El proceso de diagnóstico es crucial para los padres, ya que implica una fase de duelo y aceptación que requiere sensibilidad en la comunicación. Este diagnóstico debe ser visto como una herramienta para entender y ajustar la intervención educativa, en lugar de una simple etiqueta que categoriza al niño. Al hacerlo, se busca evitar explicaciones reduccionistas y justificar el uso de metodologías adecuadas para cada caso, permitiendo así un enfoque más comprensivo y efectivo en el aprendizaje y el desarrollo del niño.