"2016. Año del Centenario de la Instalación del Congreso Constituyente"
ESCUELANORMAL No. 3 DE NEZAHUALCÓYOTL
Control de Lectura
FLORESCANO, E. (2012). La función social de la historia.
Presenta: Gloria Trujillo Cristina Aideé
Curso: Educación Histórica en el Aula
Profesor: Zeyla María Luna Gutiérrez
Grado: 2º Grupo: Único
Nezahualcóyotl, México, a 29 de Febrero del 2016
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN
SUBSECRETARÍA DE EDUCACIÓN BÁSICA Y NORMAL
DIRECCIÓN GENERAL DE EDUCACIÓN NORMAL Y DESARROLLO DOCENTE
SUBDIRECCIÓN DE EDUCACIÓN NORMAL
ESCUELA NORMAL No. 3 DE NEZAHUALCÓYOTL
SAN MATEO ESQ. NARVARTE S/N, COL. AMP. VICENTE VILLADA
NEZAHUALCOYOTL, MÉXICO, 57710
TEL/FAX 57-97-16-43
normal3neza@prodigy.net.mx
C.C.T. 15ENS0047T
La función social de la historia
Para Florescano, el historiador es ante todo un gran deudor de sus antecesores y
de su grupo social. No hay determinismo ni unicidad, sin embargo, en esta
definición. El reconocimiento de que en cada tiempo "conviven y luchan entre sí
diferentes concepciones del pasado" lo lleva a afirmar la necesidad de impulsar una
historia plural, "representativa de la diversidad social que constituye a las naciones",
menciona que el estudio de la historia ilumina los mecanismos que impulsaron el
desarrollo de los pueblos, informa sobre las ideas que esos pueblos se hicieron de
su desenvolvimiento histórico, y permite registrar la variedad de artefactos que
imaginaron para almacenar, retener y difundir la memoria del pasado.
Sobre estas definiciones fundamentales, el autor realiza una amplia revisión de las
principales formas y funciones del hacer historia, desde la Grecia clásica a nuestros
días. Destaca la capacidad de síntesis comprehensiva de Florescano, signada por
la articulación (el tejido) de un argumento propio explícito a la vez que respetuoso
del relato. Para el autor, la empatía necesita distinguir con claridad el presente del
pasado y la función de la historiografía de su instrumentalidad. No se inclina a
pensar la historia como maestra de la vida, o principalmente como tal: la historia
puede operar, y así lo hizo tradicionalmente en tanto historia de un grupo (etnia,
estado, partido, nación), para dotar con la densidad del pasado la justificación a las
aberraciones del poder en el presente, "utilitariamente". Para Florescano, la historia
no se ha demostrado como una buena maestra, sino más bien como una portadora
de sabiduría a la que se debe aprender a interrogar críticamente, sin dogmatismos,
reconociendo la pluralidad de voces (contradictorias incluso) que en ella coexisten
y que han quedado opacadas bajo el peso de la unidad estatal.
En este sentido el autor reivindica una noción ilustrada de la historiografía,
rescatando el contenido democratizante de dicho proyecto. Es posible desarrollar
buenas historiografías del Estado-nacional, señala, en la medida en que
empáticamente se reconoce la profunda heterogeneidad de lo nacional. En esa
línea, desde mediados del siglo XX, se habrían ubicado los aportes de Annales y
diferentes marxismos, en un movimiento de ampliación porosa de las fronteras
temáticas y epistemológicas de la historiografía.
Discurso de identidad
Analizando las diversas funciones que han cumplido historiadores e historiografías,
el autor plantea que lo permanente, lo compartido, ha sido la producción de
identidad y parentesco, uniendo "las experiencias del pasado con las expectativas
del futuro en una imagen comprehensiva del proceso social" (p. 23). La historia,
"oficio de la comprensión" y de la imaginación, supone establecer, una "comunión
fraterna entre sujeto y objeto, entre el historiador y el documento": es un ejercicio
de amistad, por tanto. Pero es también un deber moral, plantea con Ricoeur, el
intento de aprehender lo que fue y no terminó de ser. En la línea de Thompson, el
historiador trabajaría para pagar su deuda, siempre colectiva, con los que han sido
y con los que están siendo y quienes, al ser, nos han hecho.
Conocimiento de lo extraño y remoto
La inquisición histórica nos abre al reconocimiento del otro, y en esa medida nos
hace participes de experiencias no vividas pero con las cuales nos identificamos y
formamos nuestra idea de la pluralidad de la aventura humano. La inmersión en el
pasado es un encuentro con formas de vidas distintas, marcadas por la presencia
de diversos medios naturales y culturales. Esto no obliga a conocer lugares nunca
vistos antes, a familiarizarnos con condiciones de vida que difieren de las propias,
y de ese modo nos incita a reconocer otros valores y a romper las barreras de la
incomprensión fabricadas por nuestro propio entorno social.
Registro del transcurrir temporal
La imaginación histórica se esfuerza por revivir lo que ha desaparecido. La historia
es el estudio del cambio de los individuos y las sociedades en el tiempo, su objeto
es el cambio de la vida social.
El historiador registra el cambio instantáneo, casi imperceptible, que el pasado de
los días provoca en las vidas individuales y colectivas. Estudia los impactos
formidables producidos por las conquistas, las revoluciones y las explosiones
políticas que dislocan a grupos étnicos, pueblos y naciones.
La historia ha impuesto la carga de vivir constantemente la brevedad de la existencia
individual, la incertidumbre de que nuestros actos de hoy se apoyan en la
experiencia del pasado y se prolongaran en el futuro.
Encuentro con lo irreparable
La historiografía, por ello, tiene por objeto la transformación, el cambio. Y
atendiendo a ello Florescano pasa revista a diferentes nociones del tiempo y a la
centralidad de la personificación, advirtiendo contra el anacronismo historiográfico
y subrayando el deber de "capturar lo irrepetible", contra el inmovilismo y la
permanencia, la particularidad y el cambio, o la empatía, el reconocimiento, de la
diferencia de otros tiempos y los tiempos de otros (p. 37). Si el oficio se define como
una amistad, ello supone conocer y acoger a una contraparte que existe en pleno
derecho.
La historia, advierte Erik Hornung, “inexorablemente destruye los valores “eternos”
y “absolutos” y demuestra la relatividad de los referentes absolutos que nos
esforzamos por establecer”.
Los orígenes del arte de historiar en la tradición occidental.
En la Grecia clásica (siglo V a.C) y en la Roma funcional de la Republica y del
imperio (siglos I-IV d.C) se ubica el origen del conocimiento histórico como hoy lo
entendemos y la definición de sus fines.
Heródoto (484-428 a.C.): realizo las primeras indagaciones (istoria) sobre las
acciones humanas. Su decisión sobre ser un observador del pasado está inscrita
en el proemio a Los nueve libros de la historia el cual su objetivo era que no se
desvanezcan los hechos de los hombres y no queden sin gloria grandes y
maravillosas obras, así como de los griegos y barbaros, pero sobre todo las causas
de la guerra. Cada libro lleva por nombre el de una musa.
Heródoto logro componer una historia muy estimable con lo que él vio en sus viajes
y en la tradición oral, según él lo que se relata en su obra lo vio el o lo supo por
testigos fidedignos, el consideraba un deber referir lo que se dice, pero no creerlo
del todo. Dentro de su obra se menciona un principio básico de la indagación
histórica: observación directa.
Tucídides (465-396 d.C.): propone construir la historia considerando
exclusivamente los hechos y acciones de las que fue testigo, niega valor a las
indagaciones sobre el pasado distante. Proclama que el historiador debe ser el
garante personal de lo que escribe. No es partidario de relacionar los hechos
actuales con los del pasado; para el los actos políticos son más fáciles de
comprender que otra cosa.
Polibio (ca. 201-120 a.C.): su obra sirve a la política práctica y escribe una historia
universal, centrada en el dominio y la expansión de Roma; su énfasis está en los
fines pragmáticos y didácticos de la historia.
“Si se suprime de la historia el porqué, el cómo, el gracias a quien, sucedió lo
sucedió y si el resultado fue lógico, lo que queda es un ejerciciopero no una lección.
De momento divierte, pero es totalmente inútil para el futuro”
Tito Livio (59 a.C – 17 d.C.): “lo principal y lo más saludable es poner ante la vista
en luminoso monumento enseñanzas de todo género que parecen decirnos: esto
debes hacer en provecho tuyo o en el de la república; esto debes evitar porque es
vergonzoso pensarlo y vergonzoso hacerlo.”
Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.): fue el más grande retórico de su época, autor de
la célebre frase: historia magistra vitae, entre sus conceptos esta la primera ley de
la historia “no atreverse a dar nada falso ni a callar nada verdadero; que al escribirla
no haya sospecha ni de halago ni de antipatía”.
Luciano de Samosata (ca. 120 – 180 d.C): el historiador debe ser “ante todo y sobre
todo” libre de sus opiniones y a nadie tema y de nadie espere, pues de otro modo
seria como esos jueces malos que, por dinero, sentencian inspirándose en el favor
o en el odio. Su único deber debe ser narrar con veracidad los hechos.
El pasado como historia contemporánea y evidencia de lo realmente ocurrido.
Benedetto Croce, al observar que la reflexión sobre el pasado está contaminado por
los valores y preocupaciones del presente, pronuncia una sentencia célebre: dijo
que toda indagación sobre el pasado es siempre historia contemporánea. El
historiador, por más esfuerzos que haga para situarse en el pasado y analizarlo en
sus propios términos, no puede escapar a la determinación de interrogarlo desde el
presente y de producir, fatalmente, una imagen del pasado transida de las presiones
y expectativas del momento en que escribe. “Solo hay un sistema de valores cuya
aplicación nos facilita la organización del material histórico […] un sistema de
valores que esta fuera de la historia.” Henri Ricoeur, observa que “al final del análisis
se puede decir que el historiador no conoce el pasado, sino solo su propio
pensamiento acerca del pasado”
La segunda parte del libro se concentra en los pilares contemporáneos del quehacer
historiográfico, evaluando críticamente polémicas y tendencias relativamente
recientes. Entre ellas el largamente discutido 'retorno de la narración', la relación
entre historia y mito y verdad y ficción, así como los estudios de memoria y sus usos.
A partir de ese recuento informado, notable síntesis de aquellos debates, se atreve
a postular algunos desafíos que se presentan para historiadores e historiadoras de
nuestros días. Retomando su hilo argumental, Florescano plantea que el más
importante de ellos es el de contribuir a producir ciudadanos. La buena
historiografía, sugiere, opera como un "almacén de la memoria colectiva", desde el
cual es posible "comprender al mundo contemporáneo y actuar sobre él de manera
libre y responsable". Con palabras de Antoine Prost, define la historia como "un
instrumento de educación política", al servicio de una ciudadanía activa, crítica,
respetuosa de la diversidad que nos ha conducido hasta el presente y cuya
existencia es garantía contra los totalitarismos.
En esa misma línea, Florescano vuelve sobre el mito como forma antigua de contar
la historia, en un análisis que vincula oralidad, alfabeto y escritura, atravesada por
la invención de la imprenta. En todos sus formatos, la narración de los hechos del
pasado de la comunidad ha cumplido un papel clave, en tanto asegura la
supervivencia de dicha comunidad. Esa memoria viva, en permanente
transformación, plantea el autor, se comenzó a fijar con la proliferación de
funcionarios y archivos. El Estado llegó a convertirse -fuerza homogenizante
impulsada por la burocracia, la escolarización y la imprenta- en el gran productor de
historia en los últimos siglos. Al punto que llegó a interpretarse literalmente la
consigna de que "la historia se hace con documentos". Con Febvre, Florescano
rescata el deber de trabajar con las referencias de la estatalidad y también fuera de
ella. Una buena historia sería, por tanto, la que planea el rescate de las experiencias
capturadas en la totalización del documento escrito y reconoce como fuentes textos
y narraciones, danzas y pictografías, las memorias dispersas y la persistente
heterogeneidad de las memorias locales. La Historia, y también los mitos.
Hay diferencias, sin embargo, entre una y otros. En una síntesis muy lograda de la
vieja polémica abierta por Hayden White, Florescano se aproxima a Ginzburg y
Chartier para sostener las diferencias entre ficción e historia. Para hacerlo recorre
las claves de la novela histórica europea desde fines del siglo XVIII, así como los
códices mesoamericanos, y basándose en Ricoeur desarrolla tres fases del
quehacer historiográfico que considera como sus pilares: la de la revisión
documental, la de la construcción de un marco explicativo-comprensivo y la de
poner esa revisión por escrito. Reconociendo con White que la historiografía puede
ser tan limitada como la narrativa de ficción, el autor aboga por el eclecticismo
teórico para aproximarse a un fin que difiere radicalmente de los de aquella: la
construcción de una explicación rigurosa, conceptualmente guiada, de lo que en el
pasado ha sido. Del texto emerge así una pregunta: ¿cómo se introducen cientos
de memorias en una sola historia? La respuesta de Florescano no es definitiva, pero
parece ir en dos direcciones: desarrollando el aparato conceptual que guía la
investigación y descreyendo de las historias únicas y de toda mono causalidad.
Como dice el autor a través de las palabras de David Harlan: "el mejor modo de
respetar a los muertos es ayudarlos a hablar con los vivos"

La función social de la historia

  • 1.
    "2016. Año delCentenario de la Instalación del Congreso Constituyente" ESCUELANORMAL No. 3 DE NEZAHUALCÓYOTL Control de Lectura FLORESCANO, E. (2012). La función social de la historia. Presenta: Gloria Trujillo Cristina Aideé Curso: Educación Histórica en el Aula Profesor: Zeyla María Luna Gutiérrez Grado: 2º Grupo: Único Nezahualcóyotl, México, a 29 de Febrero del 2016 SECRETARÍA DE EDUCACIÓN SUBSECRETARÍA DE EDUCACIÓN BÁSICA Y NORMAL DIRECCIÓN GENERAL DE EDUCACIÓN NORMAL Y DESARROLLO DOCENTE SUBDIRECCIÓN DE EDUCACIÓN NORMAL ESCUELA NORMAL No. 3 DE NEZAHUALCÓYOTL SAN MATEO ESQ. NARVARTE S/N, COL. AMP. VICENTE VILLADA NEZAHUALCOYOTL, MÉXICO, 57710 TEL/FAX 57-97-16-43 normal3neza@prodigy.net.mx C.C.T. 15ENS0047T
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    La función socialde la historia Para Florescano, el historiador es ante todo un gran deudor de sus antecesores y de su grupo social. No hay determinismo ni unicidad, sin embargo, en esta definición. El reconocimiento de que en cada tiempo "conviven y luchan entre sí diferentes concepciones del pasado" lo lleva a afirmar la necesidad de impulsar una historia plural, "representativa de la diversidad social que constituye a las naciones", menciona que el estudio de la historia ilumina los mecanismos que impulsaron el desarrollo de los pueblos, informa sobre las ideas que esos pueblos se hicieron de su desenvolvimiento histórico, y permite registrar la variedad de artefactos que imaginaron para almacenar, retener y difundir la memoria del pasado. Sobre estas definiciones fundamentales, el autor realiza una amplia revisión de las principales formas y funciones del hacer historia, desde la Grecia clásica a nuestros días. Destaca la capacidad de síntesis comprehensiva de Florescano, signada por la articulación (el tejido) de un argumento propio explícito a la vez que respetuoso del relato. Para el autor, la empatía necesita distinguir con claridad el presente del pasado y la función de la historiografía de su instrumentalidad. No se inclina a pensar la historia como maestra de la vida, o principalmente como tal: la historia puede operar, y así lo hizo tradicionalmente en tanto historia de un grupo (etnia, estado, partido, nación), para dotar con la densidad del pasado la justificación a las aberraciones del poder en el presente, "utilitariamente". Para Florescano, la historia no se ha demostrado como una buena maestra, sino más bien como una portadora de sabiduría a la que se debe aprender a interrogar críticamente, sin dogmatismos, reconociendo la pluralidad de voces (contradictorias incluso) que en ella coexisten y que han quedado opacadas bajo el peso de la unidad estatal. En este sentido el autor reivindica una noción ilustrada de la historiografía, rescatando el contenido democratizante de dicho proyecto. Es posible desarrollar buenas historiografías del Estado-nacional, señala, en la medida en que empáticamente se reconoce la profunda heterogeneidad de lo nacional. En esa línea, desde mediados del siglo XX, se habrían ubicado los aportes de Annales y diferentes marxismos, en un movimiento de ampliación porosa de las fronteras temáticas y epistemológicas de la historiografía. Discurso de identidad Analizando las diversas funciones que han cumplido historiadores e historiografías, el autor plantea que lo permanente, lo compartido, ha sido la producción de identidad y parentesco, uniendo "las experiencias del pasado con las expectativas del futuro en una imagen comprehensiva del proceso social" (p. 23). La historia, "oficio de la comprensión" y de la imaginación, supone establecer, una "comunión fraterna entre sujeto y objeto, entre el historiador y el documento": es un ejercicio
  • 3.
    de amistad, portanto. Pero es también un deber moral, plantea con Ricoeur, el intento de aprehender lo que fue y no terminó de ser. En la línea de Thompson, el historiador trabajaría para pagar su deuda, siempre colectiva, con los que han sido y con los que están siendo y quienes, al ser, nos han hecho. Conocimiento de lo extraño y remoto La inquisición histórica nos abre al reconocimiento del otro, y en esa medida nos hace participes de experiencias no vividas pero con las cuales nos identificamos y formamos nuestra idea de la pluralidad de la aventura humano. La inmersión en el pasado es un encuentro con formas de vidas distintas, marcadas por la presencia de diversos medios naturales y culturales. Esto no obliga a conocer lugares nunca vistos antes, a familiarizarnos con condiciones de vida que difieren de las propias, y de ese modo nos incita a reconocer otros valores y a romper las barreras de la incomprensión fabricadas por nuestro propio entorno social. Registro del transcurrir temporal La imaginación histórica se esfuerza por revivir lo que ha desaparecido. La historia es el estudio del cambio de los individuos y las sociedades en el tiempo, su objeto es el cambio de la vida social. El historiador registra el cambio instantáneo, casi imperceptible, que el pasado de los días provoca en las vidas individuales y colectivas. Estudia los impactos formidables producidos por las conquistas, las revoluciones y las explosiones políticas que dislocan a grupos étnicos, pueblos y naciones. La historia ha impuesto la carga de vivir constantemente la brevedad de la existencia individual, la incertidumbre de que nuestros actos de hoy se apoyan en la experiencia del pasado y se prolongaran en el futuro. Encuentro con lo irreparable La historiografía, por ello, tiene por objeto la transformación, el cambio. Y atendiendo a ello Florescano pasa revista a diferentes nociones del tiempo y a la centralidad de la personificación, advirtiendo contra el anacronismo historiográfico y subrayando el deber de "capturar lo irrepetible", contra el inmovilismo y la permanencia, la particularidad y el cambio, o la empatía, el reconocimiento, de la diferencia de otros tiempos y los tiempos de otros (p. 37). Si el oficio se define como una amistad, ello supone conocer y acoger a una contraparte que existe en pleno derecho.
  • 4.
    La historia, advierteErik Hornung, “inexorablemente destruye los valores “eternos” y “absolutos” y demuestra la relatividad de los referentes absolutos que nos esforzamos por establecer”. Los orígenes del arte de historiar en la tradición occidental. En la Grecia clásica (siglo V a.C) y en la Roma funcional de la Republica y del imperio (siglos I-IV d.C) se ubica el origen del conocimiento histórico como hoy lo entendemos y la definición de sus fines. Heródoto (484-428 a.C.): realizo las primeras indagaciones (istoria) sobre las acciones humanas. Su decisión sobre ser un observador del pasado está inscrita en el proemio a Los nueve libros de la historia el cual su objetivo era que no se desvanezcan los hechos de los hombres y no queden sin gloria grandes y maravillosas obras, así como de los griegos y barbaros, pero sobre todo las causas de la guerra. Cada libro lleva por nombre el de una musa. Heródoto logro componer una historia muy estimable con lo que él vio en sus viajes y en la tradición oral, según él lo que se relata en su obra lo vio el o lo supo por testigos fidedignos, el consideraba un deber referir lo que se dice, pero no creerlo del todo. Dentro de su obra se menciona un principio básico de la indagación histórica: observación directa. Tucídides (465-396 d.C.): propone construir la historia considerando exclusivamente los hechos y acciones de las que fue testigo, niega valor a las indagaciones sobre el pasado distante. Proclama que el historiador debe ser el garante personal de lo que escribe. No es partidario de relacionar los hechos actuales con los del pasado; para el los actos políticos son más fáciles de comprender que otra cosa. Polibio (ca. 201-120 a.C.): su obra sirve a la política práctica y escribe una historia universal, centrada en el dominio y la expansión de Roma; su énfasis está en los fines pragmáticos y didácticos de la historia. “Si se suprime de la historia el porqué, el cómo, el gracias a quien, sucedió lo sucedió y si el resultado fue lógico, lo que queda es un ejerciciopero no una lección. De momento divierte, pero es totalmente inútil para el futuro” Tito Livio (59 a.C – 17 d.C.): “lo principal y lo más saludable es poner ante la vista en luminoso monumento enseñanzas de todo género que parecen decirnos: esto debes hacer en provecho tuyo o en el de la república; esto debes evitar porque es vergonzoso pensarlo y vergonzoso hacerlo.” Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.): fue el más grande retórico de su época, autor de la célebre frase: historia magistra vitae, entre sus conceptos esta la primera ley de
  • 5.
    la historia “noatreverse a dar nada falso ni a callar nada verdadero; que al escribirla no haya sospecha ni de halago ni de antipatía”. Luciano de Samosata (ca. 120 – 180 d.C): el historiador debe ser “ante todo y sobre todo” libre de sus opiniones y a nadie tema y de nadie espere, pues de otro modo seria como esos jueces malos que, por dinero, sentencian inspirándose en el favor o en el odio. Su único deber debe ser narrar con veracidad los hechos. El pasado como historia contemporánea y evidencia de lo realmente ocurrido. Benedetto Croce, al observar que la reflexión sobre el pasado está contaminado por los valores y preocupaciones del presente, pronuncia una sentencia célebre: dijo que toda indagación sobre el pasado es siempre historia contemporánea. El historiador, por más esfuerzos que haga para situarse en el pasado y analizarlo en sus propios términos, no puede escapar a la determinación de interrogarlo desde el presente y de producir, fatalmente, una imagen del pasado transida de las presiones y expectativas del momento en que escribe. “Solo hay un sistema de valores cuya aplicación nos facilita la organización del material histórico […] un sistema de valores que esta fuera de la historia.” Henri Ricoeur, observa que “al final del análisis se puede decir que el historiador no conoce el pasado, sino solo su propio pensamiento acerca del pasado” La segunda parte del libro se concentra en los pilares contemporáneos del quehacer historiográfico, evaluando críticamente polémicas y tendencias relativamente recientes. Entre ellas el largamente discutido 'retorno de la narración', la relación entre historia y mito y verdad y ficción, así como los estudios de memoria y sus usos. A partir de ese recuento informado, notable síntesis de aquellos debates, se atreve a postular algunos desafíos que se presentan para historiadores e historiadoras de nuestros días. Retomando su hilo argumental, Florescano plantea que el más importante de ellos es el de contribuir a producir ciudadanos. La buena historiografía, sugiere, opera como un "almacén de la memoria colectiva", desde el cual es posible "comprender al mundo contemporáneo y actuar sobre él de manera libre y responsable". Con palabras de Antoine Prost, define la historia como "un instrumento de educación política", al servicio de una ciudadanía activa, crítica, respetuosa de la diversidad que nos ha conducido hasta el presente y cuya existencia es garantía contra los totalitarismos. En esa misma línea, Florescano vuelve sobre el mito como forma antigua de contar la historia, en un análisis que vincula oralidad, alfabeto y escritura, atravesada por la invención de la imprenta. En todos sus formatos, la narración de los hechos del pasado de la comunidad ha cumplido un papel clave, en tanto asegura la supervivencia de dicha comunidad. Esa memoria viva, en permanente transformación, plantea el autor, se comenzó a fijar con la proliferación de funcionarios y archivos. El Estado llegó a convertirse -fuerza homogenizante
  • 6.
    impulsada por laburocracia, la escolarización y la imprenta- en el gran productor de historia en los últimos siglos. Al punto que llegó a interpretarse literalmente la consigna de que "la historia se hace con documentos". Con Febvre, Florescano rescata el deber de trabajar con las referencias de la estatalidad y también fuera de ella. Una buena historia sería, por tanto, la que planea el rescate de las experiencias capturadas en la totalización del documento escrito y reconoce como fuentes textos y narraciones, danzas y pictografías, las memorias dispersas y la persistente heterogeneidad de las memorias locales. La Historia, y también los mitos. Hay diferencias, sin embargo, entre una y otros. En una síntesis muy lograda de la vieja polémica abierta por Hayden White, Florescano se aproxima a Ginzburg y Chartier para sostener las diferencias entre ficción e historia. Para hacerlo recorre las claves de la novela histórica europea desde fines del siglo XVIII, así como los códices mesoamericanos, y basándose en Ricoeur desarrolla tres fases del quehacer historiográfico que considera como sus pilares: la de la revisión documental, la de la construcción de un marco explicativo-comprensivo y la de poner esa revisión por escrito. Reconociendo con White que la historiografía puede ser tan limitada como la narrativa de ficción, el autor aboga por el eclecticismo teórico para aproximarse a un fin que difiere radicalmente de los de aquella: la construcción de una explicación rigurosa, conceptualmente guiada, de lo que en el pasado ha sido. Del texto emerge así una pregunta: ¿cómo se introducen cientos de memorias en una sola historia? La respuesta de Florescano no es definitiva, pero parece ir en dos direcciones: desarrollando el aparato conceptual que guía la investigación y descreyendo de las historias únicas y de toda mono causalidad. Como dice el autor a través de las palabras de David Harlan: "el mejor modo de respetar a los muertos es ayudarlos a hablar con los vivos"