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Episodio uno
De todas maneras, Eufrasio Benítez, partió el día acordado. No fue fácil desprenderse de sus dos
hijas, América y portuguesa. La decisión había sido tomada a finales del año anterior. Tal vez, por lo
corajudo que era, y sigue siendo, Retuvo en la memoria la situación que desencadenó la ruptura con
Evarista Monsalve, su amante. Vivieron treinta y seis años juntos. En una exuberancia de locura, de
amor como fuego. Se habían conocido en ciudad Ilíada. Desde muy pequeño, él. Y, muy pequeña,
ella. Un barriecito (Talón Verde), iridiscente. Tanto que, se habían acostumbrado al radiante y
benévolo entorno. Gentes que iban y venía. Casi como lugar de tránsito perpetuo para mujeres y
hombres. En esa niñez potente, todo se les daba. Simplemente, como si fuese herencia. De tiempo
y espacio. Las voces y las palabras, se fueron difuminando. Hasta tocar el fondo de lo que quisiéramos
ser. Yo, enfatizando sobre la teoría de la adultez, aun siendo muy niño. Por lo tanto, la señora
Evarista, fue definida por mí, como sujeta de absoluta entrega. En lo que era su cuerpo, embriagador,
excitante. Y lo que era su magia para percibir a los otros y a las otras. Como moviola que iba editando
los hechos y las acciones. Ella (Evarista) había llegado con su familia, desde San Juan del Pomar,
ciudad casi perdida en la memoria. Como escenario de leguleyadas patriarcales. Y, en eso, su padre
Benito Monsalve, se hizo célebre. Decantaba todo. Como asumiendo un filtro necesario para poder
interpretar y dilucidar vidas. Una vigencia testaruda, por lo bajo. Lo suyo (de Benito Monsalve), se
fue esparciendo por todo el territorio. Como maldición propiciadora del ultraje habido y por haber.
Como notario intransigente, perdulario. Era él quien decidía todo. A partir de jerigonza enhebrado a
la historia de los que, él, consideraba epopéyicos varones. Sacrificados en aras a la continuidad de
los valores, como heredades ciertas. Fundamentales para que la esferita siguiera girando.
Eufrasio fue, desde que teníamos diez años cumplidos, un idólatra, empecinado en medir las cosas,
a partir de la elongación de su mirada. Éramos niños al vuelo. Yendo por ahí, Siguiendo sus
mediciones. Desde saber interpretar la distancia entre los cuerpos. También, la distancia entre
hombres y mujeres. En un equívoco mandato que él transfería a los y las demás, como mandatos
absolutos. No toleraba las herejías. Las niñas, tenían que ser tasadas y tratadas como diosas ígneas.
En un revoltijo de pasiones, más allá de lo inmediato. Figura ingrávida. Simplemente predispuestas
para parir otros dioses que, a su vez, eran clasificados como regentes y vigías.
Los juegos eran, para nosotros invenciones terrenas: en donde no cabían ni las vicisitudes, ni los
valores de plenitud lúdica, la danza incorpórea de las mujeres niñas. Él decidía por todos y todas.
Fue, en esas maniobras vergonzantes, como conoció a Evarista. Siempre la incitaba a asumir retos
relacionados con su visión de las cosas. Como, por ejemplo, a estar con él, desnuda. En el parquecito
del barrio. La obligaba a masajear su falo. Hasta que este surtiera el líquido grisáceo. Luego la vestía
como regenta del territorio de ella y él. Con overol verde claro y una blusa transparente; de tal
manera que todos los hombres en el barrio la miraran. Con sus pechos erectos. Tensionando la tela
hasta romperla. Y, la exhibía por todas las calles. Como trofeo absoluto para su potente verga.
Cuando cumplimos (él y yo) quince años, ya era un avezado sujeto. Había preñado dos veces a
Evarista. Dos hijas volantonas. Nacidas, como hembras hechas. Portuguesa y América. Fueron
creciendo a ritmo de los haceres en el barriecito. Fueron acicaladas, desde el comienzo, por mamá
Evarista. Les hablaba de su padre, como potente varón iniciático, dispuesto así por los dioses venidos
de tiempo atrás. Cuando recién comenzó la humanidad, su andar. De mi parte, y así se lo hice saber
a él, fui haciendo historia propia. Ya había conocido a Valeriano Armendáriz.
Eso fue como a mediados de junio de ese mismo año. Había llegado desde Calcuta. Un niño indio,
hermoso. De tez morena subyugante. Y, unos labios gruesos, convocantes. Su familia llegó a la
ciudad, en un itinerario. Como crucero de vacaciones indefinidas. Ocuparon la casita de doña Benilda
Cifuentes, en el barrio Mochuelo Alto. Llegué a él, casi de manera fortuita. Como que fue cualquier
sábado. Acompañaba a mi mamá Protocolina, en la visita que hizo a doña Parentela del Bosque. Una
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mujer extremadamente bella. A sus cincuenta años, era radiante en todo su cuerpo y sus palabras.
Había llegado desde Barcelona, desde muy pequeñita. De la mano de su papá Caisodiaris Salamanca.
Su mamá, Libertaria Hinojosa, había terminado unilateralmente, la relación con el papá de la niña.
Vivieron casi cincuenta años juntos. Padre e hija. Siempre serán recordados y recordadas, como
ejecutores de la pulsión de vida, asociada a dejar correr la historia, a lomo de sus cuerpos y sus
realizaciones. Papá Caisodiaris, implantó un estilo de vida en nexo con la euforia y la lúdica perennes.
Instituyó el Carnaval de Las Cosas Juntas. Todavía se celebra, aún en su ausencia definitiva.
Lo vi jugando a la rayuela, con otro niño. Disfrutaban cada brinco sobre los espacios del trazado.
Reían todo el tiempo. Me acerqué. Me invitaron a jugar con ellos. Valeriano me miraba siempre.
Gozaba con mi falta de gracia y agilidad. Pero, al mismo tiempo, me rozaba con su cuerpo. Se
apretaba al mío. Tanto así, que sentía su falo erguido. Sentía ese palpitar acechante. Después del
juego, aprovechando que la mamá del otro niño lo llamó, no sentamos en la banquita. Hablamos de
cualquier cosa. Más, dejando volar la libido. En imaginario solvente, crecido, diáfano. Arropó sus
manos con las mías. Me besó en la boca. Tan largo y tan sublime, que quedé prendido. Absorto. Con
mi imaginación puesta en cuerpos desnudos, abrazados.
La familia de Valeriano había llegado, en la inmediatez de tiempo. Como quiera que este vuela sin
itinerario. Por ahí, tratando de aterrizar en cualquier sitio. Lo cierto del caso es que, doña Benilda
llegó sola, con su niño de la mano. Empezó como trabajadora al servicio de la familia Zaldúa, en el
norte de la ciudad. En principio vivieron en casa de inquilinato, hasta que pudo arrendar la casita,
aprovechando que, el señor Zaldúa le otorgó un préstamo, sin plazo preciso. Valeriano creció al lado
de su mamá. Llegó a la escuelita dispuesto a terminar su educación básica primaria.
Eufrasio supuso que yo estaba enamorado de Evarista. Y que, por eso, me había apartado de él. A
decir verdad, yo apreciaba mucho a la mujer de Eufrasio. Tanto así, que me juntaba con ella, para
leer algunos textos de psicología. Disfrutábamos mucho. Tratando de dilucidar algunos aspectos del
comportamiento de los humanos. Como volcándonos a una impronta enhebrada con todos hilos
posibles. Cuando leímos La Metamorfosis, de Franz Kafka preparamos una disertación para
compartirla con estudiantes que conocíamos.
Lo que a mí más me mortificó, decía Eufrasio, fue lo del domingo trece de febrero. Estaban juntos.
Mirándose. Como ese embeleso que nos cruza cuando estamos enamorados. La fiestecita había sido
convocada por la mamá y el papá de Dorance Enjundia. Un jovencito, estudiante aventajado en
matemáticas. En La Institución Educativa “Pablo de Almagro”. Celebraban los veintinco años de su
relación afectiva. Bailaban con sus cuerpos pegados. Abrazados. En un otorgarse propio de amantes
libertarios. No tuve ninguna reacción primaria. Más bien quise expresar mi rudeza. Simplemente me
fui, por ahí. En una caminata sin rumbo.
Evarista llegó muy tarde a la casa, ese día. Logró entrar a casa, gracias a la complicidad de su
hermano Galimatías. Papá y mamá estaban dormidos. Se bañó antes de acostarse. El sudor de
cuerpo, fundamentalmente en su vagina que no cesaba de verter ese líquido; que se hace exquisita
sensación, cuando se ha estado con alguien. Casi al borde del orgasmo. Ahí, bailando con mi amigo
Jején Martínez. De todas maneras, sentía cruzar el nervio de los celos.
Volví al barrio en el cual vivía Valeriano con su mamá. Habían pasado dos meses, desde nuestro
primer encuentro. Todo me daba vueltas, alrededor. Sentía una pulsión absoluta. No paraba de
recordarlo. Aun bailando con Evarista. No sentía nada en mi cuerpo pegado al de ella. Lo mío era
algo así como estar en una subaste de convicciones. Yo ya sabía que lo mío no tenía nada que ver
con las mujeres.
Saludé a mi hombre. Y lo besé con absolutamente ternura. Estuvimos de pie largo rato. Me invitó a
su casa, aprovechando la ausencia de su mamá. Nos desvestimos. Él cogía mi pene. Casi queriendo
arrancarlo con su boca. Dormimos tanto, que no sentimos a su mamá, cuando avió la puerta. Llegó
tan cansada, que se acostó en su cama y quedó dormida.
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Parentela había estudiado hasta el cuarto semestre del pregrado en derecho, en la universidad
Pontificia San Marcos. Se retiró, fundamentalmente, porque debía trabajar para aportar recursos en
su familia.; ya que don Caisodiaris le daba mucha dificultad trabajar. Tuvo dos amantes, Adrenalino
Grisales y Epaminondas Arbeláez. Vivió con mucha pasión su vida como amante. Cada rato recuerda
a quien más amó, Adrenalino. Un joven arriero en la única vereda que tenía el municipio de Tatacoa.
Se conocieron, estando ella en el almacén de insumos para ganadería. Un día en el cual le
correspondió realizar una visita a la sucursal de la empresa para la cual trabajaba. Adrenalino, miraba
algunos de los elementos que necesitaba para su trabajo. Iba a la cabecera municipal, cada quince
días. El otro tiempo lo consumía viajando con sus mulas.
En principio, miradas interminables. Ella decidió hablarle. Le contó (Adrenalino) muchos pasajes de
su vida. Había nacido en Puerto Cachetes, municipio situado a unos mil trescientos kilómetros de la
capital. Estudió hasta terminar su formación primaria básica. A partir de ahí, empezó su peregrinar
por todo el país. Hasta que llegó aquí. Veintinueve años. Y nunca ha tenido novia. Quedaron en verse
en el hotelito en que se hospedaba Parentela.
Una despedida más bien triste. Habían pasado la noche juntos. Todavía sentía (ella), cierto dolor en
su sexo. La potencia del chico, la había colocado en condición de aguantar. Y sentir ese músculo en
erección todo el tiempo. Parentela abordó el camioncito que prestaba servicio entre el municipio y la
capital.
Sintió que estaba preñada, desde la primera hora, después que Adrenalino, vació toda su potencia,
en ella. Tal parece que la abundancia del líquido grisáceo, la inundó. Y Así no hay anticonceptivo
que valga. Parece que ese fluido hermoso buscó en donde quedarse. Cuando Adrenalino lo supo,
hizo un aspaviento. Volcando en la su felicidad. A los tres meses, el feto fue expulsado hacia afuera.
Un aborto no provocado. Adrenalino estuvo largo tiempo abstraído. Las palabras volaron. No atinaba
a nada más. Cierto día, mientras Parentela atendía a varios clientes en el almacén de insumos
agrícolas, su amiga Hercúlea Romero, llegó acezante. Le comunicó que Adrenalino había muerto tres
días atrás. Simplemente se desbarrancaron; cuando él llevaba un viaje café. Hercúlea lo supo, a
través de una llamada que recibió de don Jeremía Ibarbo, alcalde del municipio la Tatacoa.
Encontraron, en el bolsillo de la camisa, que llevaba puesta Adrenalino. Unos apuntes sublimes que
hacía casi a diario; y el número telefónico de ella (Hercúlea), ya que en la casa de Parentela no tenían
teléfono.
Sintió que se desmoronaba. Lloró toda la tarde, hasta que don Casimiro, el dueño del almacén. Le
concedió permiso para retirarse más temprano. Ya en casa, Parentela, empezó a delirar. Su padre
no pudo hacer mucho. Ya que, como el mismo lo decía, una frustración amorosa es la peor
enfermedad terminal que existe.
Valeriano crecía, raudo, de cuerpo. Y de pasión. No siguió estudiando. Solo estaba pleno y satisfecho
cuando estábamos juntos. Y eso era posible cada mes. Todo por cuenta de mi oficio de tornero en
el taller de propiedad de don Humberto Sinisterra. Además, estaban las lecturas con Evarista. Asunto
que, por ningún motivo podía ni quería dejar. Doña Benilda, se sentía muy preocupada con esa
relación. No era una actitud moralista. Simplemente viendo pasar el tiempo. Y con las
manifestaciones, cada vez más evidentes en el cuerpo de Valeriano. Hemorragias sucesivas, cada
vez más abundantes. Sentía que su hijo se le iba, Por eso habló con Jején. Le expuso, de una lo que
ella pensaba. Le sugirió que dejara de verse, de manera tan frecuente, con su niño.
Yo empecé a sangrar, también. Una inmensidad de sangre, cada día. Sin que mamá lo supiera, estuve
varias veces donde el doctor Clementino Borrasca. Un amigo de la familia. Me juró mantener en
reserva lo mío. Me examinó largo rato. Tenía una hendidura pronunciada en mi ano. Además, mi
pene, estaba enrojeciendo cada día más. Lo único que recetó, coincidía con la opción asumida por la
madre de mi Valeriano.
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Tanto tiempo que ha pasado, desde que vi a Valeriano por última vez. De esos sueños tormentosos
en los cuales veía el cuerpo de mi amor. Al lado de empalizadas, en todos los caminos. Nos amábamos
en el parquecito que vio nacer nuestro idilio. Volábamos hacia el infinito cuerpo planetario.
Desventurada era mi vida, a partir de la obligada soledad. Lo sentía. Escuchaba palmitar todo lo que
él era. Como sujeto pristino, absoluto.
Entretanto, Eufrasio, seguía con su cantaleta viciada. A sus hijas las forzaba a estudiar ingeniería
hídrica. Para ellas, su rol de estudiantes, pasaba por las humanidades. Portuguesa se sentía atraída
por la antropología. América expresó su empatía con la filosofía. Lo cierto es que, ninguna de las dos,
se sentía a gusto con los pregrados en los cuales fueron matriculadas.
Episodio dos
Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia
los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que
no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera
que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra
condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con
natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En
pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de
la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la
cobertura del conocimiento y de la vida en él.
Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada
recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se
va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada.
Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es
algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que
emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de
lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que
somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto.
Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que,
con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos
de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre.
Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que
es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber
vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como
historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad
del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender
el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el
calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia
puntual. Cierta.
Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario
vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya.
Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya
estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en
cada aliento.
Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es
ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que
sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.
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Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y
nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la
simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí
imaginado siempre.
Episodio tres
Valeriano ido. Mi rol perdido.
Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual
cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado
con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la relación con
Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese día en que lo conocí.
Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en
esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a
cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de los hechos de divertimento. En las
trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese
universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro
entorno, por parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción
gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la
Scherezada imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí,
por los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños
idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo
compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días
soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo
lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar prolongado.
Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicantes.
Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero
virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una perspectiva
alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción no cicatera. Si
relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira puesta en regresión.
Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde
siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado,
empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la llave quita
espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la rueda, al no poder descifrar la
manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia
máxima de la concentración Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la
destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no
haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si
pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación subyacente.
Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que me
llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima
esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el
menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y este giraba. Como en un
comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no encontraba nada parecido a la
racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir del desespero, incoado en el
vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso.
Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza.
Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó
mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su presencia física.
O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la
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exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba
cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y
desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el volar, volando al infinito universo.
Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera.
Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando
desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos.
Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera
siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La
vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación
impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada mía, posicionada
en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes de antes. La figura
envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por
el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como cuando deviene
en el escozor titilante, brusco, pérfido.
El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las
sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo. Ni
quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos tirados,
en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar
también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años
luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero
en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos
horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una
visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta
increado. En zozobra ambivalente, incierta.
Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario.
Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora.
Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo físico. Sintiendo su
poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en
las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto exacerbado.
Episodio cuatro
El embeleso lúdico
En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo
tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me
fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después. No atinaba a
entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante en eso de entender y de
hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de
ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta ese lugar para las
opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la aventura del alma viva
presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé
lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta
la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la
mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde
allá, me había escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando
verdades como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas.
Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada
para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento
parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme
visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado
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reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que
era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único.
Y yo le dijo que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la
mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo
visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió
diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su
autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo, cuando
lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y, en verdad, me dije
a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él y la mía. Y sí que, me
siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto
como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo.
Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho
advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple
hecho enjuto, venido a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo
alguno. Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más
bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al
dominio, suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el
quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de
lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O,
simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante.
Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo incierto
pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente
entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa esquinita bravata
nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en
nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por
lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto
expreso.
En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el momento y
el tiempo perdido. Y, Valeriano Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como actitud
palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él. Creyendo
que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su connotación hirsuta,
inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese entender los miles de años
acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción
plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán propuesto por él
mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta convertirlo en propuestas simples,
minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran
Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio.
Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en
la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una
praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo.
Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me
hice a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó
en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido.
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Episodio cinco
La huella sigue ahí
Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente.
Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre.
Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera. Tal vez hecha
tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del
Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo
así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades
anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura.
De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador
informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese
entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de
mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos
todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo”
vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya
pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su
suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes
primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el
usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí.
Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido.
En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando
en lo que, en realidad debería ser. Y lo vi en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat.
Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como
mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos
los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría.
En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la
verdad verdadera.
Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la
locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar
en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza
lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada.
Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no
es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda
pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta
admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar
originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más
trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido.
En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y
recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera
mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo
habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos
vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo
que antes era.
Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío.
Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la cual la
ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día
pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y,
también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de
decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios
expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar
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hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo
cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como
yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al
nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro
construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no ví a Ancízar en aquella
mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o
no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se
traduce en ese hijo tuyo y mío.
A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como
gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su
abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro
suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar.
Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es
decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 1) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado
sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto
como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento
de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más
aspaviento
Episodio sexto
Cuando se va la memoria
Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma vida,
Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado en volver a
esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de remediar lo habido. Sin
la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese irse de bruces sobre la historia.
Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en el masculino andante que se
regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y,
tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de lo puntual. En esa expresión que deja de ser
inacabada. Y que se torna, cada vez más, en asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de
lugares y tiempos. Siendo así, entonces, volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con
Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en
esa recordación tardía, he vuelto a jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta
mi padre jugó con él. Como a comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en
que se hizo ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más.
En la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En esa
potente ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de dominar el
baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez.
Yo me la pasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma
perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y niñas
de largo vuelo. Y me vi en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En medio de las
tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia. Y, extendidos a todo
el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos. No acompasados.
Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra esquina. O en la callecita
que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio. Derrochando, yo, alegrías que
habían permanecido adormecidas.
Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos. Sujeto,
este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle significados distintos
a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante. También, conocí de él, los
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atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un giro creativo. Y de cómo enseñar
los números, con los palitos de paletas compradas en la tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en
leer los ojos y la memoria de los otros y de las otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito.
Mucho más allá que el Libertador. Tal vez porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal,
política. Indagaba siempre por las fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la
lúdica andante. Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente,
cada minuto.
No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”. Como
cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de liviandades. En ese
ejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio áspero. En
una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las verdades y los hechos vivicantes.
Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y
ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado
del martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me hubiera convertido en payaso de
tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el rumbo. Retornando a la expresión cicatera con
la cual nací. Y, en esos instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo.
Y la veía vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi
al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía por el
mismo camino. Y me dio la mano tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en
donde estaba “el mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en medio
de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y volvimos al andar. Del ir
yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos truncado. Y fuimos uno entre tres. En
sumatoria de verdades y de acciones y de la lúdica toda habida.
Episodio séptimo
En lo habido, como secuencia inerme.
Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso
supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los
pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante falsa. Como
recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más coincidentes con mi
nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis
palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar
la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En
repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este
hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero,
tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo
dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de
lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión
incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente
vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a
entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera.
Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre.
Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo
no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas
inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente.
Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca
de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta
al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia
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propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que esto tiene de simple
vejamen de la libertad del ser construido en el simple desenvolvimiento de la historia del ser. Y de
los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza
hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana.
Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica
de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí por cierto, volví a lo racional emergido de
Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante
lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes.
Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter
el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en
presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero
incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la
expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes,
surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante.
Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida.
En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto
lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en
la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender
a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que en esa
expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel
pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame.
Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese
tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que
esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de
reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por
la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación
de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso
discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como
atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde
afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo
ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana
de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos.
Episodio octavo
Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar
Y en esto estaba, cuando recordé el yo milenario. En esas exposiciones que tuve en ese barrio
calcado. Casi como daguerrotipo no lúcido. Y el barrio, entonces, ya estaba trazado. No importando
como. En este recuerdo de ahora, no están ni Ancízar, ni Valeria. Como si el mundo apenas iniciara
su ir girando. En esos primeros momentos en los cuales el tiempo de podía ser medido. Por la
ausencia nítida de calendario. Una perspectiva en ciernes. De lo que conocería después como la
historia. Hablada, primero. Y luego escrita. Casi a millón de años de la inquisición perversa. Y sí que,
ese barrio amado no aparece como tal. Más bien como insumo flotando en el aire que apenas está
iniciando vuelo. Ni siquiera, en el entonces, hacían presencia de oxígeno, ni el hidrógeno, ni el ozono
libertario, arropador. Y sí que, en esa lejanía tan expandida, me fui dando cuenta de lo mucho que
me faltaba para ser un ser concreto, taciturno, solidario, libertario. Por lo mismo que ese yo mío
apenas danzaba sin cuerpo alrededor de la Luna amiga. Y sintiendo ese calor absoluto de nuestro
Sol venido desde mucho tiempo atrás. Un yo con fisuras profundas, logradas a través del camino
dispuesto. Como acezante sujeto disperso.
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Y, al no estar ella ni él, sentí un profundo lazo en mi cuello. Era el tiempo que empezaba a crecer,
sujetándome por la vía asfixiante. Como queriéndome hacer sentir que no iba poder disfrutar, a
futuro, de la esquinita bravata. Y empecé a sentir que lo mío empezaba a ser mera expresión amorfa,
diluida en cada instante. Y, ese yo primario mío, empezó a surtir tristezas prolongadas. Así, a tientas.
Simplemente porque no había segundos, ni horas, años. Solo ese giro de traslación alrededor del Sol.
Como si todo fuese arbitrario, anárquico. Sin ningún hilo conductor.
Me encontré, en cualquier momento no medido, con Ariadna. La Diosa nacida para amar al universo
visto, apenas, como confusión pletórica en matices. Y en luces relampagueantes. Exacerbada opción
como tinieblas. Y le dije que no la había visto antes. Y ella me dijo que siempre había estado allí. Que
le correspondió incitar al viento para que iniciara su intervención. Además, que los mares nacientes
lo requerían para producir las tormentas y los tifones, entonces silentes, latentes. Y, decía Ariadna,
no sé por qué estoy recordando un canto propio. Iniciado casi al mismo tiempo en que prefiguré a
mi Prometeo, en ciernes. Y, quiero expresarlo ahora. Para que tú lo aprendas y lo transfieras a
quienes vendrán, cuando no haya tanta confusión, tanta anarquía:
Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos
hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en
enésima potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados, pasados vivos y
que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De viajantes milenarios. De vituperarios
en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los
únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las
palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido.
Depende de ti mismo. En tu ir y venir. Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar.
Por lo que te hemos hecho. ¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen.
Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado caminos
al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus
territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las mujeres
madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con esa fuerza
potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo.
Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura.
De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se enternece
cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has sabido hacer siempre. En
esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y
sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con
ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y
ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son (ellos, ellas), viajantes empedernidos. Sacrílegos
en el mundo de los señores. De los imperios que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua
vasta. Casi infinita.
Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro
por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los glaciares.
Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado los submarinos. Que
te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la
vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente.
Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de
las heridas que han hecho en ti, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de
historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de lluvia, has prodigado
vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu
vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra natura en formación.
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Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y ellas,
vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero si de
esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la anchura extendida.
Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las palabras voces de sus
madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo.
En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias.
Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo.
La vi perderse en la lejanía hecha preludio del tiempo vivo. Y me quedé obnubilado. Con ese vacío
que sólo se siente cuando hemos perdido algo cálido, cautivante. En esa obscuridad tan amarga,
pero necesario, como quiera que se constituía en insumo primario. Como lo eran todos los seres
latentes. En el mar naciente, al que le cantó Ariadna. En el territorio ya libre de las aguas primigenias.
Y en los territorios ya libres de la asfixia primera. Caminé, por ahí. Con apasionada voz vibrante.
Como inaugurando el viaje de sonido, como invención necesaria. Y separando los quehaceres. Tal
vez imitando lo que, desde ahora se decía. Que el Dios de la fuerza impuesta, se disponía a concretar
su versión de la creación de todo lo habido y lo que vendría después.
Me vi inventando las palabras y los números. Y teorizando acerca de los fenómenos incoados, por la
vía de la Física de Kepler, de Arquímedes, de Galileo, de Descartes. Y me correspondió informar sobre
los infiernos de Dante Aglieri. Y, con mucha más distancia, propuse la partición del átomo. De la
generación de la energía ampulosa. Y, por esto mismo, vi a la Hiroshima arrasada por la fuerza del
fuego impío. Nagasaki inmersa en el envolvente giro de la destrucción. Luego dormí, en el escenario
que habría de albergar al viento. Y a las nubes. A las lluvias, como presagiaba la bella Ariadna perdida.
Ida en la reversa infinita. Hacia otros lugares no nacidos todavía. En eso que se denominaría como
paso incidente. Como iridiscente vahío. Traído desde más allá de la Galaxia que habría de atrapar
todo lo que podíamos conocer. Como en la espirar de giro. Como absorción exponencial, en término
que habría de ser desarrollado después. En esa expresión en ciernes de Euler; de Newton, de Leibniz,
del demasiado humano Einstein.
Siendo un diciembre frío, me dispuse a regresar a la esquinita bravata. Nadie estaba allí. No alcanzaba
a dilucidar el porqué de la soledad tan sola. Los niños y las niñas en volteretas iniciadas antes, pero
ya perdidas. Una sensación de desasosiego me arropó, como un todo embriagante. Los seres míos
de antes, no estaban. Solo el viento tan frío, penetrante. Agarrotado, traté de decir algo con las
palabras que había aprendido desde el inicio de las calendas. Pero no podía. Una mudez nítida,
vergonzante. Bajé por Calle Amapola, también absolutamente sola. Fui a Patio Finito, escenario de
nuestros juegos, a pelota cierta. Vi las piedras que semejan las porterías. El paso del tiempo las había
agusanado. Ni nadie físico. Ni palabra lejana.
Ya en la tarde fui a ver la casita mía. El albergue que conoció mi infancia. Que tanto prolongara mi
estadía. No estaba. En su reemplazo unos herrumbrosos desechos. La del lado tampoco estaba.
Como si se hubiera diluido. Como si el vértigo de los años hubiera pasado por ahí. Desde adentro
hacia afuera. Ninguno de mis iconos quedó enhiesto. Solo el vago olor a silencio destructor. Porque,
como me enseñó mi madre, donde no hay voces ni palabras, tampoco hay vida posible.
Recordé a Valeria, cuando escuché ulular al viento. Remolino gigante, absorbente. Se fue izando todo
lo que quedaba. Recordé a Ariadna, y su cuentería acerca de los misterios y los secretos. Quise
recordarlo en su empuje avasallante.
Episodio noveno
E iba caminando en esa extensión de sol y de lluvia. Recordé que venía des Villa Pomares. Y que,
allí, había diseminado todo lo que soy. Simplemente en el tipo de ejercicio que me dejó en el
desamparo total.
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Perdí aquello que más amaba. Luciana, simplemente, se quedó allá. En una dormidera de espíritu.
Como cuando, sientes la fluctuación de las verdades. Locuciones insulsas. Le dije algo así, como que
había perdido la memoria de lo que fuimos. Y que quedó un frío inmenso. Y que, mi decisión de
viajar, era irreversible. Que iría en búsqueda de mi madre. Al menos para preguntarle acerca de
quien fui al nacer. Además, en qué había quedado ese pasado que le tocó vivir. Íngrima. En esa
soledad tan perversa.
En verdad fue poco lo que logré. Ya su memoria estaba extraviada. Con mayor énfasis a partir de
haber conocido al cardenal Isidoro Ciempiés. Sujeto reconocido más por su capacidad para vulnerar.
A todos y todas aquellos (as) herejes, según su propia tipología. Un huracán perverso. Un sujeto
culpable de muertes, por la vía de su nexo con el poder y con sus hacedores de torturas, a partir de
una clasificación secreta.
Sin embargo, a partir de mi conocimiento de estos procedimientos. Y, una vez conocidas las palabras
de mamá Ubladina, me dediqué a desafiar todo lo escrito, con la inquisición como referente y con
sus expresiones perversas.
Andando el camino izquierdo, me encontré con Ulises Consuegra. Auriga de los dueños del poder,
desde que existe la luna. Como siempre, con ese tipo de argumentos distorsionando la lógica del
procedimiento herético. Le dio por traer a cuento la palabrería construida a partir de recobrar el
pasado adscrito a la fenomenología de Husserl. Un tanto asociada con las verdades hechas religión.
Sobre todo, con aquello redefinido a partir de escarceos perversos, con lo cotidiano. Es decir, con el
quehacer de lo que somos.
Yendo por ahí, entonces, logré precisiones con Ulises. Al menos en lo que correspondía con las
ilusiones y su nexo con las estructuras ideológicas. Me di cuenta, además, que estamos inmersos en
el barro del presente. Como ojiva amenazante, constante. No sé por qué, a esta altura del coloquio,
me dio por retrotraer mi vocería religiosa. Cuando era conserje de beatos y beatas. En esa disposición
planteada, casi como señuelo iridiscente; pero anclado en la opción de las lecturas milenarias. Por
esa vía, entonces, le di cuerda a la seducción anacoreta. Relanzando posiciones antes aprendidas.
Una religiosidad a partir de la fundamentación griega. Todo lo recuerdo, en una perspectiva
justificatoria. Como queriendo enfatizar en personajes liberadores. A la fuerza, por la vía de la
centralidad judeocristiana. Una escenografía al vuelo. Tratando de buscar el soporte para no caer al
abismo de la incredulidad absoluta.
I
(Dos caras)
Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo
interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente.
Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es
algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no como simple contravía a la
repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se
expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro.
Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser
magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el
contrario, rehaciéndola, cuando sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada.
Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería
vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo
que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma. Por temor,
tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no
reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.
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Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya
vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo
cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura.
Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto
entorno.
Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia
efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores
milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de
magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo escenario de la
duermevela enquistada.
Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo
estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no
necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma.
Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega.
Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz
recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje.
Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no
mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo tanto, hasta
que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo
por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida.
Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto mismo,
volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como si ya no lo hubieras
conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo
sido hoy, no lo será mañana.
Y es ahí en donde quedó. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por
verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida; repetida.
Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que
es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo
ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí.
Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en ti lo que serás como guía de quienes
vendrán no sé qué día. Pero sí sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano.
O en el entorno que amamos.
Dijo que estuvo Antioquía, buscando a aquellos que vivieron con el Maestro. Siendo ya confeso
partidario, necesitaba conocer más de cerca las condiciones en que se había desarrollado la doctrina.
En todo eso que tenía de enigmático y susceptible de transformación bicéfala. Tal vez con un recuento
de Hechos, conocido de parte de Lucas. En esa inmensidad de caminos. Tanto en lo conceptual; así
como también en lo plebeyo de la casuística. En un tiempo en el cual el mensaje estaba aún vivo en
lo inmediato.
Hizo alusión a las contradicciones fundamentales. De un lado la opción judía que reclamaba una
versión apologética de la enseñanza mosaica. Por la vía de entender la posibilidad del salvamento,
ligada al ritual de los circuncisos. Algo así como la generación espontánea de la fe primera.
Y es que Pablo de Tarso, convertía su discurso no en lo efímero y liviano del conocimiento. Por el
contrario, soportado en la verticalidad. Así se lo hizo saber a Santiago, el hermano del crucificado.
Como quiera que, en ciernes, existía la argumentación básica para asumir la perduración doctrinaria.
En una conexión indispensable con el mandato no conocido en escritura. Más bien, una herencia,
centrada en la transmisión verbal. Por lo mismo que la orientación había sido difundir la hermenéutica
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de la condicionalidad teórica, referida a entender la relación causa-efecto; en una perspectiva
trascendente.
Un azoramiento visceral, cruzaba ese momento crucial histórico. Como una especie de vena rota que
convoca a surtir las proclamas. Con arrebatos místicos, en principio. Pero racionales en lo que esto
tiene de asumir los íconos indispensables. Ya lo diría, casi cinco siglos después Sor Juana Inés y Juan
de la Cruz; por la vía del catecismo lírico. En una exaltación continua del viaje hacia el conocimiento
de Dios; a partir de una versión herética, sublime
Si hubo o no transgresiones, en razón a la profundización del conocimiento, no se puede afirmar en
términos absolutos. Lo que sí quedó plenamente claro, son las condiciones que debía prefigurarse
antes de la proclamación evangélica. Con todo a lo que conllevaba. Es decir, ese ilusionario universo
de ideas y, de otra parte, de dificultades no superadas. Como en esa noción de trámite, casi notarial
que acompaña a toda heredad teórica, poco sistemática y mucho de confusa.
Es decir, visto en esa dinámica, el movimiento de persuasión en lo que correspondía a la ética y a la
religiosidad; no tenía grandes motivaciones. No había posibilidad de encarar los retos propios de la
explicación y justificación de la teoría en sí. Inclusive, porque ser o no cristiano, seguidor de la palabra
hablada de Jesús, se había convertido en una didáctica aplanada. Con la mirada puesta, más en la
vivencia que fue real e inmediata; que el escenario filosófico y teológico.
Pablo, por esto mismo, caminó hasta deshacer el cuerpo físico y reconstruir el cuerpo doctrinal.
Siempre por una vía, tan profundamente humana, que a cada nada la eclosión del mensaje se tornaba
en simple borbotón de frases inacabadas.
Y lo encontraron, cualquier día, al lado de Santiago, tratando de descifrar por si mismos los secretos
internalizados de la Escuela Farisaica. En ese ir y venir de expresiones monosilábicas. Casi como mero
susurro. En una envoltura ya lejana, como pensamiento y como afinidad directa con el Dios perdido.
Y, Santiago, no atinaba a ser coherente. Como cuando alguien no ha tenido claridad acerca de lo
vivido. Mucho menos acerca de lo trascedente de ese haber vivido de cerca el proceso de martirologio.
Otra cosa, bien distinta, hubiera sido la historia de lo sagrado como proceso, si Sor Juana Inés y Juan
de la Cruz, hubiesen vivido mil quíntenos años antes y estuvieran allí, con los dos reunidos.
Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso. El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar
de los apologéticos de la diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su equivocación al elegir
ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado. Tanto que, el
judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso de consolidación del monoteísmo
mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada. Porque no había por donde ni con que desglosar las
doctrinas básicas.
En ese tiempo, la división política y administrativa, comprometía una noción primaria del concepto
de estado. Por una vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con fronteras
tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de poder un tanto extraviada.
O, para decirlo mejor, en el cual las directrices cruzaban territorios acicalados con ese universo de
opciones de interpretación en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición
dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo inherente a las
convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito. Fundamentalmente en lo respecta al
fariseísmo político-administrativo, el judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas,
mosaicas y los hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento del
mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta.
Rondando “El Templo”, como instrumento físico; fortalecido, reconstruido en gobierno de Herodes el
Grande. Y que se hacía escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi como acariciando
la contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva ideología como
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herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina sólida. Porque, en lo cotidiano, ya
estaba hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones de proselitismo, permeado por una
nueva noción de Dios Significante; en necesidad de retar a la humanidad que se deterioraba cada
día más, a partir de escindir y extraviar el acumulado histórico y religioso. Inclusive, con el agravante
que era casi imposible dilucidar contenidos.
Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi cieno cincuenta años después) una disputa
que empezó a trascender la simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación centrada
entre el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones menores, pero
adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos administradores, tenían un disenso, por la vía de
los zelotas. Siendo estos una representación grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en
Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de las
expresiones judeocristianas.
Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de pretensiones un tanto militaristas.
Como si evocara, hacia atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el
Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para establecer con sus dirigidos
una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte,
Tertuliano, a partir de su ofensiva en contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de
Tarso. Algo así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia.
Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la confrontación. Marciòn,
empezó a ejercer como opción preponderante. En un entramado de confusión. Al menos en lo que
respecta al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino
y su inmolación, en nexo con la defensa de sus postulados fundamentales.
Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la preservación del hilo conductor
básico. De no dejar extinguir el fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con
la teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la contradicción.
Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado. Es decir, no surtir teoría escindiendo las
dos partes. Por el contrario, haciendo cohesión. Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal, a
partir de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la Trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue
deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo como era el momento de decisiones.
Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos códigos propuestos por El Reformador. Pero su
estreches intelectual, dio lugar a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como
palabras agrupadas en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de
sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que podría
llamarse bajo perfil. Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta
hilatura, por lo menos cohesionadora.
Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el momento histórico de Herodes el Grande. Y
sus sucesores, Herodes Antipas, Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos.
Y, el crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y agrandado en confusión.
Un tanto remontando la historia del antes de, los esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se
encuentra nuestro Tertuliano, confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra
dilucidar en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se erige en
defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad.
Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero
episodio de la acción iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros;
estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien, Jesús, superior a quien es
Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró. Y lo mismo va para la designación del espacio
temporal para el ejercicio sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O
de, en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus consecuencias.
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Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde en el tiempo la posibilidad de la dilucidación.
Quedan, entonces, en remojo parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo
en lo que hace alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los nexos con
posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles; pasando por las opciones
propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de las Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al
Dios Vengador e Iracundo, de Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a
Jacob. Y, a su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha.
Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las contradicciones no se ha atenuado. Y no tenía
por qué. Seguía siendo referente el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los
contenidos de la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de su
misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal.
Haciéndose, como en verdad se hizo, converso utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder
y de obligatoriedad deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y
contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus reflexiones filosóficas,
proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso.
Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en
los avatares propios de una dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en
su propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes.
Yo, en Melisa Vivo. Como en Egea doliente Como que estaba yo sumido en tinieblas. Y
relampagueante vino Cronos en búsqueda de Egea la Madre mía. Y que, en el Urano naciente,
decantaron las cosas habidas. En tránsito elocuente. Por la vía de la partición de lo circundante. Como
propio Dios avieso. En elongación propuesta; al término del vivir manifiesto. Y me embolaté en roles.
Lo permitido era casi nada. Por lo mismo que el Zeus venido, hacía de su séquito de nubes una
expresión primera. Una vía encarnada en lo que supo, después, por su madre valerosa. Que engañó
al engañador pétreo. Y que hizo de él, torrente de vida plena. Esa Rea vigorosa en puño de voz de
acción. A partir de la profecía de Urano. En teniéndolo lo ocultó. Una expresión de viva potencia. Y,
allí, con las Horas hechas en separación del mundo terreno. El de Egea viva. Y lo arroparon en la
Creta posible. Como cuna para albergar al bienvenido y bien protegido. Y, en la avanzada misma,
Hefestos, castigado por el avieso Cronos, empezó la agenda que haría posible el Trono mismo para
el admirado. Ese Zeus vibrante, apoyado en la hermosa cabra Amaltea. Y, por ahí mismo, se fueron
dibujando los pasos y las potenciales acciones. Con Melisa, abeja admirable y solidaria, empezaron a
acuñar al latente Dios en ciernes. En la posición de albergar a cada día; aquello que solo sería posible,
con el arrebato mismo de la pasión concreta. Con esos inicios desparramando alegorías y trinos.
Un cantar venido y habido. Y, cada quien, como yo mismo, embelesado en lo que sería euforia en
transcurriendo el día. Y la noche postulada. Como manto para evitar la soledad y la agonía. Provenida
desde allá mismo. Desde la creación primera. Y que, yo, sin asirla sucumbía en los quebrantos de lo
que me albergaba. Como territorio y como proclama perdida. Por ahí, vagando. Con el alma
endurecida. Con esos pliegues de ternura perdidos. Desde que había perecido la gran Metis
acompañante. Desde que no supe más de la Melisa mía. O de Zeus…En fin que me di a la tarea de
ser yo único. En esa intención presenta, cada día, de penetrar la Tierra misma. La Egea sumida en
simple trozo pasivo y ceniciento. Y, por ahí que fue la cosa, me fui poniendo el rótulo de doliente
humano presente. Perdido. Ausente. Venido a menos, como cualquier coloquial verso cantado por la
Luna misma.
Y sí que, deambulando en lo que soy, fui perfilando el futuro seré. Anclado en los testimonios
perdidos. Nunca encontrados. De lo que Prometeo dijo al momento de nacer. En esa elocuencia viva
de tejedor de verdades y de haceres en solidaridad conmigo y que todos y todas. En ese ir yendo de
sabiduría y de solidaridad perenne. Como cuando veía, yo, coser los hilos a mi madre. Para la cobija.
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Para las vestiduras mías. A cada paso y a cada momento de realidad posible. O imposible. Según la
lectura que cada quien quiera hacer. O inventar.
Y sí que, en crecimiento necesario, me fui acercando a mi yo concreto. Palpable. En construcción de
lo que pude haber sido. En derrota de la decrepitud. Me acerqué al ser Lacaniano. Invertido. Puesto
en el pellejo de lo propuesto por Freud. Como Dios silente. En cantilena expresada. En el derrotero
incipiente. O real. O ya culminado. Cualquiera cosa dicha, se tornaba en la preclusión de lo propuesto.
De lo ejercido. De lo manifiesto. En ese aquí y allá dicho. Vivo. Escudero, yo, de lo que vendría. Entre
el Lacan insidioso y herético. Y el Freud, cimentando cada yo sujeto puesto. Manifiesto. Ahí postulado
y previsto.
Y sí que se derrumbó mi vida. La vida. Esa que, en mí, se tornó en bicicleta de tres pedales. Sujeto
en posición crítica. Perdularia. O cimera, en lo que esto tiene de haber estado. O estar. O seguidilla
de haceres y de propuestas. En la vaguedad sombría. De mi Luna. O del lado del Sol hiriente. Como
martinete machacante. Perenne. O efímero. O doliente. Como cuerpo atravesado por la daga mía. O
de cualquiera. Que, en fin, no volví. Y no volveré. Ante la Egea promiscua. Sabedora de lo que pasa
y pasará. Aquí. En donde estoy hoy. Pero que no estaré mañana.
II
(La diosa amada)
El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago
no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de
alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin
sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre,
en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era.
En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que
simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos
explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple
pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera.
Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo
latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo
el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares
primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó
el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas
convertidos.
En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en
cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va
pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta,
mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más
no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta
en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e
insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a
devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella
presente.
Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad
dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no
luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría
nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que,
allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los
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mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor
y conversador en lúdica creciente.
Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil
figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos,
vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como
creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto.
Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos
espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del
Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de
su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron
las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados.
Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño.
De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron
los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era ella.
Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego.
Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para
quienes deberían se coronados, siendo triunfantes.
Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo
como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en
lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión
por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola
en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso.
Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi
silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura
infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de
Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán,
palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la
violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha.
Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón.
Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez
de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella
con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los
genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en
mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda
algún día nacer.
No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra.
Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al
lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al
Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
21
III
(Palas Atenea)
Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando son nuestras. Estando ahí, situado en la
esquina tercera del barrio; una joven mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de
recordación perdida. De mi parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor
se le va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de cuerpo. Con
rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes. De esos que se involucran con
uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso. Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos,
provocantes. Cuerpo de una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante.
Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada quien tratando de esculcar cualquier versión. Que
fue a propósito. Que las habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le
dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que las vieron pasar de
las manos cogidas. Que la de la piel café no era del barrio. Que…
Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a
cuerpo. Un brilloso metal hecho arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera
un giro de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y, simplemente, se
le fue la mano a la primera que cogió el metal.
Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de mitad de noche, anterior una vez lo soñé y
comenzó el no poder dormir; viajé en el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y,
allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y sus
cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos sólidos, puestos en firme.
Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente habilitado. Y estaban otras mujeres cuando empezó
el duelo. Y vi volar caballos alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como
rayos enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían. Adornadas sus cabezas
con olivos en fuego.
A la otra noche. Noche antes del día en que en la esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya
en la arena del coliseo. Y tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos
cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en tribuna especial. Con sus
frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé las aureolas que circulaban en torno a su cabeza.
Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes.
Se abalanzó sobre la morena de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí,
en la arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas. Fundidos al unísono.
Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó
a la otra. Y cogió el metal, tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto
abrió el pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue.
Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo esa piel hermosa languidecer. Tornándose en
opaco gris desierto. Viendo como sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante,
languidecer al infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda. Pétrea. Y
seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la vencedora. Y ella puesta en pie. Con su
mirada perdida. Como implorando perdón, no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al
infinito. En esa ráfaga de viento que, de pronto, llegó desde la nada.
Volví a la otra noche, antes de este día aciago. Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío. Volcado a
la arena del coliseo que seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del metal en
la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El cuerpo tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el
brillo de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda arropada en el velo
traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la sentí
22
como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído con delirio. Con ternura exacta, sin la
expresión dubitativa mía en otros quehaceres.
Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente
inmediata. Un grupo asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes
finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada. Abriendo los labios gruesos,
con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que fue muerta en lance absurdo. Tocando la herida
del pecho. Agrietándola más. Y cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa
hermosura apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la cerraron. Y
desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con espasmos cada vez más fuertes.
Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como buscando un nombre para la tragedia. Para ella y
para la vencida.
Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito.
Hermes, Afrodita, Aquiles, Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus
ojos agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de preterintencionalidad.
Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la suya propia. Con el velo alzado al viento. Con
la desnudez exaltada. Sus pechos inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el
cuerpo. Sin guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahì, en el carruaje. Sin
ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de corcel recién adiestrado para la guerra.
Ya es otra noche. Yo sigo ahì. En la esquina tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay
nadie. Solo ella. Aturdida. Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las
lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un azul celeste divino. Y
le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi níveo.
Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí. Volando se fue. Acompañada de nubes grises,
presagiando tormentas. Hasta que se perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada fue
para mí. Diciéndome adiós
Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no había nadie en el coliseo. La arena toda teñida
de rojo a borbotones. Ella ahí. Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él.
Ascendió rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente en mí; a
pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos perennes y por la noche
guarnecido.
Episodio décimo
La huella sigue ahí
Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente.
Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre.
Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera. Tal vez hecha
tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del
Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo
así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades
anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura.
De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador
informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese
entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de
mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos
todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo”
vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya
pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su
suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes
23
primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el
usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí.
Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido.
En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando
en lo que, en realidad debería ser. Y lo vi en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat.
Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como
mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos
los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría.
En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la
verdad verdadera.
Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la
locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar
en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza
lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada.
Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no
es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda
pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta
admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar
originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más
trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido.
En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y
recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera
mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo
habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos
vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo
que antes era.
Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío.
Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la cual la
ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día
pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y,
también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de
decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios
expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar
hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo
cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como
yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al
nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro
construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no vi a Ancízar en aquella
mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o
no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se
traduce en ese hijo tuyo y mío.
A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como
gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su
abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro
suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar.
Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es
decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 2) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado
sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto
como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento
de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más
aspaviento
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La fuga

  • 1. 1 Episodio uno De todas maneras, Eufrasio Benítez, partió el día acordado. No fue fácil desprenderse de sus dos hijas, América y portuguesa. La decisión había sido tomada a finales del año anterior. Tal vez, por lo corajudo que era, y sigue siendo, Retuvo en la memoria la situación que desencadenó la ruptura con Evarista Monsalve, su amante. Vivieron treinta y seis años juntos. En una exuberancia de locura, de amor como fuego. Se habían conocido en ciudad Ilíada. Desde muy pequeño, él. Y, muy pequeña, ella. Un barriecito (Talón Verde), iridiscente. Tanto que, se habían acostumbrado al radiante y benévolo entorno. Gentes que iban y venía. Casi como lugar de tránsito perpetuo para mujeres y hombres. En esa niñez potente, todo se les daba. Simplemente, como si fuese herencia. De tiempo y espacio. Las voces y las palabras, se fueron difuminando. Hasta tocar el fondo de lo que quisiéramos ser. Yo, enfatizando sobre la teoría de la adultez, aun siendo muy niño. Por lo tanto, la señora Evarista, fue definida por mí, como sujeta de absoluta entrega. En lo que era su cuerpo, embriagador, excitante. Y lo que era su magia para percibir a los otros y a las otras. Como moviola que iba editando los hechos y las acciones. Ella (Evarista) había llegado con su familia, desde San Juan del Pomar, ciudad casi perdida en la memoria. Como escenario de leguleyadas patriarcales. Y, en eso, su padre Benito Monsalve, se hizo célebre. Decantaba todo. Como asumiendo un filtro necesario para poder interpretar y dilucidar vidas. Una vigencia testaruda, por lo bajo. Lo suyo (de Benito Monsalve), se fue esparciendo por todo el territorio. Como maldición propiciadora del ultraje habido y por haber. Como notario intransigente, perdulario. Era él quien decidía todo. A partir de jerigonza enhebrado a la historia de los que, él, consideraba epopéyicos varones. Sacrificados en aras a la continuidad de los valores, como heredades ciertas. Fundamentales para que la esferita siguiera girando. Eufrasio fue, desde que teníamos diez años cumplidos, un idólatra, empecinado en medir las cosas, a partir de la elongación de su mirada. Éramos niños al vuelo. Yendo por ahí, Siguiendo sus mediciones. Desde saber interpretar la distancia entre los cuerpos. También, la distancia entre hombres y mujeres. En un equívoco mandato que él transfería a los y las demás, como mandatos absolutos. No toleraba las herejías. Las niñas, tenían que ser tasadas y tratadas como diosas ígneas. En un revoltijo de pasiones, más allá de lo inmediato. Figura ingrávida. Simplemente predispuestas para parir otros dioses que, a su vez, eran clasificados como regentes y vigías. Los juegos eran, para nosotros invenciones terrenas: en donde no cabían ni las vicisitudes, ni los valores de plenitud lúdica, la danza incorpórea de las mujeres niñas. Él decidía por todos y todas. Fue, en esas maniobras vergonzantes, como conoció a Evarista. Siempre la incitaba a asumir retos relacionados con su visión de las cosas. Como, por ejemplo, a estar con él, desnuda. En el parquecito del barrio. La obligaba a masajear su falo. Hasta que este surtiera el líquido grisáceo. Luego la vestía como regenta del territorio de ella y él. Con overol verde claro y una blusa transparente; de tal manera que todos los hombres en el barrio la miraran. Con sus pechos erectos. Tensionando la tela hasta romperla. Y, la exhibía por todas las calles. Como trofeo absoluto para su potente verga. Cuando cumplimos (él y yo) quince años, ya era un avezado sujeto. Había preñado dos veces a Evarista. Dos hijas volantonas. Nacidas, como hembras hechas. Portuguesa y América. Fueron creciendo a ritmo de los haceres en el barriecito. Fueron acicaladas, desde el comienzo, por mamá Evarista. Les hablaba de su padre, como potente varón iniciático, dispuesto así por los dioses venidos de tiempo atrás. Cuando recién comenzó la humanidad, su andar. De mi parte, y así se lo hice saber a él, fui haciendo historia propia. Ya había conocido a Valeriano Armendáriz. Eso fue como a mediados de junio de ese mismo año. Había llegado desde Calcuta. Un niño indio, hermoso. De tez morena subyugante. Y, unos labios gruesos, convocantes. Su familia llegó a la ciudad, en un itinerario. Como crucero de vacaciones indefinidas. Ocuparon la casita de doña Benilda Cifuentes, en el barrio Mochuelo Alto. Llegué a él, casi de manera fortuita. Como que fue cualquier sábado. Acompañaba a mi mamá Protocolina, en la visita que hizo a doña Parentela del Bosque. Una
  • 2. 2 mujer extremadamente bella. A sus cincuenta años, era radiante en todo su cuerpo y sus palabras. Había llegado desde Barcelona, desde muy pequeñita. De la mano de su papá Caisodiaris Salamanca. Su mamá, Libertaria Hinojosa, había terminado unilateralmente, la relación con el papá de la niña. Vivieron casi cincuenta años juntos. Padre e hija. Siempre serán recordados y recordadas, como ejecutores de la pulsión de vida, asociada a dejar correr la historia, a lomo de sus cuerpos y sus realizaciones. Papá Caisodiaris, implantó un estilo de vida en nexo con la euforia y la lúdica perennes. Instituyó el Carnaval de Las Cosas Juntas. Todavía se celebra, aún en su ausencia definitiva. Lo vi jugando a la rayuela, con otro niño. Disfrutaban cada brinco sobre los espacios del trazado. Reían todo el tiempo. Me acerqué. Me invitaron a jugar con ellos. Valeriano me miraba siempre. Gozaba con mi falta de gracia y agilidad. Pero, al mismo tiempo, me rozaba con su cuerpo. Se apretaba al mío. Tanto así, que sentía su falo erguido. Sentía ese palpitar acechante. Después del juego, aprovechando que la mamá del otro niño lo llamó, no sentamos en la banquita. Hablamos de cualquier cosa. Más, dejando volar la libido. En imaginario solvente, crecido, diáfano. Arropó sus manos con las mías. Me besó en la boca. Tan largo y tan sublime, que quedé prendido. Absorto. Con mi imaginación puesta en cuerpos desnudos, abrazados. La familia de Valeriano había llegado, en la inmediatez de tiempo. Como quiera que este vuela sin itinerario. Por ahí, tratando de aterrizar en cualquier sitio. Lo cierto del caso es que, doña Benilda llegó sola, con su niño de la mano. Empezó como trabajadora al servicio de la familia Zaldúa, en el norte de la ciudad. En principio vivieron en casa de inquilinato, hasta que pudo arrendar la casita, aprovechando que, el señor Zaldúa le otorgó un préstamo, sin plazo preciso. Valeriano creció al lado de su mamá. Llegó a la escuelita dispuesto a terminar su educación básica primaria. Eufrasio supuso que yo estaba enamorado de Evarista. Y que, por eso, me había apartado de él. A decir verdad, yo apreciaba mucho a la mujer de Eufrasio. Tanto así, que me juntaba con ella, para leer algunos textos de psicología. Disfrutábamos mucho. Tratando de dilucidar algunos aspectos del comportamiento de los humanos. Como volcándonos a una impronta enhebrada con todos hilos posibles. Cuando leímos La Metamorfosis, de Franz Kafka preparamos una disertación para compartirla con estudiantes que conocíamos. Lo que a mí más me mortificó, decía Eufrasio, fue lo del domingo trece de febrero. Estaban juntos. Mirándose. Como ese embeleso que nos cruza cuando estamos enamorados. La fiestecita había sido convocada por la mamá y el papá de Dorance Enjundia. Un jovencito, estudiante aventajado en matemáticas. En La Institución Educativa “Pablo de Almagro”. Celebraban los veintinco años de su relación afectiva. Bailaban con sus cuerpos pegados. Abrazados. En un otorgarse propio de amantes libertarios. No tuve ninguna reacción primaria. Más bien quise expresar mi rudeza. Simplemente me fui, por ahí. En una caminata sin rumbo. Evarista llegó muy tarde a la casa, ese día. Logró entrar a casa, gracias a la complicidad de su hermano Galimatías. Papá y mamá estaban dormidos. Se bañó antes de acostarse. El sudor de cuerpo, fundamentalmente en su vagina que no cesaba de verter ese líquido; que se hace exquisita sensación, cuando se ha estado con alguien. Casi al borde del orgasmo. Ahí, bailando con mi amigo Jején Martínez. De todas maneras, sentía cruzar el nervio de los celos. Volví al barrio en el cual vivía Valeriano con su mamá. Habían pasado dos meses, desde nuestro primer encuentro. Todo me daba vueltas, alrededor. Sentía una pulsión absoluta. No paraba de recordarlo. Aun bailando con Evarista. No sentía nada en mi cuerpo pegado al de ella. Lo mío era algo así como estar en una subaste de convicciones. Yo ya sabía que lo mío no tenía nada que ver con las mujeres. Saludé a mi hombre. Y lo besé con absolutamente ternura. Estuvimos de pie largo rato. Me invitó a su casa, aprovechando la ausencia de su mamá. Nos desvestimos. Él cogía mi pene. Casi queriendo arrancarlo con su boca. Dormimos tanto, que no sentimos a su mamá, cuando avió la puerta. Llegó tan cansada, que se acostó en su cama y quedó dormida.
  • 3. 3 Parentela había estudiado hasta el cuarto semestre del pregrado en derecho, en la universidad Pontificia San Marcos. Se retiró, fundamentalmente, porque debía trabajar para aportar recursos en su familia.; ya que don Caisodiaris le daba mucha dificultad trabajar. Tuvo dos amantes, Adrenalino Grisales y Epaminondas Arbeláez. Vivió con mucha pasión su vida como amante. Cada rato recuerda a quien más amó, Adrenalino. Un joven arriero en la única vereda que tenía el municipio de Tatacoa. Se conocieron, estando ella en el almacén de insumos para ganadería. Un día en el cual le correspondió realizar una visita a la sucursal de la empresa para la cual trabajaba. Adrenalino, miraba algunos de los elementos que necesitaba para su trabajo. Iba a la cabecera municipal, cada quince días. El otro tiempo lo consumía viajando con sus mulas. En principio, miradas interminables. Ella decidió hablarle. Le contó (Adrenalino) muchos pasajes de su vida. Había nacido en Puerto Cachetes, municipio situado a unos mil trescientos kilómetros de la capital. Estudió hasta terminar su formación primaria básica. A partir de ahí, empezó su peregrinar por todo el país. Hasta que llegó aquí. Veintinueve años. Y nunca ha tenido novia. Quedaron en verse en el hotelito en que se hospedaba Parentela. Una despedida más bien triste. Habían pasado la noche juntos. Todavía sentía (ella), cierto dolor en su sexo. La potencia del chico, la había colocado en condición de aguantar. Y sentir ese músculo en erección todo el tiempo. Parentela abordó el camioncito que prestaba servicio entre el municipio y la capital. Sintió que estaba preñada, desde la primera hora, después que Adrenalino, vació toda su potencia, en ella. Tal parece que la abundancia del líquido grisáceo, la inundó. Y Así no hay anticonceptivo que valga. Parece que ese fluido hermoso buscó en donde quedarse. Cuando Adrenalino lo supo, hizo un aspaviento. Volcando en la su felicidad. A los tres meses, el feto fue expulsado hacia afuera. Un aborto no provocado. Adrenalino estuvo largo tiempo abstraído. Las palabras volaron. No atinaba a nada más. Cierto día, mientras Parentela atendía a varios clientes en el almacén de insumos agrícolas, su amiga Hercúlea Romero, llegó acezante. Le comunicó que Adrenalino había muerto tres días atrás. Simplemente se desbarrancaron; cuando él llevaba un viaje café. Hercúlea lo supo, a través de una llamada que recibió de don Jeremía Ibarbo, alcalde del municipio la Tatacoa. Encontraron, en el bolsillo de la camisa, que llevaba puesta Adrenalino. Unos apuntes sublimes que hacía casi a diario; y el número telefónico de ella (Hercúlea), ya que en la casa de Parentela no tenían teléfono. Sintió que se desmoronaba. Lloró toda la tarde, hasta que don Casimiro, el dueño del almacén. Le concedió permiso para retirarse más temprano. Ya en casa, Parentela, empezó a delirar. Su padre no pudo hacer mucho. Ya que, como el mismo lo decía, una frustración amorosa es la peor enfermedad terminal que existe. Valeriano crecía, raudo, de cuerpo. Y de pasión. No siguió estudiando. Solo estaba pleno y satisfecho cuando estábamos juntos. Y eso era posible cada mes. Todo por cuenta de mi oficio de tornero en el taller de propiedad de don Humberto Sinisterra. Además, estaban las lecturas con Evarista. Asunto que, por ningún motivo podía ni quería dejar. Doña Benilda, se sentía muy preocupada con esa relación. No era una actitud moralista. Simplemente viendo pasar el tiempo. Y con las manifestaciones, cada vez más evidentes en el cuerpo de Valeriano. Hemorragias sucesivas, cada vez más abundantes. Sentía que su hijo se le iba, Por eso habló con Jején. Le expuso, de una lo que ella pensaba. Le sugirió que dejara de verse, de manera tan frecuente, con su niño. Yo empecé a sangrar, también. Una inmensidad de sangre, cada día. Sin que mamá lo supiera, estuve varias veces donde el doctor Clementino Borrasca. Un amigo de la familia. Me juró mantener en reserva lo mío. Me examinó largo rato. Tenía una hendidura pronunciada en mi ano. Además, mi pene, estaba enrojeciendo cada día más. Lo único que recetó, coincidía con la opción asumida por la madre de mi Valeriano.
  • 4. 4 Tanto tiempo que ha pasado, desde que vi a Valeriano por última vez. De esos sueños tormentosos en los cuales veía el cuerpo de mi amor. Al lado de empalizadas, en todos los caminos. Nos amábamos en el parquecito que vio nacer nuestro idilio. Volábamos hacia el infinito cuerpo planetario. Desventurada era mi vida, a partir de la obligada soledad. Lo sentía. Escuchaba palmitar todo lo que él era. Como sujeto pristino, absoluto. Entretanto, Eufrasio, seguía con su cantaleta viciada. A sus hijas las forzaba a estudiar ingeniería hídrica. Para ellas, su rol de estudiantes, pasaba por las humanidades. Portuguesa se sentía atraída por la antropología. América expresó su empatía con la filosofía. Lo cierto es que, ninguna de las dos, se sentía a gusto con los pregrados en los cuales fueron matriculadas. Episodio dos Como casi todo en la vida, hablar de tristeza, no es otra cosa que dejar volar la imaginación hacia los lugares no tocados antes. Por esas expresiones vivicantes y lúcidas. Es tanto como discernir que no hemos sido constantes, en eso de potenciar nuestra relación con el otro o la otra; de tal manera que se expanda y concrete el concepto de ternura. Es decir, en un ir yendo, reclamando nuestra condición de humanos. Forjados en el desenvolvimiento del hacer y del pensar. En relación con natura. Con el acento en la transformación. Con la mirada límpida. Con el abrazo abierto siempre. En pos de reconocernos. De tal manera que se exacerbe el viaje continuo. Desde la simpleza ávida de la palabra propuesta como reto. Hasta la complejidad desatada. Por lo mismo que ampliamos la cobertura del conocimiento y de la vida en él. Viéndola así, entonces, su recorrido ha estado expuesto al significante suyo en cada periplo. En cada recodo visto como en soledad. Como en la sombra aviesa prolongada. Y, en ese aliento entonces, se va escapando el ser uno o una. Por una vía impropia. En tanto que se torna en dolencia originada. Aquí, ahora. O, en los siglos pasados. En esa hechura silente, en veces. O hablada a gritos otras. Es algo así como sentir que quien ha estado con nosotros y nosotras, ya no está. Como entender que emigró a otro lado. Hacia esa punta geográfica. No física. Más bien entendido como lugar cimero de lo profundo y no entendido. Es ese haber hecho, en el pasado, relación con la mixtura. Entre lo que somos como cuerpo venido de cuerpo. Y lo que no alcanzamos a percibir. A dimensionar en lo cierto. Pero que lo percibimos casi como etérea figura. O sumatoria de vidas cruzadas. Ya idas. Pero que, con todo, anhelamos volver a ver. Así sea en esa propuesta íngrima. Una soledad vista con los ojos de quienes quedamos. Y que, por lo mismo, duele como dolor profundo siempre. Y si seremos algo mañana. Después de haber terminado el camino vivo. No lo sé. Lo que sí sé que es cierto, es el amor dispuesto que hicimos. El recuerdo del ayer y del anterior a ese. Hasta haber vivido el después. En visión de quien quisimos. Qué más da. Si lo que propusimos, antes, como historia de vida incompleta, aparece en el día a día como concreción. Como si hubiese sido a mitad del camino físico, biológico. Pero que fue. Y sólo eso nos conmueve. Como motivación para entender el ahora. Con esa pulsión de soledad. Como si, en esa, estuviera anclado el tiempo. Como si el calendario numérico, no hubiera seguido su curso. Como que lo sentimos o la sentimos en presencia puntual. Cierta. Y sí entonces que, a quien voló victimado por sujeto pérfido, lo vemos en el escenario. Del imaginario vivo. Como si, a quien ya no vemos, estuviera ahí. Al lado nuestro. Respirando la honda herida suya. Que es también nuestra. Y que nos duele tanto que no hemos perdido su impronta como ser que ya estuvo. Y que está, ahora. En esa cimera recordación. Volátil. Giratoria. Re-inventando la vida en cada aliento. Cómo es la vida, En la lógica es ser o no ser. Pero es que la vivencia nuestra es trascendente. Es ilógica. En tanto que estamos hechos de hilatura gruesa. Como fuerte fue el nudo de Ariadna que sirvió de insumo a Prometeo para re-lanzar su libertad.
  • 5. 5 Y, como es la vida, hoy estamos aquí. En trascendente recuerdo de quien voló antes que nosotros y nosotras. Y estamos, como a la espera del ir yendo, sin el olvido como soporte. Más bien con la simpleza propia de la ternura. Tanto como verlo en la distancia. En el no físico yerto. Pero en el sí imaginado siempre. Episodio tres Valeriano ido. Mi rol perdido. Ese día no lo encontré en el camino. Me inquieta esto, ya que se había convertido casi en ritual cotidiano. Sin embargo, avancé. No quería llegar tarde a mi trabajo. Esto porque ya tuve un altercado con Valeria, quien ejerce como supervisora. Y es que mi vida es eso. Estar entre la relación con Ancízar y mi rol como obrero en Minera S.A. Mucho tiempo ha pasado desde ese día en que lo conocí. Estando en nuestra ciudad. En el barrio en que nacimos. Mi recuerdo siempre ha estado alojado en esa infancia bella, compartida. En los juegos de todos los días. En esa trenza que construíamos a cada nada. Con los otros y las otras. Arropados por la fuerza de los hechos de divertimento. En las trenza suya y mía y de todos y todas. Infancia temprana. Volando con el imaginario creciente. Ese universo de voces. En cantos a viva voz. En la golosa y en la rayuela. En el poblamiento de nuestro entorno, por parte de los seres creados por nosotros y nosotras. Figuras henchidas de emoción gratificante. Mucho más allá de las sombras chinescas. Y que las versiones casi infinitas de la Scherezada imperecedera. En una historia del paso a paso. Trascendiendo las verdades puestas ahí, por los y las mayores. Ajenos y propios. Además, en una similitud con Ámbar y Vulcano de los sueños idos. En el aquí y ahora. Y me veo caminando por la vía suya y mía. Esa que sólo él y yo compartíamos. La vía bravata, que llamábamos. Con la esquina convocante siempre. En esos días soleados. Y en los de lluvias plenas. Hablando entre dos sujetos, con palabras diciendo al vuelo, todo lo hablado y lo por hablar. En sujeción con la iridiscencia, ahí instantánea. En un instar prolongado. Como reclamando todo lo posible. Para absorberlo en posición enhiesta. Vivicantes. Y, precisamente ese día en que no lo encontré. Ni lo vi. Ni lo sentí. Volví a aquel atardecer de enero virtuoso. En el cual aplicamos lo conocido. Lo aprendido en cuna. Él y yo, en una perspectiva alucinante. Viviendo al lado de los dioses creados por nosotros mismos. Una opción no cicatera. Si relevante, enjundiosa, proclamada. Y llegué a mi sitio de trabajo con la mira puesta en regresión. Hasta la hora, en esa misma mañana, en que pasé por ahí. Por la esquinita cómplice. En donde siempre nos encontrábamos todos los días. Desde hace mil años. Y, en mi rol de sujeto empleado, empecé a dilucidar todo lo habido. Con la fuerza bruta vertida en el cincel y en la llave quita espárragos. Una aventura hecha locomoción excitante. Y bajé la rueda, al no poder descifrar la manera rápida que antes hacía. En torpeza de largo plazo y aliento. Ensimismado. En ausencia máxima de la concentración Operando el taladro de manera inusual. Tanto como haber perdido la destreza. Las estrías de la broca, como dándome vueltas. Mareado. En desilusión suprema. Por no haberlo visto. Y Valeria en el acoso constante. Como si hubiera adivinado ese no estar ahí. Como si pretendiera cortar mi vuelo y la imaginación subyacente. Y volver a casa dando por precluido mi quehacer. En enrevesado viaje. De pies en el bus que me llevaba de regreso a casa. Con la ansiedad agrandada, inconmensurable. Abrazando mi legítima esperanza. Contando las calles. Como si la nomenclatura se hubiera invertido. Comenzando en el menos uno infinito. Extendiéndose desde ahí hasta la punta de más uno. Y este giraba. Como en un comenzar y volver al mismo punto. Me iba diluyendo, yo. Y no encontraba nada parecido a la racionalidad puntual. Emergiendo, una equívoca mirada. Un sentir del desespero, incoado en el vértigo mío, punzante, áspero. Doloroso. Me bajé ahí. En la esquinita recochera. Alegre en el pasado. Ahora en plena aparición de la tristeza. Porque, tampoco, lo vía. Y buscaba sus ojos y cuerpo entero. Pero no aparecía. Y más se exacerbó mi herida abierta en la mañana. Y quedé plantado. Esperando, que se yo. Tal vez su presencia física. O, siquiera, el vahído de su ser etéreo. Pero ni lo uno ni lo otro. Y el dolor creciendo, por la vía de la
  • 6. 6 exponencial. Yo, en una mecedera de cabeza. Tan frágil que se me abrió la sesera. Y vi cómo iba cayendo. Y vi que Ancízar pasaba a mi lado, sin verme. Y seguí con mi voz callada, llamándolo. Y desapareció, en la frontera entre lo hecho concreto, físico y el volar, volando al infinito universo. Encapotado ahora. Pleno de las nubes cada vez más obscuras. En el presagio de la lluvia traicionera. Helada. Muy distante de las lluvias de nuestra infancia. Cálidas. Abrasadoras hasta el deleite. Cuando desnudos recorríamos el barrio. Tratando de empozar las gotas tiernas, en nuestras manos. Y, siendo cierto el haberlo visto pasar. Me senté a ver pasar a los otros y las otras. Con la sesera siempre abierta. Y, quienes pasaban y pasaban, no entendían lo que estaba pasando conmigo. La vocinglería percibida. Con palabras no conocidas. No recordadas, al menos. La elongación impertinente de la cuantificación. Metida en el ser mío desvanecido. Y, en la mirada mía, posicionada en el horizonte que atravesó el amigo fundamental. El personaje de los bretes de antes. La figura envolvente de su yo. Y se me iban derritiendo los ojos. Como si fueran insumo sintético. Azuzado por el calor no tierno. Como cuando el hierro es derretido por el fuego milenario. O como cuando deviene en el escozor titilante, brusco, pérfido. El llegar a casa, se produjo habiendo pasado mil horas. Como levitación tardía. Vagando en las sombras. No sé si de la madrugada. O de la noche del siguiente día. O días, ya no lo recuerdo. Ni quiero hacerlo. Y Valeria en el acoso de siempre. Y bajé del vuelo etéreo. Y vi los espárragos tirados, en el piso. Y agarré el taladro acerado. Con las estrías girando en la espiral. Y todo empezó a girar también. Y fui ascendiendo al infinito físico. Y vi a todos los soles habidos. En esa millonada de años luz, volcada. Y yo en la velocidad mía, sin crecer. Sin despegar mi mirada del entorno abierto, pero en tristeza consumido. Fugaz luciérnaga yo. Aterido en la masa hecha incandescencia. Cuerpos horadados por la soledad. Cuerpos celestes sin ningún abrigo. A merced de los agujeros negros. Una visión de lo absorbente, penoso. Un ir y volver continuo. Y Ancízar allá en una de las lunas del planeta increado. En zozobra ambivalente, incierta. Siendo como en verdad soy, me fui diluyendo de verdad. Ya no era la sesera abierta en el imaginario. Lo de ahora era y es vergonzosa derrota del yo vivicante. Nacido en miles de siglos antes que ahora. Una derrota hecha a puro golpe de martillos híbridos. Y viendo a Valeria, en lo físico. Sintiendo su poderosa voz. Llamándome para que volviera a asumir mi rol de hombre físico en ejercicio. Y, yo, en las tinieblas empalagosas, duras. En ese ir llegando impoluto exacerbado. Episodio cuatro El embeleso lúdico En eso estaba, cuando apareció Ancízar, Según él, venía de Ciudad Perdida. Que estuvo allá largo tiempo. Y, precisamente, es el tiempo en que yo estuve adyacente a la terminación de la vida. Y me fui entrando, por esa vía, en lo que había de reconocer, en el otro tiempo después. No atinaba a entender la propuesta venida desde antes. En la posición predominante en eso de entender y de hacer algo. En principio, no lo reconocí. Pero él hizo todo lo posible por enfrentar lo que habría de ser su devenir. Desde la estridencia fina, que lo acompañaba siempre. Hasta ese lugar para las opciones que venían de tiempo atrás. En esos lugares cenicientos. En la aventura del alma viva presente. Cuando lo saludé, me dio a entender que no me recordaba. Y, en la insistencia, le expresé lo mucho que lo quería. Desde esa calle. Desde la esquinita bravera. Esa que, conmigo, hizo abierta la posibilidad de seguir viviendo. Todo como en hacer impenetrable. Solo en la escucha de él y la mía. Y me dijo, así en esa solvencia de palabras, que había estado en ciudad Persípolis. Y que, desde allá, me había escrito unas palabras. Más allá del propio saludo. Más, en lo profundo, elucidando verdades como pasatiempos favoritos. Y me dijo que seguía siendo el mismo sujeto de otras vidas. Con la mira puesta en los quehaceres urticantes. Casi aviesos. En esa horizontal de vida, inapropiada para el pensar no rectilíneo. Y sí que, por lo mismo, le dije que no entendía ese comportamiento parecido al interludio de cualquier sinfonía criolla. Y., me siguió diciendo, que no recordaba haberme visto antes. Y yo, en la secuencia permitida, le dije que él había sido mi referente, en el pasado
  • 7. 7 reciente y lejano. Y, siguió diciendo Ancízar, he regresado por el territorio que he perdido. Ese que era tuyo y mío antes. Pero que, en preciso, él quería para sí mismo, como patrimonio cierto y único. Y yo le dijo que lo había esperado en esta orilla nítida. Para que pudiéramos conjugar su verdad y la mía. Y, él me dijo, que no recordaba ningún compromiso dual. Que lo suyo no era otra cosa que lo visto en ciernes. Desde ese día en que nos encontramos. Ahí en la esquinita bravera. Y que, siguió diciendo, le era afín la voz de Gardel y de Larroca. Pero que, por lo mismo, nunca había olvidado su autonomía y su soledad permitida. Y que yo no había estado nunca junto a él. Por ejemplo, cuando lo llevaron a prisión por haber contravenido la voz de la oficialidad soldadesca. Y, en verdad, me dije a mí mismo, que él no atinaba a entender la dinámica de la vida. La de él y la mía. Y sí que, me siguió diciendo, lo tuyo no es otra cosa que simple verbalización de lo uno o lo otro. Nunca propuesto como significante válido, en la lógica permitida. Siendo así, entonces, me involucré en lo nuevo suyo. Recordando, tal vez, los domingos mañaneros. Esos del ir al cine nuestro. De “El muchacho advertido”, hasta el lúgubre bandido derrotado. Y le dije, por esto mismo, que no hiciera como simple hecho enjuto, venido a menos. Y, me dijo al pulso, que no había venido para concretar dialogo alguno. Que era, más bien, una expresión perentoria en términos del querer ser consensuado. Más bien como expresión de escapatoria. A la manera de la tangente propia. De la línea prendida al dominio, suyo, como variable explícita. Y, siguió diciendo, lo tuyo es mera recordación inmersa en el quehacer simple. Vertido al escenario inocuo. Envolvente. Como ir y venir escueto. Atiborrado de lugares comunes propios. En siendo simple especulación no resuelta. O no apropiado. O, simplemente, anclado en el pasado impío. Mediocre, insaboro. Pétreo. Inconstante. Por lo bajo lo entendía. Y me quedé silente. En esa aproximación entre lo entendido y lo incierto pusilánime. Y me fui, en tontera, detrás de su séquito. Apegado, entonces, a su condición de referente entero. Desde esa época en la que estábamos juntos en la lúdica viva. Desde esa esquinita bravata nuestra. Y, así. En ese ir yendo preclaro, nos encontramos en esa ciudad asfixiada. Sintiendo, en nosotros, el apego a la fumarola sombría. Esa que nos recorre desde hace mucho tiempo ya. Y, por lo mismo, le seguí diciendo lo mío en ciernes. Tal vez ampuloso y etéreo; pero cierto en lo previsto expreso. En todo lo habido, me hice cierto en la proclama propuesta o impuesta. Según fuera el momento y el tiempo perdido. Y, Valeriano Ancízar, no atinaba a nada. Se fue yendo por lo bajo. Como actitud palaciega en el pasado de reyes y regencias religiosas. Y, por lo mismo, me aparté de él. Creyendo que era el tiempo propicio. Y sí que él, estuvo volcado a la defensa de ser. De su connotación hirsuta, inamovible. Y pasó el tiempo. En esa nimiedad de los días. En ese entender los miles de años acumulados al querer ser lo uno o lo otro. Viré, entonces, en la pi mediana. Y arribé a la locomoción plena. Pero lenta y usurpadora. Me fui, entonces, lanza enristre contra el afán propuesto por él mismo. Como si, yo, quisiera decantar lo habido. Hasta convertirlo en propuestas simples, minusválidas. Y, me empeñé en reconvenirlo, por la fuerza. Y lo asfixié con la sábana del Gran Resucitado. Como proveyendo de almas cancinas, el simple hecho de estar vivo. Y me fui en silencio. Por la inmensa puerta llamada “De El Sol”. Y allí me quedé a la espera. Como cuando cabalgaba en la noche, a lomo del dromedario propio de los habituales dueños del desierto. Recorrí mil y una praderas nuestras. Desde Vigía Perdomo, hasta “Punta Primera”. Un norte a sur especulativo. Hechizo. No cierto, Pero pudo más mi afán de trascender la soledad. En contra lógica propuesta, me hice a la idea de la dominación mía. Absoluta, hiriente. Y sí que, entonces, Ancízar Villafuerte caducó en mi discurso. Y se hizo esclavo de lo hablado y hecho por este yo supremo envilecido.
  • 8. 8 Episodio cinco La huella sigue ahí Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera. Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería ser. Y lo vi en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la verdad verdadera. Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era. Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar
  • 9. 9 hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no ví a Ancízar en aquella mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío. A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 1) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más aspaviento Episodio sexto Cuando se va la memoria Ya ha pasado mucho tiempo, desde que lo dejamos de ver. Ahora, me encuentro en la misma vida, Pero en otra distinta. He vuelto a mirar al pasado. Como en esos arrebatos. Empecinado en volver a esa jerarquía de acciones, por ahí corriendo. Ahora de lo que se trata es de remediar lo habido. Sin la presencia de sujetos y sujetas que prolonguen la estadía. En ese irse de bruces sobre la historia. Que puede ser la mía. O la de cualquier otro. Así, en este caso, en el masculino andante que se regodea con el tiempo embalsamado. Con esa figura de quehaceres. Por ese periplo solo mío. Y, tejiendo momentos, he encontrado la razón de ser de lo puntual. En esa expresión que deja de ser inacabada. Y que se torna, cada vez más, en asunto primario, no abandonado. En la seguidilla de lugares y tiempos. Siendo así, entonces, volví al barrio primero. Aquel en el cual disfrutaba con Ancízar. Y localicé la esquina nuestra. La bravata lúcida. Esquinita de mil y un hechos lúdicos. Y, en esa recordación tardía, he vuelto a jugar con el baloncito de cuero. Con ese regalo heredado. Hasta mi padre jugó con él. Como a comienzo del tiempo cercano. Allí no más. En el momento mismo en que se hizo ayudante de todos aquellos que tuvieran algo que ver con la cancha abierta. Ahí no más. En la calle en pendiente poderosa. En cada picaito la gloria. Como en trashumancia continua. En esa potente ilusión de saberse indispensable. Casi como sujeto de millón de maneras de dominar el baloncito. Casi tanto como las opciones propuestas en el tablero de ajedrez. Yo me la pasé, en ese tiempo, abrigado por su calidez. Iba y venía conmigo. Y, en esa misma perspectiva, encontré el lugarcito de la casa. En ese que fungía como albergue para los niños y niñas de largo vuelo. Y me vi en el día en que empecé a saber amar. Y a saber recordar. En medio de las tinieblas dispuestas por la rigurosidad de los principios y valores. De la familia. Y, extendidos a todo el entorno. Compartiéndolos con lo vivicante de los cuerpos presurosos. No acompasados. Anárquicos. Tanto como estar un tiempo en un lado y otro tiempo en la otra esquina. O en la callecita que había sido inaugurada casi al tiempo con la fundación del barrio. Derrochando, yo, alegrías que habían permanecido adormecidas. Ese 24 de junio, un martes, por cierto, conocí a Sigfredo Guzmán. “El mono” lo llamábamos. Sujeto, este, de mágicas palabras. Cuentero de toda la vida. Y, con él, aprendía a sacarle significados distintos a las palabras. Como en todo tiempo andando con el verbo alucinante. También, conocí de él, los
  • 10. 10 atajos en los caminos de la vida. De cómo hacer de la tristeza, un giro creativo. Y de cómo enseñar los números, con los palitos de paletas compradas en la tiendecita de don Eufrasio. Y, además, en leer los ojos y la memoria de los otros y de las otras. Ese 2mono”, se convirtió en mi héroe favorito. Mucho más allá que el Libertador. Tal vez porque, el “mono”, iba más allá de la simple libertad formal, política. Indagaba siempre por las fisuras de cuerpos y de hechizos. Proponiendo la libertad en la lúdica andante. Transponiendo rigores. Colocan la vida en su sitio. Que, para él, era un sitio diferente, cada minuto. No sé qué día me sentí impotente para armar todos esos actos propuestos por “el mono”. Como cuando la mirada y la memoria es más lenta que los hechos. En ese universo de liviandades. En ese ejército de propuestas diferentes cada vez. Lo mío se tornó, entonces, en un cansancio áspero. En una lobotomía inventada por mí mismo. Y empecé a desplazar las verdades y los hechos vivicantes. Me torné en sujeto casi avieso. Por la vía de la melancolía agresiva. Por la vía del tormentoso aquí y ahora. Me fui diluyendo en ese azaroso cuerpo de hermosas ejecuciones. Me fui yendo hasta el lado del martirologio. Por vía de la resequedad en las ideas. Como si me hubiera convertido en payaso de tristezas acumuladas. Tanto como haber perdido el rumbo. Retornando a la expresión cicatera con la cual nací. Y, en esos instantes, veía el cuerpo de mi madre lacerado. Andante. Como yo, sin rumbo. Y la veía vejada a cada rato. En medio de horripilantes expresiones. Y me seguí desmoronando. Casi al vacío profundo y de no retorno. Y, fue ahí mismo, en que encontré a Ancízar. Quien venía por el mismo camino. Y me dio la mano tierna, potente. Y salimos, en manos cogidas, a la otra orilla, en donde estaba “el mono” Eufrasio. Que reía sin parar. Que nos conminaba a ser felices. Aun en medio de la oquedad del tiempo. Aun en medio de todos los dolores juntos. Y volvimos al andar. Del ir yendo hacia la libertad que nosotros mismos habíamos truncado. Y fuimos uno entre tres. En sumatoria de verdades y de acciones y de la lúdica toda habida. Episodio séptimo En lo habido, como secuencia inerme. Es ya de día. Ayer no supe prolongar el sueño necesario. Este día ha de ser como el otro. Eso supongo. Muy temprano ajusté la bitácora. Ahora, en primera persona mía, he de recomponer los pasos. Superando la fisura propia. Esa hendidura abierta. Siempre ahí. Como convocante falsa. Como recomposición ávida de otros lugares. Tal vez más ciertos. O, al menos, más coincidentes con mi nuevo yo, propuesto por mí mismo. Y, el recuerdo del ayer íngrimo, me hizo soltar la voz. Con mis palabras gruesas, puestas en lo del hoy concreto. Y sí que me fui hilvanando. Tanto como acentuar la prolongación. Del ayer elocuente. Hasta este hoy enmudecido de palabras convocantes. En repetición de lo mío. En contrapartida de lo punzante. De esa pulsión herética del pasado. Hasta este hoy propuesto. O, por lo menos, enclaustrado en el decir mío de la no pertenencia al pasado. Pero, tampoco, como posición libertaria del hoy o del mañana. Y sí que, entonces, empecé a enhebrar lo dispuesto. En la asignación hecha propuesta. De un devenir lúcido, cierto. Y no esa prolongación de lo habido a momentos. Como simple ir yendo con las coordenadas impuestas. Desde una visión incorpórea, hasta divisar el yo mío, cubierto de nostalgias afanadas. Puestas en ese ahí como tridente vergonzoso. Hecho de premuras malditas. Acicaladas con el menjurje dantesco. Una aproximación a entender los y las sujetos en pena. Por simple transmisión de la religiosidad banal. Cicatera. Gobernanza ampulosa en la cual el yo se convierte en simple expresión estridente. Afanada. Lúgubre. Por lo mismo que se ha ido en plenitud de vuelo acompasado. Con las vivencias erigidas en el universo no entendido. En esas volteretas de lo que llaman suerte. Para mí, en verdad, simples siluetas inventadas. En ese estar ahí como propuesta no entendida. No vertida en la racionalidad vigente. Y sí que me fui, entonces, en búsqueda del eslabón perdido. Como en ese recuento hablado acerca de la sucesión de propuestas y de acciones asimilables a la progresión de Natura breve. O expuesta al ir venir expósito. Como si fuera simple réplica de lo que soy y de lo que somos. En esa somnolencia
  • 11. 11 propiciada por la intriga habida. Interpuesta. Acicalada. Enhiesta. En lo que esto tiene de simple vejamen de la libertad del ser construido en el simple desenvolvimiento de la historia del ser. Y de los seres. En univoca pluralidad convincente. Y, entonces, volví a la trayectoria. Desde la simpleza hecha a trozos, hasta la complejidad habida, como simple resultado de la evolución darwiniana. Opaca, por cierto. Porque, digo yo, no está cifrada en la complejidad concreta. Vigente. Como réplica de ese ir creciente. Mío. Y de todos y todas. Y, estando ahí por cierto, volví a lo racional emergido de Ancízar, en otro tiempo. Y me dio por repeler lo simple. Y, por el contrario, tratar de hacer relevante lo humano. Eso que somos y hemos sido. En pura réplica de lo vivido antes. Yo, como sujeto vesánico, me fui empoderando de lo que ya estaba. Y me dio por empezar a verter el lenguaje entendido. En sumatoria de palabras entendidas. Oídas en pasado. Y transformadas en presente inicuo. Prolongado. Como mera extorsión a la verdad pertinente. Racional, pero incomprendida. Y me seguí yendo. En esa apertura milenaria. En el engaño próximo-pasado. - En la expresión no efímera. Pero si atiborrada de recuerdos de lo pasado, pasado. De ese estar de antes, surtido como semejanza del Edén perdido, por la decisión equívoca del Dios siniestro. Vergonzante. Simple réplica de lo que se puede asimilar al tósigo inveterado. Amorfo. Sin vida. En ese estar estaba. Como cuando no volví ver a Ancízar. Buscándolo, yo, en cualquier laberinto lunático. O en la profundidad avasallante de lo que no ha sido. Y, por lo tanto, lo incomprendido en la racionalidad vigente. Y lo volví a ver en la otraparte impávida. Como si no fuese con ella el aprender a dilucidar. Como si no fuera posible decantar lo uno del yo. Del otro uno del otro. En fin, que en esa expresión vivida, se fue abriendo el territorio mío. O el de Ancízar ya ido. O, simplemente, el de aquel pasajero íngrimo. En esa soledad doliente. Infame. Si se tratara de volver sobre lo ya pasado. Yo diría que el tiempo se ha hecho fuerza perdularia. Ese tipo de esquema afín a la dominación espuria. En una libertad no próxima. Prolongada. En lo que esta tiene de semejanza a la imposición proclamada por el Dios impuesto. De esa figura de reencarnación atrofiada. Mentirosa. Impávida. Como si fuera lugar común para todo aquello ido. Por la vía de la hecatombe provocada. En esa batalla entre seres ciertos, reales. Y la impúdica creación de opuestos. En una lucha prolongada. Sin la redención propuesta como ícono. Ni como ampuloso discurso férreo. Póstumo. Erigido como secuela de lo creado por decisión distante, impersonal. Como atrofiamiento de lo dialéctico. Del ir y venir real, verdadero. Opuesto a la locomoción propuesto desde afuera. Desde ese territorio sacro, impertinente. Porque, en el aquí y en el ahora, yo percibo que lo ido. Y lo venido, serán ciertos en razón a que se exhiba el paso a paso de la construcción darwiniana de la vida en sí. Que es cuerpo y real propuesta al desarrollo de lo que somos y seremos. Episodio octavo Déjalos y déjalas hablar contigo viejo mar Y en esto estaba, cuando recordé el yo milenario. En esas exposiciones que tuve en ese barrio calcado. Casi como daguerrotipo no lúcido. Y el barrio, entonces, ya estaba trazado. No importando como. En este recuerdo de ahora, no están ni Ancízar, ni Valeria. Como si el mundo apenas iniciara su ir girando. En esos primeros momentos en los cuales el tiempo de podía ser medido. Por la ausencia nítida de calendario. Una perspectiva en ciernes. De lo que conocería después como la historia. Hablada, primero. Y luego escrita. Casi a millón de años de la inquisición perversa. Y sí que, ese barrio amado no aparece como tal. Más bien como insumo flotando en el aire que apenas está iniciando vuelo. Ni siquiera, en el entonces, hacían presencia de oxígeno, ni el hidrógeno, ni el ozono libertario, arropador. Y sí que, en esa lejanía tan expandida, me fui dando cuenta de lo mucho que me faltaba para ser un ser concreto, taciturno, solidario, libertario. Por lo mismo que ese yo mío apenas danzaba sin cuerpo alrededor de la Luna amiga. Y sintiendo ese calor absoluto de nuestro Sol venido desde mucho tiempo atrás. Un yo con fisuras profundas, logradas a través del camino dispuesto. Como acezante sujeto disperso.
  • 12. 12 Y, al no estar ella ni él, sentí un profundo lazo en mi cuello. Era el tiempo que empezaba a crecer, sujetándome por la vía asfixiante. Como queriéndome hacer sentir que no iba poder disfrutar, a futuro, de la esquinita bravata. Y empecé a sentir que lo mío empezaba a ser mera expresión amorfa, diluida en cada instante. Y, ese yo primario mío, empezó a surtir tristezas prolongadas. Así, a tientas. Simplemente porque no había segundos, ni horas, años. Solo ese giro de traslación alrededor del Sol. Como si todo fuese arbitrario, anárquico. Sin ningún hilo conductor. Me encontré, en cualquier momento no medido, con Ariadna. La Diosa nacida para amar al universo visto, apenas, como confusión pletórica en matices. Y en luces relampagueantes. Exacerbada opción como tinieblas. Y le dije que no la había visto antes. Y ella me dijo que siempre había estado allí. Que le correspondió incitar al viento para que iniciara su intervención. Además, que los mares nacientes lo requerían para producir las tormentas y los tifones, entonces silentes, latentes. Y, decía Ariadna, no sé por qué estoy recordando un canto propio. Iniciado casi al mismo tiempo en que prefiguré a mi Prometeo, en ciernes. Y, quiero expresarlo ahora. Para que tú lo aprendas y lo transfieras a quienes vendrán, cuando no haya tanta confusión, tanta anarquía: Mar de ayer. Que no el de hoy. Sujeto triste. Llave de agua, que creíamos perenne. ¿Qué te hemos hecho, viejo vigía de las creaturas todas que en ti nacieron? Hoy, están como tú. Diezmadas en enésima potencia. Dime qué siente y que sienten. Qué sintieron antes. Los pasados, pasados vivos y que perdieron su ruta evolutiva, por las ansias desbordadas. De viajantes milenarios. De vituperarios en ciernes siempre. Te mando a decir con el viento, llave de lluvia, que aquí, en el hoy. Están los únicos sujetos vivos en quienes pueden confiar. Niños y niñas veloces en decantar las voces. Las palabras. Las de ayer y las de hoy. No sabemos si las de mañana. Todo depende, viejo loco intrépido. Depende de ti mismo. En tu ir y venir. Depende de tu itinerario. Llave de lluvia. Viejo y perplejo mar. Por lo que te hemos hecho. ¡Anda! Habla con ellos y con ellas. A ver qué te dicen. Tal vez que también han sido vejados y vejadas. En el día y noche truculentos. Han andado caminos al dolor expuestos. Han subsumido lo suyo. Como equívoco navegante. Han dejado atrás sus territorios que sintieron su primer llanto. Pero también el primer susurro en voz. De las mujeres madres todas. Diles algo, llave de lluvia. Háblales de tus pactos con el viento. Y con esa fuerza potente latente entre nubes. Fuerza desbordada. Luz y sonido en estrecho abrazo. Esto de hablar con infantes es bien difícil. Porque a socaire. Voces en una locución de idéntica tersura. De inspiración primigenia. De vuelo señor. En aires avallasante. De vuelo que cruje. Que se enternece cuando, como águila, te localiza. Allá. En lo tuyo. En lo que sabes y has sabido hacer siempre. En esa estremecedora voz de fuerza contra las peñas acantilados. Subidas en sí mismas, para verte y sentirte bramar. Como millones de toros condensados en un solo. Vamos, viejo intrépido. Habla con ellos y ellas. No te quedes como mudo sonsonete. Por lo triste. Tal vez. Pero puede que en ellas y ellos encuentres el rumbo que parece perdido. Son (ellos, ellas), viajantes empedernidos. Sacrílegos en el mundo de los señores. De los imperios que devastan. Que han maltratado tu cuerpo de agua vasta. Casi infinita. Déjalos hablar. Puede ser que te digan, en palabras, lo que tú y el viento han hecho lenguaje sonoro por milenios. Ya sé que has visitado todos los lugares. Que has estado con tus amigos, los glaciares. Sé que has llevado y has traído todos los barcos posibles. Qué te han penetrado los submarinos. Que te han engañado, algunos. Porque han sido a la guerra lo que las tramas celulares, han sido a la vida. Es misma que siempre llevas en tu vientre. Y que se han esparcido en el infinito envolvente. Déjalos y déjalas que, a viva voz, te digan en sus palabras; lo que tal vez ya tú conoces a través de las heridas que han hecho en ti, melancolía. Cuéntales lo mucho que conoces. Del mil de millones de historias. Cuéntales que conoces la química del universo. Que, como llave de lluvia, has prodigado vida. En todos los entornos. En todos los lugares. Aunque, algunos y algunas no te conozcan en tu vigor físico. Ni de tu pasado violento. Cuando irrumpías contra natura en formación.
  • 13. 13 Hasta es posible que te inciten a vivir viviendo la vida tuya de otra manera. Como la de ellos y ellas, vástagos de futuro. Tal vez no de la iridiscencia de esa bravía hecha espuma punzante. Pero si de esa ternura primigenia. Como si fuera lectura en mapa genético. Tal vez de la anchura extendida. Cercana a la de alfa tendiendo al infinito. Pero si para que te cuenten de las palabras voces de sus madres en cuna. Y las de sus palabras en esa acezante motivación para el crecer alegre y creativo. En fin, de cuentas. Déjalos, viejo mar, que estén contigo. Para que no estés triste, llave de lluvias. Déjalos ser como ellos quieren que tú seas, yo te lo digo. La vi perderse en la lejanía hecha preludio del tiempo vivo. Y me quedé obnubilado. Con ese vacío que sólo se siente cuando hemos perdido algo cálido, cautivante. En esa obscuridad tan amarga, pero necesario, como quiera que se constituía en insumo primario. Como lo eran todos los seres latentes. En el mar naciente, al que le cantó Ariadna. En el territorio ya libre de las aguas primigenias. Y en los territorios ya libres de la asfixia primera. Caminé, por ahí. Con apasionada voz vibrante. Como inaugurando el viaje de sonido, como invención necesaria. Y separando los quehaceres. Tal vez imitando lo que, desde ahora se decía. Que el Dios de la fuerza impuesta, se disponía a concretar su versión de la creación de todo lo habido y lo que vendría después. Me vi inventando las palabras y los números. Y teorizando acerca de los fenómenos incoados, por la vía de la Física de Kepler, de Arquímedes, de Galileo, de Descartes. Y me correspondió informar sobre los infiernos de Dante Aglieri. Y, con mucha más distancia, propuse la partición del átomo. De la generación de la energía ampulosa. Y, por esto mismo, vi a la Hiroshima arrasada por la fuerza del fuego impío. Nagasaki inmersa en el envolvente giro de la destrucción. Luego dormí, en el escenario que habría de albergar al viento. Y a las nubes. A las lluvias, como presagiaba la bella Ariadna perdida. Ida en la reversa infinita. Hacia otros lugares no nacidos todavía. En eso que se denominaría como paso incidente. Como iridiscente vahío. Traído desde más allá de la Galaxia que habría de atrapar todo lo que podíamos conocer. Como en la espirar de giro. Como absorción exponencial, en término que habría de ser desarrollado después. En esa expresión en ciernes de Euler; de Newton, de Leibniz, del demasiado humano Einstein. Siendo un diciembre frío, me dispuse a regresar a la esquinita bravata. Nadie estaba allí. No alcanzaba a dilucidar el porqué de la soledad tan sola. Los niños y las niñas en volteretas iniciadas antes, pero ya perdidas. Una sensación de desasosiego me arropó, como un todo embriagante. Los seres míos de antes, no estaban. Solo el viento tan frío, penetrante. Agarrotado, traté de decir algo con las palabras que había aprendido desde el inicio de las calendas. Pero no podía. Una mudez nítida, vergonzante. Bajé por Calle Amapola, también absolutamente sola. Fui a Patio Finito, escenario de nuestros juegos, a pelota cierta. Vi las piedras que semejan las porterías. El paso del tiempo las había agusanado. Ni nadie físico. Ni palabra lejana. Ya en la tarde fui a ver la casita mía. El albergue que conoció mi infancia. Que tanto prolongara mi estadía. No estaba. En su reemplazo unos herrumbrosos desechos. La del lado tampoco estaba. Como si se hubiera diluido. Como si el vértigo de los años hubiera pasado por ahí. Desde adentro hacia afuera. Ninguno de mis iconos quedó enhiesto. Solo el vago olor a silencio destructor. Porque, como me enseñó mi madre, donde no hay voces ni palabras, tampoco hay vida posible. Recordé a Valeria, cuando escuché ulular al viento. Remolino gigante, absorbente. Se fue izando todo lo que quedaba. Recordé a Ariadna, y su cuentería acerca de los misterios y los secretos. Quise recordarlo en su empuje avasallante. Episodio noveno E iba caminando en esa extensión de sol y de lluvia. Recordé que venía des Villa Pomares. Y que, allí, había diseminado todo lo que soy. Simplemente en el tipo de ejercicio que me dejó en el desamparo total.
  • 14. 14 Perdí aquello que más amaba. Luciana, simplemente, se quedó allá. En una dormidera de espíritu. Como cuando, sientes la fluctuación de las verdades. Locuciones insulsas. Le dije algo así, como que había perdido la memoria de lo que fuimos. Y que quedó un frío inmenso. Y que, mi decisión de viajar, era irreversible. Que iría en búsqueda de mi madre. Al menos para preguntarle acerca de quien fui al nacer. Además, en qué había quedado ese pasado que le tocó vivir. Íngrima. En esa soledad tan perversa. En verdad fue poco lo que logré. Ya su memoria estaba extraviada. Con mayor énfasis a partir de haber conocido al cardenal Isidoro Ciempiés. Sujeto reconocido más por su capacidad para vulnerar. A todos y todas aquellos (as) herejes, según su propia tipología. Un huracán perverso. Un sujeto culpable de muertes, por la vía de su nexo con el poder y con sus hacedores de torturas, a partir de una clasificación secreta. Sin embargo, a partir de mi conocimiento de estos procedimientos. Y, una vez conocidas las palabras de mamá Ubladina, me dediqué a desafiar todo lo escrito, con la inquisición como referente y con sus expresiones perversas. Andando el camino izquierdo, me encontré con Ulises Consuegra. Auriga de los dueños del poder, desde que existe la luna. Como siempre, con ese tipo de argumentos distorsionando la lógica del procedimiento herético. Le dio por traer a cuento la palabrería construida a partir de recobrar el pasado adscrito a la fenomenología de Husserl. Un tanto asociada con las verdades hechas religión. Sobre todo, con aquello redefinido a partir de escarceos perversos, con lo cotidiano. Es decir, con el quehacer de lo que somos. Yendo por ahí, entonces, logré precisiones con Ulises. Al menos en lo que correspondía con las ilusiones y su nexo con las estructuras ideológicas. Me di cuenta, además, que estamos inmersos en el barro del presente. Como ojiva amenazante, constante. No sé por qué, a esta altura del coloquio, me dio por retrotraer mi vocería religiosa. Cuando era conserje de beatos y beatas. En esa disposición planteada, casi como señuelo iridiscente; pero anclado en la opción de las lecturas milenarias. Por esa vía, entonces, le di cuerda a la seducción anacoreta. Relanzando posiciones antes aprendidas. Una religiosidad a partir de la fundamentación griega. Todo lo recuerdo, en una perspectiva justificatoria. Como queriendo enfatizar en personajes liberadores. A la fuerza, por la vía de la centralidad judeocristiana. Una escenografía al vuelo. Tratando de buscar el soporte para no caer al abismo de la incredulidad absoluta. I (Dos caras) Es como todo lo circunstancial. Cuando regresas ya se ha ido. Y lo persigues. Le das alcance. Y lo interrogas. Al final te das cuenta que fue solo eso. Por eso es que te defino, a ti, de manera diferente. Como lo trascendente. Como lo que siempre, estando ahí, es lo mismo. Pero, al mismo tiempo, es algo diferente. Más humano cada día. Una renovación continua. Pero no como simple contravía a la repetición. Más bien porque cuenta con lo que somos, como referente. Y, entonces, se redefine y se expresa, En el día a día. Pero, también, en lo tendencial que se infiere. Como perspectiva a futuro. Pero de futuro cierto. Pero, no, por cierto, predecible. Más bien como insumo mágico. Pero sin ser magia en sí. No embolatando la vida. Ni portándola, en el cajón de doble tejido y doble fondo. Por el contrario, rehaciéndola, cuando sentimos que declina. O, cuando la vemos desvertebrada. Siendo, como eres entonces, no ha lugar a regresar a cada rato. Porque, si así lo hiciéramos, sería vivir con la memoria encajonada. En el pasado. Memoria de lo que no entendimos. Memoria de lo que es prerrequisito. Siendo, por lo mismo, memoria no ávida de recordarse a sí misma. Por temor, tal vez, a encontrar la fisura que no advertimos. Y, hallándola, reivindicarla como promesa a no reconocerla. Como eso que, en veces, llamamos estoicismo burdo.
  • 15. 15 Y, ahí en esa piel de laberinto formal, anclaríamos. Sin cambiarla. Sin deshacernos de lo que ya vivimos sin verlo. Por lo mismo que somos una cosa hoy. Y otra, diferente, mañana. Pero en el mismo cuento de ser tejido que no repite trenza. Que no repite aguja. Que se extiende a infinita textura. Perdurando lo necesario. Muriendo cuando es propio. Renaciendo ahí, en el mismo, pero distinto entorno. Quien lo creyera, pues. Quién lo diría, sin oírse. Quien eres tú. Y quien soy yo. Sino esa secuencia efímera y perenne. De corto vuelo y de alzada con las alas, todas, desplegadas. Como cóndores milenarios. Sucesivos eventos diversos. Sin repetir, siquiera, sueños; en lo que estos tienen de magnetismo biológico. Que ha atrapado y atrapa lo que se creía perdido. Volviéndolo escenario de la duermevela enquistada. Y, sigo diciéndolo así ahora, todo lo pasado ha pasado. Todo lo que viene vendrá. Y todo lo tuyo estará ahí. En lo pasado, pasado. En lo que viene y vendrá. En lo que se volverá afán; mas no necesidad formal. Más bien, inminente presagio que será así sin serlo como simple simpleza sí misma. Ni como mera luz refleja. Siendo necesaria, más no obvia entrega. Y siendo, como en verdad es, sin sentido de rutina. Ni nobiliario momento. Ni, mucho menos, infeliz recuerdo de lo mal pasado, como cosa mal habida; sino como encina de latente calor como blindaje. Para qué hoy y siempre, lo que es espíritu vivo, es decir, lo tuyo; permanezca. Siendo hoy, no mañana. Siendo mañana, por haber sido hoy...y, así, hasta que yo sucumba. Pero, por lo tanto, hasta que tú perdures. Siendo siempre hoy. Siendo, siempre mañana. Todo vivido. Todo por vivir. Todo por morir y volver a nacer. En mí, no sé. Pero, de seguro sí, en ti como luciérnaga adherida a la vida. Iluminándola en lo que esto es posible. Es decir, en lo que tiene que ser. Sin ser, por esto mismo, volver atrás por el mismo camino. Como si ya no lo hubieras andado. Como si ya no lo hubieras conocido. Con sus coordenadas precisas. Como vivencias que fueron. Y hoy no son. Y que, habiendo sido hoy, no lo será mañana. Y es ahí en donde quedó. Como en remolino envolvente. Porque no sé si decirte que, al morir por verte, estoy en el énfasis no permitido, si siempre he querido no verte atada, subsumida; repetida. Como quien le llora a la noche por lo negra que es. Y no como quien ríe en la noche, por todo lo que es. Incluido su color. Incluido sus brillosos puntos titilantes. Como mensajes que vienen del universo ignoto. Por allá perdido. O, por lo menos, no percibido aquí; ni por ti ni por mí. Y sí que, entonces, siendo yo como lo que soy; advierto en ti lo que serás como guía de quienes vendrán no sé qué día. Pero sí sé que lo harán, buscando tu faro. Aquí y allá. En el universo lejano. O en el entorno que amamos. Dijo que estuvo Antioquía, buscando a aquellos que vivieron con el Maestro. Siendo ya confeso partidario, necesitaba conocer más de cerca las condiciones en que se había desarrollado la doctrina. En todo eso que tenía de enigmático y susceptible de transformación bicéfala. Tal vez con un recuento de Hechos, conocido de parte de Lucas. En esa inmensidad de caminos. Tanto en lo conceptual; así como también en lo plebeyo de la casuística. En un tiempo en el cual el mensaje estaba aún vivo en lo inmediato. Hizo alusión a las contradicciones fundamentales. De un lado la opción judía que reclamaba una versión apologética de la enseñanza mosaica. Por la vía de entender la posibilidad del salvamento, ligada al ritual de los circuncisos. Algo así como la generación espontánea de la fe primera. Y es que Pablo de Tarso, convertía su discurso no en lo efímero y liviano del conocimiento. Por el contrario, soportado en la verticalidad. Así se lo hizo saber a Santiago, el hermano del crucificado. Como quiera que, en ciernes, existía la argumentación básica para asumir la perduración doctrinaria. En una conexión indispensable con el mandato no conocido en escritura. Más bien, una herencia, centrada en la transmisión verbal. Por lo mismo que la orientación había sido difundir la hermenéutica
  • 16. 16 de la condicionalidad teórica, referida a entender la relación causa-efecto; en una perspectiva trascendente. Un azoramiento visceral, cruzaba ese momento crucial histórico. Como una especie de vena rota que convoca a surtir las proclamas. Con arrebatos místicos, en principio. Pero racionales en lo que esto tiene de asumir los íconos indispensables. Ya lo diría, casi cinco siglos después Sor Juana Inés y Juan de la Cruz; por la vía del catecismo lírico. En una exaltación continua del viaje hacia el conocimiento de Dios; a partir de una versión herética, sublime Si hubo o no transgresiones, en razón a la profundización del conocimiento, no se puede afirmar en términos absolutos. Lo que sí quedó plenamente claro, son las condiciones que debía prefigurarse antes de la proclamación evangélica. Con todo a lo que conllevaba. Es decir, ese ilusionario universo de ideas y, de otra parte, de dificultades no superadas. Como en esa noción de trámite, casi notarial que acompaña a toda heredad teórica, poco sistemática y mucho de confusa. Es decir, visto en esa dinámica, el movimiento de persuasión en lo que correspondía a la ética y a la religiosidad; no tenía grandes motivaciones. No había posibilidad de encarar los retos propios de la explicación y justificación de la teoría en sí. Inclusive, porque ser o no cristiano, seguidor de la palabra hablada de Jesús, se había convertido en una didáctica aplanada. Con la mirada puesta, más en la vivencia que fue real e inmediata; que el escenario filosófico y teológico. Pablo, por esto mismo, caminó hasta deshacer el cuerpo físico y reconstruir el cuerpo doctrinal. Siempre por una vía, tan profundamente humana, que a cada nada la eclosión del mensaje se tornaba en simple borbotón de frases inacabadas. Y lo encontraron, cualquier día, al lado de Santiago, tratando de descifrar por si mismos los secretos internalizados de la Escuela Farisaica. En ese ir y venir de expresiones monosilábicas. Casi como mero susurro. En una envoltura ya lejana, como pensamiento y como afinidad directa con el Dios perdido. Y, Santiago, no atinaba a ser coherente. Como cuando alguien no ha tenido claridad acerca de lo vivido. Mucho menos acerca de lo trascedente de ese haber vivido de cerca el proceso de martirologio. Otra cosa, bien distinta, hubiera sido la historia de lo sagrado como proceso, si Sor Juana Inés y Juan de la Cruz, hubiesen vivido mil quíntenos años antes y estuvieran allí, con los dos reunidos. Tertuliano estuvo, ese día, trillando su discurso. El mismo. Como referente lo cotidiano en el actuar de los apologéticos de la diáspora. Tal vez, en lo más íntimo, el conocía de su equivocación al elegir ese camino. Pero ya no había vuelta atrás. El conflicto se había profundizado. Tanto que, el judeocristianismo sucumbía como opción única válida en el proceso de consolidación del monoteísmo mosaico. Ya, la devertebración, estaba acunada. Porque no había por donde ni con que desglosar las doctrinas básicas. En ese tiempo, la división política y administrativa, comprometía una noción primaria del concepto de estado. Por una vía apenas lógica, dado el contexto. Una configuración geopolítica con fronteras tan delgadas, que el Imperio Romano, se deslizaba hacia una figura de poder un tanto extraviada. O, para decirlo mejor, en el cual las directrices cruzaban territorios acicalados con ese universo de opciones de interpretación en términos de lo que pudiera constituir el referente básico. Una posición dubitativa. Entre la permanencia de la ortodoxia fundamental del politeísmo inherente a las convicciones heredadas. Y el crecimiento de lo tripartito. Fundamentalmente en lo respecta al fariseísmo político-administrativo, el judaísmo venido directamente desde las escrituras antiguas, mosaicas y los hechos asociados a la nueva versión mesiánica; habida cuenta del crecimiento del mensaje de Jesús. Como Nuevo Gran Profeta. Rondando “El Templo”, como instrumento físico; fortalecido, reconstruido en gobierno de Herodes el Grande. Y que se hacía escenario de confrontación. En diatribas portentosas. Casi como acariciando la contienda precursora de un nuevo régimen político-religioso. Vista, la nueva ideología como
  • 17. 17 herética y como originada en especulaciones, más que en doctrina sólida. Porque, en lo cotidiano, ya estaba hecho el ejercicio. Ya había un discurso y unas acciones de proselitismo, permeado por una nueva noción de Dios Significante; en necesidad de retar a la humanidad que se deterioraba cada día más, a partir de escindir y extraviar el acumulado histórico y religioso. Inclusive, con el agravante que era casi imposible dilucidar contenidos. Y es que Tertuliano pretendía zanjar la confrontación (casi cieno cincuenta años después) una disputa que empezó a trascender la simple arenga. Por lo mismo que, a la par con la confrontación centrada entre el Imperio y la tripartita amalgama contestaría; se iban desgranando posiciones menores, pero adheridas al mismo piso originario. Ya los fariseos administradores, tenían un disenso, por la vía de los zelotas. Siendo estos una representación grupal, enfrentada con el fisco romano. Y allá, en Jerusalén, se hacían excesivamente fuertes. Casi como desplazando todo el contenido mismo de las expresiones judeocristianas. Daba cuenta, el rico propietario y esponjoso crítico leguleyo, de pretensiones un tanto militaristas. Como si evocara, hacia atrás, los condicionamientos propios de la historia religiosa asociada con el Pueblo Judío. De la dirección política de Moisés y de su capacidad para establecer con sus dirigidos una relación de prepotencia centrada en los Diez Mandatos Fundamentales. Y se hizo fuerte, Tertuliano, a partir de su ofensiva en contra del decantamiento en la doctrina, realizado por Pablo de Tarso. Algo así como, en una seguidilla de torpezas a nombre de la ortodoxia. Los Juegos Olímpicos en 165, marcaron el surgimiento de otra arista en la confrontación. Marciòn, empezó a ejercer como opción preponderante. En un entramado de confusión. Al menos en lo que respecta al significado de la propuesta de los eirenos. De la razón de ser de la variante en Peregrino y su inmolación, en nexo con la defensa de sus postulados fundamentales. Ya estaba dicho, diría Pablo de Tarso, de lo que se trata es de la preservación del hilo conductor básico. De no dejar extinguir el fuego del cristianismo; por la vía de ignorar que la confrontación con la teoría helenizante, no era otra cosa que expresiones de la dinámica misma de la contradicción. Entre el Jesús histórico, ambivalente. Y el Cristo, resucitado. Es decir, no surtir teoría escindiendo las dos partes. Por el contrario, haciendo cohesión. Centrando la divulgación en el ejercicio doctrinal, a partir de ese equilibrio. Y, tal vez por esto último, la Trilogía Pablo-Santiago-Pedro, se fue deshaciendo. Porque no cabían ambigüedades; siendo como era el momento de decisiones. Lucas, en apariencia, esperaba descifrar los nuevos códigos propuestos por El Reformador. Pero su estreches intelectual, dio lugar a la escritura de los Hechos, de su versión evangélica, como palabras agrupadas en una linealidad que no da cuenta de la estructura doctrinal del Maestro y de sus acciones. Por ahí, entonces, Lucas se tuvo que contentar con el distanciamiento. Lo que podría llamarse bajo perfil. Solo pasados casi doscientos años se vino a exhibir el escrito suyo, en cierta hilatura, por lo menos cohesionadora. Ya andaba Popea con su Nerón. Y ya había pasado el momento histórico de Herodes el Grande. Y sus sucesores, Herodes Antipas, Arquelao y Herodes Filipo, vieron diluirse el poder entre sus manos. Y, el crecimiento de los cristianos y los judeocristianos seguía siendo disímil y agrandado en confusión. Un tanto remontando la historia del antes de, los esenios, Anàs, de Aarón, de los levíticos. Se encuentra nuestro Tertuliano, confeso ignorante, de frente con esa historiografía. Que solo logra dilucidar en lo inmediato primario de las andanadas en contra de Pablo. Y siendo así, se erige en defensor de la diáspora, casi que por simple ley de la gravedad. Cuando Popea incita, entonces viene a cuento la tragedia de Juan El Bautista. Ya ahí, en el mero episodio de la acción iniciática de Jesús. En el agua, como agua pura que remite a borrar rastros; estaba presente, en latencia casi, la diversidad estatutaria. Si es quien, Jesús, superior a quien es Juan El Bautista; es un circulo que nunca se cerró. Y lo mismo va para la designación del espacio temporal para el ejercicio sacramental. Si, en ese contexto físico y conceptual de Templo Sagrado. O de, en menor dimensión, el propio Sanedrín. El ir y venir de las acciones y sus consecuencias.
  • 18. 18 Perdiendo la cabeza El Bautista, como que se pierde en el tiempo la posibilidad de la dilucidación. Quedan, entonces, en remojo parte de los orígenes. Y se remonta, otra vez, predecesores. No solo en lo que hace alusión los hacedores de profecías en el pasado. También en cuanto a los nexos con posturas de los clásicos helénicos. Desde Sócrates hasta Aristóteles; pasando por las opciones propuestas por Séneca. Siendo, eso sí, la partición de las Doce Tribus. Y las enseñanzas, en torno al Dios Vengador e Iracundo, de Moisés. Y la noción de sacrificio, en términos de la conminación a Jacob. Y, a su vez, la herencia máxima doctrinal judía propiamente dicha. Cuando Constantino entra en baza, el manejo de las contradicciones no se ha atenuado. Y no tenía por qué. Seguía siendo referente el consolidado de Pablo y sus prístinas propuestas de vaciar los contenidos de la diáspora; de tal manera que pudiese decantarse la enseñanza en sí. Ya no de su misterio en relación con la opción trinitaria. Ni con el símbolo propio pentecostal. Haciéndose, como en verdad se hizo, converso utilitarista. Propiciador de recursos físicos. De poder y de obligatoriedad deriva de él; sumerge a la doctrina en un pozo absolutamente obscuro y contradictorio, de por sí. En este contexto, la aparición de Orígenes y de sus reflexiones filosóficas, proveen de nuevo instrumento a la teoría del de Tarso. Nuestro Tertuliano, pues, se fue extinguiendo. Él mismo se dice y se replica. Y se va diluyendo en los avatares propios de una dinámica que lo trasciende. Y, cualquier día, lo encontramos inmerso en su propio discurso. Ahogado en sus propias palabras insípidas e intrascendentes. Yo, en Melisa Vivo. Como en Egea doliente Como que estaba yo sumido en tinieblas. Y relampagueante vino Cronos en búsqueda de Egea la Madre mía. Y que, en el Urano naciente, decantaron las cosas habidas. En tránsito elocuente. Por la vía de la partición de lo circundante. Como propio Dios avieso. En elongación propuesta; al término del vivir manifiesto. Y me embolaté en roles. Lo permitido era casi nada. Por lo mismo que el Zeus venido, hacía de su séquito de nubes una expresión primera. Una vía encarnada en lo que supo, después, por su madre valerosa. Que engañó al engañador pétreo. Y que hizo de él, torrente de vida plena. Esa Rea vigorosa en puño de voz de acción. A partir de la profecía de Urano. En teniéndolo lo ocultó. Una expresión de viva potencia. Y, allí, con las Horas hechas en separación del mundo terreno. El de Egea viva. Y lo arroparon en la Creta posible. Como cuna para albergar al bienvenido y bien protegido. Y, en la avanzada misma, Hefestos, castigado por el avieso Cronos, empezó la agenda que haría posible el Trono mismo para el admirado. Ese Zeus vibrante, apoyado en la hermosa cabra Amaltea. Y, por ahí mismo, se fueron dibujando los pasos y las potenciales acciones. Con Melisa, abeja admirable y solidaria, empezaron a acuñar al latente Dios en ciernes. En la posición de albergar a cada día; aquello que solo sería posible, con el arrebato mismo de la pasión concreta. Con esos inicios desparramando alegorías y trinos. Un cantar venido y habido. Y, cada quien, como yo mismo, embelesado en lo que sería euforia en transcurriendo el día. Y la noche postulada. Como manto para evitar la soledad y la agonía. Provenida desde allá mismo. Desde la creación primera. Y que, yo, sin asirla sucumbía en los quebrantos de lo que me albergaba. Como territorio y como proclama perdida. Por ahí, vagando. Con el alma endurecida. Con esos pliegues de ternura perdidos. Desde que había perecido la gran Metis acompañante. Desde que no supe más de la Melisa mía. O de Zeus…En fin que me di a la tarea de ser yo único. En esa intención presenta, cada día, de penetrar la Tierra misma. La Egea sumida en simple trozo pasivo y ceniciento. Y, por ahí que fue la cosa, me fui poniendo el rótulo de doliente humano presente. Perdido. Ausente. Venido a menos, como cualquier coloquial verso cantado por la Luna misma. Y sí que, deambulando en lo que soy, fui perfilando el futuro seré. Anclado en los testimonios perdidos. Nunca encontrados. De lo que Prometeo dijo al momento de nacer. En esa elocuencia viva de tejedor de verdades y de haceres en solidaridad conmigo y que todos y todas. En ese ir yendo de sabiduría y de solidaridad perenne. Como cuando veía, yo, coser los hilos a mi madre. Para la cobija.
  • 19. 19 Para las vestiduras mías. A cada paso y a cada momento de realidad posible. O imposible. Según la lectura que cada quien quiera hacer. O inventar. Y sí que, en crecimiento necesario, me fui acercando a mi yo concreto. Palpable. En construcción de lo que pude haber sido. En derrota de la decrepitud. Me acerqué al ser Lacaniano. Invertido. Puesto en el pellejo de lo propuesto por Freud. Como Dios silente. En cantilena expresada. En el derrotero incipiente. O real. O ya culminado. Cualquiera cosa dicha, se tornaba en la preclusión de lo propuesto. De lo ejercido. De lo manifiesto. En ese aquí y allá dicho. Vivo. Escudero, yo, de lo que vendría. Entre el Lacan insidioso y herético. Y el Freud, cimentando cada yo sujeto puesto. Manifiesto. Ahí postulado y previsto. Y sí que se derrumbó mi vida. La vida. Esa que, en mí, se tornó en bicicleta de tres pedales. Sujeto en posición crítica. Perdularia. O cimera, en lo que esto tiene de haber estado. O estar. O seguidilla de haceres y de propuestas. En la vaguedad sombría. De mi Luna. O del lado del Sol hiriente. Como martinete machacante. Perenne. O efímero. O doliente. Como cuerpo atravesado por la daga mía. O de cualquiera. Que, en fin, no volví. Y no volveré. Ante la Egea promiscua. Sabedora de lo que pasa y pasará. Aquí. En donde estoy hoy. Pero que no estaré mañana. II (La diosa amada) El erizado cabello estaba ahí. En cabeza de ella; la que solo conocí en ciernes. Como al relámpago no sutil. Por lo mismo que como afanoso convocante. Siendo, como es en verdad, una especie de alondra pasajera y mensajera. Se me parece al verdor de los bosques que crecen en silencio. Sin sentir unos ojos ensimismados por su pureza; siempre presente. Creciendo en lentitud. Pero, siempre, en ebullición de células, en trabajo constante. Haciendo real lo que potencial al sembrarlos era. En verdad no la había visto pasar nunca. Como si la urdimbre de la vida en ella, no fuera más que simple expresión de fugaz cantinela. Abarcando circunstancias y momentos. En sentimientos explayada. Como momentos de transitorio paso. Por cada lugar, muchas veces umbríos. Como simple pasar de largo. Sintiendo lo que está; como si no estuviera. Y así fue siempre. Cada ícono suyo, más velado que el anterior. Como Medusa incorpórea. Solo latente. Sin Prometeo ahí. Vigilante. Hacedor del hombre. Acurrucado en esa veta grisácea. Tejiendo el lodo. Amasándolo. Hasta lograr cuerpo preciso. Y, soplado por Hera, vivo aparece. En los mares primero. Tierra adentro después. Locuaz a más no poder. Por lo mismo que el jocoso Hermes robó el tesoro vacuno de Apolo. Y lo paseó en praderas voluntarias. Que ofrecieron sus tejidos en hojas convertidos. En esto estaba mi pensamiento ahora. Cuando vi surgir el agua. Desde ahí. Desde ese sitio en cautiverio. Y la vi correr hacia abajo. Rauda. Persistente. Siendo, en esto mismo, niña ahora. Y va pasando de piedra en piedra hasta hacerse agua adulta. En ríos inmortales. Y la Afrodita coqueta, mirándola no más. Tomándola en sus manos después. Besándola triunfal. Haciéndola límpida a más no poder. Y juntas. Agua y Diosa, recibiendo el yo navegante. Inmerso en ellas. Con la mirada puesta en el Océano más lejano. El de Jonios. O el de Ulises. Desafiando a Poseidón. El Dios agrio e insensible. El mismo que robó tierra a la Diosa cercana al Padre Mayor. Y que fue conminado a devolverla. Y que, por esto, secó todos los ríos y lagunas. Solo el nuestro permaneció. Por estar ella presente. Al hacerse noche de obscuridad afanada. Vimos una luz alada. Cruzando el aire de neutralidad dispuesto y de fuerza creciente. Y bajó esa luz. Prendida en una rama. Con sus alas apagadas. Ya no luciérnaga veloz. Más bien postura de bujía con tonalidades diversas. Y nos dijo, al vuelo, que guiaría nuestra fuga. Hasta encontrar la flecha que mataría al Dios de Mares insolente y perverso. Y que, allí, no más llegásemos, plantaría surtidores de agua dulce. Y separaría estos de la pesada sal de los
  • 20. 20 mares. Dándonos la clave para revivir lo que había sido muerto. Y que era, entonces, nuestro tutor y conversador en lúdica creciente. Cuando se fue ella, volvió la luz; aun siendo noche. Río abajo fuimos. Encontrando caminos de disímil figura. Escarpados unos. Tersos, lisos, otros. Y, en cada uno, sembramos ternura. Llegando a ellos, vimos llegar las creaturas prometeicas. Y llegó Perseo. Engalanado. Como sabio tendencial Como creyéndose ya, Dios de plena corporeidad. Superior al Padre Mayor. Por encima del Olimpo enhiesto. Y, allí mismo, surgieron los apareamientos. Ninfas con Titanes. Vírgenes no puras, con los hijos espurios de Cronos. Pasó, también, el Jehová de los Judíos. Con vuelo rasante y tardío. En busca del Moisés hablado y trajinado; en desierto consumido. Y vimos al Adán insaciado: Buscando el sexo de su Eva no encontrada. También pasaron los hijos de Hades. Buscando abrigo temporal. Y volvieron las lluvias. Presagio de la muerte del Dios de los mares salados. Una vez llegamos a Creta, nos dispusimos a organizar las Jornadas Olímpicas. A viva voz y vivo puño. De gladiadores dotados de los frutos que da la paz. Y vinieron las trompetas. Desde Delfos. Pasaron los Argonautas Homéricos. Vino el potente Ulises, desafiando la gravedad sin saber que era ella. Soplaron los vientos mandados desde el Olimpo. Júpiter henchido de fuego. Dios retador latino ante el Dios Griego Zeus. Las carrozas dispuestas. Las coronas también, para quienes deberían se coronados, siendo triunfantes. Así pasaron, por mi recuerdo, las cosas que viví en antes. Bajo este cielo, ahora, me siento tan solo como la pareja que se quedó del Arca del transportador Noé. Una soledad asfixiante. Persuasiva en lo que tiene de válido la resignación. Estando aquí, ahora, se quiebra mi pasión por verla de nuevo. A la Diosa incitante que cautivó mi ser. Tanto que ya no respiro tranquilo. Viéndola en remisión a su Cielo. Y, volviéndola a ver, aguas abajo. Como cuando conquistamos el Paraíso. Como cuando nos hicimos inmortales pasajeros del vuelo y de la vida. Recurrente es, pues, mi silencio, adrede, por lo más. Estando así, recuerdo a la Eva convocante. Y veo su cuerpo de tersura infinita. Y la poseo antes que su Adán regrese del exilio. Y, de su preñez, nacieron dos réplicas de Tetis y de Vulcano. Creciendo, a la par, se fueron difuminando en el amplio espectro. Llegando Adán, palpó el vientre de su Eva. Y supo que allí había anidado alguien y había dejado su semilla. Y la violentó con bravura inmensa. Lo maté yo. Así en veloz disparo de flecha. Ahora estoy en reposo obligado. Ya no está conmigo la fuerza que me había sido cedida por Sansón. Ya no experimento ninguna incitación. Como antes, cuando mi visión volaba en busca de la desnudez de las mujeres todas. Como en represalia por haber perdido para siempre a la Diosa Pura. Aquella con la cual navegué. Y que, su sexo, inauguré. Habiendo frotado antes, en mí, la sangre de los genitales cortados por Cronos a su padre. Y, todavía, escucho su voz diciéndome: has sembrado en mí. Mañana no me verás más. Pariré al lado de mi padre. Y lanzaré al fuego eterno lo que de ti pueda algún día nacer. No la volveré a ver más. Es, por lo mismo, que moriré; como lo hizo, en cercano pasado, Cleopatra. Una cobra hincará sus colmillos en mi cuerpo. Y mi espíritu volará al infinito. A purgar mis penas, al lado de los dioses despojados de atributos. Expulsados del Olimpo Sagrado; por haber agraviado al Padre Zeus. O al Dios Júpiter llegado.
  • 21. 21 III (Palas Atenea) Sucedió como casi siempre suceden las cosas, cuando son nuestras. Estando ahí, situado en la esquina tercera del barrio; una joven mató a su amiga. Aparentemente en juego guerrero de recordación perdida. De mi parte, solo un vahído absoluto. Como cuando uno siente que en ese dolor se le va el alma. Un cuadro impresionante. La joven agresora, muchacha bien dotada de cuerpo. Con rasgos de cara un tanto masculinos. Con ojazos negros, penetrantes. De esos que se involucran con uno y lo traspasan. La agredida, ahí en el piso. Pero todavía con ojos verdes abiertos. Labios gruesos, provocantes. Cuerpo de una delgadez envidiable. Piel color canela, lisa, embriagante. Y pasó que, se hizo aglomeración inmediata. Cada quien tratando de esculcar cualquier versión. Que fue a propósito. Que las habían visto discutir el día anterior. Que la muerta era amante de la que le dio muerte. Que no hubo tal juego. Que el puñal entró con fuerza inusitada. Que las vieron pasar de las manos cogidas. Que la de la piel café no era del barrio. Que… Por lo mío, no tuve dudas. En verdad un juego de libre interpretación. Como luchadoras cuerpo a cuerpo. Un brilloso metal hecho arma ligera. Ahí en el piso. Ganaba quien lo cogiera primero e hiciera un giro de cuerpo en su propio eje. Y atacara con la fuerza de su brazo derecho. Y, simplemente, se le fue la mano a la primera que cogió el metal. Lo digo, porque ya lo había visto. En ese sueño de mitad de noche, anterior una vez lo soñé y comenzó el no poder dormir; viajé en el tiempo. Y localicé las hendiduras de la ciudad profana. Y, allí, estaban ellas. En otro tiempo. Con sus telas trasparentes, actuando como envolturas. Y sus cuerpos al desnudo, se exhibían en las transparencias. Y vi esos muslos sólidos, puestos en firme. Guerreras ahí, en pleno coliseo temerariamente habilitado. Y estaban otras mujeres cuando empezó el duelo. Y vi volar caballos alados adornados con estolas de flores. Y vinieron en veloz carrera, como rayos enceguecedores, caballeros de alta estima. Dicho así por lo que vestían. Adornadas sus cabezas con olivos en fuego. A la otra noche. Noche antes del día en que en la esquina tercera del barrio; volví a ver el duelo. Ya en la arena del coliseo. Y tribunas todas colmadas. Y llegaron otros en carrozas, haladas por machos cabríos. Conté hasta cien de ellos. Y bajaron los señores. Y se instalaron en tribuna especial. Con sus frentes en alto. Con gestos imperiales. Y localicé las aureolas que circulaban en torno a su cabeza. Esa misma noche, antes del día aquel, empezó el duelo en verdad. Y la de ojazos negros penetrantes. Se abalanzó sobre la morena de muslos bien henchidos. Con ese cabello al viento. Y vi el metal ahí, en la arena. Y entraron en el cuerpo a cuerpo. Brazos y piernas entrelazadas. Fundidos al unísono. Con la música al aire. Siguiendo sus movimientos. Y cayeron en la arena. La de negros ojos inhabilitó a la otra. Y cogió el metal, tratando de incorporarse para hacerse vencedora, en ademán no previsto abrió el pecho de la vencida. Y su corazón al aire Fue. Yo seguía ahí. Viendo el cuerpo endurecerse. Viendo esa piel hermosa languidecer. Tornándose en opaco gris desierto. Viendo como sus ojos se iban apagando. Viendo ese cuerpo entero provocante, languidecer al infinito. Ya frío. Ya sangré antes viscosa a torrentes, una resequedad muda. Pétrea. Y seguía llegando gente. Inventando palabras para azorar a la vencedora. Y ella puesta en pie. Con su mirada perdida. Como implorando perdón, no se sabe a quién. Y su vuelo de cabello apuntando al infinito. En esa ráfaga de viento que, de pronto, llegó desde la nada. Volví a la otra noche, antes de este día aciago. Ya, otra vez, el desvelo. Insomnio tardío. Volcado a la arena del coliseo que seguía pleno. La arena teñida de rojo. Al lado de las dos. Y la del metal en la mano, erguida. Sus ojos de tristeza absoluta, continua. El cuerpo tirado ahí. Ya perdido. Ya sin el brillo de la vida. Cabello que se tornó opaco. Ya no con el brillo de antes. Toda arropada en el velo traslúcido. La desnudez abierta. Paso a paso fui recorriendo con mi mirada su hermosura. Y la sentí
  • 22. 22 como si fuera mía. Como si antes del duelo la hubiera poseído con delirio. Con ternura exacta, sin la expresión dubitativa mía en otros quehaceres. Ahí, en esa tercera esquina seguía yo. Como impávido testigo de lo que vi en la otra noche. Gente inmediata. Un grupo asfixiante por lo tumultuoso. Ya llegaron los levanta cuerpos. Con sus guantes finos. Pegados a la piel de sus manos. Y con la parsimonia acostumbrada. Abriendo los labios gruesos, con pinzas plateadas. Cerrando los ojos de la que fue muerta en lance absurdo. Tocando la herida del pecho. Agrietándola más. Y cubriendo todo el cuerpo con manta blanca. Ya no podía ver yo, esa hermosura apretada en bajo vientre. Y metieron el cuerpo en bolsa negra. Y luego la cerraron. Y desapareció, pues, el cuerpo entero. Y la vencedora dolorida. Con espasmos cada vez más fuertes. Mirándolo todo en derredor. Auscultando. Como buscando un nombre para la tragedia. Para ella y para la vencida. Y, esa misma noche del antes de, vi a Zeus en la tribuna. Envejecido. Llorando también. Y su séquito. Hermes, Afrodita, Aquiles, Hera. Todos y todas, lamentando la muerte. En la arena seguía, con sus ojos agrandados, lamentando lo sucedido. Rogando la no tipificación de preterintencionalidad. Buscando asidero en la belleza de la perdedora y en la suya propia. Con el velo alzado al viento. Con la desnudez exaltada. Sus pechos inflamados, pero tristes también. Y vinieron a caballo a levantar el cuerpo. Sin guantes. Espada al cinto. Lo alzaron sin dulzura. Lo colocaron ahì, en el carruaje. Sin ceremonia. Casi sin respeto. Los vi alejarse con la rapidez de corcel recién adiestrado para la guerra. Ya es otra noche. Yo sigo ahì. En la esquina tercera de mi barrio. Ya ha pasado todo. Ya no hay nadie. Solo ella. Aturdida. Me le acerqué. La abracé con mi cariño posible, henchido. Secándole las lágrimas que ya hacían como laguna en el piso. Con oleadas vibrantes. De un azul celeste divino. Y le acaricié su cabello. Se había vuelto blanco, casi níveo. Sin saber cómo, ni porqué, se deshizo de mí. Volando se fue. Acompañada de nubes grises, presagiando tormentas. Hasta que se perdió en el infinito cielo herrumbroso. Su última mirada fue para mí. Diciéndome adiós Esa misma noche volví al sueño y al desvelo. Ya no había nadie en el coliseo. La arena toda teñida de rojo a borbotones. Ella ahí. Mirándome. Con el metal en la mano. Lo lanzó al aire. Y ella tras él. Ascendió rauda. Detrás del envejecido Zeus. Con su mano, un adiós que todavía es latente en mí; a pesar de haber pasado cuarenta noches, de sueño perdido. De desvelos perennes y por la noche guarnecido. Episodio décimo La huella sigue ahí Ya quedó atrás lo de Ancízar. Yo seguí como nave, casi noria absoluta. Y encontré al postrer referente. Era tanto como verlo a él. Una mirada diestra, casi malvada. Nunca supe cuál era su nombre. Simplemente me dejé llevar por la iridiscencia de su voz. En una melancolía efímera. Tal vez hecha tardanza en el vivir pleno. Y, yo, le dije. Le hable de lo nuestro. Como queriéndole expresar lo del Ancízar y yo. Pero, en esa prepotencia de los seres avergonzados de lo que han sido, me dijo algo así como un “no importa”. Lo mío es otra cosa. Y, por lo mismo, me quedé tejiendo las verdades anteriores. Las mías y las de él, el signado Ancízar. Me supuse de otra categoría. De ardiente postura. De infame proclividad al contubernio forzado. Y me fui yendo a su lado. Al lado del suplantador informe. Mediocre. Tanto en el ir yendo. Como también en el venir sinuoso, aborrecible. En ese entonces. En tanto que expresión enana de la verdad; yo iba creyendo en su derrota. Producto de mi inverosímil perplejidad supina. Para mí, lo uno. O lo otro, daba igual. En eso de lo que tenemos todos de perversidad innata. Y le seguí los pasos al aparecido. Veía algo así como ese “otro yo” vergonzante. Desmirriado. Ajeno a la verdad verdadera de lo posible que pase. O de lo posible ya pasado. Y me hice con él el camino. Entendido como símil de lo recorrido con Ancízar. Y ese, su suplantador, me llevó al escenario ambidextro. Como inefable posición de los cuentahabientes
  • 23. 23 primarios. Groseros escribientes. Y sí que le di la vuelta. A la otra expresión del yo mío. Y, el usurpador, lo entendió a la inversa. Se prodigó en expresiones bufas. Por lo menos así lo entendí. Como si fuera una simple proclama de lo aco9ntecido antes. En ese territorio suyo incomprendido. En esa locación propuesta como paraíso concreto. Inefable. Cierto. Pero, su huella, se fue perfilando en lo que, en realidad debería ser. Y lo vi en el periplo. Como en la cepa enana cantada por Serrat. Como simple ironía sopesada en las palabras de “El Niño Yuntero” de Miguel Hernández…En fin, como mera réplica de lo habido en “Alfonsina”. La libertaria. La que abrió paso a la libertad cantada. Todos los días. Pero, quien lo creyera, perdí el compás. Y él, el suplantador, me hizo creer en lo que vendría. En su afán loco de palabras tejidas, dispuso que yo fuera su intérprete avergonzado, después de la verdad verdadera. Yo me fui yendo. Perdí la ilusión. Se hizo opaca mi visión. Fui decayendo. Me encontré inmerso en la locomoción al aire. Surtiendo un rezago a fuego vivo. Ahí, en esas casitas en que nacimos. Ese Ancízar en otra vía. Ese yo, puntual. En la pelota cimera. Propiedad de quien quisiera patearla. En la trenza lúcida. Territorial e impulsiva. En el escondite secreto. Como voz que dice mucho y no dice nada. Como espectadores del afán incesante. Proclamado. Latente y expreso. En fin, que lo visto ahora no es otra cosa que la falsa realidad mía. Con el usurpador al lado. Como a la espera de lo que pueda pasar. Ahí, como vehículo impensado. Para llevarme a lo territorial suyo. Y yo en esa propuesta admitida. Como reconciliación posible. Entre lo que soy. Y lo que pude ser al lado de Ancízar originario, no suplantado. Y sí que, como que leyó mi mente, y se propuso inventar algo más trascendente. He hice mella en el ahora cierto. Porque resulté al otro lado. En callejón no conocido. En calle diferente a la nuestra con la esquinita bravata. Deslizándome por el camino no conocido. Y recordé el día en que no lo vi. Cuando descendía del busecito llevadero. Cuando se me fue la sesera mía. Cuando lo vi pasar sin verme. Y me sentí, ahora, con fuerzas para dirimir el conflicto entre lo habido antes y lo que soy ahora. En posesión de la bitácora recortada, enrevesada. Como en esos vuelos silentes de antes de día cualquiera. Con la remoción de lo habido, por la vía de suplantar lo que antes era. Hoy, en el día nuevo, desperté en el silencio. Como si estuviera atado a todo aquello lineal, sombrío. Y le dije buenos días a mi niña, hija, absoluta. Y, ella, me replicó con su risa abierta. En la cual la ternura es hecho constante, manifiesta. Y le dije “buenos días” a la que era mi amada hasta el día pasado. Y me dijo, ella, que me recordaría por siempre. En esa oquedad estéril, manifiesta. Y, también, me replicó lo hablado conmigo antes. Cuando éramos como sucinta conversación. Plena de decires explayados. Como manifiestos doctorales. Como simplezas pasadas. O, como breviarios expandidos, elocuentes; pero insaboros. Y se me metió la nostalgia. Tanto como r5ecordar al Ancízar hecho mero plomo, ahora. En ese verlo andar conmigo en el pasado. Construyendo lo efímero y lo cierto absoluto. Y le dije a mi Valeria que yo no iría hasta su dominio encerrado. Entendido como yunta acicalada. Enervante. Casi aborrecible. Pero que, paradójicamente, la sentía más mía que al nacer nuestro idilio. Desde la búsqueda de los espárragos briosos, yertos. Entre el acero y el hierro construidos. Y, ella, me recordó que prometí amarla desde ese día en que no vi a Ancízar en aquella mañana de lunes. Y, siguió diciendo, no se te olvide que fui tuya, en todos los avatares previstos o no previstos. Que te di, decía ella, todo lo habido en mí. Y que dejaste esa huella imborrable que se traduce en ese hijo tuyo y mío. A partir de ese ayer en que me habló, Valeria; se me fue tiñendo la vida. En un color extraño, Como gris volátil, impregnado de rojo punible, adverso. Y sí que la seguí con mi mirada. Y la veía en su abultado vientre. Y, dije yo entre mí, no reconocer lo actuado, como origen del ser vivo ahí adentro suyo, en el de Valeria. Y me fui yendo por ahí. Y me encontré al otro lado; con la novia de Ancízar. Con Fabiana Contreras. Postulada como futura madre, también. Y le dije lo que en verdad creía. Es decir, aquello relacionado con la empatía necesaria. 2) Que yo no me imaginaba a Ancízar, volcado sobre su cuerpo. Excitado y dispuesto. Y, ella, me dijo algo así como que la vida es incierta. Tanto como cálculo de probabilidades constante. Y terminé al lado de la soledad. Esperando el nacimiento de las dos o los dos, en largo acontecer efímero, incierto. O, simplemente hecho en sí, sin más aspaviento