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Ilusionario
Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo
tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni
alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí
mismo, ojala lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la
gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por
un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me
aclamaba.
El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto estaba junto a él. Esperando ser atendido por la
asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela:
“El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a su esposa,
a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una casa en el aire.
¡Venga ya. Atrévase!...¡Tenga casa hoy mismo. Somos los mejores del mercado!...”.Y, entramos en
conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré.
Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su
infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus
fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo perenne
habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran reconocer las
sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto suigeneris el
caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos
la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de género.
Y otras cosas!
Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente
porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana.
Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán,
de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra
cosa que cabrío vergonzante.
¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son
los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un
entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No
mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La espalda, las
articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi suegra me
insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi
esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al
bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en
arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero,
puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese aborrecido
que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea
como las de los pesebres.
Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones.
Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que solo le
gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho. Rumiando
pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las inmediaciones del
Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña a cada rato a
Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa es
muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración. Fíjese. Cambie de
actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no sé por qué algunas
mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son candelita en la cama.
Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí
casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los
atendemos…”
Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada
de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante
del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era informante de los
guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les decía a sus alumnos y
alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos.
Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección.
Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son
elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me dijeron
que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor, está aquí
conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la
fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza.
Pero que pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como si
estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en
barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos desde Cartago.
Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el cual hacía trasteos.
En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno de enero. Se
quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres tiros. Por cochino. Vine porque
escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis. Acérquense donde don Baudelio Piedemonte.
Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran
Banco Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de
parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…”
Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano,
el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre
se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso. Como cuando la
fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni mojada ni con frío. El señor
Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica. Se te olvidó hacer milagros
por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena!
Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como
incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de
lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno, comía una
empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del carrito lleva en
sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores.
La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y
tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con
las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m., hasta las
3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto ampliada de los
abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que han convivido con
ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y
libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a estos
requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso.
Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor de
guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que
iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el referendo. Pero,
a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber llegado al otro día; a
uno le quedan dudas.
La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta las
8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más temprano
que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención a aquellos y
aquellas que llegaran más tarde de esa hora.
Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en
Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana por cierto,
estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como
Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado mayor. Es decir,
cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores.
Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual constara
que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina
Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido. Es decir,
plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la demostración de que
mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva pecaminosa. Tal parece que
a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi
impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez.
De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia.
Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo
familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en
cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los
Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a la
sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las ganancias
ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquidocesana de Regentes del Santo Oficio.
Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido beneficiado con el
subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los requisitos.
Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el
compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de
por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado para
2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno a un
tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto.
Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido
castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la peculiaridad
de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi siempre, porque no compartiera con
él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco Central.
Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De
su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el
seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso
del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”.
Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”.
De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando
cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó,
estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un tanto
lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis
años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el
proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la
gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que lo
bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además que, verificando sus ingresos, la
diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo
que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno
de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”.
A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea.
Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de
Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite
vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa. Condición
indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran Banco Central. En
la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su
suegra viva y que ven por ella.
Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer.
Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso.
Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se
registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a saber si, en
nuestro caso, ya conocen lo que te pasó.
Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel.
Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia,
entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la
perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su
primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Betancur, empezó a
ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días.
Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde Pitalito
hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con lo
devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo
Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba un mil seiscientos pesos
mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes.
Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de
coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman. Cocinar, lavar
ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses. Cuando los
anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega.
Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para
trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras de caña
panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con don Eufrasio
Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la mañana, cuando
me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno parque central de
Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate.
Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había
recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba
Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente en
ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha sido y
será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las mesitas
asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la vista y allí
la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo miradas
mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido siempre
mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una excitación
absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo, exhibía unos
botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó a crecer. Como
nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan
abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista.
Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo
de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la
fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas del
Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación temprana. Dí una
vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde.
Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que se
había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez
no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en inventario”.
Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más, cuando
la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con
fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo.
El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la
Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer. Que
calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la arrendataria, hizo lo que
pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Que pena señor Aurelio. No le
puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene
una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…”
Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que,
aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción”…sale loco de contento, con su
cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis
manos? Por cuenta de este malparido bocón.
Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que
me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi
mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en que ella y
mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…”
¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver,
no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y todo por culpa
de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para donde vamos a
coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa.
Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de
impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó
atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano derecha sin
ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba
y un palomo le cagó la cara”.
Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público de la
Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al comienzo,
comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá. Pero siempre en
la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un
tal Luciano, brujo por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una
casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba que debes ir a la
Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están entregando para regalar
casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es
un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República.
Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un
formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana,
en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña Consueta,
mujer de amplio espectro en el coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de Rosendo Gavilán
Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de la “casita
propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de Diosdado Pérez.
Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescún, el marido de Hortensia
Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive en el barrio “Las
Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para allá y
viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor de siete
suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara hacer la
cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin que lleva casi siete meses. Nos cuenta que, al
comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las señas, pidió
ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque
resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los ojos después de
cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido entender que yo si existo.
Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al principio. Pero luego se fue para
Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las
amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se
confundieron nombres y realidades
Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de cédula.
Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de la
Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as) favorecidos (as), tenían
algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un empujoncito. El que más empujoncitos
dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”. Más o menos dos millones.
Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al
rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto
grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el popular
“todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos.
Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan hijueputa.
Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender
cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo el
mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no pasará tantas afugias,
como las tendrá naciendo aquí…”
El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el
trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La
viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome ahí
abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para estar ahí
adentro, con ese palo al máximo.
Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a
Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para
lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora Hilduara, la
vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa.
Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me
tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de
mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo de las
“escobitas” en el área de Paloquemao.
Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar.
“Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora. Cuando apareció,
con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, que más?. Lo retrata al pie de figura. Como sujeto
parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir y venir. De simple estar
ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y
justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A
más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.”
El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó
“que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de
personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y con
algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un sujeto de bajo perfil.
En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada con una casita que vio.
Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado
con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo menos, cuatro millones
para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del préstamo del Gran Banco Central. Mi
ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro.
Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la
situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera empezando a cogerle el
pulso a las condiciones en que se desenvuelve la vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo
inhóspito. Sin más recursos que las manos para trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo
que resulte. Así ha sido siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.”
Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor Julián
me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo
mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos años
encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni siquiera la visitan. Y,
además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni
siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de
crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo cumplir y
demostrar ese requisito..
“…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De
un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia
Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la encontré por
los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me recomendó mi
primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo
no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el
último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial no importa.
“…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a
tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa
con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega. Lo cierto
es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la echo a los
marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…”
Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el
bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo.
Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos huevitos y jugo
de toronja.
“Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de Agapito
Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene
muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un
pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me prometió hablar
con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján, asesor de Leonidas
Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad
de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano
Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de tintos en las
reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la Organización Buen Gobierno
que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los
descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de
“La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y financiar planes
de vivienda dirigidos a los más necesitados”.
Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras le prometo que usted, su
mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente,
tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la Organización Las Mercedes, que
orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal Albarracín, que es ahijado mío…”
A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios,
me crispan. Como queriendo decir: ¡ no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que llaman
cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor. No existe ni
siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa.
Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en
comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo.
“Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez
regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…”
“Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de
Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con
ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé que ese marica
nos puede ayudar…”
Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del
chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En
“Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro por cierto. Ahí dejé lo poco que me quedaba. Y ese
malparido ahíto. Como si nada.
Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar una
llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo
que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar, porque el
médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó, también, a la Cruz
Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La
Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados
que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”.
Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos
piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto.
El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar el
Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada en
Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga mijita,
hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte de nuestra
Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es que, mucha gente desconfía del
Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…”
Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota
que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición
Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años. Hembra Tenaz. Que
yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo
arranque.
Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo
lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba
día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de ellas. O con
cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a los pocos fieles
del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como
exhibición fundamental de libertario, habilito prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante
con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur del País.
Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar
descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se
ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva
catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de tres mil
millones de pesos y…listo.
Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un
cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de
puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, conociéndola como la
conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos de todo y de
todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y
celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante.
Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de desfallecer.
Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que
ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por mi
demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su familia y almorzando.
Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que te
fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado
en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto de él y
dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en esa empresa de
vigilancia para la cual trabajan.
Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por la
noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me
decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”. Y dicho
y hecho. No pudo más.
Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía
mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la
verdad:”…voy a ver en que le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin
bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito.
La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a lo de las costuritas y la confección. Claro,
como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos
muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos e
inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato. Es
tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la Universidad
de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de
matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino.
Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la
amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede valer
por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes
tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir más. Doña
Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza. Pero, además de
lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y,
por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi
suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre (¿…cuál? No lo sé).
Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era niña, rosados. Simplemente,
siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a toda la familia a pasar la semana
santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas y los dos muchachos. Y yo, con
don Éufrates, en teleférico.
El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado
hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo
tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la separación. A
pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue vecino de la
familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo único deseado
era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente porque la quería y la
quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo conoció una noche en la cual
Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para el Ecuador
con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió.
Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera
Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue
como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina
Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por
eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina de
su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo
que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras
falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le trazó un lote
de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La
señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación.
Los ahorritos de su niño, todos al aire.
También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez años,
se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca
hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a nadie.
La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don Julián,
después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo cierto es
que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las
compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que querían conocer
algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron, ni comió. Nadie
sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante.
A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando
conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo,
después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió con
lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más.
Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se alegró
mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado,
como solo la sabe cocinar mi vieja.
Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía
lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las
empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del
hambre.
Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí
creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel.
Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del Oro.
Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre. Habíamos llevado
tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos,
las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se
ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las muleticas,
se las había prestado a Catalina para que se las prestara a Fulgencio, su vecino.
Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias
enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una
que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía,
todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos.
El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y
con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco
Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola,
consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es
algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro que a ella
le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con cuidado. Sus
compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara de un trofeo de
caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y cinco
años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal. Mi cuerpo ya no
resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo tamales ahí en la
esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces, hasta Paloquemao,
cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos.
La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas
y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa
nueva modalidad que tiene Yambal. Le pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso,
ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede romper porque lo
tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos hace el favor de
pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al nuevo bebé. Con
casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona.
Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta.
La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó
mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba
como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera
permanecido sola.
Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada¡. Ni rastros
de ellos ni de ella. Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates.
Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la noche. Volví en la
mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates, quedaron en casa, mientras
yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente.
Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie¡.
Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos. Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la
cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme
dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas…
Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di
cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una
de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia
parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada
en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A
Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el
espacio. Me quedé sin saber que pasó.
Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual
todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la
calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y notarias del
tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de
visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres
metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir una mezcla de azules variados y blancos
en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada,
está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como
gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde
yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando
hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron.
Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de
la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del
señor del carrito. Al que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron.
Quedé, otra vez, solo.
Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en
su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol.
Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que
permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá,
en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier
lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos
tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la
memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las
bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer
libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus
machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no
encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos
de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones.
Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al
Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo
ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para
lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del
significado de estar vivos.
El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores
para que negaran mi permiso.

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Ilusiones rotas en busca de una casa propia

  • 1. Ilusionario Tal vez debí percibir ese acto de muerte. Julián tenía ese tipo de expresión en su cara, que solo tienen quienes han asumido la determinación de dejar de vivir por cuenta propia. Y fue así. Ni alegría ni tristeza. Simplemente recabo, ahora, la idea de la percepción. Como diciéndome, a mí mismo, ojala lo hubiera adivinado. Con esas ínfulas que me doy. En el sentido de conocer a la gente por dentro. Qué está pensando cada quien. Inclusive, en el circo callejero en que trabajé por un tiempo, me decían “Alberto el sujeto que le adivina lo de aquí y lo de allá”. Y la multitud me aclamaba. El día en que conocí a Julián Motta. Por cierto estaba junto a él. Esperando ser atendido por la asesora comercial del Gran Banco Central. Decía el aviso de primera plana, en el Diario Centinela: “El Gran Banco Central”, lo convoca a usted, a su mamá, a su suegra, a sus hijos, a su esposa, a…adquirir un crédito hipotecario. Bajos intereses. Excelente atención…no es una casa en el aire. ¡Venga ya. Atrévase!...¡Tenga casa hoy mismo. Somos los mejores del mercado!...”.Y, entramos en conversación. No teníamos afán. Y le dimos al dime y te diré. Cuenta don Julián, que nació en Pentecostés. Municipio de su amada Región de Pensilvania. Su infancia estuvo cruzada por hechos muy tristes, para él. Su padre, amo del hogar y de sus fronteras, fue y es, todavía, un sujeto típico de estas tierras azoladas por la cultura de lo perenne habida cuenta de que se es macho, machote. Y requetemachote. Así no lo quieran reconocer las sucesivas mujeres que ocupaban y ocupan el Ministerio Para la Equidad. Un tanto suigeneris el caso. Ya que, el Ejecutivo, no se cansaba ni se cansa de lanzar vítores a ultranza. ¡Qué alcanzamos la designación de territorio prototipo para entender y aplicar la equidad y la solidaridad de género. Y otras cosas! Todavía recuerdo, me dijo, cuando mi padre castigaba a “SU MUJER”, mi madre. Simplemente porque sí. Es lo mismo que decir porque le daba y le da la gana. Yo nací en Puerto Escondido, situado en nuestra amada Costa Norte. Mi papá fue y es un holgazán, de aquí a cualquier parte. Se las daba y se las da de sujeto chévere. Cuando, en verdad, no es otra cosa que cabrío vergonzante. ¡Eso sí es cierto señor! Como que me llamo Pascuala Guasca de Perafán. Ustedes, los hombres, son los mismos en cada época y tiempo. Tanto como decirles que ése esposo mío fue siempre un entelerido, quejoso. Se enfermó de rociola, cuando guagua. Y, todavía está convaleciente. No mueve un dedo en la casa. Nunca ha trabajado. Según dice, porque todo le duele. La espalda, las articulaciones, la cabeza, los brazos…todo. Yo estoy aquí, precisamente, porque mi suegra me insistió mucho, para que me hiciera a una casita. Ella tampoco se aguanta a Serapio. Su hijo. Mi esposo. Inclusive, ella, va más allá y me contó que su hijo siempre estuvo asociado al bandolerismo. Ustedes saben. Eso de las gemas y no sé qué cuento. Hoy por hoy, vivimos en arriendo. Allá en Lucero Alto. Tengo siete hijos y cinco hijas. Eso sí, de padres diferentes. Pero, puedo asegurar, que Felipe, Marcio, Jenófanes, Bautisterio y Anacleto son de él. De ese aborrecido que siempre se me monta. Esté de día o de noche. Siempre he añorado tener una casita. Así sea como las de los pesebres. Yo vine, porque me lo sugirió doña Bertilda. Soy soltera. Madre de catorce hijos. Todos varones. Pergamanato, mi rudimentario esposo, solo sirve para nada. Como que les cuento que solo le gustan las canciones del Caballero Gaucho. Nada de trabajar. Vive ahí. Como al acecho. Rumiando pendejadas y tristezas. Pero nada de nada. Llevo toda la carga. Vivimos en las inmediaciones del Relleno de Doña Juana. Lo que si es cierto es que la señora Bertilda, regaña a cada rato a Pergamanato. Su hijo y mi esposo. Le dice “mijito, cuando va a cambiar. Fíjese que Sinforosa es muy guapa. Que ha sacado a sus hijos adelante. Aún sin su colaboración. Fíjese. Cambie de
  • 2. actitud…”. Otra vez estoy preñada. Van a ser quince del alma. En verdad no sé por qué algunas mujeres no cambiamos. Solo tenemos latente eso de que los hombres son candelita en la cama. Eso explica, al menos en mí, los sucesivos partos. Cuando será que nos atienden. Llevamos aquí casi seis horas. La doctora, a cada rato, sale y dice “tranquilos que a todos y todas los atendemos…” Fíjense que soy de Tarazá, Antioquia. Llegué a Bogotá el catorce de diciembre, año 1998. Cargada de problemas. Huyéndole a la violencia. A mi papá lo mataron porque, según dicen, era informante del ejército. A Casiano, mi esposo, también lo mataron. Dizque porque era informante de los guerrillos. A mi primer hijo lo mataron porque, como maestro de escuela, les decía a sus alumnos y alumnas que los únicos responsables de la violencia eran los ricos. Dicen que fueron los paracos. Don Josías me dijo que tranquila. Que lo del crédito era un hecho. Es más, de libre elección. Grande, pequeña…, más pequeña. Que esos señores y esas señoras del Gran Banco Central, si son elegantes. Sinceros (as). Qué están programados para hacer realidad las ilusiones. A mí me dijeron que, en diciembre, ya estaría con mis hijos en casita propia. Parlamient, mi hijo mayor, está aquí conmigo desde anoche a las 8:00 p.m. Nos turnamos. Mientras él duerme, yo estoy de pie en la fila. Cuando me agarra el cansancio, es él el que me reemplaza. Pero que pasará. Esta fila es interminable. Y muy despacio corren quienes están primero. Como si estuvieran dormidos los asesores. Mi nombre es Lesbia. Mucho gusto en estar con ustedes. Vivo en barrio “El Recreo”. Ahí he estado con mis hijos y mis nietas, desde 2002. Llegamos desde Cartago. Vivíamos, más o menos bien. Rigoberto, mi compañero, tenía un carrito en el cual hacía trasteos. En la misma ciudad. O para las veredas. Lo mataron, recuerdo ahora, un treinta y uno de enero. Se quedó dormido en la colectiva. Babeó a un señor. Este le pegó tres tiros. Por cochino. Vine porque escuché en Radio Secreta, esto de “casas, casi gratis. Acérquense donde don Baudelio Piedemonte. Calle 11 sur número 115.16 Este. Él les informa lo que hay que hacer. Y sí que me informó. Gran Banco Central, oficina Paloquemao. Con el Asesor, doctor Fulgencio Buenahora. Le dice que “…de parte de Baudelio, el hijo de Rebeca, amiga de su madre…” Y sí que nos cogió la lluvia. Yo no tenía paraguas. Ni plástico. Nada. A la esposa del finado Casiano, el viento le alzó la falda. Y casi se le ve todo, de la cintura para abajo. Afortunadamente, siempre se puso esas medias que llaman “tapatodo”. El señor Julián se puso tembloroso. Como cuando la fiebre humilla. La señora Pascuala. Ahí, tratando de no sentirse Ni mojada ni con frío. El señor Pancracio, de una, arreció con sus imprecaciones. ¡Qué Cristo Marica. Se te olvidó hacer milagros por andar cogiéndole las tetas a la Magdalena! Se lo llevaron. Pancracio estuvo en juicio inmediato. En el cual lo circunstancial opera como incitación al desorden público. Sobra decir que perdió el turno. Y yo seguía allí. Como concreción de lo absurdo. Nada que me atendían. La señora oriunda de San Juan Nepomuceno, comía una empanada un tanto grasosa, pero de carne. Yo me decidí por un tinto. El señor del carrito lleva en sus espaldas algo parecido a los señores que fumigan. Un tanquecito, conectado a dispensadores. La señora Petronila, salió de su cubículo. Nos saludó a todos y a todas. Nos dijo: Tranquilos y tranquilas, mañana será otro día. Simplemente porque no podemos atender a más personas. Con las dos que fueron atendidas, basta. Porque nuestro horario de atención es de 8:00 a.m., hasta las 3:00 P.M. Y ya son estas últimas. Para mañana, por favor, me traen una foto ampliada de los abuelos y abuelas paternos. Dos recomendaciones de los (las) vecinos (as) que han convivido con ustedes en el vecindario, en los últimos veinticinco años. Y, además, certificados de tradición y libertad de los propietarios de al lado, por izquierda de sus predios. Le sugiero hacer caso a estos requerimientos. En la intención de flexibilizar el proceso. Bertilda y Julián, como que se gustaron de inmediato. Lo digo, porque Julián me pidió el favor de guardarle el turno. A Él y a Bertilda, mientras iban a comprar unas arracachas para el ajiaco que iban a cocinar para celebrar el día en que el señor alcalde Gustavo Petro pierda el referendo. Pero,
  • 3. a decir verdad, con lo cerca que quedan los “amoblados” y el hecho de haber llegado al otro día; a uno le quedan dudas. La señorita Alcaparra, nos dio ánimo. Nos prometió que, a más tardar, recibirían papeles hasta las 8:00 a.m. del día siguiente. Pero, eso sí, tendríamos que irnos a casa y volver, lo más temprano que pudiéramos. Preferiblemente a las 3:00 a.m. Ella no respondería por la atención a aquellos y aquellas que llegaran más tarde de esa hora. Al llegar a la ventanilla, la señora Lucrecia Estupiñán, resultó ser paisana. Nació y se crió en Sabanalarga. Hija de Serafín Estupiñán y Anacleta Velásquez. En su juventud, lejana por cierto, estudió en el “Internado Para Señoritas Arcángel San Gabriel”. Después de graduarse como Bachiller “Emérita”, incursionó en las finanzas públicas. Hasta llegar al grado mayor. Es decir, cuando se entiende la dinámica de la venta y compra de valores. Una vez pasó el recordatorio, Lucrecia, me exigió dos certificados más: registro en el cual constara que Abigail, mi madre, se conoció con Benjamín, mi padre, en el Atrio de la Parroquia Divina Providencia. Pero que eso, de por sí, no era prueba alguna de que su hijo era bien habido. Es decir, plena expresión de su fe en Dios y en Todos Los Santos. Lo que cabía era la demostración de que mi madre y mi padre no me engendraron, producto de relación furtiva pecaminosa. Tal parece que a esa oficina se la había tomado, la Procuraduría General de la Nación. Por lo menos esa fue mi impresión. Conociendo, como conozco, los valores éticos del señor Ordóñez. De nada valieron mis súplicas. En el sentido del grado de dificultad que conlleva esa exigencia. Lucrecia, sin afanes, me dijo: la otra opción es una certificación en la cual conste que el núcleo familiar al cual usted pertenece, pueda demostrar que tienen recursos económicos ciertos en cuantía superior o igual a la media de la suma de los recursos que perciben, en promedio, los Senadores y Representantes en el Congreso. Más dos puntos básicos porcentuales asimilados a la sucesión de bienes inherentes a su familia y que coincidan con la tercera parte de las ganancias ocasionales de los presbíteros asociados a la Curia Arquidocesana de Regentes del Santo Oficio. Además, certificación cierta de que, en los últimos diez años, usted no ha sido beneficiado con el subsidio que se ha dispuesto para aquellos y aquellas que cumplan los requisitos. Volví a casa, casi a las diez de la noche. Confiando en que la señora Azucena cumpliría con el compromiso de guardarme el turno hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Claro está, de por medio, una propina concordante con el tercio del salario mínimo legal vigente, calculado para 2020.Cuando llegué, justo al otro día, la señora Azucena, a su vez, había vendido mi turno a un tercero, que adicionaba un cuarto de esa tercera parte, para poder entregar el puesto. Lucrecia ya estaba ahí. Con unas ojeras impresionantes. Como si, en la noche, hubiera recibido castigos inconmensurables. Ya era sabido que Adriano Vengoechea, su novio, tenía la peculiaridad de golpear y golpear a su pareja. Por lo más nimio. Pero, casi siempre, porque no compartiera con él su salario. O, cuando menos, la propina de los usuarios del Gran Banco Central. Este día, me tocó el turno 600. Cuando llamaron al 599, Lucrecia recibió una llamada urgente. De su mamá en Turbo, Antioquia. Su tatarabuelo se moría. La necesitaban para hacer efectivo el seguro que cubría todo riesgo. Como ese en que se veía envuelto el viejito: cayó del onceavo piso del edificio Mon y Velarde, en el cual funcionan las oficinas del “Cariño Mutuo”. Nada que ver, ella cerró la ventanilla con el aviso “disculpe, vuelvo tan pronto como pueda”. De vuelta a mi domicilio, me encontré con Bonifacio. Viejo amigo. Nos conocimos, cuando cursábamos primero de bachillerato en el Colegio Benjamín Franklin. Su vida, según me contó, estuvo plena de problemas. Estuvo como voluntario en la Guerra de los Garbanzos. Luego, un tanto lisiado, fue nombrado como tesorero en el Hospital San Rafael de Bogotá D.C... Allí trabajó dieciséis años. Nunca le alcanzó su salario para tener casita propia. Por lo mismo, cuando conoció el
  • 4. proyecto del Gran Banco Central, se ilusionó. Llevaba, cuando lo encontré, cuatro meses en la gestión necesaria. Hoy, le devolvieron la documentación, porque no pudo demostrar que lo bautizaron en San José del Guaviare y no en Riohacha. Además que, verificando sus ingresos, la diferencia entre el promedio del salario mínimo en 1967 y 1990, estos no sumaban el tercio de lo que devengaban los funcionarios cuya denominación en sus cargos era “Auxiliares de Proyecto Uno de Dedicación Exclusiva”, en el Piedemonte Llanero”. A mí siempre me cayó bien el Bonifacio. Recuerdo, inclusive, que compartimos novia. La tal Azalea. Hermosa criatura. Pero bien triscona. Lo cierto es que lo acompañé hasta la Terminal de Transportes. Iba para Pavarandocito, en Antioquia. Debía, además, rehacer todo el trámite vinculado con la fecha en que nació doña Belarmina, la mamá de Alba Lucía, su esposa. Condición indispensable para acceder a un turno para hablar con el Sub Gerente del Gran Banco Central. En la intención de beneficiarse del subsidio vigente para aquellos y aquellas solicitantes que tienen su suegra viva y que ven por ella. Pero qué cosa tan verraca, Doralba. Como así que perdiste el empleo. Ahora que vamos a hacer. Yo te registré como aportante en el núcleo familiar. Vas a ver, que nos ponen problema por eso. Porque, los veedores del Gran Banco Central, están rastreando siempre las novedades que se registran en cada familia que efectúa una solicitud de crédito hipotecario. Vaya uno a saber si, en nuestro caso, ya conocen lo que te pasó. Y es que, esta pequeñita mujer, ha estado conmigo todo el tiempo del mundo. Siempre fiel. Siempre lista. Ahora recuerdo como la conocí. Un diciembre en Pitalito. Una familia, su familia, entregada de lleno a la subsistencia. Con ella, eran y son doce personas. Muy estrecha la perspectiva. Lo que más confundía y confunde aún, es la falta de una casita. Recuerdo que su primera ilusión se presentó en 1982, cuando, el entonces presidente Belisario Betancur, empezó a ofrecer casitas sin cuota inicial. El viejo, don Éufrates, empezó a viajar a Neiva. Cada ocho días. Solo allí podía tramitar lo relacionado con la radicación de documentos. El pasaje desde Pitalito hasta Neiva, costaba en ese entonces mil pesos. Los ingresos familiares, contando con lo devengado por Doralba atendiendo la Biblioteca Municipal. Un puestico que le consiguió don Hildo Alzate, cuando tenía influencia en la alcaldía, como concejal. Ella ganaba un mil seiscientos pesos mensuales. Todo sumaba tres mil quinientos al mes. Doña Zulma Guzmán, la mamá de Doralbita, hacía arreglitos de ropa, en casa. Una maquinita de coser Singer que heredó de su mamá. Es decir, además de lo de la casa que llaman. Cocinar, lavar ropa, plancharla y el cuidado de cerdos. Una triada. La recomponían cada doce meses. Cuando los anteriores podían ser vendidos. Y vuelve y juega. Ese día de diciembre, yo había llegado cargado de ilusiones. Me habían ofrecido una finquita para trabajar. En San José de Isnos. Más o menos tres hectáreas. Ya con adelanto de siembras de caña panelera. Incluida la logística para la producción. Llegué muy temprano. La cita con don Eufrasio Tello, estaba programada para las tres de la tarde. Eran las nueve y veinte de la mañana, cuando me bajé del bus de Coomotor. Desayuné en una fritanguería ubicada en pleno parque central de Pitalito. Huevos fritos, tamal y chocolate. Me decidí por entrar a la Biblioteca Municipal, esperando encontrar un texto que me había recomendado el señor Hipólito Castaño, relacionado con la producción de panela. Allí estaba Doralba. Me atendió. Con esa gracia y amabilidad que, aún pasados diez años, están presente en ella. La miré, en profundo. Ella hizo lo mismo. Como entender que “amor a primera vista” ha sido y será un hecho cierto. Buscó el texto y me lo entregó. Empecé a leerlo, en una de las mesitas asignadas para el público. Obvio que no me pude concentrar. Cada minuto levantaba la vista y allí la veía, mirándome. Eran las once de la mañana y no entendía nada del manual. Solo miradas mutuas. Una bata amplia. Con escote, apropiado para el clima. El problema mío ha sido siempre mirar a las mujeres, centrándome en sus senos. Buscando los pezones. Me causan una excitación
  • 5. absoluta. En el caso de Doralbita fue lo mismo. No usaba brasieres. Por lo mismo, exhibía unos botones hermosos. Sobresalían. Como queriendo reventar la tela. Lo mío empezó a crecer. Como nunca antes me había pasado. Tanto que el miembro empezó a producir lo que yo llamo flujo. Tan abundante que mojó el pantalón. Y se notaba, a simple vista. Salí de la Biblioteca como a los doce meridianos. Me despedí de Doralba. Me miró la humedad de lo de abajo del pantalón. Me dijo, “si quiere señor puede volver a la una de la tarde.” Volví a la fritanguería. Compré dos empanadas de lechona y una gaseosa. Me senté en una de las bancas del Parque. Cuando terminé, ya había desaparecido el vestigio de mi eyaculación temprana. Dí una vuelta por las calles aledañas, hasta la una de la tarde. Ya estaba ahí. Sin brasieres. Con esos botones más grandes. Como inflamados. Se notaba que se había bañado. Comoquiera que se percibía ese frescor propio de quienes se han duchado. Esta vez no le solicité el texto. Ella cerró la puerta de acceso. Colocó un aviso visible “Estoy en inventario”. Mi bragueta no pudo más. Lo abultado de mi penecito se hizo más visible. Creció, aún más, cuando la vi desnuda. Ahí, en el puesto de atención al público. Esos botones crecidos. La abordé con fuerza. La tumbé. Lo demás fue puro forcejeo. El tal Hipólito llegó como a las cuatro de la tarde, pero del día siguiente Nos vimos ahí, cerca de la Biblioteca. Me salió con un cuento que solo él se lo cree. Que la finquita se incendió justo ayer. Que calcularon mal el calor necesario para producir la miel. Que doña Eloísa, la arrendataria, hizo lo que pudo. Pero, al final, se quemó todo. Incluida la caña recolectada. “Que pena señor Aurelio. No le puedo cumplir el compromiso que hicimos. Pero, déjeme yo hablo con mi tío Ponciano que tiene una finquita ahí más arribita de la mía. Como quien va para San Agustín…” Viejo hijueputa, dije interiormente. ¿Para dónde cojo? ¿Ahora qué sigue? A la vieja le dije que, aplicando esa opción, estábamos hechos. Recuerdo la canción”…sale loco de contento, con su cargamento para la ciudad…”. ¿Qué le voy a decir, ahora cuando todo se escurrió entre mis manos? Por cuenta de este malparido bocón. Con Doralbita fue a otro precio. Me dijo, “…tranquilo, veremos qué podemos hacer. Lo único que me preocupa es que, desde ayer en la tarde empecé a sentir mareos. Vomité casi toda la noche. Mi mamá me dijo que esos síntomas, solo los presentan las embarazadas. Recordó el día en que ella y mi papá, estuvieron, así como nosotros. Ahí mismito quedo preñada…” ¡Hum lo que faltaba! No jodás nena, si he sabido no…Resulta y pasa que, a mi vieja voy a volver, no con holgura económica, como le dije que volvería. En cambio, le llevo un nieto. Y todo por culpa de ese viejo marica. Y de mi alegre pene. Lo cierto, Doralbita, es que no sé para donde vamos a coger. Ustedes sin casa. Yo sin casa. Ese hijo que está ahí, sin casa. Don Éufrates, siguió dele que dele, a lo de la ilusión de vivienda. Iba y venía. Como es la vida de impertinente. Y de puta. El jueves pasado, cuando iba para Neiva, el bus se volcó. Mi suegro quedó atrapado en las latas que quedaron del Coomotor. Una pierna amputada. Y la mano derecha sin ningún movimiento. Mejor dicho, como el “pobre Lara” del cual hablaba mi abuelo: miró pa ´arriba y un palomo le cagó la cara”. Yo lo reemplacé en eso de viajar a Neiva cada ocho días. En las oficinas de atención al público de la Alcaldía, conocí a Prudencio. Él llegó al Huila, vía Isnos. Desde San Agustín. Le tocó, al comienzo, comer de la que sabemos. Durmiendo, con sus dos hijos, una vez aquí. Otra allá. Pero siempre en la calle. Cuando se colocó de barrendero municipal, alquiló una piecita, allá por la vía a Pitalito. Un tal Luciano, brujo por cierto, le dijo que, en un sueño, había visto a sus dos hijos pintando una casa. Cosa buena esa. Porque, según mi diccionario abreviado, significaba que debes ir a la Secretaría de Riesgos y Soluciones para reclamar un formulario que están entregando para regalar
  • 6. casas nuevas a todos los pobres de la región. Lo dijo Belisario. Y, a él, hay que creerle, porque es un porfiado. Lo dicen las estadísticas. Desde 1964 estuvo buscando la presidencia de la República. Prudencio le hizo caso a su vecino-consejero. Dos meses lleva haciendo cola, para lograr un formato, para aplicar en la solicitud. Me contó, de paso, que conoce a don Éufrates. Cada semana, en la misma fila, hablaban de todo, mientras esperaban ser atendidos. Que lo de doña Consueta, mujer de amplio espectro en el coge. Que lo de la señora Ilduara, moza de Rosendo Gavilán Perdomo, primo de Castalia Velásquez, la asesora del Alcalde. Quien la inició en eso de la “casita propia”. Hasta le llevó el formulario a la casa. Que lo de Verania Gómez, hija de Diosdado Pérez. Ella conoció de la promoción “casa ya o nunca”, vía Ernesto Suescún, el marido de Hortensia Paniagua, su vecina. Desde enero ha estado viniendo, cada semana. Vive en el barrio “Las Begonias”, al oriente de Neiva. Paga arriendo. Se consigue la papa, yendo aquí para allá y viceversa. Mil del alma, cada mes. Además de sostenerle el vicio a Pancracio, un vividor de siete suelas. Y son cinco hijas. Costó trabajo convencer a “ese perro”, para que me dejara hacer la cirugía, en Profamilia, para cerrar el ojal. En fin que lleva casi siete meses. Nos cuenta que, al comienzo, le asignaron una asesora muda. Y, como no sabía eso del lenguaje de las señas, pidió ser trasladada a otra asesora. Le asignaron a la doctora Rebeca. Peor que con la muda. Porque resultó con eso que llaman estrabismo. Todo lo lee a medias, descansando los ojos después de cada dos palabras. En eso lleva tres semanas. Y, todavía, no ha podido entender que yo si existo. Que lo que pasa es que, mi gemelo Pastor, hizo la solicitud al principio. Pero luego se fue para Melgar, con nuestro primo Israel. Ella siempre estuvo enamorada de él. Desafiando, incluso, las amenazas de Emperatriz Perdomo, amante perenne de Israel. Y que, tal vez por esto o lo otro, se confundieron nombres y realidades Por fin salió la lista de solicitudes aprobadas. Por orden ascendente, respecto al número de cédula. Ni don Éufrates, ni Prudencio, ni Verania, ni… Nadie conocido. Por ahí dicen que los Diputados de la Asamblea Departamental, manejaron fichas claves. Todos (as) los (as) favorecidos (as), tenían algo en común: “habían pagado hasta tres mil pesos por un empujoncito. El que más empujoncitos dio fue Filiberto Morazán”. Dicen que “se tapó de plata”. Más o menos dos millones. Y, esa barriga creciendo. Ya, desentendidos de lo de la casita propia, nos metimos de lleno al rebusque. Conocí, en esas, a Ezequiel Bermúdez. De Ramiriquí. Emparentado, por allá en cuarto grado, con los Ardila Guataquira. Vendiendo de todo en las esquinas de Neiva. Desde el popular “todo lo que vea a cien pesos”; hasta sofisticados cachivaches un poco más costosos. Le dije a Doralba: “…no resisto más aquí. Además de la pobreza, súmale este calor tan hijueputa. Me regreso para Bogotá. Allá, al menos, puedo contar con la vieja y con más espacio para vender cositas. Tengo un primo que, tal vez, me ayude con un trabajito. Ese Lorenzo es amigo de todo el mundo. Inclusive de algunos concejales. Si te vienes conmigo, la bebé no pasará tantas afugias, como las tendrá naciendo aquí…” El trancón, entrando a Bogotá por Soacha, siempre presente. Demoramos casi tres horas, en el trayecto del Muña hasta la entrada a Bosa. Llegamos a la Aurora casi a las diez de la noche. La viejita estaba esperándonos con un caldo de costilla delicioso. En cama, la Doralba hurgándome ahí abajo. Hasta que lo mío creció. Y listo. A pesar de lo barrigona, no hubo problema para estar ahí adentro, con ese palo al máximo. Una vez nos levantamos, mi madre ya nos tenía changua calientica y dos pancitos. Le dije a Doralbita que iría a la trece con veintidós; allí queda la oficinita de Lorenzo. Que ya ella sabía, para lo del posible trabajito. Yo te llamo, si algo resulta. Debes estar pendiente. La señora Hilduara, la vecina, nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ha sido y es muy generosa. Este Lorenzo no va a cambiar nunca. Siempre con el mismo cuento. “Que el doctor Paniagua, me tiene mucho afecto. Por lo mismo me ha ayudado mucho. Gracias a él, ese puestico en la placita de
  • 7. mercado del Barrio Restrepo, para Egnosodin, mi hijo mayor. Y, con mi hija Clarita, lo de las “escobitas” en el área de Paloquemao. Yo entré a su oficina. Un calabozo parece. Sin ventanas. Sin nada. Leí un aviso colgado al entrar. “Que conseguir casa propia, pasa por hablar conmigo.” Y lo esperé casi una hora. Cuando apareció, con una sonrisa perversa. Eso de ¿“hola chino, que más?. Lo retrata al pie de figura. Como sujeto parecido a los perdularios vividores. De esos que, en nuestro país, son de ir y venir. De simple estar ahí. Sin nada que reivindicar. Simplemente, estar ahí. Sin valores asociados a un perfil sincero y justo.” Que esperara. Ya tengo hablado a Jacinto Porvenir. Un bravo para eso de hacer lobby. A más tardar en dos semanas te lo presento. Y verás que algo resulta.” El señor Julián, me llamó esa noche. La vecinita me hizo el favor de pasarme la llamada. Me contó “que ya iba muy adelantado lo del crédito para la casita. Solo le falta conseguir una referencia de personalidad importante. Pero no la ha podido encontrar. Ha hablado con varios concejales y con algunos Senadores. Ninguno se atreve. Simplemente porque les parezco un sujeto de bajo perfil. En esas estoy. Además, le cuento que mi hijita Valeria quedó encantada con una casita que vio. Allá en el Salitre. Pero, esa casa vale un jurgo. Cerca de ocho millones. Por lo que he averiguado con la señora Josefina, asesora que me asignaron, necesitaría reunir, por lo menos, cuatro millones para acceder a esa opción, como recurso seguro antes del préstamo del Gran Banco Central. Mi ilusión es dejarles a mis hijos e hija algo buena, segura. No sé qué va a pasar si no lo encuentro. Inclusive, le digo sinceramente, preferiría morir, si esta opción la pierdo. Es muy verraca la situación. Todo el tiempo que he vivido. Y es como si apenas estuviera empezando a cogerle el pulso a las condiciones en que se desenvuelve la vida. Sobre todo, si uno ha trasegado por lo inhóspito. Sin más recursos que las manos para trabajar en cualquier cosa. Como quien dice, en lo que resulte. Así ha sido siempre. Siento que he llevado una carga muy pesada, todo el tiempo.” Me quedó sonando esto último. Como presintiendo que algo grave está por pasar. Este señor Julián me puso a pensar. No solo es él. Muchas personas estamos en la misma situación. Viéndolo bien, lo mío es más preocupante. Tanto como entender que está la vieja, cansada y ya con muchos años encima. Y que solo me tiene a mí. Porque Esteban y Julio, ni les preocupa. Ni siquiera la visitan. Y, además, ahora con la preñez de Doralbita. Es decir, un hijo en camino. Y yo sin empleo fijo. Ni siquiera puedo hablar, como en el caso del señor Julián, de un ahorrito para soportar la petición de crédito al Gran Banco Central. Y, según me dijo la Lucrecia, tarde que temprano debo cumplir y demostrar ese requisito.. “…Hablar por hablar. Eso es lo que hacen esos perros que ofrecen ilusiones, alrededor de todo. De un empleo. De una casa. De cupos en la universidad para los hijos…” La que habla es Amelia Piedemonte Sinisterra. La conocí en el barrio “La Candelaria”. Aquí en Bogotá. Me la encontré por los lados de Paloquemao, cuando iba a cumplir la cita con el tal Jacinto que me recomendó mi primo Lorenzo. Era. Y es, todavía, una hembrota. Tiene de todo. Piernas, tetas, nalgas y ganas. Yo no sé si ha sido inaugurada. Pero, con mucha pena de Doralbita, daría todo por ser el primero. O el último, qué más da. Como buen buscador de tesoros sexuales, el serial no importa. “…A pesar de todo, es lo único que me queda. La ilusión de tener una casita. Ya se lo he dado a tres malparidos de esos. Y nada. Mientras estuvieron arriba jadeando, me prometieron hasta casa con jacuzzi. Cuando terminaron, parece que se les dañó el disco duro. Y, vuelve y juega. Lo cierto es que ya no me dejo engañar más. Si me vuelven a requerir, les corto la tripa. Y se la echo a los marranos. Bastantes hay en casa de tía Georgina…” Ese huevón de Jacinto llegó tres horas después. Afortunadamente, tenía doscientos pesitos en el bolsillo. Me los regaló la vieja, al salir de casa. En “caldo parao”, engullí tremendo corrientazo. Sopita de letras con menudencias. Arrocito con ensalada de cebolla cabezona. Dos huevitos y jugo de toronja.
  • 8. “Mire chino, empezó la alharaca, resulta y pasa que Serapio Martínez, medio hermano de Agapito Tudesco, me está haciendo el cruce con Alipio Guasca. Lo que llamamos un catorce. El man tiene muchos contactos. Inclusive con Marianito Boquejarro, decorador de interiores en Palacio. Es un pintor soberbio. La brocha gorda siempre ha sido su carta de presentación. Él me prometió hablar con Ignacio Montealegre, el que le hace las vueltas a Simón Pancracio Luján, asesor de Leonidas Pocamonta. A su vez asesor de Policarpo del Carpio, asesor de Cornelio Bello. Este tiene posibilidad de hablar todos los días con Emérito Pavallón. Y, por lo mismo, le puede solicitar a Adriano Perdomo, que lo conecte con la señora Alcira Coca, quien atiende el servicio de tintos en las reuniones del Consejo de Asesores, del Subgerente Ejecutivo de la Organización Buen Gobierno que se realizan todos los días a las diez de la mañana. Siendo así estamos hechos. Porque, en los descansos, Alcirita, puede hablar con Aristóteles Benítez, miembro principal de la Junta Directiva de “La Caja de Vivienda Para Todos”, creada mediante Decreto 1654, para impulsar y financiar planes de vivienda dirigidos a los más necesitados”. Como puede ver amiguito, es cosa de dos o tres días. De todas maneras le prometo que usted, su mamita, Doralbita y el bebé que viene camino, tendrán casita nueva. Y usted, particularmente, tendrá trabajito. Así sea como auxiliar de atención al usuario en la Organización Las Mercedes, que orienta Araminta Quirama, hermana de la sobrina de Juvenal Albarracín, que es ahijado mío…” A decir verdad, sentí un desaliento ni de las putas. Esos vericuetos. Esas tramas. Esos sortilegios, me crispan. Como queriendo decir: ¡ no más ¡. Pero la necesidad tiene, a toda hora, lo que llaman cara de perro. Es decir, uno se tiene que aguantar. Porque, sino lo hace, es peor. No existe ni siquiera la ilusión lejana de obtener trabajo y casa. Nos dirigimos a la Oficina de Información. Pureza Urrego, nos dijo que el doctor Serapio está en comisión de estudios en el exterior, desde hace dos semanas. Regresa el veintinueve de mayo. “Pero si quiere, señor Jacinto, lo anoto aquí, en mi agenda, para concertar una cita, una vez regrese el doctor. De seguro él le puede ayudar a usted y a su amigo, es muy bondadoso…” “Paila chino. Tenemos que esperar. Lo que dijo la puta esa de Pureza, es ley. Siendo la moza de Serapio, le conoce todos los pasos. Barbarita, la secretaria privada del man, se mantiene chicha con ella. Simplemente, porque el viejo Serapio se las come a las dos. Pero fresco, yo sé que ese marica nos puede ayudar…” Para regresar a la casa, casi que tengo que cantar rancheras en la buseta. Porque, además del chorro de babas del hijueputa de Jacinto, lo tuve que invitar a onces. Y no en cualquier parte. En “Galguerías Aurora”. Sitio de caché. Y muy caro por cierto. Ahí dejé lo poco que me quedaba. Y ese malparido ahíto. Como si nada. Doralbita se había rodado por las escaleras. Del afán para bajar donde la vecina a contestar una llamada de doña Zulma. La encontré muy lacerada. Y con abundante hemorragia. Mi vieja hizo lo que pudo. Llamó al teléfono de “Urgencias Intermedias”, pero no la pudieron ayudar, porque el médico Jefe, estaba en reunión con el General Guatibonza, en Túquerres. Llamó, también, a la Cruz Roja, pero no la pudieron atender porque su Director General, tuvo que desplazarse a la Vereda “La Iguana”, municipio de “La Perra”, para ejercer como garante de la entrega de tres secuestrados que llevaban catorce años en poder de “FUERZAS ARMADAS COLOMBIANAS ALTERNATIVAS”. Lo cierto es que volé en redondo. Aquí y allá. Se perdió el bebé. Doralbita se fracturó las dos piernas y un brazo. Le dieron treinta y cuatro días de reposo absoluto. El señor Julián volvió a llamar. Esta vez me dijo que su sobrina habló con la directora el “Hogar el Buen Paso”. Una monja, llamada Sor Beatriz Achamendi. Ciudadana Uruguaya, nacionalizada en Colombia. Y que, le dijo, “por nada ni nadie en el mundo, se quedan sin casita”. Venga mijita, hablamos con la Hermana Superior. Estoy segura que, si usted se decide a hacer parte de nuestra
  • 9. Orden, en tres añitos queda resuelto el problema. Lo que pasa es que, mucha gente desconfía del Buen Dios. Por eso no logra nada. Yo sé que usted es de fiar…” Nada de nada. Aprovechando la vacancia obligada, me dio por llamar a Mayer Candelo. Una viejota que conocí en “Puente Largo”. Allá en el Putumayo, cuando fui cadete asignado a la Guarnición Colombia Libre. Yo conocía sus pasos. Desde que me la culié. Hace diez años. Hembra Tenaz. Que yo conozca, nadie le ha dado la talla. Por lo menos yo, casi que me muero después del segundo arranque. Me dijo que, una vez salí de Mocoa, de puro resentida se fue a vivir con Marcolino Cienfuegos. Yo lo conocía. Arriero irrepetible. Bregaba con las mulas, como si fueran simples bueyes. Transitaba día y noche. Bebedor al por mayor. Le jalaba a la bisexualidad. Con cualquiera de ellas. O con cualquiera de ellos. Según decían, inauguró a Parsimoniato, el curita que atiende a los pocos fieles del entorno. Un católico suigeneris. Da misa por no dejar. Pero predica el libre albedrío. Y, como exhibición fundamental de libertario, habilito prostíbulos. Asumió una relación consultiva constante con los Guerrilleros del Decimocuarto Frente. Y con las Autodefensas del Sur del País. Supe, además, que se vino para Bogotá, cansada de tanta brega. Me dijo: “llegó el tiempo de dejar descansar la cosita”. Con unos ahorritos montó un amanecedero en el Barrio Restrepo. Y se ilusionó por aquello de conseguir casita “ahora o nunca”, como lo pregonaba Radio Secreta. Lleva catorce meses. Ya casi. Solo le falta conseguir un codeudor con un patrimonio mayor de tres mil millones de pesos y…listo. Nos quedamos de ver en el Asadero “Las Pulgas de la Ternera”, al día siguiente. Le inventé un cuento raro a Doralbita. Cuando llegué, la Mayer estaba ya ahí. Bebiendo cerveza. Con una cara de puta, inigualable. También empecé a beber cervecita. Y estaba seguro que, conociéndola como la conozco, beberíamos hasta que no nos cupiera un mililitro más…y, así fue. Hablamos de todo y de todos y todas. Hasta de Parsimoniato. Me contó que Marcolino lo mató en un momento de raba y celos. Porque supo que su papacito era amante de Monseñor Salatiel Infante. Lo demás, como quien dice, fue lo de menos. Creo que la inundé tres veces, antes de desfallecer. Cuando desperté, la malparida de Mayer, estaba bebiendo y cogiéndole aquello al peladito que ayuda en el asadero. Como pude llegué a la Aurora. Doralba estaba un tanto preocupada por mi demora. Le dije que había estado en casa de don Julián, conociendo a su familia y almorzando. Ve, que tan raro, me dijo Doralbita. La sobrina del señor Julián llamó temprano. Despuesito que te fuiste. La señorita me dijo que te avisara que su tío había tomado matasiete. Lo encontraron tirado en el piso, en su cuarto. Bueno, eso de decir su cuarto, es lo mismo que hablar del cuarto de él y dos primos. Que, precisamente, no estaban porque tuvieron que doblar turno en esa empresa de vigilancia para la cual trabajan. Me quedé quieto. Como inmovilizado. Tanto por la mentira en que me cogió Doralba. Como por la noticia de la muerte de don Julián. Recordé ese momento en que lo vi por última vez. Yo si me decía “este señor no aguanta más el ir y venir con lo del préstamo para comprar la casita”. Y dicho y hecho. No pudo más. Como pude, me zafé del nudo ese de la mentira. Afortunadamente, para mí, Doralbita confía mucho en mí. A la vez es como media ingenua. No atinó a ir más allá. Ahora si le dije la verdad:”…voy a ver en que le puedo colaborar a la familia del señor Julián”. Y me fui, inclusive sin bañarme. Con ese olor agrio que queda después del coito. La señora Zulma, tuvo que redoblar el tiempo dedicado a lo de las costuritas y la confección. Claro, como el señor Éufrates, quedó lisiado. Y como Doralba ya no estaba. Porque, además, los dos muchachos están estudiando. José Luis y Luis José, afortunadamente son bien juiciosos e inteligentes. Luis José ya está en sexto de bachillerato. José Luis, cursa cuarto de bachillerato. Es
  • 10. tan aplicado, que ya le ofrecieron beca para, cuando termine, se vaya a estudiar a la Universidad de Antioquia. Un profesor que estuvo de paso por Pitalito actuó como jurado en las olimpiadas de matemáticas y física; y lo encantó el talento del chino. Ese brazo del papá de Doralba, definitivamente no le sirve para nada. Esto, sumado a la amputación de su pierna derecha, lo hace una persona que, para muchas cosas, no se puede valer por sí mismo. Pero, tal vez lo más tenaz para él es sentirse impotente para asumir el rol que antes tenía. Y sin casa. Dice él: “…es sentirse tan pobre absoluto que no dan ganas de vivir más. Doña Zulma, como ha podido, trata de motivarlo para que no naufrague en la tristeza. Pero, además de lo que significa la malparidez presente en la familia. Se vino encima el accidente de Doralbita. Y, por lo mismo, la pérdida del bebé, o la bebé. Nos quedamos sin saber. Con lo tierna que es mi suegra. Ya se había hecho a la idea de un nieto o nieta. Y, en su tiempo libre (¿…cuál? No lo sé). Lo cierto es que hizo vestiditos para niño, azules. Y, por si era niña, rosados. Simplemente, siguiendo la tradición familiar. Doralbita y mi madre, invitaron a toda la familia a pasar la semana santa en Bogotá. Con el aliciente de subir a Monserrate. A pie, ellas y los dos muchachos. Y yo, con don Éufrates, en teleférico. El sepelio de don Julián, fue muy conmovedor. Yo no sabía que su esposa lo había abandonado hace casi diez años. Como él nunca abordó el tema, no había razón para haberme enterado. Solo tuvieron una hija y un hijo. Napoleón Y Valeria Él se fue con su madre, cuando la separación. A pesar de que doña Antonia, se fue detrás de un señor de nombre Adrián. Que fue vecino de la familia. Napoleón no le paró bolas a eso. Quería y quiere tanto a su madre, que lo único deseado era estar a su lado. Natalia, su hija, vive con Leticia, la mamá. Simplemente porque la quería y la quiere mucho. La señora Leticia, se enamoró de Fabián Mahecha. Lo conoció una noche en la cual Napoleón le llevó serenata con mariachis. Fabián era la primera voz. Valeria se fue para el Ecuador con un nieto de Julio Jaramillo. Nunca volvió. Pero, tal vez lo que más me impresionó, fue conocer que don Julián trabajó en la Ladrillera Monserrate, desde pequeño. Su papá y su mamá murieron, a causa de balas perdidas. Eso fue como en 1976. Algo absurdo. Pero real. Como pudo, Julián, se hizo a cariño de doña Evangelina Tocancipá. Una vecina. La viejita lo arropó con cariño. Pero muy pobre. Había que subsistir. Por eso, Juliancito, como ella lo llamaba, tuvo que trabajar. Siempre le habló a la señora Evangelina de su ilusión por darle una casita. Conoció a Segundo Cosme. Afamado tramitador de lotes. Vendía lo que no era de él. Se las arreglaba para sonsacar a empleados notariales, para fabricar escrituras falsas. Lo que le pasó a Juliancito, le pasó a medio mundo. Le pidió un adelanto y le trazó un lote de cincuenta metros cuadrados, en Lucero Alto. Claro que aparecieron los verdaderos dueños. La señora Evangelina se murió de eso que llama “pena moral”. O tristeza, cuando conoció la situación. Los ahorritos de su niño, todos al aire. También supe que Viridiana Sanclemente, quien fue vecina de don Julián por espacio de diez años, se enamoró de él. Y, cuando su esposa lo dejó, le propuso vivir juntos. Dicen que era una flaca hermosa. Obrera en Conalvidrios. Dirigente Sindical. Tropelera. No se le quedaba callada a nadie. La mataron un Primero de Mayo, cuando se dirigía a casa, para encontrarse con don Julián, después que terminó la movilización. No supe averiguar cuanto la pudo haber amado. Lo cierto es que se encerró durante cuarenta días. No quiso hablar con nadie. Ni con los compañeros y las compañeras de trabajo de Viridiana. Mucho menos con los investigadores que querían conocer algunos detalles. Mucho menos con sus vecinos y vecinas. Según me contaron, ni comió. Nadie sabe cómo no murió de hambre. Sólo su sobrina Ana logró sacarlo adelante. A todo lo anterior súmele la frustración con lo del Gran Banco Central. De su desilusión cuando conoció que, definitivamente, su petición fue negada y archivada, por falta de recursos. Todo,
  • 11. después de haber ido venido durante diez meses, al Gran Banco Central. Tal parece que murió con lo justo. Media onza de “matasiete concentrado”. Al menos ya no sufrirá más. Ese Domingo de Ramos, llegaron Zulma, don Éufrates, Luis José y José Luis. Mi madre se alegró mucho conocerlos. El cansancio era mucho. Una vez se ducharon, almorzaron. Un arroz atollado, como solo la sabe cocinar mi vieja. Durmieron los cuatro, hasta las seis de la tarde. Prácticamente empataron. Ya que mi madre tenía lista la cena. Empanadas hechas con guiso de papa, cebolla y carne. Nunca nos ha gustado las empanadas hechas con arroz. Chocolatico con canela. Todo se fue. Estábamos transidos del hambre. Ese lunes siguiente, después del desayuno salimos para La Candelaria. Barrio hermoso. Desde allí creció Bogotá. Cuantos secretos encerraban esas casas. El imaginario virtuoso estuvo a flor de piel. Casi dos horas estuvimos por sus calles. De la Candelaria arrancamos para El Museo del Oro. Fuimos a conocer la Plaza de Toros Santamaría. Al Parque Nacional. Al Salitre. Habíamos llevado tamales. Nos sentamos en una banquita, allá en El Parque de los Novios. Las hojas de los tamalitos, las dejamos ahí, en la banquita. Al fin Doralbita no pudo venir con nosotros. La vecinita que se ofreció para conseguirle par muletas, no pudo. Parece que, su nieto, el propietario de las muleticas, se las había prestado a Catalina para que se las prestara a Fulgencio, su vecino. Cuando llegamos para subir a Monserrate, el martes, nos tocó tremendo zafarrancho. Tres familias enemistadas entre sí, se agarraron cuando se encontraron. Coscorrones, planazos, porrazos y una que otra puñalada. Catorce heridos. Casi todos graves. Cuando llegaron los agentes de policía, todos y todas a correr. Menos los dos pelaos apuñalados. Nos devolvimos. El Jueves Santo, cuando íbamos para el Barrio Egipto, me encontré con la señora Anatolia y con su familia. Nos conocimos uno de esos tantos días de tramitología ante el Gran Banco Central. Me contó que se cansó de insistir. Ella y su familia. Afortunadamente mi nieta Paola, consiguió un trabajito de tempo completo. En un almacén. No le pagan mucho, pero algo es algo. Eso sí unos turnos ni los verracos señor Aurelio. Un día descanso al mes. Claro que a ella le ayuda mucho ese cuerpo que tiene. Y esa carita de ángel. Tiene que andar con cuidado. Sus compañeros de trabajo y el administrador están tras ella. Como si se tratara de un trofeo de caza. Policarpo, se fugó. Me dejó embrazada, otra vez. Imagínese. Yo con cuarenta y cinco años encima y que hice cerrar la brecha y voy a criar. Me ha ido muy mal. Mi cuerpo ya no resiste. Y madrugando todos los días. Hasta los domingos. Vendiendo tamales ahí en la esquina, cerca al ranchito. Me toca ir a Abastos en las tardes. A veces, hasta Paloquemao, cuando se ponen muy escasas las hojas para envolverlos. La relacioné con la señora Zulma. Con el señor Éufrates, con mi madre. Sólo había ido con ellas y él. Los pelaos se quedaron ayudándole a Doralbita Con lo de empaquetar lociones. En esa nueva modalidad que tiene Yambal. Le pagan a mil pesos la decena. Y es bastante dispendioso, ya que el empaque interior se hace en un papel muy delgado. Y no se puede romper porque lo tiene que pagar. Ese trabajito se lo recomendó la vecinita. La que nos hace el favor de pasarnos al teléfono. Ella ya había pasado por eso. Lo dejó para atender al nuevo bebé. Con casi cuarenta y pucho de años, todavía funciona. Regresamos a casa casi a las cinco de la tarde. Nadie nos abrió cuando golpeamos la puerta. La vecina tampoco estaba, como para preguntale si había visto a los pelaos y a Doralbita. Pasó mucho tiempo. Al fin logramos que un cerrajero abriera la puerta. Nadie en casa. Todo estaba como lo habíamos dejado en la mañana. Como cuando todo aparece intacto. Como si hubiera permanecido sola.
  • 12. Fuimos hasta el comando de policía, a todos los hospitales, a medicina legal. ¡Nada¡. Ni rastros de ellos ni de ella. Mi madre arrancó a llorar. La señora Zulma también. Lo mismo don Éufrates. Me contagiaron. Un llanto a cuatro voces, que se perdió en el silencio de la noche. Volví en la mañana del día siguiente. Doña Zulma, mi madre y don Éufrates, quedaron en casa, mientras yo atravesaba la ciudad de sur a norte, de oriente a occidente. Toqué y nadie abrió. Como pude subí al techo de la casita y me descolgué por el patio. ¡Nadie¡. Paso lo que pasó con Doralbita y los pelaos. Es decir, no sé qué se hicieron. Ahí, al pie de la cama lloré sin cesar. Como niño a quien le roban su mamá. Recuerdo que, antes de quedarme dormido, vi, a ráfagas sombras que volaban. Y yo con ellas… Andando el tiempo me encontré al otro lado de la vida. Todo había pasado tan rápido que no me di cuenta cuando fue. Lo cierto es que ya vivo al otro lado. Algunas cosas me parecen repetidas. Una de ellas, la nostalgia. Como que esta es vital, para el mismo hecho de estar vivo. Una nostalgia parecida a esa otra cosa que es la tristeza. Aquí, en esta otra versión, la vida está menos soportada en el albur. Por lo menos eso es lo que percibo. Vi a la señora Zulma. A Doralbita. A mi madre. A Luis José y José Luis. A don Éufrates. Caminando a mi lado. Pero se diluyeron en el tiempo y en el espacio. Me quedé sin saber que pasó. Hoy es un día cualquiera de un calendario que apenas estoy procesando. Una mañana en la cual todos y todas corremos por calles diferenciadas; una nomenclatura centrada en los colores. Está la calle gris. Aquí están todos aquellos y todas aquellas que antes fueron notarios y notarias del tiempo. Aquellos y aquellas que le apostaron a generar condiciones de vida, con esa estrechez de visión, tan propia de los agentes laberínticos. Está la calle roja. En ella veo gendarmes cada tres metros. Uniformados a la usanza del siglo XXI. Es decir una mezcla de azules variados y blancos en diferentes perfiles. Gritan y reclaman orden, en medio de una prisa que satura. La calle rosada, está habitada por los híbridos. Esos y esas que vinieron a dar acá, a lomo de la invariancia. Como gemelos y gemelas en multiplicación parecida a las setenta veces siete. La calle incolora es donde yo estoy. Parece muy apropiada para las condiciones en las cuales llegué. Recuerdo que, cuando hice el tránsito estaba atado a la entelequia; a ese tipo de propuestas que tanto me cautivaron. Propuestas indescifrables. Tanto que estuve siempre sin poder hilvanar una idea en el contexto de la lógica que reivindiqué. Bonifacio estaba a mi lado. El señor Julián, Mayer, la señora esposa del señor del carrito. Al que mataron a por babear en la colectiva. También se perdieron. Se diluyeron. Quedé, otra vez, solo. Es casi el mediodía y crecen las hordas. De tal manera lo hacen, que no es posible medirlas. Ni en su enésimo término; mucho menos en la configuración de parciales censales. Un mediodía sin sol. Más bien una oscurana que obliga a prender las luces automáticas que cada cual posee. Luces que permiten entrever los íconos básicos: la perversión y la enhiesta figura del Gobernador. Está allá, en la plaza adyacente al palacio. Habla con sus asesores y otorga visas para marchar a cualquier lugar. Y todo depende de los oficios y las profesiones. Y es que, aquí, todos y todas tenemos tatuado lo que somos. Médicos y médicas especializados y especializadas en hacer perder la memoria; a la manera de la siquiatría lacaniana. Ingenieros e ingenieras, cuyos referentes son las bitácoras para las máquinas que vuelan a ras de tierra. Cenicientas que no pudieron ejercer libertad. En su pasado fueron amas de casa, esclavas. Y transitaron a golpes, obligadas por sus machos. Y, aquí, son preferidas por los aurigas del todopoderoso. Y van y vienen. Esclavos que no encontramos libertad antes y que, repetimos el mismo oficio aquí. Nos reportan como ciudadanos de oficios varios. Claro está, menos el de liderar revoluciones. Cuando me acerqué a reclamar mi permiso, me reconocieron los asesores. Y se lo transmitieron al Gobernador. Y este dispuso que fuera devuelto a lo que antes era. Y volví. Y estoy aquí, sintiendo ese dolor originado en ese estado de interdicción propio de quienes, como yo, no servimos ni para
  • 13. lo uno ni para lo otro. Ni aquí ni allá. O lo que es lo mismo: ni siquiera hacemos conciencia del significado de estar vivos. El gerente del Gran Banco Central, estaba conmigo. Creo que fue él quien indujo a los asesores para que negaran mi permiso.