerlo para llegar a tiempo, porque el colegio está demasiado lejos como para ir andando y no soy tan espléndido para pagarte un taxi de ¡da y vuelta todos los días. ¿Y lo de pegarle patadas a la lata? Pues eso lo haces porque sí, porque te da la gana. Vamos a detallar entonces la serie de diferentes motivos que tienes para tus comportamientos matutinos. Ya sabes lo que es u', «motivo» en el sentido que recibe la palabra en este contexto: es la razón que tienes o al menos crees tener para hacer algo, la explicación más aceptable de tu conducta cuando reflexionas un poco sobre ella. En una palabra: la mejor respuesta que se te ocurre a la pregunta «¿por qué hago eso?». Pues bien, uno de los tipos de motivación que reconoces es el de que yo te mando que hagas tal o cual cosa. A estos motivos les llamaremos órdenes. En otras ocasiones el motivo es que sueles hacer siempre ese mismo gesto y ya lo repites casi sin pensar, o también el ver que a tu alrededor todo el mundo se comporta así habitualmente: llamaremos costumbres a este juego de motivos. En otros casos -los puntapiés a la lata, por ejemplo- el motivo parece ser la ausencia de motivo, el que te apetece sin más, la pura gana. ¿Estás de acuerdo en que llamemos caprichos al por qué de estos comportamientos? Dejo de lado los motivos más crudamente funcionales, es decir los que te inducen a aquellos gestos que haces como puro y directo instrumento para conseguir algo: bajar la escalera para llegar a la calle en lugar de saltar por la ventana, coger el autobús para ir al cole, utilizar una taza para tomar tu café con leche, etc. Nos limitaremos a examinar los tres primeros tipos de motivos, es decir las órdenes, las costumbres y los caprichos. Cada uno de esos motivos inclina tu conducta en una dirección u otra, explica más o menos tu preferencia por hacer lo que haces frente a las otras muchas cosas que podrías hacer. La primera pregunta que se me ocurre plantear sobre ellos es: fuerza te obliga a actuar cada uno Porque no todos tienen el mismo peso en cada ocasión. Levantarte para ir al colegio es más obligatorio que lavarte los dientes o duchar. te y creo que bastante más que dar patadas a la lata de coca-cola; en cambio, ponerte pantalones o al menos calzoncillos por mucho calor que haga es tan obligatorio como ir al cole, ¿no? Lo que quiero decirte es que cada tipo de motivos tiene su propio peso y te condiciona a su modo. Las órdenes, por ejemplo, sacan su fuerza, en parte, del miedo que puedes tener a las terribles represalias que tomaré contra ti si no me obedeces; pero también, supongo, al afecto y la confianza que me tienes y que te- lleva a pensar que lo que te mando es para protegerte y mejorarte o, como suele decirse con expresión que te hace torcer el gesto, por tu bien. También desde luego porque esperas algún tipo de recompensa si cumples como es debido: paga, regalos, etc. Las costumbres, en cambio, vienen más bien de la comodidad de seguir la rutina en ciertas ocasiones y también de tu interés de no contrariar a los otros, es decir de la presión de los demás. También en las costumbres hay algo así como una obediencia a ciertos tipos de órdenes: piensa, por poner otro ejemplo, en las modas. ¡La cantidad de cazadoras, zapatillas, chapas, etc., que tienes que ponerte porque entre tus amigos es costumbre llevarlas y tú no quieres desentonar! Las órdenes y las costumbres -tienen una cosa en común: parece que vienen de fuera, que se te imponen sin pedirte permiso. En cambio, los caprichos te salen de dentro, brotan espontáneamente sin que nadie te los mande ni a nadie en principio creas imitarlos. Yo supongo que si te pregunto que cuándo te sientes más libre, al cumplir órdenes, al seguir la costumbre o al hacer tu capricho, me
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    115 dirás que eresmás libre al hacer tu capricho, porque es una cosa más tuya y que no depende de nadie más que de ti. Claro que vete a saber: a lo mejor también el llamado capricho te apetece porque se lo imitas a alguien o quizá brota de una orden pero al revés, por ganas de llevar la contra- ria, unas ganas que no se te hubieran despertado a ti solo sin el mandato previo que desobedeces... En fin, por el momento vamos a dejar las cosas aquí, que por hoy ya es lío suficiente. Pero antes de acabar recordemos como despedida otra vez aquel barco griego en la tormenta al que se refirió Aristóteles. Ya que empezarnos entre olas y truenos bien podemos acabar lo mismo, para que el capítulo resulte capicúa. El capitán del barco estaba, cuando lo dejamos, en el trance de arrojar o no la carga por la borda para evitar el naufragio. Desde luego tiene orden de llevar las mercancías a puerto, la costumbre no es precisamente tirarlas al mar y poco le ayudaría seguir sus caprichos dado el berenjenal en que se encuentra. ¿Seguirá sus órdenes aun a riesgo de perder la vida y la de toda su tripulación? ¿Tendrá más miedo a la cólera' de sus patronos que al mismo mar furioso!,;',, En circunstancias normales puede bastar' con hacer lo que le mandan a uno, pero a veces lo más prudente es plantearse hasta qué punto resulta aconsejable obedecer... Después de todo, el capitán no es como las termitas, que tienen que salir en plan kamikaze quieran o no porque no les queda otro remedio que «obedecer» los impulsos de su naturaleza. Y si en la situación en que está las órdenes no le bastan, la costumbre todavía menos. La costumbre sirve para lo corriente, para la rutina de todos los días. ¡Francamente, una tempestad en alta mar no es momento para andarse con rutinas! Tú mismo le pones religiosamente pantalones y calzoncillos todas las mañanas, pero si en caso de incendio no te diera tiempo tampoco te sentirías demasiado culpable. Durante el gran terremoto de México de hace pocos años un amigo mío vio derrumbarse ante sus propios ojos un elevado edificio; acudió a prestar ayuda e intentó sacar de entre los escombros a una de las víctimas, que se resistía inexplicablemente a salir de la trampa de cascotes hasta que confesó: «Es que no llevo nada encima ... » ¡Premio especial del jurado a la defensa intempestiva del taparrabos! Tanto conformismo ante la costumbre vigente es un poco morboso, ¿no? Podemos suponer que nuestro capitán griego era un hombre práctico y que la rutina de conservar la carga no era suficiente para determinar su comportamiento en caso de peligro. Ni tampoco para arrojarla, claro está, por mucho que en la mayoría de los casos fuese habitual desprenderse de ella. Cuando las cosas están de veras serias hay que inventar y no sencillamente limitarse a seguir la moda o el hábito... Tampoco parece que sea ocasión propicia para entregarse a los caprichos. Si te dijeran que el capitán de ese barco tiró la carga no Porque lo considerase prudente, sino por capricho (o que la conservó en la bodega por el mismo motivo), ¿qué pensarías? Respondo Por ti: que estaba un poco loco. Arriesgar la fortuna o la vida sin otro móvil que el capricho tiene mucho de chaladura, y si la extravagancia compromete la fortuna o la vida del prójimo merece ser calificada aún más duramente. ¿Cómo podría haber llegado a mandar un barco semejante antojadizo irresponsable? En momentos tempestuosos a la persona sana se le pasan casi todos los caprichitos y no le queda sino el deseo intenso de acertar con la línea de conducta más conveniente, o sea: más racional. ¿Se trata entonces de un simple problema funcional, de encontrar el mejor medio para llegar sanos y salvos a puerto? Vamos a suponer que el capitán llega a la conclusión de que para salvarse basta con arrojar cierto peso al mar, sea peso en mercancías o sea peso en tripulación. Podría entonces intentar convencer a los marineros de que tirasen por la borda a los cuatro o cinco más inútiles de entre ellos y así de este modo tendrían una buena oportunidad de conservar las ganancias del flete. Desde un punto de vista funcional, a lo mejor era ésta la mejor solución para salvar el pellejo y también para asegurar las ganancias... Sin embargo, algo me resulta repugnante en tal decisión y su pongo que a ti también. ¿Será porque me han dado la orden de que tales cosas no deben hacerse, o porque no tengo costumbre de hacerlas o simplemente porque no me apetece -tan caprichoso soy- comportarme de esa manera? Perdona que te deje en un suspense digno de Hitchcok, pero no voy a decirte para acabar qué es lo que a la postre decidió nuestro zarandeado capitán. ¡Ojalá acertase y tuviera ya buen viento hasta volver a casa! La verdad es que cuando pienso en él me doy cuenta de que todos vamos en el mismo barco... Por el momento, nos quedaremos con las preguntas que hemos planteado y esperemos que vientos favorables nos lleven hasta el próximo capítulo, donde volveremos a encontrarlas e intentaremos empezar a responderlas. Vete leyendo...
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    116 «Tanto la virtudcomo el vicio están en nuestro poder. En efecto, siempre que está en nuestro poder el hacer, lo está también el no hacer, y siempre que está en nuestro poder el no, lo está el sí, de modo que si está en nuestro poder el obrar cuando es bello, lo estará también cuando es vergonzoso, y si está en nuestro poder el no obrar cuando es bello, lo estará, asimismo, para no obrar cuando es vergonzoso» (Aristóteles, Ética para Nicómaco). «En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte, es el escultor y el mármol, el médico y el paciente» (Erich Fromm, Ética Y Psicoanálisis). Sólo disponemos de cuatro principios de la moral: 1. El filosófico: haz el bien por el bien mismo, Por respeto a la ley. 2. El religioso: hazlo porque es la voluntad de Dios, por amor a Dios. 3. El humano: hazlo porque tu bienestar lo re. quiere, por amor propio. 4. El político: hazlo porque lo requiere la prosperidad de la sociedad de la que formas parte, por amor a la sociedad y por consideración a ti (Lichtenberg, Aforismos). «No hemos de preocupamos de vivir largos años, sino de vivirlos satisfactoriamente; porque vivir largo tiempo depende del destino, vivir satisfactoriamente de tu alma. La vida es larga si es plena; y se hace plena cuando el alma ha recuperado la posesión de su bien propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma» (Séneca, Cartas a Lucilio).
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    117 CAPITULO TERCERO HAZ LOQUE QUIERAS Decíamos antes que la mayoría de las cosas las hacemos porque nos las mandan (los padres cuando se es joven, los superiores o las leyes cuando se es adulto), porque se acostumbra a hacerlas así (a veces la rutina nos la imponen los demás con su ejemplo y su presión -miedo al ridículo, censura, chismorreo, deseo de aceptación en el grupo...y otras veces nos la creamos nosotros mismos), porque son un medio para conseguir lo que queremos (como tomar el autobús para ir al colegio) o sencillamente porque nos da la ventolera o el capricho de hacerlas así, sin más ni más. Pero resulta que en ocasiones importantes o cuando nos tomamos lo que vamos a hacer verdaderamente en esto, todas estas motivaciones corrientes resultan insatisfactorias: vamos, que saben a poco, como suele decirse. Cuando tiene uno que salir a exponer el pellejo junto a las murallas de Troya desafiando el ataque de Aquiles, como hizo Héctor; o cuando hay que decidir entre tirar al mar la carga para salvar a la tripulación o tirar a unos cuantos de la tripulación para salvar la carga; o... en casos semejantes, aun. que no sean tan dramáticos (por ejemplo sencillito: ¿debo votar al político que considero mejor para la mayoría del país, aunque perjudique con su subida de impuestos mis intereses personales, o apoyar al que me permite forrarme más a gusto y los demás que espabilen?), ni órdenes ni costumbres bastan y no son cuestiones de capricho. El comandante nazi del campo de concentración al que acusan de una matanza de judíos intenta excusarse diciendo que «cumplió órdenes », pero a mí, sin embargo, no me convence esa justificación; en ciertos países es costumbre no alquilar un piso a negros por su color de piel o a homosexuales por su preferencia amorosa, pero por mucho que sea habitual tal discriminación sigue sin parecerme aceptable; el capricho de irse a pasar unos días en la playa es muy comprensible, pero si uno tiene a un bebé a su cargo y lo deja sin cuidado durante un fin de semana, semejante capricho ya no resulta simpático sino criminal. ¿No opinas lo mismo que yo en estos casos? Todo esto tiene que ver con la cuestión de la libertad, que es el asunto del que se ocupa propiamente la ética, según creo haberte dicho ya. Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo hago o no lo hago, digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es decidir, pero también, no lo olvides, darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza... La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta «¿por qué hago esto?» es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo hago porque me lo mandan, porque es costumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por segunda vez, la cosa ya varía. Esto lo hago porque me lo mandan, pero... ¿por qué obedezco lo que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara Informarme lo suficiente para decidir por mi mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no puede ser algo «malo» -es decir, no conveniente para mí- por mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente aunque nadie me lo ordene? Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso lo que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que actúo así «porque es costumbre». Pero ¿por qué diablos tengo que hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que fuera esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que sean, o de lo que hice ayer, antes
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    118 de ayer yel mes pasado! Si vivo rodeado de gente que tiene la costumbre de discriminar a los negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que imitarles? Si he cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no devolverlo nunca, pero cada vez me da más vergüenza hacerlo, ¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empezar desde ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre no puede ser poco conveniente para mí, por muy acostumbrada que sea? Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre los semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces divertido pero ¿llegaré a viejo si me empeño en hacerlo día tras día? En resumidas cuentas: puede haber órdenes, costumbres y caprichos que sean motivos adecuados para obrar, pero en otros casos no tiene por qué ser así. Seria un poco idiota querer llevar la contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres, como también a todos los caprichos, porque a veces resultarán convenientes o agradables. Pero nunca una acción es buena sólo por ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me resulta de veras conveniente o no tendré que examinar lo que hago más a fondo, razonando por mí mismo. Nadie puede ser libre en mi lugar, es decir: nadie Puede dispensarme de elegir y de buscar por mí mismo. Cuando se es un niño pequeño, inmaduro, con poco conocimiento de la vida y de la realidad, basta con la obediencia, la rutina o el caprichito. Pero es Porque todavía se está dependiendo de alguien, en manos de otro que vela por nosotros. Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno. Naturalmente, no podemos inventarnos del todo porque no vivimos solos y muchas cosas se nos imponen queramos o no (acuérdate de que el pobre capitán no eligió padecer una tormenta en alta mar ni Aquiles le pidió a Héctor permiso para atacar Troya ... ). Pero entre las órdenes que se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los caprichos que nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos. No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos (con perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas. La palabra «moral» etimológicamente tiene que ver con las costumbres, pues eso precisamente es lo que significa la voz latina mores, y también con las órdenes, pues la mayoría de los preceptos morales suenan así como «debes hacer tal cosa» o «ni se te ocurra hacer tal otra». Sin embargo, hay costumbres y órdenes -como ya hemos visto que pueden ser malas, o sea «inmorales», por muy ordenadas y acostumbradas que se nos presenten. Si queremos profundizar el' la moral de verdad, si queremos aprender en serio cómo emplear bien la libertad que tenemos (y en este aprendizaje consiste precisamente la «moral» o «ética» de la que estarnos hablando aquí), más vale dejarse de órdenes, costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar claro es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por la autoridad que sea, autoridad humana o divina, para el caso es igual. El que no hace más que huir del castigo y buscar la recompensa que dispensan otros, según normas establecidas por ellos, no es mejor que un pobre esclavo. A un niño quizá le basten el palo y la zanahoria como guías de su conducta, pero para alguien crecidito es más bien triste seguir con esa mentalidad. Hay que orientarse de otro modo. Por cierto, una aclaración terminológica. Aunque yo voy a utilizar las palabras «moral» y «ética» como equivalentes, desde un punto de vista técnico (perdona que me ponga más profesoral que de costumbre) no tienen idéntico significado. «Moral» es el conjunto de comportamientos Y normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras «morales» que tienen personas diferentes. Pero en fin, aquí seguiré usando una u otra palabra indistintamente, siempre como arte de vivir. Que me perdone la academia...
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    119 Te recuerdo quelas palabras «bueno» y «malo» no sólo se aplican a comportamientos morales, ni siquiera sólo a personas. Se dice, por ejemplo, que Maradona o Butragueño son futbolistas muy buenos, sin que ese calificativo tenga nada que ver con su tendencia a ayudar al prójimo fuera del estadio o su propensión a decir siempre la verdad. Son buenos en cuanto futbolistas y como futbolistas, sin que entremos en averiguaciones sobre su vida privada. Y también puede decirse que una moto es muy buena sin que ello implique que la tomamos por la Santa Teresa de las motos: nos referimos a que funciona estupendamente y que tiene todas las ventajas que a una moto pueden pedirse. En cuestión de futbolistas o de motos, lo «bueno» -es decir, lo que conviene- está bastante claro. Seguro que si te pregunto me explicas muy bien cuáles son los requisitos necesarios para que algo merezca califi- cación de sobresaliente en el terreno de juego o en la carretera. Y digo yo: ¿por qué no intentamos definir del mismo modo lo que se necesita para ser un hombre bueno? ¿No nos resolvería eso todos los problemas que nos estamos planteando desde hace ya bastantes páginas? No es cosa tan fácil, sin embargo. Respecto a los buenos futbolistas, las buenas motos, los buenos caballos de carreras, etc., la mayoría de la gente suele estar de acuerdo, pero cuando se trata de determinar si alguien es bueno o malo en general, como ser humano, las opiniones varían mucho. Ahí tienes, por ejemplo, el caso de Purita: su mamá en casa la tiene por el no va más de la bondad, porque es obediente y modosita, pero en clase todo el mundo la detesta porque es chismosa y cizañera. Seguro que para sus superiores el oficial nazi que gaseaba judíos en Auschwitz era bueno y como es debido, pero los judíos debían tener sobre él una opinión diferente. A veces llamarle a alguien «bueno» no indica nada bueno: hasta el punto de que suelen decirse cosas como «Fulanito es muy bueno, ¡el pobre! » El poeta español Antonio Machado era consciente de esta ambigüedad y en su autobiografía poética escribió: «Soy en el buen sentido de la palabra bueno ... » Se refería a que, en muchos casos, llamarle a uno «bueno» no indica más que docilidad, tendencia a no llevar la contraria y a no causar problemas, prestarse a cambiar los discos mientras los demás bailan, cosas así. Para unos, ser bueno significará ser resignado y paciente, pero otros llamarán bueno a la persona emprendedora, original, que no se acobarda a la hora de decir lo que piensa aunque pueda molestar a alguien. En países como Sudáfrica, por ejemplo, unos tendrán Por bueno al negro que no da la lata y se conforma con el apartheid, mientras que otros no llamarán así más que al que sigue a Nelson Mandela. ¿Y sabes por qué no resulta sencillo decir cuándo un ser humano es «bueno» y cuándo no lo es? Porque no sabemos para que sirven los seres humanos. Un futbolista sirve para jugar al fútbol de tal modo que ayude a ganar a su equipo y meta goles al contrario; una moto sirve para trasladarnos de modo veloz, estable, resistente... Sabemos cuándo un especialista en algo o cuándo un instrumento funcionan como es debido porque tenemos idea del servicio que deben prestar, de lo que se espera de ellos. Pero si tomamos al ser humano en general la cosa se complica: a los humanos se nos reclama a veces resignación y a veces rebeldía, a veces iniciativa y a veces obediencia, a veces generosidad y otras previsión del futuro, etc. No es fácil ni siquiera determinar una virtud cualquiera: que un futbolista meta un gol en la portería contraria sin cometer falta siempre es bueno, pero decir la verdad puede no serlo. ¿Llamarías «bueno» a quien le dice por crueldad al moribundo que va a morir o a quien delata dónde se esconde la víctima al asesino que quiere matarla? Los oficios y los instrumentos responden a unas normas de utilidad bastante claras, establecidas desde fuera: si se las cumple, bien; si no, mal y se acabó. No se pide otra cosa. Nadie exige a un futbolista -para ser buen futbolista, no buen ser humano- que sea caritativo o veraz; nadie le pide a una moto, para ser buena moto, que sirva para clavar clavos. Pero cuando se considera a los humanos en general la cosa no está tan clara, porque no hay un único reglamento para ser buen humano ni el hombre es instrumento para conseguir nada. Se puede ser buen hombre (y buena mujer, claro) de muchas maneras y las opiniones que juzgan los comportamientos suelen variar según las circunstancias. Por eso decimos a veces que Fulano o Menganita son buenos «a su modo». Admitimos así que hay muchas
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    120 formas de serloy que la cuestión depende del ámbito en que se mueve cada cual. De modo que ya ves que desde fuera no es fácil determinar quién es bueno y quién malo, quién hace lo conveniente y quién no. Habría que estudiar no sólo todas las circunstancias de cada caso, sino hasta las intenciones que mueven a cada uno. Porque Podría pasar que alguien hubiese pretendido hacer algo malo y le saliera un resultado aparentemente bueno por carambola. Y al que hace lo bueno y conveniente por chiripa lo le llamaríamos «bueno», ¿verdad? También al revés: con la mejor voluntad del mundo alguien podría provocar un desastre y ser tenido por monstruo sin culpa suya. Me parece que por este camino sacaremos poco en limpio, lo siento. Pero si ya hemos dicho que ni órdenes, ni costumbres ni caprichos bastan para guiar. nos en esto de la ética y ahora resulta que no hay un claro reglamento que enseñe a ser hombre bueno y a funcionar siempre como tal, ¿cómo nos las arreglaremos? Voy a contestarte algo que de seguro te sorprende y quizá hasta te escandalice. Un divertidísimo escritor francés del siglo XVI, François Rabelais, contó en una de las primeras novelas europeas las aventuras del gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel. Muchas cosas podría contarte de ese libro, pero prefiero que antes o después te decidas a leerlo por ti mismo. Sólo te diré que en una ocasión Gargantúa decide fundar una orden más o menos religiosa e instalarla en una abadía, la abadía de Theleme, sobre cuya puerta está escrito este único precepto: « Haz lo que quieras. » Y todos los habitantes de esa santa casa no hacen precisamente más que eso, lo que quieren. ¿Qué te parecería si ahora te digo que a la puerta de la ética bien entendida no está escrita más que esa misma consigna: haz lo que quieras? A lo mejor te indignas conmigo: ¡vaya, pues sí que es moral la conclusión a la que hemos llegado!, ¡la que se armaría si todo el mundo hiciese sin más ni más lo que quisiera!, ¿para eso hemos perdido tanto tiempo y nos hemos comido tanto el coco? Espera, espera, no te enfades. Dame otra oportunidad: hazme el favor de pasar al capítulo siguiente... vete leyendo... «Los congregados en Theleme empleaban su vida, no en atenerse a leyes, reglas o estatutos, sino en ejecutar su voluntad y libre albedrío. Levantábanse del lecho cuando les parecía bien, y bebían, comían, trabajaban y dormían cuando sentían deseo de hacerlo. Nadie les despertaba, ni le forzaba a beber, o comer, ni a nada.» Así lo había dispuesto Gargantúa. La única regla de la Orden era ésta: HAZ LO QUE QUIERAS »Y era razonable, porque las gentes libres, bien nacidas y bien educadas, cuando tratan con personas honradas, sienten por naturaleza el instinto y estímulo de huir del vicio y acogerse a la virtud. Y es a esto a lo que llaman honor. »Pero cuando las mismas gentes se ven refrenadas Y constreñidas, tienden a rebelarse y romper el yugo que las abruma. Pues todos nos inclinamos siempre a buscar lo prohibido y a codiciar lo que se nos niega» François Rebelais, Gargantúa y Pantagruel.
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    121 » La éticahumanista, en contraste con la ética autoritaria, puede distinguirse de ella por un criterio formal Y otro material. Formalmente se basa en el Principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no Una autoridad que lo trascienda. Materialmente se basa en el principio de que lo "bueno" es aquello que es bueno para el hombre y "malo" lo que le es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del hombre» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis) . «Pero, aunque la razón basta, cuando está plenamente desarrollada y perfeccionada, para instruimos de las tendencias dañosas o útiles de las cualidades y de las acciones, no basta, por sí misma, para producir la censura o la aprobación moral. La utilidad no es más que una tendencia hacia un cierto fin; si el fin nos fuese totalmente indiferente, sentiríamos la misma indiferencia por los medios. Es preciso necesariamente que un sentimiento se manifieste aquí, para hacernos preferir las tendencias útiles a las tendencias dañinas. Ese sentimiento no puede ser más que una simpatía por la felicidad de los hombres o un eco de su desdicha, puesto que éstos son los diferentes fines que la virtud y el vicio tienen tendencia a promover. Así pues, la razón nos instruye acerca de las diversas tendencias de las acciones y la humanidad hace una distinción a favor de las tendencias útiles y beneficiosas» (David Hume, Investigación sobre los principios de la moral).
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    122 CAPITULO CUARTO DATE LABUENA VIDA ¿Qué pretendo decirte poniendo un «haz lo que quieras» como lema fundamental de esa ética hacia la que vamos tanteando? Pues sencillamente (aunque luego resultará que no es tan sencillo, me temo) que hay que dejarse de órdenes y costumbres, de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera' y que tienes que plantearte todo este asunto desde ti mismo, desde el fuero interno de tu voluntad. No le preguntes a nadie qué es lo que debes hacer con tu vida: pregúntatelo a ti mismo. Si deseas saber en qué puedes emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro o de otros, Por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad... a la libertad misma. Claro, como eres chico listo puede que te estés dando ya cuenta de que aquí hay una cierta contradicción. Si te digo «haz lo que quieras» parece que te estoy dando de todas formas una orden, «haz eso y no lo otro», aunque sea la orden de que actúes libremente. ¡Vaya orden más complicada, cuando se la examina de cerca! Si la cumples, la desobedeces (porque no haces lo que quieres, sino lo que quiero yo que te lo mando); si la desobedeces, la cumples (porque haces lo que tú quieres en lugar de lo que yo te mando... ¡pero eso es precisamente lo que te estoy mandando!). Créeme, no pretendo meterte en un rompecabezas como los que aparecen en la sección de pasatiempos de los periódicos. Aunque procure decirte todo esto sonriendo para que no nos aburramos más de lo debido, el asunto es serio: no se trata de pasar el tiempo, sino de vivirlo bien. La aparente contradicción que encierra ese «haz lo que quieras » no es sino un reflejo del problema esencial de la libertad misma: a saber, que no somos libres de no ser libres, que no tenemos más remedio que serlo. ¿Y si me dices que ya está bien, que estás harto y que no quieres seguir siendo libre? ¿Y si decides entregarte como esclavo al mejor postor o jurar que obedecerás en todo y para siempre a tal o cual tirano? Pues lo harás porque quieres, en uso de tu libertad y aunque obedezcas a otro o te dejes llevar por la masa seguirás actuando tal como prefieres: no renunciarás a elegir, sino que habrás elegido ,lo elegir por ti mismo. Por eso un filósofo francés de nuestro siglo, Jean-Paul Sartre, dijo que «estamos condenados a la libertad». Para esa condena, no hay indulto que valga... De modo que mi «haz lo que quieras» no es más que una forma de decirte que te tomes en serio el problema de tu libertad, lo de que nadie puede dispensarte de la responsabilidad creadora de escoger tu camino. No te preguntes con demasiado morbo si «merece la pena>> todo este jaleo de la libertad, porque quieras o no eres libre, quieras o no tienes que querer. Aunque digas que no quieres saber nada de estos asuntos tan fastidiosos y que te deje en paz, también estarás queriendo... queriendo no saber nada, queriendo que te dejen en paz aun a costa de aborregarte un poco o un mucho. ¡Son las cosas del querer, amigo mío, como dice la copla! Pero no confundamos este «haz lo que quieras» con los caprichos de que hemos hablado antes. Una cosa es que hagas «lo que quieras» y otra bien distinta que hagas «lo primero que te venga en gana». No digo que en ciertas ocasiones no pueda bastar la pura Y simple gana de algo: al elegir qué vas a comer en un restaurante, por ejemplo. Ya que afortunadamente tienes buen estómago Y no te preocupa engordar, pues venga, pide lo que te dé la gana... Pero cuidado, que aveces con la «gana» no se gana sino que se pierde. Ejemplo al canto. No sé si has leído mucho la Biblia. Está llena de cosas interesantes y no hace falta ser muy religioso, ya sabes que yo lo soy más bien poco para apreciarlas. En el primero de sus libros, el Génesis, se cuenta la historia de Esaú y Jacob, hijos de Isaac. Eran hermanos gemelos, pero Esaú había salido primero del vientre de su madre, lo que le concedía el
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    123 derecho de primogenitura:ser primogénito en aquellos tiempos no era cosa sin importancia, porque significaba estar destinado a heredar todas las posesiones y privilegios del padre. A Esaú le gustaba ir de caza y correr aventuras, mientras que Jacob prefería quedarse en casita, preparando de vez en cuando algunas delicias culinarias. Cierto día volvió Esaú del campo cansado y hambriento. Jacob había preparado un suculento potaje de lentejas y a su hermano, nada más llegarle el olorcillo del guiso, se le hizo la boca agua. Le entraron muchas ganas de comerlo y pidió a Jacob que le invitara. El hermano cocinero le dijo que con mucho gusto pero no gratis sino a cambio del derecho de primogenitura. Esaú pensó: «Ahora lo que me apetecen son las lentejas. Lo de heredar a mi padre será dentro de mucho tiempo. ¡Quién sabe, a lo mejor me muero yo antes que él!» Y accedió a cambiar sus futuros derechos de primogénito por las sabrosas lentejas del presente. ¡Debían oler estupendamente esas lentejas! Ni que decir tiene que más tarde, ya repleta la panza, se arrepintió del mal negocio que había hecho, lo que provocó bastantes problemas entre los hermanos (dicho sea con el respeto debido, siempre me ha dado la impresión de que Jacob era un pájaro de mucho cuidado). Pero si quieres saber cómo acaba la historia, léete el Génesis. Para lo que aquí nos interesa ejemplificar basta con lo que te he contado. Como te veo un poco sublevado, no me extrañaría que intentaras volver esta historia contra lo que te vengo diciendo: «¿No me recomendabas tú eso tan bonito de "haz lo que quieras"? Pues ahí tienes: Esaú quería potaje, se empeñó en conseguirlo y al final se quedó sin herencia. ¡Menudo éxito! » Sí, claro, pero... ¿eran esas lentejas lo que Esaú quería de veras o simplemente lo que le apetecía en aquel momento? Después de todo, ser el primogénito era entonces una cosa muy rentable y en cambio las lentejas ya se sabe: si quieres las tomas y si no las dejas... Es lógico pensar que lo que Esaú quería en el fondo era la primogenitura, un derecho destinado a mejorarle mucho la vida en un plazo más o menos próximo. Por supuesto, también le apetecía comer potaje, pero si se hubiese molestado en pensar un poco se habría dado cuenta de que este segundo deseo podía esperar un rato con tal de no estropear sus posibilidades de conseguir lo fundamental. A veces los hombres querernos cosas contradictorias que entran en conflicto unas con otras. Es importante ser capaz de establecer prioridades y de imponer una cierta jerarquía entre lo que de pronto me apetece y lo que en el fondo, a la larga, quiero. Y si no, que se lo pregunten a Esaú... En el cuento bíblico hay un detalle importante. Lo que determina a Esaú para que elija el potaje presente y renuncie a la herencia futura es la sombra de la muerte o, si prefieres, el desánimo producido por la brevedad de la vida. «Como sé que me voy a morir de todos modos y a lo mejor antes que mi padre... ¿para qué molestarme en dar más vueltas a lo que me conviene? ¡Ahora quiero lentejas y mañana estaré muerto, de modo que vengan las lentejas y se acabó! » Parece como si a Esaú la certeza de la muerte le llevase a pensar que la vida ya no vale la pena, que todo da igual. Pero lo que hace que todo dé igual no es la vida, sino la muerte. Fíjate: por miedo a la muerte, Esaú decide vivir como si ya estuviese muerto y todo diese igual. La vida está hecha de tiempo, nuestro presente está lleno de recuerdos Y esperanzas, pero Esaú vive como si para él ya no hubiese otra realidad que el aroma de lentejas que le llega ahorita mismo a la nariz, sin ayer ni mañana. Aún más: nuestra vida está hecha de relaciones con los demás -somos padres, hijos, hermanos, amigos o enemigos, herederos o heredados, etc.-, pero Esaú decide que las lentejas (que son una cosa, no una persona) cuentan más para él que esas vinculaciones con otros que le hacen ser quien es. Y ahora una pregunta: ¿cumple Esaú realmente lo que quiere o es que la muerte le tiene como hipnotizado, paralizando y estropeando su querer? Dejemos a Esaú con sus caprichos culinarios y sus líos de familia. Volvamos a tu caso, que es el que aquí nos interesa. Si te digo que hagas lo que quieras, lo primero que parece oportuno hacer es que pienses con detenimiento y a fondo qué es lo que quieres. Sin duda te apetecen muchas cosas, a menudo contradictorias, como le pasa a todo el mundo: quieres tener una moto pero no quieres romperte la crisma por la carretera, quieres tener amigos pero sin perder tu independencia, quieres tener dinero pero no quieres avasallar al prójimo para conseguirlo, quieres saber cosas y por ello comprendes que hay que estudiar pero también quieres divertirte, quieres que yo no te dé la lata y te deje vivir a tu aire pero
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    124 también que estéahí para ayudarte cuando lo necesites, etc. En una palabra, si tuvieras que resumir todo esto y poner en palabras sinceramente tu deseo global de fondo, me dirías: «Mira, papi, lo que quiero es darme la buena vida. » ¡Bravo! ¡Premio para el caballero! Eso mismito es lo que yo quería aconsejarte: cuando te dije «haz lo que quieras» lo que en el fondo pretendía recomendarte es que te atrevieras a darte la buena vida. Y no hagas caso a los tristes ni a los beatos, con perdón: la ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor. Si merece la pena interesarse por la ética es porque nos gusta la buena vida. Sólo quien ha nacido para esclavo o quien tiene tanto miedo a la muerte que cree que todo da igual se dedica a las lentejas y vive de cualquier manera... Quieres darte la buena vida: estupendo. Pero también quieres que esa buena vida no sea la buena vida de una coliflor o de un escarabajo, con todo mi respeto para ambas especies, sino una buena vida humana. Es lo que te corresponde, creo yo. Y estoy seguro de que a ello no renunciarías por nada del mundo. Ser humano, ya lo hemos indicado antes, consiste principalmente en tener relaciones con los otros seres humanos. Si pudieras tener muchísimo dinero, una casa más suntuosa que un palacio de las mil y una noches, las mejores ropas, los más exquisitos alimentos (¡muchísimas lentejas!), los más sofisticados aparatos, etc., pero todo ello a costa de no volver a ver ni a ser visto por ningún ser humano jamás, ¿estarías contento? ¿Cuánto tiempo podrías vivir así sin volverte loco? ¿No es la mayor de las locuras querer las cosas a costa de la relación con las personas? ¡Pero si precisamente la gracia de todas esas cosas estriba en que te permiten -o parecen permitirte- relacionarte más favorablemente con los demás! Por medio del dinero se espera poder deslumbrar o comprar a los otros; las ropas son para gustarles o para que nos envidien; y lo mismo la buena casa, los mejores vinos, etcétera. Y no digamos los aparatos: el vídeo y la tele son para verles mejor, el compact para oírles mejor y así sucesivamente. Muy pocas cosas conservan su gracia en la soledad; y si la soledad es completa y definitiva, todas las cosas se amargan irremediablernente. La buena vida humana es buena vida entre seres humanos o de lo contrario puede que sea vida, pero no será ni buena ni humana. ¿Empiezas a ver por dónde voy?. Las cosas pueden ser bonitas y útiles, los animales (por lo menos algunos) resultan simpáticos, pero los hombres lo que querernos ser es humanos, no herramientas ni bichos. Y queremos también ser tratados como humanos, porque eso de la humanidad depende en buena medida de lo que los unos hacernos con los otros. Me explico: el melocotón nace melocotón, el leopardo viene ya al mundo como leopardo, pero el hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los demás no le ayudan. ¿Por qué? Porque el hombre no es solamente una realidad biológica, natural (como los melocotones o los leopardos), sino también una realidad cultural. No hay humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar sin la base de toda cultura (y fundamento por tanto de nuestra humanidad): el lenguaje. El mundo en el que vivimos los humanos es un mundo lingüístico, una realidad de símbolos y leyes sin la cual no sólo seríamos incapaces de comunicarnos entre nosotros sino también de captar la significación de lo que nos rodea. Pero nadie puede aprender a hablar por sí solo (como podría aprender a comer por sí solo o a mear -con perdón- por sí solo), porque el lenguaje no es una función natural y biológica del hombre (aunque tenga su base en nuestra condición biológica, claro está) sino una creación cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres. Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo menos empezar a darle un trato humano. Es sólo un primer paso, desde luego, porque la cultura dentro de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero no es simplemente lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como humanos, es decir, estilos de respeto y de miramientos humanizadores que tenemos unos para con otros. Todos queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Por eso las chicas se quejan de que se las trate como mujeres «objeto» es decir, simples adornos o herramientas; y por eso cuando insultamos a alguien le llamamos « ¡animal! », como advirtiéndole que está rompiendo el trato debido entre hombres y que como siga así podemos pagarle con la misma moneda. Lo más importante de todo esto me parece lo siguiente: que la humanización (es decir, lo que nos convierte en humanos, en lo que queremos ser) es un
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    125 proceso recíproco (comoel propio lenguaje, ¿te das cuenta?). Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la buena vida no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida. Piénsalo un poco, por favor. Más adelante seguiremos con esta cuestión. Ahora, para concluir este capítulo de Modo más relajado, te propongo que nos vayamos al cine. Podemos ver, si quieres, una hermosísima película dirigida e interpretada Por Orson Welles: Ciudadano Kane. Te la recuerdo brevemente, Kane es un multimillonario que con pocos escrúpulos ha reunido en su palacio de Xanadú una enorme colección de todas las cosas hermosas y caras del mundo. Tiene de todo, sin duda, y a todos los que le rodean les utiliza para sus fines, como simples instrumentos de su ambición. Al final de su vida, pasea solo por los salones de su mansión, llenos de espejos que le devuelven mil veces su propia imagen de solitario: sólo su imagen le hace compañía. Al fin muere, murmurando una palabra: «¡Rosebud!» Un periodista intenta adivinar el significado de este último gemido, pero no lo logra. En realidad, «Rosebud» es el nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba... Venga, vámonos al cine: mañana seguiremos. Vete leyendo... Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, dijo a Jacob: Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo, pues estoy muy cansado. Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. Entonces dijo Esaú: He aquí que yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? «Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y le juró, y vendió a Jacob su primogenitura. «Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura» (Génesis, XXV, 27 a 34). «Quizá el hombre es malo porque, durante toda la vida, está esperando morir: y así muere mil veces en la muerte de los otros y de las cosas. «Pues todo animal consciente de estar en peligro de muerte se vuelve loco. Loco miedoso, loco astuto, loco malvado, loco que huye, loco servil, loco furioso, loco odiador, loco embrollador, loco asesino» (Tony Duvert, Abecedario malévolo). «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida» (Spinoza, Ética). «Hombre libre es el que quiere sin la arrogancia de lo arbitrario. Cree en la realidad, es decir, en el lazo real que une la dualidad real del Yo y del Tú. Cree en el Destino y cree que el Destino le necesita... Pues lo que ha de acontecer no acontecerá si no está resuelto a querer lo que es capaz de querer» (Martin Buber, Yo y tú). «Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros » (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).
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    126 CAPÍTULO V ¡ DESPIERTA,BABY! Breve resumen de lo anteriormente publicado. El cazador Esaú, convencido de que para cuatro días que va a vivir uno todo da igual, sigue el consejo de su barriga y renuncia a su derecho de primogenitura por un buen plato de lentejas (Jacob fue generoso al menos en eso y le dejó repetir dos veces). El ciudadano Kane, por su parte, se dedicó durante muchos años a vender a todas las personas para poder comprarse todas las cosas; al final de su vida reconoce que cambiaría si pudiera su almacén repleto de cosas carísimas por la única cosa humilde -un viejo trineo- que le recordaba a cierta persona: a él mismo, antes de dedicarse a la compraventa, cuando prefería amar y ser amado que poseer o dominar. Tanto Esaú como Kane estaban convencidos de hacer lo que querían, pero ninguno de ellos parece que consiguió darse una buena vida. Y sin embargo, si se les hubiera preguntado qué es lo que deseaban de veras, habrían respondido lo mismo que tú (o que yo, claro): «Quiero darme la buena vida.» Conclusión: está bastante claro lo que queremos (darnos la buena vida) pero no lo está tanto en que consiste eso de «la buena vida». Y es que querer la buena vida no es un querer cualquiera, como cuando uno quiere lentejas, cuadros, electrodomésticos o dinero. Todos estos quereres son por decirlo así simples, se fijan en un solo aspecto de la realidad: no tienen perspectiva de conjunto. No hay nada malo en querer lentejas cuando se tiene hambre, desde luego: pero en el mundo hay otras cosas, otras relaciones, fidelidades debidas al pasado y esperanzas suscitadas por lo venidero, no sé, mucho más, todo lo que se te ocurra. En una palabra, no sólo de lentejas vive el hombre. Por conseguir sus lentejas, Esaú sacrificó demasiados aspectos importantes de su vida, la simplificó más de lo debido. Actuó, como ya te he dicho, bajo el peso de la inminencia de la muerte. La muerte es una gran simplificadora: cuando estás a punto de estirar la pata importan muy pocas cosas (la medicina que puede salvarte, el aire que aún consiente en llenarte los pulmones una vez más ... ). La vida, en cambio, es siempre complejidad y casi siempre complicaciones. Si rehúyes toda complicación y buscas la gran simpleza (¡vengan las lentejas!) no creas que quieres vivir más y mejor sino morirte de una vez. Y hemos dicho que lo que realmente deseamos es la buena vida, no la pronta muerte. De modo que Esaú no nos sirve como maestro. También Kane simplificaba a su modo la cuestión. A diferencia de Esaú, no era derrochador, sino acumulador y ambicioso. Lo que quería era poder para manejar a los hombres y dinero para comprar cosas, muchas cosas bonitas y seguramente útiles. No tengo nada, figúrate, contra intentar conseguir dinero ni contra la afición a las cosas hermosas o útiles. No me fío de esa gente que dice que no se interesa por el dinero y que asegura no necesitar nada de nada. A lo mejor estoy hecho de barro muy mal cocido, pero no me hace ninguna gracia quedarme sin blanca y si mañana los ladrones me desvalijaran la casa y se llevaran mis libros (temo que poco más podrían llevarse) me sentaría como un tiro. Sin embargo, el deseo de tener más y más (dinero, cosas ... ) tampoco me parece del todo sano. La verdad es que las cosas que tenemos nos tienen ellas también a nosotros en contrapartida: lo que poseemos nos posee. Me explico. Un día, un sabio budista le decía a su discípulo esto mismo que te estoy diciendo y el discípulo le miraba con la misma cara rara («este tío está chalao») con la que a lo mejor tú lees esta página. Entonces el sabio preguntó al discípulo: «¿Qué es lo que más te gusta de esta habitación?» El avispado alumno señaló una estupenda copa de oro y marfil que debía costar su buena pasta. «Bueno, cógela», dijo el sabio, y el muchacho, sin esperar a que se lo dijeran dos veces, agarró firmemente la joyita con la mano derecha. «No se te ocurra soltarla, ¿eh?», observó el maestro con cierta guasa;
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    127 y después añadió:«¿Y no hay ninguna otra cosa que te guste también?» El discípulo reconoció que la bolsa llena de dinerito contante y sonante que estaba sobre la mesa tampoco le producía repugnancia. «Pues nada, ¡a por ella!», le animó el otro. Y el chico empuñó fervorosamente la bolsa con su mano izquierda. «Y ahora ¿qué?», preguntó al maestro con cierto nerviosismo. Y el sabio repuso: «Ahora ¡ráscate!» No había manera, claro. ¡Y mira que puede llegar uno a necesitar rascarse cuando le pica alguna parte del cuerpo... o aun del alma! Con las manos ocupadas, no puede uno rascarse a gusto ni hacer otros muchos gestos. Lo que tenemos muy agarrado nos agarra también a su modo... o sea que más vale tener cuidado con no pasarse. En cierta forma, eso es lo que le ocurrió a Kane: tenía las manos y el alma tan ocupadas con sus posesiones que de pronto sintió un extraño picor y no supo con qué rascarse. La vida es más complicada de lo que Kane suponía, porque las manos no sólo sirven par coger sino también para rascarse o para acariciar. Pero la equivocación fundamental de ese personaje, si el que se equivoca no soy yo, fue otra. Obsesionado por conseguir cosas y dinero, trató a la gente como si también fueran cosas. Consideraba que en eso consiste tener poder sobre ellas. Grave simplificación: la mayor complejidad de la vida es precisamente ésa, que las personas no son cosas. Al principio no encontró dificultades: las cosas se compran y se venden y Kane compró y vendió también personas. De momento no le pareció que hubiese gran diferencia. Las cosas se usan mientras sirven y luego se tiran: Kane hizo lo mismo con los que le rodeaban y se diría que todo marchaba bien. Tal como poseía las cosas, Kane se propuso poseer personas, dominarlas, manejarlas a su gusto. Así se portó con sus amantes, con sus amigos, con sus empleados, con sus rivales políticos, con todo bicho viviente. Desde luego hizo mucho daño a los demás, pero lo peor desde su punto de vista (el punto de vista de alguien que suponemos quería darse «buena vida», ya sabes) es que se fastidió seriamente a sí mismo. Intentaré aclararte esto porque me parece de la mayor importancia. Desengáñate: de una cosa -aunque sea la mejor cosa del mundo- sólo pueden sacarse... cosas. Nadie es capaz de dar lo que no tiene, ¿verdad?, ni mucho menos nada puede dar más de lo que es. Las lentejas son útiles para quitar el hambre pero no ayudan a aprender francés, por ejemplo; el dinero, por su parte, sirve para casi todo y sin embargo no puede comprar una verdadera amistad (a fuerza de pasta se consigue servilismo, compañía de gorrones o sexo mercenario, pero nada más). Vamos, que un vídeo le puede prestar a otro vídeo una pieza pero no puede darle un beso... Si los hombres fuésemos simples cosas, con lo que las cosas pueden darnos nos bastaría. Pero ésa es la complicación de que te hablaba: que como no somos puras cosas, necesitamos «cosas» que las cosas no tienen. Cuando tratamos a los demás como cosas, a la manera en que lo hacía Kane, lo que recibimos de ellos son también cosas: al estrujarlos sueltan dinero, nos sirven (como si fueran instrumentos mecánicos), salen, entran, se frotan contra nosotros o sonríen cuando apretamos el debido botón... Pero de este modo nunca nos darán esos dones más sutiles que sólo las personas pueden dar. No conseguiremos así ni amistad, ni respeto, ni mucho menos amor. Ninguna cosa (ni siquiera un animal, porque la diferencia entre su condición y la nuestra es demasiado grande) puede brindarnos esa amistad respeto, amor... en resumen, esa complicidad fundamental que sólo se da entre iguales y que a ti o a mí o a Kane, que somos personas, no nos pueden ofrecer más que otras personas a las que tratemos como a tales. Lo del trato es importante, porque ya hemos dicho que los humanos nos humanizamos unos a otros. Al tratar a las personas como a personas y no como a cosas (es decir, al tomar en cuenta lo que quieren o lo que necesitan y no sólo lo que puedo sacar de ellas) estoy haciendo posible que me devuelvan lo que sólo una persona puede darle a otra. A Kane se le olvidó este pequeño detalle y de pronto (pero demasiado tarde) se dio cuenta de que tenía de todo salvo lo que nadie más que otra persona puede dar: aprecio sincero o cariño espontáneo o simple compañía inteligente. Como a Kane nunca nada pareció importarle salvo el dinero, a nadie le importaba nada de Kane salvo su dinero. Y el gran hombre sabía, además, que era por culpa suya. A veces uno puede tratar a los demás como a personas y no recibir más que coces, traiciones o abusos. De acuerdo. Pero al menos
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    128 contamos con elrespeto de una persona, aunque no sea más que una: nosotros mismos. Al no convertir a los otros en cosas defendemos por lo menos nuestro derecho a no ser cosas para los otros. Intentamos que el mundo de las personas -ese mundo en el que unas personas tratan como tales a otras, el único en el que de veras se puede vivir bien- sea posible. Supongo que la desesperación del ciudadano Kane al final de su vida no provenía simplemente de haber perdido el tierno conjunto de relaciones humanas que tuvo en su infancia, sino de haberse empeñado en perderlas y de haber dedicado su vida entera a estropearlas. No es que no las tuviera sino que se dio cuenta de que ya ni siquiera las merecía... Pero al multimillonario Kane seguro que le envidiaba muchísima gente, me dirás. Seguro que muchos pensaban: «¡Ése sí que sabe vivir!» Bueno, ¿y qué? ¡Despierta de una vez, criatura! Los demás, desde fuera, pueden envidiarle a uno y no saber que en ese mismo momento nos estamos muriendo de cáncer. ¿Vas a preferir darle gusto a los demás que satisfacerte a ti mismo? Kane consiguió todo lo que había oído decir que hace feliz a una persona: dinero, poder, influencia, servidumbre... Y descubrió finalmente que a él, dijeran lo que dijeran, le faltaba lo fundamental: el auténtico afecto, el auténtico respeto y aun el auténtico amor de personas libres, de personas a las que él tratara como personas y no como a cosas. Me dirás a lo mejor que ese Kane era un poco raro, como suelen serlo los protagonistas de las películas. Mucha gente se hubiera sentido de lo más satisfecha viviendo en semejante palacio y con tales lujos: la mayoría, me asegurarás en plan cínico, no se hubiera acordado del trineo «Rosebud» para nada. A lo mejor Kane estaba algo chalado... ¡mira que sentirse desgraciado con tantas cosas como tenía! Y yo te digo que dejes a la gente en paz y que sólo pienses en ti mismo. La buena vida que tú quieres ¿es algo así como la de Kane? ¿Te conformas con el plato de lentejas de Esaú? No respondas demasiado de prisa. Precisamente la ética lo que intenta es averiguar en qué consiste en el fondo, más allá de lo que nos cuentan o de lo que vemos en los anuncios de la tele, esa dichosa buena vida que nos gustaría pegarnos. A estas alturas ya sabemos que ninguna buena vida puede prescindir de las cosas (nos hacen falta lentejas, que tienen mucho hierro) pero aún menos puede pasarse de personas. A las cosas hay que manejarlas como a cosas y a las personas hay que tratarlas como personas: de este modo las cosas nos ayudarán en muchos aspectos y las personas en uno fundamental, que ninguna cosa puede suplir, el de ser humanos. ¿Se trata de una chaladura mía o del ciudadano Kane? A lo mejor ser humanos no es cosa importante porque queramos o no ya lo somos sin remedio... ¡Pero se puede ser humano-cosa o humano-humano, humano simplemente preocupado en ganarse las cosas de la vida -todas las cosas, cuanto más cosas, mejor- y humano dedicado a disfrutar de la humanidad vivida entre personas! Por favor, no te rebajes; deja las rebajas para los grandes almacenes, que es lo suyo. Estoy de acuerdo en que muchos a primera vista no le conceden demasiada importancia a lo que estoy diciendo. ¿ Son de fiar? ¿Son los más listos o simplemente los que menos atención le prestan al asunto más importante, a su vida? Se puede ser listo para los negocios o para la política y un solemne borrico para cosas más serias, como lo de vivir bien o no. Kane era enormemente listo en lo que se refería al dinero y la manipulación de la gente, pero al final se dio cuenta de que estaba equivocado en lo fundamental. Metió la pata en donde más le convenía acertar. Te repito una palabra que me parece crucial para este asunto: atención. No me refiero a la atención del búho, que no habla pero se fija mucho (según el viejo chiste, ya sabes), sino a la disposición a reflexionar sobre lo que se hace y a intentar precisar lo mejor posible el sentido de esa «buena vida» que queremos vivir. Sin cómodas pero peligrosas simplificaciones, procurando comprender toda la complejidad del asunto este de vivir (me refiero a vivir humanamente), que se las trae. Yo creo que la primera e indispensable condición ética es la de estar decidido a no vivir de cualquier modo: estar convencido de que no todo da igual aunque antes o después vayamos a morirnos. Cuando se habla de «moral» la gente suele referirse a esas órdenes y costumbres que suelen respetarse, por lo menos aparentemente y a veces sin saber muy bien por qué. Pero quizá el verdadero intríngulis no esté en someterse a un código o en llevar la contraria a lo establecido (que es también someterse a un código, pero al revés) sino en intentar comprender. Comprender por qué ciertos comportamientos nos convienen y otros no, comprender de qué va la vida y qué es lo que puede hacerla «buena» para nosotros los humanos. Ante todo, nada de contentarse con ser tenido por bueno, con quedar bien ante los demás, con que nos den aprobado... Desde luego, para ello será preciso no sólo fijarse en plan búho o con timorata obediencia de robot, sino también hablar con los demás, dar razones y escucharlas. Pero el esfuerzo de tomar la decisión tiene que hacerlo cada cual en solitario: nadie puede ser libre por ti. De momento te dejo dos cuestiones para que vayas
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    129 rumiando. La primeraes ésta: ¿Por qué está mal lo que está mal? Y la segunda es todavía más bonita: ¿en qué consiste lo de tratar a las personas como a personas? Si sigues teniendo paciencia conmigo, intentaremos empezar a responder en los dos próximos capítulos. Vete leyendo... «Es la debilidad del hombre lo que le hace sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad; si no fuésemos hombres, no le deberíamos nada. Todo apego es un signo de insuficiencia: si cada uno de nosotros no tuviese ninguna necesidad de los demás, ni siquiera pensaría en unirse a ellos. Así de nuestra misma deficiencia nace nuestra frágil dicha. Un ser verdaderamente feliz es un ser solitario: sólo Dios goza de una felicidad absoluta; pero ¿quién de nosotros tiene idea de cosa semejante? Si alguien imperfecto pudiese bastarse a sí mismo, ¿de qué gozaría, según nosotros? Estaría solo, sería desdichado. Yo no concibo que quien no tiene necesidad de nada pueda amar algo: y no concibo que quien no ame nada pueda ser feliz» (Jean-Jacques Rousseau, Emilio). «En efecto, por lo que respecta a aquellos cuya atareada pobreza ha usurpado el nombre de riqueza, tienen su riqueza como nosotros decimos que tenemos fiebre, siendo así que es ella la que nos tiene cogidos» (Séneca, Cartas a Lucilio). . «Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia -10 que realmente le sea útil-, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano por conservar su ser. ( ... ). Y así, nada es más útil al hombre que el hombre; quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser y buscando todos a una la común utilidad, de donde se sigue que los hombres que se guían por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres, y, por ello, son justos, dignos de confianza y honestos» (Spinoza, Ética).
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    130 CAPÍTULO VI APARECE PEPITOGRILLO ¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra «imbécil» es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín baculus que significa «bastón»: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir: a) El que cree que no quiere nada, elque dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque. b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez. c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa. d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado. e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo. Todos estos tipos de imbecilidad necesitan bastón, es decir, necesitan apoyarse en cosas de fuera, ajenas, que no tienen nada que ver con la libertad y la reflexión propias. Siento decirte que los imbéciles suelen acabar bastante mal, crea lo que crea la opinión vulgar. Cuando digo que «acaban mal» no me refiero a que terminen en la cárcel o fulminados por un rayo (eso sólo suele pasar en las películas), sino que te aviso de que suelen fastidiarse a sí mismos y nunca logran vivir la buena vida esa que tanto nos apetece a ti y a mí. Y todavía siento más tener que informarte qué síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día sí y otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el invento... Conclusión: ¡alerta!, ¡en guardia!, ¡la imbecilidad acecha y no perdona! Por favor, no vayas a confundir la imbecilidad de la que te hablo con lo que a menudo se llama ser «imbécil», es decir, ser tonto, saber pocas cosas, no entender la trigonometría o ser incapaz de aprenderse el subjuntivo del verbo francés aimer. Uno puede ser imbécil para las matemáticas (mea culpa y no serlo para la moral, es decir, para la buena vida. Y al revés: los hay que son linces para los negocios y unos perfectos cretinos para cuestiones de ética. Seguro que el mundo está lleno de premios Nobel, listísimos en lo suyo, pero que van dando tropezones y bastonazos en la cuestión que aquí nos preocupa. Desde luego, para evitar la imbecilidad en cualquier campo es preciso prestar atención, como ya hemos dicho en el capítulo anterior, y esforzarse todo lo posible por aprender. En estos requisitos coinciden la física o la arqueología y la ética. Pero el negocio de vivir bien no es lo mismo que el de saber cuánto son dos y dos. Saber cuánto son dos y dos es cosa preciosa, sin duda, pero al imbécil moral no es esa sabiduría la que puede librarle del gran batacazo. Por cierto, ahora que lo pienso... ¿cuánto son dos y dos? Lo contrario de ser moralmente imbécil es tener conciencia. Pero la conciencia no es algo que le toque a uno en una tómbola ni que nos caiga del cielo. Por supuesto, hay que reconocer que ciertas personas tienen desde pequeñas mejor «oído» ético que otras y un «buen gusto» moral espontáneo, pero este «oído» y ese «buen gusto» pueden afirmarse y desarrollarse con la práctica (lo mismo que el oído musical y el buen gusto estético). ¿Y si alguien carece en absoluto de semejante «oído» o
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    131 «buen gusto» encuestiones de bien vivir? Pues, chico, mal remedio le veo a su caso. Uno puede dar muchas razones estéticas, basadas en la historia, la armonía de formas y colores, en lo que quieras, para justificar que un cuadro de Velázquez tiene mayor mérito artístico que un cromo de las tortugas Ninja. Pero si después de mucho hablar alguien dice que prefiere el cromito a Las Meninas no sé cómo vamos a arreglárnoslas para sacarle de su error. Del mismo modo, si alguien no ve malicia ninguna en matar a martillazos a un niño para robarle el chupete, me temo que nos quedaremos roncos antes de lograr convencerle... Bueno, admito que para lograr tener conciencia hacen falta algunas cualidades innatas, como para apreciar la música o disfrutar con el arte. Y supongo que también serán favorables ciertos requisitos sociales y económicos, pues a quien se ha visto desde la cuna privado de lo humanamente más necesario es difícil exigirle la misma facilidad para comprender lo de la buena vida que a los que tuvieron mejor suerte. Si nadie te trata como humano, no es raro que vayas a lo bestia... Pero una vez concedido ese mínimo, creo que el resto depende de la atención y esfuerzo de cada cual. ¿En qué consiste esa conciencia que nos curará de la imbecilidad moral? Fundamentalmente en los siguientes rasgos: a) Saber que no todo da igual porque queremos realmente vivir y además vivir bien, humanamente bien. b) Estar dispuestos a fijarnos en si lo que hacemos corresponde a lo que de veras queremos o no. c) A base de práctica, ir desarrollando el buen gusto moral, de tal modo que haya ciertas cosas que nos repugne espontánea mente hacer (por ejemplo, que le dé a uno «asco» mentir como nos da asco por lo general mear en la sopera de la que vamos a servirnos de inmediato ... ). d) Renunciar a buscar coartadas que disimulen que somos libres y por tanto razonablemente responsables de las consecuencias de nuestros actos. Como verás, no invoco en estos rasgos descriptivos motivo diferente para preferir lo de aquí a lo de allá, la conciencia a la imbecilidad, que tu propio provecho. ¿Por qué está mal lo que llamamos «malo»? Porque no le deja a uno vivir la buena vida que queremos. ¿Resulta pues que hay que evitar el mal por una especie de egoísmo? Ni más ni menos. Por lo general la palabra «egoísmo» suele tener mala prensa: se llama «egoísta» a quien sólo piensa en sí mismo y no se preocupa por los demás, hasta el punto de fastidiarles tranquilamente si con ello obtiene algún beneficio. En este sentido diríamos que el ciudadano Kane era un «egoísta» o también Calígula, aquel emperador romano capaz de cometer cualquier crimen por satisfacer el más simple de sus caprichos. Estos personajes y otros parecidos suelen ser considerados egoístas (incluso monstruosamente egoístas) y desde luego no se distinguen por lo exquisito de su conciencia ética ni por su empeño en evitar hacer el mal... De acuerdo, pero ¿son tan egoístas como parece estos llamados «egoístas»? ¿Quién es el verdadero egoísta? Es decir: ¿quién puede ser egoísta sin ser imbécil? La respuesta me parece obvia: el que quiere lo mejor para sí mismo. Y ¿qué es lo mejor? Pues eso que hemos llamado «buena vida». ¿Se dio una buena vida Kane? Si hemos de creer lo que nos cuenta Orson Welles, no parece. Se empeñó en tratar a las personas como si fueran cosas y de este modo se quedó sin los regalos humanamente más apetecibles de la vida, como el cariño sincero de los otros o su amistad sin cálculo. Y Calígula, no digamos. ¡Vaya vida que se infligió el pobre chico! Los únicos sentimientos sinceros que consiguió despertar en su prójimo fueron el terror y el odio. ¡Hay que ser imbécil, moralmente imbécil, para suponer que es mejor vivir rodeado de pánico y crueldad que entre amor y agradecimiento! Para concluir, al despistado de Calígula se lo cargaron sus propios guardias, claro: ¡menuda birria de egoísta estaba hecho si lo que quiso es darse la buena vida a base de fechorías! Si hubiera pensado de veras en sí mismo (es decir, si hubiese tenido conciencia) se habría dado cuenta de que los humanos necesitamos para vivir bien algo que sólo los otros humanos pueden darnos si nos lo ganamos pero que es imposible de robar por la fuerza o los engaños. Cuando se roba, ese algo (respeto, amistad, amor) pierde todo su buen gusto y a la larga se convierte en veneno. Los «egoístas» del tipo de Kane o Calígula se parecen a esos concursantes del Un, dos, tres o de El precio justo que quieren conseguir el premio mayor pero se equivocan y piden la calabaza que no vale nada...
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    132 Sólo deberíamos llamaregoísta consecuente al que sabe de verdad lo que le conviene para vivir bien y se esfuerza por conseguirlo. El que se harta de todo lo que le sienta mal (odio, caprichos criminales, lentejas compradas a precio de lágrimas, etc.) en el fondo quisiera ser egoísta pero no sabe. Pertenece al gremio de los imbéciles y habría que recetarle un poco de conciencia para que se amase mejor a sí mismo. Porque el pobrecillo (aunque sea un pobrecillo millonario o un pobrecillo emperador) cree que se ama a sí mismo pero se fija tan poco en lo que de veras le conviene que termina portándose como si fuese su peor enemigo. Así lo reconoce un célebre villano de la literatura universal, el Ricardo III de Shakespeare en la tragedia de ese mismo título. Para llegar a convertirse en rey, el conde de Gloucester (que finalmente será coronado como Ricardo III) elimina a todos los parientes varones que se interponen entre el trono y él, incluyendo hasta niños. Gloucester ha nacido muy listo, pero contrahecho, lo que ha sido un constante sufrimiento para su amor propio; supone que el poder real compensará en cierto modo su joroba y su pierna renga, logrando así inspirar el respeto que no consigue por medio de su aspecto físico. En el fondo, Gloucester quiere ser amado, se siente aislado por su malformación y cree que el afecto puede imponerse a los demás... ¡a la fuerza, por medio del poder! Fracasa, claro está: consigue el trono, pero no inspira a nadie cariño sino horror y después odio. Y lo peor de todo es que él mismo, que había cometido todos sus crímenes por amor propio desesperado, siente ahora horror y odio por sí mismo: ¡no sólo no ha ganado ningún nuevo amigo sino que ha perdido el único amor que creía seguro! Es entonces cuando pronuncia el espantoso y profético diagnóstico de su caso clínico: «Me lanzaré con negra desesperación contra mi alma y acabaré convertido en enemigo de mí mismo. » ¿Por qué termina Gloucester vuelto un «enemigo de sí mismo»? ¿Acaso no ha conseguido lo que quería, el trono? Sí, pero al precio de estropear su verdadera posibilidad de ser amado y respetado por el resto de sus compañeros humanos. Un trono no concede automáticamente ni amor ni respeto verdadero: sólo garantiza adulación, temor y servilismo. Sobre todo cuando se consigue por medio de fechorías, como en el caso de Ricardo III. En vez de compensar de algún modo su deformación física, Gloucester se deforma también por dentro. Ni de su joroba ni de su cojera tenía él la culpa, por lo que no había razón para avergonzarse de esas casualidades infortunadas: los que se rieran de él o le despreciaran por ellas son quienes hubieran debido avergonzarse. Por fuera los demás le veían contrahecho, pero él por dentro podía haberse sabido inteligente, generoso y digno de afecto; si se hubiera amado de verdad a sí mismo, debería haber intentado exteriorizar por medio de su conducta ese interior limpio y recto, su verdadero yo. Por el contrario, sus crímenes le convierten ante sus propios ojos (cuando se mira a sí mismo por dentro, allí donde nadie más que él es testigo) en un monstruo más repugnante que cualquier contrahecho físico. ¿Por qué? Porque de sus jorobas y cojeras morales es él mismo responsable, a diferencia de las otras que eran azares de la naturaleza. La corona manchada de traición y de sangre no le hace más amable, ni mucho menos: ahora se sabe menos digno de amor que nunca y ni él mismo se quiere ya. ¿Llamaremos « egoísta » a alguien que se hace tanta pupa a sí mismo? En el párrafo anterior he utilizado unas palabras severas que quizá no se te hayan escapado (si se te han escapado, mala suerte): palabras como «culpa» o «responsable». Suenan a lo que habitualmente se relaciona con la conciencia, ¿no?, lo de Pepito Grillo y demás. No me ha faltado más que mencionar el mas «feo» de esos títulos: remordimiento. Sin duda lo que amarga la existencia a Gloucester y no le deja disfrutar de su trono ni de su poder son ante todo los remordimientos de su conciencia. Y ahora yo te pregunto: ¿sabes de dónde vienen los remordimientos? En algunos casos, me dirás, son reflejos íntimos del miedo que sentimos ante el castigo que puede merecer -en este mundo o en otro después de la muerte, si es que lo hay nuestro mal comportamiento. Pero supongamos que Gloucester no tiene miedo a la venganza justiciera de los hombres y no cree que haya ningún Dios dispuesto a condenarle al fuego eterno por sus fechorías. Y, sin embargo, sigue desazonado por los remordimientos... Fíjate: uno puede lamentar haber obrado mal aunque esté razonablemente seguro de que nada ni nadie va a tomar represalias contra él. Y es que, al actuar mal y darnos cuenta de ello, comprendemos que ya estamos siendo castigados, que nos hemos estropeado a nosotros mismos -poco 0 mucho- voluntariamente. No hay peor castigo que darse cuenta de que uno está boicoteando con sus actos lo que en realidad quiere ser... ¿Que de dónde vienen los remordimientos? Para mí está muy claro: de nuestra libertad. Si no fuésemos libres, no podríamos sentirnos culpables (ni orgullosos, claro) de nada y evitaríamos los remordimientos. Por eso cuando sabemos que hemos hecho algo vergonzoso procuramos asegurar que no tuvimos otro remedio que obrar así, que no pudimos elegir: «yo cumplí órdenes de mis
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    133 superiores», «vi quetodo el mundo hacía lo mismo», «perdí la cabeza», «es más fuerte que yo», «no me di cuenta de lo que hacia», etcétera. Del mismo modo el niño pequeño, cuando se cae al suelo y se rompe el tarro de mermelada que intentaba coger de lo alto de la estantería, grita lloroso: «¡Yo no he sido!» Lo grita precisamente porque sabe que, ha sido él; si no fuera así, ni se molestaría en decir nada y quizá hasta se riese y todo. En cambio, si ha dibujado algo muy bonito en seguida proclamará: «¡Lo he hecho yo solito, nadie me ha ayudado! »Del mismo modo, ya mayores, queremos siempre ser libres para atribuirnos el mérito de lo que logramos pero preferimos confesarnos «esclavos de las circunstancias» cuando nuestros actos no son precisamente gloriosos. Despachemos con viento fresco al pelmazo de Pepito Grillo: la verdad es que me ha resultado siempre tan poco simpático como aquel otro insecto detestable, la hormiga de la fábula que deja a la locuela cigarra sin comida ni cobijo en invierno sólo para darle una lección, la muy grosera. De lo que se trata es de tomarse en serio la libertad, o sea de ser responsable. Y lo serio de la libertad es que tiene efectos indudables, que no se pueden borrar a conveniencia una vez producidos. Soy libre de comerme o no comerme el pastel que tengo delante; pero una vez que me lo he comido, ya no soy libre de tenerlo delante o no. Te pongo otro ejemplo, éste de Aristóteles (ya sabes, aquel viejo griego del barco en la tormenta): si tengo una piedra en la mano, soy libre de conservarla o de tirarla, pero si la tiro a lo lejos ya no puedo ordenarle que vuelva para seguir teniéndola en la mano. Y si con ella le parto la crisma a alguien... pues tú me dirás. Lo serio de la libertad es que cada acto libre que hago limita mis posibilidades al elegir y realizar una de ellas. Y no vale la trampa de esperar a ver si el resultado es bueno o malo antes de asumir si soy o no su responsable. .Quizá pueda engañar al observador de fuera, como pretende el niño que dice « ¡yo no he sido! », pero a mí mismo nunca me puedo engañar del todo. Pregúntaselo a Gloucester... ¡o a Pinocho! De modo que lo que llamamos «remordimiento» no es más que el descontento que sentimos con nosotros mismos cuando hemos empleado mal la libertad, es decir, cuando la hemos utilizado en contradicción con lo que de veras queremos como seres humanos. Y ser responsable es saberse auténticamente libre, para bien y para mal: apechugar con las consecuencias de lo que hemos hecho, enmendar lo malo que pueda enmendarse y aprovechar al máximo lo bueno. A diferencia del niño malcriado y cobarde, el responsable siempre está dispuesto a responder de sus actos: « ¡Sí, he sido yo! » El mundo que nos rodea, si te fijas, está lleno de ofrecimiento para descargar al sujeto del peso de su responsabilidad. La culpa de lo malo que sucede parece ser de las circunstancias, de la sociedad en la que vivimos, del sistema capitalista, del carácter que tengo (¡es que yo soy así), de que no me educaron bien (o me mimaron demasiado), de los anuncios de la tele, de las tentaciones que se ofrecen en los escaparates, de los ejemplos irresistibles y perniciosos... Acabo de usar la palabra clave de estas justificaciones: irresistible. Todos los que quieren dimitir de su responsabilidad creen en lo irresistible, aquello que avasalla sin remedio, sea propaganda, droga, apetito, soborno, amenaza, forma de ser... lo que salte. En cuanto aparece lo irresistible, izas!, deja uno de ser libre y se convierte en marioneta a la que no se le deben pedir cuentas. Los partidarios del autoritarismo creen firmemente en lo irresistible y sostienen que es necesario prohibir todo lo que puede resultar avasallador: ¡una vez que la policía haya acabado con todas las tentaciones, ya no habrá más delitos ni pecados! Tampoco habrá ya libertad, claro, pero el que algo quiere, algo le cuesta... Además ¡qué gran alivio, saber que' si todavía queda por ahí alguna tentación suelta la responsabilidad de lo que pase es de quien no la prohibió a tiempo y no de quien cede a ella! ¿Y si yo te dijera que lo «irresistible» no es más que una superstición, inventada por los que le tienen miedo a la libertad? ¿Que todas las instituciones y teorías que nos ofrecen disculpas para la responsabilidad no nos quieren ver más contentos sino sabernos más esclavos? ¿Que quien espera a que todo en el mundo sea como es debido para empezar a portarse él mismo como es debido ha nacido para mentecato, para bribón o para las dos cosas, que también suele pasar? ¿Que por muchas prohibiciones que se nos impongan y muchos policías que nos vigilen siempre podremos obrar mal -es decir, contra nosotros mismos- si queremos? Pues te lo digo, te lo digo con toda la convicción del mundo. Un gran poeta y narrador argentino, Jorge Luis Borges, hace al principio de uno de sus cuentos la siguiente reflexión sobre cierto antepasado suyo: «Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.» En efecto, nadie ha vivido nunca en tiempos completamente favorables, en los que resulte sencillo ser hombre y llevar una buena vida. Siempre ha habido violencia, rapiña,
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    134 cobardía, imbecilidad (moraly de la otra), mentiras aceptadas como verdades porque son agradables de oír... A nadie se le regala la buena vida humana ni nadie consigue lo conveniente para él sin coraje y sin esfuerzo: por eso virtud deriva etimológicamente de vir, la fuerza viril del guerrero que se impone en el combate contra la mayoría. ¿Te parece un auténtico fastidio? Pues pide el libro de reclamaciones... Lo único que puedo garantizarte es que nunca se ha vivido en Jauja y que la decisión de vivir bien la tiene que tomar cada cual respecto a sí mismo, día a día, sin esperar a que la estadística le sea favorable o el resto del universo se lo pida por favor. El meollo de la responsabilidad, por si te interesa saberlo, no consiste simplemente en tener la gallardía o la honradez de asumir las propias meteduras de pata sin buscar excusas a derecha e izquierda. El tipo responsable es consciente de lo real de su libertad. Y empleo «real» en el doble sentido de «auténtico» o «verdadero» pero también de «propio de un rey»: el que toma decisiones sin que nadie por encima suyo le dé órdenes. Responsabilidad es saber que cada uno de mis actos me va construyendo, me va definiendo, me va inventando. Al elegir lo que quiero hacer voy transformándome poco a poco. Todas mis decisiones dejan huella en mí mismo antes de dejarla en el mundo que me rodea. Y claro, una vez empleada mi libertad en irme haciendo un rostro ya no puedo quejarme o asustarme de lo que veo en el espejo cuando me miro... Si obro bien cada vez me será más difícil obrar mal (y al revés, por desgracia): por eso lo ideal es ir cogiendo el vicio... de vivir bien. Cuando al protagonista de la película del oeste le dan la oportunidad de que dispare al villano por la espalda y él dice: «Yo no puedo hacer eso», todos entendemos lo que quiere decir. Disparar, lo que se dice disparar, sí que podría, pero no tiene semejante costumbre. ¡Por algo es el «bueno» de la historia! Quiere seguir siendo fiel al tipo que ha elegido ser, al tipo que se ha fabricado libremente desde tiempo atrás. Perdona si este capítulo me ha salido demasiado largo pero es que me he entusiasmado un poco y además ¡tengo tantas cosas que decirte! Lo dejaremos aquí y cogeremos fuerzas, porque mañana me propongo hablarte de en qué consiste eso de tratar a las personas como a personas, es decir con realismo o, si prefieres: con bondad. Vete leyendo... «¡Oh, cobarde conciencia, cómo me afliges!... ¡La luz despide resplandores azulencos!... ¡Es la hora de la medianoche mortal!... ¡Un sudor frío empapa mis temblorosas carnes!... ¡Cómo! ¿Tengo miedo de mí mismo?... Aquí no hay nadie... Ricardo ama a Ricardo ... Eso es; yo soy yo... ¿Hay aquí algún asesino?... No ... ¡Sí!... ¡Yo!... ¡Huyamos, pues!... ¡Cómo! ¿De mí mismo?... i Valiente razón!... ¿Por qué?... ¡Del miedo a la venganza! ¡Cómo! ¿De mí mismo contra mí mismo? ¡Ay! ¡Yo me amo! ¿Por qué causa? ¿Por el escaso bien que me he hecho a mí mismo? ¡Oh, no! ¡Ay de mí!... ¡Más bien debería odiarme por las infames acciones que he cometido! ¡Soy un miserable! Pero miento: eso no es verdad... ¡Loco, habla bien de ti! ¡Loco, no te adules! ¡Mi conciencia tiene millares de lenguas, y cada lengua repite su historia
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    135 particular, y cadahistoria me condena como un miserable! ¡El perjurio, el perjurio en el más alto grado! ¡El asesinato, el horrendo asesinato hasta el más feroz extremo! Todos los crímenes diversos, todos cometidos bajo todas las formas, acuden a acusarme, gritando todos: ¡Culpable! ¡Culpable!... ¡Me desesperaré! ¡No hay criatura humana que me ame! ¡Y si muero, ningún alma tendrá piedad de mí!... ¿Y por qué había de tenerla? ¡Si yo mismo no he tenido piedad de mí!» (William Shakespeare, La tragedia de Ricardo III). «" No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti" es uno de los principios más fundamentales de la ética. Pero es igualmente justificado afirmar: todo lo que hagas a otros te lo haces también a ti mismo » (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis). «Todos, cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; y no me refiero al hecho de que el socorrido querrá socorrer y el defendido proteger, o que el buen ejemplo retorna, describiendo un círculo, hacia el que lo da -como los malos ejemplos recaen sobre sus autores, y ninguna piedad alcanza a aquellos que padecen injurias después de haber demostrado con sus actos que podían hacerse-, sino a que el valor de toda virtud radica en ella misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de la acción virtuosa es haberla realizado» (Séneca, Cartas a Lucilio).
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    136 CAPÍTULO SÉPTIMO PONTE ENSU LUGAR Robinson Crusoe pasea por una de las playas de la isla en la que una inoportuna tormenta con su correspondiente naufragio le ha confinado. Lleva su loro al hombro y se protege del sol gracias a la sombrilla fabricada con hojas de palmera que le tiene justificadamente orgulloso de su habilidad. Piensa que, dadas las circunstancias, no puede decirse que se las haya arreglado del todo mal. Ahora tiene un refugio en el que guarecerse de las inclemencias del tiempo y del asalto de las fieras, sabe dónde conseguir alimento y bebida, tiene vestidos que le abriguen y que él mismo se ha hecho con elementos naturales de la isla, los dóciles servicios de un rebañito de cabras, etc. En fin, que sabe cómo arreglárselas para llevar más o menos su buena vida de naúfrago solitario. Sigue paseando Robinson y está tan contento de sí mismo que por un momento le parece que no echa nada de menos. De pronto, se detiene con sobresalto. Allí, en la arena blanca, se dibuja una marca que va a revolucionar toda su pacífica existencia: la huella de un pie humano. ¿De quién será? ¿Amigo o enemigo? ¿Quizá un enemigo al que puede convertir en amigo? ¿Hombre o mujer? ¿Cómo se entenderá con él o ella? ¿Qué trato le dará? Robinson está ya acostumbrado a hacerse preguntas desde que llegó a la isla y a resolver los problemas del modo más ingenioso posible: ¿qué comeré?, ¿dónde me refugiaré?, ¿cómo me protegeré del sol? Pero ahora la situación no es igual porque ya no tiene que vérselas con acontecimientos naturales, como el hambre o la lluvia, ni con fieras salvajes, sino con otro ser humano: es decir, con otro Robinson o con otros Robinsones y Robinsonas. Ante los elementos o las bestias, Robinson ha podido comportarse sin atender a nada más que a su necesidad de supervivencia. Se trataba de ver si podía con ellos o ellos podían con él, sin otras complicaciones. Pero ante seres humanos la cosa ya no es tan simple. Debe sobrevivir, desde luego, pero ya no de cualquier modo. Si Robinson se ha convertido en una fiera como las demás que rondan por la selva, a causa de su soledad y su desventura, no se preocupará más que de si el desconocido causante de la huella es un enemigo a eliminar o una presa a devorar. Pero si aún quiere seguir siendo un hombre... Entonces se las va a ver no ya con una presa o un simple enemigo, sino con un rival 0 un posible compañero; en cualquier caso, con un semejante. Mientras está solo, Robinson se enfrenta a cuestiones técnicas, mecánicas, higiénicas, incluso científicas, si me apuras. De lo que se trata es de salvar la vida en un medio hostil y desconocido. Pero cuando encuentra la huella de Viernes en la arena de la playa empiezan sus problemas éticos. Ya no se trata solamente de sobrevivir, como una fiera o como una alcachofa, perdido en la naturaleza; ahora tiene que empezar a vivir humanamente, es decir, con otros o contra otros hombres, pero entre hombres. Lo que hace «humana» a la vida es el transcurrir en compañía de humanos, hablando con ellos, pactando y mintiendo, siendo respetado o traicionado, amando, haciendo proyectos y recordando el pasado, desafiándose, organizando juntos las cosas comunes, jugando, intercambiando símbolos... La ética no se ocupa de cómo alimentarse mejor o de cuál es la manera más recomendable de protegerse del frío ni de qué hay que hacer para vadear un río sin ahogarse, cuestiones todas ellas sin duda muy importantes para sobrevivir en determinadas circunstancias; lo que a la ética le interesa, lo que constituye su especialidad, es cómo vivir bien la vida humana, la vida que transcurre entre humanos. Si uno no sabe cómo arreglárselas para sobrevivir en los peligros naturales, pierde la vida, lo cual sin duda es un fastidio grande; pero si uno no tiene
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    137 ni idea deética, lo que pierde o malgasta es lo humano de su vida y eso, francamente, tampoco tiene ninguna gracia. Antes te dije que la huella en la arena anunció a Robinson la proximidad comprometedora de un semejante. Pero vamos a ver, ¿hasta qué punto era Viernes semejante a Robinson? Por un lado, un europeo del siglo XVII, poseedor de los conocimientos científicos más avanzados de su época, educado en la religión cristiana, familiarizado con los mitos homéricos y con la imprenta; por otro, un salvaje caníbal de los mares del Sur, sin más cultura que la tradición oral de su tribu, creyente en una religión politeísta y desconocedor de la existencia de las grandes ciudades contemporáneas como Londres o Amsterdam. Todo era diferente del uno al otro: color de la piel, aficiones culinarias, entretenimientos... Seguro que por las noches ni siquiera sus sueños tenían nada en común. Y sin embargo, pese a tantas diferencias, también había entre ellos rasgos fundamentalmente parecidos, semejanzas esenciales que Robinson no compartía con ninguna fiera ni con ningún árbol o manantial de la isla. Para empezar, ambos hablaban, aunque fuese en lenguas muy distintas. El mundo estaba hecho para ellos de símbolos y de relaciones entre símbolos, no de puras cosas sin nombre. Y tanto Robinson como Viernes eran capaces de valorar los comportamientos, de saber que uno puede hacer ciertas cosas que están «bien» y otras que son por el contrario «malas». A primera vista, lo que ambos consideraban «bueno» y «malo» no era ni mucho menos igual, porque sus valoraciones concretas provenían de culturas muy lejanas: el canibalismo, sin ir más lejos, era una costumbre razonable y aceptada para Viernes, mientras que a Robinson -como a ti, supongo, por tragaldabas que seas- le merecía el más profundo de os horrores. Y a pesar de ello los dos coincidían en suponer que hay criterios destinados a justificar qué es aceptable y qué es horroroso. Aunque tuvieran posiciones muy distintas desde las que discutir, podían llegar a discutir y comprender de qué estaban discutiendo. Ya es bastante más de lo que se suele hacer con un tiburón o con una avalancha de rocas, ¿no?. Todo eso está muy bien, me dirás, pero lo cierto es que por muy semejantes que sean los hombres no está claro de antemano cuál sea la mejor manera de comportarse respecto a ellos. Si la huella en -la arena que encuentra Robinson pertenece a un miembro de la tribu de caníbales que pretende comérselo estofado, su actitud ante el desconocido no deberá ser la misma que si se trata del grumete del barco que viene por fin a rescatarle. Precisamente porque los otros hombres se me parecen mucho pueden resultarme más peligrosos que cualquier animal feroz o que un terremoto. No hay peor enemigo que un enemigo inteligente, capaz de hacer planes minuciosos, de tender trampas o de engañarme de mil maneras. Quizá entonces lo mejor sea tomarles la delantera y ser uno el primero en tratarles, por medio de violencia o emboscadas, como si ya fuesen efectivamente esos enemigos que pudieran llegar a ser... Sin embargo, esta actitud no es tan prudente como parece a primera vista: al comportarme ante mis semejantes como enemigo, aumento sin duda las posibilidades de que ellos se conviertan sin remedio en enemigos míos también; y además pierdo la ocasión de ganarme su amistad o de conservarla si en principio estuviesen dispuestos a ofrecérmela. Mira este otro comportamiento posible ante nuestros peligrosos semejantes. Marco Aurelio fue emperador de Roma y además filósofo, lo cual es bastante raro porque los gobernantes suelen interesarse poco por las cuestiones que no sean indiscutiblemente prácticas. A este emperador le gustaba anotar algo así como unas conversaciones que tenía consigo mismo, dándose consejos o hasta pegándose broncas. Frecuentemente apuntaba cosas de este jaez (acudo a la memoria, no al libro, de modo que no te lo tomes al pie de la letra): «Al levantarte hoy, piensa que a lo largo del día te encontrarás con algún mentiroso, con algún
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    138 ladrón, con algúnadúltero, con algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a hombres, porque son tan humanos como tú y por tanto te resultan tan imprescindibles como la mandíbula inferior lo es para la superior.» Para Marco Aurelio, lo más importante respecto a los hombres no es si su conducta me parece conveniente o no, sino que -en cuanto humanos- me convienen y eso nunca debo olvidarlo al tratar con ellos. Por malos que sean, su humanidad coincide con la mía y la refuerza. Sin ellos, yo podría quizá vivir pero no vivir humanamente. Aunque tenga algún diente postizo y dos o tres con caries, siempre es más conveniente a la hora de comer contar con una mandíbula inferior que ayude a la superior... Y es que esa misma semejanza en la inteligencia, en la capacidad de cálculo y proyecto, en las pasiones y los miedos, eso mismo que hace tan peligrosos a los hombres para mí cuando quieren serlo, los hace también supremamente útiles. Cuando un ser humano me viene bien, nada puede venirme mejor. A ver, ¿qué conoces tú que sea mejor que ser amado? Cuando alguien quiere dinero, o poder, o prestigio... ¿acaso no apetece esas riquezas para poder comprar la mitad de lo que cuando uno es amado recibe gratis? Y ¿quién me puede amar de verdad sino otro ser como yo, que funcione igual que yo, que me quiera en tanto que humano... y a pesar de ello? Ningún bicho, por cariñoso que sea, puede darme tanto como otro ser humano, incluso aunque sea un ser humano algo antipático. Es muy cierto que a los hombres debo tratarlos con cuidado, por si acaso. Pero ese «cuidado» no puede consistir ante todo en recelo o malicia, sino en el miramiento que se tiene al manejar las cosas frágiles, las cosas más frágiles de todas... porque no son simples cosas. Ya que el vínculo de respeto y amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo para mí, que también lo soy, cuando me las vea con ellos debo tener principal interés en resguardarlo y hasta mimarlo, si me apuras un poco. Y ni siquiera a la hora de salvar el pellejo es aconsejable que olvide por completo esta prioridad. Marco Aurelio, que era emperador y filósofo pero no imbécil, sabía muy bien lo que tú también sabes: que hay gente que roba, que miente y que mata. Naturalmente, no suponía que por aquello de llevarse bien con el prójimo hay que favorecer semejantes conductas. Pero tenía bastante claras dos cosas que me parecen muy importantes: Primera: que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier modo de uno no por ello deja de ser humano. Aquí el lenguaje es engañoso, porque al acuñar el título de infamia («ése es un ladrón», «aquélla una mentirosa», «tal otro un criminal») nos hace olvidar un poco que se trata siempre de seres humanos que, sin dejar de serlo, se comportan de manera poco recomendable. Y quien «ha llegado» a ser algo detestable, como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible... Segunda: Una de las características principales de todos los humanos es nuestra capacidad de imitación. La mayor parte de nuestro comportamiento y de nuestros gustos la copiamos de los demás. Por eso somos tan educables y vamos aprendiendo sin cesar los logros que conquistaron otras personas en tiempos pasados o latitudes remotas. En todo lo que llamamos «civilización», «cultura», etc., hay un poco de invención y muchísinio de imitación. Si no fuésemos tan copiones, constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde cero. Por eso es tan importante el ejemplo que damos a nuestros congéneres sociales: es casi seguro que en la mayoría de los casos nos tratarán tal como se vean tratados. Si repartimos a troche y moche enemistad, aunque sea disimuladamente, no es probable que recibamos a cambio cosa mejor que más enemistad. Ya sé que por muy buen ejemplo que llegue a dar uno, los demás siempre tienen a la vista demasiados malos ejemplos que imitar. ¿Para qué molestarse, pues, y renunciar a las ventajas inmediatas que sacan a menudo los canallas? Marco Aurelio te contestaría: «¿Te parece prudente aumentar el ya crecido
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    139 número de losmalos, de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu buena vida? ¿No es más lógico sembrar lo que intentas cosechar en lugar de lo opuesto, aun a sabiendas de que la cizaña puede estropear tu cosecha? ¿Prefieres portarte voluntariamente al modo de tanto loco como hay suelto, en lugar de defender y mostrar las ventajas de la cordura? » Pero estudiemos un poco más de cerca lo que hacen esos que llamamos « malos »,. es decir, los que tratan a los demás humanos como a enemigos en lugar de procurar su amistad. Seguro que recuerdas la película Frankenstein, interpretada por ese entrañable monstruo de monstruos que fue Boris Karloff. Intentamos verla juntos en la tele cuando eras bastante pequeñajo y tuve que apagar porque, según me dijiste con elegante franqueza, « me parece que empieza a darme demasiado miedo». Bueno, pues en la novela de Mary W. Shelley en la que se basa la película, la criatura hecha de remiendos de cadáveres hace esta confesión a su ya arrepentido inventor: « Soy malo porque soy desgraciado. »Tengo la impresión de que la mayoría de los supuestos «malos» que corren por el mundo podrían decir lo mismo cuando fuesen sinceros. Si se comportan de manera hostil y despiadada con sus semejantes es porque sienten miedo, o soledad, o porque carecen de cosas necesarias que otros muchos poseen: desgracias, como verás. 0 porque padecen la mayor desgracia de todas, la de verse tratados por la mayoría sin amor ni respeto, tal como le ocurría a la pobre criatura del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña quisieron mostrar amistad. No conozco gente que sea mala de Puro feliz ni que martirice al prójimo como señal de alegría. Todo lo más, hay bastantes que para estar contentos necesitan no enterarse de los padecimientos que abundan a su alrededor y de algunos de los cuales son Cómplices. Pero la ignorancia, aunque esté satisfecha de sí misma, también es una forma de desgracia... Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo, ¿no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal? El que colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio... se la está buscando. ¡Que no se queje luego de que haya tantos malos sueltos! A corto plazo, tratar a los semejantes como enemigos (o como víctimas) puede parecer ventajoso. El mundo está lleno de «pillines» o de descarados canallas que se consideran sumamente astutos cuando sacan provecho de la buena intención de los demás y hasta de sus desventuras. Francamente, no me parecen tan « listos » como ellos se halagan en creer. La mayor ventaja que podemos obtener de nuestros semejantes no es la posesión de más cosas (o el dominio sobre más personas tratadas como cosas, como instrumentos) sino la complicidad y afecto de más seres libres. Es decir, la ampliación y refuerzo de mi humanidad. «Y eso ¿para qué sirve?», preguntará el pillo, cre- yendo alcanzar el colmo de la astucia. A lo que tú puedes responderle: «No sirve para nada de lo que tú piensas. Sólo los siervos sirven y aquí ya te he dicho que estamos hablando de seres libres.» El problema del canalla es que no sabe que la libertad no sirve ni gusta de ser servida sino que busca contagiarse. Tiene mentalidad de esclavo, el pobrecillo... ¡por muy «rico» en cosas que se considere a sí mismo! Y suspira luego el canalla, ahora ya tembloroso y reducido a simple pillín: « Si yo no me aprovecho de los otros, ¡seguro que son los otros los que se aprovechan de mí! » Es una cuestión de ratones-esclavos y leones-Iibres, con las debidas reverencias para ambas especies zoológicas de mi mayor consideración. Diferencia número uno entre el que ha nacido para ratón y el que ha nacido para león: el ratón pregunta «¿qué me pasará?» y el león «¿qué haré?». Número dos: el ratón quiere obligar a los demás a que le quieran para así ser capaz de quererse a sí mismo y el león se quiere a sí mismo por lo que es capaz de querer a los demás. Número tres: el ratón está dispuesto a hacer lo que sea contra los demás para prevenir lo que los demás pueden hacer contra él, mientras que el león
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    140 considera que hacea favor de sí mismo todo lo que hace a favor de los demás. Ser ratón o ser león: ¡he aquí la cuestión! Para el león está bastante claro -«tenebrosamente claro», como diría el poeta Antonio Machado- que el primer perjudicado cuando intento perjudicar a mi semejante soy precisamente yo mismo... y en lo que tengo de más valioso, de menos servil. Llegamos por fin al momento de intentar responder a una pregunta cuya contestación directa (indirectamente y con rodeos hace bastantes páginas que no hablamos de otra cosa) hemos aplazado ya demasiado tiempo: ¿en qué consiste tratar a las personas como a personas, es decir, humanamente? Respuesta: consiste en que intentes ponerte en su lugar. Reconocer a alguien como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle desde dentro, de adoptar por un momento su propio punto de vista. Es algo que sólo de una manera muy novelesca y dudosa puedo pretender con un murciélago o con un geranio, pero que en cambio se impone con los seres capaces de manejar símbolos como yo mismo. A fin de cuentas, siempre que hablamos con alguien lo que hacemos es establecer un terreno en el que quien ahora es «yo» sabe que se convertirá en «tú» y viceversa. Si no admitiésemos que existe algo fundamentalmente igual entre nosotros (la posibilidad de ser para otro lo que otro es para mí) no podríamos cruzar ni palabra. Allí donde hay cruce, hay también re- conocimiento de que en cierto modo pertenecemos a lo de enfrente y lo de enfrente nos pertenece... Y eso aunque yo sea joven y el otro viejo, aunque yo sea hombre y el otro mujer, aunque yo sea blanco y el otro negro, aunque yo sea tonto y el otro listo, aunque yo esté sano y el otro enfermo, aunque yo sea rico y el otro pobre. « Soy humano -dijo un antiguo poeta latino- y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno.» Es decir: tener conciencia de mi humanidad consiste en darme cuenta de que, pese a todas las muy reales diferencias entre los individuos, estoy también en cierto modo dentro de cada uno de mis semejantes. Para empezar, como palabra... Y no sólo para poder hablar con ellos, claro está. Ponerse en el lugar de otro es algo más que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y cuando los derechos faltan, hay que comprender sus razones. Pues eso es algo a lo que todo hombre tiene derecho frente a los demás hombres, aunque sea el peor de todos: tiene derecho -derecho humano- a que alguien intente ponerse en su lugar y comprender lo que hace y lo que siente. Aunque sea para condenarle en nombre de leyes que toda sociedad debe admitir. En una palabra, ponerte en el lugar de otro es tomarle en serio, considerarle tan plenamente real como a ti mismo. ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo el ciudadano Kane? ¿O a Gloucester? Se tomaron tan en serio a sí mismos, tuvieron tan en cuenta sus deseos y ambiciones, que actuaron como si los demás no fuesen de verdad, como si fuesen simples muñecos o fantasmas: los aprovechaban cuando les venía bien su colaboración, los desechaban o mataban si ya no les resultaban utilizables. No hicieron el mínimo esfuerzo por ponerse en su lugar, por relativizar su interés propio para tomar en cuenta también el interés ajeno. Ya sabes cómo les fue. No te estoy diciendo que haya nada malo en que tengas tus propios intereses, ni tampoco que debas renunciar a ellos siempre para dar prioridad a los de tu vecino. Los tuyos, desde luego, son tan respetables como los suyos y lo demás son cuentos. Pero fíjate en la palabra misma «interés»: viene del latín inter esse, lo que está entre varios, lo que pone en relación a varios. Cuando hablo de «relativizar» tu interés quiero decir que ese interés no es algo tuyo exclusivamente, como si vivieras solo en un mundo de fantasmas, sino que te pone en contacto con otras realidades tan «de verdad» como tú mismo. De modo que todos los intereses que puedas tener son relativos (según otros intereses, según las circunstancias, según leyes y costumbres de la sociedad en que vives) salvo un interés, el único interés absoluto: el interés de ser humano entre los humanos, de dar y recibir el trato de humanidad sin el que no puede haber «buena vida». Por mucho que pueda
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    141 interesarte algo, simiras bien nada puede ser tan interesante para ti como la capacidad de ponerte en el lugar de aquellos con los que tu interés te relaciona. Y al ponerte en su lugar no sólo debes ser capaz de atender a sus razones, sino también de participar de algún modo en sus pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos. Se trata de sentir simpatía por el otro (o si prefieres compasión, pues ambas voces tienen etimologías semejantes, la una derivando del griego y la otra del latín), es decir ser capaz de experimentar en cierta manera al unísono con el otro, no dejarle del todo solo ni en su pensar ni en su querer. Reconocer que estamos hechos de la misma pasta, a la vez idea, pasión y carne. 0 como lo dijo más bella y profundamente Shakespeare: todos los humanos estamos hechos de la sus- tancia con la que se trenzan los sueños. Que se note que nos damos cuenta de ese pa- rentesco. Tomarte al otro en serio, es decir, ser capaz de ponerte en su lugar para aceptar prácticamente que es tan real como tú mismo, no significa que siempre debas darle la razón en lo que reclama o en lo que hace. Ni tampoco que, como le tienes por tan real como tú mismo y semejante a ti, debas, comportarte como si fueseis idénticos. El dramaturgo y humorista Bernard Shaw solía decir: « No siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes.» Sin duda los hombres somos semejantes, sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales (en cuanto a oportunidades al nacer y luego ante las leyes), pero desde luego no somos ni tenemos por qué empeñarnos en ser idénticos. ¡Menudo aburrimiento y menuda tortura generalizada! Ponerte en el lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad por ver las cosas como él las ve, no echar al otro y ocupar tú su sitio... O sea que él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú. El primero de los derechos humanos es el derecho a no ser fotocopia de nuestros vecinos, a ser más o menos raros. Y no hay derecho a obligar a otro a que deje de ser «raro» por su bien, salvo que su «rareza» consista en hacer daño al prójimo directa y claramente... Acabo de emplear la palabra «derecho» y me parece que ya la he utilizado un poco antes. ¿Sabes por qué? Porque gran parte del difícil arte de ponerse en el lugar del prójimo tiene que ver con eso que desde muy antiguo se llama justicia. Pero aquí no sólo me refiero a lo que la justicia tiene de institución pública (es decir, leyes establecidas, jueces, abogados, etc.), sino a la virtud de la justicia, o sea: a la habilidad y el esfuerzo que debemos hacer cada uno -si querernos vivir bien- por entender lo que nuestros semejantes pueden esperar de nosotros. Las leyes y los jueces intentan determinar obligatoriamente lo mínimo que las personas tienen derecho a exigir de aquellos con quienes conviven en sociedad, pero se trata de un mínimo y nada más. Muchas veces por muy legal que sea, por mucho que se respeten los códigos y nadie pueda ponernos multas o llevarnos a la cárcel, nuestro comportamiento sigue siendo en el fondo injusto. Toda ley escrita no es más que una abreviatura, una simplificación -a menudo imperfecta- de lo que tu semejante puede esperar concretamente de ti, no del Estado o de sus jueces. La vida es demasiado compleja y sutil, las personas somos demasiado distintas, las situaciones son demasiado variadas, a menudo demasiado íntimas, como para que todo quepa en los libros de jurisprudencia. Lo mismo que nadie puede ser libre en tu lugar, también es cierto que nadie puede ser justo por ti si tú no te das cuenta de que debes serlo para vivir bien. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es humano... y ese pequeño pero importantísimo amor ninguna ley instituida puede imponerlo. Quien vive bien debe ser capaz de una justicia simpática, o de una compasión justa.
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    142 ¡Vaya, me hasalido otro capítulo larguísimo! Pero tengo la excusa de que éste es el capítulo más importante de todos. Lo fundamental de la ética de la que quiero hablarte he intentado decirlo en estas últimas páginas. Me atrevería a pedirte que, si no estás demasiado harto, lo leyeras otra vez antes de pasar más adelante. Aunque si no lo haces porque estás algo cansado... ¡bueno, me pongo en tu lugar! Vete leyendo... «Un día, cerca del mediodía, cuando iba a visitar mi canoa, me sorprendió de una manera extraña el descubrir sobre la arena la reciente huella de un pie descalzo. Me paré de repente, como herido por un rayo o como si hubiese visto alguna aparición. Escuché, dirigí la vista alrededor mío, pero nada vi, no oí nada...» (Daniel Defoe, Aventuras de Robinson Crusoe). «Toda vida verdadera es encuentro» (Martin Buber, Yo y tú). «Unido con sus semejantes por el más fuerte de todos los vínculos, el de un destino común, el hombre libre encuentra que siempre lo acompaña una nueva visión que proyecta sobre toda tarea cotidiana la luz del amor. La vida del hombre es una larga marcha a través de la noche, rodeado de enemigos invisibles, torturado por el cansancio y el dolor, hacia una meta que pocos pueden esperar alcanzar, y donde nadie puede detenerse mucho tiempo. Uno tras otro, a medida que avanzan, nuestros camaradas se alejan de nuestra vista, atrapados por las órdenes silenciosas de la muerte omnipotente. Muy breve es el lapso durante el cual podemos ayudarlos, en el que se decide su felicidad o su miseria. ¡Ojalá nos corresponda derramar luz solar en su senda, iluminar sus penas con el bálsamo de la simpatía, darles la pura alegría de un afecto que nunca se cansa, fortalecer su ánimo desfalleciente, inspirarles fe en horas de desesperanza» (Bertrand Russell, Misticismo y lógica). «Nunca hubo adepto de la virtud y enemigo del placer tan triste y tan rígido como para predicar las vigilias, los trabajos y las austeridades sin ordenar, al mismo tiempo, dedicarse con todas sus fuerzas a aliviar la pobreza y la miseria de los otros. Todos estiman que incluso hay que glorificar, con el título de humanidad, el hecho de que el hombre es para el hombre salvación y consuelo, puesto que es esencialmente "humano" -y ninguna virtud es tan propia del hombre como ésta- suavizar lo más posible las penas de los otros, hacer desaparecer la tristeza, devolver la alegría de vivir, es decir: el placer» (Tomás Moro, Utopía).
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    143 CAPÍTULO VIII TANTO GUSTO Imagínateque alguien te informa de que tu amigo Fulanito o tu amiga Zutanita han sido detenidos por «conducta inmoral» en la vía pública. Puedes estar seguro de que su «inmoralidad» no ha consistido en saltarse un semáforo en rojo, o en haber dicho a alguien una mentira muy gorda en plena calle, ni tampoco es que hayan sustraído una cartera aprovechando las apreturas urbanas. Lo más probable es que el salido de Fulanito se dedicase a palmear con rudo aprecio el trasero de las mejores jamonas que se fueran cruzando en su camino o que la descocada de Zutanita, tras unas cuantas copas, se haya empeñado en mostrar a los viandantes que su anatomía nada tiene que envidiar a la de Sabrina o Marta Sánchez. Y si alguna persona de las llamadas «respetables» (¡como si el resto de las personas no lo fuesen!) te anuncia en tono severo que tal o cual película es «inmoral», ya sabes que no se refiere a que aparezcan varios asesinatos en la pantalla o a que los personajes ganen dinero por medios poco limpios sino a... bueno, tú ya sabes a lo que se refieren. Cuando la gente habla de «moral» y sobre todo de «inmoralidad», el ochenta por ciento de las veces -y seguro que me quedo corto- el sermón trata de algo referente al sexo. Tanto que algunos creen que la moral se dedica ante todo a juzgar lo que la gente hace con sus genitales. El disparate no puede ser mayor y supongo que por poca atención que le hayas dedicado a lo que te vengo diciendo hasta ahora ya no se te ocurrirá compartirlo. En el sexo, de por sí, no hay nada más «inmoral» que en la comida o en los paseos por el campo; claro que alguien puede comportarse inmoralmente en el sexo (utilizándolo para hacer daño a otra persona, por ejemplo), lo mismo que hay quien se come el bocadillo del vecino o aprovecha sus paseos para planear atentados terroristas. Y por supuesto, como la relación sexual puede llegar a establecer vínculos muy poderosos y complicaciones afectivas muy delicadas entre la gente, es lógico que se consideren especialmente los miramientos debidos a los semejantes en tales casos. Pero, por lo demás, te digo rotundamente que en lo que hace disfrutar a dos y no daña a ninguno no hay nada de malo. El que de veras está malo es quien cree que hay algo de malo en disfrutar... No sólo es que «tenernos» un cuerpo, corno suele decirse (casi con resignación), sino que somos un cuerpo, sin cuya satisfacción y bienestar no hay vida buena que valga. El que se avergüenza de las capacidades gozosas de su cuerpo es tan bobo como el que se avergüenza de haberse aprendido la tabla de multiplicar. Desde luego, una de las funciones indudablemente importantes del sexo es la procreación. ¡Qué te voy a contar a ti, que eres hijo mío! Y es una consecuencia que no puede ser tomada a la ligera, pues impone obligaciones ciertamente éticas: repasa, si no te acuerdas, lo que te he contado antes sobre la responsabilidad como reverso inevitable de la libertad. Pero la experiencia sexual no puede limitarse simplemente a la función procreadora. En los seres humanos, los dispositivos naturales para asegurar la perpetuación de la especie tienen siempre otras dimensiones que la biología no parece haber previsto. Se les añaden símbolos y refinarnientos, invenciones preciosas de esa libertad sin la que los hombres no seríamos hombres. Es paradójico que sean los que ven algo de « malo » o al menos de «turbio » en el sexo quienes dicen que dedicarse con demasiado entusiasmo a él animaliza al hombre. La verdad es que son precisamente los animales quienes sólo emplean el sexo para procrear, lo mismo que sólo utilizan la comida para alimentarse o el ejercicio físico para conservar la salud; los humanos, en cambio, hemos inventado el erotismo, la gastronomía y el atletismo. El sexo es un mecanismo de reproducción para los hombres, como también para los ciervos y los besugos; pero en los hombres produce otros muchos efectos, por ejemplo la poesía lírica y la institución matrimonial, que ni los ciervos ni los besugos conocen (no sé si por desgracia o por suerte para ellos). Cuanto más se separa el sexo de la simple procreación, menos animal y más humano resulta. Claro que de
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    144 ello se derivanconsecuencias buenas y malas, como siempre que la libertad está en juego... Pero de ese problema te vengo hablando casi desde la primera página de este rollo. Lo que se agazapa en toda esa obsesión sobre la «inmoralidad» sexual no es ni más ni menos que uno de los más viejos temores sociales del hombre: el miedo al placer. Y como el placer sexual destaca entre los más intensos y vivos que pueden sentirse, por eso se ve rodeado de tan enfáticos recelos y cautelas. ¿Por qué asusta el placer? Supongo que será porque nos gusta demasiado. A lo largo de los siglos, las sociedades siempre han intentado evitar que sus miembros se aficionasen a darle marcha al cuerpo a todas horas, olvidando el trabajo, la previsión del futuro y la defensa del grupo: la verdad es que uno nunca se siente tan contento y de acuerdo con la vida como cuando goza, pero si se olvida de todo lo demás puede no durar mucho vivo. La existencia humana ha sido en toda época y momento un juego peligroso y eso vale para las primeras tribus que se agruparon junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a comprar el periódico. El placer nos distrae a veces más de la cuenta, cosa que puede resultarnos fatal. Por eso los placeres se han visto siempre acosados por tabúes y restricciones, cuidadosamente racionados, permitidos sólo en ciertas fechas, etc.: se trata de precauciones sociales (que a veces perduran aun cuando ya no hacen falta) para que nadie se distraiga demasiado del peligro de vivir. Por otro lado están quienes sólo disfrutan no dejando disfrutar. Tienen tanto miedo a que el placer les resulte irresistible, se angustian tanto pensando lo que les puede pasar si un día le dan de verdad gusto al cuerpo, que se convierten en calumniadores profesionales del placer. Que si el sexo esto, que si la comida y la bebida lo otro, que si el juego lo de más allá, que si basta de risas Y fiestas con lo triste que es el mundo, etc. Tú, ni caso. Todo puede llegar a sentar mal o servir para hacer el mal, pero nada es malo sólo por el hecho de que te dé gusto hacerlo. A los calumniadores profesionales del placer se les llama «puritanos». ¿Sabes quién es puritano? El que asegura que la señal de que algo es bueno consiste en que no nos gusta hacerlo. El que sostiene que siempre tiene más mérito sufrir que gozar (cuando en realidad puede ser más meritorio gozar bien que sufrir mal). Y lo peor de todo: el puritano cree que cuando uno vive bien tiene que pasarlo mal y que cuando uno lo pasa mal es porque está viviendo bien. Por supuesto, los puritanos se consideran la gente más «moral» del mundo y además guardianes de la moralidad de sus vecinos. No quiero ser exagerado, aunque suelo serlo, pero yo te diría que es más «decente» y más «moral» el sinvergüenza corriente que el puritano oficial. Su modelo suele ser la señora de aquel cuento... ¿te acuerdas? Llamó a la policía para protestar de que había unos chicos desnudos bañándose delante de su casa. La policía alejó a los chicos, pero la señora volvió a llamar diciendo que se estaban bañando (desnudos, siempre desnudos) un poco más arriba y que seguía el escándalo. Vuelta a alejarlos la policía y vuelta a protestar la señora. «Pero señora -dijo el inspector-, si los hemos mandado a más de un kilómetro y medio de distancia ... » Y la puritana contestó, «virtuosamente» indignada: «¡Si, pero con los gemelos todavía sigo viéndoles! » Corno a mi juicio el puritanismo es la actitud más opuesta que puede darse a la ética, no me oirás ni una palabra contra el placer ni por supuesto intentaré de ningún modo que te avergüences, aunque sea poquito, por el apetito de disfrutar lo más posible con cuerpo y alma. Incluso estoy dispuesto a repetirte con la mayor convicción el consejo de un viejo maestro francés que mucho te recomiendo, Michel de Montaigne: «Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros. » En esa frase de Montaigne quiero destacarte dos cosas. La primera aparece al final de la recomendación y dice que los años nos van quitando sin cesar posibilidades de gozo por lo que no es prudente esperar demasiado para decidirse a pasarlo bien. Si tardas mucho en pasarlo bien, terminas por pasar de pasarlo bien... Hay que saber entregarse al saboreo del presente, lo que los romanos (y el un poco latoso profe-poeta de El club de los poetas muertos) resumían en-el dicho carpe diem. Pero esto no quiere decir que tengas que buscar hoy todos los placeres sino que debes buscar todos los placeres de hoy. Uno de los medios más seguros de estropear los goces del presente es empeñarte en que cada momento tenga de todo y que te brinde las satisfacciones más dispares e improbables. No te obsesiones con meter a la fuerza en el instante que vives los place- 1 res que no pegan; procura más bien encontrarle el guiño placentero a todo lo que hay. Vamos: no dejes que se te enfríe el huevo frito por esforzarte a contracorriente en conseguir una hamburguesa ni te amargues la hamburguesa ya
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    145 servida porque lefalta ketchup... Recuerda que lo placentero no es el huevo, ni la hamburguesa, ni la salsa, sino lo bien que tú sepas disfrutar con lo que te rodea. Lo cual me lleva al principio de la cita de Montaigne que antes te puse, cuando habla de aferrarse con uñas y dientes «al uso de los placeres de la vida». Lo bueno es usar los placeres, es decir, tener siempre cierto control sobre ellos que no les permita revolverse contra el resto de lo que forma tu existencia personal. Recuerda que hace bastantes páginas, con motivo de Esaú y sus lentejas recalentadas, hablamos de la complejidad de la vida y de lo recomendable que es para vivirla bien no simplificarla más de lo debido. El placer es muy agradable pero tiene una fastidiosa tendencia a lo excluyente: si te entregas a él con demasiada generosidad es capaz de irte dejando sin nada con el pretexto de hacértelo pasar bien. Usar los placeres, como dice Montaigne, es no permitir que cualquiera de ellos te borre la posibilidad de todos los otros y que ninguno te esconda por completo el contexto de la vida nada simple en que cada uno tiene su ocasión. La diferencia entre el «uso» y el «abuso» es precisamente ésa: cuando usas un placer, enriqueces tu vida y no sólo el placer sino que la vida misma te gusta cada vez más; es señal de que estás abusando el notar que el placer te va empobreciendo la vida y que ya no te interesa la vida sino sólo ese particular placer. 0 sea que el placer ya no es un ingrediente agradable de la plenitud de la vida, sino un refugio para escapar de la vida, para esconderte de ella y calumniarla mejor... A veces decimos eso de «me muero de gusto». Mientras se trate de lenguaje figurado no hay nada que objetar, porque uno de los efectos benéficos del placer muy intenso es disolver todas esas armaduras de rutina, miedo y trivialidad que llevamos puestas y que a menudo nos amargan más de lo que nos protegen; al perder esas corazas parecernos «morir» respecto a lo que habitualmente somos, pero para renacer luego más fuertes y animosos. Por eso los franceses, especialistas delicados en esos temas, llaman al orgasmo «la petite mort», la muertecita... Se trata de una «muerte» para vivir más y mejor, que nos hace más sensibles, más dulce o fieramente apasionados. Sin embargo, en otros casos el gusto que obtenemos amenaza con matarnos en el sentido más literal e irremediable de la palabra. 0 mata nuestra salud y nuestro cuerpo, o nos embrutece matando nuestra humanidad, nuestros miramientos para con los demás y para con el resto de lo que constituye nuestra vida. No voy a negarte que haya ciertos placeres por los que pueda merecer la pena jugarse la vida. El «instinto de conservación» a toda costa está muy bien pero no es más que eso: un instinto. Y los humanos vivimos un poco más allá de los instintos o si no la cosa tiene poca gracia. Desde el punto de vista del médico o del acojonado profesional, ciertos placeres nos hacen daño y suponen un peligro, aunque para quienes tenemos una perspectiva menos clínica sigan siendo muy respetables y considerables. Sin embargo, permíteme que desconfíe de todos los placeres cuyo principal encanto parezca ser el «daño» y el «peligro» que proporcionan. Una cosa es que te «mueras de gusto» y otra bastante distinta que el gusto consista en morirse... o al menos en ponerse «a morir». Cuando un placer te mata, o está siempre -para darte gusto- a punto de matarte o va matando en ti lo que en tu vida hay de humano (lo que hace tu existencia ricamente compleja y te permite ponerte en el lugar de los otros)... es un castigo disfrazado de placer, una vil trampa de nuestra enemiga la muerte. La ética consiste en apostar a favor de que la vida vale la pena, ya que hasta las penas de la vida valen la pena. Y valen la pena porque es a través de ellas como podemos alcanzar los placeres de la vida, siempre contiguos -es el destino- a los dolores. De modo que si me das a elegir obligadamente entre las penas de la vida y los placeres de la muerte, elijo sin dudar las primeras... ¡precisamente porque lo que me gusta es disfrutar y no perecer! No quiero placeres que me permitan huir de la vida, sino que me la hagan más intensamente grata. Y ahora viene la pregunta del millón: ¿cuál es la mayor gratificación que puede darnos algo en la vida? ¿Cuál es la recompensa más alta que podemos obtener de un esfuerzo, una caricia, una palabra, una música, un conocimiento, una máquina, o de montañas de dinero, del prestigio, de la gloria, del poder, del amor, de la ética o de lo que se te ocurra? Te advierto que la respuesta es tan sencilla que corre el riesgo de decepcionarte: lo máximo que podemos obtener sea de lo que sea es alegría. Todo cuanto lleva a la alegría tiene justificación (al menos desde un punto de vista, aunque no sea absoluto) y todo lo que nos aleja sin remedio de la alegría es un camino equivocado. ¿Qué es la alegría? Un «sí» espontáneo a la vida que nos brota de dentro, a veces cuando menos lo esperamos. Un «sí» a lo que somos, o mejor, a lo que sentimos ser. Quien tiene alegría ya ha recibido el premio máximo y no echa de menos nada; quien no tiene alegría -por sabio, guapo, sano,
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    146 rico, poderoso, santo,etc., que sea- es un miserable que carece de lo más importante. Pues bien, escucha: el placer es estupendo y deseable cuando sabemos ponerlo al servicio de la alegría, pero no cuando la enturbia o la compromete. El límite negativo del placer no es el dolor, ni siquiera la muerte, sino la alegría: en cuanto empezamos a perderla por determinado deleite, seguro que estamos disfrutando con lo que no nos conviene. Y es que la alegría, no sé si vas a entenderme aunque no logro explicarme mejor, es una experiencia que abarca placer y dolor, muerte y vida; es la experiencia que definitivamente acepta el placer y el dolor, la muerte y la vida. Al arte de poner el placer al servicio de la alegría, es decir, a la virtud que sabe no ir a caer del gusto en el disgusto, se le suele llamar desde tiempos antiguos templanza. Se trata de una habilidad fundamental del hombre libre pero hoy no está muy de moda: se la quiere sustituir por la abstinencia radical o por la prohibición policíaca. Antes que intentar usar bien algo de lo que se puede usar mal (es decir, abusar), los que han nacido para robots prefieren renunciar por completo a ello y, si es posible, que se lo prohiban desde fuera, para que así su voluntad tenga que hacer menos ejercicio. Desconfían de todo lo que les gusta; o, aún peor, creen que les gusta todo aquello de lo que desconfían. « ¡Que no me dejen entrar en un bingo, porque me lo jugaré todo! ¡Que no me consientan probar un porro, porque me convertiré en un esclavo babeante de la droga! » Etc. Son como esa gente que compra una máquina que les da masajes en la barriga para no tener que hacer flexiones con su propio esfuerzo. Y claro, cuanto más se privan a la fuerza de las cosas, más locamente les apetecen, más se entregan a ellas con mala conciencia, dominados por el más triste de todos los placeres: el placer de sentirse culpables. Desengáñate: cuando a uno le gusta sentirse «culpable», cuando uno cree que un placer es más placer auténtico si resulta en cierto modo «criminal», lo que se está pidiendo a gritos es castigo... El mundo está lleno de supuestos «rebeldes» que lo único que desean en el fondo es que les castiguen por ser libres, que algún poder superior de este mundo o de otro les impida quedarse a solas con sus tentaciones. En cambio, la templanza es amistad inteligente con lo que nos hace disfrutar. A quien te diga que los placeres son «egoístas» porque siempre hay alguien sufriendo mientras tú gozas, le respondes que es bueno ayudar al otro en lo posible a dejar de sufrir, pero que es malsano sentir remordimientos por no estar en ese momento sufriendo también 0 por estar disfrutando como el otro quisiera poder disfrutar. Comprender el sufrimiento de quien padece e intentar remediarlo no supone más que interés porque el otro pueda gozar también, no vergüenza porque tú estés gozando. Sólo alguien con muchas ganas de amargarse la vida y amargársela a los demás puede llegar a creer que siempre se goza contra alguien. Y a quien veas que considera «sucios» y «animales» todos los placeres que no comparte o que no se atreve a permitirse, te doy permiso para que le tengas por sucio y por bastante animal. Pero yo creo que esta cuestión ha quedado ya suficientemente clara, ¿no?
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    147 Vete leyendo... «Lo queel oído desea oír es música, y la prohibición de oír música se llama obstrucción al oído. Lo que el ojo desea es ver belleza, y la prohibición de ver belleza es llamada obstrucción a la vista. Lo que la nariz desea es oler perfume, y la prohibición de oler perfume es llamada obstrucción al olfato. De lo que la boca quiere hablar es de lo justo e injusto, y la prohibición de hablar de lo justo e injusto es llamada obstrucción al entendimiento. Lo que el cuerpo desea disfrutar son ricos alimentos y bellas ropas, y la prohibición de gozar de éstos se llama obstrucción a las sensaciones del cuerpo. Lo que la mente quiere es ser libre, y la prohibición a esta libertad se llama obstrucción a la naturaleza» (Yang Chu, siglo in d.C.). «El vicio corrige mejor que la virtud. Soporta a un vicioso y tomarás horror al vicio. Soporta a un virtuoso y pronto odiarás a la virtud entera» (Tony Duvert, Abecedario malévolo). «La moderación presupone el placer; la abstinencia, no. Por eso hay más abstemios que moderados» (Lichtenberg, Aforismos). «La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o les impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás» (John Stuart Mill, Sobre la libertad).
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    148 CAPÍTULO NOVENO ELECCIONES GENERALES Portodas partes te lo van a decir, de modo que no tendremos más remedio que hablar también un poco de ello. « ¡La política es una vergüenza, una inmoralidad! ¡Los políticos no tienen ética! »: ¿a que has oído repetir cosas así un millón de veces? Como primera norma, en estas cuestiones de las que venimos hablando, lo más prudente es desconfiar de quienes creen que su «santa» obligación consiste en lanzar siempre rayos y truenos morales contra la gente en general, sean los políticos, las mujeres, los judíos, los farmaceúticos o el pobre y simple ser humano tomado como especie. La ética, ya lo hemos dicho pero nunca viene mal repetirlo, no es un arma arrojadiza ni munición destinada a pegarle buenos cañonazos al prójimo en su Propia estima. Y mucho menos al prójimo en general, igual que si a los humanos nos hiciesen en serie como a los donuts. Para lo único que sirve la ética es para intentar mejorarse a uno mismo, no para reprender elocuentemente al vecino; y lo único seguro que sabe la ética es que el vecino, tú, yo y los demás estamos todos hechos artesanalmente, de uno en uno, con amorosa diferencia. De modo que a quien nos ruge al oído: « i Todos los... (políticos, negros, capitalistas, australianos, bomberos, lo que se prefiera) son unos inmorales y no tienen ni pizca de ética!», se le puede responder amablemente: «Ocúpate de ti mismo, so capullo, que más te vale», o cosa parecida. Ahora bien: ¿por qué tienen tan mala fama los políticos? A fin de cuentas, en una democracia políticos somos todos, directamente o por representación de otros. Lo más probable es que los políticos se nos parezcan mucho a quienes les votamos, quizá incluso demasiado; si fuesen muy distintos a nosotros, mucho peores o exageradamente mejores que el resto, seguro que no les elegiríamos para representarnos en el gobierno. Sólo los gobernantes que no llegan al poder por medio de elecciones generales (como los dictadores, los líderes religiosos o los reyes) basan su prestigio en que se les tenga por diferentes al común de los hombres. Corno son distintos a los demás (por su fuerza, por inspiración divina, por la familia a que pertenecen o por lo que sea) se consideran con derecho a mandar sin someterse a las urnas ni escuchar la opinión de cada uno de sus conciudadanos. Eso sí, asegurarán muy serios que el «verdadero» pueblo está con ellos, que la «calle» les apoya con tanto entusiasmo que no hace falta ni siquiera contar a sus partidarios para saber si son muchos o menos de muchos. En cambio, quienes desean alcanzar sus cargos por vía electoral procuran presentarse al público como gente corriente, muy «humanos», con las mismas aficiones, problemas y hasta pequeños vicios que la mayoría cuyo refrendo necesitan para gobernar. Por supuesto, ofrecen ideas para mejorar la gestión de la sociedad y se consideran capaces de ponerlas competentemente en práctica, pero son ideas que cualquiera debe poder comprender y discutir, así como tienen que aceptar también la posibilidad de ser sustituidos en sus puestos si no son tan competentes como dijeron o tan honrados como parecían. Entre esos políticos los habrá muy decentes y otros caraduras y aprovechados, como ocurre entre los bomberos, los profesores, los sastres, los futbolistas y cualquier otro gremio. Entonces, ¿de dónde viene su notoria mala fama?
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    149 Para empezar, ocupanlugares especialmente visibles en la sociedad y también privilegiados. Sus defectos son más públicos que los de las restantes personas; además, tienen más ocasiones de incurrir en pequeños o grandes abusos que la mayoría de los ciudadanos de a pie. El hecho de ser conocidos, envidiados e incluso temidos tampoco contribuye a que sean tratados con ecuanimidad. Las sociedades igualitarias, es decir, democráticas, son muy poco caritativas con quienes escapan a la media por encima o por abajo: al que sobresale, apetece apedrearle; al que se va al fondo, se le pisa sin remordimiento. Por otra parte, los políticos suelen estar dispuestos a hacer más promesas de las que sabrían o querrían cumplir. Su clientela se lo exige: quien no exagera las posibilidades del futuro ante sus electores y hace mayor énfasis en las dificultades que en las ilusiones, pronto se queda solo. Jugamos a creernos que los políticos tienen poderes sobrehumanos y luego no les perdonamos la decepción inevitable que nos causan. Si confiásemos menos en ellos desde el principio, no tendríamos que aprender a desconfiar tanto de ellos más tarde. Aunque a fin de cuentas siempre es mejor que sean regulares, tontorrones y hasta algo «chorizos», como tú o como yo, mientras sea posible criticarles, controlarles y cesarles cada cierto tiempo; lo malo es cuando son «Jefes» perfectos a los cuales, como se suponen a si mismos siempre en posesión de la verdad, no hay modo de mandarles a casa más que a tiros... Dejemos en paz a los señores políticos, que bastantes jaleos provocan ya sin nuestra ayuda. Lo que a ti y a mí nos importa ahora es si la ética y la política tienen mucho que ver y cómo se relacionan. En cuanto a su finalidad, ambas parecen fundamentalmente emparentadas: ¿no se trata de vivir bien en los dos casos? La ética es el arte de elegir lo que más nos conviene y vivir lo mejor posible; el objetivo de la política es el de organizar lo mejor posible la convivencia social, de modo que cada cual pueda elegir lo que le conviene. Como nadie vive aislado (ya te he hablado de que tratar a nuestros semejantes humanamente es la base de la buena vida), cualquiera que tenga la preocupación ética de vivir bien no puede desentenderse olímpicamente de la política. Sería como empeñarse en estar cómodo en una casa pero sin querer saber nada de las goteras, las ratas, la falta de calefacción y los cimientos carcomidos que pueden hacer hundirse el edificio entero mientras dormimos... Sin embargo, tampoco faltan las diferencias importantes entre ética y política. Para empezar, la ética se ocupa de lo que uno Mismo (tú, yo 0 cualquiera) hace con su libertad, mientras que la política intenta coordinar de la manera más provechosa para el conjunto lo que muchos hacen con sus libertades. En la ética, lo importante es querer bien, porque no se trata más que de lo que cada cual hace porque quiere (no de lo que le pasa a uno quiera o no, ni de lo que hace a la fuerza). Para la política, en cambio, lo que cuentan son los resultados de las acciones, se hagan por lo que se hagan, y el político intentará presionar con los medios a su alcance -incluida la fuerza- para obtener ciertos resultados y evitar otros. Tomemos un caso trivial: el respeto a las indicaciones de los semáforos. Desde el punto de vista moral, lo positivo es querer respetar la luz roja (comprendiendo su utilidad general, Poniéndose en el lugar de otras personas que pueden resultar dañadas si yo infrinjo la norma, etc.); pero si el asunto se considera políticamente, lo que importa es que nadie se salte los semáforos, aunque no sea más que por miedo a la multa o a la cárcel. Para el político, todos los que respetan la luz roja son igualmente «buenos», lo hagan por miedo, por rutina, por superstición o por convencimiento racional de que debe ser respetada; a la ética, en cambio, sólo le merecen aprecio verdadero estos últimos, porque son los que entienden mejor el uso de la libertad.
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    150 En una palabra,hay diferencia entre la pregunta ética que yo me hago a mí mismo (¿cómo quiero ser, sean como sean los demás?) y la preocupación política por que la mayoría funcione de la manera considerada más recomendable y armónica. Detalle importante: la ética no puede esperar a la política. No hagas caso de quienes te digan que el mundo es políticamente invivible, que está peor que nunca, que nadie puede pretender llevar una buena vida (éticamente hablando) en una situación tan injusta, violenta y aberrante como la que vivimos. Eso mismo se ha asegurado en todas las épocas y con razón, porque las sociedades humanas nunca han sido nada «del otro mundo», como suele decirse, siempre han sido cosa de este mundo y por tanto llenas de defectos, de abusos, de crímenes. Pero en todas las épocas ha habido personas capaces de vivir bien o por lo menos empeñadas en intentar vivir bien. Cuando podían, colaboraban en mejorar la sociedad en la que les había tocado desenvolverse; si eso no les era posible, por lo menos no la empeoraban, lo cual la mayoría de las veces no es poco. Lucharon -y luchan también hoy, no te quepa duda- por que las relaciones humanas políticamente establecidas vayan siendo eso, más humanas (o sea, menos violentas y más justas); pero nunca han esperado a que todo a su alrededor sea perfecto y humano para aspirar a la perfección y a la verdadera humanidad. Quieren ser los primeros de la buena vida, los que arrastran a los demás, y no los últimos a la zaga de todos. Quizá las circunstancias no les permitan llevar más que una vida relativamente buena, peor de lo que ellos desean... Bueno, ¿y qué? ¿Serían más sensatos siendo malos del todo, para dar gusto a lo peor del mundo y disgusto a lo mejor de sí mismos? Si estás seguro de que entre los alimentos que se te ofrecen hay muchos que están adulterados o podridos, ¿intentarás mientras puedas comer cosas sanas, aún sabiendo que no por ello dejarán de existir venenos en el mercado, o te envenenarás cuanto antes para seguir la corriente mayoritaria? Ningún orden político es tan malo que en él ya nadie pueda ser ni medio bueno: por muy adversas que sean las circunstancias, la responsabilidad final de sus propios actos la tiene cada uno y lo demás son coartadas. Del mismo modo, también son ganas de esconder la cabeza bajo el ala los sueños de un orden político tan impecable (utopía, suelen llamarlo) que en él todo el mundo fuese «automáticamente» bueno porque las circunstancias no permitiesen cometer el mal. Por mucho mal que haya suelto, siempre habrá bien para quien quiera bien; por mucho bien que hayamos logrado instalar públicamente, el mal siempre estará al alcance de quien quiera mal. ¿Te acuerdas? A ésto le venimos llamando «libertad» hace ya no poco rato... Desde un punto de vista ético, es decir, desde la perspectiva de, lo que conviene para la vida buena, ¿cómo será la organización política preferible, aquella que hay que esforzarse por conseguir y defender? Si repasas un poco lo que hemos venido diciendo hasta aquí (temo, ay, que el rollo vaya siendo demasiado largo para que te acuerdes de todo) ciertos aspectos de ese ideal se te ocurrirán en cuanto reflexiones con atención sobre el asunto: a) Como todo el proyecto ético parte de la libertad, sin la cual no hay vida buena que valga, el sistema político deseable tendrá que respetar al máximo -o limitar mínimamente, como prefieras las facetas públicas de la libertad humana: la libertad de reunirse o de separarse de otros, la de expresar las opiniones y la de inventar belleza o ciencia, la de trabajar de acuerdo con la propia vocación o interés, la de intervenir en los asuntos públicos, la de trasladarse o instalarse en un lugar, la libertad de elegir los propios goces de cuerpo y de alma, etc. Abstenerse dictaduras, sobre todo las que son «por nuestro bien» (o por «el bien común», que viene a ser lo mismo). Nuestro mayor bien -particular o común- es ser libres.
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    151 Desde luego, unrégimen político que conceda la debida importancia a la libertad insistirá también en la responsabilidad social de las acciones y omisiones de cada uno (digo omisiones porque a veces se hace también no haciendo). Por regla general, cuanto menos responsable resulte cada cual de sus méritos o fechorías (y se diga, por ejemplo, que son fruto de la «historia», la «sociedad establecida», las «reacciones químicas del organismo», la «propaganda», el «demonio» o cosas así) menos libertad se está dispuesto a concederle. En los sistemas políticos en que los individuos nunca son del todo «responsables», tampoco suelen serlo los gobernantes, que siempre actúan movidos por las «necesidades» históricas o los imperativos de la «razón de Estado». ¡Cuidado con los políticos para quien todo el mundo es «víctima» de las circunstancias... o «culpable» de ellas! b) Principio básico de la vida buena, como ya hemos visto, es tratar a las personas como a personas, es decir: ser capaces de ponernos en el lugar de nuestros semejantes y de relativizar nuestros intereses para armonizarlos con los suyos. Si prefieres decirlo de otro modo, se trata de aprender a considerar los intereses del otro como si fuesen tuyos y los tuyos como si fuesen de otro. A esta virtud se le llama justicia y no puede haber régimen político decente que no pretenda, por medio de leyes e instituciones, fomentar la justicia entre los miembros de la sociedad. La única razón para limitar la libertad de los individuos cuando sea indispensable hacerlo es impedir, incluso por la fuerza si no hubiera otra manera, que traten a sus semejantes como si no lo fueran, o sea que los traten como a juguetes, a bestias de carga, a simples herramientas, a seres inferiores, etc. A la condición que puede exigir cada humano de ser tratado como semejante a los demás, sea cual fuere su sexo, color de piel, ideas o gustos, etc., se le llama dignidad. Y fíjate qué curioso: aunque la dignidad es lo que tenemos todos los humanos en común, es precisamente lo que sirve para reconocer a cada cual como único e irrepetible. Las cosas pueden ser «cambiadas» unas por otras, se las puede «sustituir» por otras parecidas o mejores, en una palabra: tienen su «precio» (el dinero suele servir para facilitar estos intercambios, midiéndolas todas por un mismo rasero). Dejemos de lado por el momento que ciertas «cosas» estén tan vinculadas a las condiciones de la existencia humana que resulten insustituibles y por lo tanto «que no puedan ser compradas ni por todo el oro del mundo», como pasa con ciertas obras de arte o ciertos aspectos de la naturaleza. Pues bien, todo ser humano tiene dignidad y no precio, es decir, no puede ser sustituido ni se le debe maltratar con el fin de beneficiar a otro. Cuando digo que no puede ser sustituido, no me refiero a la función que realiza (un carpintero puede sustituir en su trabajo a otro carpintero) sino a su personalidad propia, a lo que verdaderamente es; cuando hablo de «maltratar» quiero decir que, ni siquiera si se le castiga de acuerdo a la ley o se le tiene políticamente como enemigo, deja de ser acreedor a unos miramientos y a un respeto. Hasta en la guerra, que es el mayor fracaso del intento de «buena vida» en común de los hombres, hay comportamientos que suponen un crimen mayor que el propio crimen organizado que la guerra representa. Es la dignidad humana lo que nos hace a todos semejantes justamente porque certifica que cada cual es único, no intercambiable y con los mismos derechos al reconocimiento social que cualquier otro. c) La experiencia de la vida nos revela en carne propia, incluso a los más afortunados, la realidad del sufrimiento. Tomarse al otro en serio, poniéndonos en su lugar, consiste no sólo en reconocer su dignidad de semejante sino también en simpatizar con sus dolores, con las desdichas que por error propio, accidente fortuito o necesidad biológica le afligen, como antes o después pueden afligimos a todos. Enfermedades, vejez, debilidad insuperable, abandono, trastorno emocional o mental, pérdida de lo más querido o de lo más imprescindible, amenazas y agresiones violentas por parte de los más fuertes o de los menos escrupulosos... Una comunidad política deseable tiene que garantizar dentro de lo posible la asistencia comunitaria a los que sufren y la ayuda a los que por cualquier razón menos pueden ayudarse a sí mismos. Lo difícil es lograr que esta asistencia no se haga a costa de la libertad y la dignidad de la persona. A veces el Estado, con el pretexto de ayudar a los inválidos, termina por tratar como si fuesen inválidos a toda la población. Las desdichas
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    152 nos ponen enmanos de los demás y aumentan el poder colectivo sobre el individuo: es muy importante esforzarse porque ese poder no se emplee más que para remediar carencias y debilidades, no para perpetuarlas bajo anestesia en nombre de una «compasión» autoritaria. Quien desee la vida buena para sí mismo, de acuerdo al proyecto ético, tiene también que desear que la comunidad política de los hombres se base en la libertad, la justicia y la asistencia. La democracia moderna ha intentado a lo largo de los dos últimos siglos establecer (primero en la teoría y poco a poco en la práctica) esas exigencias mínimas que debe cumplir la sociedad política: son los llamados derechos humanos cuya lista todavía es hoy, para nuestra vergüenza colectiva, un catálogo de buenos propósitos más que de logros efectivos. Insistir en reivindicarlos al completo, en todas partes y para todos, no unos cuantos y sólo para unos cuantos, sigue siendo la única empresa política de la que la ética no puede desentenderse. Respecto a que la etiqueta que vayas a llevar en la solapa mientras tanto haya de ser de «derechas», de «izquierdas», de «centro» o de lo que sea... bueno, tú verás, porque yo paso bastante de esa nomenclatura algo anticuada. Lo que sí me parece evidente es que muchos de los problemas que hoy se nos presentan a los cinco mil millones de seres humanos que atiborramos el planeta (y el censo sigue, ay, en aumento) no pueden ser resueltos, ni siquiera bien planteados, más que de forma global para todo el mundo. Piensa en el hambre, que hace morir todavía a tantísimos millones de personas, o el subdesarrollo económico y educativo de muchos países, o la pervivencia de sistemas políticos brutales que oprimen sin remilgos a su población y amenazan a sus vecinos, o el derroche de dinero y ciencia en armamentos, o la simple y llana miseria de demasiada gente incluso en naciones ricas, etc. Creo que la actual fragmentación política del mundo (de un mundo ya unificado por la interdependencia económica y la universalización de las comunicaciones) no hace más que perpetuar estas lacras y entorpecer las soluciones que se proponen. Otro ejemplo: el militarismo, la inversión frenética en armamento de recursos que podrían resolver la mayoría de las carencias que hoy se padecen en el mundo, el cultivo de la guerra agresiva (arte inmoral de suprimir al otro en lugar de intentar ponerse en su lugar)... ¿Crees tú que hay otro modo de acabar con esa locura que no sea el establecimiento de una autoridad a escala mundial con fuerza suficiente para disuadir a cualquier grupo de la afición a jugar a batallitas? Por último, antes te decía que algunas cosas no son sustituibles como lo son otras: esta «cosa» en que vivimos, el planeta Tierra, con su equilibrio vegetal y animal, no parece que tenga sustituto a mano ni que sea posible «comprarnos» otro mundo si por afán de lucro o por estupidez destruimos éste. Pues bien, la Tierra no es un conjunto de parches ni de parcelas: mantenerla habitable y hermosa es una tarea que sólo puede ser asumida por los hombres en cuanto comunidad mundial, no desde el ventajismo miope de unos contra otros. A lo que voy: cuanto favorece la organización de los hombres de acuerdo con su pertenencia a la humanidad y no por su pertenencia a tribus, me parece en principio políticamente interesante. La diversidad de formas de vida es algo esencial (¡imagínate qué aburrimiento si faltase!) pero siempre que haya unas pautas mínimas de tolerancia entre ellas y que ciertas cuestiones reúnan los esfuerzos de todos. Si no, lo que conseguiremos es una diversidad de crímenes y no de culturas. Por ello te confieso que aborrezco las doctrinas que enfrentan sin remedio a un os hombres con otros: el racismo, que clasifica a las personas en primera, segunda o tercera clase de acuerdo con fantasías pseudocientíficas; los nacionalismos feroces, que consideran que el individuo no es nada y la identidad colectiva lo es todo; las ideologías fanáticas, religiosas o civiles, incapaces de respetar el pacífico conflicto entre opiniones, que exigen a todo el mundo creer y respetar lo que ellas consideran la «verdad» y sólo eso, etc. Pero no quiero ahora empezar a darte la paliza política ni contarte mis puntos de vista sobre todo lo divino y
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    153 lo humano. Eneste último capítulo sólo he pretendido señalarte que hay exigencias políticas que ninguna persona que quiera vivir bien puede dejar de tener. Del resto ya hablaremos... En otro libro. Vete leyendo... «No el Hombre, sino los hombres habitan este planeta. La pluralidad es la ley de la Tierra» (Hanna Arendt, La vida del espíritu). «Si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría de mi espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientras que no soy francés más que por casualidad» (Montesquieu). «Aunque los estados observasen los pactos entre ellos perfectamente, es lamentable que el uso de ratificarlo todo por un juramento religioso haya entrado en las costumbres -como si dos pueblos separados por un ligero espacio, solamente por una colina o por un río, no estuviesen unidos por lazos sociales fundados en la propia naturaleza- pues esta práctica hace creer a los hombres que han nacido para ser adversarios o enemigos, y que tienen el deber de trabajar en su perdición recíproca, a menos que se lo impidan los tratados. ( ... ). Por el contrario, nadie debería ser tenido por enemigo, si no hubiese causado un daño real. La comunidad de naturaleza es el mejor de los tratados y los hombres están más íntima y más fuertemente unidos por la voluntad de hacerse recíprocamente el bien que por los pactos, más vinculados por el corazón que por las palabras» (Tomás Moro, Utopía).
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    154 EPILOGO TENDRAS QUE PENSARLO Bien,ya está. A trancas y barrancas, desde luego, pero lo principal creo que ahí queda dicho. Me refiero a lo «principal» que yo soy capaz de decirte ahora: otras cosas mucho más principales tendrás que aprenderlas de otros o, lo que será mejor, pensarlas por ti mismo. No pretendo que te tomes este libro demasiado en serio, ¡por nada del mundo! Después de todo, es muy probable que ni siquiera se trate de un verdadero libro de ética, al menos si Wittgenstein tenía razón. Este notable filósofo contemporáneo consideraba tan imposible escribir un verdadero libro de ética que afirmó: «Si un hombre pudiese escribir un libro sobre ética que fuese verdaderamente un libro sobre ética, ese libro, como una explosión, aniquilaría todos los demás libros del mundo. »Aquí me tienes, ya acabando estas páginas que te dirijo y sin haber oído el trueno aniquilador de ninguna explosión. Mis viejos libros que tanto quiero (incluido ése en el que Wittgenstein expresa la opinión antes citada) siguen afortunadamente incólumes en los estantes de la biblioteca. Por lo visto no me ha salido el encantamiento, digo el libro de ética: tú, tranquilo. Otros muchísimo mejores que yo lo intentaron antes con resultados que tampoco hicieron volar en añicos el resto de la literatura pero que de todos modos harás bien en intentar conocer: Aristóteles, Spinoza, Kant, Nietzsche... Aunque me he propuesto no citártelos a cada rato porque estábamos hablando entre amigos, te confieso que lo más aprovechable que pueda haber en las páginas anteriores viene de ellos: a mí sólo me corresponde la paternidad de las tonterías (¡perdona, no te des por aludido!). De modo que este libro no tienes por qué tomártelo demasiado en serio. Entre otras cosas porque la «seriedad» no suele ser una señal inequívoca de sabiduría, como creen los pelmazos: la inteligencia debe saber reír... Su tema, en cambio, harás bien en no pasarlo por alto: trata de lo que puedes hacer con tu vida y si eso no te interesa, ya no sé lo que puede interesarte. ¿Cómo vivir del mejor modo posible? Esta pregunta me resulta mucho más sustanciosa que otras aparentemente más tremendas: «¿Tiene sentido la vida? ¿Merece la pena vivir? ¿Hay vida después de la muerte?» Mira, la vida tiene sentido y sentido único; va hacia adelante, no hay moviola, no se repiten las jugadas ni suelen poder corregirse. Por eso hay que reflexionar sobre lo que uno quiere y fijarse en lo que se hace. Después... guardar siempre el ánimo ante los fallos, porque la suerte también juega y a nadie se le deja acertar en todas las ocasiones. ¿El sentido de la vida? Primero, procurar no fallar; luego, procurar fallar sin desfallecer. En cuanto a si merece la pena vivir, te remito a lo que comentaba a este respecto Samuel Butler, un escritor inglés a menudo guasón: «Ésa es una pregunta para un embrión, no para un hombre.» Cualquiera que sea el criterio que elijas para juzgar si la vida vale la pena o no, lo tendrás que tomar de esa misma vida en la que ya estás sumergido. Incluso si rechazas la vida, lo harás en nombre de valores vitales, de ideales o ilusiones que has aprendido durante el oficio de vivir. De modo que es la vida lo que vale... incluso para quien llega a la conclusión de que no vale la pena vivir. ¡Más razonable sería preguntarnos si «tiene sentido la muerte», si la muerte «vale la pena», porque de ésa si que no sabemos nada, ya que todo nuestro saber y todo lo que para nosotros vale proviene de la vida! Creo que toda ética digna de ese nombre parte de la vida y se propone reforzarla, hacerla más rica. Me atreveré a ir más lejos, ahora que nadie nos oye: pienso que sólo es bueno el que siente una antipatía activa por la muerte. ¡Ojo! Digo «antipatía» y no «miedo»; en el miedo siempre hay un inicio de respeto y bastante sumisión. No creo que la muerte se merezca tanto... Pero ¿hay vida después de la muerte? Desconfío de todo lo que debe conseguirse gracias a la muerte, aceptándola, utilizándola, haciendo manitas con ella, sea la gloria en este mundo o la vida perdurable en algún otro. Lo que me interesa no es si hay
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    155 vida después dela muerte, sino que haya vida antes. Y que esa vida sea buena, no simple supervivencia o miedo constante a morir. Me quedo pues con la pregunta acerca de cómo vivir mejor. A lo largo de todos los capítulos anteriores he intentado no tanto contestarla como ayudarte a comprenderla más a fondo. En cuanto a la respuesta, me temo que no vas a tener más remedio que buscártela personalmente. Y eso por tres razones: a) Por la propia incompetencia de tu improvisado maestro, o sea yo. ¿Cómo voy yo a enseñar a vivir bien a nadie si sólo acierto a vivir regular y gracias? Me siento como un calvo anunciando un crecepelo insuperable... b) Porque vivir no es una ciencia exacta, como las matemáticas, sino un arte, como la música. De la música se pueden aprender ciertas reglas y se puede escuchar lo que han creado grandes compositores, pero si no tienes oído, ni ritmo, ni voz, de poco va a servirte todo eso. Con el arte de vivir pasa lo mismo: lo que puede enseñarse le viene muy bien a quien tiene condiciones, pero al «sordo» de nacimiento son cosas que le aburren o le lían aún más de lo que está. Claro que en este campo la mayoría de los sordos suelen serlo voluntariamente... c) La buena vida no es algo general, fabricado en serie, sino que sólo existe a la medida. Cada cual debe ir inventándosela de acuerdo con su individualidad, única, irrepetible... y frágil. En lo de vivir bien, la sabiduría o el ejemplo de los demás pueden ayudarnos pero no sustituirnos... La vida no es como las medicinas, que todas vienen con su prospecto en el que se explican las contraindicaciones del producto y se detalla la dosis en que debe ser consumido. Nos la dan sin receta, la vida, y sin prospecto. La ética no puede suplir del todo esa deficiencia porque no es más que la crónica de los esfuerzos hechos por los humanos para remediarla. Un escritor francés muerto no hace mucho, Georges Perec, escribió un libro titulado así: La vida: instrucciones para su uso. Pero se trata de una deliciosa e inteligente broma literaria, no de un sistema de ética. Por eso he renunciado a darte una serie de instrucciones sobre cuestiones concretas: que si el aborto, que si los preservativos, que si la objeción de conciencia, que si patatín o que si patatán. Ni mucho menos he tenido el atrevimiento (¡tan repelentemente típico de quienes se consideran «moralistas»!) de predicarte en tono lastimero o indignado sobre los «males» de nuestro siglo: el consumismo, ¡ah!, la insolidaridad, ¡eh!, el afán de dinero, ¡oh!, la violencia, ¡uh!, la crisis de valores, ¡ah, eh, oh, uh! Tengo mis opiniones sobre esos temas y sobre otros, pero' yo no soy «la ética»: sólo soy papá. A través de mí, la ética lo único que puede decirte es que busques y pienses por ti mismo, en libertad sin trampas: responsablemente. He intentado enseñarte formas de andar, pero ni yo ni nadie tiene derecho a llevarte en hombros. ¿Acabo con el último consejo, sin embargo? Ya que se trata de elegir, procura elegir siempre aquellas opciones que permiten luego mayor número de otras opciones posibles, no las que te dejan cara a la pared. Elige lo que te abre: a los otros, a nuevas experiencias, a diversas alegrías. Evita lo que te encierra y lo que te entierra. Por lo demás, ¡suerte! Y también aquello otro que una voz parecida a la mía te gritó aquel día en tu sueño cuando amenazaba arrastrarte el torbellino: ¡confianza! Despedida
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    156 Adi s, amigo lector;intenta no ocupar tu vida en odiar y tener miedo (Sthendal, Lucien Leuwen). INDICE Aviso antipedagógico ..................... I. De qué va la ética ..................................... - II. Ordenes, costumbres y caprichos III. Haz lo que quieras ............... IV. Date la buena vida ................ V. ¡Despierta, baby! .................. VI. Aparece Pepito Grillo ............. VII. Ponte en su lugar - - VIII. Tanto gusto ......... IX. Elecciones generales Epílogo. Tendrás que pensártelo CONTRAPORTADA Su autor es catedrático de ética en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado diversos libros sobre la materia, entre los que cabe mencionar La tarea del héroe (Premio Nacional de Ensayo), Invitación a la ética (Premio Anagrama), El contenido de la felicidad, Ética como amor propio, Humanismo impenitente, etc.
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