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Bella Conchita y otros Relatos
De mi cuerpo da razón lo sucedido el primero de noviembre del año pasado. Estaba yo dándole al
trabajo de vendedor de chucherías, en el centro de la ciudad. Todavía era de mañana. Llovía a
cántaros. No pude sacar mi chacita. Esto traduce que no pude trabajar y que la familia no tuvo que
comer. Yo guardo unos pesitos en la almohada de la cama. Es el capitalito. O el plante, que
llamamos quienes tenemos este oficio. Eran sagrados. De lo contrario no podría trabajar. Hoy fue lo
de la lluvia. Pero, casi todos los días nos dispersaban los del Esmad. Además, a muchos y muchas
de nosotros (as) nos decomisan la mercancía. Simplemente, nos decía, “Esta es la prueba de la
flagrancia”.
Decía que lo sucedido ese primero de noviembre. O la Fiesta de Todos los Santos”. Tuvo enorme
repercusión. Llegué al Cementerio Central, llamado “El Buen Dios”, a eso de las cuatro de la tarde.
Acompañaba a mi compadre Rómulo Augusto Piñeres. Por cierto un hombre de esos que llaman
“de talante solidario”. Íbamos a visitar la tumba de doña Gregoria. Había muerto dos años atrás. A
propósito, doña Gregoria, excelente cocinera, casi siempre mi compadre me invita a almorzar los
domingos. Yo sé que vinieron del campo, cuando Rómulo era apenas bebé de un añito. La
situación, allá, se fue tornando invivible. Perdieron el pedazo de tierra que tenían. Además
perdieron las tres vaquitas lecheras. El papá, que se llamaba lo mismo que mi compadre, había
muerto en accidente de automotores, casi el mismo día en que le hizo a la señora Gregoria, al que
después llamarían Rómulo. Cuando llegaron a la ciudad, se instalaron en un lotecito baldío que
había en las afueras. Como yendo para el relleno Sanitario “don Elías Jaramillo Hinestroza”. .Doce
años después lograron la adjudicación de una casita en el Barrio” Santísima Trinidad. De ahí en
adelante todo fueron penurias nuevas. A veces no les alcanzaba siquiera para pagar los servicios
básicos de energía y acueducto.
Rómulo convenció a su tío Lisímaco, para que le prestara cuarenta mil pesos, para comprar lo que
habría de ser la base. Yo le conseguí un puestico en la esquina de la carrera cincuenta. Con calle49
Me tocó braviar a muchos avivatos, que trataron de meterle miedo, amenazándolo con robarle la
mercancía. Por lo general, trabajábamos hasta las ocho de la noche, Doña Merina, nos dejaba
guardar las chacitas, en espacio habilitado para tal fin en el parqueadero que llaman de “Los
monos”
Después de orar ante la tumba de la mamá de Rómulo, pasamos al otro lado de la calle. Nos
pusimos a consumir cervecita donde don Euclides. Entre palabra va, palabra viene, se nos hizo
tarde. Eran las ocho de la noche. Nos despedimos de quienes estaban con nosotros. Resolvimos
volver a cruzar la calle, para esperar la buseta. De un momento a otro, se me perdió de vista el
compadre. Busqué alrededor del cementerio. Nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. En un
instante estando yo en la búsqueda, miré para la entrada principal. Me encontré con la mirada del
señor vigilante. Sus ojos vidriosos y, extremadamente amarrillos, lo miraban todo de arriba abajo.
De izquierda a derecha. Me llamó haciendo señales con sus manos.. Al principio tuve miedo. Pero,
después, decidí acercármele. Me hizo pasar. Cerró la puerta con el candado que tenía. Me dijo que
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quería comentarme algo relacionado con Rómulo. Lo seguí hasta el sitio en el cual dormía. El tintico
estaba medio frío. Sin embargo me lo tomé. Empezó diciéndome que conocía a la familia de mi
amigo. Desde mucho tiempo atrás. Que sus tres hermanos habían muerto cuando trataron de
profanar la tumba de don Milciades Acosta, Según dijeron quienes conocían de las andanzas de los
tres hermanos, que don Milciades se había hecho enterrar con toda la plata que tenía. Es decir,
iban por eso. Me comentó, además, que Rómulo había sido amenazado, en sus sueños, por parte
de Milciades. Juró que lo envolvería con el manto de la Virgen del Carmen. Lo haría desaparecer
en vida. Y lo llevaría a su tumba; para que allí disfrutara del dinero que tenía en el ataúd.
Desde entonces el alma atormentada de Don Milciades, perseguía a Rómulo por todas partes:
Preciso cuando ustedes estaban conversando, el espíritu del muerto hizo invisible a su amigo. Y,
ahora, debe estar rondando todo el cementerio. Es decir, se lo llevó en cuerpo y alma. Y vagará,
por siembre, en las noches y en los días; hasta el juicio final.
Siguió diciendo, el vigilante, usted sigue. Le cuento que su tatarabuelo fue amenazado por una
causa similar. Cuando vivía en Puerto Escondido. En ese caso, fue la tumba de una joven la que
fue profanada. Resulta que solo una parte del cuerpo y del alma, fue sepultado. La otra parte del
alma y el cuerpo huyó del lugar en que se estaba efectuada la velación. Esta otra ella quedó
vagando entre nubes y a ras de la tierra. Juró vengar a su otra yo. Dijo que quien hizo eso sería
seguido hasta la cuarta generación. Es decir, usted será quien lleve ese estigma. Usted morirá de
una forma inesperada. Cualquier día, a partir de la desaparición de Rómulo.
Quedé estupefacto. No atinaba a expresar nada. Como si yo mismo me hubiese tragado la lengua.
El señor vigilante desapareció, de la misma manera en que apareció en la puerta principal del
cementerio. Un frío de muerte espantoso me cobijó. Salí de allí. Era ya tan tarde que no aparecía
en la calle ningún vehículo o personas.
Cuando llegué al barrio, lo primero que se ocurrió fue visitar a la esposa de mi amigo. Por más que
golpee la puerta, nadie abrió. Desde adentro salía un helaje que calaba los huesos. Empezó a salir
un líquido viscoso, de color leche. Nauseabundo. Escuché risas salidas desde el interior. Cuando me
disponía a correr, alguien me haló, desde atrás, el saco. Justo, en ese momento empezó a caer
granizo. Fue envolviendo todo el entorno. El frío punzante fue creciendo. Hasta llegar a mi cabeza,
después de haber arropado todo mi cuerpo. La parálisis fue total no podía gritar, ni hablar. La
mitad del cuerpo y del alma de la joven que fue desenterrada por mi tatarabuelo, hendió en mi
cabeza un clavo hiriente y al rojo vivo. Luego desapareció. Y, yo, con ella.
Las Voces Acalladas
Justo el día de su cumpleaños, Otoniel Balmore, se hizo a la idea de haberla perdido. Y es que fue
un proceso gradual. Él no percibió a tiempo la degradación. Ella, Andrea, si lo tuvo en cuenta. Le
tocó ese paso a paso. Como se iba alejando el encanto inicial. En todos los ámbitos. Pero,
fundamentalmente, en aquel que la cautivó. La solidaridad, la sensibilidad, la ternura. Asumió, ella,
un laberinto lleno de disquisiciones unilaterales. Viendo como crecía la angustia. Balmore se fue
diluyendo. En un decantamiento de sus valores. Como ese día en el cual les correspondió enfrentar
lo de su hijo. Allá, en el colegio. Cuando Armandito fue violentado. En unas relaciones grupales
inéditas. No solo los dolores físicos por el hecho mismo de la golpiza. Fue, ante todo, el dolor
íntimo.
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Y es que llegó transido. Con su mirada absorta, perdida. Ella pensó que Balmore Otoniel llegaría a
tiempo, ante la gravedad de la situación. Ella lo llamó a la oficina. A pesar de que le dijo que iría
más tarde lo cierto es que se dejó absorber por el día a día. Un informe que, según su jefe, tendría
que ser entregado ese mismo día. Y, Andrea, sola. No tenía certeza acerca de las condiciones y los
protocolos en ese tipo de problemas. Armandito, más que llorar, gritaba. En una abierta exposición
de su dolor. Lo vio en espasmos sucesivos. Como si hubiera entrado en las expresiones propias de
la epilepsia. Lo veía recorrer todo el piso. De aquí a allá. Emitiendo como un zumbido, voces
perdidas. Con tonos ásperos, inasibles a la entendedera. Desplomado. Un navegante perdido, sin
brújula.
Y surtió el proceso. Estuvo inmersa en soliloquios enfermizos. Se unió a su hijo. Una plegaria
insensata. Y, las voces. Y las palabras, se desparramaron por todo el vecindario. Como si, a vuelo,
la tristeza tratara de instalarse en cada una de las casas. Como si, en sucesión, cada momento
fuera más amargo que el anterior. Más agresivo, en lo que esto tiene de violencia no advertida, no
permitida.
Y, las calles, lo mismo. Transeúntes escuchas de las palabras entrecortadas. Se fueron sumando,
en proceso arrollador. Y se identificaban con lo mínimo entendido. Como sumatoria exponencial.
Mujeres y hombres. Niños y niñas. Las escuelas y colegio aparecían desolados. Nadie llegaba a
ellos, por lo mismo que las voces, empezaron a ser sus voces.
Y Otoniel, siguió allí. Sumergido en ese informe absorbente. Yendo de un lado a otro. Informe
palaciego. Intrincadas cifras o concretadas. Si los potenciales compradores habían preferido o no el
nuevo producto. Y, él, inventado interpretaciones de la los resultados censales. Y no escuchó nunca
las voces. En una sordera necesaria. Porque, la jefatura, ampliaba cada vez más la carga de la
prueba. Amplitud bordeando los límites, a partir de los cuales serían tomadas las decisiones. La
Junta Directiva de Americana de Bebidas Energizantes, aplicadas a la Educación. Cada vez más
próxima a la necesidad de esas cifras. Para poder equilibrar con la competencia.
Armandito y Andrea, allí. Surtiendo de palabras un entorno que se fue ensanchando. Llegando,
inclusive, a la trasgresión de las fronteras. Los barrios ya desbordados por las exigencias
soportadas en las voces. Un escenario superando las posibilidades del aire y de las aguas. Como si,
el crecimiento, fuera infinito. Como si los colectivos, suplantaran las individualidades. Y llegaran a
oídos de la Prefectura encargada de vigilar el comportamiento. De todos y todas. De los infantes
adscritos a la Idea de crear Los Nuevos Derroteros. Conocedores de las violencias. Prefectura
abstracta, pero controladora. Escuelas y colegios adscritos. Niños y niñas vinculadas a procesos, en
procura de logros compatibles con el equilibrio de las conductas y las normas disciplinarias.
Andrea, acompañante. Armandito, acompañado. Vislumbrando la profundización del dolor ajeno y
propio. La Prefectura hizo compromiso. Nuevo, pero el mismo. Las mismas directrices, pero nuevas
opciones de adecuación. Los colegios y escuelas fueron visitados. En la búsqueda de niños y niñas
difíciles, según los protocoles vertidos. Asociados a la variación. A la nueva interpretación de Piaget.
Buscando asimilaciones con respecto al énfasis propuestos por Foucault, en su escrito de Vigilar y
Castigar. Partícipes de asesinatos de las almas. Nuevos códigos. Nuevos Manuales de Convivencia,
derivados y/o construidos como respuesta a las voces lapidarias.
Y se fueron apaciguando. Y Andrea allí, con su hijo. Como precursora de las acciones necesarias. Y,
papá Otoniel sin poder interpretar de manera adecuada las cifras solicitadas. Y los mercados
desparramados. Con nuevos títulos y de textos, orientadores. Y los colectivos escolares, por
vericuetos insospechados. Y las voces reclamantes silenciadas. A partir de la interpretación de los
datos. Y nuevas normas, sucedieron a las anteriores. El mismo hilo conductor, en lo que tiene que
ver con enfrentar las violencias. Allí en la fuente. Pero, también, en los grupos interpretadores de
funciones y de posibilidades. .Las calles vacías, otra vez. Las voces desaparecidas, otra vez. Andrea
y Armandito sin Otoniel
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Cenicienta
De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre
lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir siempre presente en cuanta
vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo. Como se te
ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años. No me creas tan pendeja, que
te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son
tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir
aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de decir que no son
celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez en cuando.
En verdad Ifigenia no sé en qué pensás .Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni
hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza
que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí, preñada. Y se dio
el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen.
Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no sé
hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo
dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito Negro.
Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la moza. La legal. La de
mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen como clandestinas. A
pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo
decir a pesar de todo.
Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé
por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y
cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese
tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos
hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran vida
y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y
tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia la angustia. El estar ahí sin horizonte distinto a la
precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es, más bien, asumir el
derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un
cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste
la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender. Por lo menos en la
escala de lo mínimo posible.
Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente reparador. Todavía están intactas
las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus
brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí,
explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa dulzura.
Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá. Provocándome
una explosión inédita.
Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son las
horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el
ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas, ordinarias. De
ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto con poder
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económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión el deseo de
venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio.
Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos
cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado
el asedio y las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni conoceré la
alegría… Solo ese sueño de aquel día.
Pequeño Feudal
Corría el mes cuatrocientos ochenta desde su nacimiento. Amílcar Frondizi, hombre de una posición
social y económica definida como privilegiada, había nacido un treinta y uno de diciembre. Por lo
tanto estaba acostumbrado a medir los días y los años con el rasero del último esfuerzo. Siempre
estuvo al lado de lo fácil; como quiera que cada una de sus acciones no eran otra cosa que la
reiteración del poder de su padre; Marcolino.
Creció como crecen todos los futuros herederos de inmensas fortunas. Es decir, en un día a día,
pletórico de oportunidades. Para él, la pobreza era algo así como la expresión de un castigo divino
otorgado por el Todopoderoso a quienes en el pasado fueron débiles hombres o mujeres de fe.
Precisamente, en el territorio del cual era propietario su padre y lo fueron sus abuelos; la gente
asumía las penurias como corresponde a quienes están predestinados a ser sujetos de dominación.
No tenían más esperanza que aquella vinculada con las actitudes benévolas de sus amos y dueños.
Amílcar siempre soñó con ser una aproximación al concepto del dios físico. Aquel que le permitió a
Marcolino ser lo que es. Porque, el dios de los Frondizi, si era verdadero. No como otras
expresiones solo réplicas. Tanto es así que, el dios de los Frondizi, permitió a sus antepasados
acumular inmensas extensiones de tierra, como retribución a su fe trinitaria y mariana.
Por muchos años lideraron las festividades religiosas. Siempre estuvieron al pie del cañón-biblia,
defendiendo los ideales y las convicciones de los cruzados. Especial recordación merece la lucha en
contra de las disidencias perversas. En el año 750 le declararon la guerra a un tal Mahoma, quien
se hacía pasar por profeta después del profeta mayor. Y esa guerra tuvo repercusiones. De vuelo
en vuelo, fueron matando. Porque, cualquier ofensa a la divinidad cristiana tenía que ser
exterminada. Sin explicaciones mayores. Solo la de que no aceptaban la rigurosidad ministerial de
Jesús. No importaba si, como el tal Mahoma, se hicieran reconocimientos al Gran Maestro y a su
Madre; la excelentísima María. De lo que se trataba era de no permitir el avance de disidencias. Ni
de interpretaciones malévolas que ponían en entredicho lo definido por los cuatro testamentarios.
La vida de Amílcar era, pues, una extensión de lo divino. Así lo había dicho su tatarabuelo Bersarión
el Triste. Llamado así, en razón a que siempre fue fiel a la tradición, en términos de glorificar los
momentos de dolor de María Virgen Madre.
Cuando sobrevino la invasión de los discípulos y seguidores del tal Mahoma, a la amada España;
Timoteo Tertuliano Pedro, su bisabuelo, convocó a todos los santos cristianos a que expresaran su
predilección por los sagrados soberanos ungidos. En la intención de que les transmitieran fuerzas
para exterminar a los desertores. Prueba de ello fue la santa iluminación del espíritu santo a Isabel
la Castellana y al excelentísimo Fernando el Aragonés. Su dios les premió con riquezas extraídas de
lejanas tierras. O lo que es lo mismo, producto de la invasión y aniquilamiento de las culturas que
hallaron en esas inhóspitas lejanías. Ese dios nunca los abandonó. Ni siquiera cuando masacraron a
sus súbditos cocineros, porque se les olvidó la pimienta en el lomo de cerdo, cuando celebraban el
trigésimo aniversario de la muerte de San Pistacho, patrono de la familia.
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Y lo mismo había sucedido cien años atrás, cuando tío Rudesindo ordenó el ahorcamiento de Benito
Salas, líder de una revuelta en las pesebreras de palacio. Todo porque reclamaban al menos dos
comidas diarias… Y Siempre se siguió sirviendo solo una, a las dos de la tarde.
De todas maneras, Amílcar, era un hombre bondadoso. De esto da prueba fehaciente un episodio
sucedido cuando cumplió diez años. Resulta que. Benedicto, su infante guardaespaldas
acompañante, cayó a un pozo séptico. Era de noche y los dos caminaban por los arrabales.
Benedicto, como todo niño, quiso ensayar un grito hacia abajo, buscando respuesta en la
profundidad. Se inclinó tanto que su cuerpo accedió al llamado de la gravedad y cayó. Amílcar
dudó, entre tratar de sacarlo e ir hasta la casona en busca de ayuda. Se decidió por esto último.
Pasó, que en el camino se encontró con Altagracia Vasconcelos, la niña que él amaba en silencio.
Se quedó absorto, mirándola…y se le olvidó a que iba. Muy temprano, en la mañana al despertar,
recordó lo de Benedicto. Cuando llegaron, él y Sara, la lavandera, Benedicto había muerto.
Amílcar recordaría toda su vida a Benedicto. Tal vez por eso que tenemos rodos y todas de aplicar
la posibilidad de recordar, en términos genéricos. Lo cierto es que asumió una especie de
remordimiento parecido al de los jerarcas católicos ante la carga histórica de la inquisición.
Bonita
Rosendo Ezequiel no consideró pertinente hablar con Eloísa. Sobre todo después de lo que pasó.
Ese lunes, un día después de la fiesta en casa de Ernestina, Mauro le pegó en la cara delante de
don Mauricio el hermano de Leonor. Tres dientes al piso. Tremendo morado en el ojo izquierdo y
dos puntos en el labio superior.
Tal parece que todo empezó, porque “la bonita” (así le decimos) habló con Telésforo el martes
pasado, después del baile en casa de Fortunato, el primo de Eustorquio. Habían bailado a la lata.
Desde vallenatos, hasta merengues. Se ilusionaron con una relación furtiva, al margen de lo
cotidiano.
Y Mauro resultó sumamente celoso. Con decir que su novia no puede salir sola. Siempre con su
hermanito Alfonso. De paso, pelao fastidioso ese. Basta con recordar que cada acompañada, le
costaba al novio tres barras de chicles, dos empanadas y tres jugos Alpina. Alfonsito le contaba
todo. Desde a quien saludó, hasta si había o no entornado los ojos, mirando a los muchachos
vecinos. Además, si había saludado de mano al señor Ponciano, el esposo de Betsabé Orinoquia.
Porque, este, tenía fama de sardinero, aprovechándose de su buena pinta. También le advertía
acerca de la casa de las Tres Marías. Ubicada en la esquina de la cuarenta y nueve con la ochenta y
cuatro. Tenía fama por dos cosas. Tres hermanas. Mará Clemencia, María Alejandra y María
Altagracia. Segundo, porque eran bien ariscas. Salían con cualquiera. Su casa era algo así como el
punto de encuentro de novias y novios clandestinos. Con agregar que muchos de los embarazos en
el barrio, tenían su origen en el hogar de las tres hermanitas.
Isidoro Gualdrón, el primo hermano de Mauro, habló con él en el velorio de don Policarpo. En
Jardines de la Fe. Le advirtió de la llegada de Hipócrito, un tío de la Eloísa. Venía desde Puerto
Escondido, Córdoba. Allí era famoso por lo pendenciero. Manejaba el machete como pocos.
Cargaba un trueno 38 recortado y una escopeta de dos cañones. Doña Agripina, la mamá de la
mamá de Eloísa, lo había llamado, el otro martes después del lunes siguiente del lunes en que el
novio le cascó a “la bonita”. La fama de Hipócrito no eran solo habladurías. Un primero de
noviembre, cuando se celebraba el día de todos los santos. Llamado también día de los muertos,
cogió a planazos al cuidador del cementerio. Todo porque no lo dejó entrar borracho. Allí mismo le
pegó dos tiros a Eusebio Alvarado, cuando reviró por los casi machetazos a su padrastro. Pero eso
es nada comparado con la golpiza que le propinó a su mamá, cuando le dijo que dejara esa
vagancia y buscara trabajo. Así fuera de lavador de caballos y de perros.
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Pero, al celoso novio, le importó poco el repertorio acumulado del tío. Más aún, cuando el primo se
despidió, le dijo:”…si lo ves, le decís donde me mantengo”. Isidoro no tuvo necesidad de llevar la
razón. Ese miércoles, después del novenario de Policarpo, el de Puerto Escondido, visitó al cascón,
en “El abrazo del oso”. Por lo demás sitio bravo y áspero. Allí se cocinaban casi todos los tropeles,
venganzas e improperios necesarios para lo cotidiano, en esta ciudad de ensueños pérfidos.
Cuando llegó, reconoció al matamujeres, por su lunar amarillo en el mentón. Le dijo ¿sabés qué
guerrero de mierda?, preparate para lo que viene. Te tengo reservado lo que llamamos en mi tierra
“la ensalada de cocoliso”. Es algo parecido a lo que les pasaba a los recién llegados al ejército con
el quinopodio. Si te interesa, preguntale a Ramón Tizón. Todavía, después de haber prestado
servicio tres años, tiene diarrea. Claro que lo mío no es tan simple. La ensalada es un plato más
fuerte. Incluye bajada de tripas.
El domingo, después de la celebración del jueves pasado de la romería a San Calixto, el novio
enjuiciado, visitó a la señora Paulina. La dueña del taller de carros. Lo que llaman una visita de
cortesía. Para decirle que muchas gracias por la caja de herramientas que le prestó. Pero que la
había tenido que empeñar para ajustar lo del pasaje. Que viajaría a Quibdó al día siguiente después
del viernes. Para hablar con Alipio Melo. Porque ese si le puede resolver el problema con el tío de la
novia a la que él le tumbó la risa. Y que, por favor Paulinita, le prestara el gato para venderlo. Y,
así, poder comprar las diez imágenes de la Virgen del Cobre, que le prometió a don Evaristo
Pompilio, el gitano que es mandamás en Bahía Solano y a quien piensa visitar, después de hablar
con quién todo lo puede. Porque, agregó, no está por demás un Plan B. Dicen, le dijo, que Pompilio
hace milagros. O magia negra que dicen ahora. Y que, de ser posible, le encargaría el trabajito de
convertir en escorpión al matón ese de Hipócrito.
Y, la pobre Paulina, no tuvo más remedio que aceptar. Sobe todo, sabiendo que Mauro es el jefe
encubierto de la banda de vacunadores, conocida como “Que pagan, pagan”.
Durante el viaje, el que fue al velorio de Policarpo, no hizo otra cosa que cranearse la manera en
que le pediría el favor a Alipio. “Que fíjese que ese muelón me la tiene montada, simplemente
porque le dije que dejara tranquila a mi hermana Josefina”. O, mejor sería…”don Melo, imagínese
que ese tipito me prometió tres disparos, que a la postre serían seis, con su escopeta bicañonera, si
no le entregaba lo del diario de las extorsiones a los tenderos del barrio”. O “Ese man nos tiene
arrinconados. No podemos salir ni a la esquina. A las siete de la noche tenemos que estar en la
cama”. O “don Alipito, le agradecería si se hace cargo del oriundo de Puerto no visto”, o Puerto
Escondido que llaman. Como, por ejemplo, desapareciéndolo. Así como mi papá y yo lo hicimos
cuando usted tuvo el problema ese con quien usted llamaba Ojos de Vaca. Allá en Puerto Inírida,
hace como veinte años”.
Lo único cierto es que, no más bajó del bus. Ahí, casi a la orilla del río, lo esperaban Alipio y el tío
de “la bonita”. Lo hicieron trizas. Uno con machete y otro con lo que llaman rula. Los gatos y los
perros citadinos se dieron banquete. Antes que tiraran sus restos al Atrato, por allí pujante.
Al mediodía de ese sábado, después de lo que pasó en Quibdó con Mauro, una procesión de
jíbaros. De novias desorientadas. De mamás solidarias. De pelaos de escuela y de vasallos
cotidianos. Entonaba “Juanito alimaña” al mejor estilo del amado y recordado Héctor Lavoe”. Entre
tanto, Eloísa, “la bonita”, lloraba. Bien adentro de su ser, recordaba a quien le pegó y la dejó
desdentada. Qué falta le haría. Maldito tío. Maldita abuela. Ojala los partiera un rayo.
En el noticiero de las siete de la noche. Ese domingo, después del primer domingo del mes de julio,
reseñaron “Insólito. Increíble. Un solo rayo mató a Hipócrito Caraballo, en San José del Guaviare y
a la señora Agripina Hinojosa de Caraballo, en el Barrio Aranjuez, Medellín. Consultados algunos
estudioso de la velocidad de la luz y del sonido Acerca de la posibilidad del desdoblamiento del
fenómeno físico. Solo atinaron a decir: Eso fue una maldición. Las brujas no existen. Pero que las
hay, las hay.”
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Desde ese día, ya lejano, Eloísa “la bonita”. Atiende en su consultorio. A todos y a todas quienes
necesiten, fraguar venganzas a corto y a largo plazo. En un mismo sitio. O en sitios diferentes a la
vez. Trabajo garantizado. Fecha de entrega: un día después de consignar los honorarios en la
cuenta corriente número 70890777, Banco Ambrosiano, sucursal barrio El Pedregal, Medellín,
Colombia, Suramérica. Alguien dijo al salir: qué señor tan parecido a Mauro. Ese que está
alumbrado con dos cirios en el cuadro del consultorio de Eloisita.
Adivinador
Y como si fuera poco, Pimienta Eduardo Albarracín Espárrago, se metió de adivinador. De lo
humano y lo divino. Una prueba tiene que ver con lo que sucedió en la sesión con Amapola
Constanza Virrey y Solís. Más o menos lo siguiente: ella le pidió que le leyera la mano izquierda.
Porque la derecha la tenía ocupada con el rosario de su madre. Pimienta procedió. Según expresó,
veía un objeto volador no identificado. Que iba derecho a la casa de Begonia Susana Amariles
Porsiacaso. Y que esta estaba muy ocupada dándole de comer a la cobra que tiene como mascota
desde el año pasado, de nombre Princesa Y que, la susodicha, solo acató a oír el ruido, cuando
este objeto cayó y dañó las matas de fríjol y de pitaya que había sembrado al día siguiente de la
muerte de querido perrito a quien llamaba Platón Alejandro.
Y, seguía diciendo el Eduardo, se expandió la frijolada y la pitayada, por todo el entorno. Y que sus
vecinos salieron a correr. Muchos y muchas empelota. Porque, justo en ese momento, estaban
gozando de un baño comunal en el jacuzzi colectivo con un líquido denominado leche del hombre
amado. Y que, aseveraba el viejo Pimienta, hasta el Ángel de La Guarda, gozaron del espectáculo.
Por ejemplo, viendo a doña Flora con esas tetas caídas. A don Patasola, con ese pene tan fláccido
que parecía una verruga enana. O al curita Efosías, con aquello como un palo de roble. O a Vera
Amanda, la proveedora de quesos, con su cosita tan abierta como puerta de iglesia. O a don
Doroteo dele que dele, arriba abajo, abajo a arriba a su pajarito enrojecido.
En fin que, hubo tal revuelo, que la alharaca llegó hasta la casa del alcalde Mondoñedo Verijas
Valverde. Quien, de paso sea dicho, estaba a esa hora enseñándole a su perrita Lucrecia María a
cantar, a capela, el himno del municipio. Todo este enredo, sugería que Amapola se vería envuelta
en un chisme tan grande como la piedra de El Peñol. Simplemente ¡cuídese ¡ Amapolita, porque lo
que viene es bravo.
Y la Constanza llegó a casa. Allí estaba Marcolino durmiendo. Y, ella, lo despertó, hablándole de la
reunión con Albarracín. El inocente esposo, solo atinó a decir:…pa que vea, mi sueño se hizo
realidad. “dicen, dijo él, que te acostaste con el señor alcalde”. “Y que estás preñada”. “Y que te
ibas a volar con él, para Betania, Antioquia.”
Amapolita alcanzó a decir:”…y eso es lo que Eduardo llama chisme grande. Qué tal que leyera mi
mano izquierda. Allí si está escrito algo descomunal. Como cuando me acosté con don Benjumea, el
presidente del País. En casa presidencial. Él llevaba puesto un condón que le prestó su secretario
privado. Y con la gallina Esperanza y el gallo Alonso, como testigos…”.
El machete que Romualdo le había prestado a Marcolino, hizo el resto. Dicen que la cabeza de la
alebrestada mujer, se conserva, hoy por hoy, sumergida en enorme frasco lleno de formol. Y que,
miles de peregrinas, la visitan a diario.
9
El arca
Dizque es descendiente de Noé, dice Arritoquieto Astolfo Migraña Pestaña. Un cuentero de marca
mayor. Dice, a propósito de su parentesco con el elegido, que el arca fue construida en el astillero
de los hermanos Elimeleth y Ben Hur Apologético Cansado, en menos que cantaba el gallo de
Valvanera Protozoo Balbina, que cantaba cada que le daba la gana. Y la gana le daba cada tercer
día, después de haber muerto Federico el Grande. Un poco enrevesado el cuento del gallo cantor.
Lo cierto es que, sigue diciendo el viejo Astolfo, le entregaron el arca a mi ancestro Noé, un día
denominado parasol. Lo más cercano, en entendederas, a lo que en nuestra época es el lunes.
El reto tenaz fue meter todos y todas animales. Hembra-macho, para que pudiera concretarse la
reproducción. Uno se dice a sí mismo: mismo, que diría el viejo Darwin. Expresaría, con una figura
literaria, más o menos como la siguiente: “Avemaría pues, sí que estaba loco ese mentiroso. Lo
más seguro es que era familiar cercano de Ptolomeo el Triste, que hizo una encerrona ni del carajo
en eso que tiene que ver con meter chucha por liebre. Y mezclas como si fueran soluciones. Ahora
verá pues como lo voy a demandar por conducta inapropiada o daño ideológico. O, lo que es lo
mismo, por creer que yo soy un pendejo”.Sigue diciendo Migraña: el problema mayor tuvo que ver
con el hecho, en el sentido de qué hacer con los vegetales. Si el diluvio iba a arrasar todo lo que
hubiese en tierra. Dónde quedaban las coliflores, los tulipanes, las arracachas, las moras de castilla,
los fríjoles cargamento, las papas pastusas, las cebollas cabezonas…etc.,
Hasta razón tiene este marica. Yo no había caído en cuenta de eso. Es como si, apenas hoy,
pensáramos en eso. ¿Será que alguien, antes, lo hizo? Lo cierto es que Arritoquieto, lleva como
cuarenta días, hable que hable. Y no le falta clientela. Todos y todas que pasan por ahí, por la
esquina del Marmolejo se quedan embobados. Abriendo la jeta, ante tanta macumba que sabe
hablar el ignoto heredero.
La lluvia
Y se dejó venir un aguacero ni del carajo. Justo cuando yo iba con la Evangelina para cine.
Habíamos decidido ver “La Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada”. Todo,
para cerciorarnos si en esta vez sí pegaba una adaptación del Nobel colombiano.
Llovió como nunca antes. Y como siempre, se desbordaron las aguas negras que llaman. Y, siempre
dele con eso de asociar color negro con cualquier calamidad. Pero lo cierto es que los sumideros
no aguantaron más. Nos pusimos a ver y contar porciones de popó, ganchos para colgar ropa;
tiestos de todo tipo, ratas muertas, ya jinchas, esparadrapos, gasas empapadas en agua sangre;
tocadiscos, planchas, iguanas muertas, toallas y protectores. Condones todo tipo y tamaño, cucos y
pantaloncillos de todos los colores y tamaño. Además, una buseta con treinta pasajeros ahogados.
Diez inodoros; trece lavamanos. Veintiocho bandas presidenciales. Una toga de obispo. Tres quepis
de general de división. Tres caballos. Dos vacas…
Hasta que nos cansamos de contar tantas cosas. Decidimos enfrentar la lluvia, los relámpagos y
truenos. Cuando llegamos al teatro ya había transcurrido más de la mitad de la película. Sin
embargo, después de comprar críspelas entramos. Debido a la oscuridad, tropecé con una pareja
hombre-mujer que estaban tirando ahí en el piso. Después de los insultos, logramos acomodarnos.
Ahí, a nuestro lado estaban dos parejas de novios masculinos recreando su sexualidad. Se rompió
la cinta. Se enredó en el proyector. Fue suspendida la proyección. Todos y todas gritamos!
Operador, soltá al muchacho y ponele cuidado a tu trabajo.
Cuando llegamos a casa, nos dimos cuenta que yo no tenía mis pantalones y que Raquel había
perdido su minifalda. Solo atinamos a decir: ¡Qué inseguridad tan malparida en esta ciudad¡ Siendo
así, como en realidad fue, decidimos aprovechar el papayaso y nos pusimos a darle a aquello que
ustedes ya suponen.
10
Un buen amigo
No más con verlos supe a que venían. Es algo de mucho tiempo atrás. Tanto que ya casi me había
olvidado; de no ser porque los vi ahí, en la esquina de mi casa. Son Efraín y Joselo. Son hermanos.
No sé ahora; pero antes los llamaban “los tuertos”. Gemelos. El uno, Efraín, con el ojo izquierdo
dañado. Joselo, con el derecho. Irreversible en cada uno de los dos. Doña Pascuala, la mamá,
había llegado desde Simitì. La trajeron estando muy niña. Se criaron juntas; mamá Orfa y ella.
Fueron a la misma escuelita del barrio. Hasta quinto de primaria. Crecieron al mismo tiempo. Y,
casi al mismo tiempo, se casaron. Doña Pascuala con don Everardo. Mamá, con mi papá Norberto.
Todas dos muy jóvenes, diecinueve años. Cuando nos trasladamos para el barrio Fátima, dejaron
de verse ellas. Porque yo si iba a visitarlos con frecuencia.
Cuando yo tenía catorce años, Efraín tenía trece y Joselo trece. Nos embarcamos en ese brete de
los atracos. Siempre los tres. Desde el día en que hicimos la vueltecita en la que matamos a don
Benjamín nos separamos. No nos pusimos de acuerdo en la repartición de los dos millones de
pesos que le quitamos al viejo. Siempre me estuvieron buscando; pero yo me perdí del todo. Ni a la
casa de mamá volví. Están aquí, para “ajuste cuentas” conmigo.
Me fui para San Alberto, ese mismo día. Me quedé con millón quinientos. Con ese plante, me puse
a vender zapatos chinos. De puerta en puerta. Un poco difícil; pero sobrevivía. Conocí a Angie
Javiera en una edición del Festival Vallenato. Hija de don Marcelino y de doña Elisa. Habían
llegado desde Medellín, hacía treinta años. Angie tenía dieciocho. Y ya estaba bordeando los
veinticinco. Ese mismo día la preñé. En uno de esos hotelitos baratos.
Cuando me eché a perder. Fui a aparar a Ibagué. Allí conocí a Aureliano. Un pelao como de
diecisiete años. Él estaba como yo. Es decir, vagando. Echándole brazo a lo que resultara. Y
resultó, un día, un “trabajito”. Como los que hacía con “los tuertos” Tres millones para los dos. La
señora a la que se los quitamos, murió casi hay mismo. No estuve de acuerdo con lo que hizo
Virgilio. Me parece que la cuchillada no era necesaria.
Disgusté, por otra cosa, con el tal Virgilio. Nos separamos. Yo me quedé en esa ciudad. Él, creo que
se fue para Villavicencio. De todas maneras no lo volví a ver. Estuve solo mucho tiempo. Siempre
en lo mismo. Alternando atraquitos y la venta de piñas, naranjas y mandarinas. En las esquinas.
Cuando había partido de fútbol, ahí en la puerta del estadio.
Cuando conocí a Esmeralda, recién había cumplidos treinta años. Yo ya estaba por los treinta y
tres. Hincha fiel del Deportes Tolima. Cualquier día, entonces, me tropecé con ella cuando entraba
al estadio. La esperé hasta que salió. Ganó su equipo. La invité a celebrar. Y listo. Cuadramos
noviazgo. La primera vez que me llevó a su casa, les dije que tenía posibilidades de un empleo con
el municipio como operario en servicios generales. No sé si me creyeron. La que sí supe que no
creyó fue Esmeralda.
La inauguré el veintidós de diciembre. El día en que cumplió los treinta y uno. Hicieron una
fiestecita en su casa. Fue como a las diez de la noche que pasó eso. Al otro día me evadí, para
Palmira. Nunca más supe de Esmeraldita. Quien sabe que le paso después de lo que hicimos.
Como ayudante de Estanislao Carbonell no me va mal. Todo el día en ese carrito. Yendo y viniendo.
Me pagaba por tercera de lo que hiciéramos. Así estuve como dos años. Un día en que me soltó el
cacharrito para ir a hacer una diligencia en Cali; me embolsillè el producido. Le dejé el perolito en
el garaje de siempre, tanquiaito. No lo volví a ver. Él a mí tampoco.
Ya aquí, en Pereira, estoy desde hace un año. Jugándole a la vida. Me le mido a lo que sea.
Primero como ayudante de don Alberto en pintura de interiores. Después estuve como ayudante de
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doña Sofía, en su puestecito de venta de frutas. Luego estuve con don Liborio, colaborándole en el
tallercito de mecánica. Concretamente sacando y cambiando espárragos. Me aburrí de tanta
trabajadera y con tan poco billete. Estando en esas, conocí a don Eurípides Alfonso. Un gallo para
eso de la estafa. Me cogió confianza. Hicimos un “mandadito” juntos. Le vendimos al médico jefe
del hospital,, un terrenito bien ubicado y que era de un señor don Jacinto, al cual Eurípides le
falsificó la firma y le suplantó la cédula. Intentamos otra “vueltecita” igual,. Esta vez con el
sargento Muñoz adscrito a la Fiscalía. Algo salió mal y nos pillaron.
Salí de la casona, después de tres años. Ya con treinta y ocho me empecé a fastidiar con tanta
cosa. Con esa vida de andante sin rumbo. Conocí a Álvaro Gómez. Un mandamás en eso de la
tenencia de casinos, regados por toda la ciudad. Como que le gusté. Empecé como administrador
en uno de los negocios. Ese Álvaro me llevaba ganas. Supe de sus mañas, el domingo de ramos de
este año. Me invitó a su casa. Yo ya estaba como turulato con tanto tequila encima. Cuando
quedamos solos, empezó a manosearme. Se desvistió delante de mí. Dele a la masturbación,
mientras me cogía lo mío con la otra mano. A decir verdad no me disgustó para nada. Yo, también
me empeloté. Eso duele, pero me sentí feliz. Dormimos como hasta la una de la tarde del lunes.
Me desperté yo primero. Ya sabía dónde guardaba Alfonso el billete que no consignaba en su
cuenta corriente. Saqué como tres fajos grandes. Billetes de cincuenta mil. Y me abrí. Cogí para
Cartago ese mismo día. Muy aburrido. Me pesaba tanta dejadez. Tanto manejo inhóspito de mi vida
y de la de los demás. No sé por qué no me quedé de mozo de Álvaro. Hubiera tenido una vida más
tranquila. Sobre todo, que me di por enterado de que a mí también me gusta eso del sexo con los
otros hombres.
Ellos me miraron. A pesar de tanto tiempo, también me reconocieron de una. Me les fui por la otra
esquina. Y, ellos, detrás mío. Aceleré el paso. Ellos hicieron lo mismo. Cada uno con la mano en el
bolsillo. Palpando sus fierros. Me entré para la Iglesia “Divino Salvador”. Estaban en plena misa de
aniversario por el alma de un difunto. También entraron los dos. Ya no tenía para dónde coger.
Empezaron a dispararme. El curita que oficiaba quedó ahí mismo tendido. Una señora que rezaba
con fervor, también cayó. Porque disparaban a lo que se moviera. A mí me dieron en una pierna.
No podía moverme. Se acercaron. Los dos, al mismo tiempo. En plena frente. Me quedé muerto,
mientras un coro lejano cantaba “Quien cree en ti señor, no morirá para siempre…
La novia de Joshua
Como casi siempre pasa, pasó que no pude enhebrar la historia, de Joshua. Todo, a pesar de mi
promesa. Fue justo, estando ahí con él, todavía. Le dije que lo haría. Y que me contara más de lo
que le había pasado, al vivir tanto tempo. Y le pregunté si alguna vez, en esos sesenta años, había
sentido el amor pasar, o quedarse con él. Y le pregunté si, acaso, había visto alguna vez la vida de
la otra gente. O sí solo la de él. Así, como se pregunta casi siempre. De manera artera. Sin ningún
miramiento sensato, en solidaridad.
Joshua llegó a ser lo que fue, después de haber venido sin ser. Algo así como que estuvo ahí, en
ese sitio, como en un soplo. Como llegando desde nada. Como si antes no hubiese sido ni él, ni
otro. Ni nadie más. Comenzó su tejido. El de su vida. Por lo más liviano, que es, casi siempre, no
ver al otro, en singular. Ni a los demás. Empezó por lo más común, casi siempre: dejar de lado el
enterarse de lo que se vive. Del tiempo y de las acciones. Y de los pasos dados. Y de lo que es
cierto y no cierto. En fin que, Joshua, hizo eso, toda su vida. Como quiera que lo que me contó,
cuando le pregunté, no fue otra cosa que hablar de lo que hizo cuando, los demás, empezaron a
morir a su lado. Nunca lo inquietó la desesperanza de los demás. Por lo mismo, deduzco yo, que èl
siempre vivió en ella, como soporte.
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Y él llegó esmirriado. Ya estaba así, cuando lo vieron. Y cuando yo también lo vi. Una fisura
absoluta su cuerpo. Como el “Caballero Demediado” que no describe Umberto Eco, en sus relatos
del Medioevo. Como si sus huellas, fueran lo mismo que sus heridas. Físicas. Y, en profundo, con
esas hendiduras en su ser abstraído. El ser no visto. Pero que es, en fin, el verdadero ser en cada
quien. Y lo vimos y lo vi, llegar a esa casa. Antes del mediodía de ese jueves primero de diciembre.
Cuando ya, en la nostalgia colectiva casi perdida, empezaba a dibujarse lo que antes vivimos
nosotros. Esa vocería interna, impalpable, convocante a vivir viviendo esperando nacer de nuevo.
No se sí él lo sentía así. O sí, algún tiempo, lo sintió así. Pero aquí sí. Y con esos ojos lo vieron y lo
vi. Ese comienzo de diciembre. Y, Joshua, entró a esa casa. La que iba ser su casa durante los
próximos cuarenta años. Y llegó con Hercilia Bajonero. Su novia-esposa-eterna-esclava. A la que
solo vieron y vi, cuando cruzó la puerta de la 78-44. Y nunca más la vieron, ni la vi. Y cuando, en
comienzo de mi indagación para poder contar su historia, le pregunta yo por ella; él me decía que
estaba ahí, en lo suyo.
Y, pasando ese diciembre. Y, llegando los otros meses. Desde el primero y único, hasta que
empezó a repetirlos. De a cuarenta cada uno; nunca más permitió hablar de Hercilia. Aún hoy no
sabemos de ella. Pasado tanto tiempo. Habiendo hablado tanto con él, de todo. Menos de ella.
Habiendo entendido su desmembración en lo suyo. En lo que ha sido y es su vida. Que no fue ni es
otra cosa que repetir los pasos y las palabras. Contándome sus memorias. Que, en preciso, solo ha
sido y es una, desmembrada de dos a dos. Como siendo una para algo y otra para otra cosa. O
ahora. O mañana. O cualquier día. Y, su memoria partida no incluye la de Hercilia. Porque, me dice
èl, ella nació sin memoria. Simplemente porque ella siempre ha estado en lo suyo. Es decir en ser
nadie; por lo mismo que ha estado al lado mío. Y, así debe ser siempre.
Y Joshua salió de esa casa en que lo mostré lo poco que había escrito acerca de él. Y se fue. Nunca
más lo volvieron a ver. Nunca más lo volví a ver. Y ahora, en este tiempo, solo me acuerdo de èl,
cuando me acuerdo del cuerpo de Hercilia. Allá, en la fosa abierta en el patio de esa casa en donde
vivió, en lo suyo, al lado de Joshua.
Xiomara Arredondo
Lo de Xiomara Arredondo todavía estaba ahí. El cuento ese que le inventaron hace días. Que
estaba en tinieblas, cuando apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero. Antes
de ser ella hoy lo que antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de palabra suya, si
era verdad o mentira. Fui hasta donde vivía antes. Y me dijeron que no; que desde el siete de
febrero se mudó. Que no saben para dónde. Y qué razón alguna dejó. Ni para mi ni para nadie.
Solo que se iba y que no la buscaran más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte tampoco.
En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí caminando. Preguntando si la han visto siquiera.
Por lo mismo, vuelvo y digo, que pasará con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni nada. Sin
siquiera expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me dijo no voy
más; porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi dolor es profundo me dijo.
Que no me podía contar lo que en otro lugar pasó con ella.
Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad que deduje cuando de tanto hablar, até cabos
sin par. Y leí lo que logré entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez. Que se hizo
mujer en brevedad de tiempo. No tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple apoyo para ayudarla
a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo, entró en eso de dar su
cuerpo al postor primero y mejor.
Y se siguió yendo. Andando pasos perdidos; sin lograr nunca sentir ser amada. Sin encontrar
refugio, que al menos su pulsión descansara. Que, al menos, descanso fuera. Para ella y para quien
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llegó a ser fruto sin quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brinco el océano
rauda. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Busco el atajo siempre; tratando de no
perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor en dolor, llegó al punto de no retorno. Como
queriendo decir con eso, que tocando fondo estaban su pasión y su albedrío. Y, con ella, y por
supuesto Germancito que crecía; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra cosa que ser si mismo.
Su estructura mental iba más allá que el perfil todo de Xiomara. Era algo así como un dotado
extremo. De esos que no se encuentran ahí no más. Diría yo, ahora, ni cada doscientos años.
Luego que perdí su rastro no tuve sosiego. Lo mío hacia ella, siempre ha sido y será verla mía. No
más, ahora, vuelven a mí esos dos días en Cali. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando a lo
torbellino. Una danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo
vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como diosa que se otorga.
Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo perdido.
Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora. Y pregunté por ella al viento. No supo que
decir. Lo increpé por su no recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en
profundo. De agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir perdida.
En cualquier lugar, un día cualquiera, encontré a Germán. Ya no Germancito. Y me dijo no la he
visto. Ya casi ni la recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar siquiera
que yo la amaba y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O el de ella. O el de
los dos. Y vagué por el mundo, me dijo. Desde el Pacifico violento. De mar a mar. De
Buenaventura a Malasia. Desde Antofagasta hasta la India. No vi huella de ella. Pero escuchaba su
voz a todo momento. La veía en sueño recurrente. Recordaba sus espasmos; sus gritos; sus
susurros. Como cuando a mi padre amaba. Por lo menos esos dijo una noche. Entre sueños y
desvelos.
Deje al Germán sin rumbo. Yo cogí el mío. No otro que el mismo, enrutado por mi brújula doliente.
De amor y de vértigo. De ternura y de deseo. Fui a recabar en Angola. Conocí sus pesares y sus
soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada, violentada. Nadie, allí,
supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera.
La mañana en que me contaron lo que, según dicen pasó, estuve yendo y viniendo en lo que hacía.
No me interesé al comienzo. Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos. Revolqué mi
silencio. Una copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no tenerla. Odié a quienes
vinieron. A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a remolque. Como
suplicante mujer que juntando mil palabras hacía de lo dicho un sonajero de expresiones, como
doliente insaciada. Como náufraga asida a cualquier trozo de viento benévolo.
Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos de caminante perverso. Que busca lo que ha
perdido y que, a conjuro, envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no
importándole si en ella moría Xiomara o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de una
esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre. Porque hice que así
fuera; como quiera que en su cuerpo clavé tres veces el puñal que llevaba en cinto desde la
víspera. Desde ese día anterior; o desde el mismo día, no sé.
Y seguí con los mismos pasos andando. Ni siquiera corrí; porque para que hacerlo si me di cuenta
que no era Santiago el Señor que a Xiomara poseyera. No recuerdo si por vez primera. O si primero
fui yo en el inventario de sueños que en mi memoria estaban. Azuzándome siempre para que yo
mismo tejiera la urdimbre malparida. Para que buscara siempre en ella su hendidura hermosa que
daba vueltas en mi cabeza. Solo eso; no otra cosa.
La mañana nueva, me encontró en cama tendido. Desnudo, casi rígido. Con mi asta enhiesta. Con
mi mirada puesta en el pubis de Xiomara, la recordada y deseada. Como obnubilado sujeto de la
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Inquisición venido. Con la heredad de los machos que van buscando tesoros como ese de mi mujer
deseada.
Otro mediodía, ahora en Sucumbíos. No pierdo el referente del Pacífico trepidante. Estuve en esa
selva hiriente. En esa soledad de caminos. Ni mujeres, ni hombres había. Solo ese viento ligero que
estremece. Por lo mismo que es viento de ausencia. Ninguna indagación posible, entonces.
Simplemente oteando. Aguzando mi olfato de pervertido. Que hace de cada día un una visión, un
relato de ese tesoro acezante; de Xiomara o de cualquiera otra hembra invitando a ser poseída. Por
mí o por cualquiera.
Germán volvió del periplo. Lo encontré un lunes de marzo. Con la sujeción de quien espera ver a su
madre. Con la juntura de palabras desparramadas. Con el arrebato del hijo que extraviado sigue;
sin encontrar nunca lo que quiere y persigue. Desde el día mismo en que, a mitad de camino,
Xiomara Arredondo lo abandonó. Este Germán se hizo mi par en la búsqueda. Juntos estábamos,
allí. Ese día lunes, siendo ya tarde. Cuando nos sorprendió la luz de Luna, alumbrando el paisaje. Y
vimos pasar a Xiomara de la mano del Gran Señor. Diciéndonos adiós con sus manos. Cuando la luz
se apagó; sentimos que una sombra pasó. Siendo, como en verdad era, un cortejo de muerte. Con
Xiomara Arredondo muda, envejecida, diciéndonos no busquen más que de la tumba he vuelto
para verlos de dolor cubiertos. Para decirles que yo ningún Gran Señor tuve. Solo a ustedes dos.
Padre e hijo que son.
La negación
. He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como
anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al
comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos
y todas. Porque, en fin de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara
ahí.
Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la complejidad
del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este
supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si
en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una condición de
sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin de cuentas, lo
hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como
lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por
lo menos, sin ser conscientes de eso.
Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando
me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo
esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer,
Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido.
Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni
queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras.
Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el
postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen como
yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de
establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes
ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como
gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas.
Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de confrontar y
transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero
alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En
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donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un
acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus
posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la muerte.
Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es
apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En
ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales
exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que está orientado, hacia la
muerte.
Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de
mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en
vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en
cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas del
poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o creemos no
es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una
disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la
convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y ellas
ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al
ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada
por quienes son solidarios y consultores para construir verdades.
Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el
ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en
verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha
recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla.
Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan atados a la vocinglería que
reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad
para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los
días por venir y de los días perdidos.
Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los
magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y
aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo
mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los
escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a
la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada.
Sintiéndome poseído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche.
II Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio fronterizo. Entre
Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la historia. Cómo la han acomodado ellos. En tiempo
de mi pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada
indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás
y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con la Virgen María.
De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis sueños en los cuales también
buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa de la Edad Media. Definida así por una cronología
nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros recorriendo los
inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta veces siete. La tortura fue su
diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y
cayeron muchos y muchas enhiestas figuras de la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se
otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la
avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los
herederos de San Pedro, ejercen como espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado
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y presente. Siguen anclados. Y difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados
perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida.
Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de
Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía
Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo
como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de la tortura.
…Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos. Todos a una: la
ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en
la noche; cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido
acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de argüir mi
condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y cercanas. Ante
todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo
aproximación a la condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites.
III. En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y
de acciones. Como si fuese experto prestidigitador .Como lo fueron aquellos sujetos encargados de
divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación posible de mis acciones a
aquellos teatrinos incorporados a la cotidianidad burlesca.
Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido posicionarme como
cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como es
efectivo. Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que llegan los
lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa como lugar
común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por las jefaturas de
los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería!
Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta para
mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante expresiones que
tuve o dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado es lo
mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las cuales, el presente no
obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas.
Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad que me remite siempre a
ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la
proporcionalidad entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como
verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y todas
quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Fabiola, a Estela, Leticia y a Nelly, y a
Norela, y a Rosita, y a Miguel, y a Nelson, y a…
IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo
volver a esos escenarios en los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su
vigor. Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme heredero de
penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin soporte diferente a
aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza; pero también de
construir el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad.
V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo experto. Pero como en
regresión. Es decir en contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo como
advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser herético, punzante,
hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa de la penuria
y de la infelicidad de los otros y de las otras.
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Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en nada diferente que estar
ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y
aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me escapa
cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por milenios.
Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur de los acontecimientos.
Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos
momentos esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado en el itinerario
vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana tierra mía (como dice el
lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde que lo infame se posicionó
como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar predefinido. Andar que no es otra
cosa que seguir la huella trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como
encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que la
mata, a cada momento.
Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de estar ahí. Como
convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del
olvido. Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo
libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como cuando se
siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y vivo. Pasado y
presente. Como si fuera la misma cosa.
VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite al
vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado
a vivir. Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no posible, en
autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo parecido a la vida de
los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin el acumulado de verdades
y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije que
no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue posible. Simplemente porque
nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo que pude haber sido y no fui.
Porque, como los marianos, me quedé esperando que viniera la redención, por la vía de la Santa
Madre. Porque me obnubilé con ese desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si
acaso eso es pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador
con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y repetitiva. Voz de mil y más
expresiones de expansión. En el ancho mundo histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo
otro, es decir estar ahí, es como mantener vigente la enajenación profunda.
Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez¡) en la heredad de los emperadores y de los dioses
míticos y de las creencias aciagas y de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y
aristotélicos. Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la
vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una interpretación
de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos desentrañen la vida. Y que la
sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin cuestionamientos y sin alternativas
diferentes a ser gregarios personajes que deletrean las verdades de conformidad con el discurso
ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a sí mismos, de que no existe
otra alternativa a mirar el universo como centro que fue creado desde siempre por quien sabe
quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo
ilustre, las posibilidades de quebrantar el yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que
se enredó en justificar mil disputas por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin asfixiándola, en
cada momento histórico. Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé
expectante. Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía de la
postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels.
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Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para resarcirme de mis creencias de
la creación de las especies, a la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su
mandato evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de
sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la humanidad. Y me quedé
esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber. Sociedad de confrontación. De
lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo entendí. Simplemente porque no pude
descifrar el código revolucionario inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su
teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de la ideología de los
terratenientes y de los burgueses y del Estado
Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas para destruir a la Bastilla
y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina
como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción hermosa de
libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió prendiéndole velas a Descartes.
VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese tipo de expresiones que
naufragan, cuando nos percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la
violencia oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de vocingleros de
la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como promotores de
esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo ellos son alternativa.
VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los cachivaches colocados
como símbolo por parte de los testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por la
buena fe, la moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí a
aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más
interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores. Escribiendo
para diarios y revistas.
Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los desmovilizados y desmovilizadas.
Vociferando en contra de su pasado. Y los y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas (…el
de la amputación de la mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y como
justificación para recibir la mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte administrando la
guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que
están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la
“sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se agazapan.
Esperando un nombramiento.
A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo que las mujeres violadas
por los paramilitares no deben hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los
criminales de guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del Partido
Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la revolución. Sí, lo vi como fórmula
vicepresidencial del invasor del Ecuador y prístino representante de los monopolios de la
comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al brillador de lámparas
de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que defendió el bastión
monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de España y el chafarote
populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó de agache cuando el Santo Oficio de la
Alianza Santos-Planeta, expulsó a Claudia López, por haber escrito la verdad acerca de los manejos
de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León Valencia, cuando llegó de Londres con su
maleta cargada de palabras en contra de la lucha armada revolucionaria y con un breviario
confesional que contiene el evangelio de los “nuevos demócratas”.
Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a tener que asistir al
parloteo de loros y loras que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame
de los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. Pasando por encima de los muertos y las
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muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil que consume la
mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia social?
IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando cantó interpretó la
canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo;
antes que seguir aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en donde
las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de los directores y
nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que es todo artificio.
Todo lugar común, por donde pasan maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir como
repeticiones y prolongaciones sin fin.
X No se cuánto tiempo llevo así. Solo se que me niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se, por
ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me
acuerdo que, estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su
condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en tamaño y
en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido cuantificada
todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu interpretación del
escrito del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo,
pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi llorando, “lo mío es otra
cosa. No sabes cuanto me divierto, sabiendo que a cada subida y a cada bajada, me queda claro
que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te
han visto en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo Adán que
recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has tratado de cambiar a Eva
por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá Asimbalá. Y que en ella piensas remontar vuelo hacia
el primer hoyo negro de la Vía Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que
sigues ahí, esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar
los objetos traídos de su saqueo.
Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo maté. Y
logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta
patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que todos y
todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del Santo Oficio de la gestión autoritaria;
pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia. Que le cambiamos de nombre
cada cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada¡.
XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre de todos y de todas…y de
ninguno. La conocí, un día en el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que había
sembrado Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido; llenos de
oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al Vaticano (…sí otra vez).
Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado
Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado.
Después vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una investigación
que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal.
XII. Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno.
Simplemente, me perdí en ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las
necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas
autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y, me he
dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y que nos
colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos penales y
civiles. Y que, al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y
acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los postulados de los
imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por haber. Aun sabiendo que han
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violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que han acumulado beneficios que no le
son propios.
Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo que nos es mandado.
Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo
que debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la hora
de la partida.
Ilusión a cada paso
Bitácora 1. Siempre estuve del lado de aquellas cosas que no por lo simples, son desapercibidas.
Más bien tratando de asumirlas por la vía de mi percepción. Algo así como juntar esas acciones
que traducen condiciones inherentes al crecimiento de esos valores innatos. Esos que están ahí.
Inclusive desde el momento mismo del nacimiento.
Siendo así, entonces, empecé a vivir la vida. Estando cautivada por el significado de lo que somos.
Una aproximación a la razón de ser del recorrido que es una invitación a ejercerlo en libertad. Con
la posibilidad latente de considerarlo como reto. Era como si mis convicciones estuvieran centradas
en el afán de asumirlas como precondición para alcanzar un lugar en el universo cercano.
Una invasión empezó a hacerme sujeta de redefiniciones. Esa que puede ser establecida como el
punto de comienzo de la primera infancia. Siendo niña, ya estaba en mí la idea de futuro como
recopilación de aciertos y desaciertos. Situada en un entorno familiar más o menos común. Con las
diferenciaciones apenas obvias; propias de la individualización de los hechos.
Bitácora 2.
Cierto fue que empecé a crecer. Decantando cada una de las situaciones. En su complejidad.
Porque ellas mismas no pueden ser entendidas al margen de lo que constituye la brevedad del
tiempo y las posibilidades asociadas al mismo. Una búsqueda de referentes para asirlos y
precisarlos en el día a día. Haciendo parte de los grupos cercanos y lejanos. Pero, de todas
maneras, con la obligación de concretar mi autonomía. Condición necesaria para poder
posicionarme. Como lo hace cada quien. Pero sin ser, simplemente, cada quien. Una
individualización que fui construyendo en el transcurso del tiempo que nos ha sido asignado. Un
escenario común, pero al mismo tiempo diferente.
Bitácora 3. Y crecí soportando soledades y recordaciones. Casi como agobio. Porque tuve que
aprender a sortearlas. Como si fuesen inherentes al hecho mismo de saber vivir. Tratando de
cotejar los valores sociales que empecé a internalizar. Esos que, a la vez que son rituales comunes,
como son también particularidades. En mí, el oficio de vivir tuvo y tiene que ver con las
condiciones mismas, a veces efímeras. Otras veces como talante no permisivo, en el sentido de
tolerar equívocos por parte de quienes estaban más cerca. Yo diría que, siempre, he tenido la
disposición necesaria para acomodar mi manera de caminar como caminante que eludió y elude la
aproximación a validar ese soporte de perversidad tan propio de nuestra sociedad. Pero, al mismo
tiempo, confrontándola ahí, en la inmediatez.
Bitácora 4. Ese día en que sentí por primera vez la cercanía y la necesidad de lo afectivo. Fue
como si empezara a descubrir algo asociado a la espiritualidad. Esa que no había conocido
plenamente. Cuando lo conocí, sin saber porque, asocie ese momento a algunas visiones que había
tenido en parte de mi niñez. Rememoré los sitios en los cuales estuve. Allá en el campo. Desde
muy pequeña no me acompañó mi madre. Y eso, de por sí ya fue una desventaja. Un tipo de
soledad impactante. La veía como imagen borrosa. Como sucede cuando sabes que no está, que se
ha ido.
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Pablo empezó a ocupar un lugar en mí espacio. Como si, de pronto, sintiese que el vacío empezara
a ser ocupado. Haciéndome mujer cada día más.
El mismo me lo dijo. Ese día en que estábamos sentados en el parque del barrio Normandía.
Recuerdo que, con palabras sencillas, me hizo saber lo que ya yo había percibido, desde días atrás.
Era un domingo, por cierto. Yo había trajinado todo el día anterior. Mi jornada laboral era
agotadora. De lunes a sábado. Ocho horas diarias a todo dar. Pero, no lamentaba. Más bien me
sentía afortunada. En un país en el que el desempleo es abrumador, el hecho de tenerlo me situaba
en posición de poder resolver las necesidades básicas. Ya, en ese entonces, se venía haciendo
realidad el deseo de tener una casa propia. En el laboratorio en el cual trabajaba, hizo carrera el
proceso comenzado por parte de Afidro en términos de ofertar vivienda para quienes estábamos
vinculadas (os) como trabajadores y trabajadoras en los laboratorios. Seguí, paso a paso, las
condiciones requeridas para acceder al apartamento. En verdad, todavía estaba en mí la lejana
tierra. Cuando llegué a Bogotá, al lado de mi hermana mayor. Fui procesando el entorno
ciudadano. Unas expresiones nunca antes vividas. A decir verdad, mi espíritu seguía allá atado a las
vivencias pueblerinas. Retratos hermosos del paisaje. De las tristezas y de las alegrías.
Y Pablo seguía el cortejo. Y yo me dejaba cortejar. Era feliz a su lado. Él evocando, también como
yo, su infancia y su terruño. Avizorábamos un horizonte para los dos. Crecía, cada vez más la
expectativa. Como quienes no veíamos nada diferente a lo nuestro. Obviamente no faltaban las
afugias.
Bitácora 5. Y llegó, por fin, el día de nuestro matrimonio. Gran satisfacción. A pesar de ser un
martes de agosto, un tanto lúgubre. Nubes espesas, grisáceas. De esas que no solo anuncian lluvia,
sino que la concretan. Tremendo aguacero. Pero Pablo y yo casi que ni nos dimos cuenta. Con esa
alegría inmensa para que preocupaciones.
…Y llegó nuestra hija. Angélica hizo presencia. Durante mi embarazo, conversé a diario con ella.
Ahí, en mi sitio de trabajo. Ahí, en casa. Ahí en la calle. Susurraba; le decía que no veía la hora de
paparla. De alzarla y de robarle no solo una, sino muchas risas. Como solo saben reír los niños y las
niñas. Yo ya había vivido esa expresión. En mis sueños lúcidos. Corría tras ella. Bosques tupidos
eran el escenario. Y ella, mi Angélica, saltando en tierra como pájaro. Caminando como buena
caminante de ilusiones
Y Pablo conmigo y con Angélica. Todo lo cotidiano se hacía escenario pleno de fortaleza y de
consentimiento. A pesar de las dificultades para el cuidado de la niña, mientras él y yo
trabajábamos. En esto, un reconocimiento de gratitud a mis hermanas. Estaban ahí, dispuestas a
estar con ella.
Cualquier día, Pablo me contó que había logrado conseguir un empleo como enfermero, vinculado
al Ministerio de Salud. El sitio de trabajo sería el departamento de Caquetá Concretamente a un
caserío llamado Campoalegre. Una distancia inmensa. Pero lo que más nos causó tristeza y congoja
fue la separación inherente a esa decisión. Como si, de pronto, se nos viniera el mundo encima.
Claro está que estaba de por medio la necesidad de mantener el trabajo. El mío y el de él. Como
posibilidad cierta de seguir construyendo una opción de vida en la cual no existieran afugias. Mucho
más, cuando ya había nacido nuestra hija. Un futuro cierto. Eso era lo que buscábamos.
Bitácora 6. Y sucedió ese domingo. Angélica y yo llegamos hasta donde estaba nuestro Pablo.
Habíamos llegado desde Bogotá, hasta Campo alegre. Felices. Porque él era nuestra adoración.
Tanto que no tuve reparo para trasladarme con nuestra hija, para estar con él. Además porque,
Angélica lo reclamaba a cada rato. Su papá. Quería volver a verlo. Y yo hice todo ese esfuerzo, por
complacerla. Y por complacerme a mí misma. Simplemente, lo amaba.
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Pero que dura es la vida. Como lo mataron, ese 30 de junio de 1992 Precisamente, la noche
anterior, había soñado con mi Pablo. Lo veía envuelto en sábanas de color rojo. Deambulando
alrededor mío y de Angélica. Como si quisiera decirnos algo. Pero no le entendía. Era un acumulado
de palabras, no escuchadas. Nada coherentes.
Y, precisamente, esa noche, fue impactante. Llegó a mí con media vida afuera. En un dolor
inmenso. Y yo le decía: Pablo no desmayes. Está, aquí, Angélica. Y estoy yo, diera mi vida por
salvarte. Ya verás. Y cogimos la lancha. Había que surcar hacia abajo el río. Buscando a Tres
Esquinas. O a cualquier lugar. Verás Pablo que Angélica y yo , removeremos cielo y tierra.. Nadie
nos va a privar de tu presencia. Y seguimos río abajo. Mi Pablo se desangraba. Lo cierto es que
estábamos cerca a la Base Militar de Tres Esquinas. Un territorio en el cual se vivía en posición de
combate; por cuanto había sido atacada por la guerrilla. Una noche lluviosa. El agua nos arropaba.
Y el centinela gritando ¡alto quien vive! Y los disparos. Y Angélica y yo, gritando: se trata de Pablo
que se muere. Y cesaron de disparos. Pero Pablo seguía en agonía. Y llegamos a Tres Esquinas.
Lugar escenario de guerra. Y como si fuéramos algo no grato. Como cuando tú sientes que eres
cualquier cosa vinculada con la guerra.
Pero se vino la muerte. Como pájaro agorero. Simplemente ya no estaría más con nosotras. Se fue
al vuelo. Remontando ese universo que fue nuestro. De todos a una. Pero es así, la vida. Silencio
penetrante. Como si todos y todas estuviéramos al vuelo. Por ahí sin ton ni son. Pero, en mí, era la
herejía de cantarle al mundo que era todo para mí y para nuestra hija. Y me quedé ahí, absorta con
Angélica. Que lloraba, sin comprender la dimensión de lo sucedido. Un canto apagado. Un canto
que ella quería echarlo a volar al viento. Mi niña. Nuestra niña. Como mirando al padre en largo
vuelo. Como si fuese plena en su sentir de no volverlo a ver más nunca.
Bitácora 7. Y seguí yo el cortejo. Ya Pablo era pasado. Así me doliese aceptarlo. Yo tenía que vivir,
seguir viviendo. No sólo por mí. Más que todo por Angélica. Y estuve ahí. Al lado de ese cuerpo
inerte, llamado amor. Llamado Pablo. Por mí. Y todos los ires y venires. Que su cuerpo allí y allá.
Hasta que, por fin, estuvimos en Bogotá. Las dos con él. Y lo sepultamos. Y quedamos solas. Un
volver a empezar. Pero tuve fuerzas. Como las de madre. Como las de esposa. Y me dediqué a ella.
A nuestra Angélica. Y fue pasando el tiempo.
Y, en sueños, recreaba ese río abierto. Con abundante carga de vida. Río, sinónimo de esplendor.
Esa noche no lo pude mirar cuan hermoso era. Porque el Sol no radiaba. La noche, como expresión
necesaria, se juntó con mi tristeza. Sueños que exploraban la vegetación hambrienta. De vida y de
alegría. Río que baja buscando su lugar en el mar. Como todos los ríos. Pero el mío, el de Angélica
y el de mi Pablo, no era ni fue eso. Todo empañado por la pérdida. Selva inmensa. Con bosques
tupidos. Maraña que envolvía. Pero que, a la vez, es territorio pleno, que muestra la inmensa
riqueza de recursos naturales.
Es el presente. Esa simpleza. Está ahí. Ni lo que dijera, ni lo que hiciera, cambiaría la ruta. Y crecía
Angélica. Empezaba mi rol de madre sola, enfrentando los avatares de la vida. Y la niña, creciendo.
Con una promesa mía de resurgir, sin importar lo que pasara
Y es aquí y ahora. Ya eres adulta, le dije cualquier día pasado, a Angélica. Y siguió creciendo. Y yo,
otra vez, al lado de la vida. Trabajando. Hasta que surgió, otra vez, la figura de la autonomía. Para
ella (Angélica) que asumió, aquí y allá, lo necesario para otorgarle al padre post mortem, una dicha
originada en lo que ella era capaz. Un universo nuevo. Construido desde ahí. Desde ese horizonte
que no compartimos con él.
La Esclava Rockera
Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no
hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre
de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida Jiménez. El
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reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina. Allí estaban cantando y conversando un
grupo de muchachos y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson.
Todos y todas en una euforia absoluta.
Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de su
ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales
tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos.
La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se
hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu
errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego. Percibió ese dolor
inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella
misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava.
Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:”¿Por qué lloras? ¿Acaso tú también,
conociste a Lorena la amiga de la Esclava?.
Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos, donde
conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava.
De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos y
truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los
Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las
toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos.
La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los otros
amigos y las otras amigas.
La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La
cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la
esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron.
Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la tragedia.
Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de
recopilar estas versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión.
Los personajes y las personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que rodean
a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario
absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo único
que se les entiende es:”…esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día apareceremos y será otra
tragedia.
Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no
controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre.
Los pasos perdidos
Borrón y cuenta nueva. Al menos así le entendí a Eufrasio. Ese está más perdido que el tanque de
oxígeno de mi tía Romualda que murió asfixiada, cuando lo buscaba. Y es que el Eufrasio siempre
ha sido un man entre medio torcido y torcido y medio. Con decirles que, en un cumpleaños de
Casta Lía Bermúdez Paniagua, su vecina de siempre. Desde que eran guaguas como dicen los
ecuatorianos. Le dio por orinarse en la sala, mientras bailaba el Santo Cachón. Claro que él no es
tan conocido como el profesor Antanas. Pero igual, se lo cogía como si fuera manguera de
bomberos. Y, para ajustar, cuando terminó, sacó el hechizo con que anda. Y, pum, pum. Disparos
al techo. Hizo caer esa araña tan hermosa que alumbraba como si fuera de día.
24
Lo del borrón y la nueva cuenta, tiene su sentido. Porque borró del mapa a Euclides el pelicandelo
que le corría el ala a su hermana Betulia Josefina. Y, después, desafió a todo el mundo. Entonces,
aclarado lo del borrón, lo demás es pertinente. Comoquiera que se le metió en su picha cabeza,
que se iría con la hermana de Jeremías Alfonso Alonso Motivante, para el Brasil. Le había escrito un
primo lejano, diciéndole que allá estaban empleando rusos para trabajar en la construcción de
varios estadios; como logística necesaria para el Campeonato Mundial de Fútbol en 2014 y los
Juegos Olímpicos de 2016.
Y se fueron, por la vía Bogotá-Medellín-Cali-Barranquilla-Riohacha. Claro que llegaron seis meses
después. Y el lejano primo, ya se había venido muy preocupado, a buscarlos. Y, cuando llegaron el
Eufrasio y la Begonia a Río de Janeiro, se dieron cuenta que no le habían solicitado la dirección al
primo distante. Y, peor aún, conociendo que parcero ya había cogido para Bogotá, vía Panamá-
Nicaragua-Costa Rica- Santiago-Lima. Obviamente llegó en condiciones lamentables, ocho meses
después. Y Eufrasio y su primo no se encontraron nunca. Por si acaso les interesa el problema, a
Eufrasio si lo emplearon. Pero en una fábrica de productos asociados a los estigmas. Y le tocó
moldear al Divino Rostro, a Lázaro con su fetidez obvia. A San Pedro, después de haber perdido su
cabeza. A San Juan el Bautista en las mismas condiciones que el anterior. A todos los infiernos de
la Divina Comedia. En fin, tantos y tantas que terminó en el manicomio de Brasilia. Hasta allí lo
acompañó la hermana del Jeremías. Rogó que la hospitalizaran junto a su amado Eufrasio. Al otro
día la encontraron degollada y sin lengua. La investigación arrojó como resultado:”…cuerpo sexo
femenino. Atacada con un corta latas, en horas siguientes a la medianoche. Se indica, además, que
su mozo o esposo, o amigo, o cualquier cosa parecida, estaba boca abajo en la cama. Y que, en su
mano, tenía la réplica de la Santa Cruz. Y que despertó preguntando por Narcisa. Supimos después,
aparece como anexo en este informe, que el malparido se había guardado el arma del delito en lo
profundo de su estómago. Y despertó. Y se puso a llorar cuando supo lo sucedido. Y trató de
suicidarse por ahorcamiento con la cinta del preclaro Simón Eustorquio. Y que, al no morirse, se
puso a llorar a moco tendido. Llamando a su Narcisa a todo taco. Y que, los del CTI de Brasil,
declararon el crimen resuelto.
Doce meses después, encontraron debajo de la cama de la pareja, un instructivo que enseñaba
como matar sin dolor y con dolor. Su autor: el director del Hospital “La última oportunidad para
vivir”. El ideario del médico psiquiatra era, más o menos, así: Primer Acto: elija un motivo. Segundo
Acto: multiplíquelo por 77. Al producto súmele el cociente de dividir el día de su nacimiento y la
hora en que su mamá quedó preñada de su último hijo. Luego tome jugo de penca sábila. Vomite.
Y vuelva empezar. De todas maneras tenga a mano una cabuya fabricada en Guarne (Antioquia)
por don Melquisedec Florián, quien tiene registrada la patente. Por último ((Tercer Acto), insulte a
la enfermera. Acúsela de lesbiana psicótica. Y láncese al vacío. Si no quedó a gusto con las
instrucciones, demándeme ante el Jurado del Santo Oficio Trinitario. O, si lo prefiere, hable con el
señor Procurador Ordóñez que él le indicara el paso siguiente.
El buen ladrón
Conocí a don Salvador Alicate, un día antes de un sábado. Es decir, un viernes para ser más
preciso. Todo hay que decirlo. Hablan de él, diciendo “ese señor es un alma de Dios”. Como
queriendo decir que no quiebra un plato. O “no hace milagros por pura pereza”. Yo tengo otra idea
de él. Desde que, un día antes de un domingo, lo vi sacándole la billetera a don Eulologio. Lo tenaz
es que, al señor E., le habían pagado la quincena en ese pinche taller en donde trabaja. Y, para
acabar de ajustar (como dicen las tías), iba a pagar el arriendo de los dos cuartos que ocupa con su
compañera y sus dos hijos, en el inquilinato. Pero, además, de ahí había que mercar y guardar algo
(¡sí…algo y muy poquito, por cierto le sobraba) para los transportes.
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Bella conchita y otros relatos

  • 1. 1 Bella Conchita y otros Relatos De mi cuerpo da razón lo sucedido el primero de noviembre del año pasado. Estaba yo dándole al trabajo de vendedor de chucherías, en el centro de la ciudad. Todavía era de mañana. Llovía a cántaros. No pude sacar mi chacita. Esto traduce que no pude trabajar y que la familia no tuvo que comer. Yo guardo unos pesitos en la almohada de la cama. Es el capitalito. O el plante, que llamamos quienes tenemos este oficio. Eran sagrados. De lo contrario no podría trabajar. Hoy fue lo de la lluvia. Pero, casi todos los días nos dispersaban los del Esmad. Además, a muchos y muchas de nosotros (as) nos decomisan la mercancía. Simplemente, nos decía, “Esta es la prueba de la flagrancia”. Decía que lo sucedido ese primero de noviembre. O la Fiesta de Todos los Santos”. Tuvo enorme repercusión. Llegué al Cementerio Central, llamado “El Buen Dios”, a eso de las cuatro de la tarde. Acompañaba a mi compadre Rómulo Augusto Piñeres. Por cierto un hombre de esos que llaman “de talante solidario”. Íbamos a visitar la tumba de doña Gregoria. Había muerto dos años atrás. A propósito, doña Gregoria, excelente cocinera, casi siempre mi compadre me invita a almorzar los domingos. Yo sé que vinieron del campo, cuando Rómulo era apenas bebé de un añito. La situación, allá, se fue tornando invivible. Perdieron el pedazo de tierra que tenían. Además perdieron las tres vaquitas lecheras. El papá, que se llamaba lo mismo que mi compadre, había muerto en accidente de automotores, casi el mismo día en que le hizo a la señora Gregoria, al que después llamarían Rómulo. Cuando llegaron a la ciudad, se instalaron en un lotecito baldío que había en las afueras. Como yendo para el relleno Sanitario “don Elías Jaramillo Hinestroza”. .Doce años después lograron la adjudicación de una casita en el Barrio” Santísima Trinidad. De ahí en adelante todo fueron penurias nuevas. A veces no les alcanzaba siquiera para pagar los servicios básicos de energía y acueducto. Rómulo convenció a su tío Lisímaco, para que le prestara cuarenta mil pesos, para comprar lo que habría de ser la base. Yo le conseguí un puestico en la esquina de la carrera cincuenta. Con calle49 Me tocó braviar a muchos avivatos, que trataron de meterle miedo, amenazándolo con robarle la mercancía. Por lo general, trabajábamos hasta las ocho de la noche, Doña Merina, nos dejaba guardar las chacitas, en espacio habilitado para tal fin en el parqueadero que llaman de “Los monos” Después de orar ante la tumba de la mamá de Rómulo, pasamos al otro lado de la calle. Nos pusimos a consumir cervecita donde don Euclides. Entre palabra va, palabra viene, se nos hizo tarde. Eran las ocho de la noche. Nos despedimos de quienes estaban con nosotros. Resolvimos volver a cruzar la calle, para esperar la buseta. De un momento a otro, se me perdió de vista el compadre. Busqué alrededor del cementerio. Nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. En un instante estando yo en la búsqueda, miré para la entrada principal. Me encontré con la mirada del señor vigilante. Sus ojos vidriosos y, extremadamente amarrillos, lo miraban todo de arriba abajo. De izquierda a derecha. Me llamó haciendo señales con sus manos.. Al principio tuve miedo. Pero, después, decidí acercármele. Me hizo pasar. Cerró la puerta con el candado que tenía. Me dijo que
  • 2. 2 quería comentarme algo relacionado con Rómulo. Lo seguí hasta el sitio en el cual dormía. El tintico estaba medio frío. Sin embargo me lo tomé. Empezó diciéndome que conocía a la familia de mi amigo. Desde mucho tiempo atrás. Que sus tres hermanos habían muerto cuando trataron de profanar la tumba de don Milciades Acosta, Según dijeron quienes conocían de las andanzas de los tres hermanos, que don Milciades se había hecho enterrar con toda la plata que tenía. Es decir, iban por eso. Me comentó, además, que Rómulo había sido amenazado, en sus sueños, por parte de Milciades. Juró que lo envolvería con el manto de la Virgen del Carmen. Lo haría desaparecer en vida. Y lo llevaría a su tumba; para que allí disfrutara del dinero que tenía en el ataúd. Desde entonces el alma atormentada de Don Milciades, perseguía a Rómulo por todas partes: Preciso cuando ustedes estaban conversando, el espíritu del muerto hizo invisible a su amigo. Y, ahora, debe estar rondando todo el cementerio. Es decir, se lo llevó en cuerpo y alma. Y vagará, por siembre, en las noches y en los días; hasta el juicio final. Siguió diciendo, el vigilante, usted sigue. Le cuento que su tatarabuelo fue amenazado por una causa similar. Cuando vivía en Puerto Escondido. En ese caso, fue la tumba de una joven la que fue profanada. Resulta que solo una parte del cuerpo y del alma, fue sepultado. La otra parte del alma y el cuerpo huyó del lugar en que se estaba efectuada la velación. Esta otra ella quedó vagando entre nubes y a ras de la tierra. Juró vengar a su otra yo. Dijo que quien hizo eso sería seguido hasta la cuarta generación. Es decir, usted será quien lleve ese estigma. Usted morirá de una forma inesperada. Cualquier día, a partir de la desaparición de Rómulo. Quedé estupefacto. No atinaba a expresar nada. Como si yo mismo me hubiese tragado la lengua. El señor vigilante desapareció, de la misma manera en que apareció en la puerta principal del cementerio. Un frío de muerte espantoso me cobijó. Salí de allí. Era ya tan tarde que no aparecía en la calle ningún vehículo o personas. Cuando llegué al barrio, lo primero que se ocurrió fue visitar a la esposa de mi amigo. Por más que golpee la puerta, nadie abrió. Desde adentro salía un helaje que calaba los huesos. Empezó a salir un líquido viscoso, de color leche. Nauseabundo. Escuché risas salidas desde el interior. Cuando me disponía a correr, alguien me haló, desde atrás, el saco. Justo, en ese momento empezó a caer granizo. Fue envolviendo todo el entorno. El frío punzante fue creciendo. Hasta llegar a mi cabeza, después de haber arropado todo mi cuerpo. La parálisis fue total no podía gritar, ni hablar. La mitad del cuerpo y del alma de la joven que fue desenterrada por mi tatarabuelo, hendió en mi cabeza un clavo hiriente y al rojo vivo. Luego desapareció. Y, yo, con ella. Las Voces Acalladas Justo el día de su cumpleaños, Otoniel Balmore, se hizo a la idea de haberla perdido. Y es que fue un proceso gradual. Él no percibió a tiempo la degradación. Ella, Andrea, si lo tuvo en cuenta. Le tocó ese paso a paso. Como se iba alejando el encanto inicial. En todos los ámbitos. Pero, fundamentalmente, en aquel que la cautivó. La solidaridad, la sensibilidad, la ternura. Asumió, ella, un laberinto lleno de disquisiciones unilaterales. Viendo como crecía la angustia. Balmore se fue diluyendo. En un decantamiento de sus valores. Como ese día en el cual les correspondió enfrentar lo de su hijo. Allá, en el colegio. Cuando Armandito fue violentado. En unas relaciones grupales inéditas. No solo los dolores físicos por el hecho mismo de la golpiza. Fue, ante todo, el dolor íntimo.
  • 3. 3 Y es que llegó transido. Con su mirada absorta, perdida. Ella pensó que Balmore Otoniel llegaría a tiempo, ante la gravedad de la situación. Ella lo llamó a la oficina. A pesar de que le dijo que iría más tarde lo cierto es que se dejó absorber por el día a día. Un informe que, según su jefe, tendría que ser entregado ese mismo día. Y, Andrea, sola. No tenía certeza acerca de las condiciones y los protocolos en ese tipo de problemas. Armandito, más que llorar, gritaba. En una abierta exposición de su dolor. Lo vio en espasmos sucesivos. Como si hubiera entrado en las expresiones propias de la epilepsia. Lo veía recorrer todo el piso. De aquí a allá. Emitiendo como un zumbido, voces perdidas. Con tonos ásperos, inasibles a la entendedera. Desplomado. Un navegante perdido, sin brújula. Y surtió el proceso. Estuvo inmersa en soliloquios enfermizos. Se unió a su hijo. Una plegaria insensata. Y, las voces. Y las palabras, se desparramaron por todo el vecindario. Como si, a vuelo, la tristeza tratara de instalarse en cada una de las casas. Como si, en sucesión, cada momento fuera más amargo que el anterior. Más agresivo, en lo que esto tiene de violencia no advertida, no permitida. Y, las calles, lo mismo. Transeúntes escuchas de las palabras entrecortadas. Se fueron sumando, en proceso arrollador. Y se identificaban con lo mínimo entendido. Como sumatoria exponencial. Mujeres y hombres. Niños y niñas. Las escuelas y colegio aparecían desolados. Nadie llegaba a ellos, por lo mismo que las voces, empezaron a ser sus voces. Y Otoniel, siguió allí. Sumergido en ese informe absorbente. Yendo de un lado a otro. Informe palaciego. Intrincadas cifras o concretadas. Si los potenciales compradores habían preferido o no el nuevo producto. Y, él, inventado interpretaciones de la los resultados censales. Y no escuchó nunca las voces. En una sordera necesaria. Porque, la jefatura, ampliaba cada vez más la carga de la prueba. Amplitud bordeando los límites, a partir de los cuales serían tomadas las decisiones. La Junta Directiva de Americana de Bebidas Energizantes, aplicadas a la Educación. Cada vez más próxima a la necesidad de esas cifras. Para poder equilibrar con la competencia. Armandito y Andrea, allí. Surtiendo de palabras un entorno que se fue ensanchando. Llegando, inclusive, a la trasgresión de las fronteras. Los barrios ya desbordados por las exigencias soportadas en las voces. Un escenario superando las posibilidades del aire y de las aguas. Como si, el crecimiento, fuera infinito. Como si los colectivos, suplantaran las individualidades. Y llegaran a oídos de la Prefectura encargada de vigilar el comportamiento. De todos y todas. De los infantes adscritos a la Idea de crear Los Nuevos Derroteros. Conocedores de las violencias. Prefectura abstracta, pero controladora. Escuelas y colegios adscritos. Niños y niñas vinculadas a procesos, en procura de logros compatibles con el equilibrio de las conductas y las normas disciplinarias. Andrea, acompañante. Armandito, acompañado. Vislumbrando la profundización del dolor ajeno y propio. La Prefectura hizo compromiso. Nuevo, pero el mismo. Las mismas directrices, pero nuevas opciones de adecuación. Los colegios y escuelas fueron visitados. En la búsqueda de niños y niñas difíciles, según los protocoles vertidos. Asociados a la variación. A la nueva interpretación de Piaget. Buscando asimilaciones con respecto al énfasis propuestos por Foucault, en su escrito de Vigilar y Castigar. Partícipes de asesinatos de las almas. Nuevos códigos. Nuevos Manuales de Convivencia, derivados y/o construidos como respuesta a las voces lapidarias. Y se fueron apaciguando. Y Andrea allí, con su hijo. Como precursora de las acciones necesarias. Y, papá Otoniel sin poder interpretar de manera adecuada las cifras solicitadas. Y los mercados desparramados. Con nuevos títulos y de textos, orientadores. Y los colectivos escolares, por vericuetos insospechados. Y las voces reclamantes silenciadas. A partir de la interpretación de los datos. Y nuevas normas, sucedieron a las anteriores. El mismo hilo conductor, en lo que tiene que ver con enfrentar las violencias. Allí en la fuente. Pero, también, en los grupos interpretadores de funciones y de posibilidades. .Las calles vacías, otra vez. Las voces desaparecidas, otra vez. Andrea y Armandito sin Otoniel
  • 4. 4 Cenicienta De una vez por todas vamos a arreglar ese problemita. No me vas, ahora, a manejar como siempre lo has hecho. Ese cuentico de que mamá no hay sino una. Es decir siempre presente en cuanta vaina se meten los hijos y las hijas, para ayudarlos a resolverlas, no va más conmigo. Como se te ocurre tener otra hija, mujer. Ya son tres en menos de cuatro años. No me creas tan pendeja, que te voy a aceptar eso de que fue en un abrir y cerrar los ojos. Ni el bachillerato terminaste. Y son tres papás diferentes. Y para acabar de ajustar bien aprovechados. No les falta sino venirse a vivir aquí todos juntos. Sinvergüenzas. Y, como si fuera poco llegan al colmo de decir que no son celosos. Que aceptan a los otros, siempre y cuando les des aquello, de vez en cuando. En verdad Ifigenia no sé en qué pensás .Tu futuro está bien embolatado. Y el de esas niñas, ni hablar. Cada vez que las miro me dan ganas de llorar, A veces me viene la malparidez. Esa tristeza que se instala en una. Y recuerdo lo de tu papá. Bueno para nada. Me dejó ahí, preñada. Y se dio el ancho. No lo volví a ver ni en las curvas, como dicen. Y eso para no hablar de ese trabajito tan pinche que tengo. Me dicen la lava pisos. Porque no sé hacer más. Y ese asqueroso que tengo como jefe. Ahí, todos los días, insistiéndome en que se lo dé. Dice que soy mejor que dos de veinte. Me dedica esa canción “la veterana” del Charrito Negro. Y eso que tiene la propia que llaman ahora. Queriendo decir la que no es la moza. La legal. La de mostrar en público. Quiere que yo sea una de tantas. De las que ejercen como clandestinas. A pesar de lo feo y desgarbado, ha levantado algunas. A lo bien, que dicen ahora. Como queriendo decir a pesar de todo. Pero, volviendo al cuento de lo tuyo, no sé qué vamos a hacer. No nos alcanza lo que gano. No sé por qué la vida nos presenta opciones tan onerosas. Vías azarosas; con caminos escarpados. Y cada quien en posición de no dar más. Es como si hubiéramos vivido en el pasado. Y que ese tránsito hubiera estado cruzado por acciones perversas. Y que, por lo tanto, la circularidad nos hiciera repetir vida. Pero ya en condiciones en las cuales los costos espirituales y físicos dieran vida y presencia al pago por las culpas pasadas. En verdad, siento que el equilibrio entre felicidad y tristeza ha sido roto. Predomina, en consecuencia la angustia. El estar ahí sin horizonte distinto a la precariedad. Y no es, lo mío un relato soportado en el resentimiento. Es, más bien, asumir el derecho a sentirse así. Como perdedora. Con una perspectiva enredada. Estas tres niñas ahí. En un cruce de caminos que les depara hostilidad. O, por lo menos, un no futuro. Si entendemos por éste la posibilidad del abrigo, del cariño y de realizaciones que les permita ascender. Por lo menos en la escala de lo mínimo posible. Hoy es uno de esos días en los cuales, el sueño fue relativamente reparador. Todavía están intactas las imágenes. Viéndome y sintiéndome amada con pasión. Un hombre que me rodea con sus brazos. Y que me posee como nunca otro lo ha hecho. Lo veo recorriendo mi cuerpo. Ahí, explorando en zonas antes intocadas. O, por lo menos, con esa delicadeza. Con esa dulzura. Susurrándome al oído palabras excitantes. En una libertad anárquica. Aquí y allá. Provocándome una explosión inédita. Y saber que fue simplemente eso. Imágenes que se han ido desmoronando. Que lo cierto son las horas que me esperan de trabajo. Ese trabajo que me cansa de manera absoluta. No solo por el ejercicio físico de la fregadera, sino, con mayor hostilidad, esas palabras obscenas, ordinarias. De ese pérfido que me acosa. Aprovechándose de su condición de dueño. De sujeto con poder
  • 5. 5 económico. Siempre he querido no verlo más. Se ha tornado, en mí, en una obsesión el deseo de venganza. De matarlo ahí mismo. En ese espacio de vituperio. Y sigo ahí, como cenicienta mayor. Ya no con el recuerdo de la que conocí en los cuentos leídos cuando hice mi primaria. Ya no la niña que tuvo la opción de ser feliz, después de haber soportado el asedio y las vulneraciones de sus hermanas. Soy cenicienta que no he conocido ni conoceré la alegría… Solo ese sueño de aquel día. Pequeño Feudal Corría el mes cuatrocientos ochenta desde su nacimiento. Amílcar Frondizi, hombre de una posición social y económica definida como privilegiada, había nacido un treinta y uno de diciembre. Por lo tanto estaba acostumbrado a medir los días y los años con el rasero del último esfuerzo. Siempre estuvo al lado de lo fácil; como quiera que cada una de sus acciones no eran otra cosa que la reiteración del poder de su padre; Marcolino. Creció como crecen todos los futuros herederos de inmensas fortunas. Es decir, en un día a día, pletórico de oportunidades. Para él, la pobreza era algo así como la expresión de un castigo divino otorgado por el Todopoderoso a quienes en el pasado fueron débiles hombres o mujeres de fe. Precisamente, en el territorio del cual era propietario su padre y lo fueron sus abuelos; la gente asumía las penurias como corresponde a quienes están predestinados a ser sujetos de dominación. No tenían más esperanza que aquella vinculada con las actitudes benévolas de sus amos y dueños. Amílcar siempre soñó con ser una aproximación al concepto del dios físico. Aquel que le permitió a Marcolino ser lo que es. Porque, el dios de los Frondizi, si era verdadero. No como otras expresiones solo réplicas. Tanto es así que, el dios de los Frondizi, permitió a sus antepasados acumular inmensas extensiones de tierra, como retribución a su fe trinitaria y mariana. Por muchos años lideraron las festividades religiosas. Siempre estuvieron al pie del cañón-biblia, defendiendo los ideales y las convicciones de los cruzados. Especial recordación merece la lucha en contra de las disidencias perversas. En el año 750 le declararon la guerra a un tal Mahoma, quien se hacía pasar por profeta después del profeta mayor. Y esa guerra tuvo repercusiones. De vuelo en vuelo, fueron matando. Porque, cualquier ofensa a la divinidad cristiana tenía que ser exterminada. Sin explicaciones mayores. Solo la de que no aceptaban la rigurosidad ministerial de Jesús. No importaba si, como el tal Mahoma, se hicieran reconocimientos al Gran Maestro y a su Madre; la excelentísima María. De lo que se trataba era de no permitir el avance de disidencias. Ni de interpretaciones malévolas que ponían en entredicho lo definido por los cuatro testamentarios. La vida de Amílcar era, pues, una extensión de lo divino. Así lo había dicho su tatarabuelo Bersarión el Triste. Llamado así, en razón a que siempre fue fiel a la tradición, en términos de glorificar los momentos de dolor de María Virgen Madre. Cuando sobrevino la invasión de los discípulos y seguidores del tal Mahoma, a la amada España; Timoteo Tertuliano Pedro, su bisabuelo, convocó a todos los santos cristianos a que expresaran su predilección por los sagrados soberanos ungidos. En la intención de que les transmitieran fuerzas para exterminar a los desertores. Prueba de ello fue la santa iluminación del espíritu santo a Isabel la Castellana y al excelentísimo Fernando el Aragonés. Su dios les premió con riquezas extraídas de lejanas tierras. O lo que es lo mismo, producto de la invasión y aniquilamiento de las culturas que hallaron en esas inhóspitas lejanías. Ese dios nunca los abandonó. Ni siquiera cuando masacraron a sus súbditos cocineros, porque se les olvidó la pimienta en el lomo de cerdo, cuando celebraban el trigésimo aniversario de la muerte de San Pistacho, patrono de la familia.
  • 6. 6 Y lo mismo había sucedido cien años atrás, cuando tío Rudesindo ordenó el ahorcamiento de Benito Salas, líder de una revuelta en las pesebreras de palacio. Todo porque reclamaban al menos dos comidas diarias… Y Siempre se siguió sirviendo solo una, a las dos de la tarde. De todas maneras, Amílcar, era un hombre bondadoso. De esto da prueba fehaciente un episodio sucedido cuando cumplió diez años. Resulta que. Benedicto, su infante guardaespaldas acompañante, cayó a un pozo séptico. Era de noche y los dos caminaban por los arrabales. Benedicto, como todo niño, quiso ensayar un grito hacia abajo, buscando respuesta en la profundidad. Se inclinó tanto que su cuerpo accedió al llamado de la gravedad y cayó. Amílcar dudó, entre tratar de sacarlo e ir hasta la casona en busca de ayuda. Se decidió por esto último. Pasó, que en el camino se encontró con Altagracia Vasconcelos, la niña que él amaba en silencio. Se quedó absorto, mirándola…y se le olvidó a que iba. Muy temprano, en la mañana al despertar, recordó lo de Benedicto. Cuando llegaron, él y Sara, la lavandera, Benedicto había muerto. Amílcar recordaría toda su vida a Benedicto. Tal vez por eso que tenemos rodos y todas de aplicar la posibilidad de recordar, en términos genéricos. Lo cierto es que asumió una especie de remordimiento parecido al de los jerarcas católicos ante la carga histórica de la inquisición. Bonita Rosendo Ezequiel no consideró pertinente hablar con Eloísa. Sobre todo después de lo que pasó. Ese lunes, un día después de la fiesta en casa de Ernestina, Mauro le pegó en la cara delante de don Mauricio el hermano de Leonor. Tres dientes al piso. Tremendo morado en el ojo izquierdo y dos puntos en el labio superior. Tal parece que todo empezó, porque “la bonita” (así le decimos) habló con Telésforo el martes pasado, después del baile en casa de Fortunato, el primo de Eustorquio. Habían bailado a la lata. Desde vallenatos, hasta merengues. Se ilusionaron con una relación furtiva, al margen de lo cotidiano. Y Mauro resultó sumamente celoso. Con decir que su novia no puede salir sola. Siempre con su hermanito Alfonso. De paso, pelao fastidioso ese. Basta con recordar que cada acompañada, le costaba al novio tres barras de chicles, dos empanadas y tres jugos Alpina. Alfonsito le contaba todo. Desde a quien saludó, hasta si había o no entornado los ojos, mirando a los muchachos vecinos. Además, si había saludado de mano al señor Ponciano, el esposo de Betsabé Orinoquia. Porque, este, tenía fama de sardinero, aprovechándose de su buena pinta. También le advertía acerca de la casa de las Tres Marías. Ubicada en la esquina de la cuarenta y nueve con la ochenta y cuatro. Tenía fama por dos cosas. Tres hermanas. Mará Clemencia, María Alejandra y María Altagracia. Segundo, porque eran bien ariscas. Salían con cualquiera. Su casa era algo así como el punto de encuentro de novias y novios clandestinos. Con agregar que muchos de los embarazos en el barrio, tenían su origen en el hogar de las tres hermanitas. Isidoro Gualdrón, el primo hermano de Mauro, habló con él en el velorio de don Policarpo. En Jardines de la Fe. Le advirtió de la llegada de Hipócrito, un tío de la Eloísa. Venía desde Puerto Escondido, Córdoba. Allí era famoso por lo pendenciero. Manejaba el machete como pocos. Cargaba un trueno 38 recortado y una escopeta de dos cañones. Doña Agripina, la mamá de la mamá de Eloísa, lo había llamado, el otro martes después del lunes siguiente del lunes en que el novio le cascó a “la bonita”. La fama de Hipócrito no eran solo habladurías. Un primero de noviembre, cuando se celebraba el día de todos los santos. Llamado también día de los muertos, cogió a planazos al cuidador del cementerio. Todo porque no lo dejó entrar borracho. Allí mismo le pegó dos tiros a Eusebio Alvarado, cuando reviró por los casi machetazos a su padrastro. Pero eso es nada comparado con la golpiza que le propinó a su mamá, cuando le dijo que dejara esa vagancia y buscara trabajo. Así fuera de lavador de caballos y de perros.
  • 7. 7 Pero, al celoso novio, le importó poco el repertorio acumulado del tío. Más aún, cuando el primo se despidió, le dijo:”…si lo ves, le decís donde me mantengo”. Isidoro no tuvo necesidad de llevar la razón. Ese miércoles, después del novenario de Policarpo, el de Puerto Escondido, visitó al cascón, en “El abrazo del oso”. Por lo demás sitio bravo y áspero. Allí se cocinaban casi todos los tropeles, venganzas e improperios necesarios para lo cotidiano, en esta ciudad de ensueños pérfidos. Cuando llegó, reconoció al matamujeres, por su lunar amarillo en el mentón. Le dijo ¿sabés qué guerrero de mierda?, preparate para lo que viene. Te tengo reservado lo que llamamos en mi tierra “la ensalada de cocoliso”. Es algo parecido a lo que les pasaba a los recién llegados al ejército con el quinopodio. Si te interesa, preguntale a Ramón Tizón. Todavía, después de haber prestado servicio tres años, tiene diarrea. Claro que lo mío no es tan simple. La ensalada es un plato más fuerte. Incluye bajada de tripas. El domingo, después de la celebración del jueves pasado de la romería a San Calixto, el novio enjuiciado, visitó a la señora Paulina. La dueña del taller de carros. Lo que llaman una visita de cortesía. Para decirle que muchas gracias por la caja de herramientas que le prestó. Pero que la había tenido que empeñar para ajustar lo del pasaje. Que viajaría a Quibdó al día siguiente después del viernes. Para hablar con Alipio Melo. Porque ese si le puede resolver el problema con el tío de la novia a la que él le tumbó la risa. Y que, por favor Paulinita, le prestara el gato para venderlo. Y, así, poder comprar las diez imágenes de la Virgen del Cobre, que le prometió a don Evaristo Pompilio, el gitano que es mandamás en Bahía Solano y a quien piensa visitar, después de hablar con quién todo lo puede. Porque, agregó, no está por demás un Plan B. Dicen, le dijo, que Pompilio hace milagros. O magia negra que dicen ahora. Y que, de ser posible, le encargaría el trabajito de convertir en escorpión al matón ese de Hipócrito. Y, la pobre Paulina, no tuvo más remedio que aceptar. Sobe todo, sabiendo que Mauro es el jefe encubierto de la banda de vacunadores, conocida como “Que pagan, pagan”. Durante el viaje, el que fue al velorio de Policarpo, no hizo otra cosa que cranearse la manera en que le pediría el favor a Alipio. “Que fíjese que ese muelón me la tiene montada, simplemente porque le dije que dejara tranquila a mi hermana Josefina”. O, mejor sería…”don Melo, imagínese que ese tipito me prometió tres disparos, que a la postre serían seis, con su escopeta bicañonera, si no le entregaba lo del diario de las extorsiones a los tenderos del barrio”. O “Ese man nos tiene arrinconados. No podemos salir ni a la esquina. A las siete de la noche tenemos que estar en la cama”. O “don Alipito, le agradecería si se hace cargo del oriundo de Puerto no visto”, o Puerto Escondido que llaman. Como, por ejemplo, desapareciéndolo. Así como mi papá y yo lo hicimos cuando usted tuvo el problema ese con quien usted llamaba Ojos de Vaca. Allá en Puerto Inírida, hace como veinte años”. Lo único cierto es que, no más bajó del bus. Ahí, casi a la orilla del río, lo esperaban Alipio y el tío de “la bonita”. Lo hicieron trizas. Uno con machete y otro con lo que llaman rula. Los gatos y los perros citadinos se dieron banquete. Antes que tiraran sus restos al Atrato, por allí pujante. Al mediodía de ese sábado, después de lo que pasó en Quibdó con Mauro, una procesión de jíbaros. De novias desorientadas. De mamás solidarias. De pelaos de escuela y de vasallos cotidianos. Entonaba “Juanito alimaña” al mejor estilo del amado y recordado Héctor Lavoe”. Entre tanto, Eloísa, “la bonita”, lloraba. Bien adentro de su ser, recordaba a quien le pegó y la dejó desdentada. Qué falta le haría. Maldito tío. Maldita abuela. Ojala los partiera un rayo. En el noticiero de las siete de la noche. Ese domingo, después del primer domingo del mes de julio, reseñaron “Insólito. Increíble. Un solo rayo mató a Hipócrito Caraballo, en San José del Guaviare y a la señora Agripina Hinojosa de Caraballo, en el Barrio Aranjuez, Medellín. Consultados algunos estudioso de la velocidad de la luz y del sonido Acerca de la posibilidad del desdoblamiento del fenómeno físico. Solo atinaron a decir: Eso fue una maldición. Las brujas no existen. Pero que las hay, las hay.”
  • 8. 8 Desde ese día, ya lejano, Eloísa “la bonita”. Atiende en su consultorio. A todos y a todas quienes necesiten, fraguar venganzas a corto y a largo plazo. En un mismo sitio. O en sitios diferentes a la vez. Trabajo garantizado. Fecha de entrega: un día después de consignar los honorarios en la cuenta corriente número 70890777, Banco Ambrosiano, sucursal barrio El Pedregal, Medellín, Colombia, Suramérica. Alguien dijo al salir: qué señor tan parecido a Mauro. Ese que está alumbrado con dos cirios en el cuadro del consultorio de Eloisita. Adivinador Y como si fuera poco, Pimienta Eduardo Albarracín Espárrago, se metió de adivinador. De lo humano y lo divino. Una prueba tiene que ver con lo que sucedió en la sesión con Amapola Constanza Virrey y Solís. Más o menos lo siguiente: ella le pidió que le leyera la mano izquierda. Porque la derecha la tenía ocupada con el rosario de su madre. Pimienta procedió. Según expresó, veía un objeto volador no identificado. Que iba derecho a la casa de Begonia Susana Amariles Porsiacaso. Y que esta estaba muy ocupada dándole de comer a la cobra que tiene como mascota desde el año pasado, de nombre Princesa Y que, la susodicha, solo acató a oír el ruido, cuando este objeto cayó y dañó las matas de fríjol y de pitaya que había sembrado al día siguiente de la muerte de querido perrito a quien llamaba Platón Alejandro. Y, seguía diciendo el Eduardo, se expandió la frijolada y la pitayada, por todo el entorno. Y que sus vecinos salieron a correr. Muchos y muchas empelota. Porque, justo en ese momento, estaban gozando de un baño comunal en el jacuzzi colectivo con un líquido denominado leche del hombre amado. Y que, aseveraba el viejo Pimienta, hasta el Ángel de La Guarda, gozaron del espectáculo. Por ejemplo, viendo a doña Flora con esas tetas caídas. A don Patasola, con ese pene tan fláccido que parecía una verruga enana. O al curita Efosías, con aquello como un palo de roble. O a Vera Amanda, la proveedora de quesos, con su cosita tan abierta como puerta de iglesia. O a don Doroteo dele que dele, arriba abajo, abajo a arriba a su pajarito enrojecido. En fin que, hubo tal revuelo, que la alharaca llegó hasta la casa del alcalde Mondoñedo Verijas Valverde. Quien, de paso sea dicho, estaba a esa hora enseñándole a su perrita Lucrecia María a cantar, a capela, el himno del municipio. Todo este enredo, sugería que Amapola se vería envuelta en un chisme tan grande como la piedra de El Peñol. Simplemente ¡cuídese ¡ Amapolita, porque lo que viene es bravo. Y la Constanza llegó a casa. Allí estaba Marcolino durmiendo. Y, ella, lo despertó, hablándole de la reunión con Albarracín. El inocente esposo, solo atinó a decir:…pa que vea, mi sueño se hizo realidad. “dicen, dijo él, que te acostaste con el señor alcalde”. “Y que estás preñada”. “Y que te ibas a volar con él, para Betania, Antioquia.” Amapolita alcanzó a decir:”…y eso es lo que Eduardo llama chisme grande. Qué tal que leyera mi mano izquierda. Allí si está escrito algo descomunal. Como cuando me acosté con don Benjumea, el presidente del País. En casa presidencial. Él llevaba puesto un condón que le prestó su secretario privado. Y con la gallina Esperanza y el gallo Alonso, como testigos…”. El machete que Romualdo le había prestado a Marcolino, hizo el resto. Dicen que la cabeza de la alebrestada mujer, se conserva, hoy por hoy, sumergida en enorme frasco lleno de formol. Y que, miles de peregrinas, la visitan a diario.
  • 9. 9 El arca Dizque es descendiente de Noé, dice Arritoquieto Astolfo Migraña Pestaña. Un cuentero de marca mayor. Dice, a propósito de su parentesco con el elegido, que el arca fue construida en el astillero de los hermanos Elimeleth y Ben Hur Apologético Cansado, en menos que cantaba el gallo de Valvanera Protozoo Balbina, que cantaba cada que le daba la gana. Y la gana le daba cada tercer día, después de haber muerto Federico el Grande. Un poco enrevesado el cuento del gallo cantor. Lo cierto es que, sigue diciendo el viejo Astolfo, le entregaron el arca a mi ancestro Noé, un día denominado parasol. Lo más cercano, en entendederas, a lo que en nuestra época es el lunes. El reto tenaz fue meter todos y todas animales. Hembra-macho, para que pudiera concretarse la reproducción. Uno se dice a sí mismo: mismo, que diría el viejo Darwin. Expresaría, con una figura literaria, más o menos como la siguiente: “Avemaría pues, sí que estaba loco ese mentiroso. Lo más seguro es que era familiar cercano de Ptolomeo el Triste, que hizo una encerrona ni del carajo en eso que tiene que ver con meter chucha por liebre. Y mezclas como si fueran soluciones. Ahora verá pues como lo voy a demandar por conducta inapropiada o daño ideológico. O, lo que es lo mismo, por creer que yo soy un pendejo”.Sigue diciendo Migraña: el problema mayor tuvo que ver con el hecho, en el sentido de qué hacer con los vegetales. Si el diluvio iba a arrasar todo lo que hubiese en tierra. Dónde quedaban las coliflores, los tulipanes, las arracachas, las moras de castilla, los fríjoles cargamento, las papas pastusas, las cebollas cabezonas…etc., Hasta razón tiene este marica. Yo no había caído en cuenta de eso. Es como si, apenas hoy, pensáramos en eso. ¿Será que alguien, antes, lo hizo? Lo cierto es que Arritoquieto, lleva como cuarenta días, hable que hable. Y no le falta clientela. Todos y todas que pasan por ahí, por la esquina del Marmolejo se quedan embobados. Abriendo la jeta, ante tanta macumba que sabe hablar el ignoto heredero. La lluvia Y se dejó venir un aguacero ni del carajo. Justo cuando yo iba con la Evangelina para cine. Habíamos decidido ver “La Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada”. Todo, para cerciorarnos si en esta vez sí pegaba una adaptación del Nobel colombiano. Llovió como nunca antes. Y como siempre, se desbordaron las aguas negras que llaman. Y, siempre dele con eso de asociar color negro con cualquier calamidad. Pero lo cierto es que los sumideros no aguantaron más. Nos pusimos a ver y contar porciones de popó, ganchos para colgar ropa; tiestos de todo tipo, ratas muertas, ya jinchas, esparadrapos, gasas empapadas en agua sangre; tocadiscos, planchas, iguanas muertas, toallas y protectores. Condones todo tipo y tamaño, cucos y pantaloncillos de todos los colores y tamaño. Además, una buseta con treinta pasajeros ahogados. Diez inodoros; trece lavamanos. Veintiocho bandas presidenciales. Una toga de obispo. Tres quepis de general de división. Tres caballos. Dos vacas… Hasta que nos cansamos de contar tantas cosas. Decidimos enfrentar la lluvia, los relámpagos y truenos. Cuando llegamos al teatro ya había transcurrido más de la mitad de la película. Sin embargo, después de comprar críspelas entramos. Debido a la oscuridad, tropecé con una pareja hombre-mujer que estaban tirando ahí en el piso. Después de los insultos, logramos acomodarnos. Ahí, a nuestro lado estaban dos parejas de novios masculinos recreando su sexualidad. Se rompió la cinta. Se enredó en el proyector. Fue suspendida la proyección. Todos y todas gritamos! Operador, soltá al muchacho y ponele cuidado a tu trabajo. Cuando llegamos a casa, nos dimos cuenta que yo no tenía mis pantalones y que Raquel había perdido su minifalda. Solo atinamos a decir: ¡Qué inseguridad tan malparida en esta ciudad¡ Siendo así, como en realidad fue, decidimos aprovechar el papayaso y nos pusimos a darle a aquello que ustedes ya suponen.
  • 10. 10 Un buen amigo No más con verlos supe a que venían. Es algo de mucho tiempo atrás. Tanto que ya casi me había olvidado; de no ser porque los vi ahí, en la esquina de mi casa. Son Efraín y Joselo. Son hermanos. No sé ahora; pero antes los llamaban “los tuertos”. Gemelos. El uno, Efraín, con el ojo izquierdo dañado. Joselo, con el derecho. Irreversible en cada uno de los dos. Doña Pascuala, la mamá, había llegado desde Simitì. La trajeron estando muy niña. Se criaron juntas; mamá Orfa y ella. Fueron a la misma escuelita del barrio. Hasta quinto de primaria. Crecieron al mismo tiempo. Y, casi al mismo tiempo, se casaron. Doña Pascuala con don Everardo. Mamá, con mi papá Norberto. Todas dos muy jóvenes, diecinueve años. Cuando nos trasladamos para el barrio Fátima, dejaron de verse ellas. Porque yo si iba a visitarlos con frecuencia. Cuando yo tenía catorce años, Efraín tenía trece y Joselo trece. Nos embarcamos en ese brete de los atracos. Siempre los tres. Desde el día en que hicimos la vueltecita en la que matamos a don Benjamín nos separamos. No nos pusimos de acuerdo en la repartición de los dos millones de pesos que le quitamos al viejo. Siempre me estuvieron buscando; pero yo me perdí del todo. Ni a la casa de mamá volví. Están aquí, para “ajuste cuentas” conmigo. Me fui para San Alberto, ese mismo día. Me quedé con millón quinientos. Con ese plante, me puse a vender zapatos chinos. De puerta en puerta. Un poco difícil; pero sobrevivía. Conocí a Angie Javiera en una edición del Festival Vallenato. Hija de don Marcelino y de doña Elisa. Habían llegado desde Medellín, hacía treinta años. Angie tenía dieciocho. Y ya estaba bordeando los veinticinco. Ese mismo día la preñé. En uno de esos hotelitos baratos. Cuando me eché a perder. Fui a aparar a Ibagué. Allí conocí a Aureliano. Un pelao como de diecisiete años. Él estaba como yo. Es decir, vagando. Echándole brazo a lo que resultara. Y resultó, un día, un “trabajito”. Como los que hacía con “los tuertos” Tres millones para los dos. La señora a la que se los quitamos, murió casi hay mismo. No estuve de acuerdo con lo que hizo Virgilio. Me parece que la cuchillada no era necesaria. Disgusté, por otra cosa, con el tal Virgilio. Nos separamos. Yo me quedé en esa ciudad. Él, creo que se fue para Villavicencio. De todas maneras no lo volví a ver. Estuve solo mucho tiempo. Siempre en lo mismo. Alternando atraquitos y la venta de piñas, naranjas y mandarinas. En las esquinas. Cuando había partido de fútbol, ahí en la puerta del estadio. Cuando conocí a Esmeralda, recién había cumplidos treinta años. Yo ya estaba por los treinta y tres. Hincha fiel del Deportes Tolima. Cualquier día, entonces, me tropecé con ella cuando entraba al estadio. La esperé hasta que salió. Ganó su equipo. La invité a celebrar. Y listo. Cuadramos noviazgo. La primera vez que me llevó a su casa, les dije que tenía posibilidades de un empleo con el municipio como operario en servicios generales. No sé si me creyeron. La que sí supe que no creyó fue Esmeralda. La inauguré el veintidós de diciembre. El día en que cumplió los treinta y uno. Hicieron una fiestecita en su casa. Fue como a las diez de la noche que pasó eso. Al otro día me evadí, para Palmira. Nunca más supe de Esmeraldita. Quien sabe que le paso después de lo que hicimos. Como ayudante de Estanislao Carbonell no me va mal. Todo el día en ese carrito. Yendo y viniendo. Me pagaba por tercera de lo que hiciéramos. Así estuve como dos años. Un día en que me soltó el cacharrito para ir a hacer una diligencia en Cali; me embolsillè el producido. Le dejé el perolito en el garaje de siempre, tanquiaito. No lo volví a ver. Él a mí tampoco. Ya aquí, en Pereira, estoy desde hace un año. Jugándole a la vida. Me le mido a lo que sea. Primero como ayudante de don Alberto en pintura de interiores. Después estuve como ayudante de
  • 11. 11 doña Sofía, en su puestecito de venta de frutas. Luego estuve con don Liborio, colaborándole en el tallercito de mecánica. Concretamente sacando y cambiando espárragos. Me aburrí de tanta trabajadera y con tan poco billete. Estando en esas, conocí a don Eurípides Alfonso. Un gallo para eso de la estafa. Me cogió confianza. Hicimos un “mandadito” juntos. Le vendimos al médico jefe del hospital,, un terrenito bien ubicado y que era de un señor don Jacinto, al cual Eurípides le falsificó la firma y le suplantó la cédula. Intentamos otra “vueltecita” igual,. Esta vez con el sargento Muñoz adscrito a la Fiscalía. Algo salió mal y nos pillaron. Salí de la casona, después de tres años. Ya con treinta y ocho me empecé a fastidiar con tanta cosa. Con esa vida de andante sin rumbo. Conocí a Álvaro Gómez. Un mandamás en eso de la tenencia de casinos, regados por toda la ciudad. Como que le gusté. Empecé como administrador en uno de los negocios. Ese Álvaro me llevaba ganas. Supe de sus mañas, el domingo de ramos de este año. Me invitó a su casa. Yo ya estaba como turulato con tanto tequila encima. Cuando quedamos solos, empezó a manosearme. Se desvistió delante de mí. Dele a la masturbación, mientras me cogía lo mío con la otra mano. A decir verdad no me disgustó para nada. Yo, también me empeloté. Eso duele, pero me sentí feliz. Dormimos como hasta la una de la tarde del lunes. Me desperté yo primero. Ya sabía dónde guardaba Alfonso el billete que no consignaba en su cuenta corriente. Saqué como tres fajos grandes. Billetes de cincuenta mil. Y me abrí. Cogí para Cartago ese mismo día. Muy aburrido. Me pesaba tanta dejadez. Tanto manejo inhóspito de mi vida y de la de los demás. No sé por qué no me quedé de mozo de Álvaro. Hubiera tenido una vida más tranquila. Sobre todo, que me di por enterado de que a mí también me gusta eso del sexo con los otros hombres. Ellos me miraron. A pesar de tanto tiempo, también me reconocieron de una. Me les fui por la otra esquina. Y, ellos, detrás mío. Aceleré el paso. Ellos hicieron lo mismo. Cada uno con la mano en el bolsillo. Palpando sus fierros. Me entré para la Iglesia “Divino Salvador”. Estaban en plena misa de aniversario por el alma de un difunto. También entraron los dos. Ya no tenía para dónde coger. Empezaron a dispararme. El curita que oficiaba quedó ahí mismo tendido. Una señora que rezaba con fervor, también cayó. Porque disparaban a lo que se moviera. A mí me dieron en una pierna. No podía moverme. Se acercaron. Los dos, al mismo tiempo. En plena frente. Me quedé muerto, mientras un coro lejano cantaba “Quien cree en ti señor, no morirá para siempre… La novia de Joshua Como casi siempre pasa, pasó que no pude enhebrar la historia, de Joshua. Todo, a pesar de mi promesa. Fue justo, estando ahí con él, todavía. Le dije que lo haría. Y que me contara más de lo que le había pasado, al vivir tanto tempo. Y le pregunté si alguna vez, en esos sesenta años, había sentido el amor pasar, o quedarse con él. Y le pregunté si, acaso, había visto alguna vez la vida de la otra gente. O sí solo la de él. Así, como se pregunta casi siempre. De manera artera. Sin ningún miramiento sensato, en solidaridad. Joshua llegó a ser lo que fue, después de haber venido sin ser. Algo así como que estuvo ahí, en ese sitio, como en un soplo. Como llegando desde nada. Como si antes no hubiese sido ni él, ni otro. Ni nadie más. Comenzó su tejido. El de su vida. Por lo más liviano, que es, casi siempre, no ver al otro, en singular. Ni a los demás. Empezó por lo más común, casi siempre: dejar de lado el enterarse de lo que se vive. Del tiempo y de las acciones. Y de los pasos dados. Y de lo que es cierto y no cierto. En fin que, Joshua, hizo eso, toda su vida. Como quiera que lo que me contó, cuando le pregunté, no fue otra cosa que hablar de lo que hizo cuando, los demás, empezaron a morir a su lado. Nunca lo inquietó la desesperanza de los demás. Por lo mismo, deduzco yo, que èl siempre vivió en ella, como soporte.
  • 12. 12 Y él llegó esmirriado. Ya estaba así, cuando lo vieron. Y cuando yo también lo vi. Una fisura absoluta su cuerpo. Como el “Caballero Demediado” que no describe Umberto Eco, en sus relatos del Medioevo. Como si sus huellas, fueran lo mismo que sus heridas. Físicas. Y, en profundo, con esas hendiduras en su ser abstraído. El ser no visto. Pero que es, en fin, el verdadero ser en cada quien. Y lo vimos y lo vi, llegar a esa casa. Antes del mediodía de ese jueves primero de diciembre. Cuando ya, en la nostalgia colectiva casi perdida, empezaba a dibujarse lo que antes vivimos nosotros. Esa vocería interna, impalpable, convocante a vivir viviendo esperando nacer de nuevo. No se sí él lo sentía así. O sí, algún tiempo, lo sintió así. Pero aquí sí. Y con esos ojos lo vieron y lo vi. Ese comienzo de diciembre. Y, Joshua, entró a esa casa. La que iba ser su casa durante los próximos cuarenta años. Y llegó con Hercilia Bajonero. Su novia-esposa-eterna-esclava. A la que solo vieron y vi, cuando cruzó la puerta de la 78-44. Y nunca más la vieron, ni la vi. Y cuando, en comienzo de mi indagación para poder contar su historia, le pregunta yo por ella; él me decía que estaba ahí, en lo suyo. Y, pasando ese diciembre. Y, llegando los otros meses. Desde el primero y único, hasta que empezó a repetirlos. De a cuarenta cada uno; nunca más permitió hablar de Hercilia. Aún hoy no sabemos de ella. Pasado tanto tiempo. Habiendo hablado tanto con él, de todo. Menos de ella. Habiendo entendido su desmembración en lo suyo. En lo que ha sido y es su vida. Que no fue ni es otra cosa que repetir los pasos y las palabras. Contándome sus memorias. Que, en preciso, solo ha sido y es una, desmembrada de dos a dos. Como siendo una para algo y otra para otra cosa. O ahora. O mañana. O cualquier día. Y, su memoria partida no incluye la de Hercilia. Porque, me dice èl, ella nació sin memoria. Simplemente porque ella siempre ha estado en lo suyo. Es decir en ser nadie; por lo mismo que ha estado al lado mío. Y, así debe ser siempre. Y Joshua salió de esa casa en que lo mostré lo poco que había escrito acerca de él. Y se fue. Nunca más lo volvieron a ver. Nunca más lo volví a ver. Y ahora, en este tiempo, solo me acuerdo de èl, cuando me acuerdo del cuerpo de Hercilia. Allá, en la fosa abierta en el patio de esa casa en donde vivió, en lo suyo, al lado de Joshua. Xiomara Arredondo Lo de Xiomara Arredondo todavía estaba ahí. El cuento ese que le inventaron hace días. Que estaba en tinieblas, cuando apareció el Gran Señor. Ese que, según dicen, la tuvo primero. Antes de ser ella hoy lo que antes era. Y me di a la tarea de buscarla para escuchar de palabra suya, si era verdad o mentira. Fui hasta donde vivía antes. Y me dijeron que no; que desde el siete de febrero se mudó. Que no saben para dónde. Y qué razón alguna dejó. Ni para mi ni para nadie. Solo que se iba y que no la buscaran más. Ni aquí ni allá. Ni en ninguna parte tampoco. En verdad tenía afán de encontrarla. Fui por ahí caminando. Preguntando si la han visto siquiera. Por lo mismo, vuelvo y digo, que pasará con ella. Abandonó su lugar sin decir adiós ni nada. Sin siquiera expresar por qué camino cogió. Recuerdo si, que una noche cualquiera, me dijo no voy más; porque en este mundo voraz no quiero ni vivir ni estar. Que mi dolor es profundo me dijo. Que no me podía contar lo que en otro lugar pasó con ella. Y del mismo recuerdo aquel, entresaqué una verdad que deduje cuando de tanto hablar, até cabos sin par. Y leí lo que logré entrelazar. Siendo una historia absurda y triste a la vez. Que se hizo mujer en brevedad de tiempo. No tuvo hogar seguro. Ni siquiera como simple apoyo para ayudarla a caminar en la vida. Que no tuvo edad para amar. Que, por lo mismo, entró en eso de dar su cuerpo al postor primero y mejor. Y se siguió yendo. Andando pasos perdidos; sin lograr nunca sentir ser amada. Sin encontrar refugio, que al menos su pulsión descansara. Que, al menos, descanso fuera. Para ella y para quien
  • 13. 13 llegó a ser fruto sin quererlo. Y de camino en camino, estuvo en la otra orilla. Brinco el océano rauda. Como rápido es soñar que va a enderezar lo habido. Busco el atajo siempre; tratando de no perder la punta del hilo para volver. Aun así, de dolor en dolor, llegó al punto de no retorno. Como queriendo decir con eso, que tocando fondo estaban su pasión y su albedrío. Y, con ella, y por supuesto Germancito que crecía; sin hallar lo que quisiera. Que no era otra cosa que ser si mismo. Su estructura mental iba más allá que el perfil todo de Xiomara. Era algo así como un dotado extremo. De esos que no se encuentran ahí no más. Diría yo, ahora, ni cada doscientos años. Luego que perdí su rastro no tuve sosiego. Lo mío hacia ella, siempre ha sido y será verla mía. No más, ahora, vuelven a mí esos dos días en Cali. Ella y yo, en la sola piel. Revoloteando a lo torbellino. Una danza herética de no acabar nunca. De torsiones ajenas. De esas que ella y yo vimos cualquier da; en sueños dos. El de ella y el mío. Ella avasallada, como diosa que se otorga. Yo, como sátiro en bosque, buscando cualquier sexo perdido. Fui hasta su océano; el mismo que atravesó otrora. Y pregunté por ella al viento. No supo que decir. Lo increpé por su no recuerdo. Y me devolvió el silencio, como única respuesta. Bajé en profundo. De agua y sal fue mi bebida. Todo para no encontrarla. Todo para ella seguir perdida. En cualquier lugar, un día cualquiera, encontré a Germán. Ya no Germancito. Y me dijo no la he visto. Ya casi ni la recuerdo. Por lo mismo que mi madre me dejó en el camino. Sin notar siquiera que yo la amaba y que en disposición estaba de buscar a su lado mi destino. O el de ella. O el de los dos. Y vagué por el mundo, me dijo. Desde el Pacifico violento. De mar a mar. De Buenaventura a Malasia. Desde Antofagasta hasta la India. No vi huella de ella. Pero escuchaba su voz a todo momento. La veía en sueño recurrente. Recordaba sus espasmos; sus gritos; sus susurros. Como cuando a mi padre amaba. Por lo menos esos dijo una noche. Entre sueños y desvelos. Deje al Germán sin rumbo. Yo cogí el mío. No otro que el mismo, enrutado por mi brújula doliente. De amor y de vértigo. De ternura y de deseo. Fui a recabar en Angola. Conocí sus pesares y sus soledades. De Colonia abandonada a su suerte. Una vez saqueada; arrasada, violentada. Nadie, allí, supo que fue de ella. Ni la conocieron siquiera. La mañana en que me contaron lo que, según dicen pasó, estuve yendo y viniendo en lo que hacía. No me interesé al comienzo. Pero, en el mediodía entré en el tósigo de los celos. Revolqué mi silencio. Una copa tras otra para ahogar, como en la canción, la pena de no tenerla. Odié a quienes vinieron. A los que, según dicen, la vieron al Gran Señor atada. Como a remolque. Como suplicante mujer que juntando mil palabras hacía de lo dicho un sonajero de expresiones, como doliente insaciada. Como náufraga asida a cualquier trozo de viento benévolo. Noche aciaga esa. Perdido en las calles. Con pasos de caminante perverso. Que busca lo que ha perdido y que, a conjuro, envalentonado quiere hacer venganza; así sea lo que fuere; no importándole si en ella moría Xiomara o su amante. En esas estaba, cuando en la penumbra de una esquina, encontré a quien fuera su amigo del alma. Santiago era su nombre. Porque hice que así fuera; como quiera que en su cuerpo clavé tres veces el puñal que llevaba en cinto desde la víspera. Desde ese día anterior; o desde el mismo día, no sé. Y seguí con los mismos pasos andando. Ni siquiera corrí; porque para que hacerlo si me di cuenta que no era Santiago el Señor que a Xiomara poseyera. No recuerdo si por vez primera. O si primero fui yo en el inventario de sueños que en mi memoria estaban. Azuzándome siempre para que yo mismo tejiera la urdimbre malparida. Para que buscara siempre en ella su hendidura hermosa que daba vueltas en mi cabeza. Solo eso; no otra cosa. La mañana nueva, me encontró en cama tendido. Desnudo, casi rígido. Con mi asta enhiesta. Con mi mirada puesta en el pubis de Xiomara, la recordada y deseada. Como obnubilado sujeto de la
  • 14. 14 Inquisición venido. Con la heredad de los machos que van buscando tesoros como ese de mi mujer deseada. Otro mediodía, ahora en Sucumbíos. No pierdo el referente del Pacífico trepidante. Estuve en esa selva hiriente. En esa soledad de caminos. Ni mujeres, ni hombres había. Solo ese viento ligero que estremece. Por lo mismo que es viento de ausencia. Ninguna indagación posible, entonces. Simplemente oteando. Aguzando mi olfato de pervertido. Que hace de cada día un una visión, un relato de ese tesoro acezante; de Xiomara o de cualquiera otra hembra invitando a ser poseída. Por mí o por cualquiera. Germán volvió del periplo. Lo encontré un lunes de marzo. Con la sujeción de quien espera ver a su madre. Con la juntura de palabras desparramadas. Con el arrebato del hijo que extraviado sigue; sin encontrar nunca lo que quiere y persigue. Desde el día mismo en que, a mitad de camino, Xiomara Arredondo lo abandonó. Este Germán se hizo mi par en la búsqueda. Juntos estábamos, allí. Ese día lunes, siendo ya tarde. Cuando nos sorprendió la luz de Luna, alumbrando el paisaje. Y vimos pasar a Xiomara de la mano del Gran Señor. Diciéndonos adiós con sus manos. Cuando la luz se apagó; sentimos que una sombra pasó. Siendo, como en verdad era, un cortejo de muerte. Con Xiomara Arredondo muda, envejecida, diciéndonos no busquen más que de la tumba he vuelto para verlos de dolor cubiertos. Para decirles que yo ningún Gran Señor tuve. Solo a ustedes dos. Padre e hijo que son. La negación . He resuelto comenzar a desandar lo andado. Porque tengo afán. El declive es insoslayable. Como anti-ícono. O mejor como ícono que está ahí. Pero que no significa otra cosa que el regreso. Al comienzo. Como lo fue ese día en que nací. Para mí, sin quererlo, fue el día en que nacimos todos y todas. Porque, en fin de cuentas, para quienes nacemos algún día, es como si la vida comenzara ahí. Lo cierto es que accedí a vivir. Ya, estando en el territorio asociado al entorno y a la complejidad del ser uno. Pronto me di cuenta de que ser yo, implica la asunción de un recorrido. Y que este supone convocarse a sí mismo a recorrer el camino trazado. Tal vez no de manera absoluta. Pero si en términos relativos; como quiera que no sea posible eludir la pertenencia a una condición de sujeto que otear el horizonte. En la finitud, o en la infinitud. Qué más da. Si, en fin de cuentas, lo hecho es tal, en razón a esa misma posibilidad que nos circunda. Bien como prototipo. O bien como lugares y situaciones que se localizan. Aquí y allá, como cuando se está, en veces sin estar. O, por lo menos, sin ser conscientes de eso. Cualquier día, entré en lo que llaman la razón de ser de la existencia. No recuerdo como ni cuando me dio por exaltar lo cotidiano, como principio. Es decir, me vi abocado a ser en sí. Entendiendo esto último como el escenario de vida que acompaña a cada quien. Pero que, en mí, no fue crecer, Ni mucho menos construir los escenarios necesarios para actuar como sujeto válido. Un quehacer sin ton ni son. Como ese estar ahí que es tan común a quienes no podemos ni queremos descifrar los códigos que son necesarios para vivir ahí, al lado de los otros y de las otras. Duro es decirlo, pero es así. La vida no es otra cosa que saber leer lo que es necesario para el postulado de la asociación. De conceptos y de vivencias. De lazos que atan y que ejercen como yuntas, Por fuera todo es inhóspito. Simple relación de ideas y de vicisitudes. Y de calendas y de establecer comunicación soportada en el exterminio del yo, por la vía de endosarlo a quienes ejercen como gendarmes. O a ese ente etéreo denominado Estado. O a quienes posan como gendarmes de todo, incluida la vida de todos y todas. Y, sin ser consciente de ello, me embarqué en el cuestionamiento y en la intención de confrontar y transformar. Como anarquista absoluto. Pero, corrido un tiempo, me di cuenta de mi verdadero alcance. No más allá de la esquina de la formalidad. Sí, de esa esquina que obra como filtro. En
  • 15. 15 donde encontramos a esos y esas que lo intuyen todo. A esos y esas que han construido todo un acervo de explicaciones y de posiciones alrededor de lo que son los otros y las otras. Y de sus posibilidades y de su interioridad. Y de sus conexiones con la vida y con la muerte. Esas esquinas que están y son así, en todas las ciudades y en todos los escenarios. Y yo, como es apenas obvio, encarretado conmigo mismo y con mis ilusiones. Y con mis asomos a la libertad. En ellas se descubrieron mis filtreos con la desesperanza. Y mis expresiones recónditas, en las cuales exhibía una disponibilidad precaria a enrolarme en la vida, en el paseo que está orientado, hacia la muerte. Y estando así, obnubilado, me dispuse a ver crecer la vecindad. A ver cómo crecían, alrededor de mi estancia, las mujeres y los hombres que conocí cuando eran niños y niñas. Y, estando en vecindad de la vecindad, conocí lo perdulario. Ese ente que posa siempre latente. Que está ahí; en cualquier parte; esperando ser reconocido y por parte de quienes ejercen como mascotas del poder. Como ilusionistas soportados en las artes de hacer creer que lo que vemos y/o creemos no es así; porque ver y creer es tanto como dejarse embaucar por lo que se ve y se cree. Una disociación de conceptos, asociados a la sociedad de los que disocian a la sociedad civil y la convierten en la sociedad mariana y en la sociedad trinitaria y confesional. Y, siendo ellos y ellas ilusionistas que ilusionan acerca de la posibilidad de correr el velo de la ilusión para dar paso al ilusionismo que es redentor de la mentira que aspira a ser verdad y la mentira que es sobornada por quienes son solidarios y consultores para construir verdades. Y, estando en esas me sorprendió la verdadera verdad. Justo cuando empezaba a creer en el ilusionismo y en los ilusionistas. Verdadera verdad que me convocó a reconocerme en lo que soy en verdad. Sujeto que va y viene. Que se enajena ante cualquier soplo de realidad verdadera. Que ha recorrido todos los caminos vecinales. En lo cuales he conocido a magos y videntes de la otra orilla. Con sus exploraciones nocturnas, cazando aventureros que caminan atados a la vocinglería que reclama ser reconocida con voz de los itinerantes. Y, estando en esas, me sorprendió la incapacidad para protestar por la infamia de los desaparecedores. De los dioses de los días pasados y de los días por venir y de los días perdidos. Y volví a pensar en mí. Como tratando de localizar mi yo perdido, desde que conocí y hablé con los magos y videntes de la otra orilla. Un yo endeble. Entre kantiano y hegeliano. Entre socrático y aristotélico. Entre kafkiano y nietzscheano. Pero, sobre todo, entre herético y confesional. Ese yo mío tan original. Filibustero. Pirata de mí mismo. Y, sin embargo, tan posicionado en los escenarios de piruetas y encantadores de serpientes. Saltimbanquis que me convocan a cantarle a la luna, desde mi lecho de enfermo terminal. La enfermedad de la tristeza envalentonada. Sintiéndome poseído por los avatares increados; pero vigentes. Artilugios de día y noche. II Sopla viento frío. En este lugar que no es mío. Pero en el cual vivo. Territorio fronterizo. Entre Vaticano y Washington. Cómo han cambiado la historia. Cómo la han acomodado ellos. En tiempo de mi pequeñez de infante, tenía mis predilecciones a la hora de rezar y empatar. La tríada indemostrable. Uno que son tres y tres que vuelven a ser uno. Pero también le recé a Santo Tomás y al Cristo Caído, patrono de todos los lugares y de todos los periodos. Caminé con la Virgen María. De su mano recibía El Cáliz Sagrado cada Cuaresma. En esos mis sueños en los cuales también buscaba el Santo Crial. En esa blancura perversa de la Edad Media. Definida así por una cronología nefasta. Purpurados blandiendo la Espada Celestial; y los Santos Caballeros recorriendo los inmensos territorios habitados por infieles. Rodaron cabezas setenta veces siete. La tortura fue su diversión predilecta. En la Santa Hoguera y en los Santos Cadalsos. Y cayó Giordano Bruno. Y cayeron muchos y muchas enhiestas figuras de la libertad y de la herejía. Y las canonizaciones se otorgaban como recompensas. Y Vaticano todavía está ahí. Vivo. Como cuñete que soporta la avanzada papista; aun en este tiempo. Vaticano nauseabundo. Sitio en el cual la presencia de los herederos de San Pedro, ejercen como espectro que pretende velar el contenido criminal de pasado
  • 16. 16 y presente. Siguen anclados. Y difundiendo su versión acerca de la vida y de la muerte. Purpurados perdularios. Para quienes la Guerra Santa es heredad que debe ser revivida. Y Washington sigue ahí. Inventando, como siempre, motivaciones para arrasar. Ya pasó lo de Méjico y lo de Granada y lo de Panamá y pasó Vietnam (con derrota incluida) y lo de Bahía Cochinos y está vigente lo de Irak y lo de Pakistán y lo de Afganistán. Y se mantiene Guantánamo como escenario en el cual efectúan y efectuaron sus prácticas los profesionales de la tortura. …Y, en fin, sigo sintiendo un frío terrible. En esta bifurcación de caminos. Todos a una: la ignominia. Y me levanto cada mañana; con la mira puesta en una que otra versión. Escuchadas en la noche; cuando no podía embolatar el hechizo tan cercano a la locura, al cual me he ido acostumbrando. Y, a capela, alguien me insinúa, a mitad de camino, la posibilidad de argüir mi condición de lobotomizado, cuando enfrente el juicio histórico de mis cercanos y cercanas. Ante todo, aquellos y aquellas con los (as) cuales he compartido. Siendo volantín al socaire. Siendo aproximación a la condición de sujeto libertario. Siendo apenas buscador de límites. III. En esta inmensa soledad soy inverso multiplicativo. Como minimizador de acontecimientos y de acciones. Como si fuese experto prestidigitador .Como lo fueron aquellos sujetos encargados de divertir a reyezuelos. Otrora, yo hubiese protestado cualquier asimilación posible de mis acciones a aquellos teatrinos incorporados a la cotidianidad burlesca. Pero ya no puedo protestar nada. Simplemente, porque no he sabido posicionarme como cuestionador de las entelequias del poder. En el día a día. Porque así es como funciona y como es efectivo. Obnubilando los entornos. De tal manera que he llegado al mismo sitio al que llegan los lapidadores de la verdad y de la ética. Sitio embadurnado; mimetizado y que posa como lugar común. Y que reúne a figuras asimiladas a los sátrapas. Personajes delegados por las jefaturas de los imperios. Sí, como diría alguien próximo, ¡así de sencillo llavería! Inmerso en ella (…en la misma soledad) he vivido en este tiempo. Ya, el pasado, no cuenta para mí. O, al menos como debiera contar. Es decir, como referente reclamador ante expresiones que tuve o dejé de tener. Cierto es que me fugué hace un corto tiempo. Fugarse del pasado es lo mismo que hacer elusión de la convocatoria a vivir en condiciones en las cuales, el presente no obre como tormento. Ficticio o no. Pero tormento en fin de cuentas. Soledad relacionada con la herencia, casi como copia de genes. Soledad que me remite siempre a ese pasado de todos y de todas. Pero que, en mí, cobra mayor fuerza en razón a la proporcionalidad entre decires y silencios. Esos silencios míos que pueden ser tipificados como verdaderos naufragios conceptuales. Como remisión a la deslealtad. Con mi yo. Y con todos y todas quienes estuvieron en ese tiempo. Y, entonces, reconozco a Fabiola, a Estela, Leticia y a Nelly, y a Norela, y a Rosita, y a Miguel, y a Nelson, y a… IV. Y, como si fuera poco, me hice protagónico en el ejercicio de las repeticiones. Como queriendo volver a esos escenarios en los cuales no estuve, pero que intuyo. El Homo-Sapiens en todo su vigor. Tratando de localizarme a futuro, para endosarme su tristeza. Para hacerme heredero de penurias. En ese tránsito cultural que fue, paso a paso, su itinerario. Cultura sin soporte diferente a aquellos ditirambos que nos situaron en condiciones de vulnerar a la Naturaleza; pero también de construir el significado del amor; de la ternura; de la solidaridad. V. Y, en eso de la ternura, de la solidaridad y del amor, me estoy volviendo experto. Pero como en regresión. Es decir en contravía de lo que, creí en el pasado, era mi fortaleza. Y me veo como advenedizo en este tiempo en el cual, precisamente, es más necesario ser herético, punzante, hacedor de propuestas de exterminio de aquellos que consolidaron su poder, a costa de la penuria y de la infelicidad de los otros y de las otras.
  • 17. 17 Y, en eso de ser libre, me quedé a mitad de camino. Como pensando en nada diferente que estar ahí; como simple perspectiva de confrontación. Una existencia próxima al desvarío de aquellos y aquellas que siguen estando, como yo, sin comenzar siquiera el camino. Camino que se me escapa cada vez que lo miro o lo pienso. Camino que me es y ha sido esquivo por milenios. Porque nací hace tantos siglos que no recuerdo si accedí a la vida o al albur de los acontecimientos. Vida que se retuerce día a día y que no es tal, porque no la he vivido como corresponde. Lejanos momentos esos. En los cuales imaginé ser humano perfecto. Humano centrado en el itinerario vertido al unísono con las epopeyas de los y las libertarios (as). Lejana tierra mía (como dice el lunfardo). Tierra que fue arrasada desde mucho tiempo atrás. Desde que lo infame se posicionó como prerrequisito para andar. Y andando se quedó. Un andar predefinido. Andar que no es otra cosa que seguir la huella trazada por nefandos personajes que hicieron de la vida una yunta. Como encadenamiento cifrado. Como propuesta que restringe la libertad. Y que la condiciona. Y que la mata, a cada momento. Lejanos horizontes los que caminé. Solo. Porque la soledad es sinónimo de estar ahí. Como convulsivo sujeto de mil maneras de aprender nada. Sujeto que se sumergió en el lago mágico del olvido. Ese que nos retrotrae siempre a la ceremonia primera en la cual se hizo cirugía al vuelo libertario. Cortando alas aquí y allá. Cirugía que se convirtió en ritual perenne. Como cuando se siente el vértigo de la muerte. Muerte que huele a solución, cada vez que recuerdo y vivo. Pasado y presente. Como si fuera la misma cosa. VI. Como soplo de dioses, pasó el tiempo. Yo enajenado. Esa pérdida de la memoria que remite al vacío. Y estuve, en esa condición, todo el tiempo. Desde que empecé a creer que había empezado a vivir. Enajenación, similar a la de los personajes de Kafka. Prolongación del yo no posible, en autonomía. Más bien reflejo de lo que no sucede. De lo que no existe. Un yo parecido a la vida de los simios. Repitiendo movimientos. Inventando nada. Simple réplica. Sin el acumulado de verdades y de hechos y de posibilidades, que debe ser soporte de vivir la vida. Y, cualquier día, me dije que no volvería a experimentar con eso de no sentir nada. Pero no fue posible. Simplemente porque nunca encontré otro libreto. Porque me quedé recabando en lo que pude haber sido y no fui. Porque, como los marianos, me quedé esperando que viniera la redención, por la vía de la Santa Madre. Porque me obnubilé con ese desasosiego inmenso que constituye el estar ahí. Pensando, si acaso eso es pensar. Pensando en que sería otro. Diferente. Otro yo. No perverso. No conciliador con la gendarmería. Otro sujeto de viva voz, no voz tardía y repetitiva. Voz de mil y más expresiones de expansión. En el ancho mundo histórico. Ese que es concreción de vida. Porque, lo otro, es decir estar ahí, es como mantener vigente la enajenación profunda. Un yo Kantiano que se sumergió (¡otra vez¡) en la heredad de los emperadores y de los dioses míticos y de las creencias aciagas y de los postulados polimorfos de los sacerdotes socráticos y aristotélicos. Sacerdotes que remiten a la interpretación de lo que existe, por la vía de la vulneración del yo concreto, vivencial; necesitado de vivir sin el cepo perenne de una interpretación de la vida, sin otra opción que estar ahí. Esperando que los silogismos desentrañen la vida. Y que la sitúen como premeditación. Como expectativa unilateral; sin cuestionamientos y sin alternativas diferentes a ser gregarios personajes que deletrean las verdades de conformidad con el discurso ampuloso ante la asamblea de diputados que tratan de convencerse a sí mismos, de que no existe otra alternativa a mirar el universo como centro que fue creado desde siempre por quien sabe quién. O el Dios Zeus; el Dios Júpiter; el Dios Cristiano que no supo administrar, a través de su hijo ilustre, las posibilidades de quebrantar el yugo de los imperios. O del Dios del profeta Mahoma que se enredó en justificar mil disputas por el poder que otorga la verdad. Todos, en fin asfixiándola, en cada momento histórico. Dioses perdularios. Matadores de cualquier ilusión. Pero yo me quedé expectante. Esperando que llegara el salvador por la vía de la Razón kantiana; o por la vía de la postulación dialéctica hegeliana. O, simplemente, por la vía de la propuesta ecléctica de Engels.
  • 18. 18 Y todavía estoy aquí. Y ensayé con la proclamación de Darwin, para resarcirme de mis creencias de la creación de las especies, a la manera de Génesis II, 18-24. Y, tal parece que no entendí su mandato evolutivo. Y me recree en Morgan, en la intención de concretar una propuesta de sociedad heredada, a partir de sucesivos momentos en la historia de la humanidad. Y me quedé esperando ver en Marx una opción diferente a la de Max Weber. Sociedad de confrontación. De lucha de clases. Pero, tal parece que tampoco eso lo entendí. Simplemente porque no pude descifrar el código revolucionario inmerso en su teoría. Y me quedé esperando a Lenin. Con su teoría de partido y de concreción de la libertad por la vía de la extirpación de la ideología de los terratenientes y de los burgueses y del Estado Y me quedé esperando al divino Robespierre, cuando supe de sus arengas para destruir a la Bastilla y a los reyezuelos y a los monárquicos todos. Pero me confundí cuando este erigió la guillotina como solución. Y, antes, había esperado a Giordano Bruno. Pero, por su misma opción hermosa de libertad, no pude interpretarlo; y su muerte atroz, me sorprendió prendiéndole velas a Descartes. VII. Otra vez desperté pensando en la libertad. Es una reiteración. De ese tipo de expresiones que naufragan, cuando nos percatamos que la hemos inmolado en beneficio de la metástasis con la violencia oficial. Un tipo de vulneración que la llevó (…a la libertad) a ser auriga de vocingleros de la democracia, que encubren prestancia adecuándola a su intervención como promotores de esperanza centrada en su discurso de que aquí no ha pasado nada y que solo ellos son alternativa. VIII. Y estuve en el mercado de san Alejo. Esperando que llegaran los cachivaches colocados como símbolo por parte de los testaferros de la guerra, actuando a nombre de los cruzados por la buena fe, la moralidad y la eutanasia hacia los proclives de la insubordinación. Y, allí, conocí a aquellos y aquellas que se han constituido en beneficiarios de esa guerra y de sus mil y más interpretaciones. Y, en esa dirección, conocí a los académicos. Sí, a los usurpadores. Escribiendo para diarios y revistas. Una opereta que no acaba. Y vi, con repugnancia, a los desmovilizados y desmovilizadas. Vociferando en contra de su pasado. Y los y las vi como caza recompensas. Allí estaba Rojas (…el de la amputación de la mano de su jefe político y militar y que presentó como trofeo y como justificación para recibir la mesada oficial infame) y vi a Santos y su cohorte administrando la guerra a nombre de “los ciudadanos y ciudadanas de bien”. Y vi a todos y todas aquellos (as) que están al lado del Emperador Pigmeo. Y vi a quienes construyen discursos vomitivos, a nombre de la “sociedad civil”, vendiendo sus palabras acartonadas. Como equilibristas que se agazapan. Esperando un nombramiento. A Eduardo Pizarro Leongómez, blandiendo su pobre erudición, diciendo que las mujeres violadas por los paramilitares no deben hacer de su denuncia una bandera de lucha en contra de los criminales de guerra; a los Angelino Garzón. El mismo que conocí como punta de lanza del Partido Comunista, liderando organizaciones sindicales, a nombre de la revolución. Sí, lo vi como fórmula vicepresidencial del invasor del Ecuador y prístino representante de los monopolios de la comunicación. Y me encontré, vendiendo sus declaraciones, al “Joyero”. Si, al brillador de lámparas de Aladino; es decir, me encontré con Daniel Samper. Sí, el mismo que defendió el bastión monárquico, cuando se produjo el conflicto entre el feudal Juan Carlos de España y el chafarote populista Hugo Chávez. El mismo Daniel Samper que pasó de agache cuando el Santo Oficio de la Alianza Santos-Planeta, expulsó a Claudia López, por haber escrito la verdad acerca de los manejos de los dueños de la verdad en el periódico. Y vi a León Valencia, cuando llegó de Londres con su maleta cargada de palabras en contra de la lucha armada revolucionaria y con un breviario confesional que contiene el evangelio de los “nuevos demócratas”. Y, por lo mismo, me dije: ¿será que estamos condenados como pueblo a tener que asistir al parloteo de loros y loras que han renunciado a sus convicciones a nombre de la democracia infame de los detentadores del poder en nuestro país. Por siglos. Pasando por encima de los muertos y las
  • 19. 19 muertas que ellos mismos han ajusticiado? ¿Será que, somos un pueblo imbécil que consume la mercancía averiada (parodiando al viejo Lenin) de la paz y la justicia social? IX. Y seguí dando tumbos. De fiesta en fiesta, como dijo Serrat, cuando cantó interpretó la canción. Y me quedé tendido, en el piso. Como queriendo horadar el suelo para enterrarme vivo; antes que seguir aquí. En esta pudrición universal. En donde la lógica ha sido trastocada; en donde las verdades se han diseccionado y recompuesto, para que asimilen las palabras de los directores y nieguen las palabras nuestras, las de los sometidos. Y seguí ahí. En ese ahí que es todo artificio. Todo lugar común, por donde pasan maltratados y maltratadores, como si nada. Es decir como repeticiones y prolongaciones sin fin. X No se cuánto tiempo llevo así. Solo se que me niego a reconocer mi trombosis vivencial. Se, por ejemplo, que asistí al evento en el cual Suetonio presentó su obra acerca de los Césares. Y me acuerdo que, estando allá, me encontré con Sísifo. Lo noté un tanto cansado de lidiar con su condena. La piedra, insumo mismo otorgado por los dioses perversos, había crecido en tamaño y en peso. Y no es que la gravedad se hubiese modificado. A pesar de no haber sido cuantificada todavía, seguía ahí; siendo la misma. Y me dijo Sísifo: te cambio mi vida por tu interpretación del escrito del viejo Suetonio. Y le dije: no vaya a ser que estés embolatando el tiempo conmigo, pensando en un descuido para endosarme tú útil pétreo. Y me dijo, casi llorando, “lo mío es otra cosa. No sabes cuanto me divierto, sabiendo que a cada subida y a cada bajada, me queda claro que desafié a los dioses y me siento bien así”. “Pero en cambio tú, sigues ahí. Me cuentan que te han visto en cuanto evento se organiza. Y vas. Y vuelves a ir. Y sigues siendo el mismo Adán que recibió hembras y machos, a manos del dios bíblico. Me cuentan que has tratado de cambiar a Eva por la alfombra voladora de Abdallah Subdalá Asimbalá. Y que en ella piensas remontar vuelo hacia el primer hoyo negro de la Vía Láctea. Pero, también me han dicho, que ni eso has logrado. Que sigues ahí, esperando que regrese Carlomagno de su travesía, para solicitarle que te deje admirar los objetos traídos de su saqueo. Y, en verdad, me puse a pensar en lo dicho por el viejo Sísifo. Y, no lo pude soportar. Y lo maté. Y logré asir la alta mar, en el barco de Ulises. Y llegué a la sitiada Troya Latina. Sí, llegué a esta patria que tanto me ha dado. Por ejemplo, me ha dado la posibilidad de entender que todos y todas somos como hijos de Edipo. Somos vituperarlos del Santo Oficio de la gestión autoritaria; pero no reparamos que, a diario, poseemos a la madre democracia. Que le cambiamos de nombre cada cuatro años. Pero que sigue siendo la misma. Es decir: ¡nada¡. XI. Llegué a ciudad Calcuta el mismo día en que nació Teresa. La madre de todos y de todas…y de ninguno. La conocí, un día en el cual estaba succionando el pus salido de las pústulas que había sembrado Indira Gandhi. La vi. Le vi sus ojos mansos. Como mansos han hemos sido; llenos de oprobios y pidiendo a dios por los que gobiernan. Y viajé, al lado de ella, al Vaticano (…sí otra vez). Ella me presentó a Juan Pablo Primero. Recién, el Santo Sínodo Cardenalicio, lo había nombrado Papa. Y, con él, estaban los directivos del Banco Ambrosiano. A los dos días murió envenenado. Después vine a saber, a través de Teresa, que su muerte tuvo como justificación, una investigación que el frustrado Papa, había iniciado siendo todavía cardenal. XII. Estando en la intención de desatar ese entuerto, me di cuenta que había olvidado mi entorno. Simplemente, me perdí en ese laberinto de las mentiras históricas, construidas a partir de las necesidades de quienes ejercen alguna autoridad. Y lo que pasa es que existen muchas autoridades. Y lo que pasa es que esas autoridades gobiernan desde mucho tiempo atrás. Y, me he dado cuenta de que, tendencialmente, son las mismas. Yuntas que coartan el espíritu. Y que nos colocan en posición de esclavitud constante. Y que, tan pronto devienen en los castigos penales y civiles. Y que, al mismo tiempo, devienen en mandatos que atosigan. Como ese de respetar y acatar lo que no es nuestro. Por ejemplo, cuando somos requeridos a aceptar los postulados de los imperios. Cuando estos parlotean acerca de lo habido y por haber. Aun sabiendo que han
  • 20. 20 violentado y han saqueado. Por ejemplo, cuando sabemos que han acumulado beneficios que no le son propios. Y vuelve y juega. Como quien dice: no ha pasado nada distinto a aceptar lo que nos es mandado. Y, siempre nosotros, aceptando. Y estamos aquí. En ese ahora que es taxativo en términos de lo que debemos hacer y no hacer. De mi parte, ya me cansé. Espero, simplemente, que llegue la hora de la partida. Ilusión a cada paso Bitácora 1. Siempre estuve del lado de aquellas cosas que no por lo simples, son desapercibidas. Más bien tratando de asumirlas por la vía de mi percepción. Algo así como juntar esas acciones que traducen condiciones inherentes al crecimiento de esos valores innatos. Esos que están ahí. Inclusive desde el momento mismo del nacimiento. Siendo así, entonces, empecé a vivir la vida. Estando cautivada por el significado de lo que somos. Una aproximación a la razón de ser del recorrido que es una invitación a ejercerlo en libertad. Con la posibilidad latente de considerarlo como reto. Era como si mis convicciones estuvieran centradas en el afán de asumirlas como precondición para alcanzar un lugar en el universo cercano. Una invasión empezó a hacerme sujeta de redefiniciones. Esa que puede ser establecida como el punto de comienzo de la primera infancia. Siendo niña, ya estaba en mí la idea de futuro como recopilación de aciertos y desaciertos. Situada en un entorno familiar más o menos común. Con las diferenciaciones apenas obvias; propias de la individualización de los hechos. Bitácora 2. Cierto fue que empecé a crecer. Decantando cada una de las situaciones. En su complejidad. Porque ellas mismas no pueden ser entendidas al margen de lo que constituye la brevedad del tiempo y las posibilidades asociadas al mismo. Una búsqueda de referentes para asirlos y precisarlos en el día a día. Haciendo parte de los grupos cercanos y lejanos. Pero, de todas maneras, con la obligación de concretar mi autonomía. Condición necesaria para poder posicionarme. Como lo hace cada quien. Pero sin ser, simplemente, cada quien. Una individualización que fui construyendo en el transcurso del tiempo que nos ha sido asignado. Un escenario común, pero al mismo tiempo diferente. Bitácora 3. Y crecí soportando soledades y recordaciones. Casi como agobio. Porque tuve que aprender a sortearlas. Como si fuesen inherentes al hecho mismo de saber vivir. Tratando de cotejar los valores sociales que empecé a internalizar. Esos que, a la vez que son rituales comunes, como son también particularidades. En mí, el oficio de vivir tuvo y tiene que ver con las condiciones mismas, a veces efímeras. Otras veces como talante no permisivo, en el sentido de tolerar equívocos por parte de quienes estaban más cerca. Yo diría que, siempre, he tenido la disposición necesaria para acomodar mi manera de caminar como caminante que eludió y elude la aproximación a validar ese soporte de perversidad tan propio de nuestra sociedad. Pero, al mismo tiempo, confrontándola ahí, en la inmediatez. Bitácora 4. Ese día en que sentí por primera vez la cercanía y la necesidad de lo afectivo. Fue como si empezara a descubrir algo asociado a la espiritualidad. Esa que no había conocido plenamente. Cuando lo conocí, sin saber porque, asocie ese momento a algunas visiones que había tenido en parte de mi niñez. Rememoré los sitios en los cuales estuve. Allá en el campo. Desde muy pequeña no me acompañó mi madre. Y eso, de por sí ya fue una desventaja. Un tipo de soledad impactante. La veía como imagen borrosa. Como sucede cuando sabes que no está, que se ha ido.
  • 21. 21 Pablo empezó a ocupar un lugar en mí espacio. Como si, de pronto, sintiese que el vacío empezara a ser ocupado. Haciéndome mujer cada día más. El mismo me lo dijo. Ese día en que estábamos sentados en el parque del barrio Normandía. Recuerdo que, con palabras sencillas, me hizo saber lo que ya yo había percibido, desde días atrás. Era un domingo, por cierto. Yo había trajinado todo el día anterior. Mi jornada laboral era agotadora. De lunes a sábado. Ocho horas diarias a todo dar. Pero, no lamentaba. Más bien me sentía afortunada. En un país en el que el desempleo es abrumador, el hecho de tenerlo me situaba en posición de poder resolver las necesidades básicas. Ya, en ese entonces, se venía haciendo realidad el deseo de tener una casa propia. En el laboratorio en el cual trabajaba, hizo carrera el proceso comenzado por parte de Afidro en términos de ofertar vivienda para quienes estábamos vinculadas (os) como trabajadores y trabajadoras en los laboratorios. Seguí, paso a paso, las condiciones requeridas para acceder al apartamento. En verdad, todavía estaba en mí la lejana tierra. Cuando llegué a Bogotá, al lado de mi hermana mayor. Fui procesando el entorno ciudadano. Unas expresiones nunca antes vividas. A decir verdad, mi espíritu seguía allá atado a las vivencias pueblerinas. Retratos hermosos del paisaje. De las tristezas y de las alegrías. Y Pablo seguía el cortejo. Y yo me dejaba cortejar. Era feliz a su lado. Él evocando, también como yo, su infancia y su terruño. Avizorábamos un horizonte para los dos. Crecía, cada vez más la expectativa. Como quienes no veíamos nada diferente a lo nuestro. Obviamente no faltaban las afugias. Bitácora 5. Y llegó, por fin, el día de nuestro matrimonio. Gran satisfacción. A pesar de ser un martes de agosto, un tanto lúgubre. Nubes espesas, grisáceas. De esas que no solo anuncian lluvia, sino que la concretan. Tremendo aguacero. Pero Pablo y yo casi que ni nos dimos cuenta. Con esa alegría inmensa para que preocupaciones. …Y llegó nuestra hija. Angélica hizo presencia. Durante mi embarazo, conversé a diario con ella. Ahí, en mi sitio de trabajo. Ahí, en casa. Ahí en la calle. Susurraba; le decía que no veía la hora de paparla. De alzarla y de robarle no solo una, sino muchas risas. Como solo saben reír los niños y las niñas. Yo ya había vivido esa expresión. En mis sueños lúcidos. Corría tras ella. Bosques tupidos eran el escenario. Y ella, mi Angélica, saltando en tierra como pájaro. Caminando como buena caminante de ilusiones Y Pablo conmigo y con Angélica. Todo lo cotidiano se hacía escenario pleno de fortaleza y de consentimiento. A pesar de las dificultades para el cuidado de la niña, mientras él y yo trabajábamos. En esto, un reconocimiento de gratitud a mis hermanas. Estaban ahí, dispuestas a estar con ella. Cualquier día, Pablo me contó que había logrado conseguir un empleo como enfermero, vinculado al Ministerio de Salud. El sitio de trabajo sería el departamento de Caquetá Concretamente a un caserío llamado Campoalegre. Una distancia inmensa. Pero lo que más nos causó tristeza y congoja fue la separación inherente a esa decisión. Como si, de pronto, se nos viniera el mundo encima. Claro está que estaba de por medio la necesidad de mantener el trabajo. El mío y el de él. Como posibilidad cierta de seguir construyendo una opción de vida en la cual no existieran afugias. Mucho más, cuando ya había nacido nuestra hija. Un futuro cierto. Eso era lo que buscábamos. Bitácora 6. Y sucedió ese domingo. Angélica y yo llegamos hasta donde estaba nuestro Pablo. Habíamos llegado desde Bogotá, hasta Campo alegre. Felices. Porque él era nuestra adoración. Tanto que no tuve reparo para trasladarme con nuestra hija, para estar con él. Además porque, Angélica lo reclamaba a cada rato. Su papá. Quería volver a verlo. Y yo hice todo ese esfuerzo, por complacerla. Y por complacerme a mí misma. Simplemente, lo amaba.
  • 22. 22 Pero que dura es la vida. Como lo mataron, ese 30 de junio de 1992 Precisamente, la noche anterior, había soñado con mi Pablo. Lo veía envuelto en sábanas de color rojo. Deambulando alrededor mío y de Angélica. Como si quisiera decirnos algo. Pero no le entendía. Era un acumulado de palabras, no escuchadas. Nada coherentes. Y, precisamente, esa noche, fue impactante. Llegó a mí con media vida afuera. En un dolor inmenso. Y yo le decía: Pablo no desmayes. Está, aquí, Angélica. Y estoy yo, diera mi vida por salvarte. Ya verás. Y cogimos la lancha. Había que surcar hacia abajo el río. Buscando a Tres Esquinas. O a cualquier lugar. Verás Pablo que Angélica y yo , removeremos cielo y tierra.. Nadie nos va a privar de tu presencia. Y seguimos río abajo. Mi Pablo se desangraba. Lo cierto es que estábamos cerca a la Base Militar de Tres Esquinas. Un territorio en el cual se vivía en posición de combate; por cuanto había sido atacada por la guerrilla. Una noche lluviosa. El agua nos arropaba. Y el centinela gritando ¡alto quien vive! Y los disparos. Y Angélica y yo, gritando: se trata de Pablo que se muere. Y cesaron de disparos. Pero Pablo seguía en agonía. Y llegamos a Tres Esquinas. Lugar escenario de guerra. Y como si fuéramos algo no grato. Como cuando tú sientes que eres cualquier cosa vinculada con la guerra. Pero se vino la muerte. Como pájaro agorero. Simplemente ya no estaría más con nosotras. Se fue al vuelo. Remontando ese universo que fue nuestro. De todos a una. Pero es así, la vida. Silencio penetrante. Como si todos y todas estuviéramos al vuelo. Por ahí sin ton ni son. Pero, en mí, era la herejía de cantarle al mundo que era todo para mí y para nuestra hija. Y me quedé ahí, absorta con Angélica. Que lloraba, sin comprender la dimensión de lo sucedido. Un canto apagado. Un canto que ella quería echarlo a volar al viento. Mi niña. Nuestra niña. Como mirando al padre en largo vuelo. Como si fuese plena en su sentir de no volverlo a ver más nunca. Bitácora 7. Y seguí yo el cortejo. Ya Pablo era pasado. Así me doliese aceptarlo. Yo tenía que vivir, seguir viviendo. No sólo por mí. Más que todo por Angélica. Y estuve ahí. Al lado de ese cuerpo inerte, llamado amor. Llamado Pablo. Por mí. Y todos los ires y venires. Que su cuerpo allí y allá. Hasta que, por fin, estuvimos en Bogotá. Las dos con él. Y lo sepultamos. Y quedamos solas. Un volver a empezar. Pero tuve fuerzas. Como las de madre. Como las de esposa. Y me dediqué a ella. A nuestra Angélica. Y fue pasando el tiempo. Y, en sueños, recreaba ese río abierto. Con abundante carga de vida. Río, sinónimo de esplendor. Esa noche no lo pude mirar cuan hermoso era. Porque el Sol no radiaba. La noche, como expresión necesaria, se juntó con mi tristeza. Sueños que exploraban la vegetación hambrienta. De vida y de alegría. Río que baja buscando su lugar en el mar. Como todos los ríos. Pero el mío, el de Angélica y el de mi Pablo, no era ni fue eso. Todo empañado por la pérdida. Selva inmensa. Con bosques tupidos. Maraña que envolvía. Pero que, a la vez, es territorio pleno, que muestra la inmensa riqueza de recursos naturales. Es el presente. Esa simpleza. Está ahí. Ni lo que dijera, ni lo que hiciera, cambiaría la ruta. Y crecía Angélica. Empezaba mi rol de madre sola, enfrentando los avatares de la vida. Y la niña, creciendo. Con una promesa mía de resurgir, sin importar lo que pasara Y es aquí y ahora. Ya eres adulta, le dije cualquier día pasado, a Angélica. Y siguió creciendo. Y yo, otra vez, al lado de la vida. Trabajando. Hasta que surgió, otra vez, la figura de la autonomía. Para ella (Angélica) que asumió, aquí y allá, lo necesario para otorgarle al padre post mortem, una dicha originada en lo que ella era capaz. Un universo nuevo. Construido desde ahí. Desde ese horizonte que no compartimos con él. La Esclava Rockera Ya había transcurrido un año desde que la niña vendió su alma al demonio. En todo ese tiempo no hizo otra cosa que ir y venir por los Cerros Orientales de la ciudad. Un día, por cierto 31 de octubre de 2009, hizo estación en un lugar cercano a la Avenida Circunvalar, con la Avenida Jiménez. El
  • 23. 23 reloj marcaba las 8 de la noche. Se detuvo en una esquina. Allí estaban cantando y conversando un grupo de muchachos y muchachas. Inventaban variantes de las canciones de Michael Jackson. Todos y todas en una euforia absoluta. Susana, una joven de quince años y que formaba parte del grupo, habló acerca de la vida de su ídolo. Por ejemplo, se refería a la infancia de Michael. Momentos muy tristes. Durante los cuales tuvo que trabajar, al lado de sus hermanos. La Esclava Rockera se interesó por la historia y por la manera como Susana evocaba a su ídolo. Se hizo al lado de ella. Obviamente, Susana no le veía, porque la Esclava era algo así como un espíritu errante e invisible. Sin embargo, Susana, percibió su calor y su desasosiego. Percibió ese dolor inmenso que acompañaba a la Esclava. Y, sin saber por qué, irrumpió en llanto. Como si fuera ella misma la que sintiera esa desesperanza de la Esclava. Raquel, amiga de Susana e integrante del grupo, le preguntó:”¿Por qué lloras? ¿Acaso tú también, conociste a Lorena la amiga de la Esclava?. Susana sintió temor. No sabía cómo Raquel había conocido su percepción. Mucho menos, donde conoció lo de Lorena y su relación con la Esclava. De un momento a otro, se desató una tempestad. Con vientos huracanados y con relámpagos y truenos. Una lluvia furiosa los azotó a todos y a todas. Llovió durante seis horas, sin parar. Los Cerros Guadalupe y Monserrate empezaron a desmoronarse. Arrasaron todo el entorno. Las toneladas de lodo y piedra sepultaron a los barrios circunvecinos. La única que no sufrió daño alguno fue la esquina en donde estaban Susana y Raquel y los otros amigos y las otras amigas. La Esclava habló al oído de Susana. Le dijo: Sígueme. De ahora en adelante serás mi compañía. La cogió por el brazo izquierdo y alzó vuelo con ella. Tan pronto desaparecieron en el horizonte, la esquina también sucumbió a la avalancha. Todos y todas murieron. Lo sucedido se conoció a través de las versiones de algunas personas que escaparon la tragedia. Úrsula Verdaguer, periodista al servicio de una emisora de la capital, se puso en la tarea de recopilar estas versiones. Con ellas armó el guión de una serie para televisión. Los personajes y las personajes son espíritus errantes, que se convirtieron en sombras que rodean a la ciudad. Esas sombras no permiten la presencia del Sol. Toda la ciudad es un escenario absolutamente sombrío y frío. Esos espíritus vagan y ululan. Articulan escasas palabras. Lo único que se les entiende es:”…esperen el 31 de octubre de 2010. Ese día apareceremos y será otra tragedia. Desde el día en que se conoció la serie escrita por Úrsula; todos y todas en la ciudad capital no controlan su temor. En vigilia permanente esperan ese día 31 de octubre. Los pasos perdidos Borrón y cuenta nueva. Al menos así le entendí a Eufrasio. Ese está más perdido que el tanque de oxígeno de mi tía Romualda que murió asfixiada, cuando lo buscaba. Y es que el Eufrasio siempre ha sido un man entre medio torcido y torcido y medio. Con decirles que, en un cumpleaños de Casta Lía Bermúdez Paniagua, su vecina de siempre. Desde que eran guaguas como dicen los ecuatorianos. Le dio por orinarse en la sala, mientras bailaba el Santo Cachón. Claro que él no es tan conocido como el profesor Antanas. Pero igual, se lo cogía como si fuera manguera de bomberos. Y, para ajustar, cuando terminó, sacó el hechizo con que anda. Y, pum, pum. Disparos al techo. Hizo caer esa araña tan hermosa que alumbraba como si fuera de día.
  • 24. 24 Lo del borrón y la nueva cuenta, tiene su sentido. Porque borró del mapa a Euclides el pelicandelo que le corría el ala a su hermana Betulia Josefina. Y, después, desafió a todo el mundo. Entonces, aclarado lo del borrón, lo demás es pertinente. Comoquiera que se le metió en su picha cabeza, que se iría con la hermana de Jeremías Alfonso Alonso Motivante, para el Brasil. Le había escrito un primo lejano, diciéndole que allá estaban empleando rusos para trabajar en la construcción de varios estadios; como logística necesaria para el Campeonato Mundial de Fútbol en 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Y se fueron, por la vía Bogotá-Medellín-Cali-Barranquilla-Riohacha. Claro que llegaron seis meses después. Y el lejano primo, ya se había venido muy preocupado, a buscarlos. Y, cuando llegaron el Eufrasio y la Begonia a Río de Janeiro, se dieron cuenta que no le habían solicitado la dirección al primo distante. Y, peor aún, conociendo que parcero ya había cogido para Bogotá, vía Panamá- Nicaragua-Costa Rica- Santiago-Lima. Obviamente llegó en condiciones lamentables, ocho meses después. Y Eufrasio y su primo no se encontraron nunca. Por si acaso les interesa el problema, a Eufrasio si lo emplearon. Pero en una fábrica de productos asociados a los estigmas. Y le tocó moldear al Divino Rostro, a Lázaro con su fetidez obvia. A San Pedro, después de haber perdido su cabeza. A San Juan el Bautista en las mismas condiciones que el anterior. A todos los infiernos de la Divina Comedia. En fin, tantos y tantas que terminó en el manicomio de Brasilia. Hasta allí lo acompañó la hermana del Jeremías. Rogó que la hospitalizaran junto a su amado Eufrasio. Al otro día la encontraron degollada y sin lengua. La investigación arrojó como resultado:”…cuerpo sexo femenino. Atacada con un corta latas, en horas siguientes a la medianoche. Se indica, además, que su mozo o esposo, o amigo, o cualquier cosa parecida, estaba boca abajo en la cama. Y que, en su mano, tenía la réplica de la Santa Cruz. Y que despertó preguntando por Narcisa. Supimos después, aparece como anexo en este informe, que el malparido se había guardado el arma del delito en lo profundo de su estómago. Y despertó. Y se puso a llorar cuando supo lo sucedido. Y trató de suicidarse por ahorcamiento con la cinta del preclaro Simón Eustorquio. Y que, al no morirse, se puso a llorar a moco tendido. Llamando a su Narcisa a todo taco. Y que, los del CTI de Brasil, declararon el crimen resuelto. Doce meses después, encontraron debajo de la cama de la pareja, un instructivo que enseñaba como matar sin dolor y con dolor. Su autor: el director del Hospital “La última oportunidad para vivir”. El ideario del médico psiquiatra era, más o menos, así: Primer Acto: elija un motivo. Segundo Acto: multiplíquelo por 77. Al producto súmele el cociente de dividir el día de su nacimiento y la hora en que su mamá quedó preñada de su último hijo. Luego tome jugo de penca sábila. Vomite. Y vuelva empezar. De todas maneras tenga a mano una cabuya fabricada en Guarne (Antioquia) por don Melquisedec Florián, quien tiene registrada la patente. Por último ((Tercer Acto), insulte a la enfermera. Acúsela de lesbiana psicótica. Y láncese al vacío. Si no quedó a gusto con las instrucciones, demándeme ante el Jurado del Santo Oficio Trinitario. O, si lo prefiere, hable con el señor Procurador Ordóñez que él le indicara el paso siguiente. El buen ladrón Conocí a don Salvador Alicate, un día antes de un sábado. Es decir, un viernes para ser más preciso. Todo hay que decirlo. Hablan de él, diciendo “ese señor es un alma de Dios”. Como queriendo decir que no quiebra un plato. O “no hace milagros por pura pereza”. Yo tengo otra idea de él. Desde que, un día antes de un domingo, lo vi sacándole la billetera a don Eulologio. Lo tenaz es que, al señor E., le habían pagado la quincena en ese pinche taller en donde trabaja. Y, para acabar de ajustar (como dicen las tías), iba a pagar el arriendo de los dos cuartos que ocupa con su compañera y sus dos hijos, en el inquilinato. Pero, además, de ahí había que mercar y guardar algo (¡sí…algo y muy poquito, por cierto le sobraba) para los transportes.